lunes, junio 27, 2011

'Sólo una noche', más debate que resultados

Que una película genere debate no hace necesariamente de ésta un producto de gran calidad. Sólo una noche es un filme pensado para provocar conversaciones, para contrastar puntos de vista, para decidir qué haríamos cada uno de nosotros en la situación de los cuatro personajes protagonistas. Cine no hay tanto, a pesar de los nobles esfuerzos de Massy Tadjedin, en su debut como directora, de conseguir algo más o menos diferente. A ratos lo logra, pero no lo los suficientes como para que el peso cinéfilo sea mayor que el de la moral en el poso que deja Sólo una noche tras su visionado. Se echa en falta química en el reparto, y quizá con otros nombres, igual menos de moda que los escogidos (todo sea por la taquilla) pero con mucha mayor capacidad interpretativa, el resultado podría haber sido otro. En cualquier caso, que una película dé pie a conversación después de vista, y no sólo sobre su calidad como producto artístico, también es algo de agradecer. Y eso sí lo consigue con mucha facilidad Sólo una noche.

La premisa es sencilla. Tenemos un joven matrimonio, formado por Joanna (Keira Knightley) y Michael (Sam Worthington). Él tiene una atractiva compañera de trabajo, Laura (Eva Mendes), de la que no le ha hablado nunca a su esposa y con la que se va de viaje de negocios. Ella tiene un antiguo amante, Alex (Guillaume Canet), del que su marido no ha escuchado hablar ni antes de casarse ni ahora que, casualmente, se encuentra en Nueva York. Así se desata un juego de seducción, celos y mentiras que se convierte en un elaborado, aunque algo maniqueo, tratado sobre la infidelidad. ¿Qué es infidelidad? ¿Qué la provoca? ¿Es asumible en un matrimonio? Todo son preguntas que plantea Massy Tadjedin en su primera película como directora, basándose en un guión escrito por ella misma. Muchas preguntas y tantas respuestas como espectadores, porque la película no sentencia, no juzga, no dicta una moral establecida o predilecta. Ofrece información y deja que quien quiera acercarse a Sólo una noche (no del todo adecuada traducción para España de Last night) saque sus propias conclusiones.

Y es ahí donde seguramente se producirán las discrepancias a la hora de evaluar la película, condicionado cada uno por el juicio que haga de los personajes. A mí ninguno de los cuatro personajes protagonistas supo generarme empatía. Puedo ver las situaciones a través de su mirada, pero no compartirla hace mucho. Y casi ninguno de los actores me genera la suficiente confianza o comprensión como para meterme tanto en la película. Quizá esté ahí el freno de la película. Lo cierto es que tres de ellos son actores de moda, y de ahí que consigan con facilidad papeles como éstos, seguramente pensando sus responsables que poner su nombre en el cartel pueda dar algo de dinero. Keira Knightley tiene un halo de buena actriz que no termino de comprender, nunca ha conseguido conmoverme ni emocionarme y, por desgracia, Sólo una noche no marca una diferencia en esa percepción. Sam Worthington y Eva Mendes son más maniquíes que actores, y cumplen con ese rol a la perfección. Y, sin duda, el mejor actor de la película es el menos conocido, el francés Guillaume Canet, el que mejor consigue plasmar los matices necesarios para su personaje.

Por eso, por el trabajo de Canet, es rápidamente la relación entre Alex y Joanna la que se convierte en motor de la película, cuando el comienzo apuntaba a todo lo contrario, que sería la de Michael y Laura (o, incluso, y desde una óptica más tradicional, podría haber sido la de Michael y Joanna). Es Canet, y en realidad sólo él, quien destila sinceridad en sus gestos, en sus miradas, en sus sonrisas y lo demás parece orquestado a su alrededor, cuando no tendría que ser así. Lástima, porque había más potencial en el guión. No tanto por una originalidad que esta historia no tiene, pero sí por las preguntas que podría haber dejado sobre la mesa con una mayor sutileza en su escritura y, también y quizá por encima de todo, en la interpretación de los actores. Todo queda meridianamente claro al cuarto de hora de película y, no deja de ser curioso, es ese cuarto de hora inicial lo mejor de Sólo una noche. El esbozo del juego de traiciones atrae más que las traiciones en sí mismas, tanto por el libreto como por la realización de Tadjedin (brillante juego temporal el que establece en el montaje del arranque del filme).

La insistente música a piano de Clint Mansell da fuerza al arranque de la película, pero su calidad se diluye de ahí en adelante en repeticiones de notas y recursos. El buen montaje de la película queda descompensado por el mayor peso dramático y empático de una de las historias (insisto, la de Alex y Joanna, que es la que ofrece las mejores secuencias, y es la única en que se ve la química necesaria, entre actores y entre personajes, para entender la relación entre los dos miembros de la pareja). Y, al final, lo que deja Sólo una noche por encima de todo es un enorme abanico de temas acerca de la infidelidad (¿o es sobre la felicidad en el amor?) para su discusión. ¿Suficiente? Probablemente no, porque la película deja un mayor disfrute después de verla que durante ese visionado. Lo que habría dado yo por ver este mismo filme con otros actores, lo que habría dado porque algunas de las viejas glorias de Hollywood no envejecieran ni murieran nunca.

miércoles, junio 22, 2011

'Juego de tronos', cine... pero no tanto

Dicen algunos entendidos que el mejor cine de hoy en día está en la televisión. Y dicen que el de la HBO es el sello a seguir para dar la razón a esa consideración. Juego de tronos, basado en la primera de las novelas de Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin, es uno de esos ejemplos que ha desatado el furor de los aficionados (¡¡¡9,5 de nota en IMDB!!!), lo que da una razón lo suficientemente poderosa (aunque no creo que la haga costumbre extensible a demasiados títulos) para hablar de esta serie en este espacio. Esta primera temporada (ya hay una segunda anunciada, basada en la segunda novela, Choque de reyes) consta de diez episodios y parece haber convencido a todo el mundo. Cine en estado puro, dicen. Y es verdad. Lo hay. Pero no tanto como se está diciendo, y es que tengo la sensación de que el furor despertado entre los fans, un recelo un tanto artificial con respecto al cine contemporáneo y un ansia de ver cosas diferentes ha hecho que la valoración de esta serie despegue hasta niveles que no termina de merecerse. En absoluto estoy diciendo que no merezca la pena, al contrario. ¿Pero tanto como se está diciendo? No lo termino de ver claro, aunque lo bueno que ofrece la serie es excepcional.

La temporada terminó su emisión en Estados Unidos el pasado domingo, en España quedan todavía tres episodios (que se pueden ver en Canal+), y admito que a mí me ha quedado una sensación agridulce en base a una conclusión muy rápida de explicar. Creo que Juego de tronos tiene un trabajo de preproducción sencillamente asombroso, sobresaliente en todos sus aspectos. Vestuario, dirección artística y localizaciones deslumbran desde la primera hasta la última imagen de la serie, coincida o no la visión de sus autores con la que cada uno nos formamos durante la lectura de la novela (Invernalia, por ejemplo, no termina de satisfacerme; el Muro, en cambio, me parece una maravilla plasmada tal y como la describe Martin en sus novelas). Sin embargo, me da la sensación de que todo lo que ofrece el rodaje queda en manos de los actores y el guión (que, en sus mejores momentos, sigue con fidelidad absoluta el libro), sin que los realizadores aporten gran cosa en demasiadas ocasiones y que la postproducción no le da a la serie casi ningún valor añadido (apenas hay efectos especiales, diferencia esencial todavía por motivos presupuestarios entre el cine y la televisión, y la banda sonora, a excepción del hermoso tema principal, apenas tiene relevancia).

Este planteamiento desemboca en que hay escenas que en el libro son sencillamente espectaculares y que no encuentran su reflejo en la pantalla. En este sentido, y sin desvelar nada, la mayor decepción llega en el noveno capítulo, con una omisión ofrecida de una forma casi sonrojante. Sí es verdad que hay escenas brillantemente rodadas (como el final del tercer episodio, con Ned mirando la primera lección de 'baile' de su hija Arya, o la conclusión del noveno episodio) en las que se nota un buen trabajo de dirección y planificación. Ahí es donde la serie marca su otra gran apuesta: la ausencia de límites en la corrección política. Son frecuentes las escenas de sexo (incluso homosexual) y los momentos de gran y explícita violencia, a pesar de que incluso hay cierto freno a lo narrado en la novela. Esto ha convencido a muchos, pero hay cierta irregularidad. Algunas funcionan muy bien, otras tienen cierto aire gratuito (sobre todo en el caso del sexo). La serie, sabedora de que buena parte del presupuesto se ha ido en la construcción de los Siete Reinos de Canción de hielo y fuego, apuesta descaradamente por el talento de Martin en sus diálogos y el de los actores para deslumbrar. Y ahí es donde Juego de tronos se eleva por encima de la media sin ninguna duda.

En muchos sitios se ha vendido como la serie de Sean Bean, conscientes sus responsables de que el actor tienen una enorme reputación en el género gracias a su magnífica interpretación de Boromir en El Señor de los Anillos. Y Sean Bean responde con un trabajo espléndido. Efectivamente, es su serie, aunque dado ese planteamiento hay un indudable éxito en contar algunos capítulos, en la segunda mitad de la temporada, en los que su presencia es casi inexistente. Lo cierto es que el casting en su conjunto es formidable. Incluso en los actores en los que la primera impresión es dudosa (por no ser exactamente como se describía en las páginas del libro), el crecimiento a lo largo de los capítulos es indudable. Y es actores como Kit Harrington (Jon Nieve), Richard Madden (Robb Stark) o incluso el hierático Jason Momoa (Khal Drogo y próximo Conan) no parecían los adecuados en ese primer vistazo y salen de esta primera temporada triunfantes. Tyrion Lannister (formidable Peter Dinklage, quizá lo mejor de la serie), Cercei Lannister (Lena Headey), Iain Glenn (Ser Jorah), Jeoffrey Baratheon (Jack Gleason; ¿de verdad es el mismo chaval simpático que aparece brevemente en Batman begins?) o Aidan Gillen (Meñique), además del propio Ned Stark y otros muchos, son sencillamente perfectos desde el principio.

