viernes, febrero 24, 2017

'T2 Trainspotting', viejos amigos y moraleja confusa

Aunque en T2 Trainspotting se hable de los veinte años que han pasado con respecto a la primera película, aquella alucinógena historia social que se montó Danny Boyle cuando todavía no tenía la fama que tiene hoy en día, en realidad son 21 los que han pasado desde el estreno. Y el tiempo, por muy tópico que sea decirlo, no pasa en balde. T2, lo que para muchos seguirá siendo una referencia a la secuela del Terminator de James Cameron, es, simple y llanamente, una reunión de viejos amigos y casi un epílogo de la historia original. No hay mucho más en el filme, por entretenido que pueda ser, porque su moraleja es confusa. Es difícil dilucidar cuál es exactamente el propósito de la película, más allá de esa reunión de viejos amigos, porque los propios personajes van dando tumbos hasta llegar a un final que, básicamente, nos deja en el mismo punto.

Lo de la reunión de viejos amigos, de hecho, funciona dentro y fuera de la pantalla con la misma facilidad. Boyle ha recuperado a sus actores originales (Ewan McGregor, Ewen Bremner, Jonny Lee Miller y Robert Carlyle) porque sin ellos, en realidad, no tendría mucho sentido la película. Y ellos se han metido en la piel de sus personajes con la misma facilidad que hace veinte años. En este sentido, y solo en este, no parece haber pasado el tiempo. Pero en realidad la nostalgia se apodera de todo, incluso es uno de los temas que se exploran en la película, y es probablemente la razón más poderosa para disfrutar de ella, porque el resultado es algo que, aunque se deja ver por cualquiera gracias a que Boyle hace una buena contextualización, está pensado para fans. No hay otra manera de entender que Boyle recupere planos e incluso recree escenas de la cinta original con otros autores a los capta de lejos o en planos difuminados.

Pero, claro, recuperar una película de hace veinte años para hacer una secuela requiere algo más que volver a ver a los colegas, sea en un set de rodaje o en una pantalla, y eso no termina de apreciarse. Le falta un punto del toque macarra que tenía la película original, y cuando eso sí se ve en este T2 es precisamente cuando más fácil es conectar con la película (memorable la escena en el pub en la que los personajes de McGregor y Lee Miller perpetran su primer golpe tras reunirse). Pero antes y después de ese punto hay muchos giros y requiebros, incluso después de un prólogo interesante, sublimación absoluto de la estética visual ya conocida de Boyle que se va reproduciendo en muchos momentos de la película, la historia tarda en arrancar. Eso sucede porque el director sabe que tiene que recolocar sus piezas, que ha de sentar las bases para conectar dos historias con veinte años de diferencia y cuatro personajes que explicar. Y pesa un poco, aunque finalmente arranca.

Cuando lo hace, se atisba la opción de que la segunda parte de Trainspotting llegue a algo concluyente, pero al final, con un clímax algo rocambolesco que diluye buena parte del tono crítico que se podía intuir y deja a los personajes en un punto muy, muy parecido al de partida. Pero el caso es que han pasado dos horas, un tiempo en el que no se pasa mal pero que dejan la sensación de que la película está bastante más vacía de lo que parece. Es lo que tiene la nostalgia, que por sí sola justifica en muchas ocasiones el regreso a escenarios ya conocidos pero que si no consigue algún apoyo más se convierte en un simple reclamo sin mucho más que ofrecer. Boyle, en todo caso, casi siempre ha destacado más por intentar capturar al espectador por la estética que por la historia, incluso cuando ha acumulado premios como le sucedió en la sobrevalorada Slumdog Millonaire. Y como la estética convence, la película aprueba. Pero no mucho más.

viernes, febrero 17, 2017

'Jackie', un retrato tan solemne como impreciso

Es difícil resistirse al encanto que, antes incluso de que arranque la película, tiene un retrato cinematográfico sobre Jackie Kennedy. Probablemente, estemos ante la misma sensación hipnótica que tenía la esposa de John Fitzgerald Kennedy, la Primera Dama por excelencia de la historia norteamericana moderna. Y es más difícil todavía cuando asistimos a una interpretación tan extraordinaria como la de Natalie Portman. Pero si solemne es la forma en la que Pablo Larraín da vida a Jackie, también se puede decir que es algo imprecisa. Jugando mucho con el montaje, Larraín pierde de vista un enfoque concreto y al final de la película es difícil saber si lo que pretendía con la película es glorificar la figura de su protagonista, si pretende criticar su comportamiento tras el magnicidio de Dallas o si no es más que un retrato de lo complejos que fueron aquellos días posteriores al último asesinato de un presidente norteamericano.

Si esas dudas cobran importancia es, fundamentalmente, porque Larraín apuesta por un mosaico bastante intrincado en el montaje. La película, lejos de ser lineal, se centra en tres momentos diferentes. Por un lado y como hilo conductor, la primera entrevista que concedió Jackie a los medios tras el asesinato de su marido. Por otro, el fundamental por tiempo en pantalla, la gestión del funeral de Kennedy y el dolor de Jackie. Y, finalmente, la conversación que Jackie mantiene con un cura interpretado por John Hurt, en lo que ha acabado siendo su testamento cinematográfico. Y por si fuera poco, va deslizando como flashback la famosa secuencia de Dallas vista desde el punto de vista de la Primera Dama El cineasta chileno trata por todos los medios de dar coherencia al complejo montaje y no siempre parece conseguirlo, sobre todo porque no termina de conectar las escenas de manera fluida.

Ese es quizá el gran problema que plantea una película que, casi sobra decirlo, está planteada a mayor gloria de su protagonista. Portman, una actriz tremendamente brillante cuando asume que su papel es importante, se mete en la piel de Jackie Kennedy de una manera formidable. Una vez más, resulta imprescindible recomendar que esta película se vea en versión original, aunque sólo sea para valorar el esfuerzo de la actriz con su voz. Sus gestos, su movimiento corporal y, una nueva demostración de que hay muy pocas actrices que sepan llorar en pantalla como ella son argumentos que se van a disfrutar independientemente del idioma en que se vea la película. El otro gran acierto del filme está en la pericia de Larraín para generar solemnidad. Jackie es, efectivamente, una historia solemne. Quizá lo es demasiado en escenas que necesitan esa cualidad, pero cuando llegamos al final de la película se comprende con facilidad que la pretensión del director chileno está más que justificada.

Larraín no se ha buscado un trabajo fácil para su primera película en inglés, porque la figura que representa es un icono. Pero la ventaja es que es un icono del que, en realidad, la mayoría de los espectadores sabe muy poco. Por eso la película se detiene en tantos aspectos, por eso se esfuerza en retratarla como Primera Dama, como madre, como viuda, como estrella mediática incluso y como adalid de un cambio de estilo en la Casa Blanca. ¿Pero todas esas facetas terminan conformando un personaje, un retrato, una historia? Da la sensación de que no, y si se queda al borde de lograrlo es, sobre todo, por la majestuosa interpretación de Portman, la auténtica razón para que la película perdure. No es que Larraín falle, ni mucho menos, porque la tarea era de una envergadura casi titánica. Pero la película, Portman aparte y asumiendo sus muchos aciertos, no termina de alcanzar todo lo que prometía.

viernes, febrero 03, 2017

'Resident Evil. El capítulo final', aburrido caos

Desde hace muchos años, Hollywood tiene en su conciencia popular que las películas de acción con mujeres como protagonistas no funcionan. Este saber se refiere a la taquilla, que no a los méritos artísticos, cinematográficos o espectaculares de estos productos, y sin embargo hay dos sagas que parecen resistirse a ese principio, las dos son de Sony y las dos han tenido una nueva entrega este mismo año: Underworld, con Kate Beckinsale, y Resident Evil, con Milla Jovovich. Las dos sagas han superado ya las cinco entregas, y en el caso de la segunda, la que nos ocupa, que es la sexta, lo ha hecho con la pretensión de poner, al menos, un punto y aparte. El capítulo final es el curioso aunque no del todo exacto título de una entrega que sí parece buscar el cierre de las tramas originadas ya hace nada menos que quince años, cuando Jovovich se convirtió por primera vez en la atlética Alice, una mujer dispuesta a luchar contra todos los zombis del mundo.

Porque, siendo francos, Milla Jovovich es todo lo que vamos a sacar en claro de este El capítulo final de Resident Evil. La saga, en realidad, nunca fue sobre zombis, que ya han quedado como una simple excusa para dar algo más de locura visual a alguna que otra escena. Todo esto va de ver a Milla Jovovich en acción. La pega es que Paul W. S. Anderson apuesta por un montaje atolondrado, en el que incontables planos que no llegan al segundo de duración se van juxtaponiendo para dar vida a unas escenas caóticas, imposibles de seguir, y que restan toda eficacia al trabajo de los coreógrafos en primer lugar y de los actores después. Es curioso que esta forma de entender la acción siga marcando tantos y tantos títulos, porque resulta tan mareante que no tiene demasiado sentido narrativo. Anderson, desde luego, se muestra como todo un maestro en este pretendido arte con el que busca cerrar el círculo que él mismo abrió con la primera Resident Evil.

