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viernes, mayo 29, 2015

'Tomorrowland', soñadores, reuníos

Viendo su propuesta, puede que Tomorrowland sea una película injustamente desdeñada por la sencillez de su desarrollo, por su ausencia real de sorpresas o incluso por su tono optimista, que tan poco parece gustar en nuestros días, pero eso es justo lo que hace del último filme de Brad Bird un título formidable. Bird, como J. J. Abrams, es un nostálgico que apuesta claramente por llevar al siglo XXI el tipo de cine que Steven Spielberg y sus afortunadamente locos seguidores hacían en los años 80. Si Tomorrowland se hubiera podido hacer en esa década, hoy, pese a sus defectos, rondaría la categoría de pequeño clásico. Pero se estrena en 2015, cuando el impacto de una imageniería visual tan poderosa y un espíritu tan optimista como el que se ve en la película ya no es tan extraordinario en el público general como lo fue en las impresionadas mentes que crecieron en los años 80. Y, sí, la película acaba adoptando la excusa de los parques temáticos de Disney y es un homenaje en toda regla a los grandes nombres de la ciencia ficción literaria y cinematográfica. Soñadores, reuníos. Ese es el mensaje que la película transmite dentro y fuera de la pantalla.

Y, la verdad, resulta difícil quedarse con lo malo cuando esas son las intenciones. Algo negativo sí hay en el resultado final, y es que no funcionan igual de bien todos los elementos que Bird pone en la pantalla siguiendo un guión escrito por él mismo y por el siempre controvertido Damon Lindelof. En unos 130 minutos que se pasan volando, sí es verdad que hay algunos tramos algo farragosos y algún que otro personaje desaprovechado, sobre todo el de Hugh Laurie, que arranca formidablemente bien en el primer tercio del filme, probablemente lo mejor desde el punto de vista cinematográfico (antes de que el festín visual sea el protagonista principal), pero se acaba quedando a medio camino en el clímax. Con todo, Bird supera con facilidad todos los problemas que pueda tener el filme haciendo un maravilloso ejercicio de actualización nostálgica. Es el cine de siempre, el que tantos elogios acaparó durante décadas, pero realizado con una factura contemporánea, lo que implica un despliegue visual impresionante, y con el enorme talento que tiene su director.

Ver Tomorrowland como un simple homenaje o como un simple ejercicio nostálgico, y que quede claro que Bird no reniega de ninguna de esas dos condiciones, sería no apreciar la montaña rusa que es la película o lo atractivo que es el concepto que maneja. Es, efectivamente, una respuesta a la madurez que dice haber alcanzado el entretenimiento popular mediante la violencia, el dramatismo, los finales oscuros y los personajes siniestros, con la forma de una aventura juvenil y de ahí el protagonismo de las jóvenes Britt Roberson (auténtico centro de la película por mucho que los créditos aúpen el nombre de un George Clooney cada vez más metido en el papel de estrella que aumenta la dimensión de cada proyecto en el que participa) y Raffey Cassidy, especialmente esta última, que tiene una belleza especial, una intensa mirada que no en vano le permitió interpretar al mismo personaje aunque de menor edad que Eva Green en Sombras tenebrosas.

Bird ensambla una historia de ritmo alto y, sobre todo, de fascinación continua. No demasiado compleja, porque en el fondo algunos referentes ya se han explorado con anterioridad, pero sí terriblemente entretenida porque la película es un espectáculo visual apabullante, que tiene además unos efectos especiales a ratos más sencillos que de costumbre pero con un resultado increíble. Esa sencillez que domina Tomorrowland prácticamente durante todo el metraje es, posiblemente, el mejor argumento que puede tener una crítica tanto a favor como en contra de la película. Pero aceptarla como reflejo de un cine que hoy, por desgracia, no se hace con tanta frecuencia es el mejor camino para disfrutar la película. Y es una película con la que se puede disfrutar muchísimo. Como aventura, con el mismo toque de nostalgia que ya evidenció el Super 8 de Abrams pero desde otro enfoque, y como reivindicación de un cine diferente y sorprendentemente en peligro de extinción.

jueves, diciembre 15, 2011

'Misión imposible. Protocolo fantasma', rivalizando con James Bond

Viviendo como estamos viviendo una época desmadrada del género de acción, en el que el más imposible todavía, por absurdo que pueda resultar, parece ser el único objetivo a conseguir y por el que se puede convencer a un espectador para pagar una entrada, se agradecen películas como Misión imposible. Protocolo fantasma. Y eso que también se esfuerza es buscar ese más imposible todavía (¿podía ser de otro modo, teniendo en cuenta el título de la saga?), pero lo hace en base a un guión claro y entretenido, con un rodaje espectacular pero nítido, y con unos actores carismáticos. Misión imposible lleva una década y media rondando los cines de todo el mundo, siempre con Tom Cruise como estrella, y es un título ganador casi siempre. De hecho, como saga rivaliza con la de James Bond, a pesar de que aquella pueda presentar muchas más películas y algunas décadas más forman parte del imaginario universal del cine. A diferencia de las tres primeras partes, ésta sí mantiene conexiones con la anterior entrega y, aunque es una película perfectamente autónoma, sí asienta sus bases en la idea de continuar la saga. A este nivel de entretenimiento, que hagan las que quieran.

