sábado, octubre 31, 2009

Esto es Halloween

Todo lo que encierra Halloween está en una película: Pesadilla antes de Navidad. Todavía recuerdo mi asombro al ver por primera vez cómo Jack, rey de la ciudad de Halloween, descubría lo que era la Navidad, intentaba perfeccionarla y sólo al final se daba cuenta de que lo suyo era Halloween. Todavía recuerdo como el primer día la fascinación que me provocó ver esa animación de muñecos, que cobraban vida delante de mis ojos y colmaban todos los sueños que puede tener una mente imaginativa delante de una pantalla de cine, sin importar la edad que se tenga. Éste fue el primer largometraje que se hizo íntegramente con la técnica de animación stop-motion y, aunque es un musical, fue una ruptura completa con el tono del cine de dibujos animados dominante en la época (en pleno resurgir de Disney con La sirenita o La bella y la bestia).

Pesadilla antes de Navidad de Tim Burton, rezaban los carteles. Y, sí, el gran fabulista Tim Burton estaba detrás del invento, de los diseños y de la historia. Pero no dirigió la película (se metería en este mundo de marionetas él mismo años después, con La novia cadáver), eso lo dejó en manos de Henry Selick, autor de la también deliciosa Los mundos de Coraline (basada en una novela de Neil Gaiman, el asombroso creador de Sandman o Stardust). Si a ese cóctel le añades la banda sonora, canciones y voz (en el original, la de Jack) de Danny Elfman, el compositor fetiche de Tim Burton y un genio musical que trajo un torrente de original a la música cinematográfica sobre todo de los 90, Pesadilla antes de Navidad se convierte en una experiencia inolvidable y, sobre todo, muy recomendable.

La película es sobre la Navidad, sí, pero también es una fábula sobre Halloween. Al fin y al cabo, el filme comienza así, explicándonos lo que es Halloween.



Pero tengo que reconocer que prefiero la versión original. La introducción, a cargo de Patrick Stewart, tenía que haberla hecho el gran Vincent Price, pero murió antes de poder ser el narrador de la película.



Lo celebréis o no, feliz Halloween a todos.

lunes, octubre 26, 2009

El nuevo 'Equipo A'

Juntemos los conceptos "serie de éxito" y "años 80" y tendremos uno de los argumentos preferidos de los estadios de Hollywood. Quienes crecimos en esa década, tenemos muchas series que ahora recordamos con nostalgia (la mayoría ya han sido objeto de remake, sea en cine o en televisión) y, obviamente, somos casi seguros compradores del producto que nos ofrezca hoy el cine para satisfacer ese recuerdo. Que llegara una película sobre El Equipo A, no era más que cuestión de tiempo. Y Hollywood ya está en ello, ya está rodando una adaptación cinematográfica de la serie en la que más disparos se realizaban y, proporcionalmente, menos muertos había (¿llegó a morir alguien en la serie...?).

La foto que encabeza esta entrada es la primera imagen oficial de El Equipo A que llegará a los cines en junio de 2010 (en Estados Unidos, claro; en España ya veremos si no nos ocurre lo de otros estrenos de cada verano, que se retrasan dos o tres meses). Y si bien el nombre del director, Joe Carnahan, no me supone una garantía de nada (sólo un par de películas como director, ninguna demasiado conocida), lo cierto es que el reparto y la nostalgia me atraen lo suficiente como para decir que sí, que yo será uno de esos treintañeros nostálgicos que pagarán una entrada por ver la película.

Liam Neeson puede ser el perfecto Hannibal Smith (sólo espero que le incluyan en el guión esa frase de "me encanta que los planes salgan bien), aunque sustituir a George Peppard tiene lo suyo. Sharlto Copley, el protagonista de Distric 9 del que se decía que no tenía interés en seguir actuando, parece que ha cambiado de opinión. De momento, pega como el loco Murdock. Bradley Cooper, uno de los protagonistas de Resacón en Las Vegas, lo tiene más que complicado para mejorar el Templeton Peck de Dirk Benedict. Y Quinton Rampage Jackson sabe que sólo tiene que imitar a Mr. T para hacer un perfecto M.A. (lo que tardé en descubrir lo que significaban esas siglas: Mala Actitud).

De la protagonista femenina (inevitable, por mucho que se trate de una historia sobre cuatro ex jmilitares perseguidos por la Ley por crimen que no cometieron) también hay foto, aunque no oficial. Jessica Biel es una actriz que casi todo el mundo conoce, pero de la que apenas se recuerdan películas memorables. No se sabe nada de su papel, pero parece por lo que ha trascendido que no será el de Amy, el que la actriz Melinda Culea interpretó en la serie de televisión. Habrá que esperar para confirmarlo.

Como en casi todas las adaptaciones, lo mínimo que se pide es que se respete aquello que todavía hoy nos hace recordar el original. Yo me conformaré con que Hannibal pronuncie su frase, con ver alguna bronca entre M.A. y Murdock y con que suene en algún momento la sintonía de la serie. Porque la inolvidable e inimitable furgoneta, por lo visto, sí la están utilizando...

sábado, octubre 17, 2009

'District 9', imprescindible metáfora social

La ciencia ficción es un género que provoca reacciones encontradas. Hay mucha gente que lo rechaza. Entiende que los marcianitos o las naves espaciales no van con ellos. Por otro lado, están los que adoran el género, y desatan fenómenos frikis, a veces desmesurados, que han encontrado en Internet el mejor terreno para propagarse. Puede que District 9 sea un producto perfecto para explicar la existencia de estos dos grupos. Que ha generado pasiones entre los aficionados al género es algo que está fuera de toda duda, no hay más que darse una vuelta por el ciberespacio (en IMDB ha recibido una puntuación de 8,4). Y habrá quien no sienta interés en verla porque nos habla de una peculiar invasión extraterrestre. A estos últimos hay que animarles a que la vean y salgan de su error de base. Sí, salen seres alienígenas. Y les podrá gustar o no, pero no por eso. Porque la película no va sobre eso. District 9 es una magnífica reflexión sobre la intolerancia, la inmigración y la naturaleza humana.

Se tiende a minusvalorar el poder de la ciencia ficción para hablar de la realidad, pero la Historia está llena de ejemplos de sentido contrario. Es imposible no acordarse de Ultimátum a la Tierra cuando uno piensa en las mejores películas sobre la guerra fría. O pensar en La invasión de los ladrones de cuerpos si se trata de la caza de brujas del mccarthismo. O rememorar La guerra de las galaxias para entender la respuesta optimista de Hollywood a la depresión en que quedó sumida la sociedad americana tras la guerra de Vietnam. Ahora, District 9 se suma a esta ilustre lista por ser una de las películas de los últimos tiempos que mejor nos habla sobre la intolerancia, sin necesidad de tomar como punto de partida una situación real (con lo que, además, se eliminan los prejuicios que se puedan tener sobre ese hecho).

Llega una nave extraterrestre a la Tierra, y se coloca sobre Sudáfrica, sobre Johannesburgo. En la nave no hay invasores, sino refugiados, millones de seres de los que sabemos poca cosa y que han llegado a nuestro planeta en lo que en el mar habríamos tachado de patera, sólo que mucho más grande. Las autoridades crean un gueto para alojar a estas criaturas mientras se piensa qué hacer con ellas. Ha nacido el distrito 9, una zona de miseria, crimen y corrupción en la que malviven los extraterrestres. Sólo por elegir África como escenario, esta película ya tiene un inmenso valor. Porque rompe con esa tan extendida costumbre en el cine de que las invasiones sólo se produzcan en Washington o Nueva York. Y, aunque sea indirectamente, quizá consiga que alguna mirada se detenga en el país sudafricano y en lo que sucedió allí durante algunas décadas.

Y es que ahí está el origen de la película, en el Apartheid. Su director, Neill Blomkamp, nació y creció en Johannesburgo y trasladó sus vivencias a este escenario de ciencia ficción. Que nadie se rompa la cabeza pensando quién demonios es Blomkamp, pues éste es su primer largometraje. Pero no su primer trabajo. De hecho, District 9 está basada en un cortometraje, Alive in Joburg, que él mismo dirigió en 2005. Este llamó la atención de Peter Jackson, el responsable de la saga de El Señor de los Anillos, y le escogió para que dirigiera la adaptación al cine del videojuego Halo. Como ésta película no vio finalmente la luz, Jackson le ofreció a Blomkamp treinta millones de dólares para hacer la película que quisiera. Y fue ésta. Igual que no sonorá el nombre del director, tampoco lo hará el de su protagonista, Sharlto Coopley, ya que es su primer papel y al parecer no tiene ningún interés en seguir trabajando como actor.

La película captura desde el principio, rodado como un falso documental. Poco a poco, la ficción evidente se va introduciendo en la trama, con planos que ese documental no podría de ningún modo conseguir, y va evolucionando hacia la historia que se quiere contar, aunque sin renunciar a magníficos insertos de la televisión o de cámaras de vigilancia. Poco a poco, con una naturalidad ejemplar, con un estilo formidable y con una manera de rodar magnífica, quizá impropia de un debutante. Quizá lo más convencional de District 9 esté en su climax final, donde se producen las concesiones más evidentes y abundantes a la ciencia ficción menos reflexiva y más de acción, pero estas concesiones son también necesarias para satisfacer al aficionado a los buenos efectos especiales (elemento que, en cualquier caso, es indispensable en el género). Se llegaron a rodar seis finales, que sin duda veremos en el DVD.

