viernes, enero 22, 2016

'La quinta ola',... y que sea la última

Los peores temores se hacen realidad en La quinta ola. No los de la invasión alienígena en cinco pasos que nos quiere contar J Blakeson, director de la curiosa La desaparición de Alice Creed, sino los de los que asumía que esta iba a ser la enésima intentona de crear una saga fantástico-juvenil basada en una nueva serie de libros y que iba a ser tan endeble como la amplísima mayoría de los títulos de este corte. El problema es el de siempre: una idea simpática, incluso atrevida, se da de bruces con una orquestación pobre, fallida, incluso estúpida por los errores en los que cae de forma inevitable. En esta ocasión se supone que son tres los libros de Rick Yancey en los que se basa, y visto el resultado del primer filme que se aproxima a su trilogía, casi mejor que sea la última, como le sucedió a La brújula dorada, Vampire Academy o Cazadores de sombras.

Esto, en realidad, es una moda. Y es una moda peligrosa. Le pasa incluso a las sagas juveniles de éxito, como Los juegos del hambre o Divergente. Películas de este corte se fabrican como churros. Se busca una novela maja, se compran los derechos, se escribe un guión que respete casi todo lo publicado, se coloca a una estrella más o menos conocida y a tirar millas. Eso es La quinta ola. Cuando uno de sus personajes dice en voz alta "un momento, esto no tiene sentido", casi parece que está lanzando una apelación directa al patio de butacas. Porque no, casi nada en La quinta ola tiene sentido. Se pueden aceptar los lugares comunes o que, como todas las de este género, sean previsibles en todos sus movimientos, hasta que Chlöe Grace Moretz luzca siempre estupenda en cada escena, como si no importaran sus heridas, sus caídas y hasta sus días sin dormir. Pero sí es exigible una mínima coherencia que desde luego no ofrece.

No basta pensar que estamos ante la primera parte de una trilogía y que las explicaciones ya llegarán. Es que no se ofrecen por vaguería, porque no hay intención de que el guión sea correcto y sensato, porque las normas no existen, no se crean y las pocas que hay no se respetan, porque en el fondo todo da igual mientras se ofrezca un ritmo alto que entretenga a un público objetivo juvenil y poco exigente. Y no. El cine juvenil no tiene porque ser estúpido. La quinta ola lo es. Y es una pena porque, con referentes clarísimos en todos sus niveles, sí que hay ideas interesantes. Pero un larguísimo prólogo (la explicación de las cuatro primeras olas, que en los años 80 se habrían condensado en una ajustada secuencia de cinco minutos para hacer una única película de toda esta trilogía de libros) y un insuficiente e inverosímil desarrollo terminan por acabar con la posibilidad de que salga un producto mínimamente entretenido para audiencias que siquiera piensen un poco.

Es una pena ver a una actriz tan interesante como Chlöe Grace Moretz metida en estas salsas. O ver que, al parecer, Hollywood sólo tiene un acomodo como este para Maria Bello. Incluso asumir que Liev Schreiber se limita a actuar con el piloto automático, ofreciendo su planta y poco más. Nada importa, sólo colocar a una serie de actores jóvenes (incluyendo a Maika Monroe, protagonista de la alabadísima It follows) en una situación apetecible. Lo demás, que caiga como caiga. Y no. No puede ser que Hollywood menosprecie de esta forma a una potencial audiencia que, probablemente, caerá en la tentación de pagar entradas, e incluso defenderá el producto. ¿Pero tanto cuesta poner un poco más de voluntad para que estas películas no están marcadas y lastradas por agujeros tan inmensos? Por desgracia, parece que sí. Y como se dice cada vez que un estudio apuesta por tratar de iniciar una franquicia de éxito de estas características, a esperar a la próxima. Que la habrá.

viernes, enero 15, 2016

'Los odiosos ocho', el exceso por el exceso

Decir que Quentin Tarantino es un director al que le gusta el exceso es una obviedad. Los odiosos ocho es la enésima demostración de ese gusto. Y es un exceso en todo. En el ritmo cinematográfico, lento sin motivo. En la duración, que en esta su octava película (así nos lo recuerda él mismo en los créditos, en un rasgo de egocentrismo que rara vez se ve en el cine contemporáneo) se acerca innecesariamente a las tres horas. En la violencia, que ya no sorprende porque él mismo se ha encargado de repetirla hasta la saciedad en todas sus películas. Y así, simplemente, Los odiosos ocho es el exceso por el exceso. Y son ocho odiosos, o eso dicen, pero podrían ser más. O menos. Da igual. De hecho, da la impresión de que a Tarantino le da igual y el número no es más que una confusión intencionada Todo forma parte de un juego en el que incide en el peso de unos diálogos que son más huecos de lo que parece y en el que sólo sobresale la brutal música del gran Ennio Morricone.

Más obviedades. Lo normal es que quienes gusten del cine de Tarantino se lo pasen en grande con Los odiosos ocho. No es difícil dado que casi todo lo que nos ofrece la película ya se ha visto en alguna película anterior del autor, desde la orgía final de violencia a esos larguísimos diálogos que son gustosas recreaciones en su misma (aparente) genialidad más que vehículos que conduzcan la historia a algún sitio. El arranque de la película, de hecho, forma parte de los excesos antes mencionados, exceso en esta ocasión para alargar el metraje y demostrar que la capacidad de síntesis es una virtud del Hollywood dorado que, hoy por hoy, se puede dar por perdida. Los odiosos ocho está planteada como una obra de teatro con un único escenario, pero Tarantino disfruta con un larguísimo prólogo que de hecho ocupa dos de los seis capítulos en los que se divide el filme, en los que el director se gusta rodando paisajes que sólo valen para que Morricone se luzca.

