viernes, septiembre 18, 2015

'El corredor del laberinto. Las pruebas', cansado de correr

En una de esas frases casi proféticas, el protagonista de esta saga fantástico-juvenil de El corredor del laberinto, la enésima de esta clase y condición, proclama: "¡estoy cansado de correr!". Y esa es justo la sensación que deja esta segunda parte, Las pruebas. En realidad, es la misma que dejó la primera. Idéntica. Sin cambios, sin identidad y sin personalidad. Así es como se construyen estas sagas en nuestros días, acumulando escenas, sumando minutos (¡131 esta segunda película!) y en realidad sin contar gran cosa, sin que los personajes muestren una evolución o características individuales e intrasferibles. Como ya se podría haber asegurado después de la película original, esas iban a ser las constantes de esta primera secuela. Y después de verla, se confirma. Forma parte de un modelo de hacer cine que acumula estrenos para multiplicar beneficios. Obviamente funciona, porque la gente paga entradas por verlo, pero el resultado cinematográfico es pobre ya desde su concepción.

El gran problema no es ya que la historia enganche o no, sino que hay tal desgana a la hora de hacerla coherente que resulta imposible seguir lo que sucede sin pensar en las inmensas incongruencias que hay en el filme. Las hay en cuanto a la continuidad de la película, las que podrían afectar a esta tanto como a cualquier otra, pero también las hay en las normas de este universo creado a partir de las novelas de James Dashner. Y cuando no existe un plan, más allá de ir llevando a los personajes corriendo (literalmente) de un lado a otro, a veces incluso sin resolver satisfactoriamente escenas de acción que aparecen cortadas sin más para pasar a la siguiente, la tarea de aceptar lo que sucede en la pantalla es sencillamente titánica. Con una exigencia muy baja, y ojo, eso no es necesariamente malo porque es un cine que tiene un público, es verdad que el enorme movimiento y la espectacularidad de los escenarios puede valer, pero es una pena ver tantos recursos empleados en tan escaso empeño.

Porque, y hay que decirlo claramente, El corredor del laberinto podría haberse hecho bien. ¿Pero para qué, si ya se asume que va a vender las suficientes entradas como para ser rentable? Esa sensación se tiene en tantas y tantas escenas de la película, desde la lamentable vigilancia de la sala más supersecreto de la instalación en la que casi arranca el filme hasta la aparición de la nada de una tormenta, pasando por la trampa más patética que se haya podido montar jamás si lo que se pretende es que los prisioneros no se escapen. Hay tantas cosas que provocan perplejidad que, hay que insistir en ello, la credibilidad se desmorona por sí sola. Luego ya podríamos entrar en el hecho de que hace unas dos horas y media de película que hemos abandonado el laberinto y todavía no sabemos para qué servía (ni importa), o el hecho de que todos los personajes, incluso cuando creen que nadie les ve, hablan en clave, como para mantener un secreto que, en realidad, no tiene trascendencia alguna.

Después de pasar por Las pruebas (¿a qué pruebas se refiere el título, si no hay ninguna en el filme?), la sensación es la de que no ha pasado nada. Los protagonistas, un puñado de chavales jóvenes a los que se suman algunas estrellas de segundo nivel televisivo (Juego de tronos es una cantera formidable), han corrido mucho, han cambiado de escenario, se han sumado a otros personajes. ¿Pero ha avanzado la historia? Nada. Y eso demuestra lo inane que es alargar tanto estas sagas en lugar de reconstruirlas pensando en las posibilidades que ofrece el cine, algo que no se hace en la industria contemporánea. Por eso estas películas están tan lejos de los clásicos de fantasía y ciencia ficción de los años 80, cuando sí nacían clásicos. Lo único verdaderamente digno de El corredor del laberinto es que, en contra de la actual moda de estas sagas, no va a prolongar todavía más innecesariamente la agónica acumulación de escenas inconsecuentes en una película final dividida en dos. Sólo queda una. Menos mal.

viernes, septiembre 11, 2015

'Ma ma', retazos del mejor Medem

Con la deslumbrante y sugerente filmografía que construyó Julio Médem en los años 90, que se perdiera con el cambio de siglo por caminos difíciles de desentrañar fue una de las peores noticias que pudo azotar a sus seguidores. El punto de inflexión lo marcó el polémico documental La pelota vasca, pero después no consiguió volver a ser el Médem de Los amantes del Círculo Polar, Tierra, La ardilla roja o Vacas. Desde Lucía y el sexo, Médem no volvía a ser Médem. Y Ma ma, que llega nada menos que catorce años después del filme protagonizado por Paz Vega, es el título que por fin nos devuelve al mejor Médem, aunque sea a retazos. Su poesía visual está ahí. Y la prolongación de su formidable universo femenino que supone Magda, esta mujer que se enfrenta a un cáncer de mama que está interpretada por Penélope Cruz, es igualmente atractiva. Sólo con eso ya bastaría para salir más que satisfechos de este regreso de Médem, pero hay más, aciertos y errores.

Empezando por lo primero, lo que sorprende negativamente es que la película no tenga en su arranque la naturalidad que caracteriza al cine de Médem. Los diálogos parecen forzados, incluso falsos, algunas situaciones también (algo que se extiende casi hasta el final con el exagerado e imposible papel del médico que interpreta francamente bien Asier Etxeandia) y eso hace que se tarde en entrar en el universo de la película, incluso aunque ya desde su primera escena quedé asentado todo lo que quiere ser. Es verdad que el impacto emocional que supone la historia, de idéntico nivel de dramatismo y realidad, oculta algunos de esos defectos de ritmo y tono que se puedan detectar, y eso mismo también hace plantearse algunas dudas. ¿Es Médem y lo que ofrece lo que provoca las emociones a flor de piel que hay en Ma ma o es la situación que describe? No se puede negar la influencia de lo segundo, pero lo primero cuenta de la misma manera.

Y es que Medem, con todo lo que ha hecho sufrir a su cine en la última década, sigue teniendo un toque mágico. Sus instantes oníricos, la forma en la que transforma la ambientación de una escena, la forma en la que juega con los sentimientos y las emociones son detalles que hacen que sus magníficas historias cobren una vida muy especial. Eso se vuelve a ver en Ma ma, como no se había visto en Caótica Ana o en Habitación en Roma, y es el principal motivo de gozo. Médem sabe entender al personaje de Magda, como también lo comprende Penélope Cruz, en una de las mejores actuaciones de su, la verdad, algo sobrevalorada carrera. Pero al mismo tiempo, y siendo lo femenino algo que marca tan profundamente el cine de Médem, sabe conjugarlo con la parte masculina de su universo, con un fantástico Etxeandia y un espléndido Luis Tosar.

Con los elementos que maneja, parece evidente que Médem ha arriesgado mucho más de lo que le permite el tema que trata. Sus imágenes van mucho más lejos de lo que el retrato de un cáncer de mama le habría permitido a un director que optara por un tono mucho más documental o telefílmico. Y es que Médem, y de eso hay que felicitarse, no es un director al uso. Por esos sus imágenes tienen tal poder de atracción, y por eso es capaz de conjugar su enorme talento visual con la narrativa que necesita una historia de esta índole. Ma ma es una historia dura y difícil, pero Médem ha sabido introducirla en su estilo, en su universo, entre lo que siempre ha querido contar a través de sus personajes femeninos, y dándole un envoltorio que siembra emociones de forma continua, y lo hace a través de un escenario mucho más complejo y vital de lo que se circunscribe al punto de partida de su historia. Esa siempre ha sido la grandeza de Médem, contar lo cotidiano desde una perspectiva inusual. Y ese Médem, aunque aún imperfecto, ha vuelto. Ya era hora.

'Reina y patria', atípica y atractiva secuela

Seguramente será una sorpresa para muchos descubrir que Reina y patria es una secuela. John Boorman estrenó nada menos que en 1987 Esperanza y gloria, un filme parcialmente biográfico que situaba la acción durante la Segunda Guerra Mundial y que fue nominado al Oscar a la mejor película. Esa parte del relato es a la que referencia el arranque de Reina y patria, una atípica y atractiva continuación de esta historia de Bill Rohan, ya un adolescente reclutado para el servicio militar, que es la etapa que describe esta película, de nuevo escrita y dirigida por Boorman. El resultado es más que agradable, irregular en bastantes momentos, eso sí, y sobre todo en su segunda mitad pero que en conjunto funciona como una acertada historia sobre el aprendizaje en la vida, que destaca sobre todo con una visión tan sarcástica como cínica de la vida en un campamento militar.

Realmente, eso es en lo que destaca Reina y patria, en su mirada hacia el ejército, que sabe moldear con sus dosis de drama y con sus dosis de comedia, mezclando los actores jóvenes que encabezan el reparto, Callum Turner y Caleb Landry Jones, con veteranos que le dan fuste a esas secuencias como David Thelis o Richard E. Grant. Pero, sin embargo, la película acaba adentrándose en un terreno complicado en el que no termina de acertar tanto cuando se aleja de ese recinto militar cerrado. La película, como era de esperar, se adentra en los más peligrosos terrenos de los primeros amores, de las relaciones familiares y algún que otro tema que es mejor descubrir en la propia película y que queda como muy en el aire. Ahí, probablemente, se ve el hecho de que sea un relato semiautobiográfico, sin tantas necesidades narrativas cinematográficas y sí pretensiones de satisfacer la propia memoria de Boorman.

