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viernes, febrero 22, 2013

'El atlas de las nubes', pretencioso invento de los Wachowski

Después de cuatro años de ausencia (tras la muy prescindible Speed Racer y otros cinco años de silencio tras el más que decepcionante final de Matrix), los hermanos Wachowski vuelven junto a Tom Tykwer (El perfume) con El atlas de las nubes, una película de enorme presupuesto, seis historias en las que los actores aparecen en diferentes papeles y tres horas de duración que, dicen, ha dividido radicalmente las opiniones entre quienes piensan que es un bodrio infumable y quienes alaban su magnetismo. No me puedo colocar entre los primeros porque no creo que la película sea realmente mala, aunque limite sus logros a momentos muy concretos y a aspectos técnicos. Por eso mismo, tampoco puedo colocarme entre los segundos, porque es un invento pretencioso, que parece buscar propósitos filosóficamente elevados que no consigue. Y esto pesa mucho más. Hay en El atlas de las nubes momentos muy hermosos, otros en los que parece que la película va a ser lo que realmente busca... pero siempre se acaba desinflando precisamente por esa pretenciosidad de la que es imposible sustraerse.

Un joven abogado norteamericano que vive una travesía por el Pacífico en 1849, un aspirante a compositor homosexual en el Reino Unido de 1936, una periodista negra en el San Francisco de 1873, un editor británico en 2012, una clon en el Nuevo Seúl de 2144, y un hombre en un Hawaii postapocalíptico. Estos son los seis protagonistas principales de los seis escenarios planteados por El atlas de las nubes. ¿Conexiones entre ellos? Ahí es donde está el auténtico problema de la película. Se pueden atisbar varios intentos de enlazar las seis historias temáticamente, incluso con detalles bastante visibles, pero al final queda la sensación de que lo único que une estos fragmentos es la repetida presencia de los mismos actores en cada uno de ellos, a veces con aspectos forzados que sacan por completo de la historia. De hecho, quizá siendo conscientes de que no siempre es fácil reconocer a los actores, el arranque de los créditos finales es el repaso en imágenes a esos papeles de cada actor. Y, sí, hay alguna sorpresa inesperada y difícil de reconocer durante el filme.

Caracterizaciones al margen, El atlas de las nubes tiene sobre el papel un reparto espléndido, del que quizá ya en la pantalla lo mejor sea la habitual profesionalidad de Tom Hanks o Hale Berry y la comicidad de Jim Broadbent, incluso el sobrio papel central de Hugh Grant, mucho más que la ya conocida cara de malo de Hugo Weaving. Pero los actores, siendo lo más visible normalmente en una película (y más con algunos de estos nombres) vienen a ser lo menos importante de ésta. Porque es tan difícil encontrar esas conexiones entre los personajes que interpretan en los diferentes segmentos, aunque a veces parezca que van a producirse, que la película se ve con una enorme desunión entre sus partes. Y ahí está el problema, porque El atlas de la nubes es una sesión de casi tres horas de continuos cortes entre las escenas, a veces sólo para intercalar un plano. De esa forma, cuando la película alcanza un punto importante o de ritmo más que apreciable, que los tiene, el globo se acaba desinflando solo porque no tiene la continuidad necesaria. Hay algunos fragmentos que habrían dado incluso para películas individuales (especialmente los dos futuristas), pero la mezcla es demasiado endeble.

Por eso mismo es por lo que la atención del espectador se vuelve de forma inmediata al envoltorio, a cuestiones técnicas entre las que sobresale la soberbia música, presente en unas dos horas de la película, que han compuesto el codirector Tykwer, Reinhold Heil y Johnny Kilmek. El diseño de producción es espléndido, y se deja sentir en todos los segmentos de la película, pero brilla con luz propia el mundo futuro que los Wachowski y Tykwer imaginan. Es en ese segmento donde están contenidos algunos de los planos más hermosos de la película, y es que Nueva Seúl pedía a gritos una película propia. Pero como el guión parece una colección de pretendidos pensamientos profundos que casi nunca impactan, lo cierto es que todo parece un juguete carísimo y sin la excusa necesaria para que funcione su ensamblaje. Con momentos brillantes como decía, sí, pero mucho más vacío de lo que parece que querían conseguir sus responsables. Y teniendo la duración que tiene la película, casi parece que tener un reparto coral y una historia tan ambiciosa es algo que se limita a tapar las carencias de cada segmento individual.