La verdad es que es muy difícil encontrar alguna pega al reparto. La elección de casi todos los actores supone un trabajo deslumbrante y la forma en que todos han desarrollado sus papeles, apoyados en los nunca suficientemente valorados diálogos de Martin, un acierto magnífico. Son tantas las escenas de actores memorables que mantenien entre ellos, que sería imposible relatarlas todos. Formidable la escena con Ned, el Rey Robert y Cersei que abre el sexto episodio, o las conversaciones entre Varys y Meñique, o el juramento de la Guardia de la Noche en el séptimo (y su repetición en el décimo). Pero sorprenden algunas omisiones (además de la mencionada y flagrante del noveno capítulo, por ejemplo la escena que tendría que haber ido al final del segundo episodio o comienzo del tercero con Bran como protagonista; o la escasísima presencia de los huargos, por evidentes problemas que pudieran producirse en el rodaje, lo que resta notablemente el toque fantástico de la saga) o la rebaja visual y narrativa de algunas tramas, como la que rodea a Daenerys Targaryen y los Dothrakis (demasiado pobres para lo que uno se imagina en la novela, incluyendo el épico final).

¿9,5 sobre 10 como refleja IMDB? No, en absoluto. La serie es notable, tiene momentos formidables e incluso memorables, actores deslumbrantes que ofrecen en algunos casos los mejores trabajos de sus carreras, y viene a llenar un juego en la fantasía adulta que hasta ahora no teníamos cubierto. Pero le faltan cosas. Hay fallos evidentes en la narración de las elipsis, no demasido bien explicadas en algunos casos y la realización es un tanto impersonal en algunos episodios y escenas, además de la evidente falta de presupuesto que ha llevado a los responsables de la serie a saltarse algunas de las escenas más grandiosas de la novela. El éxito cosechado, y sobre todo la escasez de críticas negativas siquiera en aspectos concretos, puede llevar a los productores a seguir por el camino de la autocomplacencia, y ese es el gran riesgo que tiene ante sí la próxima temporada. Si solventan ese peligro y consiguen dotar a la serie de la espectacularidad que necesita junto a los intrincados, complejos y fascinantes movimientos políticos, el valor añadido será tan inmenso que llegar hasta esa nota no será una utopía. Es una muy buena serie, pero necesita crecer. La obra maestra de Juego de tronos está en las páginas de papel. Veremos qué sucede con Choque de reyes.

lunes, junio 20, 2011

'El inocente' convence

Hace no muchos años, no me habría creído que alguien me dijera que una película hecha a mayor gloria de Matthew McConaughey merecía la pena. Y, sin embargo, soy yo mismo el que ahora escribe esa frase para referirme a El inocente, un más que interesante drama judicial protagonizado por este actor que hasta ahora habría tachado sin pestañear como aburridísimo. El filme convence por más cosas, pero especialmente por sus dos actores protagonistas, el ya mencionado McConaughey y Ryan Phillippe, al igual que por los afilados diálogos de un guión que, eso sí, acaba con una carambola final difícil de digerir. A pesar de ese detalle, que no tiene en realidad tanta importancia (y que seguro que también tendrá sus defensores) y de algún que otro personaje que no queda tan bien perfilado como debería, El inocente es una notable película. No llega a ser lo que quizá pretendía, una reinvención contemporánea de uno de los géneros más viejos del cine (sobre todo norteamericano), pero indudablemente ofrece un buen rato.

McConaughey tuvo su momento de auge en los años 90, cuando trabajó con directores como Joel Schumacher (Tiempo de matar), Robert Zemeckis (en la infravaloradísima Contact) o Steven Spielberg (para la injustamente denostada Amistad), pero siempre fue más estrella que actor. El inocente supone para él la oportunidad de demostrar lo contrario. Oportunidad que aprovecha, por lo que no es absoluto descabellado decir que aquí ofrece su mejor interpretación hasta la fecha. Sabe darle a su personaje, un abogado poco convencional, el toque arrogante de la primera mitad de la película, el aroma del miedo que le asoma mediado su metraje y la humanidad con la que concluye el relato. Su personaje es, quizá, la puerta con la que Brad Furman, un director sin demasiadas credenciales previas, intenta reinventar el drama judicial, casi siempre protagonizado por abogados de profundas y nobles convicciones. Sin desvelar mucho sobre la trama, ese no es el caso de esta película y su protagonista.

Ryan Phillippe recupera los tonos más oscuros de su personalidad como actor (para entendernos, en las antípodas de su personaje en Banderas de nuestros padres, de Clint Eastwood) para dar una más que acertada réplica a McConaughey. El reparto en general (fantástico y sorprendente William H. Macy, muy adecuados Josh Lucas, John Leguizamo, Michael Peña o Frances Fisher) se configura como el mejor vehículo para dar vida a un guión lleno de ritmo y grandes diálogos. Quizá haya una carta que desplome el castillo de naipes, y es el personaje de Marisa Tomei, algo más desdibujado en el guión. Sus apariciones son demasiado forzadas, sus desapariciones más difíciles de entender. La actriz poco puede hacer para salvar lo que en el guión queda cojo, y sabe a poco prescisamente por las buenas y recientes actuaciones que había ofrecido en películas como la incomprensiblemente casi desconocida Antes que el diablo sepa que has muerto (la última película antes de morir del gran Sidney Lumet, impresionante testamento cinematográfico) o la sobrevalorada El luchador, de Darren Aronofsky.

En contra de la película juegan el en apariencia descabellado y seguramente innecesario giro final y la realización cámara en mano, síntomas ambos de una modernidad que obliga a buscar el más difícil todavía y que se ha olvidado de que el clasicismo a la hora de escribir o a la hora de rodar puede funcionar igual de bien que el rupturismo vanguardista cuando así lo requiere el guión o el tono de una película. Quizá eso lo aprenda Furman según vaya sumando películas a su por ahora reducida y desconocida filmografía. A favor de El inocente, además de los actores y del guión (y más que el guión, los diálogos, rápidos, frescos y ágiles), suma el más que interesante prisma divergente que ofrece en los flashbacks, contados desde el punto de vista de diferentes personajes. Eso sí le da a la película una frescura inusual en este tan manido cine de abogados, más incluso que la personalidad del abogado protagonista, aunque ésta también sea bastante inusual en películas de este estilo.

El inocente (un cambio completo, y quizá no demasiado afortunado, con respecto a las intencioens del título original, The Lincoln Lawyer; hace referencia en el coche en el que se mueve el abogado, pero la verdad es que la película no da demasiados motivos como para que esa mención sea relevante) es una buena película. No alcanzará la cúspide de un género que acumula un buen puñado de obras maestras, pero sí garantiza un muy buen rato delante de la pantalla. Sin ser un menosprecio a sus responsables, que no hacen un mal trabajo en absoluto, uno no puede evitar que le venga a la mente lo que esto habría sido en manos de directores como el mencionado Sidney Lumet o con actores como Henry Fonda. Y entonces caigo en que ambos hicieron 12 hombres sin piedad. Desde luego, las comparaciones son injustas. Necesarias para entender el nivel de cada película, pero muy injustas. Porque El inocente, hecha en otra época, quizá hubiera estado mejor valorada que hoy en día. Aunque sólo sea por eso, se merece una oportunidad.

jueves, junio 16, 2011

'Código fuente', una formidable reflexión humana con evoltorio de ciencia ficción

La irrupción en el cine de Duncan Jones es una de las mejores noticias que ha tenido la ciencia ficción en años. Moon obligó a mirar hacia este director al que muchos le colocaron otra etiqueta, la de "hijo de" (Davd Bowie en este caso), antes de ver su trabajo. Pero él empezó desde abajo, con una producción modesta y terriblemente imaginativa. Código fuente es su segundo largometraje y el primero que hace ya insertado en la maquinaria de Hollywood. Y es una continuación fluída del cine que le gusta hacer a Jones. Trata temas similares, tiene una construcción temática y argumental en línea con su primera película, aunque ahora cuente con actores conocidos y con un aspecto, digamos, más comercial. Código fuente es un muy buen thriller de ciencia ficción, con algún que otro altibajo pero con mucho que recordar en su interior. Y, sobre todo, es la garantía de que la tercera película de Duncan Jones merecerá la misma atención que las dos primeras. Se lo ha ganado con estos dos notables y muy entretenidos ejercicios cinematográficos que ya nos ha dejado.

Volvemos a estar ante una de esas películas de las que conviene tener muy poca información antes de sentarse ante la pantalla. Caemos constantemente (distribuidoras y medios de comunicación los primeros) en el error de adelantar sucesos de los argumentos de las películas y con eso lo único que conseguimos es machacar la sensación de sorpresa, tan buscada como necesaria en la construcción de una película. Por el bien del espectador, es mejor ni siquiera ver el trailer, porque el arte de construirlos pasa por un momento radicalmente nefasto, en el que su labor es la de destripar la historia, con el único cuidado de no mostrar el final (ni que eso fuera lo más importante en el cine), más que la de convencer al espectador de que pague una entrada. No sé si es el caso de Código fuente, porque no he visto el trailer, pero imagino que sí, que avazará demasiado sobre la película. Eso mata el suspense, mata la intriga, pero también mata la narración del cineasta. Y aquí esa narración es muy poderosa, porque Duncan Jones sabe en todo momento lo que hace. Sabe dónde colocar la cámara, sí, pero sobre todo sabe lo que quiere contar en cada escena.

Eso, que ya había quedado demostrado en Moon, le convierte en un cineasta de primer nivel, aunque muchos desprecien los envoltorios de ciencia ficción en que hasta ahora se ha desenvuelto y le renieguen su condición de cine puro. Código fuente es una historia de ciencia ficción, sí, eso es indudable, pero por encima del género al que aparenta pertenecer se trata de una película de relfexión humana. Como Moon, por cierto. Tenemos a un personaje condenado a comprenderse y con él Jones coloca a los espectadores en la tesitura de decidir qué haríamos nosotros en su lugar, cómo lo haríamos, qué riesgos (personales y sociales, que no físicos, aunque también la historia habla de ellos) estaríamos dispuestos a correr por conseguir algo. Y es una película que habla sobre la fe (no religiosa; quizá encajaría más el término "confianza", pero "fe" le da un toque más profundo, que es el que en realidad quiere darle Duncan) como motor de nuestras acciones. Todo eso, contenido en el guión original de Ben Ripley (si esto lo escribe alguien que ha guionizado dos entregas videográficas de Species, ¿quién dijo que Hollywood no tiene ideas?), se eleva a un estadio mayor gracias a Jones.

