viernes, marzo 18, 2016

'El cuento de la princesa Kaguya', sorpresa visual

Con El cuento de la princesa Kaguya, Ghibli rinde homenaje al texto más antiguo de la literatura japonesa que ha llegado hasta nuestros días. Isao Takahata, director del filme, ejecuta un cuento mágico, que funciona mucho mejor en su primera mitad que en una segunda en la que el rumbo de la película no parece ser fácil de seguir, y que destaca sobre todo por un aspecto visual único y original, con una animación excelsa para mover figuras en las que se ve el trazo del lápiz sobre fondos inacabados de forma consciente y pensada. La simpatía inicial y la magia que tiene la historia crecen gracias a la técnica escogida para construir el filme, pero al final acaban pesando y mucho no sólo los 137 minutos que dura la cinta, muy excesivos y coronados por un extrañísimo y fantasioso final, que no termina de encajar en la propuesta, incluso aunque su origen sea evidentemente fantástico.

La princesa Kaguya del título brota de una planta de bambú con la forma de una pequeña princesa que de pronto se convierte en un bebé que crece a una velocidad anormal hasta llegar a ser una extraordinaria, bella e inteligente joven. Con esa premisa, casi resulta chocante que un final que se salte las fronteras de la realidad pueda estar fuera de lugar, pero no es por el qué sino por el cómic. El cuento de la princesa Kaguya hace una clara apuesta por lo terrenal, por las emociones, por los sentimientos, en especial los de su joven protagonista pero también los de un buen grupo de secundarios, empezando por sus padres adoptivos o los de algunos de los chicos que viven cerca de ella y la ven crecen, sobre todo Sutemaru, el mayor del grupo. El final se desborda precisamente cuando lo más cercano se ha apoderado ya del todo de la historia, cuando los mitos se desmontan y cuando la trama que cobra fuerza es la del matrimonio de la chica.

Antes de llegar a ese punto, la historia sí convence, divierte y conmueve. Y lo hace sobre todo por su aspecto. Takahata hace de Kaguya un personaje con el que se establece una conexión inmediata. Sucede dentro de la película, donde parece que todo aquel que se acerca a la princesa queda cautivado por ella de una u otro manera, y también fuera. Con el bebé es imposible no reírse, con la niña es casi obligado divertirse y con la joven es tremendamente fácil emocionarse, tanto cuando está aprendiendo a comportarse como una mujer adulta como cuando se rebela a su destino de casarse con algún pretendiente al que no conoce. El trazo, el color, el aspecto luminoso de cada plano es una auténtica delicia, e incluso desconectando de la historia la técnica es tan fascinante que la película se convierte en un espectáculo digno de admirar.

El cuento de la princesa Kaguya no desentona en absoluto de la tradición de Ghibli, y es bastante verosímil que los adoradores del estudio japonés disfruten enormemente con este filme. Para quien no lo sea, y no esté acostumbrado a la pausada narrativa japonesa, quizá el resultado final sea algo demasiado largo, poco usual en películas de animación occidentales. Es fácil pensar en escenas que podrían haberse quedado en la sala de montaje o en el mismo guión, porque parecen redundantes en algún caso o porque ralentizan el tiempo de la película, algo confuso aunque se apoye en la voz de un narrador. Con todo, una película bonita en casi todos sus aspectos y probablemente única hoy en día por su técnica de animación, sublime en momentos como la carrera de Kaguya, con el uso de los ropajes o incluso en su onírico desenlace.

'El recuerdo de Marnie', trampa tan preciosista como sensiblera

La marca del estudio Ghibli pesa mucho y normalmente provoca que sus películas reciban valoraciones entusiastas, en las que no se suele prestar atención a los defectos de sus títulos. El recuerdo de Marnie, que estuvo en el quinteto de filmes de animación nominados al Oscar en dicha categoría hace apenas unos días, encaja perfectamente en esa calificación. El segundo filme de Hiromasa Yonebayashi es una preciosista muestra de lo que es capaz de hacer el mítico estudio japonés, convincente en todas sus imágenes y en todos sus diseños. Pero, al mismo tiempo, es un filme que cae en dos problemas fundamentales. Por un lado, confunde la sensibilidad con la sensiblería. Por momentos se compra la propuesta con facilidad, en su conjunto es difícil hacerlo. Y por otro, es una película tramposa, que no sabe manejar sus mejores elementos.

El punto de partida del filme, basado en la novela de la británica Joan G. Robinson, es atractivo. Una joven de doce años, Anna, tímida, sin amigos y enferma de asma se marcha a pasar una temporada con sus tíos, lejos de la gran ciudad, para mejorar de sus problemas médicos. Allí conocerá a Marnie, una niña rubia, casi etérea, con la que entablará una intensa relación desde el principio. ¿Primer problema? Que no es nada difícil intuir cuál quiere ser el sorprendente final de la historia, y eso hace que Yonebayashi lleve a sus personajes siempre por un camino marcado y señalizado, rompiendo claramente las barreras de la realidad y dejando al espectador sin intriga y sin alternativas. A pesar de que el de Anna, esa chiquilla tan peculiar, es un personaje adorable, el mundo que se construye a su alrededor es bastante tramposo.

Esas trampas, que se pueden entrever en toda la película y dificultan la credibilidad de la historia en su conjunto, se acumulan de una forma impresionante en el tramo final de la película. Para llegar hasta allí, la apuesta es la de un ritmo lento, cansino y que bordea el aburrimiento con demasiada frecuencia. Como tampoco parece haber hilo claro entre las secuencias y el paso del tiempo no está bien plasmado en la historia, es bastante sencillo desconectar de la historia. Muchas escenas sueltas sí funciona (la del baile, la del silo), pero la falta de pericia del director a la hora de finalizarlas (el recurso del sueño se repite una y otra vez) deja un sabor de boca bastante agrio y minimiza el efecto de los aciertos, como sucede también con el final de la película. Tampoco ayuda que haya demasiado diálogo, demasiada explicación y muy poca fe en el espectador para que sea él quien saque conclusiones.

Con El recuerdo de Marnie parece buscarse una emocionante historia sobre el pasado y el presente, pero la valentía de contar con una protagonista de doce años, que no es ya una niña pero tampoco se ha convertido en una mujer, para mostrar un relato emocionalmente tan intenso se queda por el camino. La ejecución no parece la adecuada. No se sienten como necesarios algunos de los secundarios que aparecen en la historia y no hay manera de justificar que la película se acerque tanto a las dos horas. La excelencia audiovisual de Ghibli sí está presente en todo momento, es una delicia ver cómo se mueven los personajes en el pequeño pueblo que acoge la historia, el espléndido trabajo de sonido y el gran diseño de protagonistas y de escenarios. Pero la historia excede con mucho el nivel de azúcar que necesita y ralentiza demasiado su desarrollo para enganchar sin fisuras.

viernes, marzo 11, 2016

'La serie Divergente. Leal', otra vez más de lo mismo

Empieza a ser difícil no mostrar ya un evidente hartazgo hacia las series juveniles de fantasía y ciencia ficción, convertidas ya en culebras interminables, sagas que se estiran más allá de lo recomendable y de lo necesario con el único propósito de arrancar dólares de las manos de los aficionados, sin darles siquiera productos dignos. La serie Divergente, que ya se presenta a sí misma con esa pompa, como si realmente fuera algo trascendente y no el limitado producto de consumo que es, era un derivado light de Los juegos del hambre desde el principio. Y llegando a la tercera entrega, todavía con una cuarta en el horizonte, desgaje habitual del capítulo final de esto que siempre son trilogías, el cansancio es absoluto. En realidad es capaz de dar el entretenimiento que pide un público ya entregado, pero el resultado es malo por pura desidia. Da igual hacer una película coherente, para qué gasta el tiempo en hacer las cosas bien, si haciéndolas así ya ganan dinero.

Robert Schwentke tomó el testigo de Neil Burger en la segunda película de la serie, Insurgente, y lo mantiene para esta tercera, aunque no estará detrás de la cámara en el capítulo final, Ascendant. La verdad es que da igual, porque el estudio sólo requiere a alguien que ponga un poco de orden para que la película esté lista a tiempo. Leal, en ese sentido, no ofrece grandes novedades. Si acaso, como suele suceder en estas series, lo que ocurre en esta película empieza a ser aquello que desde el primer filme se intuía que podía tener algo de interés y que la maquinaria hollywoodiense actual conforma en series en lugar de condensar lo necesario en prólogos para contar historias verdaderamente atractivas. Como historia de ciencia ficción, Divergente tiene matices interesantes que ya han quedado arruinados por la larguísima exposición, que para colmo todavía no ha acabado, y por el escasísimo cuidado puesto, especialmente en la segunda y tercera partes, en los detalles.

Habrá quien quiera detenerse únicamente en las peripecias de Tris y Cuatro, interpretados por Shailene Woodley y Theo James, quien quiera ver la evolución de los personajes de Naomi Watts y Octavia Spencer, los clásicos nombres de prestigio con los que se suele adornar el reparto de estas cintas, o con la aparición del personaje de Jeff Daniels, del que es mejor no saber nada para comprender así lo previsible que es su desarrollo desde el primer momento en el que se le vea. A quien haga ese ejercicio, probablemente Leal sí le proporcionará el entretenimiento que espera. Pero como se quiera ir más allá, comienzan los problemas. No sólo porque en realidad no haya nada sorprendente en este festival de correctos efectos visuales, sino porque hay tantos atentados a la verosimilitud, a las leyes de la física y al desarrollo de los personajes, que en el fondo no hay por dónde coger lo que se está viendo.