El atlas de las nubes es una película pretenciosa, muy pretenciosa. Y eso pesa juega mucho en su contra, porque sus seis historias tienen cierto interés y sería injusto calificar la película de aburrida. Hay seis expectativas de final y eso, bueno o malo, engancha en cierta medida. Pero, al mismo tiempo, es justo decir que el mayor interés que tiene la película es llegar a comprobar si existe una conexión real entre todas ellas líneas temporales, y eso no llega a producirse más que de una forma demasiado liviana y, a veces, forzada. Uno trata de buscar mensajes ocultos y metáforas, pero el único mensaje que queda claro, y es muy contundente (y, por qué no decirlo, muy divertido), es el que mandan los directores a través del personaje de Tom Hanks en la historia que se desarrolla en 2012. Lo demás, fuegos artificiales. Bonitos, costosos, hipnóticos en ocasiones, pero fuegos artificiales que no se sustentan en este guión, demasiado alejado del que hubiera necesitado el elevado objetivo que se marcan sus responsables.

jueves, julio 28, 2011

Espléndida 'Capitán América'

Espléndida, sencillamente espléndida. Capitán América. El primer vengador es, por dejarlo claro desde el principio, la mejor película de superhéroes de este 2011. Es una magnífica pieza de aventuras de época, situada en la Segunda Guerra Mundial. Tiene un protagonista carismático (y aquí hay sorpresa, pues en Chris Evans residían muchas de las dudas que despertaba este filme), un villano magnífico, unos personajes secundarios bien desarrollados y muy bien interpretados, un diseño de producción espectacular, un ritmo alto, un más que agradecido (y asombroso por venir de donde viene, del propio Hollywood) sentido de la autoparodia, un magnífico clímax y un estilo adecuado a lo que tiene que ser una gran película de cómic. Lo tiene todo. Y es, al mismo nivel del primer Iron Man, la mejor película que ha deparado este Universo Marvel de cine que desembocará el próximo año en la esperadísima Los Vengadores. Capitán América es una gozada en la que es difícil, francamente difícil, encontrar algún pero.

Cuando se anunció que Joe Johnston iba a dirigir Capitán América, saltaron las alarmas. Con sólo ocho títulos en más de 20 años de carrera como director, venía de firmar su peor película y uno de los peores inventos en años del cine americano, El hombre lobo, un desbarajuste en toda regla que, insisto, hacía temer lo peor. Pero había un precedente positivo al que agarrarse: Rocketeer. Tan denostada a veces como desconocida en general, aquella era una buena adaptación de cómic, sencilla y amena, entretenida. Y con el enemigo nazi de fondo. Puede parecer una tontería, pero sin esa película en su filmografía es posible que Capitán América hubiera sido diferente. Que el papel protagonista recayera en Chris Evans tampoco disparó las buenas expectativas. Había creado un un aceptable Johnny Storm, la Antorcha Humana, en las malas películas de Los 4 Fantásticos, pero el tono burlón de aquel está en las antípodas de lo que debía ser Steve Rogers, el Capitán América. Para sorpresa de muchos, son precisamente Johnston y Evans quienes se convierten en la base de una espléndida película.

Johnston acierta en todo lo que aparentemente depende de él. En el tono de la película, en los encuadres y en los movimientos de cámara, en el montaje, en la dirección de actores. Todo es lo que tiene que ser en un filme así. Todo encaja y funciona con una precisión admirable a lo largo de los 124 minutos de metraje, nada chirría, absolutamente nada, todo es tan clásico como debe de ser y tan moderno como lo requiere alguna que otra escena. Hay acción contemporánea, pero que aparece fluida y natural viéndose en el frente de la Segunda Guerra Mundial. Y Evans demuestra desde el primer momento que afronta un papel totalmente diferente al de la Antorcha Humana y hace suyo al Capitán América en todo el filme, desde las primeras escenas en las que se muestra como un enclenque Steve Rogers hasta las finales en las que el heroísmo del Capitán América se apodera de la pantalla con una sencillez envidiable. Y eso parece fácil sobre el papel, pero si adaptar un cómic ofrece a veces tan pobres resultados, o al menos tan previsibles o cuadriculados, será que no es tan sencillo como parece.