No es que eso falle, es que la transición entre los diferentes escenarios no es fluida. La película pega saltos considerables que no siempre se pueden asimilar sin más. Escena a escena nada parece fallar, e incluso algunas de las conclusiones finales son emocionantes (sobre todo la del personaje de Thewlis, superior en rango a los dos chicos protagonistas y, de alguna manera, su principal antagonista), pero una vez pasada la primera hora el conjunto no es tan redondo. Sigue siendo interesante, pero le falta algo de cohesión y adolece de una narrativa más constante y firme, más decididamente cinematográfica, o que sepa aprovechar algunos de los elementos con los que juega, como por ejemplo la afición cinéfila del protagonista (heredera, obviamente, de la del propio Boorman) o la compleja relación que establece con el personaje de Tasmin Egerton (el juego de no saber su nombre es uno de los detalles más simpáticos del filme).

Reina y patria asume sin complejos su condición de episodio, con un brevísimo vínculo con el filme anterior, dejándose ver incluso sin haber pasado por Esperanza y gloria, y dejando abiertos muchos temas como para que sea plausible una tercera parte. El interés en los personajes, desde luego, queda al final tan intacto como lo está al principio de este nuevo filme de Boorman. Y como este es un director que sabe rodar con mucho talento, la película es muy disfrutable a muchos niveles, sobre todo en ese cinismo que desprenden muchas de las escenas militares, muy divertidas, también en la formidable reconstrucción histórica que hace el filme. No es perfecto, y quizá sus problemas narrativos hacen que sus 115 minutos sean algo excesivos, pero es una buena película, muy personal con la que a la vez es bastante fácil empatizar y en la que Boorman muestra un muy agradable sentido del humor.

'American Ultra', un exceso sin historia

Que nadie espere en America Ultra una historia. No la hay y no la quiere. Lo único que necesita es una excusa que permita aceptar que el pusilánime Mike Howell interpretado por Jesse Eisenberg (uno de esos actores que después de una genialidad, en su caso La red social, se ha dedicado más a interpretarse a sí mismo que a crear personajes y que necesita ya cambiar de tercio), se convierte en una máquina de matar. Y se acepta, pero con muchas reservas, porque American Ultra es una película que se pierde en el detalle exagerado y violento porque entiende que sus bazas están ahí. Quiere también jugar la baza de las sorpresas, pero la ausencia de historia, de la que es plenamente consciente el filme, hace que no haya mucho margen para aceptarlas, e incluso alguna se antoja inverosímil incluso en el marco de esta descomunal ida de olla, que gustará a quien entre en su humor y seguramente no despertará mucho interés en el resto.

En realidad, no hay nada en American Ultra que no hayamos visto mil una y veces, y aunque haya un cierto paralelismo fácil con la saga de Bourne, el referente más claro es Wanted, por tono, por estilo y por violencia desbocada. La diferencia está en que en Wanted había una historia, una que tergiversaba y olvidaba elementos esenciales del cómic en el que se basa, pero una historia al fin y al cabo. En American Ultra no. Todo se basa en aceptar lo que hacen los personajes, Mike y su novia Phoebe (Kristen Stewart), los enfrentados agentes de la CIA Adrian Yates y Victoria Lasseter (Topher Grace y Connie Britton) y hasta algunos secundarios que van desde lo estrambótico a lo directamente irrelevante (John Leguizamo en el primer caso, Bill Pullman en el segundo). Si se acepta, igual se entiende la broma. Pero si no... Si no se acepta, esta no será más que otra película a olvidar.

Y la verdad es que se acerca mucho más a ese segundo terreno que al primero, precisamente porque no hay demasiado carisma en el reparto, ni tampoco una química demasiado interesante. En la película van pasando cosas, muchas, explotan sitios, se suceden peleas, hay sangre y golpes. ¿Pero adónde va todo esto? A un final más que previsible al que se llega después de unas cuantas escenas de ultraviolencia sazonada de comicidad que, a estas alturas, ya no aporta nada nuevo. Así que sólo queda la posibilidad de disfrutar del viaje de una forma confortable, algo que más que el envoltorio lo podrían proporcionar los actores. El único al que de verdad se ve metido en su tarea, con algún detallito de esta Kristen Stewart empeñada en mostrar algo diferente a Crepúsculo (y se agradece), es Topher Grace. No es que su personaje sea brillante o su actuación espectacular, pero sí destaca sobre el resto.

Cuando uno ve el cartel de American Ultra y descubre que la frase con la que se quiere vender es "todos colgados", sólo queda darle la razón. Todos colgados, desde su director, Nima Nourizadeh (es su segundo filme tras Project X) a su guionista, Max Landis (que saltó a la fama con Chronicle) pasando por muchos de sus actores. Todos colgados, sobre todo porque quieren estarlo. Y sin posibilidad de rendención en los 100 minutos que dura American Ultra, exactamente la película que quería ser sin ningún género de dudas (tan alucinógena como la secuencia de animación que sirve para los créditos finales) y prolongación inevitable de una interpretación del cine de acción que ha venido calando en los últimos años y que apuesta por la violencia por encima de la historia. Probablemente no sirva para mucho más que un rato de asombro y caiga rápidamente en el olvido, pero quién sabe.Quizá el pública la alabe y tengamos un American Ultra 2.

viernes, septiembre 04, 2015

'Ático sin ascensor', la fuerza de la naturalidad

Habiendo tantos y tantos actores que fuerzan el gesto, la voz y los diálogos, ver lo que hacen Morgan Freeman y Diane Keaton en Ático sin ascensor sirve para reconciliarnos con la esencia de la actuación. Lo que ellos consiguen en la pantalla es que la naturalidad sea su arma, su forma de convencernos de que quienes protagonizan la película son personas de carne y hueso, de que sus problemas son reales, de que sus diálogos nace de toda una vida en común. Son dos auténticos monstruos, y lo son precisamente en ese terreno. Luego Morgan Freeman podrá encajar en el cine de acción de gran estudio y Diane Keaton en las comedias más desenfadadas, pero en lo que son maestros es en esto. Sin ellos, Ático sin ascensor se podría descoser con cierta facilidad. Parte de una anécdota muy pequeña como para perdurar, una pareja que pone en venta su piso, y tiene algunos problemas narrativos bastante palpables, ¿pero a quién le importa cuando Freeman y Keaton tienen tanto que ofrecer juntos?

Estos dos veteranos intérpretes forman una extraordinaria pareja en la pantalla, y no sólo por la mezcla racial, algo que importará más en Estados Unidos que aquí, y que apenas tiene una pincelada argumental en la película. Es verlos por primera vez y ya se tiene la sensación de que son un matrimonio que lleva unido cuatro décadas. Y es escucharles y se palpa esa naturalidad, esa sencillez que invita a pensar que no tienen un guión entre las manos y, simplemente, están dando vida a sus personajes. Eso, que así escrito parece tan fácil, es algo que no saben hacer o por lo menos no dominan la gran mayoría de los actores. Llegar hasta ese punto es lo que lleva a un actor a tener el convencimiento de que puede hacer cualquier cosa en una película. Ático sin ascensor es una película amable, pero Freeman y Keaton hacen que sus personajes sean mucho más profundos que la misma película de la que forman parte. Puede parecer un trabajo menor, pero es sencillamente admirable lo que han hecho para el filme de Richard Loncraine.

El director, y hace francamente bien viendo el resultado, se deja llevar por ellos y no se mete en ningún lío. Sí que es verdad que la película, analizada sin el trabajo de sus actores, se puede quedar en poca cosa. Es divertida cuando debe serlo y no está mal llevada, pero a cambio promete alguna que otra cosa que no termina de ofrecer. Por ejemplo, el uso de los flashbacks, que en todo momento parece indicar que hay algo más en el terreno narrativo, se acaba revelando como algo aleatorio. O la narración en off del personaje de Freeman, que acaba teniendo el mismo problema. Esos dos recursos no sirven más que para una satisfacción momentánea y para alargar la película, pero en realidad no adquieren un sentido argumental suficiente. También esa historia paralela que nada tiene que ver con la pareja protagonista y que se sigue a través de la televisión, con un desarrollo que sí engancha pero una resolución que sabe a poco.

En realidad, esa es la sensación que va dejando la película. Amable, bonita, incluso emocionante, a ratos muy divertida cuando se asoma al fascinante mundo de las relaciones humanas que se establecen con desconocidos en un momento de necesidad (la jornada de puertas abiertas para vender el ático), pero que al final se ve sin más reflexión o conclusión por parte de Loncraine. La película no cierra casi nada, simplemente se deja llevar. Quizá le hacía falta algún minuto más de esos 92 que emplea para dejar una sensación más cohesionada, o quizá simplemente es que ahí está todo lo que el director tenía que mostrar. Pero lo que está claro es que hay algo que chirría. Y eso, por supuesto, no está en el formidable trabajo de Freeman y Keaton, que sí han sabido llenar los huecos que deja la película para que sus personajes sean mucho más completos que la historia de la que forman parte. Pero, con todo, es una película que, sin mayor ambición, se ve con enorme agrado.

