viernes, octubre 28, 2016

'Doctor Strange', Marvel se reinventa para convencer como siempre

Hay quien dice, incluso voces tan autorizadas como las de Steven Spielberg, que el cine de superhéroes acabará perdiéndose en el olvido en algún momento. Pero viendo Doctor Strange, viendo cómo Marvel es capaz de reinventarse para convencer como siempre y con historias que en el fondo ya hemos visto, parece difícil que esa negra profecía se haga realidad. Doctor Strange es una buena película de origen, modélica en ocasiones y de manual siempre. Con sus errores, por supuesto, pero con una factura prácticamente intachable. Pero este maestro de las artes místicas no está tan lejos de aquel maestro de la ingeniería robótica que nos presentó Jon Favreau en 2008 en Iron Man con el rostro de Robert Downey Jr. No hace falta un análisis demasiado profundo para ver las analogías entre estos dos filmes, separados por ocho años y una docena de títulos enmarcados en el universo cinematográfico de Marvel.

La buena noticia que supone Doctor Strange sirve para resolver las dudas que podría haber generado la elección de un director especializado en el terror como Scott Derrickson, y que había destrozado la mítica Ultimátum a la Tierra en un horrendo remake. Derrickson, coautor también del guión no sólo rueda muy bien los efectos visuales con los que la película se adentra en este mundo de hechicería y misticismo, sino que además consigue explicarlo francamente bien para los no iniciados en este aspecto del universo Marvel de los cómics. Y no era nada fácil, porque el lado más mágico de este mundo era una invitación a divagar, con los diálogos y con las imágenes, y la película se contiene por ambos lados, convirtiéndose en un espléndido entretenimiento que tiene todas las papeletas para convencer a quienes busquen acción Marvel pero también a quienes necesiten, a estas alturas, de algo ligeramente diferente.

Sobra decir que la elección de Cumbarbatch para dar vida al protagonista es el acierto supremo de la película. El cameleónico actor sabe trasladar al personaje por todos los estados emocionales por los que pase a lo largo del filme, que son muchos más de los que los más críticos con este tipo de cine estarían dispuestos a admitir como posibles. Strange no es plano. No es rocoso. No es un héroe intocable. Y por eso funciona, porque tanto él como su mundo son piezas en movimiento, y eso se puede decir a todos los niveles, tanto para los personajes que le rodean (la doctora Christine Palmer de Rachel McAdams y el Mordo de Chiwetel Ejiofor son los dos ejemplos más notables), como del mismo entorno visual en el que acontece la historia, que parece ser deudor de Origen o de Matrix por diferentes razones pero que acaba teniendo una personalidad propia bastante notable, desde un arranque potente sin su protagonista hasta un clímax original y francamente comiquero.

Doctor Strange tiene puntos débiles, por supuesto. Una mala escena de presentación del personaje y un excesivo sentido del humor (no todos los héroes Marvel necesitan el mismo punto cómico, e incluso Derickson se carga algún momento con trazas de mítico precisamente por extralimitarse en este punto) pueden ser los más notables. Pero, al final, la sensación es tan positiva que eso queda como una molestia puntual. La película presenta un aspecto audiovisual notable en el que tiene una parte sustancial la espléndida música de Michael Giacchino (¿por fin Marvel dará continuidad al tono de sonoro de sus películas?) y unos efectos muy impresionantes a todos los niveles, también para dar forma a lo más esperado por los fans del cómic, y cumple con todo lo que cabe esperar de ella en las expectativas más ilusionantes. Por supuesto, eso incluye el imprescindible cameo de Stan Lee y dos escenas postcréditos que nos recuerdan que estamos ante una película con personalidad pero también ante una parte de un maravilloso universo cinematográfico compartido.

viernes, octubre 14, 2016

'Snowden', cine necesario

A Oliver Stone se le pueden reprochar muchas cosas, pero nunca que no haya sido un tipo atrevido. Incluso ahora que parece mostrar una mesura que no siempre ha tenido, la elección de los temas de sus cintas es siempre llamativa e interesante. Su cine, por muy criticable que pueda llegar a ser, es necesario. Snowden es necesaria. Puede que si saliéramos a la calle y preguntáramos qué hizo exactamente Ed Snowden para convertirse en una celebridad, mucha gente no sabría responder con precisión. Snowden, la película, da respuestas precisas y accesibles, herramientas para un debate que se vive dentro y fuera de la película. Lo hace, por supuesto, bajo el marco de una estructura previsible, en la que se sabe cómo va a comenzar y finalizar la película, en la que incluso se pierde alguna oportunidad que un Oliver Stone hace algunos años no habría dejado escapar, pero el resultado final es tan sólido como entretenido.

La clave está en que hay un buen equilibrio entre las dos mitades del filme, las dos comandadas por un soberbio Joseph Gordon-Levitt, que demuestra una vez más que no sólo es un espléndido actor sino que tiene un dominio de la voz y de los acentos que justifica por sí solo la necesidad de ver la película en versión original. Por un lado, la entrevista, la confesión de Snowden a un reducido grupo de periodistas y las maquinaciones sobre cómo hacer públicos los secretos de la administración norteamericana que ha robado. Por otro, el periplo del propio Snowden, como pasa de ser militar a un genio informático para diversas organizaciones gubernamentales. Lo primero tiene momentos de pura fascinación, quizá los mejores de la película. Lo segundo, la evolución del personaje y el debate entre libertad y seguridad que viene protagonizando la agenda política mundial desde el 11-S. Y ambas se conjuntan bien. Por peso y por narrativa.

Es evidente que hay un componente heroico y glorificador en la forma en la que Stone retrata a Snowden, uno que se ve sobre todo en el epílogo de la película, pero no es algo incisivo ni tergiversado. Stone muestra a un hombre con dudas. Muy humano en ese sentido, y por eso no chirría en absoluto que los tecnicismos informáticos se vayan entremezclando con su vida personal, con la presencia de Shailene Woodley, una actriz que comienza aquí a recuperar algo del terreno perdido con su trabajo en la serie Divergente. Tan humano que la relación que este Snowden entabla con cada personaje es fundamental para entender todo el cuadro. La camaradería con algún compañero de agencia, la confianza absoluta en el trío de periodistas que forman con un empaque tremendo Melissa Leo, Zachary Quinto y Tom Wilkinson, y sobre todo la brutal contraposición ideológica con el personaje de Rhys Ifans que se plasma en una enorme pantalla en una memorable secuencia, quizá la mejor de la película, metáfora absoluta de la vigilancia que se denuncia.

Más allá de su estupendo reparto y de su más que correcta construcción siguiendo el manual del biopic, Snowden destaca porque sabe cómo hacer accesible un tema que ni siquiera los medios de comunicación han sabido tratar adecuadamente. El riesgo de perder al espectador en tecnicismos, nombres y agencias siempre está ahí, pero Stone, coautor también del guión y experto en el tema tras haber conocido también al propio Snowden en persona, lo sortea con habilidad. Tiene ya muchos años de cine controvertido a sus espaldas como para no saber que en el debate ideológico es imprescindible no aturullar al espectador. Por eso su cine, mejor o peor, sigue siendo necesario. Por eso personajes como Snowden y temas como la libertad y la vigilancia gubernamental siempre van a ser la base de películas que, al menos, ofrezcan algo interesante al espectador. Esta, desde luego, lo hace, y lo consigue en un formato igualmente entretenido que incluso aguanta bastante bien una duración de más de dos horas.

'Inferno', suele suceder

"Suele suceder". De esta manera tan gráfica define uno de los protagonistas de Inferno el mayor giro argumental que hay en la película, tercera en la serie de adaptaciones de las novelas de Dan Brown (Sony se ha saltado el tercero de los libros, El símbolo perdido, en favor del cuarto) tras El código Da Vinci y Ángeles y Demonios. Y es verdad. Suele suceder. Casi todo lo que sucede en Inferno suele suceder porque, obviamente, estamos ante un producto predecible. Abandonando el tono de thriller palaciego (vaticano, en realidad) que tenía Ángeles y demonios, Inferno apuesta decididamente por repetir la apuesta de El código Da Vinci, con material a medio camino entre el arte y la religión, con una tenue preocupación social contemporánea como telón de fondo y una fórmula cuyos signos de agotamiento se ven claramente en el rostro de un Tom Hanks que ya parecía algo mayor para interpretar a Robert Langdon hace diez años y que ahora siente con creces el paso del tiempo.

Y el caso es que Inferno no va a defraudar a quien haya disfrutado de las dos anteriores películas, sobre todo la primera, porque sus parámetros son idénticos. Un misterio por resolver, pistas casi de colegial desperdigadas en los sitios más insospechados, un uso absolutamente inverosímil de escenarios y piezas de arte que de ninguna manera podrían ser tan accesibles (de comedia involuntaria se puede tachar la escena de la máscara de Dante vista a través de las cámaras de vigilancia) y una colección de lugares extraordinarios para rodar, potenciados con bellísimos planos aéreos. Y sobre todo, mucha ingenuidad por parte del espectador. Esa es la única manera de aceptar el juego. Ron Howard, que a pesar de estas concesiones a la industria es un tipo hábil, lo sabe, y por eso apuesta por un efectismo visual inicial que permita entrar en la historia de otra manera, con un golpe de efecto para abrir el relato y muchas imágenes a medio camino entre el sueño y la alucinación.

