lunes, noviembre 29, 2010

'Flipped', romanticismo en vías de extinción

Qué difícil sigue siendo ver en el cine una buena película romántica. Romántica de las de verdad. De esas que tienen una historia preciosa pero real. De esas que tienen una buena pareja protagonista. De esas que tienen presente que es más hermoso ver algo novedoso que un desgastado cliché. Flipped, además de una gratísima sorpresa, es una de esas películas. Lo es porque sorprende con la historia más vieja del mundo, la de dos jóvenes, en este caso adolescentes, que se van enamorando, a veces de forma consciente y a veces no. Lo es porque utiliza una bonita doble narración, las mismas secuencias vistas consecutivamente desde el punto de vista de él y de ella, completando el cuadro de la realidad. Y lo es porque está maravillosamente bien escrita y muy bien interpretada. Ojo a Madeline Carroll, una chiquilla de sólo 14 años que enamora a la cámara (y, por qué no decirlo, a este humilde espectador; esa es la magia del cine) cada vez que aparece en pantalla.

Con el paréntesis de los años 90, en los que se dedicó a explorar con sobresaliente resultado terrenos como el terror psicológico (Misery) y el drama judicial (Algunos hombres buenos), Rob Reiner casi siempre se ha acercado a historias románticas. Le daba igual que estuvieran envueltas en el hermoso envoltorio fantástico de La princesa prometida, en la leyenda cinematográfica de Dicen por ahí, en la atmósfera contemporánea de Cuando Harry encontró a Sally o en el elitismo gubernamental de El presidente y Miss Wade. Ha tenido mejores y peores películas, pero siempre ha conseguido transmitir romanticismo en películas convincentes. Le faltaba buscar esas sensaciones con una pareja de adolescentes, y la novela escrita por Wendelin Van Draanen (cambiando la época en la que ésta se sitúa, desde el comienzo del siglo XXI hasta la década de los 60 de ese siglo pasado en el que todavía parece que vivimos) le ha dado la excusa perfecta.

Reiner traza con una delicadeza fascinante la línea entre el amor y el odio juveniles. Juli es una niña romántica que se enamora del chico que se acaba de mudar a la casa de enfrente (impecable la hermosa escena con la que se abre la película). Son apenas unos niños. Y los niños, siguiendo el tópico, no están interesados en las niñas. Es el caso de Bryce, que no soporta que su vecina y compañera de clase le persiga anhelando un beso. Ambos crecen y los sentimientos van cambiando. Ella se va desengañando, se da bruces con la realidad de que a él no le interesa, de que sueña con un imposible. Él, en cambio, experimenta lo contrario y se queda con el imposible que antes era de ella. Los caminos del amor y el odio se van cruzando. Contada así, la película corre el riesgo de caer en la sensiblería más pastelosa e intrascedente. Pero Reiner le da a esa historia un envoltorio que la hace crecer y avanzar. Dos familias muy diversas con más nexos de unión de los que podría parecer en un principio, y sueños y dramas que se mezclan en los caminos de los dos chavales y la gente que les rodea. Como la vida misma. Por eso Flipped engancha. Porque es tan fácil ponerse en la piel de algún personaje.

Y eso es así porque los actores realizan un trabajo formidable. Desde los más veteranos y conocidos hasta los más jóvenes y prometedores, todos ellos crean un reparto casi perfecto. Entre los primeros están Aidan Quinn, un intérprete que prometía mucho a comienzos de los 90 y que se quedó en el camino a pesar de su categoría; Rebecca De Mornay, que pasada su época de sex symbol quizá consiga por fin, y aunque ya parezca difícil en esta tiranía de la imagen, establecerse como lo que promete ser, una buena actriz; Penelope Ann Miller, de la que, a pesar de no haber logrado en su día la misma fama que la intérprete de La mano que mece la cuna, también tuvo sus momentos de fama gracias a Atrapado por su pasado (una de las mejores películas de Brian de Palma), Despertares o protagonizar junto a Arnold Schwarzenegger Poli de guardería; y John Mahoney (conocido por la serie Frasier), que da vida a un personaje capital en la historia.

Todos ellos hacen funcionar el engranaje de la película y tienen una gran importancia en ella, pero el alma del filme está en la profunda mirada de Madeleine Carroll, que crea en la pantalla mucha magia, mucho romanticismo y un saber estar impropio de alguien de su edad (catorce años). Callan McAuliffe está correcto, pero tiene las limitaciones propias de un actor adolescente. Madeleine Carroll no tiene límites. Y su nombre (que para mí era desconocido aunque forma parte del reparto de películas como El último voto, Resident Evil: Extinction o incluso algún episodio de la serie Perdidos) ya está apuntado en esa lista de jóvenes promesas que uno espera que no se echen a perder. Quizá le falta a la película un final más trabajado que haga justicia al buen rato que ofrece, pero al margen de este defecto, Flipped es fresca, es inteligente, es romántica. Es un título diferente y original. Es una pequeña gran maravilla.

De no proceder de un estudio grande y un director conocido, ya habría sido bautizada como la película independiente del año, ese honor absurdo y rimbombante que la crítica suele otorgar a películas que a veces se olvidan con demasiada facilidad. Pero como no puede tener esas etiquetas alternativas, es un filme que corre el peligro de pasar desapercibido (costó catorce millones y ni siquiera recaudó dos en Estados Unidos). Y sería una lástima. Pero es que la película se estrenó en Estados Unidos en agosto y en España no hay todavía fecha de estreno. Será que el romanticismo está en vías de extinción. ¿Lo está? Ver Flipped es la mejor forma de saber si en nosotros está escondido un romántico.

jueves, noviembre 25, 2010

'Imparable', pero que poquito que contar...

Hubo un tiempo, en los años más oscuros de la filmografía de Ridley Scott, que alguien se atrevió a decir que el Scott bueno era en realidad su hermano Tony. Cuando uno ve productos como Imparable, no deja de preguntarse cómo es posible que alguien llegara a pensar eso, por muchos defectos y fallos que haya podido cometer Ridley a lo largo de su carrera. Pero las opiniones son libres y mucho más si hablamos de medios de expresión como el cine. Scott, Tony, se entiende, es un tipo que tiene una única virtud: sabe cómo hacer emocionantes sus películas. Da igual lo que te esté contando, siempre llegará un punto en el que hará sentir emoción al espectador. No una emoción sentimental, sino una emoción derivada del clásico cliffhanger de los seriales de los años 30 y 40, esa duda sobre qué va a pasar a continuación y cómo van a resolver los héroes de la historia el problema que tienen ante sí. Aquí el problema es un tren sin conductor que hay que detener antes de que se estrelle y cause no sé cuántas muertes. Podría ser cualquier otra cosa, tanto da.

Y es que Imparable tiene muy poquito que contar. Por eso apenas alcanza la hora y media de metraje, porque lo que narra es tan insustancial que bien podría haber sido material para el clásico telefilme americano. Pero no lo es, detrás de esta película hay un gran presupuesto (no se ve mucho en la pantalla) y están los nombre de Tony Scott y el de dos actores más que conocidos. Denzel Washington ha trabajado ya con el menor de los Scott en tantas ocasiones que no sé si alguien lleva todavía la cuenta a estas alturas (son cinco, para que nadie emplee tiempo en buscarlo). Y casi siempre haciendo el mismo tipo de papel. Washington es, para su desgracia porque vale mucho más, un actor encasillado, uno de esos que casi siempre que aparece en pantalla da la impresión de interpretarse a sí mismo (curiosamente, una de sus últimas grandes interpretaciones se la sacó Scott, Ridley por supuesto, en American Gangster). Chris Pine es ya un actor célebre, desde que interpretara al nuevo Kirk del notable Star Trek de J. J. Abrams. Y ambos hacen lo que saben y saben lo que hacen. Cumplen. Poco más. No hay más, por mucho que el guión se esfuerce en incluir pinceladas personales con la misión de incrementar los niveles dramáticos del filme.

Drama que es casi inexistente, por cierto, al menos durante la amplia mayoría del metraje (y cuyo paradigma puede ser el personaje de la esposa del personaje de Pine, una presencia casi sin diálogo a lo largo del filme; todo frío, como la propia película). Todo cambia al final, que es cuando entra en escena la virtud de Tony Scott, la de la emoción. El ritmo es veloz en todos los sentidos (desesperante en los continuos cambios de plano y movimientos de cámara repetitivos marca de la casa), pero no alcanza ese punto álgido hasta el final. Eso deja cierto buen sabor de boca al terminar la película, pero es un sabor de boca engañoso. Como engañoso es siempre el guión que incluye a un personaje femenino fuerte e íntegro (Rosario Dawson), simplemente porque hay que hacerlo. O un drama personal (a uno se le ha muerto la mujer de cáncer, al otro le han dictado una orden de alejamiento porque pegó a otro tipo por celos) que se entremezcla con la heróica misión de los protagonistas (el tren se va a chocar contra el pueblo en el que viven las familias de ambos). Todo ya visto. Todo muy manido. Todo muy previsible. Incluso el final, por emocionante que sea.

