miércoles, septiembre 29, 2010

Robert Rodríguez, cine decadente

Nunca he sentido simpatía por Robert Rodríguez. El apadrinado de Quentin Tarantino (por el que, vaya, tampoco siento simpatía) no ha conseguido convencerme con ninguna de sus películas. Casi coinciden en la cartelera su último trabajo como director, Machete, y un título en el que ha ejercido de productor, Predators. Ninguno de los dos merece grandes elogios y sí dejar claro el pesar que producen por el aire decadente que desprenden ambas, especialmente la primera.


Todo en Machete suena a decandente. No en el sentido que podría haber dado más juego artístico, sino en el de la sensación de estar viendo un producto caducado, viejo, ajado y baldío, pasajero como él solo y olvidable en el más benevolento de los juicios que me atrevo a hacerle. Violento como sólo Robert Rodríguez puede ofrecerlo (en realidad no, forma parte de una escuela muy extendida en el moderno cine norteamericano de acción), pero decadente, muy decandente. Lo asombroso es que se sigan buscando excusas argumentales (en este caso, la inmigración ilegal desde México a Estados Unidos) para completar productos idénticos, clónicos y repetitivos. Porque Machete no es otra cosa que gente matando y gente muriendo, por motivos que no importan lo más mínimo (no ya al espectador, que también, sino al propio director o eso parece), con sangre y miembros volando de un sitio a otro.

Para narrar esta sucesión de asesinatos (puede que la única forma entretenida que hubiera tenido de ver esta película fuera contarlos, pero no lo hice), Rodríguez encuentra un reparto también decadente. Danny Trejo, protagonista de la función, hace de sí mismo pero más serio y pétreo. Es un tipo querido por los fans de este tipo de cine, y en realidad es lo más decente de la película. Luego da miedo ver a Robert De Niro arrastrándose una vez más por la pantalla. Hollywood no está siendo consecuente ni responsable con su genialidad, como tampoco lo está siendo él mismo. Por eso hace más de una década que no se ve al gran De Niro en el cine. Sólo se ve a alguien que toma prestados su cara y su voz. O eso prefiero pensar. Steven Seagal no es que se arrastre. Es que es Steven Seagal, pero con unos años y kilos más que los que acostumbraba a tener en las películas que le lanzaron a la fama. Decadante, sí.

Decadente es también que Robert Rodríguez se repita/imite/homenajee, porque llega un momento en que ya no importa si estás viendo Desperado, El mariachi, Sin City, Planet Terror o The faculty. Con las mismas explosiones, asesinatos, irreverencias y desmanes, lo único que cambia son algunas caras. Y cuerpos, porque cuando se trata de sumar actrices a estos proyectos eso es lo único que parece contar. Veinteañeras que hacen carrera en Hollywood sólo por la belleza hay muchas y siempre las habrá. Jessica Alba proclamó hace años que jamás se desnudaría en una película. Lo hace aquí, de la forma más absurda, en una escena intrascendente. Y decadante, como la carrera de esta actriz. Lindsay Lohan también aparece sin ropa ante la cámara, y de forma más explícita. No hará falta que insista en el adjetivo para que quede claro lo que opino de ella, pero igual la presencia de ambas sin ropa es motivo para que alguien vea la película. Michelle Rodríguez no llega a tanto, pero casi. Da lo mismo.

El caso es que hay seguidores para esta película, para este tipo de cine, para estos actores e incluso para este director. Yo, desde luego, no soy uno de ellos.

Depredador es un pequeño clásico de ciencia ficción y acción de los años 80 y una de las más notables películas de Arnold Schwarzenegger delante de la cámara y del director John McTiernan detrás de ella. Con los años, la franquicia no ha hecho sino vivir una decadencia en la que se acaba de cruzar Robert Rodríguez como productor Durante mucho tiempo, de hecho, se asociaba el proyecto a su nombre más que al del director. Flaco favor le hicieron al personaje las películas de Alien vs. Predator y muy flaco favor le hace este Predators que dirige Nimrod Antal, un realizador que apenas tiene un par de películas no demasiado destacables entre las que está Habitación sin salida. Con esos mimbres, cabía temer lo peor. Y lo peor es lo que ha salido, una especie de remake alocado y bastante vergonzoso del Depredador original, con una horrible puesta en escena, con un guión delirante y plagado de imposibles giros y sin un solo momento memorable que perdure, ni siquiera para el más acérrimo seguidor de la franquicia.

Sorprende de partida el planteamiento de la película, que va en contra de la esencia del personaje que se vio en los buenos títulos (tanto el original como su infravalorada secuela) como en los malos (las dos entregas de ese horrible cruce con los aliens). Tenemos una raza de criaturas que caza por disfrute, pero que lo que busca son presas en sus propios ambientes. Esa es la gracia. Pero aquí no. Aquí tenemos una especie de reserva para que estos depredadores den rienda suelta a su afición. El sentido del honor que caracteriza a estos seres no está aquí por ningún lado. Tampoco hay interés por ver quién gana el combate (y más cuando llega la delirante escena en la que un yakuza japonés se dedica a pelear, espada samurai en mano, con uno de los depredadores). Todo se mueve entre el absurdo y el tópico. Porque tópico es que entre los protagonistas tenga que haber por decreto un negro, un hispano, un asiático, un ruso y una mujer (sólo una, no nos pasemos).

La película es un torpe ejercicio de rutinario cine de acción (ciencia ficción se ve poca a pesar de todo), en el que la única baza nueva radica en el plural del título (sin alardes, salen cuatro depredadores; ¡qué lejos queda la referencia del Aliens de James Cameron, donde el plural sí significa algo). Torpe porque introduce elementos (los perros o esa especie de ave extraterrestres) que luego no vuelve a sacar. Rutinario porque hasta copia algunos pasajes del Depredador original. Y absurdo porque quiere establecer una conexión argumental con la película de McTiernan y se olvida de casi todos los hallazgos de aquella. Con redecorar los cascos de los depredadores parece que tiene suficiente en el pretendido afán de actualización de la saga. Y todo esto con un Adrien Brody también en absoluta decadencia protagonizando la función. Qué poco queda ya de aquel actor que maravilló en El pianista. Y para recordarnos que, sí, Robert Rodríguez está detrás del invento, uno de los actores, aunque se le ve mucho menos de lo que seguro que esperan sus seguidores, es Danny Trejo.

Una perfecta muestra de cómo enterrar para siempre una franquicia que en su nacimiento alcanzó cierto prestigio y de cómo Hollywood, de vez en cuando, intenta con todo el descaro del mundo sacar dinero al espectador con productos de ínfima calidad. Y sin rubor alguno.

lunes, septiembre 27, 2010

'Buried (Enterrado)', una claustrofóbica y angustiosa genialidad

Se dice de vez en cuando que en el mundo del cine está todo inventado. En realidad, se dice de casi cualquier disciplina, pero no suele ser verdad. En el cine desde luego no lo es. De vez en cuando uno se encuentra con propuestas nuevas, arriesgadas, originales y llenas de talento. Buried (Enterrado) es una de ellas. Y una de las más notables de los últimos tiempos, me atrevería a decir, porque se lanza a caminos inexplorados de los que sale con una solvencia portentosa. El viaje emocional que plantea el director español Rodrigo Cortés en su segunda película, la primera en inglés, es una genialidad claustrofóbica y angustiosa. Pero también una gran lección sobre cine, sobre montaje (tarea de la que se encarga el propio Cortés) y sobre puesta en escena. Un filme así no puede dejar indiferente. Por lo que cuenta y por cómo lo cuenta. Y sea cual sea la valoración de cada espectador, ya que el arte relfja sensaciones muy diversas y hay muy pocos absolutos (por no decir ninguno), la película tiene un enorme mérito.

Y es que estamos ante una película de 95 minutos rodada íntegramente en el interior de un ataud. Eso, visto fríamente, sólo puede ser obra de un loco o de un genio. Pero como el cine es algo que hay que ver pasionalmente, con el corazón en la mano, puede que Rodrigo Cortés tenga algo de ambos. Sólo así se puede entender que el director consiga que la película, además, se ruede en inglés y con un actor conocido Ryan Reynolds (visto en Lobezno, será el protagonista de Green Lantern). No hay precedentes para definir a un filme así. Ninguno. Hay alguna película que se puede aproximar por su concepto, alguna incluso con escenas que pueden servirle de referente. Pero nunca se había hecho algo así. El valor pionero que tiene Buried no es el único, ni siquiera el mejor. Y es que estamos hablando de una puesta es escena que invita a la monotonía y, sin embargo, se trata de un filme que mantiene una tensión admirable en todo momento, una tensión humana y una tensión cinematográfica.

La humana es todo un reto. ¿Qué puede pasarle a un hombre durante hora y media en el interior de un ataud para mantener atenta a una audiencia numerosa? Cortés, con un guión de Chris Sparling, encuentra múltiples respuestas a esa pregunta. Aunque algunas escenas bordean la frontera de la caricatura (y siempre hay alguien en una sala capaz de recordártelo con sonoras carcajadas que no todo el mundo entiende ni comparte), nunca pierde de vista el contenido dramático de la situación y de los diálogos. Y aún más. Es capaz de filmar un crescendo emocional en toda regla, pasando por un amplísimo espectro de sensaciones, hasta llegar a un final emocionante y perfecto, que descoloca y al mismo tiempo representa la mejor culminación posible para la historia. Como suele ser habitual con películas que buscan sorpresas y emociones continuas, las sinopsis de Buried desvelan demasiado. Todo lo que dicen lo desgrana Cortés en los primeros 25 minutos de película, una preparación del escenario apabullante y compleja a pesar de la sencillez obligada por el escenario.

Si la tensión humana siempre es complicado conseguirla, y aquí la empatía con el protagonista es total (ayuda y mucho la fantástica labor de Reynolds, muy metido en el papel), la cinematográfica es un constante caminar por el alambre. Hora y media de película y Cortés sale más que airoso del reto. Visualmente, el director no aburre en ningún momento, no abusa de un plano concreto, juega con numerosas posibilidades y arriesga bastante en algunos momentos, hasta el punto de adaptar las leyes de la realidad a lo que desea transmitir. La película ya comienza con un largo plano en negro que pone a prueba la curiosidad del espectador. El silencio es el mejor aliado de Cortés en muchos momentos, pero la música de Víctor Reyes complementa acertadamente algunos momentos (y mete de lleno al espectador en la película en unos títulos de créditos que, salvando las distancias buscando el mismo objetivo que los que Saul Bass y el compositor Bernard Herrmann crearon para algunas películas de Alfred Hitchcock). Y la fotografía de Eduard Grau, con las inmensas limitaciones de partida que tiene por el propio concepto de la película, es magnífica.

