viernes, julio 01, 2016

'Independence Day. Contraataque', despropósito nostálgico

El cine tiene mucho de oportunismo. Una de las razones por las que una película triunfa es porque llega en el momento adecuado, aunque en realidad no tenga méritos suficientes para ser salvada de la quema. Con Independence Day sucedió algo así en 1996. La Tierra sufriendo una invasión extraterrestre a gran escala como en realidad no se había visto nunca en una gran pantalla, desde luego no con ese formidable festival de destrucción masiva que culminó con la mítica imagen de la Casa Blanca volando en pedazos, con actores de segundo nivel pero reconocibles, efectos especiales vanguardistas y un tono simpático y resultón. Pero fue en 1996. Independence Day. Contrataaque quiere hacer algo parecido en 2016, pero Roland Emmerich ya no es el mismo y el mundo tampoco. La ingenuidad se ha perdido, el espectáculo de hace veinte años no tiene nada que ver con el de ahora. Y Emmerich, con el siempre sorprendente apoyo de cuatro guionistas más para firmar semejante despropósito, ya no tiene el mismo enlace con el público.

Independence Day es un delicioso placer culpable. Su secuela, sin embargo, es una triste forma de desvirtuar el agradable recuerdo que, aunque se niegue, dejó aquella en toda clase de públicos. Contraataque sólo tiene una baza: la nostalgia. El apoyo en la franquicia es un recurso muy habitual que, por desgracia, está dando pie a intentos de revival demasiado lastimosos. La nostalgia, por supuesto, no es capaz de sostener esta secuela, pero no lo hace por una razón muy sencilla, y es que Emmerich traiciona su propia invención, y todo lo que en 1996 podía tener su gracia o incluso estar bien construido, en 2016 está ya agotado y superado. Pero es que ni siquiera Emmerich confía demasiado en su producto, y no hay nada en este regreso al universo de Independence Day que mejore lo que ya vimos hace dos décadas. Nada. Y eso es especialmente sangrante en lo visual, porque aquella dejó imágenes para el recuerdo y esta no hace más que tratar de revivirlas mediante imágenes por ordenador que no son capaces de igualar lo que hacían las maquetas de antaño.

Por supuesto, es evidente que Contraataque es un prodigio de diálogos y situaciones absurdas que no hay por donde coger, puede que la cúspide del cine de Emmerich en este sentido. El alemán se escuda en que nadie espera gran cosa de él, e incluso tira por la ventana lo que durante algunos minutos podría pasar por una interesante película de ciencia ficción, e incluso por una más que decente actualización de su cinta original. Pero cuando el desmadre se apodera de esta secuela de Independence Day ya no hay quien la pare. Emmerich no tiene reparo alguno en mezclar Armageddon, la televisiva Falling Skies y hasta Godzilla, la del germano, la verdaderamente mala, para tratar de que la cosa sea ligeramente diferente a su primera tentativa de invasión alienígena, pero ni los detalles que intenta meter (lo de los ecosistemas dentro de la nave extraterrestre es tan absurdo que da por reírse) ni sus referencias le alejan al final de un camino que ya tenía marcado y que casi repite durante más de una hora, por supuesto con peores resultados.

¿Por qué falla esa repetición? Volvemos a la oportunidad. Ya no estamos en ese momento. Las películas, digamos, livianas de los años 80 se convirtieron incluso en pequeños clásicos instantáneos. Las de los 90 todavía se recuerdan con agrado. Las del siglo XXI son productos olvidables, sin carisma. Como sus protagonistas, una ristra de personajes que sólo se pueden entender desde la autoparodia, como los de Bill Pullman o Jeff Goldblum, o desde el simple reparto de cuotas y caras guapas, como los de Liam Hemsworth, Maika Monroe, Jessie Husher o incluso una Charlotte Gainsbourg que no se sabe muy bien qué pinta en la película. No hay interés en ninguno de los personajes, algo que, incluso entrando en la misma categoría de película mala disfrutable, la cinta original sí tenía. Independence Day. Contraataque es una invitación a la desactivación absoluta de las neuronas y a un disfrute absurdo, si es que se puede alcanzar ese punto. Pero es mala. Muy mala. Abiertamente mala. Y no da la impresión de que ninguno de sus responsables pueda decir lo contrario.

miércoles, junio 22, 2016

'The Program (El ídolo)', Frears retrata con acierto a un villano

Viendo el retrato del ídolo caído que supone The Program, la película con la que Stephen Frears ha recreado el ascenso a los cielos del ciclismo y el descenso a los infiernos de la vida de Lance Armstrong, es inevitable recordar otra cinta de la filmografía del director irlandés, la no demasiado reconocida Héroe por accidente. En ambas, Frears retrata a un oportunista, a alguien que saca partido de una situación en la que no estaba llamado a ser el protagonista. Pero si en aquella Frears adoptaba un delicioso tono de comedia capriana, en esta opta directamente por retratar a un villano, a alguien que conoce sus limitaciones y decide romperlas mediante la trampa. Un villano, eso si, por el que siente simpatía en algunas ocasiones, como en las escenas en las que lucha contra el cáncer o incluso cuando se enfrenta a la sanción que le va a apartar de lo único capaz de hacerle feliz, la competición, pero un villano en todo caso.

Y ahí, a pesar de la complejidad de llegar con acierto y profundidad suficiente a todos los temas que plantea, algo que no siempre consigue, es donde Frears tiene bastante éxito. Construye su villano con tanta precisión como tiene el plan de dopaje de Armstrong, probablemente la trama fraudulenta más elaborada de la historia del deporte moderno. Quizá lo más discutible de la mirada de Frears está en que, pese a esos momentos de acercamiento personal y emocional a Armstrong, falta un héroe en su relato. Tendría que haberlo sido David Walsh, el periodista que busca acabar con la leyenda fraudulenta del ciclista, en cuyo libro está precisamente basado el filme, pero su presencia no cobra tanta relevancia en la trama, a pesar del esfuerzo de Chris O'Dowd. The Program es, de hecho, Lance Armstrong de forma absoluta. Y, por tanto, es también Ben Foster. Muy pocos reproches se le pueden hacer a su atractiva composición de villano.

Foster asume esa condición de malo de la función desde el principio, desde la brillante escena de su primera etapa en el Tour de Francia, en la que sufre los rigores de la prueba más dura en la que ha competido y se forja su determinación de recurrir al dopaje, hasta el esplendido proceso de transformación en prácticamente un capo de la mafia. Quizá la película tiene un problema de tiempo, pero porque le falta. Quiere contar mucho y quizá algunos elementos quedan para los entendidos en el deporte, a pesar de que, como ya hiciera Ron Howard en Rush, consigue mutar toda la emoción deportiva del ciclismo en magia cinematográfica, con algunos planos bellísimos. Acaba claudicando, y recurriendo a las manidas imágenes televisivas, tanto de archivo como recreadas, y es ahí donde The Program pierde algo de fuerza visual. No demasiada, porque el trabajo tiene una factura impecable muy propia de un director que sabe mostrar muy bien en pantalla los conflictos internos de sus personajes, no sólo Armstrong en este caso.

Puede quedar la impresión de que The Program tiene un empaque menor del que podía esperarse, dado el tema que trata y los picos de calidad que tiene el filme, pero no se le pueden poner demasiados peros a Frears. The Program funciona como documento, pero sobre todo como historia. Es verdad que prescinde de algunos elementos, como la vida familiar de Armstrong, apenas esbozada en dos escenas, o que incluso el antagonismo con Walsh se quede mucho más en la superficie de lo que apuntaba el filme, dado que la primera gran escena del mismo es precisamente el primer encuentro entre ambos. Puede ser. Pero la cinta funciona francamente bien, incluso sin conocer absolutamente nada de la leyenda de este inmenso fraude. Cuando se acaba The Program es inevitable pensar en lo podrido que está el mundo en el que vivimos y en los pies de barro que tienen tantos ídolos de nuestro tiempo. Y Frears, incluso con algún maniqueísmo casi inevitable, lo capta francamente bien, sacando partido a unos diálogos formidables.

viernes, junio 10, 2016

'Dos buenos tipos', Shane Black en su salsa

Ha pasado mucho tiempo desde que Shane Black colocó su nombre, en el lejano 1987, en los créditos de Arma letal como su guionista. Y casi treinta años después, Black, ahora director y escritor, firma Dos buenos tipos, la que probablemente sea su película más auténtica, un divertidísimo thriller de misterio, una buddy movie extravagante, un potente regreso a los años 70 y una sobrada de película en todos sus aspectos (ojo a la secuencia onírica... ¡o a Nixon!) que se convierte en el compendio más exquisito de todo lo que ha venido haciendo Black a lo largo de su carrera. Tiene la violencia y la chispa de los diálogos de El último boy scout, la trama de investigación de la mencionada Arma letal, tintes de comedia como los de El último gran héroe aunque sin llegar a sus cotas de caricatura o el atrevimiento de Iron Man 3. Y con dos actores tan metidos en faena como el propio Shane Black para que la diversión sea total.

De alguna manera, viendo el escenario, la historia y el contexto, es inevitable pensar que todo lo que en Dos buenos tipos funciona francamente bien es lo que no terminaba de encajar en la mucho más pretenciosa Puro vicio, de Paul Thomas Anderson. Y es que Black no tarda más que unos pocos segundos en ganarse toda la atención del espectador, mezclando una actriz porno, una travesura erótica infantil y un espectacular y extravagante accidente. Luego es cuando entran en acción los dos buenos tipos del título, que precisamente son de todo menos buenos tipos. Un matón a sueldo que se dedica a patear a quienes se acercan a jovencitas y un detective privado venido a menos por su cara dura y por su afición al alcohol que además tiene una hija casi adolescente se convierten en la mezcla ideal para la fórmula de buddy movie que Black hizo arte en el guión de Arma letal. Parece mentira que tantos años después siga teniendo cogido el punto a esa dinámica.

