viernes, noviembre 11, 2011

'30 minutos o menos', sólo alguna sonrisa

La comedia y yo nos llevamos cada vez peor. Me pasa como con el cine de terror, que no es capaz de provocarme miedo, sólo que aquí lo que apenas aparece son las risas que, se supone, tendría que provocar una comedia. 30 minutos o menos es el ejemplo perfecto de lo que es la comedia moderna. Es decir, que quien disfrute del género y de los títulos que ha dado en los últimos años es bastante posible que la disfrute. Yo sólo he encontrado algún que otro momento suelto para la sonrisa dentro de una historia bastante convencional de equívocos y personajes odiosos e histriónicos. Un marine millonario y su hijo que quiere matarle, un repartidor de pizzas que está liado con la hermana de su mejor amigo, un asesino a sueldo y un atraco forzado a un banco son el gancho de esta película. Suena a ya visto. Y el humor que le sirve de base, también. Así que sólo queda disfrutar con los actores (si es que caen bien, esencial en la comedia) y contar los escasos 83 minutos que dura el filme.

Bienvenidos a Zombieland es la referencia más clara que tiene esta película. Es el anterior trabajo de su director, Ruben Fleischer, que también trabajó en aquella con el protagonista de 30 minutos o menos, Jesse Eisenberg. Este actor es, precisamente, el mejor reclamo de la película, sobre todo después de su espectacular actuación en La red social. Sin embargo, decepciona. Moviéndose en el mismo registro, casi con el mismo personaje, de Bienvenidos a Zombieland, gustará a quien disfrutara con aquella. Esperemos que esto no sea un síntoma de que la magnífica recreación del creador de Facebook fue una excepción en su carrera. Bien pensado, es que 30 minutos o menos no es más que una reunión de amiguetes que ruedan una película y se lo pasan de miedo, independientemente del resultado que llegue a la gran pantalla. Es un más de lo mismo cambiando el género. De la parodia del terror, pasamos a la parodia de los atracos.

La idea de este tipo de películas es siempre la misma, juntar a un grupo de actores más o menos divertidos (el mencionado Eisenberg; el cargante Danny McBride de Caballeros, princesas y otras bestias; el cargante Aziz Ansari, cómico televisivo; Nick Swardson, quizá el más entonado de todos ellos; y un desatado Michael Peña, ese actor de rasgo hispano al que siempre le dan papeles... de hispano), incluir a una actriz atractiva (la paquistaní Dilshad Vadsaria) y crear una trama lo más descabellada posible (que, paradójicamente, dicen que es muy similar a un hecho real) para concatenar equívocos y chistes fáciles. En realidad, todo en esta película es muy sencillo, no hay tensión alguna y casi todos los giros que adopta el guión son extremadamente fáciles de adivinar, con lo que sólo queda desconectar el cerebro y reaccionar visceralmente a algunos de los chistes. Con ese planteamiento, y olvidando que ya se han visto cosas así, la escena del atraco es bastante divertida, lo mejor sin duda de la película.

El guión es de lo más sencillito, y casi parece presto a la improvisación de los actores. Tiene algunos agujeros bastante importantes (algunos de los cuales, por cierto, se resuelven después de los títulos de crédito) y, en realidad, no aporta gran cosa al desgastado género de la comedia absurda. Perdido el gancho de los zombis del anterior filme de Fleischer, lo cierto es que 30 minutos o menos se ve con muchos menos alicientes. No termina de enganchar su tono paródico ni de marcar una diferencia con respecto a las docenas de comedias disparatadas que se estrenan cada año. A pesar del uso y abuso de palabras malsonantes y de bromas soeces, nada hay de rompedor, más bien al contrario. Con todo, seguro que esta comedia tiene su público Debe de tenerlo, porque para mí es una de las muchas que hay idénticas, con las mismas pretensiones y con el mismo tipo de personajes. Yo no termino de conectar con estas comedias, y por eso lo único que saco de ellas son algunas sonrisas esporádicas.

miércoles, noviembre 09, 2011

'La gran aventura de Winter, el delfín', buen cine familiar

No es fácil hacer cine familiar. Es un género al que casi nadie da trascendencia y que normalmente cae en el olvido, cuando no recibe sólo malas críticas. Por eso, de vez en cuando es un gustazo ver películas como La gran aventura de Winter, el delfín (larguísimo y horrible título en España para el mucho más sencillo y hermoso Dolphin Tale). No es un peliculón, no. Es, simplemente, una preciosa historia de superación personal y de buenos sentimientos apta para todos los públicos. Que el protagonista sea un niño, deja bien claro a qué clase de audiencia se apela. Pero que en el reparto se cuelen nombres como el de Morgan Freeman da una idea de que estamos ante un producto con vocación de estar bien hecho. Y está, efectivamente, muy bien hecho, cumpliendo a las mil maravillas su función de entretener durante casi dos horas (quizá le sobre algún minuto de metraje), y transportando al espectador al interior de una historia que, por cierto, está basada en un hecho real, coletilla que a veces delata algo horrible y que aquí es un motivo más de la belleza del filme.

La mayor sorpresa que uno puede llevarse cuando se acerque a La gran aventura de Winter, el delfín es el nombre de su director. Charles Martin Smith no sonará a mucha gente, pero es aquel actor que completaba Los intocables de Eliot Ness junto a Kevin Costner, Sean Connery y Andy García, que como director realizó Air Bud o el primer episodio de la serie Buffy, cazavampiros. Lo dicho, una sorpresa. No hay mucho que destacar en su trabajo, más allá de una corrección que se agradece. No busca rizar el rizo, ni planos imposibles (aunque el inicio de la película siguiendo a un grupo de delfines digitales que no convencen del todo, hace temor lo peor), sigue con sobriedad a sus actores para que sean ellos los que construyan la película junto a la verdadera estrella del filme, el delfín Winter. Y lo es porque el delfín que aparece en pantalla es, efectivamente, el mismo que fue rescatado en la costa de Florida en 2005, varado en una playa tras quedarse enredado en una trampa para cangrejos, cuya aventura se cuenta aquí.

La historia es de lo más sencilla y utiliza bastantes tópicos. Un niño muy introvertido, sin amigos y sin demasiadas ilusiones, encuentra al delfín en la playa y, tras ser rescatado por un equipo especializado, sigue al animal hasta el centro al que se lo llevan para tratar de que se recupere de sus heridas. Allí, con Winter, encontrará la ilusión y los amigos que no tenía. El propio protagonista, Sawyer (un convincente Nathan Gamble, el hijo del comisario Gordon en El Caballero Oscuro) y su mejor amiga a partir de ese momento, Hazel, la hija del veterinario marino (la pizpireta debutante Cozi Zuehlsdorff) encarnan a la perfección los tópicos en los que se asienta la película. A ambos les falta uno de sus padres. Y teniendo en cuenta que los actores que dan vida a la madre de él y al padre de ella, Ashely Judd y Harry Conick Jr., han gozado en Hollywood de cierto atractivo, se agradece que no se forme la casi obligada relación sentimental entre ambos para reforzar los lazos de unión de los personajes. No hacía falta, pero era otro tópico fácil.

Gusta que haya actores de prestigio que tengan ganas de participar en una película de este estilo, como el gran Morgan Freeman o Kris Kristoferson, porque dan un aire de prestigio a un título bien hecho que, sin ellos, estaría seguramente condenado al ostracismo. Entre todos, hacen de esta película una fábula creíble. No importa que se base en un hecho real, lo que cuenta es que la realización sepa hacerlo realista y consiga que el espectador se meta de lleno en la historia. Y eso lo consigue con creces La gran aventura de Winter, el delfín. Porque el guión da un pequeño poso de profundidad que se antoja necesario para entender la tragedia (animal... y humana) con la historia del primo de Sawyer, porque los personajes están muy bien construidos, porque evolucionan de una forma natural y en base a lo que va sucediendo, y porque todos hubiéramos deseado pasar un verano como el que disfruta Sawyer, ayudando a un delfín herido a salir adelante, devolviéndole las ganas de vivir y encontrando la forma de que lo haga.

Como decía más arriba, puede que le sobre algún minuto a la película, que se acerca a las dos horas de duración (al fin y al cabo, la capacidad de síntesis es algo no demasiado apreciado en el cine moderno, en el que con frecuencia se aplauden películas demasiado alargadas), pero eso no empaña la sinceridad que desprende en todo momento. Habrá quien la considere blanda, pero es que no necesario que el cine sea siempre trágico y duro. Habrá quien piense que es una película indigna de disfrutar del talento de Morgan Freeman, pero estoy seguro de que él está encantado de formar parte de esta hermosa historia. Y es que es inevitable tener simpatía por una película como ésta, que sólo tiene entre sus pretensiones divulgar una de esas historias que vemos imposibles cuando aparecen en los informativos, una bonita fábula real que a todos nos puede llegar al corazón, entretener y emocionar. No es fácil hacer cine familiar, no. Y esta película demuestra que se puede hacer.

lunes, noviembre 07, 2011

'Anonymous', sorprendente canto a la obra de Shakespeare

Causa sorpresa ver que William Shakespeare es el asunto (más que el protagonista, a pesar de que la promoción da un lugar destacado al nombre del dramaturgo inglés) de una película que dirige Roland Emmerich. Y causa la misma sorpresa descubrir que el resultado, Anonymous (otro título que tendría que haberse traducido, no hay explicación para no hacerlo), no está nada mal. No es que sea un peliculón inolvidable, pero sí que es la demostración de que incluso quien ha montado gigantescos espectáculos pirotécnicos, a veces tan espectaculares como vacíos siempre, puede dar el salto a otro tipo de cine. Usando como base la teoría de que Shakespeare no fue el verdadero autor de las obras que hoy asociamos a su nombre, es fácil pensar que Anonymous es todo un castillo de naipes, fácilmente desmontable a cada momento. Y, sin embargo, en ese delicadísimo equilibrio consigue sostenerse con dignidad hasta el final gracias a un brillante reparto.

Anonymous adolece de algunos puntos débiles. Quizá el más flagrante sea su punto de partida. Cierto es que hay teorías que hablan de que Shakespeare no escribió Hamlet, Romeo y Julieta, Macbeth y ninguna de las obras que han hecho que su nombre forme parte de la literatura universal con letras de oro. Pero aceptarlo como verdad histórica para hacer una película es un reto formidable. Emmerich, muy acostumbrado a tomarse licencias en sus películas, casi consigue dotar de credibilidad a la teoría gracias a un espléndido inicio, orquestado en torno al actor Derek Jacobi, shakespeariano intérprete que precisamente por su vocación teatral nunca ha conseguido el reconocimiento que merece. Luego, el guión de John Orloff (responsable también del de Ga'Hoole. La leyenda de los guardianes o Un corazón invencible) no consigue ligar con inteligencia durante la primera mitad de la película las dos tramas que cuenta, la cuestión política y la cuestión literaria. Van tan alejadas, que casi parecen dos filmes diferentes y permiten la dispersión del espectador.

