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viernes, julio 24, 2015

'Ant-Man', sobreviviendo pero con agujeros

Cuando se supo que Edgar Wright iba a dirigir Ant-Man hubo una oleada de reacciones positivas, o al menos intrigadas por lo que un director como él podía hacer en una franquicia superheroica. Cuando se anunció que Marvel prescindía de Wright por las famosas diferencias creativas y la puso en manos de Peyton Reed, un halo de pesimismo se instaló sobre el futuro de la película. ¿El resultado? Uno con muchos agujeros visibles, tanto para el que conozca ese reemplazo en la silla de director y la posterior reescritura del guión como para quien no sepa nada de esos cambios de rumbo, pero que consigue sobrevivir dentro del universo Marvel cinematográfico. Lo hace por los pelos y sin lanzar cohetes, y eso quiere decir que probablemente estemos ante la más floja adaptación de los personajes de la editorial, pero con un mínimo de entretenimiento basado en los acertados logros visuales y en el carisma del reparto. Eso sí, es muy fácil considerar Ant-Man como una oportunidad perdida.

Esa consideración se puede tener, además, desde dos puntos de vista. La tendrán, sin duda, los fans de Wright, encorajinados por las declaraciones de Joss Whedon en las que alabó sin medida su guión cuando estaba promocionando Vengadores. La era de Ultrón. Pero la tendrán también los fans del universo cinematográfico de Marvel, porque las buenas ideas que tiene la película, que en realidad son muchas, se diluyen por culpa de un guión claramente compuesto de retales (el más evidente, la conexión que se quiere establecer con los Vengadores resultantes de la segunda película del grupo, un escena del todo innecesaria salvo por esa razón y muy incoherente con la historia), por un exceso de metraje especialmente en la primera hora que seguramente se debe a una falta de seguridad en el producto acabado (de ahí la insistencia en repetir mensajes sobre el futuro no criminal del protagonista o el cariño que siente su hija por él) y por un montaje equivocado en muchos momentos, que no impone el ritmo necesario.

Esos son los defectos de Ant-Man. ¿Los aciertos? Hay que reconocerle muchos. Para empezar, era máxima la dificultad de llevar a la pantalla a un personaje como este, de poderes nada comparables a los de Thor, Iron Man o Hulk, y de protagonismo terriblemente lejano al del Capitán América. Y sin embargo el resultado es convincente. La adaptación del personaje (traspasando al traje a Scott Lang y no al clásico Hank Pym, aquí envejecido con el rostro de Michael Douglas) es muy acertada, aportando el tono macarra y cómico que Marvel quiere seguir explotando desde Guardianes de la Galaxia. Pero además hay una visualización fascinante del mundo de Ant-Man. Es creíble compartiendo plano con hormigas, sus poderes son verosímiles y sirven tanto como motor de la acción como de la comedia (aunque el gag del tren, divertidísimo, ya lo destripara el trailer). Y sobre todo se ha conjuntando a un reparto con carisma, que nada tiene que envidiar al de otras producciones Marvel a priori más importantes.

Paul Rudd convence, y eso es lo esencial. Es creíble como convicto, como héroe a la fuerza e incluso como padre, sabe aportar las dosis de humor adecuadas y también encaja en la acción. Michael Douglas aporta grandes dosis de carisma, y Evangeline Lilly es una gran incorporación al universo Marvel, que tiene incluso un enorme potencial para seguir creciendo si el estudio cuenta con ella, aunque Reed le dé un carácter omniprsente que juega en su contra y en el del uso del tiempo en la historia. La película vuelve a flojear por el lado del villano, en primer lugar por quemar demasiado rápido la bala de Chaqueta Amarilla, pero sobre todo porque con él la película encuentra caminos que prácticamente calcan los del primer Iron Man. Salvando sus errores de montaje, la media hora final cumple con creces, y eso permite salir con buen sabor de boca. Como con el habitual y esta vez escaso cameo de Stan Lee y las dos escenas postcréditos (la primera formidable, la segunda un pegote que busca anunciar la próxima película y nada más). Todo eso es el entretenimiento, por mucho que persista la sensación de que se podría haber hecho más.

lunes, diciembre 16, 2013

'El hobbit. La desolación de Smaug', ¿puede ser una película tan buena y cabrear tanto al mismo tiempo?

