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viernes, marzo 04, 2016

'13 minutos para matar a Hitler', correcta pero insuficiente redención

A Oliver Hirschbiegel no le ha ido bien su aventura americana. Tras deslumbrar con El hundimiento, el realizador alemán hizo las maletas y se marchó a Hollywood. Su primer paso allí fue la casi desastrosa Invasión, que ni siquiera llegó a terminar. Después se ocupó de Diana, el fallido biopic sobre la Princesa de Gales que protagonizó Naomi Watts. Y ahora regresa a su país natal para encargarse de otra película que gira en torno al líder nazi, 13 minutos para matar a Hitler, un filme que entronca más con Valkiria, el filme que dirigió Bryan Singer sobre la más compleja operación para asesinar al führer, que con El hundamiento, aunque para Hirschbiegel sea casi un regreso a casa. Uno correcto, pero en realidad insuficiente, porque la película no termina de despegarse de una estructura que ya conocemos para sacar adelante una historia que no es en absoluto nueva.

Es desde ese punto de vista desde el que se puede considerar algo insuficiente lo que ofrece 13 minutos para matar a Hitler. La película funciona dentro de esa estructura de doble narración con la que se vive el presente de Georg Elser (Christian Friedel) una vez ha sido detenido por las fuerzas nazis y su pasado, el que razona su intento de acabar con la vida de Hitler. Al decir que es una película correcta, también se incide en ese aspecto, en que no hay riesgo, ni temático ni formal, el filme se desarrolla de la manera en que se puede prever desde el primer minuto y no hay ningún personaje que rompa ese aire previsible que se le presupone. Incluso da la impresión de que le falta algo de precisión narrativa, porque lo que acaba destacando tarda mucho en introducirse en la película, el mismo tiempo que, de hecho, tarda en arrancar la misma historia más allá de su prólogo.

No se puede decir que Hirschbiegel consiga que el filme sobrepase ese tono algo frío y academicista que le da desde la sobriedad de esa primera escena, y no parece aprovechar algunas de las ocasiones que le presenta la película, sobre todo la de la forma en la que los diferentes oficiales nazis reaccionan ante su cautiverio y sus interrogatorios (algo que queda en evidencia cuando la escena que hay tras la última elipsis temporal que tiene la película es, con diferencia, lo más interesante que
ofrece 13 minutos para matar a Hitler). Por esta parte, Burghart Klaubner, actor al que se ha visto en La cinta blanca, Goodbye Lenin! o El lector, añade enormes matices a la historia, con mucha más contundencia que la de nuevo correcta interpretación del protagonista, que encabeza un reparto que, otra vez, es correcto. Todo es correcto.

Y quizá ese sea el problema, que la historia que maneja es material mu adecuado para para encontrar rincones de empatía y sufrimiento y, por desgracia, el filme es demasiado descriptivo y muy poco emocional. Correcto, pero algo plano. De una pulcra y muy adecuada ambientación, pero por momentos cargado de momentos sin emoción e incluso algunos rozan la monotonía. No termina de producirse una conexión emocional clara y eficaz entre el hombre que tiene unos ideales y que, por el sufrimiento que provocan en su vida episodios que él vincula al régimen nazi, hasta el tipo que es capaz de idear un atentado contra Hitler, resistir interrogatorios y después, sin que se entienda muy bien por qué, dar de buen grado todas las explicaciones pertinentes. Hirschbiegel no supera del todo el bajón en su cine que le provocó cruzar el charco, por mucho que se mueva en un terreno tan conocido y que para él puede ser tan cómodo.

miércoles, diciembre 18, 2013

'Diana', otro fallido biopic

El biopic es un subgénero en auge en cuando a producción y ambiciosos, por los personajes a los que ha llegado, pero, por supuesto con excepciones notables, en decadencia general en cuanto a resultados. Por algún motivo, el gancho del famoso ya no funciona tan bien como debiera, por mucho esfuerzo que le pongan los actores en sus recreaciones. Diana es una muestra evidente. Se ha hablado más de ella antes de verla de lo que probablemente se volverá a hablar de ella después de que llegue a los cines. El morbo de ver sus últimos años o pasajes directamente vinculados a su muerte o el parecido de Naomi Watts con la Princesa de Gales han sido noticia. La película, por desgracia no lo es. Es un relato confuso y sin un claro objetivo de los dos últimos años de vida de Lady Di, una recopilación de imágenes reales recreadas y una historia de amor sin credibilidad en pantalla (al margen de lo que fuera en la vida real), tramposa y maniquea en muchos momentos y que quiere mostrar ecuanimidad mostrando alternativamente a Diana como lo más parecido a un ángel y como una mujer perdida, sin llegar a convencer en ninguna de las dos facetas.

La norma en este tipo de películas viene a ser dejarlas en manos de la estrella de turno, que se transforma físicamente en la persona real a la que interpreta, preferiblemente en icónicas imágenes que lleven la mente del espectador a sus propios recuerdos. A Naomi Watts, en realidad, no le queda demasiado margen para hacer un trabajo propio. Oliver Hirschbiegel, director del filme que confirma su decadencia desde que sorprendiera con la fascinante El hundimiento y confundiera con Invasión, su desembarco en Hollywood, basa una parte importante de la película en la foto fija, en la famosa entrevista a la BBC, en el vídeo de seguridad que se recuerda como la última imagen de Lady Di con vida, en los vestidos que usó, en sus discursos. Imágenes que quien conociera a Diana tiene en la cabeza. Y todo arranca con la absurda estrategia de ocultar durante unos minutos el rostro de Naomi Watts, como si el cartel y las fotos promocionales no hubieran impedido ya sorpresa alguna en ese apartado.

Watts es una actriz espléndida, pero con esos mimbres será difícil que se recuerde este trabajo más allá de que supone personificar a una de las mujeres más famosas del último cuarto del siglo XX. Y es que la película no hace justicia a la leyenda ni hay nada en ella, desde el punto de vista cinematográfico, que justifique tanta expectación. Podría haber sido un relato sobre la historia de amor prohibida de Lady Di, pero éste queda en pantalla sumamente artificial y no llega a conseguir el interés necesario. Podría haberse volcado también en la faceta humanitaria de la Princesa de Gales, pero estos aspectos quedan más destacados por protagonizar los rótulos de texto con los que finaliza el filme que por los escasos minutos que se lleva en pantalla (y en los que la adoración por Lady Di alcanza tintes excesivos). Y podría haber sido una reflexión sobre el papel de los paparazzis en la vida y en la muerte de Diana, pero estos elementos apenas se esbozan e incluso no suenan coherentes a lo largo de la película. Quiere ser las tres cosas y se pierde en la misma neblina que aparece en una de las escenas del filme.

Diana tiene el problema de ofrecer nada realmente trascendente, y tener una estética propia de un telefilme más que de una producción cinematográfica. No cuenta con un guión compensado, sino que éste se limita a ir tocando temas alternativamente, sin destino y sin propósito claro. Ni siquiera en los momentos que tendrían que ser verdaderamente emocionantes, como el improvisado memorial de flores que la gente erigió junto al Palacio de Buckingham, llega a conmover tanto como debiera. Y así, el esfuerzo de Naomi Watts de personificar a Lady Di es algo vacío e intrascendente, olvidable e incluso discutible desde el punto de vista de un ferviente admirador del personaje real, porque su retrato es en demasiadas ocasiones esa bala perdida de la que se habla en la película, pero no precisamente por su rebeldía frente a la Corona británica. Una lástima el estado del biopic como subgénero, porque la personificación de un personaje querido está dejando de conducir a películas interesantes.