viernes, noviembre 27, 2015

'Los juegos del hambre. Sinsajo, parte 2', un globo pinchado

Los juegos del hambre no ha sido una de las peores series fantásticas juveniles de los últimos años, pero probablemente sí pasará a la historia por ser una de las que peor se despide. La segunda parte de Sinsajo, cuarta entrega de la franquicia y confiemos en que última para siempre, confirma muchos de los temores que se podían tener desde hace tiempo, sobre todo los relacionados con la exagerada extensión de una historia que podría haberse condensado mucho más, incluso en una única película, pero añade algunos defectos inesperados. Si se podía esperar que el capítulo final fuera el más espectacular, Sinsajo, parte 2 queda como un globo pinchado, como una película en la que apenas suceden cosas, que no tiene grandes escenas de acción y que se envuelve en un lujo ficticio, mal explicado y peor ejecutado, sin un un clímax atractivo y con interminables epílogos.

Es evidente que Los juegos del hambre es una serie de películas pensadas para aficionados, bien de los libros o incluso de la misma serie cinematográfica, que apuestan por incluir todo lo que se pueda, aunque resulte tan absurdo como las presentaciones de personajes que apenas tienen importancia narrativa. No hay más que ver cómo empieza este capítulo final, sin explicaciones, sin contexto, sin una alfombra que permita una entrada confortable en este mundo. Francis Lawrence simplemente ha cortado por la mitad una película que se le ha ido casi a las cinco horas de duración. Y eso, desde un punto de vista artístico, es nefasto. Desde el comercial no, por supuesto, porque en realidad se ha multiplicado por cuatro la recaudación de una historia que tendría que haber pasado por la sala de montaje con mucha más decisión. Obviamente, el dinero manda. Y si se pudieran hacer cuatro películas más, se harían. Los fans las consumen. Pero eso no convierte el producto en uno bueno.

Efectivamente, a pesar de su más que previsible éxito comercial, Los juegos del hambre. Sinsajo, parte 2 no es una buena película. Con más claridad que en sus predecesoras, no funcionan los personajes ni las relaciones que se trazan entre ellos, no se motivan sus acciones adecuadamente (más bien al contrario, hay momentos que rozan el absurdo... aunque se atisba alguna explicación que seguramente estará en el blu-ray como escena eliminada), cada secuencia supera lo inverosímil de la anterior y reduce la película en su segunda mitad, cuando se inicia el asalto al Capitolio (cuyos momentos más espectaculares se escamotean como si esta fuera una producción de bajo presupuesto) a un corriente videojuego de plataformas, y salvo escenas muy puntuales no hay demasiada emoción. Hay hasta diálogos que son invitaciones a relacionarlos con el pobre resultado del filme, que ni siquiera supone el punto culminante de la serie, que se quedó atrás en la segunda entrega, En llamas.

Por muy comercial que sea, sigue pareciendo un error esta apuesta por sagas que se alargan con el único objetivo de amasar billetes y pisando el lenguaje cinematográfico. En esta segunda parte de Sinsajo hay tantos diálogos vacíos e incluso repetitivos, tantos personajes que hacen acto de presencia simplemente porque se demanda que lo hagan (los de Woody Harrelson, Elizabeth Banks o la trucada presencia del fallecido Philip Seymour Hoffman), que parece evidente por dónde se podría haber cortado para, al menos, no alargar el capítulo final a dos filmes. Esto, obviamente, es un producto para fans. Más de Los juegos del hambre que de Jennifer Lawrence, una actriz que muestra signos de estancamiento, y ellos seguramente saldrán satisfechos de este final. Por desgracia, esto seguirá multiplicando los productos que quieren seguir sus pasos. Y si una franquicia de esta envergadura ya da la impresión de no poner cada dólar en la pantalla, lo que venga de sus sucedáneos más baratos es como para echarse a temblar.

'El viaje de Arlo', un Pixar desconcertante

Asumiendo que los niños se lo pueden pasar en grande con El viaje de Arlo, es difícil no ver el filme como algo desconcertante en la filmografía de Pixar. Más aún después de la genialidad de Inside Out, que hace que estemos ante el primer año en el que llegan a estrenarse dos filmes del estudio. Esa es la primera característica desconcertante pero no la principal. Lo más llamativo es que sea una película que sobresalga de una forma tan extraordinaria en su animación de escenarios, con un dominio del agua y de la naturaleza nunca antes visto, con la simpleza de sus personajes, unos dinosaurios que casi parecen diseñados para formar parte de producciones animadas en plastilina. Desconcierta también el camino Disney (dicho esto desde la admiración al estudio madre pero de la forma más peyorativa que pueda entenderse), el uso de animales y de moralinas, pero sobre todo la copia casi indisimulada a elementos de El Rey león. Desconcierta mucho, sí.

El caso es que la película, pese a todo lo que parece desconcertante en su concepción y en su desarrollo (incluyendo una brevísima secuencia alucinógena que resulta muy difícil encajar), no deja de ser una historia bastante tópica, que busca apelar continuamente a los sentimientos, buscando una lágrima casi fácil, a través de los temas más habituales de la animación norteamericana, la amistad y sobre todo la familia. Arlo, el buen dinosaurio del título original, es pequeño y asustadizo, incapaz de llevar a cabo de forma exitosa las tareas que sus padres le asignan en su granja (sí, son dinosaurios... pero en un presente también desconcertante que se explica con un divertido gag inicial). Y un buen día las circunstancias le pondrán en un viaje único en el que, básicamente, aprenderá a ser adulto y a asumir responsabilidades.

Efectivamente, la historia no se sale de lo más habitual en este tipo de cine, pero sí, desde luego, para la apuesta habitual de Pixar. Como Brave, la película menos Pixar del estudio, la razón de ser a la que parece agarrarse el proyecto está en la animación. Si allí llamaba la atención el caballo de la protagonista, Merida, aquí lo que deja sin aliento es la creación de los escenarios. El agua, la hierba, las montañas... Todo tiene un detalle apabullante, pero eso mismo hace que el contraste con el divertido personaje de Spot, ese niño salvaje que casi parece sacado de Los Croods, y el propio Arlo, sea todavía más acusado. En realidad, pensando en la efectiva de Spot, lo mejor de la película está claramente en los secundarios, que son los que sacuden el efecto de historia previsible en la que muchas veces se cae (y la palma se la lleva un trío de dinosaurios voladores que protagonizan una primera escena brillante y que después se suman a lo desconcertante de la película en su clímax).

No es que El viaje de Arlo sea una mala película, pero sí cae a lo más bajo de Pixar, probablemente superando apenas a las dos entregas de Cars. Cumplirá el objetivo de satisfacer a los más pequeños, porque siempre va a funcionar con los niños una película de dinosaurios, incluso aunque el adulto que les acompañe tenga que explicar por qué son granjeros o cowboys (sí, se puede añadir a lo desconcertante que haya una par de escenas que homenajean al western), y porque la historia es correcta, adecuada para los cánones modernos de la animación. Pero la excelencia habitual de Pixar hace que ver su nombre en un cartel o en la pantalla sea un sinónimo de una mayor exigencia. Mucho más si encima está el tan cercano precedente de Inside Out, que más vale dejar aparcado antes de unirse a El viaje de Arlo, porque no hay comparación posible entre una y otra.

viernes, noviembre 20, 2015

'I Am Your Father', ilusión de fan

Con la ilusión de un fan es la mejor manera de ver I Am Your Father. Es Star Wars, es el documental que reivindica la figura de Dave Prowse, el hombre que se escondía bajo el disfraz y la máscara de Darth Vader en la trilogía original, frente al olvido en que ha querido sumirle Lucasfilm. Marcos Cabotá, codirector de este documental, es igualmente un fan, y como tal ha encarado la película. Eso, que hace que su ilusión traspase la pantalla y contagie al espectador (siempre y cuando se sea fan de Star Wars, algo que casi parece esencial para valorar el trabajo de Cabotá y Toni Bestard), también es el mayor freno de la película. Donde hay una gran historia, la de los motivos por los que Prowse no fue el rostro de Vader cuando el mayor villano de la historia del cine ve desvelado su rostro al final de El retorno del Jedi y la de ese ninguneo posterior de años, queda descafeinada por la idéntica presencia de ese furor de fan, el de Cabotá convirtiéndose casi en coprotagonista del documental.

La sorpresa que esconde I Am Your Father es que es tanto esa historia de Prowse, su odisea como actor encargado de dar vida a Darth Vader, como la de Cabotá y su empeño de "hacer justicia" con el actor y culturista rodando de nuevo la escena en la que no pudimos verle a él y sí a Sebastian Shaw cuando Luke retiró el mítico casco negro y vio a Anakin Skywalker por primera vez. Y es una sorpresa que no funciona, precisamente porque las escenas del documental en las que Cabotá cobra protagonismo son las menos realistas. Se nota demasiado un trabajo de preparación previa, y las entrevistas y las escenas documentales no son tales sino marcos excesivamente preparados como para que se capte en ellos la naturalidad que sí se quiere transmitir en otros pasajes. De hecho, esa sensación llega a invadir algunas intervenciones de Prowse, que incluso habla demasiado poco en el documental para ser su auténtico protagonista.

