miércoles, agosto 24, 2011

'Beautiful boy', portentosos Maria Bello y Michael Sheen

Hay películas que uno ve por los actores. Al final, ellos son lo más reconocible de un producto cinematográfico e incluso sin saber de qué va el filme en cuestión uno se lanza para verles a ellos. Eso suele suceder con las grandes estrellas de Hollywood, pero a mí me pasa más con grandes actores de la segunda fila, esos que no atraen gente a los cines, esos que no anteponen sus nombres a los títulos de sus películas en un cuerpo de letra más grande, esos que son capaces de llenar la pantalla aunque la mayor parte de los espectadores no puedan recordar su nombre o dónde les han visto anteriormente. Maria Bello y Michael Sheen son dos de esos actores. Y, por eso, cuando tuve la posibilidad de ver Beautiful Boy me lancé sin pensarlo. Bello y Sheen no sólo no defraudan sino que superan con creces las expectativas. Son dos actores portentosos, capaces de llevar el peso de cualquier historia. Incluso pasan por encima de los defectos que se aprecian en Beautiful Boy y consiguen que sea un filme notable.

Beautiful Boy es la historia de cómo un matrimonio de mediana edad intenta superar una tragedia que amenaza con truncar sus vidas. Detallar qué tragedia, aunque ésta forme parte de cualquier sinopsis que se pueda encontrar del filme, es absurdo y elimina uno de los muchos puñetazos en el estómago que lanza el filme. No obstante, el argumento (dejo en manos de cada uno leerlo o no) ya deja claro que estamos ante un enfoque valiente y arriesgado, novedoso y profundamente sensible. Sólo por eso, esta película ya merecería la pena. Después de un corto y una película para televisión, y siendo un bailarín y coreógrafo, Shawn Ku se lanza al cine comercial con una película que tiene mucho de independiente, con una historia durísima y sin concesiones qué él mismo ha escrito con un suceso real y cercano como base. Se le nota cierta inexperiencia en algunos tramos, tanto en la dirección como en la escritura, pero sale bastante bien librado de un trance complejo. Lo fácil es caer en la sensiblería, y eso lo esquiva con mucha habilidad para ofrecer una historia de personajes que descansa en el brutal trabajo de sus dos protagonistas.

Maria Bello es una actriz a la que, por desgracia, se descubrió de forma tardía. Tiene ya 44 años y empezó a dejarse ver en el cine para el gran público a finales del siglo pasado, cuando apareció en Payback (1999) o El bar Coyote (2000). En realidad no fue hasta Una historia de violencia, la brutal y magnífica película de David Cronenberg, cuando se empezó a reparar en ella. Ha trabajado mucho desde entonces, pero está lejos de ser una estrella. Quizá es porque Hollywood ya no hace estrellas de esa edad. El caso es que Maria Bello se ha convertido en una de las presencias femeninas más estimulantes que tiene el cine contemporáneo. La quieran ver o no. Michael Sheen necesita menos presentación, porque ha formado parte de títulos bastantes destacados de los últimos años, como El desafío. Frost contra Nixon, Tron Legacy o esa pequeña joya británica que es Damned United, pero su lanzamiento como actor también fue relativamente tardío. Si fue capaz de llegar a la altura de Frank Langella en El desafío, es capaz de dar vida al personaje que se proponga.

Ambos bordan su trabajo en Beautiful Boy con una maestría y una sencillez que sólo puede recibir los más encendidos elogios. Encuentran docenas de matices en personajes reales, normales, incluso anodinos si se quiere. Ofrecen una evolución impresionante, hacen creíble una historia en común que arranca años antes de lo que se nos cuenta en la película. Desprende química, pero no sólo entre ellos sino como parte de las vidas que hay que entender de sus personajes, a los que dotan de personalidad propia, alejados sobre todo en el caso de Sheen de trabajos anteriores. No es fácil dar vida a personas reales y Maria Bello y Michael Sheen lo consiguen con categoría. Son dos trabajos portentosos, bien secundados además por un grupo de secundarios entre los que destaca Alan Tudyk (uno de los integrantes de la impresionante Firefly, una serie por desgracia poco conocida y de corta duración que dio lugar a la película Serenity).

La dirección de Ku se pierde en ocasiones algunos de esos matices interpretativos, más pendiente de buscar encuadres originales y movimientos de cámara que denoten la tensión de la escena que de aprovechar lo mucho que le ofrecen sus actores. Pero, aún así, se trata de un drama tan notable y sencillo como arriesgado y completo (lo que no quiere decir que responda a los interrogantes, eso queda en manos de cada persona que vea la historia, como debe de ser). Beautiful Boy es una película que abren numerosos debates éticos y morales, que lleva al espectador a preguntarse cómo se sentiría uno mismo en la dura situación que se nos plantea y que brinda una pareja protagonista sencillamente espectacular como principal baza para que la película enganche. Y engancha durante la poco más de hora y media que dura. Engancha y permanece. Por desgracia, ésta será una película casi desconocida. Se vio en el Festival de Sebastián de 2010, se estrenó en Canadá en septiembre de ese año y a Estados Unidos no llegó hasta junio de 2011. En España no hay fecha prevista para su estreno. Una pena.

jueves, agosto 18, 2011

'Super 8' y la maravillosa emoción de la inocencia

Super 8 me daba miedo. Lo confieso. Mucho miedo. El cine de fantasía y ciencia ficción de los años 80 tiene un espacio muy grande en mi corazón cinéfilo. Muy grande, de verdad. No sólo es que haya crecido con esas películas, es que a día de hoy hay muchas que me siguen pareciendo tan espléndidas como entonces. Puede que fuera por la inocencia con la que las vi, pero es inocencia no tiene nada de malo. Al contrario. Es una sensación que el cine, en especial el cine norteamericano, había olvidado. Hoy todo es oscuro, triste, dramático, violento. Y ya no hay sitio para esa inocencia. Cuando se anuncia que J. J. Abrams, de la mano de la producción de Steven Spielberg, quiere recuperar esa sensación, sentí miedo. Miedo a que destrozaran esa inocencia, a que no supieran entenderla dos décadas después, a que pervirtieran ese recuerdo juvenil. Afortunadamente, mi miedo era injustificado. Super 8 es una emocionante maravilla que transporta a otro tiempo, a otro lugar, a otra sensación. Y qué gozada de viaje es éste.

No he sido un especial seguidor de J. J. Abrams en su aventura televisiva (Alias, Perdidos), pero sí en la cinematográfica. Y me gusta. Me encantó su Misión imposible, tercera entrega de la saga que sirvió para olvidar el malísimo sabor de boca que me dejó la segunda, de John Woo. Y aún más disfruté con su formidable revisión de Star Trek, de la que espero con muchas ganas una secuela. A Abrams le veo mucho clasicismo a la hora de entender el cine sin por ello alejarse de su propia época y de los códigos que tienen las películas contemporáneas. Sabe manejar con respeto los legados de ficción sin renunciar a que todo tenga su sello personal. Y si tengo tan buena opinión de Abrams, ¿por qué me asustaba esta película? Pues porque el referente claro de Super 8 está en E.T. El extraterrestre, y ésta siempre ha sido para mí (aunque no sea necesariamente una opinión popular o que pueda entender mucha gente) una de las películas más perfectas que jamás se han rodado.

De E.T. me gusta todo, pero sobre todo el inmenso carisma que desprendían todos los personajes, incluyendo y sobre todo a los niños. Siempre he pensado que semejante nivel de maestría es imposible de igualar. Super 8 no llega a tanto, pero se queda muy cerca durante buena parte del metraje. Es imposible no meterse de lleno en la filmación de esa película en super 8 que están haciendo los chavales. De no reírse con la afición a los petardos de uno de ellos. De no entender el miedo que tiene otro con los acontecimientos que se desatan. De no mirar con ojos enamoradizos a la chica del grupo. Es tan fácil entrar en la película. Tan fácil. Y es tan emocionante compartir los misterios que presenta, tan divertido sumarse a la aventura que propone, tan hermoso contemplar el curso de cine que imparte Abrams con una forma de rodar tan clásica como romántica. No me extraña que Spielberg haya querido poner su nombre en esta película como productor. Podría haberla rodado él mismo. Aunque, en realidad, ya lo hizo. La propia E.T. y Encuentros en la tercera fase tienen mucho que ofrecer a Super 8.

Pero la película de Abrams no es una copia, no es un remedo, no es un producto oportunista. En absoluto. Hay mucho de rompedor en estrenar una película así en el año 2011. El cine hace tiempo que se desmarcó del cine de fantasía y ciencia ficción de los años 80. Ya no se hacen películas como Super 8, el cine familiar serio está en franca decadencia, pero no tanto por falta de calidad o de ideas sino como resultado de una elección consciente. Hoy se prefieren hacer otras películas. Y seguro que los estudios de mercado, esos que se olvidan de que el cine es sentimiento por encima de cualquier otra cosa, dicen que los espectadores quieren ver ese cine mayoritario. Pero Super 8 viene a demostrar lo contrario. Se puede hacer un cine de calidad así, por este camino clásico y apto para todos los públicos. Sin que nadie salga del cine pensando que le han tomado el pelo o que no ha entendido nada.

La delicia de ver Super 8 pasa por no contar nada del argumento. ¿Para qué estropear las sorpresas y las sensaciones? Sólo hay que saber que vamos a ver una historia tan humana como de ciencia ficción ambientada en 1979, que los protagonistas son un grupo de chavales de un pequeño pueblo de Ohio y que hay una espectacular escena en la que un tren descarrila (en la que Abrams demuestra un dominio inaudito de todos los aspectos de la realización). Lo importante no es la criatura, que la hay. Lo importante son los personajes. Lo importante es enamorarse del personaje de la adorable y prodigiosa Elle Fanning (¡qué grande puede llegar a ser esta cría si la cuidan!; desde ya me convierto en su fiel seguido, porque mejora las interpretaciones que ha hecho hasta ahora su hermana Dakota). Es comprender el conflicto en que se ve envuelto el chico al que da vida Joel Courtney. Es deleitarse con el juego de cine dentro del cine que plantea Abrams o con los preciosos planos que crea en los que la profundidad de campo actúa casi como un personaje más.

Super 8 no es perfecta, pero casi. El principal mal que presenta es que no tiene un final redondo. Al contrario, es apresurado y algo torpe en algunos momentos, lo que es una pena teniendo en cuenta que llevábamos ya más de hora y media de cine descomunal a nuestras espaldas cuando alcanzamos ese desenlace. Y la culpa ahí es de Abrams como autor del guión, no como director, porque incluso ahí sigue rodando con una categoría increíble. Super 8 no es perfecta, decía, ni tampoco es E.T. Pero es, desde ya, un clásico instantáneo, una de esas películas que no me cansaré de volver a ver año tras año, una delicia impropia de su época y que, ojalá, sea capaz de trasladar a nuevas generaciones el amor por el cine que siente de una forma tan obvia Abrams. El mismo que se veía en el Spielberg de E.T., Encuentros, Tiburón o las películas de Indiana Jones. Y, como aquellas, Super 8 es una maravillosa joya.