Sobra decir que buena parte del éxito de esta fórmula en Dos buenos tipos radica en que Black ha escogido a Russell Crowe y Ryan Gosling, dos actores sensacionales, capaces además de meterse en la piel de personajes tan diversos que este guión es para ellos un caramelo que no podían desaprovechar. Y no lo hacen. En absoluto. Ni en la comedia ni en la acción, pero tampoco cuando la película se adentra en los terrenos del drama, cuando los personajes adquieren un contexto que Black escribe magníficamente bien. Lo que parece increíble es que Dos buenos tipos tenga tantas cosas, se mueva a un ritmo tan elevado, proporcione tantos momentos delirantes y al mismo tiempo sea tan inteligente en el misterio que investigan los dos protagonistas (más bien tres, que gusto da ver a una actriz adolescente como Angourie Rice moviéndose con tanta naturalidad ante dos monstruos como estos).

Da gusto ver que directores que se mueven dentro de la comercialidad más evidente de Hollywood (¿acaso hay que entender como un mensaje oculto que Dos buenos tipos arranca detrás del logo de la meca del cine cuando estaba tan dejado en los años 70?), saben ser al mismo tiempo muy atrevidos. Dos buenos tipos entronca en un cine que muchos intentan y no tantos dominan, ese en el que el humor es negro, la violencia casi cómica y el envoltorio es el de una producción en el que todo el mundo parece habérselo pasado fenomenal entre amigos. Pero Black sobresale porque, además, es un tipo avispado. Conoce la fórmula. Y la aplica como nadie. Pero no parece una fórmula hasta que uno se para a pensar en ella. Porque mientras se está viendo, la diversión es tan absoluta que el espectador ni se da cuenta de que le han embaucado de una manera magistral. Black es un embaucador, eso está claro. Pero es uno de los buenos, de los que divierte y entretiene sin complejos y sin guardarse absolutamente nada. Y así da gusto.

viernes, mayo 27, 2016

'Alicia a través del espejo', si Lewis Carroll levantara la cabeza...

El cine, como cualquier otro arte narrativo, no debe tener ningún miedo a la experimentación a coger personajes e historias y transformarlos en virtud de sus necesidades como medio de expresión. Eso es algo que tendría que ser evidente, sea cual fuera el material que se adapta. Pero, claro, cuando llegan películas como Alicia a través del espejo, secuela de la olvidable Alicia en el País de las Maravillas que forma parte del declive creativo de Tim Burton, esa afirmación se hace añicos, porque si Lewis Carroll levantara la cabeza probablemente no entendería qué es lo que han hecho con sus personajes. Porque, sí, contamos con todos los personajes de la primera película y con alguno más, pero sólo hay una conexión visual con ellos. Podría ser una historia de Alicia y del Sombrerero Loco como podría serlo de cualquier otro personaje.

La conexión con el País de las Maravillas es sólo visual, e incluso ahí tenemos un problema importante, ya que la excelencia visual que se le supone, quizá el único punto por el que se puede recordar la película de Burton, es en realidad un juego de artificio extraño. La reciente El libro de la selva de Jon Favreau vino a mostrarnos que se puede convertir una historia pensada en dibujos animados en una acción real y realista, pero Alicia a través del espejo es justo lo contrario, un gigantesco dibujo animado en el que, en realidad, todo da igual. Hace años, esta misma película, con este esfuerzo digital, podría haber convencido sólo con eso, pero hoy en día es un ejercicio profesional probablemente espléndido para enseñar en las academias de dibujantes y animadores pero que en la sala de cine es un espectáculo que se antoja francamente vacío.

La clave está en que la película ni siquiera sigue sus alocadas normas. Si se fuera fiel al espíritu de El País de las Maravillas, perfecto. Si se fuera fiel incluso a lo que se marcó en la primera película, sería suficiente. Pero como los personajes se desdibujan solos y realmente no hay mucha coherencia en sus actos, sus decisiones o sus palabras, lo único que queda es dejarse llevar por lo que en realidad es una carísima atracción de feria que vuelve a poner el énfasis en lo que para Carroll no era más que un secundario, el Sombrerero Loco, pero que aquí se convierte en protagonista para mayor gloria de un cada vez más aburrido Johnny Depp, que encabeza los créditos de la película por encima incluso de quien le da título, la Alicia de una Mia Wasikowska que al menos parece más centrada en el papel que en la primera película, por mucho de que el guión aquí le aporte muchas menos armas, sobre todo en el tramo que acontece en la parte más fantástica del relato.

Para esta segunda aventura de Alicia, James Bobin ha cogido un guión de Linda Woolverton, que tras la primera Alicia y Maléfica parece haberse encasillado en estos trabajos de aliño, una historia algo caótica ya de base y que montada adolece de bastante ritmo que lleva a los personajes a una aventura en el tiempo que quiere dar un origen a los personajes que en realidad no necesitan y que solamente coloca sobre el tablero piezas que no necesitan demasiada cohesión. Lo importante para el estudio está en que haya nombres conocidos e imágenes bonitas de contemplar. Los nombres ya los tenía de la cinta original, con los ya mencionados, Anne Hathaway, Helena Bonham Carter o un Alan Rickman que, con unas pocas frases, ofrece aquí su último trabajo para el cine (y la película se le dedica por ello), a quienes se añade un Sacha Baron Cohen con llamativas lentillas azules que apenas amplia un cuadro que no sorprende en absoluto.

viernes, mayo 20, 2016

'X-Men. Apocalipsis', y vuelta a empezar


Por Sonia Rodríguez Fernández

Regresan los mutantes de X-Men de la mano de Bryan Singer tras Días del futuro pasado con un nuevo y poderoso villano: Apocalipsis (Oscar Isaac). Este nuevo personaje, nos cuenta la historia, parece ser el primer mutante que existió. Más conocido en su tiempo original, en Egipto, como En Sabah Nur, al ser único mutante en esa época, se ve a sí mismo como un dios entre los débiles, los simples humanos. Por una traición, como ocurre en estos casos, es enterrado durante siglos, despertando de su letargo en 1983 y descubriendo que el mundo que él tenía en mente no es ni de lejos parecido al que tiene delante: los humanos comunes dirigen la Tierra, sin ningún tipo de poder y obligando a los mutantes (a los que él ve cómo sus hijos) a controlarse, a ser precavidos y muchas veces a esconderse, por lo que Apocalipsis decide juntar a sus Cuatro Jinetes y poner orden en lo que ve como un caos sin sentido.

Para llevar a cabo su purga, Apocalipsis necesita nuevos adeptos, esos Cuatro Jinetes que le ayuden en sus propósitos, por lo que, muy listo él, elige a mutantes que en ese momento estén desencantados del mundo como son Mariposa Mental (Olivia Munn), la que será Tormenta (Alexandra Shipp) y Ángel (Ben Hardy), junto con un viejo conocido, Magneto (Michael Fassbender), al que comprendemos mejor que nunca. Enfrente, los buenos, claro, a la cabeza con Charles Xavier (James McAvoy), Bestia ( Nicholas Hoult) y Mística (Jennifer Lawrence), al igual que la agente especial de la CIA Moira MacTaggert (Rose Byme), que repiten en sus papeles de las anteriores entregas, además de las caras nuevas que hemos visto crecer a lo largo de la serie original, Cíclope (Tye Sheridan), Jean Grey (Sophie Turner) y Rondador Nocturno (Kodi Smit-McPhee). Todas las nuevas incorporaciones llegan pisando fuerte, y no dejan nada indiferente.

¿Dónde empiezan los problemas? Pues por varios frentes. Lo primero, el argumento. Sí, Apocalipsis en el cómic es un gran villano, pero aquí se mueve en una historia que parece ser la tónica general de las últimas películas de X-Men: hay un problema, nos juntamos aunque estemos enfadados y volvemos a empezar... Un bucle del que parece que Bryan Singer no sabe salir. Lo segundo, la pérdida de identidad de varios personajes, cómo son Bestia, Magneto y Mística, que parecen totalmente desganados, un tenemos que estar porque es lo que toca, muy lejos de la convicción por la causa que mostraban en las primeras películas de la saga. Y no podemos olvidar al malo malísimo más que trillado al que parece hay que meter con calzador en las últimas entregas: Striker, interpretado por Josh Helman, que aparece más para rellenar que para otra cosa, y desaparece de la misma manera absurda con la que aparece.