Pero volviendo a la historia que sirve de excusa al documental, esta es fascinante. Ahí sí triunfa el filme, porque investiga bien y llega a conclusiones interesantes. Por eso resultan tan capitales las entrevistas a los productores Gary Kurtz y Robert Watts, que sí contribuyen de una forma excepcional a los propósitos de la obra de honrar a Prowse y limpiar su nombre de la ofensa que, en teoría, ha hecho que Lucasfilm le borrara de todos los eventos que ha venido organizando durante las últimas décadas, que no es otro que la filtración a la prensa del destino de Vader en el mencionado Episodio VI. Si el documental hubiera tirado más por ese lado, podría haber cimentado una espléndida obra informativa sobre uno de los aspectos probablemente más desconocidos de la saga cinematográfica más popular de la historia, pero como no termina de hacerlo se tiene una pequeña sensación de oportunidad perdida.

No, y hay que insistir en ello, porque no haya buen material en la cinta, sino porque este se ve rodeado de otros elementos que le restan valor al esfuerzo. Obviamente, hay que tener en cuenta las limitaciones presupuestarios y de acceso que tiene una producción que ha recurrido al crowdfunding y que desde luego no cuenta con el beneplácito de Disney (sólo hay una imagen oficial de las películas, la mítica estampa de Darth Vader pronunciando la frase de El Imperio contraataca que da título al documental) o George Lucas (del que se indica que declinó participar en el proyecto), pero al mismo tiempo hay demasiado protagonismo del fan, no sólo del mismo Cabotá sino de otros tantos que aparecen entrevistados en eventos dedicados a Star Wars, que resta poder al cineasta. I Am Your Father apela por tanto a la nostalgia, y es una obra demasiado sustentada en ella. Con todo, siempre es delicioso encontrar obras que profundicen en leyendas del cine injustamente desconocidas.

viernes, noviembre 13, 2015

'Sicario', en la guerra no hay fronteras

Resulta fascinante que haya directores que sepan romper fronteras. Y cuando son capaces de hacerlo en más de una película, la sensación es aún más gratificante. Denis Villeneuve ya se ha sumado a esa lista de privilegiados cineastas que son capaces de traspasar todos los límites para contar una buena historia, lo hizo con Prisioneros o con Enemy, y lo vuelve a hacer en Sicario, donde retuerce un escenario que ya empieza a tener demasiadas interpretaciones en la ficción norteamericana de nuestros días, la frontera entre Estados Unidos y México como terreno esencial para el tráfico de drogas, para llevarlo a un terreno que le es más propio, el personal. Sicario no es una película sobre la guerra contra la droga, sino sobre cómo ven tres personajes muy concretos esa guerra y la forma de lucharla. El punto de vista escogido (aunque modificado al final para un brutal desenlace) es el de Kate (Emily Blunt) una agente de acción reclutada para un equipo integrado por diferentes agencias.

Villeneuve tiene dos enormes virtudes. La primera es que es capaz de captar lo más cotidiano de los escenarios más extraordinarios. Kate es una mujer obsesionada con su trabajo, y eso lo muestra con su despliegue profesional pero también con el contraste con su vida personal. Encajar a ese personaje en una guerra tan extrema y hacer del seguimiento de las reglas (o cómo se rompen para lograr un bien mayor) un tema capital de la película es un indudable acierto, porque explica cada una de las acciones de Kate, sus dudas antes, durante y después de las operaciones, e incluso sirve para explicar por qué es escogida para ese trabajo. La segunda virtud de Villeneuve es que es un extraordinario director de actores. Buscar a un intérprete que no entienda lo que requiere su personaje, por breve que sea su aparición en pantalla, es una misión imposible.

Esa cualidad, cuando además uno tiene un reparto encabezado por Emily Blunt, Benicio del Toro y Josh Brolin, es sencillamente una formidable tarjeta de presentación para que después la película vaya sobre ruedas. Los tres están impresionantes, aportando unos matices riquísimos para sus personajes. Blunt confirma su descomunal versatilidad y tanto Del Toro como Brolin que, incluso en terrenos que se acercan a sus escenarios de seguridad más confortable, los que les han hecho merecedores de elogios en trabajos anteriores, saben encontrar elementos diferenciadores. Villeneuve sabe cómo sacar lo mejor de sus actores y cómo aprovecharlo para que su forma de rodar sea personal e identificable. No necesita primeros planos continuos para entender las emociones de sus personajes y sabe jugar con los escenarios para que la tensión del thriller que no deja de ser Sicario crezca junto a estos tres actores.

Como Villeneuve sabe rodar de una forma extraordinaria, la película rentabiliza todos los aciertos del guión y va dejando pequeñas escenas de acción que dan un ritmo bastante impresionante al filme y que construyen la historia, pero que funcionan casi como pequeñas piezas individuales. Sucede con el brutal arranque de la película, una operación de salto modélicamente planificada; con la extraordinaria escena en la frontera, milimétricamente pensada y ejecutada con maestría; o con el sensacional clímax, en dos partes, una grupal en la que no chirrían ni siquiera las cámaras térmicas o de infrarrojos que emplea y una individual que recuerda a la mejor tradición del género. Si Heat, de Michael Mann, fue el mejor retrato posible del crimen urbano, Sicario se convierte en el mejor exponente de las historias que cuentan cómo afronta la Ley la guerra contra el narcotráfico. Porque narcotraficantes hay pocos en Sicario. Lo que hay es cine y del bueno.

viernes, noviembre 06, 2015

'Spectre', ambición insatisfecha

Spectre tenía a priori todos los elementos para convertirse en el mejor filme de 007 protagonizado por Daniel Craig. El espléndido resultado de Skyfall, el retorno de la mítica organización criminal de película pretéritas y el añadido al reparto de nombres como Christoph Waltz, Monica Bellucci o Léa Seydoux invitaban a pensar que en esta segunda tentativa Sam Mendes podría convertirse en el título definitivo de James Bond. Pero la enorme ambición que tiene la película, por escenarios, por tramas y por duración (a dos minutos de las dos horas y media) queda finalmente insatisfecha. Spectre es una película fácil, poco valiente, previsible en demasiados aspectos pero también, eso sí, muy entretenida. En muchos aspectos, es puro Bond. Pero un Bond más clásico y casi humorístico, lejos del tono que se había asentado en la saga con la llegada de Daniel Craig en Casino Royale. Es, probablemente, un buen cierre de ciclo, pero se pierde la posibilidad de ver algo mucho más imponente.

Con Spectre se pretende redondear la saga, eso es obvio. Se quiere conectar Casino Royale, Quantum of Solace y Skyfall, y eso se hace de una manera no siempre inteligente (la forma en la que se explica la misión de Bond es facilona y casi absurda; el juego de las fotos en el clímax casi parece de opereta de serie B). Con todo, es un cierre satisfactorio. No brillante, pero sí suficiente. No sería justo decir que Spectre aburre, aunque tiene valles demasiado profundos que invitan a pensar que le sobran algunos minutos a su montaje, porque al final sí se pueden encontrar muchos elementos que invitan al disfrute habitual de las películas de James Bond, empezando por el cada vez más arrollador carisma de Daniel Craig, que se amolda a los tonos más oscuros de estos filmes como también, aquí, se ve, a los más joviales.

De hecho, la película arranca con suma brillantez, con un prólogo excepcional, que parte de un maravilloso plano secuencia en el Día de los Muertos mexicano, pero el mismo final de esta larga escena, exageradamente espectacular para lo que acostumbra Bond (sobrepasando incluso las temeridades que sí funcionan espléndidamente bien en Misión imposible), ya indica que Spectre va a sobrepasar límites que no benefician al resultado final. Sucede con todo, y afecta a la película porque resulta facilísimo anticiparse a casi todo lo que va a suceder. Spectre, intentando resucitar el espíritu clásico, se apropia también de una ingenuidad que Skyfall no tenía y que, con la entrada en juego de la organización criminal que da título al filme se antoja innecesaria. Hay tanto de eso, que al final la película se olvida un poco de sí misma, se da por satisfecha con acumular escenas de acción en escenarios exóticos y tópicos de Bond, y se olvida de sus personajes.

El más perjudicado es el de Christoph Waltz, un actor que, todo hay que decirlo, ha decidido instalarse en un registro inamovible que ya roza lo aburrido, pero también el de Léa Seydoux, que acumula tópicos y pierde personalidad por el camino. En realidad, la película se mueve en un terreno tibio. Nada destaca especialmente (a excepción del plano secuencia inicial), pero nada descarrila de una forma flagrante. Es, simplemente, que Spectre no enamora. Da la impresión de que Mendes, y de paso Craig, se han querido sacudir la presión de Bond con una película relativamente fácil, poco arriesgada y que no continúa, en realidad, el tono con el que finalizó Skyfall. Es satisfactoria como un filme más de Bond, pero escasa viendo la escalada de la franquicia. Y si Skyfall fue una nolanización de 007, para esta despedida también se puede decir que le ha sucedido a Mendes lo mismo que a Chistopher Nolan al despedirse de Batman: con todo a su favor, falló más que en el filme anterior. Sólo que El Caballero Oscuro. La leyenda renace es bastante mejor que Spectre.

viernes, octubre 30, 2015

'El último cazador de brujas', una fantasía tópica y descafeinada

Como si no fuera un tópico mil y una veces visto, El último cazador de brujas lleva a un personaje de un medievo oscuro y fantástico al presente urbano. Por momentos da la impresión de que la cinta puede ganarse la simpatía de un Warlock, el brujo, pero pronto queda claro que estamos ante un filme pensado para exprimir la taquilla de quien caiga en el engaño. No es cuestión de rasgarse las vestiduras, porque no es tan mala como podría parecer por esta descripción inicial. Es, simplemente, que no había más medios para hacer algo mejor o más espectacular, simplemente se quería atrapar a los convencidos por las fotografías de un Vin Diesel barbudo y bárbaro, espada llameante en mano y a quienes sepan disfrutar de una fantasía poco exigente y cargada de clichés. Pero, claro, es que es una película de Vin Diesel. ¿Cabía esperar más de lo que ofrece? Probablemente no.

