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viernes, febrero 14, 2014

'Robocop', una buena forma de hacer un remake

Puestos a pensar en remakes recientes, se me ocurren pocas formas más inteligentes de hacer uno que la de Robocop. Dicho esto, conviene hacer unas cuantas precisiones para ponernos en situación. La primera, que esta nueva versión de José Padilha es inferior a la original de Paul Verhoeven, estrenada en 1987, en muchos aspectos, en especial en lo rompedor del planteamiento de aquella en una era en que la ciencia ficción y los efectos especiales estaban a otro nivel. Pero eso no tiene por qué llevarnos de forma automática al terreno de lo desdeñable, como suele suceder cuando alguien dice que un remake no supera al original. No es esa la única razón de ser de una película. Para empezar, en este caso es complicado, porque el cine de ciencia ficción ha cerrado ya muchos de los caminos que permiten ser rompedor a estas alturas. Pero Robocop, y ahí va la segunda precisión vital para entender la película, busca su propio camino. Es Robocop, es Alex Murphy, es un policía al que se salva la vida implantando lo poco que queda de su cuerpo en un robot. Pero hasta ahí las similitudes. Por eso es ésta una buena forma de hacer un remake.

Se respeta el concepto, se crea un mundo nuevo. Y es ahí donde hay buenas opciones de hacer algo más en Robocop, aunque es cierto que no terminan de aprovecharse del todo. Se intuye que en la película entran en conflicto ideas de diferentes fuentes y que unas se imponen sobre otras. Porque Robocop arranca siendo una apasionante reflexión sobre el uso militar de drones y robots (magnífica la secuencia de apertura de la película, con un desatado Samuel L. Jackson interpretando a un presentador de televisión que conecta con una misión estadounidense en Irán en la que se ve la artillería militar en todo su esplendor) y el deseo de algunos de aplicar esa tecnología en suelo norteamericano para velar por la seguridad ciudadana, pero acaba como un relato de venganza, la de Murphy sobre quienes trataron de asesinarle. Por el camino lo que transcurre es una historia muy entretenida, con pinceladas de algo más que no terminan de cristalizar del todo pero que no impiden disfrutar de la película.

En ninguno de dos esos dos aspectos sigue este Robocop el camino de la película original, y eso es digno de elogio. Nada de copia, nada de remake en la peor acepción del término. Esta es una película nueva que se basa en un concepto clásico, ni mucho menos perfecta, pero con muchos puntos a valorar. Por ejemplo, el mismo aspecto de Robocop. Cambiante durante la película (además, con algunos gags espléndidos relacionados con este asunto), con homenaje incluido a la armadura original de los años 80, pero que en su versión definitiva de color negro convence bastante, incluso a pesar de que era uno de los elementos que más miedo despertó en el aficionado cuando se filtraron las primeras fotos. Para continuar, la forma en que se homenajea al uso de los informativos televisivos en el Robocop original, con los programas que conduce un Samuel L. Jackson brillante como hace tiempo que no lo estaba. Y para seguir unos brillantes efectos visuales, que dan sobre todo al clímax la espectacularidad que nunca tuvo el filme de Verhoeven sencillamente porque no había tecnología para ello.

Y el reparto también merece elogios. La disputa entre el presidente de OmniCorp (Michael Keaton) y el científico que les ofrece a Robocop (Gary Oldman) fascina en bastantes momentos, como también la mayor presencia de la familia de Murphy (su mujer es interpretada por Abbie Cornish) dentro del conflicto personal que vive. Ninguno de estos elementos termina de cobrar el protagonismo que demanda, y eso viene a ser un pequeño punto en contra de la película, que no desarrolla bien algunas cuestiones. Ese es un mal endémico en el cine espectáculo hollywoodiense y que se nota en Robocop, aunque ésta esté muy por encima de la media en otros aspectos. Y es que Robocop, una película sobre la que probablemente muchos ya habían decidido que sería un desastre, resulta ser un muy buen entretenimiento, y como son muchas las ventanas que abre y los temas que expone, quién sabe si el comienzo de una atractiva franquicia de ciencia ficción y acción. Desde luego y probablemente contra todo pronóstico, su arranque merece la pena por mejorable que sea en algunas cuestiones.

