Me sorprende la masacre crítica que ha recibido en Estados Unidos El ladrón de palabras (mal título en español, por cierto, porque la película se acerca mucho más a lo que dice el título original, The Words, y no sobre su ladrón), debuta en la dirección del dúo formado por Brian Klugman y Lee Sternthal. En realidad, me sorprende solo en parte, porque últimamente la crítica no sabe qué hacer con historias llamémoslas bonitas, como es la de este filme. Creo que es lo mismo que le pasó a la mucho más maniquea pero quizá más emotiva Tan fuerte, tan cerca, aunque aquella se vio recompensada con algunas nominaciones al Oscar y eso al menos hizo que se hablara de ella. El ladrón de palabras es, insisto, una historia bonita. Y creo que apreciable. No es perfecta ni realmente novedosa, pero sí muy disfrutable a muchos niveles. Hay en su guión, que no tanto en sus más corrientes diálogos, buenas ideas. Hay una interesante narración múltiple. Y hay un más que notable trabajo interpretativo.
Clayton Hammond (Dennis Quaid) es un escritor famoso, que está ofreciendo una lectura pública de uno de sus trabajos, a la que asiste Daniella (Olivia Wilde), una joven aspirante a escritora que intenta seducirle en el intermedio de ese acto. En esa novela se cuenta la historia de Rory Jansen (Bradley Cooper), un escritor que intenta construir su vida junto a Dora (Zoe Saldana) al tiempo que muestra a diferentes editoriales, sin éxito, una novela en la que ha trabajado durante tres años para lograr su sueño de convertirse en escritor. Hasta que sucede algo que le llevará a la fama, pero también le llevará a conocer a un anciano (Jeremy Irons) que le enseñará las consecuencias de sus actos. La historia tiene potencial y es todo un giro en la carrera de Klugman y Sternthal, autores del argumento nada menos que de Tron Legacy y que dirigen su primera película.
El desliz que tiene la película, y que quizá es lo que ha motivado que pocos críticos la respalden, es que la forma es mucho más eficaz que el fondo. El filme cuenta con cuatro narradores diferentes. Va entrelazando con bastante éxito el papel de tres de ellos: la lectura publica del escritor, la vida del aspirante a escritor que cuenta la propia novela y las revelaciones del anciano al escritor, que abren un nuevo escenario en la posguerra parisina. Cada uno tiene una historia diferente que contar. Y, pese a la supremacía formal, cada una de ellas aporta elementos interesantes sobre los que merece la pena detenerse para reflexionar. Es, en ese sentido y como decía antes, una película muy bonita. Quizá haya quien piense que eso la convierte en pretenciosa. Yo no la he visto así. A mí me parece más bien sincera. No desea sentar cátedra sobre nada, pero sí ofrecer puntos de vista, argumentos para explicar las acciones y los sentimientos de sus personajes. ¿La cuarta narración? La magnífica música de Marcelo Zarvos, subrayando con sutileza y eficacia y configurando el mejor trabajo hasta la fecha del compositor.
La película funciona porque funciona el reparto. Configurado en parejas (Cooper-Saldana, Quaid-Wilde, Irons-Cooper y Ben Barnes-Nora Arnezeder) y en torno a esos tres narradores en pantalla, encuentra muy pocas fisuras y, en cambio, muy buenos momentos. Siempre es una delicia ver a Jeremy Irons con un papel de cierta presencia y el de El ladrón de palabras es tan clásico como destacable. Bradley Cooper, muy acostumbrado hasta ahora a interpretar al héroe sin fisuras (El equipo A) o al tipo gracioso (Resacón en Las Vegas) entra aquí en terrenos emocionalmente mucho más movedizos y la verdad es que sale triunfante. Como Zoe Saldana, una actriz más que interesante (ya desde que Steven Spielberg la descubrió en La terminal) que pide a gritos papeles protagonistas y más agradecidos. En las escenas que comparten estos tres actores es donde está lo mejor de la película, aunque los más hermosos planos (y quizá los más significativos sobre el mensaje de la película) se los queda la parte de Dennis Quaid y Olivia Wilde.
