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viernes, marzo 04, 2016

'Rock the Kashbah', por la diversión de Bill Murray

Bill Mrray, más que un actor, ya es un personaje. Cada vez es más evidente que le encanta interpretar a tipos de cierta edad, que pasan por un momento delicado en sus vidas o carreras profesionales, tramposos a más no poder, algo resentidos y con una pronunciada vis cómica. Salvo por los problemas profesionales, el perfecto retrato de Murray. Rock the Kashabh es un ejemplo más de esto que ahora se dedica a hacer Bill Murray. ¿Sorprende? Nada en absoluto. ¿Divierte? Sólo a ratos, porque Barry Levinson acaba haciendo una película extraña, a ratos seria, a ratos alocada, con personajes que entran y salen sin demasiada razón de ser. Y el caso es que, si no fuera por Murray, la película acabaría siendo una extraña y olvidable comedia sobre un agente de cantantes que se ve envuelto en una gira de una de sus representadas en Afganistán y que, por supuesto, acaba de la peor manera.

A Hollywood siempre le han gustado los escenarios exóticos para sus historias más rocambolescas y sus comedias más raras, pero encontrar en Afganistán un escenario para un filme que busca la gracia y el chiste es algo peculiar. Funciona a ratos, sobre todo porque la película se vuelca más en ese exotismo simpático, como si no fuera un país devastado por la guerra (algo que sólo se deja entrever en un par de instantes algo desconectados), que en la situación social, importa más lo tribal que lo político, la historia relacionada con la música que el propio escenario de ese país en concreto. Y sin desvelar nada de la trama, aunque las sinopsis y los trailers ya habrán hecho ese trabajo, la auténtica historia, la que de verdad importa, tarda muchísimo en arrancar, y necesita de una anécdota al final inservible para poner al personaje de Bill Murray en el escenario que se quiere contar. Pero Bill se lo pasa bien, así que todo lo demás no parece importar demasiado.

Y con Bill, el resto del reparto, con la puntual y difícilmente explicable aparición de Bruce Willis, la recortada presencia de Zooey Deschanel y el bastante superfluo personaje de Kate Hudson, y el protagonismo demasiado soterrado aunque en realidad clave de la actriz palestina Leem Lubany. Cuando ella se convierte en el centro de la historia, el tono cómico más amable se apodera del guión, incluso aunque sea ahí donde está la gran reivindicación social que esconde la película, eso sí, muy por debajo de la superficie que acapara Murray, casi única razón por la que Rock the Kashbah se ha llegado a hacer, por mucho que aporten algo de diversión el resto de personajes o la curiosa elección de los temas de la banda sonora (y a veces la mezcla de ambas, como la versión que hace el protagonista del Smoke on the Water de Deep Purple).

El lado musical contribuye a que el filme sea amable. Y curiosamente, aunque ahí está la clave para entender por qué demonios se ha hecho una película de fondo musical con Afganistán como escenario, eso mismo también hace que sea bastante olvidable, por mucho que el rótulo final quiera indicarnos que hay un hecho real que ha inspirado el filme. No basta, como tampoco basta ya ver a este Murray desinhibido y feliz de haberse conocido, que despierta risas puntuales pero en el que se deposita demasiada trascendencia dentro del filme como para no notarse las costuras en el andamiaje que tiene que sostener. Rock the Kashbah se deja ver con la misma facilidad con la que se acaba olvidando, demasiado ensimismada en el disfrute propio y olvidando quizá por momentos que al otro lado de la pantalla hay un espectador que necesita lo mismo y no termina de recibirlo.

'13 minutos para matar a Hitler', correcta pero insuficiente redención

A Oliver Hirschbiegel no le ha ido bien su aventura americana. Tras deslumbrar con El hundimiento, el realizador alemán hizo las maletas y se marchó a Hollywood. Su primer paso allí fue la casi desastrosa Invasión, que ni siquiera llegó a terminar. Después se ocupó de Diana, el fallido biopic sobre la Princesa de Gales que protagonizó Naomi Watts. Y ahora regresa a su país natal para encargarse de otra película que gira en torno al líder nazi, 13 minutos para matar a Hitler, un filme que entronca más con Valkiria, el filme que dirigió Bryan Singer sobre la más compleja operación para asesinar al führer, que con El hundamiento, aunque para Hirschbiegel sea casi un regreso a casa. Uno correcto, pero en realidad insuficiente, porque la película no termina de despegarse de una estructura que ya conocemos para sacar adelante una historia que no es en absoluto nueva.

Es desde ese punto de vista desde el que se puede considerar algo insuficiente lo que ofrece 13 minutos para matar a Hitler. La película funciona dentro de esa estructura de doble narración con la que se vive el presente de Georg Elser (Christian Friedel) una vez ha sido detenido por las fuerzas nazis y su pasado, el que razona su intento de acabar con la vida de Hitler. Al decir que es una película correcta, también se incide en ese aspecto, en que no hay riesgo, ni temático ni formal, el filme se desarrolla de la manera en que se puede prever desde el primer minuto y no hay ningún personaje que rompa ese aire previsible que se le presupone. Incluso da la impresión de que le falta algo de precisión narrativa, porque lo que acaba destacando tarda mucho en introducirse en la película, el mismo tiempo que, de hecho, tarda en arrancar la misma historia más allá de su prólogo.

No se puede decir que Hirschbiegel consiga que el filme sobrepase ese tono algo frío y academicista que le da desde la sobriedad de esa primera escena, y no parece aprovechar algunas de las ocasiones que le presenta la película, sobre todo la de la forma en la que los diferentes oficiales nazis reaccionan ante su cautiverio y sus interrogatorios (algo que queda en evidencia cuando la escena que hay tras la última elipsis temporal que tiene la película es, con diferencia, lo más interesante que
ofrece 13 minutos para matar a Hitler). Por esta parte, Burghart Klaubner, actor al que se ha visto en La cinta blanca, Goodbye Lenin! o El lector, añade enormes matices a la historia, con mucha más contundencia que la de nuevo correcta interpretación del protagonista, que encabeza un reparto que, otra vez, es correcto. Todo es correcto.

Y quizá ese sea el problema, que la historia que maneja es material mu adecuado para para encontrar rincones de empatía y sufrimiento y, por desgracia, el filme es demasiado descriptivo y muy poco emocional. Correcto, pero algo plano. De una pulcra y muy adecuada ambientación, pero por momentos cargado de momentos sin emoción e incluso algunos rozan la monotonía. No termina de producirse una conexión emocional clara y eficaz entre el hombre que tiene unos ideales y que, por el sufrimiento que provocan en su vida episodios que él vincula al régimen nazi, hasta el tipo que es capaz de idear un atentado contra Hitler, resistir interrogatorios y después, sin que se entienda muy bien por qué, dar de buen grado todas las explicaciones pertinentes. Hirschbiegel no supera del todo el bajón en su cine que le provocó cruzar el charco, por mucho que se mueva en un terreno tan conocido y que para él puede ser tan cómodo.