A Jones y a sus actores. Fantástico cásting, acertado en todos sus niveles. Jake Gyllenhaal sabe darle a cada papel lo que necesita, es más camaleónico de lo que aparenta y entiende las motivaciones de este personaje. Mueve y conmueve, lo que es mucho decir. Michelle Monaghan será para algunos sólo la chica bonita de la película. Pero no lo es. Sí es muy fotogénica (y de eso se vale Jones con maestría para construir diálogos entre su película y el espectador), pero bajo la apariencia de un papel más secundario, tiene una capacidad de mover la historia muy convincente. Y entre ambos hay una química magnífica. Como también con Vera Fermiga (que ya apuntaba muy alto desde que la vi por primera vez en Infiltrados), que se suma al placer de ver (y escuchar en versión original, por favor) a un apasionate Jeffrey Wright (secundario en La joven del agua o los dos últimos James Bond (Casino Royale y Quantum of solace). Ellos, como el director, entienden que la película se mueve en parámetros mucho más profundos que una entrenida película de ciencia ficción. En sus miradas, en sus gestos, también en sus palabras, se encuentra el eco de lo que quiere contar en realidad la película.

Quizá el guión adolece de una mejor y mayor motivación en el villano que mueve la historia, pero eso acaba siendo lo de menos en Código fuente. A Duncan Jones, además, hay que agradecerle que entienda perfectamente el lenguaje cinematográfico. Cuenta lo que quiere contar y no lo alarga innecesariamente ni por hacer alardes del espectáculo que presenta. Las suyas, con mayor o menor grandilocuencia visual, son historias intimistas. Esta lo es. Código fuente va sobre amor y sobre fe. Y dura 93 minutos. No tenía por qué durar más. Pero si ponemos alguna pelea a cámara lenta, más planos de explosiones, y escenas repetitivas y redundantes, nos vamos a las dos horas sin ningún problema. Como en demasiadas películas actuales. Y el tempo narrativo Duncan Jones lo domina, porque dos películas con esa elegancia narrativa ya no son casualidad. y hacen que el nombre de este director figure ya en el de los tipos que se han ganado un reconocimiento. Ya tengo ganas de saber cuál será su tercera película, porque si profundiza en este particular y personal universo que está creando tiene que ser otra pequeña maravilla. Como Moon. Como Código fuente.

martes, junio 14, 2011

'Caballeros, princesas y otras bestias', un título de lo más adecuado

Si uno ve que una película se llama Your Highness, igual corre el riesgo de pensar que puede esconder algo digno. Si uno, en cambio, ve esa misma película con el título Caballeros, princesas y otras bestias, no le queda más remedio que comprender que lo que está a punto de ver es algo terrible. Pero, claro, si ese mismo espectador ve en el reparto nombres como los de James Franco o Natalie Portman puede pensar que igual no es tan malo el espectáculo que va a presenciar. Error. Craso error. Caballeros, princesas y otras bestias es horrible, una parodia sin gracia que sólo sabe encadenar sin ningún sentido chistes de índole sexual. Uno tras otro. Uno tras otros. Inagotables al desaliente. Y el siguiente con menos gracia aún que el anterior. Y, sí, con Natalie Portman, James Franco y otros actores de cierto prestigio paseando por este desaguisado sin pies ni cabeza en el que sólo cabe esperar que se lo hayan pasado estupendamente durante el rodaje para entender cómo se han metido en este proyecto. Esta vez es obligado dar las gracias a los traductores españoles por avisarnos. Me uno al aviso.

La fantasía es un género que da mucha libertad para introducir elementos cómicos. Hasta la más seria, como El Señor de los Anillos (o incluso Star Wars), se permite la introducción de elementos que provoquen la risa o la carcajada del espectador, para aliviar la tensión dramática y encontrar momentos de paz entre la acción. Si hablamos de fantasía medieval, como es el caso, me vienen a la cabeza títulos tan inolvidables como Willow o La princesa prometida, que hacían del humor una herramienta más para maravillar al espectador. Su humor era variado, a veces simple, a veces más agudo. Lo que Caballeros, princesas y otras bestias intenta hacer es parodiar ese aspecto del género (hasta aparece un pájaro mecánico que, se supone, quiere hacer referencia a la original Furia de titanes). La acumulación de gags es tan torpe como grosera, pues la comedia moderna parece haberse olvidado de que hay más formas de hacer reír que el típico, tópico y manido tema del sexo, tan tópico ya que sobrepasa los límites de lo desagradable buscando parecer políticamente incorrecto. Que haya media docena de chistes en la película sobre el miembro viril de un minotauro pueda dar una idea de por dónde van los tiros.

La excusa para montar este horrendo show de chistes sexuales está en una fantasía medieval. Fabious (James Franco) y Thadeus (Danny McBride) son dos hermanos. El primero es el perfecto caballero, valiente, aguerrido y atractivo. El segundo es un cobarde y holgazán que sólo quiere disfrutar de los placeres de la vida pero está acomplejado por los logros de su hermano. Fabious vuelve de una sus cruzadas con una mujer, su futura esposa (Zooey Deschanel), pero, como es de esperar, es raptada por un mago (Justin Theroux). Los dos hermanos partirán en su busca y por el camino encontrarán a una mujer (Natalie Portman) que completa la colección de tópicos. Dirige David Gordon Green, cuyo mayor éxito hasta la fecha es Superfumados. Y que McBride, que coincidió con el director y con James Franco en la mencionada Superfumados, ejerza de productor y guionista da una idea de lo que se pretende en Caballeros, princesas y otras bestias. Ver el pobrísimo nivel visual de la película en casi todo, desde el vestuario hasta los efectos visuales, también ayuda a ponerse en situación.

Como los únicos gags posibles en esta película son los sexuales, es evidente que Natalie Portman se despojará en algún momento de la ropa. Pero ya lo hemos visto en el trailer (entonces hubo cierta polémica porque digitalmente se modificó el tanga que lleva en la escena para que hubiera más tela y menos carne), así que no encontrará nadie ahí un motivo para perder el tiempo. La verdad es que decepciona que Portman, después de la prodigiosa interpretación de Cisne negro, haya juntado una inane comedia romántica (Sin compromiso), un limitado drama (El amor y otras cosas imposibles) y este invento. La frase "del ganador de un Premio de la Academia" que tanto gusta decir en los trailers aquí encuentra un motivo de sonrojo. Por Natalie Portman y también por James Franco (nominado por 127 horas), quien parece tomarse la película como una continuación de la gala de los Oscars que presentó hace pocos meses. E incluso por Toby Jones (hizo un Truman Capote brillante en Historia de un crimen) o Damian Lewis (uno de los protagonistas de la magnífica serie Hermanos de sangre). Nadie encuentra aquí su lugar, ni siquiera dentro de la parodia más incontrolada, aunque intuyo que McBride estará satisfecho.

¿Y qué se puede decir bueno de Caballeros, princesas y otras bestias? Pues más bien poco por no decir nada. Yo, al menos, no encontré el más mínimo motivo para reírme en una comedia que llega hasta los 100 minutos. Supongo que con eso queda todo dicho. No hay nada original en el planteamiento ni el desarrollo, los actores no son creíbles, los efectos visuales son de andar por casa. Diciendo todo eso, no me extaña lo más mínimo que la película haya costado 50 millones de dólares y apenas lleve recaudados 22. Mejor pensado, es asombroso que esta película haya costado 50 millones de dólares. Será que los actores sí hicieron un buen negocio en este proyecto después de todo. Negocio económico, claro, porque lo que es la imagen queda por los suelos. Igual vale como película de videofórum de amigotes salidos. Pero en cualquier otro ámbito se me antoja imposible que encaje esta Caballeros, princesas y otras bestias. De nuevo, gracias por el clarificador título.

sábado, junio 11, 2011

'X-Men. Primera generación', muchos aciertos notables, algunos errores notables

Lo que Matthew Vaughan mostró en Kick-Ass no alimentaba demasiadas esperanzas, como tampoco algunas de las decisiones del casting de personajes de esta X-Men. Primera generación, pero lo cierto es que el resultado final es notable. Notable en buena parte de su metraje y, sobre todo, en un formidable climax, maravillosamente bien resuelto y con un final abierto de esos que hacen desear que esta entrega sea el comienzo de una fructífica saga. Pero, también hay que decirlo, con notables errores, tanto en la narración como, confirmando los temores previos, en la elección de algunos de los miembros de esta primera generación de mutantes. La película trata de ser continuista con la saga ya conocida, iniciada por Bryan Singer, pero al mismo tiempo quiere ser un nuevo comienzo. Es un difícil equilibrio del que esta nueva entrega no siempre sale triunfante, pero el conjunto es una magnífica película de aventuras, con buenos toques sociales y políticos, con algunos personajes muy bien perfilados y magníficas secuencias tanto de acción como de diálogo. Merece la pena.

Quizá lo mejor que se pueda decir de esta película para llamar la atención de nuevos espectadores es que no hace falta conocer absolutamente nada de la mitología de los mutantes de Marvel Comics, ni siquiera las tres películas anteriores (en beneficio de la saga, olvidaremos Lobezno), para seguir con interés la trama. Sólo hay dos detalles que podrían pasar desapercibidos a quien no tenga conocimientos previos: el comienzo de la película, sorprendentemente calcado al del primer X-Men de Singer, y los acertados cameos de dos de los actores que participaron en la trilogía previa (esta vez, y a diferencia de otras películas Marvel, no aparece el creador de los personajes, Stan Lee). El mayor acierto es colocar la trama en la época de la guerra fría, un momento histórico, político y social que da una especial relevancia al inicio del conflicto entre humanos y mutantes, cuyos primeros pasos se ven aquí. A los viejos aficionados al cómic, no obstante, les sorprenderá comprobar qué mutantes aparecern y de qué forma se explican muchas cosas sobre su historia. Eso es difícil de encajar, de hecho, porque la selección parece aleatoria en muchos casos, sin justificación dramática alguna (¿Banshee aparece sólo por la escena del sónar...? ¿La Bestia sólo por ser azul...?).

X-Men. Primera generación parece planteada como la película de Charles Xavier (James McAvoy) y Erik Lehnsherr, futuro Magneto (Michael Fassbender), pero el primero pierde peso ante un imponente Fassbender (sin duda, el mejor actor de la película, formidable su versión del antagonista más clásico de los X-Men del cómic, a la altura y a la vez diferente del Ian McKellen de las películas de Singer) y ante el villano de la función, Sebastian Shaw (Kevin Bacon). El acierto de ambos es componer figuras dramáticas espléndidamente dibujadas sin necesidad de caer en el clásico histrionismo que se le suele dar a los villanos. La secuencia final en la que ambos se enfrentan es simple pero antológica, de lo mejor que se ha rodado nunca en el cine de superhéroes. McAvoy, en cambio, tiene grandes momentos y otros en los que no termina de fraguar como Profesor X (en uno de ellos, sorprende la elección de Vaughn de colocar en recuadros -¿viñetas?- los momentos de adiestramiento, cuando es una fórmula con la que ya fracasó Ang Lee con Hulk), lejos de la templanza y el buen hacer de Patrick Stewart en la serie cinematográfica original. Al final son Shaw y Magneto, y no Xavier a pesar de su indudable protagonismo de la película, quienes marcan el ritmo narrativo y el pulso de la historia.