La historia se cuenta en dos momentos temporales diferentes y con dos grupos de actores para algunos personajes. Edward De Vere (un espectacular Rhys Ifans y un más comedido pero correcto Jamie Campbell Bower) es un joven prodigioso, con un enorme talento para las letras. De noble cuna, acaba sucumbiendo a los encantos de la reina Elizabeth (formidable la aproximación a la demencia de Vanessa Redgrave y seductora interpretación de Joely Richardson), pero sometido por el consejero real William Cecil (magnífico David Thewlis) a un matrimonio de conveniencia con su hija. De Vere almacena docenas de obras escritas por él mismo que jamás podrá publicar, y admirado por el poder que el teatro tiene sobre las masas decide entregar sus obras al escritor Ben Jonson (un interesante Sebastian Armesto, con quien arranca la historia), para que él las firme. Pero antes de que pueda reclamar la falseada autoría y después de un primer y apabullante éxito, un oportunista actor llamado William Shakespeare, ávido de un reconocimiento que jamás podrá lograr por sus medios, proclama que las obras son suyas.

No termina ahí un reparto absolutamente brillante, en el que es obligado nombrar también a Edward Hogg dando vida a Robert Cecil, hijo de William Cecil, también consejero de la reina y también tormento de De Vere. Si algo falla en ese espléndido conjunto de actores es precisamente lo que tendría que ser su mejor gancho: el Shakespeare de Rafe Spall, poco menos que un secundario cómico, un personaje excesivamente ridiculizado por el guión y también por la dirección de la película. Quizá la responsabilidad esté más ahí que en el trabajo de Spall, pero es su rostro el que queda en la pantalla. Esa debilidad hace que el andamiaje se tambalee, porque hay muchos momentos de la película, bastantes, en los que Shakespare es absolutamente prescindible. No así el hermoso canto de amor a su obra que supone esta película, que impregna la película en su totalidad y que estalla con fuerza en un magnífica secuencia en la que se ven consecutivamente los estrenos de algunos de los más populares títulos de la obra shakespeariana. Tanto es así, que dan ganas de sumarse al fervor del público que también aparece en pantalla.

No es descabellado decir que Anonymous es la mejor película que ha filmado el director de Independence Day, Godzilla o 10.000, y no sólo por el loable cambio de registro de Emmerich. Este filme es un drama político, histórico y literaria que funciona bastante bien a ratos, aunque peca de falta de concisión (130 minutos son excesivos, y por eso la película flaquea en algunos momentos). Su reparto es formidable (hay una indudable química entre las parejas que se forman, las de índole sentimental y también las que confrontan su sed de poder), su producción es modélica (aunque chirrían esos grandilocuentes planos aéreos, efectos digitales formidables pero que sacan al espectador de la película y que parecen una concesión del propio Emmerich a sí mismo, a su parte de director de espectáculos de mayor envergadura). Pero sobre todo es un bonito canto de amor a la obra de Shakespeare. Descabellado a veces, hermoso en otras. Pero bonito en todo caso, sea por locura, por audacia o por respeto. Y es imposible decir que no a una película que ensalce de esta forma a Shakespeare.

viernes, noviembre 04, 2011

'Melancolía', más vacía de lo que vende


Hay pocas cosas con las que conecte menos en el cine que con las elevadas pretensiones filosóficas, aquellas que se quieren colocar siempre por encima del espectador. Los resultados me parecen con demasiada frecuencia películas repletas de una filosofía que aspira a ser culturalmente inigualable, pero en realidad vacías de todo contenido y espíritu. Me pasó hace muy poco con El árbol de la vida, y me ha vuelto a pasar con Melancolía. No sé si Terrence Mallick y Lars Von Trier tienen mucho en común, pero desde luego sí esta capacidad. Por diferentes razones, son directores que consiguen desconectarme de lo que pretenden contar (si es que, en realidad, pretenden contar algo), que tienen cierta habilidad para desarrollar universos sensoriales muy potentes (en el caso de Mallick de una forma más constante que en el de Von Trier, pues éste sólo desarrolla esa capacidad en los primeros ocho minutos de su película), pero que no consiguen que empatice, conecte o siquiera comprenda a sus personajes. Y en Melancolía es más absurdo todavía, pues tiene un puñado de actores a los que se nota en forma. No hay aquí, como algunos habían dicho, ciencia ficción. El drama está oculto. ¿Y de qué va Melancolía en realidad? La verdad es que no lo sé.

Tiene Melancolía dos retos sobresalientes para el espectador, dos cambios de tercio radicales que dividen la película en tres partes que son difíciles de conectar. La obertura, que no llega a los ocho minutos, es un collage de imágenes impactantes, con colores fuertes, con una exageradamente pausada cámara lenta y con música de Wagner de fondo. Visualmente, es de una belleza asombrosa. Narrativamente, tiene sus defectos. Y visto después el resto de la película queda como un momento extraño, muy diferente pero a la vez muy desconectado del resto. En cualquier caso, es lo mejor de Melancolía. El resto del filme está dividido en dos partes más convencionales, cada una de ellas centrada en una de las dos hermanas que protagonizan la historia, Justine (Kirsten Dunst, Mary Jane Watson en la trilogía de Spiderman rodada por Sam Raimi) y Claire (Charlotte Gainsburg, que ya protagonizó el anterior y polémico invento de Von Trier, Anticristo). No merece la pena, por no revelar demasiado, profundizar en el fondo de la historia ni tampoco en los detalles argumentales de una y otra parte, pero sí en las sensaciones que deja.

Para empezar, confusión. Dicen que Von Trier escribió el personaje de Justine pensando en Penélope Cruz. Dicen que el papel se le ofreció a Olga Kurylenko (chica Bond en Quantum of Solace). Están tan alejadas estas tres actrices, pueden dar cosas tan diametralmente opuestas, que es difícil saber qué buscaba el director con el personaje, qué historia es la que quería contar. Es prácticamente imposible pensar que la Justine de la primera parte es la misma que la de la segunda mitad (e, incluso, que es la misma mujer la que entra en la segunda parte y la que sale de ella). Con Claire sí parece haber algo más de coherencia, como con el resto de los personajes. Pero da la impresión de que, en aras de eso pretendidamente superior de lo que habla la película, son precisamente los personajes los que no cuentan para nada. No sé si estamos ante una visión del fin del mundo, ante el retrato psicológico de quienes afrontan un evento de esa magnitud o simplemente ante un episodio social recubierto de cierta extravagancia. Lo que sí tengo claro es que todo parece accesorio. Sólo cuenta lo que hagan Justine y Claire, más Justine y por eso Kirsten Dunst (no sólo por ser el nombre de mayor popularidad) se lleva los focos del cartel.

Von Trier, decía, desaprovecha el trabajo de sus actores. He leído en más de una ocasión que Dunst no ha aparecido nunca más hermosa en pantalla. Y puede ser verdad, pero en el fondo me parece irrelevante. No creo que la valentía de una actriz se pueda medir, como parece que sí lo hacen muchos (incluido Von Trier), en su disposición a aceptar planos desnuda o mostrando sus pechos. Lo que sí es cierto es que aporta registros y matices fantásticos, aunque no sé si ella misma sabe lo que le pasaba por la cabeza a su personaje en cada momento. Gainsburg está igualmente sobresaliente, como casi todo el reparto, formado por nombres muy conocidos. Kiefer Sutherland, John Hurt, Charlotte Rampling, Stellan Skarsgard... Pero son nombres y pinceladas, no auténticos retratos de personajes. Von Trier no parece interesado en eso, y su forma de rodar (sigo sin encontrar sentido a rodar siempre y porque sí toda una película cámara en mano con un tembloroso movimiento tan constante como incómodo) acentúa la sensación de desperdicio, de desconexión, de filosofía tan pretendidamente elevada como en realidad vacía e inane, lejos de dejar el poso que pretende.

Von Trier hace un cine muy personal, eso es indiscutible. Pero incluso las filmografías personales tienen que plantearse inquietudes que conecten con el espectador. Parece evidente que Von Trier sí conecta con la crítica. Conmigo no lo hace. Como espectador de Melancolía, me supone un reto excesivo mantener la atención durante sus 129 minutos. Es todo un esfuerzo seguir adelante después de los dos bruscos cortes que hace en la película. Es una dura prueba conectar los puntos, hilar las escenas, entender sus contextos para así entender sus historias. No porque como espectador me sienta filosófica o intelectualmente inferior al Von Trier cineasta (cuando alguien critica películas como ésta se tiende a despreciar esa opinión con un simplista y altanero "es que no la has entendido"), sino porque no comparto su propuesta. No me llega emocionalmente. Y, quizá, el ejemplo perfecto para explicar esa diferencia esté en 2001. Una odisea del espacio, un referente al que el propio Von Trier parece aspirar de una forma primaria (imágenes del espacio, música clásica). Kubrick era arrogante en su cine. Muy intelectual. A él sí le entendí. Melancolía se queda realmente lejos de lo que Kubrick sí supo conseguir. De hecho, es que ni siquiera entiendo el porqué del título de esta película. ¿Melancolía? No, la melancolía es otra cosa.

miércoles, noviembre 02, 2011

'Footloose', la quintaesencia del remake innecesario


Nunca he compartido la crítica al remake por el simple hecho de serlo. Cierto es que hay pocas reinterpretaciones de títulos clásicos que superen al original, pero en muchas ocasiones me basta la fidelidad al espíritu del original y algo que justifique una nueva versión, aunque sólo sea la nostalgia de regresar a un mundo conocido. Pero es cierto que hay remakes que son totalmente innecesarios. Footloose reúne todas las características de esta clase de versiones. No se basa en una película especialmente inolvidable, no aporta absolutamente nada nuevo a la narración original (en ocasiones llega a fotocopiar planos y diálogos sin ningún pudor y sin tener en cuenta que han pasado casi treinta años desde el primer Footloose), ni tampoco acierta en las escasísimas variaciones con respecto a aquella. Esta nueva Footloose es exactamente la misma historia, con un buen Dennis Quaid retomando el papel que entonces hizo John Lithgow, muchos cuerpos atractivos y atléticos bailando y una música muy pegadiza (que en su gran mayoría ya estaba en la cinta de 1984). ¿Pero merece la pena calcar así una película? No, desde luego que no.