La pregunta que deja en el aire la segunda entrega de El hobbit, La desolación de Smaug es clara. ¿Puede ser una película tan buena en algunas cosas y cabrear tanto al mismo tiempo incluso por más motivos? Peter Jackson ha dado con la fórmula ideal para que reine la sensación de que ha superado ampliamente la floja primera entrega de esta nueva trilogía y de que ha superado barreras que nadie va a superar en mucho tiempo, pero, de la misma manera, deje la sensación de que hace tiempo que dejó de entender lo que supone hacer cine. Es, no podía ser de otra manera, un mastodóntico ejercicio de fantasía y aventura, con escenas más y menos logradas. Pero también es un problema como película, porque destruye por completo la importancia del clímax para supeditarlo al formato que le exige la absurda decisión de rodar tres películas de este libro de Tolkien para vender más entradas y blu-rays de versiones cinematográficas y extendidas. Cabrea eso, la megalomanía que le lleva a estirar sin medida sus películas de la Tierra Media. Mucho. Y así, cabreado pero aún con la boca abierta, es como se sale del cine.

Ya desde su concepción, era palpable el error de hacer tres películas de un libro que ni se acerca a la extensión de uno solo de los volúmenes de El Señor de los Anillos. Los 169 minutos de Un viaje inesperado lo mostraron. Los 161 de La desolación de Smaug lo evidencian con mucha más claridad. Y si ya es grave en bastantes momentos de la película, lo verdaderamente desolador de esta segunda entrega es la constatación de que Perter Jackson no ha entendido el sentido de un clímax cinematográfico, entregándose a una maquinaria comercial con muchas más ganas que al puro cine que respiraba en el crescendo brutal y maravillosamente estructurado de El Señor de los Anillos. El ritmo depende aquí, simplemente, de la concatenación de escenas de espectáculo, algunas directamente extraídas de un videojuego (la de los toneles, con unos exageradísimos efectos visuales que están lejos de ser tan precisos como los de la trilogía original por mucho ordenador que gasten) y otras forzadas por el deseo de crear inexplicables escenas nuevas ausentes del libro (se lleva la palma el forzadísimo protagonismo, sí, protagonismo, de Legolas).

A Peter Jackson se le ha ido claramente la mano. Ha privado a sus películas de elipsis y ha decidido que la única forma de hacer escenas de acción, al menos así lo muestra durante buena parte del metraje de esta segunda entrega, es sobrecargar los planos y mover la cámara más que nunca, intentando no cortar el plano (en la senda marcada por Los Vengadores, pero descontroladamente). Pero, aún más, ha llevado su peligrosa costumbre de añadir y añadir escenas a un punto de no retorno en el que incluso altera algunos de los logros de El Señor de los Anillos. Del mismo modo, el preciso uso de cada personaje en la trilogía original salta aquí por los aires de la forma más sorprendente, dejando el cartel de la película como una trampa más, una en la que el conocedor de la novela, en todo caso, no caerá. Lo que tenía de grandioso El Señor de los Anillos era que formaba un conjunto espectacular pero, al mismo tiempo, cada película tenía una personalidad propia (algo que, por ejemplo, también se veía en la música de Howard Shore, aquí mejor que en la primera de El hobbit). Pero aquí, más que película, tenemos un producto por piezas.

¿Y qué es lo bueno? La hora final. Es ahí donde la emoción que reinaba en toda la trilogía de El Señor de los Anillos encuentran el eco que cabía esperar, incluso en escenas que no tienen ningún sentido en la adaptación (Tauriel, la elfa que interpreta grácilmante Evangeline Lilly domina esa faceta). Es ahí donde Martin Freeman vuelve a mostrar que es un Bilbo espléndido, por mucho que el título de El hobbit no haga justicia al poco tiempo que pasa en la pantalla, y encabezando un buen reparto en el que siempre destaca Ian McKellen. Y es ahí donde sale Smaug, el dragón. Hay que decir con rotunda claridad que jamás se ha visto un dragón que desprenda tanto poder y maldad en una pantalla de cine. Es el mejor de la historia y es lo que obliga, una vez más, a insistir en la importancia de ver el cine en versión original, porque le pone voz un Benedict Cumberbacht colosal. Smaug es un prodigio, como en su día lo fue Gollum en Las dos torres y justifica por sí solo el pago de la entrada. Ahí Peter Jackson demuestra que saber hacer grandes películas. Pero cabrea y mucho. Más aún con la forma en que acaba la película. Y ahora otro año de espera.

miércoles, noviembre 30, 2011

'Acero puro', diversión auténtica

Esto de va de un padre y su hijo de once años que controlan unos robots que boxean. En serio. Y dura nada menos que 127 minutos. En serio también. Y resulta que, contra todo pronóstico, es una película entretenida y divertida. Más en serio todavía lo digo, porque Acero puro es una de esas películas que muchos dejarán pasar. Asumamos que esto tiene pinta de ser la típica peliculita previsible, de esas que destripa el trailer y en la que se mete un actor conocido para tener todo el cartel del filme a mayor gloria de su fama. Lo es, sí. Pero también hay que asumir que, dentro de lo predecible que resultan la mayoría de las cosas, el director Shawn Levy y el actor Hugh Jackman ofrecen un título apreciable y disfrutable, bien hecho, construido en base a fórmulas que funcionan pero en las que se saben mover con habilidad. Y al final resulta que queda una más que apreciable película de boxeo (sí, es una película de boxeo, pero apta para todos) y una bonita historia de cariño familiar y superación personal mucho mejor de lo que parecía que iba a ser.