Pero, claro, si uno está dispuesto a creer que un muro puede detener una lluvia roja y supuestamente contaminante, que unos tipos disparando ametralladoras contra dos personajes al descubierto no son capaces de acertar pero luego tienen una precisión de francotirador en un disparo más difícil, o que los malos malísimos siempre estén dispuestos a dejar a los buenos en situación de arruinar sus planes, entonces da igual lo mal que se hayan hecho las cosas en Leal. Eso son sólo ejemplos de lo que es cotidiano. Las series juveniles no quieren esforzarse. Les da igual que estén rodando eventos absurdos y comportamientos estúpidos, porque no quieren pagar guionistas para que piensen formas inteligentes de solventar situaciones. Quieren exactamente lo que se ve en la pantalla. Y eso les da dinero. Por absurdo que sea, tanto lo que pasa en la pantalla en las sucesivas películas de Divergente como que nos conformemos con esta forma de hacer cine juvenil.

viernes, marzo 04, 2016

'Rock the Kashbah', por la diversión de Bill Murray

Bill Mrray, más que un actor, ya es un personaje. Cada vez es más evidente que le encanta interpretar a tipos de cierta edad, que pasan por un momento delicado en sus vidas o carreras profesionales, tramposos a más no poder, algo resentidos y con una pronunciada vis cómica. Salvo por los problemas profesionales, el perfecto retrato de Murray. Rock the Kashabh es un ejemplo más de esto que ahora se dedica a hacer Bill Murray. ¿Sorprende? Nada en absoluto. ¿Divierte? Sólo a ratos, porque Barry Levinson acaba haciendo una película extraña, a ratos seria, a ratos alocada, con personajes que entran y salen sin demasiada razón de ser. Y el caso es que, si no fuera por Murray, la película acabaría siendo una extraña y olvidable comedia sobre un agente de cantantes que se ve envuelto en una gira de una de sus representadas en Afganistán y que, por supuesto, acaba de la peor manera.

A Hollywood siempre le han gustado los escenarios exóticos para sus historias más rocambolescas y sus comedias más raras, pero encontrar en Afganistán un escenario para un filme que busca la gracia y el chiste es algo peculiar. Funciona a ratos, sobre todo porque la película se vuelca más en ese exotismo simpático, como si no fuera un país devastado por la guerra (algo que sólo se deja entrever en un par de instantes algo desconectados), que en la situación social, importa más lo tribal que lo político, la historia relacionada con la música que el propio escenario de ese país en concreto. Y sin desvelar nada de la trama, aunque las sinopsis y los trailers ya habrán hecho ese trabajo, la auténtica historia, la que de verdad importa, tarda muchísimo en arrancar, y necesita de una anécdota al final inservible para poner al personaje de Bill Murray en el escenario que se quiere contar. Pero Bill se lo pasa bien, así que todo lo demás no parece importar demasiado.

Y con Bill, el resto del reparto, con la puntual y difícilmente explicable aparición de Bruce Willis, la recortada presencia de Zooey Deschanel y el bastante superfluo personaje de Kate Hudson, y el protagonismo demasiado soterrado aunque en realidad clave de la actriz palestina Leem Lubany. Cuando ella se convierte en el centro de la historia, el tono cómico más amable se apodera del guión, incluso aunque sea ahí donde está la gran reivindicación social que esconde la película, eso sí, muy por debajo de la superficie que acapara Murray, casi única razón por la que Rock the Kashbah se ha llegado a hacer, por mucho que aporten algo de diversión el resto de personajes o la curiosa elección de los temas de la banda sonora (y a veces la mezcla de ambas, como la versión que hace el protagonista del Smoke on the Water de Deep Purple).

El lado musical contribuye a que el filme sea amable. Y curiosamente, aunque ahí está la clave para entender por qué demonios se ha hecho una película de fondo musical con Afganistán como escenario, eso mismo también hace que sea bastante olvidable, por mucho que el rótulo final quiera indicarnos que hay un hecho real que ha inspirado el filme. No basta, como tampoco basta ya ver a este Murray desinhibido y feliz de haberse conocido, que despierta risas puntuales pero en el que se deposita demasiada trascendencia dentro del filme como para no notarse las costuras en el andamiaje que tiene que sostener. Rock the Kashbah se deja ver con la misma facilidad con la que se acaba olvidando, demasiado ensimismada en el disfrute propio y olvidando quizá por momentos que al otro lado de la pantalla hay un espectador que necesita lo mismo y no termina de recibirlo.

'13 minutos para matar a Hitler', correcta pero insuficiente redención

A Oliver Hirschbiegel no le ha ido bien su aventura americana. Tras deslumbrar con El hundimiento, el realizador alemán hizo las maletas y se marchó a Hollywood. Su primer paso allí fue la casi desastrosa Invasión, que ni siquiera llegó a terminar. Después se ocupó de Diana, el fallido biopic sobre la Princesa de Gales que protagonizó Naomi Watts. Y ahora regresa a su país natal para encargarse de otra película que gira en torno al líder nazi, 13 minutos para matar a Hitler, un filme que entronca más con Valkiria, el filme que dirigió Bryan Singer sobre la más compleja operación para asesinar al führer, que con El hundamiento, aunque para Hirschbiegel sea casi un regreso a casa. Uno correcto, pero en realidad insuficiente, porque la película no termina de despegarse de una estructura que ya conocemos para sacar adelante una historia que no es en absoluto nueva.

Es desde ese punto de vista desde el que se puede considerar algo insuficiente lo que ofrece 13 minutos para matar a Hitler. La película funciona dentro de esa estructura de doble narración con la que se vive el presente de Georg Elser (Christian Friedel) una vez ha sido detenido por las fuerzas nazis y su pasado, el que razona su intento de acabar con la vida de Hitler. Al decir que es una película correcta, también se incide en ese aspecto, en que no hay riesgo, ni temático ni formal, el filme se desarrolla de la manera en que se puede prever desde el primer minuto y no hay ningún personaje que rompa ese aire previsible que se le presupone. Incluso da la impresión de que le falta algo de precisión narrativa, porque lo que acaba destacando tarda mucho en introducirse en la película, el mismo tiempo que, de hecho, tarda en arrancar la misma historia más allá de su prólogo.

No se puede decir que Hirschbiegel consiga que el filme sobrepase ese tono algo frío y academicista que le da desde la sobriedad de esa primera escena, y no parece aprovechar algunas de las ocasiones que le presenta la película, sobre todo la de la forma en la que los diferentes oficiales nazis reaccionan ante su cautiverio y sus interrogatorios (algo que queda en evidencia cuando la escena que hay tras la última elipsis temporal que tiene la película es, con diferencia, lo más interesante que
ofrece 13 minutos para matar a Hitler). Por esta parte, Burghart Klaubner, actor al que se ha visto en La cinta blanca, Goodbye Lenin! o El lector, añade enormes matices a la historia, con mucha más contundencia que la de nuevo correcta interpretación del protagonista, que encabeza un reparto que, otra vez, es correcto. Todo es correcto.

Y quizá ese sea el problema, que la historia que maneja es material mu adecuado para para encontrar rincones de empatía y sufrimiento y, por desgracia, el filme es demasiado descriptivo y muy poco emocional. Correcto, pero algo plano. De una pulcra y muy adecuada ambientación, pero por momentos cargado de momentos sin emoción e incluso algunos rozan la monotonía. No termina de producirse una conexión emocional clara y eficaz entre el hombre que tiene unos ideales y que, por el sufrimiento que provocan en su vida episodios que él vincula al régimen nazi, hasta el tipo que es capaz de idear un atentado contra Hitler, resistir interrogatorios y después, sin que se entienda muy bien por qué, dar de buen grado todas las explicaciones pertinentes. Hirschbiegel no supera del todo el bajón en su cine que le provocó cruzar el charco, por mucho que se mueva en un terreno tan conocido y que para él puede ser tan cómodo.

lunes, febrero 29, 2016

Oscars 2016, cuando la anécdota vence a los premiados

Por mucho que guste dar palos a los Oscars en particular y a Hollwood en general, la ceremonia de entrega de las dichosas estatuillas suele ser una confirmación de lo bueno o lo malo que ha sido un año de cine. 2015 terminó con la sensación de que había más sombras que luces, y la gala lo confirmó. La Academia norteamericana ha acabado apostado por la anécdota antes que por los grandes premiados, por los récords y por las maldiciones antes que establecer a su mejor película como la gran ganadora de la noche. Porque fue Spotlight la película que se llevó el galardón principal, ¿pero alguien tiene la sensación de que fue realmente la ganadora? ¿Nos acordaremos dentro de unos años de que esta sensacional película fue la mejor de 2015? Lo más probable es que no, y a ello contribuye el hecho de que sólo ganara dos premios, el de película y el de guión original. Qué poco parece y, por desgracia, qué poco ayudará a que Spotlight permanezca en la memoria de los cinéfilos a pesar de sus inmensos méritos.