Nada me parece más poco atractivo a la hora de ver una película de espías que asomarme al trailer o incluso leer las sinopsis del filme, por oficiales y presumiblemente libres de spoilers que sean. Porque, al final, destripan tantas cosas que acaban por quitarle toda la gracia a la película. En IMDB, tres líneas del argumento bastan para desvelar lo que es el protocolo fantasma del título y una de las sorpresas más espectaculares de su metraje. Algún cartel del filme, acaba con otra sorpresa. Una pena, pero es un error ya demasiado repetido en el cine moderno como para no darlo por sentado de forma sistemática y huir de toda información divulgada de este filme. Dicho eso, sí se puede hablar largo y tendido del alcance de esta cuarta entrega de la saga cinematográfica de Misión imposible, basada en una muy popular serie de televisión de los años 60. Y lo primero que se puede decir, sin miedo a destriparle nada a nadie, es el juicio sobre el filme, una notable y entretenidísima pieza de acción, que enriquece el ya destacable mosaico en que se ha convertido esta saga, que ha pasado ya por las manos de directores tan diversos como Brian de Palma, John Woo (esta segunda entrega es, para mí, la única que no aprueba) y J. J. Abrams.

Y ahora cae en las de Brad Bird. El nombre, seguramente, le será desconocido a muchos, aunque muchos habrán visto alguna de las tres maravillosas películas que adornaban hasta ahora su filmografía: El gigante de hierro, Los increíbles y Ratatouille. Sí, tres películas de dibujos animados, la primera de ellas para Warner y las dos siguientes para Pixar. Misión imposible. Protocolo fantasma es su bautismo de fuego en un filme de acción real y pasa la prueba con una nota muy elavada. Quizá heredando la necesidad narrativa de la animación de mostrar con claridad lo que sucede en pantalla, Bird ofrece un thriller de acción y espías de lo más clásico en su realización (sólo se salen de la norma las escenas rodadas para el formato IMAX, sencillamente espectaculares para mostrar los exóticos marcos que siempre exige una película de este calibre), incluso en sus peleas y persecuciones, aunque éstas se acerquen bastante más al cine contemporáneo por su espectacularidad y sus rápidos movimientos de cámara. Se beneficia, también, de un guión claro (obra de dos debutantes en cine pero que ya trabajaron en Alias con Abrams, productor de este filme), quizá incluso algo inocente en algunos momentos pero que sirve ciertamente a los propósitos de la saga y de su nuevo director.

Tom Cruise (nunca entenderé por qué resulta siempre tan fácil desmerecerle...) sigue ejerciendo como magnífico héroe de acción sobre el que, de momento, no pasan los años. Lo cierto es que su Ethan Hunt, el papel que hizo suyo en 1996 (¡hace 15 años!) con el primer filme de la saga es ahora mismo un claro rival de James Bond. Tampoco parece descabellado considerarle como precursor del actual 007 interpretado por Daniel Craig. Y es que las películas de Bond y las de Misión imposible parecen tener muchos elementos narrativos y visuales en común, hasta el punto de que se puede considerar a estas dos sagas como perfectos y complementarios rivales por la hegemonía en el cine de acción actual, en su vertiente más clásica. Misión imposible apuesta algo más por la introducción de la comedia (de ahí la ampliación del papel en la tercera entrega del cómico Simon Pegg... aunque no termine de cuajar como relajo cómico en algunos momentos y se le lance con descaro a la parte más seria del filme en cuanto es necesario) y por un reparto algo más coral que el de 007 (espléndido Jeremy Renner, muy adecuada Paula Patton), aunque adolece en esta entrega de villanos tan brillantes como había tenido hasta ahora la saga y como suele presentar la de su colega británico (parecen todos algo desaprovechados, en especial la asesina que interpreta la francesa Léa Seydoux).

El papel de Simon Pegg no es la única conexión con la tercera entrega de Misión imposible, que sí se detiene en dar explicaciones narrativas que remiten a la anterior película. La segunda y la tercera parte de esta saga se concibieron como rupturas, como una nueva vía para seguir explorando la mitología de Misión imposible (aunque es verdad que la tercera ya tenía mucho que ver con la primera... y quizá pretendía borrar del recuerdo de muchos la segunda, venerado por algunos sectores, por cierto, aunque yo guardo de ella un recuerdo horrible), pero Protocolo fantasma apuesta por la continuidad. Además de algunas líneas del guión, hay varios cameos que así lo indican (¿para qué destriparlos?). Misión imposible. Protocolo fantasma cumple con creces todos los objetivos que se marca. Entretiene, divierte, emociona y, sobre todo, mantiene viva la llama de la tensión hasta el último segundo, exactamente lo que uno espera de algo que lleva este título. Si además hay una buena dirección, la siempre acertada elección de escenarios exóticos a lo largo de todo el mundo y espectaculares secuencias de acción (la escalada cobra una nueva y hermosa definición; no miréis abajo los que tengáis vértigo), y un toque realista dentro de lo imposible, no queda más remedio que rendirse a la evidencia de que estamos ante una película espectacular en su campo.