Footloose no es una de las películas más emblemáticas de los años 80, ni mucho menos, aunque tiene cierta fama. Fama que, seguramente, le viene de ser una especie de continuación temática de películas como Grease o Fiebre del sábado noche, es decir, historias de chavales jóvenes, más o menos rebeldes, con la música como telón de fondo. Como película tampoco era gran cosa, aunque hay que reconocerle la buena composición de su banda sonora, con un par de temas francamente bailables y populares, las actuaciones de actores como Kevin Bacon, John Lithgow o Dianne Wiest y sus buenos sentimientos, muy propios de las docenas de películas similares a ésta (y no precisamente por ésta) que se produjeron en aquellos años, entre finales de los años 70 y comienzos de los 80. La idea de un pueblo en el que estuviera prohibido bailar (los bailes, más concretamente, por lo que de alcohol y desenfreno acarrean) encajaba con la descripción de un joven de ciudad ligeramente rebelde que luchara contra esa ley. Trasladar la historia al tiempo actual es el primero de los errores del remake.

Es un error porque, a pesar de que el impedimento legal sigue siendo el mismo, no se atisba en ningín momento la represión de estos jóvenes de 2011. Más bien al contrario. Lo normal parece ser la diversión, y no hay nada de excepcional en la lucha por celebrar ese baile. Con la premisa por los suelos, es difícil que la película remonte el vuelo. En absoluto ayuda el guión de Craig Brewer (también director) y Dean Pitchford, porque la apuesta es calcar la película original hasta el extremo, asumiendo líneas de diálogo que podían tener cierto sentido en 1984 pero que en 2011 parecen (y de hecho son) risibles. Por ejemplo, parece asombroso que la protagonista, una muy sensual (y sexual) actriz de 23 años llamada Julianne Hough, que interpreta a una menor de edad y que se pasea por la película con ajustadísimos pantalones vaqueros, le espete a su padre, el reverendo del pueblo, que "ni siquiera soy virgen" con la pretensión de ser algo escandaloso. Ya desde los créditos iniciales se copia al original y sus planos de pies sueltos bailando. Luego se introducen dos o tres cambios (que el novio de Ariel sea un piloto de carreras, la dramática ausencia de la madre de Ren o que el duelo que éste mantiene con Chuck sea con autocares y no con tractores), pero enseguida se recupera la dinámica del plagio autorizado.

Y eso es imparable hasta el final. El reparto busca variaciones, pero no son demasiado efectivas en la mayoría de los casos. Para este Footloose había más interés en contar con bailarines profesionales que con actores. La experiencia de Kenny Wormald y Julianne Hough, la físicamente muy atractiva pareja protagonista, está en el mundo de la música y el baile. Lo que se ha buscado es, como en la película original, colocar un par de buenos actores detrás de ellos, en papeles secundarios. Dennis Quaid, de hecho, es el único que acaba entendiendo lo que supone hacer este remake. Su papel de reverendo y padre de Ariel es, sobre el guión, exactamente igual que el de John Lithgow en el film original, pero sabe darle matices diferentes, incluso superando a aquel en algunos momentos. No le sucede lo mismo a Andie McDowell, que en ningún momento consigue alcanzar el trabajo de Dianne Wiest en el filme de 1984. En todo caso, tampoco en las actuaciones hay muchos más cambios reseñables, ya que los personajes son los mismos, hacen las mismas cosas y dicen los mismos diálogos. La única novedad real está en el prólogo de la película, que cuenta el suceso que motiva las prohibiciones en el pueblo y que en el Footloose ochentero no llegaba a aparecer.

No es que Footloose sea una mala película en sí misma, pero su juicio tiene que ir mucho más allá. Con todos los defectos que tiene, cuenta una historia más o menos entretenida con una música atractiva (lo mejor, la versión de Ella Mae Brown de Holding Out For a Hero, la canción cantada originalmente por Bonnie Tyler). Pero es que, si se ha visto la original, ésta se acerca a la tomadura de pelo. ¿Por qué un remake idéntico, cambiando sólo los actores sin más aportación? No tiene ningún sentido. Entiendo que sus protagonistas quieren lucirse, y categoría de baile tienen para ello, pero no parece necesario fotocopiar una película de hace casi treinta años con este propósito. Se puede hacer una nueva historia y listo. Y es que no acabo de tener claro que Footloose sea una etiqueta que por sí sola pueda llevar al cine a los más nostálgicos ni tampoco que esta historia, tal y como fue contada en 1984, pueda convencer a los jóvenes de hoy en día para pagar una entrada de cine y sentirse identificados con lo que se cuenta. Lo mejor es ese toque de nostalgia, y es que tiene su aquel escuchar Footloose, la canción, en un cine. Pero poquito más.

lunes, octubre 31, 2011

Ni el reparto salva 'Detrás de las paredes'


Cuando una película se prevé que sea un desastre, a veces lo es. Detrás de las paredes cumple a la perfección con esa premisa. Y es una pena, porque alguna que otra idea interesante sí hay en el asombrosamente endeble guión que decidió firmar, también asombrosamente, Jim Sheridan. Es una pena porque hay un reparto espléndido que, además, no ceja en su empeño de levantar el castillo de naipes que supone el filme y que hace lo indecible por aportar credibilidad a sus personajes. De hecho, son los únicos responsables de que la película sea pasable en algunos momentos y mueva al deseo de ser condescendiente con Detrás de las paredes. Pero es que en un segundo pensamiento todo se cae, absolutamente todo, en una película que no es exactamente un thriller ni tampoco una película de terror. No alcanza nada de lo que intenta ni ofrece algo demasiado novedoso. La primera reacción es que no es de extrañar que Jim Sheridan haya renegado de la película. Pero tiene su parte de culpa, porque hay cosas impresionantemente absurdas que seguro que ya estaban en el guión.

Estamos ante una de esas películas de las que conviene no contar absolutamente nada de lo que sucede para no destriparla. Irónicamente, eso es lo mejor que le puede pasar a Detrás de las paredes, porque entrar en profundidad en muchas de las acciones de sus personajes o incluso en bastantes de las premisas argumentales que ofrece supondría destrozar severamente al filme. Lo curioso es que, según dicen porque me niego por sistema a acudir a esa fuente de información, el trailer ya destroza buena parte de lo que tendrían que ser los secretos de la película. Pues vaya. El caso es que son tantos los agujeros que parece inconcebible que se haya rodado esta película de la forma en que se ha hecho. Ni siquiera pueden ser excusa, aunque en parte sí explicación, los constantes enfrentamientos durante el rodaje entre Sheridan y los productores, el rodaje de tomas adicionales por parte del realizador, y el posterior despido y remontaje de la película a cargo del productor. Que el guión sea obra de David Loucka (autor de grandes títulos, nótese la ironía, como Eddie o Una pandilla de lunáticos y que lleva cuatro películas en 22 años de carrera) quizá sea una explicación más convincente del lamentable panorama a presenciar.

Porque Detrás de las paredes falla en casi todo. La premisa en sí misma no es buena, aunque intente ser continuación de un gran éxito del cine moderno que no procede desvelar, porque su desarrollo tal y como está plasmado es absolutamente surrealista. Los personajes no funcionan porque no hay forma de entender muchas de las cosas que hacen. El final, en lugar de conmover como tendría que haber conmovido, es sencillamente tópico y absurdo. Es sorprendente que un director como Jim Sheridan, capaz de hacer películas tan duras y comprometidas como Mi pie izquierdo, En el nombre del padre o The Boxer, se lance al cine supuestamente de género (¿de cuál?) con un producto así, tan mal concebido, rodado con simple profesionalidad y nada más, con tiempos muy mal medidos y escenas muy mal hilvanadas. Nada tiene sentido en esta historia. En realidad, lo único salvable de la película es su reparto. A pesar del desbarajuste que supone Detrás de las paredes, Daniel Craig, Rachel Weisz y Naomi Watts se esfuerzan en mantener el tipo, y lo consiguen porque sus presencias son magnéticas, no por el material que tienen entre manos.

Craig es mejor actor de lo que parece. Es un espléndido James Bond, pero aterrizó ahí después de dar vida a un despiadado asesino en Munich, dando ya muestras de que podía hacer creíbles registros muy diferentes. Aquí lo vuelve a probar, encajando a la perfección como padre de familia con bastantes vulnerabilidades. Rachel Weisz está algo más descolocada porque su papel es, de largo, el peor dibujado, pero aún asíofrece esa misma credibilidad. No importa que sea imposible de creer, ella lo intenta hacer creíble. Y a veces lo consigue. Naomi Watts tiene un papel mucho más secundario de lo que habría aconsejado la película y su importancia en la historia, pero esta mujer tiene algo que hace que la cámara se enamore de ella al instante. Marton Csokas no saca nada de su papel, es mejor buscarle en otras películas (como, por ejemplo, La deuda, estrenada no hace tanto). Por separado y en conjunto (las dos crías, las hermanas en la vida real Taylor y Claire Geare, parecen desaprovechadas ante la naturalidad que transmiten, no demasiado frecuente en actrices de tan corta edad), el reparto, insisto, es lo mejor que tiene Detrás de las paredes.

Siendo sinceros, quizá sea lo único que tiene. Eso y que sea el filme en el que se conocieron para después casarse Daniel Craig y Rachel Weisz, lo cual quiere decir que la buena química que se ve en la pantalla tiene base real. Pero es que aparte de eso, no hay mucho más que ofrecer, aunque el filme daría para discutir y rebatir tantas cosas que igual conviene verla sólo por asombrarse de cada cosas que va sucediendo. Son noventa minutos de una pretendida historia sobrenatural que lo es menos de lo que parece por el cartel del filme, de un thriller que no apasiona prácticamente en ningún momento, de un misterio que está ya más que resuelto a los veinte minutos de película. Es un descalabro en toda regla, y me da rabia decirlo porque admiro bastante a sus responsables.

jueves, octubre 27, 2011

'Las aventuras de Tintín. El secreto del uniconio', el Spielberg aventurero desatado

Steven Spielberg no podía fallar cuando hay aventura de por medio. Y no falla, desde luego que no falla. Las aventuras de Tintín. El secreto del unicornio es, sencillamente, la película más trepidante del año, el regreso del Spielberg más aventurero (muy superior al, mejor de lo que se dijo, de la ya estupenda Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal), construyendo una película de acción y aventuras para toda la familia con una animación deslumbrante (infinitamente superior a la motion capture que muestran las películas que ha hecho Robert Zemeckis con esa técnica) y una capacidad cinematográfica inagotable, que es lo que tiene Spielberg, uno de los grandes entre los grandes aunque muchos se lo nieguen (algún día, ojalá muy lejano, se morirá y entonces todo serán buenas palabras...). Quizá por haber tocado antes el techo de espectacularidad o quizá porque hay vocación de que esta película inaugure una saga, lo cierto es que el final de la película sí deja una sensación un tanto extraña. Pero lo anterior ha sido tan divertido, tan entretenido y tan genial que eso se queda en un fallo menor.