Por desgracia, la foto de la noche no ha sido esta, la del equipo y el reparto de Spotlight, todos ellos probablemente tan sorprendidos como el resto del universo cinematográfico cuando Morgan Freeman abrió el último sobre de la noche y leyó el título del filme de Thomas McCarthy. No creo que hubiera mucha gente que no esperara que en esa pequeña cuartilla estuviera escrito El renacido. Probablemente, Alejandro González Iñárritu ya estaba levantándose para verse nuevamente coronado después de la orgía emocional que supuso haber ganado el Oscar al mejor director por segundo año consecutivo por una película en la que lo que más destaca es su fotografía (la Academia logró otro de esos récords que tanto le gusta, tres premios seguidos para Emmanuel Lubezki) y sus actores (Leonardo DiCaprio, esta sí fue la foto de la noche, ganó el suyo, Tom Hardy no). Sólo Joseph L. Mankiewicz y John Ford habían ganado el premio dos años consecutivos. Con esa comparación sobre la mesa, o algo se está haciendo mal ahora o algo se ha hecho mal durante mucho tiempo.

La de DiCaprio es, probablemente, la mayor anécdota que ocultará el nombre de la tristemente sólo pseudoganadora de la noche, porque ya era la sexta tentativa del actor. El caso es que, por mucho sufrimiento que sea capaz de expresar en la pantalla durante las interminables dos horas y media de El renacido, no parece este su mejor papel, con lo que logrando la estatuilla por él ha entrado en el panteón de las estrellas compensadas, lo que supone una justicia pírrica para con él. Y seguramente no será el último Oscar que gane, con lo que, dentro de muchos años, su relación con la Academia, tormentosa hasta ahora (el actor se negó a acudir a la ceremonia en la que Titanic salió triunfal por no estar él nominado aquel año), será digna de analizar. Al menos no hubo un segundo Oscar de compensación en las categorías de interpretación y Sylvester Stallone se marchó de vacío. La estatuilla del mejor actor secundario se la quedó el brillante trabajo de Mark Rylance en El puente de los espías, y ver a Steven Spielberg puesto en pie fue fue uno de los grandes momentos de la noche.

Y es que fue una noche de momentos y de anécdotas. Porque como pensemos en una ganadora esa es Mad Max. Furia en la carretera, por la que la Academia ha mostrado un fervor sin precedentes para una película de género, hasta quedarse sólo por detrás de la multipremiada El retorno del rey. Hasta seis premios le entregó y por momentos dio la sensación de que la cosa iba a ir más allá para convertirla, con galones, en la triunfadora de la noche. Pero son seis Oscars. Los mismos, por ejemplo, que El Padrino II. El cine clásico muere en las comparaciones que deja esta ceremonia, de eso no hay duda. Lo que está claro es que a los académicos les va la marcha en cuanto al género se refiere, porque si no también resulta difícil entender el vacío a Star Wars. El despertar de la Fuerza, que perdió las cinco opciones que tenía. A Disney, por mucho que la exquisita Del revés de Pixar cumpliera con los pronósticos y se llevara el galardón al mejor filme de animación, no tuvo que hacerle gracia, pero las penas son menos penas con más de 2.000 millones de dólares recaudados sólo en cines y sin contar los miles de objetos licenciados que han vendido como churros.

¿Más perdedores? La gran apuesta es uno de ellos, porque sólo se llevó el primer premio por el que competía, el de mejor guión adaptado. Lady Gaga, sin duda, porque su actuación en la gala, ejecutada justo antes de que se diera el premio a la mejor canción, estaba pensada para que saliera del backstage a recoger el premio y se lo llevó la discutida canción de Spectre. Marte, Carol (ya olvidada en los premios principales) y Brooklyn confirmaron su anecdótica presencia en estos premios marchándose también de vacío. El puente de los espías, que no es lo mejor de Spielberg, logró más de lo que esperaba gracias a Rylance, y tanto La habitación como La chica danesa aportaron la frescura de la juventud con sus premios para Brie Larson y Alicia Vikander, las mejores actrices del año para la Academia. A la segunda incluso le alegró la velada al premio a los mejores efectos especiales para Ex Machina, su otra película del año y una gran sorpresa, pues fue la única categoría técnica además de la fotografía ya cantada para Lubezki en la que no triunfó Mad Max.

Al margen de los premios, llegamos a la gran anécdota de la noche, el boicot de la comunidad negra de Hollywood a la gala, el #OscarSoWhite del que tanto se ha hablado. Pues bien, fue el asunto monotemático de la histriónica conducción de la gala que hizo Chris Rock, centro casi exclusivo de su speech inicial, por supuesto objeto de su broma final, y paso obligado para todos los que querían hacer bromas en la gala. Cansino a más no poder. Alabemos, eso sí la capacidad de reacción de la Academia para convertir esta en la gala con más presencia de actores negros de la historia, con el propio Rock presentando, con Freeman dando el premio final, con muchísimos presentadores de esta raza y continuos planos al patio de butacas para buscar a sus representantes riéndose con las actuaciones del presentador. Hasta se puso bien visible a una violinista negra en uno de los números. Y, por supuesto, Spike Lee, promotor del boicot, apareció en el montaje que le mostraba recibiendo el Oscar honorífico. ¿Artificial? Sin ninguna duda. ¿Ayuda esto a la diversidad y a la igualdad? No, sólo al chismorreo, al chascarrillo y al debate estéril. Todo muy absurdo.

Y como el análisis de fondo no sirve, por eso la anécdota triunfa. Por eso lo mejor fue ver sobre el escenario a C-3PO, R2-D2 y BB8 rindiendo pleitesía al meganominado John Williams, y por desgracia megaperdedor, no lo olvidemos, ganar cinco de 50 nominaciones no es precisamente un gran dato para el que puede ser el mejor compositor de la historia del cine, por mucho que su derrota ante el nonagenario Ennio Morricone estuviera también cantada. Otro Oscar más de compensación, viendo la poquísima música suya que suena en Los odiosos ocho, por muy grande que sea el tema que ha compuesto para el filme de Quentin Tarantino. O la presencia como presentadores de Woody y Buzz, los míticos personajes de Toy Story recordándonos que llevamos veinte años adorándolos. Y es que esta vez no hubo apenas discursos emocionados, destacando el de Pete Docter con el mensaje más bonito de la noche, arengándonos a todos para crear, para hacer cine, para escribir, para dibujar, porque eso puede cambiar el mundo. Aunque luego no ganes un Oscar por ello.

viernes, febrero 26, 2016

'Brooklyn', un bonito sueño americano

El sueño americano es la base de incontables historias de ficción, y es un arquetipo que sigue funcionando francamente bien. Brooklyn es otro ejemplo más. Es la historia de una chica irlandesa que, viendo el poco futuro que tiene en el pequeño pueblo en el que vive, trabajando unas pocas horas en la tienda de una avara y desagradable mujer, decide emprender el camino al Nuevo Mundo, donde su vida cambiará por completo. John Crowley, director de escaso y poco popular bagaje hasta la fecha a pesar de que ha tenido repartos con nombres de lo más interesante, firma una película modélica, una de esas historias bonitas de ver, emocionantes de sentir y que dejan una impecable sensación de buen cine cuando acaban no sólo por su estilo clásico sino también por el espléndido perfilado de cada personaje y por su agradable sentido del humor.

Brooklyn deja, no obstante, una sensación curiosa, y es que durante muchos momentos parece mucho más apasionante lo que rodea a Eilis, la chica interpretada con muchísimo acierto por una impecable Saoirse Ronan, que la propia protagonista del filme. Sucede en la primera mitad larga, la expresión clara de ese sueño americano que motiva la película, su adaptación a la ciudad de Nueva York, cuando sobresale primero ese cónclave de jovencitas que viven de alquiler en la casa de la señora Kehoe (una encantadora y muy divertida Julie Walters) durante unas escenas en la mesa que son, de largo, lo mejor de la película; después, con el entorno laboral en el que trabaja en Nueva York; también con la presencia de Jim Broadbent, dando vida al cura que ayuda a esta joven en Estados Unidos; y finalmente con la aparición de Emory Cohen, tan brillante como sincera.

Es en la segunda mitad del filme, cuando las circunstancias obligan a que esa nueva vida tenga que cambiar de nuevo, cuando la película se centra ya definitivamente en Eilis. Y ese fragmento, siendo también más que estimulante, lo cierto es que supone un ligero bajón en el filme. Quizá sorprende porque los toques de comedia realista desaparecen casi de golpe. O quizá sea justo lo anteriormente mencionado, que todo lo que da brillo y lustre a la vida de Eilis queda algo aparcado por razones obvias y que no procede desvelar para no arruinar los giros del filme. La diferencia entre un escenario y otro del filme no empaña la sinceridad, la nobleza y la categoría que encierra Brooklyn, y que encuentra un fantástico final que confirma que, efectivamente, lo que narra ese relato, basado en la novela de Colm Toibin y adaptado por Nick Hornby, es que el sueño americano es real.

