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viernes, agosto 14, 2015

'Extinction', las debilidades que no cubre una buena puesta en escena

Es verdad que los muchos precedentes que tiene Extinction marcan una pauta clara de la que Miguel Ángel Vivas no se quiere salir. Los zombis, las plagas, los muertos vivientes, los infectados... Da igual cómo se llamen las criaturas protagonistas de este cine, se mueven en unos códigos claros, y el simple respeto a los mismos ya coloca a cualquiera película en el camino de satisfacer a los aficionados. Pero Vivas rueda bien. Eso hay que reconocérselo incluso aunque no se aleje demasiado de las claves reconocibles. En todo caso, Extinction, que tiene una francamente buena puesta en escena, sucumbe a unas debilidades que también son muy habituales en el género, los agujeros del guión, una construcción de personajes bastante irregular e incluso algunas trampas al solitario, problemas casi todos ellos concentrados en torno a un mismo personaje, el de la niña, desperdiciando así un casting bastante notable, algo que no es nada fácil cuando se trata de niños.

Durante buena parte de la película prima lo bueno. Extinction arranca francamente bien, con un prólogo atractivo, y tiene unas bases argumentales más que interesantes. Dos hombres que han sobrevivido nueve años en este mundo postapocalíptico poblado por zombis se mantienen alejados aunque viven como vecinos a cuenta de una mujer y la hija que ha dejado, sin más explicaciones inicialmente que las de su situación actual. La relación entre esos dos hombres, Matthew Fox y Jeffrey Donovan, y la forma en la que cada uno de ellos encara la amenaza a la que tienen que hacer frente es uno de los puntos fuertes del filme. La soledad, casi la locura del primero, la obsesiva preocupación por la niña del segundo. Una dualidad interesante, bien llevada además a través de los flashbacks que introduce Vivas, simplificadores del trabajo que puede hacer el espectador, sí, pero coherentes con el planteamiento.

Pero es con la presencia de la niña, Quinn McColgan, cuando comienzan los problemas. No por ella, porque su desparpajo es perfecto, su imagen también y la forma en la que encara escenas muy diversas es más que notable. Pero su personaje no funciona, no está bien construido. Es el que claramente rompe el escenario de nueve años viviendo en un mundo rodeado de peligros, el que no se comporta como si realmente llevara tanto tiempo alejada de todo contacto humano. No es coherente ni en su forma de hablar, ni en sus miedos, ni en su comportamiento. Y, sin que sea culpa de McColgan, va conduciendo la película a través de una serie de problemas e incoherencias hasta llegar a un clímax final que se antoja demasiado distinto del tono de la película y, de nuevo, culminado con algunos errores más (¿de verdad unos zombis que se guían a través del oído no escuchan a una niña moverse en un sótano inundado?).

Los problemas de Extinction no llevan la película al desastre, ni mucho menos, y siguen quedando muchos elementos interesantes para disfrutar de ella como parte de este tipo de cine, y más teniendo en cuenta que no deja de ser un filme español por mucho que esté rodado en inglés. Siempre es de agradecer el esfuerzo adicional que implica mezclar actores locales (es el caso de Claro Lago, aunque su personaje tenga poca presencia) e internacionales, y llevar la acción a un arquetípico escenario norteamericano con unas limitaciones presupuestarias evidentes y muy bien solventadas con talento. Eso no soluciona lo que no funciona, y sigue siendo frustrante que los detalles (¿de verdad una niña que acaba de ver por primera vez en su vida un monstruo que pensaba que no existía y del que su padre le ha hablado tanto lo primero que hacer es irse sola a tirar flores por una valla?) consigan sacar del ambiente de la película con tanta facilidad. Pero si se supera eso, el entretenimiento está asegurado.

'Operación U.N.C.L.E.', risas enlatadas

Dentro del inagotable ciclo de adaptaciones de viejos títulos que inciten a despertar la nostalgia de espectadores de diferentes edades, le toca el turno a la clásica serie de los años 60 que en España se conoció como El hombre de CIPOL y que ahora nos llega en versión cinematográfica respetando las siglas originales. Operación U.N.C.L.E., no obstante, es una de esas actualizaciones que se han dejado el encanto en los años que han pasado desde el original y han querido explotar una vía completamente diferente. ¿Cuál en este caso? La de la personalidad de Guy Ritchie. Esto no es El hombre de CIPOL, ni por asomo, sino una película más de Guy Ritchie. Y además no es una de las mejores de un director que llevaba muchos años enfrascado en Sherlock Holmes y su secuela, muestras acertadas de lo que es capaz de hacer, pero que no consigue enganchar casi en ningún momento con esta especie de mezcla entre ese toque socarrón que Robert Downey Jr. añadió a su estilo y una especie de intento de regreso a los orígenes.

El problema de Operación U.N.C.L.E. es que sólo le faltan las risas enlatadas. Su comedia es tan forzada que no da la impresión de que el propio Ritchie se la haya terminado de creer. Desde luego no lo han hecho ni Henry Cavill ni Armie Hammer, y en menor medida Alicia Vikander, a los que Ritchie condena a poses de absoluta inmovilidad gestual con unos personajes abiertamente planos, que en teoría buscan la comicidad en la contraposición de carácter pero que al final lo único que oponen es la inmovilidad de sus rostros. Y como el mismo Ritchie se empeña en escamotear algunas de las escenas de acción como la huida en barca o el asalto a la fortaleza precisamente para potenciar esa sensación (¿o es que Warner le pidió que aligerara el presupuesto de la cinta de esa forma?), se entiende que no estamos sólo ante una falta de capacidad de los actores sino ante una decisión consciente y que está lejísimos de provocar el efecto deseado.

