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miércoles, diciembre 11, 2013

'Le Week-End', hermoso pero incompleto retrato del amor maduro

Le Week-End se queda a un paso de ser una película verdaderamente hermosa, aunque lo que muestra alcanza esa categoría en muchos momentos. Nick y Meg, Jim Broadbent y Lindsay Duncan, son un matrimonio maduro que se va a pasar un fin de semana a París para celebrar su trigésimo aniversario. Y allí viven un emocionante carrusel de emociones, algunas alegres y otras tristes, unas que conforman un precioso canto a la vida y otras propias de un auténtico drama. Hasta ahí, todo es más que correcto, brillante a veces. Pero para convertirse en una reflexión completa, le falta una conclusión. A pesar de que el final de la película tiene un inevitable sabor a conclusión, no es fácil discernir dónde acaba realmente la historia. Le falta coronar todo lo que ha ido proponiendo a lo largo de la hora y media que dura. Es un retrato incompleto del amor maduro, a pesar del enorme esfuerzo de condensar dos vidas en un fin de semana y 90 minutos.

Hay mucha sinceridad en Le Week-End. Se nota en los diálogos, en el guión, en la historia, en las actuaciones de Broadbent y Duncan. Prácticamente en todo. Y eso genera una completa empatía con la pareja protagonista a lo largo de su fin de semana en París, que es lo que se cuenta en la película, sin flashbacks ni distracciones. Nos divertimos con ellos, sufrimos con ellos, nos emocionamos con ellos. Eso es, indudablemente, lo mejor que se puede decir de una película como ésta, tan centrada en las emociones de sus dos personajes protagonistas. Y no es sólo el trabajo de los dos actores, también el guión les proporciona buenas herramientas con las que defenderse, escenas muy intensas, diálogos muy conseguidos. Y sobre todo la sensación de que detrás de la película hay efectivamente treinta años de matrimonio. Parece un logro sencillo de conseguir, pero no lo es.

Sin embargo, y a pesar de que Le Week-End es una tragicomedia notable por momentos, hay una sensación al final de que falta algo. De que no hay una conclusión, un objetivo real para la película. ¿Qué hay más allá de ese fin de semana? ¿En qué momento quedan los personajes después del epílogo, después de la gamberrada final con la que coronan el viaje, después de la terriblemente intensa escena de la cena en casa de Morgan (Jeff Goldblum), un viejo amigo de Nick que han encontrado por casualidad en París? Eso no está en la película, no se intuye con la misma facilidad que todo lo anterior. Se pueden sacar conclusiones, por supuesto, y seguramente cada espectador podrá tener una opinión sobre lo redonda y cerrada que queda la película con lo que efectivamente se ofrece. Pero la sensación de que falta algo es suficientemente importante como para no notarlo, más aún porque en la búsqueda del retrato casi perfecto del amor maduro que es la película ha ido dejando las preguntas que quedan sin responder.

Con esos elementos, no cabe duda de que el juicio a Le Week-End es positivo. Es una película hermosa, emocional y sobre todo sincera, que engancha desde el corazón, que sabe introducir dosis de humor y de drama y que se sustenta en dos actores excepcionales, sobre todo Broadbent. Y deja a Goldblum luciendo como secundario, las escenas de la cena o la última en el hotel, conversaciones deliciosas sobre el amor y los miedos, además de una hermosa postal de París (demostrando así Mitchell que, sí, se puede hacer una postal de una ciudad sin necesidad de quedarse ahí). Pero falta la guinda. Falta lo que habría convertido Le Week-End en una película referencial al menos de los temas que trata. Aún sin ella, un precioso ejercicio de cine emocional, contenido (93 minutos) y muy bien construido.

viernes, febrero 22, 2013

'El atlas de las nubes', pretencioso invento de los Wachowski

Después de cuatro años de ausencia (tras la muy prescindible Speed Racer y otros cinco años de silencio tras el más que decepcionante final de Matrix), los hermanos Wachowski vuelven junto a Tom Tykwer (El perfume) con El atlas de las nubes, una película de enorme presupuesto, seis historias en las que los actores aparecen en diferentes papeles y tres horas de duración que, dicen, ha dividido radicalmente las opiniones entre quienes piensan que es un bodrio infumable y quienes alaban su magnetismo. No me puedo colocar entre los primeros porque no creo que la película sea realmente mala, aunque limite sus logros a momentos muy concretos y a aspectos técnicos. Por eso mismo, tampoco puedo colocarme entre los segundos, porque es un invento pretencioso, que parece buscar propósitos filosóficamente elevados que no consigue. Y esto pesa mucho más. Hay en El atlas de las nubes momentos muy hermosos, otros en los que parece que la película va a ser lo que realmente busca... pero siempre se acaba desinflando precisamente por esa pretenciosidad de la que es imposible sustraerse.

