lunes, mayo 30, 2011

'Thor. Tales of Asgard', decepcionante animación

Tras el estreno del Thor de Kenneth Branagh, llega este Thor. Tales of Asgard, una película de animación dirigida al mercado de vídeo. Y las expectativas eran altas en ambas. Branagh cumplió de forma notable. Esta cinta de dibujos animados, no. Y no cumple porque no se ha creído en el material. Los diseños no son malos, la historia es sencilla pero podría ser efectiva ante un público no demasiado exigente, al menos a los ojos de los aficionados al personaje de Marvel Comics. Pero es que el resultado es muy pobre técnicamente hablando, peor que bastantes series de televisión de dibujos animados, por debajo de otras películas de Marvel como Iron Man el invencible o Planet Hulk y, sin lugar a dudas, a años luz de la narrativa de los títulos de dibujos animados que ha desarrollado en los últimos años la competencia, DC Comics (a pesar de que estos también tienen ciertas limitaciones en cuanto a su trabajo de animación). Thor. Tales of Asgard se queda como un sencillo quiero y no puedo que sólo servirá a los completistas del género.

Thor es un adolescente arrogante y creído. En la edad del protagonista ya tenemos el primer punto de conflicto con lo que nos gustaría ver. Y es que hay una cierta manía en la ficción popular en convertir a los personajes más populares en adolescentes e incluso niños. No es mal experimento, y puede encajar en un capítulo de una serie de televisión con la misma facilidad que en una serie de cómics, pero chirría si estamos ante un único disparo para hacer llegar una historia al público, como es una película dirigida al mercado de DVD y Blu-Ray. Imagino que la razón de hacer perder años a Thor es para guardar distancias con respecto al filme de Branagh y que el público no piense que es un simple intento de ganar dinero a costa del esfuerzo de aquella película. Pero, al final, es exactamente lo que parece. De hecho, es difícil no ver en Tales of Asgard una especie de precuela de lo que vimos en el cine hace pocas semanas. Aparecen casi los mismos personajes y se hace lo posible para que sus personalidades encajen, aunque aquí parecen más planas que en el largometraje de acción real. Mala señal, porque suele ser al revés.

La simplificación de los personajes es total. Pero hay dos cosas que destacan en esa maraña de convencionalismos, héroes y secundarios cómicos. Por un lado, la primera escena de la dama Sif, que mejora con mucho la presentación del personaje que se vio en la película de Branagh y hace preguntarse por qué parece tan imposible que un personaje femenino encabece una buena película de este género. Por desgracia, su parte buena se queda ahí, en la primera escena. Su participación en el resto del largometraje de animación es pobre y tópica, hasta el punto de aparecer y desaparecer del plano a conveniencia. El otro punto destacable es el final en la película de Loki. Ahí se astisba ya al maquiavélico dios de la mentira que conocemos del cómic. El resto es lo previsto, héroes muy heróicos, secundarios cómicos muy cómicos, diseños muy espectaculares, cameos inevitables y un intento de acción a gran escala que queda frenada, insisto, por la pobreza de la animación, que cercena toda posibilidad de que esta entretenidilla película avance hacia el gran espectáculo que, sin duda, se intuye en las páginas del guión.

Quizá es demasiado castigo a los aficionados del personaje que Thor nunca llegue a empuñar su conocido martillo o portar su casco alado. Sin sus señas de identidad, el personaje de Thor queda en una situación de debilidad que puede hacer que los espectadores marquen distancia. La historia, desde luego, no merece tanto castigo porque cumple con su función de entretener, aunque deje puntos sin explorar que tampoco habían aparecido en la película de acción real como la presencia de la Encantadora (una retorcida mujer que da enseñanzas de magia a Loki). Hasta el clímax final, donde sí es fácil meterse de lleno en la película y disfrutarla, la floja animación distrae bastante (y es una pena que el flashback con la pelea entre Odín y Surtur no sea todo lo espectacular que merecería), pero Thor y su mundo de dioses merecen mucho más que este pequeño, irregular y limitado intento animado. Los completistas la disfrutarán. Los seguidores no demasiado exigentes de Thor, también. Pero para quienes no conozcan esta mitología es mucho mejor puerta de entrada la película de Kenneth Branagh. Indudablemente.

miércoles, mayo 11, 2011

Entrevista con Jaume Collet-Serra, director de 'Sin identidad'

Entrevistar a alguien como Jaume Collet-Serra es un placer. Y lo es porque es un placer hablar con él sobre cine. Se nota que sabe lo que dice, que se ha empapado de cine. Se nota que disfruta con su trabajo. Y deja muy claro que le encanta trabajar con gente que sabe más que él. Sin identidad me gustó mucho y ahora, tras conversar con él durante casi media hora es fácil comprobar el por qué. Collet-Serra sabe que la promoción forma parte de ese trabajo que ha escogido, que su labor no termina cuando la película llega a los cines y por eso cuenta detalles interesantes. Y sabe que en España lo habría tenido prácticamente imposible, y por eso cogió la mochila y se marchó a Estados Unidos con 18 años con el fin de aprender cine, de abrirse camino en Hollywood y de ir acercándose a las películas que le gustaría hacer. Sin identidad confirma que va por el buen camino.

En la conversación que mantuvo con un grupo de periodistas entre los que me incluía, Collet-Serra nos habló del rodaje de Sin identidad, de su trabajo con actores de la talla de Liam Neeson, Frank Langella o Bruno Ganz, de sus futuros proyectos (incluyendo una nueva versión de Dracula), del cine que le hizo adorar el séptimo arte y de cómo ve esta industria en estos momentos. Lástima que sólo fueran 25 minutos, porque queda la sensación de que este hombre tiene mucho que decir. Y si lo sigue diciendo en sus próximas películas con la misma claridad y buen hacer con el que habla en Sin identidad, me tiene garantizado como espectador. La entrevista completa la podéis leer en Suite 101.

lunes, mayo 09, 2011

'Destino oculto', entretenimiento asegurado... y algo más

Decir que Philip K. Dick es un escritor de ciencia ficción con una bibliografía muy apta para dar el salto al cine es algo que ya no puede sorprender a nadie. Destino oculto (lamentable título español, por cierto, de The adjustment bureau traducible como El departamento de ajustes) es la última película basada en uno de sus relatos. Y, como tantas otras, desde Blade Runner a Minority report, pasando por Desafío total (que está a punto de conocer un remake), es un producto que ofrece un entretenimiento seguro, siguiendo unos patrones tan solventes como reconocibles. Pero Destino oculto no es sólo eso. Hay más detrás de su aventura a medio camino entre la fantasía y la ciencia ficción. Y lo que hay es lo que tiene que ofrecer siempre una buena historia de género: motivos para la reflexión y para el debate posterior. No hay respuestas, pero sí preguntas. Y eso, si estamos hablando de una película de Hollywood que muchos verán sólo como un vehículo para comer palomitas, siempre deja un regusto muy dulce.

Destino oculto, aunque parezca mentira por lo que en realidad parece ser, es una fábula. Con una hermosa (y, quizá por eso, casi imposible) historia de amor en el primer plano y con un envoltorio de thriller, pero una fábula al fin y al cabo. Nuestros protagonistas son un político (Matt Damon) que aspira a ser senador por Nueva York (viendo cómo está la política, su personalidad quizá sea lo más inverosímil del filme) y una bailarina clásica (Emily Blunt) que se conocen de la forma más insospechada y que se enamoran a primera vista. A su alrededor, sin que ellos lo vean al principio, se mueven fuerzas que conspiran para que sucedan cosas. O para que no sucedan. Nuevamente, contar más supone alterar el orden en que los responsables de la película quieren que nos llegue la información, pero sí se puede decir que la historia se mueve en torno al libre albedrío, al destino y a lo que estaríamos dispuestos a hacer si supiéramos las consecuencias que pueden tener nuestras acciones. Fascinante debate para después de haber visto la película, por supuesto.

George Nolfi debuta en la dirección con Destino oculto. También se ha hecho cargo del guión, campo en el que tiene algo más de experiencia, aunque no mucha, y siempre en thrillers (El ultimatum de Bourne, Ocean's twelve). Y quizá sea en su labor detrás de la cámara donde se note algo la inexperiencia, donde este relato con muchas posibilidades no alcanza la maestría de Steven Spielberg, Ridley Scott o incluso Paul Verhoeven (quizá sólo reconocida con justicia en el Blade Runner de Scott) en la adaptación de escritos de Philip K. Dick. Pero, aún así, es más que solvente en las dos labores. En la dirección cuenta con un respaldo magnífico, que es el buen trabajo de su reparto, que es capaz de esconder algunas de las carencias del filme. Ni Matt Damon ni Emily Blunt se enfrentan al papel de sus vidas, pero ofrecen una química espléndida y, sobre todo, una verosimilitud, una sencillez y una humanidad que hace despuntar la película. Ellos, junto con la poderosa aparición de Terence Stamp, sostienen con fuerza Destino oculto.

Por supuesto, como en toda buena película de género, hay cuestiones que ponen en duda el universo de naipes levantado para construir la historia. Cuestiones que exigen un salto de fe por parte del espectador y que, si se da (y no es difícil darlo porque la narración engancha desde el principio), permite un disfrute muy amplio de la película. Como ejercicio cinematográfico, Destino oculto destaca por el espléndido uso de las elipsis temporales, conveniente aunque innecesariamente anunciadas en pantalla, pues Nolfi demuestra habilidad para no perder al espectador en la narración incluso sin alertarle del tiempo en que se mueve. Un gran sentido del ritmo en las escenas de persecución (no sería un relato de Philip K. Dick si no hubiera al menos una buena persecución) y en el montaje de la película (las sorpresas y las explicaciones se dosifican muy bien a lo largo del metraje, incluso tardando en aparecer), además de unos adecuados trucajes visuales completan el notable cuadro de Destino oculto.

