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lunes, diciembre 03, 2012

'Invasor', un buen producto nacional en el que algo no cuadra

La idea de convertir una novela más reflexiva en un thriller de acción, con la guerra de Irak como telón de fondo pero no como argumento es, por sí sola, ambiciosa. Y eso es digno de aplaudir, más cuando la película sale de una industria tan maltrecha como la española. Que la factura final del producto sea espléndida, más elogiable todavía. Que el trabajo interpretativo sea especialmente convincente, también. Pero algo no cuadra en Invasor. Es indudable que tiene muchos elementos admirables, secuencias más que interesantes y papeles destacados, pero algo falla en la premisa de la película, en su desarrollo y en su ensamblaje argumental. Una vez más es complicado hacer una correcta evaluación sobre qué es lo que falla sin destripar bastantes de los giros en la historia, pero basta decir que el primero de los dos finales que presenta Invasor termina por demostrar que su desarrollo exige concesiones demasiado ingenuas por parte del espectador. No impide eso el disfrute de este castillo de naipes, pero tiene que quedar claro que es, efectivamente, un castillo de naipes.

Invasor deja una sensación muy parecida a la de Fin. Ambas son películas españolas que se zambullen sin complejos en el cine de género y consiguen un aspecto impecable, a la altura del cine norteamericano al que aspiran a parecerse (aunque Invasor destaca en eso y en Fin es precisamente lo que no termina de convencer). Ambas tienen elementos interesantes en muchos ámbitos, pero las dos dejan una cierta impresión de que algo no termina de enganchar. En el caso de Invasor, su principal problema está en que el detonante de la lucha de Pablo, un médico militar que vuelve de la misión española en Irak con alguna laguna en sus recuerdos y el deseo de saber qué sucedió en aquellos momentos que no tiene claros, no justifica muchas de las cosas que suceden después en la película. La película tiene dos finales y el primero de ellos, efectivamente, confirma este apunte. El alcance del misterio no tiene la suficiente entidad como para que el protagonista genere tanto interés por silenciarle y en tan elevadas esferas.

Prescindiendo de ese detalle, que lastra más la reflexión posterior sobre la película que el disfrute momentáneo en la sala, Invasor tiene como puntos fuertes una realización casi modélica y un espléndido reparto. En el primer aspecto, Calparsoro consigue un buen ritmo intercalando los dos escenarios del filme, por un lado Irak (rodado en Canarias, espléndido resultado) y por otro España, más concretamente Galicia y La Coruña. Las escenas de acción en ambos están rodadas con notable competencia, aunque pueda resultar ligeramente molesto el movimiento de la cámara en la persecución que sirve de clímax a la película. No hay tacha alguna en ningún aspecto visual de la producción, nada parece falso y es muy fácil zambullirse en el universo que plantea Invasor y disfrutarlo, y lo único que parece fuera de lugar son unos pequeños insertos que pretenden generar impacto pasada la introducción del filme, que buscan acentuar la amnesia del protagonista y que tampoco parecen demasiado justificados o necesarios.

Los actores funcionan a la perfección, aunque solo se profundiza en el personaje de Pablo (un siempre interesante Alberto Ammann, gran descubrimiento de Celda 211) y su vida familiar, con su esposa Ángela (Inma Cuesta) y su hija Pilar (Sofía Oria). El desarrollo de esta parte es más que notable. Sin embargo, nada sabemos del pasado o del presente del compañero de Pablo en Irak, Diego (Alberto de la Torre), más allá de lo que es estrictamente necesario para que la película avance. O del soldado pelirrojo (un inquietante Bernabé Fernández) que les escolta y vuelve a España al mismo tiempo que ellos. Con Baza, el personaje de un espléndido Karra Elejalde, esa ausencia de funcionar puede funcionar mejor. De hecho, es la apuesta sobre la que se sustenta la película. Él tiene que dar vida y voz a todas las amenazas a las que se enfrenta Pablo sin convertirse en un villano de cartón piedra, desmadrado y sobreactuado, y lo consigue en buena medida. Solo falla el aspecto antes mencionado, que realmente no parece necesario llegar tan lejos por el detonante de la historia.

En su cartel, Invasor se promociona con la pregunta "¿Arriesgarías todo por contar la verdad?", pero en realidad la película no va por ahí. Esa es la parte del thriller, la que desemboca en el frenético final, pero no lo que sale del corazón del filme. Lo que quiere contar es qué clase de persona queremos ser, qué acciones estamos dispuestos a asumir y cómo pagamos por la responsabilidad de nuestros actos. Y ese dilema sí lo plantea con acierto el filme. Calparsoro lo rueda con pasión, superando en las escenas de Irak su anterior acercamiento al cine bélico (Guerrerros) y sacando lo mejor de sus actores. Con ellos, el entretenimiento parece casi asegurado en Invasor, a pesar de que sea inevitable pensar que le falta algo para ser una película redonda. Y su final, el segundo de esos dos finales, lo que plantea es un fondo de mucho más calado del que en realidad ha pretendido la película. Con esa última secuencia, un nuevo debate se apodera del filme cuando ya ni siquiera nadie está pensando en él. Y la duda de si eso es buscado o simplemente una casualidad también afecta a la sensación que deja la película.

lunes, octubre 24, 2011

'Eva', preciosa lección de ciencia ficción

Una película española de ciencia ficción. Sí, Eva es una película española de ciencia ficción. Ya tenemos el primer tabú roto sólo con decir el género al que pertenece el filme, ya tenemos la primera gran noticia. Eva es una película preciosa, sensible, muy bien hecha y fantásticamente bien interpretada. Y eso es la segunda gran noticia. Juntas ambas cosas, lo que hay que decir de Eva es que da gusto que un director novel haya sabido entender que para hacer ciencia ficción hay que poner en pantalla mucho más que unos logradísimos y muy cuantiosos efectos visuales, que es un género que acepta con naturalidad las historias más humanas que se puedan llevar al cine. Porque eso es lo que ofrece Eva, una historia humana, muy humana, muy reconocible. Sólo que el envoltorio es futurista. Entender eso ya merece un sincero aplauso para Kike Maíllo, su equipo y sus actores. Pero es que además han hecho un filme realmente bonito, desde su inquietante primera escena a su hermoso final. El buen cine no depende del dinero que uno se gaste. No depende de géneros. No depende de nombres. Depende de las buenas ideas. Como ésta.