Lo que cuenta Tarantino en Los odiosos ocho da la impresión de que se podría haber contado en hora y media. Lo demás, efectivamente, es exceso. Es recrearse en un misterio que da igual, que no tiene trascendencia alguna. Es ahondar en esos diálogos que más que una marca autoral son ya una necesidad personal y no cinematográfica, es reiterar por reiterar, y es dejar que los actores hagan propios esos excesos que tanto gustan al director, y que se manifiestan en los gestos (los de Tim Roth, que toma el relevo a Cristoph Waltz en un claro arquetipo, los de Samuel L. Jackson siempre interpretándose a sí mismo) y en la violencia, especialmente la que se desata en los tres capítulos finales y que, de nuevo, como ya hizo en Django desencadenado, acerca el cine de Tarantino a un gore exagerado y sin sentido, que destroza por completo la atmósfera de western que, en realidad, la película no quiere tener.

Porque esto no es un western que contente a quienes añoren a John Ford en el cine contemporáneo. Ni tampoco es una película que sepa utilizar la violencia como sabía hacerlo Sam Peckinpah. Esto es puro Tarantino. Ni más, ni menos. Y dentro de esa categoría, que es la que más interesa a su autor, ni es la mejor ni es la peor de sus películas. Es una más, que pierde fuello por su inverosímil duración y que se alarga tanto que acaba perdiendo todo el interés, a pesar de la introducción ralentizada de sus personajes o de los golpes de efecto, muchos de ellos muy previsibles, con los que quiere sazonar la resolución. Pero Los odiosos ocho, como es puro Tarantino, encontrará mucho eco y veneración, algo que le ha sucedido siempre, desde que la interesante Reservoir Dogs le pusiera en el mapa. Para quienes no vemos su genialidad, es difícil de entender.

viernes, enero 08, 2016

'Joy', entretenimiento sin espíritu

Aunque apuntaba alto, no es Joy la mejor muestra reciente del cine de David O. Russell, y es una pena porque la historia que ha escogido para esta película le daba para hacer algo mucho más mágico, casi con alma de cuento y desde luego con mucho más espíritu del que finalmente ha puesto en la pantalla. Cuando acaban los 125 minutos que dura la película, la sensación que queda es la de haber visto una de esas historias de superación bonitas, entretenidas y correctas, pero en la que hay demasiadas lagunas como para dar el salto de calidad que sí dieron otros filmes del director, como El lado bueno de las cosas o la algo infravalorada por la crítica, que no por los premios, La gran estafa americana. Por momentos parece que sí va a crecer, sí va a asumir ese rol de fábula contemporánea que, en otros tiempos, tan bien se le dio a Frank Capra, pero el globo se desinfla bastante a poco que se piense detenidamente la película.

Joy es la historia de una joven de ese nombre que una vez convertida en madre de familia ve como todas sus aspiraciones de niña se han diluido en una vida llena de fracasos, decepciones y problemas. Divorciada, con dos hijos, con su ex marido viviendo en el sótano de su casa, con sus padres también divorciados y llevándose a la gresca, con un trabajo que no le gusta y con sus ambiciones infantiles de crear cosas hechas añicos por la realidad, hasta que esa misma realidad le obliga a abrir los ojos. Russell vuelca todo su esfuerzo en que la protagonista sea un personaje espléndido, y para ello vuelve a recurrir a su actriz fetiche, Jennifer Lawrence, que abandonando la cómoda apatía que despliega en los blockbusters, sea X-Men o Los juegos del hambre, recupera aquí las sensaciones que hacen de ella una actriz miy interesante. Lawrence ilumina la película y le da un nivel más alto del que en realidad ofrece.

Y es que, a pesar del buen material que hay en esa premisa, resulta difícil quitarse de encima la sensación de que hay muchas oportunidades perdidas en la película. Muchos de los personajes están como podrían no estar, o sus relaciones con Joy no están del todo exploradas. En ocasiones se duda hasta de que sean dos los hijos que tiene; otros como su madre, interpretada por Virginia Madsen, llevan la cinta a terrenos casi caricaturescos que no terminan de encajar con otros elementos del relato; algunos, como la mejor amiga de Joy, a la que pone rostro Dascha Polanco, parecen estar porque la realidad impone su presencia, pero sin que en la historia tenga un encaje natural. Quizá el hecho de basarse en una historia real hace que determinados personajes y giros del filme sean necesarios para que el guión tenga esa semejanza con la realidad, pero lo cierto es que hay demasiados elementos que acaban convertidos en trabas narrativas.

El caso es que por momentos funciona. El carisma que desprende Lawrence es una espléndida guía para poder disfrutar de la película, como también lo es el de Bradley Cooper, incluso el del no demasiado exigido Robert De Niro, pero la historia no termina de despegar nunca, y desemboca en lo que incluso parece un final tan previsible como apresurado. Joy no es la película que podría haber sido, no genera por ejemplo las toneladas de empatía que había en El lado bueno de las cosas, y con la blanda resolución de algunas tramas rebaja bastante sus pretensiones. No es que abrace el tono de cuento que por momentos requiere la historia, y que en realidad Russell rueda francamente bien, y eso rebaje el resultado final, no es eso. Es, simplemente, que no acierta imprimirle a todas esas buenas intenciones la intensidad emocional que necesitaba.

'Legend', sin rumbo

Si una película quiere contar algo y no lo hace es que, por fuerza, algo se ha hecho mal. Con ese principio, en Legend se han hecho muchas cosas mal. Pero muchas. Y es una sorpresa muy negativa, una profunda decepción, que alguien como Brian Helgeland caiga en fallos tan asombrosos. Puede que la clave la dé el mismo cartel del filme, que publicita la autoría de Helgeland en el guión L. A. Confidential. Si lo que mejor se puede destacar es una película de 1997, mal vamos. Resulta evidente, a tenor de esa mención, que el tiempo no le ha sentado bien a Helgeland, porque Legend es un naufragio bastante importante. Es la tópica historia de dos gángsters reales, los hermanos Kray, que se supone que dominaban Londres en los años 60. ¿Se ve eso en la película? ¿Se siente ese poder mafioso? ¿Se tiene la sensación de que estamos ante dos criminales de altura? En absoluto. Y sin ese rumbo, la película no sabe ni lo que está contando.