Por supuesto, la película tiene cosas buenas, todas las nuevas incorporaciones refrescan y están muy bien, destacando Tormenta y Jean Grey, y sobre todo esta última, por ver a Sophie Turner en un papel distinto al de Sansa Stark en Juego de tronos y que deja ver lo que puede llegar a hacer. Oscar Isaac, aunque con un maquillaje que parece lo que es, maquillaje, también está muy bien, llegando a imponer y a dar algo de miedo en varias escenas. Pero X-Men no es X-Men sin su icono, Charles Xavier, con un James McAvoy que vuelve a estar soberbio en el papel del mejor telépata del mundo, con permiso de Jean Grey, claro. En conjunto, X-Men. Apocalipsis entretiene, pero dista de ser una de las mejores de la saga. Esperemos que en próximas entregas la historia evolucione y salgamos de esta horquilla temporal, tanto de historias como de personajes (hay aparición sorpresa y ya trillada incluida) para ver una evolución real de los personajes.

viernes, mayo 06, 2016

'La venganza de Jane', el western vive

Cuando pasen algunos años más, habrá que estudiar detenidamente qué es lo que ha sucedido con el western para que sea un género moribundo que de vez en cuando resurge para demostrar que está vivo. Porque vive, eso es algo que se demuestra con cada título del género que llega a los cines, y pasa de nuevo con La venganza de Jane, desafortunadísimo título español de Jane Got a Gun, un filme que ha sobrevivido a los muchos cambios sufridos en su equipo desde que el proyecto se anunció hace cuatro años para evidenciar que el Oeste americano sigue siendo un escenario magnífico en el que colocar toda suerte de historias. La paradoja es que el western murió con su último gran éxito a todos los niveles, Sin perdón, y desde entonces sólo asoma la cabeza de manera muy puntual pero casi siempre con un nivel más que aceptable.

Y no es que la película de Gavin O'Connor sea de las mejores que se han visto en el western de los últimos años, pero sí es bastante digna. Decía Quentin Tarantino que John Ford destestaría Los odiosos ocho, el último intento aunque bastante especial de western, y de La venganza de Jane seguramente lamentaría que no haya sabido explorar con acierto la épica del género, que se haya empequeñecido cuando la historia apuntaba a algo más o cuando el conflicto podría haber derivado en planos algo más espectaculares. En ese sentido, da mucha rabia ver que O'Connor no sabe sacar partido del momento visualmente más atractivo del filme, o incluso que no domine esas áridas llanuras de arena y roca que dominan el western con tanta contundencia. Pero la historia es muy atractiva, lo es desde el principio y también por medio de los flashbacks que dan la información que satisface la intriga.

Casi parece mentira que la película se haya transformado tanto, y su supervivencia con dignidad es uno de esos pequeños milagros que da gusto ver, ya que la presencia de Joel Edgerton como coescritor de la cinta y de Natalie Portman como coproductora casi hace pensar que estamos ante un proyecto muy personal. Puede serlo más en el caso de Portman, su protagonista indiscutible y una actriz de suficiente talento como para hacerla bastante creíble. Edgerton secunda muy bien, como también Ewan McGregor en un papel de villano, inusual en su carrera, que acaba pareciendo lo más desaprovechado de la película. McGregor está francamente bien pero su personaje es el que más sufre el irregular ritmo de la película, que pierde mucho tiempo en conversaciones entre Portman y Edgerton que van desde lo imprescindible a lo redundante y se olvida de dar más fuerza al conflicto real que alumbra la película, el que obliga a Jane a coger un arma y defender lo suyo.

Pero, con todos sus defectos, que los tiene, La venganza de Jane es una película bastante solvente. Integra perfectamente al espectador en el drama y le recompensa con imágenes de un gran poder visual (la entrada del personaje de Noah Emmerich en el burdel armado con dos pistolas es, probablemente, el mejor ejemplo), por mucho que no sepa sacar partido de su ajustada duración (no llega a 100 minutos) y no consiga que el resultado final haga del todo justicia a lo bien insertados que están los flashbacks. El final tampoco ayuda, porque preparar emocionalmente al espectador durante toda la película para llegar al punto que llega es algo tramposo por parte de los guionistas. Pero al menos queda la satisfacción de volver a visitar el western, ese viejo género que sigue resistiéndose a morir a pesar de que ya hay demasiada gente que le ha asestado desde fuera un rejón de muerte. El porqué, toda una incógnita con la que tendrán que lidiar los libros de historia...

viernes, abril 29, 2016

'Capitán América. Civil War', simplemente impresionante

Por Sonia Rodríguez Fernández

Podemos decir que esta Capitán América: Civil War es una de las mejores películas hasta el momento de Marvel. Como inicio de la futura Fase 3 de Marvel, Civil War consigue su objetivo, engancharnos desde el principio. Anthony y Joe Russo logran darle a la cinta dinamismo y unas escenas de acción que no dejan indiferentes a nadie, en especial a los amantes de estos personajes de cómic. Aunque el título de la cinta, Capitán América: Civil War, nos da a entender que se trata de una posible tercera película sobre las aventuras del Capitán, tras El primer Vengador y El Soldado de Invierno, es mucho más que eso. Entre otras cosas, una presentación de futuros pesos pesados dentro del universo Marvel, como son Spiderman, interpretado por un refrescante Tom Holland, y Pantera Negra, con un Chadwick Boseman simplemente brillante.

Al resto de los integrantes del equipo ya los conocemos. Por un lado, el bando del Capitán (Chris Evans): Halcón (Anthony Mackie), Ojo de Halcón (Jeremy Renner), Ant-Man (Paul Rudd), el Soldado de Invierno (Sebastian Stan), Sharon Carter (Emily VanCamp) y la Bruja Escarlata (Elisabeth Olsen). Enfrente, el bando de Iron Man (Robert Downey Jr.): Viuda Negra (Scarlett Johansson), Visión (Paul Bettany), Máquina de Guerra (Don Cheadle) y los ya mencionados Pantera Negra y Spider-Man. Como telón de fondo e inicio de la disputa, los Acuerdos de Sokovia, responsables de la ruptura de los Vengadores. En estos, los gobiernos quieren ejercer un control sobre los superhéroes, sometiendo sus acciones a decisión de las Naciones Unidas (más si cabe, tras una desafortunada misión en África con numerosas bajas civiles).

Iron Man, afectado tras una conversación con una madre de una víctima de los sucesos ocurridos en Sokovia, considera que es mejor ceder ante la supervisión de los organismos internacionales para evitar estas desafortunadas situaciones. Por el contrario, surge la férrea oposición del Capitán, que defiende la importancia de la libertad de actuación para lograr realmente un mundo mejor. La aparición, por otra parte, del Soldado de Invierno complica aún más la trama, emponzoñando la situación. Como villanos encontramos a Crossobones (Calavera), interpretado por Frank Grillo, y Zemo, por Daniel Bhrül. Aquí tal vez podemos encontrar los únicos peros de la película: el primero, pese a su peso en los cómics, desaparece con relativa facilidad. Bhrül, por su parte, tiene una motivación que bien puede también atribuirse a la madre que sermonea a Iron Man, y que ya se ha usado mucho en otras ocasiones. Eso si, podemos atribuirle la hazaña de, siendo un simple mortal, consigue ni lo que un Dios como Loki logró: separa al grupo de héroes más poderoso del universo.

Los Russo han sabido adaptar de manera impecable el cómic al cine, creando una película casi perfecta, impresionante. Por su también reciente estreno, no podemos olvidarnos de Batman v Superman. El origen dela justicia y cabe hacer una comparación a pesar de ser universos distintos. Aunque la película de DC Comics tiene muchas cosas buenas, como un sorprendente Ben Affleck que calló a los más escépticos y una increíble Gal Gadot cómo Wonder Woman, nada tiene que ver con esta Civil War de Marvel, que demuestra una vez más que Marvel tiene las pilas mucho más cargadas que DC hasta la fecha. Quedan por ver algunos estrenos de ambas editoriales este año, como X-Men: Apocalipsis y Escuadrón Suicida. ¿Superarán a este Capitán América? Y un último apunte: no moverse al finalizar la película, ya que no una sino dos escenas adicionales nos esperan…

viernes, abril 22, 2016

'Toro', una oportunidad fallida

Eva fue una espléndida carta de presentación para Kike Maíllo. No era una película perfecta, pero sí una tremendamente llamativa, que confirmaba a su director como un espléndido emprendedor de género patrio. Por eso había bastantes expectativas puestas en este su segundo filme, Toro, pero el resultado final queda como una oportunidad fallida para que Maíllo se confirme en una primera línea. No es una mala película, ojo, no es un patinazo sin remedio, pero sí es por desgracia una cinta que deja mucho que desear en algunos aspectos que acaban resultando claves para que sus 103 minutos dejen algo frío y, sobre todo, con algo de perplejidad por la forma en que se han resultado algunas cuestiones que lastran bastante el filme. Toro tiene grandes ideas y podría haber sido un título más que notable, pero se queda en uno simplemente entretenido y con algunos defectos bastante palpables.

El principal hay que buscarlo en el guión. No precisamente por su apuesta por arquetipos y situaciones más o menos previsibles, porque de eso hay abundancia en el cine actual y tampoco es demasiado grave, sino porque hay momentos en los que Rafael Cobos (coautor del mucho más lúcido libreto de La isla mínima) y Fernando Navarro (uno de los nombres detrás de Anacleto, agente secreto) no se parecen haber tomado demasiadas molestias. Hay tantos elementos irreales en el filme (¿un arma de fuego en toda la película, y sobre todo en el clímax, una que además provoca más sorderas que sangre, cuando estamos hablando de una organización criminal supuestamente tan peligrosa?) y tantos comportamientos que no encajan en los personajes (el plano final de la primera secuencia y la misma resolución de la cinta) que siempre se tiene la sensación de que algo falla.