Bien visto, no es fácil rellenar la historia de un tren desbocado, y eso tendrá cierto mérito. Quizá. Por eso tarda tanto en arrancar la película, con una larguísima introducción que apenas aporta gran cosa a la historia, más allá de presentar personajes sin profundidad y que quedan rápidamente olvidados según pasan los minutos. Se aportan muchos datos para contextualizar la vida de los protagonistas, pero en el fondo nada de eso importa. Lo único que tiene relevancia es que un tren coge altas velocidades y está destinado a descarrilar en medio de un pueblecito americano provocando una gran explosión. Por eso lo único destacable es la emoción de saber qué pasa con eso. Pero esa emoción dura cinco minutos. Ni más ni menos. Y para montar una película alrededor de algo así, es conveniente dedicarle más trabajo. No es que se haya perdido una gran oportunidad para hacer un buen filme. Es que esa oportunidad no tenía nada que ver con los objetivos de este título, que podría haber sido deudor del cine de catástrofes de los años 70, pero que se queda en una pelicula palomitera más del siglo XXI. Y que cada cual interprete si eso es digno de pagar una entrada de cine o de pasar hora y media delante de una pantalla.

miércoles, noviembre 17, 2010

'Harry Potter' y el penúltimo paso hacia el fin

Penúltimo paso hacia el fin de Harry Potter. Tendría que ser el último, pero la decisión de partir en dos películas Las Reliquias de la Muerte retrasará ese final hasta julio de 2011. Como los anteriores pasos, esta primera mitad del último relato del joven mago es más que nada una transición. Hay nuevos elementos, sí, pero que forman parte del mismo relato. Es más de lo mismo en casi todos los sentidos, y eso supone que encandilará a los aficionados a la saga cinematográfica (que no coinciden necesariamente con los aficionados a la saga literaria) y no dirá mucho más de lo dicho hasta ahora a quien no cuenta los minutos de espera hasta la siguiente película. Tiene algunos puntos que mejoran entregas previas, pero eso queda lastrado por la aparecente necesidad de meter en la película, por eso se parte en dos, prácticamente todo lo que J. K. Rowling introdujo en su último libro. Eso compensa a la baja las apreciadas novedades y por eso la sensación final es prácticamente la misma de siempre, la de haber visto una larga transición de dos horas y media esperando todavía el (se supone) espectacular enfrentamiento final entre Harry y Voldemort.

Comencemos por lo bueno. Hemos tenido que esperar seis películas, pero al fin las relaciones entre los diferentes personajes, al menos entre los tres protagonistas (el Harry de Daniel Radcliffe, el Ron de Rupert Grint y la Hermoine de Emma Watson) alcancen un notable grado de madurez, necesario para entroncar el relato mágico en el mundo real, algo que la saga venía pidiendo a gritos desde hace unas cuantas entregas. Fruto de esa madurez, el comienzo de la película es emocionalmente intenso e impresionante (acompañado de forma impecable por la música de Alexandre Desplat, por fin un relevo digno de John Williams aunque, con el objeto de dar a la película el tono lúgubre que requiere, se olvide casi por completo del jovial tema principal que el maestro creó para el primer filme). Igualmente notable es el intento de David Yates de salirse del canon narrativo fijado por las seis películas anteriores con un breve pasaje de animación, brillante, oscuro y perturbador a partes iguales. Sin duda, ésta es la mejor y más original escena de la película.

Pero, y aquí empiezan los peros, ese fragmento hubiera sido una magnífica introducción para la película, del mismo modo que Shyamalan nos introdujo en La joven del agua. Pero aquí llega a la hora y media de película (todavía quedaban más de tres cuartos de hora por delante), síntoma evidente de dos cosas. En primer lugar, que era innecesario alargar Las Reliquias de la Muerte durante dos películas de la misma duración que las seis anteriores. Sin ese ejercicio de síntesis, asistimos a un interminable encadenado de secuencias de las cuales muchas podrían haberse quedado en la sala de montaje o, mejor aún, en las páginas de la novela. Porque ese y no otro es el segundo síntoma detectable: la imperiosa necesidad de contentar a todos los fans haciendo un repaso por todas las secuencias del libro. Esto es una suposición, pues no he leído la obra, pero parece el origen del problema. Y es que se está perdiendo el valor del trabajo de adaptación. Ahora se buscan fotocopias, traslaciones casi literales, y el conjunto final de una película, un medio muy distinto de la literatura, al final acaba lastrado por ese afán. La adaptación pedía claramente suprimir personajes y simplificar caminos. Pero aquí parece estar todo lo que hay en el libro.

Gracias a la escasa adaptación realizada, David Yates, director de las dos anteriores películas de la serie (La Órden del Fénix y El príncipe mestizo), obvia escenas que podrían haber dado mucho juego en la gran pantalla, incluso la muerte de algún personaje de la que simplemente se informa, destruyendo las posibilidades trágicas de esos momentos (eso, en realidad, ya se había echado en falta en anteriores entregas de Harry Potter). La batalla del Abismo de Helm le sirvió a Peter Jackson para llenar casi una hora de película de Las dos torres cuando Tolkien la ventiló en unas pocas páginas. Aquí había una gran espectacularidad latente en el ataque inicial de los mortífagos para evitar que sus amigos oculten a Harry de las garras de Voldemort o en la escena de la boda, pero una y otra secuencia se convierten en elipsis temporales, incluso directamente en vacíos, para seguir las peripecias del trío protagonista, interés principal de la película (y eso, insisto, genera un punto de mejora cinematográfica y narrativa por momentos, como en las discusiones entre los tres jóvenes cuando las cosas les van realmente mal o en la escena del baile en la tienda).

Desde el espléndido final de El cáliz de fuego, todavía la mejor secuencia de la saga, se espera un climax parecido, pero no se acaba de conseguir. Por eso la sensación de transición que vienen dejando desde entonces las nuevas entregas. Allí, el Voldemort de Ralph Fiennes impresionó, con su imagen y sobre todo con su inquietante voz. Aquí no consigue todavía el mismo efecto, a pesar de que aparece más tiempo en pantalla que en las dos últimas películas juntas. Será que lo mejor queda para el final de la saga, pero de alguna manera Fiennes no logra generar la misma sensación de terror que en El cáliz de fuego, ni siquiera en el epílogo de esta primera parte de Las Reliquias de la Muerte, una escena que podría haber desbordado grandeza y épica, pero que se queda en eso, en un simple epílogo, en el final de una primera mitad. Poco para lo que podría haber sido. Como el clímax de esta entrega, que, no obstante, es la única escena en la que la espectacularidad se ve acompañada de la necesaria emotividad para conectar con el espectador, al menos con el profano en este mundo.

Y dicho todo esto, ¿qué es lo que realmente queda de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte. Parte 1? Como en las dos películas anteriores, la esperanza de que el gran final de la historia esté a la altura, porque el cine ha perdido la oportunidad de ofrecer una saga diferente y única. La apuesta ha sido por clonar los libros lo máximo posible, y eso ha convertido la secuencia de películas en una larguísima espera para lo que llega el año que viene, en una sucesión de entradas y salidas de personajes, de escenas que a veces es difícil ubicar en una película o en otra (ésta es la que mejor triunfa en el terreno de la individualidad... aunque lo echa por tierra por no acabar la historia y dejar la mitad para dentro de siete meses). Lo mejor es el grado de oscuridad que ha alcanzado la saga, difícilmente clasificable ya como una historia para niños. Entretendrá a casi todo el mundo, y los muchísimos fans de Harry Potter seguro que la disfrutan. Pero a quien no forme parte de ese grupo, puede que le sepa a poco. Otra vez.

miércoles, noviembre 10, 2010

'Ga'Hoole. La leyenda de los guardianes', espectacular 3D para un déjà vu juvenil

La fantasía juvenil vive un momento dorado. O no, todo depende del cristal con el que se mire. Es buen momento, porque hay un gran número de títulos, sobre todo a través de sagas que dan el salto desde la literatura hasta el cine, con bastante éxito en las taquillas además. Pero no es tan bueno ese momento porque falta algo, falta diversidad, faltan obras rompedoras, falta la frescura y el carisma que tenía el género en los irrepetibles años 80. Por desgracias, todo suena a ya visto. Y aunque casi todos estos títulos tienen elementos de interés, al final la sensación de déjà vu es inevitable. Sucede con Ga'Hoole. La leyenda de los guardianes. ¿Mala película? En absoluto, tiene los elementos necesarios para ofrecer un notable entretenimiento, pero en el fondo parece una vuelta más sobre los mismos temas, los mismos protagonistas, las mismas relaciones entre ellos y los mismos retos para héroes y villanos.

Aquí los protagonistas son animales, lechuzas en su mayoría, pero la historia bien podría ser la de Narnia, Harry Potter, La brújula dorada o cualquier otra saga juvenil. Siguen unos patrones ya definidos en otras muchas películas, y es inevitable que quede la sensación de que algo de esto ya hemos visto. Los dos hermanos, uno de carácter afable y otro más recio, que acaban enfrentados. El mentor que sacrifica su vida para que el protegido tenga la posibilidad de salvar el mundo. El clímax final en el que todo pende de un hilo. Todo visto. Lo más novedoso de esta película está en el nombre de su director, Zack Snyder. No es frecuente que un director de cine de acción real dé el salto a la animación. Snyder ya tiene labrado un nombre, sobre todo después de hacer 300 y Watchmen. Y sus características esenciales sí se ven en Ga'Hoole, sobre todo a la hora de aplicar esas cámaras lentas que tanto le gustan (y que tan bien lucen en 3D).

Pero el castillo de naipes está construido sobre un guión previsible, que desprecia además a algunos personajes secundarios, que a veces parecen estar en la película sólo porque salen en los libros en que se basa el filme y su exclusión enfadaría a los aficionados. Entre esos errores de fondo que desembocan en lo previsible del material, el guión hace además hincapié en aspectos que pueden irritar al espectador adulto (como la excesiva transformación de expresiones cotidianas al mundo de los pájaros; ¿cuántas veces se dice la palabra "mollejas" a lo largo del metraje?). Lo curioso es que tampoco tiene este producto un fácil acomodo entre los más jóvenes por el dramatismo que tiene el filme. En otras producciones similares a ésta se echa en faltaun tratamiento más oscuro y siniestro, adulto en definitiva, y ésta lo ofrece por momentos y se agradece, pero al ser una película de dibujos animados eso puede dificultar que encuentro un público adecuado. Qué difícil equilibrio para el cine juvenil moderno.

Al final es la espectacularidad de sus imágenes lo que da el aprobado a la película. Y es una espectacularidad que bebe tanto del cada vez más prodigioso avance de las imágenes por ordenador (al no tener personajes humanos, es casi imposible encontrarle pegas a la animación) como del magnífico uso que, aquí sí, por fin, se hace de la técnica de 3D. Porque aunque la escena inicial produce el habitual temor a que el uso de las gafas sea prioritario sobre el arte de rodar una película, con los acostumbrados giros imposibles y planos hermosos pero que no hacen avanzar a la historia o a los personajes, al final la técnica convence y mucho (mucho más puede que incluso con respecto al fenómeno Avatar y sin duda mucho más sobre las películas no rodadas en 3D y transformadas después a ese formato, como Furia de titanes o Alicia en el País de las Maravillas). Por una vez, el 3D no parece un timo al espectador, todo lo contrario, y así se evidencia, sobre todo, en la espectacular escena de la tormenta (la mejor de la película) y en el uso de otros elementos como el fuego o la bruma.