Esta suerte de películas suele dejar, no obstante, alguna pincelada que siempre invita a pensar en que el resultado podría haber sido diferente. El último cazador de brujas, de hecho, no arranca nada mal. Su prólogo, oscuro, violento, tenebroso e incluso hasta terrorífico invita a creer que la película puede convencer. Lo habría hecho con más facilidad de haberse mantenido en esa época medieval, porque en realidad no hay demasiados ejemplos de historias fantásticas medievales en este tono que hayan funcionado. Pero opta por lo de siempre, por una elipsis enorme y por llevar la acción al presente. Como hacen casi todas las historias de esta clase, y bebiendo de muchos referentes, empezando por Los inmortales. ¿El problema? Que quien pensar en la película con la foto de Vin Diesel con la espada llameante en la mano comprobará que apenas hay acción en lo que sigue a ese prólogo.

Ese es el talón de aquiles de la película, que opta por una historia que demanda algo más de movimiento y menos diálogo, sobre todo cuando es Vin Diesel quien lo tiene que pronunciar. Tendrá su carisma, por supuesto, pero darle el papel de un guerrero inmortal apesadumbrado por su soledad sobrepasa los límites de lo inverosímil, y, de hecho, arrastra a buena parte del reparto a terrenos completamente inofensivos. Sucede con Rose Leslie y con Elijah Wood. Michael Caine, incluso actuando con los ojos cerrados y sin pensar demasiado en lo que dice o hace su personaje, está a otro nivel. De nuevo cabe pensar en otro filme, el que podría haberse hecho haciendo un hincapié bien interpretado en las sensaciones de este solitario guerrero. Pero El último cazador de brujas tampoco apuesta por esa vía, y cuando lo hace flaquea, porque Breck Eisner (Sáhara) tampoco es un director especialmente dotado para este tipo de historias.

¿Qué funciona en la película? Lo ya conocido, el clásico desarrollo en el que un héroe va encontrando aliados y problemas para evitar que un enorme mal se apodere del mundo, sumado a un diseño de producción apañado, en un mundo con ligeras gotas de ingenio. En otras palabras, el tópico. Y el tópico puede ser muchas cosas pero no un mérito propio. Llega a ser un entretenimiento justito que no naufraga pero que tampoco sobresale por nada, pero sí, es una pena que se gasten recursos de una forma tan poco ambiciosa. Cuando se ubica una historia en Nueva York pero no se ha rodado allí, lo que sucede es que parece que se han multiplicado las escenas de interiores preciosamente porque no había dinero para eso. Y eso, de paso, se lleva también por delante la espectacularidad de la película, que pide a gritos más escenas de acción, más viendo el buen resultado de la primera, y por supuesto un clímax mucho más espectacular.

viernes, octubre 23, 2015

'Black Mass', todos quieren ser Scorsese

Cada vez que alguien hace una película sobra la mafia y los bajos fondos, Martin Scorsese se convierte en una referencia ineludible. Todos quieren ser Scorsese en este mundo, algo que es lógico porque él ha manejado como nadie este registro. Scott Cooper, que hace ya seis años dirigiera Corazón salvaje, ha tenido esa referencia tan clara en su cabeza que al final se ha olvidado de dar algo más de personalidad propia a su película, Black Mass, que no encuentra algo característico que saque a esta historia real del tono plano y acomodado que parece tener durante sus poco más de dos horas de duración. Lo que muestra le basta para hacer un filme correcto, que sabe sacar partido a su ambientación, extraordinaria por momentos, pero no para convertirse en el relato memorable de ascensión y caída que quiere ser desde el principio.

El primer obstáculo al que hace frente es su equilibrio. Toda vez que la historia es lineal, a pesar de algunos flashbacks que simplemente anuncian que la historia es la de la caída de un gángster y que no sirven para potenciar a los personajes secundarios, ese equilibrio se ve en el reparto. No es la película de Johnny Depp dando vida a Withey Bulger, criminal del Boston de los años 70 y 80, a pesar del dominio absoluto del actor en el cartel. De hecho, dado que su historia no difiere tanto de la de otros criminales de cine, hay elementos atractivos en otros lugares de filme que, por ese equilibrio que se busca entre su amplio reparto se van quedando en el tintero sin ser demasiado aprovechados. La historia del agente del FBI que se entrega a Bulger, la del hermano del criminal o incluso la del muchacho con el que arranca la película se quedan a medio camino.

Ese problema, que impide que en la película haya momentos memorables que rompan el equilibrio, esos instantes que entren en el terreno de lo antológico que marcan la diferencia entre lo correcto y lo inolvidable, también afecta al reparto. Aceptemos que, como se indica en el cartel, esta sea la mejor interpretación de Johnny Depp en décadas. Tampoco era tan difícil, metido como estaba en una espiral repetitiva y comercial. Pero tampoco está tan memorable, poco ayudado por cierto por una caracterización excesiva, incluso irritante por las lentillas azules que se le proporcionan, y por mucho que haya instantes en los que la referencia a Scorsese, al Ray Liotta de Uno de los nuestros, se haga inevitable. Con la contención de Depp, poco habitual en sus últimos filmes, es Joel Edgerton quien se lleva la exageración, aceptable en la primera mitad del filme pero que después está lejos de lo que la película necesita. Y lo mejor, pese a su escasa presencia, vuelve a ser Benedict Cumberbacht.

Lo cierto es que ahí es donde está el freno del filme, en que casi todo parece demasiado contenido, atrapado en esa corrección de la que quiere sacar partido, de ese ritmo estable y continuo que impide un despegue más ambicioso de la cinta. Cooper rueda con absoluta corrección, y saca partido de la fantástica fotografía que tiene la película, pero la colección de episodios que va reuniendo no terminan de demostrar que estamos ante el gran genio criminal que la película quiere vender. Y sin esa sensación, es difícil colocar a este gángster al lado de los que Scorsese ha capturado a lo largo de su carrera. Black Mass no patina en ningún momento, pero opta por quedarse en terrenos cómodos, en sensaciones conocidas, en hechos que ya han acontecido en otras muchas películas del género. Se ve con agrado, pero son dos horas esperando que suceda algo que no llega a suceder.

viernes, octubre 09, 2015

'Pan', polvos de colores

Se hace difícil entender cómo es posible que Hollywood sea capaz de alejarse tanto de los espíritus originales de las obras que presumiblemente quiere honrar expandiendo sus historias hacia el futuro o, como es el caso de Pan, hacia el pasado. La idea del filme de Joe Wright es rendir homenaje a Peter Pan, la inmortal creación de J. M. Barrie contando la llegada del niño que no quería crecer al País de Nunca Jamás y su primer encuentro con James Hook antes de que este fuera el temible Capitán Garfio, siendo aquí el villano de la función un exaltado Barbanegra interpretado por Hugh Jackman. Pues más allá de unas cuantas alusiones no demasiado brillantes al saber popular sobre el universo de Peter Pan, poco hay de la obra original y de su espíritu. Lo que queda son polvos de colores, efectos digitales tridimensionales y una historia tan poco elaborada que no se puede salvar por su más o menos grandilocuente espectáculo de luz y sonido.

Quizá ahora es el momento de echar la vista atrás y recordar el injusto vapuleo que recibió Hook, el filme de Steven Spielberg que hablaba de un Peter Pan que había crecido y que había olvidado quien era. Aquella película tenía una razón de ser, una historia que contar y un encaje formidable en la mitología creada por Barrie, por mucho que se pudieran criticar algunos de sus excesos visuales. Pero Pan está en las antípodas de los logros de aquella. No le importan los temas de Peter Pan, no es inteligente al incorporar los elementos ya conocidos y su único interés parece estar en la recreación de un mundo digital que, además de ser imposible y estar mal explicado (¿por qué hay, por ejemplo, un cocodrilo en una de esas burbujas de agua voladoras que reciben la llegada del barco pirata a Nunca Jamás?), tiene planos que parecen impropios de una superproducción de Hollywood en los que simplemente hay que colocar a los actores conocidos de la película como único reclamo posible.