'Anacleto: Agente secreto', demasiado viejo para esto

En más de una ocasión, el Anacleto que interpreta Imanol Arias dice "soy demasiado viejo para esto". Y efectivamente, lo es. No Imanol Arias, por supuesto, porque él es de largo lo mejor de esta adaptación del personaje de tebeo creado por Manuel Vázquez Gallego en los años 60 del pasado siglo. Pero Anacleto: Agente secreto es una película extraña, porque la apuesta de Javier Ruiz Caldera es demasiado moderna como para entender lo que realmente habría funcionado. Un Anacleto con Imanol Arias hace veinte años habría sido sensacional. Cada vez que él sale en pantalla, deja esa sensación. Hay un esfuerzo por mantener elementos que vinculen la película a la historieta, pero al final todo eso se ve devorado por el humor más moderno, por la necesidad de cameos, por buscar un humor mucho más actual que el que realmente funcionaba en las aventuras de Anacleto. Y por eso la película no termina de arrancar nunca, a pesar de algún momento notable.

Sorprende que la fórmula para llevar a Anacleto al cine haya sido la de envejecer al personaje y darle un hijo (interpretado por Quim Gutiérrez) que por supuesto tendrá que seguir al agente secreto en una de sus locas aventuras. Sin haber probado siquiera el potencial de Anacleto, el cine español ya le ha fulminado, como hizo por ejemplo con aquella rocambolesca idea de fusionar cuatro novelas del Capitán Alatriste para que luciera el cine, matando las posibilidades de hacer una franquicia exitosa. Anacleto comete el mismo error (¿recordamos las furibundas críticas que recibió George Lucas por dar un hijo a Indiana Jones?), pero lleva la broma demasiado lejos, y eso pesa, especialmente en su final. Y sorprende más cuando precisamente se ha hecho lo más difícil, encontrar a un actor que encaje en los zapatos de Anacleto, aunque sea un Imanol Arias que habría sido sencillamente perfecto hace algunos años.

La película, en todo caso, tiene un ritmo extraño que no siempre funciona. Hay momentos muy divertidos, tampoco demasiados (y eso es un grave problema cuando lo que se está adaptando es una historieta humorística), y más interés en el relevo, en la pareja joven que forman Gutiérrez y Alexandra Jiménez, en realidad un trío si contamos a Berto Romero (de su personaje sólo disfrutarán los incondicionales de su humor), que en el propio Anacleto. Tan irregular es, que incluso uno de los cameos, el de Rossy De Palma, proporciona algunas de las carcajadas más honestas de toda la película. Y en el fondo no deja de ser una pena que el foco del filme se vaya precisamente a elementos ajenos al personaje al que se quiere honrar. Gutiérrez intenta robar la película a Arias en todo momento, apostillando cada frase con una respuesta humorística, y eso no funciona casi nunca, y Arias siempre está por encima. Él, hay que insistir, en ello, es lo mejor.

Y eso que Ruiz Caldera no rueda nada mal la película, saca partido de la acción y elabora unas coreografías de pelea muy verosímiles, incluso cuando las protagoniza el propio Imanol Arias a sus 59 años. Se mire como se mire, lo mejor de la cinta es lo que rodea a su protagonista y el resto, a pesar de que el montaje apenas supera los 90 minutos, se mueve entre lo superfluo, lo simplemente correcto e incluso lo aburrido, porque hay algunas escenas de la película que bordean esa peligrosa frontera. Anacleto: Agente secreto es una ligera decepción que no siempre es fiel al material que adapta, que ha optado por un guión simple que está lejos de satisfacer por completo tanto al lector clásico de las aventuras del personaje como a quien se aproxime a la película sin conocimiento alguno del personaje. Hay detalles, hay un espléndido actor al mando, pero el resto es bastante inofensivo o no termina de arrancar.

'Dark Places', liar por liar

Las referencias son un claro enemigo del cine moderno, mucho más cuanto más alto se apunta. Encontrarse en el cartel de Dark Places que se trata de una película basada en otro libro de la autora "del Best-Seller Perdida" es una mala referencia, por enigmático que les parezca a los encargados de márketing. Porque, desde luego, el resultado de este filme de Gilles Paquet-Brenner, es bastante inferior al del sugerente trabajo de David Fincher aunque quiera partir de misterios y técnicas fácilmente emparentables. Pero la comparación es insostenible. Lo que en Perdida era un argumento diabólicamente orquestado, aquí es liar por liar, introducir elementos de una forma continua para alimentar un misterio que al final no es tan satisfactorio como debiera. Es casi una moda en el thriller moderno el optar por una complicación exagerada que, en realidad, no parece tan necesaria y que además provoca errores en el guión y que se acumulen situaciones clave que acaban siendo inverosímiles y afectan a todo el filme.

Y en el fondo es una pena, porque a Paquet-Brenner se le escapa entre los dedos un reparto espléndido, que acaba demasiado centrado en tratar de hacer creíble lo inverosímil mucho más que en construir personajes que puedan realmente vivir las situaciones que se describen. Charlize Theron es una actriz de intensidad enorme, y sobre todo su forma de entrar en la película es notable. Pero poco a poco, y eso es ilógico precisamente por tratarse de la protagonista, su personaje se diluye. Está, participa, habla, pero según pasan los minutos pierde toda profundidad emocional, algo que el guión intenta recuperar en la última escena, una que debe servir de explicación definitiva de todo lo que ha sucedido en la resolución de la trama y que en realidad ya no importa demasiado. Ese es el auténtico problema de Dark Places, que el interés por el fondo se pierde pronto y sólo queda contemplar el trabajo de los actores.

Aunque Theron es una intérprete fascinante, si hay alguien que merece ese calificativo en Dark Places es Christina Hendricks. La película, que está narrada en un doble espacio temporal (por un lado, el momento que desemboca en el asesinato que cambia por completo la vida de una niña, por otro la vida de esa niña ya convertida en una mujer sin sueños, sin ilusiones, sin vida en realidad), desaprovecha las mejores posibilidades de la película porque se limita a acumular secuencias, personajes y pistas, pero la misma realización (sobre todo un desconcertante plano con cámara subjetiva que el efecto que produce es el de estar ante un telefilme más que otra cosa) corta las alas de la película. Es verdad que siga quedando el disfrute con los actores, con las mencionadas Theron y Hendricks, pero también Nicholas Hoult (aunque su personaje encabeza la parte más inverosímil y desperdiciada de la película), Chlöe Grace Moretz o Corey Stoll.

Dark Places es una oportunidad malograda de crear un buen thriller, pero que se pierde en casi todos los niveles. Se pierde ya desde el guión (el libro en el que se basa lo escribió Gillian Flynn tres años antes que Perdida), también en la dirección y da la impresión que en el montaje, porque hay espacios de la cinta que apenas están desarrollados y que seguramente habrían resultado mucho más satisfactorios con alguna escena más, sin esfuerzos demasiado grandes y sin estirar demasiados los 104 minutos finales (la duración que figura en las webs de cine es de 114, ¿está ahí lo que falta?). Pero Paquet-Brenner no consigue avanzar más y la película deja una sensación bastante vacía, inferior al potencial de su reparto e incluso del misterio que quiere plantear. La película se verá en VOD y no llegará a los cines. Quizá ahí tenga un terreno más indicado para que encuentre su público.

viernes, agosto 28, 2015

'Ricki', buen rollo... ¿demasiado?

De los tres nombres que componen la plana central de Ricki, dos andan en camino descendente y uno ha llegado un punto en el que puede hacer lo que quiera, que va a encontrar el fervor popular y crítico de todas las maneras. En el primer lado están la guionista Diablo Cody, que sorprendió a todo el mundo con el ácido guión de la apreciable Juno para después caer muchísimo con sus siguientes trabajos. Junto a ella, Jonathan Demme, que alcanzó la cima hace ya demasiado con El silencio de los corderos y lleva años sin destacar tanto como entonces. Y en el lado opuesto, Meryl Streep, aplaudida sin cesar haga lo que haga. Sobre todo la presencia de Cody invita a pensar que Ricki va a ser una película muy cínica y dramática, pero no lo es. Tiene algún momento en que roza esas sensaciones, pero acaba siendo un filme de buen rollo, que arranca y acaba con música y sensaciones agradables. ¿Demasiado quizá? Puede ser, porque eso hace que sea algo más intrascendente de lo que le gustaría, pero el buen rollo que propone funciona.

Si lo hace es probablemente porque la simple presencia de Meryl Streep, y también la de Kevin Kline, predispone a que el espectador se meta en la historia. Streep es de las pocas actrices que sobrepasa la edad que Hollwyood considera peligrosa para las mujeres que sigue haciendo de todo, y aquí vuelve a moverse por terrenos novedades interpretando a una madre de familia que lo abandonó todo por su grupo de música pero que no tiene suerte en ese mundo y que tiene que regresar temporalmente a su pasado cuando su hija sufre un severo problema en su vida. El planteamiento sí encaja con lo habitual del singular y bastante sobrevalorado mundo femenino de Cody, pero la película pronto cae a derroteros mucho más amables. Y, a la vez, previsibles. Los conflictos se resuelven como por arte de magia, donde había insalvables enfrentamientos personales acaba llegando una felicidad algo ficticia y la tensión dramática se deja en un rincón, olvidada por completo, porque el objetivo de Ricki es muy distinto.

Eso, en cierta medida, es algo decepcionante. Sobre todo, más allá de las pretensiones habituales de Cody o de la capacidad de Demme, porque en el fondo Meryl Streep y Kevin Kline no tienen la oportunidad de lucirse que se intuía en la propuesta. Para ellos resulta una película fácil, no hay un esfuerzo palpable en la construcción de sus personajes. Simplemente están en la pantalla y se lo pasan bien mostrando alguna gota de su talento. Por eso Ricki es una película que se vende más fácilmente por ser aquella en la que comparten espacio Meryl Streep y su hija, Mammie Gummer (que también en la ficción desempeñan esos roles), que una verdaderamente trascendente por su talento cinematográfico. Importa bastante más que el espectador se deje contagiar por la música, algo evidentemente fácil de conseguir viendo la espléndida selección de canciones y lo acertado de sus versiones, que por el conflicto que plantea la película.

