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viernes, febrero 06, 2015

'El destino de Júpiter', el galimatías definitivo de los Wachowski

Con El destino de Júpiter tendría que apagarse definitivamente la estrella de los hermanos Wachowski. Esos que ahora ya firman simplemente como "Los Wachowski", los que llevan viviendo de las rentas de Matrix desde hace nada menos que quince años, los que han ido estrellándose una y otra vez, salvados por los pelos por ciertos sectores de la crítica y del público que creían reconocer algo de esa revolución (que en realidad puede que no fuera tan profunda) de la película que les dio a conocer, por mucho que antes hubieran rodado ya Lazos ardientes. Sin el colchón de rodar un filme de tres horas, como sí se les permitió sorprendentemente con El atlas de las nubes, los Wachowski firman su galimatías definitivo, un festival de efectos visuales sin contención alguna que se desarrolla en el marco de una historia estúpida, tan mal llevada durante la película que cabe preguntarse si se leyeron su propio guión antes de rodarlo, con personajes inútiles y mal construidos, con escenas imposibles de creer, con mil tópicos y unos actores aburridos.

El desastre es absoluto, y lo más probable es que sólo llegue a satisfacer a quien tenga sus estándares de calidad por los suelos o algún que otro grupo de adolescentes. Éxito en otro tipo de públicos sería una sorpresa bestial, porque no hay absolutamente nada que se pueda salvar. La idea, se supone, era contar una epopeya de ciencia ficción deslumbrante en lo visual y lo suficientemente atractiva en lo argumental. Pero lo primero es repetitivo y confuso (¿de qué sirve tener una nave cool en pantalla si es imposible saber cómo funciona y qué es capaz de hacer?) y lo segundo es casi sonrojante. Hay que verlo para creerlo, pero es que incluso la misma idea de base es estúpida y no se corresponde a lo que cuenta la película. Casi da la impresión de que la película quiere esconder cierto mensaje ecológico y anticapitalista, pero tomar eso en serio haría que la película mereciera una crítica incluso más severa, con lo cual es mejor dejarlo correr y centrarse en los objetivos más superficiales de los Wachowski.

Y ahí sí hay tema. Después de que Matrix se opusiera frontalmente en su concepción de la ciencia ficción al Episodio I de Star Wars, estrenado el mismo año, resulta que los Wachowski han decidido demostrar que todo lo que George Lucas pudiera haber hecho mal, que en realidad no es tanto como le gustaría a mucha gente, ellos lo pueden hacer muchísimo peor. ¿La desidia de Natalie Portman ante la pantalla verde? Una actuación de Oscar comparada con la de Mila Kunis aquí. ¿Lucas hacía malos diálogos? Ojo a la mediocridad de los Wachowski tratando desesperadamente de que algo de su universo tenga sentido. ¿Que las escenas de acción de La amenaza fantasma podían ser superfluas? Las que hay aquí se caen con una facilidad terrible, por mucho que algún instante pueda parecer espectacular. ¿La historia de amor de Anakin y Padme parece imposible? Ojo a la de Júpiter (Kunis) y Caine (Channing Tatum). No hay comparación posible. La ascensión de Júpiter es insalvable porque absolutamente nada tiene sentido.

Entran sudores sólo de pensar que pueda haber una edición extendida que quiera explicar todo lo que no se entiende. O en la que Eddie Redmayne, un actor que está nominado al Oscar este mismo año, pueda hacer todavía más el ridículo como villano de este inexplicable relato, aburrido, con guiños tontos (el de las marcas en los campos de maíz) o sencillamente absurdos (la presencia de Terry Gilliam en un supuesto homenaje a Brazil pero que en realidad remite mucho más a Las doce pruebas de Astérix... y con mucho más acierto con la creación de Goscinny y Uderzo). Pero sobre todo sorprende que en su progresiva e imparable decadencia los Wachowski sigan consiguiendo tanto dinero para sus juguetes cuando ya parece más que evidente que Matrix fue una casualidad. La ascensión de Júpiter no se puede tomar en serio ni como entretenimiento light, porque los Wachowski desprecian a sus propios personajes y dejan tramas colgadas sin que les importe lo más mínimo. Tiene tantos errores y problemas que es imposible catalogarlos todos.

viernes, febrero 22, 2013

'El atlas de las nubes', pretencioso invento de los Wachowski

Después de cuatro años de ausencia (tras la muy prescindible Speed Racer y otros cinco años de silencio tras el más que decepcionante final de Matrix), los hermanos Wachowski vuelven junto a Tom Tykwer (El perfume) con El atlas de las nubes, una película de enorme presupuesto, seis historias en las que los actores aparecen en diferentes papeles y tres horas de duración que, dicen, ha dividido radicalmente las opiniones entre quienes piensan que es un bodrio infumable y quienes alaban su magnetismo. No me puedo colocar entre los primeros porque no creo que la película sea realmente mala, aunque limite sus logros a momentos muy concretos y a aspectos técnicos. Por eso mismo, tampoco puedo colocarme entre los segundos, porque es un invento pretencioso, que parece buscar propósitos filosóficamente elevados que no consigue. Y esto pesa mucho más. Hay en El atlas de las nubes momentos muy hermosos, otros en los que parece que la película va a ser lo que realmente busca... pero siempre se acaba desinflando precisamente por esa pretenciosidad de la que es imposible sustraerse.