Brooklyn basa su fuerza en sus espléndidas interpretaciones y en una magnífica ambientación. Entre ambos aspectos, es francamente fácil sentirse atrapado en la vida, los sueños y los anhelos de esta jovencita irlandesa. Puede parecer poca cosa, algo muy modesto para encandilar de una manera tan absoluta, pero la dirección de Crowley, que siempre parece saber en qué personaje se tiene que centrar para que las sensaciones funcionen. Y de esta manera, Eilis se convierte en alguien tan cercano que, en realidad, el final de la película no impide al espectador seguir acompañándola un rato más. Eilis se queda en la memoria. Como Tony, ese joven italiano que aspira a su corazón y que casi convierte la película en una entrañable versión realista de La dama y el vagabundo. Brooklyn, en su sencillez, es deliciosa. Y eso, que parece fácil de conseguir, es en realidad una cualidad a valorar con firmeza.

'13 horas. Los soldados secretos de Bengasi', Michael Bay se quiere

A estas alturas ya es indudable que Michael Bay no va a cambiar su forma de hacer cine. Guste o no, y debe de gustar a bastante gente si sus películas siguen amasando montañas de dinero, esperar algo diferente es ya absurdo. Por eso, es fácil saber qué se puede esperar de 13 horas. Los soldados secretos de Bengasi, que no es más que otro alargado espectáculo de fuegos de artificio, patriotismo y personajes planos. Ni más, ni menos. Traducido, eso quiere decir que quien haya disfrutado con la forma de rodar de Bay en películas como Dos policías rebeldes, La roca, Pearl Harbor o Transformers lo más probable es que también disfrute con 13 horas. Quien esté cansado de esa manera de entender el cine, se puede dar por seguro que encontrará momentos de aburrimiento entre los numerosos disparos y explosiones que jalonan los larguísimos e innecesarios 144 minutos que dura este último trabajo de Bay.

Lo que está claro, y hasta se permite el lujo de dejarlo caer en uno de los diálogos de la película, es que Bay ha querido hacer su Black Hawk derribado. Y 13 horas se queda francamente lejos del filme de Ridley Scott, quien sí supo trazar un brutal retrato de la guerra moderna, emocionante y e intenso. Bay logra en algún que otro momento de su película sensaciones cercanas a las de ese clásico moderno del cine bélico, pero se pierde precisamente por meterse en jardines que no domina. Si hubiera rodado las 13 horas de las que habla el título, el asedio que vivió una base norteamericana en Libia por parte de los guerrilleros locales, la cosa habría mejorado. Y se habría recortado. Pero eso no comienza hasta los 45 minutos de película, y además a Bay le entran ínfulas de grandeza y quiere explorar la psicología de los personajes cuando son roles planos y repetitivos.

Sí se puede agradecer que el director haya aparcado la habitual vis cómica que suele introducir en sus películas y que aquí no sólo hubiera estado fuera de lugar sino que además habría arruinado por completo su tentativa de hacer una película realista. Pero no es suficiente, precisamente porque se le escapa la narración de la película en demasiados momentos. Si bien el escenario y la ambientación son notables, de largo de lo mejor del filme, la simpleza de los personajes, su escasa originalidad y lo mal insertados que están algunos de los momentos supuestamente más emotivos y personales de un reparto sin estrellas encabezado por John Krasinski y James Badge Dale, hace que esta tentativa de madurez se quede en el camino. Todo eso es lo que sobra en 13 horas, y sorprende que Bay incida en ello tantas veces. ¿Cuántas veces quiere justificar las emociones de los personajes en la familia que han dejado los soldados en Estados Unidos? Demasiadas.

El tema es que Michael Bay se sitúa más allá del bien y del mal. Se quiere, y probablemente se quiere demasiado, y eso le lleva a ofrecer en 13 horas un compendio de planos y recursos que ya ha mostrado en otras películas (calcar el plano cenital con la caída de una bomba que ya vimos en Pearl Harbor es la punta del iceberg). Pero como es verdad que hay gente que quiere su cine con tanta intensidad como él mismo, lo más normal es que la película funcione. Como quiere tocar la fibra sensible, la patriótica, la más norteamericana, es probable que convenza a mucha gente. Pero lo que nadie podrá negar es que 13 horas es Michael Bay en estado puro, eliminando únicamente los chistes que le ha dado hasta a robots transformables que quieren aniquilar la Tierra. Y como puro Michael Bay que es, como puro Michael Bay se le juzga.

'El bosque de los suicidios', torpeza de terror

Hace algunas semanas se dio publicidad al parecido que dos películas de Hollywood tenían con sendos cómics del escritor español El Torres, ambos maravillosamente dibujados por Gabriel Hernández. El velo, con Jessica Alba, es el más conocido. El bosque de los suicidios (el tebeo es El bosque de los suicidas, y el título original del filme es, simplemente, The Forest), llega antes. Dado que nadie se ha molestado en pagar derechos al autor, es hasta gratificante comprobar que la cinta del debutante Jason Zada está lejos de la categoría del cómic y que su historia no tiene más punto en común que el escenario real, el bosque de Aokigahara, junto al monte Fuji. Lo que en las páginas impresas es inteligente y terrorífico, en la película es torpe e incapaz de explorar las posibilidades del género. El Torres y Hernández logran que ese bosque tenga una importancia capital en su relato, mientras que en la película podría ser cualquier lugar. La diferencia, sobre todo, es de talento.

En El bosque de los suicidios hay poco. Pero es que además hay desgana. El terror es un género que, en el cine, es un triste moribundo. Sustos sin sentido (la escena del pasillo en el hotel es de traca), tensión innecesaria (¿por qué hay música pretendidamente ominosa en los planos iniciales de la película, en Tokio, como si en la ciudad fuera a pasar algo?), dejadez absoluta en los detalles (¿de verdad se internan en un bosque que todo el mundo sabe que es peligroso y en el que tan fácil es perderse sin agua, un par de barritas energéticas y la linterna de un móvil cuya batería debe de ser eterna?) y poquísimo terror (lo cual se explica, por ejemplo, en que se han eliminado escenas que sí aparecen en el trailer), concentrado además en un acto final lleno de trampas y preguntas sin resolver. Lo triste no es que la película haya salido mal, sino que da la impresión de que esto es lo que se quería hacer, alcanzando un mínimo para sacar algo de dinero en la taquilla y nada más.

Es una pena que la estimulante Natalie Dormer, la cara conocida (gracias a Juego de tronos) que una película de esta calaña siempre coloca al frente del reparto (sorprende que no se explote su presencia en los carteles), no tenga algo más a lo que agarrarse en esta historia, en la que da vida a dos hermanas gemelas, una de las cuales ha desaparecido en el mencionado bosque de Aokigahra, mientras que la otra emprende viaje para buscarla, con el convencimiento de que sigue viva. La torpe recreación del pasado que quiere dar justificación a sus posibles tendencias suicidas es otro de los problemas que tiene una película en la que unos personajes planos desde el guión no sugieren la más mínima empatía, por mucho que Dormer ponga todo su empeño. Los giros absurdos del guión, que al final no importa si son imaginaciones o realidades, añaden todavía más desconcierto a una película de terror que fracasa sobre todo en eso, en generar terror.

El bosque de los suicidios es el perfecto manual de la deriva que azota al género desde hace ya demasiados años. El caso es que sigue funcionando, porque al ser películas relativamente baratas, casi siempre consiguen recuperar la inversión e incluso ganar dinero. Pero eso no puede ocultar la desidia con la que se hacen. Zada tiene unos créditos escasísimos como para no dudar ya desde el principio de las posibilidades de un filme que apenas puede presumir de virtudes. Ni da miedo, ni sabe aprovechar el sensacional escenario escogido, que según la versión oficial fue idea de David S. Goyer, que ejerce de productor del filme, ni siquiera tiene un final desasosegante... Sólo la persistencia de Dormer por hacer algo creíble sostiene mínimamente un proyecto condenado al fracaso. O al suicidio. Pero el caso es que, a pesar del desastre, la taquilla responde. Qué difícil es explicar el porqué.

'Tenemos que hablar', una serie de catastróficas desdichas

Por Sonia Rodríguez Fernández

Con una línea argumental bastante trillada, llega Tenemos que hablar. David Serrano, director de Una hora más en Canarias, nos presenta una caótica comedia bastante predecible. Como pareja protagonista nos encontramos a Michelle Jenner y Hugo Silva, acompañados por el amigo de este, Ernesto Sevilla, y los padres de ella, Verónica Forqué y Óscar Ladoire. La película nos cuenta cómo Nuria, interpretada por Jenner, y Jorge, el papel de Silva, son unos novios perfectos y él, trabajador de banco, da una serie de consejos a sus suegros, llevándoles poco a poco a la ruina y, por el camino, destrozando ambos matrimonios. Dos años más tarde, ella ha seguido adelante con su vida junto a Víctor, interpretado por Ilay Kurelovic, con el que va a casarse y para lo que necesita el divorcio con Víctor.

A partir de aquí, una serie de malentendidos y catastróficas desdichas, a cada cual más absurdo que el anterior, hacen que la trama se complique hasta un punto que hace que nos preguntemos cómo hemos llegado hasta aquí. Nuria, que necesita el divorcio, llama a Jorge para decirle "tenemos que hablar" y desde este momento todo pierde el sentido: Jorge se cae por una ventana, lo que hace creer a Nuria, junto con otros momentos comprometidos, que su antigua pareja se quiere suicidar por ella, por lo que intentará de todo, buscarle un trabajo o reconciliarle con sus propios padres, para que este no pierda las ganas de vivir. Para ello enrolará a todos a su alrededor, como sus padres, los cuales no quieren ni oír hablar de Jorge, para que participen en esta charada hasta toparnos con un final igual de absurdo y por todos esperado.