Un joven abogado norteamericano que vive una travesía por el Pacífico en 1849, un aspirante a compositor homosexual en el Reino Unido de 1936, una periodista negra en el San Francisco de 1873, un editor británico en 2012, una clon en el Nuevo Seúl de 2144, y un hombre en un Hawaii postapocalíptico. Estos son los seis protagonistas principales de los seis escenarios planteados por El atlas de las nubes. ¿Conexiones entre ellos? Ahí es donde está el auténtico problema de la película. Se pueden atisbar varios intentos de enlazar las seis historias temáticamente, incluso con detalles bastante visibles, pero al final queda la sensación de que lo único que une estos fragmentos es la repetida presencia de los mismos actores en cada uno de ellos, a veces con aspectos forzados que sacan por completo de la historia. De hecho, quizá siendo conscientes de que no siempre es fácil reconocer a los actores, el arranque de los créditos finales es el repaso en imágenes a esos papeles de cada actor. Y, sí, hay alguna sorpresa inesperada y difícil de reconocer durante el filme.

Caracterizaciones al margen, El atlas de las nubes tiene sobre el papel un reparto espléndido, del que quizá ya en la pantalla lo mejor sea la habitual profesionalidad de Tom Hanks o Hale Berry y la comicidad de Jim Broadbent, incluso el sobrio papel central de Hugh Grant, mucho más que la ya conocida cara de malo de Hugo Weaving. Pero los actores, siendo lo más visible normalmente en una película (y más con algunos de estos nombres) vienen a ser lo menos importante de ésta. Porque es tan difícil encontrar esas conexiones entre los personajes que interpretan en los diferentes segmentos, aunque a veces parezca que van a producirse, que la película se ve con una enorme desunión entre sus partes. Y ahí está el problema, porque El atlas de la nubes es una sesión de casi tres horas de continuos cortes entre las escenas, a veces sólo para intercalar un plano. De esa forma, cuando la película alcanza un punto importante o de ritmo más que apreciable, que los tiene, el globo se acaba desinflando solo porque no tiene la continuidad necesaria. Hay algunos fragmentos que habrían dado incluso para películas individuales (especialmente los dos futuristas), pero la mezcla es demasiado endeble.

Por eso mismo es por lo que la atención del espectador se vuelve de forma inmediata al envoltorio, a cuestiones técnicas entre las que sobresale la soberbia música, presente en unas dos horas de la película, que han compuesto el codirector Tykwer, Reinhold Heil y Johnny Kilmek. El diseño de producción es espléndido, y se deja sentir en todos los segmentos de la película, pero brilla con luz propia el mundo futuro que los Wachowski y Tykwer imaginan. Es en ese segmento donde están contenidos algunos de los planos más hermosos de la película, y es que Nueva Seúl pedía a gritos una película propia. Pero como el guión parece una colección de pretendidos pensamientos profundos que casi nunca impactan, lo cierto es que todo parece un juguete carísimo y sin la excusa necesaria para que funcione su ensamblaje. Con momentos brillantes como decía, sí, pero mucho más vacío de lo que parece que querían conseguir sus responsables. Y teniendo la duración que tiene la película, casi parece que tener un reparto coral y una historia tan ambiciosa es algo que se limita a tapar las carencias de cada segmento individual.

El atlas de las nubes es una película pretenciosa, muy pretenciosa. Y eso pesa juega mucho en su contra, porque sus seis historias tienen cierto interés y sería injusto calificar la película de aburrida. Hay seis expectativas de final y eso, bueno o malo, engancha en cierta medida. Pero, al mismo tiempo, es justo decir que el mayor interés que tiene la película es llegar a comprobar si existe una conexión real entre todas ellas líneas temporales, y eso no llega a producirse más que de una forma demasiado liviana y, a veces, forzada. Uno trata de buscar mensajes ocultos y metáforas, pero el único mensaje que queda claro, y es muy contundente (y, por qué no decirlo, muy divertido), es el que mandan los directores a través del personaje de Tom Hanks en la historia que se desarrolla en 2012. Lo demás, fuegos artificiales. Bonitos, costosos, hipnóticos en ocasiones, pero fuegos artificiales que no se sustentan en este guión, demasiado alejado del que hubiera necesitado el elevado objetivo que se marcan sus responsables.