La espectacularidad visual que tiene la última película de Snyder es lo que convierte a este título en algo diferente a otros con los que guarda demasiada relación. Su ausencia de comedia, salvo unos pocos detalles lógicos y necesarios, también marca distancias con la fantasía juvenil de animación contemporánea. Eso tiene su valor. Como también lo tiene el notable entretenimiento que ofrece esta película.

sábado, noviembre 06, 2010

'Secretariat', Diane Lane y una bonita historia de superación

Es la vez muy fácil y muy complicado acercarse a una historia real de trasfondo deportivo. Es fácil porque tiene una serie de clichés muy aceptados, que funcionan siempre por muy repetitivos que puedan parecer. Es difícil precisamente por lo mismo. ¿Cómo hacer una película que parezca diferente a lo que ya se ha visto hasta entonces? Secretariat se mueve en ese delicado equilibrio, con dos inconvenientes añadidos. El primero, que su temática, las carreras de caballos, no es demasiado popular en demasiados lugares. La segunda, que hace sólo siete años ya hubo una película notable y popular (nominada incluso a los Oscars) sobre este tema, Seabiscuit. A pesar de todo, Secretariat sale triunfante como historia de superación con el deporte como telón de fondo por dos motivos, porque en ocasiones consigue abordar de una manera original un tema manido y por Diane Lane.

Secretariat narra una historia real, con lo que si alguien tiene algún afán por saber cómo termina la epopeya de este caballo (rebautizado así para competir pero de nombre real Big Red) y de su dueña, Penny Chennery, no hay más que navegar un poco por Internet. La película comienza siendo una historia de superación personal y de afirmación de la personalidad de una mujer en los años 60 y 70 (cómo le gusta al cine americano introducir pinceladas que meten de lleno al espectador en esas épocas, en este caso a través del rol de la mujer en el núcleo familiar en aquellos años y, sobre todo, por la ideología hippie de una de sus hijas) y se acaba transformando en una película tan deportiva como humana. La idea es ver cómo la mujer intenta demostrar que es capaz de realizar metas a las que renunció por cuidar de su familia y, al mismo tiempo, que el caballo luche por ganar la triple corona, algo que ningún otro animal ha hecho en los últimos 25 años.

Esa es justo la primera pretensión arriesgada de Secretariat, convertir al caballo en un personaje, y en uno importante, y no dejarlo como una simple parte del escenario. Durante las carreras vemos en ocasiones el punto de vista del animal y no del jinete. Hay incluso un sorprendente juego de miradas antes de comenzar una carrera entre los dos caballos que compiten por la victoria, como si fueran los dos pistoleros de un western, y más de un primerísimo plano al ojo del caballo protagonista. Se busca, y se consigue, dar una personalidad al caballo. La segunda pretensión arriesgada es la de cambiar la óptica tradicional para una película de este estulo. No es frecuente una mirada original a un evento deportivo, y dos de las tres grandes carreras que tiene la película ofrecen ese punto de vista distinto y ese enfoque atrevido.

La segunda de ellas, por realzarse a través del otro gran pilar de la carrera, el personal y familiar de la protagonista femenina. La tercera y última, por una resolución atípica (tanto en su narración como en su música, eso sí bastante convenional a lo largo de todo el filme). Cierto es que se trata de una historia real y que no daba mucho margen al dramatismo y a la emoción habituales del cine deportivo, pero la originalidad le corresponde también como mérito a la película dirigida por Randal Wallace, responsable de sólo dos películas más en doce años de carrera, El hombre de la máscara de hierro y Cuando éramos soldados. Wallace no logra la conexión emocional que exigen las carreras con su público y a veces parecen cortes de películas diferentes, pero sí consigue el climax que busca en la primera carrera, momento álgido de Secretariat sin ninguna duda.

Diane Lane, decía, es otra de las grandes bazas de esta película. Tiene 45 años y es un ejemplo espléndido de que todavía hay papeles en Hollywood para actrices de esa edad. Se mueve como pez en el agua en el personaje que le pongan por delante y hace suyas las películas que interpreta sin necesidad de forjar su fama en un desnudo, un posado o un romance con cualquier actor o director que se le presente en su camino. Su presencia y su elegancia en pantalla son maravillosas y ejemplares. Sabe llorar y sabe reír. Sabe conmover con sus lágrimas en los momentos más duros para su personaje y, al mismo tiempo, sabe emocionar con su sonrisa, sus miradas, sus gestos y sus palabras. Es una actriz maravillosa que no cuenta con todo el reconocimiento que merece. Y es un pilar esencial de Secretariat.

Lane encabeza un buen reparto con un puñado de nombres conocidos. Si bien la presencia de Scott Glenn sabe a muy poco, en un papel que él parece limitar más todavía que el guión, siempre es estimulante ver en la gran pantalla a actores como John Malkovich (aunque su personaje es un cliché en sí mismo y él tampoco parece tomárselo demasiado en serio, salvo en dos o tres escenas en las que sí demuestra que es un gran actor; ojo al momento en el que quema los recortes de periódico sobre sus derrotas) o James Cromwell, junto a un más que eficaz grupo de secundarios que da empaque al producto final. Casi tanto como la preciosista factura del filme, y es que Hollywood domina a la perfección el viaje en el tiempo que supone ubicar una de sus películas en décadas pasadas del siglo XX.

Es Secretariat una película notable que cumple con su objetivo, emocionar y entretener, aunque no siempre por los caminos que uno pudiera esperar. Quizá la mejora hubiera podido venir de un uso más claro de las elipsis temporales o del montaje en algunas partes de la película, pero es un producto típicamente bonito (típicamente Disney, si se quiere, que para eso es la productora del filme), muy convincente y muy agradable. Merece la pena.

martes, noviembre 02, 2010

'La red social', fachada moderna y fondo clásico para un peliculón

Qué cosas. La película moderna por excelencia (es lo que se ha vendido de ella, vaya), el filme definitivo sobre Internet y su emblema favorito, Facebook, es en realidad una propuesta clásica en casi todo. La red social es, por encima de todo, la demostración de que David Fincher es un director genial. Pero, seguramente también, un realizador algo incomprendido. Y es que han sido muchos meses vendiendo esta película como lo que no es (o al menos como lo que yo no he visto). Decían que La red social era el santo y seña del cine del presente y casi del futuro, y lo que en realidad he visto ha sido una apuesta por algo clásico: un guión demoledor, unos diálogos asombrosamente brillantes y una dedicación espléndida a las actuaciones sin infravalorar por ello los aspectos estéticos del filme. Sí hay algo moderno en La red social, además del tema de fondo, se entiende. Aunque más que moderno habría que decir contemporáneo. Y es que a David Fincher le da igual la estructura clásica de una película. La rompe, la moldea, juega con ella tanto como con el espectador. A su antojo. Con maestría. Una maravilla.

Con sólo ocho películas como director en su filmografía, Fincher ya es, por méritos propios, uno de los directores de referencia del cine norteamericano de finales del siglo XX y comienzos del XXI. No me parece descabellado decir de él que la mitad de sus títulos rozan la perfección y en casi todos los demás hay elementos de interés. Y no me parece en absoluto desacertado decir que sus tres últimas películas se encuentran en ese grupo de excelencia, lo que le convierten además es un director en forma, capaz de abrazar diferentes géneros, formatos y medios de contar las historias más distintas entre sí. Le van las historias humanas (como aquí), le va el policiaco (Seven y Zodiac), le va el romance (El curioso caso de Benjamin Button). Le va lo que quiera, y por eso dará menos miedo asistir a su adaptación de uno de los femónenos literarios (mediáticos más bien) de los últimos tiempos, la saga Millenium, su propia película. Y aunque ahora todo son alabanzas a Fincher (ojo a los Oscar, que ya suena y con fuerza), me quedo con la sensación de que, siendo La red social un título espléndido, está un peldaño por debajo de sus dos anteriores trabajos.

El juego con la estructura clásica que Fincher hace en La red social queda de manifiesto desde la primera escena. Durante buena parte de la película, es hasta lícito preguntarse qué hace ahí esa conversación entre Mark Zuckerberg (un espléndido Jesse Eisenberg) y la chica con la que está saliendo (una interesante Rooney Mara, protagonista de la nueva Pesadilla en Elm Street y de la próxima película de Fincher, que aquí tiene un papel breve pero capital). Parece que sólo pretende sentar las bases de un trepidante filme, de ritmo intensísimo de principio a fin, de diálogos rápidos, ácidos y mordaces. Pero no. La esencia temática de la película está ahí, como queda de manifiesto en varias ocasiones a lo largo de la película y, sobre todo, en ese espléndido final que brindan Fincher y el guionista Aaron Sorkin, basándose en el libro de Ben Mezrich sobre la web probablemente más famosa y utilizada del mundo. Pero la película no va sobre Facebook, no. Esa es la excusa. La que ha permitido un marketing curioso para publicitar la película. Esa es la parte moderna, la clásica es la que marca el camino de Fincher.

Clásica porque, en realidad, estamos aquí ante la más típica historia de amistades y traiciones. Dos amigos que montan una empresa. Uno de ellos se ha inspirado (por decirlo de forma aséptica, dejar que cada cual tome partido por quien quiera es otro de los grandes aciertos de la película) en la idea de otros compañeros, que luchan por reclamar su parte. Por el camino, el otro amigo (magnífico Andrew Garfield, el próximo Spiderman) se va quedando descolgado en favor de la figura idolatrada del primero y se va dando cuenta de que la vida real es más compleja que la vida virtual. El primero de los amigos se sabe solo. Se siente por encima de la mayoría, pero lamenta su soledad aunque no sepa cómo demostrarlo. La amistad se rompe, los amigos se enfrentan. Y Fincher narra todo esto con un halo de inevitabilidad que se presiente durante todo el filme, que le dota de una grandeza difícil de alcanzar... pero al mismo tiempo de una cierta frialdad, que es donde reside el punto más débil de la película, porque no se atreve a retrarar con más firmeza a los caídos en esta lucha de amigos y enemigos. Pero todo temáticamente clásico.