Con golpes de humor que a veces son acertados y otras veces pasan desapercibidos, la película se puede considerar entretenida para pasar una tarde pero poco más. Verónica Forqué, sin duda lo mejor de la película desde su papel secundario, hace reír con su naturalidad de siempre, que tan famosa se hizo por ejemplo en Pepa y Pepe. En contraste nos topamos con un Ernesto Sevilla que se desenvuelve con una actitud idéntica a la que que usaba en aquella Muchachada Nui, con los mismos chascarrillos de entonces. Eso hace que su personaje parezca forzado y pierde así gran parte de su gracia. En cambio, a aquellos a los que les guste ese estilo de siempre estarán en su salsa con su actuación.

Por su parte, la pareja protagonista, Jenner y Silva vuelven a demostrar esa química con la que ya se desenvolvieron en Los Hombres de Paco, la serie que en su momento tantas alegrías nos dio. Jenner, muy bien en su papel, demuestra que desde que se estrenara esta serie, hace ya una década, ha progresado mucho en sus dotes interpretativas. Silva, eso sí, se muestra demasiado artificial, demostrando que se le dan mejor las comedias más sutiles o papeles más serios como los de El cuerpo o Musarañas. No hay que olvidarse del tercero en discordia, Ilay Kurelovic, un desconocido actor argentino que demuestra una muy notable actuación como novio incomprendido. Definitivamente, una comedia española más para el olvido.

viernes, febrero 19, 2016

'Deadpool', divertida pero menos gamberra de lo que debiera

Hay mucha diversión en Deadpool. Muchos diálogos ingeniosos, mucho de las características que el personaje tiene en el cómic, mucha violencia desatada y mucho ritmo en una película que va como un tiro. Pero al final, cuando se encienden las luces, uno se da cuenta de que la historia que envuelve esos desternillantes y muy brillantes momentos es muy poquita cosa y que, en realidad, la película se acerca muchísimo más de lo wue quisiera al cine de superhéroes que aparentemente se propone criticar. Lo más normal es que esto sea un síntoma de conservadurismo, una forma de rebajar el gamberrismo y las muchas muertes violentas que hay en su metraje y hacer que todo sea algo más aceptable. Pero eso mismo rebaja también el alcance de una película que invita a pasárselo muy, muy bien pero que destaca por detalles puntuales, no por su concepto ni por su historia. En otras palabras, no es tan gamberra como debiera haber sido pero convence lo suficiente.

La sensación que predomina es la de que si la película se ha hecho es por el empeño de Ryan Reynolds en borrar sus dos experiencias previas en el mundo del superhéroe, la más bien sosa Green Lantern y la debacle absoluta de este mismo Deadpool que se vio en X-Men orígenes: Lobezno. Quizá por eso la película se puso en manos del debutante Tim Miller, técnico de efectos visuales. Pero Miller, en todo caso, sale airoso del trance por dos cuestiones fundamentales. La primera es que sabe recuperar la esencia de Deadpool desde sus impresionantes créditos iniciales, la mejor manera de hacer entender que no estamos ante un enmascarado al uso, y la segunda porque sabe hacer funcionar al personaje a pesar de que no es exactamente un héroe, ni siquiera un antihéroe. Deadpool es inclasificable antes y después de ver la película, y eso es exactamente lo que necesitaba el personaje, al que Reynolds sabe darle el tono adecuado más con su voz que su presencia.

Y es que ahí es donde se esconde la flaqueza de Deadpool. Nunca es necesario ver tanto tiempo en pantalla a un actor cuando su personaje es un enmascarado al que en realidad no tendríamos que ver nunca. Por mostrarle, la película acaba cayendo en los tópicos del género de los que en realidad le apetece tanto reírse (y de hecho se ríe). Como todo el origen de Deadpool se narra como un flashback en el tramo central del filme, es ahí donde se concentra el bajón más evidente en el ritmo y en la historia. Y no precisamente por los actores, correctos Reynolds y Morena Baccarin, sino porque ahí lo convencional se apodera de la película. Y eso, con el nivel de irreverencia mostrado hasta ese momento, supone un golpe al propósito del filme y a la diversión que proporciona en su primer y tercer acto, en el que también es reprochable la corrección que hay por un lado y la poca épica que logra el villano de la función, también entre lo más flojo de la cinta.

Deadpool pasa el corte con relativa facilidad y porque sus mejores puntos son francamente buenos, pero es difícil no entender el resultado final como una mezcla entre lo que tendría que haber sido, lo que le habría gustado a director y actor protagonista que hubiera resultado y lo que el estudio ha permitido hacer. Así que en realidad lo mejor para disfrutar con la propuesta es entender Deadpool como un divertimento irreverente con picos de intensidad muy variables, que logra lo mejor cuando el protagonista se carga la cuarta pared y se pone a hablar con el público y que baja bastante cuando adopta lo más convencional del cine del que se tendría que haber separado. Es de suponer que a Fox le seducía la idea de acercar Deadpool a su franquicia de los X-Men, y de ahí parte de la historia y del tono, pero en el fondo deben saber que no es lo que más le convenía a esta expansión de ese universo. Convence pero no enamora.

'La corona partida', solvente prolongación televisiva

Siempre es una buena noticia que una película sepa sortear los prejuicios más negativos que suscita en su concepción. El éxito televisivo de Isabel y Carlos, las dos series históricas de Televisión Española, es la razón de ser de La corona partida, nexo de unión entre ambas. Es fácil pensar que la producción no deja de ser más que una TV movie, o incluso un episodio alargado, para lograr una comercialidad que obviamente no ofrece la televisión pública. Y aunque el deseo de arañar algunos euros seguramente también esta detrás del proyecto, lo cierto es que estamos ante una solvente prolongación del producto televisivo, que no siempre consigue escapar a la pretensiones de la pequeña pantalla pero que que se mueve con bastante dignidad dentro de su limitada ambición. Desde luego, quien haya seguido las series saldrá satisfecho.

La pregunta es si estamos ante una película apta para públicos que no hayan visto Isabel ni Carlos. Visto el filme, la respuesta positiva es fácil de defender. Es verdad que se echa en falta algún tipo de introducción, muestra de que tampoco hay unas pretensiones demasiado elevadas (y que son dignas de un estudio sobre nuestros propios complejos: ¿por qué la riquísima historia de España no es capaz de servir de base a filmes épicos del estilo de Braveheart?), e incluso de un mayor respaldo explicativo a lo que está sucediendo en la pantalla, pero la acción fluye con bastante naturalidad gracias a los dos elementos que mejor funcionan en la película: su reparto y su diseño de producción. Desde ambos campos, hay un empeño bastante elocuente en hacer que la historia funcione, y las limitaciones narrativas y de dirección no coartan lo que se ve con bastante agrado.

Aunque el reciente Goya que ha ganado Irene Escolar hará que las miradas se posen en ella (de hecho, es el centro del cartel, aunque su papel durante muchos momentos de la película no es el central), es de justicia destacar la planta que tiene un buen Rodolfo Sancho, la aparición de José Coronado y, sobre todo, la sutil interpretación de Eusebio Poncelo, dando vida al Cardenal Cisneros, el hombre que maquina para sostener la delicada relación entre Fernando el Católico y Felipe el Hermoso (Raúl Mérida), pretendientes ambos al trono de Castilla tras la muerte de Isabel y, en realidad, mucho más protagonistas de esta película, que se puede apreciar como una correcta intriga palaciega y política que sabe explotar sus virtudes para que se vean menos sus defectos, como por ejemplo los largos planos que quieren demostrar la gran escala que no tiene o las persecuciones que no están a la altura de una producción más importante.

El aspecto de la película es, con diferencia, lo que más convence. La localización de escenarios y el cuidado detalle en el vestuario y en todo aquello que ha de transportarnos a comienzos del siglo XVI, es el apoyo básico del filme, que acaba convertido en una auténtica lección de Historia, esa riquísima historia de España de la que tan poco parecemos saber en realidad. Si Isabel, Carlos y ahora La corona partida sirven para alimentar ese interés y cimentar un cine histórico del que no solemos tener demasiadas muestras, bienvenidos sean. El ligero resquemor que queda es que precisamente por ese origen televisivo no estamos ante la película definitiva sobre el tema, con diferencia mucho mejor que aquella sorprendente, y no en el buen sentido, tentativa de Bigas Luna de mostrarnos a Juana la Loca. Pero, igualmente, ojalá esto permite empresas más ambiciosas. Y mientras esperamos espectáculos más gloriosos, La corona partida es un aperitivo aceptable.

viernes, febrero 12, 2016

'Zootrópolis', los animales de Disney se sofistican

Unir animación y animales es casi tan viejo como el propio cine. Asumir que es una de las marcas de identidad de Disney, con la misma fuerza que sus historias de princesas y cuentos de hadas, es el primer paso para afrontar Zootrópolis. Pero resulta que los animales de Disney se han sofisticado, han llegado a una deliciosa modernidad, a un esfuerzo por satisfacer a niños y adultos, algo que la misma Disney dominó en su época dorada de los años 90 pero no de esta forma. ¿Por qué? Sencillo. Zootrópolis es un noir protagonizado por animales antropomorfos, siguiendo una estela imposible de desconectar del éxito del cómic de Blacksad, con el que mantiene más de algún paralelismo creativo, mezclado con la tradición más pura de Disney, en la que los animales, efectivamente, siempre han tenido un papel destacado. John Lasseter está llevando a la casa del ratón a un nivel increíble hace no tanto tiempo, haciendo que su marca abarque todavía más formas de entretenimiento.