Hay quien le ha buscado lecturas políticas a la película. No las tiene. El escenario más allá del ataud (¿por qué revelarlo de antemano?) no condiciona para nada la petensión del director, que lo que maneja es, sencillamente, una situación límite, que empuja a un hombre normal a vivir una historia tan extraordinaria como realista. Buried es una película angustiosa, no apta para gente con fobia a los espacios cerrados. Pero sobre todo es una historia humana que tiene lugar en un escenario inusual, un filme que juega con elementos muy difíciles de controlar y que ofrece hora y media de pura tensión. Y, qué demonios, también es una pequeña gran joya que coloca a su director entre los nombres de los que apetece volver a saber en un futuro muy cercano.

jueves, septiembre 23, 2010

'Apocalipsis', otra gran película animada de Superman y Batman

Las películas producidas por Warner sobre los superhéroes de DC Comics son el último reducto de la animación seria. Sólo ahí se pueden encontrar historias que, realizadas con dibujos animados tradicionales pero de corte realista, carezcan de canciones, secundarios cómicos o la intención de estar destinadas a un público infantil aunque puedan verlas también adultos. Sólo por eso, ya tendrían mérito. Pero es que además son endiabladamente entretenidas, están razonablemente bien producidas (aunque es obvio que al ser lanzamientos en DVD no tienen el dinero que requiere una largometraje destinado a las salas de cine) y cubren un hueco que, hoy por hoy, nadie más parece querer en el mundo del entretenimiento. No es descabellado decir que con Superman & Batman: Apocalipsis, la última aventura animada de la casa, se han superado y han logrado la mejor de las películas realizadas, que hasta ahora han tenido todas un nivel bastante notable.

En el título se incluye el nombre de los dos grandes superhéroes de DC porque la película estaba basada en uno de los arcos argumentales de la colección que lleva el mismo nombre, Superman & Batman. Pero no es del todo correcto ni justo limitar el protagonismo de la película a estos dos personajes, empezando por el gran protagonismo que tiene en el filme Wonder Woman, el tercer eje de la gran trinidad de DC. La saga en el cómic llevó por título La superchica de Krypton, ya que fue la reintroducción de Supergirl en el nuevo Universo DC. La película, en cambio, coloca en el título una referencia al villano de la función, Darkseid, y su mundo natal, Apokolyps. Diferentes enfoques de partida para una historia que sigue casi al pie de la letra los seis números originales de 24 páginas escritos por Jeph Loeb y dibujados por Michael Turner. Y digo casi al pie de la letra porque lo que la película expande es justo aquello en lo que destaca. Me explico.

Decía antes que a esta película le falta dinero. Y es verdad. Se nota mucho en la limitadísima animación de los fondos o los planos generales. Pero, a cambio, ofrece una animación de primer nivel en las escenas de pelea. No en las más multitudinarias (como en la de Superman, Batman, Wonder Woman y las amazonas contra un ejércido de réplicas de Doomsday, el personaje que mató a Superman), sino en las de cuerpo a cuerpo. Es ahí donde Superman & Batman: Apocalipsis expande la narración de las viñetas y la eleva a unos níveles prodigiosos. Ya quisieran las supuestamente espectaculares películas de acción de hoy en día contar con unas coreografías tan realistas y deliciosamente ejecutadas como las de, por ejemplo, las dos peleas que protagonizan las Furias en Apokolyps (la segunda de ellas, ya con Wonder Woman en pantalla, es una delicia). Esta es la gran novedad de la película porque en el cómic son sólo unas pocas viñetas, en la película piezas de acción magníficamente ejecutadas y montadas.

También decía que esta película y sus compañeras de línea llenan un hueco que nadie más quiere en el mercado actual. Y es cierto. Apocalipsis está sembrada de momentos de gran violencia. El rojo sangre está limitado, casi ausente, porque de lo contrario su calificación habría sido muy severa, pero no merma en absoluto el poder de los personajes que tiene en pantalla para dulcificar lo que no puede ser dulficiado. Si hay una pelea entre Superman y Darkseid, tiene que ser tal y como se muestra: salvaje, primaria y violenta. Rebajarla habría sido una burla, habría supuesto restarle valor a la leyenda que esconden estos personajes y sería una traición a la historia original en la que está basada la película, historia que, sin ser una obra maestra del cómic, sí es un producto que cumple con el cometido de ser una entretenidísima pieza de aventuras y ciencia ficción. En esos géneros se puede englobar la película, generos que la animación no toca con un tono adulto similar a este seguramente desde el estreno de la injustamente menospreciada Titán A.E.

Es curioso que Warner estuviera a punto de acabar con Batman gracias a las absurdas películas de Joel Schumacher, que Superman estuviera tantos años enterrado y que ahora no les gustara a sus directivos la resurrección que dirigió Bryan Singer, y que Wonder Woman todavía no tenga película a pesar de haber protagonizado algunos intentos frustrados. Digo que es curioso porque aquí, en esta película, están los mejores elementos para abordar esos proyectos. Estos son los personajes, ésta es su esencia. Y esa sensación se acentúa si hablamos de los personajes femeninos. Las heroínas de acción son uno de los terrenos en los que Hollywood naufraga con mucha frecuencia cuando quiere darles el protagonismo de una película. El tratamiento que la vertiente de animación de DC ha dado a Wonder Woman en su propia película o en ésta y la versión que aquí se presenta de Supergirl debieran ser modelos para venideras películas de imagen real. Si los siguen, tendrán por fin éxito con una heroína de acción como protagonista.

No es la ciencia ficción el mejor escenario para ver a Batman, pero aún así el personaje brilla (y mucho tiene que decir en ello el actor que le pone la voz, Kevin Conroy, quien cogió el personaje por primera vez hace casi veinte años, en la serie animada de los 90; otra voz que destaca es la de Summer Glau, una de las protagonistas de la serie Firefly su secuela cinematográfica Serenity y la terminator de la serie Las crónicas de Sarah Connor, como Kara/Supergirl). Sí es el mejor terreno para Superman y Wonder Woman. También para un villano de las proporciones de Darkseid. El cóctel es sencillamente genial y recuerda a los mejores episodios de la espléndida serie animada Justice League Unlimited. Con los defectos que presenta en la animación, irresolubles sin más presupuesto, la película se presenta como un gran festín visual, como un homenaje cariñoso a los personajes de DC que puede disfrutarse tanto si se conoce su historia como si se es totalmente ajeno (el placer es casi mayor si no se sabe mucho), y como una magnífica historia que pueden disfrutar por igual jóvenes y adultos de espíritu aventurero. Una delicia.

martes, septiembre 21, 2010

'The disappearence of Alice Creed', una pequeña sorpresa

No es fácil hacer una película con sólo tres personajes y dos escenarios. No es fácil mantener la tensión inicial de una película que busca precisamente eso, atrapar al espectador en una situación constante de tensión durante hora y media. Eso lo consigue The disappearence of Alice Creed, una pequeña sorpresa procedente del Reino Unido, un intensísimo thriller que se mueve con bastante acierto entre la delgada línea que separa la tolerable crudeza de lo insoportable y desagradable, para narrar un secuestro. Que sea el de una mujer a manos de dos hombres (ojo en todo caso a la sutileza del título una vez vista toda la película) no hace más que añadir, al principio, un peligro enorme de caer en el morbo facilón, pero el guión traza con habilidad un desarrollo a veces previsible (sobre todo en su resolución final), a veces inesperado (sobre todo a la hora de aportar información sobre los tres personajes de la función), pero siempre interesante.

La película no tiene fecha de estreno en España a pesar de que se proyectó en el Festival de Toronto en septiembre de 2009, se estrenó en Estados Unidos en abril y en casi toda Europa ya lo ha hecho también. Comienza con una formidable secuencia muda de cinco minutos. Muda de palabras. Los sonidos, la música, la brillante puesta en escena del debutante director J. Blakeson y las intensas interpretaciones del escocés Martin Compston (se le vio en The Damned United) y Eddie Marsan (Lestrade en el Sherlock Holmes de Guy Ritchie) bastan para hacernos una idea de lo que está sucediendo. Son cinco minutos formidables de puro cine, de esos que sientan las bases de una película obligando al espectador a querer más. Funcionan casi por sí solos, pero sobre todo como nexo de unión con la siguiente escena. Con ese ritmo acaban enlazándose todas las secuencias de la película, una especie de huida hacia adelante que, a pesar del riesgo de fractura, convence porque ningún eslabón falla, al menos no hasta el final.

En la segunda escena es donde entra en juego el tercer vértice de la película, Gemma Arterton. Viéndola como efímera chica Bond en Quantum of solace y como heroína de acción en Furia de Titanes o Prince of Persia, cabía preguntarse si había algo más detrás de una firme mirada y de un rostro atractivo. Lo hay. De hecho, es ella quien hace más hace por remontar el tono la película cuando se supera la sorpresa inicial y se empieza a acercar peligrosamente a los pantanosos terrenos de una historia ya vista. En parte puede serlo, pero The disappearence of Alice Creed acaba por lograr una personalidad propia durante buena parte de la hora y media que dura. Su mejor baza, en todo caso, es la más perecedera: los giros argumentales que va presentando. Por este motivo es posible que el segundo visionado de la película sea más anodino, y eso es un defecto seguramente de director novel, pero el primer acercamiento a esta historia conserva todo el interés de principio a fin. O casi hasta el fin, pues la resolución es sin duda lo más convencional que ofrece esta película.

Da gusto ver cómo evoluciona la película sin necesidad de tener toda la información posible. Da gusto que de vez en cuando el cine no lo da todo masticado y permita así al espectador rellenar mentalmente los huecos, ir desentrañando cómo se conocieron los dos secuestradores, por qué eligieron a su víctima, cuáles son sus planes, qué esconden los tres personajes. Ese ejercicio permite al espectador meterse de lleno en la película. Pero de lleno. Porque no sólo se trata de ir averiguando los porqués de lo que vemos, sino también preguntarnos qué haríamos en el lugar de cada uno de ellos. Eso es lo que propone el filme, ahí radica su fuerza y que sea sorprendente. Y en eso sale victorioso porque evita el juicio moral a lo que vamos viendo. La película no sentencia qué está bien o qué está mal, sino que plantea un mundo de tonalidades grises en el que no es fácil moverse.