District 9 funciona a todos los niveles. No importa que no tenga grandes nombres o un presupuesto desorbitado. Ni el desconocimiento de los actores ni el nivel de los efectos especiales (muy buenos en los primeros planos, flojean algo más en los planos abiertos) suponen lastre alguno al filme. La ciencia ficción sí que está en plena forma, y esta película es una muestra evidente porque prima la imaginación, el talento y la metáfora social. Chapeau.

lunes, octubre 12, 2009

'Ágora': hermoso envoltorio, lagunas narrativas

La trayectoria de Alejandro Amenábar cubre con buena nota una nueva estación más. Ágora es una película notable, a partir de la cual se podrán mantener muchos debates sobre la capacidad real de este cineasta español, una rara avis en una industria como la nuestra, que tiene los pies en ella pero la mente lejos, realmente lejos. Su formación, a nivel de aficionado, procede de Hollywood. Admira a Hitchcock, a Kubrick, a Spielberg (la herencia de éste último es especialmente notable en esta su última película). Y por eso domina el cine de género. Eso lo supimos desde su debut, en Tesis. Ahora también sabemos también que domina el cine espectáculo con un talento innato y preciso, con un dominio absoluto de lo que sucede delante de la cámara y fuera de su enfoque, tanto de la imagen como del sonido, que desemboca en un envoltorio hermoso.

Lo que hace de Ágora una película especial es que se trata de una rareza en nuestro cine que, además, abre caminos nuevos. Muchos siguieron las diferentes sendas abiertas por Tesis, Abre los ojos y Los otros. Mar adentro fue para Amenábar la posibilidad de demostrar que no sólo sabía moverse en el cine de golpes de efecto. Pero también llegamos así a la debilidad de Amenábar: la historia. En Ágora, como le sucedió también en sus anteriores películas (aunque las sorpresas escondieran en parte esas lagunas), no termina de aclarar qué nos está contando. No sabemos si es la historia de una filósofa aficionada a la astronomía que vive en una época de fanatismos religiosos o la historia de los fanatismos religiosos alrededor de una filósofa aficionado a la astronomía. No sabemos si es una historia más grande que la vida o una historia de amor intimista.

En esa indefinición temática en la que se mueve Ágora, a Amenábar se le escapan bastantes cosas, sobre todo el ritmo de la película. El relato, dividido en dos partes, sufre muchos altibajos, y sólo cabe preguntarse cómo le ha afectado el recorte final de quince minutos tras el pase de la película en el Festival de Cannes. Quizás le haya beneficiado, y eso dice poco del guión (obra del propio Amenábar y de su inseparable Mateo Gil) y de las pretensiones del director. Amenábar es un espléndido espectador, sabe lo que quiere ver y con la cámara lo captura con maestría, pero le cuesta articularlo como guionista. Como le pasa también en su faceta de músico. Para esta película ha aprendido que otro punto de vista puede enriquecer el producto final. Por primera vez no es él quien compone la música y deja esa labor en manos de Dario Marianelli, cada vez más interesante, quien compone una potente y muy adecuada banda sonora que ayuda a la película. Puede que el mejor paso ahora para Amenábar sea dirigir una película escrita por otro.

Porque dirigir, lo que se circunscribe a la tarea de dirigir, Amenábar lo hace de fábula. En Ágora da un paso de gigante con respecto a sus anteriores películas, y lo evidencia en los planos más cargados de simbolismo (todo está en las formas elípticas), en los experimentos formales que se permite (un plano del revés) y, sobre todo, en los espléndidos dos climax de la película (bien podría decirse que es lo mejor que ha rodado hasta hoy), el asalto a la biblioteca de Alejandría (es sencillamente magistral la forma que tiene de sugerir el avance de los cristianos mostrando únicamente cómo van cediendo los cerrojos de la puerta) y la resolución final de la historia. La segunda parte, de hecho, gana en intensidad porque las piezas que en la primera mitad quedaban deslabazadas empiezan a cobrar sentido. Incluso algunos actores, como es el caso de Max Minghella (hijo del fallecido director Anthony Minguella), crecen en este segundo y último acto.

Rachel Weisz es una actriz de importante prestigio, pero que a mí no termina de convencerme. No consigue dar a Hipatia el carácter que emana de la figura histórica, aunque uno no puede dejar de preguntarse si es por ella o por el entorno que le rodea, principalmente esos altibajos en el guión. A veces Amenábar parece prestar más atención a sus secundarios, y con ellos sí transmite lo que busca. Borda su papel de Amonio, un cristiano vehemente, el actor israelí Ashraf Barhom (al que se pudo ver en La sombra del reino), y con él sí se van entendiendo a la perfección los cambios de punto de vista que pretende ofrecer la película. Al final, Alejandría se convierte en el mejor personaje de la película. Amenábar consigue meterse y meternos en la ciudad antigua y sentir que estamos allí, en la Historia, aunque en esta historia no logre meternos tanto.

Ágora es una película notable, producto de un realizador capaz de plasmar en la pantalla la realidad que quiera con clase y categoría, pero también evidencia algunas conocidas lagunas narrativas que lastran su cine (lo que le crea a Amenábar ciertos detractores entre la crítica). Pero es, insisto, un intento noble y notable que deja un regusto dulce, crítico pero dulce, al salir del cine. Por lo que muestra, por cómo lo muestra, por las vías que abre en la industria cinematográfica al mostrarlo y porque es la obra de un director que no tiene miedo a saltar al vacío, con o sin red. A veces le sale mejor, a veces le sale peor. Pero Amenábar crece en cada película, ofrece algo nuevo de sí mismo y de su capacidad para rodar. Y eso, hoy en día, vale su peso en oro.

jueves, octubre 01, 2009

Enemigos públicos, héroes eternos

Cuando uno escribe historias de superhéroes, es difícil resistir a unir a Superman y Batman. Se hizo en la serie de animación del Hombre de Acero de los años 90 (la primera historia se llegó a comercializar en DVD con el título de Superman / Batman La Película; fantástica, por cierto) y la del Caballero Oscuro de la presente década. El cine todavía espera ver a los dos héroes juntos (lo intentó hace años Wolfgang Petersen). En el cómic, ambos personajes han caminado juntos casi desde su existencia, a finales de los años 30 del siglo pasado, en la serie World's Finest Comics primero, en las colecciones regulares de ambos personajes, en números especiales y, más recientemente, en la serie Superman & Batman. El primer arco argumental de este cómic mensual es el que ha servido de referencia a Warner Animation para su última película basada en héroes de DC Comics: Superman / Batman: Public enemies. Una película cuya principal razón de ser es agrandar la ya de por sí inagotable leyenda de dos héroes eternos.

Dada su breve duración (66 minutos), es fácil entender la gran simplificación a la que se ve sometida la historia original, que abarcó seis números de 24 páginas. El cómic no era precisamente una obra de arte irrepetible ni un sesudo análisis de los personajes, sino un simpático entretenimiento que tenía su principal atractivo en la ingente cantidad de héroes y villanos que desfilaban por sus páginas. Como gancho, el guionista Jeph Loeb (muy recomendable la lectura de sus dos grandes trabajos para Batman, El largo Halloween y Dark Victory) ofrecía también alguna que otra pincelada sobre los orígenes y el futuro de Batman y Superman. La película prescinde de todas esas subtramas y se centra, además de en las numerosas escenas de acción (motor principal de la película, que nadie espera una historia existencial), en la relación de amistad entre ambos superhéroes. Bromas, chistes privados y mucha confianza. Interesante de ver, sin duda, por atípico.

Atípico es también el comienzo de la película, ya que plantea un mundo en crisis, más o menos como la que se está viviendo en la actualidad, pero en un escenario aún más desesperado, con revueltas sociales incluídas. Una pena que sólo sea el prólogo de la película, el gancho con el que justificar que Lex Luthor, el mayor enemigo de Superman, haya llegado a convertirse en presidente de Estados Unidos (para así, y tras varios acontecimientos, declarar a Superman enemigo público y ofrecer una recompensa por su cabeza), y no el motor argumental de la cinta. Bien distinta (y tremendamente atractiva y novedosa) podría haber sido la película de haber seguido esos derroteros, pero la acción manda y es la pieza esencial de esta cinta. De hecho, hay una traslación casi literal del cómic a la pantalla de casi todas las luchas (y sus diálogos). Con la misma y sencilla ambición, no demasiado elevada, de ver en acción a cuantos más personajes del universo DC como sea posible.

Paradójicamente, lo mejor de la película no está en las escenas de acción (sencillas, bien resueltas, pero no muy originales para quien conozca las aventuras de Superman y Batman; prima más el deseo de satisfacer al fan, de hacer una lectura casi directa del cómic, que el de hacer algo diferente), sino en las pequeñas conversaciones entre los dos héroes. Las alusiones de Superman a Lois Lane y su vida conyugal; los detalles que evidencian que, pese a aser como la noche y el día, Superman y Batman se conocen como lo que son, dos viejos y grandes amigos. Es decir, la perspectiva más novedosa, sobre todo para quienes estén acostumbrados a ver a los paladines de Metropolis y Gotham sólo en el cine y por separado. Visualmente, Public enemies es tan atractiva como cabría esperar, con el destacable detalle de respetar los diseños de los personajes que el dibujante Ed McGuinness hizo para la versión original en las viñetas.

