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viernes, febrero 07, 2014

'Nebraska', el mismo Alexander Payne de siempre

Alexander Payne es uno de los niños mimados de Hollywood. Película que hace, película por la que se vuelve loca la Academia. Nebraska no ha sido una excepción y sigue el camino que han venido marcado las películas que antes de ésta ya le habían reportado dos Oscars como guionista y otras tantas nominaciones como director. Al margen de premios y reconocimientos, Nebraska es puro Alexander Payne, con obsesiones y temas ya vistos en sus anteriores trabajos y cuya principal novedad es que está rodada en blanco y negro. Que sea el mismo Alexander Payne de siempre se puede interpretar de muchas maneras. El suyo es un cine humano pero que, a fuerza de buscar un significado mayor a lo cotidiano, acaba resultando algo insuficiente. Agradable, sin duda, porque construye sus personajes con habilidad, recurriendo al humor, pero no tan profundo como parece ser a simple vista. Lo mismo que, en realidad, le pasó a su alabada Los descendientes.

Payne vuelve a acercarse a la familia, como ya hiciera por ejemplo en Los descendientes, y a la vejez, como en A propósito de Schmidt. Y hay que reconocerle que sus aproximaciones a temas cotidianos son amables, entretenidas y realistas. Pero también que sus logros enmascaran una falta de fuerza y de ritmo, que rebajan bastante unas pretensiones que se antojan elevadas en la concepción de sus películas. Nebraska quiere ser una historia trascendente y casi siempre da la impresión de estar lejos de lograrlo. Nunca es molesta, no parece mal construida o mal llevada en ninguna escena, es una cinta agradable incluso en su retrato de la amargura, pero es menos de lo que quiere ser y, sobre todo, de lo que aparenta ser. Porque la piel de película independiente de trasfondo importante se le ha pegado a Payne desde hace muchos años, curiosamente desde la misma industria de la que él marca distancias con su cine, pero cabría preguntarse si realmente es tan trascendente como ansía ser.

Al final, las películas de Payne quedan fundamentalmente en manos de sus actores, y hay que reconocerle un buen ojo espléndido en este terreno, porque sus elecciones no suelen partir (George Clooney aparte) de la primera fila del estrellato hollywoodiense. En este caso, Bruce Dern es su protagonista y está brillante. Da vida a Woody Grant, un anciano que se ha empeñado en un propósito que le saque de su rutina, ir a Nebraska a reclamar un premio de un millón de dólares. Él ve como real lo que todo el mundo a su alrededor, desde su mujer hasta sus hijos, saben que es un engaño para que se suscriba a alguna revista. Pero aún así, su hijo menor, David (Will Forte), le acompañará en ese loco viaje que, finalmente, se convertirá en un exorcismo del pasado no sólo para Woody sino para toda su familia. Dern aporta humor, ternura, amargura y un amplio espectro de emociones. Y todos los que aparecen junto a él en pantalla se amoldan a su supremacía, incuestionable durante las dos horas que dura el filme.

El problema que algunos espectadores pueden tener con Nebraska, el que tiene el que esto suscribe, es que es fácil no encontrar la sustancia de lo que cuenta Payne. Es algo extensible a casi todas sus películas, que siempre dejan momentos impagables, escenas divertidas y grandes momentos dramáticos, pero que en conjunto saben a poco y adolecen de un objetivo claro. No creo que haya una respuesta sencilla para la pregunta de qué cuenta realmente Nebraska. Sin duda, quienes conecten con la historia podrán ofrecer una contestación y lo más probable es que esté realmente bien argumentada. Pero como el cine es una cuestión de sensibilidades y de la forma en que cada película llega al corazón de cada espectador, no todo el mundo llegará al mismo tiempo. Y desde este punto de vista, Nebraska entretiene pero no perdura, incluso disfrutando del enorme trabajo de Bruce Dern.