La entrada en la película, aunque no brillante en exceso, al menos es esperanzadora. Las escenas de Peter está en el orfanato londinense, aunque repetitivas, invitan a pensar que hay algo interesante que contar. Pero no lo hay. La ilusión se desvanece cuando se comprueba que sólo importan los planos en 3D, por aquello de cobrar las entradas más caras, y la extravagancia visual y formal, con diseños de personajes y escenarios sin explicación, ni siquiera dentro de la lógica fantástica de este mundo, y con la pretensión de llamar la atención, hasta el punto de que se pervierten los propósitos de la actualización musical que ofrecía Moulin Rouge para hacer que los corsarios de Barbanegra, Hugh Jackman a la cabeza, y sus esclavos en las minas, entonen una canción de Nirvana. Ahí se acaba el disimulo de que Pan pueda llegar a entretener, como se confirma después con los desdibujados personajes y el inevitablemente previsible desarrollo del filme de principio a fin.

Nada salva el resultado final, porque el clímax no es más que ruido, y para llegar ahí la perplejidad no ha hecho más que aumentar, porque encima la película se salta hasta sus propias reglas. Por ejemplo, no hay que introducir la mano en el agua porque hay cocodrilos, y sin embargo los recuerdos de Peter se avivan sumergiéndose en el agua después de haber salvado la vida frente al cocodrilo. Y eso por no hablar de la profecía que se anuncia en la película, tan de andar por casa y tan mal desarrollada en el final que parece casi una broma. El reparto, además, sabe lo que estaba haciendo, y simplemente se lo quiere pasar bien, sin más consecuencias. No será precisamente esta la película de la que mejor recuerdo guarde Jackman, ni tampoco un insustancial Garrett Hedlund o una aburrida Rooney Mara, ni siquiera Amanda Seyfreid con su escasísima presencia. En realidad, Pan se olvidará con facilidad, aunque sea otro claro paso atrás del hasta ahora interesante Joe Wright, autor de Expiación o Hanna.

'El coro', un camino fácil para agradar

Hay historias que casi se construyen solas. El coro es claramente una de ellas. Un chico conflictivo que tiene un don y tiene que aprender a desarrollarlo con la ayuda de un mentor que al principio tiene sus dudas. Es una historia que se ha visto una y mil veces, que descansa habitualmente en una vinculación temática directa, en este caso la música, y el acierto fundamental en la elección de los dos actores principales, el joven y el veterano. Vista desde ese punto de vista, El coro es una película bastante apreciable. Lo malo es que, precisamente por el mismo hecho de que es una historia que se construye sola, la hemos visto ya una y mil veces. Y es verdad que François Girard consigue lo esencial, conmover desde la música y con las vivencias de los personajes, pero no sería justo omitir que la suya es una película harto predecible desde el primer minuto.

Es curioso que lo más conseguido de la película desde el punto de vista emocional y psicológico esté en sus primeros minutos, precisamente cuando el tema central de la historia, la habilidad vocal y musical de Stet (Garrett Wareing), todavía no se ha planteado. El coro engancha mucho más por el retrato que por la evolución, porque lo primero sí impacta pero lo segundo está en el terreno de lo predecible. Y es bonito, sin duda, porque los relatos de superación y aprendizaje, mucho más cuando tienen un trasfondo cultural o intelectual, tienen un encanto que es muy difícil de malograr. Girard se aprovecha de eso para que los defectos de la cinta queden enterrados, pero es muy evidente que se trata de una película con muy poco riesgo, y que para evitar que el protagonismo de un chaval, por mucho que Wareing esté bastante notable, le rodea de grandes actores y nombres conocidos.

El de Dustin Hoffman es el más notorio, es evidente, y también el de mayor categoría. Y el que más agrada ver en papeles en los que puede explorar todo su talento. Hoffman forma parte de una generación de intérpretes ya veteranos que han coqueteado con un cine que no está a su altura, con comedias alocadas o películas que directamente no valían la pena, y por eso es tan bonito verles en filmes como El coro. Como los otros nombres conocidos del reparto (Kathy Bates, Debra Winger, incluso Josh Lucas), entra en terrenos que para él no suponen un reto excesivo, eso también es verdad, pero Hoffman tiene un carisma inagotable y cada vez que aparece en la pantalla la ilumina. Girard lo sabe, y una vez que ha introducido a su personaje le deja mucho espacio para que la película se beneficie de esa presencia. Eso no habla excesivamente bien de sus virtudes como narrador, pero después no perjudica en absoluto al filme.

Uno de los problemas de El coro es que se deja llevar por lo fácil, efectivamente, y eso incluye también la música. Aunque en el clímax y en otras escenas clave de la película sí la utiliza Girard con bastante acierto, pero en algunos momentos da una sensación exagerada de refuerzo, que no necesita precisamente porque ya tiene en pantalla una serie de personajes muy atractivos. Ninguno se sale del guión y la película siempre camino por territorios cómodos y sencillos, pero tampoco está escrito que todo tenga que ser rompedor y sorprendente. Es verdad que eso se valora con más facilidad, y que en el caso de El coro se puede achacar a la dependencia que genera la presencia de un actor como Hoffman, pero al final la película se disfruta bastante. Al fin y al cabo, la empatía está servida desde el principio y, con el buen trabajo del joven Wareing, es fácil implicarse con él en su camino.

viernes, septiembre 18, 2015

'El corredor del laberinto. Las pruebas', cansado de correr

En una de esas frases casi proféticas, el protagonista de esta saga fantástico-juvenil de El corredor del laberinto, la enésima de esta clase y condición, proclama: "¡estoy cansado de correr!". Y esa es justo la sensación que deja esta segunda parte, Las pruebas. En realidad, es la misma que dejó la primera. Idéntica. Sin cambios, sin identidad y sin personalidad. Así es como se construyen estas sagas en nuestros días, acumulando escenas, sumando minutos (¡131 esta segunda película!) y en realidad sin contar gran cosa, sin que los personajes muestren una evolución o características individuales e intrasferibles. Como ya se podría haber asegurado después de la película original, esas iban a ser las constantes de esta primera secuela. Y después de verla, se confirma. Forma parte de un modelo de hacer cine que acumula estrenos para multiplicar beneficios. Obviamente funciona, porque la gente paga entradas por verlo, pero el resultado cinematográfico es pobre ya desde su concepción.

El gran problema no es ya que la historia enganche o no, sino que hay tal desgana a la hora de hacerla coherente que resulta imposible seguir lo que sucede sin pensar en las inmensas incongruencias que hay en el filme. Las hay en cuanto a la continuidad de la película, las que podrían afectar a esta tanto como a cualquier otra, pero también las hay en las normas de este universo creado a partir de las novelas de James Dashner. Y cuando no existe un plan, más allá de ir llevando a los personajes corriendo (literalmente) de un lado a otro, a veces incluso sin resolver satisfactoriamente escenas de acción que aparecen cortadas sin más para pasar a la siguiente, la tarea de aceptar lo que sucede en la pantalla es sencillamente titánica. Con una exigencia muy baja, y ojo, eso no es necesariamente malo porque es un cine que tiene un público, es verdad que el enorme movimiento y la espectacularidad de los escenarios puede valer, pero es una pena ver tantos recursos empleados en tan escaso empeño.

Porque, y hay que decirlo claramente, El corredor del laberinto podría haberse hecho bien. ¿Pero para qué, si ya se asume que va a vender las suficientes entradas como para ser rentable? Esa sensación se tiene en tantas y tantas escenas de la película, desde la lamentable vigilancia de la sala más supersecreto de la instalación en la que casi arranca el filme hasta la aparición de la nada de una tormenta, pasando por la trampa más patética que se haya podido montar jamás si lo que se pretende es que los prisioneros no se escapen. Hay tantas cosas que provocan perplejidad que, hay que insistir en ello, la credibilidad se desmorona por sí sola. Luego ya podríamos entrar en el hecho de que hace unas dos horas y media de película que hemos abandonado el laberinto y todavía no sabemos para qué servía (ni importa), o el hecho de que todos los personajes, incluso cuando creen que nadie les ve, hablan en clave, como para mantener un secreto que, en realidad, no tiene trascendencia alguna.

Después de pasar por Las pruebas (¿a qué pruebas se refiere el título, si no hay ninguna en el filme?), la sensación es la de que no ha pasado nada. Los protagonistas, un puñado de chavales jóvenes a los que se suman algunas estrellas de segundo nivel televisivo (Juego de tronos es una cantera formidable), han corrido mucho, han cambiado de escenario, se han sumado a otros personajes. ¿Pero ha avanzado la historia? Nada. Y eso demuestra lo inane que es alargar tanto estas sagas en lugar de reconstruirlas pensando en las posibilidades que ofrece el cine, algo que no se hace en la industria contemporánea. Por eso estas películas están tan lejos de los clásicos de fantasía y ciencia ficción de los años 80, cuando sí nacían clásicos. Lo único verdaderamente digno de El corredor del laberinto es que, en contra de la actual moda de estas sagas, no va a prolongar todavía más innecesariamente la agónica acumulación de escenas inconsecuentes en una película final dividida en dos. Sólo queda una. Menos mal.

viernes, septiembre 11, 2015

'Ma ma', retazos del mejor Medem

Con la deslumbrante y sugerente filmografía que construyó Julio Médem en los años 90, que se perdiera con el cambio de siglo por caminos difíciles de desentrañar fue una de las peores noticias que pudo azotar a sus seguidores. El punto de inflexión lo marcó el polémico documental La pelota vasca, pero después no consiguió volver a ser el Médem de Los amantes del Círculo Polar, Tierra, La ardilla roja o Vacas. Desde Lucía y el sexo, Médem no volvía a ser Médem. Y Ma ma, que llega nada menos que catorce años después del filme protagonizado por Paz Vega, es el título que por fin nos devuelve al mejor Médem, aunque sea a retazos. Su poesía visual está ahí. Y la prolongación de su formidable universo femenino que supone Magda, esta mujer que se enfrenta a un cáncer de mama que está interpretada por Penélope Cruz, es igualmente atractiva. Sólo con eso ya bastaría para salir más que satisfechos de este regreso de Médem, pero hay más, aciertos y errores.