Aquí, otra crítica más seria y menos apasionada.

domingo, agosto 14, 2011

'Cowboys & Aliens', el placer de lo irreverente

Cowboys & Aliens. La primera reacción al tener noticia de este proyecto fue de pánico. Porque, con ese título, tenía pinta de bodrio. O de serie Z de los años 50. Pero no, iba a ser un estreno nuevo. Después veo que la va a dirigir Jon Favreau. El de Iron Man y su secuela. Bueno, habrá que darle una oportunidad, pienso entonces. Después me entero del trío protagonista: Daniel Craig, Harrison Ford y Olivia Wilde. Me voy convenciendo un poco más. Luego me entero de que está basada en una novela gráfica. La leo y me gusta la idea aunque no del todo el desarrollo. Pero ya estoy más que decidido a verla. Por supuesto, la veo. ¿Y qué me ha parecido? Una deliciosa irreverencia a los aficionados al western, muy alejada (para bien) de la historia del cómic, y un más que entretenido producto veraniego, con carismáticos actores y una muy buena mezcla entre acción, aventuras y humor.

Fusionar western y ciencia ficción es una idea tan descabellada y con tan pocas probabilidad de éxito en apariencia que, más allá de Almas de metal (aquel experimento con Yul Bryner ahora de culto para algunos), apenas se puede recordar algún título que se acerque a ese planteamiento. Cuando alguien encara algo así, casi tiene que asumir que su público es el que espera ver aliens y no el que suspira porque los cowboys regresen a la gran pantalla con el esplendor de antaño. Pero, al final y por sorprendente que pueda parecer, resulta que Cowboys & Aliens es un producto satisfactorio para ambos públicos. Quizá ante su mezcla sean más receptivos los aficionados a la ciencia ficción, por supuesto, pero, sin haber visto el título en pantalla (y sin hacer mucho caso a eso que lleva el personaje de Daniel Craig en la muñeca), la primera hora media del filme pasa perfectamente como la introducción de una película del oeste más que decente, magníficamente ambientada, lo que oculta su algo simplista y tópico desarrollo como western.

Seguramente esa primera parte de la película no habría convencido de la misma manera sin Daniel Craig. Desde que se convirtió en James Bond (en realidad, desde su anterior película, la infravalorada Munich), Craig ha encontrado un camino carismático y completo. Tanto le da hacer un héroe de acción amargado como uno que disfruta de cada segundo de la aventura. Su dominio de la pantalla interpretando a este pistolero seco y directo es impresionante, tanto a nivel dramático como en los toques más cómicos que tiene su personaje. Sencillamente, está perfecto. Para ver a Harrison Ford hay que esperar algo más, pero la espera merece la pena. Seguro que quienes criticaron con saña la última entrega de Indiana Jones, quienes miraron su fecha de nacimiento para pensar que era una apuesta imposible, aquí disfrutarán con sus escenas de acción. Y es que quien tiene madera de héroe cinematográfico no la pierde con los años Ni haciendo de Indy, ni haciendo de vaquero.

Favreau es inteligente y domina perfectamente la mezcla entre humor y aventura. En Iron Man se podía pensar que eso era mérito de Robert Downey Jr. y y su socarrona interpretación de Tony Stark, pero Cowboys & Aliens demuestra que el realizador tiene su cuota de mérito. Como también la tiene al saber rodearse de un reparto espléndido, muy bien escogido y que incluso tapa las carencias del guión, las habituales de cualquier superproducción veraniega (un tanto inverosímil la evolución del personaje de Harrison Ford...). Si Craig y Ford desprenden un carisma extraordinario, no le va a la zaga el oficio de Sam Rockwell (que ya trabajó con Favreau en Iron Man 2) o la belleza de Olivia Wilde (un precioso maniquí que, no obstante, está teniendo muy buen gusto a la hora de escoger proyectos que prolonguen su fama televisiva lograda en House, títulos tan variopintos como ésta, Tron Legacy o Los próximos tres días).

No conviene contar demasiado sobre el argumento, entre otras cosas porque arruinaría la espléndida secuencia de apertura de la película y algunas de las sorpresas que hay más adelante (el trailer ya hace un fantástico trabajo destrozando ese necesario y no apreciado elemento de lo desconocido a la hora de seguir una película). Lo mejor del guión, en todo caso, radica en que coge del cómic original de Cowboys & Aliens sólo lo que necesita, la idea, el contexto y algunas escenas, pero inventa su propia aventura. Es, en ese sentido, una gran adaptación, que rehuye del manido y cada vez menos interesante proceso de trasladar a la pantalla la literalidad de un cómic o una novela por temor a los fans más recalcitrantes. Aquí no es así. Cowboys & Aliens es una cosa en la novela gráfica y otra muy distinta en el cine. Sus personajes son diferentes. Sus mensajes, también. Y con ese cambio, la película supera al cómic como obra de entretenimiento.

Es evidente que John Wayne, Gary Cooper o John Ford se revolverían en sus tumbas si supieran de una historia como ésta, un irreverente sacrilegio a la esencia del western. Pero, visto con mente abierta y asumiendo que se trata de un producto que sólo busca la diversión, lo cierto es que Cowboys & Aliens convence de sobra. Más que de sobra. Tiene grandes momentos, un gran personaje protagonista que está muy bien acompañado en el reparto, buenos efectos especiales (y fotografía, atentos a los cambios cromáticos de los recuerdos del personaje de Craig y a esos tan magníficos como clásicos escenarios de película del oeste) y toda la diversión que uno puede conseguir de la marcianada que supone mezclar esos elementos tan habituales y a la vez tan dispares de los juegos de cualquier niño (sobre todo americano), los vaqueros y los extraterrestres. Cowboys & Aliens, que para eso hemos dejado el título en su versión original.

miércoles, agosto 10, 2011

'El origen del planeta de los simios', valiente pero limitada

Cuando se anunció una nueva entrega de la saga de El planeta de los simios, esta vez planteada como una precuela al nivel más absoluto posible, es decir, el inicio del inicio, pensé en dos opciones. Podía ser un producto risible, ridículo y estrambótico, sin pies ni cabeza ni relación alguna con la mitología de este universo. O bien podía ser una película sumamente original, que sentara cátedra, que se convirtiera en un prodigioso espectáculo y en un sincero homenaje a aquella película que inició la saga e hizo historia a finales de los años 60. Vista El origen del planeta de los simios, ninguna de las dos posibilidades se ajusta a la película que nos han entregado. Es un buen espectáculo, pero sobre todo un filme valiente en muchos tramos e ideas. Pero también es un típico producto veraniego, con sobredosis de efectos digitales y demasiados cabos sueltos. Está siendo todo un éxito de público y también de crítica. Para mí, es un título que merece la pena ver pero que tiene muchos defectos como para pensar que estamos ante algo totalmente diferente.

Acostumbrados a que las películas se promocionen con el nombre de los actores o (en algunos casos contados) del director, sorprende relativamente que El origen del planeta de los simios tenga un solo nombre como carta de presentación: Weta, la compañía de efectos especiales. Sorpresa relativa, digo, porque aunque no es lo usual sí supone el reconocimiento de algo que viene aquejando a las superproducciones veraniegas desde hace ya muchos años, la supremacía de los efectos especiales por encima de todo. Y esa supremacía deja un sabor contradictorio. Es innegable que los efectos están a gran altura. Andy Serkis, el actor más cotizado del mundo a la hora de aportar su movimiento corporal y facial a todo tipo de personajes y criaturas, es el chimpancé de la película, y su interacción con el mundo real resulta asombrosa. Sin embargo, hay un abuso de los planos digitales, de movimientos de cámara irreales, que restan verosimilitud y añaden artificiosidad al conjunto final. Esos momentos son achacables a la impericia de su casi debutante director, Rupert Wyatt.

Asombrados o no por los logros visuales de la película, lo cierto es que hay que reconocer la valentía que tiene la película en lo temático. No es habitual que se trate a un animal como un protagonista más (incluso como EL protagonista en diversos tramos de la película), y menos que se haga con tanta inteligencia como aquí. Caesar, el simio cuya historia se nos narra, el que abrirá el camino para que los primates sean la especie dominante en el planeta, es un personaje espléndidamente bien trazado, que encuentra un origen creíble y bien definido. Por desgracia, el guión no trata tan bien a los personajes humanos. Todos, sin excepción y aunque en alguno se note incluso más que en otros, forman parte de un conjunto de estereotipos sin demasiado interés. El científico noble pero ambicioso (James Franco), la chica simpática y poco más (Freida Pinto), el padre sin más trascendencia que la que le da su enfermedad (John Ligthgow)... Es evidente que la película tenía más interés en los simios que en los humanos.

Por eso, las mejores escenas de la película son las que dan el protagonismo a los simios, sean aquellas en las que se explica la evolución de la mente de Caesar o la explosión de violencia final, realmente formidable en todos sus aspectos pero especialmente en su endiablado ritmo. Decía que es una película valiente, y lo es sobre todo por su descripción de los simios, por el trato que les da y por las acciones que acometen en esa parte final. No es fácil moverse entre la frontera del ridículo y de lo espectacular, y el caminar de El origen del planeta de los simios por esa línea es ejemplar, incluso en los momentos más descabellados (que no procede desvelar para no matar la sorpresa, por supuesto). Por eso se nota tanto el desnivel que hay con respecto a los personajes humanos, porque el perfil del simio (de los simios, en realidad) es sobresaliente. En esto no sobra nada, e incluso la película podría enriquecerse si se hubiera estirado algo más (apenas sobrepasa los 100 minutos, una duración poco usual en las películas que quieren asaltar la taquilla veraniega, que con demasiada facilidad se van a las dos horas y media).

Pero el gran problema de la película, el que de verdad limita su alcance, está en la voluntad de dejar una historia inconclusa. Es difícil decir si esto obedece a a la pretensión de crear una nueva saga o si era la intención original de guionistas y director, pero yo lo siento como algo que va en contra de la película. El origen del planeta de los simios pide a gritos un final a la historia, y no sólo a los acontecimientos que se desencadenan al final de la película. Un final, por abierto que sea, que siga el modelo de la película original. Pero, claro, ahí ya hablamos de palabras mayores. Mucho se ha comentado acerca de que esta precuela ignore el remake que dirigió Tim Burton de El planeta de los simios hace ya una década, pero lo cierto es que también se salta algunas premisas del planteamiento original de la saga (como evidencia el epílogo del filme de Wyatt). Por supuesto, los guiños a los aficionados más clásicos no podían faltar, por mucho que la acción de la película tenga lugar en San Francisco. Atentos al momento de la mítica frase, la más conocida de la saga, que aquí vuelve a sonar con esplendor.

