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viernes, octubre 17, 2014

'Ninja Turtles', mejor de lo esperado pero igualmente mala

Las conclusiones sobre Ninja Turtles son sencillas. Como película es mala, pero es obligado reconocer que podría haber sido peor. Cuando llegaron las primeras informaciones sobre la pretensión de Michael Bay de producir un reboot de las Tortugas Ninja, cada noticia que llegaba era peor que la anterior. Y algunas han llegado a formar parte de la película que ha llegado a los cines. ¿La historia? Inexistente. ¿La creación de los personajes? Atractiva en el caso de los cuatro héroes verdes y muy deficiente en el resto, asombrosamente torpe en algunos casos. ¿Y el villano? Entre lo peor de la película. En otras palabras, lo único que verdaderamente funciona es la construcción de las propias tortugas, lo que lleva a pensar que esta película, convenientemente recortada en la sala de montaje, podría haber sido un aparente piloto televisivo. Lo que se ha acabado haciendo es criticable en muchos aspectos y encasillable para audiencias casi infantiles. Tener más de diez años ya hace cuestionarse demasiadas cosas de Ninja Turtles.

El problema esencial de la película, excesivamente habitual en este tipo de productos, es no entender lo que se tiene entre manos. Las Tortugas Ninja nacen del cómic y tienen versiones animadas muy populares. ¿Es necesario desviar el foco de los personajes que todo el mundo conoce para dar a Megan Fox tanto protagonismo o para colocar como secundario cómico a Will Arnett? Probablemente no, pero se hace. Y en el caso de Fox, que interpreta a April O'Neil se le da un protagonismo tan excesivo como insulso, que acaba lastrando la película a niveles importantes no ya de ingenuidad sino incluso de cierta estupidez. Puede que sea una forma demasiado dura de calificar una película que, en realidad, no pretende ser más que un entretenimiento juvenil que engañe a algún que otro nostálgico para pagar una entrada, pero tendría que molestar más la simpleza con la que se despachan franquicias que, obviamente por su permanencia en la cultura de masas de su época, dan para mucho más.

Jonathan Liebesman, quién sabe en qué medida por satisfacer a su productor Michael Bay, lleva la película a terrenos que no benefician el resultado final. Ninja Turtles no necesita unas piezas de acción tan desbocadas y grandilocuentes como las que propone (la segunda, la persecución en la nieve, es terrible y no viene a cuento), y el resultado habría sido mucho mejor de haber apostado por lo que sí funciona: las propias Tortugas. Olvidando que a veces parecen tener la fuerza de Hulk, su aspecto no es tan molesto como podía parecer cuando se vieron las primeras imágenes, e incluso acaba siendo un vínculo con los primeros tebeos de Kevin Eastman y Peter Laird. Su humor, sus influencias de la cultura de masas, sus chistes, funcionan bastante bien, e incluso es fácilmente asumible el choque de caracteres entre los cuatro, ese que siempre ha protagonizado las historias de las Tortugas Ninja (Leonardo como líder, Raphael como rebelde, Michelangelo como cómico y Donatello como científico). Pero falla todo lo demás, una deficiente historia y una trama cogida con alfileres.

Y eso sucede porque se olvida el material de referencia e incluso lo más elemental de lo que debe de ser una adaptación. Una película de héroes con un villano que sólo aspira a lucir bien en pantalla (cosa que además no hace) está condenada a sufrir. Ninja Turtles sufre porque el majestuoso plan para dominar en el mundo (Nueva York, en este caso) es absurdo. Sufre porque Shredder es un personaje sin personalidad, sin pasado y sin conflicto. Y sufre porque, en realidad, todo da un poco igual. Todo menos el humor y la presencia de las Tortugas, que es con diferencia lo mejor que tiene la película. Lástima que este tipo de cine caiga tan fácilmente en lugares comunes y en caminos equivocados, porque si aprendiera a potenciar sus aspectos fuertes se vería un cine juvenil de acción mucho más atractivo. Ninja Turtles no lo es. Sin protagonista (Megan Fox es terrible), sin villano, con alguna gran secuencia de acción fallida, no hay mucho a lo que agarrarse. Y aún así ofrece cierto entretenimiento y la sensación de que, sí, podría haber sido peor.

domingo, octubre 24, 2010

Cómics de saldo: 'Jonah Hex' y 'Los perdedores'

No es un ningún secreto que las adaptaciones de cómics están de moda en el cine, y no sólo en los títulos procedentes de Hollywood. Tampoco es secreto alguno que el género ha alcanzado una madurez notable de la que es en gran medida responsable la visión de Batman que Christopher Nolan ha plasmado ya en dos películas (y ya está trabajando en la tercera). Pero igualmente pocos se podrán sorprender si digo que este boom del subgénero deriva al mismo tiempo en la producción de películas que en el mejor de los casos se pueden considerar olvidables. Jonah Hex y Los perdedores son, con sus diferencias, dos de esos cómics de saldo que ofrece el cine de vez en cuando.