Legend da la impresión de ser uno de esos filmes en los que hay una apuesta pública con la que ocultar los problemas. En este caso, el doble papel que interpreta Tom Hardy, al que no se puede negar un esfuerzo considerable por dar vida a estos dos hermanos gemelos, pero que bordea límites que afectan al tono de la película, siempre indefinido y tramposo. Hardy borda el papel de Reggie, pero asombra negativamente con el de Ronald. El mafioso sereno y sobrio sí, el psicótico no. La mezcla entre los dos, con una puesta en escena por parte de Helgeland que a veces es hasta vergonzosa para hacer que ambos coincidan en pantalla, acaba llevando a la película territorios muy peligrosos. Lo que al principio parece un filme de gángsters clásicos deriva en algo cercano a la comedia sin que se sepa muy bien qué aporta ese tono a la cinta y si es realmente algo que Helgeland quisiera que se sintiera en el espectador.

Como no se sabe muy bien cuál es el poder que tienen estos gemelos Kray, Helgeland se limita a encadenar secuencias sin demasiado valor por sí mismas, con una contención bastante incomprensible (sólo se desata al final, haciendo que se note mucho más lo mal que le ha sentado a la película no ver el poder amenazador de los Kray), y una narración torpe, que otorga el protagonismo al principal personaje femenino, Frances Shea, correctamente interpretada por Emily Browning pero que en absoluto tendría que haber sido la conductora de la historia, ni por la forma (¿estudiando mecanografía como una chica que quiere escapar del East End y hablando al espectador no como el personaje demanda sino como una licenciada en historia?) como en el fondo (porque su narración encierra una trampa enorme, la mayor de la película, que Helgeland resuelve, de nuevo, con bastante torpeza).

Como Helgeland no sabe escaparse de la tópica historia de ascenso y caída en el mundo de la mafia, Legend no tiene en su base nada nuevo que aportar. Como la ejecución de la película es bastante pobre, empezando ya por una escena inicial rodada de una forma torpe y anticipando las salidas fáciles que se han buscado para que Tom Hardy pueda interpretar a los dos personajes, no hay mucho que rascar por ese lado. Y si ni la historia ni la forma en que Helgeland la ha rodado convencen, parece obvio que Legend es un filme fallido. Y es una pena, porque resulta evidente que hay mimbres para haber hecho mucho más, empezando también por el reparto, por el talento que Hardy muestra al menos en uno de sus dos personajes o por las muy agradecidas apariciones de David Thewlis, de largo lo mejor de la película, o incluso de la presencia en piloto automático de Chazz Palminteri. Así, Legend queda como una ocasión lamentablemente perdida.

lunes, enero 04, 2016

'Point Break', deporte extremo y filosofía hueca

Resulta curioso que en España se mantenga el título original de Point Break, en teoría para ocultar que se trata de un remake de Le llaman Bodhi, película de 1991 que dirigió Kathryn Bigelow mucho antes de que un Oscar ensalzara su figura de una forma bastante exagerada, y que en el doblaje de esta nueva versión coloquen a ese segundo protagonista diciendo "me llaman Bodhi", en una traducción que obedece mucho más al frikismo que a la realidad. La realidad es mucho más triste que el recuerdo que se pueda tener del filme original, porque lo que Ericson Core ofrece en esta nueva Point Break es una extraña mezcla entre deporte extremo rodado con cierta espectacularidad y una filosofía hueca que redunda en unos diálogos pobres y en una historia bastante más vacía y carente de sentido de lo que cabría esperar después de ver esa factura técnica tan aparentemente llamativa.

En realidad, no se podía esperar gran cosa más de la película. El salto que pega desde el Point Break original es precisamente ese, es el de la espectacularidad. Si allí era un grupo de surferos el que se convertía en una banda de ladrones con las máscaras de expresidentes norteamericanos, aquí son deportistas extremos en general, que se atreven con todo, con surf, escalada, salto base, y cualquier reto que se les ponga por delante. Eso, en primer lugar, añade un grado de irrealidad a la película de la que sólo se puede salir obviando por completo lo imposible que es que el agente del FBI infiltrado las domine con la misma soltura que quienes, se supone, llevan años recibiendo un entrenamiento específico para ellas. Pero, claro, Hollywood nos ha acostumbrado a que hay que olvidar las leyes de la lógica para disfrutar hasta de la más accesible de sus películas, así que sigamos.

¿Dónde está entonces el verdadero problema de Point Break? En la falta de interés. Eliminado prácticamente del todo el elemento criminal y reduciendo las máscaras de expresidentes a una escena graciosa, uno se pregunta por qué es tan importante capturar a Bodhi y sus secuaces cuando se pasan la mitad de la película en fiestas de lujo y pagadas por un excéntrico millonario que tampoco se sabe muy bien qué pinta en la historia. Desde luego, la escusa sacada del deporte extremo acaba siendo algo ridícula, porque ni es clara ni está bien insertada en la historia más que para motivar unos diálogos que rozan lo sonrojante en algunas escenas. Y la falta de interés termina de coronarse con la ausencia total de carisma de los dos actores protagonistas, Luke Bracey y Edgar Ramírez, que vencen en ese poco honroso registro a Keanu Reeves y Patrick Swayze, actores limitados pero que al menos tenían una presencia en pantalla.