Un final limitado, el flojo retrato de los personajes humanos y la irrealidad de algunos planos de efectos visuales hacen que El origen del planeta de los simios no sea una película redonda. Su valentía en muchos aspectos y un poderoso clímax (de casi media hora de duración) son grandes logros. Es lo de siempre, el vaso estará medio lleno o medio vacío según lo decida cada espectador. Para casi todos, ésta será una película sumamente entretenida y más que digna, muy interesantes en muchos momentos y con un ritmo frenético en su tramo final. Eso ya hace que merezca la pena. Y mucho. Pero podría haber sido aún más.

lunes, agosto 08, 2011

'Templario': la violencia como única baza

En los últimos tiempos, la violencia se ha convertido por sí sola en baza para defender una película. La novedad de esos filmes, se dice antes de su estreno, es lo explícito de esa violencia. Mucha y muy gráfica. Son demasiados los filmes que se han vendido así en los últimos años. Y quizá la explicación está en que saben que es lo mejor que pueden ofrecer. La violencia, en todo caso, es un elemento peligroso para el cine. Si se cuenta con un público receptivo, puede funcionar. Pero si el público muestra hartazgo de esta vía para convencer, el producto es cuestión queda como algo plano, vacío, artificial. Eso es lo que le sucede a Templario. Falla en lo esencial, en el ritmo, en el guión, en el montaje. En el cine, en definitiva. Y sólo le queda la violencia para tratar de alcanzar al público. Eso y un reparto con nombres y rostros conocidos (que no especialmente famosos, aquí no hay estrellas de Hollywood) que dan cierto lustre pero que no consiguen rescatar la película del aburrimiento que produce durante sus dos largas horas.

Inglaterra, siglo XIII. Un templario y un grupo muy diverso de personas defienden el castillo de Rochester de los ataques del Rey Juan, que ha decidido recuperar el país en el campo de batalla tras ceder buena parte de sus derechos a los nobles ingleses. La lección de historia se acaba ahí, puesto que lo que cuenta Templario no es más que ese episodio de asedio. Todo lo demás es accesorio y superfluo para el director, el completamente desconocido Jonathan English (que ha dirigido dos películas de, en apariencia, ínfima calidad y que aquí actúa también como guionista), que se juega todas sus bazas en la brutalidad, en la violencia, en las muertes en pantalla, en los combates salvajes y en la sangre. Son constantes las escenas que encajan en ese perfil, lo que al final produce la sensación de que todo es repetitivo. Lo único que cambia es el final de cada escena, pero el desarrollo de cada una de ellas es prácticamente intercambiable con la siguiente o con la anterior. Mal síntoma.

Y es malo porque la historia no da para mucho más. No hay muchos rasgos narrativos que permitan buscar otro apoyo en la película. Es la violencia y nada más. Así se desaprovecha un elenco que, a priori, parece interesante pero que sabe a poco. Paul Giamatti es un gran actor, pero verle tan sobreactuado hace pensar si su momento de gloria pasó sin que, en realidad, se le hiciera entonces la justicia que merecía. Tiene trabajo de aquí en adelante, porque tendrá que demostrar que sigue siendo ese intérprete que tan bien era capaz de retratar al hombre corriente de Entre copas, La joven del agua o Cinderrella Man. Se amoldan mejor a este mundo histórico Brian Cox y Derek Jacobi, que configuran los dos personajes más creíbles y menos bidimensionales de entre todos los que aparecen en pantalla. No acaban de tener un final adecuado, aunque eso no es culpa suya y sí del director, pero son los que más convencen, muy por encima del protagonista, James Purefoy (tan estático en sus gestos faciales como en Solomon Kane), y de Kate Mara.

English ofrece una realización casi televisiva, en el sentido más peyorativo que se le pueda dar a ese término y recordando los tiempos en los que la pequeña pantalla no podía aspirar al realismo que emanaba del cine. Eso lo mezcla con una cámara tan nerviosa como presta a verse salpicada de sangre. Es imposible seguir la acción con un mínimo de nitidez, lo que, unido al elevado grado de salvajismo, coloca al espectador en la duda de si prestar atención o, simplemente, esperar que las escenas acaben para ver su resultado. Por desgracias, tampoco es que eso suponga un gran ejercicio intelectual, porque el guión es previsible en exceso. No hay ningún personaje que se escape al destino que prácticamente cualquier espectador puede intuir para él. No hay ninguna relación entre ellos que escape al más puro cliché, aunque por momentos hay ciertos elementos de interés entre el templario y el escudero o entre el rey y el noble que se enfrentan en este conflicto histórico. La historia de amor, tan inevitable como olvidable.

Templario busca una senda que ya ha seguido muy recientemente el cine de romanos, más con Centurión que con La legión del águila, y que con mucha mejor fortuna emprendieron grandes realizadores como Ridley Scott en Gladiator o Mel Gibson en Braveheart. Esos son los modelos de Templario, pero no hace falta decir que se queda a años luz de sus logros. No es tampoco de mucha ayuda una excesiva duración (120 minutos), que se alcanza gracias al único argumento que quiere explotar la película: escenas de violencia una detrás de otra. Y como sólo en eso está puesto el énfasis, las escenas más pausadas, las que tendrían que aportar interés y emoción a la película, las que podrían elevar la categoría de los instantes más violentos, se quedan en rupturas continuas del ritmo del filme. Pelea, sangre, muerte y mutilación hay mucha. Historia, muy poca. Y actuaciones sólo en algún que otro momento de la película. La violencia es su única baza, y así es difícil enganchar a muchos espectadores.

jueves, julio 28, 2011

Espléndida 'Capitán América'

Espléndida, sencillamente espléndida. Capitán América. El primer vengador es, por dejarlo claro desde el principio, la mejor película de superhéroes de este 2011. Es una magnífica pieza de aventuras de época, situada en la Segunda Guerra Mundial. Tiene un protagonista carismático (y aquí hay sorpresa, pues en Chris Evans residían muchas de las dudas que despertaba este filme), un villano magnífico, unos personajes secundarios bien desarrollados y muy bien interpretados, un diseño de producción espectacular, un ritmo alto, un más que agradecido (y asombroso por venir de donde viene, del propio Hollywood) sentido de la autoparodia, un magnífico clímax y un estilo adecuado a lo que tiene que ser una gran película de cómic. Lo tiene todo. Y es, al mismo nivel del primer Iron Man, la mejor película que ha deparado este Universo Marvel de cine que desembocará el próximo año en la esperadísima Los Vengadores. Capitán América es una gozada en la que es difícil, francamente difícil, encontrar algún pero.

Cuando se anunció que Joe Johnston iba a dirigir Capitán América, saltaron las alarmas. Con sólo ocho títulos en más de 20 años de carrera como director, venía de firmar su peor película y uno de los peores inventos en años del cine americano, El hombre lobo, un desbarajuste en toda regla que, insisto, hacía temer lo peor. Pero había un precedente positivo al que agarrarse: Rocketeer. Tan denostada a veces como desconocida en general, aquella era una buena adaptación de cómic, sencilla y amena, entretenida. Y con el enemigo nazi de fondo. Puede parecer una tontería, pero sin esa película en su filmografía es posible que Capitán América hubiera sido diferente. Que el papel protagonista recayera en Chris Evans tampoco disparó las buenas expectativas. Había creado un un aceptable Johnny Storm, la Antorcha Humana, en las malas películas de Los 4 Fantásticos, pero el tono burlón de aquel está en las antípodas de lo que debía ser Steve Rogers, el Capitán América. Para sorpresa de muchos, son precisamente Johnston y Evans quienes se convierten en la base de una espléndida película.

Johnston acierta en todo lo que aparentemente depende de él. En el tono de la película, en los encuadres y en los movimientos de cámara, en el montaje, en la dirección de actores. Todo es lo que tiene que ser en un filme así. Todo encaja y funciona con una precisión admirable a lo largo de los 124 minutos de metraje, nada chirría, absolutamente nada, todo es tan clásico como debe de ser y tan moderno como lo requiere alguna que otra escena. Hay acción contemporánea, pero que aparece fluida y natural viéndose en el frente de la Segunda Guerra Mundial. Y Evans demuestra desde el primer momento que afronta un papel totalmente diferente al de la Antorcha Humana y hace suyo al Capitán América en todo el filme, desde las primeras escenas en las que se muestra como un enclenque Steve Rogers hasta las finales en las que el heroísmo del Capitán América se apodera de la pantalla con una sencillez envidiable. Y eso parece fácil sobre el papel, pero si adaptar un cómic ofrece a veces tan pobres resultados, o al menos tan previsibles o cuadriculados, será que no es tan sencillo como parece.

Si Johnston y Evans son la base, el envoltorio es de lujo. En todo. El diseño de producción es envidiable, tanto en las escenas del Nueva York de los años 40 como en las escenas de guerra, mezcla casi perfecta del toque clásico de la Segunda Guerra Mundial con las pinceladas futuristas que requiere una película de este tipo. El equilibrio en ese sentido es magnífico, nada desentona. Es un enorme acierto haber convertido Capitán América en una película de época, era lo necesario para contar el origen del héroe y el resultado no podría ser mejor, aderezado por la formidable música de un Alan Silvestri que disfruta y hace disfrutar. Y, por supuesto, es magnífico el encaje de esta película en el Universo Marvel cinematográfico, con claras referencias a las películas de Iron Man y Thor, y el siempre formidable cameo del creador de este mundo en el cómic, el gran Stan Lee, un cameo tan divertido como siempre. Hablando del Universo Marvel, si en todas las películas anteriores era imprescindible aguantar hasta el final de los títulos de crédito para ver la última escena de la película, en ésta es quizá todavía más importante, pues es la última antes de Los Vengadores, de Joss Whedon.

Qué decir del formidable reparto de la película. Tommy Lee Jones, Hugo Weaving, Stanley Tucci, Toby Jones... Todos contribuyen a elevar un peldaño el nivel de la cinta, porque todos ellos, en consonancia con Chris Evans, se creen sus papeles. Da igual que se presten al cliché, como el Coronel Chester Phillips de Tommy Lee Jones. O que ofrezcan grandes posibilidades de histrionismo, como el de Craneo Rojo (formidable diseño y maquillaje) de Hugo Weaving. Todo funciona, todo está controlado, todo aparece en su justa medida. Incluso la bien calibrada, aunque inevitable, historia de amor, que se inicia de forma inocente y casi desapercibida y que finaliza con emotividad. Hayley Atwell también encaja en esa cada vez más habitual figura de chica dulce y mujer dura que tiene que aparecer en el cine de acción contemporáneo. Para los fans del cómic, hay muchísimos detalles en los que fijarse, pero la inclusión de Dum Dum Dugan con el rostro de Neal McDonough es, seguramente, uno de los más interesantes, sin olvidar la presencia de Bucky Barnes como compañero de fatigas de Steve Rogers.