De esta manera se marcan las distancias con lo anterior. Si antes Langdon era quien llevaba la voz cantante, ahora es el impedimento para que todas las piezas cuadren desde el principio. Una conveniente amnesia quiere ocultar pistas y elementos, pero en realidad todo es bastante obvio. O casi todo, porque a la película se le llega a olvidar un personaje al que no da una resolución e incluso se sumerge en las habituales lagunas que exigen esa complicidad forzosa del espectador. Ese rasgo de originalidad con respecto a la estructura del primer libro y la introducción del personaje de Felicity Jones (en realidad, nada demasiado alejado inicialmente del que interpretó Audrey Tautou en El código Da Vinci) y el alto ritmo que tiene la película es lo que hace que sus 127 minutos se vean con cierto agrado. Sin pasión, sin pensar demasiado, pero con cierto agrado. La fórmula funciona si no se le dan demasiadas vueltas.

Si se le dan, no obstante, tenemos un problema porque estamos ante el clásico castillo de naipes, sustentado con mucho esfuerzo y vulnerable a cualquier soplo. Eso, en realidad, es algo que se sabe de antemano. Es lo que se pide al otro lado de la pantalla, fe en que Langdon y Hanks nos van a conducir por una aventura correcta. Pero el caso es que el actor no tiene ya tanto interés en el personaje como quizá debiera. Y por eso siempre parece más metida en la película Jones, o incluso un Ben Foster que casi parece desaprovechado, porque es quien conduce a los derroteros que resultan más interesantes con sus lecciones sobre el ominoso futuro de la humanidad y sus radicales ideas para impedir su destrucción. Pero eso no es lo que le interesa a los responsables de Inferno. Es, como sus maravillosos escenarios reales, una excusa para montar una historia, en realidad un juego de traiciones y lealtades cambiantes, de carreras y de salvamentos en el último segundo. Nada nuevo. Y sí, suele suceder así.

'Ozzy', la película no importa

Justo antes de que comience el pase de Ozzy, se nos advierte que el Alberto Rodríguez que dirige este filme de animación no es el Alberto Rodríguez de La isla mínima. Más allá de que fuera algo que ya quedaba claro por temática y técnica de la cinta, queda meridianamente claro al ir viendo este desastre perruno, un asombroso intento de llevar el género carcelario al cine de animales simpáticos y parlantes. La premisa, ya alocada hasta un grado extremo, se va viendo desinflada por varios motivos. El esencial, al menos para quien esto suscribe, es de concepto. Plantear una película como vehículo de product placement de artículos para perros o para unos cameos de personajes que bien pueden generar división entre los adultos que pasen por esta experiencia o que bien son personajes de Atresmedia, productora del filme, es algo que me genera pocas simpatías. Dará dinero y publicidad, sin duda, pero hace que la película sea lo de menos. Pero es que esa es la realidad. La película no importa demasiado.

Esa es la conclusión a la que se va llegando, tristemente, con el paso de unos 90 minutos que se hacen eternos. El problema no está en lo alocado de la historia (¿en serio el villano esclaviza perros en una prisión clandestina que disfraza de balneario de lujo... para fabricar frisbees?), porque si los autores creen en ella y van a muerte hasta el final, incluso desde la incomprensión se les puede defender. El problema es que la película es pobre en lo cinematográfico y en lo técnico. La animación que tiene es, por momentos, asombrosamente deficiente. No ya por la factura previa, que parece mucho más televisiva que cinematográfica, dicho esto con el sentido peyorativo más evidente que se pueda entender, sino porque se contenta con movimientos falseados, con escenas de masas sin movimiento alguno, con animaciones que parecen sacadas de un videojuego de hace unos cuantos años, y porque todo va decayendo desde la secuencia del prólogo, la única que parece funcionar en este sentido.

Pero como por el camino vamos a escuchar al omnipresente y ya más que quemado Dani Rovira, al ya habitual José Mota o los cameos de personajes como Fernando Tejero, Manolo Lama, Maldini o Matias Prats, eso debe de ser suficiente para contentarnos. Pero en realidad eso sólo sirve para darnos cuenta de que hay un esfuerzo mayor en esta parte de la promoción, la de los dobladores e invitados, que en la de crear una historia decente y bien hecha. Y a saber si eso es cosa del presupuesto, de los medios, de que se trata de una coproducción o de que ha habido muchas prisas para estrenar la película antes de que acabe el año y así optar a una nominación a los Goya, que es bastante probable que le caiga por la escasa producción animada que se hace en nuestro país. Pero el resultado final es tan imposible de sostener en algunos momentos que la causa da igual. El estreno en cines de Ozzy es bastante difícil de defender, y la muestra más evidente es la escena que se produce en el velódromo, con una animación escasísima y que se carga todas las pretensiones que pudiera tener en el guión.

Ozzy podrá contentar a los más pequeños, a los niños a los que simplemente le haga gracia ver el contraste entre perros de diferente tamaño perpetrando trastadas de todos los colores. Pero eso es una cortina de humo facilona, porque Ozzy no ofrece nada más. Bueno, se pasa hora y media ofreciendo cosas, pero ninguna que merezca realmente la pena. Salvando el prólogo, que debió de gustar tanto a sus responsables que, como es un flashback, después se repite íntegramente cuando llega el momento, el resto causa asombro pero por su pobreza, por su falta de imaginación y por recurrir a las maneras más pobres para salir del paso. Escuchar a los dobladores ladrando en lugar de recurrir a bancos de datos de ladridos es la gota que colma el vaso para que Ozzy acabe siendo una muy mala experiencia. La película, efectivamente, no importa, porque podemos venderla con los coloridos diseños y con la promoción de Rovira y compañía. Así no.

viernes, septiembre 30, 2016

'Sing Street', otra gran fusión de cine, música y vida

Si al finalizar una proyección, incluso sabiendo lo que uno va a ver, se termina con la sensación de haber sido entretenido e incluso sorprendido, pocas pegas se le pueden poner a una película. Sing Street, el nuevo filme de John Carney responde perfectamente a esas expectativas con un relato sencillo, amable y musical, pero sobre todo honesto, en el que, sin tirar abiertamente de la autobiografía como lo había hecho en Once, antes de la deliciosa Begin Again, Carney conecta con el espectador con la misma facilidad. No es la nostalgia, no es la música, no es el siempre eficaz escenario anglosajón económicamente deprimido con el que directores como Ken Loach han hecho maravillas. Es todo es, porque todo funciona a la perfección, y a la vez es su mezcla, la que invita a reír, llorar y emocionarse como si todos hubiéramos estado alguna vez en la piel de Conor, el joven protagonista al que da vida Ferdia Walsh-Peelo.

Con ese reparto integrado esencialmente por chavales desconocidos pero tremendamente simpáticos y en el que la cara más conocida es la de Aidan Gilen, al que muchos relacionarán directamente con Juego de tronos, Sing Street no deja de tener el envoltorio cotidiano de la comedia romántica, aunque su combinación con una historia de adolescencia y el brutal componente musical hacen que nada deje esa sensación de déjà vu que tanto daño le podría haber hecho a la película. Nunca se llega a anticipar lo que va a suceder, y aunque lo importante de Sing Street no es necesariamente su final, poético y magnifico, probablemente un no buscado homenaje en sí mismo a varios títulos destacados del cine de los 80 y 90, Carney nos prepara de una manera admirable para cualquier desenlace. Esa es una de las claves por las que la cinta funciona tan bien, porque escapa de lo previsible y se asoma a lo cotidiano, lo cercano, lo que cualquier puede identificar como propio.

La clave, en todo caso, está en la mezcla entre la historia, la música y la nostalgia. La historia, correcta, en muchos casos brillante, permite el lucimiento del relato y del propio Carney a la hora de escribir los diálogos, divertidos y dramáticos cuando la película lo pide. La música es, en sí misma, un delicioso homenaje a los años 80, con temas de A-ha, Duran Duran o The Cure, y es lo que permite que la película vaya teniendo una estética visual cambiante, según cada grupo va influenciando a la joven banda cuyas andanzas sigue el filme. Y la nostalgia que ofrece la película, a diferencia de lo que muchas veces, no se limita al guiño, no es sólo mostrar algo de los años 80 y esperar que el espectador haga la conexión, sino que Carney hace que cada elemento nostálgico tenga una importancia en la historia, cerrando así un círculo que los actores y propio director interpretan a la perfección. El mejor ejemplo, la forma en la que Carney nos presenta a la encantadora Lucy Boynton, la chica del clásico momento de chico conoce a chica que impulsa la película.

Y así, Sing Street consolida a Carney como un tipo capaz de emocionar con historias en realidad muy diversas pero que tiene una base muy parecida: experiencias fácilmente asimilables por la propia vida del espectador, el amor y la música. Se agradece el cambio de escenario con respecto a Begin Again y mucho más teniendo en cuenta el salto a los años 80 y a una zona deprimida, lo que añade incluso un toque más de apego a la historia, personal para el director irlandés, que así vuelve al escenario de Once, y emocional para quien vea la película con los ojos que requiere, los de cualquiera que sienta pasión por cualquiera de esos tres elementos clave de la historia: el amor, la música y la vida. Parece difícil resistirse al menos a alguno de los tres. Si son todos ellos los que convencen, no hay ni que decir que la experiencia que propone Sing Street es simplemente maravillosa, de esas que quizá pasen algo desapercibidas por su aparente modestia pero que en realidad se gana un sitio en la memoria de una manera tan honesta que merece cuantos más aplausos mejor.

viernes, septiembre 02, 2016

'Ben-Hur', osadía baldía

La imparable oleada de remakes tiene un punto de valentía que no siempre recibe el reconocimiento que probablemente merece. No estamos hablando de méritos cinematográficos, al menos en la mayor parte de los casos, pero sí hay que ser muy osado para ponerse al frente de una película cuyo titulo va a evocar tantas cosas generalmente positivas a millones de espectadores en todo el mundo. Osado o inconsciente, pero el atrevimiento es un hecho. Ben-Hur, la mítica cinta dirigida por William Wyler y protagonizada por Charlton Heston, es un ejemplo perfecto. La película por excelencia de la historia de los Oscar, la de romanos perfecta, la película que todas las semanas santas vemos en televisión. Esa es la que retoma Timur Bekmambetov. ¿Pero de qué sirve la osadía de afrontar un remake de Ben-Hur si se va a coronar con semejante cobardía argumental? ¿Cómo es posible que lo que quiere ser un retrato realista de la novela de Lewis Wallace acabe convertido en su final en algo tan inane e intrascendente? Es una osadía baldía, y duele siendo Ben-Hur.