Un joven abogado norteamericano que vive una travesía por el Pacífico en 1849, un aspirante a compositor homosexual en el Reino Unido de 1936, una periodista negra en el San Francisco de 1873, un editor británico en 2012, una clon en el Nuevo Seúl de 2144, y un hombre en un Hawaii postapocalíptico. Estos son los seis protagonistas principales de los seis escenarios planteados por El atlas de las nubes. ¿Conexiones entre ellos? Ahí es donde está el auténtico problema de la película. Se pueden atisbar varios intentos de enlazar las seis historias temáticamente, incluso con detalles bastante visibles, pero al final queda la sensación de que lo único que une estos fragmentos es la repetida presencia de los mismos actores en cada uno de ellos, a veces con aspectos forzados que sacan por completo de la historia. De hecho, quizá siendo conscientes de que no siempre es fácil reconocer a los actores, el arranque de los créditos finales es el repaso en imágenes a esos papeles de cada actor. Y, sí, hay alguna sorpresa inesperada y difícil de reconocer durante el filme.

Caracterizaciones al margen, El atlas de las nubes tiene sobre el papel un reparto espléndido, del que quizá ya en la pantalla lo mejor sea la habitual profesionalidad de Tom Hanks o Hale Berry y la comicidad de Jim Broadbent, incluso el sobrio papel central de Hugh Grant, mucho más que la ya conocida cara de malo de Hugo Weaving. Pero los actores, siendo lo más visible normalmente en una película (y más con algunos de estos nombres) vienen a ser lo menos importante de ésta. Porque es tan difícil encontrar esas conexiones entre los personajes que interpretan en los diferentes segmentos, aunque a veces parezca que van a producirse, que la película se ve con una enorme desunión entre sus partes. Y ahí está el problema, porque El atlas de la nubes es una sesión de casi tres horas de continuos cortes entre las escenas, a veces sólo para intercalar un plano. De esa forma, cuando la película alcanza un punto importante o de ritmo más que apreciable, que los tiene, el globo se acaba desinflando solo porque no tiene la continuidad necesaria. Hay algunos fragmentos que habrían dado incluso para películas individuales (especialmente los dos futuristas), pero la mezcla es demasiado endeble.

Por eso mismo es por lo que la atención del espectador se vuelve de forma inmediata al envoltorio, a cuestiones técnicas entre las que sobresale la soberbia música, presente en unas dos horas de la película, que han compuesto el codirector Tykwer, Reinhold Heil y Johnny Kilmek. El diseño de producción es espléndido, y se deja sentir en todos los segmentos de la película, pero brilla con luz propia el mundo futuro que los Wachowski y Tykwer imaginan. Es en ese segmento donde están contenidos algunos de los planos más hermosos de la película, y es que Nueva Seúl pedía a gritos una película propia. Pero como el guión parece una colección de pretendidos pensamientos profundos que casi nunca impactan, lo cierto es que todo parece un juguete carísimo y sin la excusa necesaria para que funcione su ensamblaje. Con momentos brillantes como decía, sí, pero mucho más vacío de lo que parece que querían conseguir sus responsables. Y teniendo la duración que tiene la película, casi parece que tener un reparto coral y una historia tan ambiciosa es algo que se limita a tapar las carencias de cada segmento individual.

El atlas de las nubes es una película pretenciosa, muy pretenciosa. Y eso pesa juega mucho en su contra, porque sus seis historias tienen cierto interés y sería injusto calificar la película de aburrida. Hay seis expectativas de final y eso, bueno o malo, engancha en cierta medida. Pero, al mismo tiempo, es justo decir que el mayor interés que tiene la película es llegar a comprobar si existe una conexión real entre todas ellas líneas temporales, y eso no llega a producirse más que de una forma demasiado liviana y, a veces, forzada. Uno trata de buscar mensajes ocultos y metáforas, pero el único mensaje que queda claro, y es muy contundente (y, por qué no decirlo, muy divertido), es el que mandan los directores a través del personaje de Tom Hanks en la historia que se desarrolla en 2012. Lo demás, fuegos artificiales. Bonitos, costosos, hipnóticos en ocasiones, pero fuegos artificiales que no se sustentan en este guión, demasiado alejado del que hubiera necesitado el elevado objetivo que se marcan sus responsables.

