miércoles, mayo 26, 2010

'Kick-Ass', un extraño despropósito

Que el cómic ya se ha instalado como una de las principales referencias de los blockbusters veraniegos de Hollywood es una realidad. Que lo hace de una forma un tanto extraña, también. Mientras, por un lado, triunfan las películas sobre superhéroes, por otro también consiguen buenos resultado de taquilla otros títulos basados en novelas gráficas o miniseries fuera del circuito de los personajes más conocidos. Estos títulos se mueven en una doble tendencia que concfluye en un aire de incorrección más o menos forzada, la de la violencia salvaje (aunque no es para tanto, luego matizo...) por un lado y la del humor más fácil por otro. Kick-Ass es una de esas películas. Procede de un cómic alabado pero para mí muy discutible. Y la película seguramente encontrará su público, pero el resultado final es un extraño despropósito que no acaba de mantener la fidelidad al cómic original (sí la visual; la temática es otro cantar) ni, tampoco, de encontrar una vía cinematográfica salvable.

Kick-Ass supone una especie de experimento multimedia y probablemente ésto sea lo único por lo que se recordará el título. La obra en cómic, de Mark Millar y John Romita Jr., ya tenía vendidos los derechos cinematográficos antes incluso de publicarse. La escritura del guión de la película se hizo de forma casi pararela al desarrollo de los ocho números de los que consta la serie en cómic, que terminó de llegar a las librerías apenas unas semanas antes del estreno del filme. No han sido desarrollos paralelos, sino colaborativos. Es decir, que las amplias diferencias que hay entre uno y otro producto no tienen nada que ver con diferencias creativas entre los responsables de ambos, no. Simplemente, los guionistas de cine han querido explorar otros caminos del mundo creado por Millar y Romita. En esencia, las dos son obras supuestamente irreverentes situadas en un mundo similar al nuestro pero en el que hay gente que se preguntan por qué no hay superhéroes y se lanzan a llenar ese hueco. Ni la novela gráfica ni la película me satisfacen, pero menos aún el filme de Matthew Vaughan.

Kick-Ass, la película, es una comedia adolescente que adquiere el disfraz de un cómic pretendidamente revolucionario. Lo que en las viñetas pretende ser una sátira sobre el cómic de superhéroes y, más concretamente, el perfil del aficionado adolescente y cómo influye en él la fantasía que consume, en la pantalla cae a un nivel de humor mucho más bajo, simplón y barato. Tiene momentos en los que es inevitable reírse, sí (cuando Kick-Ass y Bruma roja se suben al coche del segundo y suena la música de la radio es un momento impagable), pero el conjunto es absurdo. Pierde la noción de lo que quiere y de lo que podría ser. Si el original busca un anclaje en la realidad, la adaptación se pierde en eso, en el absurdo. ¿Violenta? Sí y no. Muertes, todas las que queráis. Sangre muy poca. Eso ya le pasó a Lobezno, que nos presentó a un sanguinario tipo con unas garras de un metal indestructible pero con el líquido rojo vetado en pantalla. Se nota tanto que las muertes son de mentirijilla, que en ningún momento cabe pensar en lo rompedor del invento.

El guión también se pierde en esas absurdeces que lastran la película en todo momento. Cambia ciertos elementos del cómic sin pies ni cabeza, con la única intención de que aparezcan calcos de viñetas (eso lo hizo mucho mejor 300 o incluso Sin City) y sin necesidad de que tengan ninguna justificación argumental, buscando quizá atrapar a quien disfrutara con la lectura. No creo que lo consiga. A mí, desde luego, los cambios me han confundido. No veo sentido a que sea Bruma Roja y no Kick-Ass quien se lance como un poseso al interior de un edificio en llamas, y lamento que se haya perdido el patetismo del motivo por el que entran. No entiendo el artificial dramatismo del que se quiere dotar a la historia de Big Daddy y Hit-Girl, que no sólo no encaja en el tono de la película sino que desvirtúa la idea original. No comprendo por qué hay que meter como sea a una chica joven y guapa en cualquier película, aunque el personaje sea un despropósito y los guionistas ni siquiera sepan qué hacer con ella al final. No entiendo nada. Es lo malo de ver un absurdo.

¿Los actores? Pues hacen lo que pueden, tampoco se les puede culpar de este desaguisado. La mayoría son desconocidos, muchos por su juventud. Quizá va siendo hora de que Nicolas Cage se aleje definitivamente del cine basados en cómics, porque nunca parece el actor indicado. Mark Strong, que había dejado dos grandes muestras de villanos en Sherlock Holmes y Robin Hood, bordea el ridículo en un papel sin pies ni cabeza. Vaughan venía de sorprender con su anterior película como director, la preciosa Stardust, pero ahora da un paso atrás, justo con una película de cómic y cuando está a punto de encargarse de la nueva entrega de X-Men. Kick-Ass no es algo demasiado alentador antes de acometer esa tarea. Ha habido polémica por la violencia, porque uno de los protagonistas sea una cría asesina y malhablada. Ni caso. No hay ni polémica. Simplemente es un extraño despropósito que igual sirve para echar unas risas viéndola en grupo, pero nada más.

viernes, mayo 14, 2010

'Robin Hood', la aventura sigue viva

Un viejo amigo y un nuevo conocido. Ese es el Robin Hood de Ridley Scott, una película que expande la leyenda del arquero más famoso del cine, ofreciendo la parte de la historia que nunca habíamos visto y, sobre todo, devolviendo al cine moderno uno de sus grandes mitos, uno que no veía una adaptación destacable desde hace casi veinte años. Lo que Scott nos da es, de hecho, la mejor versión que se ha hecho de las andanzas del bandolero de Sherwood desde que Errol Flyn vistiera las mallas allá por 1938, en Robin de los bosques. Ahí es nada. Robin Hood es una película clásica, pero al estilo de Ridley Scott, un entretenimiento magnífico de acción (rodado con una claridad y con una elegancia que ya quisieran directores del género más reputados) con un trasfondo político que eleva el potencial de la película. Con algún pequeño altibajo en su ritmo, sí, pero demostrando que la aventura sigue viva para un público mayor de quince años, que es el único que parece importar al Hollywood de hoy.

Son varios los grandes méritos de Robin Hood. Por un lado, se trata de un personaje sobradamente conocido, que tiene unas características que lo hacen reconocible. Sin embargo, Scott consigue introducir una visión fresca y a la vez adecuada a lo que sabemos de él. No es fácil, es un reto similar al que se enfrentó hace poco Guy Ritchie para hacer la brillante Sherlock Holmes. Lo que Ridley Scott incorpora no es una nueva visión de Robin Hood, sino un pasado, un origen, una historia previa a lo que ya hemos visto en decenas de adaptaciones. De hecho, la película concluye anunciando que justo ahí empieza la leyenda, justo ahí queda el testigo para enlazar con Robin de los bosques, con Robin Hood. Príncipe de los ladrones o con cualquier otra versión de sus aventuras. El guión cumple con esa función a las mil maravillas. No hay traiciones a la esencia, hay aportaciones. Y algunas muy valiosas, como saber de dónde viene su habilidad con el arco.

El segundo gran mérito, éste fácilmente personificable en Ridley Scott, es sumergirnos como lo hace en una época pasada, sea la que sea. Se le acusa de tomarse libertades históricas en sus películas (más acusado era, por ejemplo, en El reino de los cielos), pero lo cierto es que todo lo que enseña encaja. En Robin Hood se ve la Edad Media, se siente, se palpa y se disfruta. Sea o no sea históricamente precisa, porque eso queda en segundo plano. Como parte de este mérito, es obligado destacar que Ridley Scott parece hoy el único director capaz de recrear la guerra más clásica, la de espadas, arcos, caballos y lanzas. Lo hizo en Gladiator, lo repitió en El reino de los cielos y ahora corona esa bella trilogía bélica en Robin Hood con una portentosa escena de batalla final (también digna de mención es, en este sentido, la apertura del filme). Sólo Ridley Scott, excepción hecha de Peter Jackson en El Señor de los Anillos, es capaz de introducir al espectador en un combate así. Y su logro es doble, porque la guerra moderna tampoco se le escapa, como demostró en Black Hawk derribado.

Ridley Scott es un maestro rodando, montando e iluminando sus películas. Por acción propia o por la de sus colaboradores, a los que elige y exige una minuciosidad siempre brillante y siempre diferente. Se ha trazado un paralelismo entre este filme y Gladiator. Y lo hay, claro que lo hay, pero el tercer mérito que presenta Robin Hood es el de mostrarse como un título único, auténtico y diferente con respecto a otras películas de su director. Proeza, además, en la que hay que dar un alto porcentaje de valor al protagonista Russell Crowe. Qué fácil hubiera sido recrear al Máximo de Gladiator. Qué maravilla verle incorporar a otro gran personaje a su filmografía. Crowe es, probablemente, el mejor actor vivo. Es capaz de dar vida a un hombre asustado y a uno valiente, a un padre de familia y a un galán, a otro hombre sedentario y a un héroe de acción. No hay personaje que se le resista. Dicen que es el actor de más edad en dar vida al famoso arquero. Quién lo diría. No me atrevería a proclamar que el suyo es el mejor Robin que se ha hecho, porque convive con Erroyl Flynn, Douglas Fairbanks o Sean Connery, pero es brillante.

Crowe es sólo la piedra angular de otro de los grandes méritos de la película: el reparto. Cate Blanchett, Mark Strong, William Hurt, Max von Sydow, Danny Huston y Oscar Isaac encabezan un elenco no sólo estelar, sino perfecto. Blanchett solventa las dudas que tenía sobre su capacidad de hacer una buena Lady Marian y aporta química con Crowe (es más achacable al guión que a ella la discutible forma en que su papel cumple con la necesidad de contar con una heroína en toda película moderna; al guión también le falta una explicación convincente de esa especia de niños perdidos, más propios de un Peter Pan sombrío que de esta película). Strong, tras maravillar en Sherlock Holmes (antes había colaborado con Ridley Scott en Red de mentiras), demuestra que hay pocos actores que sepan dar presencia tridimensional y real a un villano (atención al maravilloso cara a cara con Hurt en una breve pero poderosísima escena). Huston y Von Sydow dan una elegancia a sus personajes (Ricardo Corazón de León y Sir Walter Loxley) que contrasta con la fuerza y la juventud de Isaac como el príncipe Juan.