Quizá su apariencia simple, su escasez de grandes piezas de acción (no las busquéis, no las hay, de hecho el momento del secuestro es una elipsis en la película) o la falta de conocidas estrellas en su reparto son las razones que se esconden detrás del no estreno de esta película en España, al menos por el momento. Y no es que sea la quintaesencia del género ni una película imprescindible. Pero tras esa fachada se esconde una espléndida tarjeta de presentación tanto para su director como para sus actores y un entretenidísimo thriller, rodado con buen gusto a pesar del truculento material que aborda y con un magnífico sentido cinematográfico. Bastante recomendable, más aún por el hecho de ser una película, por ahora, prácticamente desconocida en España.

viernes, septiembre 17, 2010

'Madres e hijas', algo me falta en este cine

Desde hace ya algunos años, se ha impuesto un cine coral sobre problemas reales. Es un cine que, al margen de la opinión que pueda tener cada espectador después de verlo, se vende con la vitola de gran cine. Suelen destacar sus repartos, formados por grandes actores y/o grandes estrellas. Se suelen destacar, sobre todo de forma previa, sus guiones, pensandos para entrelazar a los personajes más dispares para llegar a un gran pico dramático hacia el final de la cinta. Madres e hijas forma parte de esta corriente que alcanzó su cumbre en 2004, cuando Crash logró los Oscars a mejor película y mejor director. Y para mí es un cine engañoso. Porque encierra virtudes, pero también defectos. Y poca gente se detiene en los defectos, mientras que las virtudes se ensalzan, lo que me deja siempre la sensación de estar viendo un cine, además de engañoso, sobrevalorado y relativamente fácil de hacer.

Madres e hijas está dirigida por Rodrigo García, hijo de Gabriel García Márquez (detalle totalmente superfluo a la hora de evaluar su cine, pero que también se indica siempre para ahondar en esa vitola previa de gran cine). Dicen los que conocen su obra como guionista y director (tanto de cine como de televisión), que la película sigue muchas de las constantes de sus anteriores trabajos. Me encuentro en su filmografía con una película para televisión que se titula Fathers and sons, con lo que esa idea se refuerza en mi mente. Y descubro que entre los productores ejecutivos de esta película está Alejandro González Iñárritu, director que se hizo famoso con historias que forman parte de este tipo de cine al que me refería al principio, de historias cruzadas, reparto coral y dramas personales (Amores perros, 21 gramos, Babel). Y releo los dos párrafos anteriores y compruebo que en realidad todavía no he dicho nada sobre la película de Rodrigo García.

La sensación que me deja es, nuevamente, que es un cine fácil de hacer, un cine que esconde tras las emociones los valores cinematográficos que le faltan. Y lo mejor que puedo decir de ella es que tiene un reparto impresionante. A su cabeza, una maravillosa Annette Bening. Su papel está lleno de matices, repleto de luces, y cargado de momentos memorables. Supera con creces el retrato de su personaje que aparece en el guión (que más que bien evolucionado me parece algo confuso en ocasiones), lo engrandece, lo lleva a lo más alto. No importa el estado emocional de la escena, la actriz lo borda. Ella es el núcleo, el corazón y el alma de Madres e hijas. Con ella en pantalla, la película funciona. Sin ella, la cosa decae algunos puntos, a pesar de que Naomi Watts también aporta mucho al filme. Es Watts una actriz que me resulta muy peculiar. A veces da la impresión de que pasa por las películas y a veces se las come. Aquí une escenas de las dos categorías, pero la sensación con la que uno termina es de grandeza, paralela al crecimiento piscológico de su personaje según pasan los minutos de película. Ese sí es el gran acierdo del guión.

Y es que para muchos el guión es perfecto, pero para mí tiene agujeros. Los tiene precisamente en la dirección en la que apunta el título. La película va sobre madres e hijas, dice ese título, pero no termina de ser cierto. Más correctamente, habría que decir que va sobre mujeres, aunque quiera arrastrar al espectador a las relaciones entre madres e hijas, algo que nunca termina de hacer completamente porque se deja llevar por otros muchos asuntos. Y por el camino se quedan los retratos masculinos, algo pisoteados (quizá ahí se salve el personaje de Samuel L. Jackson a pesar que su actuación está por debajo de sus compañeras de reparto) en la pretensión de crear un universo femenino singular. Si en algo se nota es en la nula credibilidad emocional de quien actúa como marido de Kerry Washington (la actriz menos sólida de la película, que simplemente cumple con el papel). Todo lo contrario desprenden dos actrices más desconocidas y jóvenes, de las que ojalá se hubiera visto más en la película, Brittany Robertson (la vecina ciega de Watts) y Tatyana Ali (la hija de Jackson).

Llega el final de la película y es cierto que queda una historia hermosa y emotiva. Es cierto que hemos visto grandes actuaciones, sobre todo, insisto, la de Annette Bening. Y es también cierto que algunas escenas dejan el corazón en un puño y la lágrima a punto de brotar. Pero falta algo. Quizá la sensación de ver algo nuevo, que no se tiene en toda la película. Quizá un ritmo cinematográfico más constante, porque no todas las historias interesan de la misma manera durante todo su desarrollo. Quizá una mayor definición de los personajes masculinos, no para quitarle sentido al título de la película, sino para potenciarlo. Pero falta, sí, falta algo en Madres e hijas, que no tiene nada que ver con la percepción en femenino o en masculino que tenga el espectador y sí mucho en lo que significa y transmite todo este tipo de cine.

miércoles, septiembre 08, 2010

Breve repaso a películas variadas

· Miedos
Joe Dante se convirtió en los años 80 en un director muy querido gracias a títulos como Gremlins, Exploradores o El chip prodigioso. Quizá el siglo XXI no está aún preparado para entender que hoy se haga cine como en aquellos años. Eso es Miedos, una película de terror familiar (sí, es posible). Es un producto correcto, con algunos hallazgos más que interesantes (notable es el climax final, visual y narrativamente), pero con algunos defectos de forma, sobre todo a cargo de un guión con algún destacado agujero, que lastra demasiado el conjunto final. Con sus defectos, Miedos demuestra que es posible recuperar el espíritu del cine juvenil de los años 80, pero le falta superar el mayor obstáculo de todos: encontrar actores infantiles y adolescentes que tengan el carisma de aquellos que, sin necesidad de ser después tan conocidos o de desarrollar una gran carrera cinematográfica, tanto nos divertieron en los 80. En todo caso, Joe Dante se merece 90 minutos de nuestro tiempo para ver a dos hermanos y a su vecina descubrir un misterioso agujero sin fondo en su sótano.

· Salt
Cómo le gusta a Hollywood hacer películas de acción con heroínas y qué difícil parece que sepan hacer algo con un personaje protagonista femenino. Salt es una de espías, contraespías, persecuciones y explosiones. Una más. Tan olvidable como otras muchas. Phillip Noyce, que alcanzó cierta relevancia dirigiendo las dos entregas de Jack Ryan que protagonizó Harrison Ford, sucumbe a todos los pecados del cine moderno de acción. Es decir, personajes planos (y mira que podrían dar juego estos espías durmientes como producto de la guerra fría), tópicos a mansalva (incluyendo los giros finales sin los que ya parece imposible hacer una película de este estilo) y piezas de persecución inverosímiles y con tantos movimientos de cámara que casi es mejor esperar al final para saber qué pasa antes que seguir el desarrollo de la secuencia. Además, es cargante ver en cada película, de forma insistente, a Angelina Jolie interpretarse a sí misma. No es que sea mala película, pero no deja absolutamente nada en la memoria. Para qué pensar ya en el alma.

· The secret of Kells
Una propuesta diferente y de mucho mérito. Hoy en día parece que la animación, ya sea tradicional o digital, tiene que ser perfecta y a veces nos olvidamos de que el dibujo es sólo la herramienta para contar una historia. The secret of Kells es, sobre todo, una historia. Irregular en algunos momentos, pero muy bonita. Es una leyenda, una fábula, un cuento hermoso que con un poco más de ambición podría haberse convertido en una de las mejores películas de animación de la última década. Tiene momentos absolutamente fascinantes, como la incursión del niño protagonista en el bosque y en la cueva, pero otras más bien decepcionantes como el climax en la abadía. Estuvo nominada al Oscar a la mejor película de animación y, aunque no era rival para Up, sí que es una película hermosa con la que enseñar a los más pequeños el valor del dibujo y de la literatura mientras disfrutan con un universo de magia con sonoridades celtas y una hermosa banda sonora de Bruno Coulais.

· Noche y día
James Mangold, después de la estupenda El tren de las 3.10, baja bastante el nivel con esta entretenidilla película de acción y comedia, aunque seguramente es el precio que un director tiene que pagar para hacerse un sitio en la industria. Porque Noche y día es sólo eso: acción y comedia. Bueno, y ver a dos estrellas de Hollywood, Tom Cruise y Cameron Díaz. Noche y día (horrenda traducción de un original juego de palabras algo imposible de trasladar al castellano, Knight and day) no engaña. Es exactamente lo que ofrece y por eso merece la pena, aunque sea una película con demasiados elementos que ya hemos visto en decenas de filmes similares y que lo mejor que ofrece es el tinte autoparódico que Cruise da a su interpretación, gracias a tantos papeles de agente o espía que ha hecho en su carrera. Pero lo que no tiene precio es ese delirante climax en una Sevilla disfrazada de Pamplona en San Fermín con Cruise y Díaz corriendo un encierro en motocicleta huyendo de los malos (y que sólo puede ser el gag más delirante de la historia del cine o una broma privada por aquella barrabasada semanasantera de Misión imposible 2).

· Prince of Persia. Las arenas del tiempo
Parece imposible que Hollywood consiga hacer una película basada en un videojuego que sea algo más que un producto más de merchandising con el que sacar el dinero a los aficionados. Porque eso es lo que es Prince of Persia. Eso y un típico producto de Jerry Bruckheimer. Da igual que sólo sea el productor y que como director aparezca Mike Newell. Como todas las películas que salen del mismo patrón, es una típica aventura con tintes de comedia, actores más o menos conocidos y respetados (empezando por el protagonista, un esforzado y soso Jake Gyllenhaal, y pasando por un algo desubicado Ben Kingsley), un personaje femenino de armas tomar (me pregunto si la deslumbrante presencia de Gemma Arterton tiene algo más de lo que ha enseñado aquí o en Furia de titanes) y muchos, muchos, muchos efectos especiales de esos que ya empiezan a cansar por repetitivos. Para pasar el rato y nada más. O quizá también para lamentar que ya no se haga cine de aventuras como antes.