Hay algunos notables errores de esos que arruinan la magia de la fantasía en el cine, desde trucajes visuales simples (el imposible vuelo de Banshee con una mano ocupada) y alguno que otro en el guión, que tienen que ver con el manejo del tiempo y, de nuevo, con la elección de los personajes. Poner dos mutantes con poderes mentales en la película hace que ambos se resten protagonismo y capacidad. Emma Frost (interpretada fríamente por January Jones) al final se queda como figura decorativa (y con escaso e insinuante vestuario), como un personaje sin desarrollar cuando su potencial es tremendo. A pesar de todo, tiene parte en una de las mejores escenas de la película, la que sucede en la mansión de un general soviético con la participación de Erik y Xavier, una escena que sirve especialmente para marcar el futuro antagonismo de ambos (el que se fragua, por cierto, en una mucho más tranquila escena delante de un tablero de ajedrez que evoca el duelo entre Patrick Stewart e Ian McKellen al final de la primera X-Men) y, cabe suponer, tendrá mayor protagonismo en futuras secuelas si las hay. Jennifer Lawrence (nominada al Oscar este año por Winter's bone) compone una Mística más que interesante, muy por encima de sus compañeros juveniles de reparto.

Lo que convence de Primera generación es su carácter aventurero, casi a lo James Bond en algunos momentos (aunque, por supuesto, aderezado con las notas fantásticas que permiten unos poderes sobrehumanos), su gran imaginería visual sin llegar a ser dependiente del trabajo de efectos especiales (que en algunas escenas son muy buenos y que en otras parecen casi dibujos animados, como en la primera gran manifestaciones de los poderes mutantes de un joven Erik nte Shaw) y su trasfondo capaz de generar un generoso debate sobre muchas cuestiones. Todo está bien entrelazado en un guión escrito por cuatro personas (entre ellos el propio Vaughn) basándose en una historia de Sheldon Turner y Bryan Singer (de ahí, seguramente, la amplia conexión temática con las anteriores películas, de las que sirve como precuela aunque no del todo), aunque con algún agujero demasiado visible que, además, va contra la continuidad conocida del cómic. Los cambios funcionan en algunos casos (la escena final en la playa), pero en otros, como decía más arriba, parecen aleatorios y sin motivo aparente.

En conclusión, una espléndida película de mutantes, de aventuras, de cómic y de confrontación social, quizá más irregular en su conjunto que las dos primeras X-Men de Singer pero cuyos mejores momentos superan con creces lo visto hasta ahora en las películas sobre los mutantes de Marvel. El impactante final, en el que Fassbender pide a gritos una película con protagonismo absoluto, hace augurar una nueva saga de gran calidad. Ojalá lo sea.

jueves, junio 02, 2011

'Sin límites', interesante pero...

No es fácil evaluar una película como Sin límites. Por un lado, es una historia prometedora que cuenta con interesantes hallazgos visuales. Por otra, tiene algunos notables agujeros en su guión y serios problemas en cuanto a sus intérpretes. Interesante, pero sabe a poco. Parece una película alargada demasiado, que no daría más que para un episodio de media hora de una serie de misterio y fantasía, pero al mismo tiempo es corta y de ritmo frenético (visual y narrativo, porque no hay apenas escenas de acción). Parece una historia con gancho, pero analizar fríamente lo que sucede en la pantalla puede provocar dudas morales en el espectador. Los actores no trabajan mal y hay muchos rostros conocidos, pero los hay que saben a poco y los hay que no parecen los ideales para el papel. Y, así, la sensación que queda tras haber pasado algo más de hora y media de entretenimiento es de cierto vacío. Lo dicho, difícil de evaluar. Seguro que hay gente que adora esta película y gente que la detesta.

De una forma que no viene a cuento relatar, un escritor fracasado (Bradley Cooper) descubre una droga en forma de pastillas que le permite explotar al máximo su cerebro, lo que le lleva, de forma sobrehumana, a adquirir todo tipo de conocimientos científicos y sociales que sólo mantiene si mantiene una dosis diaria de esa pastilla. Es decir, que una vez tomada la droga en cuestión, tan fácil le será al sujeto aprender italiano como saber en cada momento que movimiento tiene que hacer para vencer en una pelea contra seis personas. Neil Burger afronta su primera película no escrita por él, la cuarta de su filmografía (en la que destaca El ilusionista, su preciosista historia de magos, que se estrenó casi al mismo tiempo que El truco final. El prestigio, de Christopher Nolan). Pero, al mismo tiempo, es una película producida por su protagonista, Bradley Cooper. En la mezcla de ambas cosas hay que encontrar la causa de que sea una película muy reduccionista en el universo que plantea, demasiado centrada en un solo hombre y carente de credibilidad en cuanto a la existencia de un mundo que le rodea.

Bradley Cooper (Resacón en Las Vegas, El equipo A) no parece el actor adecuado para dar vida al desangelado y fracasado personaje del comienzo de la película. Él mismo, en la voz en off, se sorprende de verse así de desastrado en el inicio del filme. Y eso, que no es una broma interna sino una frase seria en el guión, parece un indicativo de lo que está por venir. Cooper tiene la etiqueta "triunfador" escrita en la frente. No parece creíble en ningún momento en el que no tiene la mencionada píldora que da poderes casi sobrehumanos a quien la ingiere. En cambio, sí encaja como hombre de éxito, como drogadicto de élite, como un hombre de clase alta. Ese desnivel entre una y otra parte de la interpretación lastra incluso alguno de los hallazgos de Sin límites, que están en el apartado visual, en la diferente iluminación del mundo visto a través de los ojos de un hombre con miedos y dudas o con la seguridad que le da la pastilla. Ahí es donde más se puede disfrutar de la película, en los bruscos y notables contrastes visuales, en la nueva visión que abre la pastilla (escenas subrayadas con música potente y machacona).

Para equilibrar la balanza, Cooper necesitaría un reparto solvente detrás. Y el caso es que lo tiene. Pero, al mismo tiempo, carece de él, por cuestiones de guión pero también por temas interpretativos. Porque, claro, ¿quién mejor que Robert De Niro para dar la réplica? No puede haber nadie... salvo que Robert De Niro hace mucho que no es Robert De Niro en el cine. No es que esté mal, ni que, ni mucho menos, dé la misma lástima que desprende cuando se convierte en una triste caricatura de sí mismo (Machete me viene a la cabeza), pero tampoco es Robert De Niro. De hecho, en la última escena de la película cabe preguntarse si sigue siendo el mismo actor que maravilló en películas como Taxi Driver, Toro Salvaje, Heat, Uno de los nuestros, Despertares, La misión y tantas otras. La réplica femenina apenas tiene protagonismo, porque todo lo que sucede en pantalla lo absorbe Bradley Cooper. Abbie Cornish, en cualquier caso, está bastante menos creíble (y eso es digno de analizar) que en la menospreciada Sucker Punch. Correcta, como todo el reparto, pero lejos de lo que necesita la película para crecer.

Las dudas temáticas que ofrece no son fáciles de debatir si no se ha visto la película (salvo que se quiera destriparla). Van sobre el modelo de triunfador de la sociedad actual, sobre qué haríamos con nuestra vida si lo tuviéramos todo a nuestro alcance, sobre las consecuencias de nuestros actos. Sin límites da para muchos debates, porque son muchas las circunstancias a las que tiene que hacer frente el protagonista en la película. Eso es otro gran punto a favor, que deja sobrados elementos para conversar tras ver la película. Pero, ojo, porque moralmente es un filme que camina por la fina frontera entre la sugerencia y la moralina, con lo que corre el riesgo de ofender a los más susceptibles en algunas de sus conclusiones. Porque ya lo creo que hay conclusiones, aunque hay muchos interrogantes y no todos reciben respuesta. Pero puede que sus responsables no hicieron esta película para pensar en esos detalles y, quizá, sólo crearon un divertimento pasajero. En eso triunfan razonablemente bien, pero...

lunes, mayo 30, 2011

'Thor. Tales of Asgard', decepcionante animación

Tras el estreno del Thor de Kenneth Branagh, llega este Thor. Tales of Asgard, una película de animación dirigida al mercado de vídeo. Y las expectativas eran altas en ambas. Branagh cumplió de forma notable. Esta cinta de dibujos animados, no. Y no cumple porque no se ha creído en el material. Los diseños no son malos, la historia es sencilla pero podría ser efectiva ante un público no demasiado exigente, al menos a los ojos de los aficionados al personaje de Marvel Comics. Pero es que el resultado es muy pobre técnicamente hablando, peor que bastantes series de televisión de dibujos animados, por debajo de otras películas de Marvel como Iron Man el invencible o Planet Hulk y, sin lugar a dudas, a años luz de la narrativa de los títulos de dibujos animados que ha desarrollado en los últimos años la competencia, DC Comics (a pesar de que estos también tienen ciertas limitaciones en cuanto a su trabajo de animación). Thor. Tales of Asgard se queda como un sencillo quiero y no puedo que sólo servirá a los completistas del género.

Thor es un adolescente arrogante y creído. En la edad del protagonista ya tenemos el primer punto de conflicto con lo que nos gustaría ver. Y es que hay una cierta manía en la ficción popular en convertir a los personajes más populares en adolescentes e incluso niños. No es mal experimento, y puede encajar en un capítulo de una serie de televisión con la misma facilidad que en una serie de cómics, pero chirría si estamos ante un único disparo para hacer llegar una historia al público, como es una película dirigida al mercado de DVD y Blu-Ray. Imagino que la razón de hacer perder años a Thor es para guardar distancias con respecto al filme de Branagh y que el público no piense que es un simple intento de ganar dinero a costa del esfuerzo de aquella película. Pero, al final, es exactamente lo que parece. De hecho, es difícil no ver en Tales of Asgard una especie de precuela de lo que vimos en el cine hace pocas semanas. Aparecen casi los mismos personajes y se hace lo posible para que sus personalidades encajen, aunque aquí parecen más planas que en el largometraje de acción real. Mala señal, porque suele ser al revés.