No es del todo justo que ambas películas caigan en el mismo saco, a pesar de su prodecencia en forma de viñetas y de no haber cumplido las expectativas. Y es que Jonah Hex es, directamente, una película infame, un filme anunciado a bombo y platillo durante su producción como uno de los títulos del verano y que, al final, llegará a España directamente en DVD tras su fracaso comercial en Estados Unidos. A pesar de que hay nombres a destacar detrás del título, ese fracaso es merecido. Es una mala película, es una mala adaptación de un cómic, es un mal western sobrenatural. Es mala. Punto. Se puede ver con más o menos cariño, tratando de pasar el mejor rato posible en los (afortunadamente) 81 minutos que dura, pero es un título insalvable desde todos los puntos de vista. Caerá en el olvido y muchos de los que participaron en ella la considerarán en un futuro no muy lejano como uno de esos errores que hay que cometer para hacer una carrera en Hollywood.

Dirige Jimmy Hayward, semidebutante en estas lides después de años de trabajo como animador en Pixar y de dirigir la cinta animada Horton. Viendo el resultado de Jonah Hex, se puede decir que poco se le ha pegado del trabajo cinematográfico de la casa animada, pues su primera película de acción real es un ejercicio torpe en todos los terrenos, un caro juguete de 47 millones de dólares que en Estados Unidos sólo recaudó diez en taquilla. El guión es torpe y malinterpreta los puntos fuertes del antihéroe creado por DC Comics, desperdiciando además los escasos buenos momentos que apunta y ofreciendo un climax final soso y sin garra. Ni siquiera técnicamente se puede destacar mucho, con unos efectos visuales ordinarios y un maquillaje rígido y poco realista para el rostro de Jonah Hex, una de sus características más visibles. La película encaja a la perfección en el prototipo de fracaso anunciado, con sus problemas durante el rodaje y sus retrasos en el estreno. Pero lo malo es que arrastra nombres decentes, empezando por el de su protagonista.

Josh Brolin es un buen actor, que ha dado la medidas de sus posibilidades, por ejemplo, trabajando para Oliver Stone en la segunda entrega de Wall Street o en W., pero aquí está perdido, trata de cumplir la papeleta con la mayor dignidad posible. Fracaso. Como John Malkovich, quien seguro que cobró un cheque con muchos ceros por su desquiciado villano. De Megan Fox casi es mejor no hablar. Dicen que es una de las mujeres más deseadas del mundo, pero su colección de malas películas es aún más impresionante que cualquier portada de revista que pueda protagonizar. Si algún día hace una buena (una película, se entiende), seguro que no será por su aportación. La nula química entre la pareja protagonista es la mejor explicación de por qué no funciona este filme. Y es que aquí la única química que hay es la que produce explosiones.