· The killer inside me
Un poso de decepción es lo que deja esta película de Michael Winterbottom. Antes de verla tiene trazas de thirller intenso y con personajes para recordar y después de verla la sensación que deja es la de un American psycho rural y contenido con mucha menos alma de lo que pueda parecer con sus introspectivas interpretaciones o su voz en off de cine negro. Casey Affleck es un actor interesante (me gustó más en Adiós, pequeña, adiós que en la tan lenta como alabada El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford), aunque tiende a repetir gestos de sus diferentes papeles y su personaje aquí se queda a mitad de camino de lo que puede llegar a ser. Kate Hudson y Jessica Alba directamente defraudan, sobre todo la segunda. Todavía espera fecha de estreno en España, y como se vio en Estados Unidos en enero no es descabellado pensar que su futuro comercial aquí pase por el DVD. No sé si mucha gente la echará de menos en los cines, a pesar de su conocido reparto.

· Tekken
Lo que decía de Prince of Persia se queda corto al hablar de Tekken. Este galimatías plagado de testosterona y un amago de ciencia ficción apocalíptica que en realidad nada importa a sus autores sólo ofrece lo que se ve en la foto, cuerpos atléticos y atractivos. Peleas, a pesar de que es la base del videojuego del que procede, más bien pocas, erráticas y no especialmente interesantes (por muy inevitable que sea incluir una entre dos de las mujeres del reparto). El guión (¿guión?) es lo que cabe esperar, un conjunto de situaciones mil veces vistas protagonizadas por los personajes de siempre con otros nombres, rostros y cuerpos (que, insisto, aquí lo del cuerpo parece que cuenta mucho). Un aburrimiento como cualquier otro que probablemente ni los fans más fans del videojuego admirarán.

martes, agosto 31, 2010

'Los mercenarios', con la mente cerrada

Siempre que algún aficionado al cine recomienda una película que, por los motivos que sea, sabe que puede no gustarle, dice aquello de que hay que verla con la mente abierta. Definitvamente, a Los mercenarios no se le puede aplicar esa máxima. Lo que se tiene que recomendar para verla es justo lo contrario: tener la mente cerrada. Cerrada para que no entre nada de aquello que no vamos a ver, nada de lo que pudiéramos esperar, nada de lo que podría hacer de ella una mejor película. Porque Los merecenarios es sólo una cosa, muy concreta, muy definida. Cualquier pensamiento alejado de lo que es llevará al desastre en la experiencia de ver este filme. ¿Y qué es Los mercenarios? Pues nada más y nada menos que una reunión de viejos amigos y algún nuevo invitado con el único propósito de disfrutar, hacer explotar cosas y crear un vehículo de acción anclado para casi todo en los años 80. La película sólo es disfrutable si se ve así, con la mente cerrada a cualquier concepto que no sea éste.

Veamos. En la película aparecen, entre otros, Jason Statham, Jet Lee, Dolph Lundgren, Eric Roberts y Mickey Rourke. A Jean-Claude Van Damme y Wesley Snipes les ofrecieron un papel. Arnold Schwarzenegger y Bruce Willis protagonizan sendos cameos, y un tercero para Steven Seagal estaba planeado. El papel principal, el de director y el de guionista se lo reserva Sylvester Stallone, que hace 27 años que no dirige una película que no tenga al frente a Rocky o a Rambo. Estos nombres lo dicen todo, lo bueno y lo malo. Y hablando con franqueza es obligado decir que Los mercenarios es una mala película que tiene multitud de puntos en común con las malas películas de acción de los años 80. Pero, claro, si echamos la mirada a esos años nos daremos cuenta de que eran películas malas... que nos hicieron disfrutar. Así sucedió con títulos como Commando, Cobra o El último boy scout, por citar algunas de las principales nombres citados al comienzo de este párrafo. Y al final de Los merecenarios uno se da cuenta de que mal del todo no lo ha pasado, pero no queda más remedio que reconocer que es mala.

Y es mala porque el guión es horrible. No es posible, y sin embargo lo es, meter en apenas 90 minutos de película tantos y tantos tópicos. Es inverosímil, y pese a todo lo consigue, que todos los diálogos suenen huecos y conocidos. No puede haber dos personajes femeninos escritos de una forma tan plana. No hay actuaciones, porque en realidad no son necesarias. El único objetivo de la película es hacer explotar cuantas más cosas mejor y matar hasta al apuntador (un entretenimiento mientras se ve el filme puede ser contar los muertos en pantalla, la tarea promete ser ardua...). La única forma de entender Los mercernarios es como un canto nostálgico de los viejos rockeros a su cine de acción. Y como han pasado treinta años desde muchas de aquellas películas que convirtieron a los protagonistas de este revival en los reyes del género, eso le da un toque autoparódico probablemente no buscado (a diferencia de lo que sucedía en la mucho más entretenida El equipo A).

Ese toque paródico sólo se ve con claridad en una escena, la más divertida e interesante de la película, pero que tiene más valor personal que cinematográfico: la del cameo de Schwarzenegger y Willis. Son apenas un par de minutos, pero hay tantos mensajes anclados en la realidad que leer entre las frases del guión, que parece durar más de lo que se puede disfrutar. Stallone y Schwarzenegger son dos amigos que siempre se han picado en la pantalla con bromas ocultas (desde la burla de Arnie a los músculos de Stallone en Los gemelos golpean dos veces al poster ficticio de Terminator 2 con Stallone de protagonista en El último gran héroe, pasando por la broma sobre la presidencia de Schwarzenegger que sufre Stallone en Demolition Man), y esa labor de años encuentra aquí su cenit. Es, sin lugar a dudas, el mejor momento de la película, a pesar de que los poco avispados responsables de la promoción del filme decidieron incluír varios planos de esta escena en el trailer.

Dicho todo eso, lo normal sería llevarse las manos a la cabeza por el rotundo éxito que ha tenido la película, lo que, a pesar de que Stallone dijo que probablemente éste sería su último papel como actor, ya ha provocado el anuncio de que habrá una secuela. Pero el caso es que la película funciona como lo que es. Y es una mala película nostálgica de acción que ofrece justo lo que promete. Y no parece hecha hace veinte años por culpa de un frenético montaje (dicho esto en el peor de los sentidos) en bastantes momentos del clímax final, que la colocan entre el cine de acción más actual, repetitivo y, por qué no decirlo, prescindible. Quizá Los merecenarios es una de esas películas que son tan malas que acaban siendo buenas. Quizá es que hay que cerrar la mente para disfrutarla. Quizá. Y lo peor de todo es seguro que hay espectadores que mal no lo pasan viéndola, aunque uno no sabe si es por sus méritos o por sus deméritos.

jueves, agosto 26, 2010

'Ondine', una bonita trampa

Se están poniendo de moda los cuentos de hadas en el cine contemporáneo. O también películas que pretenden ser cuentos de hadas, que insuflan un contenido más o menos cercano a lo fantástico a historias cotidianas. Tim Burton ha coqueteado en varias ocasiones con ese particular subgénero del cine, M. Night Shyamalan lo llevó hasta la excelencia en algunas de sus películas, no sería descabellado entroncar algo del cine de Christopher Nolan en esta corriente. ¿Neil Jordan? Pues sí, Neil Jordan también con esta su última película, Ondine (película que por cierto no tiene todavía fecha de estreno en España a pesar de que se pudo ver ya en septiembre de 2009, hace casi un año, en el Festival de Cine de Toronto y se estrenó en Irlanda, su país de origen, en marzo de 2010). Y aunque en el fondo lo que Jordan ofrece no es más que una trampa, es una trampa bonita que engancha con la más sencilla magia del cine: con unos buenos actores, con un guión atractivo, con una hermosa historia y con preciosas localizaciones.

Me asombraba de que Neil Jordan se acercara al cuento de hadas, pero en realidad es una sorpresa relativa. Y es que Jordan es un director inclasificable. En sus ya treinta años de carrera, ha hecho terror, drama, comedia o thriller, tanto le da sumergirse entre vampiros que entre personajes que han sido víctimas de las mayores tragedias sociales, ha trabajado con actores muy conocidos y con intérpretes poco reconocibles (pero normalmente de mucho talento). Es un todo terreno. Con desiguales resultados, sí, pero no se ha especializado en género alguno como para que sorprende verle dirigiendo cualquier película. Ondine, además, se desarrolla en su Irlanda natal, lo que hace que sea una historia cercana y personal. Y entronca con una frase que dijo una vez Jordan: "la única razón por la que quiero hacer películas es que haya personajes que tienen partes de sí mismos que no entienden". Y de eso va Ondine. De personas que no tienen claras muchas cosas de sus propias vidas y de su búsqueda por entenderlas.

El filme arranca con la parte de cuento de hadas. Un pescador irlandés saca sus redes del mar para encontrar en su interior a una misteriosa mujer, cuya voz de sirena atrae la buena suerte, pero que no quiere que nadie la vea. Hermoso y poético punto de partida que consigue atrapar al espectador, no hay duda sobre ello. Luego empiezan las trampas, pero esas quedan para el juicio de cada espectador, que se sentirá más o menos satisfecho por las explicaciones (o ausencia de ella) sobre lo que está viendo y por la mezcla (en realidad, también muy personal y dependiente de cada uno de nosotros) entre realidad y ficción. Lo que es indudable es que se trata de una bonita historia, bien llevada si no disgustan demasiado los atajos que a veces escoge Jordan (más como guionista que como director) y que presenta, como decía, un magnífico envoltorio en forma de actores y escenarios.

Colin Farrell tiene buena parte de responsabilidad en el notable acabado de Ondine. Y es que el irlándes, después de muchos años en los que tampoco ha demostrado demasiado, compone un personaje complejo y atrayente, lleno de matices con los que genera una empatía importante. No sé si sería descabellado decir que es su mejor actuación (el caso es que ha trabajdo con grandes directores como Steven Spielberg, Michael Mann o Terry Gilliam, pero no se le recuerda ningún papel en concreto) pero muy lejos no puede estar. Quizá, y sólo quizá, un flashback sobre su problema con la bebida le hubiera dado una dimensión mayor al personaje. La desconocida polaca Alicja Bachleda (aunque nació en México), la pequeña Alison Barry o la también irlandesa Dervla Kirwan completan un reparto muy adecuado, muy profesional y muy comprometido con la película. Los escenarios, todos del irlandés condado de Cork, se suman al reparto como un personaje más. Uno muy hermoso y muy acorde con la historia.

