sábado, febrero 14, 2009

'Slumdog millonaire', mejor documento social que película

La sorpresa del año no me parece que lo sea tanto. Slumdog millonaire llega precedida por un torrente de premios y nominaciones y del aplauso crítico prácticamente unánime. Por la forma en la que está construída y por los defectos que tiene, me quedo con la sensación de que tiene mucho más valor como documento social que como película. Interesa mucho más descubrir y describir muchas cosas sobre la India que el común de los mortales (y de los turistas) no suele conocer, que la epopeya de un joven que, por amor, acaba concursando en el Quiero ser millonario de ese país. Interesa mucho más ver la mendicidad de los niños, la violencia que se ejerce sobre ellos, las bandas organizadas o la actuación policial, que el cuento de hadas en el que se quiere convertir Slumdog millonaire (sensación que no termino de tener por un detalle que no puedo revelar sin reventar la película).

La historia de la gestación de Slumdog millonaire casi merecería una película. La filial de cine independiente de Warner pasó a mejor vida y uno de los proyectos a los que afectó fue éste. Durante un tiempo se pensó en estrenarla directamente en DVD, y al final se acabó distribuyendo en colaboración con la filial para este tipo de cine de 20th Century Fox. El director de la película es Danny Boyle. Su título más representativo sigue siendo el que le lanzó a la fama, Trainspotting, todo un fenómeno cultural en su momento (mucho más que estrictamente cinematográfico). Rompedor hasta la médula (aunque seguro que menos de lo que él pretende), lleva eso hasta el extremo en esta película, en sus encuadres imposibles, en su montaje acelerado y en un escenario muy difícil de retratar (para que India quedara realmente reflejada, contó con la colaboración de una codirectora, Loveleen Tandan) pero que capta muy bien.

Decía que pretende ser un cuento de hadas. Pero se le escapan ciertas cosas para serlo. El final es demasiado previsible como para lograr la emoción que espera (y merecería) despertar. La historia, de partida, es preciosa. Slumdog millonaire relata como un chaval sin recusos de Bombay acaba poniendo a todo el país delante de la televisión para ver si consigue ganar el gran premio de Quieres ser millonario. El guión, narrado durante tres cuartas partes de la película con flashbacks intercalados, deja muchos agujeros, no juega con las elipsis tan bien como podía haberlo hecho. Falta información y, sin embargo, alguno de los episodios se antoja demasiado largo. Otros, en cambio, son impresionantes, dramáticos o divertidos, como por ejemplo cuando el joven protagonista decide lanzarse a un pozo de heces (tiene una obsesión Danny Boyle con los retretes...) con tal de llegar a tiempo de que su estrella de cine le firme una foto. Por eso tiene la película un ritmo algo irregular.

Uno de los detalles que se pierde con el doblaje es uno de los aspectos que contribuyen decisivamente a que la atmósfera de la India esté adecuadamente captada en la película. Boyle la rodó en un 20 por ciento en hindú, proyectándose con subtítulos en inglés. Pero en España la vemos íntegramente doblada. Los actores en su conjunto hacen un trabajo muy interesante, en especial Amil Kapoor (como el presentador del concurso) y los dos protagonistas, Dev Patel y Freida Pinto. Y teniendo en cuenta que es un programa que ha tenido notable éxito en España es inevitable pensar cómo habrían sido las escenas del concurso con el presentador que tuvo en España, Carlos Sobera.

Otra cosa que no termina de convencer de Slumdog Millonaire es que tiene muchas cosas ya vistas. Y su trasfondo televisivo encuentra dos claros referentes, dos excelentes películas como son Quiz Show y El show de Truman (no profundizo más en los paralelismos para no destripar a nadie ésta película, pero sí quiero decir que desde mi punto de vista sale perdiendo la cinta de Danny Boyle con respecto a las otras dos). La Academia (y otros muchos premios) se ha volcado con esta película y le ha dado nada menos que diez nominaciones a los Oscar. Para mí, excesivas, y más teniendo en cuenta lo que se ha quedado por el camino. Además, la comparación con las dos películas anteriores, a las que ignoró, es un punto más en su contra. Parte en buena posición en las apuestas, pero para mí queda como la apuesta exótica de Hollywood (esta vez, y esa es la novedad, con una película británica), como lo fue Juno el año pasado o Pequeña Miss Shunshine hace dos.

Aunque parece que he hablado más de lo negativo que de lo positivo, Slumdog Millonaire es una buena película. Entretiene mucho y está correctamente construida hasta un tramo final que busca el cuento de hadas y se queda en cierta inverosimilitud. Pero no acabo de ver tanta genialidad como había leído antes de entrar en la sala.

jueves, febrero 12, 2009

'El desafío. Frost contra Nixon', indispensable

Richard Nixon, tras dimitir como presidente de Estados Unidos, se sube a un helicóptero para abandonar la Casa Blanca por última vez. Antes de introducirse en el aparato, saluda a los presentes con ambas manos y justo antes de darse la vuelta, lanza una mirada penetrante y desafiante para quien la quiera entender. Al otro lado del mundo, en Australia y después de presentar su programa de variedades, David Frost está viendo ese momento por televisión. Y ese momento preciso le llama la atención. Arquea una ceja en señal de sorpresa. Le ha mirado a él. Le ha retado a él. Y entonces lo tiene claro: su misión será entrevistar a Nixon, a cualquier precio personal o profesional. Desde ese instante, probablemente una de las licencias ficticias que se toma la película, El desafío. Frost contra Nixon atrapa al espectador para no soltarlo en las dos horas siguientes. Dos horas de cine indispensable, de perfección casi absoluta en todos los terrenos.

El desafío narra los pormenores de la entrevista que Frost le hizo a Nixon tres años después de que éste abandonara la Casa Blanca, acuciado por el caso Watergate. Sólo por su valor histórico y político, esta película ya tendría una razón de ser. Pero va mucho más allá. Es un mensaje maravilloso sobre por qué muchos hemos soñado durante tanto tiempo con ser periodistas, es un ataque directo a la corrupción política, es un retrato de personajes brillante, es una lección magistral sobre cómo adaptar al cine una obra de teatro (con todo lo que eso debe suponer de expansión de escenarios, recursos narrativos e incluso personajes) es un prodigio de puesta en escena y es una maravilla en muchos de los terrenos que intervienen en la creación de una película, desde la magnífica partitura de Hans Zimmer o a la siempre adecuada fotografía de Salvatore Totino, pasando por un montaje brillante.

Hablaba de ese primer instante en el que Frost decide entrevistasr a Nixon, pero no es, ni mucho menos, el único que perdurará de esta película. La llamada telefónica de madrugada (un momento ficticio), el momento en el que un Nixon acorralado confiesa sus pecados (el escalofrío que me recorre la espalda durante el segundo que todo se queda en silencio sólo puede significar que ahí está la magia del periodismo... y del cine) la última visita de Frost a la villa de Nixon, la conversación en la que Frost invita a celebrar su cumpleaños a pesar de estar siendo vapuleado por el ex presidente... Y qué difícil es rematar una película y qué bien acaba El desafío. Porque, como dicen tanto Frost como Nixon, un duelo tiene siempre un ganador. Ambos saben quién ha sido pero uno no acaba de tener claro por qué perdió, cómo llegó a esa situación de soledad que tan bien describe el filme con un en apariencia simple plano final.

Ron Howard plantea casi un combate de boxeo. Los dos contedientes lanzándose sus mejores golpes, las dos esquinas en las que preparar el siguiente asalto, con sus respectivos preparadores (enorme el cruce de miradas entre ellos antes de la cuarta y última sesión de la entrevista) y cuatro rounds de una intensidad maravillosa. Sin artificios baratos, sólo con la puesta en escena, con una planificación de planos brillante y con unos actores que bordan sus papeles. Frank Langella intimida, emociona, enfada y asombra a partes iguales. Es la cumbre de su carrera, sin duda. Michael Sheen, que hace no mucho dio vida a Tony Blair en La reina (del mismo guionista que El desafío), está igualmente brillante. Ante una interpretación tan soberbia, quizá sea injusto decir que está un peldaño por debajo de Langella, pero lo que está claro es que su cara a cara en esta película forma ya parte de la leyenda. Las preguntas que se cruzan antes de iniciar la entrevista, el momento en el que Frost paga a Nixon el anticipo por la entrevista o la conversación telefónica a la que me he referido antes son sólo unas muestras.

Al director le facilita mucho la tarea el hecho de que Frank Langella y Michael Sheen ya dieran vida a los personajes en la obra de teatro en que se basa la película. Pero sería injusto no darle crédito a Ron Howard, un director que no parece suscitar demasiado fervor crítico. Supongo que no ayuda el hecho de que una de sus películas recientes más aburridas, Una mente maravillosa (brillantísimas actuaciones y poco más), fuera la escogida por la Academia para darle el reconocimiento en forma de estatuillas. Salvando un tufillo comercial en su forma de rodar (que no se ve demasiado en El desafío, y eso, por desgracia, probablemente le restará espectadores), es un tipo valiente, capaz de abordar todos los géneros con solvencia. Desde hace muchos años le cogí cierto cariño por esa maravilla de la fantasía que es Willow, y Cinderella Man me descubrió a un cineasta mucho más grande. Y El desafío le confirma definitivamente. Volverá al cine familiar (El Grinch), el de acción (Rescate, Llamaradas) o el más puramente comercial (El código Da Vinci) pero si cada pocos años nos deja una película de este calibre, merecerá la pena.