El ladrón de palabras es, decía, una historia bonita y apreciable. No tiene tanto fondo como para llegar a la excelencia, no creo tampoco que engañe en ese sentido, pero sí es un bonito retrato sobre los sueños, las consecuencias de las acciones y las relaciones humanas con el mundo de la literatura como telón de fondo. Es además un trabajo visualmente interesante en muchos sentidos, en su magnífica narración cruzada y, también, en la elección de planos que hacen sus directores. Y en un cine contemporáneo en la que gana terreno lo oscuro, lo agresivo o lo divertido, siempre es interesante atender a lo que puede ofrecer una obra dramática de pretensiones sencillas y personajes bien construidos. Incluso aunque la propia concepción de la historia se enfrente a algunas lagunas en el guión o el interés entre sus diferentes partes pueda estar algo desequilibrado.
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viernes, noviembre 02, 2012
miércoles, noviembre 02, 2011
'Footloose', la quintaesencia del remake innecesario
Nunca he compartido la crítica al remake por el simple hecho de serlo. Cierto es que hay pocas reinterpretaciones de títulos clásicos que superen al original, pero en muchas ocasiones me basta la fidelidad al espíritu del original y algo que justifique una nueva versión, aunque sólo sea la nostalgia de regresar a un mundo conocido. Pero es cierto que hay remakes que son totalmente innecesarios. Footloose reúne todas las características de esta clase de versiones. No se basa en una película especialmente inolvidable, no aporta absolutamente nada nuevo a la narración original (en ocasiones llega a fotocopiar planos y diálogos sin ningún pudor y sin tener en cuenta que han pasado casi treinta años desde el primer Footloose), ni tampoco acierta en las escasísimas variaciones con respecto a aquella. Esta nueva Footloose es exactamente la misma historia, con un buen Dennis Quaid retomando el papel que entonces hizo John Lithgow, muchos cuerpos atractivos y atléticos bailando y una música muy pegadiza (que en su gran mayoría ya estaba en la cinta de 1984). ¿Pero merece la pena calcar así una película? No, desde luego que no.
Footloose no es una de las películas más emblemáticas de los años 80, ni mucho menos, aunque tiene cierta fama. Fama que, seguramente, le viene de ser una especie de continuación temática de películas como Grease o Fiebre del sábado noche, es decir, historias de chavales jóvenes, más o menos rebeldes, con la música como telón de fondo. Como película tampoco era gran cosa, aunque hay que reconocerle la buena composición de su banda sonora, con un par de temas francamente bailables y populares, las actuaciones de actores como Kevin Bacon, John Lithgow o Dianne Wiest y sus buenos sentimientos, muy propios de las docenas de películas similares a ésta (y no precisamente por ésta) que se produjeron en aquellos años, entre finales de los años 70 y comienzos de los 80. La idea de un pueblo en el que estuviera prohibido bailar (los bailes, más concretamente, por lo que de alcohol y desenfreno acarrean) encajaba con la descripción de un joven de ciudad ligeramente rebelde que luchara contra esa ley. Trasladar la historia al tiempo actual es el primero de los errores del remake.
Es un error porque, a pesar de que el impedimento legal sigue siendo el mismo, no se atisba en ningín momento la represión de estos jóvenes de 2011. Más bien al contrario. Lo normal parece ser la diversión, y no hay nada de excepcional en la lucha por celebrar ese baile. Con la premisa por los suelos, es difícil que la película remonte el vuelo. En absoluto ayuda el guión de Craig Brewer (también director) y Dean Pitchford, porque la apuesta es calcar la película original hasta el extremo, asumiendo líneas de diálogo que podían tener cierto sentido en 1984 pero que en 2011 parecen (y de hecho son) risibles. Por ejemplo, parece asombroso que la protagonista, una muy sensual (y sexual) actriz de 23 años llamada Julianne Hough, que interpreta a una menor de edad y que se pasea por la película con ajustadísimos pantalones vaqueros, le espete a su padre, el reverendo del pueblo, que "ni siquiera soy virgen" con la pretensión de ser algo escandaloso. Ya desde los créditos iniciales se copia al original y sus planos de pies sueltos bailando. Luego se introducen dos o tres cambios (que el novio de Ariel sea un piloto de carreras, la dramática ausencia de la madre de Ren o que el duelo que éste mantiene con Chuck sea con autocares y no con tractores), pero enseguida se recupera la dinámica del plagio autorizado.