Pasando los minutos de Point Break, acercándonos a las dos horas, y viendo que Core no rueda mal las peligrosas pruebas físicas a las que se someten los protagonistas, uno se pregunta por qué no se vuelcan todos estos recursos en rodar documentales que muestren la espectacularidad del deporte extremo sin necesidad de insertar primeros planos que demuestren que hay un actor al que enseñar y prescindiendo de una historia banal e intrascendente que fracasa al tratar de hacer más grande la trama de Le llaman Bodhi. Y es que como glorificación de hazañas de este estilo es bastante pasable. Sus imágenes convencen en ese sentido. ¿Pero lo que hay alrededor? Sobra por completo. Sin diálogos, sin personajes y sin historia, Point Break encajaría perfectamente en ese apartado de los remakes innecesarios si es que realmente optamos por creer que hay películas innecesarias en vez de películas bien o mal hechas.

'De padres e hijas', dos historias inconexas

Cuando se abordan historias de corte realista, relatos del sufrimiento de un padre o una madre, con algún niño de por medio y algún tipo de mal físico o psicológico, el tufillo a telefilme parece inevitable. Hollywood, de hecho, ha abrazado ese tipo de historias en las que coloca grandes historias tratando de huir de esa sensación y así ofrecer un producto emocionalmente atractivo y relativamente barato de producir. De padres e hijas se enmarca claramente en esa corriente que su director, Gabriele Muccino ha llevado a cabo ya en ocasiones anteriores sobre todo de la mano de Will Smith. Aquí no sólo tiene a Russell Crowe y Amanda Seyfreid como protagonistas, sino que cuenta en el reparto con otros nombres como los de Diane Kruger, Aaron Paul, Quvhenzane Wallis, Octavia Spencer, Jane Fonda o Bruce Greenwood. Pero la película sabe a poco por una razón, y es que plantea dos historias paralelas para huir del tono de telefilme y ambas quedan bastante inconexas.

La primera escena de la película, y por tanto no es un gran spoiler, nos pone en situación. Un accidente de tráfico acaba con la vida de la esposa del personaje de Crowe y él, un novelista de éxito se queda solo para criar a su hija de ocho años, pero con graves secuelas que le llevan a ingresar un hospital psiquiátrico. Esa es la primera trama. La segunda, la de la hija ya adulta, interpretada por Seyfreid, una asistente social que es incapaz de amar y que suple esa falta de cariño de formas algo problemáticas. Según pasan los minutos y alternando narraciones, De padres e hijas se antoja una película larga precisamente porque no es capaz de establecer una conexión clara entre esa niña feliz con su padre pese a echar de menos a su madre y esa joven de tendencias tan peligrosas y que no sabe gestionar su amor. De hecho, la conexión entre ambas partes no llega a ocurrir.

Es, claramente, la forma en que Muccino quiere que el guión de Brad Desch trascienda el tono de telefilme y adquiere un porte más maduro, un acabado más trabajado, pero no lo consigue. El peso de la película queda, por tanto, en ambas partes de la historia por separado y en los actores. Y ahí, a pesar de algún que otro diálogo que se cae por el peso de su propia pomposidad (la última escena de Diane Kruger viene a ser un ejemplo perfecto), De padres a hijas sí se sostiene. Por supuesto, como cabía esperar, lo mejor lo aporta Crowe, que sigue siendo uno de los actores más camaleónicos que hay en el cine actual, capaz de interpretar con la misma fuerza a un héroe de acción que a un padre pasando por momentos verdaderamente difíciles, en lo familiar, en lo personal, en lo económico, en lo profesional y en su salud. Él es quien asume la carga de sensibilizar al espectador y lo hace con enorme brillantez.

Como De padres e hijas podría haber sido una película que se hubiera quedado en un retrato de actor y nada más (como, por ejemplo, lo fue Siempre Alice con la figura de Julianne Moore, que logró el Oscar por ese papel), Muccino rodea a Crowe de un reparto muy sólido, pero que, al final, queda desaprovechado por la desconexión entre las dos historias y porque partir la película por la mitad recorta el desarrollo de varios de ellos. A ratos, De padres e hijas se olvida de la enfermedad de su protagonista. A ratos, del vacío emocional de la hija. A ratos, de esa cuñada llena de rencor. Y a ratos de ese vacío que queda en la película por la enorme elipsis que separa los dos tiempos que narra. Hay momentos interesantes y buenas actuaciones, pero en el fondo la película no consigue escaparse de esa temida sensación de telefilme. Digna, pero escasa.

jueves, diciembre 31, 2015

2015, un año de cine

Se acaba 2015 y, como en todos los ámbitos de la vida, toca hacer balance. En este caso, de las 119 películas estrenadas en los últimos doce meses que he tenido la oportunidad de ver y que quedan clasificadas en categorías muy amplias para dar cabida a todas ellas. Faltan muchos títulos, incluso algunos bastante importantes, pero es absolutamente imposible llegar a todo. Aún así, confío en que este listado sirva como guía para saber qué es lo que gusta en La Sala de Cine.

Como siempre, pinchando en el título accedéis a la crítica completa de la película (hay unas pocas que no tienen crítica publicada), casi todas de La Sala de Cine pero también algunas de Cómic para todos y Cine y Comedia, otros dos espacios en la Red en los que hay análisis de películas estrenadas en 2015 firmadas por un servidor. Y, por supuesto, estaré encantado de escuchar vuestras opiniones, coincidentes y divergentes... Sin más, este es el repaso a mi 2015 cinematográfico:

· La película del año: Whiplash
Que la mejor película del año llegara a España el 16 de enero y que fuera, en realidad, una película estrenada originalmente en Estados Unidos en 2014, da una idea de que el año ha sido algo flojo. O, quizá, de que la fascinación que produce Wiphlash es inmensa. La extraordinaria historia de egos musicales dirigida por Damien Chacelle es portentosa a todos los niveles y una lección cinematográfica difícil de olvidar después de lo que se siente durante sus brillantes 107 minutos. El Oscar que ganó J. K. Simmons fue el justo premio a una película que parece que necesita alguna reivindicación más.