La historia comienza en Francia, con el tramo final de la cruzada de Ricardo Corazón de León, y despliega con maestría las aventuras de Robin Hood, pero también todas las intrigas políticas y palaciegas por la corona de Inglaterra. En algún momento, incluso aprece que el héroe es sólo una excusa para hablarnos del antagonismo entre Ricardo y Juan, pero eso, aparte de los mencionados altibajos de ritmo en el tramo central de la película, enriquece el cuadro. El espléndido final, tan abierto a una secuela como a los sueños y la imaginación del espectador, elimina todas las dudas que pueda generar la película: se trata de un Robin Hood adulto, maduro, entretenido y profundo, una muestra más de la maestría de Ridley Scott como cineasta, una delicia que hace renacer las esperanzas de ver un cine de aventuras clásico, alejado de la artificiosidad y jovialidad de títulos como Piratas del Caribe. La aventura, decía, sigue viva. Y Ridley Scott, un director al que se critica con demasiada facilidad, es su principal exponente en el cine moderno.

viernes, mayo 07, 2010

'Más allá del tiempo', romanticismo eterno

No son buenos tiempos para el romanticismo, ni siquiera en el cine. Será que el mal momento de la comedia romántica (un subgénero dedicado ya por completo a la fotocopia pura y dura, más centrado en lo políticamente correcto que en lo verdaderamente emotivo), ha afectado demasiado, pero es cierto que ya no se ven grandes historias románticas en el cine. No muchas, al menos. Por eso, cuando uno encuentra una película de este corte, cuando se siente profundamente conmovido por la historia a la que asiste como espectador, cuando se descubre una lágrima furtiva en su emocionante final, la satisfacción es plena. No importa que Más allá del tiempo no sea perfecta, ni que sea un trabajo en muchos momentos bastante impersonal que, quizá, podría haber rodado cualquier director. Lo que sí importa es que la historia engancha, que la original mezcla entre la fantasía y el amor convence, que el disfrute está garantizado. Y las lágrimas prácticamente también.

Henry DeTamble tiene un don. Puede viajar en el tiempo. No necesita un complejo artefacto como el de películas de viajes en el tiempo como Regreso al futuro o La máquina del tiempo. Simplemente puede hacerlo, digamos como el Hiro Nakamura de la serie Héroes. Más allá del tiempo se centra en los efectos que ese don tiene en la vida personal y, concretamente en conocer y convivir con la mujer de su vida. El planteamiento por sí sólo ya es fascinante, y no sólo para los amantes de la fantasía o la ciencia ficción, sino para aquellos que disfrutan de ver a personas ordinarias en situaciones extraordinarias. ¿Cómo se puede vivir con alguien que sin control desaparece sin dejar rastro y sin qué sepas dónde (en realidad cuándo) ha ido ni cuándo va a volver? ¿Cómo afecta eso a las relaciones personales, a la convivencia diaria, al trabajo de uno y otro? ¿Y en qué medida puede un hombre mantener la cordura sabiendo cosas que le sucederán en el futuro o reviviendo sucesos dramáticos del pasado? Con eso juega esta película.

No obstante, el acercamiento al filme puede provocar cierto recelo. Primero por el título escogido, que elimina todo el sentido del original, The time traveler's wife (La mujer del viajero del tiempo). El título español y el cartel hablan de una comedia romántica más y esconden todo el cariz fantástico que encierra la historia. Una pena, porque creo que así se perderán espectadores. Después, porque su director, el alemán Robert Schewentke (Plan de vuelo: desaparecida) no es de los que arrastran masas al cine, y lo demuestra con una dirección algo rutinaria (por mucho que intente lucirse, incluso innovar, con algunos planos en movimiento) pero también eficaz. Vamos, que él no enamora, para eso ya está la historia. No pocos se han preguntado qué habría hecho otro director con este material (y no pocos han recordado cierto paralelismo entre esta historia y El curioso caso de Benjamin Button, de un gran director como es David Fincher).

Esa historia procede de una novela adaptada por el siempre lacrimógeno Bruce Joel Rubin (escribió su única película como director, Mi vida, y es guionista, entre otras, de Ghost). El guión, aunque cuenta con una resolución al único trazo de intriga planteado que, como poco, causa sorpresa (en sentido negativo) es inteligente y correcto, se mueve muy bien entre las elipsis y los saltos temporales y cuenta lo que tiene que contar de forma notable. Y sobre todo la película triunfa en lo que busca, llegar al corazón del espectador, por una carismática pareja protagonista. Eric Bana lleva años moviéndose en papeles muy diferentes y encontrando casi siempre elementos de interés. Rachel McAdams se ha hecho un hueco en algunas películas bastantes interesantes (La sombra del poder, Sherlock Holmes) y se ha ganado el derecho a que se le preste atención en el futuro.

Más allá del tiempo presenta otras cualidades. Por ejemplo, la actuación de los niños que dan vida a la infancia de los protagonistas. En este mundo dominado por agentes y estudios de mercado, cada vez parece más difícil encontrar menores que actúen con la naturalidad que se espera de ellos. Aquí hay varios. Bravo por el trabajo de cásting. También es de agradecer que la película se esfuerce en conseguir que no haya problema en reconocer la época en la que estamos viviendo ni a qué momento cronológico pertenecen los protagonistas (un trabajo de maquillaje tan espléndido como sutil, a pesar de el guión remarca innecesariamente ese aspecto en una de esas escenas, la de la boda), o que la película no se pierda en subtramas innecesarias. Quizá sea también una oportunidad perdida o una falta de ambición, pero quizá incluir más elementos o personajes secundarios hubiera desembocado en una película mucho más difícil de controlar.

No es un filme perfecto, no. No le hace falta para ser una de las propuestas más originales, e interesantes y emotivas que da el romanticismo cinematográfico de Hollywood desde hace mucho tiempo, y seguramente lo consigue porque lo que busca es, nada menos, enseñarnos un romanticismo y un amor eternos. Si durante la película alguien tiene alguna duda de si merece la pena verla, esa incógnita queda despejada con la magnífica escena final. Especialmente indicada para románticos, de incógnito o no.

martes, mayo 04, 2010

'Iron Man 2', espectáculo del bueno

El primer Iron Man se convirtió hace dos años, por derecho propio, en una de las mejores adaptaciones de cómics Marvel que jamás se han hecho, a pesar de que se produjo con mucho menos bombo que otras películas del género. Al mismo tiempo, aquella cinta fue la génesis del Universo Marvel cinematográfico que estamos viendo y que seguiremos viendo en los próximos años. De la secuela de Iron Man lo primero que hay que decir es que es tan espléndida como la primera entrega, tan entretenida como aquella, con un sentido del espectáculo tan refinado como la original. ¿Diferencias? Las hay. A simple vista para bien, porque crece aquello que en parte faltaba en la primera: la espectacularidad. Rascando algo más, hay otra diferencia más negativa, y es que el guión, siendo muy interesante, no termina de sacar partido a algunos de los elementos y personajes que pone en pantalla. Pero es una gozada. Como la primera. ¿Mejor? Qué difícil decidir cuál de las dos es mejor.

Si en la primera entrega ya quedó claro, la segunda confirma aún más que esta saga no tendría ningún sentido sin Robert Downey Jr. La mayoría de los actores consiguen, a lo largo de sus carreras, encontrar un personaje que les define. Tony Stark/Iron Man es el de Robert Downey Jr. Vista su interpretación parece sencillamente imposible encontrar a alguien que hubiera podido aunar con semejante brillantez la socarronería y excentricidad del multimillonario inventor con la seriedad de su trabajo, su carácter de mujeriego empedernido con la lucha por la vida es que está inmerso, la comicidad de algunas secuencias con la mayor profundidad de otras. No sé por qué hay tanto miedo, sobre todo en las nominaciones anuales, a destacar a un actor que interpreta a un personaje de cómic. Ojalá los premios a Heath Ledger por su sobrecogedora actuación en El Caballero Oscuro vayan teniendo reflejo en trabajos como el de Robert Downey Jr.

Iron Man nos hablaba del efecto que podía tener sobre el mundo la aparición de una máquina bélica tan contundente como la armadura del héroe. Iron Man 2 nos habla de la reacción del mundo a esa irrupción, y ahí juego un papel importante un empresario rival, Justin Hammer (un divertido Sam Rockwell). El concepto, analizado millones de veces en el cómic (y no sólo en los de este personaje, desde luego), es apasionante. Sin embargo, este planteamiento queda algo lastrado por la obsesión del cine de superhéroes de centrarse en historias de origen, que era precisamente lo que relantizaba la primera entrega. Y como aquí el de Iron Man ya está establecido, son muchos los minutos de su metraje los que se dedican a contarnos la historia del villano, Látigo (un Mickey Rourke adecuado en un personaje que no queda del todo bien dibujado), minutos que lastran bastante, sobre todo en la primera mitad de la película. Habrá quien también vea lentitud en muchos tramos de la película, pero a mí más me parecen elementos de cohesión entre las dos entregas de Iron Man y, sobre todo, con el resto de ese ya mencionado Universo Marvel cinematográfico.

Y es que muchas de las novedades (y elementos ya vistos, aunque fuera de pasada en la primera, como el escudo que usará el Capitán América; todo un toque de irreverencia el uso que se le da en ésta) que aporta Iron Man 2 parecen pensadas para expandir ese universo. El Nick Furia de Samuel L. Jackson tiene aquí más metraje que en la primera película por eso, porque se está gestando la película de los Vengadores. La introducción de la Viuda Negra de Scarlett Johansson tiene también esa razón de ser, además de introducir el nombre de otra estrella en el reparto. La actriz, por cierto, confirma que, hoy por hoy, es más una imagen de marca que una intérprete. No es que falle su personaje (mucho más breve de lo que sugiere que uno de los elementos más publicitados haya sido su traje ajustado de cuero negro), es que ella parece conformarse con exhibir una incuestionable imagen sexy y bordar la escena de acción que se le presenta (una escena, por cierto, rodada de forma magnífica por Jon Favreau, quien ya en la primera parte demostró un gran estilo como realizador de acción eludiendo la confusión en pantalla que suele dominar este género).

La mejora de la secuela con respecto al original se nota en su espectacularidad. Lo más decepcionante de Iron Man, seguro que por falta de medios para aumentar su escala, era su clímax. Aquí el avance es considerable, porque se trata de un magnífico enfrentamiento final dividido en tres segmentos (el peor de ellos, por desgracia para el personaje de Rourke, el último), intercalado con una segunda acción paralela muy bien montada. Es aquí donde destaca la novedad de este filme que parece propia de esta saga y que no tendrá protagonismo en los Vengadores (aunque todo es posible): Máquina de Guerra. Don Cheadle sustituye (y mejora) a Terrence Howard como James Rhodes. La presencia de dos armaduras en la parte final del filme aumenta el espectáculo, un tanto digital a veces pero lleno de diversión en todo momento (y muy bien planteado por su director, intercalando planos de los rostros dentro de la armadura con la acción). Gwyneth Paltrow repite papel y sensaciones con respecto a la primera entrega, bien pero quizá algo desaprovechada.