El nombre del personaje que da título a la película intimida, eso no se puede negar, y llevará a muchos a esperar el filme como si fuera un producto patriotero y propagandístico. Quienes esperen ver eso, se van a llevar una sorpresa tan grande como grata. No sólo no es un panfleto, sino que la película sabe reírse de sí misma y de la propia sociedad estadounidense, de su patriotismo desmedido, sin ridiculizar nada y sin tomarse más en serio de lo que debe. Capitán América encaja justo donde debe, todo lo que aparece en pantalla obedece a una necesidad argumental o visual, sin que la una entorpezca a la otra en ningún momento, ni siquiera con algún que otro plano forzado para la conversión de la película en 3D. Todo funciona, muchísimas cosas brillan, convirtiéndose en un gran homenaje al serial de los años 30 y a quienes trataron de rescatar su espíritu en las últimas décadas (y no sólo no es descabellado sino que se antoja obligatorio acordarse de las películas de Indiana Jones de Steven Spielberg y George Lucas, por ese tono de aventura desenfadada y prodigiosamente entretenida y por los nazis como enemigos del héroe).

Si tienes formidables piezas de acción, un respeto evidente por el original del cómic, un guión competente y actores profesionales, lo normal es que salga un producto tan entretenido como lo es Capitán América. Termina la proyección y la verdad es que no se me ocurre nada que me sobre, nada que me falte, ningún personaje que visualice con la cara de otro actor. Nada. Todo es genial, todo me ha hecho disfrutar como un niño pequeño, desde el misterioso prólogo hasta el emocionante final, desde las escenas de personajes (nada desdeñables) a las de acción (formidablemente bien ejecutadas), desde el toque musical al dramático. Una auténtica gozada, un modelo a seguir para futuras adaptaciones de cómic que se muevan en parámetros similares a los del Capitán América del cómic. ¿Quién dice que no se puede hacer buenas películas de superhéroes por caminos diferentes a los oscuros y prodigiosos designios de Christopher Nolan? Capitán América enseña el camino para otros héroes, porque no sólo de Batman y su oscuridad vive el cine de cómic. Y así da gusto.

martes, julio 26, 2011

'Green Lantern' sabe a poco

Para adaptar un cómic de superhéroes, parece haber tres caminos claramente establecidos. Por un lado, el adulto, el rompedor, el que comenzaron a esbozar Brian Singer y Sam Raimi con sus trilogías de X-Men y Spider-Man y perfeccionó Christopher Nolan con la suya sobre Batman. Por otro, el cómico, el paródico, el poco serio, el que malinterpretó Joel Schumacher con sus dos entregas sobre el Caballero Oscuro (usar esa denominación para referirse a esas películas casi parece un chiste) y el que parece tener más cabida en las aproximaciones al superhéroe que no proceden del cómic, como Hancock. Y, finalmente, el camino más fácil, el trillado, el previsible, el tópico, el de la corrección más absoluta sin nada que cambie el rumbo. Ahí, en esa tercera línea pero con ciertos toques de la segunda, encaja Green Lantern. Y es una pena porque su universo ofrecía inmesas posibilidades de un deleite visual incomparable, y hasta ese es un aspecto que sabe a poco. Como la película en sí misma. Entretenida, sí, con algunos detalles interesantes, desde luego. Pero sabe a poco.

El error de partida de Green Lantern es el que comete Hollywood en demasiadas de sus películas. Su guión es tan simple que asombra que haya salido de cuatro mentes. Asombra aún más si uno se da cuenta de que cae en todos los tópicos posibles. El noble héroe con una tragedia en su pasado que supera sus problemas para slavar el mundo, sus compañeros que dudan de sus posibilidades pero que acabarán reconociendo los méritos del protagonista, la chica, siempre la chica que apoyará al héroe y le inspirará en los momentos más difíciles, y, por supuesto, un villano aparentemente imbatible pero que caerá derrotado en un más o menos espectacular clímax final. Hay docenas de películas cortadas por el mismo patrón y Green Lantern es, indudablemente, una de ellas. Tanto hay que ajustarse a ese patrón que a veces se olvida el referente del cómic. Hal Jordan, en las viñetas, no es el Hal Jordan que interpreta Ryan Reynolds durante los dos primeros tercios de la película. A falta de secundarios cómicos, es en Reynolds donde hay que encontrar los chistes, mucho más moderados eso sí que en títulos parecidos.

El del final sí es Hal Jordan. Es ahí donde se esconden, si obviamos sus defectos, los principales logros de la película. Y es que es un producto entretenido, eso es innegable. Su clímax final es lo que tendría que ser, sólo que carece, en buena medida, de la espectacularidad que uno espera en este tipo de producciones. A Thor le sucedía algo parecido, pero la película de Kenneth Branagh echaba el resto en un arranque magnífico. Aquí hay un tramo equivalente mediada la proeycción, cuando Hal Jordan llega al planeta Oa, donde le enseñarán a utilizar su anillo verde de poder (escasísima presencia de Kilowog y Tomar-Re, dos clásicos Green Lanterns a los que no les sienta demasiado bien su reciclaje digital). Y ese tramo es también notable. Sin tener un diseño de producción que quite el aliento, los planos de este planeta son interesantes. Y es allí donde se cuece el plato fuerte (y desperdiciado... con voluntad de desperdiciarlo por ahora; aguantad unos momentos los títulos de crédito finales y veréis por qué) de la película: Mark Strong en el papel de Sinestro. Su cara a cara con Hal Jordan es lo mejor de la película, una buena escena de personajes, unos diálogos interesantes y un notable festival de efectos especiales.

Lástima que el resto del andamiaje de Green Lantern no raye a la misma altura, porque en esos dos instantes (en el clímax final si superamos la manía de simplificar tanto los duelos definitivos que el malo imbatible no parece ni tan malo ni tan imbatible; es un reciclaje mejorado del de Los 4 Fantásticos y Silver Surfer, pero está lejos de la destrucción apuntada en Transformers 3) apuntan que la cinta podría haber dado un paso adelante que finalmente no da. Es curioso que la mayoría de películas de superhéroes son superadas por sus secuelas. La misma sensación ofrecerá, seguro, Green Lantern 2. Narrar el origen del personaje puede ser un peaje necesario, tal y como está montada la industria del entretenimiento, pero lastra demasiado la mayoría de estos títulos. Blake Lively se confirma como uno de los rostros y cuerpos más bellos del cine, pero más allá de cumplir con el cliché (curiosamente, el personaje del cómic se hizo a imagen y semejanza de Elizabeth Taylor) su papel no da para mucho más. La opinión sobre Peter Sarsgaard irá en gustos. Para algunos será lo mejor de la película. Para otros, un remedo del personaje de Jeffrey Jones en Howard. Un nuevo héroe (y sólo citar esa película ya lo dice todo).

Martin Campbell es un director inteligente, que suele dominar con pericia escenarios de aventura y acción. Lo hizo con sus James Bond o con La máscara del Zorro. Quizá el envoltorio de ciencia ficción le venga un poco grande, pero sin duda ofrece mejores resultados que otros directores de más renombre (sí, aunque no sea un cómic, estoy pensando en Michael Bay y Transformers). El 3D no es molesto y no resta brillo a las imágenes ni a los efectos especiales, aunque se antoja un poco frívolo en esta historia, como en casi todas las películas en las que se aplica esta moderna (¿y pasajera?) técnica que, eso sí, permitirá aumentar la recaudación. Green Lantern podría haber dado más de sí y es casi una certeza que lo haría en caso de haber secuela. Pero para comprobar con toda certeza que sabe a poco no hay más que ver del tirón las dos películas de dibujos animados que ha hecho Warner recientemente sobre el personaje, Green Lantern. Primer vuelo y Green Lantern. Caballeros Esmeralda. Ahí se esconde el verdadero Green Lantern. El que la película de acción real sólo esboza en algunos momentos en esta entretenida pero escasa aproximación.

jueves, julio 21, 2011

'Cars 2'. Pixar y Lasseter son humanos

Pixar y John Lasseter son humanos, y como tales no cuentan con el don de la infalibilidad. Es decir, que no todas sus películas pueden ser obras maestras llenas de genialidad. Nos han malacostumbrado hasta el punto de que, quienes habíamos visto en Cars la más débil de sus películas (¿tan lejos está ya el año 2006 en que se estrenó?), nos habíamos olvidado de ver el logo de Pixar en algo que no fuera sencillamente extraordinario. Cars no era, ni mucho menos, extraordinaria. De hecho, siempre se ha visto como la película de Pixar pensada para vender juguetes, algo que avalan las cifras (tanto de recaudación de la película como de ingresos por merchandising hecho a imagen y semejanza de sus personajes). Cars 2 ahonda en esa sensación, pero con algunos errores que hacen todavía más difícil de ver desde la perspectiva cinéfila a la que Pixar nos empujó con maravillas como Wall·E, Up, Ratatouille o la trilogía de Toy Story. Son humanos, qué le vamos a hacer. No queda sino esperar a la próxima película.

Algo tendrá Cars si gusta tanto a los niños como para hacer a Rayo McQueen su héroe y el juguete que quieren que sus padres les compren. Pero desde la perspectiva de un adulto es difícil encontrarlo. Al menos no con la misma facilidad con la que Pixar ofrece deleite en la mayoría de sus películas. Y eso que esta secuela no empieza mal, con una entretenida secuencia de espías. Ahí es donde el espectador se encuentra con el primer reto: seguir creyéndose este mundo de coches humanizados en el que no hay personas. Tengo que reconocer que a mí esa tarea se me hizo harto complicada, más aún que en la primera parte. No terminan de llegarme estos personajes en estas circunstancias. Las carreras de la primera entrega salvaban medianamente la función, porque participar en una carrera es, al fin y al cabo, lo que se espera de un coche de carreras. Para la segunda entrega, hay más carreras, a lo largo del mundo y con otro tipo de coches (el rival de Rayo McQueen es un fórmula 1... que habla con acento italiano; vaya, como en Transformers 3...), pero la historia, alejada de esos avatares, minimiza por completo su importancia.

Y como las carreras ya no son lo importante, Rayo McQueen tampoco es el actor principal de la historia. No parece el mejor de los movimientos para esta secuela, pero darle el protagonismo a Mater, la grúa, es la decisión que adoptan Lasseter y Brad Lewis como directores y responsables del argumento de la película. Eso aumenta el tan temido nivel de humor fácil y rápido, hasta el punto de que los chistes y los toques de humor, tan hábilmente introducidos en otras películas de Pixar, aquí son continuos, nada sutiles, gruesos a veces. Tan pendiente estaban sus autores de esto, que no se dieron cuenta de que la película es harto predecible y, sobre todo, increíblemente tópica. Eso duele más si tenemos en cuenta la habilidad de Pixar para escapar de los tópicos y los clichés, para convertir en protagonistas de sus títulos a los más inverosímiles personajes, desde un anciano hasta un robot que no sabe hablar. Si en Cars los estereotipos eran ya muy marcados, en Cars 2 esa sensación se duplica.