Y eso es imparable hasta el final. El reparto busca variaciones, pero no son demasiado efectivas en la mayoría de los casos. Para este Footloose había más interés en contar con bailarines profesionales que con actores. La experiencia de Kenny Wormald y Julianne Hough, la físicamente muy atractiva pareja protagonista, está en el mundo de la música y el baile. Lo que se ha buscado es, como en la película original, colocar un par de buenos actores detrás de ellos, en papeles secundarios. Dennis Quaid, de hecho, es el único que acaba entendiendo lo que supone hacer este remake. Su papel de reverendo y padre de Ariel es, sobre el guión, exactamente igual que el de John Lithgow en el film original, pero sabe darle matices diferentes, incluso superando a aquel en algunos momentos. No le sucede lo mismo a Andie McDowell, que en ningún momento consigue alcanzar el trabajo de Dianne Wiest en el filme de 1984. En todo caso, tampoco en las actuaciones hay muchos más cambios reseñables, ya que los personajes son los mismos, hacen las mismas cosas y dicen los mismos diálogos. La única novedad real está en el prólogo de la película, que cuenta el suceso que motiva las prohibiciones en el pueblo y que en el Footloose ochentero no llegaba a aparecer.
No es que Footloose sea una mala película en sí misma, pero su juicio tiene que ir mucho más allá. Con todos los defectos que tiene, cuenta una historia más o menos entretenida con una música atractiva (lo mejor, la versión de Ella Mae Brown de Holding Out For a Hero, la canción cantada originalmente por Bonnie Tyler). Pero es que, si se ha visto la original, ésta se acerca a la tomadura de pelo. ¿Por qué un remake idéntico, cambiando sólo los actores sin más aportación? No tiene ningún sentido. Entiendo que sus protagonistas quieren lucirse, y categoría de baile tienen para ello, pero no parece necesario fotocopiar una película de hace casi treinta años con este propósito. Se puede hacer una nueva historia y listo. Y es que no acabo de tener claro que Footloose sea una etiqueta que por sí sola pueda llevar al cine a los más nostálgicos ni tampoco que esta historia, tal y como fue contada en 1984, pueda convencer a los jóvenes de hoy en día para pagar una entrada de cine y sentirse identificados con lo que se cuenta. Lo mejor es ese toque de nostalgia, y es que tiene su aquel escuchar Footloose, la canción, en un cine. Pero poquito más.
lunes, junio 21, 2010
'El hombre lobo' y 'Legión', muy mal cine fantástico
Cuando una película tarda tanto en hacerse, pasa por tantas manos y sufre tantos retrasos, es que el resultado no puede ser bueno. El hombre lobo no sólo no es una excepción a esa regla, sino que es por derecho propio una película que puede utilizarse como perfecto ejemplo de descalabro que se ve venir desde el principio. Y es una pena, porque tiene mimbres (y sobre todo nombres, especialmente en su reparto) para ofrecer un buen espectáculo, más si tenemos en cuenta que hace ya muchas décadas que no se ve una recreación de la historia original del hombre lobo, aquella que forma parte de los clásicos de terror de la Universal (el logotipo original de la distribuidora, con el que comienza este filme, es lo mejor que ofrece, nostálgico que es uno). Hemos visto muchos hombres lobo, pero no al Hombre Lobo con mayúsculas. Y con los medios digitales del cine actual ésta era una gran oportunidad para recrear el ambiente londinense y una criatura que sembrara el pánico en la ciudad y en el oscuro bosque.Aquí no la vamos a encontrar, a pesar de que Joe Johnston, un director simplemente eficaz, quiera embaucarnos con unos bonitos planos digitales del hombre lobo aullando bajo la luna llena de Londres o con algunas escenas violentas y sangrientas, a veces incluso algo gratuitas. Benicio del Toro interpreta al personaje protagonista, y lo hace con tal desgana que parece imposible de creer. No aporta absolutamente nada de verosimilitud y eso hace que la pretensión de mostrar un alma torturada, como debe de ser todo gran monstruo clásico (como era el hombre lobo original), se quede en un fracasado intento. Como fracasan también Anthony Hopkins o Emily Blunt en sumar algo a sus personajes (Hugo Weaving es el único actor salvable, aunque desaprovechado), ya planos en un guión inverosímil en el que lo más creíble, sin duda, es que un hombre se transforme en una criatura fantástica. Ningún personaje, ni mucho menos el principal, parece tener unas motivaciones claras o unos instintos reconocibles. ¿Por qué actúan? Porque la película tiene que sobrepasar los 90 minutos, nada más.