La simplificación de los personajes es total. Pero hay dos cosas que destacan en esa maraña de convencionalismos, héroes y secundarios cómicos. Por un lado, la primera escena de la dama Sif, que mejora con mucho la presentación del personaje que se vio en la película de Branagh y hace preguntarse por qué parece tan imposible que un personaje femenino encabece una buena película de este género. Por desgracia, su parte buena se queda ahí, en la primera escena. Su participación en el resto del largometraje de animación es pobre y tópica, hasta el punto de aparecer y desaparecer del plano a conveniencia. El otro punto destacable es el final en la película de Loki. Ahí se astisba ya al maquiavélico dios de la mentira que conocemos del cómic. El resto es lo previsto, héroes muy heróicos, secundarios cómicos muy cómicos, diseños muy espectaculares, cameos inevitables y un intento de acción a gran escala que queda frenada, insisto, por la pobreza de la animación, que cercena toda posibilidad de que esta entretenidilla película avance hacia el gran espectáculo que, sin duda, se intuye en las páginas del guión.

Quizá es demasiado castigo a los aficionados del personaje que Thor nunca llegue a empuñar su conocido martillo o portar su casco alado. Sin sus señas de identidad, el personaje de Thor queda en una situación de debilidad que puede hacer que los espectadores marquen distancia. La historia, desde luego, no merece tanto castigo porque cumple con su función de entretener, aunque deje puntos sin explorar que tampoco habían aparecido en la película de acción real como la presencia de la Encantadora (una retorcida mujer que da enseñanzas de magia a Loki). Hasta el clímax final, donde sí es fácil meterse de lleno en la película y disfrutarla, la floja animación distrae bastante (y es una pena que el flashback con la pelea entre Odín y Surtur no sea todo lo espectacular que merecería), pero Thor y su mundo de dioses merecen mucho más que este pequeño, irregular y limitado intento animado. Los completistas la disfrutarán. Los seguidores no demasiado exigentes de Thor, también. Pero para quienes no conozcan esta mitología es mucho mejor puerta de entrada la película de Kenneth Branagh. Indudablemente.

miércoles, mayo 11, 2011

Entrevista con Jaume Collet-Serra, director de 'Sin identidad'

Entrevistar a alguien como Jaume Collet-Serra es un placer. Y lo es porque es un placer hablar con él sobre cine. Se nota que sabe lo que dice, que se ha empapado de cine. Se nota que disfruta con su trabajo. Y deja muy claro que le encanta trabajar con gente que sabe más que él. Sin identidad me gustó mucho y ahora, tras conversar con él durante casi media hora es fácil comprobar el por qué. Collet-Serra sabe que la promoción forma parte de ese trabajo que ha escogido, que su labor no termina cuando la película llega a los cines y por eso cuenta detalles interesantes. Y sabe que en España lo habría tenido prácticamente imposible, y por eso cogió la mochila y se marchó a Estados Unidos con 18 años con el fin de aprender cine, de abrirse camino en Hollywood y de ir acercándose a las películas que le gustaría hacer. Sin identidad confirma que va por el buen camino.

En la conversación que mantuvo con un grupo de periodistas entre los que me incluía, Collet-Serra nos habló del rodaje de Sin identidad, de su trabajo con actores de la talla de Liam Neeson, Frank Langella o Bruno Ganz, de sus futuros proyectos (incluyendo una nueva versión de Dracula), del cine que le hizo adorar el séptimo arte y de cómo ve esta industria en estos momentos. Lástima que sólo fueran 25 minutos, porque queda la sensación de que este hombre tiene mucho que decir. Y si lo sigue diciendo en sus próximas películas con la misma claridad y buen hacer con el que habla en Sin identidad, me tiene garantizado como espectador. La entrevista completa la podéis leer en Suite 101.

lunes, mayo 09, 2011

'Destino oculto', entretenimiento asegurado... y algo más

Decir que Philip K. Dick es un escritor de ciencia ficción con una bibliografía muy apta para dar el salto al cine es algo que ya no puede sorprender a nadie. Destino oculto (lamentable título español, por cierto, de The adjustment bureau traducible como El departamento de ajustes) es la última película basada en uno de sus relatos. Y, como tantas otras, desde Blade Runner a Minority report, pasando por Desafío total (que está a punto de conocer un remake), es un producto que ofrece un entretenimiento seguro, siguiendo unos patrones tan solventes como reconocibles. Pero Destino oculto no es sólo eso. Hay más detrás de su aventura a medio camino entre la fantasía y la ciencia ficción. Y lo que hay es lo que tiene que ofrecer siempre una buena historia de género: motivos para la reflexión y para el debate posterior. No hay respuestas, pero sí preguntas. Y eso, si estamos hablando de una película de Hollywood que muchos verán sólo como un vehículo para comer palomitas, siempre deja un regusto muy dulce.

Destino oculto, aunque parezca mentira por lo que en realidad parece ser, es una fábula. Con una hermosa (y, quizá por eso, casi imposible) historia de amor en el primer plano y con un envoltorio de thriller, pero una fábula al fin y al cabo. Nuestros protagonistas son un político (Matt Damon) que aspira a ser senador por Nueva York (viendo cómo está la política, su personalidad quizá sea lo más inverosímil del filme) y una bailarina clásica (Emily Blunt) que se conocen de la forma más insospechada y que se enamoran a primera vista. A su alrededor, sin que ellos lo vean al principio, se mueven fuerzas que conspiran para que sucedan cosas. O para que no sucedan. Nuevamente, contar más supone alterar el orden en que los responsables de la película quieren que nos llegue la información, pero sí se puede decir que la historia se mueve en torno al libre albedrío, al destino y a lo que estaríamos dispuestos a hacer si supiéramos las consecuencias que pueden tener nuestras acciones. Fascinante debate para después de haber visto la película, por supuesto.

George Nolfi debuta en la dirección con Destino oculto. También se ha hecho cargo del guión, campo en el que tiene algo más de experiencia, aunque no mucha, y siempre en thrillers (El ultimatum de Bourne, Ocean's twelve). Y quizá sea en su labor detrás de la cámara donde se note algo la inexperiencia, donde este relato con muchas posibilidades no alcanza la maestría de Steven Spielberg, Ridley Scott o incluso Paul Verhoeven (quizá sólo reconocida con justicia en el Blade Runner de Scott) en la adaptación de escritos de Philip K. Dick. Pero, aún así, es más que solvente en las dos labores. En la dirección cuenta con un respaldo magnífico, que es el buen trabajo de su reparto, que es capaz de esconder algunas de las carencias del filme. Ni Matt Damon ni Emily Blunt se enfrentan al papel de sus vidas, pero ofrecen una química espléndida y, sobre todo, una verosimilitud, una sencillez y una humanidad que hace despuntar la película. Ellos, junto con la poderosa aparición de Terence Stamp, sostienen con fuerza Destino oculto.

Por supuesto, como en toda buena película de género, hay cuestiones que ponen en duda el universo de naipes levantado para construir la historia. Cuestiones que exigen un salto de fe por parte del espectador y que, si se da (y no es difícil darlo porque la narración engancha desde el principio), permite un disfrute muy amplio de la película. Como ejercicio cinematográfico, Destino oculto destaca por el espléndido uso de las elipsis temporales, conveniente aunque innecesariamente anunciadas en pantalla, pues Nolfi demuestra habilidad para no perder al espectador en la narración incluso sin alertarle del tiempo en que se mueve. Un gran sentido del ritmo en las escenas de persecución (no sería un relato de Philip K. Dick si no hubiera al menos una buena persecución) y en el montaje de la película (las sorpresas y las explicaciones se dosifican muy bien a lo largo del metraje, incluso tardando en aparecer), además de unos adecuados trucajes visuales completan el notable cuadro de Destino oculto.

Es evidente que los aficionados al género y los seguidores de Philip K. Dick esperan mucho cada vez que se anuncia una película basada en uno de sus relatos. Y, obviamente, Destino oculto no llega a las cotas de otros títulos anteriores como la infravalorada Minority report o la inolvidable Blade Runner. Si estamos buscando la obra maestra definitiva, no la encontraremos aquí. Pero si lo que queremos es una honesta y bien rodada aventura de fantasía y ciencia ficción, con actores carismáticos capaces de generar mucha empatía en el espectador (tanto en los momentos buenos -la hermosa y realista escena del autobús- como en los malos -la triste salida del hospital o la representación de danza previa a ese momento-) y un interés creciente en ver cómo se resuelve un misterio, aquí sí tenemos un producto casi perfecto. Da gusto encontrarse con propuestas como ésta en el mundo de la fantasía. No es el colmo de la originalidad, eso no, pero está tan bien hecha y llega tan fácilmente al espectador, que es difícil encontrarle pega alguna.

jueves, mayo 05, 2011

'Sin identidad', modélico y trepidante thirller

Hay cientos de películas con un protagonista que duda de su identidad, que tiene todo en su contra y que encuentra insospechados aliados por el camino para llevar a cabo una misión que no esperaba tener que cumplir. Un esquema que han tocado muy recientemente grandes como Scorsese (Shutter Island) o Polanski (El escritor). Y de vez en cuando hay algunos títulos que sobresalen en este manido género. Sin identidad es uno de ellos. No estamos hablando, obviamente, de Con la muerte en los talones, aunque no van los tiros muy desencaminados si pensamos en un referente temático y narrativo para Sin identidad, la última película del director español afincado en Hollywood Jaume Collet-Serra. Con un ritmo trepidante, un guión correcto y bien cerrado, y un reparto excepcional encabezado por el siempre magnífico Liam Neeson, Collet-Serra ofrece un thriller modélico, que entretiene desde la primera hasta la última escena tanto con lo que ofrece en pantalla como manteniendo ocupado al espectador intentando discernir los secretos que oculta en su trama. Y con una gran escena de persecución de coches.

Se tiende a contar demasiado de este tipo de películas, destripando buena parte del argumento antes de tiempo. Si la película está pensada para ir revelando poco a poco la información, ¿por qué reventarla ya desde el principio con su sinopsis? La trama comienza en Berlín, ciudad a la que llega un matrimonio. Él viene a participar en un congreso científico. De ella no sabemos nada más que está allí acompañando a su marido. Cómo se desencadena la trama es algo que merece la pena descubrir en la gran pantalla. A partir de ahí, lo que Sin identidad plantea es justo lo que indica su título (Unknown es el original), qué puede hacer un hombre para resolver un misterio en torno a su persona en una ciudad que no conoce, sin documentación, sin amigos, sin nadie que pueda confirmar que es quien dice ser, con todo en su contra. La duda entre la realidad por un lado y el sueño y la fantasía por otro se adueña de la película durante buena parte de su metraje, pero no es el verdadero motor de Sin identidad, pues el misterio es, en el fondo, sencillo. No hay nada en la película que haga pensar en trampas. Sólo una historia que se desarrolla. Y muy bien, por cierto.

