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viernes, julio 29, 2016

'Zipi y Zape y la isla del capitán', poco Zipi y Zape

Es curioso que lo peor que se puede decir de Zipi y Zape y la isla del capitán, igual que con la primera película de esta franquicia, Elclub de la canica, esté en el título y en el material de referencia que tiene la cinta de Oskar Santos. Porque, seamos claros, no hay mucho del Zipi y Zape de Escobar en estos Zipi y Zape de carne, hueso y celuloide. Había algo más en el primer intento, pero ya no lo hay en este segundo, por mucho que se quiera conservar algo de la naturaleza gamberra de estos dos hermanos para construir la historia en base a su comportamiento. Pero es obvio que Santos ha decidido usar a estos personajes para construir un universo nuevo. Si El club de la canica bebía descaradamente de Harry Potter y Los goonies, La isla del capitán lo hace de Peter Pan y de clásicos literarios como los de Julio Verne. Aun con estos referentes, es bastante obvio que no estamos ante una película ambiciosa.

Zipi y Zape y la isla del capitán es una cinta resultona, incluso a ratos bien hecha incluso en sus abundantes efectos visuales.  Es un título infantil que simplemente busca entretener. Y eso, probablemente contra todo pronóstico teniendo en cuenta que estamos hablando de una secuela de un filme que ya tenía sus limitaciones, es algo que logra, incluso aunque asumamos los garrafales errores que tiene en la construcción de sus personajes, que actúan sin que en realidad sepamos por qué. Santos ha encontrado una fórmula en la que está cómodo, la de explotar a un grupo de niños en un entorno de fantasía y con un actor fe renombre para dar lustre a la producción. Si el primero en abordar ese papel fue Javier Gutiérrez, ahora le toca el turno a Elena Anaya, que cumple con la propuesta sin síntomas de aburrimiento o divismo, que son los dos grandes peligros cuando se opta por esta vía para que el cartel tenga más peso.

¿Sufiente? Para un público infantil puede que sí, para un adulto está claro que no. Y no porque la película no entretenga, porque tiene el ritmo para hacerlo, sino porque Zipi y Zape y la isla del capitán es totalmente consciente de que está exigiendo un esfuerzo enorme al espectador para ir creyéndose todo lo que está viendo, cada vez más delirante y rozando el sinsentido por momentos. Al menos, el reparto aguanta, aunque tiene su aquel que para los gemelos protagonistas de la historia se haya buscado a dos chavales que se parecen más bien poco en lo físico, Teo Planell y Toni Gómez, rompiendo también desde ahí la ya escasa vinculación con las viñetas de Escobar. Aunque a ratos los diálogos suenan tan artificiales como en El club de la canica, sí se puede decir que uno de los mayores méritos de Santos es haber sabido dirigir a un puñado de actores infantiles para que se ciñan a lo que necesita la película en cada momento.

La conclusión es que las viñetas españolas siguen esperando del cine español de imagen real una adaptación fiel (que no necesariamente literal) y que no necesite agarrarse a otros elementos para encontrar público. Ni El Capitán Trueno y el Santo Grial, ni los intentos de Javier Fesser de dar vida a Mortadelo y Filemón (sí lo logró con su película de dibujos animados, Mortadelo y Filemón contra Jimmy el Cachondo), ni Anacleto, agente secreto han sido lo que necesitaba la obra de los grandes historietistas españoles para sentirse justamente honradas. El consuelo es que estas cintas al menos colocan los nombres de estos tebeos en boca de un público que probablemente nunca se acercaría por sus propios medios a estos títulos. ¿Pero realmente se consigue así el respeto que merece, en este caso, el Zipi y Zape de Escobar? Lo más probable es que no.