El objetivo de la película es evidente. Es un divertimento para ya convencidos, por mucho que la cinta arranque con un completo resumen que busca que cualquiera pueda entrar en la película, incluso sin haber visto ninguna de las anteriores. Lo que resulta menos aceptable es la desidia con la que se crea la historia a partir de esa premisa. El guión quiere jugar con la idea de la identidad, pero se queda en algo completamente desaprovechado. Asusta ver que en cada escena hay por lo menos dos o tres situaciones absolutamente imposibles de explicar, salvo por el simplista argumento de que las cosas no pueden suceder de otra manera. Alice siempre tiene a mano algo que utilizar en sus combates. Los golpes no le causan heridas. Las muertes siempre se producen tal y como se espera que se produzcan. Todo es como en un videojuego de hace décadas, cuando solo había una manera de pasar de fase después de hacer que todo encajase. Pero esto es cine y eso no es suficiente.

Que nadie espere diálogos brillantes o soluciones narrativas bien pensadas, porque no las hay. De hecho, esta entrega de Resident Evil es, en general, bastante aburrida e incomprensible.Y sí, probablemente quienes hayan disfrutado de la serie hasta este punto también lo harán con esta quinta parte, porque aúna muchos guiños, sobre todo a la primera película, y cumple con bastante fidelidad con lo que sus responsables han querido ofrecer desde el principio. Pero eso no impide que estemos ante un producto más bien flojo que, pese a todo y aunque aún le quedan mercados por explotar como el español, ya ha alcanzado el taquilla el doble de dinero de lo que costó. Como Underworld, por cierto. ¿Será que para que una heroína triunfe en la pantalla hay que apostar por esta vía tan denostable desde la crítica? Porque, desde luego lo que cabe esperar es que este Capítulo final sea, efectivamente, el último.

domingo, enero 15, 2017

'La ciudad de las estrellas. La La Land', portentosa delicia

La maestría con la Damien Chazelle compuso Whiplash hacía esperar lo mejor de su siguiente trabajo. Pero La La Land supera las expectativas. Desde un formidable ejercicio de nostalgia por un género oficialmente declarado muerto pero que en sus coletazos ha dejado ya más de una obra de arte, Chazelle logra una portentosa delicia que encandila desde el brutal número inicial, en el que es imposible contar en cuántos momentos podría haber salido mal un plano secuencia de semejante complejidad, hasta el increíblemente hermoso final de la película, que deja con la lágrima en el rostro, con la sonrisa en la cara, con el corazón en un puño y con el alma feliz de haber asistido a uno de esos raros espectáculos cinematográficos en los que todo parece estar en su sitio para lograr el objetivo de conmovernos durante algo más de dos horas que desbordan tanto talento y a tantos niveles que parece difícil no caer rendidos a los pies de este filme.

Viviendo en el mundo en el que vivimos, en el que los odios se acumulan por las más pintorescas razones y a veces sin haber visto las películas, esta oleada de entusiasmo que ha generado La La Land casi obliga a ir con recelo. Ni su extraordinario trailer, toda una lección de márketing para los que piensan que es necesario destripar una película para venderla, ni el ya mencionado precedente formidable que fue Whiplash parecían contar tanto antes del incomprensiblemente retrasado estreno en España por el éxito sin precedentes en los Globos de Oro. Y sí, viendo La La Land casi parece que se despiertan las alertas intentando encontrar algo que no funcione, algo que lleve a proclamar que estamos todos exagerando, que no es tan buena como se está diciendo. Qué cosas, lo es. Es una auténtica maravilla porque Chazelle es, ahora mismo, el genio de la lámpara que ha fusionado como hacía tiempo que no se hacía el cine y la música.

No hay nadie en el cine contemporáneo que entienda mejor que él la unión entre esas dos artes. Nadie que sepa rodarla de maneras tan diferentes, en el escenario de un gran musical clásico y en el entorno cerrado de una pequeña habitación. Nadie que combine de esa manera amplios y mágicos encuadres con preciosistas primeros planos, que evidencian que Chazelle es un portentoso director de actores, que sabe extraer hasta la última gota de encanto, carisma y elegancia que tienen dentro Emma Stone y Ryan Gosling, dos actores que hacen un trabajo formidable y encantador, cargado de carisma, que triunfan en la faceta musical pero también en la dramática, que bordan cada uno de sus bailes pero que consiguen que La La Land sea una delicia porque es facilísimo entrar en sus cabezas y en sus corazones, cuando las cosas les van bien y cuando les van mal, desde la encantadora escena en el cine viendo Rebelde sin causa hasta el glorioso plano-contraplano que lleva al límite su relación.

Cuando empieza La La Land, los pies no dejan de acompañar la música. Cuando finaliza, es el corazón el que se mueve al son de lo que dicta Chazelle. Lo que se aventuraba ya con ese arranque como un gran musical (qué demonios, desde la belleza de su trailer) se convierte con el paso de los minutos en una película inolvidable, que supera la genialidad técnica que exige un despliegue coreográfico como el que necesita una producción de esta naturaleza, genialidad que no pierde en ninguno de sus números musicales, con una maestría artística de las que dejan huella y que alcanza su cenit en unos diez finales hermosos, magistrales, concentración de todo lo que ha explotado durante las casi dos horas previas y que termina de cerrar una de esas experiencias que merece la pena vivir a corazón abierto, para que el cine pueda tocarlo y enseñarnos que la magia no ha muerto y que aún es posible ver formidables cantos de amor al cine, a la música y a la vida como este.

viernes, enero 13, 2017

'Underworld. Guerras de sangre', sí hay quinto malo

Vaya por delante que tiene un mérito indudable que una saga llegue a su quinta película. Mucho más si hablamos de una serie como Underworld, en la que realmente ninguno de sus títulos previos se puede considerar como un hito en el cine fantástico. Pero sí, en contra de lo que reza el saber popular, sí hay quinto malo y Guerras de sangre, que así se titula esta cinta, que por desgracia parece que no va a ser la última a tenor de esa última escena de esta entrega. A esa escena se llega después de 91 minutos en los que no pasa gran cosa, que arrancan con un recordatorio excesivamente largo de lo que hemos visto en las películas precedentes y en el que asistimos a un olvido bastante absurdo de algunas tramas, al desarrollo a veces hasta ridículo de otras y al poco esfuerzo de hacer que haya algo nuevo, si acaso el nuevo aspecto de la Selene a la que da vida Kate Beckinsale que los pósters de la película ya se han encargado de reventar.

El caso es que Guerras de sangre tendría que ser una película pensada para fans de Underworld. Estamos ante la quinta película de la serie, no podría ser de otra manera. Y el caso es que no, que da la sensación de dar demasiadas explicaciones que no se necesitan, tanto sobre las tramas como sobre el desarrollo, con unas transiciones entre escenas tan torpes que llegan a ser incomprensibles, como los planos del tren o de Selene y el David de Theo James... montando a caballo, animales que estarían muy tranquilos sabiendo que sus compañeros de viaje son vampiros sedientos de sangre... aunque en realidad hay muy poca sed de sangre. Y poca inteligencia. Eso, en el fondo, es lo que molesta de una película como esta, que no se toma en serio a sus personajes a un lado de la pantalla ni a sus seguidores en el otro. Y así, con villanos que tampoco están a la altura ni sobre el papel ni en la pantalla, el naufragio resulta inevitable, porque no hay un progreso ni nada nuevo. Sólo rutina.

Y rutina, además, que no tiene mucho sentido. El problema de partida está en el guion de Cory Goodman, firmante de otros dos guiones horrendos como los de El sicario de dios o El último cazador de brujas, que da vueltas sin llegar a ningún sitio, que hace desfilar personajes a veces sin sentido, con acciones difícilmente explicables (¿una fortaleza impenetrable de la que se escapa rompiendo una verja con un coche y en la que se entra desmantelando la seguridad apretando un botón?; ¿para qué demonios quieren los licántropos la sangre de la hija de Selene si el personaje no tiene ninguna trascendencia en la película ni condiciona nada de lo que sucede en ella?) y, sobre todo, con giros argumentales tan fáciles de ver que casi provocan sonrojo. Es facilísimo saber qué personajes van a morir y cuándo. Eso si se llega a mostrar, porque de alguno, de cierta importancia, apenas se atisba cómo acaban en la película.

El caso es que la excusa principal para seguir viendo Underworld sigue siendo la misma, Kate Beckinsale. La actriz, que nunca ha llegado a tener una progresión real en su carrera y que nunca ha logrado ser una heroína de acción más allá del personaje de Selene aunque tenía la capacidad para ello, sigue cumpliendo con lo que se le pide, tanto en el plano físico como en el dramático, pero las películas le dan tan poco margen para hacer algo destacado que ese esfuerzo queda algo diluido. Como la presencia de Charles Dance, que casi se antoja irrelevante aunque preste algo de enjundia al asunto. ¿Suficiente? En absoluto. Tanto Beckinsale como Dance se ven arrastrados por este trabajo de andar por casa que reduce la escala de lo que tendría que se runa gran guerra a unos cuantos disparos en un escenario cerrado, a un par de peleas de coreografías más o menos resultonas o a unos efectos digitales que no destacan demasiado. Y aún así, habrá sexta película. Que el dios de los vampiros y el de los licántropos nos pille confesados.

viernes, diciembre 30, 2016

'Passengers', a medio camino

Es relativamente fácil tener una buena idea. Relativamente, ojo, que no se trata de quitar méritos. Passengers tiene una muy buena idea de partida. Una nave que transporta a más de 5.000 personas a una colonia de otro mundo sufre una avería y una de las cápsulas de hibernación se abre por error 90 años antes de alcanzar el destino. La idea, insisto, es muy buena, porque abre un inmenso abanico de posibilidades. ¿Qué hace un hombre solo en un crucero de lujo y sabiendo que va a morir de viejo sin que nadie lo sepa? Muy buena idea, sí. De pronto, otra cápsula se abre. Y tenemos a una mujer en el escenario. Espléndida idea. Las circunstancias en las que se produce el encuentro suponen una idea todavía mejor. Pero cuando llega el final de Passengers la sensación que queda es la de haber asistido a un conjunto de buenas ideas que dan como resultado una película muy entretenida, de enorme química entre sus actores pero que se queda un poco a medio camino de todo.

