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miércoles, octubre 16, 2013

'Caníbal', la frialdad como forma de hacer cine

La frialdad es una elección evidente de Caníbal. Es una película que quiere ver el horror desde una perspectiva gélida, calmada, casi adormecida por momentos, que genera esas sensaciones dentro y fuera de la pantalla. Esa es la elección de Manuel Martín Cuenca para trazar un retrato psicológico de un tipo que asesina mujeres y se las come, literalmente. Esa frialdad descarta la fácil relación entre ese argumento y personajes como Hannibal Lecter, Dexter o el Patrick Bateman de American Psycho. Pero también, como principal defecto de la película, aleja en el espectador todas las emociones posibles salvo la que provoca la contemplación de las imágenes, bellísimas en algún caso, que rueda el director y guionista de este filme. Eso habla bien de Martín Cuenca como director, al menos parcialmente, pero deja a su película por debajo de sus posibilidades, porque no hay demasiadas posibilidades de empatizar o simpatizar con los personajes.

Ese ritmo lento y pausado es algo anunciado desde el principio, con un larguísimo plano fijo en una gasolinera, de noche y una secuencia inicial prácticamente sin diálogos. El personaje protagonista, interpretado con una gran sobriedad por Antonio de la Torre, es un hombre parco en palabras, por lo que cabe entender Caníbal como una extensión de su personalidad. Fría y cruda. En toda la película, de hecho, no hay música (una opción siempre discutible para conversaciones sin un final posible e independientemente del resultado final del filme) y el ritmo lo lleva De la Torre, insistiendo en la misma idea, con suma frialdad y quietud. No parece en absoluto un error la forma de encarar el personaje, y él es lo mejor de la película. Sin embargo, y a pesar del tramo final, casi todo lo que tenía que contar la película está en sus primeros diez minutos, haciéndose incluso reiterativas algunas de las escenas de las dos horas que dura el filme.

Y es que la frialdad y la lentitud acaban jugando en contra de la película, a pesar de que tanto De la Torre como la rumana Olimpia Melinte convencen sobradamente con su trabajo, frío en el caso de él, emocional en el de ella, exactamente lo que demandan sus personajes. Pero cuesta encontrar las motivaciones en la historia y en los mismos personajes, sobre todo en el caso del protagonista, del que no se da razón alguna, ni siquiera alguna leve indicación de por qué actúa como lo hace. Simplemente, lo hace y el espectador está obligado a asumirlo. Sin antecedentes, sin explicaciones, y eso por desgracia lleva a una sensación de vacío y falta de empatía (independientemente de que el personaje no merezca simpatía). Las explicaciones sobre lo que sucede en la segunda parte de la película son levemente más claras, pero para entonces, después de haber intrigado con acierto en su introducción, la película ya está dejando demasiadas dudas.

Queda en Caníbal una muy buena planificación visual, unos planos casi siempre acertados y una bellísima localización de exteriores, pero a la película le falta alma, espíritu y fuerza. Puede que, en realidad, la frialdad haya sido el objetivo fundamental de Martín Cuenca y todo lo demás no sean más que daños colaterales que estaba dispuesto a asumir. Pero para un espectador que no conecte de forma inmediata e incondicional con la propuesta, Caníbal se convertirá en una película larga y lenta, incluso con algunos errores de continuidad o en la utilización de algunos personajes. Eso sí, el autor del filme elude con inteligencia los aspectos más escabrosos de su personaje protagonista sin limitar por ello su descripción (y eso se ve claramente en la parte final de la primera secuencia, ya en la cabaña). Hay aciertos, especialmente en su corto reparto, pero predomina a la salida de la sala la misma sensación de frialdad que parece haber buscado la película.

lunes, diciembre 03, 2012

'Invasor', un buen producto nacional en el que algo no cuadra

La idea de convertir una novela más reflexiva en un thriller de acción, con la guerra de Irak como telón de fondo pero no como argumento es, por sí sola, ambiciosa. Y eso es digno de aplaudir, más cuando la película sale de una industria tan maltrecha como la española. Que la factura final del producto sea espléndida, más elogiable todavía. Que el trabajo interpretativo sea especialmente convincente, también. Pero algo no cuadra en Invasor. Es indudable que tiene muchos elementos admirables, secuencias más que interesantes y papeles destacados, pero algo falla en la premisa de la película, en su desarrollo y en su ensamblaje argumental. Una vez más es complicado hacer una correcta evaluación sobre qué es lo que falla sin destripar bastantes de los giros en la historia, pero basta decir que el primero de los dos finales que presenta Invasor termina por demostrar que su desarrollo exige concesiones demasiado ingenuas por parte del espectador. No impide eso el disfrute de este castillo de naipes, pero tiene que quedar claro que es, efectivamente, un castillo de naipes.