miércoles, octubre 09, 2013

'Zipi y Zape y el club de la canica', Escobar cobrando vida

Los precedentes de las dos entregas de Mortadelo y Filemón (aunque la primera sí goza de cierto prestigio) y, sobre todo, el reciente descalabro de El Capitán Trueno y el Santo Grial eran presagios nefastos para cualquiera que se aventurara a adaptar algún otro título destacado del cómic español, conjunto de palabras que reúne tal cantidad de prejuicios que hacen la tarea aún más compleja. Pero Zipi y Zape y el club de la canica aprende de los errores de aquellas y sale más que airosa del trance, convirtiéndose en un simpático entretenimiento juvenil, que quiere recuperar el cine de pandillas de chavales que ejemplificó mejor que ninguna otra película Los Goonies adaptándola a un estilo visual más cercano a lo que triunfa hoy en día entre los más jóvenes, como Harry Potter, sin por ello abandonar la esencia del tebeo que adapta. Porque El club de la canica no es una historia que recupere todos y cada uno de los elementos esenciales del cómic, pero sí los suficientes como para que los famosos y traviesos gemelos sean más que reconocibles.

Empecemos por lo bueno. La película es entretenida, divertida y simpática. Consigue que la mezcla entre la historia juvenil y los toques de fantasía visual no chirríen (aunque el internado, radicado una mansión, evidencie demasiado la ansiada conexión con Harry Potter) y fluyan adecuadamente en el guión. Ayuda que, dentro de ese concepto visual, los personajes parezcan reales pero sin dejar de ser propios de una viñeta de Escobar, y que los actores se crean que están rodando una historia de aventuras juvenil sin necesidad de caer en la caricatura fácil, asumiéndola con naturalidad en los casos en los que procede pero sin romper la tridimensionalidad que propone la película. Porque esta no es una traslación directa del tebeo, sino una película basada en el mismo. Parece un matiz sutil, pero es importante porque la película consigue una autonomía que habría perdido con la fotocopia del tebeo, un problema en el que caen con demasiada frecuencia las adaptaciones de cómic y de libros juveniles e infantiles.

Dentro de lo bueno, es obligado destacar el aspecto visual de la película, brillante y no sólo utilizando estándares de la industria española, porque todo es creíble e imaginativo, adaptándose a la historia, por sencilla que sea ésta. Y dentro de esa acertada imagen está la de los actores, la pandilla que forma el club de la canica y que encabezan Zipi y Zape. A pesar de que no pasarían por gemelos, Raúl Rivas y Daniel Cerezo sí encajan en los papeles protagonistas, como también Claudia Vega (en apariencia, la mayor del grupo y la más conocida por su papel en la brillante Eva), Fran García y Marcos Ruiz. Aunque, y aquí ya entramos en el terreno de las pegas que se le pueden poner a la película, fallan en algo elemental. Cuando hablan, no parecen niños, no tienen el desparpajo que se espera de chavales, sino que a ojos del espectador son actores a los que por encima de todo se les pide una dicción tan clara que en sus frases les falta una necesaria naturalidad.

Ese detalle lleva a la película a algunos momentos de falta de convicción, le da un corsé que amenaza con reventar algunas escenas, aunque al final todo esto pesa menos que el entretenido conjunto, al que contribuyen dos aspectos muy destacables. Por un lado, la gran interpretación de Javier Gutiérrez dando vida a Falconetti, el director del internado en el que Zipi y Zape tendrán que penar todo el verano por sus travesuras. Por otro, la espléndida música de Fernando Velázquez, que potencia el tono aventurero de la película. Y con sus 97 minutos, abiertos y coronados con un adecuado homenaje al cómic del que procede (y un divertido cameo de Álex Angulo), Zipi y Zape y el club de la canica consigue lo que se propone: entretener enriqueciendo y respetando el original de Escobar en las viñetas, haciendo que sus personajes cobren vida en un mundo moderno y actual, sin caer en la fácil escatología a la que suele acabar rendida la comedia moderna y proponiendo un divertido juego que tampoco echa para atrás a los adultos. ¿Se puede pedir mucho más en un intento de llevar a la gran pantalla un cómic español? Probablemente no, al menos en un primer intento. Pues a disfrutar.