De hecho, se puede decir que Passengers es una de las propuestas recientes de ciencia ficción que más posibilidades tiene y menos se atreve a explorarlas a fondo. Una pena, porque hay escenarios muy sugerentes en los que da la sensación de que tanto Chris Pratt como Jennifer Lawrence habrían podido sacar un partido excelente. Porque la química se ve, se nota, se siente, se palpa. Es la base de la película, al mismo nivel que el muy atractivo punto de partida, el que permite a Morten Tyldem saltar de la magnífica The Imitation Game, un relato histórico, a este desafío de efectos visuales que queda algo cojo en su guion.  Es verdad que hay un problema de base en la película, y es que todo el misterio que podría tener se agota en un innecesario prólogo, que hace que el último acto de la película sea únicamente espectacular desde el punto de vista visual pero nada eficaz en lo dramático, también por la habitual falta de valentía que suele haber en este tipo de producciones.

Y el caso es que no se puede decir que no sea una película eficaz ni entretenida. Lo es en ambos niveles, porque plantea dilemas y debates que perduran después de que se acabe la cinta (el más grande de todos, el que precisamente sirve para cerrarla), y porque en el fondo es difícil resistirse a una misión para salvar una nave espacial gigantesca de su propia destrucción, y más a una que presenta un diseño que mezcla elementos bastante originales con otros que inevitablemente recuerdan a 2001. Una odisea del espacio, la en tantos aspectos premonitoria película de Stanley Kubrick. Por supuesto, Passengers no aspira a tanto y se conforma con que Pratt y Lawrence (sin olvidarse del espléndido y últimamente algo desaprovechado Michael Sheen) sepan dar vida a una historia emocionante, emocional y llevada con cierta habilidad, aunque sea sin sacarle todo el jugo que sí podría haber tenido.

No es fácil hablar de Passengers, al menos hacerlo con claridad, sin desvelar buena parte de su trama, y eso es algo que aquí no se va a hacer. Los trailers ya son suficientemente reveladores (y tramposos, también muy tramposos) como para sumarse a esta absurda corriente que parece empeñada en que no disfrutemos de las historias según las han planteado sus autores. Passengers, como buena película que se basa en apenas un par de personajes, es una historia que merece la pena ir descubriendo y saboreando poco a poco. Es ahí como funciona mejor. Entrando con el protagonista en cada nuevo escenario y dejándose llevar por una propuesta de ciencia ficción tan notable como su vertiente más humana. Lo segundo genera ciertas dudas, porque ni Tyldum ni el guionista Jon Spaihts (firmante de obras tan dispares como Prometheus, Doctor Strange o la infumable La hora más oscura) sacan lo máximo de su propuesta. Lo primero es intachable, y no sólo por los efectos, sino por la imaginación.

domingo, diciembre 18, 2016

'Rogue One. Una historia de Star Wars', ¿por qué renegar de lo que es genial?

Si se ha crecido con la magia de Star Wars y si no se ha caído en el descreimiento global de estos tiempos en los que todo parece saberse pero en el que hay más ruido que análisis, es difícil no entrar en Rogue con esperanza. O, al mismo, con curiosidad. Star Wars ha sido, hasta ahora, una franquicia lineal. Está ordenada en episodios correlativos. Y Rogue One, que parece renegar al principio de la herencia cargándose la intocable fanfarria inicial, se cuela entre ellos como una mezcla de spin-off, reinterpretación y verso libre. Si J. J. Abrams y El despertar de la Fuerza habían devuelto Star Wars a los cines siguiendo el patrón clásico, llegando casi a la reiteración sin pudor, Rogue One tenía que ser algo diferente. Lo es y no lo es. Porque lo curioso es que cuando lo es el éxito no es tan acertado como cuando no lo es. Falla la película al establecer buena parte de la nueva mitología, lo que resta conexión emocional con bastante de los personajes, incluyendo una Alianza rebelde algo desdibujada, pero triunfa cuando se recupera la idea de hacer un Star Wars brillante.

Eso sucede en la segunda mitad del filme, cuando la cinta de Gareth Edwards se desata a todos los niveles. ¿Un ejemplo? Darth Vader. No hay más que observar su primera escena, que deja cuantiosas dudas sobre la forma en que se ha plasmado a uno de los más grandes iconos de la ficción popular del siglo XX (y XXI), y la segunda, que se convierte en uno de los momentos más memorables no sólo de la franquicia, sin lugar a dudas, sino también del cine contemporáneo. Es ahí cuando todas las dudas, que ya parecían solventadas desde muchos minutos antes, desaparecen por completo, porque es ahí cuando Star Wars vuelve a cobrar forma en la pantalla de una manera impresionante, por el respeto reverencial que hay hacia el legado de la serie pero también por el noble intento de contar algo que hasta ahora no habíamos visto. De esas dos cosas hay mucho en Rogue One, por lo que los defectos quedan algo olvidados cuando finaliza la película.

Los hay, eso está claro, y aunque a primera vista son más palpables de los que tenía El despertar de la Fuerza porque afectan a la construcción del andamiaje de una película que sabemos autoconclusiva y que no se puede escudar en lo que veremos en el futuro, cuando acaba la película el sabor de boca es más satisfactorio que con el filme de Abrams. Y eso que la producción ha estado salpicada de reconstrucciones, cambios de giro, rodajes de nuevas escenas e incluso, viendo los trailers, de algún cambio de orientación bastante importante. Pero el resultado merece la pena porque, esta vez sí, conjuga el respeto a lo clásico con alguna interpretación nueva bastante notable. Hay personajes a los que nunca hemos visto, muchos. Y hay otros a los que nunca hemos visto como aquí. Edwards logra que el extenso clímax de la película, casi tan extenso como el de El retorno del Jedi, entretenga como lo hacían estas películas antaño.

Eso, sobre todo, sucede en su tramo final, cuando la larga y algo fallida presentación de muchos de los protagonistas ya no cuenta tanto, cuando lo que toca es dejarse llevar por ese montaje paralelo de diversos escenarios una gran batalla que Star Wars sabe mostrar como ninguna otra saga de ciencia ficción (sí, eso se hace incluso la tan denostada La amenaza fantasma), por la magia del Ala-X, de la Estrella de la Muerte, de la Fuerza, de los blasters y del Imperio. Star Wars es eso, pura magia. Y Edwards, sin llegar a hacer una película redonda porque pesan muchos los agujeros de su primera hora, ha respetado esa magia. La ha moldeado y, aún con injerencias, la ha hecho suya. Rogue One no tiene el espíritu aventurero del Episodio IV, el original, pero sí sabe adentrarse en los terrenos más oscuros que planteaba El Imperio contraataca desde una perspectiva más moderna. Puede faltarle alma a la presentación, pero su climax deja sin aliento. Como si eso fuera habitual hoy en día.

viernes, diciembre 02, 2016

'Vaiana', Disney regresa... ¿pero acaso se fue?

Las películas de animación de Disney tienen un estigma curioso. Cada vez que se estrena una, parece que hay que decantarse por una de estas dos opciones. O bien es una decepción, o bien el resurgir del estudio del ratón que nos devuelva a comienzos de los años 90, la que parece coincidir en todos los análisis como la última gran época. Pues bien, Vaiana sólo puede encajarse en esta segunda categoría. Es un Disney portentoso, divertido, visualmente alucinante, con trazas de musical de los de siempre y una princesa más para añadir a la colección. Disney regresa, por supuesto. ¿Pero acaso se había ido en algún momento? Asusta pensar qué podríamos decir de otros estudios, directores y actores si pidiéramos el mismo grado de excelencia, puesto que las últimas películas del estudios son nada menos que Zootrópolis, Big Hero 6, ¡Rompe Ralph! y Frozen. Si eso es haberse ido... Pero, en fin, asumamos la superioridad de Pixar y supongamos que Disney se fue. Menudo regreso es Vaiana.

Sus responsables, Ron Clemens y John Musker. Efectivamente, responsables de dos de los títulos más emblemáticos de esa última era dorada de Disney, el que la abrió, La Sirenita, y el que abrazó sin remedio la comedia musical, Aladdin. Tras un par de intentos más o menos acertados como El planeta del tesoro o Tiana y el sapo, mucho mejor esta segunda, última cinta del estudio en animación tradicional, Clemens y Musker recuperan todo el brío inicial de su carrera como directores para ofrecer una completísima historia sobre la identidad propia. Vaiana es la hija del jefe de una tribu que vive aislada en una isla polinesia, pero siente el empuje de su corazón a atravesar el arrecife que rodea la isla y descubrir el mundo exterior, algo a lo que su padre se opone con fuerza. La excusa será una misión para salvaguardar el futuro de la isla, inicio de una aventura formidable que tiene puntos en común precisamente con La Sirenita (ojo a la escena postcréditos, la broma Disney definitiva).