Lo que cambia es el modo de narrar la historia. No lo sabemos hasta que no pasan unos minutos, pero estamos asistiendo a un enorme flashback que ocupa toda la película hasta la escena final. Ahí rompe Fincher las reglas del cine más convencional, haciendo interactuar la escena presente y el flashback de una forma magistral (tanto crédito en esta faceta merecen los montadores, Kirk Baxter y Angus Well, como en el ritmo frenético del filme los compositores Trent Reznor y Atticus Ross). Esa escena presente, por cierto, entronca con la más clásica tradición de cine de juicios, a pesar de que el set no sea un tribunal. Y allí crecen las miradas y los diálogos, los actores y el guión. Clásico, muy clásico (también en la duración, unos ajustados 120 minutos que contribuyen a la fuerza del relato), a pesar de que Internet lo inunde todo y de que el montaje convierta a Fincher en un director de lo más contemporáneo. Y clásico, porque los encuadres de Fincher hablan mucho más que los de la mayoría de los directores actuales.

La red social es una película sobresaliente, casi imprescindible. Pero corre el riesgo de ser ahogada por su propia fama. Es uno de esos títulos en los que todo el mundo parece ver genialidad, por encima incluso de la que realmente hay. Insisto en que para mí no es la mejor película de David Fincher. Pero es un peliculón. Así, con letras grandes, las que vayan haciendo justicia a un director siempre valiente.

domingo, octubre 24, 2010

Cómics de saldo: 'Jonah Hex' y 'Los perdedores'

No es un ningún secreto que las adaptaciones de cómics están de moda en el cine, y no sólo en los títulos procedentes de Hollywood. Tampoco es secreto alguno que el género ha alcanzado una madurez notable de la que es en gran medida responsable la visión de Batman que Christopher Nolan ha plasmado ya en dos películas (y ya está trabajando en la tercera). Pero igualmente pocos se podrán sorprender si digo que este boom del subgénero deriva al mismo tiempo en la producción de películas que en el mejor de los casos se pueden considerar olvidables. Jonah Hex y Los perdedores son, con sus diferencias, dos de esos cómics de saldo que ofrece el cine de vez en cuando.


No es del todo justo que ambas películas caigan en el mismo saco, a pesar de su prodecencia en forma de viñetas y de no haber cumplido las expectativas. Y es que Jonah Hex es, directamente, una película infame, un filme anunciado a bombo y platillo durante su producción como uno de los títulos del verano y que, al final, llegará a España directamente en DVD tras su fracaso comercial en Estados Unidos. A pesar de que hay nombres a destacar detrás del título, ese fracaso es merecido. Es una mala película, es una mala adaptación de un cómic, es un mal western sobrenatural. Es mala. Punto. Se puede ver con más o menos cariño, tratando de pasar el mejor rato posible en los (afortunadamente) 81 minutos que dura, pero es un título insalvable desde todos los puntos de vista. Caerá en el olvido y muchos de los que participaron en ella la considerarán en un futuro no muy lejano como uno de esos errores que hay que cometer para hacer una carrera en Hollywood.

Dirige Jimmy Hayward, semidebutante en estas lides después de años de trabajo como animador en Pixar y de dirigir la cinta animada Horton. Viendo el resultado de Jonah Hex, se puede decir que poco se le ha pegado del trabajo cinematográfico de la casa animada, pues su primera película de acción real es un ejercicio torpe en todos los terrenos, un caro juguete de 47 millones de dólares que en Estados Unidos sólo recaudó diez en taquilla. El guión es torpe y malinterpreta los puntos fuertes del antihéroe creado por DC Comics, desperdiciando además los escasos buenos momentos que apunta y ofreciendo un climax final soso y sin garra. Ni siquiera técnicamente se puede destacar mucho, con unos efectos visuales ordinarios y un maquillaje rígido y poco realista para el rostro de Jonah Hex, una de sus características más visibles. La película encaja a la perfección en el prototipo de fracaso anunciado, con sus problemas durante el rodaje y sus retrasos en el estreno. Pero lo malo es que arrastra nombres decentes, empezando por el de su protagonista.

Josh Brolin es un buen actor, que ha dado la medidas de sus posibilidades, por ejemplo, trabajando para Oliver Stone en la segunda entrega de Wall Street o en W., pero aquí está perdido, trata de cumplir la papeleta con la mayor dignidad posible. Fracaso. Como John Malkovich, quien seguro que cobró un cheque con muchos ceros por su desquiciado villano. De Megan Fox casi es mejor no hablar. Dicen que es una de las mujeres más deseadas del mundo, pero su colección de malas películas es aún más impresionante que cualquier portada de revista que pueda protagonizar. Si algún día hace una buena (una película, se entiende), seguro que no será por su aportación. La nula química entre la pareja protagonista es la mejor explicación de por qué no funciona este filme. Y es que aquí la única química que hay es la que produce explosiones.

Decía que no es justo meter a Los perdedores en el mismo saco que Jonah Hex, porque no es tan mala película ni mucho menos. Pero sí es fallida. Está basada en una serie de 32 números publicada entre 2003 y 2006 también por DC Comics, a través de su sello para adultos Vertigo. La serie recibió atención de la crítica del medio al ser nominada a los prestigiosos Premios Eisner como mejor nueva serie de 2004. La película, sin embargo, con retrasos similares a los que vivió Jonah Hex, se pierde en un maremagnum de títulos idénticos. Y es que sobran ahora mismo las películas sobre un grupo de antihéroes, veteranos de guerra, tipos duros donde los haya que, con la inevitable presencia de una misteriosa mujer que dé un toque sensual a la historia, cumplen una misión suicida enfrentándose a un malo malísimo y haciendo explotar por el camino todo lo que pillen a su paso. El género es viejo y las novedades que aporta cada título son escasísimas. Los perdedores no es una excepción, a pesar de que, en el fondo, cumple con lo que promete. Es eso y nada más. Y, con todo, no es de los peores títulos que se han estrenado.
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La clave para asumir lo que cuenta Los perdedores es estar dispuesto a perdonar cientos de clichés y excesos, de vueltas de tuerca y de mucho ruido y movimientos de cámara. Si es así, Los perdedores entretiene. Es una diversión tonta y simple, sí, pero entretiene. Lo malo es que no es capaz de distanciarse de otros títulos similares y, por cercanías en su estreno, sale perdiendo en la comparativa con el título más similar que pudiera imaginarse: El equipo A. A los personajes de Los perdedores les falta el carisma que sí tenían los herederos de la serie de televisión de los años 80. Quizá con otros actores, quizá con otro tono, se podría haber ofrecido un producto más llamativo. ¿No es exactamente lo mismo que ofreció Stallone en ese llamativo revival de los 80 que era Los mercenarios? Lo dicho, demasiados títulos con la misma idea en la cabeza, los mismos arquetipos como protagonistas y la misma vía para resolver los conflictos del mundo a tiros.
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El reparto no ayuda demasiado tampoco. Hay nombres conocidos, pero de segunda fila. Jeffrey Dean Morgan (el Comeidante de Watchmen), Zoe Saldaña (Uhura en el nuevo y entretenidísimo Star Trek de J. J. Abrams), el español Oscar Jaenada (Camarón; aquí, por cierto, apenas tienes líneas de guión a pesar de que sí aparece mucho en pantalla), Chris Evans (la Antorcha Humana en Los 4 Fantásticos y el próximo Capitán América) o el histriónico (he aquí un eufemismo) villano que conforma Jason Patric (Speed 2, En el valle de Elah) son rostros conocidos, pero, como apuntaba más arriba, ninguno tiene el suficiente carisma como para elevar el nivel de una película correcta pero que se queda en el camino. Aunque raspa el aprobado (no lo hará para todos los espectadores), es quizá un modelo de cómo adaptar un cómic sin la pasión necesaria como para que funcione.