Y es una pena, porque hay un intento sincero de crear un thriller local con elementos muy interesantes. Maíllo le saca mucho partido, por ejemplo, a su reparto, destacando como casi siempre un Luis Tosar fantástico, también un José Sacristán calmado y complejo, e incluso aceptando el papel de Mario Casas como ¿héroe? granítico, pero también a una estética reconocible, que pasa por la llamativa desviación de unos créditos que se inspiran en los de los filmes de James Bond para encontrar una personalidad propia, la misma que Maíllo busca con el aspecto visual del filme. Para ello, no sólo no esconde sus escenarios, sino que presume de ellos. Hay valentía en esa decisión y Toro se beneficia mucho de ella. Pero la película se va derrumbando poco a poco por su inconsistencia y por su irregularidad, no sólo en el apartado cinematográfico sino también en el técnico, con escenas muy logradas y otras que no parecen de la misma cinta.

Maíllo sí demuestra que sabe moverse con cierta soltura, pero firma un segundo filme que está claramente por debajo del primero. No termina de encontrarle el punto perfecto para contar esta historia de venganzas y redenciones fallidas en la que demasiados elementos están por estar (la niña interpretada por Claudia Canal, hija del personaje de Tosar y sobrina del de Casas no tiene en realidad un papel definido) y en la que acaban sucediendo demasiadas cosas completamente inverosímiles que no encajan con los mismos personajes. Muy buenas intenciones, pero una ejecución muy por debajo hacen que Toro sea un filme un tanto extraño, que no termina de sacar todo el jugo de su dramático aunque manido poso ni del más que aceptable planteamiento con el que nace, y que el propio Toro echa por tierra cuando se le quiere convertir en el mayor de los antihéroes, un ángel de la venganza ensangrentado e imbatible, cuando en realidad, viendo lo que implica su comportamiento, es un simple ladrón de lo más torpe y descuidado. Lástima.

viernes, abril 15, 2016

'El libro de la selva', salto correcto

Disney se ha lanzado a adaptar en imagen real sus películas animadas más populares. El libro de la selva, la última de ellas, es un producto correcto, un salto adecuado, que sabe respetar los puntos más admirados de la cinta de animación y que, al mismo tiempo, se convierte en una versión actual para que el público actual descubra la disneyzación de los libros de Rudyard Kipling. Pero, al mismo tiempo, es poco más que eso, y se abre así una vía de decepción también bastante peligrosa. Es verdad que la tecnología le ha permitido a Jon Favreau rodar una de las películas más verosímiles con animales digitales, pero si eso es todo a lo que podía esperar es normal que la visión más optimista del filme se quede en esa corrección, la que permite pasar un rato entretenido aún a sabiendas de que no hay más expectativas que esas.

En ese aspecto, Favreau demuestra un enorme dominio en el terreno de los efectos visuales, algo que no es nada nuevo para quien disfrutara de sus dos primeras entregas de Iron Man. Si bien es más asequible crear cosas que son imposibles o propias del terreno de la fantasía mediante el trabajo por ordenador, no es fácil evitar el riesgo de que los animales sean artificiales, y el primer gran mérito que hay que admitirle a El libro de la selva es precisamente ese, que Baloo, Bagheera, Shere Khan, Kaa o incluso el sobredimensionado Rey Louie parecen reales en comparación con el único actor humano de la película, el joven debutante Neel Sheti, quien tampoco es que componga un Mowgli excesivamente memorable. Cumple, como casi todo en la película, pero hasta el clímax de la película no hay demasiado en su trabajo que invite a pensar en una carrera extraordinaria.

Revisado y admirado el trabajo digital, El libro de la selva se convierte en una de esas películas que invita a debatir largo y tendido sobre el doblaje. Con Bill Murray, Ben Kingsley, Scarlett Johansson, Idris Elba o Christopher Walken dando vida a los principales animales de la cinta, ¿tiene mucho sentido verla en versión original? ¿Se entiende así la personalidad que han dado estos actores a todos estos personajes animados? Desde luego, la versión original aporta un plus que la doblada se reconoce incapaz de alcanzar, y es una pena perderse el trabajo de semejante reparto. Pero en España el doblaje sigue mandando, y por eso la versión que muchos verán de El libro de la selva tendrá una tara esencial, independientemente de que el trabajo de los dobladores sea bueno y malo. El debate es más importante de lo que parece porque, hablando de una película con un único actor humano, se está suprimiendo el 100 por 100 de lo que hace buena parte del reparto original.

Puede ser injusto, pero quizá ese sea uno de los motivos por los que El libro de la selva no tenga la capacidad de enamorar que siempre se le puede atribuir a esta versión, la de Disney, del relato de Kipling. A pesar de algunos momentos interesantes, en los que un Shere Khan que quizá aparece demasiado poco se convierte en lo mejor del filme (junto con Baloo, aunque este desde una perspectiva mucho más humorística), la película de Favreau sufre de una falta de consistencia real en su mensaje (¿debe Mowgli actuar como un lobo o como un humano?). Como aventura para todos los públicos sí se entiende esa corrección en el resultado final, también como adaptación más del propio filme del estudio del ratón que de la novela original, terrenos en los que Favreau sí se mueve con bastante comodidad, pero sin riesgo, incluso replicando casi por sorpresa los números musicales de la cinta animada.

viernes, abril 01, 2016

'Hitchcock / Truffaut', ¡qué grande es el cine!

Hay pocos libros más importantes en la historia del cine que Hitchcock / Truffaut, una apasionante e imprescindible conversación que sostuvieron los dos cineastas a petición del francés para analizar en profundidad el cine del británico y que se publicó en 1966. Ese es el referente de Hitchcock / Truffaut, el documental que ha realizado Kent Jones. Y aunque no es exactamente un relato sobre cómo se fraguó ese libro y la posterior amistad entre Alfred Hitchcock y François Truffaut, que es lo que se podría pensar viendo el título y el cartel del documental, es uno de esos filmes que hay que ver. Podría tener el montaje más torpe, el guión más deslabazado y la narración más inconexa, que aún así este Hitchcock / Truffaut sería una maravilla. ¿Cómo no serlo si ahonda en lo grande que es el cine como medio, como entretenimiento y como arte, de la mano de un genio asombrosamente discutido en su momento como es Alfred Hitchcock?

El documental se mueve, en realidad, en dos escenarios diferentes. Por un lado, es, efectivamente, un relato de aquella entrevista, de cómo se cruzaron los caminos de dos directores tan diferentes. Jones, director del Festival de Nueva York, utiliza bastantes cortes de audio de aquella entrevista, las fotos con las que se documentó y muchísimo material del cine sobre todo de Hitchcock para explicar algunos de los pasajes de este imprescindible volumen. Por otro lado, es un análisis en toda regla de diversos elementos con los que el mago del suspense se ganó ese apelativo y se mereció, aunque hasta este libro no lo obtuviera en realidad, el calificativo de cineasta. El análisis, para añadir aún más peso al documental, no lo hace Jones sino una gran colección de autores a los que entrevista, entre los que están Martin Scorsese, David Fincher, Paul Schrader o Peter Bogdanovich, a quienes escuchar es siempre una absoluta delicia.

Todo en el documental, de hecho, es una delicia. Es verdad que no termina de satisfacer el objetivo de saber muchas más cosas sobre la entrevista, que no es una biografía de estos dos genios aunque atisbe algunos elementos biográficos de ambos, ni tampoco un estudio en profundidad sobre su cine, aunque sí de algunos de sus elementos. Pero cada momento, cada frase, cada plano que se ve en la pantalla sirve para aprender cine. Para ver cine. Para sentir el cine. Y eso, en realidad, no tiene precio. O si lo tiene es uno que nadie puede pagar. Por eso es una auténtica maravilla recibir clases magistrales de este calibre contenidas en un formato documental de apenas 80 minutos. Ese es el principal acierto de Jones, saber cómo ir fascinando poco a poco, por mucho que siempre dé la impresión de que apenas está rascando la superficie de lo que el libro ya había asentado como una biblia de lectura necesaria.

Por extraño que suene en un documental, también se puede decir que Hitchcock / Truffaut, el libro, es mejor que Hitchcock / Truffaut, la película. Pero dado que Hitchcock era un cineasta eminentemente visual, es también imprescindible que la lectura del libro se haga en paralelo a las imágenes. Para entender qué pretende Hitchcock con un plano concreto, ¿qué puede haber mejor que verlo? Esa es la tarea que emprende Jones como director de esta pieza. Y siempre queda la sensación de que, si se llegara a hacer una serie documental que abarcara todo el libro, el cinéfilo lo devoraría y lo adoraría con la misma intensidad. Son sólo 80 minutos, y aún así en cuanto termina la cinta y se encienden las luces de la sala es imposible no notar la enorme sonrisa que queda en la cara. La sonrisa que siempre produce la sensación de haber aprendido, una vez más, lo grande que es el cine. Y lo grande que fueron Hitchcock y Truffaut, genios de otra época a los que este filme rinde un sincero tributo.

miércoles, marzo 23, 2016

'Batman v Superman. El amanecer de la justicia', gozoso despropósito

Zack Snyder ha optado por un camino complejo y ha transformado al más luminoso de los superhéroes en un figura oscura, nolanizada y quizá exageradamente compleja. Lo hizo en El Hombre de Acero, una película más que interesante, pero con muchos altibajos. Y Snyder es verdad que ha tomado nota de sus errores. Todos los personajes que había en aquella y que reaparecen en Batman v Superman. El amanecer de la justicia parecen haber mejorado. Y todo lo nuevo resulta, como poco, bastante atractivo. Pero la película es un despropósito. Juega demasiadas cartas a la vez, quema demasiados conceptos, tritura un número demasiado amplio de cómics y trastea demasiado con la posibilidad de un universo expandido que ya es real y que terminará de plasmarse este año con Escuadrón Suicida y, sobre todo, cuando llegue la ansiada película de la Liga de la Justicia. Pero hay demasiada prisa. Sencillamente, demasiada. Y por eso la cosa no funciona tan bien como debiera.