Sí se puede decir que Vaiana tarda algo en arrancar, que su primera media hora roza incluso la repetición de los temas, pero todo es tan impresionante que casi da igual. Como casi siempre en Disney, la primera secuencia ya marca el devenir de la película, apabullante por aportar la necesaria introducción a este nuevo mundo. Las canciones, pegadizas y espectaculares. La propia Vaiana, otro excepcional personaje del panteón femenino del estudio. Y la animación, increíble a todos los niveles, hasta el punto de que estamos, probablemente y con la excepción de la mencionada Big Hero 6 ante el mayor espectáculo de efectos visuales que ha generado Disney. No hay más que ver la brutal escena climática, que casi apuesta por una iconografía de terror que satisfará enormemente al espectador adulto. Y Musker y Clemens, coautores también de la historia, saben cuándo ponerse serios y cuándo introducir el humor. Muchísimo, por cierto. Y tremendamente eficaz hasta con lo más repetitivo, ese gallo bobalicón que no sabe ni por dónde camina.

Pero lo mejor de Vaiana es que es una película de aventuras increíble que maneja extraordinariamente bien los tiempos, los personajes, la acción y las emociones. Con los tópicos que tan bien sabe aprovechar Disney, como la heroína con sus momentos de zozobra, los animales que aportan el contrapunto cómico o dos protagonistas de caracteres completamente opuestos que tienen que llevarse bien, el viaje es una auténtica gozada, pero sacándoles todo el partido para que la película parezca siempre complemente nueva. Narrativa, auditiva y visual a partes iguales, con la magia que cabe esperar de una película del estudio, con una animación que compite de igual a igual con la de Pixar en casi todo (¡qué bien le ha sentado tener la competencia en casa y azuzada por el mismo cerebro, el de John Lasseter!) y que hace que Disney se sitúe este año otra vez por encima de su rival por méritos propios. Una gozada audiovisual para deleite tanto de niños como de adultos.

viernes, noviembre 25, 2016

'Aliados', amor frío

Cuando de una película se puede hablar más de lo que significa fuera de las pantallas que por los méritos de sus responsables, es evidente que algo falla. Con Aliados, por fuerza, va a suceder algo parecido. Que la película haya formado parte de los rumores en torno a la separación de Brad Pitt y Angelina Jolie no es algo que juegue a favor de la cinta, pero es que los esfuerzos de Robert Zemeckis tampoco ayudan a olvidar los ríos de tinta previos. Aliados tendría que haber sido una película romántica de carácter épico por su trasfondo bélico. Casablanca viene a ser un referente claro. Pero ni por asomo. Y no porque Zemeckis patine especialmente, pero no consigue casi en ningún momento transmitir las emociones que tendrían que haber formado parte de la historia. El casi es porque justo al final, cuando ya casi se han consumido las dos horas de su metraje, sí llega a lo que se necesitaba. Algo tarde, la verdad.

La película tiene dos problemas bastante importantes. El primero obedece a la estructura de la película. Zemeckis, un director ya tan polivalente que parece haber perdido algo de identidad, siguiendo un guion de Steve Knight, responsable de obras tan variopintas como Promesas del este o El séptimo hijo, sigue la historia de manera lineal, dividiéndolo en dos grandes actos y tres interludios centrales separados por elipsis muy grandes. Y no funciona, porque esta segunda, que no procede desvelar porque obedece a un cambio de escenario importante, es la historia que realmente parece interesar a Zemeckis, en la que realmente pone toda la carne en el asador. Y es que la gran pieza de acción, la que rompe la monotonía, está en la primera mitad del filme, aunque tampoco por ese lado consigue enganchar el director. La misión que une a los dos espías que interpretan Brad Pitt y Marion Cotillard nunca parece tan trascendente ni difícil como quiere aparentar la película.

Y así llegamos al otro gran problema. Se ha hablado tanto de Pitt y Cotillard que se ha dado por sentado que hay una química extraordinaria entre ellos. Y no es así. Hay momentos, hay atisbos, pero realmente no forman la memorable pareja que una gran historia de amor requiere. No son Humphrey Bogart e Ingrid Bergman, como esto no es Casablanca. Es cierto que no desentonan, pero el amor frío que quieren mostrar a lo largo de buena parte de la película, el que surge de su trabajo como espías, es el que contagia todo lo que hay en el filme. Ni siquiera la escena de sexo, rodada de una forma imaginativa por el escenario, rompe esa tibieza que muestra Aliados y que, de nuevo hay que volver al mismo punto, sólo se rompe en las dos escenas finales. Pitt, por mucho que lo intenta, no se acerca al tipo de galán que habría sido Robert Redford, para quien esta película hubiera sido un caramelo hace algunas décadas, y el trabajo de Cotillard es algo irregular.

El caso es que Aliados es una película correcta, una aceptable historia de amor en un escenario bélico que invita a pensar en el Hollywood dorado pero que, al final, se queda en un simple intento de recuperar aquella gloria de celuloide. Nada asombra demasiado en la película, que no llega a provocar que ese amor de película traspase la pantalla. Se ve, se entiende, incluso se disfruta sin demasiado esfuerzo, pero no hay nada de legendario en la película cuando la misma historia del cine ha demostrado que con estos elementos se pueden hacer filmes extraordinarios. Aliados es demasiado fría como para acercarse a esos estratos, demasiado pequeña en sus ambiciones, incluso a la hora de mostrar el marco histórico. Correcta, académica si se quiere, pero sin la trascendencia que necesita. Ni Zemeckis, ni Pitt, ni Cotillard, porque la película no sale de ellos a pesar de tener algún que otro secundario interesante como Jared Harris, logran que Aliados despegue del todo.

domingo, noviembre 20, 2016

'Animales fantásticos y dónde encontrarlos', el universo de J. K. Rowling madura

Harry Potter se acabó pero J. K. Rowling no estaba dispuesta a soltar a la gallina de los huevos de oro. Casi al mismo tiempo han visto la luz un nuevo libro del personaje, en realidad una obra de teatro, y una película que expande su universo que parte, nada menos, que de un bestiario. No había historia, pero se ha creado. Y la ha firmado la propia Rowling. Aún con algunos defectos, lo curioso es que Animales fantásticos y dónde encontrarlos es lo que nunca pudieron ser las películas de Harry Potter, presas de su referente literario y de una legión de fans dispuesta a adorar o destruir lo que se haga con las redes sociales como base. Es la madurez del universo de J. K. Rowling, es un avance barroco, urbano y hasta humano como da la sensación de que nunca pudo ser Harry Potter, por muy sacrílega que pueda ser esa sentencia para los fans del joven mago a los que en absoluto se pretende ofender con estas líneas, que eso también parece necesario advertirlo en esta era digital.

Pero el caso es que, olvidándonos del referente de Harry Potter, al que Rowling hace referencia en varias ocasiones en la película de una manera algo artificial para que no olvidemos que estamos ante una precuela en realidad, lo que recibimos es una historia prácticamente modélica y ejecutada con bastante nivel. Misteriosa cuando ha de serlo, con un sentido de la aventura formidable que, de no mediar semejante festín de efectos visuales podría emparentar el filme con otros títulos inolvidables del género en los años 80, y con una imaginación visual que David Yates, responsable de los últimos cuatro filmes de Harry Potter, sólo deshonra con alguna indescifrable escena como el paso por los titulares de prensa, innecesariamente veloz para que la lectura sea casi un imposible, o con las habituales concesiones al 3D, apenas un puñado de instantes que incluso en 2D se vislumbran claramente y que no tienen mucho sentido.

No lo tienen porque la película no los necesita, ya es bastante apabullante en lo visual como para que el espectador quedara atrapada. El cambio de escenario, del mágico Hogwarts al Nueva York de los años 20, es claramente el mejor acierto de la película. Es, probablemente, el salto que le hacía falta para que la fantasía llegara a un punto mucho más notable, para que los personajes no estén supeditados a un entorno mágico y para que este fluya mucho más fácilmente. Y como Yates ensambla un reparto formidable, encabezado por el casi siempre espléndido Eddie Redmayne y secundado por dos sorpresas tremendamente agradables, las de Katherine Waterston y Dan Fogler, además de un buen Colin Farrell que en realidad es mucho mejor actor de lo que se ha permitido ser o un intrigante Ezra Miller o una intensísima Samantha Morton, todo parece ir sobre ruedas,

Animales fantásticos y dónde encontrarlos supera con creces las barreras de haber nacido, al menos a priori, como un producto para alargar una franquicia, combinando con acierto acción, comedia, misterio y un drama mucho más adulto de lo que la larga espera por Voldemort (antes de que apareciera en El cáliz de fuego y después hasta que llegara el clímax definitivo) permitió que fuera Harry Potter. Y aunque estamos ante una película fácilmente conectable con su universo de referencia, es también un producto autónomo y con la suficiente personalidad como para enganchar incluso a quienes no se dejaron convencer por el mago juvenil. Brilla por su historia, con matices interesantes incluso desde puntos de vista alejados de la fantasía (la persecución de las brujas, la integración de los magos en la sociedad contemporánea), por su exquisitez visual (el mundo dentro del maletín es una maravilla) y, ahí está su secreto, por sus personajes. Todo un acierto.

viernes, octubre 28, 2016

'Doctor Strange', Marvel se reinventa para convencer como siempre

Hay quien dice, incluso voces tan autorizadas como las de Steven Spielberg, que el cine de superhéroes acabará perdiéndose en el olvido en algún momento. Pero viendo Doctor Strange, viendo cómo Marvel es capaz de reinventarse para convencer como siempre y con historias que en el fondo ya hemos visto, parece difícil que esa negra profecía se haga realidad. Doctor Strange es una buena película de origen, modélica en ocasiones y de manual siempre. Con sus errores, por supuesto, pero con una factura prácticamente intachable. Pero este maestro de las artes místicas no está tan lejos de aquel maestro de la ingeniería robótica que nos presentó Jon Favreau en 2008 en Iron Man con el rostro de Robert Downey Jr. No hace falta un análisis demasiado profundo para ver las analogías entre estos dos filmes, separados por ocho años y una docena de títulos enmarcados en el universo cinematográfico de Marvel.