Ondine es una historia de amor, pero también una historia de cariño. Es una fábula, pero también un filme de intriga. Es un cuento costumbrista, y también un drama social. Esta amalgama funciona en las dos vías. Por un lado, se puede echar en falta una concreción en algo, un mensaje claro. Por otro, ofrece mucha riqueza, pone diferentes temas sobre la mesa y permite al espectador disfrutarla a muchos niveles. Y eso funciona, por lo que lo primero queda ligeramente en el olvido. Una buena muestra de cine europeo, de que, en el fondo, las rocosas estrellas de Hollywood también saben, a veces, ofrecer actuaciones de lo más estimulantes y de que, por mucha inocencia que se pierda, siempre habrá cuentos de hadas con los que maravillar a niños y adultos.

viernes, agosto 20, 2010

'Centurión', romanos confusos

Llega una de romanos. Pero, en realidad, no son romanos de los de siempre. O quizá lo que habría que decir es que los romanos son una excusa para llegar a algo totalmente diferente. Lo que está claro es que Centurión es una película difícil de clasificar. No sé si gustará a los amantes del cine de romano más clásico. Ni siquiera a quienes adoraron (adoramos) el retorno del moribundo (¿muerto?) género de la mano del Gladiator de Ridley Scott. Pero quizá gustará a quienes provengan de un cine más afín al director de esta cinta, Neil Marshall, a quienes gusten de una violencia más gráfica en pantalla y a quienes les satisfaga la acción por encima de la historia (aunque algo de historia hay, y más interesante de lo que podría parecer y de lo que los propios responsables de la película parecen haberse dado cuenta). En cualquier caso, una propuesta diferente. El placer que uno encuentre en esa diferencia promete ser muy variable en cada espectador.

Gladiator logró para el cine de romanos lo que Sin perdón obtuvo en el western. Explicó a cinesastas y espectadores cómo hacer una gran película de género, de géneros además que triunfaron muchas décadas antes, deudora de los clásicos pero creíble en su propio tiempo. Lo malo es que también cerró esos géneros casi para siempre, quizá acomplejando al resto de realizadores, sabedores que la excelencia es muy difícil de conseguir. Desde que ambas películas se estrenaron, apenas ha habido intentos de acercarse a su calidad. Centurión no es uno de esos intentos, porque no bebe del cine de romanos más clásicos, ni siquiera busca una actualización más o menos diferente y no tiene entre sus objetivos colocarse a la altura de las mejores. Su apuesta es otra totalmente diferente. Es crear una historia gráfica de violencia en un entorno con romanos. "Con" y no "de" porque Roma no es parte de la historia que se nos cuenta. Muy al contrario, lo que vemos en la lucha por la supervivencia de una legión romana en tierras bárbaras.

Eso le permite a Neil Marshall (director de películas como Dog soldiers o The descent) dotar de un cuadro pseudohistórico a sus pretensiones de imágenes de violencia. Pero es una violencia muy personal y particular, quizá demasiado usada (y no siempre con sentido) en el cine más contemporáneo, basada en la sangre y en los golpes en cámara. Es una opción con la que seguramente quiere mostrar la crudeza de aquellos tiempos, pero es una opción discutible. Tras la primera escena de batalla, se pierde el factor sorpresa. Las muertes violentas dejan de asombrar para producir cierto hastío y sensación de repetición. Y son muchas y muy similares todas ellas. Lo que dejan no es precisamente la impresión de estar viendo una realidad histórica, y en eso se distancia, por ejemplo, de Gladiator (que tampoco era un ejemplo historicista precisamente, pero sí era una película "de" romanos). Además, entronca con el habitual olvido del cine moderno: no es más violenta la película que más muestra. La violencia no es sólo sangre en pantalla.

Ese exceso de sangre parece haber confundido el camino de lo que podría haber sido una película mucho más interesante, aquella que emerge en la media hora final (y, de forma muy sútil, en la breve introducción) de Centurión y que sí podría haber supuesto una notable aportación al género de romanos. Cuando los bárbaros se sienten extranjeros entre los suyos y los romanos también, surge un universo diferente, interesante y algo rompedor. Pero la decisión que adopta Marshall como guionista y director en el protagonismo que da a sus dos personajes femeninos dicta sentencia: puede la acción en lugar de esa narración alternativa. Y la decisión es ésta seguramente por seguir la corriente del moderno cine de acción, en la que hay que tener a una mujer de armas tomar compartiendo cartel con el héroe, sea como su ayudante o como su enemiga. Parecía mucho más interesante el personaje de Imogen Poots que el de Olga Kurylenko (difícil de reconocer a simple vista la última chica Bond, la de Quantum of Solace).

En medio de estas decisiones aparentemente confusas, objetivos algo contradictorios y propuestas sin duda diferentes, Michael Fassbender (que ha tenido papeles en Malditos bastardos o 300 y dentro de poco tomará el testigo de Ian McKellen para interpretar a un joven Magneto en X-Men. First Class) construye un interesante personaje protagonista. Quizá algo perdido entre tanta carrera y tanta pelea, pero cuyo atractivo crece a medida que avanza el filme y, sobre todo, cuando éste se adentra en el tramo final, sin duda lo mejor de Centurión. Cine de romanos, sí, pero no el cine de romanos con el que mucha gente ha crecido. Los romanos, al final, parecen una excusa. Entretiene pero no perdura. Qué pena que la película no fuera ese choque personal y cultural que sólo se deja entrever.

lunes, agosto 16, 2010

'Airbender', Shyamalan a ratos

La crítica norteamericana ha descubierto un nuevo juego: la caza de M. Night Shyamalan. Desde que hace ya once años nos impresionara a todos con El sexto sentido, los entendidos han decidido que este director ya no les vale. Han despreciado una por una todas sus películas, negando la genialidad, la poesía, la aventura, la brillantez visual o el carácter único y personal que desprendían casi todas ellas. Cierto es que había razón en los palos que recibió el cineasta (cineasta, sí; director se le queda corto) por su último trabajo, El incidente, pero choca que alguien tan original y tan fiel a sí mismo no tenga algún pequeño grupo de adeptos entre la crítica. Cuando se anunció que iba a hacer Airbender. El último guerrero, muchos lo interpretaron como una renuncia a seguir siendo él mismo. Abrazar un material ajeno por primera vez en su carrera (a pesar de haber escrito también el guión) no entierra a Shyamalan, ni mucho menos. Sólo a ratos se le ve en esta película, pero en absoluto es el desastre que ha querido dibujar la crítica americana.

Airbender adapta una serie de dibujos animados. Elección atípica a simple vista para Shyamalan, pero que una vez visto el resultado es fácil de explicar. En el fondo, este filme aborda los mismos temas que tocaba en sus anteriores trabajos, en especial la búsqueda de personas, extraordinarias por algún motivo, de su lugar en el mundo. De eso va Airbender, como también era el tema de El bosque, El protegido (estas dos, probablemente, las obras más redondas de Shyamalan), La joven del agua o El sexto sentido. Y sus imágenes, para quien no se deje engañar por la artillería de efectos especiales que contiene este filme, aportan la misma genialidad de antaño, la misma habilidad para colocar la cámara allí donde debe estar para explicar lo que esconde cada plano sólo con imágenes, sin necesidad de otro apoyo (aunque los tiene, en especial la nuevamente brillante música de James Newton Howard, con quien el realizador forma un tándem mágico). Y rodando planos abiertos, fáciles de comprender y lejos de la confusión que presenta la acción moderna de Hollywood. Es ahí donde se ve al Shyamalan más auténtico. Pero, por desgracia, eso no llega a toda la película.

El cineasta falla donde habitualmente triunfaba: con las palabras. No hay un solo diálogo en esta película que sea realmente necesario para entender lo que estamos viendo. Ni siquiera interesante de verdad. La mayoría de ellos son rutinarios. La voz en off que cubre las (algo extrañas) elipsis temporales es directamente superflua. Pero eso no puede ser excusa para quien hizo de una frase ("en ocasiones veo muertos") su tarjeta de presentación al mundo. Con las palabras, falla en ocasiones el ritmo de la película, a la que le pesa demasiado el hecho de no ser más que una introducción (nuevamente estamos ante un filme pensado para ser la primera parte de una trilogía, pero luego volvemos sobre eso). Pero eso no puede ser excusa para Shyamalan, que ya deslumbró a quien quisiera verlo haciendo de El protegido una perfecta película en sí misma a pesar de ser, en realidad, el primer acto de lo que podría haber sido una saga más larga (desde que se estenó, se rumorea con que Shyamalan hará una segunda parte). Y falla en algunas imágenes, afortunadamente no en demasiadas, por esa moda que hasta el propio Shyamalan ha criticado de estrenar ya toda película de fantasía en 3D. Christopher Nolan ya ha demostrado con Origen que no hacen falta gafas para deslumbrar.

Eso es lo negativo. Lo positivo está en que Shyamalan ha encontrado un buen camino como director de acción, algo a lo que hasta ahora no se había lanzado. El clímax, extenso y bien montado, demuestra que se maneja a gusto con multitudes, cuantiosos elementos en pantalla y el ritmo de una batalla. También hay cierta habilidad en la dirección de actores, la mayoría de ellos desconocidos para el gran público, y a ese reto de no tener rostros populares se enfrenta por primera vez en su carrera. No es que ninguno de los intérpretes haga el papel de su vida, pero hay mucho oficio en pantalla, incluso entre los actores más jóvenes. Son más que interesantes las dos chicas que aparecen, la tierna ingenuidad de Nicola Peltz (que apenas tiene experiencia en el mundo del cine pero cuyo nombre apunto) y la presencia magnética de Seychelle Gabriel (que ya se merendó a la sorprendentemente bien considerada Eva Mendes en la horrenda The Spirit haciendo su mismo personaje pero de joven). Y es interesante ver a Dev Patel, protagonista de la para mí sobrevalorada Slumdog Millonaire, ofreciendo nuevos registros.