Una parte importante de esta saga es el humor, muy presente de nuevo en la secuela (incluyendo, una vez más, el impagable cameo del creador del personaje, Stan Lee; buscadle después de la presentación de Iron Man en la Expo Stark), pero no por ello se desprecian elementos más dramáticos o trascedentes (quizá lo más endeble sea la conexión de Tony Stark con su padre), lo que hace de Iron Man 2 un magnífico ejemplo de cine espectáculo, un modelo para futuras películas que busquen objetivos similares, un cine de cómic espléndido y un título muy recomendable para introducir al público en ese género, una cinta de acción con un ritmo y una elegancia que ya quisieran títulos con mucha mayor reputación, dos horas de puro entretenimiento. Y que sean algo más de dos horas, porque quien se vaya antes del final de los títulos de crédito, como ya sucedió en la primera entrega, se perderá la última escena del filme... que invita directamente a seguir inmerso en el Universo Marvel. Y larga vida a ese universo mientras produzca películas como ésta.

miércoles, abril 21, 2010

'Un ciudadano ejemplar', un cóctel muy logrado con un gran... ¿villano?

Lo primero que cualquier podría pensar antes de ver Un ciudadano ejemplar es que es no es una película demasiado original. Juega con dos planteamientos ya vistos en incontables ocasiones. Por un lado, la venganza por el asesinato de un familiar querido como motor de una película. Por el otro, el duelo entre dos personajes aparentemente antagónicos, que chocarán en varios momentos de la película y que, inevitablemente, se verán en el climax final. Son innumerables los filmes que se podrían citar como influencia de Un ciudadano ejemplar. Y, sin embargo, no suena a ya vista, es algo nuevo, original y sumamente entretenido. Es un cóctel de ingredientes más o menos comunes, sí, pero un cóctel muy logrado que, además, presenta un personaje magnífico. ¿Un villano? Ese es otro de los puntos fuertes de la película, el debate que puede generar el hombre interpretado por Gerard Butler.

Un ciudadano ejemplar es una de esas películas de las que no conviene saber mucho antes de entrar a verla (por eso sorprende encontrar en Internet, con suma facilidad, fotografías ¡nada menos que del desenlace del filme!). Basta saber que se trata de un thriller inteligente, con mucho ritmo, violento (crudo en algunas de sus imágenes) y sorprendente. Conseguir esto último acaba siendo la mejor baza de la película, puesto que es imposible disimular la cantidad de influencias de las que bebe. Desde Harry el sucio a El silencio de los corderos, pasando por Heat o El Caballero Oscuro. En realidad, casi cualquier película notable que haya dado el género en las tres últimas décadas podría conectarse con Un ciudadano ejemplar. Y, a pesar de tantas referencias más o menos explícitas, la mezcla funciona a la perfección y mantiene al espectador concentrado en la pantalla y no en su memoria cinematográfica.

Mucho tiene que decir en esto Gerard Butler, un actor al que hay que aplaudir que no haya querido encasillarse en personajes cercanos al Leónidas de 300, el que le dio a conocer. El suyo es un papel que fascina desde la brutal escena inicial hasta el enfrentamiento final, pasando por su magnífica aparición en el juzgado. Y es el que genera todo el debate que surge de esta película. Daría para mucho, pero por desgracia habría que destripar la película para entablarlo. En cualquier caso, no deja de ser curioso que Butler iba a interpretar en principio al otro personaje principal, el que recayó finalmente en Jamie Foxx. No es un actor tan capacitado como algunos le vendieron hace muy poco tiempo (cuando ganó el Oscar por Ray, fue nominado por Collateral o participó en películas como Dreamgirls o Jarhead), pero se mueve como pez en el agua en su papel de ambicioso fiscal.

El resto del reparto es notable y muy adecuado, pero merece la pena destacar la presencia femenina, en un tipo de cine en el que no suelen destacar y en papeles muy diferentes entre sí. Sobresalen Leslie Bibb, ayudante del fiscal, que da a la película una intriga necesaria, una ambigüedad en algunas escenas que enriquece el guión, y Viola Davis (nominada al Oscar por La duda), como la alcadesa de Filadelfia, que aporta presencia y empaque con un papel que pide a gritos más minutos (de las menos de dos horas que dura el filme) en pantalla. Tan notable es su trabajo como el del director, F. Gary Gray, un realizador que sorprendió hace más de una década con la más que interesante Negociador, con Kevin Spacey y Samuel L. Jackson, y que es también responsable del remake de The italian job, que protagonizaron Mark Walhberg y Charlize Theron.

No es fácil creer la evolución que sufre el personaje de Butler y lo que es capaz de hacer para lograr su objetivo, eso es sin duda lo más endeble del planteamiento de Un ciudadano ejemplar. Pero si se aceptan las premisas de la película, si se le da esa pequeña concesión, el resto es un trabajo notable, un thriller atrayente y complejo, muy superior a la media de un género que cada vez está más cerca de ofrecer fotocopias con distintas caras, que hace de la violencia descarnada uno de sus pilares (hay escenas no muy aptas para estómagos o miradas sensibles) pero que encierra muchos más elementos de interés, como por ejemplo el maravilloso montaje paralelo entre una ejecución y un concierto (magníficamente acompañado con la música de Brian Tyler) o los muchos cara a cara que protagonizan Butler y Foxx.

Un ciudadano ejemplar se estrena el próximo 7 de mayo.

lunes, abril 19, 2010

'Alicia en el País de las Maravillas':...Y Tim Burton decepcionó

Esperada era la versión de Tim Burton del cuento de Alicia en el País de las Maravillas y ésta, como a menudo sucede cuando hay expectación, ha acabado por decepcionar. Quizá sea la película menos completa de Burton, la que menos deja en el recuerdo, la que apenas cuenta con elementos sobresalientes (que están presentes incluso en los títulos menos apreciables de este genial director). El exceso digital no le ha sentado bien a la película, que parece mucho más pendiente de eso que del guión. Y los efectos visuales tan masivos como aquí ya no sorprenden tanto como hace algunos años, ahora la creación de mundos virtuales es algo al alcance de cualquiera, y no pueden enmascarar ya la falta de ritmo o la endeblez de la amplia mayoría de los personajes que desfilan por la pantalla, por muy bien que se lo hayan podido pasar sus intérpretes en el rodaje. Tim Burton decepciona. Una lástima, porque el material ofrecía muchos puntos de interés.

El primer fallo de Burton está en no haber sabido contraponer con imaginación y acierto, como en él es habitual (no hay más que recordar, por ejemplo, Big fish, o incluso, retrocediendo aún más en su filmografía, Bitelchús), el mundo real con el mundo de fantasía. Lo más flojo de esta película, gracias a este detalle, está en el prólogo y en la conclusión, ambas ancladas en nuestra realidad, ambas frías, sin alma, irreales, carentes de interés y en buena medida culpables de que el espectador tarde en entrar en el filme y salga de la sala con un sabor de boca extraño. Y eso que es precisamente ahí donde Alicia podría haber cobrado una fuerza que habría podido sustentar todo el esqueleto de la película, ahí, en esa escena de la pequeña Alicia con su padre, hablando del País de las Maravillas como un sueño de la niña. Pero su anclaje en la realidad es torpe, escaso, desdibujado. Por eso no actúa como catalizador del personaje central, una Alicia de 19 años, sino como una breve molestia antes de llegar a lo que verdaderamente parece importar a su director: el País de las Maravillas.

Ahí es donde Burton da lo mejor de sí mismo, y aunque hay momentos en que parece que sí, que la cosa arranca y convence, que su universo de fantasía puede contar con un apreciable título más, la cosa se desinfla poco a poco, hasta llegar a un clímax muy suave y muy poco épico para lo que prometía. Da la sensación de que Burton no se siente cómodo en un universo tan digital como éste, que echa de menos los trucos de toda la vida que disparen la imaginación del cineasta por encima de la del dibujante. Da la sensación de que el ordenador se ha llevado la magia. Una cosa es introducir elementos fantásticos con elaborados programas informáticos, cosa que sí sabe hacer muy bien, y otra muy distinta que todo parezca irreal en la pantalla a excepción de un actor. Eso es lo que ofrece Alicia. No hay que confundir eso con que los efectos no sean los adecuados, no. Es que no desprenden magia. Algo de eso sí hay en el Gato de Cheshire, el mejor personaje digital del filme, pero la balanza entre lo real y lo ficticio, también en los efectos especiales, no estaba demasiado bien equilibrada.

Puede que ese exceso digital sea lo que resta interés a algunas de las interpretaciones. Quizá el Sombrerero Loco de Johnny Depp hubiera sido mejor que se creara también en el ordenador, o al menos que se retocara como la Reina Roja de Helena Bonham Carter. Los dos parecen disfrutar como niños pequeños con sus actuaciones, pero mientras el primero hace ya tiempo que dejó de sorprender con sus poses histriónicas (que, eso sí, le han convertido en un actor taquillero e incluso nominado al Oscar gracias a Piratas del Caribe) la segunda sí ofrece algo de interés. Le falta algo de humor negro, algo de la crueldad que uno espera de la villana de la función, pero funciona mejor que la mayoría de los personajes. Alicia está interpretada por Mia Wasikowska, una joven actriz que parece ir a contracorriente en la película: cuanto menos emociona el filme, más adecuada parece para el papel, y viceversa. Anne Hatthaway compone una extraña Reina Blanca, y quizá el más completo es Crispin Glover como Stayne, el fiel caballero de la Reina Roja.

No es esta Alicia una adaptación fiel de las novelas de Lewis Carroll, ni tampoco un remake de las versiones ya conocidas (sobre todo, la de dibujos animados de Disney, que también produce ésta). Es, más bien, un intento de imaginar que habría sucedido trece años después de los cuentos de Carroll. Y la idea no es mala, ofrece posibilidades, pero se diluyen en casi todos sus aspectos y se queda en una excusa para contar con una actriz joven en lugar de infantil. La película, decía, decepciona, porque se convierte en un conjunto de episodios más o menos logrados, no del todo bien hilvanados y que esconden por completo el desarrollo de unos personajes planos y perdidos en un exceso digital, plagado de colorismo pero carente del espíritu que ha hecho grande a Tim Burton.