No sé muy bien qué tiene el boxeo, que me repele como aficionado al deporte pero que me engancha sin medida como cinéfilo. Es extremadamente difícil que una película en la que haya un cuadrilátero no me guste. De hecho, se me ocurren un buen puñado de títulos en los que Acero puro ha buscado inspiración, pero sobre todo pienso en Rocky. En serio también. Son muchas las diferencias entre ambos títulos (¡no podía ser de otra manera, por ambientación, protagonista e historia personal!), pero en el fondo les veo similitudes, sobre todo en la temática de superación personal (muy Disney si se quiere, pero... ¿quién distribuye la película?) y la tan inevitable como esperada y necesaria pelea final. Pero si Rocky tenía como gran virtud en su tramo final la emoción de saber quién iba a ganar el combate, si el campeón o el fracasado, en Acero puro sucede exactamente lo mismo. Y eso, aquí, es una gran virtud. La emoción sincera por saber quién gana ese combate final crece minuto a minuto, escena a escena, plano a plano. Y ese resultado puede ser todo lo discutible que se quiera, que lo es, pero no afea nada de lo anterior.

Lo cierto es que Acero puro cobra valor como lo que es mucho antes de esa escena final. Son muy excesivos los 127 minutos con los que Shawn Levy (director de las dos entregas de Noche en el museo) alarga el espectáculo, sobre todo en la primera mitad de la película, pero desde la primera pelea oficial de ese robot sparring que se acaba haciendo entrañable, ya no hay forma de escapar a la emoción de la película. Por supuesto, podemos poner en duda el mismo punto de partida del filme, que habla de un futuro muy cercano (2020), en el que el boxeo entre humanos ha sido abolido para dar paso al boxeo entre robots. Se supone que es porque así se puede dar rienda suelta a la violencia que quiere ver el público (violencia siempre rebajada cuando no hay sangre de por medio, ya se sabe del puritanismo de Hollywood en este aspecto). Entonces, ¿cómo es posible que se permita la entrada en este circo de un crío de once años? Fallo garrafal, en realidad, de la película, pero sin el que no se podría haber montado la historia familiar.

Charlie (un siempre carismático Hugh Jackman) es un tipo que se encarga de llevar robots a peleas, sean legales o clandestinas, que no pasa por su mejor racha y que va debiendo dinero a todo el mundo, incluso a su novia, Bailey (Evangeline Lilly; correcta), hija del hombre que le entrenó cuando se dedicaba al boxeo profesional. Charlie tiene un hijo, Max (Dakota Goyo; de gran parecido con el Jake Lloyd de La amenaza fantasma, aunque unos años mayor que aquel en ese filme), al que renunció cuando nació y del que no quiere hacerse cargo ahora, pero tendrá que hacerlo, sólo para descubrir que el chaval es un enamorado del boxeo de robots y un auténtico genio de la electrónica. Aunque al principio no se soportan entre sí, ambos irán descubriendo que el boxeo teje entre ellos unos lazos de padre e hijo que no pensaban que existieran. Juntos se atreverán a desafiar con un robot que no estaba pensado para el combate al mismísimo campeón invicto, una máquina que manejan una exótica promotora, Farra Lemkova (una fascinante Olga Fonda que casi parece extraída del mundo de Tron Legacy), y el diseñador Tak Mashido (Karl Yune).

Acero puro es de esas películas que, por muchos motivos, huelen a catástrofe, que parecen una cosa que al final no son y que en realidad son mucho más entretenidas de lo que muchos se atreverán a admitir después de verla. No estamos ante un título revolucionario, evidentemente, pero sí muy correcto. Y quienes habitualmente disfruten con Hugh Jackman (tal es su carisma en pantalla que para mí es casi imposible no hacerlo desde la ya lejana X-Men), tendrán un motivo añadido para degustar este hermoso festín de efectos especiales (en ocasiones es francamente arriesgado adivinar si son efectos digitales o animatrónicos, lo que habla de su calidad) con una bonita historia de fondo, que cae en tópicos manidos (desde la inevitable presencia de una mujer porque sí, sin más necesidad dramática, a algunas situaciones siempre presentes como el momento enfado-reconciliación, o incluso la forma de montar la pelea final que es puro Rocky). Por rocambolesco que le pueda parecer a algunos, Acero puro es una de esas películas en las que el divertimento más que asegurado.