No es el único problema de la cinta, ya mal planteada desde su título en pantalla con ese Ben-Hur (2016), y eso es lo malo, pero hay que reconocer que su visionado no se hace pesado ni lastimoso. Es, simplemente, que hay algo a lo que no va a alcanzar por mucho que lo sueñe. Es evidente que este Ben-Hur va a estar por debajo de la cinta de Wyler, que a su vez era un remake de la que hizo Fred Niblo en 1926. Y es que el cine de romanos de antes era el cine de romanos sin más, y casi todo intento moderno de actualizar el género, excepción hecha de la magnifica Gladiator, ha tropezado con la misma piedra, la falta de carisma. No hay ni que decir que Charlton Heston y Stephen Boyd son y van a ser para siempre Ben-Hur y Messala. Jack Huston y Toby Kebell no consiguen acercarse a ellos, por mucho que este remozado Ben-Hur ceda buena parte de su protagonismo a Messala para que esto casi parezca un Batman v Superman en Jerusalen que, curiosamente, acaba con una blandenguería análoga a la que Zack Snyder coronó el enfrentamiento entre los dos superhéroes de DC.

Y eso que hay que reconocer que Bekmanbetov, a pesar de que los primeros compases de la película invitan a pensar en la peor, contiene sus ansias de rodar una película de romanos como si fuera la una tergiversación tan triste como la de Abraham Lincoln. Cazador de vampiros. De hecho, incluso se agradece que no haya intentado fotocopiar el Ben-Hur que ya conocemos, que contenga la acción de la batalla en las galeras al punto de vista de ese encierro de los esclavos o incluso que convierta la carrera de cuadrigas en el clímax de la película. Faltan cosas que el aficionado más clásico echará en falta y que ayudan a construir el personaje de Judá Ben-Hur, aquí más desdibujado que nunca, pero al menos busca contar la historia de una manera diferente. Ahora bien, eso no carta blanca para deslucir a personajes que muchos espectadores ya conocen. Y eso es lo que le pasa a Ben-Hur. A Messala se le sobreactúa, a Judá se le ningunea. Y la inclusión de Jesucristo distrae demasiado sin aportar realmente gran cosa.

Así que al final lo que queda es un curioso batiburrillo en el que lo que destaca, como cabía esperar, es la carrera de cuadrigas. Ahí, incluso aunque hay algún exceso visual que Bekmambetov bien se podría haber ahorrado, sí se logra la emoción que se busca en la película, aunque llegue tras la aparición en la película de un Morgan Freeman que parece más aburrido y desubicado que nunca. La carrera sí convence, pero quizá llega demasiado tarde como para que la película remonte y, por desgracia, queda minimizada por el epílogo de la película, a todas luces incomprensible teniendo en cuenta el tono y las motivaciones que estaba adoptando la película hasta ese momento. El simple hecho de que sea Ben-Hur ya hará que mucha gente vea la película. Y quizá quienes no hayan visto la de Wyler y Heston (haceos un favor, y ponedla, por muy larga que os parezca a priori para aprender cómo se hacía cine de verdad) le den un aprobado. Podría haberlo alcanzado de no mediar esa cobardía final, pero esa forma de resolver un enfrentamiento planteado en términos tan duros no tiene ningún sentido y desequilibra el conjunto. Una pena.

viernes, agosto 26, 2016

'Café Society', el conformismo, carcelero de la libertad


Por Sonia Rodríguez Fernández.

Con Café Society, Woody Allen vuelve a su amada Nueva York después de rodar lejos de él en sus últimas películas, Irrational ManBlue Yasmine o Magia a la luz de la luna. Escogiendo cómo telón de fondo los años 30, años dorados del cine hollywoodiense, Allen nos muestra el conformismo como carcelero de la libertad, el glamour y la elegancia en la que se envolvían, pero también el cinismo, hipocresía y apariencias a las que se veían envueltos los participantes de este entorno tan superficial y lo atractivo que resulta para los aspirantes a ese sueño americano que ofrecen las películas. Comparando en multitud de momentos los dos lugares emblemáticos por excelencia de Estados Unidos, Hollywood y Nueva York, mostrando la luminosidad e hipnotismo que produce una, contra la sordidez y el misterio de la otra.

En este caso se nos presenta un joven neoyorquino llamado Bobby, que no ha salido de su barrio para nada, interpretado por un Jesse Eisenberg muy cómodo en el papel, que se presenta en un ostentoso Hollywood con la esperanza de cumplir ese sueño americano de casa y piscina, y para ello pide ayuda a un magnate de la industria cinematográfica, su tío Phil (Steve Carell), que le echa una mano, eso sí, sin mucho entusiasmo. Para ello se sirve de su joven secretaria Vonnie (Kristen Stewart), que se encargará de mostrar a Bobby los recovecos más terrenales dentro de esa burbuja de glamour en la que viven, enamorando por sus ideales sin remedio al joven, que tendrá que luchar e insistir con tesón, pues Vonnie mantiene una relación con un hombre mayor.

Lo mejor de la película son la fotografía de la mano de Vittorio Storaro, tan variopinta y con la tan distinta luminosidad que se hace de las dos ciudades, así como esa música de jazz característica de las películas de Woody Allen, que consigue transportarte a otra época. Destaca también el papel, aunque breve, de Blake Lively, preciosa como siempre y atrapando con su increíble sonrisa. Sorpresa también Kristen Stewart, mejorando notablemente su actuación respecto a sus últimos papeles y que nos deja entrever la actriz que puede llegar a ser. Respecto al argumento, sobresale una elegante y divertida manera de tratar la pomposidad de la época, la impunidad hasta llegar al descaro de los grupos mafiosos y el mencionado conformismo, ese que no deja vivir de verdad al que se instala en él.

En definitiva, una amable y cómica propuesta, con muchos chascarrillos sobre las peculiaridades de los judíos, que aunque no hace reír a carcajadas, sí muestra a un Woody Allen en estado puro: criticando lo que le da de comer, tratando temas realmente trascendentes, sin importarle las consecuencias, hablando de unos sentimientos y unos temas muy complejos como son la superficialidad de la sociedad, de antes y de ahora pues el paralelismo es evidente, de la religión incluso, de manera magistral y muy elegante. Todo ello con una guinda final en la que Allen parece haberse instalado: un final amargo, que conmueve en lo esencial, y que deja al espectador con una sensación de ¿y ahora qué? Queda demostrado, que si la salud lo permite, queda Woody Allen para rato.

viernes, agosto 19, 2016

'Star Trek. Más allá', la imagen apabulla al contenido

Se diga lo que se diga, y por mucha normalidad que se aparente vivir, el cambio del capitán siempre provoca turbulencias. J. J. Abrams actualizó Star Trek de una manera valiente, starwarsizándola, y el experimento no salió nada mal. Cambiaba algo de la esencia, desde luego, pero ofreció dos películas tremendamente entretenidas y con historias que contar. En Más allá, tercera cinta del reboot de título indefinido por completo y en realidad sin mucho sentido, se da un paso atrás claro. De la mano de Justin Lin y con un guión escrito a toda prisa por Simon Pegg y Doug Jung, la imagen se ha comido a la historia, no hay contenido real, no pasa nada realmente trascendente en la película para ningún miembro de la tripulación del Enterprise, y aún con las solventes gotas de entretenimiento que sigue dejando la serie estamos sin duda ante la más floja de las tres entregas moderna, una en la que no hay tema de fondo, aunque parece que se intenta que lo haya, y donde hay poca emoción.

El primer gran problema que tiene Más allá es justo ese, que no se sabe muy bien qué se está contando, qué historia es la que quiere transmitir, más allá de un tópico enfrentamiento con un malo misterioso que está ya mil veces visto. Eso funciona bien, pero el orden de los factores en esta ocasión sí altera el producto. No funciona que la gran escena climática (por lo que implica para cualquier trekkie de pro) esté en el primer tercio del filme, desde luego no genera ni por asomo el mismo impacto emocional que cuando vimos algo parecido en las películas originales, y desde luego falla que la motivación del villano quede completamente oculta prácticamente hasta el final de la historia. La desconexión que hay por tanto entre héroes y villanos es total. Y las explicaciones que tendrían que tener muchísimos elementos de la película brillan por su ausencia de una manera clamorosa, dejando en mal lugar al guión.