Decía que no es justo meter a Los perdedores en el mismo saco que Jonah Hex, porque no es tan mala película ni mucho menos. Pero sí es fallida. Está basada en una serie de 32 números publicada entre 2003 y 2006 también por DC Comics, a través de su sello para adultos Vertigo. La serie recibió atención de la crítica del medio al ser nominada a los prestigiosos Premios Eisner como mejor nueva serie de 2004. La película, sin embargo, con retrasos similares a los que vivió Jonah Hex, se pierde en un maremagnum de títulos idénticos. Y es que sobran ahora mismo las películas sobre un grupo de antihéroes, veteranos de guerra, tipos duros donde los haya que, con la inevitable presencia de una misteriosa mujer que dé un toque sensual a la historia, cumplen una misión suicida enfrentándose a un malo malísimo y haciendo explotar por el camino todo lo que pillen a su paso. El género es viejo y las novedades que aporta cada título son escasísimas. Los perdedores no es una excepción, a pesar de que, en el fondo, cumple con lo que promete. Es eso y nada más. Y, con todo, no es de los peores títulos que se han estrenado.
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La clave para asumir lo que cuenta Los perdedores es estar dispuesto a perdonar cientos de clichés y excesos, de vueltas de tuerca y de mucho ruido y movimientos de cámara. Si es así, Los perdedores entretiene. Es una diversión tonta y simple, sí, pero entretiene. Lo malo es que no es capaz de distanciarse de otros títulos similares y, por cercanías en su estreno, sale perdiendo en la comparativa con el título más similar que pudiera imaginarse: El equipo A. A los personajes de Los perdedores les falta el carisma que sí tenían los herederos de la serie de televisión de los años 80. Quizá con otros actores, quizá con otro tono, se podría haber ofrecido un producto más llamativo. ¿No es exactamente lo mismo que ofreció Stallone en ese llamativo revival de los 80 que era Los mercenarios? Lo dicho, demasiados títulos con la misma idea en la cabeza, los mismos arquetipos como protagonistas y la misma vía para resolver los conflictos del mundo a tiros.
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El reparto no ayuda demasiado tampoco. Hay nombres conocidos, pero de segunda fila. Jeffrey Dean Morgan (el Comeidante de Watchmen), Zoe Saldaña (Uhura en el nuevo y entretenidísimo Star Trek de J. J. Abrams), el español Oscar Jaenada (Camarón; aquí, por cierto, apenas tienes líneas de guión a pesar de que sí aparece mucho en pantalla), Chris Evans (la Antorcha Humana en Los 4 Fantásticos y el próximo Capitán América) o el histriónico (he aquí un eufemismo) villano que conforma Jason Patric (Speed 2, En el valle de Elah) son rostros conocidos, pero, como apuntaba más arriba, ninguno tiene el suficiente carisma como para elevar el nivel de una película correcta pero que se queda en el camino. Aunque raspa el aprobado (no lo hará para todos los espectadores), es quizá un modelo de cómo adaptar un cómic sin la pasión necesaria como para que funcione.

martes, noviembre 17, 2009

'Jennifer's body', el mayor despropósito del año

Que quede claro desde el principio, Jennifer's body me parece una película horrible que no hay por donde cogerla. Ni siquiera como un subproducto de serie B adolescente para pasar el rato. Es asombroso que para esta película se gastaran tanto en publicidad como se gastaron antes de su estreno, ya que la distribución de material comenzó ¡quince meses antes del estreno! Pero más asombroso aún que esta película generara la más mínima atención en los medios de comunicación, que ya pican ante cualquier cebo con envoltorio bonito. Sólo hay una explicación posible, y me temo que no tiene nada que ver con el cine, sino con instintos mucho más primarios.

Porque, seamos serios, Megan Fox no tiene absolutamente nada de especial para lograr la atención que genera. ¿Que dice unas cuantas barbaridades salidas de tono? Si no es por su cuerpo (¿por qué no llamaron a esta película Meg's body?), nadie le haría caso. Así de claro y así de triste. ¿Que lleva ya unas cuantas películas horribles (la secuela de Transformers creo que, de momento, las supera a todas) desde que debutó? Qué más da, está buena y hay que sacar sus fotos, sus declaraciones por estúpidas que sean y las imágenes de sus películas, en las que además de estar buena se mueve y habla (es un decir, porque vaya frases antológicas saca del guión de Jennifer's body). ¿Actriz? Venga ya.

El de Megan Fox es sólo el primero de los nombres de mujer absurdamente encumbrados que tiene algo que ver en esta película. El segundo es el de su guionista, Diablo Cody. Esta mujer, de 31 años, sólo ha escrito un guión con anterioridad (en realidad lo escribió el mismo año que Jennifer's Body): Juno. Por algún extraño motivo, se quiso convertir el libreto de una peliculita simpática en casi un símbolo del cine independiente. Ganó el Oscar y Diablo Cody salía hasta en la sopa como si fuera Billy Wilder. Éste es su segundo guión. Ya no sé si quiero ver el tercero. La tercera responsable de este subproducto excesivamente publicitado que es Jennifer's Body es su directora, Karyn Kusama, que ya había conseguido en Aeon Flux el prodigio de hacer que Charlice Theron parezca una mujer del montón.