Hay quien ha querido ver en este filme un declive de su realizador, pero no es verdad. Es una película irregular, carente de chispa, de humor, de ingenio y de genialidad. Pero no forma parte de una tendencia. De hecho, Tim Burton siempre ha sido irregular, ha enlazado grandes películas con otras bastante menos memorables. Lo que pasa es que siempre dejaba algo notable y aquí se echa en falta. En Mars attacks! estaba el sentido del humor. En El planeta de los simios, un ritmo trepidante. Aquí no queda mucho. Se ve y se olvida con demasiada facilidad. No sorprende, no engancha, no emociona. Y por eso no encaja en la filmografía de Burton. Una decepción, pero también porque venía de una maravilla como Sweeney Todd. ¿Pero no fue Charlie y la fabrica de chocolate un bajón tras la inolvidable Big fish? ¿No lo fue Mars attacks! tras la espléndida Ed Wood? Tim Burton es irregular, pero aquí no ha puesto su toque mágico. Lo recuperará con Frankenweenie, adaptación de uno de sus muy recomendables cortos. Y, si no, lo hará en su siguiente filme. No tengo dudas.

lunes, abril 05, 2010

Un gran Jeff Bridges para un pequeño 'Corazón rebelde'

Corazón rebelde es Jeff Bridges. Algo más, muy poco, hay en este melodrama con música de country de fondo, pero la verdad es que, si no fuera por la maravillosa actuación de Bridges, este filme no pasaría de tener una emisión en la sobremesa de cualquier canal de televisión. La historia es tópica, el guión falla en diversos momentos y los secundarios aparecen y desaparecen de una forma un tanto artificial. Pero todo eso se olvida cuando él aparece en pantalla. Cuando habla. Cuando canta. Cuando fascina con la mirada, con los gestos. No es fácil que un actor se apodere de una película con tanta facilidad como lo hace él aquí, ni siquiera aunque el foco de la misma esté siempre sobre él. A veces, cuando la película es buena, eso convierte la actuación en superlativa. La de Jeff Bridges lo es aunque el filme no esté a su altura. Quizá por eso, y aunque le haya reportado un Oscar, en unos años muchos habrán olvidado hasta el título. A Jeff Bridges no, eso es imposible.

Bridges interpreta a Bad Blake, un cantante de country que pasa por una mala época, personal, profesional, económica e incluso de salud, debido a las altas cantidades de alcohol y nocotina que introduce en su cuerpo cada día. Es un hombre cansado de la vida pero que sigue caminando por ella. Tiene que recorrer Estados Unidos en su furgoneta para cantar en los sistios más insospechados, desde pequeños clubes hasta boleras. Y en esto que le cambia la vida cuando se cruzan dos personas en su devenir. Por un lado, una periodista mucho más joven que él (Maggie Gyllenhaal), sobrina de uno de sus ocasionales músicos. Se acabará enamorando de ella, y ella de él, claro, aunque la historia no será siempre feliz. Por otro lado, un exitoso cantante (Colin Farrell) al que Blake le enseñó a moverse en el negocio y para el que ahora tendría que actuar para conseguir algo de dinero. Nada nuevo en el horizonte, una historia mil veces vista y que, como tantas otras veces en el cine norteamericano, juega con géneros musicales autóctonos.

El principal problema de Corazón rebelde reside en el guión, escrito por el también director de la película, el debutante tras la cámara Scott Cooper. Le falta ritmo, le falta tensión y no escoge demasiado bien qué aspectos de la vida de Bad Blake podrían haberle dado más fuerza dramática al conjunto. Escamotear con media escena la faceta de la rehabilitación del alcoholismo del protagonista es una lástima. Obviar demasiado al personaje de Maggie Gyllenhaal durante largos tramos de la película, también. Y si el filme no se hunde en el aburrimiento y la rutina es, precisamente, por la magnética presencia de Bridges, quien además interpreta las canciones de su protagonista (con un deja vu incluído, un homenaje seguramente no buscado al Nota, el personaje de Bridges en El gran Lebowski, al verle entrar con su sombrero tejano en una bolera). El Oscar es merecido, muy merecido, porque, como decía, el actor es la película, con todo lo bueno (para él) y lo malo (para el resto del filme) que eso supone.

Tal es el influjo de Jeff Bridges, que todos los demás personajes quedan difuminados, incluso el de Gyllenhaal, brillante por momentos y oscurecida en otros, y a pesar de que la actriz también fue nominada a la estatuilla dorada. O el de Robert Duvall, al que siempre da gusto recuperar para el cine. Quizá lo mejor que quede en el horizonte (además de las pegadizas canciones de country que, guste o no el género, acaban por hacer que el espectador se mueva) sea el final de la película, a pesar de que eso incide en la falta de definición de la misma. Uno no sabe si es un grito para la redención de las almas perdidas, una tragedia de alguien a quien no se puede recuperar o, simplemente, el seguimiento de las andanzas de un personaje pintoresco cuya vida está llena de altibajos. Si hay que decantarse por una de estas tres opciones, me quedo con la última. Y es una pena, porque su aceptación implica rebajar mucho las miras de la película. Con el magnífico trabajo de Jeff Bridges, se podría haber montado un circo mucho más interesante a su alrededor, pero, exceptuándole a él, se queda un biopic musical más.

martes, marzo 30, 2010

'Furia de titanes' y la lucha contra la nostalgia

No es fácil luchar contra la nostalgia. Furia de titanes representa una de esas películas de los años 80 que despertaron la imaginación de quien hoy es ya un treintañero. Es un título clave del cine fantástico de aquellos años, mucho más por ser la última gran contribución al cine del gran mago de los efectos especiales Ray Harryhausen que por la calidad que tuviera la película. Y, casi treinta años después, es difícil realizar una película con el mismo argumento que cautive de la misma forma a quien viera la original con ojos de niño. El remake dirigido por Louis Leterrier lucha contra ese poderoso enemigo, la nostalgia. Hay momentos en que sale ganando y hay otros en los que sale perdiendo. Y al final, deja una sensación contradictoria: es una entrenida oportunidad perdida. El grado de nostalgia que sienta cada espectador determinará si se queda con lo bueno o con lo malo.

¿Qué ofrece entonces esta revisión de Furia de titanes? Para empezar, eso, una revisión. Mucho ha cambiado la tecnología del cine en treinta años y es ahí donde está la principal novedad. El stop-motion que Harryhausen convirtió en sueños es ahora una reliquia del pasado. Hoy se impone para todo la tecnología digital y ahí el espectáculo cumple desde el principio. Podríamos discutir si nos gusta más la medusa o el kraken de Harryhausen o si preferimos estas obras por ordenador, pero al final la discusión sería en vano. La moderna Furia de titanes es lo que es, la antigua también. Ambas son igual de válidas y producto de sus respectivos tiempos (aunque la primera también fuera ya un canto a la nostalgia por los efectos especiales a los que recurrió). Hemos tenido tres décadas para disfrutar de la antigua y, sin duda, todos los que conozcamos ambas le vamos a dar más mérito y encanto a aquella. Pero sin el prisma de la comparación, siempre injusta, de esta Furia de titanes se puede disfrutar del mismo modo que de áquella.

Porque, seamos justos al menos en eso, Furia de titanes no era una película irreprochable. Tenía sus momentos buenos y otros no tan buenos, pero la nostalgia y los ojos de un niño contribuyen a embellecer las cosas. Hoy veremos este espectáculo mitológico que nos brinda Leterrier con una mirada mucho más crítica, y quizá eso nos haga olvidar que éste es un producto juvenil. Es un vehículo de acción pura y dura. No es que falle al intentar introducir más elementos que den profundidad a la historia o a los personajes, ni que trate de plasmar parábolas sociales o religiosas del mundo actual. No es eso. Es que Furia de titanes no aspira a eso, es un simple entretenimiento. Y entiéndase lo de simple sin ánimo de devaluarlo. Podríamos entrar a discutir si éste es el mejor cine posible, si el espíritu de serie B que desprende la historia se puede aplicar a una millonaria superproducción. Pero tampoco dejemos que eso nos amargue un buen rato en el cine, que es lo que ofrece.

Ese planteamiento para evaluar Furia de Titanes es válido siempre y cuando estemos hablando de un público familiarizado con el original, algo que no será muy frecuente entre la audiencia que busca este filme, producto ideal para un espectadores juveniles que seguramente desconocerán la cinta en que está basado. Ellos sí tendrán la posibilidad de vivir emociones parecidas a las que sentimos quienes en su día vimos el original y se sentirán muy cómodos en el entorno digital, con efectos especiales espectaculares y con las gafas de 3D (yo sigo sin ver este formato como algo revolucionario; aquí quizá se nota demasiado que la película no comenzó a rodarse en 3D, no es una apuesta de la propia película sino que se intenta aprovechar el tirón del éxito de Avatar). Para los nostálgicos, siempre nos quedará Zeus diciendo "libera al Kraken" o el guiño, inevitable y bonito, de darle un cameo a la lechuza de la película de los años 80.

La historia es la misma que en el original, aunque cambien pequeños detalles. Perseo, un semidios, ansía venganza contra Hades y para ello se embarca en una misión imposible que le lleve a averiguar cómo derrotar al kraken antes de que éste destruya Argos, una ciudad que ha decidido rebelarse ante los dioses y dejar de rendirles pleitesía. Sam Worthington, tras Terminator Salvation y Avatar, se consolida como el gran héroe de acción del Hollywood moderno, pero no gracias a sus limitadas cualidades interpretativas. Los platos fuertes del casting aparecen, como en el original, dando vida a los dioses. Liam Neeson recoge de Laurence Olivier el papel de Zeus. La película da la impresión de desaprovechar el Olimpo, y por eso quizás Neeson está mejor en sus escenas terrenales que cuando aparece disfrazado de Dios. Nadie ha sabido todavía capturar un aura poderosa mejor que lo que hizo Peter Jackson con Gandalf en la primera entraga de El Señor de los Anillos.

Ralph Fiennes ejerce de villano en esta función, dando vida a Hades. Muy rodeado de efectos digitales, lo cierto es que su interpretación se queda algo por debajo de su último gran villano, el Voldemort que apareció por primera vez en Harry Potter y el caliz de fuego y al que todavía se espera en todo su esplendor y la última y doble entrega de las aventuras del joven mago. Pero Fiennes siempre convence. Como muchos de los actores secundarios de la película, que pasan con facilidad del aprobado (más que interesante resulta el contraste entre el héroe al que da vida aquí Madds Mikelsen y el malvado Le Chiffre en Casino Royale). Gemma Arterton (que también forma parte de los mitos del último Bond, en Quantum of solace) pone la ya inevitable presencia femenina entre los héroes, y en algunos momentos se nota demasiado que es un añadido basado en encuestas de marketing.

