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jueves, julio 17, 2014

'Ahora y siempre', más lágrima fácil

No parece casual que Ahora y siempre llegue a los cines españoles dos años más tarde de su estreno británico original y justo una semana después de Bajo la misma estrella, una película con la que comparte temática y objetivos. Ambas parten de una adolescente enferma, incurable, en este caso con leucemia, lo que consigue lágrimas con facilidad a lo largo de la historia que cuentan. Es verdad que lo hacen por caminos divergentes, aquella por una apuesta optimista y feliz y ésta desde un drama más abierto y evidente, pero son películas fácilmente emparejables, que basan su apuesta en el tema que tratan y en la solvencia de la pareja protagonista, aquí formada por Dakota Fanning y Jeremy Irvine, y en la que sobresale especialmente ella. En realidad son sólo ellos, los actores, los que abandonan el confort de los clichés para tratar de dar algo más, porque la película cumple con casi todos ellos.

De la misma forma que Bajo la misma estrella, es difícil calificar esta película como mala, aunque también es igualmente sencilla la tentación de relacionarla con los telefilmes que pueblan las sobremesas, con sus historias reales y sus dramas cotidianos. Ol Parker, director y guionista de la cinta, se pone por segunda vez detrás de la cámara (la anterior, Rosas rojas, data nada menos que de 2005) y no sale de ese cordón de seguridad temático. Quizá lo más destacable de su enfoque esté en la crudeza con la que muestra en algunas escenas la enfermedad de Tessa, que así se llama la adolescente protagonista. No edulcora esas escenas, aunque en el fondo la historia sí parezca haber pasado por un tapiz de esperanza, que en lugar de volcarse en la enferma, un personaje cínico y descreído precisamente por el destino que le aguarda, lo hace en la gente a la que va tocando a su alrededor.

Eso es quizá lo más atractivo de la película, que incluso mostrando la enfermedad, el proceso, sus síntomas y sus consecuencias con más detalle de lo que suele ser habitual (y, ojo, eso se agradece cuando en ese mundo se utilizan con tanta facilidad los eufemismos), su mensaje gira en torno al efecto que produce una persona en otras. La enfermedad es, en ese sentido, accesoria. Tessa no marca a los demás por ser una persona enferma, sino por la clase de persona que es. Lo curioso es que, a pesar de lo fascinante que es ese concepto, es la forma en que se utiliza lo que acaba restando credibilidad a la película y sumergiéndola en un terreno algo inverosímil por momentos y sujetado esencialmente, como ya se ha dicho, por el buen trabajo de los actores.

Dakota Fanning, toda una sorpresa cuando hace ya más de una década conmovió a todo el mundo en Yo soy Sam, se ha visto adelantada por su hermana Elle. Pero mientras ésta personifica un mundo luminoso y encantador que domina a la perfección, la mirada y la expresión de Dakota siguen asombrando por su madurez y por la cantidad de matices que muestra. Irvine, uno esos eternos chicos buenos, es el complemento perfecto. Y, como siempre en este tipo de historias, en los secundarios se vuelcan todas las sensaciones que se quieren ir transmitiendo (los padres, el hermano, la amiga...). Ahora y siempre es una película lacrimógena que busca atacar directamente a las emociones del espectador. Y eso, tampoco se le puede negar, lo consigue en muchos momentos, especialmente en el tramo final. Eso y el trabajo de los actores es lo que ofrece la película para quien lo quiera comprar, que sin duda hay un público para este tipo de cine si se sigue haciendo sin salirse de los parámetros ya conocidos.

martes, septiembre 22, 2009

Llorar y reír

Durante años he pensado que nadie llora o ríe mejor en pantalla que Michelle Pfeiffer. Con la risa y con las lágrimas, es una actriz que siempre me ha conmovido. Aunque rechazara películas magníficas. Aunque hiciera otras que no estaban a la altura del inmenso talento que tiene como actriz. ¡Cómo la eché de menos en esos cuatro años que estuvo lejos del cine y cómo celebré su retorno cuando se estrenó Stardust! Para mí, Michelle siempre fue y siempre será única desde que descubrí a Isabeau en Lady Halcón. Por su risa. Por sus lágrimas. Pero lo que todavía no sabía es que también tenía la capacidad de hacer las dos cosas a la vez de una forma tan tierna, natural y sensible. Lo he descubierto en Yo soy Sam, donde Michelle da vida a una abogada que casi por casualidad acaba llevando el caso de un deficiente mental al que quieren retirar la custodia de su hija pequeña. No, en realidad, da vida a una abogada cuya vida personal es un fracaso que no se puede permitir porque ella no ha perdido nunca. Por eso llora. Y por eso acaba encontrando motivos para reír.

Se llevan 36 años, pero comparten esa especial y rara cualidad de iluminar la pantalla con su risa o sus lágrimas. Pocas personas saben hacerlo y en Yo soy Sam confluyen dos. Dakota Fanning es una niña prodigio. El término es horrible, sí, pero describe a la perfección a una niña que con siete años ya era capaz de aguantarle secuencias a Sean Penn. La vi por primera vez en la menospreciada La guerra de los mundos de Spielberg. Me encantó esa pequeña niña rubia de grandes ojos azules. Después me dejó sencillamente alucinado en la notable miniserie Abducidos, producida por el propio Spielberg. Y ahora la veo, aún más pequeña, en Yo soy Sam. Y se ríe como nadie. Llora como nadie. Y me hace llorar cuando le dice a su padre que no tiene por qué sentir que sea diferente a otros padres porque "ningún otro padre juega con su hija en el parque". O cuando le dice que no quiere aprender a leer palabras que su padre no sepa leer también. Dakota Fanning tiene ya quince años y ya ha rodado la segunda entrega de la saga Crepúsculo. Ningún niño me había entusiasmado tanto desde Haley Joel Osment. Ninguna niña desde Natalie Portman. Ojalá no me echen a perder a Dakota.
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Os preguntaréis cómo es posible que me centre en estas dos actrices para hablar de Yo soy Sam, una película en la que el inmenso Sean Penn se sale una vez más dando vida a un deficiente mental, en un filme pensado para el lucimiento del actor protagonista. La respuesta es sencilla. Estas dos mujeres, estas dos actrices, estas dos sonrisas, tiene algo diferente. Algo único. Algo que conmueve. Y Sean Penn también, claro, pero llega un momento en la película en el que te das cuenta de que estás llorando y estás riendo con el personaje de Sean Penn, pero gracias también a todo lo que hacen y dicen su abogada y su hija. Yo soy Sam es una película con aspecto de telefilme pero que crece gracias a sus actores (también Laura Dern y Dianne Wiest), que tiene un final insulso y sin fuerza, escamoteando demasiadas cosas que merecía la pena mostrar, pero un desarrollo tan divertido como emocionante, además de un sentido homenaje a la vida a través de los Beatles (por cuestiones de derechos, no pudieron incluir canciones de los de Liverpool). Sin duda a causa del trabajo de sus actores, conmueve. Y eso ya vale mucho.