Se presume que Jennifer's body quiere ser una película a medio camino entre la comedia y el terror, de consumo adolescente y, digamos (mucho decir), de culto, con un personaje más o menos emblemático (que no pasa de ser un chiste de mal gusto, mal trazado, mal interpretado y peor resuelto). Lo que en realidad es esta película no pasa de refrito de filmes malos de solemnidad, con tacos que pretenden meter al espectador en el mundo adolescente (¿?), escenas de sexo tan torpes como absurdas y personajes tan tópicos, desdibujados e inexplicables que no parece posible que un estudio dé luz verde a una película como ésta. Me imagino que quiere ser un Carrie moderno. Y se queda en algo tan lamentable, que me ha tenido dos semanas pensando si merecía la pena escribir sobre ello.

Afortunadamente, la gente no se ha tragado el lamentable intento de meter por los ojos Jennifer's Body, el mayor despropósito del año (tiemblo de pensar que, con tanta mujer en el equipo, habría recibido un trato especial si se hubiera hecho en España, gracias a la estúpida aplicación de la Ley de Igualdad...) La película costó 16 millones y ha recaudado en todo el mundo poco más de 18. Yo ya la he borrado de la memoria. Si alguien quiere ver a Megan Fox, que se conforme con los carteles de la película. Maravillas del Photoshop, ahí sale mucho mejor que en la película. Y quien no se conforme con eso, que se busque otras actrices. Que las hay por ahí maravillosas con cuerpos de escándalo y rostros angelicales. De verdad.

lunes, julio 06, 2009

'Nueva York para principiantes'... y para quien se quiera distraer un rato

La comedia tiene un futuro difícil de predecir. No vive precisamente momentos en los que salgan obras geniales y que perduren en el tiempo, vive muy lejos de los grandes maestros de la talla de Chaplin, Capra, Lubitsch o Wilder, pero normalmente la gente sale del cine al menos satisfecha cuando ve una, quizá incluso porque las expectativas no están ya demasiado altas cuando uno se acerca a ver una película así. Nueva York para principiantes encaja en esas premisas. No es una película que perdurará en la memoria, pero hace pasar un buen rato. Incluso tiene momentos en los que promete más de lo que finalmente acaba dando, y ese es el pesar final que queda, porque plantea asuntos interesantes, pero éstos acaban diluidos en el habitual cocktail de la comedia romántica más tradicional. Distrae, que no es poco, y permite trazar una radiografía, algo superficial, del cine contemporáneo, ya que es el mundo del cine (y de la prensa que se dedica al séptimo arte) el foco de atención del filme.

El título español, como suele suceder con demasiada frecuencia, distrae bastante de las pretensiones aparentes del film. Nueva York para principiantes sustituye al original Cómo perder amigos y alejar a la gente (How to lose friends & alienate people) y despista porque no es ésta una película en la que el escenario cuente de forma especial. Podría ser Chicago, Washington, Los Ángeles o Detroit, pero es Nueva York. Sólo una escena coloca a la ciudad en el centro de atención. Además, el título original se centra en lo que pretende contar la película, que no es otra cosas que las peripecias de un redactor británico con ínfulas de subversivo en una revista de variedades norteamericana perfectamente acoplada al star system y al trabajo de los publicistas. La película está basada en el libro autobiográfico de Toby Young que narra los dos años que pasó trabajando en Vanity Fair, libro al que se añadió para la gran pantalla la inevitable y previsible historia de amor.

Los momentos en los que mejor funciona Nueva York para principiantes son aquellos en los que se acuerda de sus pretensiones rompedoras, de relato del viciado mundo del espectáculo y del cine, su crítica no profunda pero sí ciertamente ácida de clichés como la edad de la actrices, la poca memoria de los integrantes de este mundillo o los méritos para avanzar en la profesión de actor o director. También funciona cuando se mueve por el amor al cine, y entremezcla chistes (El gran Lebowski, de los hermanos Coen, es el referente principal, aunque lo que es impagable es el cameo fotográfico de Clint Eastwood y la conversación en la que nuestro protagonista defiende que la mejor película que se ha hecho jamás es... no, no lo voy a desvelar, porque el shock es inmenso..) con sinceros homenajes (La dolce vita se convierte en parte integral de la historia en diversas escenas). Pero deja de funcionar cuando pasa al terreno más trillado de la comedia romántica. El final, tras una delirante escena de entrega de premios, es de lo más tópico, previsible y blando.