martes, octubre 19, 2010

'The Town. Ciudad de ladrones', buen cine negro

Es curioso que un actor tan limitado como Ben Aflleck sea en realidad un director notable. Como intérprete, seguramente no pasará a la historia ni dejará grandes papeles. Y tan seguramente, porque es un actor limitado, muy limitado. No lo ha destacado como tal hasta ahora y nada indica que lo pueda hacer en el futuro. Pero como realizador, en cambio, tiene un toque particular, una capacidad para tomar decisiones acertadas, para colocar la cámara donde debe, para montar con acierto escenas de muy distinto tono dramático sin artificios ni falsedades. Y, curiosamente, para sacar buenos trabajos interpretativos de sus miembros de su reparto. Lo hizo en Adiós, pequeña, adiós y lo hace en The Town. Ambas comparten un gusto por el thriller, por las historias truculentas y por los escenarios sórdidos (¿por qué en ésta decide bajarse los pantalones y dulcificar la existencia del barrio de Boston que escoge para el filme con un rótulo final blando e innecesario?).
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A Ben Aflleck no le duelen prendas al buscar referencias en los policiacos más notables de las últimas décadas (incluso en otros géneros, al calcar el uso del sonido que hizo Roman Polanski en una escena de El pianista). Evidentemente, es imposible plantearse las escenas de atracos que rueda Affleck sin pensar en Heat, una película que lleva ya casi quince años siendo el mejor referente posible (el mismo que tuvo, por ejemplo, el comienzo de El Caballero Oscuro) y que probablemente seguirá marcando las películas sobre ladrones de años venideros. Pero también mira al cine policiaco más urbano y familiar, ese que quizá tenga su mejor exponente en Clint Eastwood. Es difícil no ver las relaciones personales que se establecían en Mystic River en este trabajo de Affleck, aunque el trasfondo de ambas historias sea radicalmente distinto. No son malas referencias y no es tampoco un mal resultado para esta historia de ladrones, que cobra personalidad propia y ofrece un producto notable.
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Adiós, pequeña, adiós y The town guardan muchas similitudes estéticas y temáticas. Ha recibido muy buenas críticas, y quizá es posible que no sea merecedora de tanto, pero sí es cierto que estamos ante un buen director y una buena película de su género, bien escrita, bien resuelta y bien rodada. Aunque éste pueda ser una pequeña mejora, todo eso es más o menos como lo que ofrecía aquel primer filme que realizó Affleck. Aquella cinta la protagonizó su hermano Casey, pero en ésta Ben se reserva el papel protagonista para sí mismo y es un error evidente. Ben Affleck es, indudablemente, el peor intérprete de la película. Es frío, es distanciado, es inadecuado para el papel y para el tono de la película. Y aunque a él se le pueda considerar de lo más flojo de esta interesante historia de ladrones, lo cierto es que el trabajo interpretativo es notable en casi todos sus compañeros de reparto. Es curioso que como director encuentre la dirección en la que guiar a sus actores y él mismo no la tenga.
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Rebecca Hall (Vicky Cristina Barcelona, El desafío. Frost contra Nixon) vuelve a estar sobresaliente, quizá un pelín lastrada por el aspecto más flojo del guión, la relación entre uno de los ladrones de bancos (Affleck) y la directora de banco que sufre el primer atraco. Blake Lively (una de las protagonistas de la serie Gossip Girl) es una sorpresa muy agradable en un papel duro y dramático, la ex novia del personaje de Affleck y madre drogadicta. Jon Hamm, conocido también por su trabajo televisivo, éste en la serie Mad Men, también hace un gran papel como el antagonista del FBI en esta historia vuelta del revés, en la que casi parece que los héroes son los ladrones y los villanos los policías. Jeremy Renner, tras En tierra hostil, está más que correcto, pero parece que empieza a encasillarse en personajes psicológicamente inestables. Pete Postlethwaite y Chris Cooper le dan a la película la elegancia de dos actores ya veteranos. Todos ellos conforman un reparto más que interesante que le da empaque al resultado final.
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The Town se sostiene, además de por sus actores, porque su guión sabe equilibrar los momentos dramáticos con leves toques de humor (ojo al atuendo de los atracos, sobre todo del segundo de los tres que se ven en la película y a la escena en la que son descubiertos en su huída por un policía), porque monta de forma admirable las escenas de acción de los atracos y porque no rehuye una maravillosa confrontación de miradas y perfiles psicológicos, en las que el único perdedor es el propio Affleck como actor. Aunque se trata de una película que se mueve en un género complicado por trillado (¿cuántas películas hemos visto en los últimos años sobre robos y cuántas de ellas mezclan asuntos familiares en ellos?), The Town triunfa por el buen gusto con el que está rodada, un gusto clásico pero que no rehuye las posibilidades técnicas del cine contemporáneo. No es una obra maestra indiscutible, pero sí un gran trabajo, entretenido de principio a fin y con capacidad para fomentar el debate. Y demuestra que Affleck es un director a seguir.

viernes, octubre 08, 2010

'Wall Street. El dinero nunca duerme', a medio camino

En un momento como el actual, uno no puede más que echar de menos al Oliver Stone de los años 80. Aquel tipo valiente y decidido a remover conciencias del que ya no queda más que la fachada polémica y un más que hábil director de cine. Porque aquel cineasta habría sido capaz de crear la película definitiva sobre la crisis económica y el tramposo mundo financiero. Una que habría avivado polémicas, atraído miradas y llegado a las conclusiones más rompedoras que uno pudiera imaginarse. Pero aquel Oliver Stone no es el Oliver Stone que ha dirigido la tardía e inesperada secuela de Wall Street (filme mucho más valiente y duro que su continuación). Este Oliver Stone ha dejado un producto bien hecho, más destacable en la forma que en el fondo y con una gran dirección de actores. Pero los causantes de la crisis se han escapado vivos. La crítica de Oliver Stone se ha quedado a mitad de camino. O, si acaso, en la primera parte de la saga de Gordon Gekko, aquella que se estrenó en 1987.

Porque son años ya en los que Oliver Stone se debate entre la polémica más superficial (su versión de Alejandro Magno y su permanente insistencia en recalcar su homosexualidad o su limitada y caricaturesca visión del anterior presidente norteramericano en W) y las historias que no contienen halos de controversia (como su mirada humana y nada conspirativa al 11-S en World Trade Center). Y cuando decidió afrontar la crisis económica como argumento, uno podía pensar que ahí podría recuperarse el director que habló con franqueza de la guerra de Vietnam en su durísima trilogía (Platoon, Nacido el 4 de julio, El cielo y la tierra). Pero no es así. Sí es cierto que se acerca por momentos en secuencias llamadas en el guión a ser grandes para el análisis y reflexión. Pero no menos cierto es que la película deriva mucho más a la situación de los personajes que a la de la economía global.

Al final, el mejor punto de partida para los análisis que se puedan hacer de la secuela de Wall Street los deja el personaje de Michael Douglas en sus diálogos. En una de sus primeras apariciones, en una charla ante jóvenes, les dice "estáis jodidos". Si Oliver Stone hubiera continuado por ese camino, El dinero nunca duerme podría haber sido, al menos, lo que El color del dinero fue para El buscavidas, una secuela tardía de categoría y adaptada a los nuevos tiempos. Pero no lo es. El final sensiblero-familiar acaba por desbordar todas las pretensiones en este sentido, ya tambaleantes durante buena parte del metraje. Y en la última escena, el propio Douglas pregunta si "nadie cree en segundas partes". Parece casi un guiño interno, una forma de justificar una película que muchos creen oportunista. El tema es oportuno. La forma en la que le ha dado forma Stone es lo que hace que se vea como oportunista. No es la película definitiva sobre la crisis que podría haber sido con más arrojo.

Quizá el polemista Oliver Stone ha ido perdiendo peso con los años al mismo tiempo que ganaba peso la habilidad de Oliver Stone para manejar la cámara. Quizá ahora tiene mucho más dominio de lo que hay en la pantalla que de lo que puede provocar fuera de ella. Y por eso, lo mejor que deja Wall Street. El dinero nunca duerme es un reparto sencillamente espectacular. Michael Douglas es mejor actor de lo que muchos le han reconocido durante años, tiene un carisma que llena la pantalla. Pero si además cuenta a su alrededor con Shia LaBeouf (el más conocido, el más flojo de todos), Josh Brolin (que ya hizo para Stone una espectacular recreación de George Bush hijo en W.), Carey Mulligan (descubierta para el mundo en An education), Eli Wallach (breves pero espeactculares apariciones las suyas), Susan Sarandon (haga lo que haga, siempre es una delicia verla) y Frank Langella (en estado de gracia en los últimos años, con el pico inolvidable de Frost contra Nixon), la cosa adquiere unas proporciones casi inolvidables.

Y es que si algo va a perdurar de esta Wall Street es el duelo interpretativo constante, los retos a los que los actores parecen someterse escena tras escena. Langella contra Brolin, Douglas contra Mulligan, Mulligan contra LaBeouf, Brolin contra LaBeouf, Douglas contra Brolin, Wallach contra Brolin. Son todas escenas magníficas, excelentes enfrentamientos cara a cara protagonizados por intérpretes dando lo mejor de sí mismos. Casi dan ganas de eliminar el sonido de la película y ver sus miradas, sus gestos, su intensidad, para comprobar hasta dónde son capaces de llegar en cada escena. Y decía que LaBeouf es el más flojo de todos. Tiene cierta fama el protagonista de Transformers y coprotagonista de Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. Y es profesional. Pero le falta mucho por recorrer para devorar la pantalla como hace Michael Douglas, por ejemplo. Por él pasan los años, pero sigue ahí. Gordon Gekko fue el personaje que le dio un Oscar, un logro que no consiguió como actor su padre, el mítico Kirk Douglas. Y Gordon Gekko sigue ahí. Intacto. Inmortal.

Con todo esto, no es fácil decantarse. Es evidente que Wall Street, la original, se ha quedado vieja (y nada mejor para darse cuenta de ello que el magnífico prólogo de su secuela... que por desgracia ya habíamos visto en el trailer). Que la economía ya no es la que era a finales de los años 80. Que hace falta una película definitiva que aborde el mal endémico en el que vive este mundo, más allá de las pinceladas que deja Oliver Stone en esta secuela. Y es evidente que El dinero nunca duerme no puede ser esa película. Pero al mismo tiempo, se trata de un filme visualmente arriesgado. Sencillo en sus metáforas, quizá demasiado sencillo, pero atrayente con sus imágenes. Y sobre todo con sus magníficas interpretaciones, y su gran sentido del ritmo y de la música. Que la firme Oliver Stone hará que las opiniones sean encontradas y puede que hasta extremas. Ni tanto ni tan poco. Es un buen producto, con aciertos y con errores, con momentos prescindibles (¿Gordon Gekko sensiblero?) y otros inolvidables (ese silbido de Wallach). Interesante en todo caso.

miércoles, octubre 06, 2010

'DiDi Hollywood', fallido retrato del cine

El cine sobre cine tiene su encanto. Es la mirada de un gremio sobre sí mismo y, cuando hay sinceridad en los relatos, a veces quedan auténticas obras maestras. No hay más que recordar películas como El crepúsculo de los dioses, Cantando bajo la lluvia, El juego de Hollywood o Ed Wood, por citar unas pocas muestras de un cine realizado con devoción a este medio. No seré yo quien ponga en duda los sentimientos de Bigas Luna hacia el cine, pero DiDi Hollywood se queda, por encima de todo, en un intento fallido de retratar la meca del cine. Quizá sí haya veracidad en su metraje y en sus mensajes, pero todo se construye sobre la incesante y cansina repetición de escenas de sexo, con un ritmo bajo, con una ambición narrativa escasa y con pocos aciertos en general, sobre todo en el guión. Al final entre lo rescatable sólo destaca el nombre de Peter Cotyote.