El desafío. Frost contra Nixon es una película para todos los que creemos que el periodismo sirve para algo, para todos los que nos metimos en esta profesión soñando con descubrir la verdad de las cosas, para todos los que tengan algún interés (por mínimo que sea) en la política (norteamericana o no), para todos los que sepan saborear una película llena de gestos, miradas y detalles que construyen una historia tanto como unos diálogos brillantes. Qué demonios, es una película que todo el mundo tendría que ver. Tan fascinante como indispensable.

miércoles, febrero 11, 2009

'Mi nombre es Harvey Milk': Sean Penn por encima de todo

No es fácil evaluar una película como Mi nombre es Harvey Milk. Con una temática comprometida, una historia que es necesario contar (y extrapolar a otros hechos de la historia más reciente, y no sólo de Estados Unidos) y un actor impresionante encabezando el reparto, es fácil caer en la tentación de pensar que estamos ante una película de esas que perduran en el tiempo. Pero a mí se me queda coja por muchos sitios. Si este filme permanecerá en la memoria es casi exclusivamente por Sean Penn y por el espléndido reparto que tiene. Lo demás, y a pesar del reconocimiento que ha obtenido esta película en las nominaciones a los Oscar, queda muy por debajo de las posibilidades que ofrecía el material y, por desgracia, se queda en un biopic más.

Mi nombre es Harvey Milk narra la historia del primer político norteamericano que hizo pública su condición homosexual antes de ser elegido. Una historia sin duda fascinante, por todos los matices políticos y sociales que tiene. Existe un documental titulado The times of Harvey Milk que, según dicen (no lo he podido ver), es ujna auténtica joya. La adaptación cinematográfica de este hecho real lleva muchos años, pasando por las manos de directores muy diferentes entre sí. El propio Van Sant pudo hacerla hace más de quince años (con Robin Williams como protagonista) y después estuvieron cerca de dirigirla Oliver Stone (¿cómo hubiera sido esta película en manos de un polemista como Stone?) y Bryan Singer.

Sean Penn por encima de todo, decía. Y es verdad. Es un actor inmenso y lo demuestra película tras película. Aquí crea un personaje formidable. La limitación de dar vida a un personaje real es para Penn una oportunidad de ir evolucionando un personaje. En cada escena se ven cambios, poco tiene que ver el Harvey Milk inicial que no sabe qué hacer con su vida con el que acaba ocupando un puesto político de relevancia, en sus gestos, en sus palabras y hasta en sus miradas. Está sencillamente fantástico. Y el resto del reparto no se queda atrás. Desde un formidable Josh Brolin (otra vez demostrando una capacidad camaleónica envidiable; ¿cómo es posible que este mismo actor sea el que viene de dar vida a George Bush?), hasta un muy creíble James Franco, pasando por Diego Luna o Emile Hirsch. Todos formidables, convincentes y convirtiéndose en el pilar fundamental de la película.

Pero el resto falla. Van Sant no termina de darle un aire propio a la película. Las elipsis son confusas y en algunas cosas inexplicables, el director no acaba de decidir si le interesa un Harvey Milk narrador (al que introduce en algunos momentos) o simplemente protagonista de la historia, no termina de saber si quiere contar una odisea personal (la de Milk, con su pareja, con su carrera, con su vida) o la de un colectivo (el de homosexuales y la lucha por el reconocimiento de sus derechos), si quiere una historia cinematográfica o una casi documental. Y, así, se mueve entre un tono de cine independiente y de gran producción hollywoodiense sin concretar demasiado. Y con tanto interés en mostrar cómo es la comunidad gay de San Francisco, queda la sensación de que no forma parte del mundo real. En el lado positivo, además del reparto, hay que colocar la interesantísima banda sonora de Danny Elfman, que demuestra que se mueve bien en la realidad, alejado de los mundos fantásticos que ya ha conquistado de la mano de Tim Burton.

Mi nombre es Harvey Milk es una de esas películas necesarias, pero que no llegarán a todo el público que podría haber alcanzado de la mano de otro director. Una película fundamentalmente de actores y, en especial, de su protagonista, de un Sean Penn magnífico como casi siempre. Pero una película que, probablemente, se olvidará con rapidez, sobre todo si no es la ganadora en la noche de los Oscars. Quedará más como lección de historia moderna que como película. Y sigo dándole vueltas a los títulos de las películas en España. ¿Por qué Milk se traduce aquí como Mi nombre es Harvey Milk? Algún día habría que investigar quiénes deciden estos cambios y en base a qué criterios...

sábado, enero 31, 2009

'Valkiria': demasiado heroísmo, demasiada corrección

El tratamiento que Hollywood da a la Historia suele dejar muchos insatisfechos. Siempre hay quien ve alteraciones en la traslación al celuloide que, dicen, invalidan el producto final. Por lo que he podido leer, a Valkiria no se le puede achacar una excesiva inexactitud histórica. Sin embargo, deja cierta sensación de inversimilitud. Hay demasiado heroísmo, hay demasiada corrección, hay un afán desmedido en resaltar la bondad de los protagonistas, de los autores de la conspiración que debía acabar con el asesinato de Adolf Hitler. Demasiadas veces se nos quiere recordar que no todos los alemanes eran nazis. Y demasiado se quiere proteger la figura del héroe, interpretado por Tom Cruise, al que nunca se deja decir en pantalla el tan temido "Heil Hitler". Lo dice una sola vez y lo hace de espaldas a la cámara. El intento casi documentalista de narrar los hechos reales choca frontalmente con estas intenciones proteccionistas, pero no invalidan una buena película histórica de suspense.

Bryan Singer abandona el mundo de los superhéroes que le ha tenido ocupado desde el año 2000 (las dos primeras entregas de X-Men y Superman returns, tres buenas muestras de cómo adaptar un cómic desde el camino más complicado y valiente: sin ser un aficionado juvenil del noveno arte y reconociéndolo públicamente, enfrentándose a las iras de los fans) para ofrecernos una película más que correcta y que cumple con lo prometido. Y eso que había augurios muy negativos (retrasos en las fechas de estreno, rodaje de nuevas tomas...) que hacían temer lo peor. Pero no. Valkiria es un producto muy entretenido. Muy hollywoodiense también, con todo lo que eso supone en una película histórica, pero no por ello menos efectiva. Pesa en su contra un final un tanto carente de garra.

Tom Cruise interpreta al protagonista, el coronel Claus von Stauffenberg, con la profesionalidad acostumbrado en un actor que lleva moviéndose como pez en el agua en el cine norteamericano desde hace casi tres décadas. Hay cierta tendencia a criticar todo lo que hace, confundiendo en exceso el Cruise real con el Cruise actor, pero lo cierto es que es un intérprete profesional y solvente. No es un magnífico actor, no, pero sí que es una estrella. Su cara puede ocupar el cartel de una película y ser el reclamo perfecto. Y en esta ocasión, como ha hecho siempre durante su carrera, se ha rodeado de grandes actores. Entre los secundarios destaca Tom Wilkinson, espléndido como casi siempre, y un Kenneth Branagh al que siempre da gusto ver en pantalla. A Terence Stamp, en cambio se le ve algo monótono, sin aportar mucho a su personaje, lo que no deja de ser una desagradable sorpresa.

Hace un par de años, Valkiria podía haber sorprendido más. Hitler era un personaje muy complejo de tratar a pesar de haber aparecido en centenares de películas y series. ¿El cine se podía permitir el lujo de mostrar a uno de los mayores monstruos de la humanidad como una persona de carne y hueso? El hundimiento respondió para siempre a esa pregunta. El Hitler que interpreta David Bamber (un actor eminentemente televisivo) en Valkiria es muy deudor del de Bruno Ganz en El hundimiento. Queda muy lejos de los logros de Ganz, pero sigue su misma línea. Singer también. Se acerca con extremo cuidado al führer y prefiere no hacerle hablar demasiado. Pero la impresión que genera queda atenuada por el Hitler que ya vimos en la película alemana de Oliver Hirschbiegel.

Valkiria no deja de ser un curioso acercamiento a un episodio algo desconocido de la Segunda Guerra Mundial, una nueva oportunidad de ver un relato histórico de Hollywood (al que, a pesar de la gran cantidad de medios desplegados para recrear de forma admirable el Berlín nazi, le falta espectacularidad en algunos de los tramos que más se prestaban a ello, como las escenas iniciales en el frente africano) tan solvente como de costumbre. Pero no es una película que contaremos entre las grandes, ni mucho menos. Para Cruise, un título más. Para Singer, un regreso al cine realista. Para el espectador, dos horas entretenidas.

miércoles, enero 28, 2009

'La duda': sencillamente perfecta

Salir del cine con la sensación de haber visto una película perfecta no es corriente. Por eso, cuando sucede, lo mejor que puede hacer uno es saborear lo que acaba de ver, debatirlo, analizarlo, comentarlo, sacarle todo el jugo. Eso es lo que me pasó ayer con La duda, película que se estrena este viernes. Soy consciente de lo complejo que es defender una afirmación como ésta hablando de arte, pero es sencillamente perfecta. Salí del cine con la impresión de que nada sobra, nada falta, todo (lo que vemos, lo que intuimos, lo que se dice y lo que no se dice) tiene un sentido y todo lo que se hace en pantalla alcanza una brillantez exquisita. Es una película sublime que deja huella en el espectador, en el fondo y en la forma, que deja para el recuerdo dos o tres escenas brillantes, unos diálogos prodigiosos y unas actuaciones inolvidables. Una joya que, por algún extraño motivo, no figura entre las cinco nominadas al Oscar a mejor película a pesar de optar a cinco premios.

¿Qué hace La duda tan especial? Sin duda, por encima de todo, su guión. Es una película adulta que trata a los espectadores como personas inteligentes. Plantea debates, pero no da respuestas. Ofrece todos los elementos para que cada una de las personas que vea el filme saque sus propias conclusiones, pero no sentencia, no manipula. Ahí radica buena parte del valor de una película que se mueve en aguas peligrosas, en un tema complejo de tratar. El escenario de la película es un colegio religioso del Nueva York de los años 60, en el que acaba de entrar su primer alumno negro y en el que se libra un enfrentamiento (primero soterrado, después a tumba abierta) entre la directora del colegio, la hermana Aloysius (Meryl Streep) y el párroco de la iglesia, el padre Flynn (Philip Seymour Hoffman), todo ello bajo la atenta mirada de una joven e ingenua profesora, la hermana James (Amy Adams).