El conjunto final puede saber a poco para quienes admiramos la categoría de Shyamalan, pero Airbender no deja de ser una correcta y entretenida película de fantasía. A pesar de la ferocidad con la que ha sido recibida entre los críticos (no tanto entre el público; lleva 200 millones de dólares recaudados aunque costó 150), es mucho mejor que otras sagas de fantasía juvenil (por temática, público o protagonistas) que han visto la luz en los últimos tiempos. Ni se le acercan primeras partes de sagas que no continuarán en el cine, como La brújula dorada, El circo de los extraños o Eragon. Es más adulta que las interesantes Crónicas de Narnia. Y tiene más diversión que Crepúsculo o Harry Potter (y aquí ya sé que me enfrentaré a la ira de los fans). Pero ésta la firma alguien que se reivindica como cineasta y eso, por lo visto, merece más palos que aplausos. Los míos no, desde luego. Shyamalan sigue siendo Shyamalan, aquel director que me asombró hace once años y que, salvo en una ocasión, me ha deslumbrado con algo en todas sus películas. Espero que haya secuela. Y espero que Shyamalan dirija también otro guión original suyo lo antes posible.

miércoles, agosto 04, 2010

'Toy story 3', el mejor final posible para quince años de genialidad

Qué difícil es dar con un buen final para cualquiera historia. En el cine, cuando esas historias se alargan en varias películas, el miedo crece. Hay miedo a que lo que nos estén contando no merezca la pena. Miedo a que, en el caso de que consigan interesarnos a lo largo de toda una saga, el final no esté a la altura. Pero con Pixar no hay lugar a esos miedos. Con Toy story no hay rincón posible para el miedo previo o la decepción posterior. Quince años después de que la primera entrega de esta saga revolucionara por completo el cine de animación, los chicos de John Lasseter han vuelto a conseguir todo lo que se proponían. Todo. Pocas veces una tercera parte emocionará tanto como ésta. Pocas veces encontrará una conclusión más hermosa a una historia que conocemos desde hace tantos años. Lo único que puede hacer uno cuando termina la proyección y sale del cine es aplaudir a estos genios que durante tantos años nos han dado lo mejor de sí mismos en esta historia. Y secarse las lágrimas de los ojos.

Hablar de Toy Story siempre es sencillo porque los halagos no terminan nunca. Tendrá puntos débiles, seguro que sí, pero entre tanto maravilla es difícil encontrarlos. Las tres películas que conforman la saga son el mejor ejemplo de lo que debe ser un cine animado de entretenimiento y calidad. Hay mucha gente que todavía no se ha dado cuenta de que lo que antaño era el trazo de un lápiz y ahora es un dibujo por ordenador no es sino una herramiento más para hacer el mejor cine posible. No se han dado cuenta que, en los quince años que han pasado desde que Toy Story llegara a los cines, la animación de Pixar ha dejado un puñado de obras maestras, no ya del cine de animación sino del séptimo arte como tal. Es una pena que no vean que estos personajes de trazos y colores animados pueden expresar tanto o más que cualquiera actor de carne y hueso. Gracias a Pixar, cada vez son menos los que piensan así, pero alguno queda todavía. Pero para ellos, sin duda, porque se pierden algo imprescindible como es Toy story. La primera, la segunda y la tercera.

Que estemos ante una secuela generará los temores habituales. Pero esta vez más infundados que nunca. Con Toy story 3 se cierra la historia que nos comenzaron a contar en 1995, la relación entre Andy y sus juguetes. Y se cierra con tanta genialidad que es difícil hasta destacar algo. Porque la película empieza, como ya lo hacía la segunda, con un terremoto, con un torrente de imaginación, con una historia dentro de la historia que sencillamente maravilla. Y continúa ofreciendo un caudal de diversión, emociones y sensaciones. Si la segunda entrega destacó, además de por un guión sencillamente extraordinario, por los guiños cinematográficos que encerraba, esta tercera lo hace por recuperar buena parte de la propia mitología de Toy Story (ojo al gancho de los marcianos...). Y lo hace con clase, sin necesidad de recurrir a los mismos momentos de ingenio de las dos películas anteriores. No hay chistes repetidos, no hay personajes que no hayan evolucionado. Y, al mismo tiempo, siguen siendo los mismos de 1995.

Bueno, los mismos no. Pixar es la vanguardia de la animación por ordenador. Los demás siguen muy por detrás. La diferencia entre la primera y la última entrega es notable, sobre todo en lo que se refiere a las texturas de los seres humanos. Eso era hace quince años el talón de Aquiles de la tecnología. Hoy ya da igual. Los animadores pueden recrear lo que quieran con una precisión y una asombrosa. Los humanos son más humanos que nunca, pero no es sólo eso. Es la hierba. Es el entorno. Es la pintura. Es la suciedad. Es el fuego (¡por fin un fuego animado convincente!). Es todo. Es una maravilla visual que está años luz por delante de lo que nos pueden ofrecer los demás estudios que se dedican a la animación (y este año ha habido fácil comparación, pues además de ésta se han estrenado la entretenida Como entrenar a tu dragón o la cuarta entrega de Shrek, una saga que sí viene dando muestras de agotamiento ya desde su segunda parte).

Quizá hay quien piensa que el guión pierde fuerza al mismo tiempo que se ha perdido el elemento de la sorpresa. No voy a negar que hay algunos momentos de la película, en su tramo central, en el que hay cosas que recuerdan demasiado a detalles de las dos anteriores, pero esa sensación desaparece a medida que los nuevos elementos se van integrando con naturalidad en el universo de juguetes que ya conocíamos y, sobre todo, en el tramo final de la tercera parte. Porque es ahí cuando de verdad te das cuenta de que estás viendo el final de la historia. De que están desfilando por delante de tus ojos los últimos instantes de una parte de nuestras vidas. No sé si todo el mundo es consciente de ello. O de que está viendo Historia pura del cine (una sensación que ya viví de forma clara cuando se estaba terminando La venganza de los Sith). Sí, es lo que pienso, es lo que digo y es lo que mantendré siempre. Historia del cine. Eso es lo que hace Pixar. Eso es lo que supone Toy story.

Muchos son los platos fuertes que ofrece Toy story 3. Después de que la muñeca rubia debutara en la segunda parte, es impagable ver la historia de amor entre Barbie y Ken. Como innenarrable es el momento flamenco de Buzz Lightyear (que encuentra además un colofón perfecto en los títulos de crédito, esos que uno nunca puede dejar de ver en una película Pixar, esos que hacen que salgas del cine siempre sonriendo... y cierran el círculo con la sonrisa inicial, la del imprescindible corto de turno; Día y Noche, por cierto, es de los mejores que ha hecho Pixar si no el mejor). Todo lo demás raya a gran altura. Pero si algo es Toy Story 3 es su final. La saga es una hermosísima historia de amistad con el envoltorio de una película de aventuras. Y todo lo que representa está encerrado en los últimos cinco minutos antes de los créditos. Si Toy story ha formado parte de tu vida en los últimos quince años, es imposible no derramar alguna lágrima. Y en esa escena hay una frase que resume perfectamente lo que uno siente hacia Pixar, Toy Story, John Lasseter y Lee Unkirch, director de esta última entrega.

"Gracias, chicos". Gracias de corazón.

martes, julio 27, 2010

'Origen', o cómo Christopher Nolan confirma que es un genio

Lo malo de mostrar una primera chispa de genialidad, es que estás obligado a confirmar que eres un genio o, de lo contrario, la gente podría pensar que ese brillo inicial ha sido un golpe de suerte. No sé si después de lo que Christopher Nolan hizo con Batman (Batman begins, El Caballero Oscuro y una tercera tentrega odavía por hacer) alguien sintió algo parecido. Que Nolan estaba obligado, a pesar de tener ya un puñado de películas interesantes a sus espaldas, a demostrar que era un genio. Pues ya está, aquí lo hace. Origen es una película terriblemente fresca y original (lo que tiene mérito en sí mismo por la temática relacionada con los sueños que aborda, vista en innumerables ocasiones), magníficamente construida, con motivos más que suficientes para disfrutarla a nivel intelectual y a nivel visual, con un reparto maravilloso y con un final de los que permiten el debate durante horas. No, no es el final, es toda la película. Es una genialidad que desde ya mismo tiene un hueco entre los referentes cinematográficos de la década por su carácter único y rompedor, que nada tiene que ver, aunque lo pueda parecer, con otros títulos de temática similar.

Porque puede ser tentador relacionar Origen con Matrix (y algún día habrá que decir que Matrix no era en realidad para tanto -y si lo era, sus secuelas se encargaron de arruinarla- y que la película que se merecía toda la fama es una pequeña joya semiolvidada que se titula Dark City), pero no van por ahí los tiros. Lo que Nolan hace en Origen es construir un universo creíble, un guión completo en sí mismo y que pone el énfasis en las relaciones entre los personajes, en la psicología de los mismos, en sus sueños, miedos y anhelos. Y, sin embargo y al mismo tiempo, es un espectáculo visual de primer nivel, lleno de imágenes inolvidables (atención a la pelea en los pasillos del hotel, deslumbrante e imaginativa, que se mantendrá durante años como una referencia visual) y con un climax final muy extenso que hace gala de un montaje paralelo, de dos y tres escenarios simultáneos, que sólo se puede calificar de perfecto, tan perfecto como los flashbacks que incluye (sólo es discutible el primero, el arranque del filme, que es más efectista que efectivo). Si Nolan ya rueda bien, lo que hace en la sala de montaje es para provocar el aplauso más sincero.

No sería bueno desvelar mucho sobre el contenido de Origen. No porque sea una película que viva de su final o de alguna sorpresa tramposa (todo lo contrario, pues es una película coherente y precisa en todo lo que cuenta... ¿o no?, cabría preguntarse al final), sino porque tiene una asombrosa capacidad de enganchar al espectador en cada secuencia, en cada paso, en cada nivel, con cada imagen y con cada nota de su prodigiosa banda sonora (Hans Zimmer es ya, por derecho propio, el mejor compositor del Hollywood contemporáneo, capaz de mostrarse perfectamente reconocible y, al mismo tiempo, de dotar de una personalidad única a cada una de sus películas). Casi llega a las dos horas y media, pero todo se pasa en un suspiro. Y pide a gritos un segundo visionado. Y un tercero. No porque no se haya entendido, no. Nolan hace un cine inteligente y apela al debate, pero da todo lo que tiene, no se guarda nada. La lectura sólo depende del espectador, que tendrá que decidir qué piensa cuando la pantalla se quede en negro después de un tan inquietante como magnífico plano final.