Porque Zootrópolis, de partida, es justo eso, un entretenimiento de primer nivel. Es una película divertida (absolutamente impagable el gag de los perezosos, cúspide cómica de la cinta), perfecta para los más pequeños por la aventura que plantea y por el siempre formidable diseño de personajes del que hace gala Disney (nada que envidiar a Pixar), pero adecuada para los adultos de una forma natural e imaginativa, aceptando muchas fórmulas del cine negro y policíaco, también de las buddy movies, para que no desentonen en una historia que, con moralina incluida, está claramente dirigida a los más pequeños. Y por si faltaba algún detalle que hiciera que los padres se lo puedan pasar tan bien como sus hijos, sobrinos o nietos, atención a las referencias cinéfilas, televisivas y culturales que se deslizan, momentos fantásticos que nunca caen en lo superfluo o lo fácil.

La sofisticación que ofrece Zootrópolis arranca de sus mismos protagonistas, con un personaje femenino que no es una princesa como centro del filme. Judy Hopps es la primera conejita que consigue convertirse en agente de policía en la gran ciudad, pero allí descubre que soñar con algo no basta para que se haga realidad. Con mucha suerte, consigue hacerse cargo de un caso que puede salvar su sueño o hundirlo definitivamente, y para ello contara con la ayuda de Nick Wilde, un zorro tramposo y granuja. Se puede ver Zootrópolis mediante su capa más externa, la de un relato divertido y juguetón, colorista e imaginativo, o, a partir de ahí, se puede profundizar en la historia y encontrar pequeños mensajes. Judy sufre para lograr el éxito, no cuenta con el respaldo de su jefe ni de sus compañeros. Protagoniza en primera persona la corrupción política, el enchufismo, el bullying y hasta el rechazo a las minorías o el peligro de los medios de comunicación.

Todo eso está presente en la película. Pueden ser pequeñas píldoras, y desde luego no son la razón de ser esencial de la película. Pero están y no por casualidad, sino porque sirven para enriquecer la locura animalística que propone el filme, delirante en algunas ocasiones, brillante casi siempre y desde luego con una factura técnica descomunalmente conseguida. De todo ello cabe hacer responsable a la amalgama que Disney ha hecho en la dirección del filme, compartida por el debutante Jared Bush, el realizador del Disney más Pixar, ¡Rompe Raph!, Rich Moore, y uno de los artífices de la recuperación del Disney más clásico, el de Enredados, Byron Howard. Quizá hiciera falta esa mezcla para que el Disney de siempre, el que ha venido divirtiendo a generaciones de niños pese a las críticas que genera este tipo de entretenimiento entre espectadores (y críticos) más adultos, con historias que supongan un reto no sólo para las nuevas generaciones sino también para esos adultos que no necesariamente tengan el síndrome de Peter Pan. Y eso lo consigue. Con brillantez.

viernes, febrero 05, 2016

'El renacido', la lucha por el aburrimiento

El éxito continuo en forma de críticas incondicionalmente positivas y premios de toda índole han hecho de Alejandro González Iñárritu uno de esos directores que han dando un salto de autoría y se consideran, con o sin razón, por encima de las convenciones habituales. Cada nueva película que presentan tiene que ser la mejor y se hace con esas pretensiones. Pero Iñárritu, a quien siempre se ha podido discutir con más contundencia de lo que se ha hecho hasta ahora (Babel o Birdman pueden ser los mejores ejemplos, sobre todo la primera), se ha sentido tan encumbrado que se siente capaz de todo. Y todo, en ese caso, es El renacido, una película sobre la lucha por la vida que, en realidad, es una lucha por el aburrimiento. Con una mínima excusa, monta una película que supera las dos horas y media excesiva en todo, técnicamente precisa pero narrativamente muy vacía, con enormes tiempos muertos y un montaje delirante en el que sobran planos y secuencias a patadas.

El renacido es, en este sentido, una de las películas que confirma que el nombre vende más que el talento. Esta misma película, si la firmara un director anónimo y no contara con grandes actores en el reparto, probablemente generaría apenas una atención mínima. Pero firma "el ganador del Oscar" y cuenta con el actor que lleva veinte años siendo ninguneado por la Academia, por lo que parece hasta ahora. Y, de esa manera, El renacido se convierte en una película casi obligatoria. Pero atendiendo a sus méritos, es una película muy limitada, que desde luego se queda muy lejos de justificar el ejercicio de estilo inflado que quiere ser. La excusa de la película no es más que una aventura de venganza. Y eso no llega hasta los diez minutos finales de los 156 de los que se compone la película. Lo demás es, en realidad, un infladísimo prólogo que comete un pecado capital: la reiteración. Es imposible rellenar tanta película con tan poco material si no se recurre a la repetición.

Iñárritu, no obstante, es inteligente. Sabe que no está contando gran cosa y por eso vuelca todo el énfasis en dos aspectos, que son los que destacan. Por un lado, el preciosismo técnico, muy acertado en el caso de la fotografía de Emmanuel Lubezki, que ilumina de forma memorable una colección de hermosísimos planos superfluos, fallido por inconexo en la música que firman Ryuichi Sakamoto, Alva Noto y Bryce Dessner. Por otro, las actuaciones, sobre todo de Leonardo DiCaprio y Tom Hardy. El primero muestra un descomunal calvario físico, y aunque procede admitir el enorme esfuerzo que le supone al actor, tan profesional como siempre, lo cierto es que tampoco deslumbra en comparación con algunos trabajos suyos previos, mucho más interesantes. Pero lo extremo llama la atención, de ahí la apuesta de Iñárritu por una violencia tan descarnada en algunos momentos. Hardy, por su parte, se está convirtiendo en un actor esencial para entender la importancia de la voz y, sobre todo, de la contextualización de los personajes mediante esa imprescindible herramienta.

El renacido arranca bien, con una buena secuencia de acción, rodada de una forma personal e inteligente. Y acaba bien, con el clímax de esa venganza que se va mascando durante toda la película, por mucho que Iñárritu pierda el foco para repetirse e incluso para repetir recursos que ya hemos visto en otras películas en las que se muestra la supervivencia de un personaje en situaciones adversas. ¿Pero entre ambos momentos? Mucho aburrimiento. Demasiado. La apuesta de Iñárritu era efectivamente arriesgada, porque deja durante muchos minutos en solitario a un personaje ya de por sí poco hablador y que, además, no siempre utiliza el inglés para hablar. Pero casi todo lo que vive en el intervalo entre el arranque y el final del filme se acerca demasiado a la paja, a un relleno con el que mostrar esos dos campos en los que se destaca, el técnico y el interpretativo. El renacido queda así como una de esas películas que responde al tópico de que cuando se habla de lo visualmente impecable que es un filme es porque, en realidad, el resto es muy aburrido.

'Carol', bellísima historia de amor

Con Carol se va a cometer una injusticia tremenda. Va a pasar a la posteridad por ser una historia de amor entre dos mujeres, cuando en realidad tendría que hacerlo, simplemente, por ser una historia de amor. Habrá morbo, habrá hasta oposición en este mundo menos abierto a la diversidad de lo que nos gustaría, pero no habrá un juicio incondicional hacia lo que Todd Haynes nos muestra, una bellísima historia de amor. Sin más. La protagonizan dos mujeres, obvio, y eso da un contexto interesantísimo, el que Patricia Highsmith puso como base de su novela de 1952, año en el que está ambientada la historia en sus versiones literaria y cinematográfica. Siendo algo fundamental y rompedor en el momento en que el relato vio la luz, cuando más de medio siglo después asalta la pantalla tendría que ser algo mucho más normal. No lo es, y ahí también hay que alabar la valentía de Haynes para que Hollywood admita una historia de amor lésbico como ya ha admitido otras entre homosexuales.

Pero para hablar de las cualidades cinematográficas de Carol, es necesario hacer ese ejercicio y coger algo distancia. No está en el protagonismo de dos mujeres el mensaje esencial de Carol en nuestros días, o no tendría que estar ahí, cuando Brokeback Mountain ya rompió esa barrera en el año 2005 o incluso cuando lo hizo La vida de Adèle en 2013. Lo que habría que desatacar del filme de Haynes es su delicadeza a la hora de mostrar un amor prohibido y con enormes barreras. Habría que volcarse en el hermosísimo retrato que hace de dos personas que tienen que hacer frente a una situación difícil, a las tentaciones de un amor que saben que les provocará problemas. Haynes rueda con una elegancia admirable, con una intensidad enorme y con una categoría que encuentra un brutal reflejo en el trabajo de sus dos actrices principales, Cate Blanchett y Rooney Mara, dos presencias absolutamente deslumbrantes de principio a fin.