viernes, enero 20, 2012

'La dama de hierro', más Meryl Streep que película

El descomunal talento de Meryl Streep hace sencillo el balance de una película en la que aparezca como protagonista. Demasiado sencillo a veces. Y es que su brillantez como intérprete permite a cualquier filme que tenga la suerte de contar con ella esconder sus carencias y rendirse a la evidencia de que nada de lo que se haga superará su actuación. En La dama de hierro viene a suceder algo parecido. Como película no termina de convencer, demasiado dispersa, incluso demasiado caricaturesca. Pero tiene a Meryl Streep interpretando con maestría a un personaje además lo suficientemente reconocible como para que le suponga un reto, la ex primera ministra británica Margaret Thatcher. Y Streep lo borda. Contribuye en parte a la caricatura que queda de ella, pero triunfa moviéndose con elegancia en la frontera entre esa caricatura y el retrato realista. Y es que cuando termina la película, sólo queda una recuerdo: Meryl Streep.

Da la impresión de que Phyllida Lloyd, directora del filme (y también de Mamma mía!), ha tratado de abarcar demasiado en muy poco tiempo, y por eso el resultado final es difuso. No es fácil determinar si es una película sobre una mujer que supera todos los prejuicios machistas y clasistas para llegar al poder, sobre una política de derechas recta y atípica o sobre una mujer recordando lo mejor y lo peor de su vida. El inicio, y a la vez tronco de la película, incita a pensar en lo tercero, con una Margaret Thatcher anciana. Los primeros flashbacks, que es como está contada toda la película, llevan a pensar que el tema central es el primero de los tres mencionados. Y, en realidad, sus mejores escenas apuntan a un retrato político diferente. En estos tres tramos, sobre todo en el último, hay grandes momentos, grandes flashes, grandes frases, pero no termina de hilarse una historia, no hay una película en el conjunto de todo ello.

Y sin embargo, la hay. ¿Por qué? Por Meryl Streep. Porque cada una de sus presencias enciende lo que está sucediendo en la pantalla, aunque nazca de un brusco salto en el espacio o en el tiempo, aunque quede totalmente descontado de la siguiente escena, o por el brusco cambio que supone ver a Margaret Thatcher de joven con le rostro de Alexandra Roach (no por falta de calidad, sino por el abismo que hay entre las dos actrices). El hilo conductor de la película es el de la Historia misma y no es fácil abarcar once años de la vida de su protagonista, los que pasó en Downing Street. Lloyd, incluso, quiere mostrar más, y se nota que es demasiado. Abandonada la esperanza de dar coherencia a un relato tan prolongado, lo que importa entonces es definir la personalidad de la protagonista y siempre da la sensación de quien consigue eso es Meryl Streep. No el guión, no la película en sí misma, ni siquiera el recuerdo que el espectador pueda tener del personaje real. Es la actriz, con un gran trabajo interpretativo, vocal y gestual. Rozando la caricatura, sí, pero quizá de la única forma en la que se puede encajar algo así en una película.

Tal es el dominio absoluto de Meryl Streep sobre lo que sucede en la pantalla, que apenas queda hueco para mucho más. Lo que sucede es siempre por, para y alrededor de ella. Sólo hay otro detalle de la película que permanece en la memoria, al margen de la inclusión de imágenes documentales (en un cierto abuso de ellas, como recurso para hacer que el tiempo avance con rapidez y así abarcar todo lo que se quiere contar en los pocos más de cien minutos que dura la película), y es el personaje de su marido, Dennis. Jim Broadbent está brillante, tanto en la amargada faceta real de un hombre que no deja de sentirse a la vez orgulloso de su mujer y abandonado por ella como en la divertida y juguetona visión con la que Margaret Thatcher convive en su última época. El resto de personajes no son tales. No son más que instantes que sirven para articular el retrato de la proytagonista.

Eso hace que La dama de hierro deja un poso ligeramente decepcionante como película. A pesar de que hay en la historia muchos elementos interesantes, casi todos se quedan en la superficie, y escenas brillantes se mezclan con apresurados montajes que no consiguen explicar la importancia de los asuntos que trata. El conjunto está bastante desequilibrado y el mensaje difuminado. Pero Meryl Streep es otra historia. Ella crea un personaje fascinante, esencial para entender su carrera desde el mismo momento en que irrumpe por primera vez en la pantalla. Es tanta la genialidad de su trabajo que cabe preguntarse qué habría sido de esta película sin ella. Probablemente sólo habría generado morbo como un pasatiempo que no perduraría. Probablemente. Pero tiene a Meryl Streep. Hoy por hoy, y aunque el conjunto a su alrededor no sea deslumbrante, eso sigue siendo una garantía de que hay categoría en la pantalla.