Dirige Robert B. Weide, un realizador que hasta ahora se había movido en el mundo de la ficción televisiva y del documental (fue nominado al Oscar en esta categoría en 1998) y que da con esta película su salto al mundo del largometraje. El protagonista de la función es Simon Pegg (Scotty en la nueva Star Trek de J. J. Abrams; por si alguien no la ha visto, su personaje es el que menos justicia hace al original, porque convierten al viejo ingeniero socarrón del Enterprise en un secundario cómico tópico y desmadrado del siglo XXI) y buena parte del éxito que tenga la película en cada espectador dependerá del grado de empatía que pueda trazar con él. Para mí no es cargante, pero tampoco es rotundamente brillante, cumple con su cometido y en sus mejores momentos de la película es capaz de provocar la esperada risa. Lo que se espera de él, en definitiva.

Cumplen igualmente Kirsten Dunst (Mary Jane en la saga de Spider-Man), Gillian Anderson (la agente Scully de Expediente X) y la gran mayoría del reparto, de donde se pueden destacar otros dos nombres. En primer lugar, Jeff Bridges. Aparece en pantalla más de lo que indica que sea el último actor en aparecer en los créditos y, sin embargo, da la sensación de que el suyo es un personaje desaprovechado. La comedia más típica se come los elementos de interés que podría haber dado el editor acomodado en el éxito pero con ganas de recuperar sus raíces arriesgadas (el motivo, en definitiva, por el que contrata al inglés protagonista: le recuerda a sí mismo de joven).

En segundo lugar, Megan Fox. Cuenta Weide que él descubrió a Megan Fox, que hizo el casting para su película antes de que Transformers se estrenara, pero que el adelanto en el asalto a los cines de la película de Michael Bay le dejó sin el mérito de ser su descubridor oficial. Lo cierto es que Megan Fox jamás va a encontrar un papel más a su medida que éste: interpreta a una joven actriz, físicamente espectacular (por si alguien tenía dudas, sí, sale en ropa interior), promesa de portadas de revista, con el cerebro más bien vacío y con interés por parecer una intérprete seria (ojo al trailer de la película que interpreta dentro de la película...). Ella misma y Paris Hilton parecen ser las inspiraciones de Megan Fox para este papel. Y con eso queda todo dicho.

Nueva York para principiantes, que se estrena el próximo día 24 de julio, distrae un rato, funciona a ratos como comedia (aunque no dejo de preguntarme si existiría la comedia moderna sin chistes relacionados con el sexo) y a ratos como crítica del mundo del espectáculo. Nada del otro mundo, pero con risas aseguradas. Quizá algo larga (cerca de las dos horas), pero con suficientes elementos de interés como para mantener la atención.

jueves, junio 25, 2009

'Transformers 2': más de lo mismo

Es casi imposible trazar una frontera entre Transformers y su secuela. Forman parte del mismo cuerpo narrativo, cinematográfico y comercial. Tienes más o menos las mismas virtudes y más o menos los mismos defectos. Cambian algunos matices, pero en realidad estamos viendo más de lo mismo. Quien viera la primera entrega, sabe perfectamente lo que se va a encontrar en la segunda, para bien o para mal (me encuentro en el segundo grupo, claro). Quien conozca el cine de Michael Bay, conoce sobradamente lo que puede ofrecer este director (no mucho para mí, como ya ha acreditado en su filmografía). Transformers. La venganza de los caídos (vergonzoso ejercicio de traducción y doblaje, otro más; el título, Revenge of theFallen, hace referencia al nuevo villano, al que en la versión española llaman... The Fallen) es una película palomitera que no está a la altura del universo que aborda y que tanto entretenimiento ha ofrecido a generaciones de chavales, plagado de efectos especiales, de peleas confusas, de líneas de diálogo absurdas y humorísticas en exceso y de personajes humanos planos.

Si alguien busca originalidad en Transformers. La venganza de los caídos, que pierda toda esperanza. El objetivo es ofrecer más, independientemente de su calidad (a veces parece incluso que a costa de ella). La base argumental es vieja (la misma que se utilizó, por ejemplo, en Alien vs. Predator) y el guión tampoco se esfuerza en darle verosimilitud alguna. El problema no está ahí, ya que es evidente que una historia sobre robots gigantes que utilizan la Tierra como campo de batalla no es precisamente un argumento basado en hechos reales que podría servir de punto de partido a una película de autor. Sabemos lo que vamos a ver. Pero el problema es que no hay ni siquiera un esfuerzo de aportar coherencia a lo que se cuenta. Importa sólo el espectáculo, y eso se puede llevar por delante todo lo demás. ¿Que en un segundo sobra un personaje y al siguiente tiene que volver? Hecho. ¿Que un robot necesita un poder específico en un momento dado y después nos olvidamos de él? Hecho. Aceptado eso, quizá esta nueva entrega de Transformers pueda entretener a alguien, de la misma forma que la primera pareció entretener a unos cuantos (si no, es difícil explicar el éxito de taquilla de ambas).