Furia de Titanes tiene buenas escenas (la lucha contra los escorpiones, el vuelo de pegaso entre los tentáculos del kraken y las calles de Argos), otras no tan buenas (la escena entre Perseo e Io tras la segunda lucha contra un Calibos decepcionante), algunos añadidos positivos al original (la irrupción de Hades en Argos) y momentos en los que la clásica supera con creces al remake (la batalla contra Medusa). Pesa en su contra que el magnífico trailer, que a muchos nos disparó la ilusión por este filme, enseña en realidad demasiado. Pero es un producto atractivo para jóvenes y que a los algo más mayores, sea cual sea nuestra edad, nos traerá recuerdos de épocas pasadas. Un buen producto de entretenimiento, que podría haber sido mejor, sí, pero también peor. Leterrier baja en interés desde su interesante aproximación El increíble Hulk, pero seguro que encuentra un público al que atraerá su Furia de Titantes. Y eso es porque su producto es entretenido.

domingo, marzo 28, 2010

'Daybreakers' y la película que podría haber sido

Es raro que una película de vampiros de serie B no consiga entretener, porque es un tipo de filme que no engaña. Daybreakers es una de esas películas, es una clara serie B con nombres conocidos, bien rodada y bien ejecutada. Pero cuando termina, uno se queda con cierto regusto amargo, porque el planteamiento de los hermanos Michael y Peter Spierig es interesante, sí, pero algo convencional. Dibujan un mundo dominado por los vampiros y en el que los humanos tienen que estar escondiéndose permanentemente de los dominadores ávidos de sangre. Y uno no deja de preguntarse si no hubiera sido mucho más estimulante rodar la película sobre cómo los vampiros dominaron poco a poco el mundo. Podría haber sido una gran película de serie B con trasfondo histórico y social, como tenían las grandes cintas de ciencia ficción de los años 50 y 60. Lo que nos queda es una película muy entretenida. Pero qué pena que no sea algo más.

Y es que todo lo que ofrece Daybreakers se puede entender como virtud o como oportunidad perdida. Es una delicia para el aficionado al cine fantástico ver un mundo oscuro y violento poblado por criaturas vampíricas, pero al mismo tiempo es evidente que no está ahí la principal fuerza de este mundo imaginario. Es divertido ver un bar en el que sirven café con sangre, pero uno se pregunta qué habría pasado en una escena en la que habiera clientes para ese producto y clientes para un café solo. Impresiona ver unas granjas tecnológicas de extracción de sangre de cuerpos humanos vivos, pero ¿cómo habría sido contemplar la protesta en la calles ante el incipiente orden vampírico? El vaso medio lleno o medio vacío. En cualquier caso, lo hecho está bien hecho.

Buena parte de la fuerza del relato, y más cuando cae en las convenciones habituales del género, reposa en su dirección artística, en su contraste de colores en la fotografía y en su reparto, plagado de caras conocidas. Ethan Hawke, a pesar de no ser un actor de demasiados registros, siempre ha tenido buen gusto para meterse en el cine fantástico. Quizá busca un nuevo Gattaca. Daybreakers no lo es, pero es un buen título en su filmografía. Sam Neill disfruta, y se nota, haciendo de malo. Ambiguo primero, villano auténtico al final. Su disfrute es a ratos algo previsible, pero funciona. Y Willem Dafoe abandona temporalmente sus habituales papeles de antogonista malévolo para dar vida a un cazador de vampiros que debe muchísimo al de James Wood en Vampiros, de John Carpenter.

De hecho, ésta es su principal referencia. Daybreakers tiene partes que parecen sacadas directamente del filme de Carpenter. Las dos, a falta de platos de mejor gusto desde que Coppola reinventara la leyenda del más famoso vampiro en su Dracula, están entre las mejores películas del subgénero vampírico de los últimos tiempos. Al menos, entre las más entretenidas, ya que ambas derivan hacia aspectos de lo más comercial. El mayor pero que se le puede poner a Daybreakers, además de que no es el momento temporal más interesante de este universo que podrían haber escogido sus autores, está, como suele suceder en el fantástico, en un desenlace que no aprovecha las posibilidades de sus propuestas. El desmadre se apodera de la pantalla, la casquería toma el protagonismo que no había tenido en todo el metraje y la acción se sobrepone a todos los debates morales y sociales que pudiera haber sugerido el planteamiento de la cinta.

A pesar de contar con una atractiva campaña de publicidad, en la que se juega con mensajes dirigidos a los vampiros de la película, no ha sido un gran éxito de taquilla (20 millones de presupuesto, 45 recaudados en todo el mundo). Tampoco es que haya tenido una distribución sencilla, puesto que el filme se rodó en 2007 y no llegó a los cines hasta el pasado mes de enero. Quizá es que no han sabido venderlo, porque productos de menor calidad encuentran mejor acomodo (y recaudación) en las carteleras de todo el mundo. Y es una pena. Porque la ficción televisiva y cinematográfica está viviendo un auge de los vampiros y Daybreakers, seguramente una de las mejores muestras, no ha sido todo lo que podía esperarse de ella.

martes, marzo 23, 2010

Al fin gran cine sobre fútbol... y para todos los públicos

El deporte cinematográfico por excelencia es el boxeo. El deporte rey en buena parte del mundo, el fútbol, no ha tenido nunca una buena relación con el séptimo arte. Salvo contadas excepciones de cierta calidad (como Evasión o victoria, de John Huston) o ciertamente simpáticas (Quiero ser como Beckham), no hay películas que traten sobre fútbol y que hayan permanecido en la memoria de los espectadores, ya sean cinéfilos o futboleros. Hasta ahora. Casi al mismo tiempo hemos podido ver dos títulos que, por fin, han entendido cómo llevar a la gran pantalla las peculiaridades de este deporte. Y lo han hecho con un mérito aún más destacable. Son una delicia para los amantes del fútbol, sí, pero también pueden serlo para quienes no sepan absolutamente nada de lo que significan veintidos tipos en pantalón corto pegándole patadas a un balón. Y, qué extraño, ambas películas son inglesas. Como el fútbol.


No es descabellado decir que The damned United es ya, y al menos para muchos años, la película definitiva sobre fútbol. Su protagonista es una figura real, Brian Clough, un entrenador que se hizo famoso por elevar al olimpo balompédico a dos equipos que se arrastraban por las profundidades del fútbol británico, el Derby County y el Nottingham Forest. Al primero lo hizo campeón de Liga, después de subirlo a la máxima categoría del fútbol inglés, y al segundo nada menos que campeón de Europa. Clough también se hizo famoso por su relación antagónica con Don Revie, el entrenador que llevó a la gloria durante muchos años al Leeds United. El maldito United del título. El que Clough accedió a entrenar, aún traicionando así a su ayudante y mejor amigo, sólo por el deseo de superar a Revie en todo lo que pudiera. Y todo porque Revie, en un partido de Copa cuando el Derby County andaba por la segunda división inglesa, no le dio la mano a Clough. Ahí nació la obsesión.

The damned United tiene un guión prodigioso, basado en la novela del mismo título escrita por David Peace. Y uno se da cuenta de que el guión es prodigioso porque es la película definitiva sobre fútbol, sí, pero fútbol se ve poco en realidad (jugada maestra para no aburrir al no amante de este deporte), y eso hace crecer aún todavía más las palabras escritas que luego fueron rodadas. Hay algunas imágenes reales de archivo que componen unas magníficas y breves secuencias que enseñan a la perfección la progresión de los equipos de Clough en la clasificación. Éstas suponen un maravilloso ejemplo de síntesis narrativa (la película dura apenas 97 minutos; los justos, ni le sobra ni le falta nada). Sólo se ven partidos simulados en breves ocasiones y siempre centrando la atención en el protagonista. Un protagonista de lujo. Michael Sheen no deja de sorprender, y lo hace además dando vida a personajes reales (como en La Reina o El desafío. Frost contra Nixon), lo que aumenta aún más el nivel del reto al que se enfrenta en cada película.

Sheen se está convirtiendo en uno de los actores británicos más interesantes del momento, pero es que en The damned United (¿su mejor papel hasta la fecha? Difícil de decir después de El desafío, pero...) no podría estar mejor rodeado. Junto a él, destacan Timothy Spall (Sweeney Todd) y Jim Bradobent (Moulin Rouge). Pero en realidad todos están formidables. También el director, Tom Hooper, que tras la interesante Tierra de sangre (sobre el Sudáfrica posterior al apartheid) se ha convertido en un nombre a tener en cuenta. The damned United es la mejor película que se ha hecho nunca sobre fútbol, pero es mucho más que eso. Es una historia de amistades y obsesiones, de amores y de odios. Es una de esas películas de personajes que te llegan al alma. Aunque no sepas qué demonios es el Leeds United o el Derby County ni entiendas de qué va ese deporte que vuelve loco a tanto aficionado suelto por todo el mundo, porque de sentimientos entiende todo el mundo. Una delicia.

Buscando a Eric es la última película de Ken Loach. ¿Y desde cuando Ken Loach hace películas sobre deportes? Pues muy sencillo, desde que tienen un trasfondo social, que de eso sí sabe. El filme se centra en un hombre que padece una seria crisis vital. Vive con los dos hijos de su segunda ex mujer, y ninguno de los dos le hace demasiado caso. Uno de ellos, además, se ve involucrado con la mafia local de Manchester. No mantiene contacto con su primera ex mujer, el amor de su vida, a la que abandonó por cobardía y ya embarazada. Su trabajo es aburrido y sólo tiene amigos allí. ¿Y no era ésta una película de deportes? ¿Dónde está el fútbol? Pues en que es la única afición real que tiene este hombre. Es seguidor del Manchester United. Su ídolo es Eric Cantona. Y de repente se ve hablando con él de los problemas que tiene en la vida. Y mantiene al espectador preguntándose si el ex jugador está realmente allí o es producto de la locura en la que ha caído un hombre deprimido.

Otro guión memorable que, mientras va relatando la vida de este hombre, también llamado Eric, va dejando perlas para el aficionado al fútbol (incluyendo detalles sobre los orígenes y la realidad social del United, un tema ahora más de moda que nunca). Es la primera vez que se plasma en la gran pantalla con tanta emoción lo que significa el fútbol para un aficionado. Y la relación que tiene con la vida, porque, al final, el deporte es eso: una metáfora de nuestra propia existencia. Ves a Cantona en todo su esplendor, pero también ves un elenco de personajes maravillosos, un reparto como siempre alejado de los grandes nombres pero con una efectividad impresionante. Hasta el propio Eric Cantona adopta poses de un actor profesional. Quizá el fútbol tenga también algo de arte escénica. Quizá es que era inevitable ver algún día en una película ese gesto de subirse el cuello de la camiseta que tan característico le era al mejor 7 que el Manchester United ha tenido en las últimas décadas.