Esto es así porque el reparto al completo se cree la historia tanto como su guionista (un casi desconocido Oliver Butcher) y su director, por rocambolesca que pueda parecer en algunos momentos y con los típicos pequeños errores que los más puntillosos siempre utilizan para desmerecer los muchos aciertos de una película. Liam Neeson es un gran actor y posee el suficiente carisma como para sostener por sí solo cualquier proyecto que se le antoje. Tiene las cualidades para parecer fuerte y desvalido casi con un simple cambio de plano, y eso le hace perfecto para este papel. Diane Kruger y January Jones le dan la réplica femenina, y si bien la primera parece ir mejorando con el tiempo (su primer papel importante fue Troya, donde estuvo más bien fría y demostrando sólo ser un precioso maniquí), January Jones (a la que pronto veremos en X-Men. Primera generación) se encuentra, quizá, con el aspecto más endeble de Sin identidad. Su personaje es el más deslabazado, en el que se concentran los mayores agujeros del guión y eso le impide destacar. Aidan Quinn y Frank Langella bordan sus breves papeles, más breve todavía en el caso de Langella. El primero es un actorazo que despuntó hace años y que ha pasado demasiado tiempo desaparecido. El segundo es un placer para la vista y para el oído.

Pero si el reparto cuenta con estos grandes nombres de Hollwyood, tampoco hay que desmerecer los actores europeos que forman parte de la película, encabezados por Sebastian Koch (La vida de los otros) y Bruno Ganz (el Hitler de El hundimiento). Todos ellos dan un lustre especial a esta película, que es capaz de mantener el suspense y la emoción durante sus casi dos horas de metraje. Tiene puntos álgidos, como la espléndida persecución en coche por las calles de Berlín (de las mejores que se han visto en el cine comercial de los últimos años; excepcional desde todos los puntos de vista), y el guión sabe moverse con la habilidad suficiente entre los momentos de menor ritmo narrativo, que no cansan, sino que actúan como momentos de paz antes de desatar de nuevo ese frenético avance de la historia que marca la película para bien. Porque no hay confusión, hay oficio y un muy buen trabajo de montaje. Eso es un mérito añadido en este género, que habitualmente hace trampas al espectador o agita demasiado la cámara y los efectos especiales para acabar perdiendo de vista la narración.

Lo cierto es que Sin identidad es toda una sorpresa, una muy agradable sorpresa, porque procede de un director que parecía especializarse, casi encasillarse, en el cine de terror, después de La casa de cera y La huérfana y el más que curioso paréntesis en su filmografía que supone una película como ¡Goool! 2. El nombre de Collet-Serra gana muchos enteros con Sin identidad, porque el thriller es un género que avusa de la repetición y de lo rutinario y ésta película no sufre ninguno de esos dos defectos. Al contrario, es una historia muy entretenida que avanza con naturalidad y lejos de esos fuegos de artificio que suelen ofrecer directores (y productores) con una reputación mucho más consolidada en el mundo del cine. Y si encima ofrece la oportunidad de pegarse el gustazo de ver a un reparto espléndido, Sin identidad se convierte en una de esas películas que merece la pena ver. Un notable gustazo.

sábado, abril 30, 2011

Más luces que sombras para un notable y entretenido 'Thor'

Ni la cúspide shakespeariana del cine de superhéroes ni el desastre que algunos esperaban y querían ver. Thor es una notable película de aventuras, una buena adaptación del cómic de Marvel y un interesante ejercicio de estilo de Kenneth Branagh. Tiene luces y sombras en el guión, también en el casting. Muchas más luces en el aspecto visual, aunque el 3D desvirtúa bastante el resultado final. En cualquier caso, la valoración es muy positiva, porque Branagh ensambla un entretenido cóctel de aventuras y fantasía que deja con ganas de más. Más de Thor, más de Asgard y más, sobre todo de los Vengadores (la insensata manía de salir corriendo de la sala casi antes de que termine la película, sin importar que se moleste descaradamente a otros espectadores, hace que la mayoría de los que han pagado una entrada se pierda una última escena al final de los títulos de crédito). Y si la sensación es de querer más, la conclusión es que el regusto que deja Thor es dulce y agradable, lo que lleva a perdonar los fallos que tiene. Al fin y al cabo, su misión es entretener.

Thor es el dios del trueno de la mitología nórdica, convenientemente adaptado para el universo Marvel por Stan Lee (otro gran cameo el suyo, atentos a la camioneta que intenta levantar el martillo), Larry Lieber y el gran Jack Kirby. Su adaptación al cine sólo podía hacerse con generosas dosis de grandiosidad. Asgard, hogar de los dioses, se ve con todo su esplendor y el gran acierto de la película en centrar el comienzo de la historia allí, en los reinos fantásticos de esta mitología. El camino fácil, y evidentemente mucho más barato de rodar, sería el que tantos otros personajes de ficción han seguido, enviarle directamente a nuestra Tierra para explotar las virtudes cómicas de colocar a un extraño en el mundo que conocemos. Pero Thor apuesta por otro camino y brinda unos tres cuartos de hora iniciales llenos de acción y efectos especiales, visualmente fantásticos (aunque las comparaciones en algún caso con El Señor de los Anillos seran inevitables... y siempre a favor de la aún no superada saga de Peter Jackson) y narrativamente interesantes. Es ahí donde se ve al Thor arrogante, ambicioso y belicoso, bien llevado por un actor limitado, Chris Hemsworth, pero que visualmente es perfecto.

En ese tramo de la película, después de un magnífico prólogo (y de una superflua escena inicial), es donde está lo mejor de Thor. Su relación con su hermano Loki (Tom Hiddleston) y con su padre Odín (Anthony Hopkins), el equilibrio de paz entre los reinos de Asgard y Jotunheim (gobernado por los gigantes de hielo), su amistad con la dama Sif (Jaimie Alexander; ¿alguien ha pensado que podría ser ella la heroína que permitiera a Hollywood por fin hacer una película de fantasía con una mujer como protagonista?) y los tres guerreros, Volstagg, Fandral y Hogun (Ray Stevenseon, Josh Dallas y Tadanobu Asano), y la visión del puente de arco iris que une los Nueve Reinos y el guardián que lo custodia, Heimdall (espléndido personaje y magnífica caracterización, aunque la elección de Idris Elba, un actor negro, para interpretar a un dios nórdico se quedé como un anecdótico, algo absurdo y conseguido intento de que se hablara de la película mucho antes de su estreno). Ver el esplendor visual que se alcanza en este tramo, el adecuado nivel de brutalidad en las luchas y la pasión en el retrato de personajes y escenarios hace anhelar una futura secuela en la que se narre la etapa que en el cómic de Walter Simonson llevó a Thor a visitar el reino de Hel (el equivalente nórdico del infierno), gobernado por Hela.

Con la entrada en escena de Jane Foster (Natalie Portman), el tono de la película se rebaja y se hace más cómico. Acertadamente cómico, por cierto, pero de ritmo más lento. La historia de amor no sólo era inevitable, sino que también se agradece, porque da más sentido a la evolución de Thor. Pero ahí es donde se empiezan a notar los fallos del guión de la película. Introducir demasiados elementos en dos horas de película suele conducir irremediablemente a que algunos queden desdibujados, y eso queda en evidencia con la batalla entre Thor y el Destructor (un gigante mágico de aspecto metálico que dispara unos poderosos rayos desde el rostro). Se desvirtúa con tanta facilidad a los otros asgardianos que ahí es difícil de creer el heroísimo sin medida de Thor y el carácter supuestamente invencible de su adversario. Del mismo modo, es absurdo transformar a Jane Foster desde la enfermera que es en el cómic a la científica que es en la película (triste pago de los tiempos políticamente correctos que corren), y ese aspecto es quizá lo más endeble de la trama, gracias también a que Natalie Portman no destaca en papeles así. Como también termina por ser endeble el retrato de Loki, cuyas motivaciones quedan demasiado en el aire y desvirtúan lo que sólo se había apuntado en los dos primeros tramos del filme.

En el aspecto visual, fantástico en líneas generales (se ve a Thor y a su mundo haciendo todo lo que hace de él un personaje apreciado en el cómic), sólo cabe hacer dos reproches. Uno, el ya habitual, es el 3D, que oscurece demasiado una película que clama por ser luminosa para hacer justicia al trabajo de sus diseñadores. Otro, que Branagh, al tiempo que triunfa con arriesgados planos en diagonal, se pierde demasiado en las peleas. Domina muy bien los efectos especiales, y eso tiene mérito teniendo en cuenta su filmografía tan alejada hasta ahora de este campo, pero las coreografías de batalla a veces se pierden como en tantas otras películas de acción (siempre quedará ahí la brillante música de su inseperable compositor, Patrick Doyle). Branagh, en todo caso, consigue dar coherencia al resultado final y salir triunfante. La misma crítica que le encumbró en sus inicios casi como el nuevo Orson Welles ahora disfruta criticando todo lo que hace (aunque con menos intensidad, recuerda al fenómeno que sufre M. Night Shyamalan), pero no hay motivo. Thor funciona y encaja en el cine de Branagh porque, aunque a veces se quede en la superficie, la tragedia shakespeariana es un elemento fundamental de esta saga de dioses nórdicos y su relación con los humanos.