No es una película imprescindible en la mitología de ambos héroes, pero sí un buen entretenimiento, como casi todas las recientes películas animadas que está produciendo sobre héroes DC (Justice League: The new frontier, Green Lantern: First Flight, La muerte de Superman y Wonder Woman -estas dos últimas ya editadas en DVD en España-). La película se acaba de estrenar en DVD en Estados Unidos, ya veremos cuándo llega a nuestro país... si es que llega. En todo caso, siempre es un placer escuchar en la versión original la voz de Kevin Conroy, el mejor Batman animado posible.

martes, septiembre 22, 2009

Llorar y reír

Durante años he pensado que nadie llora o ríe mejor en pantalla que Michelle Pfeiffer. Con la risa y con las lágrimas, es una actriz que siempre me ha conmovido. Aunque rechazara películas magníficas. Aunque hiciera otras que no estaban a la altura del inmenso talento que tiene como actriz. ¡Cómo la eché de menos en esos cuatro años que estuvo lejos del cine y cómo celebré su retorno cuando se estrenó Stardust! Para mí, Michelle siempre fue y siempre será única desde que descubrí a Isabeau en Lady Halcón. Por su risa. Por sus lágrimas. Pero lo que todavía no sabía es que también tenía la capacidad de hacer las dos cosas a la vez de una forma tan tierna, natural y sensible. Lo he descubierto en Yo soy Sam, donde Michelle da vida a una abogada que casi por casualidad acaba llevando el caso de un deficiente mental al que quieren retirar la custodia de su hija pequeña. No, en realidad, da vida a una abogada cuya vida personal es un fracaso que no se puede permitir porque ella no ha perdido nunca. Por eso llora. Y por eso acaba encontrando motivos para reír.

Se llevan 36 años, pero comparten esa especial y rara cualidad de iluminar la pantalla con su risa o sus lágrimas. Pocas personas saben hacerlo y en Yo soy Sam confluyen dos. Dakota Fanning es una niña prodigio. El término es horrible, sí, pero describe a la perfección a una niña que con siete años ya era capaz de aguantarle secuencias a Sean Penn. La vi por primera vez en la menospreciada La guerra de los mundos de Spielberg. Me encantó esa pequeña niña rubia de grandes ojos azules. Después me dejó sencillamente alucinado en la notable miniserie Abducidos, producida por el propio Spielberg. Y ahora la veo, aún más pequeña, en Yo soy Sam. Y se ríe como nadie. Llora como nadie. Y me hace llorar cuando le dice a su padre que no tiene por qué sentir que sea diferente a otros padres porque "ningún otro padre juega con su hija en el parque". O cuando le dice que no quiere aprender a leer palabras que su padre no sepa leer también. Dakota Fanning tiene ya quince años y ya ha rodado la segunda entrega de la saga Crepúsculo. Ningún niño me había entusiasmado tanto desde Haley Joel Osment. Ninguna niña desde Natalie Portman. Ojalá no me echen a perder a Dakota.
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Os preguntaréis cómo es posible que me centre en estas dos actrices para hablar de Yo soy Sam, una película en la que el inmenso Sean Penn se sale una vez más dando vida a un deficiente mental, en un filme pensado para el lucimiento del actor protagonista. La respuesta es sencilla. Estas dos mujeres, estas dos actrices, estas dos sonrisas, tiene algo diferente. Algo único. Algo que conmueve. Y Sean Penn también, claro, pero llega un momento en la película en el que te das cuenta de que estás llorando y estás riendo con el personaje de Sean Penn, pero gracias también a todo lo que hacen y dicen su abogada y su hija. Yo soy Sam es una película con aspecto de telefilme pero que crece gracias a sus actores (también Laura Dern y Dianne Wiest), que tiene un final insulso y sin fuerza, escamoteando demasiadas cosas que merecía la pena mostrar, pero un desarrollo tan divertido como emocionante, además de un sentido homenaje a la vida a través de los Beatles (por cuestiones de derechos, no pudieron incluir canciones de los de Liverpool). Sin duda a causa del trabajo de sus actores, conmueve. Y eso ya vale mucho.

lunes, septiembre 14, 2009

Los cameos de Stan Lee

En la introducción de un volumen de Spiderman publicado no hace mucho, Stan Lee se definía a sí mismo como "el tipo que ha hecho cameos en casi tantas películas como Hitchcock". ¿Cómo? ¿Te estás preguntando quién es Stan Lee? Eso es que no eres muy aficionado a los cómics de superhéroes. Pues Stan Lee es el tipo que revolucionó el género en los años 60 creando la mayoría de personajes principales de lo que hoy conocemos como el Universo Marvel: Spiderman, Daredevil, la Patrulla-X, Hulk, los 4 Fantásticos... Un tipo que a lo largo de los años se ha ganado el cariño de todo el mundo, incluso aunque su fama eclipsara el mérito de colaboradores suyos como el gran Jack Kirby. El de Stan Lee fue uno de los nombres de los que me vino a la cabeza cuando hace unos años se le dio el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia a J. K. Rowling, por haber creado una mitología aún más duradera y universal que la de la madre de Harry Potter.

Volviendo a la frase inicial, desde hace unos cuantos años Stan Lee ha convertido el cameo (suerte de broma privada que, por desgracia, parece estar recluída en el cine fantástico) en un arte y, sí, puede que el referente más claro sea el propio Hitchcock. El creador del Universo Marvel ha aparecido en casi todas las adaptaciones cinemagráficas de los personajes a los que dio vida (la página de Stan Lee en Wikipedia ofrece un listado muy completo). Sus apariciones se han convertido ya en un momento muy especiales de películas que ya de por sí son especiales para los aficionados al noveno arte. Y es un precioso reconocimiento en vida de un hombre que ha creado leyenda, al que gracias a sus creaciones se recordará para siempre y que ha ofrecido innumerables momentos de diversión y entretenimiento a incontables personas en todo el mundo. Aunque todos ellos me han arrancado una sonrisa (reconozco que el de la primera X-Men es el único que no vi en la película y tuve que buscarlo después), sin duda mi favorito es el cameo en Los 4 Fantásticos y Silver Surfer, donde hace de sí mismo, recreando una escena que él mismo escribió hace más de cuatro décadas.

Una entrada como ésta sólo puede acabar con el grito de guerra del propio Stan Lee. ¡Excelsior!

viernes, septiembre 04, 2009

'Enemigos públicos': Michael Mann vuelve


Ver a Michael Mann ofreciendo una película vigorosa, intensa, interesante, entretenida y tan bien realizada como casi siempre en su filmografía, es motivo más que suficiente para pagar una entrada de cine. Enemigos públicos le devuelve a ese terreno, el que viene explorando desde que en 1992 hiciera El último de los mohicanos y, sobre todo, en 1995 dirigiera Heat. Un terreno que abandonó con Corrupción en Miami, un videoclip caro y sin alma que no encajaba para nada en su forma de hacer cine. Mucho plano bonito, sí, pero ni historia, ni actores, ni nada de nada de lo que había enseñado previamente en películas apasionantes como El dilema o Collateral. Enemigos públicos es una gran muestra de cine de gánsgters, de época, donde mejor encajan estas historias, en el Chicago de los años 30. No es una obra redonda, pero sí una buena muestra de lo que puede hacer Michael Mann con un buen guión, una formidable puesta en escena, y un puñado de actores apasionantes.

A la hora de ver Enemigos públicos, es inevitable recordar la cumbre de Michael Mann en el género, Heat. Y seguro que él también la recordó mientras rodaba esta su última película. Después de la brillante secuencia de atraco que rodó en aquella, las escaramuzas de John Dillinger (Johnny Depp), rodadas con corrección y un buen sentido dramático, a veces no satisfacen todo lo que debieran. Heat lo que establecía era una fascinante contraposición entre la vida privada del ladrón y el policía. Enemigos públicos no. Y quizá lo necesitaba. La historia de amor entre Dillinger y Billie (Marion Cotillard) quizá necesitaba de algo parecido en el agente Purvis (Christian Bale). Pero de él no conocemos más que su faceta profesional, la de agente de la Ley, y el personaje se queda algo cojo y escondido como un secundario que tendría que haber dado más de sí. Bale le da un toque de fascinación y elegancia (apasionante cómo pone fin al interrogatorio a Billie) pero le falta material y metraje para convertirlo en un clásico.

Le falta el toque de Heat, las tramas secundarias que tenía Al Pacino en contraposición a la de Robert de Niro. Pero es que Enemigos públicos no es la historia del entrentamiento entre Dillinger y Purvis, aunque en algunos momentos lo parezca. Depp sí consigue bordar su personaje y aprovechar todo lo que se le ofrece en el guión, con toda la brillantez que se le supone. Johnny Depp siempre me ha resultado más atractivo cuando aporta su extravagancia a personas y no a caricaturas más o menos elaboradas, me gusta más su Ed Wood que su Willy Wonka en Charlie y la fábrica de chocolate, por citar dos películas de un director, Tim Burton, que le tiene como actor fetiche. Depp encabeza un reparto fascinante, en el que triunfan por igual los actores más conocidos (Stephen Dorff, Giovanni Ribisi o Billy Crudup) como los más desconocidos para el gran público (con cameo incluído para la cantante Diana Krall... interpretando a una cantante). Todos encajan a la perfeción.