Es evidente que los aficionados al género y los seguidores de Philip K. Dick esperan mucho cada vez que se anuncia una película basada en uno de sus relatos. Y, obviamente, Destino oculto no llega a las cotas de otros títulos anteriores como la infravalorada Minority report o la inolvidable Blade Runner. Si estamos buscando la obra maestra definitiva, no la encontraremos aquí. Pero si lo que queremos es una honesta y bien rodada aventura de fantasía y ciencia ficción, con actores carismáticos capaces de generar mucha empatía en el espectador (tanto en los momentos buenos -la hermosa y realista escena del autobús- como en los malos -la triste salida del hospital o la representación de danza previa a ese momento-) y un interés creciente en ver cómo se resuelve un misterio, aquí sí tenemos un producto casi perfecto. Da gusto encontrarse con propuestas como ésta en el mundo de la fantasía. No es el colmo de la originalidad, eso no, pero está tan bien hecha y llega tan fácilmente al espectador, que es difícil encontrarle pega alguna.

jueves, mayo 05, 2011

'Sin identidad', modélico y trepidante thirller

Hay cientos de películas con un protagonista que duda de su identidad, que tiene todo en su contra y que encuentra insospechados aliados por el camino para llevar a cabo una misión que no esperaba tener que cumplir. Un esquema que han tocado muy recientemente grandes como Scorsese (Shutter Island) o Polanski (El escritor). Y de vez en cuando hay algunos títulos que sobresalen en este manido género. Sin identidad es uno de ellos. No estamos hablando, obviamente, de Con la muerte en los talones, aunque no van los tiros muy desencaminados si pensamos en un referente temático y narrativo para Sin identidad, la última película del director español afincado en Hollywood Jaume Collet-Serra. Con un ritmo trepidante, un guión correcto y bien cerrado, y un reparto excepcional encabezado por el siempre magnífico Liam Neeson, Collet-Serra ofrece un thriller modélico, que entretiene desde la primera hasta la última escena tanto con lo que ofrece en pantalla como manteniendo ocupado al espectador intentando discernir los secretos que oculta en su trama. Y con una gran escena de persecución de coches.

Se tiende a contar demasiado de este tipo de películas, destripando buena parte del argumento antes de tiempo. Si la película está pensada para ir revelando poco a poco la información, ¿por qué reventarla ya desde el principio con su sinopsis? La trama comienza en Berlín, ciudad a la que llega un matrimonio. Él viene a participar en un congreso científico. De ella no sabemos nada más que está allí acompañando a su marido. Cómo se desencadena la trama es algo que merece la pena descubrir en la gran pantalla. A partir de ahí, lo que Sin identidad plantea es justo lo que indica su título (Unknown es el original), qué puede hacer un hombre para resolver un misterio en torno a su persona en una ciudad que no conoce, sin documentación, sin amigos, sin nadie que pueda confirmar que es quien dice ser, con todo en su contra. La duda entre la realidad por un lado y el sueño y la fantasía por otro se adueña de la película durante buena parte de su metraje, pero no es el verdadero motor de Sin identidad, pues el misterio es, en el fondo, sencillo. No hay nada en la película que haga pensar en trampas. Sólo una historia que se desarrolla. Y muy bien, por cierto.

Esto es así porque el reparto al completo se cree la historia tanto como su guionista (un casi desconocido Oliver Butcher) y su director, por rocambolesca que pueda parecer en algunos momentos y con los típicos pequeños errores que los más puntillosos siempre utilizan para desmerecer los muchos aciertos de una película. Liam Neeson es un gran actor y posee el suficiente carisma como para sostener por sí solo cualquier proyecto que se le antoje. Tiene las cualidades para parecer fuerte y desvalido casi con un simple cambio de plano, y eso le hace perfecto para este papel. Diane Kruger y January Jones le dan la réplica femenina, y si bien la primera parece ir mejorando con el tiempo (su primer papel importante fue Troya, donde estuvo más bien fría y demostrando sólo ser un precioso maniquí), January Jones (a la que pronto veremos en X-Men. Primera generación) se encuentra, quizá, con el aspecto más endeble de Sin identidad. Su personaje es el más deslabazado, en el que se concentran los mayores agujeros del guión y eso le impide destacar. Aidan Quinn y Frank Langella bordan sus breves papeles, más breve todavía en el caso de Langella. El primero es un actorazo que despuntó hace años y que ha pasado demasiado tiempo desaparecido. El segundo es un placer para la vista y para el oído.

Pero si el reparto cuenta con estos grandes nombres de Hollwyood, tampoco hay que desmerecer los actores europeos que forman parte de la película, encabezados por Sebastian Koch (La vida de los otros) y Bruno Ganz (el Hitler de El hundimiento). Todos ellos dan un lustre especial a esta película, que es capaz de mantener el suspense y la emoción durante sus casi dos horas de metraje. Tiene puntos álgidos, como la espléndida persecución en coche por las calles de Berlín (de las mejores que se han visto en el cine comercial de los últimos años; excepcional desde todos los puntos de vista), y el guión sabe moverse con la habilidad suficiente entre los momentos de menor ritmo narrativo, que no cansan, sino que actúan como momentos de paz antes de desatar de nuevo ese frenético avance de la historia que marca la película para bien. Porque no hay confusión, hay oficio y un muy buen trabajo de montaje. Eso es un mérito añadido en este género, que habitualmente hace trampas al espectador o agita demasiado la cámara y los efectos especiales para acabar perdiendo de vista la narración.

Lo cierto es que Sin identidad es toda una sorpresa, una muy agradable sorpresa, porque procede de un director que parecía especializarse, casi encasillarse, en el cine de terror, después de La casa de cera y La huérfana y el más que curioso paréntesis en su filmografía que supone una película como ¡Goool! 2. El nombre de Collet-Serra gana muchos enteros con Sin identidad, porque el thriller es un género que avusa de la repetición y de lo rutinario y ésta película no sufre ninguno de esos dos defectos. Al contrario, es una historia muy entretenida que avanza con naturalidad y lejos de esos fuegos de artificio que suelen ofrecer directores (y productores) con una reputación mucho más consolidada en el mundo del cine. Y si encima ofrece la oportunidad de pegarse el gustazo de ver a un reparto espléndido, Sin identidad se convierte en una de esas películas que merece la pena ver. Un notable gustazo.

sábado, abril 30, 2011

Más luces que sombras para un notable y entretenido 'Thor'

Ni la cúspide shakespeariana del cine de superhéroes ni el desastre que algunos esperaban y querían ver. Thor es una notable película de aventuras, una buena adaptación del cómic de Marvel y un interesante ejercicio de estilo de Kenneth Branagh. Tiene luces y sombras en el guión, también en el casting. Muchas más luces en el aspecto visual, aunque el 3D desvirtúa bastante el resultado final. En cualquier caso, la valoración es muy positiva, porque Branagh ensambla un entretenido cóctel de aventuras y fantasía que deja con ganas de más. Más de Thor, más de Asgard y más, sobre todo de los Vengadores (la insensata manía de salir corriendo de la sala casi antes de que termine la película, sin importar que se moleste descaradamente a otros espectadores, hace que la mayoría de los que han pagado una entrada se pierda una última escena al final de los títulos de crédito). Y si la sensación es de querer más, la conclusión es que el regusto que deja Thor es dulce y agradable, lo que lleva a perdonar los fallos que tiene. Al fin y al cabo, su misión es entretener.

Thor es el dios del trueno de la mitología nórdica, convenientemente adaptado para el universo Marvel por Stan Lee (otro gran cameo el suyo, atentos a la camioneta que intenta levantar el martillo), Larry Lieber y el gran Jack Kirby. Su adaptación al cine sólo podía hacerse con generosas dosis de grandiosidad. Asgard, hogar de los dioses, se ve con todo su esplendor y el gran acierto de la película en centrar el comienzo de la historia allí, en los reinos fantásticos de esta mitología. El camino fácil, y evidentemente mucho más barato de rodar, sería el que tantos otros personajes de ficción han seguido, enviarle directamente a nuestra Tierra para explotar las virtudes cómicas de colocar a un extraño en el mundo que conocemos. Pero Thor apuesta por otro camino y brinda unos tres cuartos de hora iniciales llenos de acción y efectos especiales, visualmente fantásticos (aunque las comparaciones en algún caso con El Señor de los Anillos seran inevitables... y siempre a favor de la aún no superada saga de Peter Jackson) y narrativamente interesantes. Es ahí donde se ve al Thor arrogante, ambicioso y belicoso, bien llevado por un actor limitado, Chris Hemsworth, pero que visualmente es perfecto.

En ese tramo de la película, después de un magnífico prólogo (y de una superflua escena inicial), es donde está lo mejor de Thor. Su relación con su hermano Loki (Tom Hiddleston) y con su padre Odín (Anthony Hopkins), el equilibrio de paz entre los reinos de Asgard y Jotunheim (gobernado por los gigantes de hielo), su amistad con la dama Sif (Jaimie Alexander; ¿alguien ha pensado que podría ser ella la heroína que permitiera a Hollywood por fin hacer una película de fantasía con una mujer como protagonista?) y los tres guerreros, Volstagg, Fandral y Hogun (Ray Stevenseon, Josh Dallas y Tadanobu Asano), y la visión del puente de arco iris que une los Nueve Reinos y el guardián que lo custodia, Heimdall (espléndido personaje y magnífica caracterización, aunque la elección de Idris Elba, un actor negro, para interpretar a un dios nórdico se quedé como un anecdótico, algo absurdo y conseguido intento de que se hablara de la película mucho antes de su estreno). Ver el esplendor visual que se alcanza en este tramo, el adecuado nivel de brutalidad en las luchas y la pasión en el retrato de personajes y escenarios hace anhelar una futura secuela en la que se narre la etapa que en el cómic de Walter Simonson llevó a Thor a visitar el reino de Hel (el equivalente nórdico del infierno), gobernado por Hela.