Ni siquiera el habitualmente muy estilulante Michael Giacchino (que había dado un toque brillante a la infumable Speed Racer, otra película con los coches en primer término) termina de encontrar en la banda sonora el punto de genialidad que ya ha dado a otras películas de Pixar. Sí es cierto que la animación es tan soberbia como cabe esperar de esta casa, difícil decir si mejor o peor que en los títulos anteriores o incluso en el primer Cars, pero se pone al servicio de una historia que no convence en ningún momento y que es rutinaria. Como decía, la apariencia de ser una película pensada para vender juguetes (qué ironía, siendo los juguetes los protagonistas de una trilogía de altísimo valor cinematográfico y firmada por Pixar), su afán de ser una pieza más del rentable mundo del merchandising y sus ganchos fáciles (llamar Fernando Alonso a uno de los coches que no hace más que un cameo o colocar de nuevo a Antonio Lobato, la voz de la Fórmula 1 en España, como uno de los comentaristas de las carreras) hacen que su evaluación como película sea compleja. ¿Entretiene? Pues sí, probablemente sí. Pero, como la primera entrega de la saga, quizá bastante más en el caso de esta secuela, sabe a poco. A muy poco.

miércoles, julio 13, 2011

Espectacular pero extraño final para 'Harry Potter'

Harry Potter ya tiene su punto final cinematográfico. Y las sensaciones son extrañas. Las reliquias de la muerte. Parte 2 es una película espectacular, eso es innegable. Aquí están, probablemente, los mejores momentos de toda la saga (excepción hecha del dramático clímax de El caliz de fuego). Pero, al mismo tiempo, es una película con una más que peculiar estructura debido a que la mitad de su contenido está en la entrega anterior. Hay esfuerzos de dotar de identidad propia a la película, y es ahí donde reside el principal mérito del director David Yates (sobre todo en el arranque del filme), pero da la sensación de que pesa demasiado el original literario (sobre todo en la segunda y climática mitad, en realidad como en toda la saga) como para esperar grandes sorpresas. El conjunto entretiene de forma honesta y, de vez en cuando, sobresale una pizca de genio, lastrado por el doblaje (sin la voz de Ralph Fiennes, Voldemort pierde capacidad aterradora) y por un 3D innecesario. Los fans la adorarán, seguramente sin medida, como la mejor película de la saga. Sin ser seguidor, y con todos sus defectos, a mí es la que más me ha entretenido.

Para ponernos rápidamente en situación, la segunda parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte es a toda la saga del joven mago lo que la segunda hora de El retorno del Jedi fue para la trilogía clásica de Star Wars: un clímax continuo, salvaje, dramático y espectacular. Pero, siguiendo con este ejemplo, hay diferencias. Primero, que este clímax de Harry Potter se ha hecho esperar demasiado. Una vez visto su final, la sensación de ver las anteriores películas como largas transiciones hacia este final (con el intermedio de, insisto, el final de El caliz de fuego) queda corroborada como una certeza. Hemos caminado única y exclusivamente para llegar a este final, y el camino ha sido extremadamente largo. La otra gran diferencia está en el tono. Nacida, al menos desde el punto de vista de la promoción, como una historia destinada al público infantil, ha terminado en las antípodas de ese objetivo, aunque de poco servirá que se intente convencer de ello a la legión de jóvenes aficionados de la saga. No hay toques de comedia barata (¡menos mal!), pero la saga, al final, adolece de una sorprendente falta de sacrificio, a pesar de ir diseminando momentos trágicos a lo largo de esta película y, en general, en la segunda mitad de la serie.

A pesar de estos inconvenientes, la segunda entrega de Las reliquias de la muerte es la mejor película de la saga porque tiene un gran sentido del espectáculo. De principio a fin, se convierte en una montaña rusa de ritmo muy marcado (antes de la tempestad siempre viene la calma... y curiosamente la película destaca más por la calma) pero nada previsible. El arranque del filme de David Yates (cuarto que dirige en la saga) es modélico. Sin insultar al espectador con un resumen de lo ya visto (en las anteriores películas y en la primera parte de este volúmen), todo queda resumido con genialidad en unos pocos planos que nos recuerdan lo que sucedió al final del anterior episodio. A partir de ahí queda marcado el necesario tono adulto y trágico de la película, acentuado siempre por la portentosa música del gran Alexandre Desplat (llamado sin duda a ser el próximo gran compositor de la historia de Hollywood), y sin necesidad de recurrir al mal gusto visual, error demasiado común en el cine de hoy en día. Y también a partir de ahí comienza la mencionada montaña rusa, que acumula escenas de acción (algunas más o menos prescindibles como, precisamente, la montaña rusa del banco de Hogwarts, otras más espectaculares como el vuelo en el dragón) con otras de diálogo y sentimiento.

Harry Potter y las reliquias de la muerte. Parte 2 engaña, porque a priori da la sensación de que lo mejor de esta película tendría que salir de la feroz batalla entre el bien y el mal que se desencadena junto a los muros de Hogwarts, pero no es así. Lo mejor, y ya iba siendo hora después de ocho películas, está en el siempre apuntado pero hasta ahora nunca completado desarrollo de los personajes. Por fin los protagonistas acaban encontrando su camino. Sin traicionar lo que sabíamos de ellos (algo difícil, teniendo en cuenta el origen literario del filme... y que hay una legión de fans dispuesto a devorar al autor de una hipotética traición de ese estilo), pero por fin ubicándoles en el sitio que les corresponde en esta historia. Esa evolución se ve en Harry Potter (Daniel Radcliffe) en escenas tan tranquilas como la conversación que sigue a su enfrentamiento con Voldemort (Ralph Fiennes) o, incluso, en la primera que mantiene con Ollivander (John Hurt). Y da gusto ver la escena en la que evolucionan Ron (Rupert Grint) y Hermione (Emma Watson), adulta al principio, juguetona e infantil al segundo. Esa es la mezcla perfecta, y hasta ahora no se había dado. Y mención especial para el mejor actor de esta cinta, Alan Rickman, perfecto como Severus Snape.

Decía que uno esperaba que el punto fuerte de esta película estuviera en la batalla. Y el espectáculo pirotécnico y de efectos visuales no defrauda. Pero sigue habiendo un referente insuperado y, por ahora, insuperable, que es la batalla de los campos del Pelennor de El retorno del rey, la entrega final de El Señor de los Anillos. Es el referente indiscutible y es obvio que Las reliquias de la muerte busca parecidos que le acerquen a ese modelo. Pero se queda lejos, muy lejos de lo que consiguió Peter Jackson hace ya ocho años. Aún así, insisto, aquí se concentran algunos de los mejores hallazgos visuales de toda la saga de Harry Potter, y elevan el nivel por encima de lo visto hasta ahora. Seguramente, en eso tiene mucho que decir la tan deseada presencia de Voldemort, que en las anteriores entregas sólo había sido insinuada (salvo, perdón por la insistencia, en el clímax de El caliz de fuego). Con Voldemort en pantalla todo crece, aunque por desgracia ese misma presencia devore lo que en películas anteriores había sido incluso aterrador (sucede con esos mortífagos que flotan en torno a Hogwarts y que apenas tienen algo que decir en esta batalla). Pero Voldemort siempre mejor en versión original, el doblaje mitiga su poderoso efecto.

Los 130 minutos de la película hacen de ella (por paradójico que pueda resultar con semejante duración) una de las más cortas de la saga, muy por debajo de los 146 que duraba la entrega anterior. Y usar 276 minutos para adaptar un libro es, a todas luces, algo excesivo, porque no estamos ante Lo que el viento se llevó. Cada vez estoy más convencido de que Harry Potter necesitaba una adaptación más que una traslación a la gran pantalla, una que cogiera los elementos esenciales del mago y su universo y los incluyera en una saga mucho más corta. Pero, claro, esto del cine es por encima de todo un negocio y todas las películas de Harry Potter han dado mucho dinero. Menos mal que no ha sido hasta la última entrega cuando se han dado cuenta de que podían dividir un libro en dos y ganar el doble (o más, ya que también han llegado tarde a ese 3D, innecesario de nuevo pero que sumará un par de euros o dólares adicionales por cada entrada vendida). Con todo, Harry Potter y las reliquias de la muerte. Parte 2 es la mejor película de la saga. Por ritmo, por personajes, por acción y por narración. Y aunque el edulcorado final nos devuelva al comienzo de la saga, en la ya lejana Harry Potter y la piedra filosofal que se estrenó hace diez largos años.

domingo, julio 10, 2011

Michael Bay nunca entendió 'Transformers'

Nunca lo entendió. Michael Bay nunca entendió Transformers. Sólo quería hacer una películas, que acabaron siendo tres, en la que salieran robots gigantes, mujeres sexys, secundarios cómicos a mansalva y muchas explosiones. Pero nunca entendió Transformers. Visto el trítptico definitivo de la saga completado con El lado oscuro de la luna, ese es el auténtico problema que sufren las tres películas. Michael Bay tenía los medios para haber hecho historia en el género, para haber creado una saga que marcara una difertencia (y no sólo en la taquilla, que ha reventado con las tres). Pero se pierde en los tópicos más aburridos y manidos del cine en general y de los géneros que toca en particular. Cae en defectos tan infantiles que provoca asombro con tanta frecuencia que es imposible recordar todas las secuencias inverosímiles que junta en una misma película. Y el caso es que, al final, uno no puede decir que lo haya pasado mal con este producto prefabricado, traicionero del espíritu de la franquicia que dice representar. Porque estas cosas entretienen. Pero son malas. La pena es asumir que ese mal camino es el único que se puede tomar cuando uno encara producciones como ésta.

Que Michael Bay no entiende Transformers es algo que ya había apuntado en la primera entrega y ampliado en la segunda, pero cabía la posibilidad de que fueran limitaciones técnicas o presupuestarias las que le hubieran impedido explicar mejor sus pretensiones en este universo de ficción. Pero la tercera película demuestra que no es así. Lo demuestra porque aquí está puesto todo. Son más de dos horas y media de espectáculo sin freno y sin límites, que llevan la acción hasta extremos que el propio Bay no había llegado a tocar en su ya de por sí grandilocuente filmografía. Y como todo está ahí, sólo cabe concluir que Bay no sabe lo que son los Transformers. Aquí tiene robots gigantes, sí. Tiene invasiones extraterrestres a gran escala, sí. Tiene un salvaje y violento clímax final de más de media hora. Pero me cuesta ver ahí a los Transformers. La capacidad de transformarse es inherente a los personajes (¡no hay más que ver el nombre de la franquicia!) y aquí apenas se usa. Son sólo robots gigantes y podrían ser cualquier cosa. Porque, además, Bay traiciona continuamente la esencia de los personajes, la que se ha ido transmitiendo en el tiempo por las diferentes encarnaciones de esta saga.