Resulta curioso ver el gran resultado que saca casi siempre de sus actores un director como Michael Mann, en apariencia más centrado en la imagen, en el resultado visual de sus encuadres y sus secuencias. Pero hasta eso se pone aquí al servicio del trabajo interpretativo, porque Mann convierte su película en una inmensa y preciosa colección de primeros planos. El Mann más visual tiene, sobre todo, dos escenas no sólo para el lucimiento, sino casi para la antología. Puede que la llegada de Dillinger a Indiana, su descenso del avión, su traslado a la cárcel (bajo los acordes de un precioso tema musical de un Elliot Goldenthal recuperado para el cine después de años de un silencio casi total), sea la escena más hermosa que haya rodado nunca este realizador. Y el climax final, desde el hermoso homenaje cinéfilo al claro referente de Atrapado por su pasado (una película de Brian de Palma que merece ser reivindicada), es soberbio, emocionante y una dignísima resolución de una película más que interesante.

La película es violenta, como debe serlo una historia de ladrones de bancos de los años 30, pero se mueve con buen criterio en la delgada línea que separa lo que necesita la historia del exceso más morboso. El guión, notable pero con algunos puntos débiles (hay personajes que pedían más desarrollo, no sólo el de Christian Bale, sino también el Edgar J. Hoover de Crudup). No es lo mejor de Michael Mann, pero es que Michael Mann tiene algunas películas realmente sobresalientes. No es quizá la obra maestra que podría haber salido de un material como el que tenía a priori, pero no por eso se puede desdeñar un filme notable y altamente recomendable. Michael Mann ha vuelto y me ha hecho olvidar por completo Corrupción en Miami. Y eso es una espléndida noticia.

miércoles, septiembre 02, 2009

'Arrástrame al infierno' no es 'Posesión infernal'

Sam Raimi vuelve al terror, tras un largo paréntesis en su carrera dedicado a Spider-Man, con Arrástrame al infierno. Muchos esperaban este regreso porque el precedente es una de las sagas más populares que mezclan el cine de terror y el humor más macabro, la que inició con Posesión infernal hace ya casi tres décadas. Pero este regreso se produce sólo a medias. No hay en Arrástrame al infierno las dosis de humor a las que nos acostumbró Raimi en sus inicios como director, y, así, su última película se arrastra en demasiadas ocasiones en el tópico más tópico del cine de terror, en lo previsible del cine moderno y en lo simple de un guión al que le faltan un par de vueltas. Entretiene y asusta (¿qué sería del cine de terror sin el susto acentuado por la música?; o, dicho de otra forma, ¿por qué todos los directores caen en una forma tan fácil y tramposa de asustar a la audiencia?), pero podía haber dado más de sí. ¿Se habrá ascotumbrado Raimi definitivamente al cine más comercial y habrá enterrado su faceta más gamberra? No del todo, pero lo que está claro es que no estamos ante Posesión infernal.

Seguimos las andanzas de Christine Brown, una joven empleada de banco (Alison Lohman, la quinceañera que utilizó Ridley Scott en la interesante Los impostores, ya convertida en veinteañera). El primer toque gamberro, quizá el más inteligente y quizá, por desgracia, el que más desapercibido pasa en la película, es que su pesadilla comienza gracias a una hipoteca. ¿Quería Sam Raimi hacer una metáfora de la crisis económica actual? No lo sé, seguramente no, pero quizá no estaríamos en la situación en la que estamos si más de un banquero se enfrentara a la odisea que esa hipoteca le hace vivir a esta muchacha. También es apasionante el retrato familiar y, sobre todo, el del mundo laboral. La joven atractiva y el trepa inmigrante luchan por un puesto. Y la decisión está en manos de un jefe tan inepto como personalmente sobornable. Una pena que la película no nos quiera contar esto, más allá de la introducción. Pero, claro, es difícil encajar demonios, maldiciones y muertos en un cuento económico de terror. ¿O no...?

El caso es que Sam Raimi se decanta, como es lógico, por los derroteros que ya apunta en el prólogo aterrador y misterioso de la película. Los prólogos se están convirtiendo en una remora en la que caen casi todas las películas del género. Quizá buscan impresionar como hizo El exorcista hace ya muchísimos años, pero en realidad acaban desvirtuando sus propias películas. Aquí sucede. Aquí vemos en dos minutos lo mismo que a la protagonista le sucede en hora y media, y eso resta credibilidad al resto. Claro que, bien pensado, la credibilidad no es el objetivo de esta película. ¿Y cuál es? Supongo que pegar un par de saltos en la butaca mientras el director disfruta haciendo sufrir a la protagonista. Y eso lo consigue. ¿Empatía con Christine? A ratos. Yo la perdí en la escena más desaprovechada de la película, cuando la joven averigua que puede transmitir la maldición que le acosa a cualquiera otra persona y se plante a quién pasársela. El debate filosófico de a quién condenarías al infierno para librarte tú mismo se diluye como un azucarillo.

Los puntos fuertes de Arrástrame al infierno están en el Sam Raimi gamberro que los viejos fans de sus películas quieren ver. En escenas enteras (la lucha entre Christine y la anciana en el coche es de lo mejor que ha rodado Raimi, una secuencia tan absurda y desquiciada, tan propia de Posesión infernal -y de su protagonista, Ash, interpretado por un Bruce Campbell que por desgracia no tiene cameo en esta película como suele ser habitual en el cine de Raimi-, como aterradora) y en pequeños detalles (el director del banco, bañado en sangre de su empleada, preguntando "¿me ha entrado algo en la boca?"). En el Raimi más gamberro, en el director que nos ofrece un final (algo previsible, eso sí) que encaja perfectamente en el cine con el que él disfruta. También es notable el juego visual de sombras (que no se había explotado tanto desde que Francis Ford Coppola lo convirtiera en base imprescindible de su maravilloso Dracula), en la línea más clásica de enseñar al monstruo lo menos posible.

El guión, obra del propio Raimi, está escrito desde que el director finalizó El ejército de las tinieblas, tercera entrega de la saga de Posesión infernal. Pero aunque se marque alguna broma privada (¿no recuerda demasiado a la casa de su mítica saga la que el novio de Christine le describe para pasar un fin de semana...?), no parecen obras consecutivas. Se nota mucho que Raimi se alejó de su gamberrismo de terror hace más de quince años para abrazar la maquinaria de Holywood. No es que Arrástrame al infierno sea una película políticamente correcta, ni mucho menos, y de hecho, la base de usar sangre y otros líquidos para generar angustia sigue de lo más presente (la dentadura de la anciana da su juego...), pero, insisto, no es Posesión infernal. Parte del encanto se ha perdido también con el mundo digital. El Raimi gamberro necesita trucajes físicos, no unos ojos digitales que se salen de las órbitas.

Con todo, entretiene. Es exactamente lo que uno va a ver. Una película de terror con el sello Raimi, con algunos (menos de los deseados) toques de humor macabro y un castigo continua a una protagonista interesante. Los debates morales que la historia puede abrir no le interesan a Sam Raimi. Probablemente tampoco a la mayoría de sus espectadores potenciales. A mí me hubiera gustado ver algo más de eso. Pero se ve a gusto. ¿O es a disgusto...?

miércoles, agosto 19, 2009

'G.I.Joe': Asombrosamente entretenida

Después de ver el fiasco que ha supuesto lo que ha hecho Michael Bay con cada una de las dos partes de Transformers (para mí, porque tiene legión de seguidores), después de saber que el director iba a ser Stephen Sommers (quien, de nuevo para mí, convirtió La momia en un cuento cómico para niños; ah, si Boris Karloff levantara la cabeza...), después de conocer el reparto, ver las primeras imágenes y saber que los productores iban a esconder la película de la crítica evitando los pases de prensa, todo apuntaba a un nuevo fiasco. A un nuevo destrozo de una franquicia de figuras de acción y dibujos animados con la que tantos hemos crecido. Y, ante mi más sincero asombro y contra todo pronóstico, resulta que G. I. Joe es una película de lo más entretenida.

Como película es más bien mala, no nos vamos a engañar: tiene unos diálogos horrendos, un desarrollo de personaje tan limitado como de costumbre, una inagotable colección de tópicos y una dirección algo atropellada. Pero cumple con creces lo prometido: es un sanísimo y honesto entretenimiento, un espectáculo de inofensiva destrucción y personajes arquetípicos que funciona realmente bien. Como referente, me viene a la cabeza Los 4 Fantásticos y su secuela, de las que un crítico llegó a decir que eran la basura más entretenida del verano. Aquí elevadas a la enésima potencia en acción, eso sí. Sólo en la secuencia de París (asombrosamente trepidante, pero algo demasiado digital) se ha llegado a decir que se destrozan más de un centenar de coches. Cada uno de ellos se ve en pantalla.

G. I. Joe no ofrece nada nuevo, ni para los amantes de la franquicia (más allá de la ilusión que pueda hacer verla en imagen real) ni para los aficionados al cine de acción. Es eso, una película de acción pura y dura, sin tomarse en serio a sí misma (pero sin caer en el ridículo como sí sucedía en Transformers), con un público objetivo centrado en adolescentes ansiosos de ver en la pantalla movimiento, tipos duros y mujeres atractivas, y nostálgicos de la serie de dibujos animados de los años 80. Los productores se han tomado una molestia absurda, la de convertir a los Joes en un cuerpo de élite de carácter internacional (Global Integrated Joint Operating Entity, significan las siglas en esta versión) y no sólo norteamericano (se supone que para no despertar animadversión en algunas partes del mundo), cuando la mayoría de sus componentes son precisamente estadounidenses. Absurdo, pero es el mundo políticamente correcto en el que vivimos.

