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viernes, julio 01, 2016

'Independence Day. Contraataque', despropósito nostálgico

El cine tiene mucho de oportunismo. Una de las razones por las que una película triunfa es porque llega en el momento adecuado, aunque en realidad no tenga méritos suficientes para ser salvada de la quema. Con Independence Day sucedió algo así en 1996. La Tierra sufriendo una invasión extraterrestre a gran escala como en realidad no se había visto nunca en una gran pantalla, desde luego no con ese formidable festival de destrucción masiva que culminó con la mítica imagen de la Casa Blanca volando en pedazos, con actores de segundo nivel pero reconocibles, efectos especiales vanguardistas y un tono simpático y resultón. Pero fue en 1996. Independence Day. Contrataaque quiere hacer algo parecido en 2016, pero Roland Emmerich ya no es el mismo y el mundo tampoco. La ingenuidad se ha perdido, el espectáculo de hace veinte años no tiene nada que ver con el de ahora. Y Emmerich, con el siempre sorprendente apoyo de cuatro guionistas más para firmar semejante despropósito, ya no tiene el mismo enlace con el público.

Independence Day es un delicioso placer culpable. Su secuela, sin embargo, es una triste forma de desvirtuar el agradable recuerdo que, aunque se niegue, dejó aquella en toda clase de públicos. Contraataque sólo tiene una baza: la nostalgia. El apoyo en la franquicia es un recurso muy habitual que, por desgracia, está dando pie a intentos de revival demasiado lastimosos. La nostalgia, por supuesto, no es capaz de sostener esta secuela, pero no lo hace por una razón muy sencilla, y es que Emmerich traiciona su propia invención, y todo lo que en 1996 podía tener su gracia o incluso estar bien construido, en 2016 está ya agotado y superado. Pero es que ni siquiera Emmerich confía demasiado en su producto, y no hay nada en este regreso al universo de Independence Day que mejore lo que ya vimos hace dos décadas. Nada. Y eso es especialmente sangrante en lo visual, porque aquella dejó imágenes para el recuerdo y esta no hace más que tratar de revivirlas mediante imágenes por ordenador que no son capaces de igualar lo que hacían las maquetas de antaño.

Por supuesto, es evidente que Contraataque es un prodigio de diálogos y situaciones absurdas que no hay por donde coger, puede que la cúspide del cine de Emmerich en este sentido. El alemán se escuda en que nadie espera gran cosa de él, e incluso tira por la ventana lo que durante algunos minutos podría pasar por una interesante película de ciencia ficción, e incluso por una más que decente actualización de su cinta original. Pero cuando el desmadre se apodera de esta secuela de Independence Day ya no hay quien la pare. Emmerich no tiene reparo alguno en mezclar Armageddon, la televisiva Falling Skies y hasta Godzilla, la del germano, la verdaderamente mala, para tratar de que la cosa sea ligeramente diferente a su primera tentativa de invasión alienígena, pero ni los detalles que intenta meter (lo de los ecosistemas dentro de la nave extraterrestre es tan absurdo que da por reírse) ni sus referencias le alejan al final de un camino que ya tenía marcado y que casi repite durante más de una hora, por supuesto con peores resultados.

¿Por qué falla esa repetición? Volvemos a la oportunidad. Ya no estamos en ese momento. Las películas, digamos, livianas de los años 80 se convirtieron incluso en pequeños clásicos instantáneos. Las de los 90 todavía se recuerdan con agrado. Las del siglo XXI son productos olvidables, sin carisma. Como sus protagonistas, una ristra de personajes que sólo se pueden entender desde la autoparodia, como los de Bill Pullman o Jeff Goldblum, o desde el simple reparto de cuotas y caras guapas, como los de Liam Hemsworth, Maika Monroe, Jessie Husher o incluso una Charlotte Gainsbourg que no se sabe muy bien qué pinta en la película. No hay interés en ninguno de los personajes, algo que, incluso entrando en la misma categoría de película mala disfrutable, la cinta original sí tenía. Independence Day. Contraataque es una invitación a la desactivación absoluta de las neuronas y a un disfrute absurdo, si es que se puede alcanzar ese punto. Pero es mala. Muy mala. Abiertamente mala. Y no da la impresión de que ninguno de sus responsables pueda decir lo contrario.