Y el caso es que la incorporación de Simon Pegg a esas labores de escritura, sumado a lo que se había visto en los trailers, anunciaba una deriva aún más cómica de la serie. Ahí está la sorpresa de Más allá, que no arranca así, incluso prescinde de chistes en la primera hora de la cinta. No falla por donde se podía anticipar, sino por otras cuestiones. Y es que esos intentos de dar un poso, un peso y una profundidad al relato de Kirk, Spock y compañía palidecen porque no hay continuidad y porque no hay un malo a la altura. El añadido de Idris Elba bajo toneladas de maquillaje es más testimonial que otra cosa, como también el añadido de dos personajes femeninos que, hay que reconocerlo, están por estar y porque lucen bien en sus imaginativas revisiones para que encajen en Star Trek. De hecho, y aunque a Lin le obsesiona girar su cámara en un movimiento repetitivo y sin mucho sentido, lo visual funciona bien, si eliminamos secuencias un tanto absurdas como aquella en la que Chris Pine se pone a los mandos de una moto.

Pero, claro, hay un problema evidente y es esa mencionada falta de emoción. Esa sensación sólo se alcanza cuando hay referencias a la tripulación original del Enterprise, la que encabezaban William Shatner y Leonard Nimoy. Chris Pine, Zachary Quinto, el propio Pegg o Zoe Soldana (aquí, más florero y damisela en apuros que nunca por desgracia) han asumido muy bien sus roles, pero la película no les da mucho material con el que jugar. Carreras, saltos, teorías científicas delas que todos parecen saber sin tener en cuenta que Scotty es ingeniero y Uhura se dedica a las telecomunicaciones, porque todos parecen saber de todo, y mucha acción en gravedad cero, que al final parece la excusa que se ha dado el equipo para rodar Star Trek. Más allá. Y el caso es que entretiene, es una película simpática que saca sonridad de vez en cuando (la relación entre el Spock de Quinto y el Bones de Kalr Urban, lo mejor de largo), pero sabe a poco después de Star Trek y Star Trek. En la oscuridad.

viernes, agosto 12, 2016

'Cazafantasmas', buen remake pero montado a machetazos

Últimamente, el negocio del cine se está poniendo un poco imposible. Sabemos demasiado de las películas antes de verlas y nos hemos tragado ingentes y nada fundamentadas polémicas que nos obligan a posicionarnos. Con Cazafantasmas ha sucedido algo así, hasta el punto de que es difícil saber si lo que hemos visto es la película que realmente quería hacer Paul Feig, la que Sony ha querido rehacer por si acaso, una mezcla de ambas o ninguna de las tres. Polémicas, desde luego, las justas. Esta Cazafantasmas no es sólo una película legítima, sino que como remake funciona bien. Lo que se ha rehecho, tiene fundamento. ¿El problema? Sobre todo, en esas dudas. ¿Qué hemos visto? ¿Por qué se nota tanto que faltan cosas, que otras se han añadido a última hora? La película parece cortada a machetazos, cosida entre la osadía del equipo y el miedo del marketing, y eso no sirve para enamorar ni a los fans de los Cazafantasmas originales ni tampoco a los de Feig o el cuarteto femenino protagonista.

Esto se ve de una manera tan clara que incluso los títulos de crédito finales, antes de una escena postcréditos que en realidad ahonda en la indefinición del proyecto, se forman fundamentalmente con una escena eliminada. Lo que tendría que ir al DVD, aquí se integra, a pesar de que se ha considerado que no funcionaba en el montaje de la película. Como poco, extraño. A Cazafantasmas, en todo caso, le pesa no tener clara una historia que enganche. Da la impresión de que la idea era soltar a Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Kate McKinnon (que acaba siendo la mejor, la más divertida y con el personaje mejor definido), Leslie Jones y Chris Hemworth (elogiablemente delirante) y combinar sus improvisaciones con algún que otro chiste escrito previamente, unos efectos visuales que funcionan admirablemente bien y el habitual compendio de referencias y cameos que satisfagan al aficionado de los Cazafantasmas ochenteros. Y el cóctel a ratos funciona bien, es una película muy entretenida, pero se le ven las costuras a lo lejos.

Y el caso es que da rabia que sea así, porque se pierde una ocasión de haber hecho algo completamente diferente y a la vez deudor del espíritu original. Da la impresión de que Sony se ha dejado llevar por la polémica y ha querido reducir el riesgo al mínimo, pero por esta vía lo que ha sucedido es que ha quedado un guión más endeble de lo que prometía, y con unos personajes que se quedan en lo tópico y a medio camino a pesar de que la película llega a las dos horas. Quizá sea una forma demasiado dura de verlo, ya que en realidad no es un mal entretenimiento, pero el mal endémico del blockbuster hollywoodiendse exige que se siga lamentando el freno que se autoimponen directivos y creadores. No es que la película no acierte, porque hay muchos momentos en los que es obvio que lo hace, indicando que Feig y compañía conocían el camino para lograr que la gente se acostumbrara a una nueva generación de Cazafantasmas, y encima cambiando el género.

El resultado, en resumen, es bastante desigual. Al final, pueden más las luces que el carisma. Lo improvisado y lo cómico quedan algo apagados ante decisiones conscientes que se ven claramente equivocadas, que afectan sobre todo al segundo acto, y lo prometido no termina de ofrecerse del todo. Lo cierto es que acaba siendo una de esas películas de complicado juicio, porque hay un poco de todo para salir contento, pero se está lejos del entusiasmo. Hay fantasmas, muchos, hay escenas rehechas de la película original (la primera, sin ir más lejos), que convencen y mucho, hay bromas muy divertidas, hay muchos efectos visuales, e incluso los cameos más insustanciales (¿se puede considerar cameo el desaprovechado papel de Charles Dance?) acaban dejando una leve sonrisa en el rostro del espectador. Pero hemos perdido tanto tiempo hablando de tonterías que al final estas Cazafantasmas han quedado en un segundo plano. Y al menos merecen pasar un rato con ellas.

'Cazafantasmas', buen remake pero montado a machetazos

Últimamente, el negocio del cine se está poniendo un poco imposible. Sabemos demasiado de las películas antes de verlas y nos hemos tragado ingentes y nada fundamentadas polémicas que nos obligan a posicionarnos. Con Cazafantasmas ha sucedido algo así, hasta el punto de que es difícil saber si lo que hemos visto es la película que realmente quería hacer Paul Feig, la que Sony ha querido rehacer por si acaso, una mezcla de ambas o ninguna de las tres. Polémicas, desde luego, las justas. Esta Cazafantasmas no es sólo una película legítima, sino que como remake funciona bien. Lo que se ha rehecho, tiene fundamento. ¿El problema? Sobre todo, en esas dudas. ¿Qué hemos visto? ¿Por qué se nota tanto que faltan cosas, que otras se han añadido a última hora? La película parece cortada a machetazos, cosida entre la osadía del equipo y el miedo del marketing, y eso no sirve para enamorar ni a los fans de los Cazafantasmas originales ni tampoco a los de Feig o el cuarteto femenino protagonista.

Esto se ve de una manera tan clara que incluso los títulos de crédito finales, antes de una escena postcréditos que en realidad ahonda en la indefinición del proyecto, se forman fundamentalmente con una escena eliminada. Lo que tendría que ir al DVD, aquí se integra, a pesar de que se ha considerado que no funcionaba en el montaje de la película. Como poco, extraño. A Cazafantasmas, en todo caso, le pesa no tener clara una historia que enganche. Da la impresión de que la idea era soltar a Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Kate McKinnon (que acaba siendo la mejor, la más divertida y con el personaje mejor definido), Leslie Jones y Chris Hemworth (elogiablemente delirante) y combinar sus improvisaciones con algún que otro chiste escrito previamente, unos efectos visuales que funcionan admirablemente bien y el habitual compendio de referencias y cameos que satisfagan al aficionado de los Cazafantasmas ochenteros. Y el cóctel a ratos funciona bien, es una película muy entretenida, pero se le ven las costuras a lo lejos.

Y el caso es que da rabia que sea así, porque se pierde una ocasión de haber hecho algo completamente diferente y a la vez deudor del espíritu original. Da la impresión de que Sony se ha dejado llevar por la polémica y ha querido reducir el riesgo al mínimo, pero por esta vía lo que ha sucedido es que ha quedado un guión más endeble de lo que prometía, y con unos personajes que se quedan en lo tópico y a medio camino a pesar de que la película llega a las dos horas. Quizá sea una forma demasiado dura de verlo, ya que en realidad no es un mal entretenimiento, pero el mal endémico del blockbuster hollywoodiendse exige que se siga lamentando el freno que se autoimponen directivos y creadores. No es que la película no acierte, porque hay muchos momentos en los que es obvio que lo hace, indicando que Feig y compañía conocían el camino para lograr que la gente se acostumbrara a una nueva generación de Cazafantasmas, y encima cambiando el género.

El resultado, en resumen, es bastante desigual. Al final, pueden más las luces que el carisma. Lo improvisado y lo cómico quedan algo apagados ante decisiones conscientes que se ven claramente equivocadas, que afectan sobre todo al segundo acto, y lo prometido no termina de ofrecerse del todo. Lo cierto es que acaba siendo una de esas películas de complicado juicio, porque hay un poco de todo para salir contento, pero se está lejos del entusiasmo. Hay fantasmas, muchos, hay escenas rehechas de la película original (la primera, sin ir más lejos), que convencen y mucho, hay bromas muy divertidas, hay muchos efectos visuales, e incluso los cameos más insustanciales (¿se puede considerar cameo el desaprovechado papel de Charles Dance?) acaban dejando una leve sonrisa en el rostro del espectador. Pero hemos perdido tanto tiempo hablando de tonterías que al final estas Cazafantasmas han quedado en un segundo plano. Y al menos merecen pasar un rato con ellas.

viernes, agosto 05, 2016

'Escuadrón Suicida', DC sigue sin encontrar su lugar

Por Sonia Rodríguez Fernández.