La buena noticia que supone Doctor Strange sirve para resolver las dudas que podría haber generado la elección de un director especializado en el terror como Scott Derrickson, y que había destrozado la mítica Ultimátum a la Tierra en un horrendo remake. Derrickson, coautor también del guión no sólo rueda muy bien los efectos visuales con los que la película se adentra en este mundo de hechicería y misticismo, sino que además consigue explicarlo francamente bien para los no iniciados en este aspecto del universo Marvel de los cómics. Y no era nada fácil, porque el lado más mágico de este mundo era una invitación a divagar, con los diálogos y con las imágenes, y la película se contiene por ambos lados, convirtiéndose en un espléndido entretenimiento que tiene todas las papeletas para convencer a quienes busquen acción Marvel pero también a quienes necesiten, a estas alturas, de algo ligeramente diferente.

Sobra decir que la elección de Cumbarbatch para dar vida al protagonista es el acierto supremo de la película. El cameleónico actor sabe trasladar al personaje por todos los estados emocionales por los que pase a lo largo del filme, que son muchos más de los que los más críticos con este tipo de cine estarían dispuestos a admitir como posibles. Strange no es plano. No es rocoso. No es un héroe intocable. Y por eso funciona, porque tanto él como su mundo son piezas en movimiento, y eso se puede decir a todos los niveles, tanto para los personajes que le rodean (la doctora Christine Palmer de Rachel McAdams y el Mordo de Chiwetel Ejiofor son los dos ejemplos más notables), como del mismo entorno visual en el que acontece la historia, que parece ser deudor de Origen o de Matrix por diferentes razones pero que acaba teniendo una personalidad propia bastante notable, desde un arranque potente sin su protagonista hasta un clímax original y francamente comiquero.

Doctor Strange tiene puntos débiles, por supuesto. Una mala escena de presentación del personaje y un excesivo sentido del humor (no todos los héroes Marvel necesitan el mismo punto cómico, e incluso Derickson se carga algún momento con trazas de mítico precisamente por extralimitarse en este punto) pueden ser los más notables. Pero, al final, la sensación es tan positiva que eso queda como una molestia puntual. La película presenta un aspecto audiovisual notable en el que tiene una parte sustancial la espléndida música de Michael Giacchino (¿por fin Marvel dará continuidad al tono de sonoro de sus películas?) y unos efectos muy impresionantes a todos los niveles, también para dar forma a lo más esperado por los fans del cómic, y cumple con todo lo que cabe esperar de ella en las expectativas más ilusionantes. Por supuesto, eso incluye el imprescindible cameo de Stan Lee y dos escenas postcréditos que nos recuerdan que estamos ante una película con personalidad pero también ante una parte de un maravilloso universo cinematográfico compartido.

viernes, octubre 14, 2016

'Snowden', cine necesario

A Oliver Stone se le pueden reprochar muchas cosas, pero nunca que no haya sido un tipo atrevido. Incluso ahora que parece mostrar una mesura que no siempre ha tenido, la elección de los temas de sus cintas es siempre llamativa e interesante. Su cine, por muy criticable que pueda llegar a ser, es necesario. Snowden es necesaria. Puede que si saliéramos a la calle y preguntáramos qué hizo exactamente Ed Snowden para convertirse en una celebridad, mucha gente no sabría responder con precisión. Snowden, la película, da respuestas precisas y accesibles, herramientas para un debate que se vive dentro y fuera de la película. Lo hace, por supuesto, bajo el marco de una estructura previsible, en la que se sabe cómo va a comenzar y finalizar la película, en la que incluso se pierde alguna oportunidad que un Oliver Stone hace algunos años no habría dejado escapar, pero el resultado final es tan sólido como entretenido.

La clave está en que hay un buen equilibrio entre las dos mitades del filme, las dos comandadas por un soberbio Joseph Gordon-Levitt, que demuestra una vez más que no sólo es un espléndido actor sino que tiene un dominio de la voz y de los acentos que justifica por sí solo la necesidad de ver la película en versión original. Por un lado, la entrevista, la confesión de Snowden a un reducido grupo de periodistas y las maquinaciones sobre cómo hacer públicos los secretos de la administración norteamericana que ha robado. Por otro, el periplo del propio Snowden, como pasa de ser militar a un genio informático para diversas organizaciones gubernamentales. Lo primero tiene momentos de pura fascinación, quizá los mejores de la película. Lo segundo, la evolución del personaje y el debate entre libertad y seguridad que viene protagonizando la agenda política mundial desde el 11-S. Y ambas se conjuntan bien. Por peso y por narrativa.

Es evidente que hay un componente heroico y glorificador en la forma en la que Stone retrata a Snowden, uno que se ve sobre todo en el epílogo de la película, pero no es algo incisivo ni tergiversado. Stone muestra a un hombre con dudas. Muy humano en ese sentido, y por eso no chirría en absoluto que los tecnicismos informáticos se vayan entremezclando con su vida personal, con la presencia de Shailene Woodley, una actriz que comienza aquí a recuperar algo del terreno perdido con su trabajo en la serie Divergente. Tan humano que la relación que este Snowden entabla con cada personaje es fundamental para entender todo el cuadro. La camaradería con algún compañero de agencia, la confianza absoluta en el trío de periodistas que forman con un empaque tremendo Melissa Leo, Zachary Quinto y Tom Wilkinson, y sobre todo la brutal contraposición ideológica con el personaje de Rhys Ifans que se plasma en una enorme pantalla en una memorable secuencia, quizá la mejor de la película, metáfora absoluta de la vigilancia que se denuncia.

Más allá de su estupendo reparto y de su más que correcta construcción siguiendo el manual del biopic, Snowden destaca porque sabe cómo hacer accesible un tema que ni siquiera los medios de comunicación han sabido tratar adecuadamente. El riesgo de perder al espectador en tecnicismos, nombres y agencias siempre está ahí, pero Stone, coautor también del guión y experto en el tema tras haber conocido también al propio Snowden en persona, lo sortea con habilidad. Tiene ya muchos años de cine controvertido a sus espaldas como para no saber que en el debate ideológico es imprescindible no aturullar al espectador. Por eso su cine, mejor o peor, sigue siendo necesario. Por eso personajes como Snowden y temas como la libertad y la vigilancia gubernamental siempre van a ser la base de películas que, al menos, ofrezcan algo interesante al espectador. Esta, desde luego, lo hace, y lo consigue en un formato igualmente entretenido que incluso aguanta bastante bien una duración de más de dos horas.

'Inferno', suele suceder

"Suele suceder". De esta manera tan gráfica define uno de los protagonistas de Inferno el mayor giro argumental que hay en la película, tercera en la serie de adaptaciones de las novelas de Dan Brown (Sony se ha saltado el tercero de los libros, El símbolo perdido, en favor del cuarto) tras El código Da Vinci y Ángeles y Demonios. Y es verdad. Suele suceder. Casi todo lo que sucede en Inferno suele suceder porque, obviamente, estamos ante un producto predecible. Abandonando el tono de thriller palaciego (vaticano, en realidad) que tenía Ángeles y demonios, Inferno apuesta decididamente por repetir la apuesta de El código Da Vinci, con material a medio camino entre el arte y la religión, con una tenue preocupación social contemporánea como telón de fondo y una fórmula cuyos signos de agotamiento se ven claramente en el rostro de un Tom Hanks que ya parecía algo mayor para interpretar a Robert Langdon hace diez años y que ahora siente con creces el paso del tiempo.

Y el caso es que Inferno no va a defraudar a quien haya disfrutado de las dos anteriores películas, sobre todo la primera, porque sus parámetros son idénticos. Un misterio por resolver, pistas casi de colegial desperdigadas en los sitios más insospechados, un uso absolutamente inverosímil de escenarios y piezas de arte que de ninguna manera podrían ser tan accesibles (de comedia involuntaria se puede tachar la escena de la máscara de Dante vista a través de las cámaras de vigilancia) y una colección de lugares extraordinarios para rodar, potenciados con bellísimos planos aéreos. Y sobre todo, mucha ingenuidad por parte del espectador. Esa es la única manera de aceptar el juego. Ron Howard, que a pesar de estas concesiones a la industria es un tipo hábil, lo sabe, y por eso apuesta por un efectismo visual inicial que permita entrar en la historia de otra manera, con un golpe de efecto para abrir el relato y muchas imágenes a medio camino entre el sueño y la alucinación.

De esta manera se marcan las distancias con lo anterior. Si antes Langdon era quien llevaba la voz cantante, ahora es el impedimento para que todas las piezas cuadren desde el principio. Una conveniente amnesia quiere ocultar pistas y elementos, pero en realidad todo es bastante obvio. O casi todo, porque a la película se le llega a olvidar un personaje al que no da una resolución e incluso se sumerge en las habituales lagunas que exigen esa complicidad forzosa del espectador. Ese rasgo de originalidad con respecto a la estructura del primer libro y la introducción del personaje de Felicity Jones (en realidad, nada demasiado alejado inicialmente del que interpretó Audrey Tautou en El código Da Vinci) y el alto ritmo que tiene la película es lo que hace que sus 127 minutos se vean con cierto agrado. Sin pasión, sin pensar demasiado, pero con cierto agrado. La fórmula funciona si no se le dan demasiadas vueltas.