El caso es que Snyder juega buenas cartas. Arranca la película, secuela directa de El Hombre de Acero por mucho que se haya querido jugar a decir que no, con una secuencia doble muy potente que deja a las claras que esta, en realidad, es sobre todo una película de Batman hasta que la acción, sorprendentemente muy ausente a lo largo de todo el metraje, se desboca en los dos clímax finales, brillantes e intensos en muchos aspectos, en realidad las dos escenas anticipadas por los trailers que cualquiera que pague una entrada de Batman v Superman está deseando ver. Lo demás, una complicada construcción para dar base a que el Caballero Oscuro y el Hombre de Acero estén enfrentados durante toda la película que el guión acaba diluyendo entre esas dos secuencias de gran envergadura. Y saliendo del cine con el espléndido sabor de boca que dejan clímax y epílogos, lo cierto es que no basta para que la película alcance el nivel que podía anticiparse.

Y es una pena, porque la posibilidad de hacer algo mejor estaba ahí. Los temas que trata el filme, incluso alguno imposible de analizar sin caer en spoilers, son fascinantes. Pero a Snyder se le va la mano en muchos sentidos. La película, como ya es costumbre en el género, cae en un galimatías argumental en el que las cosas suceden porque sí y el tiempo y el espacio se saltan todas las leyes físicas de nuestra realidad para que todo acabe encajando. Hay muchas absurdeces de este tipo como para no lamentarlo. Eso puede no suponer gran cosa para quienes se centren en los personajes y en esas dos grandes batallas finales, pero importa, porque lastra buena parte de la propuesta del filme. Y eso que Batman se adueña de la película mientras Superman mejora al personaje de la película precedente, Jesse Eisebnberg compone un formidable Lex Luthor y la Lois Lane de Amy Adams, el Perry White de Laurence Fishburne o el Alfred de Jeremy Irons son geniales.

Por eso es gozoso, porque lo bueno que tiene que ofrecer Batman v Superman es francamente bueno, entretenido e incluso fiel a los personajes, siempre eso sí desde una vertiente oscura que no todo el mundo entenderá con la misma facilidad. Pero es un desporpósito porque comete errores de bulto. Es complicado entender que una película de esta envergadura apenas ofrezca acción hasta su tramo final. O que en un filme titulado Batman v Superman los momentos más brutales los protagonice la Wonder Woman de Gal Gadot, sensacional aportación al panteón del universo DC que bien hubiera merecido un espacio en el título y en el cartel del filme. Las comparaciones son odiosas, pero sigue dando la impresión de que hay muchas ganas de alcanzar el mismo estatus que Marvel se ha ido fraguando con un número importante de películas y Snyder, ya con casi cinco horas de historia, parece haber quemado cartuchos demasiado importantes como para seguir en una casilla de salida. El amanecer de la justicia aprueba, pero por desgracia sin alardes.

'Resucitado', Semana Santa de saldo

Asumamos que Resucitado tiene un punto de vista original a la historia de siempre, la historia de Jesús tras ser crucificado hasta la muerte y de cómo regresó para inspirar a sus fieles apóstoles en la enseñanza del cristianismo. Una vez hecho ese ejercicio, se acabó todo lo positivo que se puede decir de la película. Por mucho que hayan pasado muchos años desde su época de gloria, da hasta cierta pena ver a Kevin Reynolds, director de la muy entretenida Robin Hood, príncipe de los ladrones y de la injustamente menospreciada Waterworld, ambas con Kevin Costner, no sólo como director de este filme de Semana Santa de saldo, sino también como su coguionista. Pero es que incluso asumiendo que es una producción que se ha hecho con cuatro duros, la película no consigue enganchar de ninguna de las maneras.

Efectivamente, el comienzo no es malo del todo. Resucitado, a pesar de su título, sigue las andanzas del tribuno que investiga qué sucedió con Jesús tras salir de su entierro. Jesús es, por tanto, una figura secundaria, pero Reynolds no consigue que tenga la fuerza necesaria ni en su presencia (ojo al final de la película, un efecto visual tan pobre como desconcertante) ni en su ausencia. Y si lo que tiene que ser el eje central de las preocupaciones y dilemas del protagonista no adquiere el poder necesario, toda la película se tambalea, hasta el punto de que es muy difícil de seguir incluso cuando da un giro radical y la cuestión pasa de ser un asunto romano a uno personal. La película acaba perdiéndose en una necesidad casi irrefutable de creerse lo que está contando en lugar de, simplemente, contarlo bien. Eso no lo hace.

Joseph Fiennes, protagonista del filme, hace lo que puede con su personaje, viendo cómo le rodean diálogos a veces absurdos y a veces repetitivos (¿cuántas veces se dice "Pilatos te reclama", como si no hubiera otra forma de provocar diálogos entre dos personajes?). Se asume que la película no busca ser épica, como otros grandes títulos de corte religioso que todas las Semanas Santas vemos por televisión, pero en realidad lo que ofrece es demasiado pobre. Hubiera sido mejor asumir esa escala y no incluir, por ejemplo, una escaramuza que casi parece una batalla de patio de colegio o esa escena de búsqueda de Jesús que casi parece un escondite también infantil y que acaba con una sensación casi alucinógena, la de unos protagonistas tan embriagados de felicidad que casi parecen fuera de la realidad.

Reynolds ni siquiera sabe imprimir ritmo a la película, tampoco a las poquísimas escenas intensas que hay en el relato, y la película cae en demasiados momentos en un exagerado aburrimiento. No interesan los diálogos, no se sabe muy bien qué papel juegan en esta historia el propio Pilatos o el personaje de Tom Felton, una especie de ambicioso segundo oficial al que se despacha sin desarrollarle. Resucitado no pasa el corte porque, en realidad, tampoco aspira a pasarlo. Se conforma con esa originalidad del punto de partida y después se hunde al asumir su escasez de miras, su pobreza presupuestaria y su escasa profundidad emocional o narrativa. Y no es cuestión de medios, porque manteniendo la escala desde luego se podría haber hecho una película mucho más interesante de la que ha firmado Reynolds con aburridas escenas de interrogatorios, persecuciones sin garra y personajes más bien planos.

viernes, marzo 18, 2016

'Calle Cloverfield, 10', el ingenio no es infinito

La clave para entender todo lo que hay alrededor de Calle Cloverfield, 10 es el ingenio. Hay mucho en la forma en la que la película nos ha llegado, prácticamente sin que nadie se haya enterado de su rodaje, su producción o su historia. Vamos, que es la prueba de lo perfectamente posible que es llamar la atención sin necesidad de incorporar spoilers a las estrategias de márketing. Hay ingenio, aunque ya más moderado, en la estructura de la película, que construye la historia por un lado y por un género para acabar en otro lado y en otro género completamente diferente. Pero hay menos a la hora de hacer que todo el entramado funcione. Entretiene, por momentos incluso parece elevarse más de la media, pero al final el ingenio no es infinito y Calle Cloverfield, 10 no es un producto tan original como parece a priori. Ya lo hemos visto, y es una fórmula que tiene un rápido desgaste.

Aunque contar la historia de Calle Cloverfield, 10 es un problema (la película está pensada para ir descubriéndola poco a poco, así que contar algo de su sinopsis ya parece una traición a la misma esencia del filme), sí se puede hablar sin problemas de las sensaciones que deja una cinta que, en realidad, tanto da que esté vinculada o no a Monstruoso (Cloverfield era su título original) aún partiendo de un secretismo similar. Y la principal es que a Dan Trachtenberg, que es el director del filme y no J. J. Abrams a pesar de que todo el mundo se empeñe en atribuirle todo el mérito (o el demérito), en una jugada que recuerda a la paternidad atribuida a Joss Whedon de La cabaña en el bosque, no consigue transmitir toda la fuerza que necesita la historia a lo largo de sus algo demasiado extensos 103 minutos.

Las sorpresas, en realidad, no son tan sorprendentes como tendrían que ser, con lo que el peso de Calle Cloverfield, 10 se sustenta en su trío de actores, Mary Elizabeth Winstead, John Goodman y John Gallagher Jr. Y entre ellos, sobra decir que es Goodman quien se lleva todas las atenciones, no sólo por el imponente físico y su respiración casi enfermiza que se convierten en parte esencial de su trabajo actoral, sino también porque es, con diferencia, el personaje más interesante de los tres. Los intentos de hacer que los otros dos se sitúen a su altura son, probablemente, los que llevan a la película a alargarse de forma innecesaria, cuando el foco tendría que estar puesto en el misterio, en la tensión y el choque entre unos personajes que viven una situación límite y que no termina de verse como tal en algunas escenas. Las que funcionan son las que hacen que el filme sí tenga interés, pero el conjunto es irregular.

Y dicho esto, ¿cómo explicar de qué va Calle Cloverfield, 10 sin reventarla? Basta decir que es una historia de supervivencia de tres personajes en un entorno cerrado. Las causas del encierro y los porqués de cada uno de los tres para estar allí es algo que merece la pena ir descubriendo poco a poco en el filme, es, de hecho, uno de los principales puntos de interés. Pero en el fondo todo está prácticamente claro desde el inicio. Pasada la primera sorpresa, lo mejor es dejarse atrapar por la intensidad de Goodman como guía. A través suyo sí que hay momentos de tensión. Pero la película se pierde en la autosatisfacción. Da la impresión de que todos sus responsables, sea Trachtenbegr, Abramso los dos, se sienten demasiado inteligentes con lo que están haciendo. Y esta vez no, el ingenio no es tan desbordante como en la ya mencionada, limitada y muy mareante Monstruoso o con esa joya que es Super 8, por citar títulos relacionados con Abrams de pretensiones similares.