Si Johnston y Evans son la base, el envoltorio es de lujo. En todo. El diseño de producción es envidiable, tanto en las escenas del Nueva York de los años 40 como en las escenas de guerra, mezcla casi perfecta del toque clásico de la Segunda Guerra Mundial con las pinceladas futuristas que requiere una película de este tipo. El equilibrio en ese sentido es magnífico, nada desentona. Es un enorme acierto haber convertido Capitán América en una película de época, era lo necesario para contar el origen del héroe y el resultado no podría ser mejor, aderezado por la formidable música de un Alan Silvestri que disfruta y hace disfrutar. Y, por supuesto, es magnífico el encaje de esta película en el Universo Marvel cinematográfico, con claras referencias a las películas de Iron Man y Thor, y el siempre formidable cameo del creador de este mundo en el cómic, el gran Stan Lee, un cameo tan divertido como siempre. Hablando del Universo Marvel, si en todas las películas anteriores era imprescindible aguantar hasta el final de los títulos de crédito para ver la última escena de la película, en ésta es quizá todavía más importante, pues es la última antes de Los Vengadores, de Joss Whedon.

Qué decir del formidable reparto de la película. Tommy Lee Jones, Hugo Weaving, Stanley Tucci, Toby Jones... Todos contribuyen a elevar un peldaño el nivel de la cinta, porque todos ellos, en consonancia con Chris Evans, se creen sus papeles. Da igual que se presten al cliché, como el Coronel Chester Phillips de Tommy Lee Jones. O que ofrezcan grandes posibilidades de histrionismo, como el de Craneo Rojo (formidable diseño y maquillaje) de Hugo Weaving. Todo funciona, todo está controlado, todo aparece en su justa medida. Incluso la bien calibrada, aunque inevitable, historia de amor, que se inicia de forma inocente y casi desapercibida y que finaliza con emotividad. Hayley Atwell también encaja en esa cada vez más habitual figura de chica dulce y mujer dura que tiene que aparecer en el cine de acción contemporáneo. Para los fans del cómic, hay muchísimos detalles en los que fijarse, pero la inclusión de Dum Dum Dugan con el rostro de Neal McDonough es, seguramente, uno de los más interesantes, sin olvidar la presencia de Bucky Barnes como compañero de fatigas de Steve Rogers.

El nombre del personaje que da título a la película intimida, eso no se puede negar, y llevará a muchos a esperar el filme como si fuera un producto patriotero y propagandístico. Quienes esperen ver eso, se van a llevar una sorpresa tan grande como grata. No sólo no es un panfleto, sino que la película sabe reírse de sí misma y de la propia sociedad estadounidense, de su patriotismo desmedido, sin ridiculizar nada y sin tomarse más en serio de lo que debe. Capitán América encaja justo donde debe, todo lo que aparece en pantalla obedece a una necesidad argumental o visual, sin que la una entorpezca a la otra en ningún momento, ni siquiera con algún que otro plano forzado para la conversión de la película en 3D. Todo funciona, muchísimas cosas brillan, convirtiéndose en un gran homenaje al serial de los años 30 y a quienes trataron de rescatar su espíritu en las últimas décadas (y no sólo no es descabellado sino que se antoja obligatorio acordarse de las películas de Indiana Jones de Steven Spielberg y George Lucas, por ese tono de aventura desenfadada y prodigiosamente entretenida y por los nazis como enemigos del héroe).

Si tienes formidables piezas de acción, un respeto evidente por el original del cómic, un guión competente y actores profesionales, lo normal es que salga un producto tan entretenido como lo es Capitán América. Termina la proyección y la verdad es que no se me ocurre nada que me sobre, nada que me falte, ningún personaje que visualice con la cara de otro actor. Nada. Todo es genial, todo me ha hecho disfrutar como un niño pequeño, desde el misterioso prólogo hasta el emocionante final, desde las escenas de personajes (nada desdeñables) a las de acción (formidablemente bien ejecutadas), desde el toque musical al dramático. Una auténtica gozada, un modelo a seguir para futuras adaptaciones de cómic que se muevan en parámetros similares a los del Capitán América del cómic. ¿Quién dice que no se puede hacer buenas películas de superhéroes por caminos diferentes a los oscuros y prodigiosos designios de Christopher Nolan? Capitán América enseña el camino para otros héroes, porque no sólo de Batman y su oscuridad vive el cine de cómic. Y así da gusto.