Intento fallido, decía. Y es lo que se puede desprender de lo que cuenta y de lo que no cuenta la película. Es la aventura de una joven española que decide probar suerte en Miami y después en Los Ángeles en busca de su sueño de ser actriz. Allí descubre que es un mundo duro en el que se ve obligada a realizar dolorosas concesiones. Concesiones sexuales, se entiende, porque esas son las únicas que se plantean en la película. Es un mal endémico de muchas historias iniciáticas o de superación (y muchas en el cine español, no vamos a ocultarlo), que convierten el sexo en el centro de todo. La familia, las amistades, las ambiciones, los sueños, el modo de vida y otras tantas cosas en la vida de esta DiDi son pequeñas anécdotas en las que apenas se profundiza. Lo importante es el sexo y las perversiones sexuales. No es precisamente una sorpresa en el cine de Bigas Luna, vista su filmografía.

Para hacer DiDi Hollywood, con las pretensiones que se le suponen, hacían falta dos elementos por encima de todo: un buen guión y una buena actriz. Y los dos pilares fallan. El guión, obra del propio Luna y Carmen Chaves Gastaldo, es endeble. Sus elipsis son más que discutibles y su realismo escaso (por mucho que algunas de las situaciones que cuenta puedan ser veraces), algo que queda en evidencia en unos diálogos a veces rutinarios y algo forzados. La película llega a moverse en la delgada línea que separa el exceso de la carcajada de reprobación, y algunas veces cae en este segundo lado. Ni se ve la vida triste que lleva Diana antes de lanzarse a la aventura americana (sólo una pequeña secuencia introductoria que dice más de otro personaje que de la protagonista), ni por qué quiere llegar a ser una estrella, ni las miserias que padece cuando llega a su objetivo. Sólo se apunta en breves pinceladas, que parecen excusas para separar las escenas de sexo.

Y falla la protagonista. A DiDi le preguntan en la película si teme que se hable más de ella por su vida personal que por su trabajo como actriz. Ahí la película cobra unos seguramente no deseados tintes de realismo. A Elsa Pataky se le podría preguntar lo mismo, porque es una actriz que realmente conoce todo el mundo pero pocos recordarán de momento alguna película en la que aparezca que haya permanecido en sus memorias. Es un reclamo y habrá quien vaya al cine para verla a ella, con y sin ropa. Bigas Luna tampoco le hace un favor con esos largos finales de muchos planos en los que se fija sólo en ella pensativa. Y tampoco le hace un favor ponerse al lado de un actor como Peter Coyote, al final lo único destacable que queda en la película. De hecho, el papel de Coyote se antoja hasta un poco desaprovechado, porque sus apariciones elevan el nivel en todo momento. Desde la primera, casual, hasta la última, definitiva para exponer el, eso sí fallido, mensaje de la película.

Porque si la idea era retratar, como parece en ese mencionado final (en el que se habla de "una princesa para el pueblo", y tras lo visto es más fácil pensar en una figura como Belén Esteban que en otra como Grace Kelly), la fachada de una estrella de cine, ese rostro feliz y atento con el que contentar a los fans y esconder las miserias de la vida privada, esa idea se queda en el tintero. O, quizá, sólo aparece al final, cuando se dice de forma explícita. Si la idea, en cambio, era retratar el camino al estrellato de una mujer joven, el resultado es de lo más irregular. A veces parece que cuenta esa historia, a veces parece que a Bigas Luna le molesta contarla y le interesan más otros detalles. Y si la idea era relatar las extravaganzas del Hollywood más oscuro, pues ahí quizá sí encuentre algo de verdad la película. Pero lo cierto es que tampoco hay mucha diferencia con respecto a otros ambientes sórdidos que figuran en las filmografías de muchos realizadores, probablemente en la misma de Bigas Luna.

Al final, el recuerdo de la película no será la historia que cuenta, sino la presencia, los desnudos y las escenas de sexo de Elsa Pataky. Ya lo dice Bigas Luna cuando nos despide de la sala mostrándonos el trasero y las piernas de su protagonista, a través de un ceñido acabado y una falda transparente, alejándose de la cámara. Pobre cargamento para una película que podría haber dado mucho más de sí.

miércoles, septiembre 29, 2010

Robert Rodríguez, cine decadente

Nunca he sentido simpatía por Robert Rodríguez. El apadrinado de Quentin Tarantino (por el que, vaya, tampoco siento simpatía) no ha conseguido convencerme con ninguna de sus películas. Casi coinciden en la cartelera su último trabajo como director, Machete, y un título en el que ha ejercido de productor, Predators. Ninguno de los dos merece grandes elogios y sí dejar claro el pesar que producen por el aire decadente que desprenden ambas, especialmente la primera.


Todo en Machete suena a decandente. No en el sentido que podría haber dado más juego artístico, sino en el de la sensación de estar viendo un producto caducado, viejo, ajado y baldío, pasajero como él solo y olvidable en el más benevolento de los juicios que me atrevo a hacerle. Violento como sólo Robert Rodríguez puede ofrecerlo (en realidad no, forma parte de una escuela muy extendida en el moderno cine norteamericano de acción), pero decadente, muy decandente. Lo asombroso es que se sigan buscando excusas argumentales (en este caso, la inmigración ilegal desde México a Estados Unidos) para completar productos idénticos, clónicos y repetitivos. Porque Machete no es otra cosa que gente matando y gente muriendo, por motivos que no importan lo más mínimo (no ya al espectador, que también, sino al propio director o eso parece), con sangre y miembros volando de un sitio a otro.

Para narrar esta sucesión de asesinatos (puede que la única forma entretenida que hubiera tenido de ver esta película fuera contarlos, pero no lo hice), Rodríguez encuentra un reparto también decadente. Danny Trejo, protagonista de la función, hace de sí mismo pero más serio y pétreo. Es un tipo querido por los fans de este tipo de cine, y en realidad es lo más decente de la película. Luego da miedo ver a Robert De Niro arrastrándose una vez más por la pantalla. Hollywood no está siendo consecuente ni responsable con su genialidad, como tampoco lo está siendo él mismo. Por eso hace más de una década que no se ve al gran De Niro en el cine. Sólo se ve a alguien que toma prestados su cara y su voz. O eso prefiero pensar. Steven Seagal no es que se arrastre. Es que es Steven Seagal, pero con unos años y kilos más que los que acostumbraba a tener en las películas que le lanzaron a la fama. Decadante, sí.

Decadente es también que Robert Rodríguez se repita/imite/homenajee, porque llega un momento en que ya no importa si estás viendo Desperado, El mariachi, Sin City, Planet Terror o The faculty. Con las mismas explosiones, asesinatos, irreverencias y desmanes, lo único que cambia son algunas caras. Y cuerpos, porque cuando se trata de sumar actrices a estos proyectos eso es lo único que parece contar. Veinteañeras que hacen carrera en Hollywood sólo por la belleza hay muchas y siempre las habrá. Jessica Alba proclamó hace años que jamás se desnudaría en una película. Lo hace aquí, de la forma más absurda, en una escena intrascendente. Y decadante, como la carrera de esta actriz. Lindsay Lohan también aparece sin ropa ante la cámara, y de forma más explícita. No hará falta que insista en el adjetivo para que quede claro lo que opino de ella, pero igual la presencia de ambas sin ropa es motivo para que alguien vea la película. Michelle Rodríguez no llega a tanto, pero casi. Da lo mismo.

El caso es que hay seguidores para esta película, para este tipo de cine, para estos actores e incluso para este director. Yo, desde luego, no soy uno de ellos.

Depredador es un pequeño clásico de ciencia ficción y acción de los años 80 y una de las más notables películas de Arnold Schwarzenegger delante de la cámara y del director John McTiernan detrás de ella. Con los años, la franquicia no ha hecho sino vivir una decadencia en la que se acaba de cruzar Robert Rodríguez como productor Durante mucho tiempo, de hecho, se asociaba el proyecto a su nombre más que al del director. Flaco favor le hicieron al personaje las películas de Alien vs. Predator y muy flaco favor le hace este Predators que dirige Nimrod Antal, un realizador que apenas tiene un par de películas no demasiado destacables entre las que está Habitación sin salida. Con esos mimbres, cabía temer lo peor. Y lo peor es lo que ha salido, una especie de remake alocado y bastante vergonzoso del Depredador original, con una horrible puesta en escena, con un guión delirante y plagado de imposibles giros y sin un solo momento memorable que perdure, ni siquiera para el más acérrimo seguidor de la franquicia.

Sorprende de partida el planteamiento de la película, que va en contra de la esencia del personaje que se vio en los buenos títulos (tanto el original como su infravalorada secuela) como en los malos (las dos entregas de ese horrible cruce con los aliens). Tenemos una raza de criaturas que caza por disfrute, pero que lo que busca son presas en sus propios ambientes. Esa es la gracia. Pero aquí no. Aquí tenemos una especie de reserva para que estos depredadores den rienda suelta a su afición. El sentido del honor que caracteriza a estos seres no está aquí por ningún lado. Tampoco hay interés por ver quién gana el combate (y más cuando llega la delirante escena en la que un yakuza japonés se dedica a pelear, espada samurai en mano, con uno de los depredadores). Todo se mueve entre el absurdo y el tópico. Porque tópico es que entre los protagonistas tenga que haber por decreto un negro, un hispano, un asiático, un ruso y una mujer (sólo una, no nos pasemos).

La película es un torpe ejercicio de rutinario cine de acción (ciencia ficción se ve poca a pesar de todo), en el que la única baza nueva radica en el plural del título (sin alardes, salen cuatro depredadores; ¡qué lejos queda la referencia del Aliens de James Cameron, donde el plural sí significa algo). Torpe porque introduce elementos (los perros o esa especie de ave extraterrestres) que luego no vuelve a sacar. Rutinario porque hasta copia algunos pasajes del Depredador original. Y absurdo porque quiere establecer una conexión argumental con la película de McTiernan y se olvida de casi todos los hallazgos de aquella. Con redecorar los cascos de los depredadores parece que tiene suficiente en el pretendido afán de actualización de la saga. Y todo esto con un Adrien Brody también en absoluta decadencia protagonizando la función. Qué poco queda ya de aquel actor que maravilló en El pianista. Y para recordarnos que, sí, Robert Rodríguez está detrás del invento, uno de los actores, aunque se le ve mucho menos de lo que seguro que esperan sus seguidores, es Danny Trejo.