Con la entrada en escena de Jane Foster (Natalie Portman), el tono de la película se rebaja y se hace más cómico. Acertadamente cómico, por cierto, pero de ritmo más lento. La historia de amor no sólo era inevitable, sino que también se agradece, porque da más sentido a la evolución de Thor. Pero ahí es donde se empiezan a notar los fallos del guión de la película. Introducir demasiados elementos en dos horas de película suele conducir irremediablemente a que algunos queden desdibujados, y eso queda en evidencia con la batalla entre Thor y el Destructor (un gigante mágico de aspecto metálico que dispara unos poderosos rayos desde el rostro). Se desvirtúa con tanta facilidad a los otros asgardianos que ahí es difícil de creer el heroísimo sin medida de Thor y el carácter supuestamente invencible de su adversario. Del mismo modo, es absurdo transformar a Jane Foster desde la enfermera que es en el cómic a la científica que es en la película (triste pago de los tiempos políticamente correctos que corren), y ese aspecto es quizá lo más endeble de la trama, gracias también a que Natalie Portman no destaca en papeles así. Como también termina por ser endeble el retrato de Loki, cuyas motivaciones quedan demasiado en el aire y desvirtúan lo que sólo se había apuntado en los dos primeros tramos del filme.

En el aspecto visual, fantástico en líneas generales (se ve a Thor y a su mundo haciendo todo lo que hace de él un personaje apreciado en el cómic), sólo cabe hacer dos reproches. Uno, el ya habitual, es el 3D, que oscurece demasiado una película que clama por ser luminosa para hacer justicia al trabajo de sus diseñadores. Otro, que Branagh, al tiempo que triunfa con arriesgados planos en diagonal, se pierde demasiado en las peleas. Domina muy bien los efectos especiales, y eso tiene mérito teniendo en cuenta su filmografía tan alejada hasta ahora de este campo, pero las coreografías de batalla a veces se pierden como en tantas otras películas de acción (siempre quedará ahí la brillante música de su inseperable compositor, Patrick Doyle). Branagh, en todo caso, consigue dar coherencia al resultado final y salir triunfante. La misma crítica que le encumbró en sus inicios casi como el nuevo Orson Welles ahora disfruta criticando todo lo que hace (aunque con menos intensidad, recuerda al fenómeno que sufre M. Night Shyamalan), pero no hay motivo. Thor funciona y encaja en el cine de Branagh porque, aunque a veces se quede en la superficie, la tragedia shakespeariana es un elemento fundamental de esta saga de dioses nórdicos y su relación con los humanos.

Antes de esa mencionada escena final, de la que es mejor no revelar más detalles para no estropear la sorpresa, la película concluye con un mensaje: "Thor regresará en Los Vengadores", lo que inevitablemente despierta el ansia del fan. ¿Algo más que buscar en Thor para entender mejor la conjunción de esta película en este magníficamente bien trazado Universo Marvel cinematorgáfico? Obviamente, la presencia del agente Coulson de SHIELD (que ya apareció en los dos entregas de Iron Man), pero también el debut en pantalla, apenas un cameo, de Ojo de Halcón (Jeremy Renner), la duda de si esa misma escena esconde algo más y la mención a Stark (Tony Stark, el hombre bajo la armadura de Iron Man). Marvel sigue sumando y queda todavía un capítulo, Capitán América, antes de la explosión definitiva de sus personajes en la gran pantalla con Los Vengadores. Para eso habrá que esperar hasta mayo del año que viene. Y visto el buen nivel de Iron Man y su secuela, de El increíble Hulk y ahora de Thor, sólo cabe esperar lo mejor del filme que está ya dirigiendo Joss Whedon.

miércoles, abril 20, 2011

'La legión del águila', decente y desconcertante

La legión del águila es una película tan decente como desconcertante. No es un filme de romanos, pues Roma no aparece y centuriones sólo vemos en la primera mitad del metraje. No es una película de aventuras al uso, pues es más reflexiva y detenida de lo que suele ser normal, no tiene demasiadas escenas de acción en realidad y tiene altibajos rítmicos. No es una película de actores, pues hay un claro desequilibrio entre los miembros del reparto, alguno muy interesante y otros, la mayoría carentes de relevancia y de química entre ellos. No tiene la fuerza de otras películas de su director, Kevin Macdonald, pero sí algunos apuntes interesantes. Y no es una película que deje un sabor de boca glorioso como Gladiator, pero tampoco negativo como Centurión. Así que al final la cosa se queda en que es una película entretenida, con algunos aspectos positivos, pero que no pasará a la historia ni revitalizará el género de romanos, que sigue siendo un quiero y no puedo desde que hace más de una década Ridley Scott y Russell Crowe lo llevaran hasta la modernidad.

El peligro de decepción es innegable cuando se vende como algo que en realidad no es. Y La legión del aguila no es una película de romanos. Al menos, no una al uso. Es decir, romanos aparecen, pero Roma no. La película tiene dos partes bien claras. En la primera, Marcus Aquila (un sosísimo Channing Tatum) intenta ganarse el respeto de los suyos en un puesto en la Britania ocupada por el Imperio, a pesar de que pesa sobre él la desgracia de ser el hijo de un militar romano que desapareció con la preciada águila dorada de la novena legión (la que da título a la película en España) y del que se rumorea que es un traidor. En la segunda parte, y tras ser apartado del ejército por razones que conviene ver en la pantalla, se introduce junto a su esclavo Esca (un mucho más interesante Jamie Bell) en territorio enemigo para localizar el águila y saber qué fue de su padre. Si la primera parte sí es de romanos, la segunda es fácilmente intercambiable con cualquier otra película medieval, de espadas o de culturas extrañas. Falta coherencia narrativa y visual como para que la película triunfe.

La primera mitad eleva el filme por encima de la media de títulos similares que se han visto en los últimos años (de romanos o no) como la mencionada Centurión o El Rey Arturo. Es un segmento bien rodado y muy bien ambientado. Lástima no disponer de un protagonista con más carisma. O de haberlo rodeado mejor. Porque Donald Sutherland, llamado a ser uno de los nombres de la película, se conforma con un papel secundario y bastante inane, que simplemente se pasea por la pantalla sin encontrar un motivo real por el que está en ella. Bell, en cambio, sí ofrece todo lo interesante que tiene narrativamente la película. Su personaje de esclavo que poco a poco se gana la confianza de su amo es bastante tópico, pero sabe hacerlo suyo. Seguro que con unos centímetros más y un buen entrenamiento físico, Bell podría haber hecho un mejor protagonista que Tatum. Ni el habitualmente fascinante Mark Strong (cuesta incluso reconocerle) consigue levantar la segunda mitad de la película con un personaje confuso y difuso.

El descenso de ritmo que acusa la película después de la batalla junto a las puertas del puesto romano es enorme. El mal uso del tiempo y las elipsis a partir de ahí, una lástima. Y eso que el director de la película ya ofreció en sus dos anteriores trabajos (La sombra del poder y El último rey de Escocia) dos notables ejemplos de cómo conducir una buena historia. Bien es verdad que en aquellos dos títulos había un fuerte sustento en el reparto que aquí, por desgracia, no consigue. En cualquier caso, sí hay algunos apuntes interesantes en ambas partes del filme, que son los que hacen que el interés se mantenga a pesar de los defectos de la narración. Entretiene pero no emociona. Sus escenas de acción (el mencionado ataque y el clímax final, una vez aceptado el inverosímil giro que iguala las fuerzas en liza) son efectivas. Algunos diálogos, más que interesantes. Pero el conjunto flaquea. Seguiremos a la espera de que el cine de romanos recupere el esplendor perdido, pero al menos tenemos productos como éste para ir saciando el hambre.

jueves, abril 14, 2011

Correcta 'Invasión a la Tierra'

Después del fiasco que supuso Skyline, todas las miradas estaban puestas en Invasión a la Tierra (nefasto título español de Battle: Los Angeles; lo que se ve en la película es lo que dice el original y no el traducido). Y aunque es un divertimento correcto, tampoco se convierte en la película que quería ser. Decían que debía convertirse en una mezcla entre Independence Day (se supone que cogiendo lo mejor de aquella, claro) y Black Hawk derribado. Es decir, la guerra en estado puro pero con alienígenas como enemigos. Y lo es sólo en parte, porque entretener sí entretiene, si uno es capaz de olvidarse de sus muchos tópicos, pero no alcanza la crudeza o el realismo que uno espera. De esta forma, se queda en una película más sobre invasiones extraterrestres, muy lejos del nivel de los grandes clásicos del género de los ños 50 y 60 (y, por qué no decirlo, de la infravalorada La guerra de los mundos de Steven Spielberg), pero como una buena muestra de lo que sería una invasión vista sólo desde el punto de vista del ejército... norteamericano, por supuesto.

Esa es quizá la mayor aportación de Invasión a la Tierra, el punto de vista militar. Sí es cierto que aparece en algunas películas del género (por ejemplo, la misma Independence Day), pero hasta ahora no como visión exclusiva del conflicto narrado. Aquí todo lo ven, lo sienten y lo viven los marines norteamericanos, hasta el punto de que ninguna información se aporta sobre unos extraterrestres visualmente interesantes pero, debido a este enfoque, poco desarrollados. Los marines sí han sido protagonistas de mil y una películas, por lo que estamos abocados a ver los tópicos de siempre. El marine a punto de retirarse, el marine que ha perdido a un hermano en el campo de batalla y culpa a su jefe, el marine que lo arriesga todo por salvar a los civiles, el marine patriota que hace lo imposible por su país, la dura marine que interpreta siempre Michelle Rodríguez (¿continuando su papel en Avatar?)... Todo está aquí. De hecho, hay muchas críticas que se han cebado en la película por esto, por ser un folleto de reclutamiento de los marines (lo es), y eso contamina una crítica exacerbada que suele hacerse a todo producto de exaltación patriótica norteamericana.