Eva está ubicada en un futuro no demasiado lejano, a mediados del presente siglo. En su realidad (de hermosos paisajes naturales), conviven diseños inspirados en los años 70 y 80 con robots de dos clases. Por un lado, máquinas que se ve que lo son a simple vista. Por otro, androides, a los que en teoría es fácil distinguir por su forma de moverse y de comportarse aunque tengan aspecto humano. A pesar del título, que luego cobra la importancia que reivindica desde el cartel, el protagonista de la historia es Alex (Daniel Brühl), un científico que vuelve a casa para terminar un proyecto que inició diez años atrás. Ese proyecto consiste en dotar de emociones humanas, las de un niño, a un androide. Buscando niños que puedan prestar sus emociones al trabajo que está desarrollando, Alex se topa con Eva (Claudia Vega), una niña especialmente alegre, risueña, despierta e inteligente para su edad. En su pueblo, además, se reencontrará con su hermano, David (Alberto Ammann) y la mujer que enamoró a ambos años atrás, Lana (Marta Etura), y que cierra el lógico triángulo amoroso de la historia. Es decir, una mezcla interesante entre una historia cotidiana (muy bien aportados en pequeñas dosis los datos sobre el pasado) y un relato de ciencia ficción.

En España hemos tenido cine de terror y cine de fantasía. La ciencia ficción es todavía un reino por explorar. Eva triunfa en los dos caminos que explora. Visualmente, y sin necesidad de agolpar en la pantalla grandilocuentes efectos especiales, es una pequeña maravilla que lleva al espectador de golpe al escenario propuesto. Es un trabajo formidable que puede presumir de ser barato en comparación con lo que se gastan en Hollywood en efectos. Nadie diría que el gato robótico que acompaña a Alex no lo han animado ILM o Weta. El encaje con la estética retro, sobre todo de los vehículos, es algo más discutible, pero funciona con cierta corrección. A nivel de historia, Eva alcanza todos los territorios que se propone. Es una hermosa historia de amor, de distintos tipos de amor. Es, al mismo tiempo, una interesante reflexión sobre la condición humana (¿acaso no son las películas que tratan estos temas con brillantez joyas de la ciencia ficción?). Y la lástima es que no se pueda profundizar en las influencias que se atisban en esta película (el director confiesa que la idea se le ocurrió viendo un episodio de Doctor Who, pero a mí me vienen a la cabeza otras muchas) porque supondría destripar demasiado del contenido de este filme. Baste decir que recoge con brillantez grandes legados de la ciencia ficción.

Da gusto, además, que esta lección de cómo interpretar la ciencia ficción desde una cinematografía como la española la ofrezca un director debutante en el mundo del largometraje. Kike Maíllo, tras un par de largometrajos y mucho trabajo en publicidad, rueda con una soltura fascinante (y encuentra mucho apoyo de su equipo técnico, en la música de fabula burtoniana de Evgueni y Sacha Galperine o en la fotografía de Arnau Valls Colomer). Indiscutiblemente, un nombre a seguir. Como el de la joven Claudia Vega, que se mueve durante casi toda la película con una soltura fascinante, hasta el punto de hacer creer casi siempre (quizá cuando menos lo consigue es en su primera escena, y eso siembra algunas dudas que en seguida se revelan equivocadas) que es esa niña especial y única que ha de servir como patrón para el robot que está construyendo Alex. Eso no es fácil de encontrar y Eva lo tiene. Claudia Vega trabaja con absoluta naturalidad junto a actores que ya tienen carreras muy consolidadas, replicando con muchísimo desparpajo, provocando risas, en la mayor parte de las ocasiones a Brühl, pero también a Etura, Ammann o a Lluís Homar, quien se enfrenta al caramelo de dar vida a un androide con un enorme acierto.

Lo patrio suele tirar mucho entre la crítica, pero me da miedo que Eva no cuaje en algunos sectores precisamente por ser una película de ciencia ficción. Y es que mucha gente, como le sucede a la animación, no toma en serio a este género. No toma en serio, en realidad, a cualquier película de género. Eva, no obstante, demuestra que el cine puede aparecer en cualquier envoltorio, porque es una película visualmente atractriva y narrativamente apasionante. Quizá caiga en algún tópico, pero los solventa con corazón, con alma y también con talento. Con eso que suele faltar tantas veces en el salto que hay entre las buenas ideas que se plasman en el papel y las imágenes que después se proyectan en una pantalla. Este filme no tiene ese problema, porque su espléndido guión, magníficamente bien rematado con un final hermoso y poético, acaba convirtiéndose en una espléndida película. Maíllo ha acertado de pleno con su debut, y a uno le viene a la cabeza el nombre de Duncan Jones y su debut con Moon. Eva no tiene nada que envidiar a nadie, porque es una preciosa lección de cómo hacer ciencia ficción y de cómo hacer cine de género en español. Bravo.