Y lo bueno es que no hace falta ni siquiera tomar una decisión sobre el sueño o la resolución. La duda también puede enamorar al espectador de Origen. Tanto como el magnífico trabajo de todo su reparto. Leonardo DiCaprio mantiene ticks que asemejan demasiado todos sus papeles, pero su esfuerzo por hacer personajes intrigantes y diferentes es notable. Ken Watanabe aporta la misma sobriedad de siempre, igual que Michael Caine en su reducidísimo papel. Como Cillian Murphy, de nuevo brillante, Caine lleva camino de convertirse en un fijo en el cine de Nolan. Ellen Page cautiva, y lo hace porque ha sabido alejarse aquí de Juno. Marion Cotillard, casi sin quererlo (o eso es lo que hay que creer), se convierte en el centro psicológico de la película. Joseph Gordon-Lewitt es la revelación de la película (aunque tiene ya una larga carrera, se le vio en G.I.Joe o 500 días juntos). Y se agradece que Nolan siga rescatando rostros conocidos de los años 80, en esta ocasión con un papel para Tom Berenger (del mismo modo que hizo con Rutger Hauer en Batman begins). Todos componen un reparto brillante, creíble y muy acertado.

Origen se convierte en una película única porque es imposible clasificarla. Se mueve de maravilla en todos los terrenos y escenarios. Nada resulta artificial, nada se ve inverosímil. Salta con una precisión envidiable de Mombasa a París, de una persecución en el asfalto a una escena romántica, del más puro cine de acción a la mejor intriga psicológica, de una imagen a cámara lenta a un plano tan veloz como imposible sobre el papel. Christopher Nolan demuesrta que es un genio, sí. Y Origen que todavía es posible hacer un cine diferente, rebosante de imaginación y talento, que perdurará en el tiempo por lo que es, por lo que cuenta y por lo que representa y no por una moda pasajera. Es maravilloso entrar en una sala de cine y encontrarse con un prodigio así. Si Nolan ya había hecho que me preguntara qué demonios va a ser capaz de hacer para superar El Caballero Oscuro, y sin por ello dejar de esperar con ansia su tercera película sobre Batman, ahora ya me pregunto dónde está el límite de este director. Veré cada una de sus próximas películas con esa pregunta en la mente. Y ojalá tardemos mucho en ver ese límite.

Origen se estrena el 6 de agosto.

jueves, julio 22, 2010

Fuera complejos: 'El equipo A' funciona de maravilla

Casi todos los veranos llega a los cines una de esas películas de acción que apuntan a desastre, que se basa en una franquicia cuyos protagonistas originales recelan o incluso reniegan de ella, que tiene un trailer que asusta más que animar a verla... y que al final resulta una película de acción entretenidísima. El año pasado, ese honor recayó en G.I.Joe y en este 2010 este particular reconocimiento se lo lleva El equipo A. No hay que tener problemas en reconocer que, por mucha nostalgia que nos aceche a la hora de mencionar ese título televisivo de los años 80, esta película no sólo actualiza sino que mejora el producto original. No hay que sentir miedo alguno en admitir que esta película está muy bien rodada, mejor montada y adecuadamente interpretada. Fuera complejos: El equipo A es una gran película veraniega de acción que cumple con todo lo que promete y a mí, desde luego, no me duelen prendas en reconocer lo bien que me lo he pasado con ella.

Porque, claro, con esto de las reimaginaciones, actualizaciones, remakes o como se quiera llamar hoy en día el relanzar una franquicia ya conocida, tenemos el problema de la memoria de cada espectador. No importa tanto el nivel de calidad que tuviera el original, sino el nivel de calidad que cada uno de nosotros creemos que tenía. Y los años 80 son casi intocables para una amplia generación de espectadores que hoy se mueve en la treintena. Sin embargo, creo que es justo reconocer que, por muy nostálgico que sea el recuerdo que tengamos de El equipo A, como serie era un producto bastante flojo. Con unos personajes muy carismáticos, eso sí, y unos actores que hicieron de ellos un recuerdo maravilloso para todos los que crecimos con ellos. Pero cada episodio era una fotocopia del anterior, con el grupo acudiendo al rescate de la dama o grupo marginal en apuros. Pero si el miedo es que hayan cambiado eso, lo cierto es que la película no traiciona en absoluta esa esencia. Más bien al contrario, la engrandece, le da un origen y una historia de fondo.

Uno de los motivos de duda sobre el resultado final de la adaptación cinematográfica era el nombre del director. Joe Carnahan, con la única experiencia de la película de 2006 Ases calientes, podía hacer cualquier cosa. Y hete aquí que lo que ha hecho es exactamente lo que tenía que hacer para que la película funcionara. El respeto que demuestra por los personajes (y, de forma indirecta, por los espectadores que sienten cariño hacia ellos) es bastante grande. Desde el primer momento en que aparecen en pantalla son perfectamente reconocibles aquellos que nos entretuvieron hace más de dos décadas durante tantos episodios. La película no sólo está bien dirigida y ofrece una acción clara de seguir, sino que ofrece más detalles. El montaje paralelo del clímax final es uno de los mejores que ha dado el género en bastante tiempo y es un colofón magnífico a casi dos horas de entretenimiento de altura.

Liam Neeson encabeza un buen reparto. Y Neeson siempre funciona, mucho más en estos papeles de líder y/o mentor a los que nos ha acostumbrado en los últimos años. Es un muy bien Hannibal Smith y escucharle decir aquello de "me encanta que los planes salgan bien" suena igual de bien que en boca de George Peppard (tan bien como las notas del clásico tema musical de la serie, reescrito aquí, como toda la banda sonora, por Alan Silvestri, que se copia un poco a sí mismo pero cumple). Bradley Cooper es quizá quien más registros nuevos introduce con su Fénix. Lo esencial está ahí, pero es algo más extremo que el que conocíamos. Y funciona, ya lo creo que funciona. Sharlto Copley, que sorprendió en District 9, es un Murdock sencillamente genial. Tanto, que se lleva los mejores momentos de la película con bastante facilidad. Y Quinton Rampage Jackson cumple como M.A., completando un muy buen cuarteto protagonista. Quinteto, con la clásica furgoneta (ojo a lo que hacen con ella, irreverencia en grado sumo... y por ello digno de aplaudir).

El guión, no obstante, falla en lo de casi siempre. Sale airoso de la necesaria modernización de personajes y situaciones (la referencia ya no es Vietnam, sino Irak), cumple con la premisa de ofrecer una violencia para todos los públicos (marca de la casa en una serie en la que era imposible que tantos disparos no acertaran a alguien aunque fuera por casualidad), pero se equivoca en la introducción de la heroína en cuestión. Durante buena parte de la película, uno no deja de preguntarse qué hace Jessica Biel ahí, más allá de rellenar la cuota de nombres femeninos en las películas de acción del verano de 2010. Quizá, y sólo quizá, la percepción mejora hacia el final del filme, pero está claro que este aspecto es donde el esfuerzo ha sido inversamente proporcional al atractivo de la actriz escogida. Es una moda cansina eso de meter a una actriz atractiva en todas las películas... simplemente porque sí. No entiendo por qué Hollywood desprecia la posibilidad de tener personajes femeninos interesantes en una película de acción.

El equipo A lo tenía todo para ser un horror y, en cambio, es uno de las películas más entretenidas del verano norteamericano. Ofrece diversión sin complejos y sin límite desde el notable prólogo hasta el sobresaliente final, consciente en todo momento del leve toque autoparódico que encierra, una aventura de acción correctamente llevada a todos los niveles. La nostalgia no gana este asalto, lo gana la adaptación y además por goleada. Me ha caído simpática la película, sí. Y, además, El equipo A tiene la mejor broma sobre el 3D que Hollywood nos quiere meter con calzador. ¿Se puede pedir más?

martes, julio 20, 2010

Una 'Pesadilla en Elm Street' más violenta pero no tan nueva

Cuando se estrena un remake, uno ya no sabe si echarse a temblar o alegrarse de volver a universos conocidos. Normalmente soy de los segundos, no creo en las películas intocables y no me asusta que algún cineasta medianamente desconocido se lance a crear una nueva versión de una película con cierta calidad y fama o un número de seguidores considerables. Lo que necesita un remake es algo nuevo que añadir a la mitología ya existente. Si lo hace, entonces el remake vale la pena. Si no, es una pérdida de tiempo. ¿Y qué es la nueva Pesadilla en Elm Street? Pues seguramente ni una cosa ni la otra, porque algo de nuevo si tiene, no tanto como cabría esperar, pero tampoco añade demasiado. Ofrece un guión que suena a conocido, pero al mismo tiempo juega con habilidad con el ritmo. Y tiene un buen protagonista que eleva el nivel de un conjunto irregular. Entremos en detalle.

Pesadilla en Elm Street es un remake puro. Es decir, no intenta cambiar más de lo necesario. La historia es la misma, el villano es el mismo, el desarrollo es casi el mismo. Aunque se corre el riesgo de pensar que, gracias a eso, la labor del director Samuel Bayer (director de videoclips, debutante en cine) y de los guionistas Wesley Strick y Eric Heisserer ha sido acertada, lo cierto es que este detalle hace el efecto contrario al deseado y convierte la nueva Pesadilla en un filme algo rutinario. Como todo el cine de terror moderno, esconde los habituales sustos (muy mal subrayados por la música de Steve Jablonsky; ¿por qué esa manía del género de acompañar el susto con un punteo musical estridente?), pero no aterroriza. Quizá eso sea más responsabilidad de la rutinaria dirección que de un guión que esconde apuntes interesantes y giros argumentales que sí sorprenden, a pesar de los diálogos planos de costumbre.

Lo mejor de la labor de todos ellos radica en que han optado por el único camino posible que requiere un personaje como Freddy Krueger: la violencia más descarnada. Nada de ocultar la sangre, los asesinatos o las mutilaciones, nada de llevar el plano lejos de la violencia, nada de dejar las cosas a la imaginación. Se tiene que ver en pantalla, porque de lo contrario no tendría ningún sentido tener un personaje central con garras en las manos (y, sí, me acuerdo de ese Lobezno que prescinde del color rojo en su paleta cromática, sí). Pesadilla en Elm Street es muy violenta. Más que la película original. En pantalla y en su planteamiento, puesto que endurece la trama original con aspectos que hace 26 años, cuando Wes Craven hizo su película, eran imposibles de añadir. Es obvio que no todos los públicos llevan bien la violencia en pantalla, pero es igualmente cristalino que es la única forma de hacer una película sobre un monstruo que asesina a sus víctimas en sus sueños con una garra. Elegir ese camino dignifica el intento de la película de actualizar el mito de Freddy.