¿Cuál es el éxito entonces, que es lo que hace de G. I. Joe una película digna de verse? Para empezar, que no es un producto adulto pero tampoco una ridiculez insultante, como tantos otros títulos que llegan a la cartelera procedentes de mundos similares a éste. El principal peligro que se corre al basarse en una franquicia así es el que tenía la serie de dibujos animados para ser tomada en serio: la historia se centra en un cuerpo militar de élite que se enfrenta al mayor grupo terrorista del mundo, pero no hay sangre, siempre se ve el paracaídas tras la explosión de un avión, la violencia es de juguete, y no muere nadie porque tiene que salir en el siguiente episodio. G. I. Joe no cae en esa trampa, la violencia es salvajemente irreal, pero encaja en este universo de ciencia ficción ("un futuro no demasiado lejano"), en esta aventura trepidante (aún más gracias a la dinámica partitura de un Alan Silvestri que con Van Helsing, Beowulf y ésta ha recuperado el pulso narrativo que tenía en los años 80, con títulos como Regreso al futuro o Depredador).

Los viejos aficionados de la saga echarán en falta algo de imaginación en los diseños de los personajes. Si algo caracterizaba al universo de G. I. Joe es que todos y cada uno de los miembros del equipo eran únicos y llevaban su propia vestimenta. Aquí todos visten el consabido traje de látex negro que casi todos los héroes de acción han llevado desde el Batman de Tim Burton. Pero esos mismos aficionados disfrutarán con los vehículos que aparecen en la película o con algunos momentos muy reconocibles, en especial las peleas entre Sombra y Ojos de Serpiente (que en la versión doblada han decidido dejar con sus nombres originales, Storm Shadow y Snake Eyes; este segundo no tiene diálogo alguno, como el personaje original, y está interpretado por Ray Park, el Darth Maul de Star Wars) y la Baronesa y Scarlett (de su rodaje salieron heridas tanto Sienna Miller como Rachel Nichols, la primera en su muñeca y la segunda con algunas quemaduras).

Stephen Sommers es un director previsible, que adora mover la cámara aunque no tenga ningún sentido, pero aquí consigue la difícil tarea de no marear en casi ninguna de las magníficamente coreografiadas secuencias de acción (de largo, la mejor es la de París, aunque también es intensa y coherente la del asalto de los villanos a la base de los Joes). Y en la sala de montaje logra dar coherencia a un climax final que se mueve en cinco o seis escenarios paralelos. Del reparto, además de disfrutar con los movimientos de Ray Park, hay que hablar de un Dennis Quaid que se lo pasó tan bien (quizá porque aceptó el papel gracias a que su hijo es fan de G. I. Joe) que vio cómo se incorporaban nuevas escenas para su personaje, el General Hawk, y de una Sienna Miller que lo que más hace ante la cámara es desfilar (descoloca esta actriz, capaz de películas como Interview y que a veces se queda en pantalla como una simple modelo de colonia).

Son dos horas a medio camino entre el cine de acción más contemporánea, la diversión más absurda e incoherente, y la nostalgia que siempre produce un mito de los años 80. Para pasar un gran rato sin prejuicios ni complejos.

domingo, agosto 09, 2009

Pixar, gracias por la aventura de 'Up'

Hace un año se estrenó Wall·E, la enésima obra maestra de Pixar. Y entonces ya dije que el estudio que hizo competencia a la mismísima Disney y acabó fusionada con ella tenía un don: no hace películas de animación, hace cine por encima de todo y la animación es su herramienta. Eso hace que cada nuevo título deje una sensación contradictoria. Por un lado, uno piensa que Pixar ha alcanzando su cumbre, que ya no volverá a hacer un peliculón como el anterior. Como Toy Story, como su secuela, como Monstruos S.A., como Buscando a Nemo, como Los Increíbles o como la mencionada Wall·E. Pero, por otro lado, uno piensa que, si tienen la capacidad de hacer buen cine, ¿por qué no repetir con otra fresca y original genialidad? Suele triunfar más la primera corriente, y se generaliza la idea de que el nuevo Pixar no puede ser tan bueno como el anterior, y más cuando corren tantos riesgos como ahora. Y todavía no sé cómo lo hacen, pero lo consiguen. Se superan película a película. Hilan obra maestra tras obra maestra y traspasan con una facilidad asombrosa límites que parecían vedados al cine de animación. Eso es Up.

Con Up la sorpresa ha sido aún mayor de lo esperado, porque lo que esperaba ver, lo que anunciaban los trailers, era una comedia desenfrenada. Esperaba ver el mismo tono humorístico de Buscando a Nemo, para mí la más divertida de todas las películas de Pixar. Y no, no tiene nada que ver. Por descontado que hay risas, muchísimas (¿son los animadores los únicos capaces de conseguir hoy en día comedia de primera y con buen gusto?). Pero Up es, por encima de todo, una historia de amor. Los diez primeros minutos de la película son un cursillo acelerado de cinematografía y animación. Sin diálogos, sólo con la música de ese genio que es Michael Giacchino, pasamos por delante de toda una vida en común de una pareja, asomándonos a temas que el espectador jamás esperaría encontrar en el cine de animación (como el aborto o la muerte)... porque el cine de animación actual sigue empeñado en tratar a los niños como idiotas. Todos, salvo Pixar. Y por eso Pixar reina. El toque de genialidad es que la historia de amor se sigue desarrollando a lo largo de toda la película con sólo uno de sus dos protagonistas. Sencillamente maravilloso.

También es Up una historia de amistad, entre el anciano protagonista y el pequeño explorador que busca la última distinción que le falta (quizá esta relación sea lo más predecible de toda la película, pero es igualmente encantadora gracias a que los personajes están trazados con maestría, sin forzar situaciones, sin recurrir a estereotipos facilones). Y una historia de aventuras, de lugares exóticos y desconocidos, con un malo a la altura, con un desenlace magníficamente coreografiado. Por supuesto que, como buena película de animación, es una comedia. Y es una comedia que marca distancia con la comedia moderna y para niños. No hay escatología, no hay chistes fáciles. Hay genialidades, tiene un humor tan inteligente y a la vez tan sencillo que lo captan espectadores de todas las edades. Porque si algo tiene Pixar es que hiptoniza a los más pequeños, les cautiva, les hace estar pendientes de la pantalla, y no de las palomitas, del baño o de lo que les espera a la salida del cine. Lo vi con Wall·E y lo he corroborado con Up. Y todavía no salgo de mi asombro.

Había quien no veía claro el negocio de Up. Pensaron que un anciano no engancharía a los más pequeños, que no era un protagonista adecuado para una película de animación. Creían que apostar por una gran historia y un guión magnífico, por una obra de calidad, no mejoraba la tradición de hacer la misma película de siempre, con los mismos animales, con los secundarios cómicos de siempre, con los mismos chistes fáciles. Y Up, como casi todo lo que hace Pixar, se revela como un auténtico prodigio, como una rara especie (tan como el pájaro Kevin de la película o como los perros parlantes) dentro de un cine que no termina de darse cuenta de que en el talento se puede confiar por encima de todo. Y en Up hay mucho talento, muchísimo, desde su prológo hasta el álbum con el que se cierra la película en los títulos de créditos (homenaje a Star Wars incluído), pasando por unos diálogos certeros, un guión lleno de ritmo, escenas de acción perfectas y un desarrollo de personajes que supera a buena parte del cine moderno.

Siendo sinceros, yo también habría dudado si fuera un ejecutivo de un gran estudio y alguien me dice que quiere hacer una película sobre un anciano que un buen día decide llevarse su casa volando gracias a cientos de globos a un lugar exótico en el que su mujer y él siempre soñaron vivir, y que hace ese viaje con un niño polizón, un ave zancuda y un perro que habla. Pero si a continuación me dicen que es un producto Pixar, cierro los ojos y salto al vacío. Algún día Pixar se equivocará (Cars para mí es su título más flojo), pero para cuando llegue ese día ya nos habrá dejado un puñado de obras maestras inolvidables. Up es otra más. Si ya fue duro ver que Wall·E se quedara fuera de las nominadas al Oscar a la mejor película (no de animación, sino en la categoría general), este año sería aún más difícil de explicar, ya que cambian las normas y serán diez las nominadas.

En el viejo álbum que aparece en la película, descubrimos casi al final una frase que describe a la perfección lo que desprende la película. "Gracias por la aventura. Ahora empieza otra nueva". Gracias, Pixar, por esta aventura. Ya estoy deseando ver la nueva, la próxima, la que de nuevo me volverá a hacer sentir que es imposible mejorar lo anterior y nuevamente me volverá a emocionar y entusiasmar. Gracias de verdad. Porque por esto es por lo que merece la pena pagar una entrada.

lunes, agosto 03, 2009

SAGAS: Alien

Ya es oficial que habrá un nuevo Alien y también es oficial que su director no será otro que Ridley Scott. La noticia, magnífica y de gran trascendencia, apenas ha tenido difusión en España, lo que sorprende por aquello de tratarse de un icono de la ciencia ficción de los últimos 30 años, pero da a entender lo bajo que ha caído la saga de este ser estraterrestre, el asesino perfecto que nos descubrió el cine hace ahora tres décadas. Aprovechando la noticia y que hace un par de meses se cumplió la tercera década desde su estreno (a España llegó el 26 de septiembre de 1979), es buen momento para hacer un repaso a toda la saga.