Bay comete además otros dos errores de bulto, apuntados en los dos precedentes y llevado al extremo (y al absurdo) en esta tercera entrega. En primer lugar, el excesivo tono cómico. Estas películas piden siempre respiros humorísticos, pero es que en Transformers. El lado oscuro de la luna todo es cómico: los insufribles robots pequeños, los padres del protagonista, el prescindible y odioso personaje de John Malkovich (¿se ha vuelto loco este actor?), el ya conocido y ya cansino de John Turturro... Hasta un Autobot que se transforma en un Ferrari ¡¡¡y habla por ello con acento italiano!!! En segundo lugar, la siempre absurda inclusión de la chica sexy y despampanante, que deja en nada los libidinosos planos de Megan Fox que Bay nos regalaba en las anteriores entregas (en especial en la segunda, La venganza de los caídos). Rosie Huntington-Whiteley es capaz de ir tan mona y correr tan rápido como los militares, mantener impoluta su hermosa melena rubia y que su cahqueta blanca siga igual de blanca al final de la película a pesar de haber vivido en primera línea una batalla descomunal. Atención a uno de los momentos más absurdos de la historia del cine: el sermón de la rubia a Megatron, pretendidamente el Decepticon más cruel y una caricatura en manos de Michael Bay.

Esas dos premisas arruinan todo el dramatismo que pueda tener la parte humana de la historia, en la que naufragan actores con prestigio (a todos los mencionados se puede ayudar a Frances McDormand y a un Shia LaBeouf que se convertirá igualmente en una caricatura de sí mismo si no cambia de registro ya). Por eso, el protagonismo es de los robots. Ahí es donde más pena da comprobar el resultado del trabajo de Michael Bay, porque la materia prima para hacer una película espectacular (y no sólo en lo visual) está ahí y queda arruinada. Un espléndido prólogo, bien narrado, con inteligencia y buen pulso cinematográfico, invita a pensar que esta historia tendría que haber sido la primera película de los Transformers, que tenía el potencial dramático para ser algo atrayente y no sólo para un público poco exigente. El clímax final deja los mejores momentos visuales de la saga sin discusión, por calidad y por cantidad. Y el 3D es brillante en esa parte final (mención especial para el lanzamiento al vacío de los soldados, un bellísimo momento que el 3D sí mejora sustancialmente) pero prescindible en casi todo el resto de la película. Pero todo esto se evapora porque Michael Bay no ha entendido lo que tiene entre manos.

No ha dotado a los robots de personalidades definidas, la amplía mayoría de ellos son intercambiables. Y los que sí destacan, los que los aficionados han querido a lo largo de los años, aparecen aquí distorsionados o caricaturazados. Y no es un error, sino un patrón, porque la distorsión se da en los Autobots, los buenos, y la caricatura en los Decepticons, los malos. Es triste ver que Optimus Prime suelta frases casi psicopáticas y llenas de odio y de rencor (o la excusa argumental por la que se ausenta durante largos minutos de la lucha final: inconcebible y demencial) o el giro de Sentinel Prime (el personaje más destacado que se añade en esta tercera película), pero más triste aún es ver una encarnación tan ridícula de Megatron (infinitamente menos adulta que la que hace 25 años mostró la película de dibujos animados) o una tan lastimosa de Starscream. Bay también cae en el error de querer hacerlo todo más grande que en la anterior entrega. Siempre más grande que en la anterior, que no mejor. Y eso, si hablamos de robotos gigantes, implica robots de mayor tamaño. ¿Dónde estaban en las anteriores películas? La continuidad no importa. Tampoco que así demos el salto de Transformers a cualquier otra franquicia o película (y es inevitable pensar en la reciente Invasión a la Tierra).

Lo peligroso, insisto, es que uno no sale del cine con la sensación de haberse aburrido. Igual es que las dos puñaladas traperas (y divertidas, no lo neguemos) que se le dan a Megan Fox por medio del guión compensan por las atrocidades cinematográficas que se perpetran con la bella Rosie Huntington-Whitley como protagonista. Igual es que el cariño infantil por los Transformers y la ilusión que siempre hace ver algo así en pantalla grande, con un sonido y una imagen espectaculares, mitigan todos los defectos de filmación y de narración que encierra la película. Igual simplemente es que hemos asumido que el mal cine puede ser un buen entretenimiento. O igual es que estoy muy condicionado por el odio (cinéfilo) que siento por Michael Bay, un director que hace años, tras ver Pearl Harbor, me hizo acuñar una teoría: mete tantos planos por segundo que a veces acierta. Aquí la mejor noticia es que rodar en 3D ha calmado los insufribles movimientos de cámara y la ametralladora de planos en la que convierte Michael Bay las películas. La acción se sigue perfectamente, incluso en 3D. Y hay momentos inolvidables. Para bien y, sobre todo, para mal. Ojalá alguien retome el testigo en la franquicia y sepa entender lo que supone.

miércoles, julio 06, 2011

'Insidious', el terror moderno debe de ser esto

Insidious debe de ser un perfecto ejemplo de lo que es el terror para el cine moderno. Un terror facilón, producto de situaciones tópicas y de eliminar las luces, carente de imaginación y pendiente sólo de sorprender con giros inverosímiles del guión. Un terror que no ofrece nada nuevo, que no se mete en el cuerpo, que sólo busca un eventual salto en tu butaca que llega siempre cuando uno se lo espera, en la situación en la que parece claro que se va a producir. El terror moderno debe de ser esto. Pero a mí, la verdad, no me dice gran cosa. Añoro la sensación, al terminar una película, de mirar en todos los rincones a mi alrededor para asegurarme de que no hay nada ni nadie. La sensación que dejaban los grandes clásicos del género. La que uno siente al ver La semilla del diablo, El exorcista, La profecía. Las grandes. ¿Insidious? Parece que está gustando. Pero a mí esto no me produce terror.

Vamos a partir de una base muy razonable para explicar la conclusión que acabo de exponer: el director de Insidious, James Wan, es el realizador de Saw y autor del argumento de la tercera parte de esa saga. Sé que Saw tiene seguidores. Quienes vean en esa saga auténtico terror, igual sí disfrutan de Insidous. No es mi caso. De todo modos, las historias de aquella y ésta están muy alejadas entre sí. De un asesino psicópata en aquella pasamos a una maldición con niño de por medio en esta. Un niño, elemento muy tradicional en el género de terror. Sólo eso ya produce una sensación de déjà vu, aunque es engañosa como va revelando la película, y que se acrecienta según van pasando los minutos. Pero como Wan parece ser consciente de eso, llega un momento en que su apuesta es la diferente, la de cambiar por completo el planteamiento de la película, hacer que sus personajes no sean lo que parecen ser (casi todos) y plagar la historia de giros inverosímiles. Difícil convivencia.

Pero estábamos en que esto es una película de terror. Luego tiene que provocarlo en el espectador. Si no, flaco favor le hacemos al género. Insidious tiene sustos, eso es innegable. ¿Pero es eso terror? Yo discrepo. En cualquier caso, hay muchos que se conforman con eso. Pero hay un problema con los sustos de Insidious: suceden exactamente cuando uno espera que van a suceder. Y eso, evidentemente, les resta efectividad. Los sustos, además, son fáciles. Porque hay considerar como algo muy fácil si simplemente basta con bajar la luz, llenar el escenario de vapor o hacer que un tipo disfrazado de monstruo salte dentro de plano para conseguir ese susto. No se recurre a la mente sino al estómago, no hay un terror psicológico sino uno visceral. Y esto es así a pesar de que, a diferencia de Saw, no hay nada de sangre en la pantalla. ¿Pero imaginación? Ninguna. Lo demuestra, además, el hecho de que la película intente beber de cuantiosos títulos del género, algunos clásicos como Poltergeist y otros más modernos como la sorprendentemente exitosa Paranormal activity.

El caso es que Insidious no genera terror, pero sí sustos. Que sus actores no son malos, pero tampoco notables (y quedan minimizados por la propia historia, que no desarrolla sus personajes lo más mínimo y cuando lo hace es por caminos insospechados y poco creíbles), porque ni Rose Byrne, ni Patrick Wilson consiguen hacer suya la película (quizá el mejor nombre sea el de Barbara Hershey, pero habiendo destacado tanto en Cisne Negro junto a Natalie Portman sabe a poco aquí). Que su dirección no aporta nada del otro mundo, e incluso se rebela torpe en algunos momentos, aunque para algunos sea suficiente... precisamente por los sustos. Es decir, que no hay nada en Insidious que permanezca en la memoria o, dicho de un modo más crudo, que merezca la pena en realidad. Ni siquiera su pretendidamente sorpresivo final, al que se llega después de no saber ya a qué venía toda la historia. Y el caso es que la película parece haber gustado. Será que yo no entiendo el terror moderno. Para gustos los colores.

sábado, julio 02, 2011

'Rumores y mentiras'... o cómo descubrir a Emma Stone

El nombre de Emma Stone sonaba de vez en cuando. Y yo me preguntaba quién era, porque no recordaba haberla visto en una película. Mala cosa, si de lo que hablamos es de una actriz. Los fantasmas de mis ex novias, Supersalidos, Bienvenidos a Zombieland, Un rockero de pelotas o Una conejita en el campus no son títulos que me animen a conocerla. Cuando se anuncia que va a interpretar a Gwen Stacy en la próxima The amazing Spider-Man me digo que tengo que ver a esta actriz en acción. Y llega Rumores y mentiras. ¿Otra película dirigida por un director casi debutante sobre amoríos adolescentes contados desde un punto de vista de comedia, sin duda abusando de chistes facilones y sexuales? Tampoco me atraía. Pasó el tiempo, pasó hasta una nominación al Globo de Oro para Stone por esta película. Pero yo seguía sin verla. Hasta que dije basta. Y la vi. ¿Y sabéis qué? Hacía mucho tiempo que no disfrutaba con una comedia ligera tanto como lo he hecho con Rumores y mentiras. Pero sobre todo he disfrutado con el espléndido, natural, y atractivo trabajo de Emma Stone, un maravilloso (¿y tardío?) descubrimiento a la que ya le tengo el ojo echado. Cinéfilamente, por supuesto.