Junto a unos pocos pasajes de la banda sonora de Danny Elfman (que los productores quisieron rechazar en uno de los numerosos cambios de rumbo de la producción del filme y que finalmente incluyeron; recuerda, y mucho, al Dracula que Wojciech Kilar compuso para Francis Ford Coppola), lo único que merece la pena de este despropósito es el maquillaje de Rick Baker. Lástima que se pierda en un triste intento de actualizar el mito de este personaje clásico del cine de terror (actualización que no es más que añadir... un segundo hombre lobo con el que protagoniza una de las más lamentables peleas vistas en el cine fantástico moderno). Lástima que tanto efecto digital no sea capaz de borrar el recuerdo de lo que el propio Baker hizo en la prodigiosa Un hombre lobo americano en Londres, sin duda la mejor transformación de un licántropo vista en la gran pantalla. Lástima de todo en un remake absurdo, lamentable y en algunos momentos patético.
Legión es otro de esos productos que prometen entretenimiento y ofrecen una acción rutinaria, un guión previsible lleno de tópicos y un par de nombres conocidos que arrastren público sólo para llevarse una enorme decepción. Aquí esos dos nombres son Paul Bettany, de capa caída desde que formara parte de aquella gran película de Peter Weir que es Master and Commander, y Dennis Quaid. A eso le añades dos o tres planos de efectos especiales, una chica joven y atractiva (Adrianne Palicki) aunque esté embarazada, por supuesto un par de personajes negros secundarios y un argumento interesante pero horriblemente desarrollado, y tienes Legión. Se supone que la película comienza con Dios enfadado con la humanidad y enviando a su legión de ángeles para acabar con ella, y uno de ellos, el arcángel Miguel, rebelándose contra su señor. Pero ni ángeles, ni legiones, ni batallas, ni nada. Al final de lo único que se trata, y por desgracia no sabemos muy bien por qué, es de matar a un niño no nato que, dicen, va a salvar a la humanidad.-
Uno no para de preguntarse durante toda la película por qué demonios (perdón por el fácil juego de palabras) estos ángeles tan sanguinarios no aprovechan alguna de las docenas de oportunidades que tienen para llevar a cabo su misión, por qué el ángel principal que se ve en el filme (el único que enseña sus alas) no ataca desde el principio, por qué hay que devastar el mundo entero (aunque no se vea) si todo se centra en esa joven embarazada, en cuyas manos está el futuro del ser humano. Preguntas hay muchas, casi todas son lícitas. Respuestas no hay ninguna en este filme. Sorprendentemente, no hay ninguna. Y es que al final no deja de ser un pequeño gran remedo de este pequeño clásico de serie B (del mejor John Carpenter, el de los años 80) que es Asalto a la comisaría del distrito 13 (que a su vez era un remake nada escondido de un título mítico del western, Río Bravo, de Howard Hawks), pero hecho con una considerablemente mayor torpeza y menor talento.
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Al frente de la película y del guión está Scott Stewart, un director debutante que procede del mundo de los efectos especiales (ha trabajado en películas como Superman returns, Iron Man, Sin City o Mars Attacks!), y eso es lo que hace aún más desconcertante esta película. En lugar de ser un festín visual, es una película que esconde los efectos especiales bajo una oscuridad que lo único que indica es que no había dinero para mucho más. Que se pierde en topicazos familiares en lugar de desarrollar un escenario que ofrezca la posibilidad de algún plano para el recuerdo. De hecho, es que Legión no ofrece nada de nada, ni un instante para recordar, ni una frase divertida o memorable, ni el más mínimo interés en saber más de este mundo apocalíptico que se nos plantea. Es una pérdida de tiempo. Sin más.
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miércoles, agosto 19, 2009
'G.I.Joe': Asombrosamente entretenida
Después de ver el fiasco que ha supuesto lo que ha hecho Michael Bay con cada una de las dos partes de Transformers (para mí, porque tiene legión de seguidores), después de saber que el director iba a ser Stephen Sommers (quien, de nuevo para mí, convirtió La momia en un cuento cómico para niños; ah, si Boris Karloff levantara la cabeza...), después de conocer el reparto, ver las primeras imágenes y saber que los productores iban a esconder la película de la crítica evitando los pases de prensa, todo apuntaba a un nuevo fiasco. A un nuevo destrozo de una franquicia de figuras de acción y dibujos animados con la que tantos hemos crecido. Y, ante mi más sincero asombro y contra todo pronóstico, resulta que G. I. Joe es una película de lo más entretenida.Como película es más bien mala, no nos vamos a engañar: tiene unos diálogos horrendos, un desarrollo de personaje tan limitado como de costumbre, una inagotable colección de tópicos y una dirección algo atropellada. Pero cumple con creces lo prometido: es un sanísimo y honesto entretenimiento, un espectáculo de inofensiva destrucción y personajes arquetípicos que funciona realmente bien. Como referente, me viene a la cabeza Los 4 Fantásticos y su secuela, de las que un crítico llegó a decir que eran la basura más entretenida del verano. Aquí elevadas a la enésima potencia en acción, eso sí. Sólo en la secuencia de París (asombrosamente trepidante, pero algo demasiado digital) se ha llegado a decir que se destrozan más de un centenar de coches. Cada uno de ellos se ve en pantalla.