· Lo más destacado
Que al año ha sido ligeramente flojo se puede ver en el limitado número de películas que se cuelan en esta categoría. Por supuesto, Pixar se hace el hueco habitual con Del revés, Hollywood coloca películas Misión Imposible. Nación secreta o la denostada Vengadores. La era de Ultrón, los Oscars de 2015 con cintas de 2014 se cuelan con filmes como La teoría del todo, Nightcrawler (la gran olvidada de los últimos premios de la Academia norteamericana) o The Imitation Game, grandes nombres como Steven Spielberg y Ridley Scott cuelan El puente de los espías y Marte, un cine más pequeño encuentra su hueco con filmes de la talla de '71, Calvary o La profesora de historia, y sin olvidar a la, probablemente, película más impactante del año, Sicario.

'71
La teoría del todo
Marte

· Sorpresas positivas
Como en la anterior categoría, no ha habido demasiadas sorpresas. El terror de Babadook, la evolución de David Ayer en Corazones de acero, el romanticismo melancólico de El secreto de Adaline o la sincera diversión de Pride son merecedoras de estar en este apartado.

Corazones de acero

· Me gustaron
La categoría más amplia sigue siendo de las películas que uno ve con satisfacción, y abarca todo tipo de cine. Es aquí donde se ve la buena salud del séptimo arte frente al pesimismo del pensamiento anclado en el pasado y en la nostalgia, y lo cierto es que hay historias muy variadas, cines muy distintos, y nombres que quizá tendría que haber dado un salto. Sorprende que El despertar de la Fuerza se quede aquí, pero la película fue tan sincera en su cariño a la saga como limitada en su capacidad para emocionar de nuevo con algo más de riesgo. Algunas aupadas por la crítica como Birdman o It Follows no llegan aquí a más, otras criticadas sin piedad como Tomorrowland o Cenicienta, incluso Chappie, también se cuelan en este apartado.


· Decepciones
Siempre parece necesario recordar que decepciona aquello en lo que se han puesto muchas esperanzas, y que esa decepción tiene diferentes niveles, desde lo abiertamente malo a lo simplemente escaso para las expectativas despertadas. Hay películas que ya fueron aupadas por las nominaciones a los Oscar como Selma y otras que aspiran a recibir ese impulso en las del próximo año, como Black Mass, cine de gran estudio como la caótica Cuatro Fantásticos, obras de autor como Maps to the Stars o En tercera persona y hasta Pixar en el primer año en el que hace doblete en la gran pantalla.


· Pasables / Olvidables
Sin llegar a ser buenas, son películas que tampoco son malas. Cine que no enamora pero que tampoco incita a salir de la sala echando pestes, títulos que pueden convencer a quienes gusten del género, de la historia o de alguno de sus actores, pero que no alcanzan los mínimos deseables para convertirse en películas a revisar.


· Muy malas
Estas son las películas del año que asombran por su baja categoría. Menciones especiales para películas que aspiran a ser de culto como American Ultra, descaradas operaciones comerciales como Annie, fiascos de grandes proporciones como Pan, vergonzosos remakes como Poltergeist o despropósitos inmensos como Caza al asesino o Mortdecai.

Negocios con resaca
Ocho apellidos catalanes

· La peor película del año: El destino de Júpiter
Es difícil saber que les ha sucedido a los hermanos Wachowsky desde que revolucionaron el cine contemporáneo con Matrix, porque cada película que han hecho ha ido empeorando a la anterior. El destino de Júpiter es, con diferencia, la peor que han hecho, un descomunal fiasco mal hecho, mal interpretado y horriblemente ejecutado, que quiere ocultarse tras un ampuloso diseño, una música escrita sin pensar en la película o un reparto plagado de nombres conocidos. Pero es un horror sin paliativos.

viernes, diciembre 25, 2015

'El desafío (The Walk)', el fallo está en el punto fuerte

La duda que plantea una película como El desafío, título tan genérico con el que se ha bautizado en España The Walk, es si se puede sostener durante dos horas. La película trata de Philippe Petit, un tipo que se planteó caminar entre un cable lanzado entre las dos Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, una actividad ilegal y que nadie había hecho nunca. Esa duda se disipa casi desde el principio, cuando Robert Zemeckis concede la narración de su odisea a su protagonista, sensacionalmente interpretado por Joseph Gordon-Levitt, subido a lo alto de la Estatua de la Libertad. Pero lo que no está en los planes es que lo más flojo de El desafío esté, precisamente, en algunos aspectos de ese desafío, en su clímax, cuando la espectacularidad visual tiene que redoblarse y, en realidad, se encoge. No porque no acierte Zemeckis, sino porque el IMAX, el 3D y los efectos visuales flaquean y dejan en manos de la ilusión del espectador buena parte de la fuerza de la escena.

En este punto, conviene distinguir entre cine y la magia del cine. Cine hay mucho en The Walk, porque Zemeckis es un tipo hábil y un muy buen director. La historia de Petit viene a ser una suerte de Forrest Gump focalizada en el mundo del funambulismo, en un sueño personal más que en el de un país como era la de aquel filme protagonizado por Tom Hnaks, y en la devoción por Nueva York más que por Estados Unidos. Zemeckis engancha por la forma y por el fondo, porque sabe manejar francamente bien este tipo de historias más grandes que la vida. La magia del cine, la que Zemeckis siempre ha sabido usar con maestría, es la de los efectos visuales. Y ahí es donde hay dudas. Pone la piel de gallina con una facilidad inmensa con la recreación de las Torres Gemelas, también con la elección del punto de vista y del movimiento de su cámara, pero la imagen falla porque su realismo no alcanza el de los sueños que provoca la historia y la misma idea de Nueva York.