Si se le dan, no obstante, tenemos un problema porque estamos ante el clásico castillo de naipes, sustentado con mucho esfuerzo y vulnerable a cualquier soplo. Eso, en realidad, es algo que se sabe de antemano. Es lo que se pide al otro lado de la pantalla, fe en que Langdon y Hanks nos van a conducir por una aventura correcta. Pero el caso es que el actor no tiene ya tanto interés en el personaje como quizá debiera. Y por eso siempre parece más metida en la película Jones, o incluso un Ben Foster que casi parece desaprovechado, porque es quien conduce a los derroteros que resultan más interesantes con sus lecciones sobre el ominoso futuro de la humanidad y sus radicales ideas para impedir su destrucción. Pero eso no es lo que le interesa a los responsables de Inferno. Es, como sus maravillosos escenarios reales, una excusa para montar una historia, en realidad un juego de traiciones y lealtades cambiantes, de carreras y de salvamentos en el último segundo. Nada nuevo. Y sí, suele suceder así.

'Ozzy', la película no importa

Justo antes de que comience el pase de Ozzy, se nos advierte que el Alberto Rodríguez que dirige este filme de animación no es el Alberto Rodríguez de La isla mínima. Más allá de que fuera algo que ya quedaba claro por temática y técnica de la cinta, queda meridianamente claro al ir viendo este desastre perruno, un asombroso intento de llevar el género carcelario al cine de animales simpáticos y parlantes. La premisa, ya alocada hasta un grado extremo, se va viendo desinflada por varios motivos. El esencial, al menos para quien esto suscribe, es de concepto. Plantear una película como vehículo de product placement de artículos para perros o para unos cameos de personajes que bien pueden generar división entre los adultos que pasen por esta experiencia o que bien son personajes de Atresmedia, productora del filme, es algo que me genera pocas simpatías. Dará dinero y publicidad, sin duda, pero hace que la película sea lo de menos. Pero es que esa es la realidad. La película no importa demasiado.

Esa es la conclusión a la que se va llegando, tristemente, con el paso de unos 90 minutos que se hacen eternos. El problema no está en lo alocado de la historia (¿en serio el villano esclaviza perros en una prisión clandestina que disfraza de balneario de lujo... para fabricar frisbees?), porque si los autores creen en ella y van a muerte hasta el final, incluso desde la incomprensión se les puede defender. El problema es que la película es pobre en lo cinematográfico y en lo técnico. La animación que tiene es, por momentos, asombrosamente deficiente. No ya por la factura previa, que parece mucho más televisiva que cinematográfica, dicho esto con el sentido peyorativo más evidente que se pueda entender, sino porque se contenta con movimientos falseados, con escenas de masas sin movimiento alguno, con animaciones que parecen sacadas de un videojuego de hace unos cuantos años, y porque todo va decayendo desde la secuencia del prólogo, la única que parece funcionar en este sentido.

Pero como por el camino vamos a escuchar al omnipresente y ya más que quemado Dani Rovira, al ya habitual José Mota o los cameos de personajes como Fernando Tejero, Manolo Lama, Maldini o Matias Prats, eso debe de ser suficiente para contentarnos. Pero en realidad eso sólo sirve para darnos cuenta de que hay un esfuerzo mayor en esta parte de la promoción, la de los dobladores e invitados, que en la de crear una historia decente y bien hecha. Y a saber si eso es cosa del presupuesto, de los medios, de que se trata de una coproducción o de que ha habido muchas prisas para estrenar la película antes de que acabe el año y así optar a una nominación a los Goya, que es bastante probable que le caiga por la escasa producción animada que se hace en nuestro país. Pero el resultado final es tan imposible de sostener en algunos momentos que la causa da igual. El estreno en cines de Ozzy es bastante difícil de defender, y la muestra más evidente es la escena que se produce en el velódromo, con una animación escasísima y que se carga todas las pretensiones que pudiera tener en el guión.

Ozzy podrá contentar a los más pequeños, a los niños a los que simplemente le haga gracia ver el contraste entre perros de diferente tamaño perpetrando trastadas de todos los colores. Pero eso es una cortina de humo facilona, porque Ozzy no ofrece nada más. Bueno, se pasa hora y media ofreciendo cosas, pero ninguna que merezca realmente la pena. Salvando el prólogo, que debió de gustar tanto a sus responsables que, como es un flashback, después se repite íntegramente cuando llega el momento, el resto causa asombro pero por su pobreza, por su falta de imaginación y por recurrir a las maneras más pobres para salir del paso. Escuchar a los dobladores ladrando en lugar de recurrir a bancos de datos de ladridos es la gota que colma el vaso para que Ozzy acabe siendo una muy mala experiencia. La película, efectivamente, no importa, porque podemos venderla con los coloridos diseños y con la promoción de Rovira y compañía. Así no.

viernes, septiembre 30, 2016

'Sing Street', otra gran fusión de cine, música y vida

Si al finalizar una proyección, incluso sabiendo lo que uno va a ver, se termina con la sensación de haber sido entretenido e incluso sorprendido, pocas pegas se le pueden poner a una película. Sing Street, el nuevo filme de John Carney responde perfectamente a esas expectativas con un relato sencillo, amable y musical, pero sobre todo honesto, en el que, sin tirar abiertamente de la autobiografía como lo había hecho en Once, antes de la deliciosa Begin Again, Carney conecta con el espectador con la misma facilidad. No es la nostalgia, no es la música, no es el siempre eficaz escenario anglosajón económicamente deprimido con el que directores como Ken Loach han hecho maravillas. Es todo es, porque todo funciona a la perfección, y a la vez es su mezcla, la que invita a reír, llorar y emocionarse como si todos hubiéramos estado alguna vez en la piel de Conor, el joven protagonista al que da vida Ferdia Walsh-Peelo.

Con ese reparto integrado esencialmente por chavales desconocidos pero tremendamente simpáticos y en el que la cara más conocida es la de Aidan Gilen, al que muchos relacionarán directamente con Juego de tronos, Sing Street no deja de tener el envoltorio cotidiano de la comedia romántica, aunque su combinación con una historia de adolescencia y el brutal componente musical hacen que nada deje esa sensación de déjà vu que tanto daño le podría haber hecho a la película. Nunca se llega a anticipar lo que va a suceder, y aunque lo importante de Sing Street no es necesariamente su final, poético y magnifico, probablemente un no buscado homenaje en sí mismo a varios títulos destacados del cine de los 80 y 90, Carney nos prepara de una manera admirable para cualquier desenlace. Esa es una de las claves por las que la cinta funciona tan bien, porque escapa de lo previsible y se asoma a lo cotidiano, lo cercano, lo que cualquier puede identificar como propio.

La clave, en todo caso, está en la mezcla entre la historia, la música y la nostalgia. La historia, correcta, en muchos casos brillante, permite el lucimiento del relato y del propio Carney a la hora de escribir los diálogos, divertidos y dramáticos cuando la película lo pide. La música es, en sí misma, un delicioso homenaje a los años 80, con temas de A-ha, Duran Duran o The Cure, y es lo que permite que la película vaya teniendo una estética visual cambiante, según cada grupo va influenciando a la joven banda cuyas andanzas sigue el filme. Y la nostalgia que ofrece la película, a diferencia de lo que muchas veces, no se limita al guiño, no es sólo mostrar algo de los años 80 y esperar que el espectador haga la conexión, sino que Carney hace que cada elemento nostálgico tenga una importancia en la historia, cerrando así un círculo que los actores y propio director interpretan a la perfección. El mejor ejemplo, la forma en la que Carney nos presenta a la encantadora Lucy Boynton, la chica del clásico momento de chico conoce a chica que impulsa la película.

Y así, Sing Street consolida a Carney como un tipo capaz de emocionar con historias en realidad muy diversas pero que tiene una base muy parecida: experiencias fácilmente asimilables por la propia vida del espectador, el amor y la música. Se agradece el cambio de escenario con respecto a Begin Again y mucho más teniendo en cuenta el salto a los años 80 y a una zona deprimida, lo que añade incluso un toque más de apego a la historia, personal para el director irlandés, que así vuelve al escenario de Once, y emocional para quien vea la película con los ojos que requiere, los de cualquiera que sienta pasión por cualquiera de esos tres elementos clave de la historia: el amor, la música y la vida. Parece difícil resistirse al menos a alguno de los tres. Si son todos ellos los que convencen, no hay ni que decir que la experiencia que propone Sing Street es simplemente maravillosa, de esas que quizá pasen algo desapercibidas por su aparente modestia pero que en realidad se gana un sitio en la memoria de una manera tan honesta que merece cuantos más aplausos mejor.

viernes, septiembre 02, 2016

'Ben-Hur', osadía baldía

La imparable oleada de remakes tiene un punto de valentía que no siempre recibe el reconocimiento que probablemente merece. No estamos hablando de méritos cinematográficos, al menos en la mayor parte de los casos, pero sí hay que ser muy osado para ponerse al frente de una película cuyo titulo va a evocar tantas cosas generalmente positivas a millones de espectadores en todo el mundo. Osado o inconsciente, pero el atrevimiento es un hecho. Ben-Hur, la mítica cinta dirigida por William Wyler y protagonizada por Charlton Heston, es un ejemplo perfecto. La película por excelencia de la historia de los Oscar, la de romanos perfecta, la película que todas las semanas santas vemos en televisión. Esa es la que retoma Timur Bekmambetov. ¿Pero de qué sirve la osadía de afrontar un remake de Ben-Hur si se va a coronar con semejante cobardía argumental? ¿Cómo es posible que lo que quiere ser un retrato realista de la novela de Lewis Wallace acabe convertido en su final en algo tan inane e intrascendente? Es una osadía baldía, y duele siendo Ben-Hur.