El cine de aventuras es algo de otra época. Hoy manda más la acción imposible. Se ha perdido la ingenuidad, la inocencia, la sana diversión. Hoy no parecen posibles películas como Robin de los bosques, Scaramouche, El temible burlón o El hombre que pudo reinar. Y, sin embargo, de vez en cuando se producen hechos sobresalientes como esta adaptación a la gran pantalla de las aventuras de Tintín. Porque es sobresaliente. Spielberg es el mejor cineasta vivo para plasmar en una película la aventura más pura y genuina, y he aquí una nueva prueba. No sé si hay otro autor capaz de hacer lo que él hace en la prodigiosa persecución que se asoma al filme en su tramo final (auténtico climáx aunque en realidad no lo sea, de ahí que el auténtico final deje un sabor de boca un tanto más discreto) o de rodar el deslumbrante combate naval que acontece poco antes. Como queda claro incluso en el prólogo (autohomenaje a Atrápame si puedes), hay auténtico cine en El secreto del unicornio, primera de las tres entregas previstas de Las aventuras de Tintín. Y cine familiar, que también es noticia, aunque un poco menos en el año en que la nostalgia ochentera de Super 8 (producida igualmente por Spielberg) triunfó en el verano.

La adaptación de los cómics de Tintín es fiel en muchos sentidos. No sigue literalmente el relato de uno de los libros de Hergé, sino de tres. Sin ser un gran experto en el personaje, dicen de la película que hay bastantes libertades a la hora de adoptar esos relatos, pero lo cierto es que las bases de los personajes, conocidísimos para todo el mundo incluso sin haber leído muchos de sus álbumes, están ahí. Tintín (Jamie Bell) es el curioso periodista lleno de recursos e ideas, el capitán Haddock (Andy Serkis) es ese entrañble y gruñón borrachín, Hernández y Fernández (los cómicos Simon Pegg y Nick Frost) son los dos mejores policías despistados del mundo, y todos ellos se enfrentan, con la inestimable ayuda de un divertido y logradísimo Milú, al malévolo Sakharine (Daniel Craig) en la búsqueda de un tesoro. Spielberg lo capta todo a la perfección, acompañado como siempre por una espléndida arquitectura cinematográfica en la que todo funciona como un reloj, desde la juguetona y maravillosa banda sonora de John Williams (¡que no se muera nunca!) a la fotografía de Janusz Kaminski (brillante incluso en un formato de dibujos animados).

A esa fidelidad contribuye el formato en que se ha realizado la película, con la técnica de animación de motion capture. Es tentador pensar qué película podría haber quedado si Spielberg hubiera rodado con imagen real, pero es sólo eso, un ejercicio tentador que no obedece a fallos de la película. Al contrario, esta técnica encuentra en Spielberg a su, por el momento, realizador definitivo, después de que Robert Zemeckis no ofreciera nada tan deslumbrante en sus intentos (si acaso, en Beowulf, pero ni mucho menos en Cuento de Navidad o Polar Express). Aquí la animación funciona porque Spielberg rueda, porque hace cine por encima de todo. No busca la espectacularidad porque sí, sino porque encaja en la película. No hace falta forzar continuos giros de cámara si ya tiene el mejor plano posible. Eso Spielberg lo domina como nadie, su forma de rodar es ejemplar y todo tiene sentido bajo su mando. Absolutamente todo. Por eso él sí es capaz de sacar interpretaciones convincentes de lo que para otros sería sólo un dibujo animado. Por eso Daniel Craig asombra como villano y tanto Bell como Serkis hacen realidad los sueños de millones de aficionados de Tintín con sus caracterizaciones, voces y movimientos.

Las aventuras de Tintín. El secreto del unicornio es una delicia, una película de aventuras como las de antes y la mejor prueba de que Spielberg no ha perdido su toque más juguetón y para todos los públicos. No son pocas las similitudes de esta película con En busca del Arca perdida, como tampoco con otros grandes títulos del cine de aventuras. Pero, al mismo tiempo, es una película muy contemporánea, muy de hoy en día, y que encaja perfectamente en la cada vez más ejemplar filmografía de su realizador. De este filme se puede decir que es divertido (es imposible no reírse con Milú, Haddock o Hernández y Fernández), que está repleto de guiños al cómic de Hergé (haría falta un auténtico experto para desgranarlos todos, pero ya el primero que se ve en pantalla deja bien claro el respeto que se quiere tener por la obra original), que es trepidante (magníficas escenas de acción que, como en el caso del primer Indiana Jones, encuentran su apogeo en la de persecución) y que está pensado para que lo disfruten públicos de todas las edades (incluso por su duración, 107 minutos). Yo sólo puedo añadir que me lo he pasado como un niño pequeño y que me parece, sin duda alguna, uno de los títulos del año. Spielberg demuestra una vez más su grandeza.

lunes, octubre 24, 2011

'Eva', preciosa lección de ciencia ficción

Una película española de ciencia ficción. Sí, Eva es una película española de ciencia ficción. Ya tenemos el primer tabú roto sólo con decir el género al que pertenece el filme, ya tenemos la primera gran noticia. Eva es una película preciosa, sensible, muy bien hecha y fantásticamente bien interpretada. Y eso es la segunda gran noticia. Juntas ambas cosas, lo que hay que decir de Eva es que da gusto que un director novel haya sabido entender que para hacer ciencia ficción hay que poner en pantalla mucho más que unos logradísimos y muy cuantiosos efectos visuales, que es un género que acepta con naturalidad las historias más humanas que se puedan llevar al cine. Porque eso es lo que ofrece Eva, una historia humana, muy humana, muy reconocible. Sólo que el envoltorio es futurista. Entender eso ya merece un sincero aplauso para Kike Maíllo, su equipo y sus actores. Pero es que además han hecho un filme realmente bonito, desde su inquietante primera escena a su hermoso final. El buen cine no depende del dinero que uno se gaste. No depende de géneros. No depende de nombres. Depende de las buenas ideas. Como ésta.

Eva está ubicada en un futuro no demasiado lejano, a mediados del presente siglo. En su realidad (de hermosos paisajes naturales), conviven diseños inspirados en los años 70 y 80 con robots de dos clases. Por un lado, máquinas que se ve que lo son a simple vista. Por otro, androides, a los que en teoría es fácil distinguir por su forma de moverse y de comportarse aunque tengan aspecto humano. A pesar del título, que luego cobra la importancia que reivindica desde el cartel, el protagonista de la historia es Alex (Daniel Brühl), un científico que vuelve a casa para terminar un proyecto que inició diez años atrás. Ese proyecto consiste en dotar de emociones humanas, las de un niño, a un androide. Buscando niños que puedan prestar sus emociones al trabajo que está desarrollando, Alex se topa con Eva (Claudia Vega), una niña especialmente alegre, risueña, despierta e inteligente para su edad. En su pueblo, además, se reencontrará con su hermano, David (Alberto Ammann) y la mujer que enamoró a ambos años atrás, Lana (Marta Etura), y que cierra el lógico triángulo amoroso de la historia. Es decir, una mezcla interesante entre una historia cotidiana (muy bien aportados en pequeñas dosis los datos sobre el pasado) y un relato de ciencia ficción.

En España hemos tenido cine de terror y cine de fantasía. La ciencia ficción es todavía un reino por explorar. Eva triunfa en los dos caminos que explora. Visualmente, y sin necesidad de agolpar en la pantalla grandilocuentes efectos especiales, es una pequeña maravilla que lleva al espectador de golpe al escenario propuesto. Es un trabajo formidable que puede presumir de ser barato en comparación con lo que se gastan en Hollywood en efectos. Nadie diría que el gato robótico que acompaña a Alex no lo han animado ILM o Weta. El encaje con la estética retro, sobre todo de los vehículos, es algo más discutible, pero funciona con cierta corrección. A nivel de historia, Eva alcanza todos los territorios que se propone. Es una hermosa historia de amor, de distintos tipos de amor. Es, al mismo tiempo, una interesante reflexión sobre la condición humana (¿acaso no son las películas que tratan estos temas con brillantez joyas de la ciencia ficción?). Y la lástima es que no se pueda profundizar en las influencias que se atisban en esta película (el director confiesa que la idea se le ocurrió viendo un episodio de Doctor Who, pero a mí me vienen a la cabeza otras muchas) porque supondría destripar demasiado del contenido de este filme. Baste decir que recoge con brillantez grandes legados de la ciencia ficción.

Da gusto, además, que esta lección de cómo interpretar la ciencia ficción desde una cinematografía como la española la ofrezca un director debutante en el mundo del largometraje. Kike Maíllo, tras un par de largometrajos y mucho trabajo en publicidad, rueda con una soltura fascinante (y encuentra mucho apoyo de su equipo técnico, en la música de fabula burtoniana de Evgueni y Sacha Galperine o en la fotografía de Arnau Valls Colomer). Indiscutiblemente, un nombre a seguir. Como el de la joven Claudia Vega, que se mueve durante casi toda la película con una soltura fascinante, hasta el punto de hacer creer casi siempre (quizá cuando menos lo consigue es en su primera escena, y eso siembra algunas dudas que en seguida se revelan equivocadas) que es esa niña especial y única que ha de servir como patrón para el robot que está construyendo Alex. Eso no es fácil de encontrar y Eva lo tiene. Claudia Vega trabaja con absoluta naturalidad junto a actores que ya tienen carreras muy consolidadas, replicando con muchísimo desparpajo, provocando risas, en la mayor parte de las ocasiones a Brühl, pero también a Etura, Ammann o a Lluís Homar, quien se enfrenta al caramelo de dar vida a un androide con un enorme acierto.