El duelo interpretativo entre ambas es exquisito, y de alguna manera recuerda al que Susan Sarandon y Geena Davis protagonizaron en Thelma y Louise, una película con la que, si nos olvidamos de la cuestión lésbica, comparte alguna que otra característica. Y es un duelo que crece todavía más porque no hay sin ganadora, con lo que se prolonga hasta el infinito, hasta cada pequeño matiz que se quiera analizar. Ambas entienden sus personajes con una elegancia impresionante. Haynes, además, entiende todo lo que ellas le están ofreciendo y termina de redondear la película contándola prácticamente en su totalidad como un flashback que parte de una escena en la que ellas hablan sin que sepamos de qué están hablando. Hay en el último acto de la película algún pequeño bajón, que procede de dar una falsa impresión de final muchos minutos antes de que se acabe la historia, pero quitando ese mínimo defecto es francamente difícil encontrarle alguna flaqueza a la película.

No es fácil entender que la Academia, reconociendo a sus dos actrices principales (la trampa de dejar a Rooney Mara como secundaria es inadmisible, una treta de márketing que ayuda a alejar los Oscars del público, que no es tan idiota como para no ver que su personaje es incluso más protagonista que el de Cate Blanchett) y a su guión adaptado, no haya colocado el filme como uno de los mejores del año. Y la única explicación posible es la injusticia con la que arrancaban estas líneas. Carol no es sólo la historia de amor entre dos mujeres ambientada en los años 50, ni siquiera encuentra su mejor argumento en que haya o no escenas de sexo entre ellas, sino que sobre todo es una película formidable, probablemente la mejor que ha rodado el director de Lejos del cielo, y un bellísimo relato de amor, con un clasicismo estético y formal, una brillantez a todos los niveles y sobre todo dos actrices en estado de gracia que merecen una y mil reverencias por su trabajo.

viernes, enero 29, 2016

'Spotlight', magnífico y clásico cine de periodistas

Hay subgéneros que parecen tener un encanto especial, se haga lo que se haga en y con ellos. El cine de periodistas es uno de ellos. Es un encanto clásico, pausado, inteligente, quizá por todo ello no apto para paladares que exijan una acción más contundente, un montaje más contemporáneo o personajes más extremos, pero para queiens gusten de esa manera de hacer cine sacada de otro tiempo cualquier revisión es interesante. Cuando se hace con tanta maestría como en Spotlight, es sencillamente una magnífica lección de cine. Eso es lo que consigue Tom McCarthy, quien, como en The Visitor, consigue que la fuerza emane tanto de la historia que tiene entre manos como de su gran capacidad para dirigir actores. McCarthy filma dos horas de puro cine, un contundente relato en el que nada sobra y nada falta y en el que sumerge con firmeza al espectador.

Spotlight es el nombre del grupo de investigación de The Boston Globe y la película sigue su trabajo para destapar la red con la que la Iglesia católica ocultó los abusos a menores de diferentes curas. Solventando todos los posibles problemas, el tratamiento que le da el filme está a la altura de tan delicado tema. Qué fácil habría sido caer en trampas morales y maniqueísmos y, sin embargo, la película no tiene nada que envidiar a grandes clásicos de este subgénero como Todos los hombres del presidente. Esto es periodismo, esto es cine, y la mezcla de ambos es impresionante. Lo que se muestra es sutil, porque, cumpliendo con una función de denuncia que probablemente le generará las suficientes antipatías como para no ser la película triunfadora en la temporada de premios, no se limita a explorar esa vía. Importa el mundo, pero importan los personajes.

Y los diálogos, insertados en una compleja pieza de relojería que avanza con tanta naturalidad como la vida misma. Hasta el encaje del 11-S en esta investigación, coincidieron en el tiempo, es formidable. Michael Keton y Mark Ruffalo parecen llevarse lo mejor del guión, claramente por encima de Rachel McAdams (su papel guarda ciertas similitudes con el que ya interpretó en la infravalorada La sombra del poder, donde ella estaba aún más impresionante) y Brian d'Arcy James, los otros dos integrantes del grupo Spotlight, con aportaciones maravillosas de otros espléndidos actores. Ojo al papel de Stanley Tucci (y a su última frase en la película, verdadero corazón de la historia y el momento más emotivo para quienes sientan el periodismo como algo importante y no como lo que, por desgracia, es ahora mismo en demasiados ámbitos), pero también al de Liev Schreiber, Billy Crudup o John Slattery.

La brutal y descarnada trascendencia que tiene Spotlight se ve al arranque de los créditos finales, cuando con un escalofrío se constata la escala de los abusos sexuales a menores de los que se habla en la película. La que tiene Spotlight como película se siente desde el principio, desde un impresionante prólogo, delicado y complejo, hasta que se llega al final, una memorable loa a la profesión periodística. Entre ambos instantes, dos horas de cine puro. Clásico, sí, y eso, por desgracia, probablemente limitará la fascinación que se pueda sentir por el filme de McCarthy. E incisivo, sin duda, y eso también, como cuenta el mismo filme, hará que sectores católicos la entiendan como un ataque. No lo es. Es un maravilloso canto a la verdad, la que se abre camino cuando la integridad se pone por encima de la conveniencia o la dejadez. Eso es Spotlight, una auténtica maravilla que se ha ganado el derecho a perdurar.

'Creed', el tiempo no perdona

Cuando se coloca un interesado y tramposo subtítulo como La leyenda de Rocky a una película como Creed, el mensaje que se está transmitiendo es que el tiempo no perdona. O, incluso, que cualquier tiempo pasado fue mejor. No es del todo cierto, pero es evidente que Creed es, quiere ser, un remake encubierto del primer Rocky dándole el protagonismo al hijo de Apollo Creed, el primer rival del Potro Italiano, y dejando a Sylvester Stallone en un confortable rincón del ring, lo suficientemente importante como para que el espíritu de la película siga siendo el suyo pero también abriendo paso al futuro. El resultado es bastante mejor de lo que cabía esperar, pero desde luego está a años luz de Rocky. El tiempo no perdona, no, y muchas de las cuestiones que tocaba Rocky forman parte de un mundo mucho más ingenuo que el actual.

Aceptadas esas diferencias, lo primero que llama la atención de Creed es una duración a todas luces excesiva. Si Ryan Coogler hubiera sido capaz de recortarle 25 minutos, su película hubiera sido mucho más atractiva. Tiene demasiados tiempos muertos, demasiadas escenas que recurren al tópico o que en realidad no ayudan a que la historia avance, y alguna que otra trampa emocional bastante evidente. La sencillez de Rocky (que no simpleza, no confundamos) se pierde en la nebulosa del tiempo, en los nada menos que 40 años que han pasado desde el filme original de la serie, y se ve sustituida por un efectismo que no le sienta del todo bien y por momentos videocliperos que sobran, como el del nuevo Creed corriendo por las calles de Filadelfia, rodeado de moteros para emular aquel extraordinario momento del primer título de la serie.

Con los combates, Coogler demuestra que quiere hacer algo visualmente diferente dentro de una estructura ya conocida. Pero falla porque el clímax, la pelea final, el momento cumbre, aquel llamado a poner la piel de gallina (y que incluso quiere emular la magnífica música de Bill Conti para la película de 1976) es bastante inferior al primer combate que muestra, rodado como un plano secuencia del mismo interior del ring. Ahí sí se mantiene la esperanza de que la película haga algo diferente, y no lo hace Ver a Rocky es un placer, y precisamente por esa enorme cantidad de años en los que el boxeador ha aparecido en la pantalla hay que apreciar esta cinta como algo atractivo, un canto a la nostalgia de los que tanto gusta en Hollywood. Pero de ahí a que Sylvester Stallone, de repente, se convierta en un actor premiable, va a un trecho. Stallone es Stallone. Lo era en Rocky y lo es en Creed. La simpatía sigue ahí, pero ya.

El cambio de protagonista es un indicativo de que el tiempo de Rocky, por desgracia, ya ha pasado. Entre la nostalgia y el relevo generacional, el paso del testigo de manos de Stallone a las del personaje de Michael B. Jordan, un personaje exageradamente emocional para lo poco que en realidad se puede rascar de él, la cosa marcha relativamente bien. No hay un descalabro que se podía temer, aunque tampoco estamos ante una de las mejores entregas de la serie. El homenaje era probablemente tan necesario como inevitable, y por eso la cinta no termina de despegarse de un camino que la convierte en algo previsible. Incluso exagerada por momentos. Pero entretiene lo suyo, siendo fiel al legado de una serie muy longeva. No es poco. Podría haber sido mucho peor y sin embargo el resultado final deja un sabor de boca bastante aceptable.

viernes, enero 22, 2016

'La gran apuesta', una gozada coral

Qué pocas veces se exploran todas las herramientas que ofrece el cine para contar una historia, y qué satisfactorio es cuando todas, o casi todas, se utilizan en una sola película para goce absoluto del espectador. Eso es La gran apuesta, una historia fascinante contada de un modo aún más deslumbrante, llevando hasta el extremo la capacidad del cine como medio, rompiendo la cuarta pared, usando el ritmo de videoclip, utilizando el cameo de la forma más inteligente posible y desplegando a un grupo de personajes absolutamente fascinantes. Adam McKay, qué sorpresa es encontrar al director de Hermanos por pelotas, desplegando tanta inteligencia en estas poco más de dos horas, ofrece la más gamberra y fascinante explicación a la crisis financiera de la que todavía sentimos los efectos. Y todavía es más sorprendente si nos damos cuenta del impresionante nivel de detalle que despliega para conectar esta historia coral.