La hay, es absurdo negarlo, porque en este episodio de guerra con extraterrestres hay muchas ciudades invadidas pero sólo vemos Los Angeles. Pero no tiene por qué molestar tanto. Es decir, si España fuera una potencia mundial en esto del cine de entretenimiento (no lo es, por si acaso hay que aclararlo), seguro que habría muchas películas de género ambientadas en España. La potencia es Estados Unidos, luego las protagoniza sin que ello tenga que suponer un elemento en contra. No hay problemas narrativos o visuales que deriven de este hecho. Pero molesta. Curioso. Quien no se sienta ofendido por el protagonismo absoluto de los marines, puede llegar a sentirse entretenido por esta película, que al fin y al cabo es el único objetivo. El gran problema que tiene, decía, está en los tópicos, en que las situaciones ya las hemos visto, en que no hay mucho riesgo en ningún terreno, ni en la historia ni en la forma de rodarla. El guión apenas ofrece elementos nuevos e incluso desaprovecha a algunos personajes (los de Bridget Monyahan y Michael Peña, indudablemente).

Lo mejor de Invasión a la Tierra, además de las habituales escenas de destrucción a gran escala (que, a pesar de todo y seguramente por razones presupuestarias, se antojan escasas; hay demasiado escombro y poca visión de cómo los edificios se derrumban, demasiada consecuencia y poco espectáculo grandioso), es Aaron Eckhart. Pocas veces se encuentra uno a un actor tan dedicado a una película de ciencia ficción como es su caso aquí. Muchos argumentan que la pantalla verde les distrae, muchos no se toman en serio las historias que protagonizan. Eckhart, que habría sido la auténtica revelación de El Caballero Oscuro si la grandiosa interpretación y la muerte de Heath Ledger no le hubiera eclipsado en parte, es un magnífico actor que se echa la película a sus espaldas con una facilidad y una profesionalidad encomiables. Con él, los tópicos no cuentan y se olvidan, porque él hace creíble todo lo que hace en pantalla.

Por supuesto, la película deja el habitual final abierto, lo que en parte limita aún más su alcance como producto. Es la batalla de Los Angeles, sí, pero si tiene éxito y podemos estirarla una o dos películas más tampoco pasa nada por dejar la historia a medias. Hasta ese final, algo abrupto, lo cierto es que Invasión a la Tierra cumple con su cometido, el de ocupar con acierto casi dos horas del tiempo del espectador. No es la película definitiva sobre invasiones alienígenas, pero sí un más que digno y sincero intento de crear un filme de entretenimiento y efectos visuales. Así visto funciona, y, por si alguien quiere comparar, es infinitamente mejor que aquel subproducto llamado Skyline (no hay que olvidar que en el estreno de aquel se intentó meter en un saco parecido a ambas cintas porque los directores de Skyline, los nefastos hermanos Strause, fueron acusados de plagio por trabajar en el diseño de los efectos visuales de Invasión a la Tierra). Si alguien espera algo más, y eso lo provoca quien la intenta vender como algo más de lo que es, seguramente será una decepción.

lunes, abril 11, 2011

'Caperucita roja', fallida reinvención del cuento

La reinvención de historias clásicas (y no tan clásicas) está a la orden del día y el concepto, por sí solo, no tiene por qué ser negativo. Sin embargo, no entender el material que se está reinventando puede producir resultados fallidos. Caperucita Roja es, por desgracia, un buen ejemplo de este fenómeno. El cuento clásico popularizado por Charles Perrault primero y los hermanos Grimm después, se convierte aquí en una intriga de amores y asesinatos, mezclado todo ello con hombres lobo y sacerdotes capaces de combatir la amenaza de la licantropía, plasmado todo ello en un guión plagado de tópicos a todos los niveles: en los personajes individuales, en el triángulo amoroso, en el supuesto salvador del pueblo y cómo reaccionan otros personajes ante él e incluso en la resolución del misterio. Eso desemboca en un final más que previsible, aunque la directora del filme, Catherine Hardwicke (responsable de Crepúsculo, y eso es más que una clara señal de lo que ofrece Caperucita Roja) se esfuerce en trufar el metraje con falsas pistas y cuestiones sin resolver.

Usar el título de Caperucita Roja queda como una excusa para garantizar la inevitable labor de márketing del cine más que como una base argumental para la película. Olvidemos el cuento clásico, eso ayudará a evitar decepciones y odiosas comparaciones, y partamos de la historia que aquí se nos cuenta. Valerie está enamorada desde niña de un leñador llamado Peter y quiere casarse con él, pero su familia ha decidido que despose a alguien mucho más rico, el hijo del herrero del pueblo, Henry. En ese contexto, se produce un asesinato que los lugareños achacan al lobo, una criatura que, dicen, llevaba dos décadas sin atacar gracias a las ofrendas que le hicieron pero que ahora ha vuelto. Ya tenemos al lobo del cuento, que aquí, descubrimos de inmediato, es más un hombre lobo que un simple lobo. Para luchar contra él, llega al pueblo el Padre Solomon, afamado enemigo de brujas y demonios. La ambientación del pueblo y del bosque es, indudablemente, lo mejor de Caperucita Roja. Es el elemento más conseguido y, dicho entre comillas, el mejor personaje de la película.

Sin embargo, queda desaprovechado porque no hay ianterés en generar una historia de terror (a pesar de que el lema de la película sea "¿a quién tienes miedo?") y el foco de Hardwicke está puesto en unos personajes que o no llegan o se pasan, empezando por la protagonista, una preciosa pero fría imagen. Amanda Seyfried es Caperucita Roja, Valerie en realidad (se convierte, de hecho, en Caperucita Roja con un giro argumental pobre y forzado, tan forzado como el motivo por el que vuelve a vestirla durante buena parte del metraje), y su interpretación es muy poco creíble. No aporta chispa a la imagen clásica de inocencia del personaje, no desprende la sexualidad que necesita el trío amoroso en que la coloca Hardwicke y no se muestra demasiado a gusto con los efectos especiales que se mueven a su alrededor (su enfrentamiento cara a cara. No hay mucho que rascar en su personaje, aunque sobre el papel tuviera muchas más posibilidades de las que se ven en la película (por ejemplo su mismo epílogo; hubiera sido una película más transgresora y valiente aunque todavía más aleada del mito de Caperucita Roja).

Gary Oldman, Virginia Madsen y Julie Christie están llamados a darle un toque de distinción a la película. Los dos son grandes actores, pero ninguno parece creerse del todo sus papeles. Christie da vida a la abuela del cuento, y con ella se pretende precisamente establecer un vínculo entre la historia clásica y esta película, pero lo más probable es que la escena escogida para llevar a cabo esa misión provoque risas en el auditorio. Madsen es quizá el personaje más estimulante de la película, puesto que Oldman da rienda suelta al histrionismo que caracteriza a algunos de sus personajes anteriores y, aunque eleva el nivel de entretenimiento, resulta demasiado tópico. Por desgracia, como casi todo en Caperucita Roja. Incluso, por si alguien se queda tanto tiempo en la sala de cine en la que vea la película, el susto final después de los títulos de crédito, que también se ve venir. Lukas Haas da vida al cura local y es, seguramente, lo menos tópico de la película. Lamentablemente, su personaje se queda muy desaprovechado y apenas aparece en una película que no pasa de ser un divertimento juvenil.

Si con ese esquema la referencia a Crepúsculo es inevitable, también parece serlo de forma menos esperada la de El bosque. No por la calidad de la película, pues la de M, Night Shyamalan es una fábula turbadora y muy bien orquestada, muy alejada de la fallida propuesta de Caperucita Roja, sino por el entorno en que Hardwicke coloca el misterio de esta historia. El misterio es, obviamente, saber quién es el lobo y por qué mata. Y es un misterio que no está bien llevado. Al margen de lo previsible o no que pueda resultar la resolución (para mí lo fue), el desarrollo es torpe y tramposo. La película no es honesta, no cuenta todo lo que tendría que contar y cuenta demasiadas cosas con el único fin de despistar al espectador. Mucho ruido y poca historia en buena parte de lo que se cuenta, lo que desemboca en la eliminación sin sentido de algunos personajes que parecen tener una importancia capital y nula influencia de otros que sí podrían haber dado mucho juego. Caperucita Roja es una equivocada traslación de un cuento clásico, que visualmente puede ser satisfactoria pero que a nivel narrativo no aporta demasiado.

viernes, abril 08, 2011

'Soy el número cuatro' y el enésimo comienzo de una saga fantástica juvenil

Hay campos en los que sí se puede afirmar con rotundidad que Hollywood se ha quedado sin ideas. Soy el número cuatro es la demostración de que las películas de ciencia ficción o fantasía de corte juvenil son ya todas iguales. Los mismos personajes, los mismos problemas, el mismo desarrollo, los mismos enemigos... y la misma pretensión de que la adaptación del libro que supone el primer capítulo de sus historias suponga el comienzo de una larga y fructífera saga de películas. Es el precio que hay que pagar por el éxito de franquicias como Harry Potter o Crepúsculo. Un precio que ha dejado multitud de películas en apariencia y forma idénticas a esta Soy el número cuatro. Desde las que sin ser nada del otro mundo sí son más destacables como Ga'Hoole. La leyenda de los guardianes o Eragon, hasta las horribles como La brújula dorada, pasando por las inanes como Jumper o Las crónicas de Narnia (el fiasco que supone la tercera entrega obliga a colocarla aquí). Todo suena tan parecido. Soy el número cuatro es más ciencia ficción que fantasía, pero la base es la misma. Chicos jóvenes y guapos enfrentándose a la supuesta misión de sus vidas con un final abierto. Pues vale.

