La crítica norteamericana ha descubierto un nuevo juego: la caza de M. Night Shyamalan. Desde que hace ya once años nos impresionara a todos con El sexto sentido, los entendidos han decidido que este director ya no les vale. Han despreciado una por una todas sus películas, negando la genialidad, la poesía, la aventura, la brillantez visual o el carácter único y personal que desprendían casi todas ellas. Cierto es que había razón en los palos que recibió el cineasta (cineasta, sí; director se le queda corto) por su último trabajo, El incidente, pero choca que alguien tan original y tan fiel a sí mismo no tenga algún pequeño grupo de adeptos entre la crítica. Cuando se anunció que iba a hacer Airbender. El último guerrero, muchos lo interpretaron como una renuncia a seguir siendo él mismo. Abrazar un material ajeno por primera vez en su carrera (a pesar de haber escrito también el guión) no entierra a Shyamalan, ni mucho menos. Sólo a ratos se le ve en esta película, pero en absoluto es el desastre que ha querido dibujar la crítica americana.Airbender adapta una serie de dibujos animados. Elección atípica a simple vista para Shyamalan, pero que una vez visto el resultado es fácil de explicar. En el fondo, este filme aborda los mismos temas que tocaba en sus anteriores trabajos, en especial la búsqueda de personas, extraordinarias por algún motivo, de su lugar en el mundo. De eso va Airbender, como también era el tema de El bosque, El protegido (estas dos, probablemente, las obras más redondas de Shyamalan), La joven del agua o El sexto sentido. Y sus imágenes, para quien no se deje engañar por la artillería de efectos especiales que contiene este filme, aportan la misma genialidad de antaño, la misma habilidad para colocar la cámara allí donde debe estar para explicar lo que esconde cada plano sólo con imágenes, sin necesidad de otro apoyo (aunque los tiene, en especial la nuevamente brillante música de James Newton Howard, con quien el realizador forma un tándem mágico). Y rodando planos abiertos, fáciles de comprender y lejos de la confusión que presenta la acción moderna de Hollywood. Es ahí donde se ve al Shyamalan más auténtico. Pero, por desgracia, eso no llega a toda la película.
El cineasta falla donde habitualmente triunfaba: con las palabras. No hay un solo diálogo en esta película que sea realmente necesario para entender lo que estamos viendo. Ni siquiera interesante de verdad. La mayoría de ellos son rutinarios. La voz en off que cubre las (algo extrañas) elipsis temporales es directamente superflua. Pero eso no puede ser excusa para quien hizo de una frase ("en ocasiones veo muertos") su tarjeta de presentación al mundo. Con las palabras, falla en ocasiones el ritmo de la película, a la que le pesa demasiado el hecho de no ser más que una introducción (nuevamente estamos ante un filme pensado para ser la primera parte de una trilogía, pero luego volvemos sobre eso). Pero eso no puede ser excusa para Shyamalan, que ya deslumbró a quien quisiera verlo haciendo de El protegido una perfecta película en sí misma a pesar de ser, en realidad, el primer acto de lo que podría haber sido una saga más larga (desde que se estenó, se rumorea con que Shyamalan hará una segunda parte). Y falla en algunas imágenes, afortunadamente no en demasiadas, por esa moda que hasta el propio Shyamalan ha criticado de estrenar ya toda película de fantasía en 3D. Christopher Nolan ya ha demostrado con Origen que no hacen falta gafas para deslumbrar.
Eso es lo negativo. Lo positivo está en que Shyamalan ha encontrado un buen camino como director de acción, algo a lo que hasta ahora no se había lanzado. El clímax, extenso y bien montado, demuestra que se maneja a gusto con multitudes, cuantiosos elementos en pantalla y el ritmo de una batalla. También hay cierta habilidad en la dirección de actores, la mayoría de ellos desconocidos para el gran público, y a ese reto de no tener rostros populares se enfrenta por primera vez en su carrera. No es que ninguno de los intérpretes haga el papel de su vida, pero hay mucho oficio en pantalla, incluso entre los actores más jóvenes. Son más que interesantes las dos chicas que aparecen, la tierna ingenuidad de Nicola Peltz (que apenas tiene experiencia en el mundo del cine pero cuyo nombre apunto) y la presencia magnética de Seychelle Gabriel (que ya se merendó a la sorprendentemente bien considerada Eva Mendes en la horrenda The Spirit haciendo su mismo personaje pero de joven). Y es interesante ver a Dev Patel, protagonista de la para mí sobrevalorada Slumdog Millonaire, ofreciendo nuevos registros.
El conjunto final puede saber a poco para quienes admiramos la categoría de Shyamalan, pero Airbender no deja de ser una correcta y entretenida película de fantasía. A pesar de la ferocidad con la que ha sido recibida entre los críticos (no tanto entre el público; lleva 200 millones de dólares recaudados aunque costó 150), es mucho mejor que otras sagas de fantasía juvenil (por temática, público o protagonistas) que han visto la luz en los últimos tiempos. Ni se le acercan primeras partes de sagas que no continuarán en el cine, como La brújula dorada, El circo de los extraños o Eragon. Es más adulta que las interesantes Crónicas de Narnia. Y tiene más diversión que Crepúsculo o Harry Potter (y aquí ya sé que me enfrentaré a la ira de los fans). Pero ésta la firma alguien que se reivindica como cineasta y eso, por lo visto, merece más palos que aplausos. Los míos no, desde luego. Shyamalan sigue siendo Shyamalan, aquel director que me asombró hace once años y que, salvo en una ocasión, me ha deslumbrado con algo en todas sus películas. Espero que haya secuela. Y espero que Shyamalan dirija también otro guión original suyo lo antes posible.
