Pocas veces se encuentra una película que tenga un título tan acertado. Incluso más acertado en el original, Doubt, que en el traducido en España, La duda. Porque no es una sola duda lo que centra el interés del filme. La película es todo un tratado sobre las dudas de todo tipo, desde las espirituales a las personales, pasando por las sociales. Todos los personajes, por muy seguros que aparezcan en determinadas escenas, se mueve en escenarios de duda. La obra de teatro, por cierto, se llegó a representar en Madrid hace algunos años bajo el título de La sospecha, un título que desvirtúa bastante la carga de la historia. El autor de la obra, también guionista y director de la película, es John Patrick Shanley. Es más conocido por su faceta de dramaturgo y guionista, pero ha dirigio ya una película hace nada menos que 18 años. Y sorprende saber que esa película (que no he visto) es Joe contra el volcán, con Tom Hanks y Meg Ryan.

Tan importante como el guión son las interpretaciones. Meryl Streep es una diosa intocable del mundo de la interpretación. Nunca he sentido por ella el fervor que parece sentir toda la profesión, pero es obligado decir que cuando está sublime no hay actriz en el mundo que pueda superarla. Y aquí lo está. Compone un papel inolvidable, lleno de matices, enseñando todo un pasado que no se ve en la película pero que pesa sobre el personaje en todo momento. Y lo mismo se puede decir de Philip Seymour Hoffman, maravilloso como casi siempre. Amy Adams está igualmente brillante, y su presencia es todavía más reconfortante. Una actriz joven y guapa que podría quedarse en su imagen Disney (es la protagonista de Encantada) da un paso arriesgado y valiente. Que siga así y tendrá un lugar de honor en el mundo del cine. Y Viola Davis, en un brevísimo papel, es capaz de sobrecoger de una forma notable. Ellos cuatro y Shanley como guionista son quienes optan a un Oscar dentro de algo menos de un mes.

La conjunción de un espléndido guión y estos maravillosos actores deja, como decía, secuencias inolvidables. Destacan, por encima de todo y en un conjunto tan notable como homogéneo, el sermón del padre Flynn sobre el chismorreo (hermosísimo el relato sobre las plumas, toda una lección para la vida) y las dos escenas en el despacho de la directora: la primera con la presencia de la hermana Aloysius, la hermana James y el padre Flynn (se palpa la creciente tensión, desde el inicio de la charla, con temas intrascedentes como las canciones de Navidad hasta que por fin se descubren las cartas), y la segunda, en la que sólo están los dos personajes que rivalizan en la película, que confrontan sus distintas visiones de la vida y de la fe. Y el hermosisímo final, que deja una sensación de desasosiego y, sobre todo, de duda. Si alguien espera ver un alegato contra la Iglesia, se equivoca de película. Si alguien quiere encontrar una reafirmación de la fe cristina, también. Esto es, simplemente, cine. Puro cine. Sublime y altamente recomendable.

viernes, enero 23, 2009

'W.' se queda en interesante... pero necesaria

Oliver Stone es un director que se maneja muy a gusto en la polémica. Seguramente él será uno de los pocos que tenga el valor suficiente para rodar una biografía de un presidente de Estados Unidos cuando éste todavía residía en la Casa Blanca. W. es un curioso biopic cuando seguramente el material podría haber dado para mucho más, pero Stone se mueve muy a gusto en este tipo de película y por eso el resultado es interesante. A veces parece perder la perspectiva y uno no sabe muy bien si es una película para ridiculizar al ex presidente, a mayor gloria del modelo de vida americano o simplemente una biografía más o menos objetiva. Pero en los peores momentos, que alguno tiene, el espectador se puede agarrar a las actuaciones, formidables casi todas ellas, y sobre todo a un inmenso Josh Brolin, que da vida, literalmente, a George W. Bush. Con todo lo bueno y todo lo malo que eso supone.

Quizá lo más reprochable de la película sea que se queda en la superficie de muchos de los temas que apunta (o que abiertamente zanje con una sola escena cuestiones como su alcoholismo), que esté más preocupada en desarrollar una caracterización de George Bush que en contar una historia. La mezcla de la narración presente (las fechas previas y posteriores a la guerra contra Irak) y pasada (la vida de Bush desde su etapa universitaria hasta que decide ser candidato a a las elecciones presidenciales) es hábil, tan hábil como suele ser el cine de Oliver Stone. Pero a veces da la impresión de que se escapa mucha historia entre los dedos. Las elipsis dejan la sensación de que hay demasiado por contar. Quizá sea cierto que la película es prematura porque, al fin y al cabo, cuenta una historia inacabada (que tiene además un final demasiado abrupto, quizá por este motivo), la de un presidente que todavía no había abandonado el poder.

Pero el retrato (pese a escenas tan prescindibles como la de la famosa galleta con la que se atragantó, que entran más en el terreno de la burla que en el del análisis o la narración) es necesario. Tan necesario como que el cine se preocupe de los entresijos de la política, y en eso Stone, guste más o menos, es todo un maestro. Capta la atención desde el primer momento, desde la conversación en el despacho oval para decidir cómo denominar a lo que finalmente se conoció como el Eje del Mal. Sin duda, la película gana fuerza en la narración presente, la guerra de Irak, y seguramente el producto final habría sido mejor si se hubiera centrado en ella (al estilo de Trece días, una película algo menospreciada que traza un retrato de los Kennedy con la excusa de la crisis de los misiles de Cuba). El afán de contarnos la vida personal de Bush y la relación con su padre al margen de la política incide en esa superficialidad que comentaba.

Vista la película y la perfección de la práctica totalidad de las caracterizaciones, es un interesante ejercicio pensar en los actores que estuvieron a punto de dar vida a los personajes. Christian Bale iba a ser Bush, e incluso se hizo las pruebas para el maquillaje. El papel de Bush padre pudo recaer en Warren Beatty o en Harrison Ford. Y Robert Duvall pudo hacer de Dick Cheney. Pero, como siempre, es un ejercicio más o menos estéril dado el buen resultado de todos los actores. James Cromwell (que ya hizo de presidente ficticio en Pánico nuclear) está formidable, casi tan genial como Scott Glenn en la piel de Donald Rumsfeld, Richard Dreyfuss en la de Cheney o Jeffrey Wright en la de Colin Powell. Este trío, de hecho, protagoniza escenas espléndidas. La película es impagable sólo por escuchar las discusiones sobre Irak entre Powell y Cheney. La decepción es Thandie Newton como Condoleezza Rice, un personaje que parece sobrar en la película.

Pero si alguien destaca por encima de todos es el protagonista principal, el auténtica corazón de la película. Josh Brolin traza un Bush realista hasta el extremo, creíble y patético a partes iguales. Lo suyo no es una imitación ni tampoco una caricatura. Es un personaje, pero es real. Y uno se pregunta, después de ver su actuación, cuánto hay del Bush de la pantalla en el Bush que vemos en los informativos. Si realmente el ya ex presidente de Estados Unidos tiene esa forma de hablar, de comer, de flirtear, de discutir y de mandar. Brolin consigue que la pregunta sea a posteriori, porque durante la película la credibilidad es total (inolvidable su discurso para justificar la invasión a Irak, con gestos del propio Bush pero con carácter propio). Y pone la piel de gallina pensar que efectivamente ese sea el perfil real del hombre que ha ocupado la Casa Blanca durante ocho años. Brolin es un pedazo de actor, cada vez más interesante.

Lo que no acabo de entender es que una película dirigida por un realizador de prestigio, que tiene un reparto francamente interesante, que trata de un tema de actualidad y que no es un producto malo o inestrenable, acabe en España directamente en televisión, sin un estreno cinematográfico ni siquiera videográfico. No lo entiendo, pero la emitió La 2 de TVE el pasado día 20. Al menos hemos podido verla, que por lo visto no es poco. Y así hemos salido de dudas: Aznar no aparece en la película. Sale Tony Blair, se ven conversaciones con Putin y Chirac. Pero España sólo aparece mencionada al hacer una pequeña relación de los países aliados. Y de Aznar, ni palabra. Con la ilusión que me hubiera hecho conocer el cásting que Oliver Stone podría haber hecho para elegir un actor que diera vida al ex presidente del Gobierno español...

jueves, enero 22, 2009

'Benjamin Button': Fincher se hace mayor (y uno de los grandes)

David Fincher es un director sorprendente. Debutó con Alien 3, mucho mejor película de lo que muchos creen (y que habría sido mejor de ver la luz en cines su montaje, disponible en DVD). Con Seven cambió por completo todo un género, y eso es mucho decir. The game fue una peliculita que no hizo demasiado por su carrera, ni para bien ni para mal. El club de la lucha le convirtió en director de culto (aunque yo nunca he llegado a entender el fervor por esta película, que me parece, de largo, lo peor que ha hecho). La habitación del pánico gustó más a quienes disfrutamos de sus primeras películas que de la anterior, pero en todo caso disparó las alarmas. ¿Estaba David Fincher estancado? Y entonces, con cinco años de separación, hizo Zodiac. Y volvió a reinventar un género. Después de una gran película como Zodiac, las expectativas pueden despertar las iras contra un director. El curioso caso de Benjamin Button demuestra que David Fincher es uno de los grandes. Se ha hecho adulto. Y su público con él.