Lo patrio suele tirar mucho entre la crítica, pero me da miedo que Eva no cuaje en algunos sectores precisamente por ser una película de ciencia ficción. Y es que mucha gente, como le sucede a la animación, no toma en serio a este género. No toma en serio, en realidad, a cualquier película de género. Eva, no obstante, demuestra que el cine puede aparecer en cualquier envoltorio, porque es una película visualmente atractriva y narrativamente apasionante. Quizá caiga en algún tópico, pero los solventa con corazón, con alma y también con talento. Con eso que suele faltar tantas veces en el salto que hay entre las buenas ideas que se plasman en el papel y las imágenes que después se proyectan en una pantalla. Este filme no tiene ese problema, porque su espléndido guión, magníficamente bien rematado con un final hermoso y poético, acaba convirtiéndose en una espléndida película. Maíllo ha acertado de pleno con su debut, y a uno le viene a la cabeza el nombre de Duncan Jones y su debut con Moon. Eva no tiene nada que envidiar a nadie, porque es una preciosa lección de cómo hacer ciencia ficción y de cómo hacer cine de género en español. Bravo.

domingo, octubre 23, 2011

Soberbia 'Criadas y señoras'

Soberbia. Criadas y señoras es soberbia. Sé que es bastante posible que lejos del mercado americano haya mucha gente que no termine de asumir la historia que cuenta, la vida de las criadas negras y de las mujeres ricas blancas para las que trabajan en un pequeño pueblo de Mississippidurante los años 60. Sé que tiene algunos defectos, que tienen más que ver con el clasicismo que asume desde el principio que con cualquier otra cosa. Pero para mí una película que cuenta con un gran guión y un sobresaliente grupo de protagonistas sólo puede ser soberbia. Porque emociona, conmueve, divierte, hace pensar y deja una satisfacción inconmensurable cuando uno sale del cine. Porque es prodigioso el nivel interpretativo que dan todas las protagonistas de la película, no sólo las más populares Emma Stone o Bryce Dallas Howard, sino también Viola Davis, Octavia Spencer o Jessica Chastain. Sí, se ven venir ciertos giros argumentales. Sí, el final sólo podía ser el que es. Pero qué bien sienta ver de vez en cuando una película con semejante factura, con tan buen diseño de producción, con un esquema clásico y, como decía, sobre todo con un grupo actoral imposible de igualar.

El drama racial vende mucho en Hollywood. Quizá no tanto en Europa, menos en España, donde la dimensión de aquel problema no se llegó a vivir cuando se estaba produciendo, ya que en los años 60 la igualdad entre blancos y negros era la menor de nuestras preocupaciones locales. Y es un tema muy trillado en el cine. Sin embargo, no todas las películas que lo han tratado consiguen introducir el tema de una forma tan elegante e involucradora como lo hace Criadas y señoras. Eso es otro de los aspectos que hace de ésta una película soberbia. Porque es una historia doble, con dos narraciones paralelas. Por un lado, la que ofrece la voz en off de Aibileen (Viola Davis), una mujer negra que trabaja en la mansión de una adinerada familia de Mississippi. Por otro, el de Skeeter, una joven blanca que regresa a casa con la ilusión de convertirse en una escritora. Ambas vidas, desde polos opuestos, tienen sabores amargos, y ambas mujeres van creciendo según se precipitan el acontecimiento que narra la película, que no es otro que la gestación de un libro que recoja el punto de vista del servicio, de las mujeres negras que trabajan para familias adineradas, en plena lucha por los derechos civiles del colectivo afroamericano.

Tate Taylor dirige y escribe la adaptación de la novela de Kathryn Stockett. Al parecer, ambos son amigos de la infancia. Para ella fue su primera obra literaria. Para él, la segunda cinematográfica después de la desconocida Pretty Ugly People. Pero en la pantalla no se vislumbra semejante bisoñez. Ni tampoco que un hombre blanco rueda una historia de mujeres blancas y negras. Hay maestría, hay saber hacer, una historia formidablemente bien construida. Hay talento, mucho talento. Y, sobre todo, un acierto incuestionable a la hora de conformar lo mejor de la película: su reparto. Viola Davis confirma la poderosa presencia que mostró en La duda (aunque entonces quedara eclipsada como secundaria por tres actuaciones prodigiosas). Emma Stone confirma su inmensa categoría como actriz, y esta vez en registros totalmente alejados de la comedia que la dio a conocer, Rumores y mentiras. La para mí desconocida Octavia Spencer es tan poderosa como Davis pero desde una personalidad completamente distinta. Bryce Dallas Howard (La joven del agua) evidencia que es mucho más que una presencia bonita o simplemente la hija de Ron Howard, que es como llegó al mundo del cine. Jessica Chastain (El árbol de la vida) encandila con una sencillez admirable.

Y podría seguir porque todo el reparto está inmenso. Aunque aquí se podría encontrar la primera pega a la película: el nulo peso que tienen los personajes masculinos en la historia. Cierto es que estamos ante un filme de mujeres, pero a veces parece que la mirada de los escasos hombres de la historia se hace desaparecer a conveniencia. Algún contrapunto más habría sido beneficioso para redondear la obra, sobre todo en lo que se refiere a la relación entre Skeeter y Stuart, ese esquivo joven al que le presentan con el fin de que inicie su búsqueda de marido (fascinante subtrama, por cierto, la de la personalidad y vida social de Skeeter, que también ahonda de manera realista en cómo eran los años 60 para ciertas costumbres que hoy ya están socialmente aceptadas; ojo, por cierto, al enorme gag sobre el tabaco una de las primeras escenas de la película). Puestos a buscar otra pega, es evidente que en la película hay un espíritu inspirador, un ánimo de conquista social, que sólo puede derivar la historia hacia un punto muy concreto, lo que hace que algunos giros se vean venir con demasiada facilidad. ¿Pero quién dice que el cine vive de las sorpresas? No es así y Criadas y señoras es una muestra evidente.

Porque todo aquí funciona. Funcionan los grandes momentos (se pone la carne de gallina cuando Skeeter descubre por qué le ha pedido Henry, el camarero, que se vaya cuanto antes a casa de Aibileen), el duelo interpretativo crece a dimensiones formidables (inolvidables las conversaciones llenas de complicidad entre Emma Stone y Viola Davis, o las trufadas de dobles intenciones entre la primera y Bruce Dallas Howard), funciona en la parte más dramática (impresionante silencio que lo dice todo cuando Tate Taylor completa con maestría y desde otro punto de vista la escena que abre la película) y funciona en la comedia (brutal la escena en la que se descubre el gran secreto Minni y Hilli, los personajes de Octavia Spencer y Bryce Dallas Howard; o la magnífica aparición secundaria de una Sissy Spacek a la que se echa de menos en el cine), funciona la ambientación y funciona el montaje. Funciona todo. Por eso es una película soberbia. Pero si por algo tiene que destacar es por el inolvidable duelo interpretativo de dos actrices que nada tienen que ver, Viola Davis y Emma Stone, que obligan a quitarse el sombrero y a salir del cine con una sonrisa en los labios. Dicen que será la sorpresa en los Oscars, porque nadie contaba con ella antes de estrenarse. Yo sólo puedo añadir una cosa: bravo.

jueves, octubre 20, 2011

'La deuda', buenos personajes, mal final

Lo mejor de La deuda está en su reparto y en sus personajes. Una historia narrada en dos tiempos, con un trío protagonista diferente para cada uno de ellos, incorporando por un lado los miedos de la juventud y por otro la tristeza de la madurez. Seis actores, la mayoría muy interesantes, que son los que dan vida a este relato de espías que se mueve con bastantes altibajos. Tiene buenos giros, aunque su final es convencional y, en realidad, bastante absurdo. Está rodada con un carácter demasiado rutinario por el director John Madden (el de Shakespeare enamorado), pero tiene algún que otro instante donde sí hay buenos hallazgos en su montaje y en su narración. Es una película que entretiene y que se beneficia del carisma de sus actores y de sus personajes, que no deja un poso indeleble pero que, sin embargo, mantiene al espectador en tensión durante sus algo menos de dos horas de duración. ¿Suficiente? Quizá podía haber dado más de sí, pero en es una cinta entretenida.

Tenemos a tres agentes del Mossad. Primero les vemos con algo menos de treinta años, cuando recibieron el encargo de secuestrar y llevar a Israel para su posterior juicio a un médico nazi que sirvió en el campo de concentración de Birkenau y, por tanto, colaboró activamente en el holocausto judío. Casi de inmediato, con algo menos de sesenta. Helen Mirren y Jessica Chastain interpretan a Rachel, Tom Wilkinson y Marton Csokas a Stephan y Ciarán Hinds y Sam Worthington a David. El gran mérito de la película está en la hermosa identificación de estas tres parejas de actores. Aunque es mucho mejor el trío maduro (con mucho más tiempo en pantalla para la fantástica Mirren y el siempre sobresaliente Wilkinson), no hay que desedeñar para nada el trabajo de Jessica Chastain (maravillosa su imagen de vulnerabilidad y dureza, es ya una actriz a seguir después de un año en el que ha trabajado con gran acierto en Criadas y señoras y sin un papel acorde a su capacidad en El árbol de la vida). Csokas no está mal y a Worthington, limitado como siempre, al menos se le puede aplaudir el empeño de no encasillarse en papeles de héroe rocoso como los de Avatar o Furia de Titanes.

Junto a ellos, hay otro pilar que marca el devenir de la película a casi todos los niveles: el personaje del doctor Vogel (un Jesper Christensen que genera muchísimo desasosiego, como obliga su papel). Es su aparición lo que marca un antes y un después en la historia. Lo que al principio parece una historia de honor, una misión justa, de repente se transforma en una batalla psicológica apasionante. Ahí están los mejores minutos de la película, ahí y en la relación de estos hechos con el primer flashback del filme (brillante ejecución cinematográfica de esa escena durante la lectura de un libro que hace el personaje de Helen Mirren). Y ahí es donde La deuda sí deja poso para el debate después de la película, ahí es donde cobra una fuerza que no se termina de aprovechar del todo pero que sí alcanza niveles importantes. La historia de espías, más o menos correcta, se convierte en un infierno psicológico. Un infierno derivado de la situación, del carácter dañino del médico nazi y también de las decisiones personales de los tres agentes del Mossad, menos preparados de lo que pensaban para una misión de estas características.

La historia de espías funciona, el reto mental mucho más, la estructura en dos momentos temporales está montada con ingenio... pero la película llega a su final y se pierde. El clímax no está a la altura, contiene demasiadas lagunas y ni siquiera es coherente con el resto de la película. La deuda podría haber acabado de muchas formas pero seguramente ha optado por la peor de todas. Por eso, la sensación que deja el filme al acabar es de decepción, pero eso no impide que tenga grandes momentos. Los mejores son los enfrentamientos de toda índole que el doctor Vogel mantiene con Rachel y David, cuya bondad, la de ambos, contrasta con la crueldad del nazi e incluso con la ruda determinación de Stephan. También cabe encontrar lo más positivo de la película en la evolución del trío protagonista. Hermosa la tristeza melancólica de Hinds (qué distinto es el tono de su personaje aquí con respecto al que tuvo en una historia de corte similar, la de Munich), fantástica la firmeza de Wilkinson y, como siempre, espectacular la presencia de Helen Mirren.