Invasor deja una sensación muy parecida a la de Fin. Ambas son películas españolas que se zambullen sin complejos en el cine de género y consiguen un aspecto impecable, a la altura del cine norteamericano al que aspiran a parecerse (aunque Invasor destaca en eso y en Fin es precisamente lo que no termina de convencer). Ambas tienen elementos interesantes en muchos ámbitos, pero las dos dejan una cierta impresión de que algo no termina de enganchar. En el caso de Invasor, su principal problema está en que el detonante de la lucha de Pablo, un médico militar que vuelve de la misión española en Irak con alguna laguna en sus recuerdos y el deseo de saber qué sucedió en aquellos momentos que no tiene claros, no justifica muchas de las cosas que suceden después en la película. La película tiene dos finales y el primero de ellos, efectivamente, confirma este apunte. El alcance del misterio no tiene la suficiente entidad como para que el protagonista genere tanto interés por silenciarle y en tan elevadas esferas.

Prescindiendo de ese detalle, que lastra más la reflexión posterior sobre la película que el disfrute momentáneo en la sala, Invasor tiene como puntos fuertes una realización casi modélica y un espléndido reparto. En el primer aspecto, Calparsoro consigue un buen ritmo intercalando los dos escenarios del filme, por un lado Irak (rodado en Canarias, espléndido resultado) y por otro España, más concretamente Galicia y La Coruña. Las escenas de acción en ambos están rodadas con notable competencia, aunque pueda resultar ligeramente molesto el movimiento de la cámara en la persecución que sirve de clímax a la película. No hay tacha alguna en ningún aspecto visual de la producción, nada parece falso y es muy fácil zambullirse en el universo que plantea Invasor y disfrutarlo, y lo único que parece fuera de lugar son unos pequeños insertos que pretenden generar impacto pasada la introducción del filme, que buscan acentuar la amnesia del protagonista y que tampoco parecen demasiado justificados o necesarios.

Los actores funcionan a la perfección, aunque solo se profundiza en el personaje de Pablo (un siempre interesante Alberto Ammann, gran descubrimiento de Celda 211) y su vida familiar, con su esposa Ángela (Inma Cuesta) y su hija Pilar (Sofía Oria). El desarrollo de esta parte es más que notable. Sin embargo, nada sabemos del pasado o del presente del compañero de Pablo en Irak, Diego (Alberto de la Torre), más allá de lo que es estrictamente necesario para que la película avance. O del soldado pelirrojo (un inquietante Bernabé Fernández) que les escolta y vuelve a España al mismo tiempo que ellos. Con Baza, el personaje de un espléndido Karra Elejalde, esa ausencia de funcionar puede funcionar mejor. De hecho, es la apuesta sobre la que se sustenta la película. Él tiene que dar vida y voz a todas las amenazas a las que se enfrenta Pablo sin convertirse en un villano de cartón piedra, desmadrado y sobreactuado, y lo consigue en buena medida. Solo falla el aspecto antes mencionado, que realmente no parece necesario llegar tan lejos por el detonante de la historia.

En su cartel, Invasor se promociona con la pregunta "¿Arriesgarías todo por contar la verdad?", pero en realidad la película no va por ahí. Esa es la parte del thriller, la que desemboca en el frenético final, pero no lo que sale del corazón del filme. Lo que quiere contar es qué clase de persona queremos ser, qué acciones estamos dispuestos a asumir y cómo pagamos por la responsabilidad de nuestros actos. Y ese dilema sí lo plantea con acierto el filme. Calparsoro lo rueda con pasión, superando en las escenas de Irak su anterior acercamiento al cine bélico (Guerrerros) y sacando lo mejor de sus actores. Con ellos, el entretenimiento parece casi asegurado en Invasor, a pesar de que sea inevitable pensar que le falta algo para ser una película redonda. Y su final, el segundo de esos dos finales, lo que plantea es un fondo de mucho más calado del que en realidad ha pretendido la película. Con esa última secuencia, un nuevo debate se apodera del filme cuando ya ni siquiera nadie está pensando en él. Y la duda de si eso es buscado o simplemente una casualidad también afecta a la sensación que deja la película.