Michael Bay no es precisamente santo de mi devoción y, en cambio, sí me atrae el universo de los Transformers. Con esa paradoja en mente, en la que el temor a un filme insulso vence a la ilusión que uno pueda sentir por los personajes, cuando uno se sienta ante la pantalla para ver este grandilocuente espectáculo la sensación es la misma de hace exactamente dos años: decepción. Y esta vez se ve incluso acentuado porque ahora sí consigue Michael Bay mostrarnos, por un breve instante, lo que podría haber dado de sí una película sobre estos seres. Hay una escena, sólo una, en la que se atisba inteligencia y espectáculo a partes iguales, la única escena en la que lo que se ve en la pantalla está a la altura del inmenso esfuerzo que han hecho los técnicos de efectos especiales, una pelea entre Optimus Prime (líder de los Autobots, los buenos) y varios Decepticons (los malos) en la que no nos perdemos en ángulos imposibles y movimientos confusos. Ahí se ve lo que podrían haber ofrecido estas películas, un filme de acción y fantasía de primera magnitud.

Pero sólo es un espejismo que se rompe en esa misma escena con otro de los defectos de la película, la imposibilidad de descifrar con claridad lo que aparece en pantalla. Los robots, tan fácilmente diferenciables en las series de televisión o las líneas de muñecos, aquí parecen todos iguales (salvo Optimus y Bumblebee). Son amasijos de hierros que nada tienen que ver con los vehículos en los que se transforman, en su modo humanoide es imposible distinguirlos en el marco de una pelea y, para colmo, a muchos de ellos ni siquiera se toman ya la molestia de presentarlos. Salen más, salen algunos mucho más grandes (y otros muchos más pequeños, el caso es sólo sumar) y, sobre todo, salen más graciosos. No es que hagan gracia, pues hay demasiados personajes que caen en lo peor de la tradición del secundario cómico (y cuando digo demasiados, quiero decir casi todos), pero el objetivo de ponerles en pantalla es ese, ser graciosos. O infantiles, que quizá el objetivo es vender muñecos a los pequeños de la casa y no, en el fondo, hacer una buena película. O directamente estúpidos.

A veces uno se pregunta si Michael Bay rueda películas con dos únicos propósitos: visitar lugares exóticos y de una belleza incomparable (cuando aquí llegan a la ciudad perdida de Petra uno recuerda el maravilloso partido que le sacó Spielberg en Indiana Jones y la última cruzada y lo compara inevitablemente con la pobreza que ofrece Bay) y juntar mujeres espectaculares a las que rodar tan sexys como pueda, da igual que sean mecánicas en apuros con pantalones ceñidos o universitarias en celo de mirada penetrante. Megan Fox vuelve a ofrece lo único que parece tener, todo un catálogo de poses sensuales (su primera aparición en la película es toda una declaración de intenciones), y Michael Bay se recrea en ello con planos que parecen directamente inspirados en Los vigilantes de la playa. Mucha carrera y poco que contar. Como toda la película, en realidad. Shia Labeouf completa lo que ya inició hace dos años, más carreras, más saltos, la misma cara continua de preocupación. Y John Turturro se mantiene en la triste línea de Transformers.

Esta Venganza de los caídos es una de esas películas de acción y ciencia ficción que rompen taquillas. Nada que discutirle por ese lado, Michael Bay parece haber dado con la fórmula que lleva a públicos de muy diversas edades a los cines y sólo queda asombrarse por cada dolar y euro que recaude. Pero es también una de esas películas que se conforman con ser un producto fácil, terriblemente infantil y tópico hasta más no poder. Que sean Transformers o cualquier otro tipo de criatura, mundo fantástico o excusa argumental ya es lo de menos. Todas ofrecen lo mismo. Con más o menos explosiones, con más o menos bellezas femeninas, con más o menos chistes fáciles, absurdos o escatológicos (de los que aquí hay un exceso; jamás hubiera creído, ni siquiera en una película de Michael Bay, ni siquiera en un subproducto dirigido a chavales de ocho años sin cerebro, que un personaje, siguiendo a un robot, dijera, "estoy debajo de su escroto", viendo dos bolas de demolición chocando entre las piernas del mismo). Totalmente prescindible. Como la primera. Como la más que previsible tercera entrega que se rodará.