miércoles, diciembre 11, 2013

'Le Week-End', hermoso pero incompleto retrato del amor maduro

Le Week-End se queda a un paso de ser una película verdaderamente hermosa, aunque lo que muestra alcanza esa categoría en muchos momentos. Nick y Meg, Jim Broadbent y Lindsay Duncan, son un matrimonio maduro que se va a pasar un fin de semana a París para celebrar su trigésimo aniversario. Y allí viven un emocionante carrusel de emociones, algunas alegres y otras tristes, unas que conforman un precioso canto a la vida y otras propias de un auténtico drama. Hasta ahí, todo es más que correcto, brillante a veces. Pero para convertirse en una reflexión completa, le falta una conclusión. A pesar de que el final de la película tiene un inevitable sabor a conclusión, no es fácil discernir dónde acaba realmente la historia. Le falta coronar todo lo que ha ido proponiendo a lo largo de la hora y media que dura. Es un retrato incompleto del amor maduro, a pesar del enorme esfuerzo de condensar dos vidas en un fin de semana y 90 minutos.

Hay mucha sinceridad en Le Week-End. Se nota en los diálogos, en el guión, en la historia, en las actuaciones de Broadbent y Duncan. Prácticamente en todo. Y eso genera una completa empatía con la pareja protagonista a lo largo de su fin de semana en París, que es lo que se cuenta en la película, sin flashbacks ni distracciones. Nos divertimos con ellos, sufrimos con ellos, nos emocionamos con ellos. Eso es, indudablemente, lo mejor que se puede decir de una película como ésta, tan centrada en las emociones de sus dos personajes protagonistas. Y no es sólo el trabajo de los dos actores, también el guión les proporciona buenas herramientas con las que defenderse, escenas muy intensas, diálogos muy conseguidos. Y sobre todo la sensación de que detrás de la película hay efectivamente treinta años de matrimonio. Parece un logro sencillo de conseguir, pero no lo es.

Sin embargo, y a pesar de que Le Week-End es una tragicomedia notable por momentos, hay una sensación al final de que falta algo. De que no hay una conclusión, un objetivo real para la película. ¿Qué hay más allá de ese fin de semana? ¿En qué momento quedan los personajes después del epílogo, después de la gamberrada final con la que coronan el viaje, después de la terriblemente intensa escena de la cena en casa de Morgan (Jeff Goldblum), un viejo amigo de Nick que han encontrado por casualidad en París? Eso no está en la película, no se intuye con la misma facilidad que todo lo anterior. Se pueden sacar conclusiones, por supuesto, y seguramente cada espectador podrá tener una opinión sobre lo redonda y cerrada que queda la película con lo que efectivamente se ofrece. Pero la sensación de que falta algo es suficientemente importante como para no notarlo, más aún porque en la búsqueda del retrato casi perfecto del amor maduro que es la película ha ido dejando las preguntas que quedan sin responder.

Con esos elementos, no cabe duda de que el juicio a Le Week-End es positivo. Es una película hermosa, emocional y sobre todo sincera, que engancha desde el corazón, que sabe introducir dosis de humor y de drama y que se sustenta en dos actores excepcionales, sobre todo Broadbent. Y deja a Goldblum luciendo como secundario, las escenas de la cena o la última en el hotel, conversaciones deliciosas sobre el amor y los miedos, además de una hermosa postal de París (demostrando así Mitchell que, sí, se puede hacer una postal de una ciudad sin necesidad de quedarse ahí). Pero falta la guinda. Falta lo que habría convertido Le Week-End en una película referencial al menos de los temas que trata. Aún sin ella, un precioso ejercicio de cine emocional, contenido (93 minutos) y muy bien construido.

lunes, octubre 22, 2012

'Adam resucitado', extraño tour de force de Jeff Goldblum

Paul Schrader en la dirección y Jeff Goldblum, Willem Dafoe y Derek Jacobi en la pantalla parecen motivos más que suficientes para caer en la tentación de ver una película. Que el tema ronde el holocausto judío a manos de los nazis es otro empujoncito a sentarse en una butaca y disfrutar del espectáculo. Pero Adam resucitado, a pesar de presentarse con estos mimbres, no termina de funcionar del todo. Hay talento y se nota en algunas escenas, pero la más que extraña historia que se nos cuenta, basada en la novela de Yoram Kaniuk, no encuentra una conexión completa con el espectador a lo largo y ancho de la película. A ratos interesa, a ratos emociona, a ratos aburre y parece demasiado pretenciosa, y su resolución parece algo forzada. El tour de force interpretativo de Jeff Goldblum sin duda impacta, pero le falta algo. Sobre todo si tenemos en cuenta que las mejores escenas de la película son, precisamente, aquella que no descansan únicamente en su actor principal.