Lo que logra, en realidad, es algo de aburrimiento. Y eso, en una película que pretende ser una mezcla de acción y comedia, es un problema bastante severo que afecta por completo a toda la película. Ni el marco de la Guerra Fría (que, en realidad, se olvida completamente después de la primera escena en el Berlín ocupado), ni el cambio de escenario para que el filme se convierta en un exótico tour por todo el mundo (algo que, hoy en día, ya está al alcance de cualquier tipo de película), ni tan siquiera los continuos giros de guión para que los personajes vayan encontrando su encaje provocan mucho más que el avance rutinario de una historia ya de por sí bastante simple. No es que sea un filme catastrófico, no es eso, pero desde luego está muy, muy lejos no sólo de los objetivos que podría tener sino incluso de la misma capacidad de un director que se ha labrado una fama haciendo películas que, de hecho, beben de premisas muy parecidas a las de esta.

Pero Operación U.N.C.L.E. (que ya para rematar las malas sensaciones en la versión doblaba machaca la pronunciación anglosajona del término) se aburre en sus propios rincones, no encuentra chistes memorables, no tiene secuencias de acción que sorprendan, sus personajes no están definidos más allá del tópico más esperable. Si la película no viniera firmada por Guy Ritchie, si no recuperara una vieja serie de televisión o si no tuviera una apuesta tan descarada por conectar desde la música y el sonido mucho más que desde la imagen (de la que, hay que insistir, prescinde muchas veces), probablemente recibiría mucha menos atención de la que va a recibir. Y merecer, lo que se dice merecer, no merece demasiada porque no sobresale en nada. Se ve y se olvida con la misma facilidad, y eso, en un director como Guy Ritchie, que gusta tanto del impacto puntual y de los personajes carismáticos, es aún más grave, incluso aunque la conexión con su cine no sea tan plena como la fama que tienen algunos de sus filmes más populares.

'Tracers', sólo con parkour no se monta una historia

Es bastante evidente que Tracers es una de esas películas que busca un tema, algo llamativo que llene un trailer, y a partir de ahí construye un proyecto. Mal camino, por mucho que tantos y tantos estudios de Hollywood lo sigan al pie de la letra buscando modestos éxitos que al menos les hagan recuperar sus inversiones. Mal camino porque de ahí sólo pueden salir malas películas. Tracers lo es. Sin disimulo y casi con descaro, plenamente consciente del incontable número de tópicos que acumula en torno a su excusa, que no es otra que el parkour, esa modalidad de saltos urbanos que queda tan bien en pantalla pero que, desde luego, no puede ser la única base para un filme. Lo que utiliza Tracers a su alrededor es algo tantas veces visto que provoca hasta risas involuntarias y el hecho de contar con una supuesta estrella emergente de una saga popular, en este caso Taylor Lautner y Crepúsculo, no hace más que añadir argumentos para que el resultado sea francamente malo.

Se nota tanto que el parkour no es más que una excusa, que sirve para partir la película por la mitad. La primera parte es la del espectáculo visual, la que tiene que servir para convencer a los practicantes y aficionados del parkour de que ha compensado pagar la entrada. La segunda es la que en teoría tendría que añadir una historia atractiva al artificio. Pero no lo hace. Lo que hace el guión (¡escrito nada menos que por cinco personas, tres encargadas de desarrollar la historia y una sin acreditar!) que ejecuta Daniel Benmayor es acumular situaciones tópicas, diálogos trillados y estereotipos que se ven venir a la legua dentro de una trama tan rocambolesca que sobrepasa por mucho los límites de lo verosímil y que tiene errores de bulto, de esos que ayudan a que los personajes no estén bien construidos. Pero es que los personajes importan poco en la película. Lo que importa es su imagen, que encajen en el estereotipo de chavales de buen ver que un estudio de mercado avale para captar público joven.

Tendría que ser sorprendente que eso baste para que alguien pague entradas de cine, pero viendo la continua repetición de estos esquemas hay que suponer que es así. Taylor Lautner, amparado por su franquicia previa de éxito no sé sabe por cuánto tiempo, y Marie Avgeropoulos encajan en las descripciones físicas, tanto de aspecto como de movimiento (aunque se intuye que hay un trabajo abundante de los especialistas, porque en la vida real no debe de ser tan fácil aprender parkour como le resulta al protagonista del filme), con lo que Tracers tiene ya todos los elementos que quería: saltos que permitan a su director utilizar cámaras de todo tipo (hay que reconocerle al menos que la experiencia no es tan mareante como podría haber sido) para rodar la acción específica de esta película y colocar todos los tópicos a continuación para alcanzar una duración comercialmente aceptable, que afortunadamente se queda en los 94 minutos.

Como la eficacia de los planos de parkour la podrá medir mejor un experto que un espectador, y con seguridad Youtube estará lleno de vídeos de auténticos genios de la disciplina, el mayor aliciente de Tracers queda algo diluido. El mayor y el único, habría que decir, porque el resto es bastante rutinario. Nada que sorprenda, nada que se salga de los lugares más transitados de este tipo de cine. Nada de nada, en realidad. Y como no hay nada, no importa mucho cómo se construya esa nada, con un final absolutamente rocambolesco, surrealista incluso, que corona un despropósito bastante peculiar. Quizá sea suficiente para adolescente con dinero que gastar y poco deseo de exprimir el cerebro, pero en el fondo da cierta pena que haya un público que se contente con tan poco. Y no es que el parkour no pueda dar para construir una película en torno a él, desde luego, es que eso también se puede hacer bien o rematadamente mal como en Tracers.