Empezando por lo primero, lo que sorprende negativamente es que la película no tenga en su arranque la naturalidad que caracteriza al cine de Médem. Los diálogos parecen forzados, incluso falsos, algunas situaciones también (algo que se extiende casi hasta el final con el exagerado e imposible papel del médico que interpreta francamente bien Asier Etxeandia) y eso hace que se tarde en entrar en el universo de la película, incluso aunque ya desde su primera escena quedé asentado todo lo que quiere ser. Es verdad que el impacto emocional que supone la historia, de idéntico nivel de dramatismo y realidad, oculta algunos de esos defectos de ritmo y tono que se puedan detectar, y eso mismo también hace plantearse algunas dudas. ¿Es Médem y lo que ofrece lo que provoca las emociones a flor de piel que hay en Ma ma o es la situación que describe? No se puede negar la influencia de lo segundo, pero lo primero cuenta de la misma manera.

Y es que Medem, con todo lo que ha hecho sufrir a su cine en la última década, sigue teniendo un toque mágico. Sus instantes oníricos, la forma en la que transforma la ambientación de una escena, la forma en la que juega con los sentimientos y las emociones son detalles que hacen que sus magníficas historias cobren una vida muy especial. Eso se vuelve a ver en Ma ma, como no se había visto en Caótica Ana o en Habitación en Roma, y es el principal motivo de gozo. Médem sabe entender al personaje de Magda, como también lo comprende Penélope Cruz, en una de las mejores actuaciones de su, la verdad, algo sobrevalorada carrera. Pero al mismo tiempo, y siendo lo femenino algo que marca tan profundamente el cine de Médem, sabe conjugarlo con la parte masculina de su universo, con un fantástico Etxeandia y un espléndido Luis Tosar.

Con los elementos que maneja, parece evidente que Médem ha arriesgado mucho más de lo que le permite el tema que trata. Sus imágenes van mucho más lejos de lo que el retrato de un cáncer de mama le habría permitido a un director que optara por un tono mucho más documental o telefílmico. Y es que Médem, y de eso hay que felicitarse, no es un director al uso. Por esos sus imágenes tienen tal poder de atracción, y por eso es capaz de conjugar su enorme talento visual con la narrativa que necesita una historia de esta índole. Ma ma es una historia dura y difícil, pero Médem ha sabido introducirla en su estilo, en su universo, entre lo que siempre ha querido contar a través de sus personajes femeninos, y dándole un envoltorio que siembra emociones de forma continua, y lo hace a través de un escenario mucho más complejo y vital de lo que se circunscribe al punto de partida de su historia. Esa siempre ha sido la grandeza de Médem, contar lo cotidiano desde una perspectiva inusual. Y ese Médem, aunque aún imperfecto, ha vuelto. Ya era hora.

'Reina y patria', atípica y atractiva secuela

Seguramente será una sorpresa para muchos descubrir que Reina y patria es una secuela. John Boorman estrenó nada menos que en 1987 Esperanza y gloria, un filme parcialmente biográfico que situaba la acción durante la Segunda Guerra Mundial y que fue nominado al Oscar a la mejor película. Esa parte del relato es a la que referencia el arranque de Reina y patria, una atípica y atractiva continuación de esta historia de Bill Rohan, ya un adolescente reclutado para el servicio militar, que es la etapa que describe esta película, de nuevo escrita y dirigida por Boorman. El resultado es más que agradable, irregular en bastantes momentos, eso sí, y sobre todo en su segunda mitad pero que en conjunto funciona como una acertada historia sobre el aprendizaje en la vida, que destaca sobre todo con una visión tan sarcástica como cínica de la vida en un campamento militar.

Realmente, eso es en lo que destaca Reina y patria, en su mirada hacia el ejército, que sabe moldear con sus dosis de drama y con sus dosis de comedia, mezclando los actores jóvenes que encabezan el reparto, Callum Turner y Caleb Landry Jones, con veteranos que le dan fuste a esas secuencias como David Thelis o Richard E. Grant. Pero, sin embargo, la película acaba adentrándose en un terreno complicado en el que no termina de acertar tanto cuando se aleja de ese recinto militar cerrado. La película, como era de esperar, se adentra en los más peligrosos terrenos de los primeros amores, de las relaciones familiares y algún que otro tema que es mejor descubrir en la propia película y que queda como muy en el aire. Ahí, probablemente, se ve el hecho de que sea un relato semiautobiográfico, sin tantas necesidades narrativas cinematográficas y sí pretensiones de satisfacer la propia memoria de Boorman.

No es que eso falle, es que la transición entre los diferentes escenarios no es fluida. La película pega saltos considerables que no siempre se pueden asimilar sin más. Escena a escena nada parece fallar, e incluso algunas de las conclusiones finales son emocionantes (sobre todo la del personaje de Thewlis, superior en rango a los dos chicos protagonistas y, de alguna manera, su principal antagonista), pero una vez pasada la primera hora el conjunto no es tan redondo. Sigue siendo interesante, pero le falta algo de cohesión y adolece de una narrativa más constante y firme, más decididamente cinematográfica, o que sepa aprovechar algunos de los elementos con los que juega, como por ejemplo la afición cinéfila del protagonista (heredera, obviamente, de la del propio Boorman) o la compleja relación que establece con el personaje de Tasmin Egerton (el juego de no saber su nombre es uno de los detalles más simpáticos del filme).

Reina y patria asume sin complejos su condición de episodio, con un brevísimo vínculo con el filme anterior, dejándose ver incluso sin haber pasado por Esperanza y gloria, y dejando abiertos muchos temas como para que sea plausible una tercera parte. El interés en los personajes, desde luego, queda al final tan intacto como lo está al principio de este nuevo filme de Boorman. Y como este es un director que sabe rodar con mucho talento, la película es muy disfrutable a muchos niveles, sobre todo en ese cinismo que desprenden muchas de las escenas militares, muy divertidas, también en la formidable reconstrucción histórica que hace el filme. No es perfecto, y quizá sus problemas narrativos hacen que sus 115 minutos sean algo excesivos, pero es una buena película, muy personal con la que a la vez es bastante fácil empatizar y en la que Boorman muestra un muy agradable sentido del humor.

'American Ultra', un exceso sin historia

Que nadie espere en America Ultra una historia. No la hay y no la quiere. Lo único que necesita es una excusa que permita aceptar que el pusilánime Mike Howell interpretado por Jesse Eisenberg (uno de esos actores que después de una genialidad, en su caso La red social, se ha dedicado más a interpretarse a sí mismo que a crear personajes y que necesita ya cambiar de tercio), se convierte en una máquina de matar. Y se acepta, pero con muchas reservas, porque American Ultra es una película que se pierde en el detalle exagerado y violento porque entiende que sus bazas están ahí. Quiere también jugar la baza de las sorpresas, pero la ausencia de historia, de la que es plenamente consciente el filme, hace que no haya mucho margen para aceptarlas, e incluso alguna se antoja inverosímil incluso en el marco de esta descomunal ida de olla, que gustará a quien entre en su humor y seguramente no despertará mucho interés en el resto.

En realidad, no hay nada en American Ultra que no hayamos visto mil una y veces, y aunque haya un cierto paralelismo fácil con la saga de Bourne, el referente más claro es Wanted, por tono, por estilo y por violencia desbocada. La diferencia está en que en Wanted había una historia, una que tergiversaba y olvidaba elementos esenciales del cómic en el que se basa, pero una historia al fin y al cabo. En American Ultra no. Todo se basa en aceptar lo que hacen los personajes, Mike y su novia Phoebe (Kristen Stewart), los enfrentados agentes de la CIA Adrian Yates y Victoria Lasseter (Topher Grace y Connie Britton) y hasta algunos secundarios que van desde lo estrambótico a lo directamente irrelevante (John Leguizamo en el primer caso, Bill Pullman en el segundo). Si se acepta, igual se entiende la broma. Pero si no... Si no se acepta, esta no será más que otra película a olvidar.

Y la verdad es que se acerca mucho más a ese segundo terreno que al primero, precisamente porque no hay demasiado carisma en el reparto, ni tampoco una química demasiado interesante. En la película van pasando cosas, muchas, explotan sitios, se suceden peleas, hay sangre y golpes. ¿Pero adónde va todo esto? A un final más que previsible al que se llega después de unas cuantas escenas de ultraviolencia sazonada de comicidad que, a estas alturas, ya no aporta nada nuevo. Así que sólo queda la posibilidad de disfrutar del viaje de una forma confortable, algo que más que el envoltorio lo podrían proporcionar los actores. El único al que de verdad se ve metido en su tarea, con algún detallito de esta Kristen Stewart empeñada en mostrar algo diferente a Crepúsculo (y se agradece), es Topher Grace. No es que su personaje sea brillante o su actuación espectacular, pero sí destaca sobre el resto.