Olive es una joven estudiante que pasa desapercibida en su instituto, hasta el día en el que se empieza a propagar el rumor de que ha mantenido relaciones sexuales con un chico. A partir de ahí, su entorno estudiantil empieza a percibirla de forma diferente, sea para bien o para mal. Y el rumor crece de forma exponencial hasta que no hay forma de pararlo, con los consiguientes enredos cómicos que cabe suponer. Una película como Rumores y mentiras sólo puede funcionar, a cualquier nivel, si la elección de su protagonista es acertada. Emma Stone es mucho, muchísimo más que un acierto. Ella sola se come la película, se apodera de ella, la domina a su antojo, mueve al espectador hacia donde quiere en todo momento con su voz, con su sonrisa, con su mirada, con sus lágrimas, en definitiva con su interpretación, brillante de principio a fin, conmoverdora y realista, divertida y dramática, siempre adeacuada al tono de cada escena. Parece mentira que una película con este tono dé a una actriz la oportunidad de lucirse a tantos niveles, pero lo hace. Ya lo creo que lo hace. Rumores y mentiras es Olive. Es Emma Stone.

Habrá quien piense que éste es un papel fácil. Y puede que en algunos momentos el guión así lo haga parecer. Eso es indiscutible, porque no hay película de este tan manido género de la comedia de instituto que que no incurra en ciertos vicios, en esquemas repetitivos o en situaciones inverosímiles. Algo de esto también hay en Rumores y mentiras, pero Emma Stone sobresale por encima de todo lo negativo que se pueda decir de la película. Absolutamente de todo. Y obliga a pensar en ella como en una actriz de verdad, con tablas, con carisma (¿con futuro...? Ojalá, ojalá que sí...), y no como la típica niña mona hollywoodiense escogida por un book y no por su talento interpretativo, capaz de protagonizar una película como ésta con el piloto automático y sin dejar ningún tipo de recuerdo especial en el espectador. Y eso tiene mérito en Stone, en especial en las escenas que comparte con sus padres en la ficción, Stanley Tucci y Patricia Clarkson, ambos divertidísimos y muy metidos en el tono desenfadado del filme (muy por encima de una Lisa Kudrow empeñada en repetir hasta la saciedad el papel de Friends que le dio la fama o un aburrido pero más correcto Thomas Haden Church).

El influjo de Emma Stone es tan inmenso gracias a la ayuda de su doble papel en la película como protagonista y narradora, contando la película a cámara (pero de forma integrada en la narración con absoluta naturalidad) y tomando parte en la inmensa mayoría de las escenas. Eso es lo que haría imposible que Rumores y mentiras funcionara si Emma Stone no fuera la actriz adecuada. Porque si profundizamos en el guión encontramos algunas ideas poco aprovechadas (el hermano adoptivo o, sobre todo en el tramo final, la amistad de Olive con Rhiannon, una demasiado desaprovechada Aly Michalca), algunas situaciones inverosímiles (especialmente el final de la película, un típico, tópico e increíble giro), y algunos enfoques más que tradicionalistas (el retrato de las juventudes católicas encabezadas por Marianne, una divertida Amanda Bynes). Los típicos agujeros que puede tener una comedia adolescente escrita por un guionista debutante y dirigida por alguien como Will Glock, un director que con cuatro películas ya está encasillado en el género (lo próximo es Amigos con derecho a roce, protagonizada por Justin Timberlake y Mila Kunis, y en la que también aparecerá Emma Stone).

Pero, contra todo pronóstico, Rumores y mentiras no cae en la habitual zafiedad en los chistes sobre sexo o en la inane repetición de gracietas facilonas. Sorprendentemente (y quizá por esa descabellada fusión entre la historia y una novela clásica, lo que le sirve al guionista para aderezar su libreto con chistes divertidísimo sobre el cine actual), encuentra situaciones divertidas, cómicas, bien llevadas, con gusto y con gracia. Y aunque es inevitable atribuirle gran parte del mérito al gran trabajo de Emma Stone, lo cierto es que la película deja un buen sabor de boca por lo que es y no sólo por el rostro que se hace cargo de llevarla a buen puerto. Es una propuesta fresca y divertida, a la que por supuesto le falta originalidad (aunque intenta por todos los medios aportar cosas nuevas desde el punto de vista narrativo) pero que convence, por encima de todo, por el maravilloso trabajo de Emma Stone, una joven, atractiva y talentosa actriz que ojalá confirme todas sus virtudes en el futuro.

lunes, junio 27, 2011

'Sólo una noche', más debate que resultados

Que una película genere debate no hace necesariamente de ésta un producto de gran calidad. Sólo una noche es un filme pensado para provocar conversaciones, para contrastar puntos de vista, para decidir qué haríamos cada uno de nosotros en la situación de los cuatro personajes protagonistas. Cine no hay tanto, a pesar de los nobles esfuerzos de Massy Tadjedin, en su debut como directora, de conseguir algo más o menos diferente. A ratos lo logra, pero no lo los suficientes como para que el peso cinéfilo sea mayor que el de la moral en el poso que deja Sólo una noche tras su visionado. Se echa en falta química en el reparto, y quizá con otros nombres, igual menos de moda que los escogidos (todo sea por la taquilla) pero con mucha mayor capacidad interpretativa, el resultado podría haber sido otro. En cualquier caso, que una película dé pie a conversación después de vista, y no sólo sobre su calidad como producto artístico, también es algo de agradecer. Y eso sí lo consigue con mucha facilidad Sólo una noche.

La premisa es sencilla. Tenemos un joven matrimonio, formado por Joanna (Keira Knightley) y Michael (Sam Worthington). Él tiene una atractiva compañera de trabajo, Laura (Eva Mendes), de la que no le ha hablado nunca a su esposa y con la que se va de viaje de negocios. Ella tiene un antiguo amante, Alex (Guillaume Canet), del que su marido no ha escuchado hablar ni antes de casarse ni ahora que, casualmente, se encuentra en Nueva York. Así se desata un juego de seducción, celos y mentiras que se convierte en un elaborado, aunque algo maniqueo, tratado sobre la infidelidad. ¿Qué es infidelidad? ¿Qué la provoca? ¿Es asumible en un matrimonio? Todo son preguntas que plantea Massy Tadjedin en su primera película como directora, basándose en un guión escrito por ella misma. Muchas preguntas y tantas respuestas como espectadores, porque la película no sentencia, no juzga, no dicta una moral establecida o predilecta. Ofrece información y deja que quien quiera acercarse a Sólo una noche (no del todo adecuada traducción para España de Last night) saque sus propias conclusiones.

Y es ahí donde seguramente se producirán las discrepancias a la hora de evaluar la película, condicionado cada uno por el juicio que haga de los personajes. A mí ninguno de los cuatro personajes protagonistas supo generarme empatía. Puedo ver las situaciones a través de su mirada, pero no compartirla hace mucho. Y casi ninguno de los actores me genera la suficiente confianza o comprensión como para meterme tanto en la película. Quizá esté ahí el freno de la película. Lo cierto es que tres de ellos son actores de moda, y de ahí que consigan con facilidad papeles como éstos, seguramente pensando sus responsables que poner su nombre en el cartel pueda dar algo de dinero. Keira Knightley tiene un halo de buena actriz que no termino de comprender, nunca ha conseguido conmoverme ni emocionarme y, por desgracia, Sólo una noche no marca una diferencia en esa percepción. Sam Worthington y Eva Mendes son más maniquíes que actores, y cumplen con ese rol a la perfección. Y, sin duda, el mejor actor de la película es el menos conocido, el francés Guillaume Canet, el que mejor consigue plasmar los matices necesarios para su personaje.

Por eso, por el trabajo de Canet, es rápidamente la relación entre Alex y Joanna la que se convierte en motor de la película, cuando el comienzo apuntaba a todo lo contrario, que sería la de Michael y Laura (o, incluso, y desde una óptica más tradicional, podría haber sido la de Michael y Joanna). Es Canet, y en realidad sólo él, quien destila sinceridad en sus gestos, en sus miradas, en sus sonrisas y lo demás parece orquestado a su alrededor, cuando no tendría que ser así. Lástima, porque había más potencial en el guión. No tanto por una originalidad que esta historia no tiene, pero sí por las preguntas que podría haber dejado sobre la mesa con una mayor sutileza en su escritura y, también y quizá por encima de todo, en la interpretación de los actores. Todo queda meridianamente claro al cuarto de hora de película y, no deja de ser curioso, es ese cuarto de hora inicial lo mejor de Sólo una noche. El esbozo del juego de traiciones atrae más que las traiciones en sí mismas, tanto por el libreto como por la realización de Tadjedin (brillante juego temporal el que establece en el montaje del arranque del filme).

La insistente música a piano de Clint Mansell da fuerza al arranque de la película, pero su calidad se diluye de ahí en adelante en repeticiones de notas y recursos. El buen montaje de la película queda descompensado por el mayor peso dramático y empático de una de las historias (insisto, la de Alex y Joanna, que es la que ofrece las mejores secuencias, y es la única en que se ve la química necesaria, entre actores y entre personajes, para entender la relación entre los dos miembros de la pareja). Y, al final, lo que deja Sólo una noche por encima de todo es un enorme abanico de temas acerca de la infidelidad (¿o es sobre la felicidad en el amor?) para su discusión. ¿Suficiente? Probablemente no, porque la película deja un mayor disfrute después de verla que durante ese visionado. Lo que habría dado yo por ver este mismo filme con otros actores, lo que habría dado porque algunas de las viejas glorias de Hollywood no envejecieran ni murieran nunca.

miércoles, junio 22, 2011

'Juego de tronos', cine... pero no tanto

Dicen algunos entendidos que el mejor cine de hoy en día está en la televisión. Y dicen que el de la HBO es el sello a seguir para dar la razón a esa consideración. Juego de tronos, basado en la primera de las novelas de Canción de hielo y fuego, de George R. R. Martin, es uno de esos ejemplos que ha desatado el furor de los aficionados (¡¡¡9,5 de nota en IMDB!!!), lo que da una razón lo suficientemente poderosa (aunque no creo que la haga costumbre extensible a demasiados títulos) para hablar de esta serie en este espacio. Esta primera temporada (ya hay una segunda anunciada, basada en la segunda novela, Choque de reyes) consta de diez episodios y parece haber convencido a todo el mundo. Cine en estado puro, dicen. Y es verdad. Lo hay. Pero no tanto como se está diciendo, y es que tengo la sensación de que el furor despertado entre los fans, un recelo un tanto artificial con respecto al cine contemporáneo y un ansia de ver cosas diferentes ha hecho que la valoración de esta serie despegue hasta niveles que no termina de merecerse. En absoluto estoy diciendo que no merezca la pena, al contrario. ¿Pero tanto como se está diciendo? No lo termino de ver claro, aunque lo bueno que ofrece la serie es excepcional.