Puede ser que eso sea un detalle menor, y en absoluto quiere decir que rompa el clímax emocional de la historia, pero exige un salto de fe muy similar al del propio Petit cuando coloca los dos pies sobre la delgada pasarela que le lleva a su triunfo personal. Son las Torres Gemelas. Es Nueva York. Es ese paseo por el cielo. Es un sueño, un camino para hacerlo realidad de esos que siempre son fascinantes en el cine. Pero en algunos momentos da la impresión de que el cariño que el espectador sienta por la historia y por el escenario hace tanto como la imagen del filme. Y eso sucede sólo por lo visual, por las dudas, por un realismo que, por desgracia para Zemeckis, no alcanza el grado absoluto que habría necesitado la película, y no sólo en el clímax. En todo lo demás, la película es espléndida, empezando por su reparto, cuyo enorme esfuerzo de locución exige verla en versión original, no sólo por el acento francés de Gordon-Levit sino por el sensacional trabajo de Ben Kingsley.

Quizá las dudas visuales que plantea el filme no se tendrían que tener tan en cuenta si su director no fuera Robert Zemeckis, un autor que siempre ha destacado por su exquisito uso de la tecnología para narrar historias. Y quizá no sean para tanto desde el punto de vista de la mayor parte de los espectadores de The Walk. Pero estando tan cerca del cielo, en una secuencia extensa y maravillosamente planificada, recreación definitiva de un sueño imposible y preludio de un epílogo hermoso y emocional como pocos (aunque exija un cariño por Nueva York y por este símbolo desaparecido que igual no todo el mundo tiene), es una pena no haber llegado a cruzar ese umbra por el que Zemeckis ya nos ha llevado más de una vez. No minimiza eso el impacto de la película, pero es su punto débil. Precisamente en lo que tenía que ser su punto fuerte.

'Carlitos y Snoopy. La película de Peanuts', Schulz estaría satisfecho

Hablar de Carlitos y Snoopy. La película de Peanuts supone acercarse a una forma diferente de entender la animación, más próxima a Aardman que a las producciones de los grandes estudios del ramo, llámese Pixar, Disney o Dreamworks. Y ni siquiera eso, porque las tiras de Snoopy son algo que no se corresponde con nada de lo que forma parte del ideario colectivo de la animación actual. La propuesta de Steve Martino, máximo responsable de cintas como Horton o la cuarta parte de Ice Age, busca un espacio que nadie está ocupando en este momento. Quizá no sea una cinta para niños de hoy en día, y busque su público entre los adultos, entre quienes conozcan al personaje, quienes sean de su gusto por escribir una novela en la que se enfrenta al Barón Rojo o que los adultos tienen una jerga intraducible. Quizá. O quizá no haya más que probar. Porque Charles Schulz, creador de estos personajes, estaría satisfecho. Y él sabía cómo llegar tanto a niños como a adultos.

Esa fidelidad al original tiene su expresión más evidente en que la película está escrita por Craig y Brian Schulz, hijo y nieto de Charles y sin duda perfectos conocedores de todo el pequeños y extraordinariamente inteligente universo que creó su padre y abuelo. Tanto es así, que por momentos la película parece una concatenación de tiras para dar forma a una pequeña historia que lleva la película al terreno de la comedia romántica más amable. Eso se ve con claridad en las escenas que hay entre los créditos (la última, cuando acaban, es probablemente la más prescindible de todas, pero bien vale advertir de su presencia), pero también en muchos momentos concretos de la película, una formidable traslación de todo que se ha visto durante décadas en el trabajo de Schulz. Todo está en la pantalla, todo funciona, todo divierte, y es difícil pedir algo mejor.

Es verdad que esa misma fidelidad implica que la película asume muy poquitos riesgos, por no decir ninguno. Desde luego, no en lo argumental ni en el humor que se despliega a lo largo de sus 86 minutos. Lo más complejo es, probablemente, la técnica de animación escogida, que mezcla una moderna animación por ordenador con un aspecto que recuerda mucho más al 2D y que se muestra sobre todo en ojos, bocas y gestos faciales de los personajes, de aspecto mucho más arcaico. La mezcla da a la película una textura singular y muy diferente a todo lo que se viene haciendo, a ratos con similitudes hacia la animación stop motion pero sin abandonar el trabajo por ordenador que luce sobre todo en las escenas de Snoopy imaginándose en esos combates aéreos contra el Barón Rojo pilotando su propia caseta.

La tentación es decir que Carlitos y Snoopy. La película de Peanuts es un producto pensado para seguidores o, al menos, conocedores del trabajo de Schulz. Es evidente que ellos son los que más van a disfrutar con las andanzas de Carlitos, Snoopy, Woodstock, Lucy, Linus y compañía, pero al mismo tiempo es una de esas películas que dan ganas de confrontar con una audiencia que no sepa demasiado de este mundo. El encanto que tiene Snoopy es tan universal que casi resulta difícil pensar que la película podría aburrir. Probablemente sucederá en demasiados cosas, por desgracia, porque hemos acostumbrado a los niños (y a los adultos) a un cine infantil carente en demasiadas ocasiones de la inteligencia de Peanuts. Pero Carlitos y Snoopy es una de esas pequeñas maravillas que, con el mínimo de ingenuidad que requiere entrar en su mundo sin adultos, se disfruta de principio a fin con una sonrisa en la boca.