Cuando uno ve el cartel de American Ultra y descubre que la frase con la que se quiere vender es "todos colgados", sólo queda darle la razón. Todos colgados, desde su director, Nima Nourizadeh (es su segundo filme tras Project X) a su guionista, Max Landis (que saltó a la fama con Chronicle) pasando por muchos de sus actores. Todos colgados, sobre todo porque quieren estarlo. Y sin posibilidad de rendención en los 100 minutos que dura American Ultra, exactamente la película que quería ser sin ningún género de dudas (tan alucinógena como la secuencia de animación que sirve para los créditos finales) y prolongación inevitable de una interpretación del cine de acción que ha venido calando en los últimos años y que apuesta por la violencia por encima de la historia. Probablemente no sirva para mucho más que un rato de asombro y caiga rápidamente en el olvido, pero quién sabe.Quizá el pública la alabe y tengamos un American Ultra 2.

viernes, septiembre 04, 2015

'Ático sin ascensor', la fuerza de la naturalidad

Habiendo tantos y tantos actores que fuerzan el gesto, la voz y los diálogos, ver lo que hacen Morgan Freeman y Diane Keaton en Ático sin ascensor sirve para reconciliarnos con la esencia de la actuación. Lo que ellos consiguen en la pantalla es que la naturalidad sea su arma, su forma de convencernos de que quienes protagonizan la película son personas de carne y hueso, de que sus problemas son reales, de que sus diálogos nace de toda una vida en común. Son dos auténticos monstruos, y lo son precisamente en ese terreno. Luego Morgan Freeman podrá encajar en el cine de acción de gran estudio y Diane Keaton en las comedias más desenfadadas, pero en lo que son maestros es en esto. Sin ellos, Ático sin ascensor se podría descoser con cierta facilidad. Parte de una anécdota muy pequeña como para perdurar, una pareja que pone en venta su piso, y tiene algunos problemas narrativos bastante palpables, ¿pero a quién le importa cuando Freeman y Keaton tienen tanto que ofrecer juntos?

Estos dos veteranos intérpretes forman una extraordinaria pareja en la pantalla, y no sólo por la mezcla racial, algo que importará más en Estados Unidos que aquí, y que apenas tiene una pincelada argumental en la película. Es verlos por primera vez y ya se tiene la sensación de que son un matrimonio que lleva unido cuatro décadas. Y es escucharles y se palpa esa naturalidad, esa sencillez que invita a pensar que no tienen un guión entre las manos y, simplemente, están dando vida a sus personajes. Eso, que así escrito parece tan fácil, es algo que no saben hacer o por lo menos no dominan la gran mayoría de los actores. Llegar hasta ese punto es lo que lleva a un actor a tener el convencimiento de que puede hacer cualquier cosa en una película. Ático sin ascensor es una película amable, pero Freeman y Keaton hacen que sus personajes sean mucho más profundos que la misma película de la que forman parte. Puede parecer un trabajo menor, pero es sencillamente admirable lo que han hecho para el filme de Richard Loncraine.

El director, y hace francamente bien viendo el resultado, se deja llevar por ellos y no se mete en ningún lío. Sí que es verdad que la película, analizada sin el trabajo de sus actores, se puede quedar en poca cosa. Es divertida cuando debe serlo y no está mal llevada, pero a cambio promete alguna que otra cosa que no termina de ofrecer. Por ejemplo, el uso de los flashbacks, que en todo momento parece indicar que hay algo más en el terreno narrativo, se acaba revelando como algo aleatorio. O la narración en off del personaje de Freeman, que acaba teniendo el mismo problema. Esos dos recursos no sirven más que para una satisfacción momentánea y para alargar la película, pero en realidad no adquieren un sentido argumental suficiente. También esa historia paralela que nada tiene que ver con la pareja protagonista y que se sigue a través de la televisión, con un desarrollo que sí engancha pero una resolución que sabe a poco.

En realidad, esa es la sensación que va dejando la película. Amable, bonita, incluso emocionante, a ratos muy divertida cuando se asoma al fascinante mundo de las relaciones humanas que se establecen con desconocidos en un momento de necesidad (la jornada de puertas abiertas para vender el ático), pero que al final se ve sin más reflexión o conclusión por parte de Loncraine. La película no cierra casi nada, simplemente se deja llevar. Quizá le hacía falta algún minuto más de esos 92 que emplea para dejar una sensación más cohesionada, o quizá simplemente es que ahí está todo lo que el director tenía que mostrar. Pero lo que está claro es que hay algo que chirría. Y eso, por supuesto, no está en el formidable trabajo de Freeman y Keaton, que sí han sabido llenar los huecos que deja la película para que sus personajes sean mucho más completos que la historia de la que forman parte. Pero, con todo, es una película que, sin mayor ambición, se ve con enorme agrado.

'Anacleto: Agente secreto', demasiado viejo para esto

En más de una ocasión, el Anacleto que interpreta Imanol Arias dice "soy demasiado viejo para esto". Y efectivamente, lo es. No Imanol Arias, por supuesto, porque él es de largo lo mejor de esta adaptación del personaje de tebeo creado por Manuel Vázquez Gallego en los años 60 del pasado siglo. Pero Anacleto: Agente secreto es una película extraña, porque la apuesta de Javier Ruiz Caldera es demasiado moderna como para entender lo que realmente habría funcionado. Un Anacleto con Imanol Arias hace veinte años habría sido sensacional. Cada vez que él sale en pantalla, deja esa sensación. Hay un esfuerzo por mantener elementos que vinculen la película a la historieta, pero al final todo eso se ve devorado por el humor más moderno, por la necesidad de cameos, por buscar un humor mucho más actual que el que realmente funcionaba en las aventuras de Anacleto. Y por eso la película no termina de arrancar nunca, a pesar de algún momento notable.

Sorprende que la fórmula para llevar a Anacleto al cine haya sido la de envejecer al personaje y darle un hijo (interpretado por Quim Gutiérrez) que por supuesto tendrá que seguir al agente secreto en una de sus locas aventuras. Sin haber probado siquiera el potencial de Anacleto, el cine español ya le ha fulminado, como hizo por ejemplo con aquella rocambolesca idea de fusionar cuatro novelas del Capitán Alatriste para que luciera el cine, matando las posibilidades de hacer una franquicia exitosa. Anacleto comete el mismo error (¿recordamos las furibundas críticas que recibió George Lucas por dar un hijo a Indiana Jones?), pero lleva la broma demasiado lejos, y eso pesa, especialmente en su final. Y sorprende más cuando precisamente se ha hecho lo más difícil, encontrar a un actor que encaje en los zapatos de Anacleto, aunque sea un Imanol Arias que habría sido sencillamente perfecto hace algunos años.

La película, en todo caso, tiene un ritmo extraño que no siempre funciona. Hay momentos muy divertidos, tampoco demasiados (y eso es un grave problema cuando lo que se está adaptando es una historieta humorística), y más interés en el relevo, en la pareja joven que forman Gutiérrez y Alexandra Jiménez, en realidad un trío si contamos a Berto Romero (de su personaje sólo disfrutarán los incondicionales de su humor), que en el propio Anacleto. Tan irregular es, que incluso uno de los cameos, el de Rossy De Palma, proporciona algunas de las carcajadas más honestas de toda la película. Y en el fondo no deja de ser una pena que el foco del filme se vaya precisamente a elementos ajenos al personaje al que se quiere honrar. Gutiérrez intenta robar la película a Arias en todo momento, apostillando cada frase con una respuesta humorística, y eso no funciona casi nunca, y Arias siempre está por encima. Él, hay que insistir, en ello, es lo mejor.

Y eso que Ruiz Caldera no rueda nada mal la película, saca partido de la acción y elabora unas coreografías de pelea muy verosímiles, incluso cuando las protagoniza el propio Imanol Arias a sus 59 años. Se mire como se mire, lo mejor de la cinta es lo que rodea a su protagonista y el resto, a pesar de que el montaje apenas supera los 90 minutos, se mueve entre lo superfluo, lo simplemente correcto e incluso lo aburrido, porque hay algunas escenas de la película que bordean esa peligrosa frontera. Anacleto: Agente secreto es una ligera decepción que no siempre es fiel al material que adapta, que ha optado por un guión simple que está lejos de satisfacer por completo tanto al lector clásico de las aventuras del personaje como a quien se aproxime a la película sin conocimiento alguno del personaje. Hay detalles, hay un espléndido actor al mando, pero el resto es bastante inofensivo o no termina de arrancar.

