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viernes, febrero 19, 2016

'La corona partida', solvente prolongación televisiva

Siempre es una buena noticia que una película sepa sortear los prejuicios más negativos que suscita en su concepción. El éxito televisivo de Isabel y Carlos, las dos series históricas de Televisión Española, es la razón de ser de La corona partida, nexo de unión entre ambas. Es fácil pensar que la producción no deja de ser más que una TV movie, o incluso un episodio alargado, para lograr una comercialidad que obviamente no ofrece la televisión pública. Y aunque el deseo de arañar algunos euros seguramente también esta detrás del proyecto, lo cierto es que estamos ante una solvente prolongación del producto televisivo, que no siempre consigue escapar a la pretensiones de la pequeña pantalla pero que que se mueve con bastante dignidad dentro de su limitada ambición. Desde luego, quien haya seguido las series saldrá satisfecho.

La pregunta es si estamos ante una película apta para públicos que no hayan visto Isabel ni Carlos. Visto el filme, la respuesta positiva es fácil de defender. Es verdad que se echa en falta algún tipo de introducción, muestra de que tampoco hay unas pretensiones demasiado elevadas (y que son dignas de un estudio sobre nuestros propios complejos: ¿por qué la riquísima historia de España no es capaz de servir de base a filmes épicos del estilo de Braveheart?), e incluso de un mayor respaldo explicativo a lo que está sucediendo en la pantalla, pero la acción fluye con bastante naturalidad gracias a los dos elementos que mejor funcionan en la película: su reparto y su diseño de producción. Desde ambos campos, hay un empeño bastante elocuente en hacer que la historia funcione, y las limitaciones narrativas y de dirección no coartan lo que se ve con bastante agrado.

Aunque el reciente Goya que ha ganado Irene Escolar hará que las miradas se posen en ella (de hecho, es el centro del cartel, aunque su papel durante muchos momentos de la película no es el central), es de justicia destacar la planta que tiene un buen Rodolfo Sancho, la aparición de José Coronado y, sobre todo, la sutil interpretación de Eusebio Poncelo, dando vida al Cardenal Cisneros, el hombre que maquina para sostener la delicada relación entre Fernando el Católico y Felipe el Hermoso (Raúl Mérida), pretendientes ambos al trono de Castilla tras la muerte de Isabel y, en realidad, mucho más protagonistas de esta película, que se puede apreciar como una correcta intriga palaciega y política que sabe explotar sus virtudes para que se vean menos sus defectos, como por ejemplo los largos planos que quieren demostrar la gran escala que no tiene o las persecuciones que no están a la altura de una producción más importante.

El aspecto de la película es, con diferencia, lo que más convence. La localización de escenarios y el cuidado detalle en el vestuario y en todo aquello que ha de transportarnos a comienzos del siglo XVI, es el apoyo básico del filme, que acaba convertido en una auténtica lección de Historia, esa riquísima historia de España de la que tan poco parecemos saber en realidad. Si Isabel, Carlos y ahora La corona partida sirven para alimentar ese interés y cimentar un cine histórico del que no solemos tener demasiadas muestras, bienvenidos sean. El ligero resquemor que queda es que precisamente por ese origen televisivo no estamos ante la película definitiva sobre el tema, con diferencia mucho mejor que aquella sorprendente, y no en el buen sentido, tentativa de Bigas Luna de mostrarnos a Juana la Loca. Pero, igualmente, ojalá esto permite empresas más ambiciosas. Y mientras esperamos espectáculos más gloriosos, La corona partida es un aperitivo aceptable.

viernes, julio 26, 2013

'Tres 60', un thirller endeble

Gusta que el thriller se haya instalado en el cine español con absoluta cotidianidad. Y gusta que los intentos traten de aprovechar diferentes escenarios y temáticas. Tres 60 intenta ciertas acrobacias, y aunque en algún momento da la sensación de que pueden salir relativamente bien, el final hace que la película sea más endeble de lo que parece durante el entretenimiento que sí puede ofrecer en sus poco más de 100 minutos. Eso sí, siempre y cuando no se esté constantemente buscando las cosquillas al guión, porque siendo así se encuentran con suma facilidad. Lo complejo es que para argumentar este juicio hay que revelar el final y en estas líneas esa posibilidad ni se plantea, pero sí se puede decir que parece evidente que deja en entredicho buena parte del andamiaje ideológico y argumental de la película y que lo hace, además, sin el necesario desarrollo. Ahí, quizá, estaba la posibilidad de que la película tuviera la profundidad que falta en muchos thrillers, pero una elipsis se la lleva por delante.

Las dos primeras imágenes que deja la película son confusas. La primera, suferos en San Sebastián con música pop-rock de fondo. La segunda, unos títulos de crédito y música de suspense a cargo del efectivo Roque Baños. ¿Con cuál quedarse? La apuesta es por el thriller, pero a veces puede parecer lo contrario por la juventud de los protagonistas, el por lo visto necesario romance (con el más que obligatorio desnudo femenino que sigue inalterablemente presente en el cine español aunque aquí tarde en salir) y el tono de humor que desprende un personaje secundario que aparece y desaparece a conveniencia, incluso se bromea sobre eso en el guión. Va en esa línea que los dos actores protagonistas debuten aquí en el mundo del largometraje procedentes de la televisión o la presencia del surf, mucho más marginal de lo que pudiera parecer y casi en el fondo una excusa para justificar el precioso escenario y algún que otro patrocinio publicitario que parece haber recibido el filme.

Es de agradecer que haya un esfuerzo de crear una atmósfera atractiva con el tema escogido como telón de fondo (el tráfico de órganos), e incluso es correcto el macguffin que impulsa la historia, pero hay demasiada ingenuidad en la unión de las piezas del puzzle, la casualidad está demasiado presente y todo parece muy fácil. Incluso secuencias que prometen bastante y que generan la tensión que requiere un thriller, como la de la suite del hotel o la abadía, se solventan con demasiada sencillez, restándoles trascendencia y, sobre todo, efecto en el patio de butacas, donde no se llega a sentir el nerviosismo que tendría que provocar la empatía con los personajes. Rául Mérida y Sara Sálamo son una agradable pareja protagonista, pero navegan en un guión (obra de Luiso Berdejo, coautor de Insensibles) que no termina de establecer relaciones personales demasiado consistentes y que va introduciendo y olvidando personajes con demasiada facilidad, hasta el punto de que los únicos que cobran entidad son los alivios cómicos, el joven Guillermo Estrella (hermano pequeño del protagonista) y Adam Jezierski (su mejor amigo).

Tres 60 es, en conjunto, demasiado endeble. No lleva mal del todo el visionado, pero la reflexión rebaja bastante la nota final. Está rodado con bastante eficacia y no se puede decir que los actores desentonen (aunque la "colaboración especial" de Geraldine Chaplin corra el riesgo de generar perplejidad en el espectador), pero no termina de alzar el vuelo de una forma contundente y que enganche al espectador por las entrañas o por el corazón, algo que parece esencial en una película de género. Y aquí, por desgracia, lo evidente es muy evidente y lo que no lo es no termina de desarrollarse con tanta eficacia. Está por encima de ser una película fallida, pero no parce alcanzar los objetivos que se propone, algo que quizá con algo más de arrojo sí podría haber conseguido. Y ahí sí me refiero a ese giro final, que casi parece el punto de partida de una película que podría llegar más lejos que ésta.