No es el único problema de la cinta, ya mal planteada desde su título en pantalla con ese Ben-Hur (2016), y eso es lo malo, pero hay que reconocer que su visionado no se hace pesado ni lastimoso. Es, simplemente, que hay algo a lo que no va a alcanzar por mucho que lo sueñe. Es evidente que este Ben-Hur va a estar por debajo de la cinta de Wyler, que a su vez era un remake de la que hizo Fred Niblo en 1926. Y es que el cine de romanos de antes era el cine de romanos sin más, y casi todo intento moderno de actualizar el género, excepción hecha de la magnifica Gladiator, ha tropezado con la misma piedra, la falta de carisma. No hay ni que decir que Charlton Heston y Stephen Boyd son y van a ser para siempre Ben-Hur y Messala. Jack Huston y Toby Kebell no consiguen acercarse a ellos, por mucho que este remozado Ben-Hur ceda buena parte de su protagonismo a Messala para que esto casi parezca un Batman v Superman en Jerusalen que, curiosamente, acaba con una blandenguería análoga a la que Zack Snyder coronó el enfrentamiento entre los dos superhéroes de DC.

Y eso que hay que reconocer que Bekmanbetov, a pesar de que los primeros compases de la película invitan a pensar en la peor, contiene sus ansias de rodar una película de romanos como si fuera la una tergiversación tan triste como la de Abraham Lincoln. Cazador de vampiros. De hecho, incluso se agradece que no haya intentado fotocopiar el Ben-Hur que ya conocemos, que contenga la acción de la batalla en las galeras al punto de vista de ese encierro de los esclavos o incluso que convierta la carrera de cuadrigas en el clímax de la película. Faltan cosas que el aficionado más clásico echará en falta y que ayudan a construir el personaje de Judá Ben-Hur, aquí más desdibujado que nunca, pero al menos busca contar la historia de una manera diferente. Ahora bien, eso no carta blanca para deslucir a personajes que muchos espectadores ya conocen. Y eso es lo que le pasa a Ben-Hur. A Messala se le sobreactúa, a Judá se le ningunea. Y la inclusión de Jesucristo distrae demasiado sin aportar realmente gran cosa.

Así que al final lo que queda es un curioso batiburrillo en el que lo que destaca, como cabía esperar, es la carrera de cuadrigas. Ahí, incluso aunque hay algún exceso visual que Bekmambetov bien se podría haber ahorrado, sí se logra la emoción que se busca en la película, aunque llegue tras la aparición en la película de un Morgan Freeman que parece más aburrido y desubicado que nunca. La carrera sí convence, pero quizá llega demasiado tarde como para que la película remonte y, por desgracia, queda minimizada por el epílogo de la película, a todas luces incomprensible teniendo en cuenta el tono y las motivaciones que estaba adoptando la película hasta ese momento. El simple hecho de que sea Ben-Hur ya hará que mucha gente vea la película. Y quizá quienes no hayan visto la de Wyler y Heston (haceos un favor, y ponedla, por muy larga que os parezca a priori para aprender cómo se hacía cine de verdad) le den un aprobado. Podría haberlo alcanzado de no mediar esa cobardía final, pero esa forma de resolver un enfrentamiento planteado en términos tan duros no tiene ningún sentido y desequilibra el conjunto. Una pena.

viernes, agosto 26, 2016

'Café Society', el conformismo, carcelero de la libertad


Por Sonia Rodríguez Fernández.

Con Café Society, Woody Allen vuelve a su amada Nueva York después de rodar lejos de él en sus últimas películas, Irrational Man, Blue Yasmine o Magia a la luz de la luna. Escogiendo cómo telón de fondo los años 30, años dorados del cine hollywoodiense, Allen nos muestra el conformismo como carcelero de la libertad, el glamour y la elegancia en la que se envolvían, pero también el cinismo, hipocresía y apariencias a las que se veían envueltos los participantes de este entorno tan superficial y lo atractivo que resulta para los aspirantes a ese sueño americano que ofrecen las películas. Comparando en multitud de momentos los dos lugares emblemáticos por excelencia de Estados Unidos, Hollywood y Nueva York, mostrando la luminosidad e hipnotismo que produce una, contra la sordidez y el misterio de la otra.

En este caso se nos presenta un joven neoyorquino llamado Bobby, que no ha salido de su barrio para nada, interpretado por un Jesse Eisenberg muy cómodo en el papel, que se presenta en un ostentoso Hollywood con la esperanza de cumplir ese sueño americano de casa y piscina, y para ello pide ayuda a un magnate de la industria cinematográfica, su tío Phil (Steve Carell), que le echa una mano, eso sí, sin mucho entusiasmo. Para ello se sirve de su joven secretaria Vonnie (Kristen Stewart), que se encargará de mostrar a Bobby los recovecos más terrenales dentro de esa burbuja de glamour en la que viven, enamorando por sus ideales sin remedio al joven, que tendrá que luchar e insistir con tesón, pues Vonnie mantiene una relación con un hombre mayor.

Lo mejor de la película son la fotografía de la mano de Vittorio Storaro, tan variopinta y con la tan distinta luminosidad que se hace de las dos ciudades, así como esa música de jazz característica de las películas de Woody Allen, que consigue transportarte a otra época. Destaca también el papel, aunque breve, de Blake Lively, preciosa como siempre y atrapando con su increíble sonrisa. Sorpresa también Kristen Stewart, mejorando notablemente su actuación respecto a sus últimos papeles y que nos deja entrever la actriz que puede llegar a ser. Respecto al argumento, sobresale una elegante y divertida manera de tratar la pomposidad de la época, la impunidad hasta llegar al descaro de los grupos mafiosos y el mencionado conformismo, ese que no deja vivir de verdad al que se instala en él.

En definitiva, una amable y cómica propuesta, con muchos chascarrillos sobre las peculiaridades de los judíos, que aunque no hace reír a carcajadas, sí muestra a un Woody Allen en estado puro: criticando lo que le da de comer, tratando temas realmente trascendentes, sin importarle las consecuencias, hablando de unos sentimientos y unos temas muy complejos como son la superficialidad de la sociedad, de antes y de ahora pues el paralelismo es evidente, de la religión incluso, de manera magistral y muy elegante. Todo ello con una guinda final en la que Allen parece haberse instalado: un final amargo, que conmueve en lo esencial, y que deja al espectador con una sensación de ¿y ahora qué? Queda demostrado, que si la salud lo permite, queda Woody Allen para rato.

viernes, agosto 19, 2016

'Star Trek. Más allá', la imagen apabulla al contenido

Se diga lo que se diga, y por mucha normalidad que se aparente vivir, el cambio del capitán siempre provoca turbulencias. J. J. Abrams actualizó Star Trek de una manera valiente, starwarsizándola, y el experimento no salió nada mal. Cambiaba algo de la esencia, desde luego, pero ofreció dos películas tremendamente entretenidas y con historias que contar. En Más allá, tercera cinta del reboot de título indefinido por completo y en realidad sin mucho sentido, se da un paso atrás claro. De la mano de Justin Lin y con un guión escrito a toda prisa por Simon Pegg y Doug Jung, la imagen se ha comido a la historia, no hay contenido real, no pasa nada realmente trascendente en la película para ningún miembro de la tripulación del Enterprise, y aún con las solventes gotas de entretenimiento que sigue dejando la serie estamos sin duda ante la más floja de las tres entregas moderna, una en la que no hay tema de fondo, aunque parece que se intenta que lo haya, y donde hay poca emoción.

El primer gran problema que tiene Más allá es justo ese, que no se sabe muy bien qué se está contando, qué historia es la que quiere transmitir, más allá de un tópico enfrentamiento con un malo misterioso que está ya mil veces visto. Eso funciona bien, pero el orden de los factores en esta ocasión sí altera el producto. No funciona que la gran escena climática (por lo que implica para cualquier trekkie de pro) esté en el primer tercio del filme, desde luego no genera ni por asomo el mismo impacto emocional que cuando vimos algo parecido en las películas originales, y desde luego falla que la motivación del villano quede completamente oculta prácticamente hasta el final de la historia. La desconexión que hay por tanto entre héroes y villanos es total. Y las explicaciones que tendrían que tener muchísimos elementos de la película brillan por su ausencia de una manera clamorosa, dejando en mal lugar al guión.