Y es que, al final, lo que queda de La deuda son las interpretaciones. Porque el tono de la película está muy bien (magníficamente subrayado por la muy buena banda sonora de Thomas Newman), pero son sus personajes lo que marca la diferencia. Puede que la misma historia no hubiera sido creíble sin el casting adecuado. Puede que la trágica ironía que se mueve en torno al destino de los personajes no hubiera tenido el mismo sentido de no haber contado con el buen hacer de este reparto. Pero también puede que esta historia, en manos de otro director más hábil, hubiera dejado una sensación mucho más satisfactoria. El nivel que exhiben sobre todo Jessica Chastain y Helen Mirren merecía algo más que una entretenida historia de espías. Que tampoco es poco, pero que pudo ser más.

martes, octubre 18, 2011

'Trust', una sensible sorpresa

A veces el cine esconde sorpresas donde menos se pueden esperar. Cae en mis manos Trust. No se ha estrenado en España, aunque la película es de 2010, se vio en el Festival de Toronto hace más de un año y en muchos países ha ido directamente al mercado de vídeo, primera señal negativa. El argumento gira en torno a una adolescente, casi una niña todavía, y a un individuo de mucha más edad que conoce a través de Internet pensando que es un quinceañero como ella, lo que suena a telefilme sensiblero, segunda señal negativa. Dirige David Schwimmer, el actor que interpretaba a Ross en la serie Friends, lo que como poco dispara las alertas sobre la capacidad de su realizador de sacar algo decente en la temática escogida, tercera señal negativa. Y en lo positivo, motivo por el que en realidad veo la película, está un a priori buen e interesante reparto. Y comienzo a verla. Y, efectivamente, en el inicio parece un telefilme. Hasta que, poco a poco, me doy cuenta de que Schwimmer y los guionistas me están llevando a terrenos inquietantes, sensibles, interesantes, a veces emocionantes. Termina la película y ya soy un convencido más. He visto una pequeña gran joya que ni siquiera va a llegar a los cines. Toda una sorpresa.

Trust empieza como una convencional película de amoríos adolescentes, con el marco de una familia feliz, estable y tradicional, con una pareja encantadora que se lleva de maravilla y tres hijos estupendos, estudiosos y responsables. Con un ritmo pausado, con una historia en apariencia convencional. Y poco a poco va derivando hacia la historia que en realidad quiere contar. Parece una al principio, pero acaba siendo otra totalmente diferente y realmente interesante. Esa es la esencia de la película, y eso hay que agradecérselo a tres pilares. Por un lado, el guión de Andy Bellin y Robert Festinger, delicado, bien medido y valiente, a pesar de desaprovechar a algún que otro personaje que podría haber dado mucho más juego. Por otro, a David Schwimmer, que rueda con sencillez, con delicadeza y con oficio. También con valentía, porque no es nada fácil la materia que ha escogido para este trabajo (valentía insospechada, después de ver su todavía corta carrera como director, que empezó precisamente con algunos episodios de Friends, y precisamente por eso mucho más merecedora de aplauso). Y, por último, es imprescindible para contar esta sensible historia el pilar interpretativo, notable en todos los casos.

Y a la hora de evaluar la fusión de esos tres pilares es, precisamente, donde uno se da cuenta de todo lo bueno que tiene la película. Trust significa confianza, y la genialidad que esconde el filme es que va cambiando el sentido de la palabra a lo largo de la película, gracias a la habilidad de todos los que trabajan en ella. No moraliza, no da respuestas únicas con la pretensión de sentar cátedra, simplemente deja fluir una historia que, como la vida misma, no puede acabar. El final, temible para una película de estas características por las tentaciones de ceder a los caminos más fáciles, aquí es el extraordinario colofón a una gran película, un título modesto pero sorprendente y sincero, que se enfrenta a la dificultad añadida de contar con una protagonista adolescente. Pero hasta eso se convierte en una ventaja. Liana Liberato (cuánto me ha recordado a la dulce inocencia de Madeline Carroll en Flipped; qué curioso, otra pequeña joya que no se llegó a estrenar) tiene aún una corta experiencia, pero nadie lo diría viendo la impresionante evolución que hace de su personaje, Annie, creíble cuando se muestra como una niña feliz sin más problemas que su relación con las compañeras del instituto y después cuando se ve obligada a enfrentarse al lado más oscuro de la vida.

Alrededor del personaje de la joven Annie pivotan todas las expresiones de la confianza a la que hace referencia el título. Todas ellas crean un mosaico espectacular, porque todas ellas serían merecedoras de la atención del título y tal es la riqueza de la película que cada espectador se quedará con la que quiera. Confianza con el hombre que conoce a través de Internet (un Chris Henry Coffey que genera todo el desasosiego que requiere su personaje sin caer en la caricatura), con su mejor amiga, con su propio padre (Clive Owen tiene la enorme virtud de, sin apenas cambiar en lo físico, adaptarse a papeles diametralmente opuestos; y es que resulta casi impensable que este personaje tenga el mismo rostro que el que interpretó, por ejemplo, en Closer), ante los ojos de una madre desesperada (qué gran actriz es Catherine Keener y qué bien le sientan estos papeles dramáticos, aunque el suyo es, precisamente, uno de los que está desaprovechado), con la psicóloga que atiende a la joven (Viola Davis, escaso papel para tanto talento que tiene la protagonista de Criadas y señoras). Schwimmer, de forma sutil, va trazando un universo de confianzas que, en la mayoría de los casos, se tornan desconfianzas.

Qué difícil es lidiar en el cine con los problemas de una adolescente, y mucho más si se hace desde la vertiente más turbia de los depredadores sexuales que utilizan Internet para buscar víctimas de tan corta edad. Y qué sensibilidad desprende esta película, un título ejemplar que demuestra que buen cine puede haber en todas partes. Jamás hubiera pensado que detrás de uno de los actores de Friends (serie que adoro, que no se me malinterprete) podía haber un director con las aptitudes necesarias para llevar a la pantalla una historia de este calado, y hacerlo sin caer en sensiblerías o excesos. Pocas veces confío en que un adolescente pueda llevar el peso de una película tan dramática como ésta, y Liana Liberato prueba que hay excepciones y me obliga a apuntar su nombre para el futuro. Y en muy pocas ocasiones encuentro una película que esté tan bien coronada por un final tan devastador, tan auténtico y tan acertado. No importa que Trust sea una de esas películas que llegará a poca gente por obra y gracia del extraño mercado de distribución. A mí me ha llegado como espectador, y eso es tremendamente valioso.

viernes, octubre 14, 2011

'Contagio', blando efectismo

Hay algo que me aburre de Steven Soderbergh. Cada película suya parece tener el objetivo de ser el título definitivo sobre un tema. Y desde esa perspectiva, tengo que reconocer que no le suelo ver cerca de esas pretensiones al revisar su cine. Estuvo muy próximo a alcanzar su propósito en Traffic, aunque las enormes y excesivas concesiones finales arruinaron en buena medida el filme. Aquí viene a sucederle lo mismo. Comienza Contagio, su pretendida historia definitiva sobre una epidemia vírica mundial (tejida indudablemente a raíz de los ríos de tinta escritos sobre la gripe aviar, de hecho bastante mencionada en el filme) con mucho morbo. Muchos planos escabrosos. Demasiados, largos y muy desagradables. Innecesarios probablemente, y más teniendo en cuenta la voluntad buenista que desprende la película, mucho más preocupada de que se vea la solución de los problemas que de plantear dilemas que dejen poso una vez se sale del cine. Por el camino queda una rutinaria historia coral que, precisamente por ese carácter, deja demasiado en el aire la mayoría de las vidas que plantea. Y sin esa necesaria empatía, Contagio sólo ofrece algunas pinceladas de interés.

El arranque de la película anuncia el final. Partimos del día 2 de una epidemia que se va extendiendo, luego con el orden cronológico que preside Contagio ya podemos estar más que seguros de que el día 1 cerrará la historia. Un movimiento extraño porque la búsqueda del paciente cero no adquiere verdadera consistencia a lo largo del relato, pero con cierta lógica para evitar el excesivo buenismo del que fue presa, por ejemplo, Traffic. En realidad, es que ninguna de las líneas paralelas de la historia adquiere demasiada fuerza y esa indefinición es el gran problema al que se enfrenta Contagio. ¿Es una película científica? No. ¿Es una historia humana? Tampoco. ¿Es una historia gubernamental? La verdad es que no. ¿Es una historia periodística? No de nuevo. ¿Es más un relato frío y documental o un relato de ficción sobre la condición del hombre? Ninguna de las dos cosas. ¿Pero sale todo esto en la película? Sí, todo sale. Todo se bosqueja, pero nada termina de dibujarse, con lo que la película se mueve en continuos altibajos que van abriendo posibilidades que Soderbergh no aprovecha. Y seguro que lo hace conscientemente, dentro del aparente deseo de ofrecer un mosaico ambicioso y, quizá por eso mismo, bastante más fallido de lo que le gustaría.

Soderbergh busca la incomodidad del espectador, lo hace con desagradables planos de enfermos y con una música machacona e irritante de Cliff Martínez, lo hace con la base de la historia y con algunos de los detalles que va dejando a lo largo del metraje. Pero no termina de enganchar. La historia humana es, quizá, su mejor baza. Beth (Gwyneth Paltrow, una actriz que siempre me ha parecido insulsa y demasiado plana) es el primer personaje al que se coloca en el epicentro de la epidemia. Su marido, Mitch (Matt Damon), es quien tiene que lidiar con los efectos del virus, los que podrían generar más empatía en el espectador. Pero la frialdad preside su historia, cuando tendría que abordar con fuerza el lado más sensible de quien vea la película. Hay más calor en la visión tremendista y manipuladora del periodista freelance Alan Krumwiede (un notable Jude Law), sobre todo en su enfrentamiento televisivo con el científico a cargo de la búsqueda de una vacuna, el doctor Ellis Cheever (un buen Laurence Fishburne, cuyo personaje acaba perdido por ese buenismo de Soderbergh a la hora de cerrar sus películas definitivas). Ni Marion Cotillard ni Kate Winslet consiguen aportar mucho más a la película que ir incluyendo episodios con la misma facilidad con la que pasan los días de epidemia.

Contagio no es fallida en todo momento, claro está, porque plantea muchas cuestiones de interés. Su pecado es que se queda en la superficie de todas ellas, cuando quizá la habría convencido apostar por alguna o algunas de las múltiples líneas argumentales que ofrece. No es una cuestión de complejidad o de facilitar la tarea al espectador, sino de dispersión narrativa. Soderbergh tarda casi una hora en hilar lo que presenta en los primeros cinco minutos de película sin mucho motivo para semejante dilación. Y cuando lo hace, recurre a lo más sencillo en todo momento. No hay profundidad ni tampoco misterio. No es fácil comprender el porqué de tanta espera para algo fácilmente deducible, ni tanta vuelta para explicar cosas que quedarían claras de formas mucho más sencillas. Soderbergh se lía y no acaba de demostrar qué quiere contar con la película, más allá de aprovechar de forma tardía la innecesaria psicosis mundial que generó la gripe aviar. Y es que eso es lo que parece buscar en el espectador: que sufra por la posibilidad de contagiarse de algo parecido durante las dos horas de la película. ¿Lo consigue? La verdad es que no (y él mismo, con un chiste cinéfilo interno, se encarga de recordar al espectador quién lo consiguió con un miedo muy diferente hace unos años).