viernes, diciembre 18, 2015

'Star Wars. El despertar de la Fuerza', una maravilla que podría ser mejor

La de crítico de cine es una profesión mucho más complicada de lo que parece. Se exige imparcialidad, pero también un juicio de opinión. Y la opinión es algo que sólo puede surgir desde el interior, desde lo más personal, desde los gustos y el bagaje que uno tiene. Cuando llega un título como el Episodio VII de Star Wars, ambas facetas se enfrentan como no lo hacen con otro tipo de cine, y más cuando, hablando en primera persona, soy un entusiasta seguidor del portentoso universo creado por George Lucas en 1977. ¿Cómo habla de El despertar de la Fuerza desde esa difícil posición? ¿Cómo explicar que he disfrutado como lo haría un niño pequeño, que en lo que realidad siempre se han propuesto estas películas aparte de sus aciertos y errores, que me ha hecho sentir una diversión y una nostalgia únicas, pero que, al final, siento una ligera punzada en el corazón porque no he visto como esperaba la mejor película de la saga? ¿Cómo decir que esto es una maravilla desde su concepción pero que podría ser aún mejor? Intentémoslo.

J. J. Abrams es un tipo inteligente. Ha apostado a caballo ganador. Eso le ha llevado a buscar referentes temáticos y visuales muy cercanos a los de la trilogía original. Hay un planeta desértico y uno helado, se recupera a personajes como Han Solo, Leia, Chewbacca, Luke Skywalker o C-3PO y R2-D2, se sigue un camino muy parecido al del original Episodio IV, con una lucha entre una rebelión y el poder, en este caso la Primera Orden sustituyendo al Imperio, y muchas cosas más que recuerdan a elementos de la trilogía clásica. Muchas. Quizá, demasiadas. Puede que a J. J. y a Lawrence Kasdan se les haya ido la mano en esas simetrías. Algunas se agradecen, y desembocan en una acción extraordinaria, impagable cada vez que se ve al Halcón Milenario o los Ala-X, otras recuerdan que el camino escogido es el fácil. Y eso se siente sobremanera en la batalla final, que en este círculo concreto sólo aporta la maestría del rodaje de escenas de acción que luce el director y al uso sensacional de los efectos visuales, más integrados en la realidad que en la trilogía de precuelas.

Los añadidos, espléndidos, porque revitalizan la serie de una manera muy inteligente. Hay tres aciertos rotundos en la película, y no era fácil. El primero, Daisy Ridley interpretando a Rey, un sensacional personaje femenino que está llamado a ser leyenda en Star Wars, y en menor medida John Boyega como Finn, porque ambos sostienen la película en su lenta (y adecuada) introducción hasta que Han Solo, Harrison Ford, se come literalmente la pantalla y nos devuelve a todos el niño que éramos hace tres décadas y que sigue vivo en nuestro interior. Ese es el segundo acierto, que Abrams, fan él mismo de la saga, contenta de una forma bestial a quienes querían recuperar los iconos de la trilogía original. Y el tercer acierto lo ejemplifica BB-8, ese pequeño droide llamado a sustituir a R2-D2, demostración en sí mismo de que es posible innovar respetando el espíritu inmortal de la saga. Entre esos tres aciertos, Star Wars vuelve a ser algo intenso y emocionante en la gran pantalla, aunque el 3D sea tan absurdo como innecesario.

¿Pero qué hace que El despertar de la Fuerza no sea la cúspide de la saga que muchos esperábamos? Lo esencial apenas se puede decir sin recurrir a spoilers, pero el personaje de Kylo Ren, sensacional en lo visual y en buena parte de su perfil, acaba desinflado por errores de guión notables, quizá debidos a que se ha querido correr demasiado y juntar sensaciones que en la trilogía original se conseguían en dos películas. Quizá es por el excesivo mimetismo en la gran batalla de fondo que hay con algo que ya hemos visto. Quizá porque John Williams no encuentra dentro de su buena pero menos presente banda sonora temas tan emblemáticos como los de antaño. O quizá porque se nota demasiado que se han guardado muchas cosas para el siguiente episodio, tal y como evidencia el precioso final del filme. Es un deleite para los fans, una gran película para cualquiera. Pero tanto al crítico como al fan que esto suscribe le falta algo que le provocara un cosquilleo en la espalda durante toda la película y no sólo puntualmente. Pero la Fuerza ha despertado y eso es fantástico.

viernes, diciembre 04, 2015

'El puente de los espías', magnífica simplificación

Desde ya más años de los que merece la pena recordar, cada película de Steven Spielberg es una masterclass es sí mismo. Puede ser mejor o peor, más o menos atrevido, más o menos entretenido, pero Spielberg deja siempre una marca indeleble en el espectador a través de cada uno de sus filmes. El puente de los espías no es ninguna excepción a esa norma que sigue colocando al cineasta entre los grandes. No es tan osado como el Spielberg de Munich, ni tan solemne como el de Lincoln, ni tan preciosista como el de Caballo de batalla, ni tampoco, por supuesto, tan profundo como el de La lista de Schindler o tan aventurero como el de cualquier entrega de Indiana Jones. Pero es Spielberg. Y su sello impone. La suya es una versión de la guerra fría tremendamente simplificada en algunos aspectos en la historia del abogado James Donovan, pero en todo caso, y con alguna que otra concesión ya habitual en el cine de este espléndido director, magnífica.