Desde fuera y a priori, El curioso caso de Benjamin Button no parece una película para David Fincher. ¿Una historia de amor contada a través de toda una vida? No encaja con lo que ha hecho hasta ahora. En los años 90, se relacionó este proyecto con Steven Spielberg como director y Tom Cruise de protagonista, y quizá al Rey Midas de Hollywood le hubiera venido como anillo al dedo esta historia. Pero esta ficción no oculta el triunfo de Fincher con este título. No es que salga airoso de un proyecto difícil, es que le da un estilo propio. Si buscamos referentes para esta película, es obligado pensar en Forrest Gump, por la sucesión de acontecimientos históricos que rodean esa historia de amor. En lo formal, El paciente inglés y el relato de amor en el lecho de dolor y muerte. El curioso caso de Benjamin Button supera a ambas en todo. Es más drama que comedia, pero no esquiva los momentos más divertidos de una historia singular. Es más intimista que épica, pero, como en toda vida, tiene momentos álgidos.

Benjamin Button es un hombre que vivirá un crecimiento distinto al de todos los demás. Nace viejo y morirá joven. Sus arrugas irán desapareciendo, su artritis o sus cataratas las dejará atrás a los veinte años, su mente infantil crecerá en el cuerpo de un anciano. Su vida en ningún caso podrá ser como la de los demás. Y eso se aplica a todos los terrenos de su vida, también y sobre todo en el amoroso. Porque ésta es, por encima de cualquier otra consideración, una historia de amor, tierna, preciosa, dura en ocasiones, pero que deja un regusto de emoción y de ilusión muy difícil de conseguir en el cine actual. Y David Fincher lo consigue, además de con un espléndido guión, con sutiles artificios. Coloca la historia (la narración de la historia más concretamente) en medio de lo que aconteció en Nueva Orleans cuando el Katrina arrasó la ciudad. Esperanza por encima de todo. Como con el mensaje final de su primer amor. Y, sobre todo, con la pincelada de humor del hombre al que alcanzaron siete rayos. Es la lección más hermosa que deja la película, una de las muchas que ofrece, todas ellas optimistas y vitalistas sin caer en la sensiblería más fácil y evidente.

Brad Pitt no es un actor que me apasione. Funciona como estrella (y como estrella que es incluso le da un cameo en esta película Shiloh, hija del actor y de Angelina Jolie, cuando apenas tenía diez meses de vida), en las revistas, en las premieres, pero casi nunca me ha gustado como actor. Disfruté con él muchísimo con su breve papel en Thelma y Louise, pero desde entonces no me había entusiasmado, nunca le había visto perfecto para un papel. Hasta hoy. Es muy difícil decir cuánto hace el actor por la película y cuánto hace el trabajo de efectos especiales (hermoso y natural), es una frontera muy delicada e imposible de trazar. Pero lo que está claro es que Brad Pitt se convierte en Benjamin Button desde el primer momento en que aparece en pantalla, sin importar la edad (real y aparente), la altura o la parte de la historia que esté viviendo. Es un trabajo notable y digno de elogio, a la altura del resto del reparto, en el que destacan como nombres más conocidos los de Cate Blanchett y Julia Ormond.

Abarcar toda una vida en una película tiene sus aparentes desventajas. La más notable, la duración, que en este caso llega hasta las dos horas y tres cuartos (quítenle cinco minutos todos aquellos que se levantan de sus asientos antes de que acaben los títulos de crédito; lo siento por ellos, se perderán la última pieza de una extraordinaria partitura compuesta por el cada vez más interesante Alexandre Desplat). Quizá alguien hubiera metido la tijera en la sala de montaje, sobre todo en la primera media hora, pero todo en la película merece la pena. Notable es la labor de Fincher a la hora de utilizar la elipsis como un recurso narrativo más, un recurso que pocos director saben emplear ya con acierto. La poesía y la belleza que contiene toda la película, recibe además un epílogo tan hermoso como el comienzo. El agua y el destino por un lado, el tiempo hacia atrás por el otro. Poesía.

El curioso caso de Benjamin Button es una película magnífica y hermosa, la consolidación de David Fincher como un director serio y maduro, el que apuntó en Seven, el que se desarrolló en Zodiac. Chapeau.

lunes, enero 19, 2009

'Cuestión de honor', eficaz pero rutinaria

Cuestión de honor tiene un problema de base. Que ya la hemos visto muchas, muchísimas veces. La mezcla entre policía, familia y corrupción está ya muy trillada en el cine norteamericano de los últimos 30 años, y desde que Canción triste de Hill Street se convirtiera en una de las series míticas de los años 80, también en la televisión. Esta película iba a hacerse en 2001, pero los atentados del 11-S hicieron que se pospusiera. Los productores pensaron que no iba a tener buena acogida una película que daba una imagen corrupta del cuerpo de policía de Nueva York, cuando la sociedad estaba ensalzando los valores más heróicos de sus fuerzas de seguridad. Que se haga hoy es otra demostración más de que el cine americano va superando el trauma de aquella aciaga jornada. Y eso es siempre una buena noticia.

Y tiene un segundo problema. El guión tiene algunas lagunas, los personajes entran y salen en la historia a conveniencia y el final es forzado y, por qué no decirlo, un tanto ridículo. Pero salvando estos defectos, y admitiendo que es algo decepcionante (una de esas películas que en el trailer parece que van a marcar una época pero que después se quedan en un sencillo entretenimiento), es un correcto policiaco al que la parte interpretativa le da cierto nivel pero que no pasará precisamente a la historia. Se queda en un título eficaz, pero a la vez rutinario. Uno de muchos que no marca diferencias, que no inventa, que no perdurará en la memoria. Se disfruta, pero es olvidable.

Cuando se empezó a hablar del proyecto allá por el comienzo de la década, los actores escogidos para los papeles principales eran Mark Wahlberg y Hugh Jackman. Y Nick Nolte fue elegido para interpretar al patriarca de esta familia de policías, pero una vieja lesión en la rodilla le impidió hacer el papel. Gusta mucho pensar qué habrían hecho otros actores con los mismos personajes, pero en este caso es difícil que la imaginación vaya tan lejos por el buen trabajo de los finalmente escogidos. Edward Norton, Collin Farrell, Jon Voigth y el más desconocido pero igualmente interesante Noah Emmerich (hace ya mucho que disfruté con él en El show de Truman) conforman un reparto sólido. Destaca Norton (como casi siempre), Voight le pone clase (se gusta últimamente en personajes secundarios similares a éste) y sorprende Farrell. No es un actor que me llame la atención, pero aquí, creo que por primera vez, me ha convencido.

Lo mejor que tiene Cuestión de honor es su atmósfera. A eso ayuda una magnífica música de Mark Isham (un compositor que descoloca mucho; a veces aburrido, a veces brillante y acertado en todo como aquí) y el escenario, el Nueva York adecuado para esta historia (no el Nueva York del mejor Scorsese, pero sí un Nueva York creíble, agobiante y familiar a partes iguales en función de la escena que estemos viendo). Eso compensa las lagunas en la historia que comentaba antes. Se desaprovechan personajes como la esposa de Colin Farrell o el periodista que investiga la trama de corrupción, y otros, como el de Norton, desaparecen de la trama cuando interesa desarrollar otras facetas de la historia. Pero el final... El final se carga en parte todo lo conseguido en las dos horas anteriores. Demasiado fácil. Demasiado políticamente correcto. Demasiado prefabricado. Y, de largo, lo más inverosímil de todo el filme.

Lo de los títulos en España, por cierto, empieza a ser digno de estudio. Pride and glory es el título original de esta película. Orgullo y gloria. ¿Cómo hemos llegado a la conclusión de que Cuestión de honor es un título más acertado?

martes, enero 13, 2009

De una obra maestra que no le gustó... a otra obra maestra

Veamos Solo ante el peligro. Un peliculón. Uno de los westerns más clásicos, una maravilla de película con un soberbio Gary Cooper y una bellísima Grace Kelly, dirigidos por Fred Zinnemann. Pues resulta que Solo ante el peligro no le gustó ni a John Wayne, el mito por excelencia del western americano, ni a Howard Hawks, un director recordado entre otras muchas cosas por su aportación al género. Y por eso hicieron Río Bravo. Otro peliculón. ¿Pero cómo es posible que un actor inmenso (por mucho que haya gente que piensa que era sólo un icono) y un director formidable no supieran apreciar los valores de esa obra de arte que es Solo ante el peligro? En realidad la respuesta a esa pregunta es muy sencilla. Solo ante el peligro socavaba sin remordimientos la esencia del western más puro. Y eso no lo podían aceptar como si tal cosas los puristas del género.

"Hice Río Bravo porque no me gustó un western titulado Solo ante el peligro. La vi más o menos a la vez que otro western y hablábamos de este tipo de películas cuando me preguntaron si me gustaba, y yo dije 'no especialmente'. No creía que un buen sheriff fuera a ir corriendo por la ciudad como un polluelo asustado pidiendo ayuda, y que al final su esposa cuáquera tuviera que salvarle. Esa no es la idea que yo tengo de un buen sheriff del oeste. Yo decía que un buen sheriff se daría la vuelta y diría '¿cuánto valéis? ¿Sois lo suficientemente buenos como para apresar a su mejor hombre?'. Los tipos probablemente responderían que no y él afirmaría 'bueno, entonces tendré que cuidar de vosotros'. Y esa secuencia salía en Río Bravo".

"Luego dije que había asistido a otro largometraje en el que el sheriff cogía un prisionero y éste se burlaba de él y le tenía todo preocupado y sudoroso soltándole 'espera a que te pillen mis amigos'. Y yo reflexionaba: 'eso es una tontería. El sheriff debería comentar algo como más te vale rezar para que tu amigos no te pillen porque serás el primero en morir'. Y a todo eso me dijeron '¿por qué no haces algo así?'. Muy bien, y creamos Río Bravo exactamente al revés que Solo ante el peligro y que esa otra película, El tren de las 3.10". Así lo explicaba Howard Hawks. Tiene su lógica.