'El cuento de la princesa Kaguya', sorpresa visual

Con El cuento de la princesa Kaguya, Ghibli rinde homenaje al texto más antiguo de la literatura japonesa que ha llegado hasta nuestros días. Isao Takahata, director del filme, ejecuta un cuento mágico, que funciona mucho mejor en su primera mitad que en una segunda en la que el rumbo de la película no parece ser fácil de seguir, y que destaca sobre todo por un aspecto visual único y original, con una animación excelsa para mover figuras en las que se ve el trazo del lápiz sobre fondos inacabados de forma consciente y pensada. La simpatía inicial y la magia que tiene la historia crecen gracias a la técnica escogida para construir el filme, pero al final acaban pesando y mucho no sólo los 137 minutos que dura la cinta, muy excesivos y coronados por un extrañísimo y fantasioso final, que no termina de encajar en la propuesta, incluso aunque su origen sea evidentemente fantástico.

La princesa Kaguya del título brota de una planta de bambú con la forma de una pequeña princesa que de pronto se convierte en un bebé que crece a una velocidad anormal hasta llegar a ser una extraordinaria, bella e inteligente joven. Con esa premisa, casi resulta chocante que un final que se salte las fronteras de la realidad pueda estar fuera de lugar, pero no es por el qué sino por el cómic. El cuento de la princesa Kaguya hace una clara apuesta por lo terrenal, por las emociones, por los sentimientos, en especial los de su joven protagonista pero también los de un buen grupo de secundarios, empezando por sus padres adoptivos o los de algunos de los chicos que viven cerca de ella y la ven crecen, sobre todo Sutemaru, el mayor del grupo. El final se desborda precisamente cuando lo más cercano se ha apoderado ya del todo de la historia, cuando los mitos se desmontan y cuando la trama que cobra fuerza es la del matrimonio de la chica.

Antes de llegar a ese punto, la historia sí convence, divierte y conmueve. Y lo hace sobre todo por su aspecto. Takahata hace de Kaguya un personaje con el que se establece una conexión inmediata. Sucede dentro de la película, donde parece que todo aquel que se acerca a la princesa queda cautivado por ella de una u otro manera, y también fuera. Con el bebé es imposible no reírse, con la niña es casi obligado divertirse y con la joven es tremendamente fácil emocionarse, tanto cuando está aprendiendo a comportarse como una mujer adulta como cuando se rebela a su destino de casarse con algún pretendiente al que no conoce. El trazo, el color, el aspecto luminoso de cada plano es una auténtica delicia, e incluso desconectando de la historia la técnica es tan fascinante que la película se convierte en un espectáculo digno de admirar.

El cuento de la princesa Kaguya no desentona en absoluto de la tradición de Ghibli, y es bastante verosímil que los adoradores del estudio japonés disfruten enormemente con este filme. Para quien no lo sea, y no esté acostumbrado a la pausada narrativa japonesa, quizá el resultado final sea algo demasiado largo, poco usual en películas de animación occidentales. Es fácil pensar en escenas que podrían haberse quedado en la sala de montaje o en el mismo guión, porque parecen redundantes en algún caso o porque ralentizan el tiempo de la película, algo confuso aunque se apoye en la voz de un narrador. Con todo, una película bonita en casi todos sus aspectos y probablemente única hoy en día por su técnica de animación, sublime en momentos como la carrera de Kaguya, con el uso de los ropajes o incluso en su onírico desenlace.

'El recuerdo de Marnie', trampa tan preciosista como sensiblera

La marca del estudio Ghibli pesa mucho y normalmente provoca que sus películas reciban valoraciones entusiastas, en las que no se suele prestar atención a los defectos de sus títulos. El recuerdo de Marnie, que estuvo en el quinteto de filmes de animación nominados al Oscar en dicha categoría hace apenas unos días, encaja perfectamente en esa calificación. El segundo filme de Hiromasa Yonebayashi es una preciosista muestra de lo que es capaz de hacer el mítico estudio japonés, convincente en todas sus imágenes y en todos sus diseños. Pero, al mismo tiempo, es un filme que cae en dos problemas fundamentales. Por un lado, confunde la sensibilidad con la sensiblería. Por momentos se compra la propuesta con facilidad, en su conjunto es difícil hacerlo. Y por otro, es una película tramposa, que no sabe manejar sus mejores elementos.

El punto de partida del filme, basado en la novela de la británica Joan G. Robinson, es atractivo. Una joven de doce años, Anna, tímida, sin amigos y enferma de asma se marcha a pasar una temporada con sus tíos, lejos de la gran ciudad, para mejorar de sus problemas médicos. Allí conocerá a Marnie, una niña rubia, casi etérea, con la que entablará una intensa relación desde el principio. ¿Primer problema? Que no es nada difícil intuir cuál quiere ser el sorprendente final de la historia, y eso hace que Yonebayashi lleve a sus personajes siempre por un camino marcado y señalizado, rompiendo claramente las barreras de la realidad y dejando al espectador sin intriga y sin alternativas. A pesar de que el de Anna, esa chiquilla tan peculiar, es un personaje adorable, el mundo que se construye a su alrededor es bastante tramposo.

Esas trampas, que se pueden entrever en toda la película y dificultan la credibilidad de la historia en su conjunto, se acumulan de una forma impresionante en el tramo final de la película. Para llegar hasta allí, la apuesta es la de un ritmo lento, cansino y que bordea el aburrimiento con demasiada frecuencia. Como tampoco parece haber hilo claro entre las secuencias y el paso del tiempo no está bien plasmado en la historia, es bastante sencillo desconectar de la historia. Muchas escenas sueltas sí funciona (la del baile, la del silo), pero la falta de pericia del director a la hora de finalizarlas (el recurso del sueño se repite una y otra vez) deja un sabor de boca bastante agrio y minimiza el efecto de los aciertos, como sucede también con el final de la película. Tampoco ayuda que haya demasiado diálogo, demasiada explicación y muy poca fe en el espectador para que sea él quien saque conclusiones.

Con El recuerdo de Marnie parece buscarse una emocionante historia sobre el pasado y el presente, pero la valentía de contar con una protagonista de doce años, que no es ya una niña pero tampoco se ha convertido en una mujer, para mostrar un relato emocionalmente tan intenso se queda por el camino. La ejecución no parece la adecuada. No se sienten como necesarios algunos de los secundarios que aparecen en la historia y no hay manera de justificar que la película se acerque tanto a las dos horas. La excelencia audiovisual de Ghibli sí está presente en todo momento, es una delicia ver cómo se mueven los personajes en el pequeño pueblo que acoge la historia, el espléndido trabajo de sonido y el gran diseño de protagonistas y de escenarios. Pero la historia excede con mucho el nivel de azúcar que necesita y ralentiza demasiado su desarrollo para enganchar sin fisuras.

viernes, marzo 11, 2016

'La serie Divergente. Leal', otra vez más de lo mismo

Empieza a ser difícil no mostrar ya un evidente hartazgo hacia las series juveniles de fantasía y ciencia ficción, convertidas ya en culebras interminables, sagas que se estiran más allá de lo recomendable y de lo necesario con el único propósito de arrancar dólares de las manos de los aficionados, sin darles siquiera productos dignos. La serie Divergente, que ya se presenta a sí misma con esa pompa, como si realmente fuera algo trascendente y no el limitado producto de consumo que es, era un derivado light de Los juegos del hambre desde el principio. Y llegando a la tercera entrega, todavía con una cuarta en el horizonte, desgaje habitual del capítulo final de esto que siempre son trilogías, el cansancio es absoluto. En realidad es capaz de dar el entretenimiento que pide un público ya entregado, pero el resultado es malo por pura desidia. Da igual hacer una película coherente, para qué gasta el tiempo en hacer las cosas bien, si haciéndolas así ya ganan dinero.

Robert Schwentke tomó el testigo de Neil Burger en la segunda película de la serie, Insurgente, y lo mantiene para esta tercera, aunque no estará detrás de la cámara en el capítulo final, Ascendant. La verdad es que da igual, porque el estudio sólo requiere a alguien que ponga un poco de orden para que la película esté lista a tiempo. Leal, en ese sentido, no ofrece grandes novedades. Si acaso, como suele suceder en estas series, lo que ocurre en esta película empieza a ser aquello que desde el primer filme se intuía que podía tener algo de interés y que la maquinaria hollywoodiense actual conforma en series en lugar de condensar lo necesario en prólogos para contar historias verdaderamente atractivas. Como historia de ciencia ficción, Divergente tiene matices interesantes que ya han quedado arruinados por la larguísima exposición, que para colmo todavía no ha acabado, y por el escasísimo cuidado puesto, especialmente en la segunda y tercera partes, en los detalles.

Habrá quien quiera detenerse únicamente en las peripecias de Tris y Cuatro, interpretados por Shailene Woodley y Theo James, quien quiera ver la evolución de los personajes de Naomi Watts y Octavia Spencer, los clásicos nombres de prestigio con los que se suele adornar el reparto de estas cintas, o con la aparición del personaje de Jeff Daniels, del que es mejor no saber nada para comprender así lo previsible que es su desarrollo desde el primer momento en el que se le vea. A quien haga ese ejercicio, probablemente Leal sí le proporcionará el entretenimiento que espera. Pero como se quiera ir más allá, comienzan los problemas. No sólo porque en realidad no haya nada sorprendente en este festival de correctos efectos visuales, sino porque hay tantos atentados a la verosimilitud, a las leyes de la física y al desarrollo de los personajes, que en el fondo no hay por dónde coger lo que se está viendo.