Y eso no es necesariamente un defecto insalvable. Es, sin más, una valoración de lo que podría haber sido Ricki con otro enfoque, una que no pretende restar eficacia a ese buen rollo que persigue la película y que, además, suele tener buen eco entre el público. No todas las películas han de ser dramas o tragedias, pero sí es verdad que ver el nombre de Diablo Cody es una invitación a otro tipo de filme. Ricki no lo es. Aunque hay alguna escena de una enorme tensión (la conversación entre Ricki y la nueva esposa del personaje de Kevin Kline, interpretada por Audra McDonald, que no por casualidad es la mejor de la película), lo cierto es que la película es mucho más amable de lo que podría haber sido. La desviación hacia ese buen rollo no es artificial por el simple hecho de que, y eso es un acierto, la película empieza con un número musical. Así queda claro que esto va de Meryl Streep disfrutando como rockera. No hay mucho más, pero eso también tiene su encanto.

'Atrapa la bandera', un ligero paso atrás

Las aventuras de Tadeo Jones fue una magnífica carta de presentación para Enrique Gato que venía a demostrar algo que, en realidad, ya es totalmente conocido y que no se sabe muy bien por qué hay que seguir demostrando: que en España hay mucho talento para hacer animación. Tadeo Jones era una simpática historia juvenil de una notable factura, y sus muchos aciertos y un sabor de boca casi inmejorable justifican que la firma de Gato sea un aliciente para ver cualquier película que firme. Atrapa la bandera, no obstante, supone un ligero paso atrás en su conjunto. La película, a pesar de que tiene una animación bastante mejorada y un grado de imaginación bastante parecido al de su anterior filme, no engancha de la misma manera, quizá porque tiene una excesiva pretensión de buscar referentes, modelos o públicos objetivos, y eso provoca algunas lagunas en una narración que no es tan ágil como la de Tadeo Jones.

Esto último viene motivado por algo que, en realidad, no se le puede criticar a Gato. Su apuesta es por el mercado internacional, como ya lo era en Tadeo Jones, y eso quiere decir que Estados Unidos está en la mente del director y de su equipo. La película, por muy española que sea, es una continua referencia a ideales norteamericanos, a sus formas de pensar y narrar. Sus chistes, los que no dependen del doblaje, están pensados para que no haya referentes que no se puedan entender allí. Y la misma historia, centrada en una saga familiar que ha hecho carrera en la NASA, incide también en ese aspecto. Lo que aleja la sensación de que Atrapa la bandera es una película española es, probablemente, lo mismo que hace que pueda tener más oportunidades fuera de nuestras fronteras. En realidad no hace que sea mejor o peor película, pero sí deja la sensación de que el márketing manda.

Lo mismo sucede con las muy anunciadas presencias de la onmipresente Michelle Jenner y el muy de moda Dani Rovira en el reparto de doblaje español o el cierre de la película con una canción de Auryn, algo que se ha comido un poco la espontaneidad del cine de Gato. En Atrapa la bandera no hay mucho que se salga de los planes más previsibles, ni la presencia de minorías, ni de personajes arquetípicos, ni incluso del contradictorio uso de los personajes femeninos (conservador y tradicional para la madre de familia, aventurero y pionero para la chiquilla que acompaña al protagonista), y quizá por eso resulta más difícil entrar en la película que en Tadeo Jones. Es verdad que hay una imaginativa puesta en escena y que la historia familiar convence, pero por el camino surgen algunas dudas como el uso de algunos personajes secundarios, la insistencia en repetir algunos chistes o incluso un desarrollo demasiado previsible o incluso incoherente (la talla de los trajes espaciales).

La película no termina mal (con escena entre los créditos incluida), y la acción de su último tercio potencia sus grandes virtudes, que están en el paso adelante que se da en la animación con respecto a Tadeo Jones. Eso es capitalizar de forma adecuada un éxito en el que no todo el mundo confiaba. Los planos espaciales, las naves mezclando además el clasicismo del vehículo de la NASA y la ciencia ficción más aventurera que representa el villano de la historia, son lo mejor que tiene que ofrecer el filme. La historia no está a la misma altura porque bucea en tópicos y moralinas muy vistas. Aceptables, de hecho, si se quiere tomar Atrapa la bandera como un producto independiente, pero demasiado vistas en cuanto se le añade un contexto. Funciona bien, y destacan algunas bromas (como la presencia nada velada de cierto director de cine clásico), pero no es especialmente satisfactoria viendo lo que se hace en nuestros días y lo que el mismo Gato hizo en su anterior película, que gana claramente en la comparación.

viernes, agosto 21, 2015

'Cuatro Fantásticos', demasiados errores... pero demasiado odio exagerado

Después de todos los palos que le han caído a Cuatro Fantásticos desde hace ya muchos meses, desde antes incluso de que se empezara a rodar, parece evidente que lo primero que hay que decir sobre ella es si se cumplen los malos augurios. Y la respuesta es sí. El intento de Josh Trank de revitalizar una franquicia explotada desde un corte demasiado juvenil y poco ambicioso (¿o es el intento de Fox de que no reviertan los derechos de los personajes a Marvel para sumar otra conquista más a su espléndido universo de superhéroes?) es un enorme error de concepción, de desarrollo y en su resultado final. La película no funciona, especialmente como adaptación porque tiene poco respeto por el espíritu de las creaciones de Stan Lee y Jack Kirby que cambiaron el mundo del cómic y dieron el pistoletazo de salida al universo Marvel moderno, pero también desde el punto de vista cinematográfico. No importa si la culpa es de Trank o de Fox es algo que queda en los despachos y en los platós. Lo que cuenta es que el filme falla.

Y falla, en primer lugar, porque tiene un ritmo raro y muy descompensado. Un clímax apresurado, escaso y mal llevado sigue a una larga primera parte del filme, la que cumple con el ritual (¿alguien se dará cuenta de que no es necesario?) de ofrecer a historia de origen de los personajes. Es ahí, en la primera, donde se concentran los elementos más interesantes de la historia, pero no es nada redonda porque se alarga en exceso y sufre un descomunal desequilibrio que afecta demasiado si lo que se quería contar era la historia de los 4 Fantásticos. Trank sólo ha contado la de Reed Richards, y los demás personajes parecen darle un poco igual, especialmente Ben Grimm o el ya multiracial Johnny Storm, en uno de esos absurdos cambios con respecto al cómic que la película ni sabe ni quiere justificar (y que propicia que haya diálogos torpes, tristes justificaciones sin más). El casting no es bueno y los actores, esforzándose más o menos por meterse en sus papeles, tienen una asombrosa falta de carisma, algo notable si lo que se busca es plasmar herosimo.

Miles Teller, Kate Mara, Michael B. Jordan y Jamie Bell no son los 4 Fantásticos, igual que la película en su conjunto no es la historia de los personajes de Míster Fantásticos, la Mujer Invisible, la Antorcha Humana y la Cosa. Trank y sus guionistas han creído que bastaba con deslizar algunas referencias en su historia, pero no han entendido a los personajes. Y, lo que es aún peor, no han sabido construir a sus personajes, y todos quedan en un nivel plano y anodino, especialmente el lamentable Doctor Muerte que sirve de villano de la función, y que queda infinitamente por debajo del ya decepcionante de Julian McMahon en en las dos películas precedentes de Tim Story, que siendo también bastante deficientes sí eran capaces de entender algo más a sus protagonistas. Trank no lo hace. Tampoco enamora desde las secuencias de acción, ni consigue una historia atractiva de ciencia ficción. Todo lo bueno que pudiera tener su planteamiento se ve lastrado por un conflicto nimio y un oponente que quiere destruir mundos por una pataleta infantil.

Hay que insistir en que en la película hay muchos más defectos que aciertos, pero sus 100 minutos (notablemente recortados al parecer de lo que quería hacer Trank) hacen que sea un filme llevadero. Quien haya desencadenado o participado en la escalada de odio que ha rodeado a la película sabrá sus motivos, pero al margen de las cuestiones que puedan enfadar al fan de la franquicia, no estamos ante un filme tan catastrófico como se ha querido hacer ver. No es bueno, pero, con todo, se deja ver. Se equivoca desde el principio en sus planteamientos y desperdicia años y años de buenos cómics para sacar de ellos los elementos que podrían haber hecho que todo funcionara mejor, que es lo que han venido haciendo en sus adaptaciones de tebeos directores como Christopher Nolan o Joss Whedon. Trank parece que sólo quería lucirse sin tener muy en cuenta qué tenía entre manos. Y ni se ha lucido ni ha hecho justicia a unos personajes que tendrán que seguir esperando que alguien con más talento se ocupe de ellos y les haga la gran película que merecen.