Es tan buena La gran apuesta que solventa de una forma fascinante su mayor escollo, precisamente lo que provocó que la crisis llegara tan lejos y de forma tan profunda: un lenguaje ininteligible. Es imposible seguir la película en toda su extensión a menos que se tenga formación económica. Pero lo mismo que usaron bancos y fondos de inversión para confundir a los ciudadanos de a pie y enriquecerse a su costa es lo que usa McKay, en un deslumbrante guión que coescribe con Charles Randolph basándose en el libro de Michael Lewis, para trazar un relato brutal y demoledor que, más que una explicación, es una mofa cínica de esta crisis. Cínica, porque usa personajes muy extremos para su historia, tipos que sacaron provecho económico de la enorme farsa (por no decir estafa) que generó la inestabilidad económica más reciente. La multiplicación de términos imposibles, que en la broma más amplia de todas están extraídos de la vida real, construye una tragicomedia única.

Su ritmo es salvaje y no deja ni el más mínimo resquicio al aburrimiento, y todo brilla tanto, esa es otra de sus grandezas, que incluso prescindiendo de entender el complejo lenguaje económico del que hace gala todo queda claro viendo a los personajes y entendiendo el tono de cada momento. Tampoco el desfile de actores (ojo a los cameos, que conforman las escenas más delirantemente divertidas de un conjunto que no deja títere con cabeza), en el que procede destacar a un Christian Bale que sabe explotar las inmensas rareza de su personaje, desde su gusto musical hasta el pasearse descalzo, y a un Steve Carell que después de su sorprendente interpretación en Foxcatcher cada vez impresiona más cuando se sale de su vis más cómica, más incluso que un Ryan Gosling que, eso sí, se queda el papel de conductor del filme, o un Brad Pitt, por completar los nombres que aparecen en el cartel, que como productor se reserva un trocito relevante pero menos espectacular de la trama.

Quién iba a decir que la mejor explicación cinematográfica a la crisis llegaría en forma de una comedia cínica y explosiva como esta. La gran apuesta es un viaje tan loco como terriblemente realista, en la que cada golpe de efecto supera al anterior, en el que los rótulos, la cámara la lenta, los planos congelados, la música... absolutamente todo juega un papel esencial para sentirse abrumado por el espectáculo al que se asiste, una farsa en toda regla que fascina y asquea a partes iguales, un memorable todo vale sin héroes y en el que la figura del caradura actúa como catalizador a un lado y otro de la pantalla. Para el enfoque más serio de la crisis desde el mundo del cine, la también espléndida Margin Call. Pero para reír, y llorar al final cuando uno se da cuenta de lo que ha nos ha contado es real, La gran apuesta. Una gozada.

'The End of the Tour', David Foster Wallace para iniciados

Genialidad y conocimiento tienen una relación compleja. La tienen cuando la obra resultante es poderosa pero, al mismo tiempo, exige un saber previo. The End of the Tour se enfrenta con ese dilema y sale victoriosa porque esquiva casi todos los problemas a los que hace frente. No obstante, sí se convierte en una película para iniciados. El filme de James Ponsoldt cuenta la entrevista de cinco días que un periodista de la revista Rolling Stone, David Lipsky (Jesse Eisenberg), le hizo al escritor David Foster Wallace (Jason Segel), basándose en el libro escrito por el propio Lipsky. Y sí, parece bastante vital para entender toda la dimensión de la película conocer a Wallace, más su personalidad que su obra, para alcanzar a comprender lo que propone Ponsoldt. De lo contrario, el espectador afronta un nuevo problema: la fascinación.

Ese es el tema fundamental de la película (ese y la soledad, como evidencia la secuencia que Ponsoldt se ha dejado tras una primera parte de los créditos finales), y es ahí donde la necesidad del director de esquivar un planteamiento demasiado explicativo topa con el desconocimiento del espectador medio. Wallace no es un tipo fascinante. Lo es su obra, y lo puede ser también el contraste entre la categoría que se le atribuye a sus libros y ensayos con su vida anodina y sencilla, pero él no lo es. Y la película no hace que Lipsky alcance tampoco esa categoría. De esa manera, The End of the Tour es una convivencia de cinco días, una conversación continua entre dos personajes que copan casi todo el metraje del filme entre ambos y que tienen mucho que contar pero sin perder un aire de cotidianidad que, precisamente, resta fascinación cinematográfica.

Ahí radica, por contradictorio que parezca, el mérito de Segel y Eisenberg, que sostienen con una exquisita maestría una película que descansa en ellos de forma casi exclusiva. Segel, que nos tiene acostumbrados a papeles de comedia, se mete en la piel de Wallace de una forma bestial, y aunque la película no termina de invitar a que se investigue sobre la figura del escritor, quizá demasiado vinculada a un interés norteamericano que Ponsoldt no se esfuerza en disimular, el intérprete sí consigue una acertadísima composición. Lo mismo sucede con Eisenberg, que confirma que es un actor capaz de cualquier cosa cuando se olvida de interpretarse a sí mismo y frena la incontenible velocidad de su verborrea para conseguir meterse en la piel de una persona normal. The End of the Tour son ellos, para bien o para mal.

Lo que está claro es que llevar a la pantalla el complejo universo intelectual de Wallace no sólo no es fácil sino que además presenta unos riesgos elitistas que el cine, probablemente, no se puede permitir. No, al menos, con una historia que se circunscribe a un periodo tan concreto. Ponsoldt sí se muestra hábil para que ese universo cerrado, apenas roto por un brevísimo prólogo y un muy inteligente montaje hacia el final del filme, funcione en sí mismo. Su problema está en que no es nada fácil inferir de lo que vemos lo que en realidad era Wallace. Incluso da la impresión de que la película crece cuando se introducen elementos distintos a los dos protagonistas, cuando más que una entrevista la historia se convierte en una lucha de envidias y recelos manifestados con sutileza. Lejos de ser una obra indiscutible, The End of the Tour sí consigue mantener el interés durante sus 106 minutos y destaca sobre todo por sus dos actores principales.

'La juventud', extraña poesía

Son indudables los valores poéticos de Paolo Sorrentino, el autor que se metió al mundo en el bolsillo (y un Oscar) con La gran belleza, y que se manifiestan también en La juventud. Pero la suya es una poesía a ratos extraña. En este filme, desde luego, plagada de altibajos, de escenas maravillosas y momentos en los que no se sabe muy bien hacia dónde pretende conducirnos. Y con un final que no es tan fácil de desentrañar, por momentos es razonable la duda sobre si lo que está haciendo es un retrato melancólico sobre la tristeza y el cansancio o si lo suyo es un canto a la vida intenso y emocionante. El último plano del filme, desde luego, añade más elementos para el debate. Todo esto, no obstante, hay que colocarlo en la bandeja de los aciertos, porque está claro que la película invita a pensar y eso nunca puede ser malo.

Quizá el problema esté no tanto en lo racional sino en lo emocional. Sorrentino juega con la comedia y con el drama, desembocando a veces en la tragedia y sin que muchos de los personajes que coloca en este microcosmos en que convierte un lujoso hotel en los Alpes terminen de posicionarse en uno u otro espectro. La amalgama es lo que confunde. Hay personajes de abierto calado cómico, como ese émulo del Maradona en la peor forma física posible que comparte retiro con los auténticos protagonistas del filme, un director de orquesta retirado (Michael Caine) y un director de cine que ultima el guión de lo que tendría que ser su testamento cinematográfico (Harvey Keitel). Los dos, sublimes, reconcilian las dudas que pueda generar la película con el espectador y evidencian, una vez más, que el talento no tiene edad y que la juventud que pregona el título es de espíritu y de corazón.

Puede que esa sea la lección de la película, su ruptura con los convencionalismos del cine moderno, esa que apuesta por la juventud del cuerpo y de la belleza como única fórmula posible para convencer a la audiencia. La trampa, no obstante, está en que Sorrentino también cae en ese mismo pozo (no hay más que ver a la Miss Universo que, como reviente no se sabe muy bien por qué razón el cartel de la película, se pasea desnuda frente a nuestros protagonistas). Lo que está claro es que el director es un tipo audaz, capaz de insertar en medio de la película un divertidísimo vídeo pop para contraponerlo a la pausa del cine que le gusta y que subliman de una forma notable Caine y Keitel, haciendo que se sienta con fuerza esa amistad de décadas que comparten, no sólo por medio de unos diálogos notables, sino mediante el enorme poder de sus expresiones. Caine nos ha acostumbrado últimamente a papeles inspiradores y de mentor, y verle languidecer con apatía es una muestra de su genio.

A tenor de todas estas conclusiones, se puede decir que La juventud es una película irregular. Tiene momentos muy logrados y otros que no alcanzan ese nivel. Sorrentino, eso sí, dirige con maestría a todos los actores, desde los ya mencionados protagonistas hasta a Rachel Weisz o Paul Dano, pero se guarda su mejor baza para el tramo final de la película, con una Jane Fonda espectacular, breve y concisa, dando vida a una gran estrella de cine, la diva que ha de protagonizar ese último gran filme del director al que da vida Keitel. Su personaje es el detonante de toda la resolución de La juventud y, por consiguiente, del gran debate que deja pendiente de resolver. ¿Lo que hemos visto es real o es un juego que Sorrentino entabla con el espectador? Queda en el aire, y eso forma parte de los aciertos del director pero también de las dudas que pueda generar la película.