La temporada terminó su emisión en Estados Unidos el pasado domingo, en España quedan todavía tres episodios (que se pueden ver en Canal+), y admito que a mí me ha quedado una sensación agridulce en base a una conclusión muy rápida de explicar. Creo que Juego de tronos tiene un trabajo de preproducción sencillamente asombroso, sobresaliente en todos sus aspectos. Vestuario, dirección artística y localizaciones deslumbran desde la primera hasta la última imagen de la serie, coincida o no la visión de sus autores con la que cada uno nos formamos durante la lectura de la novela (Invernalia, por ejemplo, no termina de satisfacerme; el Muro, en cambio, me parece una maravilla plasmada tal y como la describe Martin en sus novelas). Sin embargo, me da la sensación de que todo lo que ofrece el rodaje queda en manos de los actores y el guión (que, en sus mejores momentos, sigue con fidelidad absoluta el libro), sin que los realizadores aporten gran cosa en demasiadas ocasiones y que la postproducción no le da a la serie casi ningún valor añadido (apenas hay efectos especiales, diferencia esencial todavía por motivos presupuestarios entre el cine y la televisión, y la banda sonora, a excepción del hermoso tema principal, apenas tiene relevancia).

Este planteamiento desemboca en que hay escenas que en el libro son sencillamente espectaculares y que no encuentran su reflejo en la pantalla. En este sentido, y sin desvelar nada, la mayor decepción llega en el noveno capítulo, con una omisión ofrecida de una forma casi sonrojante. Sí es verdad que hay escenas brillantemente rodadas (como el final del tercer episodio, con Ned mirando la primera lección de 'baile' de su hija Arya, o la conclusión del noveno episodio) en las que se nota un buen trabajo de dirección y planificación. Ahí es donde la serie marca su otra gran apuesta: la ausencia de límites en la corrección política. Son frecuentes las escenas de sexo (incluso homosexual) y los momentos de gran y explícita violencia, a pesar de que incluso hay cierto freno a lo narrado en la novela. Esto ha convencido a muchos, pero hay cierta irregularidad. Algunas funcionan muy bien, otras tienen cierto aire gratuito (sobre todo en el caso del sexo). La serie, sabedora de que buena parte del presupuesto se ha ido en la construcción de los Siete Reinos de Canción de hielo y fuego, apuesta descaradamente por el talento de Martin en sus diálogos y el de los actores para deslumbrar. Y ahí es donde Juego de tronos se eleva por encima de la media sin ninguna duda.

En muchos sitios se ha vendido como la serie de Sean Bean, conscientes sus responsables de que el actor tienen una enorme reputación en el género gracias a su magnífica interpretación de Boromir en El Señor de los Anillos. Y Sean Bean responde con un trabajo espléndido. Efectivamente, es su serie, aunque dado ese planteamiento hay un indudable éxito en contar algunos capítulos, en la segunda mitad de la temporada, en los que su presencia es casi inexistente. Lo cierto es que el casting en su conjunto es formidable. Incluso en los actores en los que la primera impresión es dudosa (por no ser exactamente como se describía en las páginas del libro), el crecimiento a lo largo de los capítulos es indudable. Y es actores como Kit Harrington (Jon Nieve), Richard Madden (Robb Stark) o incluso el hierático Jason Momoa (Khal Drogo y próximo Conan) no parecían los adecuados en ese primer vistazo y salen de esta primera temporada triunfantes. Tyrion Lannister (formidable Peter Dinklage, quizá lo mejor de la serie), Cercei Lannister (Lena Headey), Iain Glenn (Ser Jorah), Jeoffrey Baratheon (Jack Gleason; ¿de verdad es el mismo chaval simpático que aparece brevemente en Batman begins?) o Aidan Gillen (Meñique), además del propio Ned Stark y otros muchos, son sencillamente perfectos desde el principio.

La verdad es que es muy difícil encontrar alguna pega al reparto. La elección de casi todos los actores supone un trabajo deslumbrante y la forma en que todos han desarrollado sus papeles, apoyados en los nunca suficientemente valorados diálogos de Martin, un acierto magnífico. Son tantas las escenas de actores memorables que mantenien entre ellos, que sería imposible relatarlas todos. Formidable la escena con Ned, el Rey Robert y Cersei que abre el sexto episodio, o las conversaciones entre Varys y Meñique, o el juramento de la Guardia de la Noche en el séptimo (y su repetición en el décimo). Pero sorprenden algunas omisiones (además de la mencionada y flagrante del noveno capítulo, por ejemplo la escena que tendría que haber ido al final del segundo episodio o comienzo del tercero con Bran como protagonista; o la escasísima presencia de los huargos, por evidentes problemas que pudieran producirse en el rodaje, lo que resta notablemente el toque fantástico de la saga) o la rebaja visual y narrativa de algunas tramas, como la que rodea a Daenerys Targaryen y los Dothrakis (demasiado pobres para lo que uno se imagina en la novela, incluyendo el épico final).

¿9,5 sobre 10 como refleja IMDB? No, en absoluto. La serie es notable, tiene momentos formidables e incluso memorables, actores deslumbrantes que ofrecen en algunos casos los mejores trabajos de sus carreras, y viene a llenar un juego en la fantasía adulta que hasta ahora no teníamos cubierto. Pero le faltan cosas. Hay fallos evidentes en la narración de las elipsis, no demasido bien explicadas en algunos casos y la realización es un tanto impersonal en algunos episodios y escenas, además de la evidente falta de presupuesto que ha llevado a los responsables de la serie a saltarse algunas de las escenas más grandiosas de la novela. El éxito cosechado, y sobre todo la escasez de críticas negativas siquiera en aspectos concretos, puede llevar a los productores a seguir por el camino de la autocomplacencia, y ese es el gran riesgo que tiene ante sí la próxima temporada. Si solventan ese peligro y consiguen dotar a la serie de la espectacularidad que necesita junto a los intrincados, complejos y fascinantes movimientos políticos, el valor añadido será tan inmenso que llegar hasta esa nota no será una utopía. Es una muy buena serie, pero necesita crecer. La obra maestra de Juego de tronos está en las páginas de papel. Veremos qué sucede con Choque de reyes.

lunes, junio 20, 2011

'El inocente' convence

Hace no muchos años, no me habría creído que alguien me dijera que una película hecha a mayor gloria de Matthew McConaughey merecía la pena. Y, sin embargo, soy yo mismo el que ahora escribe esa frase para referirme a El inocente, un más que interesante drama judicial protagonizado por este actor que hasta ahora habría tachado sin pestañear como aburridísimo. El filme convence por más cosas, pero especialmente por sus dos actores protagonistas, el ya mencionado McConaughey y Ryan Phillippe, al igual que por los afilados diálogos de un guión que, eso sí, acaba con una carambola final difícil de digerir. A pesar de ese detalle, que no tiene en realidad tanta importancia (y que seguro que también tendrá sus defensores) y de algún que otro personaje que no queda tan bien perfilado como debería, El inocente es una notable película. No llega a ser lo que quizá pretendía, una reinvención contemporánea de uno de los géneros más viejos del cine (sobre todo norteamericano), pero indudablemente ofrece un buen rato.

McConaughey tuvo su momento de auge en los años 90, cuando trabajó con directores como Joel Schumacher (Tiempo de matar), Robert Zemeckis (en la infravaloradísima Contact) o Steven Spielberg (para la injustamente denostada Amistad), pero siempre fue más estrella que actor. El inocente supone para él la oportunidad de demostrar lo contrario. Oportunidad que aprovecha, por lo que no es absoluto descabellado decir que aquí ofrece su mejor interpretación hasta la fecha. Sabe darle a su personaje, un abogado poco convencional, el toque arrogante de la primera mitad de la película, el aroma del miedo que le asoma mediado su metraje y la humanidad con la que concluye el relato. Su personaje es, quizá, la puerta con la que Brad Furman, un director sin demasiadas credenciales previas, intenta reinventar el drama judicial, casi siempre protagonizado por abogados de profundas y nobles convicciones. Sin desvelar mucho sobre la trama, ese no es el caso de esta película y su protagonista.

Ryan Phillippe recupera los tonos más oscuros de su personalidad como actor (para entendernos, en las antípodas de su personaje en Banderas de nuestros padres, de Clint Eastwood) para dar una más que acertada réplica a McConaughey. El reparto en general (fantástico y sorprendente William H. Macy, muy adecuados Josh Lucas, John Leguizamo, Michael Peña o Frances Fisher) se configura como el mejor vehículo para dar vida a un guión lleno de ritmo y grandes diálogos. Quizá haya una carta que desplome el castillo de naipes, y es el personaje de Marisa Tomei, algo más desdibujado en el guión. Sus apariciones son demasiado forzadas, sus desapariciones más difíciles de entender. La actriz poco puede hacer para salvar lo que en el guión queda cojo, y sabe a poco prescisamente por las buenas y recientes actuaciones que había ofrecido en películas como la incomprensiblemente casi desconocida Antes que el diablo sepa que has muerto (la última película antes de morir del gran Sidney Lumet, impresionante testamento cinematográfico) o la sobrevalorada El luchador, de Darren Aronofsky.

En contra de la película juegan el en apariencia descabellado y seguramente innecesario giro final y la realización cámara en mano, síntomas ambos de una modernidad que obliga a buscar el más difícil todavía y que se ha olvidado de que el clasicismo a la hora de escribir o a la hora de rodar puede funcionar igual de bien que el rupturismo vanguardista cuando así lo requiere el guión o el tono de una película. Quizá eso lo aprenda Furman según vaya sumando películas a su por ahora reducida y desconocida filmografía. A favor de El inocente, además de los actores y del guión (y más que el guión, los diálogos, rápidos, frescos y ágiles), suma el más que interesante prisma divergente que ofrece en los flashbacks, contados desde el punto de vista de diferentes personajes. Eso sí le da a la película una frescura inusual en este tan manido cine de abogados, más incluso que la personalidad del abogado protagonista, aunque ésta también sea bastante inusual en películas de este estilo.

El inocente (un cambio completo, y quizá no demasiado afortunado, con respecto a las intencioens del título original, The Lincoln Lawyer; hace referencia en el coche en el que se mueve el abogado, pero la verdad es que la película no da demasiados motivos como para que esa mención sea relevante) es una buena película. No alcanzará la cúspide de un género que acumula un buen puñado de obras maestras, pero sí garantiza un muy buen rato delante de la pantalla. Sin ser un menosprecio a sus responsables, que no hacen un mal trabajo en absoluto, uno no puede evitar que le venga a la mente lo que esto habría sido en manos de directores como el mencionado Sidney Lumet o con actores como Henry Fonda. Y entonces caigo en que ambos hicieron 12 hombres sin piedad. Desde luego, las comparaciones son injustas. Necesarias para entender el nivel de cada película, pero muy injustas. Porque El inocente, hecha en otra época, quizá hubiera estado mejor valorada que hoy en día. Aunque sólo sea por eso, se merece una oportunidad.