Por mucho que la temática sea un auténtico caramelo que encaja de forma natural entre su filmografía, no deja de ser una sorpresa que Spielberg esté detrás de una película cuyo guión acredita a los hermanos Coen, que corrigieron el libreto original de Matt Charman y a quienes parece fácil atribuir los medidos y muy acertados golpes de humor suave que hay en la historia. Y quizá haya que pensar también en ese aspecto para que el filme no sea tan crudo o tan dramático como podía anticiparse por la simple relación entre el cineasta y la época que retrata o por lo que mostraba su trailer. Es posible que por ese lado se le escape a Spielberg una oportunidad de haber redondeado un título memorable dentro de su filmografía, algo que no llega a ser, pero en cualquier caso es un filme de 140 minutos que se pasa volando, absorbidos por la fascinante historia de este abogado que acabó siendo mediador en un intercambio de prisioneros entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

La fuerza de la película, de hecho, la marca ese personaje protagonista, que Spielberg deja descansar en los hombros de un Tom Hanks formidable. Es ya la cuarta colaboración entre actor y director, después de Salvar al soldado Ryan, Atrápame si puedes y La terminal, y la simple comparación entre todas ellas sirve para valorar el espléndido trabajo de ambos a lo largo de esta colaboración. Hanks es un maestro que se adapta, como muestra este cuarteto de títulos, a personajes muy diferentes entre sí, y a eso se suman la habilidad que tiene Spielberg de hacer creíbles a actores mucho menos conocidos y la presencia igualmente magnética de un soberbio Mark Rylance, que interpreta al espía ruso al que el abogado neoyorquino tiene que defender. Puestos a poner alguna pega en este apartado, los personajes de Alan Alda, uno de los jefes de Donovan, y Amy Ryan, la esposa del protagonista, quedan algo desaprovechados, incluso formando parte de algunas de las mejores escenas de la cinta.

Lo cierto es que El puente de los espías destaca en los dos ámbitos que quiere tocar, por un lado las consecuencias de defender a un espía ruso, que centra la primera mitad del filme, y por otro la partida de ajedrez que es en realidad el trabajo de espionaje en el que se ve envuelto Donovan, y que es donde se ve al Spielberg más espectacular, el que es capaz de sumergir al espectador en cualquier mundo, sea este fantástico o del pasado. No obstante, destacando en ambos, es verdad que el conjunto se resiente mínimamente y no alcanza lo sobresaliente. Sobra también que la película quiera ser demasiado amable y, dicho esto con todo el cariño y ninguna animadversión, demasiado americana. Spielberg es, en cualquier caso, un cineasta brillante, que rueda con la misma habilidad una escena de acción que una basada en la puesta en escena tan memorable que hace con el puente que da título a la película, una gran muestra del cine clásico que sólo él parece ser capaz de hacer en nuestros días.

'En el corazón del mar', aventura de diseño

Cada generación tendría que tener al menos una gran aventura marítima plasmada en el cine. Da igual el género, da igual el protagonista, da igual la época, mientras haya un barco, una tripulación y un objetivo. Vale desde el Moby Dick de John Huston al Master & Commander de Peter Weir, pasando por La tormenta perfecta de Wolfgang Petersen o incluso La aventura del Poseidón de Ronald Neame. En el corazón del mar entronca en esa tradición, pero lo hace desde una perspectiva curiosa para ser Ron Howard su director. Aunque Rush ya había apuntado unas inquietudes estilísticas singulares, en este filme se acrecientan, y no necesariamente de la mejor manera, algo que sí había conseguido con su recreación del mundo de la Fórmula 1. Es una aventura de diseño que funciona como el gran espectáculo que tiene que ser, el de la recreación de la historia que inspiró a Herman Melville (él mismo, un personaje más) para escribir Moby Dick, pero quedan algunas dudas.

Las principales estriban en que el filme se convierte en un batiburrillo curioso. Por un lado, el visual ya mencionado. Momentos absolutamente deslumbrantes se combinan con extraños ángulos de visión, que buscar modernizar en exceso lo que desde el principio se plantea como una aventura clásica. No es en absoluto descabellado decir que Howard se acerca más a la sensibilidad de Michael Bay (salvando las distancias con el sobrevaloradísimo director de Transformers) que a la del mismo Howard en sus películas más reconocibles, aunque Rush, hay que insistir en ello, ya era un primer paso hacia En el corazón del mar. Pero ese batiburrillo no se queda ahí, sino que se extiende también a lo argumental. A ratos, una historia de caza. A ratos, una de supervivencia. A ratos, una familiar. A ratos, un viaje iniciático de un joven muchacho. Y a ratos, la del antagonismo entre el capitán del barco y su primer oficial. Todo ello aparece y reaparece a conveniencia.

Todo ello da la sensación de que la película no termina de ser lo que le habría gustado o, visto desde un prisma más negativo, que no llega a saber qué quiere ser. Pero como hay tanto bueno a lo largo del camino, las dos horas de En el corazón del mar se convierte en un disfrute más que aprobable. Howard convence con el gran espectáculo, en el que se maneja muy bien, pero lo mejor de la película, ballena aparte, está en lo más modesto. El filme se narra como un gran flashback contado por una formidable conversación entre Melville y Thomas Nickerson, el último hombre vivo de la tripulación del Essex, un barco ballenero de Nantucket, ambos personajes interpretados por un genial Brendan Gleeson y un muy buen Ben Wishaw. Esa parte de la película se ve como si fuera una pequeña obra teatral que eleva la categoría del filme más allá del espectáculo palomitero, dicho eso como una valoración positiva, en que se convierte la aventura.

Centrándose ahí la parte más destacada del reparto, para el enfrentamiento con las ballenas queda un carisma más de aspecto que de interpretación, y no se puede negar que eso también lo consigue Howard del resto de sus actores, de unos tan limitados como Chris Hemsworth (que, con todo, es un tipo que queda sensacional en el plano casi siempre), de otros tan dotados como Cillian Murphy y de talentos todavía por consolidar como Tom Holland, con el paso atrás que supone la aparición en la película de Jordi Mollá, no demasiado necesario en la historia y no demasiado bien insertado. Con todos ellos, En el corazón del mar se convierte en un filme algo irregular pero muy entretenido. Sin necesidad de alcanzar la categoría de imprescindible, sin ser neeesariamente la mejor película marítima que tendrá esta generación y sin ser lo mejor de Howard, el entretenimiento está asegurado.