Antes de esa mencionada escena final, de la que es mejor no revelar más detalles para no estropear la sorpresa, la película concluye con un mensaje: "Thor regresará en Los Vengadores", lo que inevitablemente despierta el ansia del fan. ¿Algo más que buscar en Thor para entender mejor la conjunción de esta película en este magníficamente bien trazado Universo Marvel cinematorgáfico? Obviamente, la presencia del agente Coulson de SHIELD (que ya apareció en los dos entregas de Iron Man), pero también el debut en pantalla, apenas un cameo, de Ojo de Halcón (Jeremy Renner), la duda de si esa misma escena esconde algo más y la mención a Stark (Tony Stark, el hombre bajo la armadura de Iron Man). Marvel sigue sumando y queda todavía un capítulo, Capitán América, antes de la explosión definitiva de sus personajes en la gran pantalla con Los Vengadores. Para eso habrá que esperar hasta mayo del año que viene. Y visto el buen nivel de Iron Man y su secuela, de El increíble Hulk y ahora de Thor, sólo cabe esperar lo mejor del filme que está ya dirigiendo Joss Whedon.

miércoles, abril 20, 2011

'La legión del águila', decente y desconcertante

La legión del águila es una película tan decente como desconcertante. No es un filme de romanos, pues Roma no aparece y centuriones sólo vemos en la primera mitad del metraje. No es una película de aventuras al uso, pues es más reflexiva y detenida de lo que suele ser normal, no tiene demasiadas escenas de acción en realidad y tiene altibajos rítmicos. No es una película de actores, pues hay un claro desequilibrio entre los miembros del reparto, alguno muy interesante y otros, la mayoría carentes de relevancia y de química entre ellos. No tiene la fuerza de otras películas de su director, Kevin Macdonald, pero sí algunos apuntes interesantes. Y no es una película que deje un sabor de boca glorioso como Gladiator, pero tampoco negativo como Centurión. Así que al final la cosa se queda en que es una película entretenida, con algunos aspectos positivos, pero que no pasará a la historia ni revitalizará el género de romanos, que sigue siendo un quiero y no puedo desde que hace más de una década Ridley Scott y Russell Crowe lo llevaran hasta la modernidad.

El peligro de decepción es innegable cuando se vende como algo que en realidad no es. Y La legión del aguila no es una película de romanos. Al menos, no una al uso. Es decir, romanos aparecen, pero Roma no. La película tiene dos partes bien claras. En la primera, Marcus Aquila (un sosísimo Channing Tatum) intenta ganarse el respeto de los suyos en un puesto en la Britania ocupada por el Imperio, a pesar de que pesa sobre él la desgracia de ser el hijo de un militar romano que desapareció con la preciada águila dorada de la novena legión (la que da título a la película en España) y del que se rumorea que es un traidor. En la segunda parte, y tras ser apartado del ejército por razones que conviene ver en la pantalla, se introduce junto a su esclavo Esca (un mucho más interesante Jamie Bell) en territorio enemigo para localizar el águila y saber qué fue de su padre. Si la primera parte sí es de romanos, la segunda es fácilmente intercambiable con cualquier otra película medieval, de espadas o de culturas extrañas. Falta coherencia narrativa y visual como para que la película triunfe.

La primera mitad eleva el filme por encima de la media de títulos similares que se han visto en los últimos años (de romanos o no) como la mencionada Centurión o El Rey Arturo. Es un segmento bien rodado y muy bien ambientado. Lástima no disponer de un protagonista con más carisma. O de haberlo rodeado mejor. Porque Donald Sutherland, llamado a ser uno de los nombres de la película, se conforma con un papel secundario y bastante inane, que simplemente se pasea por la pantalla sin encontrar un motivo real por el que está en ella. Bell, en cambio, sí ofrece todo lo interesante que tiene narrativamente la película. Su personaje de esclavo que poco a poco se gana la confianza de su amo es bastante tópico, pero sabe hacerlo suyo. Seguro que con unos centímetros más y un buen entrenamiento físico, Bell podría haber hecho un mejor protagonista que Tatum. Ni el habitualmente fascinante Mark Strong (cuesta incluso reconocerle) consigue levantar la segunda mitad de la película con un personaje confuso y difuso.

El descenso de ritmo que acusa la película después de la batalla junto a las puertas del puesto romano es enorme. El mal uso del tiempo y las elipsis a partir de ahí, una lástima. Y eso que el director de la película ya ofreció en sus dos anteriores trabajos (La sombra del poder y El último rey de Escocia) dos notables ejemplos de cómo conducir una buena historia. Bien es verdad que en aquellos dos títulos había un fuerte sustento en el reparto que aquí, por desgracia, no consigue. En cualquier caso, sí hay algunos apuntes interesantes en ambas partes del filme, que son los que hacen que el interés se mantenga a pesar de los defectos de la narración. Entretiene pero no emociona. Sus escenas de acción (el mencionado ataque y el clímax final, una vez aceptado el inverosímil giro que iguala las fuerzas en liza) son efectivas. Algunos diálogos, más que interesantes. Pero el conjunto flaquea. Seguiremos a la espera de que el cine de romanos recupere el esplendor perdido, pero al menos tenemos productos como éste para ir saciando el hambre.

jueves, abril 14, 2011

Correcta 'Invasión a la Tierra'

Después del fiasco que supuso Skyline, todas las miradas estaban puestas en Invasión a la Tierra (nefasto título español de Battle: Los Angeles; lo que se ve en la película es lo que dice el original y no el traducido). Y aunque es un divertimento correcto, tampoco se convierte en la película que quería ser. Decían que debía convertirse en una mezcla entre Independence Day (se supone que cogiendo lo mejor de aquella, claro) y Black Hawk derribado. Es decir, la guerra en estado puro pero con alienígenas como enemigos. Y lo es sólo en parte, porque entretener sí entretiene, si uno es capaz de olvidarse de sus muchos tópicos, pero no alcanza la crudeza o el realismo que uno espera. De esta forma, se queda en una película más sobre invasiones extraterrestres, muy lejos del nivel de los grandes clásicos del género de los ños 50 y 60 (y, por qué no decirlo, de la infravalorada La guerra de los mundos de Steven Spielberg), pero como una buena muestra de lo que sería una invasión vista sólo desde el punto de vista del ejército... norteamericano, por supuesto.

Esa es quizá la mayor aportación de Invasión a la Tierra, el punto de vista militar. Sí es cierto que aparece en algunas películas del género (por ejemplo, la misma Independence Day), pero hasta ahora no como visión exclusiva del conflicto narrado. Aquí todo lo ven, lo sienten y lo viven los marines norteamericanos, hasta el punto de que ninguna información se aporta sobre unos extraterrestres visualmente interesantes pero, debido a este enfoque, poco desarrollados. Los marines sí han sido protagonistas de mil y una películas, por lo que estamos abocados a ver los tópicos de siempre. El marine a punto de retirarse, el marine que ha perdido a un hermano en el campo de batalla y culpa a su jefe, el marine que lo arriesga todo por salvar a los civiles, el marine patriota que hace lo imposible por su país, la dura marine que interpreta siempre Michelle Rodríguez (¿continuando su papel en Avatar?)... Todo está aquí. De hecho, hay muchas críticas que se han cebado en la película por esto, por ser un folleto de reclutamiento de los marines (lo es), y eso contamina una crítica exacerbada que suele hacerse a todo producto de exaltación patriótica norteamericana.

La hay, es absurdo negarlo, porque en este episodio de guerra con extraterrestres hay muchas ciudades invadidas pero sólo vemos Los Angeles. Pero no tiene por qué molestar tanto. Es decir, si España fuera una potencia mundial en esto del cine de entretenimiento (no lo es, por si acaso hay que aclararlo), seguro que habría muchas películas de género ambientadas en España. La potencia es Estados Unidos, luego las protagoniza sin que ello tenga que suponer un elemento en contra. No hay problemas narrativos o visuales que deriven de este hecho. Pero molesta. Curioso. Quien no se sienta ofendido por el protagonismo absoluto de los marines, puede llegar a sentirse entretenido por esta película, que al fin y al cabo es el único objetivo. El gran problema que tiene, decía, está en los tópicos, en que las situaciones ya las hemos visto, en que no hay mucho riesgo en ningún terreno, ni en la historia ni en la forma de rodarla. El guión apenas ofrece elementos nuevos e incluso desaprovecha a algunos personajes (los de Bridget Monyahan y Michael Peña, indudablemente).

Lo mejor de Invasión a la Tierra, además de las habituales escenas de destrucción a gran escala (que, a pesar de todo y seguramente por razones presupuestarias, se antojan escasas; hay demasiado escombro y poca visión de cómo los edificios se derrumban, demasiada consecuencia y poco espectáculo grandioso), es Aaron Eckhart. Pocas veces se encuentra uno a un actor tan dedicado a una película de ciencia ficción como es su caso aquí. Muchos argumentan que la pantalla verde les distrae, muchos no se toman en serio las historias que protagonizan. Eckhart, que habría sido la auténtica revelación de El Caballero Oscuro si la grandiosa interpretación y la muerte de Heath Ledger no le hubiera eclipsado en parte, es un magnífico actor que se echa la película a sus espaldas con una facilidad y una profesionalidad encomiables. Con él, los tópicos no cuentan y se olvidan, porque él hace creíble todo lo que hace en pantalla.

Por supuesto, la película deja el habitual final abierto, lo que en parte limita aún más su alcance como producto. Es la batalla de Los Angeles, sí, pero si tiene éxito y podemos estirarla una o dos películas más tampoco pasa nada por dejar la historia a medias. Hasta ese final, algo abrupto, lo cierto es que Invasión a la Tierra cumple con su cometido, el de ocupar con acierto casi dos horas del tiempo del espectador. No es la película definitiva sobre invasiones alienígenas, pero sí un más que digno y sincero intento de crear un filme de entretenimiento y efectos visuales. Así visto funciona, y, por si alguien quiere comparar, es infinitamente mejor que aquel subproducto llamado Skyline (no hay que olvidar que en el estreno de aquel se intentó meter en un saco parecido a ambas cintas porque los directores de Skyline, los nefastos hermanos Strause, fueron acusados de plagio por trabajar en el diseño de los efectos visuales de Invasión a la Tierra). Si alguien espera algo más, y eso lo provoca quien la intenta vender como algo más de lo que es, seguramente será una decepción.

lunes, abril 11, 2011

'Caperucita roja', fallida reinvención del cuento

La reinvención de historias clásicas (y no tan clásicas) está a la orden del día y el concepto, por sí solo, no tiene por qué ser negativo. Sin embargo, no entender el material que se está reinventando puede producir resultados fallidos. Caperucita Roja es, por desgracia, un buen ejemplo de este fenómeno. El cuento clásico popularizado por Charles Perrault primero y los hermanos Grimm después, se convierte aquí en una intriga de amores y asesinatos, mezclado todo ello con hombres lobo y sacerdotes capaces de combatir la amenaza de la licantropía, plasmado todo ello en un guión plagado de tópicos a todos los niveles: en los personajes individuales, en el triángulo amoroso, en el supuesto salvador del pueblo y cómo reaccionan otros personajes ante él e incluso en la resolución del misterio. Eso desemboca en un final más que previsible, aunque la directora del filme, Catherine Hardwicke (responsable de Crepúsculo, y eso es más que una clara señal de lo que ofrece Caperucita Roja) se esfuerce en trufar el metraje con falsas pistas y cuestiones sin resolver.