'Mr. Holmes', actores brillantes en una película inane

Los radicales giros en la carrera de Bill Condon, uno de esos directores que se atreven con todo por extraño que pueda parecer el rumbo que toman (y sí, es obvio que la alusión es a los dos filmes de Crepúsculo que figuran en su trayectoria), le llevan ahora a buscar de nuevo lo que le dio la fama. En Dioses y monstruos, con Ian McKellen como protagonista, quiso recrear el retiro de James Whale, el director de las dos míticas películas de Frankenstein que protagonizó Boris Karloff, y consiguió con ella el reconocimiento de la crítica. No es nada extraño que, buscando el resurgir que no le dio El quinto poder, la película que retrató el caso de Julian Assange, trate ahora de repetir aquella fórmula en Mr. Holmes. De nuevo con McKellen al frente del reparto, lo que busca ahora es contar el último caso de Sherlock Holmes desde la mirada de un hombre ya envejecido, muy mayor y con problemas de memoria. McKellen, como Laura Linney, está brillante y sostiene una película que, en realidad, es bastante inane.

Lo es porque resulta difícil entender cuál es el objetivo real, la trascendencia que tiene ese último caso, que vemos por medio de flashbacks, en el hombre que vive en el presente o la relación con su ama de llaves y su hijo que pretende marcar un antes y un después en la vida del retirado detective. El interés por encontrar un misterio de verdad desafiante detrás de esta lenta exposición, muy en la línea habitual de Condon, se diluye en un final extraño, que dista mucho de provocar el impacto que debiera. En un guiño curioso, el propio Holmes de McKellen se refiere a eso en uno de sus diálogos, asegurando que lo que puso fin a su brillante carrera de detective tuvo que ser un inmenso fracaso que no es capaz de recordar, pero ese mismo diálogo queda sin una respuesta verdaderamente atractiva al final de la película. Es precisamente el epílogo lo que deja una sensación curiosa, que no responde a las expectativas y que no completa los elementos de interés.

Algunos de ellos están, precisamente, en la forma en que se juega con la misma mitología de Holmes, primero a través de lo que John Watson escribió sobre el personaje y lo ofrece que esta realidad ficticia en que acontece la historia, pero después también por medio de lo que el propio espectador sabe y espera del mejor detective del mundo. El problema está en que las buenas sensaciones se acotan a escenas concretas. Por mucho esfuerzo que Condon ponga en desarrollar una narración paralela (que si en realidad sirve para algo es para demostrar lo buen actor que es McKellen, por la extraordinaria forma en que es capaz de interpretar al mismo personaje en condiciones anímicas y físicas casi diametralmente opuestas), es difícil hilar las metáforas que plantea para construir un relato cerrado, complejo y a la altura de lo que se espera. Y es que convencen más los guiños, como el uso como un Holmes de cine de Nicholas Rowe, el Sherlock Holmes de la maravillosa recreación ochentera de su juventud en El secreto de la pirámide.

Se nota demasiado que Condon ha querido repetir la fórmula de Dioses y monstruos, y en ese intento Mr. Holmes se ha convertido en una película demasiado fría, que no aporta demasiado a los mitos del personaje de Sir Arthur Conan Doyle más allá de sumar a otro espléndido intérprete a la lista de actores que le han dado vida y de ofrecer algunos detalles divertidos sobre su idiosincrasia. La historia es, en realidad, lo que no termina de enganchar, porque Condon no termina de ensamblar demasiado bien todas las piezas del puzle que quiere montar o de dotar al filme de un ritmo mucho más ameno y dinámico. Mr. Holmes es demasiado lenta y demasiado escasa. McKellen consigue llevar la película a buen puerto, pero él aporta mucho más que el director o el guionista Jeffrey Hatcher a la hora de mostrar de verdad en la pantalla a un Holmes digno de tal nombre.

'Cut Bank', lo predecible no quita lo valiente

Buceando entre la filmografía televisiva de Matt Shakman, que debuta en el mundo del largometraje con Cut Bank, no sorprende en absoluto que haya dos episodios de la versión de Fargo para la pequeña pantalla. Aunque sea desde un estilo diferente, la película de los hermanos Coen viene a ser un referente para Shakman a la hora de construir el universo de este su primer filme, un thriller que tiene su mayor defecto en que es bastante predecible, en que se puede anticipar buena parte de su desarrollo después de que se hayan puesto sobre la mesa todos los elementos y personajes, y en que estos son algo tópicos. Pero el caso es que la película se salva y consigue interesar porque el final es una vuelta de tuerca acertada y compensa lo previsible de la hora anterior, pero sobre todo porque el reparto está espléndido, sobre todo por sus nombres más veteranos, los de John Malkovich y Bruce Dern.

En realidad, no hay nada nuevo bajo el sol de Cut Bank. Su historia, que gira en torno a un asesinato (¿por qué añadir nada más si la propia película va desvelando información a partir del misterio?), involucra a una joven pareja (Liam Hemsworth y Teresa Palmer), al padre de ella (Billy Bob Thornton), al sheriff del pueblo (Malkovich), a su cartero (Bruce Dern) y a un extraño vecino que no se relaciona con nadie (Michael Stuhlbarg). Una vez planteado el misterio, no hay que ser demasiado avispado para saber cómo va a terminar. Falta por aclaraer un pequeño detalle, un mcguffin sugerente que Shakman emplea con bastante habilidad, y un epílogo igualmente atractivo, pero el resto se ve venir a la legua. Dado el gran número de elementos tópicos que introduce la película, es difícil que su recorrido no vaya exactamente por donde lo hace. Ese es, con diferencia, el mayor lastre del filme.

Pero se puede olvidar porque los actores van consiguiendo que cada escena funcione por separado, dando una a ratos brillante cohesión a la historia, haciendo que se pase por alto que, en realidad, esto nos lo han contado una y mil veces. No importa que Malkovich sea el arquetípico sheriff de pueblo americano que en su vida ha visto un asesinato, que Stuhlbarg busque los caminos más habituales para generar inquietud con su presencia o que Hemsworth y Palmer cumplan con el arquetipo de pareja joven y guapa, en el fondo se siente que los actores están disfrutando con los personajes y eso eleva el nivel del resultado global. De esta forma, y aún con pleno conocimiento de que no hay nada verdaderamente original, la película se ve con bastante agrado, e incluso se admiten sus puntos más débiles y sus escenas más inverosímiles como algo razonable. Dern, Malkovic y Oliver Platt, en un pequeño papel, hacen además que los diálogos destaquen.

Quizá el problema es que, pensando en esa referencia de Fargo, Shakman no ha terminado de encontrar su propio camino. A veces da la impresión de que quiere buscar un reverso más explícitamente violento pero al momento siguiente soluciona una escena de ese tipo con una elipsis. A veces parece que quiere explorar la faceta más absurda y casi onírica, pero de repente cae en lo más costumbrista y predecible. Cut Bank es una película que no termina de romper pero que tampoco aburre. No le da tiempo a caer en la monotonía en sus 93 minutos, una duración correcta para un filme que al menos sabe contar una historia de una forma adecuada, manejando bien a sus personajes y prestando atención al detalle. Y sí, es bastante previsible, pero sin tomar el pelo a nadie. Malkovich, Dern y Platt son la mejor muestra de que la película es honesta y de que tiene puntos de interés.

viernes, agosto 14, 2015

'Extinction', las debilidades que no cubre una buena puesta en escena

Es verdad que los muchos precedentes que tiene Extinction marcan una pauta clara de la que Miguel Ángel Vivas no se quiere salir. Los zombis, las plagas, los muertos vivientes, los infectados... Da igual cómo se llamen las criaturas protagonistas de este cine, se mueven en unos códigos claros, y el simple respeto a los mismos ya coloca a cualquiera película en el camino de satisfacer a los aficionados. Pero Vivas rueda bien. Eso hay que reconocérselo incluso aunque no se aleje demasiado de las claves reconocibles. En todo caso, Extinction, que tiene una francamente buena puesta en escena, sucumbe a unas debilidades que también son muy habituales en el género, los agujeros del guión, una construcción de personajes bastante irregular e incluso algunas trampas al solitario, problemas casi todos ellos concentrados en torno a un mismo personaje, el de la niña, desperdiciando así un casting bastante notable, algo que no es nada fácil cuando se trata de niños.

Durante buena parte de la película prima lo bueno. Extinction arranca francamente bien, con un prólogo atractivo, y tiene unas bases argumentales más que interesantes. Dos hombres que han sobrevivido nueve años en este mundo postapocalíptico poblado por zombis se mantienen alejados aunque viven como vecinos a cuenta de una mujer y la hija que ha dejado, sin más explicaciones inicialmente que las de su situación actual. La relación entre esos dos hombres, Matthew Fox y Jeffrey Donovan, y la forma en la que cada uno de ellos encara la amenaza a la que tienen que hacer frente es uno de los puntos fuertes del filme. La soledad, casi la locura del primero, la obsesiva preocupación por la niña del segundo. Una dualidad interesante, bien llevada además a través de los flashbacks que introduce Vivas, simplificadores del trabajo que puede hacer el espectador, sí, pero coherentes con el planteamiento.

Pero es con la presencia de la niña, Quinn McColgan, cuando comienzan los problemas. No por ella, porque su desparpajo es perfecto, su imagen también y la forma en la que encara escenas muy diversas es más que notable. Pero su personaje no funciona, no está bien construido. Es el que claramente rompe el escenario de nueve años viviendo en un mundo rodeado de peligros, el que no se comporta como si realmente llevara tanto tiempo alejada de todo contacto humano. No es coherente ni en su forma de hablar, ni en sus miedos, ni en su comportamiento. Y, sin que sea culpa de McColgan, va conduciendo la película a través de una serie de problemas e incoherencias hasta llegar a un clímax final que se antoja demasiado distinto del tono de la película y, de nuevo, culminado con algunos errores más (¿de verdad unos zombis que se guían a través del oído no escuchan a una niña moverse en un sótano inundado?).