Lejos de ser una película de superhéroes cómo las que venimos viendo de un tiempo a esta parte, y más del estilo de Deadpool por su peculiar humor y personajes, Escuadrón Suicida, la nueva película procedente del universo DC y dirigida por David Ayer (director de otros filmes como Corazones de Acero y guionista de Training Day), se queda a las puertas de nuevo, como ya ocurrió con Batman v Superman, del sí pero no a la hora de convencer, tanto en personajes como en trama argumental. Aunque ágil y entretenida, comete el fallo de centrarse más profundamente en unos personajes más que en otros, no ser muy fiel a la historia, y utilizar un malo más malo todavía que los protagonistas que convierte la película más en una trama de ciencia ficción que en una historia propia de los cómics de DC.

Escuadrón Suicida cuenta con un elenco de lujo: Margot Robbie (El lobo de Wall Street, Tarzán), en el papel de Harley Quinn, Will Smith (Ali) como Deadshot, la modelo Cara Delevigne (Ciudades de papel) como Encantadora, Jai Courtney (Terminator Génesis) cómo Capitán Boomerang, Adewale Akinnuoye-Agbaje (Thor. El mundo oscuro) irreconocible como Killer Croc, Karen Fukuhara como Katana y dirigiéndoles a todos ellos para evitar el desmadre, el teniente Flag encarnado por Joel Kinnaman (Robocop). En torno a este alocado grupo se erige la Agente Amanda Waller (Viola Davis), propulsora del proyecto que pone en la calle a este particular grupo. Destacan también las apariciones de, por un lado, el singular Jared Leto (Dallas Buyers Club) cómo el excéntrico Joker, y por supuesto del justiciero de Gotham City, Batman, papel que ya ha hecho suyo Ben Affleck desde su aparición en Batman v Superman.

¿Y qué hay de bueno en esta ambiciosa producción? El ritmo, que es dinámico y hace entretenida la película. La música, con temas de ahora y de siempre, como se suele decir, aportando mucho a la trama, como ya se hizo con los Guardianes de la Galaxia, con temas cómo Without Me de Eminem o Know Better de Kevin Gates. Una conseguidísima Harley Quinn, demostrando que Margot Robbie se adapta a lo que echen, y un Batman, que, a pesar de su breve aparición, deja claro que, aunque fue muy criticada, la elección de Ben Affleck fue todo un acierto. Gran parte de la trama cumple con su cometido, mostrarnos el trasfondo de la historia: que ni los malos son tan malos, ni los buenos son tan buenos, y, que definitivamente, la unión hace la fuerza.
  

¿Y lo malo? Desgraciadamente más que lo bueno... Un Capitán Boomerang totalmente irrelevante para la trama, rayando lo absurdo, una Encantadora sobreactuada e insípida, un favoritismo por algunos integrantes del Escuadrón, a saber Smith y Robbie, y lo más impactante: El Joker. Meses nos llevan pintando un Joker sádico y terrorífico que no se ha quedado más que en agua de borrajas. Primero, por la caracterización absurda a caballo entre un mafioso y un matón tatuado; segundo por perder la esencia del Joker como personaje; y tercero, por la vuelta de tortilla a toda la historia entre él y Harley Quinn (cierto es que la química conseguida entre ambos es muy buena) que hace plantearse si los guionistas se han leído los cómics que intentan plasmar en algún momento. Difícil lo tenía, es cierto, Jared Leto después del JOKER, con mayúsculas, que nos dejó Heath Ledger, pero nada que ver con lo que se nos hizo creer y no fue. En definitiva, DC todavía sigue sin encontrar su lugar, pero es un pequeño paso hacia el camino correcto.

viernes, julio 29, 2016

'Zipi y Zape y la isla del capitán', poco Zipi y Zape

Es curioso que lo peor que se puede decir de Zipi y Zape y la isla del capitán, igual que con la primera película de esta franquicia, Elclub de la canica, esté en el título y en el material de referencia que tiene la cinta de Oskar Santos. Porque, seamos claros, no hay mucho del Zipi y Zape de Escobar en estos Zipi y Zape de carne, hueso y celuloide. Había algo más en el primer intento, pero ya no lo hay en este segundo, por mucho que se quiera conservar algo de la naturaleza gamberra de estos dos hermanos para construir la historia en base a su comportamiento. Pero es obvio que Santos ha decidido usar a estos personajes para construir un universo nuevo. Si El club de la canica bebía descaradamente de Harry Potter y Los goonies, La isla del capitán lo hace de Peter Pan y de clásicos literarios como los de Julio Verne. Aun con estos referentes, es bastante obvio que no estamos ante una película ambiciosa.

Zipi y Zape y la isla del capitán es una cinta resultona, incluso a ratos bien hecha incluso en sus abundantes efectos visuales.  Es un título infantil que simplemente busca entretener. Y eso, probablemente contra todo pronóstico teniendo en cuenta que estamos hablando de una secuela de un filme que ya tenía sus limitaciones, es algo que logra, incluso aunque asumamos los garrafales errores que tiene en la construcción de sus personajes, que actúan sin que en realidad sepamos por qué. Santos ha encontrado una fórmula en la que está cómodo, la de explotar a un grupo de niños en un entorno de fantasía y con un actor fe renombre para dar lustre a la producción. Si el primero en abordar ese papel fue Javier Gutiérrez, ahora le toca el turno a Elena Anaya, que cumple con la propuesta sin síntomas de aburrimiento o divismo, que son los dos grandes peligros cuando se opta por esta vía para que el cartel tenga más peso.

¿Sufiente? Para un público infantil puede que sí, para un adulto está claro que no. Y no porque la película no entretenga, porque tiene el ritmo para hacerlo, sino porque Zipi y Zape y la isla del capitán es totalmente consciente de que está exigiendo un esfuerzo enorme al espectador para ir creyéndose todo lo que está viendo, cada vez más delirante y rozando el sinsentido por momentos. Al menos, el reparto aguanta, aunque tiene su aquel que para los gemelos protagonistas de la historia se haya buscado a dos chavales que se parecen más bien poco en lo físico, Teo Planell y Toni Gómez, rompiendo también desde ahí la ya escasa vinculación con las viñetas de Escobar. Aunque a ratos los diálogos suenan tan artificiales como en El club de la canica, sí se puede decir que uno de los mayores méritos de Santos es haber sabido dirigir a un puñado de actores infantiles para que se ciñan a lo que necesita la película en cada momento.

La conclusión es que las viñetas españolas siguen esperando del cine español de imagen real una adaptación fiel (que no necesariamente literal) y que no necesite agarrarse a otros elementos para encontrar público. Ni El Capitán Trueno y el Santo Grial, ni los intentos de Javier Fesser de dar vida a Mortadelo y Filemón (sí lo logró con su película de dibujos animados, Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo), ni Anacleto, agente secreto han sido lo que necesitaba la obra de los grandes historietistas españoles para sentirse justamente honradas. El consuelo es que estas cintas al menos colocan los nombres de estos tebeos en boca de un público que probablemente nunca se acercaría por sus propios medios a estos títulos. ¿Pero realmente se consigue así el respeto que merece, en este caso, el Zipi y Zape de Escobar? Lo más probable es que no.

viernes, julio 15, 2016

'Infierno azul', gozando de lo asfixiante

Si tenemos a un escualo incordiando, resulta inevitable pensar en la película definitiva sobre la materia, Tiburón. Steven Spielberg aterrorizó al mundo de tal manera que incluso en la playa más tranquila había y que mirar dos veces buscando la aleta que indicara el peligro. Con semejante precedente, hay que tener un punto de osadía (¿de locura?) para hacer una nueva película con un tiburón como eje. Sin contar con el admirado surrealismo de serie B que supone Sharknado, Renny Harlin ya ofreció un intento atractivo en Deep Blue Sea, pero lo que ha hecho Jaime Collet-Serra en Infierno azul es algo notable. Con alguna concesión a un tono videoclipero que tampoco le beneficia demasiado pero usando muy bien las armas que tiene a su disposición el director, la película convence con lo que propone, un mal rato, una situación agobiante de esas con las que un espectador goza. Nos gusta que los protagonistas lo pasen mal, y Collet-Serr lo muestra muy bien.

El realizador, que ya tiene una amplia experiencia en el manejo de estas situaciones, es un tipo que sabe dosificar el ritmo y que saca muchísimo partido de los escenarios en que acontecen sus películas. No hay más que ver la espléndida persecución automovilística de Sin identidad para apreciar este talento del realizador, y en Infierno azul llega a su máximo exponente. A Collet-Serra le va la belleza y la exprime de una manera sobresaliente. La belleza de Blake Lively, muy metida en un papel complicado por la ausencia de compañía en casi todo el metraje, y del que sale más que airosa. La belleza también del escenario, una playa paradisíaca que acaba convirtiéndose en el infierno de la chocante traducción del titulo en España (el original, The Shallows, viene a ser algo así como Aguas poco profundas). Y belleza en los planos acuáticos, mucho mas adecuados aunque digitales en algún que otro aspecto que los de aquel horror que fue Point Break.