Con ese planteamiento les salió, como decía, otro peliculón. Desde la memorable primera escena sin diálogo alguno (toda una una clase maestra de cómo explicar con imágenes lo que no hace falta explicar con palabras) hasta el espectacular final. Más cercana toda la cinta a la esencia más tradicional del western, si se quiere, pero otro peliculón tan inmenso como Solo ante el peligro. Toda una lección sobre cine rodada sin primeros planos (salvo el de las manos temblorosas de Dean Martin, uno de los mejores alegatos contra el alcoholismo, su personaje y ese plano, que se ha visto nunca en el cine). Hawks, viejo zorro, uso un truco espléndido para reforzar la presencia de sus personajes y de sus actores: construyó los decorados a una escala de 7/8, para que se les viera más grandes.

Río Bravo no es sólo una película excepcional para todo tipo de público, incluso para aquel que recela de un género como el western. Es además uno de los más bonitos cantos a la amistad que ha dado el cine norteamericano (destaca la hermosísima escena en la que Dean Martin, Ricky Nelson y Walter Brenan están cantando en las horas previas al enfrentamiento final, con John Wayne mirando; porque él era el duro, él no podía cantar). Es también una hermosa historia de amor, entre John Wayne (sí, John Wayne también se podía enamorar) y una irresistible Angie Dickinson. Es también un western, uno de los grandes. Pero sobre todo es cine. Puro cine y nada más que cine.

sábado, enero 03, 2009

El despropósito de 'The Spirit'

The Spirit es un despropósito. Punto. Creo que así dejo bien claro el humor con el que salí del cine tras ver la primera película como director en solitario de Frank Miller, antaño un revolucionario de la escena del cómic y hoy un tipo al que uno no sabe muy bien cómo agarrar. The Spirit es una de esas películas que uno no acaba de entender cómo se han podido realizar así, cómo una productora ha invertido dinero en ella y cómo los actores no han sido capaces de alertar al director o a sí mismos del ridículo en el que estaban cayendo. The Spirit es, sobre todo, una mala película, pero también, según dicen casi todas las referencias que he podido encontrar, una muy mala adaptación de una obra que se considera precursora del cómic moderno. En definitva, y como decía, un despropósito.

Frank Miller, como hizo Will Eisner en los años 40 con The Spirit, revolucionó el cómic en los años 80 con su visión de Daredevil y Batman (Año uno sigue siendo para mí la mejor visión del personaje, por encima incluso de la otra obra visionaria de Miller, El regreso del Señor de la Noche). La lástima es que aquel genio sigue viviendo de aquellos éxitos y publicando historias cuya calidad sí encuentra discusión entre los fans. Hay quien le sigue viendo como un creador inimitable, hay quien piensa que es un lunático. Entre las obras de esos años posteriores a su cumbre se encuentra Sin City, que él mismo se encargó de llevar al cine junto con Robert Rodríguez. Sin City fue una película curiosa por su particular traslación de las viñetas a imágenes en movimiento, por un singular uso del color y la luz y por un reparto fascinante. Pero tampoco era una obra de arte, para qué nos vamos a engañar.

Sin City, eso sí, debió espolear a Miller, que decidió lanzarse en solitario a dirigir una película. Y la elegida fue la adaptación de The Spirit. Una elección obvia, pues Miller tuvo una gran amistad con Eisner, al que siempre consideró su maestro. Eso llevó a muchos a pensar que, si bien Miller no era un director experto, al menos trataría el material con un respeto reverencial. Pues no. No hay nadie que conozca el cómic que haya hablado bien de la película. Por desgracia, aún no he podido hacerme con material del personaje de Eisner, así que ésta es una comparación que yo personalmente no puedo hacer. Pero el hecho de leer a tanta gente poniendo el grito en el cielo al comentar la película de Miller no puede ser nada bueno para valorarla. Pero sí es, en cambio, un argumento más para acercarme al cómic y, en su caso, valorarlo más.

Y como yo no puedo establecer esa comparación, me limito a expresar una opinión sobre The Spirit como película. Y después de verla, ésta sólo puede ser tremendamente negativa. Sería fácil decir que Miller se vuelca en el aspecto visual de la película en detrimento del desarrollo de los personajes o la historia. En realidad, no deja de ser un eufemismo para ocultar que el guión es lamentablemente ridículo y los personajes inexistentes. Eso deriva, como no podía ser de otra forma, en un desinterés absoluto por el complot (¿complot?) del villano o las motivaciones (¿motivaciones?) del héroe. Todo es un galimatías sin sentido y, eso sí, realizado con muy poco sentido del ridículo. Colorines, muchos y variados, en un intento, imagino, de profundizar en el catálogo visual que Miller nos mostró en Sin City (a pesar de que no tengan nada que ver el ambiente de una y otra serie en el cómic). Una apuesta por el cómic más cómico y menos serio y adulto. Pero absolutamente nada más.

La película es una exaltación de la estupidez (la de absolutamente todos los personajes) y también de la mujer objeto. Sí, en The Spirit, el cómic, aparecen sensuales mujeres fatales. Pero confundir eso con mostrar un pantalla un catálogo de piernas, traseros y escotes (nada más, no nos engañemos por los nombres) es triste. Esto último es lo que hace Miller, sobre todo con Eva Mendes, que para eso tiene el papel femenino principal, pero también con el resto de personajes femeninos, desde Paz Vega hasta Scarlett Johansson (que empiezo a pensar que ya tiene más interés en mostrarse que en actuar), pasando por Jamie King o Stana Katic. Todas las actrices salvo Sarah Paulson (la única que aparece sin un vestuario provocativo) y Seychelle Gabriel, de largo la actriz con más carisma y talento de la película, a pesar de su cortísimo papel (es Sam Saref, el papel de Eva Mendes, en los flashbacks de la película) y de ser la más joven de todo el reparto. Es la única mujer que muestra carisma en la película y es lo único que se me ha quedado en la memoria, la cara y el trabajo de esta adolescente debutante de la que espero saber algo más en el futuro.

En el lado masculino, Gabriel Macht (a quien sólo conozco, pero realmente no recuerdo, de El buen pastor) interpreta al héroe, a Spirit. Y hace lo que puede, pero no es demasiado, ya que el personaje se diluye entre tanto fuego de artificio, tanta frase absurda que el guión le atribuye, una inútil, prescindible y reiterativa voz en off, y el galimatías general que supone la película. Pero puestos a sonrojarse, quien mayor vergüenza ajena provoca es Samuel L. Jackson. Desenfrenado, incontrolado, inverosímil y bastante ridículo su papel como Octopus, el archienemigo de Spirit. Cuesta entender qué le pasaba por la cabeza al actor a la hora de desplegar su arsenal de gritos y gestos exagerados. Eso es lo que algunos creen que es un villano de cómic. Menos mal que nos sigue quedando el propio cómic para descubrir que eso no es cierto.

Desde que se vieron las primeras imágenes y los primeros trailers, el mundo del cómic, los aficionados del noveno arte en general y del personaje en particular, pusieron el grito en el cielo. Y sus malos augurios, por desgracia, se han cumplido. Es más, diría que se han quedado cortos. El nefasto recibimiento en taquilla a la película es sobradamente merecido. Cuando yo fui a verla, hubo una persona que no llegó ni a la hora de proyección y se salió de la sala. De no tener la costumbre de permanecer hasta el final, por malo que sea lo que estoy viendo, creo que yo también me habría marchado. The Spirit no es sólo una mala película y una explicación de por qué muchos espectadores no pueden tomarse en serio películas que tengan su origen en el mundo del cómic. Es, sobre todo, una pérdida de tiempo.

lunes, diciembre 29, 2008

2008: Un año de cine

La película del año: El Caballero Oscuro
Christopher Nolan ha sido capaz de hacer una de las películas más rompedoras, valientes y revolucionariAs de los últimos tiempos. Y lo ha hecho con un material procedente del cómic, algo que los cineastas y muchos críticos no suelen tomarse en serio. El éxito ha sido total y muy merecido, a nivel crítico y también en taquilla. A quien le pesen los prejuicios por ese origen o porque el protagonista sea un tipo vestido de murciélago más que el cine que destila por los cuatro costados, siento decirle que se pierde una película brillante, dura y moderna. Todo un ejercicio de estilo y de narrativa, de desarrollo de personajes y de actuaciones memorables (sobre todo Heath Ledger como el Joker, pero atención al resto: Christian Bale, Aaron Eckhart, Gary Oldman, Michael Caine, Morgan Freeman...). El Caballero Oscuro es la mejor película que se ha rodado jamás sobre un personaje de cómic, la mejor fantasía en muchos años, un filme tremendamente actual en lo temático y una de las cintas más valientes y arriesgadas de la década.

Lo más destacadoLa fantasía ha protagonizado lo mejor de 2008. Y la animación ha dejado la otra gran película que perdurará con el paso de los años: Wall·E, una de las historias de amor más originales y hermosas que se han visto últimamente en la gran pantalla, en uno de los envoltorios más frescos que se recuerdan. Es impresionante la expresividad de la que se puede dotar a un sencillo dibujo animado. Es increíble la capacidad de una película moderna para hacernos reír con las mismas técnicas que se usaban en los años del cine mudo. Es espectacular que un genio del sonido como Ben Burtt nos emocione con cada pequeño ruido, cada efecto camuflado como un diálogo, cada mágico instante. Es digno de elogio que Pixar siga demostrando que se puede hacer Cine, con mayúsculas, para los más pequeños y con base en un guión espléndido. Y si encima la animación es sencillamente perfecta, ¿qué más se puede pedir?