Contagio no es la película definitiva de epidemias que pretendía ser y se queda a años luz, por ejemplo, del sincero entretenimiento que propuso hace casi quince años Wollfgang Petersen en Estallido. Soderbergh se rodea de un reparto estelar e internacional que, a falta de tanto espíritu en la película, se limita a cumplir con el expediente. Quizá sólo Jude Law y Laurence Fishburne sepan encontrar el tono justo de sus personajes, pero no sentir a ninguno de los dos como protagonistas absolutos de la película lastra las buenas sensaciones que dejan. Siempre he visto al director de Contagio como un realizador sobrevalorado, y su última película afianza esa sensación. Como documento puede ser interesante en algunos momentos y a algunos niveles, pero no parece que por ese detalle vaya a permanecer demasiado en la retina del espectador, ya que la película sólo se mueve a golpe de casualidad y reta continuamente la credibilidad de la historia. Los amantes del cine catastrofista la disfrutarán por momentos, pero al final se queda como un ejercicio blando de efectismo.

martes, octubre 11, 2011

'Batman. Year One' daba para mucho más

Qué lástima dan las oportunidades perdidas. Y Batman. Year One lo es. Estamos hablando de uno de los más grandes cómics de superhéroes de todos los tiempos, Batman. Año uno, creado en 1987 por Frank Miller y David Mazzucchelli. De la historia del primer año de vida de Batman desde que Bruce Wayne regresa a Gotham tras todo el adiestramiento que le permitirá vengar la muerte de sus padres. De cómo Jim Gordon llega a Gotham para enfrentarse a un departamento de policía corrupto en una de las ciudades con más crimen de Estados Unidos. Era el cómic perfecto para hacer una película, y por eso Christopher Nolan no dudó en coger muchos elementos del mismo para hacer Batman Begins. Pero esta película de dibujos animados, que sale directamente a la venta en DVD y Blu-ray se limita a copiar el cómic y a rellenar los huecos que hay entre viñeta y viñeta con el movimiento. Claro, aún así sale una historia fascinante y muy recomendable para quienes quiera conocer algo más de los mitos de Batman. Pero el mérito es de Miller y Mazzucchelli, así que bien haríamos en honrar su obra y leerla. O releerla, tantas veces como haga falta.

Las películas de dibujos animados basadas en personajes de DC Comics son, ahora mismo, mucho mejores y mucho más numerosas que las que se producen sobre superhéroes de Marvel. La mayoría de ellas adaptan historias ya vistas en el cómic, lo que pone cierta presión sobre estos títulos, porque siempre hay mucho fan dispuesto a compararlas. Con razón, por supuesto, de la misma forma que se compara una película con el libro en el que se basa. Pero aquí la comparativa es doblemente peligrosa, porque tenemos un referente literario pero también uno visual. A la hora de hacer Año uno, sus responsables han optado por el mimetismo. Es decir, el guión sigue con muchísima fidelidad el libreto de Frank Miller para el cómic, y la animación recoge un estilo de ilustración lo más cercano posible a los lápices de Mazzucchelli sobre el papel. Es decir, que no estamos ante una adaptación, sino ante una traslación directa en toda regla de las viñetas a la pantalla. ¿Funciona? Claro que funciona, la historia tiene muchísima categoría dentro como para que no funcione. Pero sabe a poco.

Cuando se adapta, hay que adaptar. Los lenguajes del cómic y del cine son diferentes, y hay que buscar soluciones diferentes. Aquí no las hay. Aquí la cámara se coloca en muchísimas ocasiones en el mismo ángulo que escogió Mazzucchelli hace casi 25 años para el cómic. Se podrían hacer docenas de capturas de pantalla de la película y recrear lo que se publicó en 1987 con suma facilidad. Para algunos, esto puede ser una virtud, porque al fin y al cabo los puristas siempre se rebelan contra las adaptaciones que se apartan (siempre a su juicio) demasiado del original. Para mí, no lo es. Para mí, es un pequeño gran lastre... si se conoce el cómic original. Con esa lectura (y sus muchas relecturas), uno se da cuenta de que el trabajo del guionista en este filme ha sido el de recortar bocadillos. El cómic cuenta con una doble narración en off, de Bruce Wayne/Batman por un lado y del teniente Gordon por otro. Lo que ofrece la película es eso, un recorte de esos diálogos en off, escogiendo lo que se pueda adaptar al filme, con la duración de las escenas como criterio básico. Es decir, que si el diálogo es largo, se recorta. Si nos cabe todo con la animación, se deja.

El poso que deja Batman. Year One es de decepción. Decepciona porque se podría haber hecho mucho más. Pero, ojo, no hay que perder de vista que esa decepción procede de alguien que arrastra muchas lecturas de Batman y de esta historia en concreto. Para quien no conozca los mitos de este personaje, uno de los mejores que ha deparado el cómic en toda su historia, y sobre todo para quien no haya leído Batman. Año uno, la película puede ser magnífica. De hecho, lo será. Porque impresionará la inmensa escena del murciélago, la pelea de Jim Gordon con Flash, el enfrentamiento entre Batman y la policía en el edificio abandonado... La animación es bastante competente (y, como decía un poco más arriba, mucho mejor que la que se ve en las producciones animadas de Marvel), aunque chirría el tono clásico del dibujo con los vehículos realizados por ordenador. Muchas cosas son brillantes en Batman. Year One, sería absurdo negarlo. Pero el problema es que el mérito no está, en la mayoría de los casos, en los responsables del filme, sino en los del cómic. Ved la película. Pero sobre todo leed el cómic, que de ahí surge la grandeza de esta magnífica historia.

Aquí, otra crítica con más nombres y datos sobre la película.

lunes, octubre 10, 2011

'Star Wars' desde un prisma diferente

Una de mis pasiones cinematográficas más confesables y confesadas es la saga de Star Wars. Desde siempre ha formado parte de mis sueños de celuloide esta epopeya de fantasía, aventura y ciencia ficción, uno de los títulos imprescindibles de la historia del cine y, seguramente, de los que más se habrá escrito a lo largo y ancho del mundo. Más aún desde que Internet ha expandido las fronteras del mundo de una forma inabarcable, haciendo que cada persona tenga una voz y una opinión que puede llegar al resto de los mortales de una forma rápida y directa. Como no podía ser de otra forma, yo mismo he escrito ya algunos artículos sobre Star Wars, pero he intentado que no sean los típicos, que vean la saga desde un prisma diferente, que no contengan la misma información que hay en todas partes. Lo que quería es que contaran aspectos concretos de la saga de los que, en realidad, no hay mucha gente que se haya parado a hacer un relato coherente... y en español, porque en inglés sí que está casi todo escrito.

Y habrá más artículos míos en el futuro, no me cabe duda (¿Alguna sugerencia? ¿Hay algo en Star Wars de lo que querríais saber más?), pero aquí están los enlaces a todos los que he publicado hasta ahora en la web Suite 101 sobre la inmortal saga de George Lucas:

· ¿Cuántos filmes de Star Wars quería hacer George Lucas?

· Las series de dibujos animados de Star Wars

· La música de John Williams para la saga

· Lugares reales en los que se rodó Star Wars

· Las referencias a THX 1138

· Los ewoks

· La edición especial de 1997

· Jar Jar Binks, el personaje más odiado

· Los cameos en Star Wars

· Mujeres Jedi

Espero que sirvan para descubrir cosas que no sabíais, detalles que no teníais demasiado claros o, al menos, para que os hagan pasar un buen rato recordando la visión que vosotros mismos tenéis de estas películas. Y si por un casual todavía no las habéis visto, aspiro a despertaros el gusanillo por verlas. Porque me dais mucha envidia, esa es la sensación que tengo cuando alguien me dice que no ha experimentado la primera vez que vio esta saga. Si vais a verla, no os olvidéis de mantener la mente abierta, de conectar todos vuestros sentidos y, sobre todo, de disfrutar con estas joyas. Porque, sí, son joyas. Incluso las nuevas, que tan vapuleadas fueron en el momento de su estreno (y creo que todavía hoy lo siguen siendo). Todas tienen elementos, mundos y personajes inolvidables. Sus defectos también, por supuesto, pero ¿acaso existe la película perfecta? Yo no me canso de verlas, de difundirlas, de alabarlas y de explicarlas. Y como es imposible acabar de otra forma que no sea la que voy a emplear, simplemente os digo, las veáis o no, que la Fuerza os acompañe.

viernes, octubre 07, 2011

La hermosa sencillez de 'El ilusionista'

El ilusionista es una película sencilla. Es una historia pequeña, íntima. Va sobre el desamor más que sobre el amor (paternal, que no carnal). Es un homenaje más que una invención. Y es hermosa, muy hermosa. Cabe considerarla un producto atípico, pero que viene a demostrar algo que desde hace mucho tiempo sabemos los que disfrutamos de los dibujos animados: que no son un género, sino un medio de expresión más con el que se puede hacer una película. Quienes piensen que los dibujitos son sólo para niños, encontrarán aquí el mejor argumento para negar semejante teoría. Y para quienes piensen que los homenajes en el cine están pasados de moda o son simples y fáciles remedos de los originales, El ilusionista les demostrará que con respeto, cariño y talento no hay límites para el recuerdo de una figura clásica. Aquí el homenajeado es Jacques Tati. El cómico francés, muerto en 1982, es el autor del guión original en que se basa la película y, al mismo tiempo, su protagonista. Es un dibujo animado, pero es Jacques Tati. Tal es la hermosa sencillez de la película.

La nominación al Oscar a la mejor película animada (el premio lo ganó, merecidamente, la inolvidable Toy Story 3) le dio cierta notoriedad a esta película hace algunos meses, pero, por desgracia, no aceleró el estreno en España de El ilusionista. El filme se vio en el Festival de Berlín, en febrero del año pasado, y comenzó su estreno en cines en Francia, Alemania y Reino Unido en junio. A España llega con año y medio de retraso. Pero al menos llega, así que tenemos un motivo para la celebración. ¿Por qué? Porque es importante que películas así tengan vida comercial en España. Y que la gente las vea. Y que aprenda que hay muchas formas de contar una historia. Porque tan válida habría podido ser El ilusionista en su forma de dibujos animados como con actores. Tan emotiva y hermosa podría haber sido como homenaje casi mudo a Jacques Tati (y de paso, a tantos cómicos que dio el cine más clásico, empezando por el propio Charles Chaplin), como con unos diálogos acertados. Tal es la magia del cine, que ofrece una enorme riqueza a los realizadores.