Loach no necesita ni un sólo plano ficticio de fútbol para expresar lo que significa este deporte. Y apenas necesita de algunos planos de archivo. Pero esas imágenes son un refuerzo al auténtico prodigio de la película: los diálogos. Sinceros, valientes, hermosos y realistas diálogos. Diálogos que refuerzan el verdadero mensaje de la película, que poco a poco se va convirtiendo en un hermoso canto a la vida, una defensa de las segundas oportunidades en la vida. Con el fútbol de por medio, sí. Pero no es Eric Cantona el protagonista de esta hermosa historia. Es Eric Bishop, interpretado inmejorablemente por Steve Evest. Toda la película es una delicia. Le gustará a mucho gente que no entienda de fútbol. Le encantará a quien le guste este deporte. Y le entusiasmará a quien idolatre, como yo, a Cantano. Y el final es sencillamente antológico.

jueves, marzo 18, 2010

Hermosa 'An education'

An education es una película sencilla y modesta, pero a la vez sincera y hermosa, que atrapa al mismo tiempo a la mente y al corazón. Es una historia que no hace falta haber vivido en primera persona para meterse de lleno en ella. Porque ese es el gran mérito del filme, que te lleva a soñar los sueños de Jenny, la joven protagonista. Que vives con ella sus ilusiones y sus decepciones, sus pensamientos y sus sentimientos. Ves París con sus ojos, ves la excitación de una subasta de arte a través de ella, sonríes con su ilusión y lloras el dolor de su corazón como si fuera el tuyo. Y, como decía, no hace falta ser una joven británica de 17 años, hija de una familia conservadora y estricta, para vivir esta película como algo propio. Esa es la magia del cine, la magia que tiene esta hermosa An education.

Y es una magia que seguramente no sería la misma sin Carey Mulligan. Quizá el encanto provenga de que es una actriz prácticamente desconocida. O quizá no, quizá sea cosa del talento. Yo me inclino más por la segunda opción y por las ganas de volver a verla en la pantalla. Lo cierto es que su interpretación es magnífica, realista y perfecta, llena de matices, llena de vida. Cada sonrisa, cada mirada, cada lágrima encaja a la perfección en lo que demanda el personaje y el tono de la película. Es fascinante. Y es una pena que Sandra Bullock le haya quitado el Oscar. Una auténtica pena. Carey Mulligan tiene otra virtud, y es que su mirada, su cuerpo y sus gestos encajan perfectamente en el personaje a pesar de que Jenny tiene 17 años y la actriz está a punto de cumplir 25. Pese a la diferencia de edad, la verosimilitud de su personaje está fuera de toda discusión. Ella es la película.

Fuera de ella es donde se puede encontrar algún pero al filme. Está basada en la historia autobiográfica de la periodista británica Lynn Barber (concretamente, en el tránsito de joven a adulta, en el amor que siente por un hombre mayor que ella que le descubre el mundo de placer y diversión que su padre le tiene vetado para que se centre en sus estudios), pero el guión está escrito por Nick Hornby, autor entre otras de Alta fidelidad. Siempre que un hombre escribe un guión desde los ojos de una mujer se suscita cierto debate sobre su capacidad para llevar a cabo esa empresa. Aquí no hay discusión en que ha conseguido un gran realismo con la joven protagonista (contribuye sin duda a ello la labor de la directora, la danesa Lone Scherfig, que fue parte del movimiento Dogma por el que tan poco aprecio sentí en su momento), pero curiosamente donde no alcanza el máximo de las posibilidades de la historia es al dar voz a alguno de los personajes masculinos.

En ese sentido, y sin pretender que haya fallos generalizados en la caracterización de los hombres de la película, hay algún momento hacia el final que parece confuso, sobre todo en el caso del protagonista, David, muy bien interpretado por Peter Sarsgaard (como parte de un muy sólido reparto, en el que aparece brevemente Emma Thompson y en el que destacan Alfred Molina, el Doctor Octopus de Spider-Man 2, y Rosamund Pike, némisis de 007 en El mundo nunca es suficiente) pero del que quedan algo perdidas en la oscuridad sus verdaderas pretensiones. Quizá le falten a la película cinco minutos que ofrecieran alguna explicación más. Esos cinco minutos no hubieran supuesto, ni mucho menos, un lastre, ya que An education cuenta con otra gran virtud, la capacidad de síntesis. En poco más de hora y media, queda condensada con maestría, como en los clásicos, una historia que abarca un gran espacio de tiempo y, sobre todo, un amplio y hermoso abanico de sensaciones y personajes.

No es frecuente encontrar una película que controle tan bien las emociones del espectador. Que sepa cuándo hacerte reír y cuándo llorar, cuándo provocarte ilusión y cuándo decepción. Que juegue con acierto todas sus cartas interpretativas y técnicas. Que te llegue al corazón. An education lo consigue. Sus pequeños fallos son, por ello, perfectamente disculpables. Es una hermosa delicia que tuvo su minuto de gloria en los Oscars (tres nominaciones: película, guión adaptado y actriz; ningún premio) y que tendrá su recuerdo en los espectadores, tanto en los que hayan vivido algo parecido como en los que lo hayan soñado. Y ese premio vale mucho más.

lunes, marzo 15, 2010

Fallida 'Nine'

Nine es una película fallida y queda claro desde la primera escena, en el número musical que tendría que servir para presentarnos al protagonista, un director de cine con problemas, y a todas las mujeres que le rodean (su esposa, su amante, su musa, su recuerdo sexual de la infancia y una periodista, además de su diseñadora de vestuario y su madre). En ese número musical, las estrellas femeninas aparecen diluídas, perdidas en el cuadro de bailarinas. No destacan, no consiguen personalidad propia, no despuntan, no adquieren alma, y eso que casi todas ellas han ganado algún Oscar. La música, brillante, sí. Pero un musical va más de la música y eso es algo que no se acaba de entender en el cine en algunas ocasiones, en esta constante moda de pensar que cada película músical va a revitalizar el género.

La película está basada en un musical de Broadway que a su vez se declara deudor del autobiográfico 8 1/2 de Fellini. Sin haber visto ninguno de los dos referentes, es difícil decir cuánto tiene de culpa el director de este Nine, Rob Marshall (al que también se atribuyó una de las anteriores revitalizaciones del musical, Chicago, y que ahora va a dar un extraño giro a su carrera con la cuarta entrega de Piratas del Caribe), en el fallido experimento que supone. O a su reparto. No deja de ser curioso que en Hollywood se hable continuamente de la falta de papeles para mujeres y que en la película en que más estrellas femeninas se reúnen en muchísimo tiempo, y todas ellas además oscarizadas, el mejor intérprete sea precisamente el hombre. Daniel Day Lewis es uno de esos actores que nunca pueden estar mal. No es que aquí haga el papel de su vida, pero supera el examen con muy buena nota. El de la intrepretación y el de la canción.

Ninguna de las actrices, en realidad, consigue entusiasmar y la mayor decepción es la de Sophia Loren. Poco queda de aquella diva que enamoraba con la mirada hace algunas décadas y mucho de la actriz que tan poco aparece ya en el cine. Kate Hudson y Nicole Kidman apenas tienen papel que desarrollar, aunque la primera cuenta con uno de los dos mejores números musicales del filme (uno de los tres creados para la adaptación cinematográfica, Cinema italiano; de difícil explicación en la película, como la periodista a la que interpreta Hudson, pero inmensamente pegadizo). Judi Dench se ha acostumbrado demasiado a interpretarse a sí misma y no ofrece mucho. Penélope Cruz no destaca lo más mínimo y no deja de sorprenderme el furor por su actuación, para mí de lo más corriente. Quizá destaque algo más Marion Cotillard, quizá porque es la única de todas ellas que cuenta con dos números musicales. Pero, en realidad, la mejor de la película, la que realmente consigue lo que se propone y la que tiene el mejor número musical es Fergie. La que no tiene un Oscar.

No es, en todo caso, en la actuación donde se cimenta lo fallido de la película (hay mucha corrección, quizá demasiada), sino en un guión irrregular y una dirección floja. Nine no consigue en ningún momento implicar al espectador. No preocupa la relación que Guido, el director protagonista, tenga con su mujer o con su amante, ni tampoco los recuerdos de su madre, ni mucho menos los problemas que pueda tener para escribir el inexistente guión de su película, ni lo que tenga que decirle a su estrella para convencerla de que participe en el proyecto. Nada, en realidad. De hecho, la única parte de la película que suscita cierto interés es cuando el propio Guido canta sobre sí mismo. Pero eso, seguramente, se debe al talento de Daniel Day Lewis y nada más (el papel iba a ser para... Javier Bardem; no soy capaz de imaginarlo, no...). O a la buena música de Maury Yeston, porque las canciones sí enganchan fuera de la pantalla (y seguramente también sobre el escenario de un teatro).

Al final, el único espectador que disfrutará de verdad con Nine será aquel que tenga un gusto especial por los musicales. No sobresale esta película más que por algunas canciones, aunque muchos quisieron colocarla en la carrera por los grandes premios. Al final contó sólo con reconocimientos puntuales y secundarios, y desembocó en un gran fracaso en taquilla (no llegó a cuarenta millones de dólares en todo el mundo, cuando su presupuesto fue de ochenta). Una de esas películas que demuestra que no basta con tener nombres de prestigio para convencer a público y crítica. Un caro pasatiempo que no satisface.

jueves, marzo 11, 2010

'Shutter Island': Scorsese en plena forma busca guión a la altura

Martin Scorsese lleva ya unos años en plena forma como cineasta. Siempre ha sido muy grande, con pequeñas excepciones como Kundun (a la que, francamente, no le encuentro más punto de interés que sus hermosas localizaciones), pero en este momento de su carrera maneja la cámara y todo lo que se mueve por delante del objetivo con una madurez espectacular. No tiene ya, obviamente, la capacidad de sorpresa de sus grandes obras, Taxi Driver y Toro salvaje en sus primeros años o Casino y Uno de los nuestros un tiempo más tarde. Pero a Scorsese se le ve en condiciones de mostrarnos algo así, una obra maestra que haga Historia. La lástima es que lleva tiempo sin encontrar una historia y un guión que le permita demostrar toda la genialidad que lleva dentro y toda la madurez como cineasta que es capaz de mostrar. Se intuye grandeza, pero no termina de llegar plenamente. No estuvo lejos en Infiltrados, pero Shutter Island, con todo lo bueno que encierra, es un pequeño paso atrás no en la carrera de Scorsese porque la película vale, pero sí en esa carrera por volver a ver al mejor Scorsese.

La culpa es del guión de su última película, que no está a la altura de su prodigioso arranque, de las expectactivas que genera y del genio tras la cámara. Lamentablemente, y a poco que el espectador sea algo observador, el único reto que ofrece el guión es cuánto se va a tardar en desentrañar el misterio que sirve de base a la película. Pistas hay desde la primera secuencia (insisto, brillante, tensa y magnífica secuencia, llena de detalles, información y sutilezas visuales y sonoras). El guión, por tanto, no sólo no es un reto sino que se convierte en todo lo contrario. Es una invitación a presenciar durante dos horas una historia que es fácil saber en qué desemboca. Y como la principal arma que utiliza es el suspense, la película queda algo desvirtuada. Pero ahí aparece Scorsese al rescate. Como decía, su dominio de la cámara y del montaje es impresionante. Suele serlo, pero aquí incluso por encima de la media que viene marcando en trayectoria que ya abarca cinco décadas.