Los problemas de Extinction no llevan la película al desastre, ni mucho menos, y siguen quedando muchos elementos interesantes para disfrutar de ella como parte de este tipo de cine, y más teniendo en cuenta que no deja de ser un filme español por mucho que esté rodado en inglés. Siempre es de agradecer el esfuerzo adicional que implica mezclar actores locales (es el caso de Claro Lago, aunque su personaje tenga poca presencia) e internacionales, y llevar la acción a un arquetípico escenario norteamericano con unas limitaciones presupuestarias evidentes y muy bien solventadas con talento. Eso no soluciona lo que no funciona, y sigue siendo frustrante que los detalles (¿de verdad una niña que acaba de ver por primera vez en su vida un monstruo que pensaba que no existía y del que su padre le ha hablado tanto lo primero que hacer es irse sola a tirar flores por una valla?) consigan sacar del ambiente de la película con tanta facilidad. Pero si se supera eso, el entretenimiento está asegurado.

'Operación U.N.C.L.E.', risas enlatadas

Dentro del inagotable ciclo de adaptaciones de viejos títulos que inciten a despertar la nostalgia de espectadores de diferentes edades, le toca el turno a la clásica serie de los años 60 que en España se conoció como El hombre de CIPOL y que ahora nos llega en versión cinematográfica respetando las siglas originales. Operación U.N.C.L.E., no obstante, es una de esas actualizaciones que se han dejado el encanto en los años que han pasado desde el original y han querido explotar una vía completamente diferente. ¿Cuál en este caso? La de la personalidad de Guy Ritchie. Esto no es El hombre de CIPOL, ni por asomo, sino una película más de Guy Ritchie. Y además no es una de las mejores de un director que llevaba muchos años enfrascado en Sherlock Holmes y su secuela, muestras acertadas de lo que es capaz de hacer, pero que no consigue enganchar casi en ningún momento con esta especie de mezcla entre ese toque socarrón que Robert Downey Jr. añadió a su estilo y una especie de intento de regreso a los orígenes.

El problema de Operación U.N.C.L.E. es que sólo le faltan las risas enlatadas. Su comedia es tan forzada que no da la impresión de que el propio Ritchie se la haya terminado de creer. Desde luego no lo han hecho ni Henry Cavill ni Armie Hammer, y en menor medida Alicia Vikander, a los que Ritchie condena a poses de absoluta inmovilidad gestual con unos personajes abiertamente planos, que en teoría buscan la comicidad en la contraposición de carácter pero que al final lo único que oponen es la inmovilidad de sus rostros. Y como el mismo Ritchie se empeña en escamotear algunas de las escenas de acción como la huida en barca o el asalto a la fortaleza precisamente para potenciar esa sensación (¿o es que Warner le pidió que aligerara el presupuesto de la cinta de esa forma?), se entiende que no estamos sólo ante una falta de capacidad de los actores sino ante una decisión consciente y que está lejísimos de provocar el efecto deseado.

Lo que logra, en realidad, es algo de aburrimiento. Y eso, en una película que pretende ser una mezcla de acción y comedia, es un problema bastante severo que afecta por completo a toda la película. Ni el marco de la Guerra Fría (que, en realidad, se olvida completamente después de la primera escena en el Berlín ocupado), ni el cambio de escenario para que el filme se convierta en un exótico tour por todo el mundo (algo que, hoy en día, ya está al alcance de cualquier tipo de película), ni tan siquiera los continuos giros de guión para que los personajes vayan encontrando su encaje provocan mucho más que el avance rutinario de una historia ya de por sí bastante simple. No es que sea un filme catastrófico, no es eso, pero desde luego está muy, muy lejos no sólo de los objetivos que podría tener sino incluso de la misma capacidad de un director que se ha labrado una fama haciendo películas que, de hecho, beben de premisas muy parecidas a las de esta.

Pero Operación U.N.C.L.E. (que ya para rematar las malas sensaciones en la versión doblaba machaca la pronunciación anglosajona del término) se aburre en sus propios rincones, no encuentra chistes memorables, no tiene secuencias de acción que sorprendan, sus personajes no están definidos más allá del tópico más esperable. Si la película no viniera firmada por Guy Ritchie, si no recuperara una vieja serie de televisión o si no tuviera una apuesta tan descarada por conectar desde la música y el sonido mucho más que desde la imagen (de la que, hay que insistir, prescinde muchas veces), probablemente recibiría mucha menos atención de la que va a recibir. Y merecer, lo que se dice merecer, no merece demasiada porque no sobresale en nada. Se ve y se olvida con la misma facilidad, y eso, en un director como Guy Ritchie, que gusta tanto del impacto puntual y de los personajes carismáticos, es aún más grave, incluso aunque la conexión con su cine no sea tan plena como la fama que tienen algunos de sus filmes más populares.

'Tracers', sólo con parkour no se monta una historia

Es bastante evidente que Tracers es una de esas películas que busca un tema, algo llamativo que llene un trailer, y a partir de ahí construye un proyecto. Mal camino, por mucho que tantos y tantos estudios de Hollywood lo sigan al pie de la letra buscando modestos éxitos que al menos les hagan recuperar sus inversiones. Mal camino porque de ahí sólo pueden salir malas películas. Tracers lo es. Sin disimulo y casi con descaro, plenamente consciente del incontable número de tópicos que acumula en torno a su excusa, que no es otra que el parkour, esa modalidad de saltos urbanos que queda tan bien en pantalla pero que, desde luego, no puede ser la única base para un filme. Lo que utiliza Tracers a su alrededor es algo tantas veces visto que provoca hasta risas involuntarias y el hecho de contar con una supuesta estrella emergente de una saga popular, en este caso Taylor Lautner y Crepúsculo, no hace más que añadir argumentos para que el resultado sea francamente malo.

Se nota tanto que el parkour no es más que una excusa, que sirve para partir la película por la mitad. La primera parte es la del espectáculo visual, la que tiene que servir para convencer a los practicantes y aficionados del parkour de que ha compensado pagar la entrada. La segunda es la que en teoría tendría que añadir una historia atractiva al artificio. Pero no lo hace. Lo que hace el guión (¡escrito nada menos que por cinco personas, tres encargadas de desarrollar la historia y una sin acreditar!) que ejecuta Daniel Benmayor es acumular situaciones tópicas, diálogos trillados y estereotipos que se ven venir a la legua dentro de una trama tan rocambolesca que sobrepasa por mucho los límites de lo verosímil y que tiene errores de bulto, de esos que ayudan a que los personajes no estén bien construidos. Pero es que los personajes importan poco en la película. Lo que importa es su imagen, que encajen en el estereotipo de chavales de buen ver que un estudio de mercado avale para captar público joven.

Tendría que ser sorprendente que eso baste para que alguien pague entradas de cine, pero viendo la continua repetición de estos esquemas hay que suponer que es así. Taylor Lautner, amparado por su franquicia previa de éxito no sé sabe por cuánto tiempo, y Marie Avgeropoulos encajan en las descripciones físicas, tanto de aspecto como de movimiento (aunque se intuye que hay un trabajo abundante de los especialistas, porque en la vida real no debe de ser tan fácil aprender parkour como le resulta al protagonista del filme), con lo que Tracers tiene ya todos los elementos que quería: saltos que permitan a su director utilizar cámaras de todo tipo (hay que reconocerle al menos que la experiencia no es tan mareante como podría haber sido) para rodar la acción específica de esta película y colocar todos los tópicos a continuación para alcanzar una duración comercialmente aceptable, que afortunadamente se queda en los 94 minutos.

Como la eficacia de los planos de parkour la podrá medir mejor un experto que un espectador, y con seguridad Youtube estará lleno de vídeos de auténticos genios de la disciplina, el mayor aliciente de Tracers queda algo diluido. El mayor y el único, habría que decir, porque el resto es bastante rutinario. Nada que sorprenda, nada que se salga de los lugares más transitados de este tipo de cine. Nada de nada, en realidad. Y como no hay nada, no importa mucho cómo se construya esa nada, con un final absolutamente rocambolesco, surrealista incluso, que corona un despropósito bastante peculiar. Quizá sea suficiente para adolescente con dinero que gastar y poco deseo de exprimir el cerebro, pero en el fondo da cierta pena que haya un público que se contente con tan poco. Y no es que el parkour no pueda dar para construir una película en torno a él, desde luego, es que eso también se puede hacer bien o rematadamente mal como en Tracers.

viernes, agosto 07, 2015

'Misión imposible. Nación secreta', una serie de inagotable encanto

Quién iba a decir en el ya lejano 1996, cuando Brian De Palma llevó a la gran pantalla la mítica serie de televisión de Misión imposible que hoy, dos décadas más tarde, seguiríamos disfrutando de las aventuras de un Ethan Hunt con el mismo rostro, el de un incansable Tom Cruise, y que la saga habría alcanzado un nivel tan extraordinario. Porque sí, hay que decirlo, Misión imposible es hoy en día el único rival posible de la mística de James Bond. En esta quinta entrega, Nación secreta, Christopher McQuarrie se ha lanzado a un decidido homenaje a todas las anteriores (incluyendo el único patinazo de la serie, la segunda entrega, dirigida por John Woo, a la que supera con creces en la persecución por carretera que imagina) que convence de principio a fin, desde el intenso y divertidísimo prólogo que sirve para volver a sentar de nuevo las bases de lo imposible hasta el final, tan sencillo en su ejecución como brillante por su significado. Y entre medias, algo más de dos horas de intensa diversión y de sincero y brutal entretenimiento.