Aunque muchos hayan disfrutado despedazándola, otra de las películas del año es Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal. El regreso del arqueólogo más famoso de la historia del cine tenía muchísimos más puntos a favor que en contra. Yo los disfrute. Lamento que muchos se perdieran en detallitos para criticarla. Tim Burton nos aportó su habitual ración de genialidad con Sweeney Todd, un magnífico y macabro musical con un Johnny Depp, aquí sí (y no en su sobrevalorada, sencilla y delirante interpretación en la saga Piratas del Caribe), brillante. Y Iron Man demostró a muchos que se puede hacer una película adulta, seria y entretenida con un personaje de cómic.
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Sorpresas positivas
Dos han sido las grandes sorpresas del año, películas de las que no esperaba demasiado y me han convertido en un fiel defensor nada más verlas. Expiación falla algo en el fondo, en una historia que no termina de enganchar tanto como debiera, pero formalmente es una joya, coronada por un plano secuencia hermoso, como hacía muchos años que no se veía uno en pantalla grande. Juno tuvo un efecto similar al de Pequeña Miss Sunshine de un año antes, una peliculita modesta y con tono independiente que se ganó el corazón de los espectadores. Y mucho tuvo que ver la brillante interpretación de Ellen Page para que esta simpática cinta se colara hasta en los Oscar.

Me gustaron... como esperaba
No defrauda, haga lo que haga. Ridley Scott me gusta casi siempre. Red de mentiras no es una de sus mejores películas, ni siquiera figura entre lo más destacado que ha hecho en esta década (y más teniendo en cuenta que venía de estrenar un peliculón como American Gangster), pero es una notable muestra de lo bien que rueda un director de clase y prestigio como él. Y Russell Crowe se confirma como el mejor actor del momento, como un tipo capaz de interpretar los papeles más dispares. Es un genio. Y Ridley Scott, además de saberlo, maneja al actor con precisión.
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El western está vivo, tal y como demuestran la notable El tren de las 3.10 y la entretenida Appaloossa. Tan vivo como James Bond, que con su Quantum of solace deja bien claro que Daniel Craig tiene cuerda para rato como el agente secreto más famoso de la historia del séptimo arte. El cine más familiar tiene una buena saga en Narnia, aunque El príncipe Caspian se queda en un buen entretenimiento contemporáneo cuando en los 80 se habría convertido en un clásico. Para sagas, la de Star Wars, que da el salto al cine de animación con The Clone Wars. Se nota demasiado que son dos capítulos alargados, pero es un buen preludio para la posterior serie. El cómic da buenos productos, como El increíble Hulk. En el punto de mira entretiene con su original propuesta formal (aunque chirríe esa plaza de Salamanca llena de mexicanos...). Y Di que sí hace reír... excepto si no soportas a Jim Carrey.

Enormes decepciones
El talento de los nombres detrás de una película, un buen trailer o el boca a boca son motivos más que suficientes para que un título genere expectación. Y la pena es verlos después de todo eso y que nos quedemos con la sensación de haber visto un filme aburrido, malo o simplemente decepcionante. Quizá el título más destacado del año en ese apartado sea En el valle de Elah, que apuntaba muy alto, a título clásico, y se queda muy abajo, en casi un telefilme, eso sí con grandes trabajos de sus intérpretes. Una película que lidia con la guerra de Irak, tres grandes actores en el reparto y un gran guionista (que ya me había decepcionado como director en Crash) tras la cámara. Pero la película es bastante prescindible. Sólo quedan sus actuaciones. Lo demás, fuegos de artificio.
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Aunque sé que discrepó de la inmensa mayoría, el puesto de mayor decepción se lo podría haber llevado también No es país para viejos. No entiendo el fervor que ha levantado, ni la película ni la interpretación de Javier Bardem. No le he dado el primer puesto porque los hermanos Coen llevan tantos años decepcionándome que ya casi no los considero decepción. En esta categoría también entran Monstruoso (todavía no le he pillado la gracia a esta película rodada con una cámara casera y que no sé si debe dar miedo, tensión, angustia, las tres cosas o ninguna de las anteriores), Pozos de ambición (la desatada actuación de Daniel Day-Lewis no compensa el sopor que produce la película) o 10.000 ( correcta, sí, pero es el mejor ejemplo de cómo engaña un trailer; no sirve de nada gastar dinero si no hay talento detrás...).

Pérdidas de tiempo
Lo más doloroso del año ha sido comprobar que un director al que admiro como M. Night Shyamalan me ha hecho perder el tiempo. Eso es, por desgracia, El incidente, una pérdida de tiempo. Tiene dos o tres escenas dignas del talento de su realizador (sobre todo la introducción en la trama, tras los títulos de crédito), pero en conjunto sorprende la pobreza del guión, lo frío de la resolución y la absoluta carencia de interés de la película. Podría haber sido un buen episodio de 20 minutos en una serie fantástica, pero como película es un pequeño galimatías. Reconozco que la disfruté más en un segundo visionado, pero sigue siendo el primer patinazo de Shyamalan.
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El cine fantástico ha dejado numerosas pérdidas de tiempo, como Aliens Vs. Predator 2 (si la primera era infumable, esta segunda, que decían hecha para los fans de ambas sagas, es sencillamente deleznable), Jumper (tenía esperanzas yo en esta peliculita, pero hace aguas por todas partes), Speed Racer (una broma de mal gusto, carísima y llena de colorines, pero de muy mal gusto; los Wachowski ya no engañan tras el timo de la secuelas de Matrix), Hellboy 2 (yo no termino de cogerle el punto a Guillermo del Toro, excepción hecha de El laberinto del fauno), Outlander (un monstruo visualmente atractivo para una película del montón) o Wanted (cómo destrozar el espíritu de un cómic con puntos de interés).
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Fue también una pérdida de tiempo ver el duelo (¿duelo?) interpretativo entre Scarlett Johansson y Natalie Portan en Las hermanas Bolena. También lo fue el absurdo galimatías que es The Spirit, una exaltación de la mujer objeto y del actor vergonzosamente sobreactuado (del que hablaré en un par de días, cuando consiga digerir el mal trago). O el innecesario e incomprensible regreso de Stallone al personaje de John Rambo (buscando repetir el éxito que sí tuvo al retomar a Rocky Balboa).

La peor película del año: Ultimátum a la Tierra
No tengo la más mínima duda. Ultimátum a la Tierra es la peor película del año, un bodrio se coja por donde se coja. Y, además, una ofensa a todos aquellos que conocemos y veneramos la película original, uno de los títulos imprescindibles de la ciencia ficción de los años 50 y una de las cintas más representativas de la guerra fría. Un timo con mayúsculas, un naufragio sin paliativos, un desastre inconmensurable. Ni la espléndida Jennifer Connelly merece ser salvada de este desaguisado de película, porque nada merece la pena. Cuando dicen que Hollywood no tiene ideas, la gente se refiere a esto. Cuando dicen que los remakes son basura, es porque han visto algo como esto.

Ningún interés por verlas
Acabes viéndolas o no, y siempre hay alguna que cae por mucho que jures y perjures que no la verás, todos los años hay montones de películas que no te apetece nada ver. Obviamente, 2008 no ha sido una excepción. La lista la encabeza Sexo en Nueva York. Y no precisamente por ser lo que algunos llaman una película para chicas (categoría cuya existencia no termino de ver clara, como tampoco la de películas para chicos...). La verdad es que la serie me parece simpática, pero no me ha captado para la causa después de haber visto sólo la primera temporada. Si hay algo que no entiendo de esta adaptación por encima de todo es su duración: nada menos que dos horas y media. Un exceso se mire por donde se mire.
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Pero hay más: Los crímenes de Oxford (Alex de la Iglesia ya me ha engañado bastante a lo largo de su carrera), The Eye (no cuela que Jessica Alba o cualquier actriz espectacular sea el único reclamo de una película), 88 minutos (porque no quiero ver a Al Pacino haciendo el ridículo; bastante tengo con la mayoría de las películas de Robert de Niro en los últimos diez años), Kung Fu Panda o Madagascar 2 (cada vez me atraen menos estas peliculitas animadas), La momia: La tumba del emperador dragón (aunque esté de moda alabar esta saga y criticar a Indy), X-Files: Creer es la clave (¿para qué una secuela a estas alturas?), Tropic Thunder (no, no me atrae nada esta comedia tan reputada...) o Mamma Mía! (reconozco que me da una pereza inmensa sólo pensar en esta película).

Lo que me queda por ver
Con el ritmo frenético que tiene la cartelera y con lo caras que son las entradas (¿no será ésta una de las causas de la piratería por un casual...?), hay muchas películas que se quedan en la carpeta de tareas pendientes. En los circuitos más independientes y reducidos se quedan 4 meses, 3 semanas y 2 días (por la temática, el aborto, y la forma en que lo encara, además de por las magníficas críticas que ha recibido), Hacia rutas salvajes (por ver qué puede hacer Sean Penn tras la cámara) o La familia Savage (por las interpretaciones).
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Del cine español sólo me ha provocado verdadero interés Camino, de la que he oído hablar maravillas (aunque me asusta que dure más de dos horas; ¿ya no quedan directores que tengan capacidad de síntesis...?). De los Coen queda pendiente Quemar antes de leer, pero con la sensación de que no me va a gustar, porque, como decía antes, los Coen llevan mucho tiempo sin entusiasmarme lo más mínimo. Todo lo contrario que La niebla, otra adaptación de Stephen King que hace Frank Darabont y, para algunos, una de las mejores películas del año.
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Y también tengo interés en ver películas como Vicky Cristina Barcelona (por el qué dirán, estoy convencido de que no le voy a encontrar nada de interés...), Rebobine, por favor (por ver si su cariño al cine es sincero), Antes de que el diablo sepa que has muerto (cine negro de Sydney Lumet, suena interesante), Los girasoles ciegos (aunque me han hablado fatal de ella, tanta nominación impulsa a verla...) Gomorra (por la cuestión real que tiene de fondo), Asesinato justo (por ver a Pacino y De Niro juntos en pantalla) o dos de los últimos estrenos del año: Australia, El intercambio.

jueves, diciembre 25, 2008

'La leyenda de Bagger Vance': el espíritu de Frank Capra

En unas fechas en las que tantos nos acordamos del canto a la vida y a la Navidad que fue, es y siempre será ¡Qué bello es vivir!, es una delicia encontrar películas que recogen el espíritu de Frank Capra. Ese optimismo ingénuo, ese afán de superación, ese amor por la vida. La leyenda de Bagger Vance es una de esas películas. Robert Reford dirigió hace ya algunos años esta pequeña fábula deportiva y pasó sin pena ni gloria por la cartelera. Y recuerdo que eso a Capra también le pasó con muchas de sus películas. El filme nos cuenta la historia de Rannulph Junuh (Matt Damon), un joven golfista que perdió su swing y dejó de competir tras vivir la traumática experiencia de la guerra. Años después de su regreso a casa, reaparece para jugar un torneo de golf que levante el sueño de la mujer a la que abandonó (Charlice Theron), mantener vivo el mejor campo del mundo. Y para ello contará con la ayuda de Bagger Vance (Will Smith), un desconocido que se ofrece a ser su caddie y que acabará enseñándole a vivir.