G. I. Joe no ofrece nada nuevo, ni para los amantes de la franquicia (más allá de la ilusión que pueda hacer verla en imagen real) ni para los aficionados al cine de acción. Es eso, una película de acción pura y dura, sin tomarse en serio a sí misma (pero sin caer en el ridículo como sí sucedía en Transformers), con un público objetivo centrado en adolescentes ansiosos de ver en la pantalla movimiento, tipos duros y mujeres atractivas, y nostálgicos de la serie de dibujos animados de los años 80. Los productores se han tomado una molestia absurda, la de convertir a los Joes en un cuerpo de élite de carácter internacional (Global Integrated Joint Operating Entity, significan las siglas en esta versión) y no sólo norteamericano (se supone que para no despertar animadversión en algunas partes del mundo), cuando la mayoría de sus componentes son precisamente estadounidenses. Absurdo, pero es el mundo políticamente correcto en el que vivimos.
¿Cuál es el éxito entonces, que es lo que hace de G. I. Joe una película digna de verse? Para empezar, que no es un producto adulto pero tampoco una ridiculez insultante, como tantos otros títulos que llegan a la cartelera procedentes de mundos similares a éste. El principal peligro que se corre al basarse en una franquicia así es el que tenía la serie de dibujos animados para ser tomada en serio: la historia se centra en un cuerpo militar de élite que se enfrenta al mayor grupo terrorista del mundo, pero no hay sangre, siempre se ve el paracaídas tras la explosión de un avión, la violencia es de juguete, y no muere nadie porque tiene que salir en el siguiente episodio. G. I. Joe no cae en esa trampa, la violencia es salvajemente irreal, pero encaja en este universo de ciencia ficción ("un futuro no demasiado lejano"), en esta aventura trepidante (aún más gracias a la dinámica partitura de un Alan Silvestri que con Van Helsing, Beowulf y ésta ha recuperado el pulso narrativo que tenía en los años 80, con títulos como Regreso al futuro o Depredador).
Los viejos aficionados de la saga echarán en falta algo de imaginación en los diseños de los personajes. Si algo caracterizaba al universo de G. I. Joe es que todos y cada uno de los miembros del equipo eran únicos y llevaban su propia vestimenta. Aquí todos visten el consabido traje de látex negro que casi todos los héroes de acción han llevado desde el Batman de Tim Burton. Pero esos mismos aficionados disfrutarán con los vehículos que aparecen en la película o con algunos momentos muy reconocibles, en especial las peleas entre Sombra y Ojos de Serpiente (que en la versión doblada han decidido dejar con sus nombres originales, Storm Shadow y Snake Eyes; este segundo no tiene diálogo alguno, como el personaje original, y está interpretado por Ray Park, el Darth Maul de Star Wars) y la Baronesa y Scarlett (de su rodaje salieron heridas tanto Sienna Miller como Rachel Nichols, la primera en su muñeca y la segunda con algunas quemaduras).
Stephen Sommers es un director previsible, que adora mover la cámara aunque no tenga ningún sentido, pero aquí consigue la difícil tarea de no marear en casi ninguna de las magníficamente coreografiadas secuencias de acción (de largo, la mejor es la de París, aunque también es intensa y coherente la del asalto de los villanos a la base de los Joes). Y en la sala de montaje logra dar coherencia a un climax final que se mueve en cinco o seis escenarios paralelos. Del reparto, además de disfrutar con los movimientos de Ray Park, hay que hablar de un Dennis Quaid que se lo pasó tan bien (quizá porque aceptó el papel gracias a que su hijo es fan de G. I. Joe) que vio cómo se incorporaban nuevas escenas para su personaje, el General Hawk, y de una Sienna Miller que lo que más hace ante la cámara es desfilar (descoloca esta actriz, capaz de películas como Interview y que a veces se queda en pantalla como una simple modelo de colonia).
Son dos horas a medio camino entre el cine de acción más contemporánea, la diversión más absurda e incoherente, y la nostalgia que siempre produce un mito de los años 80. Para pasar un gran rato sin prejuicios ni complejos.
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