Y el caso es que mala no es esta nueva muestra de ciencia ficción, pero es que aburre este tránsito siempre tan similar siguiendo caminos diferentes, lejos, muy lejos del torrente de imaginación que mostraba el mismo género en aquellos añorados y lejanos años 80. Decían que Soy el número cuatro era una especie de Crepúsculo de ciencia ficción. Sin haber pasado por la saga romántico-vampírica-licantrópica que me despierta tan poco interés, creo que es bastante probable que esas opiniones sean acertadas. Entonces, ¿por qué aquella ha tenido éxito y ésta no (en Estados Unidos ha ganado menos que su presupuesto, aunque el mercado internacional salva la inversión con cierta holgura)? Difícil de decir. Quizá los actores no han despertado el mismo fervor en los fans, quizá no ha habido tiempo material de que la saga literaria acumule tantos fans (quiere ser una saga de seis libros, el primero se publicó en 2010 y el segundo saldrá a la venta este verano; los derechos para hacer la película se compraron antes incluso de que se pudiera adquirir la novela). Se habla de secuela, pero igual es una discusión prematura. Hollywood.

El gran problema que tiene Soy el número cuatro es que cuenta cosas como si tuviéramos que saberlas pero sin dar explicación alguna. Lo que sí se nos cuenta es que vamos a ver la epopeya de nueve jóvenes extraterrestres que han huido de la extinción a manos de una violenta y peligrosa raza de otro planeta y se ocultan en la Tierra como personas normales y bajo la protección de un guardián. Sabemos que no tienen nombres, sólo números. Sabemos que están muriendo en orden. Y, obviamente, sabemos que los tres primeros ya han muerto, porque si no tendríamos un problema con el título y con la numeración del protagonista. ¿El orden sirve para algo? No lo sabemos. ¿Qué sentido tienen las marcas en la pierna que se le producen al número cuatro con la muerte de sus compañeros? No lo sabemos. ¿De dónde demonios sale ese perro y por qué? No lo sabemos. ¿Por qué han tardado años en matar a los dos primeros y apenas unos días en encontrar al tercero y al cuarto? No lo sabemos. ¿Por qué demonios el guardián no parece saber nada de nada hasta que ya no sirve de mucho? No lo sabemos. La película se mueve a ciegas por una razón muy sencilla: nadie sabe hacia dónde va la historia porque ni siquiera se ha publicado. Parece una tontería, pero no lo es.

Da toda la sensación de que Soy el número cuatro película es una fotocopia del Soy el número cuatro libro, como sucede con todas estas sagas ya mencionadas. Hollywood no quiere arriesgar con estas películas en lo más mínimo (si hay una historia que tenía potencial es la de número seis, no la de este número cuatro). Y viendo esta muestra, uno se pregunta por qué no hay una mayor valentía y un mayor trabajo de adaptación. Esta película pedía a gritos una introducción espectacular, plagada de los efectos especiales que aquí quedan sólo para el clímax final y que sentaran las bases de una buena saga de ciencia ficción. No lo tenemos, y por eso el filme se queda ya desde el principio en un rutinario intento de sacar dinero con algún acierto y con cierto vigor en el desarrollo de la última media hora, lo único que realmente tiene interés después de una larguísima (y a ratos inconcebible por ingenua) introducción de una hora (y que tiene un doloroso epílogo justo antes de la batalla final en el que la pareja protagonista, perseguida por media docena de asesinos alienígenas y con sus vidas en peligro... se van a un instituto a revelar un carrete de fotos que consolide lo mucho que se quieren).

Que todo siga unas bases preestablecidas es lógico si tenemos en cuenta que no hay grandes nombres en el proyecto. El más importante es el de Michael Bay, que ejerce de productor (y, seguro, es quien ha inducido a que exploten cosas; menos que en sus películas como director, todo hay que decirlo). Dirige D. J. Caruso, realizador de Vidas ajenas con Angelina Jolie o Disturbia y La conspiración del pánico con Shia LaBeouf, y lo hace de una forma muy impersonal. Los actores cumplen con lo que se espera de ellos, que parezcan atractivos y guapos (lo son) sin hacer nada raro (no lo hacen). Es decir, Alex Pettyfer y Dianna Agron son más de lo mismo, chicos fotogénicos que aspiran a ser actores. Todos tienen una limitada experiencia y sólo Teresa Palmer (número seis) ha tenido cierta repercusión con la muy infantil El aprendiz de brujo. Poca cosa. El personaje del guardián recae en Timothy Oliphant (el malo de La jungla 4.0), y es evidente que requería de un actor de mayor carisma y fama para que la película tuviera un cierto halo de prestigio que no llega nunca a alcanzar a pesar de entretener en bastantes momentos.

Lo mejor está en el final, en esa pelea en varios frentes, bien rodada y bien desarrollada, incluso bien resuelta (salvo por el detalle final del perro o ese epílogo buenrollista imposible de creer). Es una más, una como cualquier otra, para pasar un ratillo más o menos agradable y que no deje ningún poso. Nada nuevo en el horizonte, pero tampoco nada demasiado terrible como para salir despotricando del cine. Vosotros mismos.

miércoles, abril 06, 2011

'Furia ciega', de lo malo... lo entretenido

Decir que Nicolas Cage lleva años de capa caída no es ninguna novedad. De hecho, nunca fue un superdotado para esto de la actuación. Pero aún así es un tipo que sigue haciendo películas. Muchas. Y normalmente bastante malas, por cierto (no hay más que recordar sus dos últimas, El aprendiz de brujo y En tiempo de brujas). No sé cómo ni por qué, pero sigue convenciendo a productores y directores para que le den el protagonismo de sus películas. Furia ciega es la última. Y si a Nicolas Cage le añadimos un guión disparatado, unas frases memorablemente horrendas, un tono paródico dentro de la misma parodia, un 3D tirando a infantil, la habitual niña rubia mona minifaldera, el topicazo de protagonista-huraño-pero-de-buen-corazón, unos toques de fantasía y mucha, mucha, mucha acción alocada y descontrolada... resulta que queda algo tan malo que a la fuerza divierte. Porque, que nadie se engañe, Furia ciega es una película mala. Muy mala. Pero como sabe que lo es, sobrepasa sinceramente la frontera de la carcajada y el entretenimiento con una facilidad asombrosa.

Y es quien intente encontrar algo sensato en Furia ciega lo lleva realmente claro. Ya en la primera escena quedan expuestas las pretensiones del filme. Si no le pilláis la gracia, si no pensáis al menos "vaya frikada marciana que ha hecho ahora este tío" con una leve sonrisa, dejadlo, esta no es vuestra película, porque quedan 100 minutos más con el mismo tono. El propio Nicolas Cage ya es casi una parodia de sí mismo, del héroe de acción que durante años se ha empeñado en interpretar. Verle con un atuendo a lo Terminator (rematado con las inevitables gafas de sol y un tupé... rubio) despierta ya hilaridad. Pero añadirle a su primera aparición un 3D tópico de balas que se dirigen a la cámara y cañones de escopeta que pretenden sobrepasar la pantalla e invadir el patio de butacas es el remate que necesita esa introducción para prepararnos: Furia Ciega va a ser un desmadre, ese es el pensamiento obligatorio que esa escena y un a priori surrealista prólogo despiertan. Luego resulta que el prólogo tiene su explicación, ya que no estamos sólo ante una delirante película de acción, sino que se trata de un gozosamente absurdo relato de fantasía.

Aclaradas esas premisas, falta por presentar lo inevitable: la rubia que acompañará a Nicolas Cage durante todo el metraje, a veces con un cortísimo pantalón vaquero, a veces con un ajustado vaquero completo, siempre con una muy escotada camiseta blanca, a veces con tirantes, a veces recubierta por una chaqueta pero siempre tan imposible de manchar como el rostro de la bella actriz de tener marcas de las heridas de las muchas peleas en las que se acaba metiendo. La actriz escogida es Amber Heard, un bellísimo maniquí que aún busca la película que coloque su foto en cuantas más páginas de Internet mejor y que hasta ahora sólo había destacado por interpretar al mismo personaje que Charlize Theron de joven en En tierra de hombres. Cuando su personaje, Piper, dice aquello de "putos adoradores del demonio" uno ya no sabe si está inmerso en el mundo surrealista de El gran Lebowski o si, por el contrario, sigue asistiendo a este festival pirotécnico, erótico y desmadrado. El caso es que cada vez que salta una frase tan memorable como la anterior, la carcajada es inevitable. ¿Es lo que buscaban los responsables de la película? Sólo cabe pensar que sí, y por eso, por su sinceridad, casi merecen un aplauso.

El director y guionista de este (siempre y cuando, insisto, se vea con el humor adecuado)desternillante desaguisado es Patrick Lussier, editor de un buen puñado de películas desde los años 90, incluyendo las de la saga Scream, y director de Dracula 2001, White Noise 2 o Un San Valentín sangriento. Dudosas credenciales. Su forma de rodar se acerca a la de cualquier otro. Mucho ruido, muchas explosiones, planos a cámara lenta diseminados por aquí y por allá. Más o menos lo de siempre. Y por eso todo queda en manos de la gracia que pueda despertar su guión y del carisma de los actores. Y si Nicolas Cage tiene algo, aunque sea para odiarle, lo cierto es que el amo y señor de esta película, con permiso de Amber Heard y su pelea contra otra mujer desnuda en plena calle (sí, tal cual), es William Fitchner, un secundario muy habitual que tuvo su última aparición destacada en la primera escena de El Caballero Oscuro. Él, mejor que nadie, entiende el tono absurdo que requiere la película y, en especial, su personaje para que pueda tener una mínima aceptación.