Sí que es verdad que Collet-Serra, además de ser hábil, es un buen embaucador. En realidad, Infierno azul no cuenta gran cosa, como por ejemplo no la contaba Enterrado, la propuesta de Rodrigo Cortés para que quien lo pasara mal fuera Ryan Reynolds dentro de un ataúd bajo tierra. Una mujer va a surfear a una playa alejada de toda civilización y se encuentra con un tiburón que le hace la vida imposible. Ya está. Así de fácil, así de sencillo. Tanto, que no hay elemento que coloque en la pantalla que vaya a tener una utilidad a lo largo de la película. Todo está previsto, como si fuera un videojuego de los años 80, para que el personaje utilice cada objeto para resolver el dilema de cada momento crítico. Y eso desemboca en lo que acaba resultando el punto más débil de la película, que su resolución es del todo asombrosa y con un punto de inverosímil, algo que no se corresponde con ese paso previsible que tenía el formidable agobio anterior.

En otras palabras, Collet-Serra nos conduce por vías conocidas en su Monkey Island para acabar ofreciendo un final más propio de Tomb Raider. Pero ese es el videojuego que propone. Esa es la agradable montaña rusa que planifica, con las pequeñas y suficientes muestras de que hay un personaje debajo del bikini y del neopreno de Blake Lively que tan bien explota, aunque al final algo improvisadas como se aprecia en la escena final de la película, que tiene unos diálogos cargados de una moralina artificial. Pero siempre se agradece que Collet-Serra tenga la valentía y la osadía de no hacer Tiburón otra vez. Siempre se encuentra placer en la forma en la que muestra los ataques del animal, buscando algo original. Y, desde luego, es notable el entretenimiento que propone. Contenido en sí mismo y sin más objetivo que el disfrute mediante el sufrimiento del personaje protagonista. Y como Infierno azul eso lo consigue, no hay mucho que reprocharle.

viernes, julio 08, 2016

'Mi amigo el gigante', el Spielberg más irregular

Cuando se siente en cada plano que Steven Spielberg es un director mucho más capaz que la inmensa mayoría de los realizadores que a día de hoy llegan a llevar sus películas a los cines, no alcanzar la excelencia deja sensaciones encontradas. Se puede establecer sin mucho margen de error que Mi amigo el gigante es, probablemente, el filme más irregular de la carrera del genial realizador. Tiene momentos deslumbrantes, es la enésima demostración de que con una cámara en la mano (o en el ordenador, que mucho de eso hay aquí) Spielberg es capaz de hacer lo que sea, de que el espectador se crea todo cuanto coloca en el cuadro, sea realista o fantástico. Pero al menos tiempo es una película a la que le cuesta mucho arrancar, y que en realidad no alcanza su verdadero potencial hasta el tercio final, que es cuando definitivamente remonta y se convierte en el maravilloso cuento que es el relato de Roald Dahl en que se inspira y que Melissa Mathison convirtió en su último trabajo.

Tras la atractiva pero también lenta El puente de los espías, cabe preguntarse si Spielberg ha entrado en una fase en la que le importan más otras cosas que el ritmo. Mi amigo el gigante sería el segundo título consecutivo en el que se pierde el frenesí que incluso sus películas menos alabadas tenían. Por mucho que la factura pueda parecer una pequeña ruptura en el cine de Spielberg, por el exceso de trucajes digitales que sirven para construir este mundo, la película se adentra en terrenos de fantasía que ya ha transitado a lo largo de su filmografía. Quizá un referente claro sea Hook. Pero en el fondo hay más rastros de Mi amigo el gigante en otras películas, Y siempre queda el placer de ver de nuevo a Spielberg dirigiendo con el tino de antaño a actores infantiles, en este caso a una carismática y simpática Ruby Barnhill, que da muy buena réplica a un no menos espléndido Mark Rylance digitalizado en el gigante.

¿Pero cuál es el problema de Mi amigo el gigante? Se ha hablado mucho de que al festín visual, irrefutable, le falta alma. Puede ser, pero en realidad el alma sí se ve en el tramo final de la película, cuando Spielberg conjuga de una manera admirable, sobre todo en las escenas de palacio, el humor que cabe esperar de una fábula infantil como la que escribió Roald Dahl con la magia visual que siempre ha caracterizado al cineasta norteamericano. Por eso da la impresión de que el problema es otro, es más bien el ritmo, que la película tarda muchísimo en arrancar, y después de una formidable escena inicial, una virguería visual en la que el gigante va camuflándose entre las sombras del Londres nocturno para volver al país de los gigantes sin ser visto, la relación que se establece entre ese ser gigantesto y la pequeña Sophia no termina de cuajar. Lo hace mucho más adelante, pero habiendo dejado demasiadas sombras, incluso quizá algo de aburrimiento, en el primer tercio.

Sería muy exagerado decir que Mi amigo el gigante es una decepción, pero no se puede esconder que en esta fase de su filmografía Spielberg no está consiguiendo películas que hagan justicia a su genialidad. Se ve en muchos momentos, se atisba en otros, el entretenimiento que siempre ha sido capaz de sacar de cada una de sus historias sigue ahí, en esta ocasión con especial énfasis en un público de menor edad del habitual, pero no termina de enamorar como lo ha venido haciendo incluso con cintas que a día de hoy permanecen claramente infravaloradas (y esas son unas cuantas). Mi amigo el gigante, en todo caso, es un curso acelerado de cómo rodar una película de escenarios y criaturas digitales haciendo que el asombro campe a sus anchas por el patio de butacas. Es apasionante ver a un tipo tan clásico como Spielberg amoldándose de esta forma al cine del futuro, aunque en esta película sea difícil ver tanta pasión de verdad como ha venido desprendiendo siempre.

jueves, julio 07, 2016

'Money Monster', falta algo de valentía

Cuando acaba Money Monster dan ganas de cabrearse con Jodie Foster, porque ha dejado escapar la opción de firmar un clásico de envergadura. Quizá algunas de las cuestiones que hacen que se pueda ver esta oportunidad perdida no sean responsabilidad suya, pero es quien firma, así que es sobre quien cargar esa pequeña desilusión, que confirma que el cine mejora cuanto más valiente es. Y Money Monster, que lo tenía todo para mostrar una enorme osadía, al final se conforma. Y es una pena, porque hasta ese momento había elementos sobrados para valorar que Foster había sabido entender la cruda realidad económica que mostraba La gran apuesta y la charlatanería mediática que mostraban cintas tan dispares pero igualmente míticas como Network o El show de Trunan. Pero prescindamos por un momento de esa sensación final. Hasta llegar ahí, Money Monster es una película con muchísimos aciertos.

Así, es un retrato brillante, mordaz e incisivo de cómo somos sistemáticamente engañados por los poderes económicos y mediaticos, con pinceladas de humor negro, con temas abiertamente interesantes sobre la mesa, con momentos absolutamente brillantes. Pero falta el remate. Falta que Foster se hubiera convencido de que podría haber hecho una obra mucho más redondo. Y no es que Money Monster sea mala, al contrario. Su ritmo es trepidante, sus actuaciones más que convincentes, y su puesto en escena la adecuada. Foster rueda muy bien. Sus películas incluso están mejor montadas. Y saca lo mejor de sus actores, un George Clooney que arranca con tintes cómicos que le sientan francamente bien, una Julia Roberts concentrada y nada previsible, e incluso un Jack O'Connell que resiste en el cara a cara con Clooney sin mucho problema y confirmando que, poco a poco, es un actor muy a tener en cuenta.

Pero falta ese paso que convierta lo bueno en sublime. Por momentos se intuye que se puede dar en esta historia, la de un tipo que, arruinado por la mala praxis de un empresario sin escrúpulos (al que da vida Dominic West) y un showman sin responsabilidad alguna que presenta un poco serio y riguroso programa económico en televisión, decide pasar a la acción y asalta el plató en el que se graba dicho programa para pedir, pistola en mano, que le expliquen por qué han desaparecido sus ahorros. Pero no sólo no termina de llegar ese paso que habría merecido un sincero aplauso para el filme, sino que un final buenista arruina algunas de las cuestiones que se ponen encima de la mesa, justo cuando la película había ofrecido un giro fascinante (un secreto que tenía guardado este ciudadano arruinado) y cuando estaba alcanzando un clímax emocional que sí culminaba con acierto el thriller que había construido hasta ese punto Foster.

Con la que está cayendo en la vida real, casi parece increíble que lo que cuenta Money Monster, más que en una historia de ficción, no se haya convertido en un suceso de primera plana. Es ahí donde radica la fuerza de la película, en que la conexión con todos los protagonistas es inmediata, gracias no sólo a la historia sino también a unos diálogos que son muy incisivos en buena parte del filme. Impacta lo económico, lo social y lo mediático. Pero cuando Foster se asoma al precipicio, decide retirarse y deja su pretendida obra a medio consumar. No arruina en absoluto el notable entretenimiento que ofrece pero sí deja pasar la ocasión de que su película fuera algo más que eso. No es algo que sea exclusivo de este filme de Foster, eso está claro, pero de alguien como ella quizá sí cabía esperar esa osadía para rebelarse también contra una situación que aborda de forma admirable desde un punto de vista expositivo pero que en sus conclusiones deja algo que desear.

viernes, julio 01, 2016

'Independence Day. Contraataque', despropósito nostálgico

El cine tiene mucho de oportunismo. Una de las razones por las que una película triunfa es porque llega en el momento adecuado, aunque en realidad no tenga méritos suficientes para ser salvada de la quema. Con Independence Day sucedió algo así en 1996. La Tierra sufriendo una invasión extraterrestre a gran escala como en realidad no se había visto nunca en una gran pantalla, desde luego no con ese formidable festival de destrucción masiva que culminó con la mítica imagen de la Casa Blanca volando en pedazos, con actores de segundo nivel pero reconocibles, efectos especiales vanguardistas y un tono simpático y resultón. Pero fue en 1996. Independence Day. Contrataaque quiere hacer algo parecido en 2016, pero Roland Emmerich ya no es el mismo y el mundo tampoco. La ingenuidad se ha perdido, el espectáculo de hace veinte años no tiene nada que ver con el de ahora. Y Emmerich, con el siempre sorprendente apoyo de cuatro guionistas más para firmar semejante despropósito, ya no tiene el mismo enlace con el público.