Es esa maestría del director lo que hace que el mejor personaje de la película sea el escenario de la misma: una isla alejada del mundo real que esconde un peculiar hospital psiquiátrico. A él llegan dos agentes judiciales que tienen como misión encontrar a una reclusa que ha desaparecido sin que nadie sepa muy bien cómo. No conviene contar mucho más de la trama, porque a partir de ahí se corre el riesgo de revelar demasiado o de apuntar pistas que permitan resolver el misterio (fácil de resolver, insisto, e incluso con alguna que otra torpeza difícil de explicar una vez llegados al final de la historia). Pero sí es importante destacar la importancia de las localizaciones en el prodigioso ambiente de misterio que crea Shutter Island. Y no sólo la isla, sino también el resto de escenarios que se usan en la película a través de los sueños y recuerdos de protagonista, un Leonardo DiCaprio que, probablemente gracias a Scorsese, ha adquitido oficio como actor en los últimos años (pero que, también es cierto, se ha encasillado en un tipo de papel muy definido).

Y quizá esa sensación de que ya le hemos visto en papeles similares hace que su personaje pierda algo de fuerza y la mirada del espectador se vea obligada a buscar otros puntos de interés. Y los hay. El primero, como decía, es la isla, es el psiquiátrico, es el conjunto de los pabellones y pasillos, los acantilados y el faro. En su conjunto, un personaje más. Pero después uno mira a dos grandes actores con papeles algo irregulares, Max von Sydow y Ben Kingsley (no acaban de funcionar los cambios de orientación en sus acciones y motivaciones, pero ambos tienen muy buenas escenas). Incluso a Mark Ruffalo, que aporta más de lo que parece en un buen papel, alejado de registros como el que mostró en Zodiac (una referencia más que oportuna, pues Shutter Island estuvo a punto de ser una película del director de aquella, David Fincher). Incluso Michelle Williams (que interpreta a la mujer del personaje interpretado por Leonardo DiCaprio) aporta buenas dosis de misterio y tensión desde los recuerdos del agente protagonista. Y la música, que engancha desde el principio y encaja a la perfección en las imágenes a pesar de no tratarse de composiciones no escritas para la película.

La valoración que se pueda hacer del resto de elementos de la película y de la película en sí misma, en realidad, dependerá mucho de lo que uno sienta en su interior tras descubrir lo que, teóricamente, tendría que dar sentido al desarrollo de la película. Cabe la posibilidad de que, conocida la resolución, el espectador piense que no ha merecido la pena estar dos horas delante de la pantalla. Incluso puede sentirse engañado. Yo no soy de esos. Yo vi una película fascinante realizada por un espléndido director. Con sus peros, desde luego, pero interesante de principio a fin. Hipnótica por momentos y demasiado transparente en otros. Pero Scorsese siempre merece la pena. A ver si encuentra el guión que le devuelva al Olimpo del cine, porque él ya lo está poniendo todo de su parte.

lunes, marzo 08, 2010

...y ganó la guerra independiente

En tierra hostil 6 - Avatar 3. Goleada, sí, pero mucho mayor en el fondo que en los números. No sé, y lo digo honestamente, qué tiene la película de Kathryn Bigelow para convertirse en la mejor del año, pero sí tengo claro que ha ganado por dos motivos. En primer lugar, porque la Academia americana quería un dato histórico, una foto de portada, para ocultar lo previsible y aburrido que resultó todo el tinglado que montó. Y el dato histórico no es otro que colocar a Bigelow como la primera mujer en ganar el Oscar al mejor director. Es de esos Oscars que uno considera cantados en cuanto ve a la persona que lo va a entregar. Salió Barbra Streisand, dijo que podía ser la primera directora en llevarse la estatuilla (aunque luego también lo maquilló diciendo que Lee Daniels también habría sido el primer director negro en ganar; nadie dio importancia a este detalle antes de la gala, igual porque todos sabíamos que la reivindicación racial vendría en la actriz secundaria), y confirmó el secreto a voces.

El segundo motivo es que Hollywood ha querido girar su mirada al cine independiente, pequeño, de bajo presupuesto e intimista. Lo había hecho ya con las nominaciones, pero completó la jugada con los premios. Con los de En tierra hostil, Precious o Corazón rebelde. Con la clara derrota de Avatar incluso en las categorías técnicas. Con el, por otra parte merecido, ninguneo absoluto a Up in the air (seis nominaciones, ningún premio) o Malditos bastardos (ocho candidaturas, una estatuilla), o el que ya se había hecho previamente al Invictus de Clint Eastwood (que repite ostracismo por segundo año consecutivo a pesar de la categoría de su cine). Y dentro de la apuesta por el cine más modesto, otra apuesta menos: por dos de los géneros oscarizables más clásicos: la guerra y el drama. Vamos, que District 9 no era una apuesta real de la Academia, sino una concesión a una película que ya debía de sentirse premiada sólo con la nominación.

En cualquier caso, esta mirada que Hollywood quiso vendernos con la concesión de sus premios, quedó totalmente oscurecida (aunque nadie haya hecho ese análisis) con la ceremonia que planteó. Sí, le dio los premios al cine más independiente, pero su reconocimiento real se fue al cine más comercial. No hay otra forma de entender la presencia de tantos actores jóvenes de productos comerciales (o que tantos nominados sin premio al final actuaran como presentadores en la gala) o los dos grandes vídeos que se emitieron. El primero fue un homenaje desmesurado y exagerado a la figura de John Hugues, director de cine adolescente de los años 80 que falleció el año pasado (sacándole, además, de un in memorian que resultó de lo más soso) y el segundo una recopilación de los clásicos de un género comercial por excelencia, el de terror, que sólo ha recibido reconocimiento en forma de premios una vez, con El silencio de los corderos. La Academia dio un mensaje algo surrealista y esquizofrénico. Sabe quién le da de comer, pero quiere estar a buenas con todos. Y así quedan unos premios raros y deslucidos. Quizá Hollywood sabe que En tierra hostil no va a ser un clásico.

Lo cierto es que para mí no hay gran diferencia entre la victoria de En tierra hostil y la que podría haber sido de Avatar, más allá de estos dos pequeños detalles. Las dos películas, y otras muchas de las nominadas, me parecieron en el mejor de los casos decepcionantes. Por eso, la noche de los Oscars me pareció sosa y aburrida, poco emocionante y algo surrealista. La única alegría de la noche me la dio el triunfo de la prodigiosa banda sonora del genial Michael Giacchino para Up y su dedicatoria. "Si queréis ser creativos, sedlo, porque no es una pérdida de tiempo", dijo (o al menos eso vino a decir el traductor que tapó sus palabras en la retransmisión). Eso es el cine, eso es su trabajo, eso es Up y eso es Pixar, por encima de muchos de los que ganaron. La Academia quiso la foto histórica de una mujer. ¿Querrá algún día la de una película de animación? ¿Reconocerá algún día que esta forma de hacer cine es tanto o más auténtica que la imagen real? Probablemente, y por desgracia, tardará mucho en hacerlo.

Los actores ganadores fueron los previstos. Ni el más mínimo atisbo de sorpresa. Ni de emoción en mí, salvo en el caso de Jeff Bridges. Bien es cierto que me hubiera gustado que Morgan Freeman saliera con la estatuilla para reivindicar a Invictus, pero el entusiasmo y la felicidad sincera con la que Bridges celebró el premio, y a la espera de ver su película bien valía esa concesión. Mo'nique no me conmovió tanto en Precious (y menos mal que no hubo doblete con su protagonista, Gabourey Sidibe), si acaso en su escena final, y Sandra Bullock nunca me ha parecido una gran intérprete. Lo de Christoph Waltz me parece algo sobrevalorado, como todo en Malditos bastardos y como todo el cine de Tarantino (¿cuánto había de broma de guión y de guiño a la realidad en la intervención de Almodovar, que le dijo a Tarantino que le encanta su cine pero que no lo entiende?). Pero como todo esto estaba cantado, poco hay que decir.

Y, en realidad, como la ceremonia estaba planteada como un cara a cara entre En tierra hostil y Avatar, no hay mucho más que decir sobre los premiados, más allá de anotar que la victoria de la primera llegó incluso en los terrenos en los que casi todos esperábamos el triunfo de la segunda. La película de Bigelow le quitó a la de Cameron tres premios menores, técnicos, de esos en los que se podía haber cimentado el triunfo de Avatar (ambos títulos competían en cuatro de esas categorías y Cameron sólo ganó en una, la fotografía). Curioso mensaje el de la Academia en este sentido. O, quizá, una forma de engrosar el número de premios de la película vencedora para que realmente haya una sensación de película vencedora. En cualquier caso, dejó un poso extraño, por mucho que la ceremonia estuviera pensada para que sólo importasen los grandes detalles, los premios importantes y, sobre todo, el mundo de los actores. Sólo ellos tuvieron protagonismo en casi todos los aspectos de una gala larga y bastante más aburrida que la de otros años.

La culpa no hay que echársela a los presentadores, Steve Martin y Alec Baldwin. Ellos estuvieron bien, brillantes en algún momento concreto (formidable la parodia a Paranormal activity), pero apenas tuvieron minutos en la ceremonia. Y tanto fue así que el mejor gag de la noche no lo protagonizaron ellos, sino Ben Stiller (y eso que no me cae especialmente bien). Salió a presentar el Oscar al mejor maquillaje disfrazado de na'vi, una de las criaturas azules de Avatar. Y él mismo se reía de su broma recordando que Avatar ni siquiera estaba nominada en esa categoría. El caso es que no se asume que una ceremonia de este estilo tiene que ser larga por naturaleza y duró tres horas y media. Más o menos como siempre, y eso que hubo muchos, muy sonados y muy desafortunados recortes y cambios. Para empezar, el inicio. Si tienes dos presentadores, ¿porque el número musical con el que se abre la ceremonia está a cargo de otro (Neil Patrick Harris)?

La obsesión por la duración desembocó en un final desprovisto de todo glamour y profesionalidad. Debe ser que las tres horas y media era el tope máximo de duración, porque a Tom Hanks le hicieron leer deprisa y corriendo el nombre de la ganadora de la noche. No citó a las nominadas y pilló por sorpresa a casi todo el mundo, incluyendo a Bigelow, que volvió del backstage dando la sensación de que ni había oído que su película era la ganadora. Qué frialdad más inesperada. Tampoco se interpretaron las canciones nominadas (sí hubo un número musical con las bandas sonoras... y fue de lo mejor y más aplaudido de la noche). Y nos robaron la ovación que todos hubiéramos deseado darle a Lauren Bacall por su Oscar honorífico. Le dieron la estatuilla en una ceremonia previa, junto a otros premios honoríficos, pero llevaron a estos insignes premiados a la gala para mencionarles de pasada, y esa circunstancia la aprovecharon muchos para ponerse en pie y forzar un aplauso más largo de lo normal para la actriz.