'Dark Places', liar por liar

Las referencias son un claro enemigo del cine moderno, mucho más cuanto más alto se apunta. Encontrarse en el cartel de Dark Places que se trata de una película basada en otro libro de la autora "del Best-Seller Perdida" es una mala referencia, por enigmático que les parezca a los encargados de márketing. Porque, desde luego, el resultado de este filme de Gilles Paquet-Brenner, es bastante inferior al del sugerente trabajo de David Fincher aunque quiera partir de misterios y técnicas fácilmente emparentables. Pero la comparación es insostenible. Lo que en Perdida era un argumento diabólicamente orquestado, aquí es liar por liar, introducir elementos de una forma continua para alimentar un misterio que al final no es tan satisfactorio como debiera. Es casi una moda en el thriller moderno el optar por una complicación exagerada que, en realidad, no parece tan necesaria y que además provoca errores en el guión y que se acumulen situaciones clave que acaban siendo inverosímiles y afectan a todo el filme.

Y en el fondo es una pena, porque a Paquet-Brenner se le escapa entre los dedos un reparto espléndido, que acaba demasiado centrado en tratar de hacer creíble lo inverosímil mucho más que en construir personajes que puedan realmente vivir las situaciones que se describen. Charlize Theron es una actriz de intensidad enorme, y sobre todo su forma de entrar en la película es notable. Pero poco a poco, y eso es ilógico precisamente por tratarse de la protagonista, su personaje se diluye. Está, participa, habla, pero según pasan los minutos pierde toda profundidad emocional, algo que el guión intenta recuperar en la última escena, una que debe servir de explicación definitiva de todo lo que ha sucedido en la resolución de la trama y que en realidad ya no importa demasiado. Ese es el auténtico problema de Dark Places, que el interés por el fondo se pierde pronto y sólo queda contemplar el trabajo de los actores.

Aunque Theron es una intérprete fascinante, si hay alguien que merece ese calificativo en Dark Places es Christina Hendricks. La película, que está narrada en un doble espacio temporal (por un lado, el momento que desemboca en el asesinato que cambia por completo la vida de una niña, por otro la vida de esa niña ya convertida en una mujer sin sueños, sin ilusiones, sin vida en realidad), desaprovecha las mejores posibilidades de la película porque se limita a acumular secuencias, personajes y pistas, pero la misma realización (sobre todo un desconcertante plano con cámara subjetiva que el efecto que produce es el de estar ante un telefilme más que otra cosa) corta las alas de la película. Es verdad que siga quedando el disfrute con los actores, con las mencionadas Theron y Hendricks, pero también Nicholas Hoult (aunque su personaje encabeza la parte más inverosímil y desperdiciada de la película), Chlöe Grace Moretz o Corey Stoll.

Dark Places es una oportunidad malograda de crear un buen thriller, pero que se pierde en casi todos los niveles. Se pierde ya desde el guión (el libro en el que se basa lo escribió Gillian Flynn tres años antes que Perdida), también en la dirección y da la impresión que en el montaje, porque hay espacios de la cinta que apenas están desarrollados y que seguramente habrían resultado mucho más satisfactorios con alguna escena más, sin esfuerzos demasiado grandes y sin estirar demasiados los 104 minutos finales (la duración que figura en las webs de cine es de 114, ¿está ahí lo que falta?). Pero Paquet-Brenner no consigue avanzar más y la película deja una sensación bastante vacía, inferior al potencial de su reparto e incluso del misterio que quiere plantear. La película se verá en VOD y no llegará a los cines. Quizá ahí tenga un terreno más indicado para que encuentre su público.

viernes, agosto 28, 2015

'Ricki', buen rollo... ¿demasiado?

De los tres nombres que componen la plana central de Ricki, dos andan en camino descendente y uno ha llegado un punto en el que puede hacer lo que quiera, que va a encontrar el fervor popular y crítico de todas las maneras. En el primer lado están la guionista Diablo Cody, que sorprendió a todo el mundo con el ácido guión de la apreciable Juno para después caer muchísimo con sus siguientes trabajos. Junto a ella, Jonathan Demme, que alcanzó la cima hace ya demasiado con El silencio de los corderos y lleva años sin destacar tanto como entonces. Y en el lado opuesto, Meryl Streep, aplaudida sin cesar haga lo que haga. Sobre todo la presencia de Cody invita a pensar que Ricki va a ser una película muy cínica y dramática, pero no lo es. Tiene algún momento en que roza esas sensaciones, pero acaba siendo un filme de buen rollo, que arranca y acaba con música y sensaciones agradables. ¿Demasiado quizá? Puede ser, porque eso hace que sea algo más intrascendente de lo que le gustaría, pero el buen rollo que propone funciona.

Si lo hace es probablemente porque la simple presencia de Meryl Streep, y también la de Kevin Kline, predispone a que el espectador se meta en la historia. Streep es de las pocas actrices que sobrepasa la edad que Hollwyood considera peligrosa para las mujeres que sigue haciendo de todo, y aquí vuelve a moverse por terrenos novedades interpretando a una madre de familia que lo abandonó todo por su grupo de música pero que no tiene suerte en ese mundo y que tiene que regresar temporalmente a su pasado cuando su hija sufre un severo problema en su vida. El planteamiento sí encaja con lo habitual del singular y bastante sobrevalorado mundo femenino de Cody, pero la película pronto cae a derroteros mucho más amables. Y, a la vez, previsibles. Los conflictos se resuelven como por arte de magia, donde había insalvables enfrentamientos personales acaba llegando una felicidad algo ficticia y la tensión dramática se deja en un rincón, olvidada por completo, porque el objetivo de Ricki es muy distinto.

Eso, en cierta medida, es algo decepcionante. Sobre todo, más allá de las pretensiones habituales de Cody o de la capacidad de Demme, porque en el fondo Meryl Streep y Kevin Kline no tienen la oportunidad de lucirse que se intuía en la propuesta. Para ellos resulta una película fácil, no hay un esfuerzo palpable en la construcción de sus personajes. Simplemente están en la pantalla y se lo pasan bien mostrando alguna gota de su talento. Por eso Ricki es una película que se vende más fácilmente por ser aquella en la que comparten espacio Meryl Streep y su hija, Mammie Gummer (que también en la ficción desempeñan esos roles), que una verdaderamente trascendente por su talento cinematográfico. Importa bastante más que el espectador se deje contagiar por la música, algo evidentemente fácil de conseguir viendo la espléndida selección de canciones y lo acertado de sus versiones, que por el conflicto que plantea la película.

Y eso no es necesariamente un defecto insalvable. Es, sin más, una valoración de lo que podría haber sido Ricki con otro enfoque, una que no pretende restar eficacia a ese buen rollo que persigue la película y que, además, suele tener buen eco entre el público. No todas las películas han de ser dramas o tragedias, pero sí es verdad que ver el nombre de Diablo Cody es una invitación a otro tipo de filme. Ricki no lo es. Aunque hay alguna escena de una enorme tensión (la conversación entre Ricki y la nueva esposa del personaje de Kevin Kline, interpretada por Audra McDonald, que no por casualidad es la mejor de la película), lo cierto es que la película es mucho más amable de lo que podría haber sido. La desviación hacia ese buen rollo no es artificial por el simple hecho de que, y eso es un acierto, la película empieza con un número musical. Así queda claro que esto va de Meryl Streep disfrutando como rockera. No hay mucho más, pero eso también tiene su encanto.

'Atrapa la bandera', un ligero paso atrás

Las aventuras de Tadeo Jones fue una magnífica carta de presentación para Enrique Gato que venía a demostrar algo que, en realidad, ya es totalmente conocido y que no se sabe muy bien por qué hay que seguir demostrando: que en España hay mucho talento para hacer animación. Tadeo Jones era una simpática historia juvenil de una notable factura, y sus muchos aciertos y un sabor de boca casi inmejorable justifican que la firma de Gato sea un aliciente para ver cualquier película que firme. Atrapa la bandera, no obstante, supone un ligero paso atrás en su conjunto. La película, a pesar de que tiene una animación bastante mejorada y un grado de imaginación bastante parecido al de su anterior filme, no engancha de la misma manera, quizá porque tiene una excesiva pretensión de buscar referentes, modelos o públicos objetivos, y eso provoca algunas lagunas en una narración que no es tan ágil como la de Tadeo Jones.

Esto último viene motivado por algo que, en realidad, no se le puede criticar a Gato. Su apuesta es por el mercado internacional, como ya lo era en Tadeo Jones, y eso quiere decir que Estados Unidos está en la mente del director y de su equipo. La película, por muy española que sea, es una continua referencia a ideales norteamericanos, a sus formas de pensar y narrar. Sus chistes, los que no dependen del doblaje, están pensados para que no haya referentes que no se puedan entender allí. Y la misma historia, centrada en una saga familiar que ha hecho carrera en la NASA, incide también en ese aspecto. Lo que aleja la sensación de que Atrapa la bandera es una película española es, probablemente, lo mismo que hace que pueda tener más oportunidades fuera de nuestras fronteras. En realidad no hace que sea mejor o peor película, pero sí deja la sensación de que el márketing manda.

Lo mismo sucede con las muy anunciadas presencias de la onmipresente Michelle Jenner y el muy de moda Dani Rovira en el reparto de doblaje español o el cierre de la película con una canción de Auryn, algo que se ha comido un poco la espontaneidad del cine de Gato. En Atrapa la bandera no hay mucho que se salga de los planes más previsibles, ni la presencia de minorías, ni de personajes arquetípicos, ni incluso del contradictorio uso de los personajes femeninos (conservador y tradicional para la madre de familia, aventurero y pionero para la chiquilla que acompaña al protagonista), y quizá por eso resulta más difícil entrar en la película que en Tadeo Jones. Es verdad que hay una imaginativa puesta en escena y que la historia familiar convence, pero por el camino surgen algunas dudas como el uso de algunos personajes secundarios, la insistencia en repetir algunos chistes o incluso un desarrollo demasiado previsible o incluso incoherente (la talla de los trajes espaciales).