martes, febrero 14, 2012

'Los descendientes', la estrella, lo cotidiano y lo inverosímil

Los descendientes es una película muy de su tiempo. Tenemos una estrella de Hollywood sobre la que parece pivotar el filme en toda su extensión. Tenemos una trama que ronda lo cotidiano del hombre normal, en este caso la relación de un padre con sus dos hijas, a las que por avatares de la vida en realidad apenas conoce y no sabe cómo manejar. Y tenemos los toques inverosímiles que rodean a la historia, esos que pretenden darle un toque de autenticidad y que en realidad acaban por convertirse en lo más superfluo de la película. Y, sí, George Clooney está bien (no sólo él, además), pero me sorprende el fervor crítico que ha levantado un título que es bastante normal, especialmente en cuanto a un guión desequilibrado y que conjuga elementos que no tienen ningún interés, que no destaca en ningún aspecto que no sea el interpretativo y que tiene una duración inmensamente superior a lo que sería aconsejable para una historia pequeña como la que cuenta.

Matt King (George Clooney) es un abogado que vive en Hawai. Su mujer acaba de sufrir un accidente y está en coma, por lo que tiene que hacerse cargo de sus dos hijas, Alex (Shailene Woodley), de 17 años, y Scottie (Amara Miller), de 10. Existe una segunda trama en la película, en la que Matt es el apoderado de una empresa familiar que controla una enorme extensión de terreno en una isla hawaiana, pero eso, por mucho que Alexander Payne se empeñe, no aporta nada en realidad a la historia o al conflicto de su protagonista. Pero es lo que ofrece con demasiada frecuencia el cine actual. Los descendientes habría sido mejor película y habría tenido una duración mucho más ajustada (y no sus 115 minutos) si se limitara al retrato familiar, que es indudablemente lo mejor del filme, pero parece obligado contar algo más. Algo exótico. Algo extravagante. Esta deriva suele acontecer en el cine moderno, y eso evidencia que ésta no es una película tan único como parece que quiere ser.

El personaje de Clooney es protagonista y narrador, lo que le coloca en una posición de lucimiento absoluto. Y se luce, pero dejando la sensación en más de una ocasión de que es George Clooney y no Matt King quien está en la pantalla. Se mezclan, de hecho, momentos en los que borda el personaje y otros en los que el actor parece sacado de cualquier otra película que haya hecho. Convence más, como la cinta en general, en la relación con sus hijas, sobre todo interactuando con la mayor, una espléndida Shailene Woodley que en ningún momento se queda atrás y ofrece un magnífico retrato de adolescente semiconflictiva. Pero como le sucede al personaje de Clooney, Alexander Payne tampoco parecer acertar con lo que le rodea. La incorporación de ese amigo absurdo que interpreta Nick Crause sólo sirve para sacar un momento divertido en su enfrentamiento más que verbal con Robert Forster, pero es difícil encontrar los motivos por los que está insertado en la trama. Como lo de los terrenos de Hawai y la interminable lista de primos de Matt King.

Los descendientes no deja de ser una peliculita más o menos intrascendente que, por algún motivo y sin duda por la presencia de George Clooney, ha alcanzado cierta relevancia mediática y crítica. A mí me parece una muestra más de un cine más vacío de lo que parece, que siempre deja algún momento divertido, algún momento dramático y algún momento sobresaliente pero que en conjunto siempre deja una sensación insatisfactoria. Hay lucidez en el retrato de una familia desestructurada, en el reflejo de un marido que ha perdido el rumbo de la relación con su mujer y con sus hijas y en el bosquejo de un hombre ingenuo que no es capaz de ver la realidad aunque la tenga delante. Pero el envoltorio es raro. Es una mezcla extraña entre lo cotidiano y lo inverosímil que no soy capaz de desentrañar, por más que mire la camisa hawaiana de Clooney, y que no me termina de aportar nada más. Los descendientes, por eso, se queda en un entretenimiento ligero y bastante inane para mayor gloria de George Clooney.