La verdad es que tampoco hay muchas vueltas que dar. Esta es una película en la que un tipo misterioso tiene una misión peligrosísima, rescatar a un bebé de un culto satánico que pretende sacrificarlo para cambiar el orden establecido. Por el camino, conseguirá que una mujer atractiva le acompañe, habrá algunos desnudos, muchas explosiones, peleas de todo tipo (me vais a perdonar que insista en la pelea entre Amber Heard y otra mujer desnuda, porque sí no tendría que deciros que Nicolas Cage mata a cuatro tipos mientras, y digo mientras, protagoniza una escena de sexo y no es plan de apostar por esa secuencia, vaya...), efectos especiales y un 3D casi tan paródicos como el tono de la película y un clímax final que, por supuesto desembocará en un epílogo abierto, no vaya a ser que el invento tenga éxito y todo. Se están empezando a poner de moda estas marcianadas que no hay por donde coger pero que, en el fondo, tienen su punto. Sólo con el espectador en el humor y la compañía adecuadas, pero ésta tiene su punto. Incluso siendo una película de Nicolas Cage. Incluso aunque quien lea lo que estoy escribiendo piense que me he vuelto loco.

sábado, abril 02, 2011

Los superhéroes que vienen

En los próximos meses son muchos los superhéroes que darán el salto de los cómics al cine. Además de los aquí mencionados, también habría que hablar de la esperadísima The Dark Knight Rises (tercera entrega de Batman a cargo de Christopher Nolan, con los añadidos de Anne Hathaway como Catwoman y Tom Hardy como Bane), Superman: Man of Steel (el nuevo reboot sobre el héroe de Metrópolis que tendrá a Nolan al guión y en la producción, a Zack Snyder como director, a Henry Cavill com Superman, Amy Adams como Lois Lane y Kevin Costner y Diane Lane como Jonathan y Martha Kent) o The Avengers (la reunión a cargo de Joss Whedon de todos los héroes Marvel que han saltado a la gran pantalla en los últimos años), pero éstas no han comenzado a rodarse y no hay fotos promocionales todavía disponibles, así que tendrán que quedar para un próximo repaso...

· Thor

El nórdico dios del trueno salta al cine de la mano de Kenneth Branagh. Muchos le consideran undirector acabado, y es cierto que hace años que no muestra la maestría de sus inicios, pero creo que Thor ha puesto ante él una oportunidad de redimirse, de demostrar que tiene futuro y para abrirse camino en un cine de acción serio y adulto. Eso no quita para que las primeras fotos que se distribuyeron asustaran lo suyo. Más que dioses de Asgard parecían Caballeros del Zodiaco, pero el trailer y los nombres de la película tranquilizaron lo suyo, porque el casting parecer acertadísimo. Chris Hemsworth encarna a Thor y Anthony Hopkins a Odín, encabezando un reparto fantástico repleto de nombres conocidos y en el que también destaca Natalie Portman como Jane Foster, la humana de la que se enamora el dios nórdico en la Tierra. Promete ser un festival de acción novedoso para Branagh, pero también tener un poso trascendente que sí le va como anillo al dedo a un director que se hizo un nombre en el cine adaptando a Shakespeare. Llega a finales de abril y ya la espero con impacencia.

· X-Men. Primera Generación
Otro reboot al canto. Tras el final de la saga de X-Men con la tercera película (dirigida por Bret Ratner, quien recogió el trabajo de preproducción y las dos primeras cintas de Bryan Singer), un final que disgustó a muchos aficionados (pero que a mí me pareció correcto más allá de la floja inerpretación de la evolución de Jean Grey en Fénix), Lobezno fue un tropezón claro (tanto que su secuela, ya en marcha, se ha retrasado por la salida de su director previsto, el sobrevalorado Darren Aronofsky). Esta Primera Generación nada tiene que ver con la del cómic y será una especie de precuela de las películas ya conocidas. No parece que la Fox tenga mucha fe en ella, puesto que ha anunciado X-Men 4 y 5 retomando la historia donde la dejó la tercera y olvidando ésta como base para seguir la narración. El caso es que el trailer anuncia cosas buenas, tan buenas como el interesante reparto. Habrá que esperar a comienzos de junio para saber si estamos ante una buena dirección a seguir para los mutantes más famosos de Marvel o si es un nuevo fiasco que hay que olvidar.

· Green Lantern
Ryan Reynolds no es en absoluto el mejor Hal Jordan posible. Quizá algún otro de los Green Lanterns del cómic sí podría haber sido, pero es difícil encajarle como Hal Jordan, y más después de verle como Deadpool en Lobezno o descubriendo la vena más o menos cómica que, a tenor del trailer, va a tener esta película. Eso es lo que puede hacer que patine. A su favor juega lo que se intuye como un gran espectáculo visual (aunque el rediseño del traje, hacia algo totalmente diferente a lo que muestra el cómic, y de algunos personajes como Kilowog son también puntos negativos e innecesarias puñaladas al aficionado de siempre) y el oficio que suele desplegar Martin Campbell desde la dirección en películas de género (suyas son la endiabladamente entretenida La máscara del Zorro o las primeras películas de Pierce Brosnan y Daniel Craig como James Bond, Goldeneye y Casino Royale). Ver a Mark Strong como el diabólico Sinestro sigue siendo a día de hoy el mayor aliciente de esta película. El cóctel puede ser muy interesante o quedarse como una peliculita más de superhéroes. Se estrena en la segunda quincena de junio.


· Capitán América. El primer Vengador
Una que empezó mal y que poco a poco ha ido enderezando su rumbo. Mal porque la elección de Chris Evans (la Antorcha Humana en las dos películas de Los 4 Fantásticos) parecía un claro error, y mal porque su director, Joe Johnston, venía de ofrecer una de las peores películas en muchos años, El hombre lobo. Pero las primeras fotos mostraban una interesante producción de época (la epopeya del Capitán América comienza en el cómic durante la Segunda Guerra Mundial) y una más que notable caracterización, tanto del héroe como del villano (Hugo Weaving dando vida a un Craneo Rojo de aspecto siniestro), algo que confirmó el trailer y las imágenes que hemos visto. Tommy Lee Jones o Stanley Tucci dan además lustre a un muy buen reparto. La cosa puede acabar funcionando, sobre todo si los efectos especiales funcionan como deben (y en las cosas más sencillas como ver volando el escudo del héroe) y convertirse en una más que agradable sorpresa y el capítulo definitivo antes de ver a todos los Vengadores juntos en la película de Joss Whedon. La veremos a comienzos de agosto.

· Conan The Barbarian
Huele a desastre desde el principio. Jason Momoa recogerá el testigo que dejó Arnold Schwarzenegger como Conan en la primera mitad de los años 80, y eso ya es mucho decir. Cierto es que Arnie no era exactamente la versión del héroe que se mostraba en los cómics, pero físicamente era insuperable. Momoa ni se acerca a lo que uno espera ver de Conan y mucho va a tener que remar para convencer a la gente. Se ha difundido ya un primer trailer en el que apenas se ven unas pocas imágenes difuminadas en humo. Si estando ya tan cerca del estreno, en agosto, no hemos visto todavía una escena en movimiento de este Conan lo más probable es que signifique que no se lo creen ni sus mismos responsables. Que la dirija Marcus Nispel (autor de los remakes de La matanza de Texas, El guía del desfiladero o Viernes 13) tampoco parece una buena noticia para los aficionados del bárbaro de Cimmeria. Alguna foto y algún poster sí lucen decentemente, y da la sensación de que el aspecto de este mundo salvaje puede ser lo más rescatable. Quizá sorprenda, pero no parece probable.

· Wonder Woman
Años y años de de especulaciones sobre una película de Wonder Woman han acabado con el anuncio de que será una serie de televisión... si el episodio piloto convence. No obstante, todavía no está enterrada la idea de hacer un filme, que podría incluso convivir con la adaptación de la pequeña pantalla. Hace no muchos días se hizo pública la primera foto de Adrianne Palicki vestida como la amazona más famosa de DC Comics y unos días después se vieron las primeras imágenes del rodaje... donde el traje ya había sufrido modificaciones. Luce mejor en el rodaje que en su debut, pero sigue pareciendo raro. Como raro es ver a Palicki intentando ser Wonder Woman, quizá la heroína con la que parece más difícil acertar (en buena medida porque Lynda Carter en la serie de los años 70 lleva mucho tiempo siendo una especie de Wonder Woman definitiva). Se ha querido mezclar el uniforma tradicional y su más moderna modificación y de momento queda una amalgama rara. Si tiene un buen guión y se rueda con eficacia, convencerá. Si no, lo tiene difícil. Todavía no se sabe cuándo se estrenará el episodio piloto.

· The Amazing Spider-Man
Otro final controvertido para una trilogía, la de Spiderman de Sam Raimi, derivó en un reboot. Y un reboot que tiene su miga, porque se lo encomendaron a un semidesconocido, Marc Webb (director de 500 días juntos). Andrew Garfield demostró en La Red Social que es un buen actor y que puede ser un gran Peter Parker, aunque su edad no encaje con el Spiderman adolescente que al parecer se quiere recuperar en esta película. Emma Stone también pinta bien como Gwen Stacy, la primera novia del héroe en los cómics. Las primeras fotos promocionales y del rodaje han sentado como jarros de agua fría, porque el traje del héroe es extraño, diferente al tradicional. Da la sensación de que quieren innovar mucho y acercarse más a la versión Ultimate que a la clásica del héroe de Marvel. A estas alturas no se sabe mucho de la historia, sólo que el villano será el Lagarto, lo que convierte a esta película es una enorme incógnita. Sam Raimi dejó el listón muy alto, sobre todo con sus dos primeras películas, fabulosas demostraciones de que el cómic y el cine de acción real son un matrimonio capaz de ofrecer diversión y entretenimiento a raudales. La veremos dentro de mucho, en julio de 2012.

jueves, marzo 24, 2011

Liz

Durante años, y desde hace muchos años, pensé que en el cine ya no había mujeres como las de antes. Y creo que la mujer que provocó ese pensamiento en mí fue Elizabeth Taylor. Viéndola en Ivanhoe, en Quo Vadis (fue escogida como Lygia, pero Deborah Kerr le quitó el papel y ella sólo hizo un pequeño cameo), en Cleopatra, en todas esas películas históricas y de aventuras que veíamos antes en la televisión y que ya hemos perdido para siempre a menos que las busquemos con ahínco en videotecas, bibliotecas o canales de pago, me quedé enamorado de ella. De su presencia, de su mirada, de su voz (que no era la suya, claro). Enamorado como sólo lo puede estar un chaval de una estrella de cine, pero enamorado al fin y al cabo. Luego esa mujer creció (¿o fui yo el que creció?) y pasó a encarnar algo diferente, más turbador, más sensual. La gata sobre el tejado de zinc o De repente, el último verano mostraban a la misma Elizabeth Taylor de siempre, la que se había convertido para siempre en Cleopatra, ahí estaba su mirada para afirmarlo, pero era otra. La misma mujer, pero otra muy distinta (¿o era yo el que había cambiado?).