lunes, marzo 04, 2013

'Siete psicópatas', copiando (¿mejorando?) a Tarantino

He aquí, en la figura de Martin McDonagh, otro director que quiere seguir la estela de Quentin Tarantino. Y como el reciente ganador del Oscar por su guión de Django desencadenado no termina de ser santo de mi devoción, por decirlo de forma suave, Siete psicópatas tenía muchas papeletas de caer en el baúl de los recuerdos olvidados una vez deglutidos. Pero no ha sido del todo así. McDonagh no me convenció especialmente con Escondidos en Brujas, una película que generó una gran admiración entre la crítica y que recuerdo como una película amable y simpática, pero carente de la genialidad que muchos vieron. Siete psicópatas sigue un camino parecido, destaca de la misma manera en sus interpretaciones, pero viene a ser mucho más divertida por presentar un juego no exento de cinismo sobre la propia realización de este tipo de películas. Y es en esa autoparodia donde este filme alcanza sus mejores momentos. Cae en la locura desenfrenada que por lo visto tan bien le funciona a Tarantino, al que copia descaradamente por momentos. Pero le mejora en algunos aspectos, por mucho que a algunos les suene a sacrilegio.

La película sigue los pasos de Marty Faranan (Colin Farrell), un guionista que trata de escribir el libreto de una película titulada Siete psicópatas mientras reniega de sus problemas con el alcohol. Su amigo actor, Billy Bickle (Sam Rockwell), no es capaz de conseguir un papel por lo que se dedica a robar perros para que su compañero Hans Kieslowski (Christopher Walken) los devuelva a sus dueños y cobre la recompensa. Y todo ello mientras se van presentando los siete psicópatas que dan título a la película (aburridamente predecible la presentación del primero, hay más sorpresas en algunos de los restantes), siendo uno de ellos precisamente el dueño de los perros robados, un capo de la mafia llamado Charlie Costello (Woody Harrelson) que no se detendrá ante nada para encontrar a su mascota perdida. Por supuesto, toda la trama adquiere rápidamente un aire de caricatura que hace imposible tomarse en serio nada de lo que vemos, ni siquiera la escueta y tópica presencia femenina... que rápidamente es despachada con humor en un diálogo entre Farrell y Walken.

Sin embargo, y aunque el exceso es la nota dominante (¿no lo es siempre en este tipo de películas que quieren imitar a Tarantino... especialmente las de el propio Tarantino?), hay momentos logrados. Algunas de las presentaciones de los psicópatas, narradas casi como películas dentro de la película, tienen interés, por mucho que casi pidan a gritos una reescritura del guión para encajarlas con firmeza en la historia central. Lo mejor, sin duda, está en la autoreferencia a este tipo de cine, afrontada con un sentido del humor sincero y, quizá, excesivamente irónico si se ve desde el punto de vista del espectador que consume con frecuencias películas similares a ésta. Para que eso funcione, era indispensable que los actores se lo pasaran tan bien como parecen haberlo hecho. Y es que esta es la clásica película en la que se intuye que la consigna a los intérpretes es justo esa: salirse de los esquemas, olvidar la contención y bordear la caricatura. Rockwell es el que se lleva la mejor parte en ese sentido, seguido de cerca (éste lo suele hacer casi siempre) de Woody Harrelson, aunque todos tienen mucho, pero mucho que aprender de Walken.

Sin haber conectado de una forma más completa con ninguna de las dos películas de McDonagh, el guión de Siete psicópatas parece menos hecho que el de Escondidos en Brujas. No obstante, veo más elementos divertidos en ésta última, aunque sea de forma aislada con respecto a la historia. No creo que ninguna de las dos sea una gran película, pero ambas pueden hacer que el rato se pase con más o menos agrado. Es cierto que, sobre todo Siete psicópatas, forma parte de un tipo de cine al que no le encuentro la gracia, uno en el que los personajes tienden a la caricatura, en el que la violencia tiene que ser obligatoriamente tan salvaje como divertida, en el que el "se ha pasado" es la expresión más fácilmente repetible y en el que hay personajes que no son más que vehículos prescindibles para un único chiste (le sucede tanto a Olga Kurylenko como a Abbie Cornish). Pero en algún momento consigue ser simpática. Y siempre nos quedan Sam Rockwell y Christopher Walken pasándoselo bien. Menos es nada.