En esos añadidos en esta versión destaca el nuevo aspecto de Freddy. Nada cambia de su atuendo (hubiera sido equivocado querer reinventar algo tan icónico del cine de terror de los años 80), pero su rostro presenta cicatrices y quemaduras mucho más realistas que en el filme original. Jackie Earle Haley, que con su Rorschach ya fue de lo mejor de Watchmen, crea un más que correcto Freddy, a la altura de su leyenda. Enrtar en comparaciones con el de Robert Englund sería algo baldío y bastante injusto, pues el primero tuvo seis películas y éste, de momento, sólo lleva una. El reparto se ajusta a lo que uno espera de una película así, un grupo de adolescentes (que, eso sí, pasan de la veintena, a pesar de que los chavales van al instituto en la película) más o menos desconocidos (Thomas Dekker, el más reconocible, protagonizó la serie Terminator: Las crónicas de Sarah Connor) y un grupo de adultos, los padres, que llevan muchos papeles de secundario a sus espaldas. En este apartado, corrección, sin más.

Quizá la clave para analizar Pesadilla en Elm Street esté no tanto en lo que se nos cuenta y cómo se nos cuenta, sino en lo que es: un remake de un título clave del cine de terror de los años 80, insisto. Pero que sea clave no quiere decir que sea insuperable. Ni siquiera bueno. No soy un gran fan de la Pesadilla de Wes Craven, pero, como decía, es innegable su carácter de icono. Lo que está claro es que aquella no era una gran superproducción de Hollywood. Tampoco ésta lo es, pero se nota que tiene más dinero detrás. Y por eso quizá se echa en falta algo más de imaginación donde podía notarse el dinero: en las escenas de los sueños. Escenas, por cierto, en las que Bayer parece hacer trampa. Y digo parece porque el epílogo de la película, el imprescindible epílogo cuando la intención es montar una franquicia, parece desmontar muchas de las bases del funcionamiento del personaje. ¿Intencionadamente? Yo no sería muy optimista sobre ello.

Y como es un remake, el recuerdo de la película original es lo que determinará la valoración de cada espectador. Vista de la forma más aséptica posible, esta nueva Pesadilla en Elm Street es una película de su tiempo, tan violenta como es necesario que sea, irregular en su guión, poco eficaz en su dirección (una pena que el género ya no atraiga a nombres notables... aunque lo más probable es que muchos hicieran un cine de terror que no encajaría con los gustos del público actual por excelencia: los adolescentes) y en conjunto entretenida pero en absoluto original. Se justifica en que un personaje conocido siempre ayuda a lanzar una franquicia, pero se echa en falta cine de terror nuevo, sin necesidad de recurrir a la oleada de remakes que tenemos desde hace tiempo en el género. Pero es Freddy, y Freddy, la verdad, tiene un punto de fascinación que engancha desde hace casi tres décadas. Al fin y al cabo, ataca cuando estás soñando.

miércoles, julio 14, 2010

¿'Dorian Gray'? ¿Dónde...?

Hollywood ha perdido desde hace ya unos cuantos años la capacidad de adaptar con interés las novelas clásicas de la literatura. Como en todo, hay excepciones, claro, pero si uno mira al cine norteamericano de los años 40 a 90, hay muchas películas que hoy consideramos clásicas que, lo supiéramos o no, están basadas en grandes novelas. De ahí en adelante, más bien pocas han encontrado un lugar en la memoria inmortal del cine. Los títulos míticos del arte de escribir siguen siendo un caramelo muy goloso para muchos directores y por eso seguiremos teniendo en nuestras carteleras versiones de grandes obras literarias, pero pocas llegan ya al corazón. El retrato de Dorian Gray, de Oliver Parker, no sólo no es una excepción sino que el claro paradigma de esta tendencia de deshumanizar historias muy humanas en detrimento de una aparentemente atractiva fachada y una pretendida modernización del argumento.

Oliver Parker lleva años sumergido en adaptaciones. Ya había llevado al cine otras dos obras de Oscar Wilde (Un marido ideal y La importancia de llamarse Ernesto) y una de William Shakespeare (Otelo). Sin embargo, aquí no adapta, aquí transforma. Y cambia tanto que es difícil encontrar a Dorian Gray en la película. Sí, tenemos el famoso cuadro que refleja todos los pecados y atrocidades que comete el protagonista, pero muy poquito más. La modernización de la obra de Wilde se convierte en una desnaturalización. No es, en realidad, Dorian Gray el que vemos en pantalla. Le falta su personalidad, su carácter, su motivación, su narcisismo. Parker parece empeñarse en presentar a Dorian como una buena persona, como un protagonista ideal para una historia de redención y culpa, la historia en la que se intenta convertir la tragedia de Wilde. Sin éxito, claro.

Esta última revisión de El retrato de Dorian Gray se aleja del original literario en casi todo. No hay en ella nada del espíritu crítico contra la sociedad victoriana que Wilde plasmó en sus páginas (sólo un leve intento en la escena en la que Dorian toca el piano ante una selecta audiencia), poco de su tema central, el narcisismo (se ensalza más la juventud que la belleza), y nada del terror gótico que narraba la novela. Por descontado, el grado de lejanía que quiera adoptar una película con respecto a la novela original no depende más que de su director y de su guionista, y por eso mismo es una decisión totalmente legítima (y a veces incluso necesaria para que la película triunfo) a la hora de adaptar una obra literaria, pero es una opción que no puede funcionar en un título tan reconocible y tan extremo como éste. Si no se ve a Dorian Gray en pantalla (ni tampoco a Lord Henry), ¿cómo se va a valorar positivamente una película titulada El retrato de Dorian Gray?

Hay un problema de base en la película, y es su protagonista. Ben Barnes (Las crónicas de Narnia. El príncipe Caspian) puede dar la talla desde el punto de vista estético, pero carece de toda la maldad, toda la ambigüedad y todo el magnetismo de Dorian Gray. Puede ser un héroe de acción, incluso un galán, pero no un alma torturada. Colin Firth es la mejor baza de la película, pero su Lord Henry se queda en la superficie, algo que parece más responsabilidad del guión y la dirección que del notable trabajo del actor protagonista de Un hombre soltero. Al final, la única fuerza que emana de la película procede de sus actrices, Rachel Hurd-Wood (la niña de Peter Pan. La gran aventura; su personaje pierde la capacidad generadora del cambio de Dorian que sí tiene en la novela; los culpables parecen los mismos que en el caso de Lord Henry) y Rebecca Hall (Vicky Cristina Barcelona o El desafío. Frost contra Nixon), además de otras veteranas intérpretes como Fiona Shaw y Caroline Goodall.

Tampoco funciona la parte de terror que sí tiene el escalofriante relato de Wilde. Convertir al cuadro es una especie de ser animado sobrenatural no parece la mejor de las soluciones para generar miedo. Tampoco es un acierto es el juego de misterio para ver o dejar de ver la transformación del cuadro, ya que cuando realmente podemos verlo acaba por no ser el momento culminante que uno espera. No es tan aterrador, no refleja lo que de verdad sucede en el alma de Dorian Gray, del mismo modo que la película no consigue hacernos entender por qué su alma es tan sórdida o por qué su comportamiento le convierte en un monstruo (no hay nada excesivamente complejo de mostrar en pantalla a pesar de ese anhelo de modernización). Una oportunidad perdida y una lástima, pero aquí no encontraremos a Dorian Gray.

jueves, julio 01, 2010

50 años de 'Psicosis'

El 16 de junio de 1960, Nueva York acogió la premiere de Psicosis. El estreno oficial se produjo en el Reino Unido el 4 de agosto y en Estados Unidos el día 10 de ese mes. Se cumplen, por tanto, 50 años de Psicosis. 50 años de una de las películas más hipnóticas, transgresoras, aterradoras y brillantes de todos los tiempos. 50 años de una de las mejores películas del maestro del suspense, Alfred Hitchcock. Quizá todavía quede alguien que no la haya visto. Serán muchos menos los que no conozcan su escena más famosa. Quizá. Qué gran oportunidad para recuperarla y, en el caso de esas personas que aún no lo han hecho, descubrirla. Es una de esas joyas inmortales, un auténtico icono, y eso que nació para ser una película de bajo presupuesto y sin demasiadas pretensiones.

Alfred Hitchcock estaba en la cima. Venía de triunfar con dos de sus mejores películas: Con la muerte en los talones y Vértigo. Y fue con Psicosis cuando llevó al extremo su apelativo de mago del suspense. Porque suspense hay en toda la filmografía del maestro, pero aquí hizo del suspense un elemento de puro arte, ya desde la primera secuencia. Incluso en la publicidad. "Por favor, no revele el final. No dispongo de otro", rezaba uno de los carteles del filme. "Nadie... absolutamente nadie... podrá entrar a la sala después de que el pase haya comenzado", decía otro. El rodaje se llevó a cabo en el más absoluto de los secretos. Normal, teniendo en cuenta las sorpresas que tenía reservadas Hitchcock. Janet Leigh ya era una estrella, Anthony Perkins se convirtió en leyenda con este filme, aunque el resto de su carrera no estuviera a la altura. Queda para la Historia su portentosa banda sonora, opresiva y tensa haste límites insospechados. Su fotografía en blanco y negro, hermosa y aterradora. Su mítico Motel Bates, imitado hasta la saciedad. Su protagonista, Norman Bates, que apareció en tres secuelas.

Y, sí, la escena de la ducha. Sobre ella, y sin revelar nada más por si acaso, hay una anécdota que no me resisto a contar. Mejor dicho, a citarla del libro Cien bandas sonoras en la Historia del cine, de Roberto Cueto. "Según contaba Bernard Herrmann, Alfred Hitchcock no quedó muy satisfecho con Psicosis después de haberla rodado, y pensó en la posibilidad de no estrenarla en los cines, sino en reducirla a una hora de duración e incluirla en su serie televisiva Alfred Hitchcock Presenta. Recordaba Herrmann: 'Le dije '¿Por qué no te vas de vacaciones de Navidad y mientras yo compongo y grabo la música y a la vuelta lo piensas mejor'. 'Bueno', contestó, 'haz lo que quieras pero sólo te pido una cosa: no compongas nada para la escena de la ducha. Debe ir sin música'. Como es bien sabido, Herrmann no hizo caso de esta última recomendación".

¡Qué grande es la magia del cine!