· ALIEN (1979)
Un clásico con mayúsculas, y no sólo del género. Porque, para empezar, ¿de qué género es Alien? La tentación lógica es hablar de ciencia ficción, pero en realidad es una película de terror. En realidad, es puro cine. Del grande. Del que permanece en la memoria. Ridley Scott hizo maravillas escondiendo (como mandan los cánones del género) la criatura diseñada por H. R. Giger y haciéndonos temer por su aparición tras cualquier esquina de la mítica nave Nostromo. Apenas siete personajes, una criatura aparentemente indestructible y un gato formaron una de las tripulaciones más conocidas del cine contemporáneo. La genialidad narrativa de Scott, un reparto excepcional encabezado por Sigourney Weaver (que convirtió a Ripley en todo un icono del cine), una tensa música de Jerry Goldsmith y una imaginería visual pocas veces superada convierten a Alien en una referencia indispensable, en dos horas inolvidables y a las que hay que volver cada cierto tiempo con el mismo cariño y la misma reverencia de la primera vez.

· ALIENS. EL REGRESO (1986)
Si existe la secuela perfecta, es ésta y como tal debiera figurar en los manuales de cine, por la forma y por el fondo. James Cameron recogió un peliculón e hizo otro... que en realidad no tenía nada que ver con la anterior. Si Ridley Scott apostó por el terror, él lo hizo por el cine bélico, manteniendo el escenario de ciencia ficción y profundizando, como está mandado, en los personajes. Cogió la historia en un punto cercano al final de la primera entrega y expandió el universo con respecto a la película original. La incorporación de la reina Alien es una genialidad, como también la de Bishop, el personaje interpretado por Lance Henriksen o la niña Newt, una superviviente del ataque de los aliens. Tanto como la portentosa banda sonora que compuso James Horner. O el impresionante final, uno de los más emocionantes de la década, con un inolvidable duelo de titanes entre la mujer y la reina Alien. En realidad, todo. Para muchos, la mejor de la saga. Yo me sigo quedando con la primera. Aliens fue una de las primeras películas en tener un Director's cut.

· ALIEN 3 (1992)
Como en las películas anteriores, la tercera entrega contó con un director no demasiado importante en su momento pero que se ha acabado consolidando: David Fincher. La diferencia es que ésta es la primera película de Fincher, y Scott y Cameron ya habían dirigido alguna cosa de más o menos importancia. Fincher sólo videoclips y anuncios. Y sale airoso del trance, lo que no es poco, pero su película se vio muy disminuida por la intervención de los productores. El director's cut es mejor que la versión que se estrenó en cines y aporta mucha información interesante. En todo caso, las nuevas características que otorgan al Alien no son muy del gusto de la mayoría de los seguidores de la saga. A mí no me chirrían tanto, pero prefiero la versión original. Fincher, en todo caso, toma como modelo el Alien de Ridley Scott y captura por momentos una atmósfera intersante, opresiva y gótica. Sigourney Weaver cerró la saga de Ripley con un buen y simbólico final, aunque en un desaprovechado entorno de una cárcel enteramente poblada por hombres. Mejor de lo que muchos creen, pero bastante inferior a las dos anteriores.

· ALIEN RESURRECCIÓN (1997)
En los manuales de cine, ésto tiene que aparecer como el mejor ejemplo de la desgracia de una saga. Nada que ver con el original, ni en la forma ni en el fondo, una realización torpe (de Jean Pierre Jeunet, lo que quizá influye en mi negativa visión de Amelie...), un guión malo de solemnidad y un desarrollo de la franquicia que roza la locura, con la invención de un ser híbrido entre humano y alien que mueve a la carcajada. La presencia de planos imposibles, marca de fábrica del director, contribuye al despropósito tanto como el imposible y absurdo regreso de Ripley, que para eso estaba mejor donde se quedó en la tercera película. Tiene una secuencia fascinante, una persecución de los aliens a los humanos bajo el agua, pero el resto de la película es no ya una pérdida de tiempo, sino un motivo para salir muy, pero que muy cabreado del cine ante tanto despropósito génetico-cómico. Tanto fue así que han tenido que pasar doce años para que alguien piense en hacer otra película de la saga. Por algo será.

· ALIEN VS PREDATOR (2004)
El cómic ya había unido previamente las dos franquicias de ciencia ficción más populares de la Fox, así que era cuestión de tiempo ver algo parecido en el cine. Y el resultado fue de lo más decepcionante. Un galimatías demasiado centrado en los humanos, en lugar de focalizar la acción en lo que importaba a los fans de ambas sagas: los aliens y los depredadores. La historia es tan tópica que da cierta risa, y eso que el flashback que ofrece toda la información, a pesar de todo, es lo mejor de la película. Eso y una sola de las peleas entre una criatura de cada raza, la única de todo el metraje en la que el espectador puede seguir lo que está sucediendo sin necesidad de marearse o sentir que no se está enterando de nada. Una pérdida de tiempo que, sorprendentemente y a pesar de su carácter de serie B cutre y moderna, con actores desconocidos, recaudó bastante dinero. Pero no se ganó el cariño de nadie.

· ALIENS VS PREDATOR. REQUIEM (2007)
Cuando cabía pensar que la saga había tocado fondo, llegó esto. Sus responsables aseguraron que con esta, y dada la decepción de la anterior, querían satisfacer a los fans. Y creo que no es descabellado decir que la secuela es todavía peor que la original. Ya es decir. Un ejercicio de lamentable cine gore, más de serie Z que de serie B, que no duda en reírse de los personajes a los que quería hacer justicia y con unos diálogos tan absurdos que parecen escritos por niños de tres años. Lo mismo vista entre amigos, con grandes dosis de palomitas y muchísimo sentido del humor, es posible sacarle algo positivo, aunque la verdad es que lo dudo. Cuando le pusieron el subtítulo de Requiem, sabían lo que hacían: esto era el clarísimo fin de una saga de corto recorrido, la mezcla de aliens y depredadores, que no ha generado ni el más mínimo interés y que ha enterrado un poco más el prestigio de las dos sagas matrices. Depredador la asumirá ahora Robert Rodríguez desde la producción.

miércoles, julio 22, 2009

'El último show', un canto a la vida

El último show es una de esas películas de las que es muy fácil hablar. Que sea la última obra de Robert Altman facilita mucho las cosas. Que tenga un reparto impresionante ayuda aún más. Pero que además sea una película tan sincera, tan hermosa, tan llena de vida, es lo que hace necesario hablar de ella. Porque uno se pone a verla esperando quizá un trabajo más o menos eficaz de Altman. Esperando una peliculita entretenida, con buena música, para pasar el rato y poco más. Pero cuando acaba, uno se da cuenta de que tiene en su rostro una sonrisa de oreja a oreja, que ha visto un filme precioso, entretenido, muy bien hecho y, sobre todo, un auténtico canto a la radio, al espectáculo y a la vida. A la vida de estos hombres y mujeres que hacen posible un show en directo cada semana. A la vida de esta gente de la radio y de más allá de las ondas. A la de los propios espectadores y sus experiencias.

La película nace en la figura de Garrison Keillor, un tipo que lleva treinta años haciendo radio y nada menos que 25 (aunque con algún intervalo dedicado a otros proyectos) con A Praire Home Companion, un espectáculo de variedades emitido en directo desde un teatro. Eso, exactamente eso, es lo que se ve en la película: una de esas retransmisiones. En concreto, la última, lo que le da una emotividad completa y compleja al filme. Hay quien no se hace a la idea de que ese día el telón se cerrará por última vez, hay quien piensa que todos los espectáculos son el último, hay quien piensa en cómo evitar el cierre definitivo. Pero todos saben que es el último día que estarán todos juntos. La presencia, tanto en el patio de butacas como entre bambalinas, de una misteriosa mujer acentúa esa sensación.

El propio Keillor escribió la película para que Robert Altman la dirigiera. Éste leyó todos los borradores del guión y lo único que le decía es que se iba acercando a lo ideal. Lo cierto es que el guión nunca dejó de escribirse y durante el rodaje fueron surgiendo nuevas ideas y nuevas escenas. Altman le devolvió la broma colocando a Keillor como protagonista de la película, haciendo de sí mismo. Su presencia es un motivo más que suficiente para ver la película en versión original y escuchar su auténtica voz, puro sonido radiofónico. Como el hecho, que mencionaba antes, de que sea la última película de Altman. El director tenía 80 años cuando emprendió el rodaje (murió ocho meses después del estreno, con 81), por lo que se contrató a un segundo director en caso de que tuviera que hacerse cargo del proyecto. El elegido fue Paul Thomas Anderson (Magnolia, Pozos de ambición). Aunque el título original es el nombre del show en que se basa, A Praire Home Companion, esta vez los dobladores españoles no andan muy desencaminados, pues el filme estuvo cerca de titularse The last broadcast.