Y el caso es que la incorporación de Simon Pegg a esas labores de escritura, sumado a lo que se había visto en los trailers, anunciaba una deriva aún más cómica de la serie. Ahí está la sorpresa de Más allá, que no arranca así, incluso prescinde de chistes en la primera hora de la cinta. No falla por donde se podía anticipar, sino por otras cuestiones. Y es que esos intentos de dar un poso, un peso y una profundidad al relato de Kirk, Spock y compañía palidecen porque no hay continuidad y porque no hay un malo a la altura. El añadido de Idris Elba bajo toneladas de maquillaje es más testimonial que otra cosa, como también el añadido de dos personajes femeninos que, hay que reconocerlo, están por estar y porque lucen bien en sus imaginativas revisiones para que encajen en Star Trek. De hecho, y aunque a Lin le obsesiona girar su cámara en un movimiento repetitivo y sin mucho sentido, lo visual funciona bien, si eliminamos secuencias un tanto absurdas como aquella en la que Chris Pine se pone a los mandos de una moto.

Pero, claro, hay un problema evidente y es esa mencionada falta de emoción. Esa sensación sólo se alcanza cuando hay referencias a la tripulación original del Enterprise, la que encabezaban William Shatner y Leonard Nimoy. Chris Pine, Zachary Quinto, el propio Pegg o Zoe Soldana (aquí, más florero y damisela en apuros que nunca por desgracia) han asumido muy bien sus roles, pero la película no les da mucho material con el que jugar. Carreras, saltos, teorías científicas delas que todos parecen saber sin tener en cuenta que Scotty es ingeniero y Uhura se dedica a las telecomunicaciones, porque todos parecen saber de todo, y mucha acción en gravedad cero, que al final parece la excusa que se ha dado el equipo para rodar Star Trek. Más allá. Y el caso es que entretiene, es una película simpática que saca sonridad de vez en cuando (la relación entre el Spock de Quinto y el Bones de Kalr Urban, lo mejor de largo), pero sabe a poco después de Star Trek y Star Trek. En la oscuridad.

viernes, agosto 12, 2016

'Cazafantasmas', buen remake pero montado a machetazos

Últimamente, el negocio del cine se está poniendo un poco imposible. Sabemos demasiado de las películas antes de verlas y nos hemos tragado ingentes y nada fundamentadas polémicas que nos obligan a posicionarnos. Con Cazafantasmas ha sucedido algo así, hasta el punto de que es difícil saber si lo que hemos visto es la película que realmente quería hacer Paul Feig, la que Sony ha querido rehacer por si acaso, una mezcla de ambas o ninguna de las tres. Polémicas, desde luego, las justas. Esta Cazafantasmas no es sólo una película legítima, sino que como remake funciona bien. Lo que se ha rehecho, tiene fundamento. ¿El problema? Sobre todo, en esas dudas. ¿Qué hemos visto? ¿Por qué se nota tanto que faltan cosas, que otras se han añadido a última hora? La película parece cortada a machetazos, cosida entre la osadía del equipo y el miedo del marketing, y eso no sirve para enamorar ni a los fans de los Cazafantasmas originales ni tampoco a los de Feig o el cuarteto femenino protagonista.

Esto se ve de una manera tan clara que incluso los títulos de crédito finales, antes de una escena postcréditos que en realidad ahonda en la indefinición del proyecto, se forman fundamentalmente con una escena eliminada. Lo que tendría que ir al DVD, aquí se integra, a pesar de que se ha considerado que no funcionaba en el montaje de la película. Como poco, extraño. A Cazafantasmas, en todo caso, le pesa no tener clara una historia que enganche. Da la impresión de que la idea era soltar a Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Kate McKinnon (que acaba siendo la mejor, la más divertida y con el personaje mejor definido), Leslie Jones y Chris Hemworth (elogiablemente delirante) y combinar sus improvisaciones con algún que otro chiste escrito previamente, unos efectos visuales que funcionan admirablemente bien y el habitual compendio de referencias y cameos que satisfagan al aficionado de los Cazafantasmas ochenteros. Y el cóctel a ratos funciona bien, es una película muy entretenida, pero se le ven las costuras a lo lejos.

Y el caso es que da rabia que sea así, porque se pierde una ocasión de haber hecho algo completamente diferente y a la vez deudor del espíritu original. Da la impresión de que Sony se ha dejado llevar por la polémica y ha querido reducir el riesgo al mínimo, pero por esta vía lo que ha sucedido es que ha quedado un guión más endeble de lo que prometía, y con unos personajes que se quedan en lo tópico y a medio camino a pesar de que la película llega a las dos horas. Quizá sea una forma demasiado dura de verlo, ya que en realidad no es un mal entretenimiento, pero el mal endémico del blockbuster hollywoodiendse exige que se siga lamentando el freno que se autoimponen directivos y creadores. No es que la película no acierte, porque hay muchos momentos en los que es obvio que lo hace, indicando que Feig y compañía conocían el camino para lograr que la gente se acostumbrara a una nueva generación de Cazafantasmas, y encima cambiando el género.

El resultado, en resumen, es bastante desigual. Al final, pueden más las luces que el carisma. Lo improvisado y lo cómico quedan algo apagados ante decisiones conscientes que se ven claramente equivocadas, que afectan sobre todo al segundo acto, y lo prometido no termina de ofrecerse del todo. Lo cierto es que acaba siendo una de esas películas de complicado juicio, porque hay un poco de todo para salir contento, pero se está lejos del entusiasmo. Hay fantasmas, muchos, hay escenas rehechas de la película original (la primera, sin ir más lejos), que convencen y mucho, hay bromas muy divertidas, hay muchos efectos visuales, e incluso los cameos más insustanciales (¿se puede considerar cameo el desaprovechado papel de Charles Dance?) acaban dejando una leve sonrisa en el rostro del espectador. Pero hemos perdido tanto tiempo hablando de tonterías que al final estas Cazafantasmas han quedado en un segundo plano. Y al menos merecen pasar un rato con ellas.

'Cazafantasmas', buen remake pero montado a machetazos

Últimamente, el negocio del cine se está poniendo un poco imposible. Sabemos demasiado de las películas antes de verlas y nos hemos tragado ingentes y nada fundamentadas polémicas que nos obligan a posicionarnos. Con Cazafantasmas ha sucedido algo así, hasta el punto de que es difícil saber si lo que hemos visto es la película que realmente quería hacer Paul Feig, la que Sony ha querido rehacer por si acaso, una mezcla de ambas o ninguna de las tres. Polémicas, desde luego, las justas. Esta Cazafantasmas no es sólo una película legítima, sino que como remake funciona bien. Lo que se ha rehecho, tiene fundamento. ¿El problema? Sobre todo, en esas dudas. ¿Qué hemos visto? ¿Por qué se nota tanto que faltan cosas, que otras se han añadido a última hora? La película parece cortada a machetazos, cosida entre la osadía del equipo y el miedo del marketing, y eso no sirve para enamorar ni a los fans de los Cazafantasmas originales ni tampoco a los de Feig o el cuarteto femenino protagonista.

Esto se ve de una manera tan clara que incluso los títulos de crédito finales, antes de una escena postcréditos que en realidad ahonda en la indefinición del proyecto, se forman fundamentalmente con una escena eliminada. Lo que tendría que ir al DVD, aquí se integra, a pesar de que se ha considerado que no funcionaba en el montaje de la película. Como poco, extraño. A Cazafantasmas, en todo caso, le pesa no tener clara una historia que enganche. Da la impresión de que la idea era soltar a Melissa McCarthy, Kristen Wiig, Kate McKinnon (que acaba siendo la mejor, la más divertida y con el personaje mejor definido), Leslie Jones y Chris Hemworth (elogiablemente delirante) y combinar sus improvisaciones con algún que otro chiste escrito previamente, unos efectos visuales que funcionan admirablemente bien y el habitual compendio de referencias y cameos que satisfagan al aficionado de los Cazafantasmas ochenteros. Y el cóctel a ratos funciona bien, es una película muy entretenida, pero se le ven las costuras a lo lejos.

Y el caso es que da rabia que sea así, porque se pierde una ocasión de haber hecho algo completamente diferente y a la vez deudor del espíritu original. Da la impresión de que Sony se ha dejado llevar por la polémica y ha querido reducir el riesgo al mínimo, pero por esta vía lo que ha sucedido es que ha quedado un guión más endeble de lo que prometía, y con unos personajes que se quedan en lo tópico y a medio camino a pesar de que la película llega a las dos horas. Quizá sea una forma demasiado dura de verlo, ya que en realidad no es un mal entretenimiento, pero el mal endémico del blockbuster hollywoodiendse exige que se siga lamentando el freno que se autoimponen directivos y creadores. No es que la película no acierte, porque hay muchos momentos en los que es obvio que lo hace, indicando que Feig y compañía conocían el camino para lograr que la gente se acostumbrara a una nueva generación de Cazafantasmas, y encima cambiando el género.

El resultado, en resumen, es bastante desigual. Al final, pueden más las luces que el carisma. Lo improvisado y lo cómico quedan algo apagados ante decisiones conscientes que se ven claramente equivocadas, que afectan sobre todo al segundo acto, y lo prometido no termina de ofrecerse del todo. Lo cierto es que acaba siendo una de esas películas de complicado juicio, porque hay un poco de todo para salir contento, pero se está lejos del entusiasmo. Hay fantasmas, muchos, hay escenas rehechas de la película original (la primera, sin ir más lejos), que convencen y mucho, hay bromas muy divertidas, hay muchos efectos visuales, e incluso los cameos más insustanciales (¿se puede considerar cameo el desaprovechado papel de Charles Dance?) acaban dejando una leve sonrisa en el rostro del espectador. Pero hemos perdido tanto tiempo hablando de tonterías que al final estas Cazafantasmas han quedado en un segundo plano. Y al menos merecen pasar un rato con ellas.