Una perfecta muestra de cómo enterrar para siempre una franquicia que en su nacimiento alcanzó cierto prestigio y de cómo Hollywood, de vez en cuando, intenta con todo el descaro del mundo sacar dinero al espectador con productos de ínfima calidad. Y sin rubor alguno.

lunes, septiembre 27, 2010

'Buried (Enterrado)', una claustrofóbica y angustiosa genialidad

Se dice de vez en cuando que en el mundo del cine está todo inventado. En realidad, se dice de casi cualquier disciplina, pero no suele ser verdad. En el cine desde luego no lo es. De vez en cuando uno se encuentra con propuestas nuevas, arriesgadas, originales y llenas de talento. Buried (Enterrado) es una de ellas. Y una de las más notables de los últimos tiempos, me atrevería a decir, porque se lanza a caminos inexplorados de los que sale con una solvencia portentosa. El viaje emocional que plantea el director español Rodrigo Cortés en su segunda película, la primera en inglés, es una genialidad claustrofóbica y angustiosa. Pero también una gran lección sobre cine, sobre montaje (tarea de la que se encarga el propio Cortés) y sobre puesta en escena. Un filme así no puede dejar indiferente. Por lo que cuenta y por cómo lo cuenta. Y sea cual sea la valoración de cada espectador, ya que el arte relfja sensaciones muy diversas y hay muy pocos absolutos (por no decir ninguno), la película tiene un enorme mérito.

Y es que estamos ante una película de 95 minutos rodada íntegramente en el interior de un ataud. Eso, visto fríamente, sólo puede ser obra de un loco o de un genio. Pero como el cine es algo que hay que ver pasionalmente, con el corazón en la mano, puede que Rodrigo Cortés tenga algo de ambos. Sólo así se puede entender que el director consiga que la película, además, se ruede en inglés y con un actor conocido Ryan Reynolds (visto en Lobezno, será el protagonista de Green Lantern). No hay precedentes para definir a un filme así. Ninguno. Hay alguna película que se puede aproximar por su concepto, alguna incluso con escenas que pueden servirle de referente. Pero nunca se había hecho algo así. El valor pionero que tiene Buried no es el único, ni siquiera el mejor. Y es que estamos hablando de una puesta es escena que invita a la monotonía y, sin embargo, se trata de un filme que mantiene una tensión admirable en todo momento, una tensión humana y una tensión cinematográfica.

La humana es todo un reto. ¿Qué puede pasarle a un hombre durante hora y media en el interior de un ataud para mantener atenta a una audiencia numerosa? Cortés, con un guión de Chris Sparling, encuentra múltiples respuestas a esa pregunta. Aunque algunas escenas bordean la frontera de la caricatura (y siempre hay alguien en una sala capaz de recordártelo con sonoras carcajadas que no todo el mundo entiende ni comparte), nunca pierde de vista el contenido dramático de la situación y de los diálogos. Y aún más. Es capaz de filmar un crescendo emocional en toda regla, pasando por un amplísimo espectro de sensaciones, hasta llegar a un final emocionante y perfecto, que descoloca y al mismo tiempo representa la mejor culminación posible para la historia. Como suele ser habitual con películas que buscan sorpresas y emociones continuas, las sinopsis de Buried desvelan demasiado. Todo lo que dicen lo desgrana Cortés en los primeros 25 minutos de película, una preparación del escenario apabullante y compleja a pesar de la sencillez obligada por el escenario.

Si la tensión humana siempre es complicado conseguirla, y aquí la empatía con el protagonista es total (ayuda y mucho la fantástica labor de Reynolds, muy metido en el papel), la cinematográfica es un constante caminar por el alambre. Hora y media de película y Cortés sale más que airoso del reto. Visualmente, el director no aburre en ningún momento, no abusa de un plano concreto, juega con numerosas posibilidades y arriesga bastante en algunos momentos, hasta el punto de adaptar las leyes de la realidad a lo que desea transmitir. La película ya comienza con un largo plano en negro que pone a prueba la curiosidad del espectador. El silencio es el mejor aliado de Cortés en muchos momentos, pero la música de Víctor Reyes complementa acertadamente algunos momentos (y mete de lleno al espectador en la película en unos títulos de créditos que, salvando las distancias buscando el mismo objetivo que los que Saul Bass y el compositor Bernard Herrmann crearon para algunas películas de Alfred Hitchcock). Y la fotografía de Eduard Grau, con las inmensas limitaciones de partida que tiene por el propio concepto de la película, es magnífica.

Hay quien le ha buscado lecturas políticas a la película. No las tiene. El escenario más allá del ataud (¿por qué revelarlo de antemano?) no condiciona para nada la petensión del director, que lo que maneja es, sencillamente, una situación límite, que empuja a un hombre normal a vivir una historia tan extraordinaria como realista. Buried es una película angustiosa, no apta para gente con fobia a los espacios cerrados. Pero sobre todo es una historia humana que tiene lugar en un escenario inusual, un filme que juega con elementos muy difíciles de controlar y que ofrece hora y media de pura tensión. Y, qué demonios, también es una pequeña gran joya que coloca a su director entre los nombres de los que apetece volver a saber en un futuro muy cercano.

jueves, septiembre 23, 2010

'Apocalipsis', otra gran película animada de Superman y Batman

Las películas producidas por Warner sobre los superhéroes de DC Comics son el último reducto de la animación seria. Sólo ahí se pueden encontrar historias que, realizadas con dibujos animados tradicionales pero de corte realista, carezcan de canciones, secundarios cómicos o la intención de estar destinadas a un público infantil aunque puedan verlas también adultos. Sólo por eso, ya tendrían mérito. Pero es que además son endiabladamente entretenidas, están razonablemente bien producidas (aunque es obvio que al ser lanzamientos en DVD no tienen el dinero que requiere una largometraje destinado a las salas de cine) y cubren un hueco que, hoy por hoy, nadie más parece querer en el mundo del entretenimiento. No es descabellado decir que con Superman & Batman: Apocalipsis, la última aventura animada de la casa, se han superado y han logrado la mejor de las películas realizadas, que hasta ahora han tenido todas un nivel bastante notable.

En el título se incluye el nombre de los dos grandes superhéroes de DC porque la película estaba basada en uno de los arcos argumentales de la colección que lleva el mismo nombre, Superman & Batman. Pero no es del todo correcto ni justo limitar el protagonismo de la película a estos dos personajes, empezando por el gran protagonismo que tiene en el filme Wonder Woman, el tercer eje de la gran trinidad de DC. La saga en el cómic llevó por título La superchica de Krypton, ya que fue la reintroducción de Supergirl en el nuevo Universo DC. La película, en cambio, coloca en el título una referencia al villano de la función, Darkseid, y su mundo natal, Apokolyps. Diferentes enfoques de partida para una historia que sigue casi al pie de la letra los seis números originales de 24 páginas escritos por Jeph Loeb y dibujados por Michael Turner. Y digo casi al pie de la letra porque lo que la película expande es justo aquello en lo que destaca. Me explico.

Decía antes que a esta película le falta dinero. Y es verdad. Se nota mucho en la limitadísima animación de los fondos o los planos generales. Pero, a cambio, ofrece una animación de primer nivel en las escenas de pelea. No en las más multitudinarias (como en la de Superman, Batman, Wonder Woman y las amazonas contra un ejércido de réplicas de Doomsday, el personaje que mató a Superman), sino en las de cuerpo a cuerpo. Es ahí donde Superman & Batman: Apocalipsis expande la narración de las viñetas y la eleva a unos níveles prodigiosos. Ya quisieran las supuestamente espectaculares películas de acción de hoy en día contar con unas coreografías tan realistas y deliciosamente ejecutadas como las de, por ejemplo, las dos peleas que protagonizan las Furias en Apokolyps (la segunda de ellas, ya con Wonder Woman en pantalla, es una delicia). Esta es la gran novedad de la película porque en el cómic son sólo unas pocas viñetas, en la película piezas de acción magníficamente ejecutadas y montadas.

También decía que esta película y sus compañeras de línea llenan un hueco que nadie más quiere en el mercado actual. Y es cierto. Apocalipsis está sembrada de momentos de gran violencia. El rojo sangre está limitado, casi ausente, porque de lo contrario su calificación habría sido muy severa, pero no merma en absoluto el poder de los personajes que tiene en pantalla para dulcificar lo que no puede ser dulficiado. Si hay una pelea entre Superman y Darkseid, tiene que ser tal y como se muestra: salvaje, primaria y violenta. Rebajarla habría sido una burla, habría supuesto restarle valor a la leyenda que esconden estos personajes y sería una traición a la historia original en la que está basada la película, historia que, sin ser una obra maestra del cómic, sí es un producto que cumple con el cometido de ser una entretenidísima pieza de aventuras y ciencia ficción. En esos géneros se puede englobar la película, generos que la animación no toca con un tono adulto similar a este seguramente desde el estreno de la injustamente menospreciada Titán A.E.

Es curioso que Warner estuviera a punto de acabar con Batman gracias a las absurdas películas de Joel Schumacher, que Superman estuviera tantos años enterrado y que ahora no les gustara a sus directivos la resurrección que dirigió Bryan Singer, y que Wonder Woman todavía no tenga película a pesar de haber protagonizado algunos intentos frustrados. Digo que es curioso porque aquí, en esta película, están los mejores elementos para abordar esos proyectos. Estos son los personajes, ésta es su esencia. Y esa sensación se acentúa si hablamos de los personajes femeninos. Las heroínas de acción son uno de los terrenos en los que Hollywood naufraga con mucha frecuencia cuando quiere darles el protagonismo de una película. El tratamiento que la vertiente de animación de DC ha dado a Wonder Woman en su propia película o en ésta y la versión que aquí se presenta de Supergirl debieran ser modelos para venideras películas de imagen real. Si los siguen, tendrán por fin éxito con una heroína de acción como protagonista.