Independence Day es un delicioso placer culpable. Su secuela, sin embargo, es una triste forma de desvirtuar el agradable recuerdo que, aunque se niegue, dejó aquella en toda clase de públicos. Contraataque sólo tiene una baza: la nostalgia. El apoyo en la franquicia es un recurso muy habitual que, por desgracia, está dando pie a intentos de revival demasiado lastimosos. La nostalgia, por supuesto, no es capaz de sostener esta secuela, pero no lo hace por una razón muy sencilla, y es que Emmerich traiciona su propia invención, y todo lo que en 1996 podía tener su gracia o incluso estar bien construido, en 2016 está ya agotado y superado. Pero es que ni siquiera Emmerich confía demasiado en su producto, y no hay nada en este regreso al universo de Independence Day que mejore lo que ya vimos hace dos décadas. Nada. Y eso es especialmente sangrante en lo visual, porque aquella dejó imágenes para el recuerdo y esta no hace más que tratar de revivirlas mediante imágenes por ordenador que no son capaces de igualar lo que hacían las maquetas de antaño.

Por supuesto, es evidente que Contraataque es un prodigio de diálogos y situaciones absurdas que no hay por donde coger, puede que la cúspide del cine de Emmerich en este sentido. El alemán se escuda en que nadie espera gran cosa de él, e incluso tira por la ventana lo que durante algunos minutos podría pasar por una interesante película de ciencia ficción, e incluso por una más que decente actualización de su cinta original. Pero cuando el desmadre se apodera de esta secuela de Independence Day ya no hay quien la pare. Emmerich no tiene reparo alguno en mezclar Armageddon, la televisiva Falling Skies y hasta Godzilla, la del germano, la verdaderamente mala, para tratar de que la cosa sea ligeramente diferente a su primera tentativa de invasión alienígena, pero ni los detalles que intenta meter (lo de los ecosistemas dentro de la nave extraterrestre es tan absurdo que da por reírse) ni sus referencias le alejan al final de un camino que ya tenía marcado y que casi repite durante más de una hora, por supuesto con peores resultados.

¿Por qué falla esa repetición? Volvemos a la oportunidad. Ya no estamos en ese momento. Las películas, digamos, livianas de los años 80 se convirtieron incluso en pequeños clásicos instantáneos. Las de los 90 todavía se recuerdan con agrado. Las del siglo XXI son productos olvidables, sin carisma. Como sus protagonistas, una ristra de personajes que sólo se pueden entender desde la autoparodia, como los de Bill Pullman o Jeff Goldblum, o desde el simple reparto de cuotas y caras guapas, como los de Liam Hemsworth, Maika Monroe, Jessie Husher o incluso una Charlotte Gainsbourg que no se sabe muy bien qué pinta en la película. No hay interés en ninguno de los personajes, algo que, incluso entrando en la misma categoría de película mala disfrutable, la cinta original sí tenía. Independence Day. Contraataque es una invitación a la desactivación absoluta de las neuronas y a un disfrute absurdo, si es que se puede alcanzar ese punto. Pero es mala. Muy mala. Abiertamente mala. Y no da la impresión de que ninguno de sus responsables pueda decir lo contrario.

miércoles, junio 22, 2016

'The Program (El ídolo)', Frears retrata con acierto a un villano

Viendo el retrato del ídolo caído que supone The Program, la película con la que Stephen Frears ha recreado el ascenso a los cielos del ciclismo y el descenso a los infiernos de la vida de Lance Armstrong, es inevitable recordar otra cinta de la filmografía del director irlandés, la no demasiado reconocida Héroe por accidente. En ambas, Frears retrata a un oportunista, a alguien que saca partido de una situación en la que no estaba llamado a ser el protagonista. Pero si en aquella Frears adoptaba un delicioso tono de comedia capriana, en esta opta directamente por retratar a un villano, a alguien que conoce sus limitaciones y decide romperlas mediante la trampa. Un villano, eso si, por el que siente simpatía en algunas ocasiones, como en las escenas en las que lucha contra el cáncer o incluso cuando se enfrenta a la sanción que le va a apartar de lo único capaz de hacerle feliz, la competición, pero un villano en todo caso.

Y ahí, a pesar de la complejidad de llegar con acierto y profundidad suficiente a todos los temas que plantea, algo que no siempre consigue, es donde Frears tiene bastante éxito. Construye su villano con tanta precisión como tiene el plan de dopaje de Armstrong, probablemente la trama fraudulenta más elaborada de la historia del deporte moderno. Quizá lo más discutible de la mirada de Frears está en que, pese a esos momentos de acercamiento personal y emocional a Armstrong, falta un héroe en su relato. Tendría que haberlo sido David Walsh, el periodista que busca acabar con la leyenda fraudulenta del ciclista, en cuyo libro está precisamente basado el filme, pero su presencia no cobra tanta relevancia en la trama, a pesar del esfuerzo de Chris O'Dowd. The Program es, de hecho, Lance Armstrong de forma absoluta. Y, por tanto, es también Ben Foster. Muy pocos reproches se le pueden hacer a su atractiva composición de villano.

Foster asume esa condición de malo de la función desde el principio, desde la brillante escena de su primera etapa en el Tour de Francia, en la que sufre los rigores de la prueba más dura en la que ha competido y se forja su determinación de recurrir al dopaje, hasta el esplendido proceso de transformación en prácticamente un capo de la mafia. Quizá la película tiene un problema de tiempo, pero porque le falta. Quiere contar mucho y quizá algunos elementos quedan para los entendidos en el deporte, a pesar de que, como ya hiciera Ron Howard en Rush, consigue mutar toda la emoción deportiva del ciclismo en magia cinematográfica, con algunos planos bellísimos. Acaba claudicando, y recurriendo a las manidas imágenes televisivas, tanto de archivo como recreadas, y es ahí donde The Program pierde algo de fuerza visual. No demasiada, porque el trabajo tiene una factura impecable muy propia de un director que sabe mostrar muy bien en pantalla los conflictos internos de sus personajes, no sólo Armstrong en este caso.

Puede quedar la impresión de que The Program tiene un empaque menor del que podía esperarse, dado el tema que trata y los picos de calidad que tiene el filme, pero no se le pueden poner demasiados peros a Frears. The Program funciona como documento, pero sobre todo como historia. Es verdad que prescinde de algunos elementos, como la vida familiar de Armstrong, apenas esbozada en dos escenas, o que incluso el antagonismo con Walsh se quede mucho más en la superficie de lo que apuntaba el filme, dado que la primera gran escena del mismo es precisamente el primer encuentro entre ambos. Puede ser. Pero la cinta funciona francamente bien, incluso sin conocer absolutamente nada de la leyenda de este inmenso fraude. Cuando se acaba The Program es inevitable pensar en lo podrido que está el mundo en el que vivimos y en los pies de barro que tienen tantos ídolos de nuestro tiempo. Y Frears, incluso con algún maniqueísmo casi inevitable, lo capta francamente bien, sacando partido a unos diálogos formidables.

viernes, junio 10, 2016

'Dos buenos tipos', Shane Black en su salsa

Ha pasado mucho tiempo desde que Shane Black colocó su nombre, en el lejano 1987, en los créditos de Arma letal como su guionista. Y casi treinta años después, Black, ahora director y escritor, firma Dos buenos tipos, la que probablemente sea su película más auténtica, un divertidísimo thriller de misterio, una buddy movie extravagante, un potente regreso a los años 70 y una sobrada de película en todos sus aspectos (ojo a la secuencia onírica... ¡o a Nixon!) que se convierte en el compendio más exquisito de todo lo que ha venido haciendo Black a lo largo de su carrera. Tiene la violencia y la chispa de los diálogos de El último boy scout, la trama de investigación de la mencionada Arma letal, tintes de comedia como los de El último gran héroe aunque sin llegar a sus cotas de caricatura o el atrevimiento de Iron Man 3. Y con dos actores tan metidos en faena como el propio Shane Black para que la diversión sea total.

De alguna manera, viendo el escenario, la historia y el contexto, es inevitable pensar que todo lo que en Dos buenos tipos funciona francamente bien es lo que no terminaba de encajar en la mucho más pretenciosa Puro vicio, de Paul Thomas Anderson. Y es que Black no tarda más que unos pocos segundos en ganarse toda la atención del espectador, mezclando una actriz porno, una travesura erótica infantil y un espectacular y extravagante accidente. Luego es cuando entran en acción los dos buenos tipos del título, que precisamente son de todo menos buenos tipos. Un matón a sueldo que se dedica a patear a quienes se acercan a jovencitas y un detective privado venido a menos por su cara dura y por su afición al alcohol que además tiene una hija casi adolescente se convierten en la mezcla ideal para la fórmula de buddy movie que Black hizo arte en el guión de Arma letal. Parece mentira que tantos años después siga teniendo cogido el punto a esa dinámica.