Pero, claro, si uno está dispuesto a creer que un muro puede detener una lluvia roja y supuestamente contaminante, que unos tipos disparando ametralladoras contra dos personajes al descubierto no son capaces de acertar pero luego tienen una precisión de francotirador en un disparo más difícil, o que los malos malísimos siempre estén dispuestos a dejar a los buenos en situación de arruinar sus planes, entonces da igual lo mal que se hayan hecho las cosas en Leal. Eso son sólo ejemplos de lo que es cotidiano. Las series juveniles no quieren esforzarse. Les da igual que estén rodando eventos absurdos y comportamientos estúpidos, porque no quieren pagar guionistas para que piensen formas inteligentes de solventar situaciones. Quieren exactamente lo que se ve en la pantalla. Y eso les da dinero. Por absurdo que sea, tanto lo que pasa en la pantalla en las sucesivas películas de Divergente como que nos conformemos con esta forma de hacer cine juvenil.

viernes, marzo 04, 2016

'Rock the Kashbah', por la diversión de Bill Murray

Bill Mrray, más que un actor, ya es un personaje. Cada vez es más evidente que le encanta interpretar a tipos de cierta edad, que pasan por un momento delicado en sus vidas o carreras profesionales, tramposos a más no poder, algo resentidos y con una pronunciada vis cómica. Salvo por los problemas profesionales, el perfecto retrato de Murray. Rock the Kashabh es un ejemplo más de esto que ahora se dedica a hacer Bill Murray. ¿Sorprende? Nada en absoluto. ¿Divierte? Sólo a ratos, porque Barry Levinson acaba haciendo una película extraña, a ratos seria, a ratos alocada, con personajes que entran y salen sin demasiada razón de ser. Y el caso es que, si no fuera por Murray, la película acabaría siendo una extraña y olvidable comedia sobre un agente de cantantes que se ve envuelto en una gira de una de sus representadas en Afganistán y que, por supuesto, acaba de la peor manera.

A Hollywood siempre le han gustado los escenarios exóticos para sus historias más rocambolescas y sus comedias más raras, pero encontrar en Afganistán un escenario para un filme que busca la gracia y el chiste es algo peculiar. Funciona a ratos, sobre todo porque la película se vuelca más en ese exotismo simpático, como si no fuera un país devastado por la guerra (algo que sólo se deja entrever en un par de instantes algo desconectados), que en la situación social, importa más lo tribal que lo político, la historia relacionada con la música que el propio escenario de ese país en concreto. Y sin desvelar nada de la trama, aunque las sinopsis y los trailers ya habrán hecho ese trabajo, la auténtica historia, la que de verdad importa, tarda muchísimo en arrancar, y necesita de una anécdota al final inservible para poner al personaje de Bill Murray en el escenario que se quiere contar. Pero Bill se lo pasa bien, así que todo lo demás no parece importar demasiado.

Y con Bill, el resto del reparto, con la puntual y difícilmente explicable aparición de Bruce Willis, la recortada presencia de Zooey Deschanel y el bastante superfluo personaje de Kate Hudson, y el protagonismo demasiado soterrado aunque en realidad clave de la actriz palestina Leem Lubany. Cuando ella se convierte en el centro de la historia, el tono cómico más amable se apodera del guión, incluso aunque sea ahí donde está la gran reivindicación social que esconde la película, eso sí, muy por debajo de la superficie que acapara Murray, casi única razón por la que Rock the Kashbah se ha llegado a hacer, por mucho que aporten algo de diversión el resto de personajes o la curiosa elección de los temas de la banda sonora (y a veces la mezcla de ambas, como la versión que hace el protagonista del Smoke on the Water de Deep Purple).

El lado musical contribuye a que el filme sea amable. Y curiosamente, aunque ahí está la clave para entender por qué demonios se ha hecho una película de fondo musical con Afganistán como escenario, eso mismo también hace que sea bastante olvidable, por mucho que el rótulo final quiera indicarnos que hay un hecho real que ha inspirado el filme. No basta, como tampoco basta ya ver a este Murray desinhibido y feliz de haberse conocido, que despierta risas puntuales pero en el que se deposita demasiada trascendencia dentro del filme como para no notarse las costuras en el andamiaje que tiene que sostener. Rock the Kashbah se deja ver con la misma facilidad con la que se acaba olvidando, demasiado ensimismada en el disfrute propio y olvidando quizá por momentos que al otro lado de la pantalla hay un espectador que necesita lo mismo y no termina de recibirlo.

'13 minutos para matar a Hitler', correcta pero insuficiente redención

A Oliver Hirschbiegel no le ha ido bien su aventura americana. Tras deslumbrar con El hundimiento, el realizador alemán hizo las maletas y se marchó a Hollywood. Su primer paso allí fue la casi desastrosa Invasión, que ni siquiera llegó a terminar. Después se ocupó de Diana, el fallido biopic sobre la Princesa de Gales que protagonizó Naomi Watts. Y ahora regresa a su país natal para encargarse de otra película que gira en torno al líder nazi, 13 minutos para matar a Hitler, un filme que entronca más con Valkiria, el filme que dirigió Bryan Singer sobre la más compleja operación para asesinar al führer, que con El hundamiento, aunque para Hirschbiegel sea casi un regreso a casa. Uno correcto, pero en realidad insuficiente, porque la película no termina de despegarse de una estructura que ya conocemos para sacar adelante una historia que no es en absoluto nueva.

Es desde ese punto de vista desde el que se puede considerar algo insuficiente lo que ofrece 13 minutos para matar a Hitler. La película funciona dentro de esa estructura de doble narración con la que se vive el presente de Georg Elser (Christian Friedel) una vez ha sido detenido por las fuerzas nazis y su pasado, el que razona su intento de acabar con la vida de Hitler. Al decir que es una película correcta, también se incide en ese aspecto, en que no hay riesgo, ni temático ni formal, el filme se desarrolla de la manera en que se puede prever desde el primer minuto y no hay ningún personaje que rompa ese aire previsible que se le presupone. Incluso da la impresión de que le falta algo de precisión narrativa, porque lo que acaba destacando tarda mucho en introducirse en la película, el mismo tiempo que, de hecho, tarda en arrancar la misma historia más allá de su prólogo.

No se puede decir que Hirschbiegel consiga que el filme sobrepase ese tono algo frío y academicista que le da desde la sobriedad de esa primera escena, y no parece aprovechar algunas de las ocasiones que le presenta la película, sobre todo la de la forma en la que los diferentes oficiales nazis reaccionan ante su cautiverio y sus interrogatorios (algo que queda en evidencia cuando la escena que hay tras la última elipsis temporal que tiene la película es, con diferencia, lo más interesante que
ofrece 13 minutos para matar a Hitler). Por esta parte, Burghart Klaubner, actor al que se ha visto en La cinta blanca, Goodbye Lenin! o El lector, añade enormes matices a la historia, con mucha más contundencia que la de nuevo correcta interpretación del protagonista, que encabeza un reparto que, otra vez, es correcto. Todo es correcto.

Y quizá ese sea el problema, que la historia que maneja es material mu adecuado para para encontrar rincones de empatía y sufrimiento y, por desgracia, el filme es demasiado descriptivo y muy poco emocional. Correcto, pero algo plano. De una pulcra y muy adecuada ambientación, pero por momentos cargado de momentos sin emoción e incluso algunos rozan la monotonía. No termina de producirse una conexión emocional clara y eficaz entre el hombre que tiene unos ideales y que, por el sufrimiento que provocan en su vida episodios que él vincula al régimen nazi, hasta el tipo que es capaz de idear un atentado contra Hitler, resistir interrogatorios y después, sin que se entienda muy bien por qué, dar de buen grado todas las explicaciones pertinentes. Hirschbiegel no supera del todo el bajón en su cine que le provocó cruzar el charco, por mucho que se mueva en un terreno tan conocido y que para él puede ser tan cómodo.

lunes, febrero 29, 2016

Oscars 2016, cuando la anécdota vence a los premiados

Por mucho que guste dar palos a los Oscars en particular y a Hollwood en general, la ceremonia de entrega de las dichosas estatuillas suele ser una confirmación de lo bueno o lo malo que ha sido un año de cine. 2015 terminó con la sensación de que había más sombras que luces, y la gala lo confirmó. La Academia norteamericana ha acabado apostado por la anécdota antes que por los grandes premiados, por los récords y por las maldiciones antes que establecer a su mejor película como la gran ganadora de la noche. Porque fue Spotlight la película que se llevó el galardón principal, ¿pero alguien tiene la sensación de que fue realmente la ganadora? ¿Nos acordaremos dentro de unos años de que esta sensacional película fue la mejor de 2015? Lo más probable es que no, y a ello contribuye el hecho de que sólo ganara dos premios, el de película y el de guión original. Qué poco parece y, por desgracia, qué poco ayudará a que Spotlight permanezca en la memoria de los cinéfilos a pesar de sus inmensos méritos.