Cuando veo una película así, no me puedo quedar en sus valores cinematográficos. Si lo hiciera, Bagger Vance sería quizá una de tantas películas. Un producto bien hecho, rodado por un director solvente y con unos actores que van desde la corrección hasta el notable. Pero ésta es una de esas películas que llegan al corazón, muy por encima de los defectos que puedan tener. Bagger Vance es una película que implica al espectador, que juega con su estado de ánimo, que le coloca al borde de la lágrima en más de una ocasión, que le emociona con cada nuevo golpe que se da en ese torneo, que disfruta con cada momento hermoso y sufre con cada decepción que sufre el protagonista. Es una película que no se puede ver con indiferencia, una película en la que la empatía entre protagonista y espectador es total, una que coloca a ese espectador en el borde de su butaca, junto a la pantalla, empujando para que la bola caiga en el hoyo.

Y es curioso pensar que aupamos al protagonista de La leyenda de Bagger Vance de la misma forma que gritábamos feliz Navidad con George Bailey en ¡Qué bello es vivir! o pronunciábamos el discuso en el Senadojunto a Jefferson Smith en Caballero sin espada. Cuánto hizo en su época Frank Capra por los buenos sentimientos en el cine y cuántos directores mantienen vivo ese legado en el cine actual. Robert Redford es uno de ellos. Y que no se pierda nunca ese optimismo que de vez en cuando se encuentra en algunas películas. Nos hace falta y nos recuerda que el cine tiene todavía mucho bueno y bonito que enseñarnos.

No se suele tomar demasiado en serio al cine de trasfondo deportivo. Sus esquemas suelen ser algo repetitivos y La leyenda de Bagger Vance (con reminiscencias fantásticas claras de otro pequeño clásico del subgénero, Campo de sueños) no es una excepción. Pero cuando están bien hechas, estas películas suelen encontrar un público apasionado. Quizá haya que ser aficionado al deporte para entenderlas, puesto que esta película no deja de ser un precioso canto al golf. Pero va mucho más allá y es ahí donde puede capturar a cualquier espectador. Es una hermosa historia sobre la vida, sobre quiénes somos y lo que podemos ser, sobre los sueños y cómo alcanzarlos. El golf es sólo la excusa. La historia, aunque irregular, es lo que engancha de verdad, lo que emociona y lo que hace disfrutar.

Redford se planteó interpretar el papel principal de la película, con Morgan Freeman como ese caddie que le enseña a vivir. Pero al final optó por actores mucho más jóvenes. Eso hace bastante inverosímil la historia de amor y el tiempo que ha pasado desde el final de la guerra hasta el torneo de golf que ocupa la mayor parte del metraje, pero quizá le da mucho mayor dinamismo a la película. Y quizá Redford pensó que ya había interpretado hace años una película deportiva sobre segundas oportunidades, la hermosa y también optimista (mucho más que el libro en la que está basada) El mejor, centrada en el mundo del beisbol. Brad Pitt rechazó el papel y acabó en manos de Matt Damon. Para Will Smith era una de las primeras oportunidades de realizar un papel serio y con un director con gran reputación en Hollywood. Y sale muy bien librado.

Y por si todo lo dicho anteriormente no os convence para darle una oportunidad a esta película, es la última vez que el gran Jack Lemmon apareció en pantalla. Ese triste hecho le da una especial relevancia a los minutos que aparece en pantalla y al personaje que interpreta. Y nos recuerda lo bonito que puede llegar a ser el cine.

miércoles, diciembre 17, 2008

'Appaloosa': el placer de ver un buen western con grandes actores

Un buen western. Eso es Appaloosa por encima de todo. Es una película que, hablando en general, no habría destacado entre las grandes del género de haberse rodado hace 50 años, pero que habría gustado, habría sido bien recibida y seguramente habría ganado cierto valor con el paso de los años. Hoy es, en cambio, una muy apreciable muestra de un género que se resiste a morir y que produce pocos títulos. La sensación es similar a la que dejó hace algunos meses El tren de las 3.10, una satisfacción de seguir viendo películas de vaqueros como aquellas con las que casi todos los que llegamos o superamos la treintena hemos crecido (porque las nuevas generaciones no saben, en general, lo que es el western). No se acerca al nivel de Sin perdón (el mejor intento de revitalizar el género en las dos últimas décadas... y eso que fue el primero) y es inferior a El tren de las 3.10 pero Appaloosa es un buen filme, algo frío en su puesta en escena, pero que tiene una enorme baza para llegar al espectador: un trío protagonista sublime.

Ed Harris siempre ha sido uno de mis actores favoritos. Nunca he entendido porque su nombre no está junto al de los más grandes. Es un intérprete prodigioso que, además, ha ganado mucho con los años. Uno de los Oscars que más he llorado ha sido el que no consiguió por El show de Truman. Un placer seguir viéndole en forma. Viggo Mortensen también ha crecido, y en muy poco tiempo. Llego a El Señor de los Anillos sin ser nadie especial y salió de la Tierra Media convertido en un tipo interesantísimo. En Appaloosa he visto su mejor escena como actor, la última de la película. ¿Exagero? Quizás. Pero con esa sensación salgo del cine. Y qué decir de Jeremy Irons. Qué pedazo de actor cuando quiere o cuando no se vende a películas mediocres por un sueldo millonario. Brillante villano el suyo. Falla Renée Zellweger, una actriz a la que nunca le he visto nada interesante a pesar de su buena reputación y que tiene, sin duda, el personaje más flojo de la película, el que más agujeros provoca en el guión.

Los tres, sobre todo los dos primeros, aprovechan unos diálogos espléndidos (muy por encima del conjunto del guión), tan inteligentes en unas ocasiones como sarcásticos en otras. La película gana en esas situaciones concretras por encima de la historia general que cuenta, y eso queda en evidencia por el lento (necesario, pero lento) ritmo de la película en buena parte de su metraje, en comparación con el rápido final. Esa es una hermosísima secuencia que rezuma toda la belleza del western, que no necesita palabras en su parte final (y que seguramente tampoco necesitaba voz en off) y que coloca a Viggo Mortensen en lo más alto. Esa es su secuencia. Donde muestra que puede ser un actorazo, por encima incluso del buen trabajo que hace en el conjunto de Appaloosa.

Harris ejerce también de director (se pone detrás de las cámaras por segunda vez, tras Pollock, una película que tristemente ni siquiera llegó a estrenarse en cines en España). Compensa su frialdad en la puesta en escena con un hábil manejo de la cámara y un espléndido aprovechamiento de los actores. Quizá pesa más la intención de Ed Harris de afrontar un género querido (y que le lleva a ser coautor del guión e incluso a participar en las canciones) que hacer una película redonda. No lo es, pero sí es un entretenimiento de primer orden, con muchos detalles que recordar y un homenaje en toda regla al western más clásico y a muchos de sus títulos míticos. No es vano vemos vaqueros, indios, trenes, duelos y pistoleros. La esencia del western. Y eso, en esta época, tiene que emocionar por fuerza a quien recuerda Solo ante el peligro, La diligencia, Fort Apache o Centauros del desierto.

Yo no sé si el western se muere. Lo que sí sé es que el público le da la espalda y es difícil saber los motivos. Sobre todo cuando lo que produce son películas tan interesantes y entretenidas como Appaloosa. Ojalá este género no muera nunca y siga dándonos tan buenos momentos como nos ha dado en este 2008.

sábado, diciembre 13, 2008

'Quantum of solace': Bond progresa

James Bond está más vivo que nunca. Lo demostró Casino Royale, el relanzamiento de la saga con un nuevo 007, Daniel Craig, y sus espectaculares resultados en taquilla (de largo, la entrega que más dinero recaudó). Y lo confirma Quantum of solace, continuación directa de aquella (algo que no había sucedido hasta el momento en la trayectoria de Bond). Ése, aunque parezca una tontería, es uno de los elementos que hacen de Quantum of solace una película notable. Bond necesita una saga. Necesita que sus historias tengan continuidad. El error en el que cayeron los productores y guionistas de las últimas entregas, sobre todo las de Pierce Brosnan, fue el de crear un villano definitivo y una conspiración mundial única para cada película. Ya no será así. Bond tendrá una historia continuada de la que ya hemos visto dos entregas y seguro veremos unas cuantas más.

El otro gran acierto de este relanzamiento es el propio Bond. ¿Cómo reinventar un personaje que conocimos en el cine hace cinco décadas y que ya ha tenido cinco encarnaciones anteriores? Tan fácil como difícil: acercándolo a su tiempo. Y eso, en el cine actual, nos lleva a convertir lo inverosímil en creíble, lo fantástico en contidiano, lo humano en protagonista. James Bond, de la mano de un espléndido Daniel Craig, se está convirtiendo en un icono por si sólo, sin necesidad de acordarnos de los anteriores actores que tuvieron licencia para matar. Costó mucho que calara la idea de que un actor rubio encarnara a Bond, pero, con sólo dos películas en su haber, creo que ya ha conseguido que muchos no seamos capaces de pensar en otro actor para el papel en estos momentos. Y eso es mucho decir.