A pesar de los grandes nombres que aparecen en el cartel de la película (no olvidemos que Paul Schrader es el guionista de algunos de los mejores títulos del primer Martin Scorsese), lo primero que hay que decir es descorazonador. La película se estrenó en Estados Unidos a finales de 2008 y no ha llegado a España hasta ahora, casi cuatro años después. Es, evidentemente, una pieza cinematográfica que no tiene mucho encaje en el circuito comercial y está llamada a desfilar, como así ha hecho, por diferentes festivales de todo el mundo. Pero aún así es una lástima que un filme así tarde tanto tiempo en llegar a nuestro país. Una lástima porque, en el fondo, conocer este dato predispone negativamente y la película sí se merece una oportunidad al margen de su distribución.

Adam resucitado cuenta la historia de Adam Stein, un antiguo payaso, mago y actor de variedades judío que, tras pasar por un campo de concentración nazi, acaba en un sanatorio en Israel dedicado expresamente a supervivientes del Holocausto. La película arranca en los años 60 y va sumando una sucesión de flasbacks que van añadiendo piezas al puzzle psicológico que quiere plantear la película. Goldblum hace un auténtico y sobresaliente esfuerzo por meterse en la piel del personaje en todos y cada uno de los estadios por los que pasa a lo largo de la historia, pero el envoltorio a su alrededor no termina de ser tan convincente. Ni el escenario cabaretero y circense parece un entorno tan feliz, ni el campo de concentración se ve tan ominoso como debiera (a pesar del blanco y negro con el que quiere evocar a la película definitiva sobre este tema, La lista de Schindler), ni el sanatorio se ve como un auténtico lugar de redención, ni las explicaciones sobre el estado físico y mental del protagonista son tan completas como sería deseable para una mejor comprensión del cuadro.

Con un Goldblum sobresaliente pero al que el ritmo y el montaje de la película no terminan de ayudar, lo que destaca es el duelo interpretativo con Willem Dafoe (espléndida su transformación desde el apocado y desesperado hombre que es en su primera aparición al despiadado y seguro de sí mismo en que se convierte a partir de entonces). No deja de ser curioso que en una película ideal para ese tour de force de un solo actor, sea en las confrontaciones entre actores cuando más se eleva, pero es así. El gran Derek Jacobi, en cambio, no alcanza el nivel acostumbrado y su presencia es demasiado anecdótica, como, en realidad, buena parte de lo que sucede alrededor del protagonista, como las episódicas apariciones de la enfermera interpretada por Ayelet Zurer (una actriz, por cierto, más que interesante), o incluso toda la trama del niño, que tiene una justificación dramática evidente pero que lleva la película a niveles extraños y bizarros que no terminan de encajar. Lo cierto es que la relación entre el personaje de Goldblum y ese niño está pensada para ser un eje básico de la película, pero distrae más de lo que emociona.

Ya que se pueden contar con los dedos de una mano las escenas realmente intensas y memorables de la película, se puede decir que lo mejor de Adam resucitado está en el reparto. Es, efectivamente, una película para reivindicar el talento interpretativo de Jeff Goldblum, un actor normalmente más asociado a su participación en blockbusters comerciales como Independence Day o Parque jurásico, y también para recordar que Willem Dafoe es un actor muy versátil que convence casi siempre. La película en su conjunto es una pequeña rareza que toca el Holocausto como tema de fondo, pero que no termina de llegar a los ambiciosos objetivos que sin duda se marca. No le conviene ni el misterio con el que arranca ni la indefinición con la que se desarrolla. Sí se beneficia, en cambio, de las escenas que mejor describen en el presente el estado mental de su protagonista o los flashbacks en los que Goldblum y Dafoe comparten pantalla. Una curiosidad para mentes abiertas y dispuestas a ver un cine diferente.