El último show es, en última instancia, una película musical, canciones country seleccionadas e interpretadas por los artistas regulares del show y por los actores, tan pegadizas que algunas se quedarán en la cabeza del espectador durante días. Pero es también, y aunque parezca mentira por su naturaleza, una película de actores. Ver cómo se mueven en sus camerinos, tras el escenario y compararlo con lo que hacen después en directo es maravilloso. Es increíble ver a Meryl Streep y compararla, por ejemplo, con la actriz que aparece en La duda. Es muy interesante ver a Lindsay Lohan interpretar a su hija o a Lily Tomlin dar vida a la hermana de Streep. Es divertidísimo el dúo que forman Woody Harrelson y John C. Reilly. Es una gozada ver a uno de los mejores actores cómicos que existen (Kevin Kline; el papel lo iba a interpretar George Clooney. Sobra decir que se ganó una barbaridad con el cambio...). Y así hasta completar todo el reparto.

La misteriosa mujer de la que hablaba antes (su personaje está acreditado como Dangerous woman, mujer peligrosa) corre a cargo de Virginia Madsen (Entre copas), una intérprete interesante y algo desaprovechada durante largos años. La primera actriz elegida para el papel fue Michelle Pfeiffer y aquí se me ponen los dientes largos al pensar que habría hecho la protagonista de Los fabulosos Baker Boys, Batman vuelve o la más reciente Stardust. Sin embargo, Madsen lo borda. De hecho, el personaje no le gustaba nada a Robert Altman y trató de recortar su presencia en el guión hasta el mínimo y fue Madsen quien le convenció con su trabajo de que podía dar mucho juego. Y lo dio, gracias sobre todo a la etérea y mágica presencia de la actriz, que protagoniza brillantes escenas con Kline, Keillor y Tommy Lee Jones, que tiene una breve aparición en la película.

Altman rodó la película sobre un escenario real, grabó la música en directo, captó la esencia de lo que es hacer radio sin red, en el constante salto al vacío en el que viven quienes se ponen cada semana delante de un micrófono. Y el resultado es hermoso, inspirador y una de las películas de los últimos tiempos más indicadas para levantar el estado de ánimo de un espectador de edad comprendida entre los 0 y los 152 años. ¿Que sólo es una película? Pues sí, sólo es eso. Nada más que eso. Pero se puede mirar desde el otro lado y pensar que es un prodigio mágico. También es eso. Nada más que eso.

martes, julio 14, 2009

10 PELÍCULAS... 10 coches inolvidables

Los coches son para muchos casi una forma de vida, y es que hay quien quiere más a su coche que a cualquier otra cosa o persona en su vida. En el cine hemos visto muchos de esos. Vehículos de cuatro ruedas que quitan el hipo, que en manos de los actores se convierten en objetos de auténtico culto o motores imprescindibles de algunas películas. El cine ha sabido usar los coches de mil y una formas, y muchos han pasado a la Historia. Se quedan muchos en el camino a esta selección final, pero estos son diez de los imprescindibles, de los que permanecerán siempre en nuestra memoria como parte inseparable de las películas.

· BULLIT (1968)
En manos del gran Steve McQueen, este Ford Mustang del 68 es una joya impagable. Con él, Bullit protagonizó la escena de persecución más extensa rodada hasta el momento, casi diez minutos, y aún hoy una de las más impresionantes y emocionantes que se han visto nunca. Quizá sea porque el director de la película pidió a los especialistas velocidades de hasta 130 kilómetros por hora y éstos llegaron hasta los 175. Quizá sea porque es la mejor postal que se ha visto nunca en el cine de la ciudad de San Francisco (aunque las autoridades locales prohibieron que se rodara esta secuencia en el Golden Gate). Se usaron dos Mustangs distintos y uno fue destruído al finalizar el rodaje. ¿La película? Uno de los mejores policiacos de los 60. Y sale Steve McQueen. ¿Qué más se puede pedir?

· AMERICAN GRAFFITI (1973)
Una de las pasiones de George Lucas en su juventud fueron los coches. Y las carreras. Pasión peligrosa, ya que tuvo incluso un accidente muy severo. Pero eso no le impidió realizar su propio canto de amor a los coches, a las carreras y a los años 60 con American Graffiti. Muchos son los coches que aparecen en la película, pero este Ford Coupe del 32 modificado y pintado de un amarillo chillón tiene un encanto especial. Sobre todo en la matrícula, THX 1138, un auto-homenaje de Lucas a su primer largometraje, del mismo título, guiño que aparece en todas sus películas de distintas maneras. Se publicaron anuncios para pedir a los dueños de coches anteriores a 1962, fecha en la que se desarrolla la acción de la cinta, que cedieran sus joyas de cuatro ruedas para el proyecto. Respondieron más de mil personas y en el filme se utilizaron más de 300 coches.

· GRANUJAS A TODO RITMO (1980)
Jake y Elwood, los Blues Brothers, no pueden moverse en cualquier coche. Necesitan su Bluesmóvil, un vehículo capaz en sus manos de las más prodigiosas acrobacias, imprescindible para huir de los agentes de la Ley que no cesan en su persecución y el medio indispensable para cumplir la misión divina que tienen que cumplir. ¿Y qué mejor que un coche de policía para hacer ese papel? La (en el mejor de los sentidos) delirante película de John Landis, a medio camino entre el musical (portentosa banda sonora de la película), la comedia y el cine de culto (es una cinta muy de su época, no todo el mundo sabrá apreciarla en su justa medida hoy en día), es inolvidable en muchos aspectos. Uno de ellos son sus persecuciones. Hasta doce Dodge Monaco del 74, todos ellos modificados con equipo policial auténtico, fueron usados para la película. El Bluesmóvil original todavía existe, lo tiene el cuñado de Dan Aykroyd.

· CHRISTINE (1983)
Los accidentes de coche pueden matar, pero este coche puede hacerlo sin necesidad de accidente alguno. De la mano de Stephen King (que vendió los derechos del libro incluso antes de ser publicado), hasta un coche tiene la capacidad de convertirse en un psicópata asesino. El vehículo en cuestión es un Plymouth Fury (llamándose Furia, ¿qué se podía esperar...?) de 1968 que tiene la curiosa capacidad de repararse a sí mismo de forma instantánea. Para mostrar en pantalla esas fantásticas cualidades, hubo que destrozar en el rodaje al menos una docena de las 25 unidades que se usaron. Los fanáticos del Fury pusieron el grito en el cielo porque sólo se construyeron 5.300 y son un auténtico objeto de coleccionista. Stephen King tenía pensando que el coche tuviera cuatro puertas, pero tuvieron que dejarlo en dos cuando investigaron y descubrieron que ningún Plymouth Fury del 58 tenía cuatro. No es de lo mejor de John Carpenter, pero se deja ver, sobre todo para los fanáticos del terror.

· CAZAFANTASMAS (1984)
Si encuentas un espíritu en el barrio, ¿a quién vas a llamar? A los Cazafantasmas, obviamente. Y estos se presentarán en tu casa con su Ecto-1, un Cadillac Miller-Meteor de 1959, una vieja ambulancia modificada para su nuevo trabajo, previo pago de 4.800 dólares de 1985. Toda una ganga que sólo alguien tan alegre, optimista y despreocupado como Ray (Dan Aykroyd) estaría disupuesto a adquirir. En el guión original estaba previsto que el coche mantuviera el color negro con que aparece por primera vez en pantalla, pero se cambió de planes debido a que la mayoría de las escenas en las que iba a aparecer el vehículo (que, por desgracia, tampoco fueron demasiadas) eran nocturnas. Así destaca más, sin duda alguna. Sobre todo en cuanto se escucha su única, inimitable e inconfundible sirena, que se deja oír en esta película, una de las mejores comedias fantásticas de la historia, y su secuela.

· REGRESO AL FUTURO (1985)
Uno tiembla sólo de pensar que la máquina del tiempo de Doc Brown iba a estar en un principio... en un frigoríco. Regreso al futuro no sería el icono que es hoy sin su DeLorean, porque ese es el coche, de entre todos los que han aparecido jamás en una película, que todos los treinta y veinteañeros de hoy en día hemos querido conducir. La elección de este DeLorean DMC-12 de 1981 no fue casual, sino que fue el afortunado por tener las puertas abatibles que le daban, para las escenas de los años 50, un aspecto futurista. Hubo que añadirle un reactor nuclear en la parte trasera, porque, como todos sabemos, la máquina del tiempo no funciona sin plutonio. Ni el propio DeLorean sin gasolina, como descubrimos en la tercera entrega gracias a la flecha de un indio que alcanza el depósito de combustible. El condensador de fluzo, esa invención que Doc Brown vio como una revelación al golpearse la cabeza, es ya una leyenda imborrable del cine fantástico de los años 80.

· BATMAN (1989)
Este es el coche que todo friki ansía con locura. El Batmóvil del Batman de Tim Burton. Sin duda alguna. Fue en su día un sueño hecho realidad ver al Batmóvil moverse por las calles de Gotham. No es un ningún coche conocido, sino un diseño de Anton Furst que construyó General Motors para la ocasión. Se fabricaron dos modelos totalmente funcionales, de seis metros de largo, una distancia de 2,4 metros entre ejes y un peso de una tonelada y media. Todo un monstruo cuya velocidad máxima no llegó a comprobarse en el rodaje y que incluye elementos tan fantásticos como dos ametralladoras laterales y un blindaje protector (éste sí producto de los efectos visuales). La llama del tubo de escape, quizá homenaje al también inolvidable Batmóvil de los años 60, completa un diseño sencillamente perfecto, parte esencial de la asombrosa imaginería visual que tiene la particular visión de Tim Burton del Señor de la Noche. Tan bueno era el diseño, que no se tocó para la segunda entrega.