domingo, mayo 11, 2008

'Speed Racer', la exaltación de lo imposible

Speed Racer es, por encima de todo, una exaltación de lo imposible. Todo en ella es absolutamente imposible. Desde los efectos especiales hasta los movimientos de cámara, pasando por los personajes o incluso la inagotable paleta de colores que adorna la pantalla. Es una película imposible. De hecho, es incluso difícil ver a Speed Racer como una película. Es, en realidad, una montaña rusa de más de dos horas de la que uno se baja mareado. Alguno habrá disfrutado del viaje, siempre hay alguien que lo hace, pero la mayoría se quedará con esa sensación de mareo que, eso sí, olvidará en poco tiempo. Yo soy de los mareados que asisten atónitos a lo que pasa delante de sus ojos sin llegar a entender cómo se ha gestado lo que ve.

Partimos de la base de que los autores de este producto son los hermanos Wachowski, los mismos que se camelaron al mundo con Matrix, una película mucho menos revolucionaria de lo que se dijo en su día (y que hoy parece algo olvidada), y que abiertamente tomaron el pelo de más de medio mundo con sus dos secuelas. Este proyecto es la adaptación de una serie de animación japonesa de los años 60, una de las primeras que tuvieron éxito en Estados Unidos. No tengo ningún recuerdo de la serie, así que poco o nada puedo decir sobre la fidelidad de los Wachowski a los mitos de Speed Racer. Eso sí, parece que han utilizado la serie como excusa para dar rienda suelta a un universo colorista y exagerado en todos los sentidos.

Como película, Speed Racer cae en numerosos errores. El principal, la duración. Esta película, hecha en los años 80, no habríaasado nunca de los 100 minutos. Hoy, con tanto fuego de artificio por desplegar, nos colocamos en los 135 sin que en realidad sea necesario. Le sobra metraje en muchos sitios y por ello traspasa la delgada línea que separa el cine infantil del cine adulto. Por eso y por su contenido. ¿Para niños? Pues si tenemos en cuenta el desmesurado protagonismo de un irritante niño y un chimpancé (dueño y señor de los títulos de crédito finales, un delirante cierre a una película igualmente delirante, que antecede a unos títulos... de colorines), casi habría que decir que sí, pero en realidad es un envoltorio algo tramposo. Tan tramposo como el trasfondo moral que acaba otorgando el tremendamente previsible final.

Los hermanos Wachowski han creado un universo pretendidamente irreal. Cuando los efectos visuales tienden a crear un mundo virtual lo más real posible, Speed Racer se afana en mostrar imágenes abiertamente irreales a imposibles, manifiestamente imperfectas. Quizá sea su forma de parecer revolucionarios otra vez. Y están tan ocupados en la creación de ese universo mucho más cercano al de la animación que al de la imagen real, que se olvidan de que para hacer una película hace falta crear unos personajes de carne y hueso y un guión. Sí, el guión, ese gran desconocido de este cine moderno, pretencioso y supuestamente novedoso que inunda la ciencia ficción actual. Algunos, muchos, de los diálogos de este Speed Racer no podrían ser más tópicos y vacíos ni aunque lo intentaran.

Speed Racer, eso sí, no engaña. Uno entra a ver colores y ve muchos colores (abstenerse defensores de los colores primarios), uno entra a ver carreras de coches imposibles y ve carreras de coches imposibles, uno entra a ver una historia intrascedente y es exactamente lo que ve. Por el reparto pasan nombres bastante conocidos, incluso reputados, como los de Susan Sarandon, John Goodman, Christina Ricci o Matthew Fox, pero, abducidos por la paleta de colores, no tienen margen para construir personajes. Tampoco hace falta, la verdad, porque todos sabemos por dónde va y dónde va a acabar la película (creo que tiene más emoción incluso la carrera de la Nascar de Días de trueno).

Sólo hay un aspecto de Speed Racer que merece verdaderamente la pena: la banda sonora de Michael Giacchino, un compositor curtido entre la televisión (entre otras, la serie Perdidos) y los videojuegos y que es ya uno de los nombres más interesantes del cine norteamericano gracias a un sello muy personal y a una comprensión absoluta del tono de la película que tiene siempre entre manos. Me entusiasmó en Los Increíbles, me enamoró en Ratatouille (recibió una merecidísima nominación al Oscar, aunque la estatuilla fue para la brillante Expiación de Dario Marianelli) y ha conseguido que esté pendiente ya para siempre de sus futuros trabajos. Lo próximo, el Star Trek de J. J. Abrams. Giacchino es un genio al que seguir la pista. Lo demás de Speed Racer, tremendamente olvidable.