Y tanto había cambiado, que años después me sorprendí viendo a una Elizabeth Taylor casi adolescente en El padre de la novia. La gente recordando esa películas por ser otra de la inolvidable, maravillosa, inigualable y nunca completa pareja entre Spencer Tracy y Katharine Hepburn y resulta que allí estaba ella, hermosa y adorable. Como estuvo en otras muchas películas, menos de las que me hubiera gustado. Y tuve la suerte de llegar a tiempo de pagar una entrada de cine por ver a Elizabeth Taylor en pantalla grande, aunque fuera en algo menor, casi indigno de ella, su última película, Los Picapiedra. Pero era ella. Y sus peores momentos nunca pudieron borrar a la Elizabeth Taylor que tengo en mi cabeza, en mi memoria y en mi corazón. La que está vestida de blanco, la que desprende sensualidad, sexualidad, carácter y energía, la que sólo tenía que desnudar su alma y no su cuerpo para lograr lo que quería. La que se pelea con Paul Newman. La que me hace creer que lo que sucede en la pantalla es real. Esa era Elizabeth Taylor. Esa será siempre Elizabeth Taylor. Maldita Susan Hayward, que le quitaste el que tendría que haber sido su primer Oscar, por mucho que luego ganara dos.

Ahora hay quien dice que Elizabeth Taylor no era tan buena actriz como otras muchas leyendas de su generación, que era sólo una estrella de cine de tantas que tuvo el Hollywood dorado. Ahora, con su muerte, muchos han optado por recordar que su última película la hizo hace 17 años y que su existencia para muchos se circunscribe a esa mujer de las causas perdidas (y muchas de ellas loables), a aquella de los escándalos, las enfermedades o las amistades peligrosas. Para mí se ha apagado una estrella, sí, una estrella, pero una que nunca dejará de brillar, porque Liz era eso, una estrella. Y no, la palabra no tiene para mí un sentido despectivo, nunca lo podrá tener. Nunca será menos actriz por ser más estrella. Nunca dejará de ser aquella mujer que me fascinó hace tantos años, una de las que me enseñó por primera vez que la belleza es algo eterno, que por mucho que algunos quieran borrarla queda plasmada en un fotograma que se puede reproducir tantas veces como se quiera de aquí al final de los tiempos. Liz fue una de las primeras mujeres que me enseñó lo que es ser una estrella de cine. Y no, ya no hay mujeres como las de antes en la pantalla, desde luego que no.

martes, marzo 22, 2011

'Sucker Punch', cocktail marciano, inclasificable... y entretenido

Métase en una coctelera a cinco jóvenes, guapas y sensuales actrices. Añádase una historia raro, de esas que tienen una historia dentro de la historia, que juegan con la realidad y la ficción. Conjúguese con un festival de efectos especiales y la desaparición de la cámara y del escenario real como lugar de rodaje. Mézclese con la forma de realizar más colorista, pintoriesca y acumulativa de planos que se pueda imaginar. Y agítese bien como lo haría Zack Snyder, el director 300, Watchmen y Ga'Hoole. La leyenda de los guardianes. ¿Qué sale? Un cocktail marciano, extraño e inclasificable llamado Sucker Punch. Y, ojo, porque eso no quiere decir que sea malo, en absoluto. Pero es una película tan atípica, tan diferente dentro de su cotidianidad, tan extrema dentro de los lugares comunes, que es difícil hasta definir si se ha asistido a un espectáculo de alguna forma revolucionario, a una película entretenida que hará las delicias de los frikis o a un desmadre que no hay por donde cogerlo. Al menos descarto la última posibilidad, con lo que malo no puede ser el balance final.

Tras una breve introducción con voz en off, Sucker Punch comienza con una espectacular y apabullante secuencia muda. Apabullante en lo visual y en lo sonoro (toda la película está plagada de versiones muy movidas de canciones, algunas de ellas muy conocidas). Se reconoce sin lugar a dudas el estilo de Snyder, el que hizo de 300 una pieza innovadora dentro del cine de acción norteamericano y el que hizo aprobar la titánica e imposible tarea de adaptar Watchmen al cine. No es descabellado decir que esa secuencia, por inusual y por un espléndido ritmo de montaje, es de lo mejor de la película, aunque algunos hallazgos visuales parezcan sacados de sus anteriores trabajos. Y es que ese es el riesgo que se plantea Snyder desde el principio: repetirse. Es un director que carga muchísimo las tintas en el efectismo visual, en las cámaras lentas, en los giros imposibles de la cámara. Con Sucker Punch, no es que se repita, es que lleva esa obsesión a un extremo todavía más alejado de los cánones más clásicos del cine. Pero, y ahí está la sorpresa, no produce el habitual mareo del cine de acción. Sus coreografías (y por eso funcionan sus cámaras lentas) se pueden seguir.

En ese prólogo, Snyder nos introduce a la protagonista de la función (¿seguro?), una joven de 20 años sin nombre (una sosa Emily Browning) que acaba encerrada en un sanatorio mental a manos de su padrastro, después de la muerte de su madre y del asesinato de su hermana pequeña, asesinato que le cargarán a ella. En el sanatorio es donde comienza la mezcla entre realidad y ficción, porque allí ella recrea con el poder de su imaginación un mundo distinto, un escape, una evasión. Y ese mundo, a su vez, tiene otro recoveco imaginario dentro de la mente de la muchacha, ahora ya bautizada como Baby Doll (Muñequita en castellano). En el sanatorio trabará amistad con otras cuatro chicas, de nombres tan sugerentes como su vestuario en la ficción por ella creada: Sweet Pea (Abbie Cornish, quizá la más completa de las cinco como actriz), Rocket (Jena Malone), Blondie (Vanessa Hudgens, quizá la más popular por High School Musical) y Amber (Jaime Chung). Son cinco rostros reconocibles por pequeños papeles anteriores, pero ninguno lo suficientemente popular como para que se dispare el presupuesto con sus sueldos.

Si en 300 el fetichismo era masculino al cien por cien, aquí lo es femenino, y se explota de todas las formas posibles, desde el vestuario hasta la planificación de las escenas. El caso es que ellas son el principal reclamo de la película si se acerca uno a ella desde la óptica más adolescente. Chicas sexys, armas de todo tipo, efectos especiales, criaturas imposibles y una historia de fantasía. El sueño de todo friki quinceañero. ¿Cómo convencer a otro tipo de público de que esta película es algo más que eso? Quizá teniendo en cuenta que esta película puede tener un papel clave para entender, en el futuro, cómo se hizo la transición entre los escenarios reales y los virtuales. Cierto que hay películas que han usado más pantalla verde y efectos especiales que Sucker Punch. Pero esta película da una sensación de cambio, de avance. Lo que ofrece es la desaparición no ya de los escenarios y de los platós, sino también de la cámara entendida como la limitación final de lo que quiere captar el director. Es constante el desafío a la forma más tradicional de rodar, es abrumador el giro continuo e imperturbable de la cámara, apoyado en la ralentización de las imágenes y la comodidad del grupo de actrices protagonistas con sus papel en este festival visual.

Para dar empaque a la historia, Snyder recurre a Scott Glenn (a quien tras años desaparecido ya se ha podido ver en Secretariat y W.; es una gran noticia su regreso) para el papel de guía en esta especie de aventura gráfica cinematográfica, Carla Gugino (Sin City y Watchmen), Oscar Isaac (un secundario cada vez más interesante visto en Red de mentiras, Robin Hood o Ágora) y en un breve papel Jon Hamm (protagonista de Mad Men, que tras The Town sigue buscando secundarios que le permitan dar el salto al cine). Ellos soportan la doble (o triple) estructura narrativa de la película ideada por Snyder, que escribe aquí su primer guión original (hay quien dice que está basado muy libremente en Alicia en el País de las Maravillas, de Lewis Carrol, pero aportando un desmesurado toque de acción salvaje y desenfrenada). El guión, en todo caso, sorprende más de lo que cabía esperar. Cae mucho su ritmo tras el prólogo, pero remonta rápido para ofrecer una segunda hora frenética. Y en su último tramo ofrece más de una sorpresa que impide catologarlo como preivisible. De hecho, si hay algo que no es Sucker Punch es previsible, a pesar de que su desarrollo es repetititvo en algún momento. ¿Contradición? Sin duda. Pero funciona.

Sucker Punch es una marcianada. Que nadie espere una película seria, formal o con los pies en el suelo. Está justo en las antípodas de ese planteamiento. Lo que busca es llegar al espectador a través de un delirio visual inclasificable, en el que caben chicas con grandes escotes y minifaldas atravesando las trincheras de cualquier batalla de la Primera Guerra Mundial, espadas samurai para hacer frente a un dragón y androides de aspecto imposible que quieren volar por los aires una ciudad futurista, todo ello anclado en una historia dramática de tinte realista que es la que da comienzo al filme. Con apenas un puñado de películas y a punto de encargarse del regfreso al cine de Superman de la mano de un guión y la producción de Christopher Nolan (¿puede haber dos enfoques más opuestos a priori que los suyos? Tengo curiosidad por ver qué resulta de su unión...), Zack Snyder se está haciendo un hueco como renovador de la fantasía de acción y como innovador en el uso de la cámara para crear envoltorios virtuales. Y, además, Sucker Punch entretiene. Por si no había quedado claro.

lunes, marzo 14, 2011

'El rito', demasiado cerca y demasiado lejos de 'El exorcista'

Cuando ya se ha hecho la película definitiva sobre una temática, es difícil ser original al abordarla de nuevo. El exorcista es más que una película definitiva. Es una biblia, una guía de viaje, un manual de instrucciones sobre cómo hacer un film que hable de una posesión demoníaca. Y por eso es imposible mejorarla. O, mejor, digamos improbable, no vayamos a encontrarnos algún día con una sorpresa. El rito se encuentra demasiado cerca de lo que contaba El exorcista, y no se avergüenza de esas similitudes. Al contrario, casi se las toma con humor. Pero, al mismo tiempo, está demasiado lejos de lo que supuso la mítica película de William Friedkin. El cine de terror hace tiempo que dejó de provocar terror y El rito lo demuestra. No da miedo, y quizá ni siquiera lo pretendía, sabedor de que el género ha derivado a derroteros mucho más gráficos y para estómagos más curtidos. En todo caso, sí es un interesante relato sobre la fe. Quizá demasiado previsible y poco arriesgado con el material que tenía entre manos, pero al menos entretenido y bien interpretado casi siempre.

