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miércoles, agosto 29, 2012

'Los mercenarios 2', buscarlos, encontrarlos y matarlos

No hay mejor forma de definir Los mercenarios 2 que con esa memorable frase que marca la película (y el trailer): "buscarlos, encontrarlos y matarlos". Esa frase, una simple frase de tres palabras y dos comas para separarlas, resume la trama de la película, que no esconde nada más que eso, una refriega descomunal de tiros, golpes y explosiones para acabar con el malo. Explica, también, el nulo esfuerzo acometido en un guión plano, risible, que quiere transformar la nostalgia de la primera entrega en un tono de parodia salpicada de buddy movie en la que ni siquiera cree. Y supone, sin duda, la mejor frase que puede dar el espectador, una vez finalizada la película, para referirse a todos sus artífices. En un sentido figurado, por supuesto. Porque Los mercenarios 2 es para matarlos. La primera era mala, pero se contaba con ese elemento para hacer del visionado una especie de revival de los años 80. La segunda es aún peor. Aunque exploten muchas cosas.

Quizá lo primero que haya que hacer a la hora de valorar Los merecenarios 2 es echar la vista atrás y compararla con la primera entrega. Eso ya se antoja una misión complicada, porque es una película que no dejó huella alguna. El cartel y el trailer, en el que se ve a los protagonistas y en el que se revientan los cameos, está más grabado en la memoria que la propia película. Viendo la secuela, dirigida por Simon West (Con Air, Tomb Raider, The Mechanic), es difícil incluso decir si estaban en la película original todos los actores que, al inicio de la secuela, forman parte del grupo de mercenarios que encabeza Barney Ross (un Sylvester Stallone tan de cartón piedra como siempre). La única novedad que salta a a vista es la que cumple, aunque de otra manera, la doctrina Stallone, la de incluir una mujer por el simple hecho de incluir una mujer. La elegida es Yu Nan, cuyo carisma es equiparable al del resto del grupo protagonista, es decir, nulo.

Porque el carisma emana de donde tiene que emanar, de Arnold Schwarzenegger y de Bruce Willis. A pesar de que son los dos actores que menos aparecen en pantalla, ellos mandan, la película camina a su ritmo y sólo sus apariciones permiten despertar levemente del letargo (si es que es posible el letargo ante el ruido de tantos disparos y explosiones). Lo malo es que el tono paródico de este filme acaba devorándolo todo, sobre todo a un Schwarzenegger al que utilizan casi de mono de feria, repitiendo algunas de las frases más conocidas de las películas que le convirtieron en estrella. Él mismo se ríe de su mítico "volveré", y en el fondo da lástima que sea su principal baza. Eso sí, luego coge dos armas más grandes que su brazo (que ya es de por sí grande) y arregla un poco la situación. Incluso en este sentido habría que hablar de Chuck Norris, pero su carisma aparece por el juego cinéfilo-musical con el que aparece en pantalla, ni siquiera por sus propios méritos.

Resulta curioso que Scharzenegger y Willis lleven la voz cantante cuando la película quiere ser, en realidad, otra cosa. Dado que el grupo de mercenarios va desde lo insulso a lo prescindible, el filme se convierte casi en una buddy movie protagonizada por Stallone y Jason Statham. Ellos son las víctimas de unos diálogos infumables, terribles, malos hasta decir basta. Habrá quien piense que no se le puede pedir más al género o a películas con estas pretensiones, pero es que el guión rebasa lo tolerable con mucho. No es ya que la historia sea mala (¿cuál es el plan del villano de turno que tienen que impedir los buenos?), que no haya momentos de gloria para todos los personajes (¿todavía no se ha aprendido la enorme lección que en ese sentido dio Joss Whedon en Los Vengadores?), que sea aburridamente predecible o que compagine la filosofía de El equipo A televisivo (esa de que ni una sola bala alcanzase a nadie, en este caso a los buenos) con el aumento de la sangre (la de los malos). Es que no hay una sola línea de diálogo decente. Ni una.

Los mercenarios era mala, pero quizá eso podía formar parte del disfrute. Los mercenarios 2 es peor porque ni siquiera sigue la senda que inspiró a la primera, al menos no completamente. Ya no es un ejercicio de nostalgia para reunir a las estrellas de acción de los años 80, sino un batiburrillo en el que lo único que queda claro es que hay que vaciar cargadores y hacer explotar todo lo que se pueda. ¿Explicaciones? ¿Para qué? ¿Una historia sensata? Como si hiciera falta. Mala hasta decir basta. Lo único salvable está en ver a Arnie disparando como un poseso (como en las mucho más entretenidas Commando o Eraser) y a Willis soltando sus socarronerías habituales, que ya devoran cualquier personaje hasta convertirlo en el propio Bruce Willis. Es como si John McLane saltara de película en película y de universo de ficción en universo de ficción. Ya sólo cabe preguntarse qué harán en la tercera y a quién tratarán de convencer para que se sume a este desaguisado que, todo hay que decirlo, da dinero.