Usar el título de Caperucita Roja queda como una excusa para garantizar la inevitable labor de márketing del cine más que como una base argumental para la película. Olvidemos el cuento clásico, eso ayudará a evitar decepciones y odiosas comparaciones, y partamos de la historia que aquí se nos cuenta. Valerie está enamorada desde niña de un leñador llamado Peter y quiere casarse con él, pero su familia ha decidido que despose a alguien mucho más rico, el hijo del herrero del pueblo, Henry. En ese contexto, se produce un asesinato que los lugareños achacan al lobo, una criatura que, dicen, llevaba dos décadas sin atacar gracias a las ofrendas que le hicieron pero que ahora ha vuelto. Ya tenemos al lobo del cuento, que aquí, descubrimos de inmediato, es más un hombre lobo que un simple lobo. Para luchar contra él, llega al pueblo el Padre Solomon, afamado enemigo de brujas y demonios. La ambientación del pueblo y del bosque es, indudablemente, lo mejor de Caperucita Roja. Es el elemento más conseguido y, dicho entre comillas, el mejor personaje de la película.

Sin embargo, queda desaprovechado porque no hay ianterés en generar una historia de terror (a pesar de que el lema de la película sea "¿a quién tienes miedo?") y el foco de Hardwicke está puesto en unos personajes que o no llegan o se pasan, empezando por la protagonista, una preciosa pero fría imagen. Amanda Seyfried es Caperucita Roja, Valerie en realidad (se convierte, de hecho, en Caperucita Roja con un giro argumental pobre y forzado, tan forzado como el motivo por el que vuelve a vestirla durante buena parte del metraje), y su interpretación es muy poco creíble. No aporta chispa a la imagen clásica de inocencia del personaje, no desprende la sexualidad que necesita el trío amoroso en que la coloca Hardwicke y no se muestra demasiado a gusto con los efectos especiales que se mueven a su alrededor (su enfrentamiento cara a cara. No hay mucho que rascar en su personaje, aunque sobre el papel tuviera muchas más posibilidades de las que se ven en la película (por ejemplo su mismo epílogo; hubiera sido una película más transgresora y valiente aunque todavía más aleada del mito de Caperucita Roja).

Gary Oldman, Virginia Madsen y Julie Christie están llamados a darle un toque de distinción a la película. Los dos son grandes actores, pero ninguno parece creerse del todo sus papeles. Christie da vida a la abuela del cuento, y con ella se pretende precisamente establecer un vínculo entre la historia clásica y esta película, pero lo más probable es que la escena escogida para llevar a cabo esa misión provoque risas en el auditorio. Madsen es quizá el personaje más estimulante de la película, puesto que Oldman da rienda suelta al histrionismo que caracteriza a algunos de sus personajes anteriores y, aunque eleva el nivel de entretenimiento, resulta demasiado tópico. Por desgracia, como casi todo en Caperucita Roja. Incluso, por si alguien se queda tanto tiempo en la sala de cine en la que vea la película, el susto final después de los títulos de crédito, que también se ve venir. Lukas Haas da vida al cura local y es, seguramente, lo menos tópico de la película. Lamentablemente, su personaje se queda muy desaprovechado y apenas aparece en una película que no pasa de ser un divertimento juvenil.

Si con ese esquema la referencia a Crepúsculo es inevitable, también parece serlo de forma menos esperada la de El bosque. No por la calidad de la película, pues la de M, Night Shyamalan es una fábula turbadora y muy bien orquestada, muy alejada de la fallida propuesta de Caperucita Roja, sino por el entorno en que Hardwicke coloca el misterio de esta historia. El misterio es, obviamente, saber quién es el lobo y por qué mata. Y es un misterio que no está bien llevado. Al margen de lo previsible o no que pueda resultar la resolución (para mí lo fue), el desarrollo es torpe y tramposo. La película no es honesta, no cuenta todo lo que tendría que contar y cuenta demasiadas cosas con el único fin de despistar al espectador. Mucho ruido y poca historia en buena parte de lo que se cuenta, lo que desemboca en la eliminación sin sentido de algunos personajes que parecen tener una importancia capital y nula influencia de otros que sí podrían haber dado mucho juego. Caperucita Roja es una equivocada traslación de un cuento clásico, que visualmente puede ser satisfactoria pero que a nivel narrativo no aporta demasiado.

viernes, abril 08, 2011

'Soy el número cuatro' y el enésimo comienzo de una saga fantástica juvenil

Hay campos en los que sí se puede afirmar con rotundidad que Hollywood se ha quedado sin ideas. Soy el número cuatro es la demostración de que las películas de ciencia ficción o fantasía de corte juvenil son ya todas iguales. Los mismos personajes, los mismos problemas, el mismo desarrollo, los mismos enemigos... y la misma pretensión de que la adaptación del libro que supone el primer capítulo de sus historias suponga el comienzo de una larga y fructífera saga de películas. Es el precio que hay que pagar por el éxito de franquicias como Harry Potter o Crepúsculo. Un precio que ha dejado multitud de películas en apariencia y forma idénticas a esta Soy el número cuatro. Desde las que sin ser nada del otro mundo sí son más destacables como Ga'Hoole. La leyenda de los guardianes o Eragon, hasta las horribles como La brújula dorada, pasando por las inanes como Jumper o Las crónicas de Narnia (el fiasco que supone la tercera entrega obliga a colocarla aquí). Todo suena tan parecido. Soy el número cuatro es más ciencia ficción que fantasía, pero la base es la misma. Chicos jóvenes y guapos enfrentándose a la supuesta misión de sus vidas con un final abierto. Pues vale.

Y el caso es que mala no es esta nueva muestra de ciencia ficción, pero es que aburre este tránsito siempre tan similar siguiendo caminos diferentes, lejos, muy lejos del torrente de imaginación que mostraba el mismo género en aquellos añorados y lejanos años 80. Decían que Soy el número cuatro era una especie de Crepúsculo de ciencia ficción. Sin haber pasado por la saga romántico-vampírica-licantrópica que me despierta tan poco interés, creo que es bastante probable que esas opiniones sean acertadas. Entonces, ¿por qué aquella ha tenido éxito y ésta no (en Estados Unidos ha ganado menos que su presupuesto, aunque el mercado internacional salva la inversión con cierta holgura)? Difícil de decir. Quizá los actores no han despertado el mismo fervor en los fans, quizá no ha habido tiempo material de que la saga literaria acumule tantos fans (quiere ser una saga de seis libros, el primero se publicó en 2010 y el segundo saldrá a la venta este verano; los derechos para hacer la película se compraron antes incluso de que se pudiera adquirir la novela). Se habla de secuela, pero igual es una discusión prematura. Hollywood.

El gran problema que tiene Soy el número cuatro es que cuenta cosas como si tuviéramos que saberlas pero sin dar explicación alguna. Lo que sí se nos cuenta es que vamos a ver la epopeya de nueve jóvenes extraterrestres que han huido de la extinción a manos de una violenta y peligrosa raza de otro planeta y se ocultan en la Tierra como personas normales y bajo la protección de un guardián. Sabemos que no tienen nombres, sólo números. Sabemos que están muriendo en orden. Y, obviamente, sabemos que los tres primeros ya han muerto, porque si no tendríamos un problema con el título y con la numeración del protagonista. ¿El orden sirve para algo? No lo sabemos. ¿Qué sentido tienen las marcas en la pierna que se le producen al número cuatro con la muerte de sus compañeros? No lo sabemos. ¿De dónde demonios sale ese perro y por qué? No lo sabemos. ¿Por qué han tardado años en matar a los dos primeros y apenas unos días en encontrar al tercero y al cuarto? No lo sabemos. ¿Por qué demonios el guardián no parece saber nada de nada hasta que ya no sirve de mucho? No lo sabemos. La película se mueve a ciegas por una razón muy sencilla: nadie sabe hacia dónde va la historia porque ni siquiera se ha publicado. Parece una tontería, pero no lo es.

Da toda la sensación de que Soy el número cuatro película es una fotocopia del Soy el número cuatro libro, como sucede con todas estas sagas ya mencionadas. Hollywood no quiere arriesgar con estas películas en lo más mínimo (si hay una historia que tenía potencial es la de número seis, no la de este número cuatro). Y viendo esta muestra, uno se pregunta por qué no hay una mayor valentía y un mayor trabajo de adaptación. Esta película pedía a gritos una introducción espectacular, plagada de los efectos especiales que aquí quedan sólo para el clímax final y que sentaran las bases de una buena saga de ciencia ficción. No lo tenemos, y por eso el filme se queda ya desde el principio en un rutinario intento de sacar dinero con algún acierto y con cierto vigor en el desarrollo de la última media hora, lo único que realmente tiene interés después de una larguísima (y a ratos inconcebible por ingenua) introducción de una hora (y que tiene un doloroso epílogo justo antes de la batalla final en el que la pareja protagonista, perseguida por media docena de asesinos alienígenas y con sus vidas en peligro... se van a un instituto a revelar un carrete de fotos que consolide lo mucho que se quieren).

Que todo siga unas bases preestablecidas es lógico si tenemos en cuenta que no hay grandes nombres en el proyecto. El más importante es el de Michael Bay, que ejerce de productor (y, seguro, es quien ha inducido a que exploten cosas; menos que en sus películas como director, todo hay que decirlo). Dirige D. J. Caruso, realizador de Vidas ajenas con Angelina Jolie o Disturbia y La conspiración del pánico con Shia LaBeouf, y lo hace de una forma muy impersonal. Los actores cumplen con lo que se espera de ellos, que parezcan atractivos y guapos (lo son) sin hacer nada raro (no lo hacen). Es decir, Alex Pettyfer y Dianna Agron son más de lo mismo, chicos fotogénicos que aspiran a ser actores. Todos tienen una limitada experiencia y sólo Teresa Palmer (número seis) ha tenido cierta repercusión con la muy infantil El aprendiz de brujo. Poca cosa. El personaje del guardián recae en Timothy Oliphant (el malo de La jungla 4.0), y es evidente que requería de un actor de mayor carisma y fama para que la película tuviera un cierto halo de prestigio que no llega nunca a alcanzar a pesar de entretener en bastantes momentos.

Lo mejor está en el final, en esa pelea en varios frentes, bien rodada y bien desarrollada, incluso bien resuelta (salvo por el detalle final del perro o ese epílogo buenrollista imposible de creer). Es una más, una como cualquier otra, para pasar un ratillo más o menos agradable y que no deje ningún poso. Nada nuevo en el horizonte, pero tampoco nada demasiado terrible como para salir despotricando del cine. Vosotros mismos.