Sobra decir que buena parte del éxito de esta fórmula en Dos buenos tipos radica en que Black ha escogido a Russell Crowe y Ryan Gosling, dos actores sensacionales, capaces además de meterse en la piel de personajes tan diversos que este guión es para ellos un caramelo que no podían desaprovechar. Y no lo hacen. En absoluto. Ni en la comedia ni en la acción, pero tampoco cuando la película se adentra en los terrenos del drama, cuando los personajes adquieren un contexto que Black escribe magníficamente bien. Lo que parece increíble es que Dos buenos tipos tenga tantas cosas, se mueva a un ritmo tan elevado, proporcione tantos momentos delirantes y al mismo tiempo sea tan inteligente en el misterio que investigan los dos protagonistas (más bien tres, que gusto da ver a una actriz adolescente como Angourie Rice moviéndose con tanta naturalidad ante dos monstruos como estos).

Da gusto ver que directores que se mueven dentro de la comercialidad más evidente de Hollywood (¿acaso hay que entender como un mensaje oculto que Dos buenos tipos arranca detrás del logo de la meca del cine cuando estaba tan dejado en los años 70?), saben ser al mismo tiempo muy atrevidos. Dos buenos tipos entronca en un cine que muchos intentan y no tantos dominan, ese en el que el humor es negro, la violencia casi cómica y el envoltorio es el de una producción en el que todo el mundo parece habérselo pasado fenomenal entre amigos. Pero Black sobresale porque, además, es un tipo avispado. Conoce la fórmula. Y la aplica como nadie. Pero no parece una fórmula hasta que uno se para a pensar en ella. Porque mientras se está viendo, la diversión es tan absoluta que el espectador ni se da cuenta de que le han embaucado de una manera magistral. Black es un embaucador, eso está claro. Pero es uno de los buenos, de los que divierte y entretiene sin complejos y sin guardarse absolutamente nada. Y así da gusto.

viernes, mayo 27, 2016

'Alicia a través del espejo', si Lewis Carroll levantara la cabeza...

El cine, como cualquier otro arte narrativo, no debe tener ningún miedo a la experimentación a coger personajes e historias y transformarlos en virtud de sus necesidades como medio de expresión. Eso es algo que tendría que ser evidente, sea cual fuera el material que se adapta. Pero, claro, cuando llegan películas como Alicia a través del espejo, secuela de la olvidable Alicia en el País de las Maravillas que forma parte del declive creativo de Tim Burton, esa afirmación se hace añicos, porque si Lewis Carroll levantara la cabeza probablemente no entendería qué es lo que han hecho con sus personajes. Porque, sí, contamos con todos los personajes de la primera película y con alguno más, pero sólo hay una conexión visual con ellos. Podría ser una historia de Alicia y del Sombrerero Loco como podría serlo de cualquier otro personaje.

La conexión con el País de las Maravillas es sólo visual, e incluso ahí tenemos un problema importante, ya que la excelencia visual que se le supone, quizá el único punto por el que se puede recordar la película de Burton, es en realidad un juego de artificio extraño. La reciente El libro de la selva de Jon Favreau vino a mostrarnos que se puede convertir una historia pensada en dibujos animados en una acción real y realista, pero Alicia a través del espejo es justo lo contrario, un gigantesco dibujo animado en el que, en realidad, todo da igual. Hace años, esta misma película, con este esfuerzo digital, podría haber convencido sólo con eso, pero hoy en día es un ejercicio profesional probablemente espléndido para enseñar en las academias de dibujantes y animadores pero que en la sala de cine es un espectáculo que se antoja francamente vacío.

La clave está en que la película ni siquiera sigue sus alocadas normas. Si se fuera fiel al espíritu de El País de las Maravillas, perfecto. Si se fuera fiel incluso a lo que se marcó en la primera película, sería suficiente. Pero como los personajes se desdibujan solos y realmente no hay mucha coherencia en sus actos, sus decisiones o sus palabras, lo único que queda es dejarse llevar por lo que en realidad es una carísima atracción de feria que vuelve a poner el énfasis en lo que para Carroll no era más que un secundario, el Sombrerero Loco, pero que aquí se convierte en protagonista para mayor gloria de un cada vez más aburrido Johnny Depp, que encabeza los créditos de la película por encima incluso de quien le da título, la Alicia de una Mia Wasikowska que al menos parece más centrada en el papel que en la primera película, por mucho de que el guión aquí le aporte muchas menos armas, sobre todo en el tramo que acontece en la parte más fantástica del relato.

Para esta segunda aventura de Alicia, James Bobin ha cogido un guión de Linda Woolverton, que tras la primera Alicia y Maléfica parece haberse encasillado en estos trabajos de aliño, una historia algo caótica ya de base y que montada adolece de bastante ritmo que lleva a los personajes a una aventura en el tiempo que quiere dar un origen a los personajes que en realidad no necesitan y que solamente coloca sobre el tablero piezas que no necesitan demasiada cohesión. Lo importante para el estudio está en que haya nombres conocidos e imágenes bonitas de contemplar. Los nombres ya los tenía de la cinta original, con los ya mencionados, Anne Hathaway, Helena Bonham Carter o un Alan Rickman que, con unas pocas frases, ofrece aquí su último trabajo para el cine (y la película se le dedica por ello), a quienes se añade un Sacha Baron Cohen con llamativas lentillas azules que apenas amplia un cuadro que no sorprende en absoluto.

viernes, mayo 20, 2016

'X-Men. Apocalipsis', y vuelta a empezar


Por Sonia Rodríguez Fernández

Regresan los mutantes de X-Men de la mano de Bryan Singer tras Días del futuro pasado con un nuevo y poderoso villano: Apocalipsis (Oscar Isaac). Este nuevo personaje, nos cuenta la historia, parece ser el primer mutante que existió. Más conocido en su tiempo original, en Egipto, como En Sabah Nur, al ser único mutante en esa época, se ve a sí mismo como un dios entre los débiles, los simples humanos. Por una traición, como ocurre en estos casos, es enterrado durante siglos, despertando de su letargo en 1983 y descubriendo que el mundo que él tenía en mente no es ni de lejos parecido al que tiene delante: los humanos comunes dirigen la Tierra, sin ningún tipo de poder y obligando a los mutantes (a los que él ve cómo sus hijos) a controlarse, a ser precavidos y muchas veces a esconderse, por lo que Apocalipsis decide juntar a sus Cuatro Jinetes y poner orden en lo que ve como un caos sin sentido.

Para llevar a cabo su purga, Apocalipsis necesita nuevos adeptos, esos Cuatro Jinetes que le ayuden en sus propósitos, por lo que, muy listo él, elige a mutantes que en ese momento estén desencantados del mundo como son Mariposa Mental (Olivia Munn), la que será Tormenta (Alexandra Shipp) y Ángel (Ben Hardy), junto con un viejo conocido, Magneto (Michael Fassbender), al que comprendemos mejor que nunca. Enfrente, los buenos, claro, a la cabeza con Charles Xavier (James McAvoy), Bestia ( Nicholas Hoult) y Mística (Jennifer Lawrence), al igual que la agente especial de la CIA Moira MacTaggert (Rose Byme), que repiten en sus papeles de las anteriores entregas, además de las caras nuevas que hemos visto crecer a lo largo de la serie original, Cíclope (Tye Sheridan), Jean Grey (Sophie Turner) y Rondador Nocturno (Kodi Smit-McPhee). Todas las nuevas incorporaciones llegan pisando fuerte, y no dejan nada indiferente.

¿Dónde empiezan los problemas? Pues por varios frentes. Lo primero, el argumento. Sí, Apocalipsis en el cómic es un gran villano, pero aquí se mueve en una historia que parece ser la tónica general de las últimas películas de X-Men: hay un problema, nos juntamos aunque estemos enfadados y volvemos a empezar... Un bucle del que parece que Bryan Singer no sabe salir. Lo segundo, la pérdida de identidad de varios personajes, cómo son Bestia, Magneto y Mística, que parecen totalmente desganados, un tenemos que estar porque es lo que toca, muy lejos de la convicción por la causa que mostraban en las primeras películas de la saga. Y no podemos olvidar al malo malísimo más que trillado al que parece hay que meter con calzador en las últimas entregas: Striker, interpretado por Josh Helman, que aparece más para rellenar que para otra cosa, y desaparece de la misma manera absurda con la que aparece.

Por supuesto, la película tiene cosas buenas, todas las nuevas incorporaciones refrescan y están muy bien, destacando Tormenta y Jean Grey, y sobre todo esta última, por ver a Sophie Turner en un papel distinto al de Sansa Stark en Juego de tronos y que deja ver lo que puede llegar a hacer. Oscar Isaac, aunque con un maquillaje que parece lo que es, maquillaje, también está muy bien, llegando a imponer y a dar algo de miedo en varias escenas. Pero X-Men no es X-Men sin su icono, Charles Xavier, con un James McAvoy que vuelve a estar soberbio en el papel del mejor telépata del mundo, con permiso de Jean Grey, claro. En conjunto, X-Men. Apocalipsis entretiene, pero dista de ser una de las mejores de la saga. Esperemos que en próximas entregas la historia evolucione y salgamos de esta horquilla temporal, tanto de historias como de personajes (hay aparición sorpresa y ya trillada incluida) para ver una evolución real de los personajes.