La película no termina mal (con escena entre los créditos incluida), y la acción de su último tercio potencia sus grandes virtudes, que están en el paso adelante que se da en la animación con respecto a Tadeo Jones. Eso es capitalizar de forma adecuada un éxito en el que no todo el mundo confiaba. Los planos espaciales, las naves mezclando además el clasicismo del vehículo de la NASA y la ciencia ficción más aventurera que representa el villano de la historia, son lo mejor que tiene que ofrecer el filme. La historia no está a la misma altura porque bucea en tópicos y moralinas muy vistas. Aceptables, de hecho, si se quiere tomar Atrapa la bandera como un producto independiente, pero demasiado vistas en cuanto se le añade un contexto. Funciona bien, y destacan algunas bromas (como la presencia nada velada de cierto director de cine clásico), pero no es especialmente satisfactoria viendo lo que se hace en nuestros días y lo que el mismo Gato hizo en su anterior película, que gana claramente en la comparación.

viernes, agosto 21, 2015

'Cuatro Fantásticos', demasiados errores... pero demasiado odio exagerado

Después de todos los palos que le han caído a Cuatro Fantásticos desde hace ya muchos meses, desde antes incluso de que se empezara a rodar, parece evidente que lo primero que hay que decir sobre ella es si se cumplen los malos augurios. Y la respuesta es sí. El intento de Josh Trank de revitalizar una franquicia explotada desde un corte demasiado juvenil y poco ambicioso (¿o es el intento de Fox de que no reviertan los derechos de los personajes a Marvel para sumar otra conquista más a su espléndido universo de superhéroes?) es un enorme error de concepción, de desarrollo y en su resultado final. La película no funciona, especialmente como adaptación porque tiene poco respeto por el espíritu de las creaciones de Stan Lee y Jack Kirby que cambiaron el mundo del cómic y dieron el pistoletazo de salida al universo Marvel moderno, pero también desde el punto de vista cinematográfico. No importa si la culpa es de Trank o de Fox es algo que queda en los despachos y en los platós. Lo que cuenta es que el filme falla.

Y falla, en primer lugar, porque tiene un ritmo raro y muy descompensado. Un clímax apresurado, escaso y mal llevado sigue a una larga primera parte del filme, la que cumple con el ritual (¿alguien se dará cuenta de que no es necesario?) de ofrecer a historia de origen de los personajes. Es ahí, en la primera, donde se concentran los elementos más interesantes de la historia, pero no es nada redonda porque se alarga en exceso y sufre un descomunal desequilibrio que afecta demasiado si lo que se quería contar era la historia de los 4 Fantásticos. Trank sólo ha contado la de Reed Richards, y los demás personajes parecen darle un poco igual, especialmente Ben Grimm o el ya multiracial Johnny Storm, en uno de esos absurdos cambios con respecto al cómic que la película ni sabe ni quiere justificar (y que propicia que haya diálogos torpes, tristes justificaciones sin más). El casting no es bueno y los actores, esforzándose más o menos por meterse en sus papeles, tienen una asombrosa falta de carisma, algo notable si lo que se busca es plasmar herosimo.

Miles Teller, Kate Mara, Michael B. Jordan y Jamie Bell no son los 4 Fantásticos, igual que la película en su conjunto no es la historia de los personajes de Míster Fantásticos, la Mujer Invisible, la Antorcha Humana y la Cosa. Trank y sus guionistas han creído que bastaba con deslizar algunas referencias en su historia, pero no han entendido a los personajes. Y, lo que es aún peor, no han sabido construir a sus personajes, y todos quedan en un nivel plano y anodino, especialmente el lamentable Doctor Muerte que sirve de villano de la función, y que queda infinitamente por debajo del ya decepcionante de Julian McMahon en en las dos películas precedentes de Tim Story, que siendo también bastante deficientes sí eran capaces de entender algo más a sus protagonistas. Trank no lo hace. Tampoco enamora desde las secuencias de acción, ni consigue una historia atractiva de ciencia ficción. Todo lo bueno que pudiera tener su planteamiento se ve lastrado por un conflicto nimio y un oponente que quiere destruir mundos por una pataleta infantil.

Hay que insistir en que en la película hay muchos más defectos que aciertos, pero sus 100 minutos (notablemente recortados al parecer de lo que quería hacer Trank) hacen que sea un filme llevadero. Quien haya desencadenado o participado en la escalada de odio que ha rodeado a la película sabrá sus motivos, pero al margen de las cuestiones que puedan enfadar al fan de la franquicia, no estamos ante un filme tan catastrófico como se ha querido hacer ver. No es bueno, pero, con todo, se deja ver. Se equivoca desde el principio en sus planteamientos y desperdicia años y años de buenos cómics para sacar de ellos los elementos que podrían haber hecho que todo funcionara mejor, que es lo que han venido haciendo en sus adaptaciones de tebeos directores como Christopher Nolan o Joss Whedon. Trank parece que sólo quería lucirse sin tener muy en cuenta qué tenía entre manos. Y ni se ha lucido ni ha hecho justicia a unos personajes que tendrán que seguir esperando que alguien con más talento se ocupe de ellos y les haga la gran película que merecen.

'Mr. Holmes', actores brillantes en una película inane

Los radicales giros en la carrera de Bill Condon, uno de esos directores que se atreven con todo por extraño que pueda parecer el rumbo que toman (y sí, es obvio que la alusión es a los dos filmes de Crepúsculo que figuran en su trayectoria), le llevan ahora a buscar de nuevo lo que le dio la fama. En Dioses y monstruos, con Ian McKellen como protagonista, quiso recrear el retiro de James Whale, el director de las dos míticas películas de Frankenstein que protagonizó Boris Karloff, y consiguió con ella el reconocimiento de la crítica. No es nada extraño que, buscando el resurgir que no le dio El quinto poder, la película que retrató el caso de Julian Assange, trate ahora de repetir aquella fórmula en Mr. Holmes. De nuevo con McKellen al frente del reparto, lo que busca ahora es contar el último caso de Sherlock Holmes desde la mirada de un hombre ya envejecido, muy mayor y con problemas de memoria. McKellen, como Laura Linney, está brillante y sostiene una película que, en realidad, es bastante inane.

Lo es porque resulta difícil entender cuál es el objetivo real, la trascendencia que tiene ese último caso, que vemos por medio de flashbacks, en el hombre que vive en el presente o la relación con su ama de llaves y su hijo que pretende marcar un antes y un después en la vida del retirado detective. El interés por encontrar un misterio de verdad desafiante detrás de esta lenta exposición, muy en la línea habitual de Condon, se diluye en un final extraño, que dista mucho de provocar el impacto que debiera. En un guiño curioso, el propio Holmes de McKellen se refiere a eso en uno de sus diálogos, asegurando que lo que puso fin a su brillante carrera de detective tuvo que ser un inmenso fracaso que no es capaz de recordar, pero ese mismo diálogo queda sin una respuesta verdaderamente atractiva al final de la película. Es precisamente el epílogo lo que deja una sensación curiosa, que no responde a las expectativas y que no completa los elementos de interés.

Algunos de ellos están, precisamente, en la forma en que se juega con la misma mitología de Holmes, primero a través de lo que John Watson escribió sobre el personaje y lo ofrece que esta realidad ficticia en que acontece la historia, pero después también por medio de lo que el propio espectador sabe y espera del mejor detective del mundo. El problema está en que las buenas sensaciones se acotan a escenas concretas. Por mucho esfuerzo que Condon ponga en desarrollar una narración paralela (que si en realidad sirve para algo es para demostrar lo buen actor que es McKellen, por la extraordinaria forma en que es capaz de interpretar al mismo personaje en condiciones anímicas y físicas casi diametralmente opuestas), es difícil hilar las metáforas que plantea para construir un relato cerrado, complejo y a la altura de lo que se espera. Y es que convencen más los guiños, como el uso como un Holmes de cine de Nicholas Rowe, el Sherlock Holmes de la maravillosa recreación ochentera de su juventud en El secreto de la pirámide.

Se nota demasiado que Condon ha querido repetir la fórmula de Dioses y monstruos, y en ese intento Mr. Holmes se ha convertido en una película demasiado fría, que no aporta demasiado a los mitos del personaje de Sir Arthur Conan Doyle más allá de sumar a otro espléndido intérprete a la lista de actores que le han dado vida y de ofrecer algunos detalles divertidos sobre su idiosincrasia. La historia es, en realidad, lo que no termina de enganchar, porque Condon no termina de ensamblar demasiado bien todas las piezas del puzle que quiere montar o de dotar al filme de un ritmo mucho más ameno y dinámico. Mr. Holmes es demasiado lenta y demasiado escasa. McKellen consigue llevar la película a buen puerto, pero él aporta mucho más que el director o el guionista Jeffrey Hatcher a la hora de mostrar de verdad en la pantalla a un Holmes digno de tal nombre.