Y eso se agradece aún más porque la serie ha ido creciendo poco a poco. Si el primer filme pareció autoconclusivo (¿cuando se olvidó Hollywood de hacer que sus historias fueran así para pensar antes de un primer filme en que una franquicia es siempre necesaria?) y el segundo pareció sumir la serie en un cambio radical de estilo, las tres siguientes entregas han apostado decididamente por la creación de un universo con una continuidad reconocible. Y más que una continuidad, una espléndida mezcla entre el tono más clásico del espionaje que propugnaba la serie con una tecnología formidable, escenas de acción de una ejecución brillante (merece la pena destacar la persecución de motos, que por cierto esconde un pequeño guiño final a Casino Royale), coreografías de acción muy bien construidas, escenarios exóticos, muchos guiños a las películas anteriores (y, por qué no decirlo, incluso a Hitchcock) y un humor muy adecuado y liberador.

Parte del éxito está, precisamente, en que el grupo de espías que se ha ido formando en torno a Ethan Hunt funciona francamente bien para conseguir esa mezcla entre acción y humor. A estas alturas, el carisma de Tom Cruise como héroe de acción está más que demostrado (por si acaso, ojo a su entrada en escena en este filme), pero Simon Pegg, Jeremy Renner y Ving Rhames ayudan muchísimo a que la película encuentre un desarrollo fluido y divertido. Pero es que además los tres añadidos en esta entrega son tan acertados que por momentos da la sensación de que ya formaban parte de la saga. Rebecca Ferguson aporta ese misterioso encanto del espionaje con un personaje femenino fuerte y muy bien definido, Alec Baldwin aporta una presencia que invita a cabrearse todavía más por desaprovechar tan a menudo su talento en comedias absurdas y películas de medio pelo, y Sean Harris da vida a un villano interesante que sí supone un reto para los héroes. Nada falla por ese lado.

Sí se puede decir que hay algún que otro altibajo en el ritmo, algo fácil de comprender viendo su duración de 131 minutos (aunque no es excusa, ya que todas las entregas de la serie salvo la primera superan las dos horas y manejaban mejor este aspecto), pero McQuarrie ha firmado una muy buena película de acción, que provoca continuas sonrisas de aprobación entre los seguidores de la saga, entre el aficionado al género y quizá también entre quienes se asomen por primera vez al mundo de Ethan Hunt. Y es que ofrece un entretenimiento tan sincero y desenfadado que es toda una invitación total a ver o redescubrir toda la saga. Misión imposible va a llegar a las dos décadas de vida cinematográfica en una buena forma casi imposible de creer. Y sí, desde parámetros completamente distintos, siendo la única serie de acción que se merece estar cerca de las aventuras de 007. Si Bond es ahora más oscuro, Misión imposible es un entretenimiento más divertido. Y las dos conviven de fábula para deleite de los que estamos a este lado de la pantalla.

'Ciudades de papel', la aventura de crecer

No es nuevo el fenómeno cinematográfico de las adaptaciones de libros juveniles de éxito en los que el nombre del escritor es más importante que el del director. Tras Bajo la misma estrella, Ciudades de papel es la siguiente película basada en un libro de John Green mucho más que el segundo trabajo de Jake Schreier, que ya se había encargado de la sugerente Un amigo para Frank. En cualquier caso, el resultado es una agradable historia sobre el salto de la adolescencia a la madurez, sobre la idealización de los amores juveniles y más sobre la amistad que sobre las cuestiones del corazón, por mucho que su arranque, su cartel y hasta su sinopsis haga creer lo contrario. Y precisamente por eso, la película tarda en arrancar, porque los dos amigos de Quentin, el protagonista, tardar en alcanzar los roles que hacen que la historia sea tan simpática. Ese es quizá el único defecto claro que tiene el filme, del que se sale con cierta sensación de que no había capacidad para sorprender en su tramo final pero con muy buen sabor de boca.

Ciudades de papel tiene dos partes asimétricas. En la primera, Quentin (Nat Wolff) cuenta su historia en primera persona, cómo se enamoró de su vecina Margo (Cara Delavigne) cuando llegó al barrio siendo niños y como la adolescencia les separó, siendo ella más rebelde y él mucho más cabal. De repente, ambos se vuelven a acercar y viven una noche volcada en las sensaciones de la chica, en su locura, en su ansia de vivir el momento. Tras la primera media hora, la cinta entra en su segunda parte, en la que el protagonismo lo comparte Quentin con sus dos grandes amigos, y se transforma el tema central del filme, convirtiéndose en una aventura a medio camino entre la road movie y la reflexión sobre el fin de una era, la de los años de instituto. Del ritmo frenético de esa primera media hora a una transición personal, la que experimenta el propio Quentin, mucho más progresiva. Y es interesante la forma en la que esas dos formas de ver la vida se enfrentan, se adaptan e incluso se contagian sin llegar a chocar en ningún momento.

Para mostrar ese contraste, Schreier maneja bastante bien a sus actores. Consigue que haya química entre Wolff y Delavigne, pero también acaba logrando que los tres amigos (se suman al grupo los jóvenes actores Justice Smith y Austin Abrams) muestran una enorme familiaridad. De hecho, los momentos más divertidos y simpáticos están en ese segundo tramo de la película, y se acentúan cuanto más y mejor conocemos al grupo, haciendo olvidar lo que tarda en arrancar la historia por ese lado. Se puede achacar a la película que no hay en realidad gran capacidad de sorpresa y que se ve a la legua qué va a suceder con cada personaje, incluso con la aventura que emprende Quentin, que no se sale casi ni un milímetro del único final posible que se puede intuir desde muchos minutos antes. Previsible pero efectivo, y al final eso es lo que cuenta, porque precisamente por la condición original que exhibe la película, la de "basada en el libro de John Green" lo que cabe esperar es una historia más simpática que realmente novedosa.

Y eso lo consigue. Aunque tenga sus defectos, aunque haya aspectos que no estén explicadas con demasiada brillantez, lo agradable y lo divertido supera con creces a cualquier elemento que pueda chirriar. Incluso sabe adentrarse en temáticas que quizá puedan sorprender a espectadores algo más adultos del público objetivo que debería tener este filme. No es, desde luego, la reinvención de nada, pero encaja bastante bien en este universo juvenil creado por Green, bien adaptado por los guionistas de los dos filmes que beben de sus novelas, Scott Neustadster y Michael H. Weber, y con un reparto que da el aire de realidad necesario para que el resultado final no sea tan prefabricado como cabría tener de un producto tan fácilmente encasillable a priori como este. Pero Ciudades de papel se escapa de los terrenos más anticipables en muchos aspectos precisamente por la simpatía que desborda la historia y la forma en la que se cuenta en el filme, que acaba ofreciendo así un buen rato, probablemente mejor de lo esperado.

Para promocionar la película, el equipo de Ciudades de papel estuvo en Madrid. Tuvimos la ocasión de entrevistar a Nat Wolff para Cine y Comedia, y en este enlace podéis leer ese encuentro de forma completa.

viernes, julio 31, 2015

'El secreto de Adaline', la importancia del detalle

En la primera escena de El secreto de Adaline, el personaje de Blake Lively le dice a un chaval que se dedica a vender documentación falsa que preste atención a los detalles, porque eso es lo que puede delatarle. Eso acaba siendo prácticamente una premonición para la película. Una buena película, intensa, emocionante, de muy lograda atmósfera y de buenas, muy buenas interpretaciones. Pero con un par de detalles que son los que impiden que sea uno de esos filmes que se quedan grabados a fuego en la memoria. Detalles de guión, como la presencia de algún personaje totalmente superfluo (la hermana del coprotagonista) o una excesiva previsibilidad, incluso deslices como tener que explicar algo que la protagonista tendría que saber (la escena del Trivial) o deseos absolutos de aprovechar obras ajenas, desde la narración de El curioso caso de Benjamin Button, con la que se puede trazar algún paralelismo, o el aspecto de Michiel Huisman, idéntico al que luce en Juego de tronos.

Pero hechas esas salvedades, lo cierto es que la película funciona francamente bien. Sin revelar demasiado de su argumento, es una historia que lidia desde una perspectiva fantástica con el paso del tiempo y cómo afecta eso al amor. Es, por tanto, una película romántica, por momentos se puede decir que incluso ñoña (sin que ese adjetivo tenga aquí connotación negativa alguna), que tiene su primer punto fuerte en un armazón cronológico muy potente. La estructura de la película, lejos de ser lineal, funciona espléndidamente, aunque la voz en off que acompaña esos saltos deje algunas dudas, asienta el tono de fábula que no pierde nunca la película pero también le da algo de pretenciosidad que no ayuda. El otro gran acierto de la película es su aspecto, cercano pero al mismo tiempo, de nuevo, cercano a la fábula. Quiere ser una historia realista hasta cierto punto, pero también satisfacer a quienes buscan el lado más fantástico de su trama. Y lo consigue.