España se vino de vacío. Bueno, casi. El Oscar a la mejor película de habla no inglesa es uno de los que menos interesa por allí, pero recayó en El secreto de tus ojos. No es española, es argentina, pero algo español hay. Esa fue la gran sorpresa de la noche, y tuvo que llegar, como decía, en una categoría menor para los estadounidenses. Eso dice mucho de lo previsible de toda la ceremonia. Penélope Cruz no consiguió su segundo Oscar, y tengo que decir que me alegro. No entiendo qué han visto en ella, ni tampoco en su trabajo en Nine. Mucha más pena me dio que no ganara el corto de Javier Recio, La dama y la muerte, aunque consiguió que se hablara de él en una categoría en la que sonaban mucho al menos otros dos de los candidatos. Ojalá que dentro de poco veamos a Recio en nuevos y más ambiciosos proyectos.

¿La alfombra roja? Parece cada vez más rutinaria y aburrida, cada vez más desconectada de lo que sucede dentro del Kodak Theatre y cada vez más propia de una pasarela que de una fiesta del cine. En cualquier caso, no hubo grandes vestidos que desentonaran (¿soy el único al que no le gustó nada, nada, nada, el de Sarah Jessica Parker...?). Charlize Theron me parece siempre encantadora, Meryl Streep estaba estupenda con un vestido original (al menos, rompió la estética del 99,9 por ciento restante de las actrices), me encantó el look que lució Kate Winslet (hizo de ella una mujer intemporal, sin edad, una auténtica estrella de celuloide) y sólo puedo añadir que, aunque no la viera en la alfombra roja sino en el anuncio de las nominaciones al Oscar al mejor actor, sigo profunda y perdidamente enamorado de Michelle Pfeiffer.

Y tengo que añadir un detalle más. Qué poco me gustó la retransmisión de Canal +. Qué poco aportaron los encargados de conducir la gala, más allá del su propio entretenimiento personal. Me hubiera gustado más información, más detalle, más contenido. Me pareció una reunión en el salón de una casa como podría tener cualquiera para ver los Oscars. O un partido de fútbol. En especial, me pareció irritante la participación de Antonio Muñoz de Mesa y sus entrevistas en la fiesta organizada por el canal, entrevistas a personajes que no tenían nada que decir, que no habían visto las películas nominadas (sin juzgarle, me parece decepcionante que alguien como Daniel Monzón, que ha sido crítico y ahora es director, diga que no ha visto más que Up... ¡y porque la fue a ver con su hija!) y a los que, a veces, ni siquiera presentaba. Eche de menos a Jaume Figures, que sí daba un valor añadido a la retransmisión de años precedentes.

Para un análisis complementario a éste, más formal y periodístico y menos apasionado, de la ceremonia y los premiados, os remito a este otro artículo mío en Suite 101.

jueves, marzo 04, 2010

Criaturas azules o guerras independientes

Ya están aquí los Oscar. Y, la verdad, tampoco es que haya una excitación sin precedentes, al menos para mí. Aunque haya nada menos que diez cintas nominadas a la mejor película, lo cierto es que las favoritas no me emocionan y, además, llevamos meses viendo como se presenta una contenienda entre las criaturas azules y multimillonarias de James Cameron en Avatar y los artificieros en la guerra de Irak en el cine independiente que ofrece En tierra hostil. La referencia está en los nominados a mejor director, puesto que las cinco no han conseguido el reconocimiento a su realizador no parece que vayan a tener más exito que la nominación. ¿Querrá la Academia premiar a la película que ha ganado 2.500 millones o apostará por un filme pequeño, que se pasó año y medio sin distribución y que no ha sido precisamente un éxito de taquilla? ¿O quizá ambas cosas, premiando así por primera vez a una mujer como mejor directora? Soy de los que piensa que la mejor película debe tener al mejor director, así que no comulgo con esa opción.

Hay quien piensa que la sorpresa puede venir de Malditos bastardos. A mí es que ninguna de las tres me motiva demasiado como para recibir el cartel de mejor película del año. Avatar pasará a la historia por muchas cosas, pero no por ser una gran película. En tierra hostil seguramente no pasará a la historia, salvo que consiga arrasar en estos premios. Y Malditos bastardos tiene ya su hueco gracias a los muchos seguidores de Tarantino. ¿Pero la mejor película de 2009? No creo que esté en esa terna, ni siquiera en el quinteto sumando Up in the air o Precious. Para mí, no hay discusión, aunque sé que es una apuesta perdedora para el próximo domingo. La mejor de las diez nominadas es Up. Pero ya es un triunfo que esté entre las mejores, aunque sea gracias a esa decisión de incluir diez títulos que tanto devalúa un mérito cuyo único referente es de hace casi dos décadas, cuando La Bella y la Bestia se convirtió en la primera cinta de animación nominada en la categoría principal.

Con las diez nominadas, lo que la Academia ha querido hacer es premiar a un cine que no suele tener cabida (hasta hace algunos años) en los Oscars. Pero, de paso, le ha quitado nivel a las elegidas y ha dejado muy claro que, salvo sorpresón mayúsculo, la mayoría de las nominadas no tiene nada que hacer. Lo normal es que arrase Avatar (y más después de que uno de los productores de En tierra hostil infringiera las normas de la Academia y pidiera el voto para su película en lugar de para "la que ha costado 500 millones"). No hay duda en las categorías técnicas, lo que seguro que le da alguna estatuilla que en realidad no merezca, y esa corriente es probable que le dé premios hasta convertirse en la clara ganadora de la noche. Si no hay sorpresas, claro. Año tras año insisto en que no suelo acertar con los ganadores, a veces ni siquiera cuando parecen obvios, pero en cualquier caso hay va mi quiniela de las principales categorías.

PELÍCULA
Creo que va a ganar: Avatar
Quiero que gane: Up
En los quince primeros minutos de Up veo más cine que en las otras nominadas juntas (a falta de ver An education y The blind side, aunque no creo que eso cambie mi opinión). Pero sé que es imposible. Como que gane mi otra gran esperanza, District 9. Lástima que la ciencia ficción siga echando para atrás a tanta gente. Si gana el despropósito de los Coen, Un tipo serio, perderé toda mi fe en estos premios. Si es que se puede tener fe en ellos, claro.

DIRECTOR
Creo que va a ganar: James Cameron (Avatar)
Quiero que gane: -
Es así de sencillo, no quiero que gane ninguno. Decía que la mejor película debe tener al mejor director y en este caso no cuenta con nominación. La imagen de ver a James Cameron reviviendo su "soy el rey del mundo" de Titanic es muy golosa. No me gustaría que ganara Quentin Tarantino, su éxito me es incomprensible.

ACTOR
Creo que va a ganar: Jeff Bridges (Corazón rebelde)
Quiero que gane: Morgan Freeman (Invictus)
Llevamos meses oyendo hablar de Jeff Bridges como el favorito, aunque yo no descartaría a Colin Firth. No he visto los papeles de ninguno de los dos, así que ahí no me mojo. Pero que ganara Morgan Freeman sería un punto de reivindicación ante el ninguneo de la Academia a Clint Eastwood por segundo año consecutivo.

ACTRIZ
Creo que va a ganar: Sandra Bullock (The blind side)
Quiero que gane: Meryl Streep (Julie & Julia)
No sólo no hay muchos grandes papeles para actrices, sino que además no hay grandes intérpretes, lo que permiten que lleguen aquí actrices normalitas. Supongo que por eso la favorita viene siendo, desde hace meses, Sandra Bullock. Mi voto para Meryl Streep es por ella (y el estado de gracia en el que está en los últimos años) más que por su personaje, pues no he visto la película.

ACTOR SECUNDARIO
Creo que va a ganar: Christoph Waltz (Malditos bastardos)
Quiero que gane: Matt Damon (Invictus)
Éste parece el Oscar más cantado de la ceremonia. A mí es que Malditos bastardos no me dijo nada. Con mi deseo de que gane Damon se repite el deseo de la categoría de actor principal, aunque tampoco le haría ascos a que la estatuilla se le lleve Christopher Plummer. Stanley Tucci no me terminó de convencer en The lovely bones, aunque tiene momentos sublimes.

ACTRIZ SECUNDARIA
Creo que va a ganar: Mo'Nique (Precious)
Quiero que gane: Anna Kendrick (Up in the air)
También éste parece cantado, aunque reconozco que Precious no me ha llegado al alma. El problema es el mismo que con las actrices protagonistas. Ninguno de estos trabajos me emociona de verdad. Apostemos por savia nueva y por un papel mal rematado (culpa del guión) pero al menos original. ¿Penélope Cruz? No doy crédito, no sé qué le ven. Y menos en Nine, una película pensada para recordar a las actrices y en la que todas sucumben a la categoría de Daniel Day Lewis.

GUIÓN ORIGINAL
Creo que va a ganar: En tierra hostil
Quiero que gane: Up
Una de las mayores satisfacciones de las candidaturas fue escuchar Up en esta lista. No va a ganar, claro. Si la triunfadora de la noche es Avatar (menos mal que no recibió nominación para su simplista guión...), lo normal es la compensación aquí con En tierra hostil. Nada descartable que Tarantino sí se lleve este premio para sus malditos bastardos. ¿Los Coen? Por favor, no.

GUIÓN ADAPTADO
Creo que va a ganar: Up in the air
Quiero que gane: District 9
Aquí la contienda parece entre Up in the air y Precious, entre las risas que la primera haya podido provocar la primera entre los académicos y las lágrimas derramadas en la segunda. Tampoco es descartable An education, pero parece menos probable. El toque de originalidad sería para In the loop o District 9. Yo no apostaría por ello.

PELÍCULA DE HABLA NO INGLESA
Creo que va a ganar: La cinta blanca
Quiero que gane: La cinta blanca
La verdad es que no he tenido opción de ver más que la película alemana, con lo que no hay mucha más discusión. Por lo que dicen, es un mano a mano entre la más que interesante La cinta blanca y la francesa Un profeta. El castellano, presente por partida doble con El secreto de tus ojos y La teta asustada, parece que se irá de vacío.

PELÍCULA DE ANIMACIÓN
Creo que va a ganar: Up
Quiero que gane: Up
No contemplo otra opción. Pixar reina por encima de todo y si la película se ha colado en la categoría principal, ¿cómo no va a ser la mejor de animación? Y eso que Los mundos de Coraline es muy interesante.

MÚSICA ORIGINAL
Creo que va a ganar: Avatar (James Horner)
Quiero que gane: Up (Michael Giacchino)
Si hay un huracán de Avatar, éste se lo llevará por inercia pero no por méritos. Horner vuelve por sus fueros de autoplagios y sonidos idénticos a los de películas anteriores. Giacchino, en cambio, es innovador en cada música que compone. Que ganara el Sherlock Holmes de Hans Zimmer tampoco me disgustaría nada, pero la Academia ya ha dejado pasar obras maestras de este genio sin nominarle siquiera.