· DÍAS DE TRUENO (1990)
El coche de carreras por excelencia del cine moderno es este Chevrolet Lumina Nascar que condujo Tom Cruise en Días de Trueno, una película que casi se fue escribiendo según se rodaba y a pesar de todo (o quizá por eso) entretiene lo suyo (y que sirvió para que Cruise conociera a Nicole Kidman, la que durante algunos años fue su esposa). Parte del metraje de esta cinta se rodó en la auténtica Daytona 500 de 1990, en la que se incluyeron dos coches más en la cola del pelotón para que fueran las estrellas del climax de la película. Sobra decir que no compitieron realmente y, de hecho, salieron de la pista tras las primeras 40 vueltas, las primeras 100 millas. No deja de ser curioso que a Tom Cruise le pusieran una multa por exceso de velocidad durante la producción de esta película (iba a 135 kilómetros por hora en una carretera en la que el límite era de 90).

· THELMA Y LOUISE (1991)
Si hablamos de coches, es indispensable incluír en esta selección una road movie. Y una de las grandes de los últimos tiempos es Thelma y Louise, de Ridley Scott. ¿Y qué clase de road movie por las inacabables y polvorientas carreteras americanas se puede realizar sin echar mano de un coche antiguo? El Ford Thunderbird descapotable de 1966 es sencillamente perfecto para la ocasión. El coche se convierte por derecho propio en el medio en el que dos mujeres emprenden el viaje de sus vidas. Lo que iba a ser un fin de semana de descanso se acaba convirtiendo en la expresión de su libertad y su perdición. En su asiento trasero, Brad Pitt hace la mejor interpretación de su vida. Delante, Susan Sarandom y Geena Davis lograron sendas nominaciones al Oscar por bordar sus personajes. Se utilizaron cinco modelos idénticos de T-Bird para el rodaje de la película.

· CASINO ROYALE (2006)
Hay dos elementos imprescindibles y casi igualmente icónicos en una película de 007: la chica y el coche. Y el coche de James Bond siempre debería ser un Aston Martin, aunque durante algunas películas coqueteó con los BMW. ¿Por qué elegir Casino Royale de entre todas las películas de Bond? Porque es aquí donde vemos el origen de la pasión de Bond por los Aston Martin, aquí el modelo DBS, que la propia marca calificó como el eslabón perdido entre el DB9 de carretera y el DRB9 de carreras (el primer Aston Martín, el D5, lo usó Sean Connery en Goldfinger). No está el mítico Q para modificarlo, pero sólo ver al agente secreto más famoso del mundo sentado en uno de estos ya compensa el trabajo de hacer otra película más (y ésta, además, es buena). El accidente que sufre entró en el Libro Guinness de los Récords por ser el choque de cine en el que más vueltas de campana daba un vehículo. Nada menos que siete. Los amantes de los Aston Martin seguro que derramaron una lágrima al ver el amasijo de hierros en que quedó convertido el coche.

miércoles, julio 08, 2009

Otra larga transición hacia el final de Harry Potter

Pasan los años, pasan las películas. Llegamos a la sexta entrega, Harry Potter y el misterio del príncipe, y sigo teniendo las mismas sensaciones que tuve allá por 2001, cuando se estrenó Harry Potter y la piedra filosofal y que se han ido confirmando según se sucedían las entregas. No ha cambiado mucho desde entonces, sin importar que los personajes hayan crecido, los directores cambiado y los diferentes actores entrado y salido de la escena. Harry Potter sigue ofreciendo lo mismo que en 2001, con leves matices entre película y película y un público objetivo que se centra especialmente y de forma clara en los lectores de la saga literaria. El misterio del príncipe es otra larga entrega más, que supera las dos horas y media, y que vuelve a ser un capítulo de transición hacia el final de la historia. Y es que esas parecen ser las dos características esenciales de la saga, la sensación de transición (primero hasta la aparición de Voldemort, ahora ya hasta el desenlace definitivo) y un metraje muy, muy largo. Harry Potter cuenta con legiones de fans. Yo no soy uno de ellos. Seis películas después, y sin haberme adentrado en el mundo literario del joven mago, sigo sin encontrar nada extraordinario en esta aventura.

Por lo que sé, los libros y las películas son tremendamente similares, no hay demasiado trabajo de adaptación y los filmes son en realidad una puesta en imágenes reales del universo imaginado por J. K. Rowling, además de un trabajo de selección de las escenas y personajes más relevantes de las novelas para su traslación a la pantalla. La media hora inicial de El misterio del príncipe obliga a tener muy fresco lo acontecido en el anterior capítulo, La Orden del Fénix (si se me apura, incluso en las cinco películas precedentes), lo que provoca el evidente riesgo de perder al espectador no iniciado, incluso aunque haya visto todas las entregas cinematográficas en su momento. Ese comienzo lastra muchísimo el ritmo de una película que es más plana en este sentido que sus predecesoras y no termina de despegar nunca (antes del clímax, apenas una escena con cierto movimiento y se trata de un partido de Quidditch, algo que ya vimos nada menos que en la primera película).

El avance en términos cinematográficos de El misterio del príncipe se puede entender en el tono de la película. Hace tiempo que Harry Potter abandonó el tono infantil y ha ido oscureciéndose progresivamente. Sí es cierto que el final de esta película presenta un drama algo más conseguido que el de la anterior (sorprendentemente frío, y el culpable debe ser David Yates, el mismo director de esta entrega y de las dos que quedan por venir), pero la atmósfera opresiva y aterradora que busca está lejísimos del mejor fragmento que hasta ahora ha dado la saga: el final de El cáliz de fuego. Aquel fue el momento en el que el espectador pudo ver por fin a Voldemort (un impresionante Ralph Fiennes), culminando una larga espera de tres películas y tres cuartos (que en ese momento se podían entender como una prolongadísima introducción), pero poco hemos sabido de él desde entonces. Ni La Orden del Fénix ni El misterio del príncipe nos muestran al gran villano de la saga, que está reservado para el capítulo final, con lo que, por muy relevante que pueda parecer lo que se nos cuenta en ellas, se quedan como meros episodios de transición para calibrar el papel que jugará (o no jugará) cada personaje en el desenlace. Han sido casi cinco horas que podrían haberse resumido en bastante menos.

Y quizá lo más discutible de todo ese tiempo se concentre en la primera hora de El misterio del príncipe. Puede que haya sido el afán de trasladar el mayor contenido posible del libro a la pantalla, y compensar así una de las críticas que se le hizo a La Orden del Fénix, que es la novela más larga y a su vez la película más corta. Pero el precio se paga en el ritmo de la película, que se resiente demasiado. No hacía falta toda esa hora para el posterior seguimiento de la historia o el desarrollo de los personajes. Sí, quizás, para satisfacer al fan que desea ver la escena descrita entre las páginas 34 y 39 del libro, pero no para quien se sienta en una sala de cine buscando un entretenimiento independiente. No pretendo tampoco decir que la película esté mal hecha, no lo está, pero parece más pensada como guía visual del libro, que incluso convendría tener en la mano durante su visionado para ver qué se ha incluído y qué falta, que como cine en sí mismo. En realidad, como decía al principio, es la misma sensación que me dejaron las cinco películas anteriores, que no me han conseguido acercar a los libros de Rowling.

La gran novedad del reparto de esta entrega es Jim Broadbent (Moulin Rouge, Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal), que da vida a un viejo profesor que regresa a la escuela para ofrecer al espectador claves sobre la juventud de Voldemort. Y ausente el gran señor del mal de este universo de ficción, sólo queda recrearse en la breve presencia de una magníficamente desatada Helena Bonham-Carter, en el habitual estoicismo de Alan Rickman o en comprobar cómo los actores que mantienen sus personajes desde las primeras películas han pasado de ser unos niños que debían aparentar más edad de la que tenían a unos jóvenes que ahora tienen que meterse en la piel de adolescentes más jóvenes de lo que ellos son. Daniel Radcliffe y compañía se mantienen en el mismo nivel de entregas precedentes, son ya sus personajes y tienen una línea muy claramente delimitada de lo que pueden hacer y de lo que no.

Hay que reconocer que Harry Potter lleva toda una década llenando los bolsillos de sus creadores, pues cada libro y cada película han sido grandes éxitos. Esta lo será (para eso ha movido Warner la fecha del estreno, que estaba previsto para noviembre del año pasado y se pensé que en verano daría más dinero), y seguro que las dos entregas cinematográficas finales en las que se va a dividir el último libro (que se estrenarán en 2010 y 2011) romperán las taquillas. No es tarea fácil satisfacer las ansias de los fans de una saga literaria juvenil (algo de esto podrían decir los de La brújula dorada...), con lo que algo estarán haciendo bien sus responsables. Pero veo estas películas y con cierta rapidez sus escenas pasan a confundirse entre sí, en muchas ocasiones no me veo capaz de ubicar un acontecimiento en la película correcta y no encuentro diferencias entre una y otra porque el director no las marca, se limita a cubrir el expediente con cierta corrección de rodar lo que escribió Rowling y adaptó el guionista de turno. Y así Harry Potter no me llega al corazón. Aunque asumo que estoy en minoría.