El tercer aspecto en el que la película sobresale es su reparto, pero los principales elogios en ese sentido se pueden mezclar con el segundo de sus aciertos. Desde siempre, y aunque su belleza engañe en ese sentido, Blake Lively ha parecido mejor actriz de lo que algunos de sus papeles han permitido ver. Su presencia en El secreto de Adaline es al mismo tiempo angelical y pesarosa, y eso es un elemento más, el principal, del aspecto que quiere tener el filme. La fábula, la realidad y la fantasía se pierden en la mirada de Lively, en su media sonrisa, en su calculado lenguaje corporal. Aunque Huisman no dé la misma sensación de solidez, el hecho de compartir la película con ella le da a su trabajo más empaque del que ella aporta. Y la presencia de actores veteranos es un argumento más. Ellen Burstyn y Kathy Baker están espléndidas, pero es Harrison Ford el que llama la atención. Es otro que es mejor actor de lo que su propio icono le ha dejado ser, de lo que él mismo ha mostrado en los últimos años. Es su mejor trabajo desde hace mucho tiempo.

Si en el guión hay ideas interesantes, muy interesantes de hecho (y quizá la fundamental sea dar el protagonismo de la película, por lo que cuenta y por lo que implica, a una mujer), y si hay sobre todo dos actores haciendo trabajos brillantes como Blake Lively y Harrison Ford (aunque su presencia se haga de rogar y no llegue hasta el tramo final), es evidente que la película funciona. Pero al mismo tiempo queda en el debe de Lee Toland Krieger, un director todavía con poca experiencia, no haber sabido pulir los defectos que impiden que el filme dé un salto de calidad que probablemente podría haber dado. Los detalles, los detalles de los que habla Adaline al comienzo del filme, los que marcan la diferencia entre lo bueno y lo excelente. Aún así, no es poca cosa ser bueno y El secreto de Adaline (otra de esas traducciones con inventiva del original The Age of Adaline) lo es.

viernes, julio 24, 2015

'Ant-Man', sobreviviendo pero con agujeros

Cuando se supo que Edgar Wright iba a dirigir Ant-Man hubo una oleada de reacciones positivas, o al menos intrigadas por lo que un director como él podía hacer en una franquicia superheroica. Cuando se anunció que Marvel prescindía de Wright por las famosas diferencias creativas y la puso en manos de Peyton Reed, un halo de pesimismo se instaló sobre el futuro de la película. ¿El resultado? Uno con muchos agujeros visibles, tanto para el que conozca ese reemplazo en la silla de director y la posterior reescritura del guión como para quien no sepa nada de esos cambios de rumbo, pero que consigue sobrevivir dentro del universo Marvel cinematográfico. Lo hace por los pelos y sin lanzar cohetes, y eso quiere decir que probablemente estemos ante la más floja adaptación de los personajes de la editorial, pero con un mínimo de entretenimiento basado en los acertados logros visuales y en el carisma del reparto. Eso sí, es muy fácil considerar Ant-Man como una oportunidad perdida.

Esa consideración se puede tener, además, desde dos puntos de vista. La tendrán, sin duda, los fans de Wright, encorajinados por las declaraciones de Joss Whedon en las que alabó sin medida su guión cuando estaba promocionando Vengadores. La era de Ultrón. Pero la tendrán también los fans del universo cinematográfico de Marvel, porque las buenas ideas que tiene la película, que en realidad son muchas, se diluyen por culpa de un guión claramente compuesto de retales (el más evidente, la conexión que se quiere establecer con los Vengadores resultantes de la segunda película del grupo, un escena del todo innecesaria salvo por esa razón y muy incoherente con la historia), por un exceso de metraje especialmente en la primera hora que seguramente se debe a una falta de seguridad en el producto acabado (de ahí la insistencia en repetir mensajes sobre el futuro no criminal del protagonista o el cariño que siente su hija por él) y por un montaje equivocado en muchos momentos, que no impone el ritmo necesario.

Esos son los defectos de Ant-Man. ¿Los aciertos? Hay que reconocerle muchos. Para empezar, era máxima la dificultad de llevar a la pantalla a un personaje como este, de poderes nada comparables a los de Thor, Iron Man o Hulk, y de protagonismo terriblemente lejano al del Capitán América. Y sin embargo el resultado es convincente. La adaptación del personaje (traspasando al traje a Scott Lang y no al clásico Hank Pym, aquí envejecido con el rostro de Michael Douglas) es muy acertada, aportando el tono macarra y cómico que Marvel quiere seguir explotando desde Guardianes de la Galaxia. Pero además hay una visualización fascinante del mundo de Ant-Man. Es creíble compartiendo plano con hormigas, sus poderes son verosímiles y sirven tanto como motor de la acción como de la comedia (aunque el gag del tren, divertidísimo, ya lo destripara el trailer). Y sobre todo se ha conjuntando a un reparto con carisma, que nada tiene que envidiar al de otras producciones Marvel a priori más importantes.

Paul Rudd convence, y eso es lo esencial. Es creíble como convicto, como héroe a la fuerza e incluso como padre, sabe aportar las dosis de humor adecuadas y también encaja en la acción. Michael Douglas aporta grandes dosis de carisma, y Evangeline Lilly es una gran incorporación al universo Marvel, que tiene incluso un enorme potencial para seguir creciendo si el estudio cuenta con ella, aunque Reed le dé un carácter omniprsente que juega en su contra y en el del uso del tiempo en la historia. La película vuelve a flojear por el lado del villano, en primer lugar por quemar demasiado rápido la bala de Chaqueta Amarilla, pero sobre todo porque con él la película encuentra caminos que prácticamente calcan los del primer Iron Man. Salvando sus errores de montaje, la media hora final cumple con creces, y eso permite salir con buen sabor de boca. Como con el habitual y esta vez escaso cameo de Stan Lee y las dos escenas postcréditos (la primera formidable, la segunda un pegote que busca anunciar la próxima película y nada más). Todo eso es el entretenimiento, por mucho que persista la sensación de que se podría haber hecho más.

'Pixels', muy poco carisma

Cuando se apela a la nostalgia, hay que hacerlo de una forma carismática. De lo contrario, el vacío se nota mucho más de lo normal. Eso es justo lo que le ha pasado a Pixels. Su premisa, una invasión alienígena que toma la forma agigantada de viejos videojuegos de arcade que sólo podrán repeler unos viejos amigos que dominaban esas maquinitas en los 80 y que han llegado a nuestros días en posiciones de lo más diversas, es simpática. Nostálgica, sin duda. Pero el envoltorio que le han dado al concepto tiene tan poco carisma, y tanta culpa hay en el guión como en el reparto, que a ratos acaba siendo aburrida. Chris Columbus rueda bien las dos grandes escenas de acción que hay en el filme, y que no por casualidad son las que se inspiran en los dos videojuegos más conocidos de todos los que aparecen, Pac-Man y Donkey Kong, pero eso es prácticamente todo lo que ofrece Pixels. Y es una pena, porque podría haber dado mucho más de sí.

Al margen o no de ese parecido con un episodio de Futurama del que tanto se habla en Internet, lo cierto es que Pixels no termina de funcionar, y no precisamente por el entorno de videojuego que asume. Esa es la parte divertida, la más lograda, tanto a nivel visual como por historia. El problema está en que la comedia que tendría que haber alrededor de eso no es graciosa. Adam Sandler no es gracioso. Aquí, desde luego, no. Pero no sólo él, Kevin James y Josh Gad tampoco divierten con sus chistes y sus excesos. No tiene gracia el diálogo del presidente de los Estados Unidos con la primera ministra británica y sus problemas de comprensión, no es divertido ver a Adam Sandler en una reunión de seguridad en la Casa Blanca ni tampoco los flirteos del protagonista con el personaje de Michelle Monaghan, quizá la mejor actriz y la más perdida en este baturibullo. Casi tanto como el desperdiciado personaje de Brian Cox o el inexistente de Sean Bean. Con diferencia, el mayor carisma, el poco que hay en el filme, lo aporta Peter Dinklage.

Asumiendo que Pixels no va a ser graciosa por el guión de Tim Herlihy y Timothy Dowling, ambos acostumbrados a la comedia y el primero incluso autor de varias películas de Adam Sandler, sólo queda el componente nostálgico plasmado en la pantalla a través de unos simpáticos efectos visuales. Aunque hay tres grandes escenas de acción en la película, son las dos últimas las que concentran toda la atención. En ellas hay un muy buen despliegue de efectos visuales que supone una verosímil incluso del mundo del videojuego de los años 80 en el cine de alto presupuesto del siglo XXI. Las versiones de esas viejas maquinitas tienen su graciosa y Columbus rueda y monta bien esa acción, aunque por el camino haya alguna que otra incongruencia o momento imposible que se podría haber evitado, y eso es lo que de alguna manera salva la película.

Eso quiere decir que la nostalgia es lo poco que puede ofrecer Pixels. La nostalgia y el detalle menor, como los cameos (de actores y no actores) o la presencia a veces casi inadvertida de algunos personajes que aparecen por el fondo, o chistes como la presencia de la clásica heroína de videojuego de fantasía heroica como mito erótico. Poca cosa teniendo en cuenta que la película podría haberse convertido en un delirante despliegue visual que podría haber deleitado tanto a los chavales que crecieron en las salas de recreativas como a los que no han conocido aquella época. Tron, por ejemplo, capturaba mucho mejor esa evolución. Pixels no pasa de ser una peliculita que quiere ser muchas cosas y que al final acaba por no ser ninguna. No es abiertamente mala y se deja ver sin demasiadas exigencias, pero las posibilidades del concepto y de los personajes que quieren apuntarse daba para haber llegado mucho más lejos. Columbus no consigue extraer todo lo que había en la propuesta, que probablemente habría funcionado mejor además con otro reparto.