sábado, agosto 18, 2007

'Ratatouille': Pixar mantiene alto el nivel

El cine de animación vive un periodo de cierto estancamiento. Las mismas historias, los mismos protagonistas, los mismos chistes... Las mismas películas, en definitiva. Desde que Disney alcanzó la plenitud de su última época dorada (La Bella y la Bestia sobre todo y también El Rey León serán siempre mis favoritas) han salido películas más que interesantes en este género que todavía algunos siguen pensando que es sólo para niños, pero la amplia mayoría de los títulos tenían cierto tufo infantiloide (que no infantil, no confundir; ojalá se hiciera hoy en día el cine infantil que vimos en los años 80) que acababa con todos los buenos deseos que destilaban sus aparentemente entretenidas propuestas.

Y en esto apareció Pixar, un estudio dedicado a hacer cine de animación por ordenador que, en alianza con Disney, se lanzaba al mundo del largometraje. Acababa de nacer Toy Story. Un pequeño gran clásico del género. Después llegaron otras películas por encima de la media como la propia secuela de Toy Story, Monstruos S.A. o Buscando a Nemo. Y algo más tarde, cuando todos los estudios habían decidido cerrar sus estudios de animación tradicional y lanzarse al mundo del ordenador, llegaron Los Increíbles, dirigida por un tal Brad Bird. Anotad el nombre.

Y digo que lo anotéis porque es lo malo del cine de animación. La gente no se queda con los responsables de las películas. Y eso es posible que le haya pasado hasta ahora a Brad Bird. Nadie le recuerda como el director del episodio Perro de familia en los Cuentos Asombrosos que produjo Spielberg para televisión. Casi nadie le recuerda como el director de una de las mejores películas de animación de la última década (me atrevería incluso a decir que la mejor si no fuera por la deficiente calidad de la animación en algunos momentos; ya se sabe que hace falta dinero para hacer una película), El gigante de hierro. Y la gente empezó a quedarse con su nombre después de ese fabuloso entretenimiento que es Los Increíbles.

Llegamos al presente. Tras la pequeña decepción de la previsible y rutinaria Cars, lo mejor que se puede decir de Ratatouille es que Pixar mantiene su gran nivel habitual. El tercer largometraje de Bird, segundo para Pixar/Disney, es una película fresca, entretenida, divertida y humana. Una de esas por las que da gusto pagar la entrada, y más teniendo en cuenta lo que ofrece la maquinaria hollywoodiense para pasar este verano. Ante todo, evita el principal problema del cine reciente de animación y no se trata de una película infantiloide, no trata al espectador como si fuera un estúpido que sólo puede reírse de bromas escatológicas. Que no se trata del típico producto de dibujos animados se puede intuir ya por la duración, cercana a las dos horas y alejada de los rutinarios 90 minutos en los que los directores de animación suelen despachar sus historias prefabricadas.

Visualmente, es una auténtica maravilla. Y no estoy hablando sólo de dinero, de presupuesto y de años empleados en hacer una película, no (aunque se me va a quedar para siempre grabado ese plano giratorio de todo París...). Eso ya lo tienen todos los productos de animación. Hablo de genialidad, hablo de encuadres maravillosos, de coreografías tan sutiles como perfectas, de movimientos de cámara pensados para seguir a los personajes y también a la historia, de unos personajes, ratas y humanos por igual, creíbles y muy bien definidos. Y si a eso le sumas un guión cuidado (que cae en algún tópico de la animación, de acuerdo, pero con categoría), el resultado no puede ser otro que la mejor película de animación de este año y de unos cuantos más. Entretenidísima.

De Ratouille, además, me han gustado aspectos ajenos a la película. Un breve corte explicativo de manos de sus creadores sirve para enlazar esta película con los mejores éxitos de Pixar. Unos títulos de crédito divertidos (que, por cierto, terminé de ver totalmente solo en el cine; allá el personal, ellos se pierden un cuidadao trabajo con el que finalizar una muy buena película). Y el obligado corto que nos ha acostumbrado Pixar a ver antes del largo. Ese Abducido que precede a Ratatouille es tan divertido como la película. Así sí se hace cine de animación, así sí...

Por cierto, ratatouille es el nombre de un plato hecho a base de vegetales procedente de Francia, como se explica perfectamente (maravilloso flashback con uno de los mejores personajes secundarios de la película) durante las dos horas y diversión que ofrece este título...