Por desgracia, la foto de la noche no ha sido esta, la del equipo y el reparto de Spotlight, todos ellos probablemente tan sorprendidos como el resto del universo cinematográfico cuando Morgan Freeman abrió el último sobre de la noche y leyó el título del filme de Thomas McCarthy. No creo que hubiera mucha gente que no esperara que en esa pequeña cuartilla estuviera escrito El renacido. Probablemente, Alejandro González Iñárritu ya estaba levantándose para verse nuevamente coronado después de la orgía emocional que supuso haber ganado el Oscar al mejor director por segundo año consecutivo por una película en la que lo que más destaca es su fotografía (la Academia logró otro de esos récords que tanto le gusta, tres premios seguidos para Emmanuel Lubezki) y sus actores (Leonardo DiCaprio, esta sí fue la foto de la noche, ganó el suyo, Tom Hardy no). Sólo Joseph L. Mankiewicz y John Ford habían ganado el premio dos años consecutivos. Con esa comparación sobre la mesa, o algo se está haciendo mal ahora o algo se ha hecho mal durante mucho tiempo.

La de DiCaprio es, probablemente, la mayor anécdota que ocultará el nombre de la tristemente sólo pseudoganadora de la noche, porque ya era la sexta tentativa del actor. El caso es que, por mucho sufrimiento que sea capaz de expresar en la pantalla durante las interminables dos horas y media de El renacido, no parece este su mejor papel, con lo que logrando la estatuilla por él ha entrado en el panteón de las estrellas compensadas, lo que supone una justicia pírrica para con él. Y seguramente no será el último Oscar que gane, con lo que, dentro de muchos años, su relación con la Academia, tormentosa hasta ahora (el actor se negó a acudir a la ceremonia en la que Titanic salió triunfal por no estar él nominado aquel año), será digna de analizar. Al menos no hubo un segundo Oscar de compensación en las categorías de interpretación y Sylvester Stallone se marchó de vacío. La estatuilla del mejor actor secundario se la quedó el brillante trabajo de Mark Rylance en El puente de los espías, y ver a Steven Spielberg puesto en pie fue fue uno de los grandes momentos de la noche.

Y es que fue una noche de momentos y de anécdotas. Porque como pensemos en una ganadora esa es Mad Max. Furia en la carretera, por la que la Academia ha mostrado un fervor sin precedentes para una película de género, hasta quedarse sólo por detrás de la multipremiada El retorno del rey. Hasta seis premios le entregó y por momentos dio la sensación de que la cosa iba a ir más allá para convertirla, con galones, en la triunfadora de la noche. Pero son seis Oscars. Los mismos, por ejemplo, que El Padrino II. El cine clásico muere en las comparaciones que deja esta ceremonia, de eso no hay duda. Lo que está claro es que a los académicos les va la marcha en cuanto al género se refiere, porque si no también resulta difícil entender el vacío a Star Wars. El despertar de la Fuerza, que perdió las cinco opciones que tenía. A Disney, por mucho que la exquisita Del revés de Pixar cumpliera con los pronósticos y se llevara el galardón al mejor filme de animación, no tuvo que hacerle gracia, pero las penas son menos penas con más de 2.000 millones de dólares recaudados sólo en cines y sin contar los miles de objetos licenciados que han vendido como churros.

¿Más perdedores? La gran apuesta es uno de ellos, porque sólo se llevó el primer premio por el que competía, el de mejor guión adaptado. Lady Gaga, sin duda, porque su actuación en la gala, ejecutada justo antes de que se diera el premio a la mejor canción, estaba pensada para que saliera del backstage a recoger el premio y se lo llevó la discutida canción de Spectre. Marte, Carol (ya olvidada en los premios principales) y Brooklyn confirmaron su anecdótica presencia en estos premios marchándose también de vacío. El puente de los espías, que no es lo mejor de Spielberg, logró más de lo que esperaba gracias a Rylance, y tanto La habitación como La chica danesa aportaron la frescura de la juventud con sus premios para Brie Larson y Alicia Vikander, las mejores actrices del año para la Academia. A la segunda incluso le alegró la velada al premio a los mejores efectos especiales para Ex Machina, su otra película del año y una gran sorpresa, pues fue la única categoría técnica además de la fotografía ya cantada para Lubezki en la que no triunfó Mad Max.

Al margen de los premios, llegamos a la gran anécdota de la noche, el boicot de la comunidad negra de Hollywood a la gala, el #OscarSoWhite del que tanto se ha hablado. Pues bien, fue el asunto monotemático de la histriónica conducción de la gala que hizo Chris Rock, centro casi exclusivo de su speech inicial, por supuesto objeto de su broma final, y paso obligado para todos los que querían hacer bromas en la gala. Cansino a más no poder. Alabemos, eso sí la capacidad de reacción de la Academia para convertir esta en la gala con más presencia de actores negros de la historia, con el propio Rock presentando, con Freeman dando el premio final, con muchísimos presentadores de esta raza y continuos planos al patio de butacas para buscar a sus representantes riéndose con las actuaciones del presentador. Hasta se puso bien visible a una violinista negra en uno de los números. Y, por supuesto, Spike Lee, promotor del boicot, apareció en el montaje que le mostraba recibiendo el Oscar honorífico. ¿Artificial? Sin ninguna duda. ¿Ayuda esto a la diversidad y a la igualdad? No, sólo al chismorreo, al chascarrillo y al debate estéril. Todo muy absurdo.

Y como el análisis de fondo no sirve, por eso la anécdota triunfa. Por eso lo mejor fue ver sobre el escenario a C-3PO, R2-D2 y BB8 rindiendo pleitesía al meganominado John Williams, y por desgracia megaperdedor, no lo olvidemos, ganar cinco de 50 nominaciones no es precisamente un gran dato para el que puede ser el mejor compositor de la historia del cine, por mucho que su derrota ante el nonagenario Ennio Morricone estuviera también cantada. Otro Oscar más de compensación, viendo la poquísima música suya que suena en Los odiosos ocho, por muy grande que sea el tema que ha compuesto para el filme de Quentin Tarantino. O la presencia como presentadores de Woody y Buzz, los míticos personajes de Toy Story recordándonos que llevamos veinte años adorándolos. Y es que esta vez no hubo apenas discursos emocionados, destacando el de Pete Docter con el mensaje más bonito de la noche, arengándonos a todos para crear, para hacer cine, para escribir, para dibujar, porque eso puede cambiar el mundo. Aunque luego no ganes un Oscar por ello.

viernes, febrero 26, 2016

'Brooklyn', un bonito sueño americano

El sueño americano es la base de incontables historias de ficción, y es un arquetipo que sigue funcionando francamente bien. Brooklyn es otro ejemplo más. Es la historia de una chica irlandesa que, viendo el poco futuro que tiene en el pequeño pueblo en el que vive, trabajando unas pocas horas en la tienda de una avara y desagradable mujer, decide emprender el camino al Nuevo Mundo, donde su vida cambiará por completo. John Crowley, director de escaso y poco popular bagaje hasta la fecha a pesar de que ha tenido repartos con nombres de lo más interesante, firma una película modélica, una de esas historias bonitas de ver, emocionantes de sentir y que dejan una impecable sensación de buen cine cuando acaban no sólo por su estilo clásico sino también por el espléndido perfilado de cada personaje y por su agradable sentido del humor.

Brooklyn deja, no obstante, una sensación curiosa, y es que durante muchos momentos parece mucho más apasionante lo que rodea a Eilis, la chica interpretada con muchísimo acierto por una impecable Saoirse Ronan, que la propia protagonista del filme. Sucede en la primera mitad larga, la expresión clara de ese sueño americano que motiva la película, su adaptación a la ciudad de Nueva York, cuando sobresale primero ese cónclave de jovencitas que viven de alquiler en la casa de la señora Kehoe (una encantadora y muy divertida Julie Walters) durante unas escenas en la mesa que son, de largo, lo mejor de la película; después, con el entorno laboral en el que trabaja en Nueva York; también con la presencia de Jim Broadbent, dando vida al cura que ayuda a esta joven en Estados Unidos; y finalmente con la aparición de Emory Cohen, tan brillante como sincera.

Es en la segunda mitad del filme, cuando las circunstancias obligan a que esa nueva vida tenga que cambiar de nuevo, cuando la película se centra ya definitivamente en Eilis. Y ese fragmento, siendo también más que estimulante, lo cierto es que supone un ligero bajón en el filme. Quizá sorprende porque los toques de comedia realista desaparecen casi de golpe. O quizá sea justo lo anteriormente mencionado, que todo lo que da brillo y lustre a la vida de Eilis queda algo aparcado por razones obvias y que no procede desvelar para no arruinar los giros del filme. La diferencia entre un escenario y otro del filme no empaña la sinceridad, la nobleza y la categoría que encierra Brooklyn, y que encuentra un fantástico final que confirma que, efectivamente, lo que narra ese relato, basado en la novela de Colm Toibin y adaptado por Nick Hornby, es que el sueño americano es real.

Brooklyn basa su fuerza en sus espléndidas interpretaciones y en una magnífica ambientación. Entre ambos aspectos, es francamente fácil sentirse atrapado en la vida, los sueños y los anhelos de esta jovencita irlandesa. Puede parecer poca cosa, algo muy modesto para encandilar de una manera tan absoluta, pero la dirección de Crowley, que siempre parece saber en qué personaje se tiene que centrar para que las sensaciones funcionen. Y de esta manera, Eilis se convierte en alguien tan cercano que, en realidad, el final de la película no impide al espectador seguir acompañándola un rato más. Eilis se queda en la memoria. Como Tony, ese joven italiano que aspira a su corazón y que casi convierte la película en una entrañable versión realista de La dama y el vagabundo. Brooklyn, en su sencillez, es deliciosa. Y eso, que parece fácil de conseguir, es en realidad una cualidad a valorar con firmeza.