El rito no disimula lo más mínimo, aunque lo intenta con un cartel que le da todo el peso del proyecto a Anthony Hopkins. Pero su personaje, el padre Lucas Trevant, no es el protagonista de la película. Sí lo es el Michael Kovack de Colin O'Donoghue (un casi debutante en cine actor que ha trabajado en televisión y que se limita a estar correcto), un joven que huye de su futuro como embalsamador junto a su padre metiéndose a cura. Pero como no tiene fe, o al menos no la suficiente, decide renunciar antes de empezar. Para evitarlo, su superior le enviará a Roma para hacer en El Vaticano el curso de exorcista. Sus dudas se las tratará de resolver un cura de métodos poco ortodoxos, el padre Lucas. El cura protagonista de El exorcista también llegaba a su trance con el demonio desprovisto de fe. Si allí era su madre el centro de sus angustias, aquí es el padre. En aquella el centro de atención es una niña poseída, aquí sólo tiene unos pocos años más y es una quinceañera embarazada. Hay similitudes. Cuando el joven aprendiz de cura se asombra de ver su primera persona poseída, el padre Lucas le pregunta si esperaba ver cabezas girando y puré de guisante. Los autores de El rito saben que pierden en la comparación.

Una vez perdida la batalla de la originalidad, la táctica de la película para enganchar al espectador pasa por el carisma de Anthony Hopkins. Quizá por eso sorprende que la película tarde tanto en arrancar para él, pues hasta la media hora de las casi dos que dura el filme no se le ve en pantalla. Hopkins es un actor de prestigio y de categoría (cualidades que no siempre coinciden en un mismo intérprete) y le da al filme una pausa, una profundidad y un interés que posiblemente no tuviera con otro actor. En la escena final camina por la delicada frontera de la sobreactuación y no siempre sale triunfante, pero en general ofrece un trabajo más que interesante y lleno de matices. Si de carisma va la cosa, hasta que sale él es precisamente el carisma de los intérpretes que desfilan por la pantalla lo que sostiene la tensión del relato en su larga introducción. Rutger Hauer tiene ese carisma, y lo pasea desde que Christopher Nolan le recuperó en Batman begins. Al igual que Toby Jones (el espléndido Truman Capote de Historia de un crimen y uno de los protagonista de la maravillosa La niebla). Y también Ciarán Hinds (aparecía en Munich, de Steven Spielberg).

Pero ese carisma no parece tenerlo Mikael Hafstrom, director del filme. Especializado (¿encasillado?), probablemente para siempre, en el cine de terror (después de su fallido thriller oriental ambientado en los años 40, Shanghai), no ofrece muchas soluciones novedosas. Abusa del enfoque y desenfoque como si fuera su única alternativa para planificar lo que sucede en la pantalla y emplea, no siempre con acierto, muchos flashes a modo de flashbacks. La realización, en conjunto, queda demasiado efectista. Y eso quizá le hubiera dado mejor resultado si hubiera planteado una cinta de terror tramposa y llena de sustos (como lo era la correcta Lo que la verdad esconde, aquella historia de fantasmas protagonizada por Harrison Ford y Michelle Pfeiffer). Pero eso es justo lo que El rito no es. Su apuesta es (salvo en momentos puntuales en los que, casualmente y en contra de lo que parece burlarse, apuesta por el camino marcado por El exorcista) la del thriller psicológico, la del debate sobre la fe, la de la necesidad de las creencias. Esa apuesta, que funciona razonablemente bien durante 90 minutos, se pierde en el climax final, un climx cuya elección es difícil de comprender y cuyo desarrollo es muy previsible.

El rito es una película construída de forma más o menos correcta, con altibajos narrativos compensados por las buenas interpretaciones y que buscan esconderse detrás de la presencia femenina y de debate periodístico (ambas personificadas en la actriz Alice Braga; Predators, A ciegas, Soy leyenda). Aunque cargados de ingenuidad, los mejores momentos del filme pasan por las dudas en la fe de su protagonista. Ahondando en ese matiz central del personaje protagonista, El rito podría haber sacado mucho más partido de su materia prima, haber marcado distancias reales con respecto a su venerado referente y haber alcanzado el nivel de terror cuando uno sale del cine al que debe aspirar toda película de género. Con todo, no deja de ser otra muestra más de este cine de posesiones y exorcismos que parece haber vuelto con fuerza en los últimos años. Una con Anthony Hopkins de protagonista. Tampoco es poca cosa, si uno lo mira con la benevolencia que exigen este tipo de películas.

miércoles, marzo 09, 2011

'Morning glory', risas y carisma

Está claro que el cine hay que verlo cuando hay que verlo. Porque es la única forma de entender que Morning Glory me haya dejado tan buen sabor de boca. La miras detenidamente y no es una gran película. No tiene un buen guión, muy previsible y con olor a refrito. Es una mirada demasiado amable sobre un tipo de periodismo que a mí, la verdad, no me entusiasma. Pero desborda simpatía y produce risas. Eso es lo más inesperado, claro, pero es que hacía tiempo que no me reía tanto con una película. No vayáis a pensar que es la comedia más desternillante de la historia, pero tiene sus puntos. Y esos puntos tienen su origen en el carisma que desprenden sus actores protagonistas. Porque Harrison Ford, por fin, ha encontrado un papel que le va como anillo al dedo después de años de naderías en las que no encajaba (con el intermedio de volver a ser Indiana Jones, por supuesto) y porque Rachel McAdams demuestra un talento innato para la comedia. Lo demás no es nada del otro mundo, pero es una cinta simpática.

Vaya por delante una advertencia: no estamos ante una comedia romántica. Hay un romance, por supuesto, porque eso no puede faltar en una película hecha en Hollywood, pero no es eso lo que ofrece Morning Glory. Su protagonista es la ya esterotipada mujer joven entregada por completo a su trabajo que encuentra un reto en el que todo se pondrá en su contra pero del que hará lo imposible para salir airosa. Un cliché muy visto. Y muy visto también el entorno amable de la televisión que retrata la película. Amable porque no pretende hacer crítica alguna sobre lo que se cuenta. No es un análisis de la televisión actual o sobre los programas matinales de variedades. Morning Glory no pasa de ser lo que es, una peliculita simpática con actores carismáticos. Buscarle más profundidad equivale a experimentar un chasco inmenso en su visionado. Pero si se ve como lo que es, una comedia ligera, cumple a la perfección con su misión de entretener.

Y como la película en sí misma no ofrece mucho donde rascar, el mérito de esa empatía que despierta está indudablemente en sus actores. Morning glory empieza con una conversación (¿es muy maquiavélico trazar un paralelismo, a la baja por supuesto, con el prodigioso comienzo de La red social?) en la que se busca asentar la personalidad de la protagonista, Becky Fuller, una mujer que no llega a los treinta y que vive entregada por completo a su trabajo como productora de un programa en una emisora local. Por eso mismo, no es capaz de tener una vida sentimental normal. Es además una mujer que habla mucho y que no domina los usos sociales para cambiar su forma de actuar. El retrato suena atractivo, pero Roger Mitchell (director de Notting Hill) cambia pronto de rumbo. Esa adicta al trabajo pronto encuentra también lugar para los sentimientos y su labia pronto se ve enterrada por la apabullante presencia de Mike Pomeroy, un periodista de prestigio y malencarado con el que empezará a trabajar.

Es decir, que la película empieza con trampa. Lo quye vemos en la primera escena no encuentra reflejo después. La Becky de esa conversación inicial no termina de ser la misma persona que aparece en el resto de la película. Perdonada esa incongruencia, Rachel McAdams demuestra un talento especial para la comedia amable, lo que unido a su versatilidad (Sherlock Holmes, Más allá del tiempo, La sombra del poder) hace de ella un nombre y un rostro muy atractivos para todo tipo de película. Aquí sale triunfante a pesar de estar rodeada de grandes nombres. O, mejor dicho, precisamente por eso. Porque hay química en sus (un tanto escasas) escenas con Jeff Goldblum y, sobre todo, con Harrison Ford. De hecho, es la aparición conjunta de McAdams y Ford lo que dispara la película. Suyas son las mejores escenas, incluso cuando no están compartiendo plano pero sí secuencia. Diane Keaton, mucho más sosa de lo que uno podría esperar, a veces parece sobrar más allá de su papel de catalizador, pero en ese lugar sí funciona (ver el pique en pantalla de Keaton y Ford ante una McAdams primero boquiabierta detrás de las cámaras y después enfurecida delante de ellos).

Morning glory es una de esas muchas películas que ofrecen visiones complacientes y nada arriesgadas de un mundo profesional en concreto. Son la excusa para enfrentar personajes muy dispares y ver lo que sucede. Es una clave cinematográfica muy usada, muy manida, pero que funciona cuando el casting es acertado. Aquí lo es, y por eso la película acaba funcionando. Sin dejar una huella demasiada profunda en el espectador, pero sí ofreciendo cien minutos de entretenimiento sincero, correctamente rodado, bien acompañado musicalmente y, sobre todo, muy bien interpretado. Una película perfecta para ver cuando uno necesita olvidarse del mundo y sonreír.