La diferencia entre Casino Royale y Quantum of solace hay que buscarla en el ritmo. La primera fue más pausada y discursiva, a pesar de tener grandes secuencias de acción. La segunda es mucho más frenética, multiplica las piezas de acción pero, al mismo tiempo, las simplifica, las hace más breves y directas. Más reales, en definitiva, y a contracorriente de buena parte del cine actual del género. No hay piruetas innecesarias (aunque hay alguna que roza la credibilidad de lo increíble, sobre todo en las dos primeras secuencias de este tipo, la persecución automovilísitca por carreteras italianas y la persecución a pie por los tejados de Siena), no se busca el más difícil todavía por encima de lo que requiere la historia. Quizá ese sea el gran mérito de Marc Forster, el director incorporado a la saga y que alcanzó fama por películas como Monster's ball o Descubriendo nunca jamás.

Este Bond deja momentos memorables, no sólo para la saga de 007 sino para el cine de acción contemporáneo en general. Sencillamente magistral es la escena en la ópera, magnífico es el sentido del humor (más bien del sarcasmo o del cinismo) que incorpora Cragia a Bond (y que alcanza su cima con la explicación que da el agente más famoso del cine en el hotel de Bolivia en el que pretende ocultarse) y que, ahora sí (superado ya el pesar por el desenlace de la historia de amor que vivió en Casino Royale), se convierte de nuevo en el Bond mujeriego que hemos conocido desde siempre. A eso contribuye la, una vez más, magnífica secuencia de los créditos iniciales, que recupera la iconografía más clásica de 007, acompañada por una sorprendente (y que cada vez me gusta más) canción de Jack White, cantada a dúo (otra novedad en la saga) con Alicia Keys.

Quantum of solace tiene todos los elementos que hacen de James Bond un icono del cine de entretenimiento: una acción frenética, multitud de paisajes exóticos, un villano a la altura, una chica Bond más que interesante y que se convierte en el reflejo realista de la Hale Berry de Muere otro día (Olga Kurlyenko se ha llevado muchas críticas por su acento español, y el doblaje tampoco contribuye a que mejore esa impresión; el personaje, en cualquier caso, es más interesante que el de la mayoría de las chicas Bond anteriores... y mucho más creíble), una banda sonora llena de adrenalina (a cargo del magnífico David Arnold, adueñado de la música de la saga desde la segunda entrega que protagonizó Pierce Brosnan) y un entretenimiento sincero y honesto.

Casino Royale me dejó con muchas ganas de ver la siguiente aventura de 007. Quantum of solace, sin ser una obra maestra que pueda gustar a todos los aficionados del agente o a todos los espectadores en general, aumenta esa sensación. Bond progresa. Y eso es una magnífica noticia.

viernes, diciembre 12, 2008

Para esto, mejor un reestreno que un remake

Uno escucha la palabra remake y se echa a temblar. Y no porque no me gusten los remakes, al contrario, hay muchos mundos que me encanta volver a visitar décadas después de haberlos conocido por primera vez (y sobre todo los más fantásticos). Me echo a temblar porque hemos visto decepcionantes reinterpretaciones de grandes películas tantas y tantas veces que ya he perdido la cuenta. Y siempre me lo venden como algo nuevo, diferente, excitante y necesario, como una oportunidad de que las nuevas generaciones conozcan esas historias clásicas, actualizadas a nuestros días. Ultimátum a la Tierra acaba de pasar por ese proceso. Y, como tantas otras veces, la conclusión es que, visto el resultado final de este remake, más hubiera valido programar un reestreno de la cinta original. Esa es la que deberían conocer las nuevas generaciones y no este triste y anodino producto.

El primer Ultimátum a la Tierra es una de las películas emblemáticas de la ciencia ficción de la década de los 50, un producto que venía a reflejar en la pantalla el ambiente que vivía la Historia, ya en plena Guerra Fría, con el temor a la amenaza nuclear ya vigente, una de las primeras muestras de que la ciencia ficción podía ser mucho más que simple escapismo y podía convertirse en una parábola histórica, llena de pensamiento y filosofía si era necesario. Era una magnífica película, dirigida por el gran Robert Wise (al que tanto daba meterse de lleno en la mejor ciencia ficción, como años después volvería a hacer con la primera entrega cinematográfica de Star Trek, o rodar un clásico inmortal como West Side Story), un canto a la vida y a la humanidad visto desde los ojos de un alienígena que venía a advertir a toda la raza humana: si no cambiábamos nuestra actitud, seríamos destruidos antes de que nos convirtiéramos en una amenaza para todo el universo.

Las novedades que presenta el remake son tan pocas como innecesarias. El calor de la guerra no es lo que mueve a las civilizaciones alienígenas a lanzarnos el ultimátum del título español, sino su intención de no perder un mundo fértil como la Tierra a manos de la prescindible raza humana. El tufillo ecologista y cambioclimático que preside esta premisa ni siquiera se confirma a lo largo del metraje, porque hay demasiada corrección política que insertar como para centrarse en una denuncia tan hermosa y antibelicista como la de la cinta original. Así, es imprescindible que el ama de casa que protaginizaba aquella película se convirtiera aquí en una bióloga, que el niño presente fuera negro (no pienso escribir afroamericano como eufemismo) y que juntos formaran una familia alejada del modelo tradicional. También era imprescindible que, a falta de un presidente de Estados Unidos en pantalla, fuera una mujer la secretaria de Defensa. Y así muchas cosas. Viva la corrección política por encima de las necesidades de la historia.

El guión tiene tantas incongruencias como agujeros, tantas cuestiones inexplicadas como inexplicables (y que no forman parte, precisamente, de ese misterio que siempre debe dejar una buena película de ciencia ficción), y culmina en una resolución apresurada, simplona y carente de sentido. Keanu Reeves da vida a Klaatu, el alienígena que viene a avisarnos de nuestro negligente comportamiento para con el planeta. La pretensión, como en el original, era crear un ser ajeno a las emociones (¿por qué repite entonces "lo siento" si no lo siente?), y para ello han dado con el actor perfecto, uno que no es nada expresivo, al que tanto da estar salvando el mundo en una película que destruyéndolo en otra. Jennifer Connelly, una magnífica actriz, hace lo que puede, que por desgracia no es mucho, con el papel que le dan. Su personaje se diluye en la parte final de la película, cuando más fuerza debía adquirir, con escenas y frases repetitivas. Y la comparación con el original es catastrófica con el personaje de John Cleese, minimizado y despreciado en ésta.

¿Qué nos queda? Lo de siempre. Los efectos especiales. Lo único verdaderamente salvable de esta previsible y olvidable película es la llegada de la nave (¿nave?) extraterrestre. Es el único momento en el que Scott Derrikson, director de la cinta, consigue estimular los sentidos mediante un espléndido uso de la perspectiva y la iluminación. No tiene sentido dramático alguno, pero sí una inusitada fuerza visual que, sólo aquí, consigue emocionar. Pero siempre queda la duda en estos casos. ¿El aplauso lo merece el realizador o los genios de los efectos especiales, en este caso de Weta Digital (la compañía que saltó al primer plano de la actualidad con la trilogía de El Señor de los Anillos), artífices de estas oníricas y preciosas imágenes? Me inclino por la segunda opción, la verdad.

Pero si los efectos son brillantes en la imaginería visual de la maquinaria extraterrestre y, si acaso, en el conato (selectivo e incomprensible) de destrucción que precede al clímax de la película (la explicación de la brevedad probablemente haya que encontrarla en el reducidísimo periodo de postproducción para llegar a tiempo al estreno), lo cierto es que decepciona en uno de los aspectos más esperados de este remake: la reinterpretación de Gort, el robot guardaespaldas de Klaatu. Sí, es más grande. Sí, parece más poderoso. Sí, muestra más poderes y capacidades. Pero, además de parecer un personaje ya visto (y no sólo en Ultimátum a la Tierra), no genera ni la mitad de tensión en el espectador que la que generaba aquel tipo disfrazado en 1951. Esa es la magia que se quedó por el camino en el salto al terreno digital. Todo el mundo parece creer que dinero y ordenadores bastan para crear magia y no es así. Por eso sigo admirando tanto al criticadísimo George Lucas.

Y ya que hablamos de críticas. Estoy algo asombrado de la cálida recepción crítica que ha recibido este Ultimátum a la Tierra. Como poco se dice de ella que no es tan mala como cabía esperar (aunque, en realidad, sí lo es), y no deja de sorprenderme la tibieza que se muestra con algunos remakes cuando en otros está el hacha preparada para atacar. El caso de Ultimátum a la Tierra me ha recordado irremediablemente el de La guerra de los mundos. La prodigiosa novela de H. G. Welles contó con un magnífico filme también en la era dorada de la ciencia ficción, en 1953, apenas dos años después de conocer Ultimátum a la Tierra. Y hubo un remake hace no tantos años, apenas tres. Un remake masacrado por la crítica. Claro, lo dirigía el fácilmente criticado Steven Spielberg y lo protagonizaba el por todos lados atacado Tom Cruise. Sigo pensando que La guerra de los mundos de 2005 es una película magnífica, un remake que sí crea y reinventa, un filme que ganará prestigio con los años y que animo a todo el mundo a ver para disfrutar. Al contrario que este Ultimátum, por cierto.

La decepción que genera esta película es grande, sobre todo entre los que adoramos el original (¡Si ni siquiera llegamos a escuchar en el remake la mítica frase "Klaatu Barada Nikto", todo un icono para los aficionados de la ciencia ficción!). Le falta épica, le sobra metraje (sobre todo la parte más militar de la película, incomprensible, inconsecuente, insustancial) y un misterio en la primera mitad de la cinta que no consigue transmitir con éxito al espectador. Una película mal escrita, mal construída, mal hecha. Una pérdida de tiempo. Y no, probablemente no sea tan mala, pero sí es total y absolutamente innecesaria y prescindible. Y eso duele teniendo un material tan magnífico para empezar a trabajar.