martes, agosto 31, 2010

'Los mercenarios', con la mente cerrada

Siempre que algún aficionado al cine recomienda una película que, por los motivos que sea, sabe que puede no gustarle, dice aquello de que hay que verla con la mente abierta. Definitvamente, a Los mercenarios no se le puede aplicar esa máxima. Lo que se tiene que recomendar para verla es justo lo contrario: tener la mente cerrada. Cerrada para que no entre nada de aquello que no vamos a ver, nada de lo que pudiéramos esperar, nada de lo que podría hacer de ella una mejor película. Porque Los merecenarios es sólo una cosa, muy concreta, muy definida. Cualquier pensamiento alejado de lo que es llevará al desastre en la experiencia de ver este filme. ¿Y qué es Los mercenarios? Pues nada más y nada menos que una reunión de viejos amigos y algún nuevo invitado con el único propósito de disfrutar, hacer explotar cosas y crear un vehículo de acción anclado para casi todo en los años 80. La película sólo es disfrutable si se ve así, con la mente cerrada a cualquier concepto que no sea éste.

Veamos. En la película aparecen, entre otros, Jason Statham, Jet Lee, Dolph Lundgren, Eric Roberts y Mickey Rourke. A Jean-Claude Van Damme y Wesley Snipes les ofrecieron un papel. Arnold Schwarzenegger y Bruce Willis protagonizan sendos cameos, y un tercero para Steven Seagal estaba planeado. El papel principal, el de director y el de guionista se lo reserva Sylvester Stallone, que hace 27 años que no dirige una película que no tenga al frente a Rocky o a Rambo. Estos nombres lo dicen todo, lo bueno y lo malo. Y hablando con franqueza es obligado decir que Los mercenarios es una mala película que tiene multitud de puntos en común con las malas películas de acción de los años 80. Pero, claro, si echamos la mirada a esos años nos daremos cuenta de que eran películas malas... que nos hicieron disfrutar. Así sucedió con títulos como Commando, Cobra o El último boy scout, por citar algunas de las principales nombres citados al comienzo de este párrafo. Y al final de Los merecenarios uno se da cuenta de que mal del todo no lo ha pasado, pero no queda más remedio que reconocer que es mala.

Y es mala porque el guión es horrible. No es posible, y sin embargo lo es, meter en apenas 90 minutos de película tantos y tantos tópicos. Es inverosímil, y pese a todo lo consigue, que todos los diálogos suenen huecos y conocidos. No puede haber dos personajes femeninos escritos de una forma tan plana. No hay actuaciones, porque en realidad no son necesarias. El único objetivo de la película es hacer explotar cuantas más cosas mejor y matar hasta al apuntador (un entretenimiento mientras se ve el filme puede ser contar los muertos en pantalla, la tarea promete ser ardua...). La única forma de entender Los mercernarios es como un canto nostálgico de los viejos rockeros a su cine de acción. Y como han pasado treinta años desde muchas de aquellas películas que convirtieron a los protagonistas de este revival en los reyes del género, eso le da un toque autoparódico probablemente no buscado (a diferencia de lo que sucedía en la mucho más entretenida El equipo A).

Ese toque paródico sólo se ve con claridad en una escena, la más divertida e interesante de la película, pero que tiene más valor personal que cinematográfico: la del cameo de Schwarzenegger y Willis. Son apenas un par de minutos, pero hay tantos mensajes anclados en la realidad que leer entre las frases del guión, que parece durar más de lo que se puede disfrutar. Stallone y Schwarzenegger son dos amigos que siempre se han picado en la pantalla con bromas ocultas (desde la burla de Arnie a los músculos de Stallone en Los gemelos golpean dos veces al poster ficticio de Terminator 2 con Stallone de protagonista en El último gran héroe, pasando por la broma sobre la presidencia de Schwarzenegger que sufre Stallone en Demolition Man), y esa labor de años encuentra aquí su cenit. Es, sin lugar a dudas, el mejor momento de la película, a pesar de que los poco avispados responsables de la promoción del filme decidieron incluír varios planos de esta escena en el trailer.

Dicho todo eso, lo normal sería llevarse las manos a la cabeza por el rotundo éxito que ha tenido la película, lo que, a pesar de que Stallone dijo que probablemente éste sería su último papel como actor, ya ha provocado el anuncio de que habrá una secuela. Pero el caso es que la película funciona como lo que es. Y es una mala película nostálgica de acción que ofrece justo lo que promete. Y no parece hecha hace veinte años por culpa de un frenético montaje (dicho esto en el peor de los sentidos) en bastantes momentos del clímax final, que la colocan entre el cine de acción más actual, repetitivo y, por qué no decirlo, prescindible. Quizá Los merecenarios es una de esas películas que son tan malas que acaban siendo buenas. Quizá es que hay que cerrar la mente para disfrutarla. Quizá. Y lo peor de todo es seguro que hay espectadores que mal no lo pasan viéndola, aunque uno no sabe si es por sus méritos o por sus deméritos.