Sylvian Chomet, autor de Bienvenidos a Belleville (también nominada al Oscar a la mejor película de animación, derrotada entonces como aquí por Pixar, en este caso por Buscando a Nemo), adapta el guión original de Tati y dirige la película con mucha sensibilidad. Homenajea a Tati no sólo manteniéndole como protagonista en forma animada, sino también apostando por algo tan aparentemente fuera de contexto histórico en el cine moderno como el gag visual, por contar la historia sin apenas diálogo. El guión es hermoso, aunque se echa de menos un papel más activo de algunos personajes secundarios. El filme se centra en dos personajes, un viejo mago francés y una joven que conoce en un hostal de Escocia en el que actúa. Entre ambos se teje una relación de cariño y respeto que ninguno de los dos parece saber muy bien cómo conducir. Simplemente se dejan llevar por lo que creen que deben hacer, por impulsos, cargada de ingenuidad y buenos sentimientos. Y no, no es necesariamente una relación de amor, sino que se aproxima más bien al desamor, como evidencia un final tan melancólico como inevitable, que se rompe tras los títulos de crédito con un último gag que sólo verán quienes aguanten hasta el auténtico fin de la película.

Hay un encaje muy natural entre el fondo de la historia y la forma escogida por Chomet para contarla. Quizá se pueda decir que el envoltorio de dibujos animados hace crecer la historia por momentos, porque hay escenas (sobre todo las que giran en torno al conejo que el mago usa en sus trucos) que parecen pensadas para una producción animada. Colores y texturas refuerzan esa sensación. Y la prueba de que todo encaja está en el inesperado cameo del propio Tati, cuando Tatischeff, el mago protagonista, acaba en el interior de un cine en el que están proyectando Mi tío, del propio Tati. Hay mucha magia en ese instante, una magia que se acaba trasladando a casi todas las escenas de la película, las más tiernas y las más cómicas. Hay mucho de ingenuidad en los personajes del filme, y hay un mensaje cargado de melancolía al ver que esa ingenuidad va cayendo según otras formas de vida toman el escenario. La metáfora del mago y las estrellas de rock compartiendo función es triste y hermosa. Y hermosa es esa frase final. Hermosa y melancólica. Pero los magos sí existen. No para sacar objetos de un sombrero, sino para emocionar sin medida. Eso es lo que hace El ilusionista. Porque es hermosamente sencilla.

miércoles, octubre 05, 2011

'Crazy, Stupid, Love' y la confusión entre los tres términos

No termino de decidirme sobre Crazy, Stupid, Love. No sé si es una locura de película, no sé si va sobre el amor o si en realidad es sobre la estupidez. Igual es una mezcla entre las tres cosas y el título es muy adecuado. Pero es que no sé si los actores me terminan de convencer, porque todos ellos (los conocidos y los menos conocidos) tienen grandes momentos, pero en realidad me saben a poco casi todos (en especial algunos de los conocidos). Y el caso es que me he reído, en algunas secuencias verdaderamente divertidas que tiene la película, pero también es verdad que, al margen de los intentos de salirse del cliché que a ratos parece que van a progresar, desprende cierto tono previsible (al fin y al cabo, es una comedia romántica, y todos sabemos cómo evolucionan las comedias románticas). Estoy confundido, sí. Pero entre tanto he pasado dos horas un tanto largas para esta propuesta pero entretenidas al fin y al cabo. En realidad, funciona mejor que la media de películas similares, con lo que tiene un aprobado bastante holgado, pero, como sucede en este género, no pasa de ahí y apela a un público bastante claro, el que esté dispuesto a recibir sus enredos y casualidades de buen grado.

El dúo de directores que forman Glenn Ficarra y John Facqua firman su segunda película tras la cámara (la primera fue Philip Morris, ¡te quiero!) y lo hacen con una película como poco curiosa. Interesante, desde luego, porque, sin revelar absolutamente nada de su desarrollo, plantea algunas cosas que no son muy habituales en una comedia romántica. Y entretenida por contar con un guión hábil, aunque previsible (insisto, seguro que es más una cuestión de género y de expectativas generadas por estudios de mercado que por pretensión cinematográficas), y un reparto experto que arrastra al espectador con facilidad. Lo que no termina de estar claro, en una película tan llena de mensajes inspiradores sobre el amor, es qué pretende decirnos exactamente. El final lo distorsiona todo bastante, y es ahí, en la resolución de todas las tramas, donde Crazy, Stupid, Love pierde buena parte de la fuerza que sí consigue acumular a lo largo de su metraje. No es ninguna novedad, más bien parte de la idiosincrasia de una comedia romántica, pero uno no pierde la esperanza de que llegue el día en que una película así sorprenda. Incluso en su final.

Crazy, Stupid, Love parte de premisas bastante inverosímiles, que dificultan la verosimilitud de la película, y la primera es la falta de química que hay entre la pareja protagonista, la que forman Steve Carell y Julianne Moore. El caso es que los dos, por separado, ofrecen buenos momentos (más ella que él, porque a él le sigo viendo muy cercano a su papel de siempre salvo en alguna escena contada), pero juntos no tanto. En la segunda escena, que transcurre en el interior de un coche, ni siquiera parece que formen parte de la misma película. Este matrimonio protagonista pasa por malos momentos y se separa, lo que desencadena toda la historia. Por un lado, él conoce a un tipo que le enseña a ser todo lo que no es, atractivo para las mujeres, descarado, ligón... Ella, por su parte, duda entre volver a la vida que conocía o dar un paso adelante con la vida que ha imaginado, que es el motivo por el que ha decidido romper su matrimonio. Por alguna extraña razón, me costaría mucho imaginar que de Hollywood hubiera salido una película con esos papeles cambiados, pero me resulta un planteamiento más interesante que el que ofrece la película.

Al final la mejor historia de todas (¿es ese el mensaje que realmente quiere contar esta película?) es la que en la primera mitad de la película (que llega a unas excesivas dos horas) aparece más desdibujada, la que afecta al personaje que interpreta Emma Stone (y que incluye la mejor broma cinéfila de la película; hacer referencia a otras películas o actores es algo que se está poniendo de moda y, la verdad, se agradece por su realismo). La actriz está más que correcta, pero su trabajo sabe a poco después de haberla visto en Rumores y Mentiras y Criadas y señoras, todavía por estrenar. De hecho, es esa es la característica esencial de casi todos los actores de la película, que sus trabajos saben a poco. Le sucede lo mismo a los breves papeles de Marisa Tomei o Kevin Bacon, personajes a los que se le intuyen muchas cosas, pero que al final se quedan en algo normal, episódico y, en el fondo, casi intrascendente. También funciona bastante bien la parte de amor adolescente, personificada en el chico de trece años al que da vida Jonah Bobo y la joven de 17 con el rostro de Analeigh Tipton. Pero si como motor de una película que apuesta por rostros conocidos encaja más la historia de dos intérpretes desconocidos, es que algo no ha terminado de funcionar en la película. Y eso que falla es la química.

La química es esencial en una comedia romántica. Muchas, con peores guiones sobreviven gracias a ese detalle. Y aquí falla en algunas de las parejas que se forman. Sí hay química, curiosamente donde no manda el amor, en la relación entre los dos personajes masculinos principales, los del propio Carell y Ryan Gosling. No es que ninguno de los dos ofrezca la interpretación de sus vidas, pero una vez asimilada la premisa que les une (con cierto esfuerzo por lo inverosímil que es), ofrecen los mejores momentos de la película, junto con el inevitable enredo final. Enredo, por cierto, que tiene un halo de originalidad (y de buena comedia, todo hay que decirlo) porque no es realmente tan final como suele suceder en este tipo de películas. Crazy, Stupid, Love entretiene de forma sincera, aunque después de una primera película más que extraña se nota que sus directores se han plegado en cierta medida a las exigencias comerciales de Hollywood. Lo hacen con oficio, dejando una serie de buenos momentos de comedia y con buenas actuaciones individuales (que cuando se mezcla, por desgracia, no funcionan igual de bien; si entre Carell y Moore no hay química, mucho menos la hay entre ella y Kevin Bacon). Con todo, una agradable comedia que, sin demasiadas pretensiones, se deja ver con mucha facilidad.

lunes, octubre 03, 2011

Photocall, rueda de prensa y crítica de 'Criadas y señoras'

El director Tate Taylor y las actrices Viola Davis, Emma Stone y Octavia Spencer han presentado hoy en Madrid Criadas y señoras. El filme no se estrena en España hasta el próximo día 28 (demasiado retraso con respecto a Estados Unidos, donde se pudo ver a comienzos de agosto y donde se ha convertido en la película sorpresa de la temporada con 150 millones de dólares recaudados), y será en esa semana cuando podáis leer aquí la crítica correspondiente. No obstante, como he estado presente en el photocall y en la rueda de prensa, ya os puedo adelantar unas cuantas cosas que he subido a la red sobre esta magnífica película. Aquí podéis leer una primera crítica, más formal que las que publico en La Sala de Cine. Aquí, un repaso a lo que ha dado de sí la rueda de prensa. Y aquí unas cuantas imágenes tomadas por este humilde cinéfilo tanto del Photocall como de la rueda de prensa posterior que han dado realizador e intérpretes.

Admito que me ha sabido a poco, que me hubiera gustado estar con estos profesionales algo más de la media hora que hemos tenido (que se queda en menos de la mitad por las preguntas y por las traducciones), y que hubiera sido estupendo tenerles a nuestra disposición menos cansados, pues la rueda de prensa fue el fin de la jornada con los medios, después de las siempre preferentes entrevistas con las televisiones. Pero es tanta la admiración que me ha provocado la película, que todo lo perdono. Es tan espectacular el trabajo de estas tres actrices que hoy han pasado por Madrid, que no voy a lamentar que no hayan tenido más tiempo para quienes escribimos sobre cine. A Emma Stone la descubrí hace poco gracias a su gran papel en Rumores y mentiras, pero es que ahora triunfa también en el drama. A Viola Davis la admiré en La duda aunque tres interpretaciones brutales hicieran que se hablara poco de ella. Y a Octavia Spencer es la primera vez que la veo pero ya tengo su nombre más que apuntado.

Apuntad vosotros Criadas y señoras, que estoy seguro de que no os va a decepcionar.