No es la ciencia ficción el mejor escenario para ver a Batman, pero aún así el personaje brilla (y mucho tiene que decir en ello el actor que le pone la voz, Kevin Conroy, quien cogió el personaje por primera vez hace casi veinte años, en la serie animada de los 90; otra voz que destaca es la de Summer Glau, una de las protagonistas de la serie Firefly su secuela cinematográfica Serenity y la terminator de la serie Las crónicas de Sarah Connor, como Kara/Supergirl). Sí es el mejor terreno para Superman y Wonder Woman. También para un villano de las proporciones de Darkseid. El cóctel es sencillamente genial y recuerda a los mejores episodios de la espléndida serie animada Justice League Unlimited. Con los defectos que presenta en la animación, irresolubles sin más presupuesto, la película se presenta como un gran festín visual, como un homenaje cariñoso a los personajes de DC que puede disfrutarse tanto si se conoce su historia como si se es totalmente ajeno (el placer es casi mayor si no se sabe mucho), y como una magnífica historia que pueden disfrutar por igual jóvenes y adultos de espíritu aventurero. Una delicia.

martes, septiembre 21, 2010

'The disappearence of Alice Creed', una pequeña sorpresa

No es fácil hacer una película con sólo tres personajes y dos escenarios. No es fácil mantener la tensión inicial de una película que busca precisamente eso, atrapar al espectador en una situación constante de tensión durante hora y media. Eso lo consigue The disappearence of Alice Creed, una pequeña sorpresa procedente del Reino Unido, un intensísimo thriller que se mueve con bastante acierto entre la delgada línea que separa la tolerable crudeza de lo insoportable y desagradable, para narrar un secuestro. Que sea el de una mujer a manos de dos hombres (ojo en todo caso a la sutileza del título una vez vista toda la película) no hace más que añadir, al principio, un peligro enorme de caer en el morbo facilón, pero el guión traza con habilidad un desarrollo a veces previsible (sobre todo en su resolución final), a veces inesperado (sobre todo a la hora de aportar información sobre los tres personajes de la función), pero siempre interesante.

La película no tiene fecha de estreno en España a pesar de que se proyectó en el Festival de Toronto en septiembre de 2009, se estrenó en Estados Unidos en abril y en casi toda Europa ya lo ha hecho también. Comienza con una formidable secuencia muda de cinco minutos. Muda de palabras. Los sonidos, la música, la brillante puesta en escena del debutante director J. Blakeson y las intensas interpretaciones del escocés Martin Compston (se le vio en The Damned United) y Eddie Marsan (Lestrade en el Sherlock Holmes de Guy Ritchie) bastan para hacernos una idea de lo que está sucediendo. Son cinco minutos formidables de puro cine, de esos que sientan las bases de una película obligando al espectador a querer más. Funcionan casi por sí solos, pero sobre todo como nexo de unión con la siguiente escena. Con ese ritmo acaban enlazándose todas las secuencias de la película, una especie de huida hacia adelante que, a pesar del riesgo de fractura, convence porque ningún eslabón falla, al menos no hasta el final.

En la segunda escena es donde entra en juego el tercer vértice de la película, Gemma Arterton. Viéndola como efímera chica Bond en Quantum of solace y como heroína de acción en Furia de Titanes o Prince of Persia, cabía preguntarse si había algo más detrás de una firme mirada y de un rostro atractivo. Lo hay. De hecho, es ella quien hace más hace por remontar el tono la película cuando se supera la sorpresa inicial y se empieza a acercar peligrosamente a los pantanosos terrenos de una historia ya vista. En parte puede serlo, pero The disappearence of Alice Creed acaba por lograr una personalidad propia durante buena parte de la hora y media que dura. Su mejor baza, en todo caso, es la más perecedera: los giros argumentales que va presentando. Por este motivo es posible que el segundo visionado de la película sea más anodino, y eso es un defecto seguramente de director novel, pero el primer acercamiento a esta historia conserva todo el interés de principio a fin. O casi hasta el fin, pues la resolución es sin duda lo más convencional que ofrece esta película.

Da gusto ver cómo evoluciona la película sin necesidad de tener toda la información posible. Da gusto que de vez en cuando el cine no lo da todo masticado y permita así al espectador rellenar mentalmente los huecos, ir desentrañando cómo se conocieron los dos secuestradores, por qué eligieron a su víctima, cuáles son sus planes, qué esconden los tres personajes. Ese ejercicio permite al espectador meterse de lleno en la película. Pero de lleno. Porque no sólo se trata de ir averiguando los porqués de lo que vemos, sino también preguntarnos qué haríamos en el lugar de cada uno de ellos. Eso es lo que propone el filme, ahí radica su fuerza y que sea sorprendente. Y en eso sale victorioso porque evita el juicio moral a lo que vamos viendo. La película no sentencia qué está bien o qué está mal, sino que plantea un mundo de tonalidades grises en el que no es fácil moverse.

Quizá su apariencia simple, su escasez de grandes piezas de acción (no las busquéis, no las hay, de hecho el momento del secuestro es una elipsis en la película) o la falta de conocidas estrellas en su reparto son las razones que se esconden detrás del no estreno de esta película en España, al menos por el momento. Y no es que sea la quintaesencia del género ni una película imprescindible. Pero tras esa fachada se esconde una espléndida tarjeta de presentación tanto para su director como para sus actores y un entretenidísimo thriller, rodado con buen gusto a pesar del truculento material que aborda y con un magnífico sentido cinematográfico. Bastante recomendable, más aún por el hecho de ser una película, por ahora, prácticamente desconocida en España.

viernes, septiembre 17, 2010

'Madres e hijas', algo me falta en este cine

Desde hace ya algunos años, se ha impuesto un cine coral sobre problemas reales. Es un cine que, al margen de la opinión que pueda tener cada espectador después de verlo, se vende con la vitola de gran cine. Suelen destacar sus repartos, formados por grandes actores y/o grandes estrellas. Se suelen destacar, sobre todo de forma previa, sus guiones, pensandos para entrelazar a los personajes más dispares para llegar a un gran pico dramático hacia el final de la cinta. Madres e hijas forma parte de esta corriente que alcanzó su cumbre en 2004, cuando Crash logró los Oscars a mejor película y mejor director. Y para mí es un cine engañoso. Porque encierra virtudes, pero también defectos. Y poca gente se detiene en los defectos, mientras que las virtudes se ensalzan, lo que me deja siempre la sensación de estar viendo un cine, además de engañoso, sobrevalorado y relativamente fácil de hacer.

Madres e hijas está dirigida por Rodrigo García, hijo de Gabriel García Márquez (detalle totalmente superfluo a la hora de evaluar su cine, pero que también se indica siempre para ahondar en esa vitola previa de gran cine). Dicen los que conocen su obra como guionista y director (tanto de cine como de televisión), que la película sigue muchas de las constantes de sus anteriores trabajos. Me encuentro en su filmografía con una película para televisión que se titula Fathers and sons, con lo que esa idea se refuerza en mi mente. Y descubro que entre los productores ejecutivos de esta película está Alejandro González Iñárritu, director que se hizo famoso con historias que forman parte de este tipo de cine al que me refería al principio, de historias cruzadas, reparto coral y dramas personales (Amores perros, 21 gramos, Babel). Y releo los dos párrafos anteriores y compruebo que en realidad todavía no he dicho nada sobre la película de Rodrigo García.

La sensación que me deja es, nuevamente, que es un cine fácil de hacer, un cine que esconde tras las emociones los valores cinematográficos que le faltan. Y lo mejor que puedo decir de ella es que tiene un reparto impresionante. A su cabeza, una maravillosa Annette Bening. Su papel está lleno de matices, repleto de luces, y cargado de momentos memorables. Supera con creces el retrato de su personaje que aparece en el guión (que más que bien evolucionado me parece algo confuso en ocasiones), lo engrandece, lo lleva a lo más alto. No importa el estado emocional de la escena, la actriz lo borda. Ella es el núcleo, el corazón y el alma de Madres e hijas. Con ella en pantalla, la película funciona. Sin ella, la cosa decae algunos puntos, a pesar de que Naomi Watts también aporta mucho al filme. Es Watts una actriz que me resulta muy peculiar. A veces da la impresión de que pasa por las películas y a veces se las come. Aquí une escenas de las dos categorías, pero la sensación con la que uno termina es de grandeza, paralela al crecimiento piscológico de su personaje según pasan los minutos de película. Ese sí es el gran acierdo del guión.

Y es que para muchos el guión es perfecto, pero para mí tiene agujeros. Los tiene precisamente en la dirección en la que apunta el título. La película va sobre madres e hijas, dice ese título, pero no termina de ser cierto. Más correctamente, habría que decir que va sobre mujeres, aunque quiera arrastrar al espectador a las relaciones entre madres e hijas, algo que nunca termina de hacer completamente porque se deja llevar por otros muchos asuntos. Y por el camino se quedan los retratos masculinos, algo pisoteados (quizá ahí se salve el personaje de Samuel L. Jackson a pesar que su actuación está por debajo de sus compañeras de reparto) en la pretensión de crear un universo femenino singular. Si en algo se nota es en la nula credibilidad emocional de quien actúa como marido de Kerry Washington (la actriz menos sólida de la película, que simplemente cumple con el papel). Todo lo contrario desprenden dos actrices más desconocidas y jóvenes, de las que ojalá se hubiera visto más en la película, Brittany Robertson (la vecina ciega de Watts) y Tatyana Ali (la hija de Jackson).

Llega el final de la película y es cierto que queda una historia hermosa y emotiva. Es cierto que hemos visto grandes actuaciones, sobre todo, insisto, la de Annette Bening. Y es también cierto que algunas escenas dejan el corazón en un puño y la lágrima a punto de brotar. Pero falta algo. Quizá la sensación de ver algo nuevo, que no se tiene en toda la película. Quizá un ritmo cinematográfico más constante, porque no todas las historias interesan de la misma manera durante todo su desarrollo. Quizá una mayor definición de los personajes masculinos, no para quitarle sentido al título de la película, sino para potenciarlo. Pero falta, sí, falta algo en Madres e hijas, que no tiene nada que ver con la percepción en femenino o en masculino que tenga el espectador y sí mucho en lo que significa y transmite todo este tipo de cine.