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viernes, enero 30, 2015

'Las ovejas no pierden el tren', comedia fallida

Siempre se ha dicho, con toda la razón del mundo, que la comedia es el género más complicado de todos. Eso no impide que haya un gran número de comedias que se estrenan todos los años en los cines de todo el mundo y que el cine español se lance de cabeza con mucha frecuencia al género. Las ovejas no pierden el tren es uno de esos ejemplos, pero es uno fallido detrás de su rimbombante pero en el fondo poco certero título. Álvaro Fernández Armero ha construido un filme que tiene su principal defecto en que apenas hace gracia. Dos o tres chistes sueltos sí crean el efecto deseado, pero la película se escapa en ese sentido sin pena ni gloria, sin alcanzar sus objetivos, sin provocar siquiera la hilaridad fácil con los chistes más picantes, que en un terreno en teoría más fácil, y dejando la sensación de que como drama podría haber tenido más posibilidades que como comedia, de que son muchos los temas desaprovechados y que el guión final resulta en algunos momentos hasta repetitivo.

A primera vista, la idea de Fernández Armero es buscar el roce mediante la contraposición de mundos opuestos. El urbano y el rural por un lado, pero también el masculino y el femenino, el familiar y el generacional. Y son tantas cosas las que quiere contraponer que la película va pasando sin que en realidad quede muy claro qué quiere contar, cómo quiere contarlo y qué información necesita para hacerlo, si quiere hablar de la crisis, de la familia, de la pareja o del sexo, y si los personajes que aparecen en la pantalla le son útiles o simplemente peajes más o menos necesarios. Esa indefinición podría haber quedado como un detalle menor si los personajes fueran carismáticos o si la película fuera realmente una expresión perfecta del gag, pero Las ovejas no pierden el tren no triunfa en ninguno de los dos sentidos, lo que supone que sus actores no están precisamente en el papel de sus vidas ni el propio Fernández Armero, autor también del guión, ha sabido sacar los mejores chistes de su imaginación.

La película se centra en una pareja que tiene un hijo y acaba de mudarse a un pequeño pueblo de Segovia, pero la convivencia empieza a estropearse justo cuando están buscando un segundo hijo. Él (Raúl Arévalo) tiene que lidiar con su hermano (Antonio San Juan), que se ha separado y está saliendo con una chica de 25 años (Irene Escolar), y con sus padres. Ella (Inma Cuesta), con su alocada hermana (Candela Peña) y con su liberada madre (Kiti Manver). Mucho enredo pero, en realidad, poca chicha (y no, no cuenta el nuevamente poco motivado pero siempre obligatorio desnudo femenino, al menos esta vez no por parte de alguna de las protagonistas). O el menos hay poca chicha tal y como ha montado la historia Fernández Armero, que tampoco ha sabido medir otros aspectos de la película, como el espacio (¿qué sentido tiene vivir en el campo si se pasan media película en la ciudad?) o el tiempo (¿de verdad pasan meses en esta historia?). Hasta los diálogos, e incluso el tono de voz de algunos actores, suena bastante irreal.

Las ovejas no pierden el tren se va quedando rápidamente sin mensaje, haciendo que pasen los minutos, muchos minutos además hasta rondar las dos horas, y hasta que llega a un cierre algo apresurado y que retira el foco de atención de la pareja protagonista, la menos importante al final. Aunque es verdad que no es demasiado habitual que se reúnan las dos ramas de una familia para explicar estas relaciones que sí se ven en el filme, lo cierto es que también hay demasiados tópicos y conversaciones mucho más facilonas. Pero lo peor es, sin duda, que la película no provoca carcajadas, ni siquiera bajando mucho el listón, y dado que está configurada para ser una comedia (y ahí están dirigidos los recursos de los actores principales, en especial Cuesta, Arévalo y Peña) eso acaba siendo un lastre demasiado grande como para poder disfrutar de una película fácilmente olvidable.

jueves, diciembre 05, 2013

'3 bodas de más', demasiado gag

Javier Ruiz Caldera, responsable de Spanish Movie y Promoción fantasma, es el último director en sumarse al trillado mundo de las comedias sobre bodas. La originalidad del director en 3 bodas de más, que así se titular el filme, se centra en llevar las situaciones al exceso más propio del humor patrio y a lanzarse de cabeza al gag como forma de construir la película. Hay historia detrás de esos gags, menos probablemente de lo que hubiera sido necesario para que la película despegara por encima de la norma habitual en este tipo de producciones. Y el gag lleva irremediablemente a la irregularidad. Los hay muy buenos y también algo más fallidos, los hay escatológicos (parece que no se puede hacer una comedia en nuestros días sin alguno de estos) y sexuales (aquí, por su temática, con algo más de sentido que en otras películas). Pero sobre todo hay mucho, demasiado gag. Y eso devora por momentos la historia, que, en su sencillez, llama más la atención en algunas escenas que el gag puntual.

Eso es porque Inma Cuesta está más cómoda en la historia que en el gag. El gag llega de la larga lista de secundarios, cómicos profesionales como es el caso de Berto Romero o Paco León (que con su acento va recordando y olvidando alternativamente el pretendido origen vasco de su personaje), y actores de marcada vis cómica como Quim Gutiérrez o Rossy De Palma. Llega también del guión, de la variopinta selección de bodas que aporta a la trama, pero sobre todo de los actores. Y aunque Inma Cuesta descubre sus posibilidades en el mundo de la comedia, se intuye más comodidad en su papel cuando hay elementos realistas con los que trabajar. Y en realidad en la película importa más el desarrollo de su personalidad, apocada y asertiva (como queda de manifiesto en la primera escena del filme y en algunas de las secuencias con Martín Rivas), que el gag. Pero el gag domina y lo otro, lo que podría marcar la diferencia, apenas queda bosquejado en algunas escenas. Poco para lo que podría haber dado de sí.

Como el gag manda, el resultado final de la película queda más supeditado que nunca a la conexión entre las bromas y el sentido del humor de cada espectador. En general, el resultado es satisfactoriamente divertido y para algunos puede ser incluso tronchante por momentos. Es una comedia muy de su época, la actual, y probablemente también muy de su país, España. Con esas señas, es fácil que cada espectador sepa si va a disfrutarla, independientemente del encaje que tenga cada escena o personaje en la película. Las dudas sobre ese encaje quizá queden de manifiesto con mucha claridad en el papel de Rossy De Palma. ¿Divertido? En general, sí. ¿Necesario? Eso es más complicado de afirmar. Para el lucimiento personal suyo, sí, y probablemente las risas estén aseguradas con su presencia, pero realmente las suyas son escenas algo desconectadas de la película, y no son las únicas. Esa es la irregularidad que se desprende de la dependencia del gag, que es claramente la apuesta de la película.

Esa, y el buen rollo predominante. 3 bodas de más es una película muy limpia y clara, nada truculenta, con una protagonista femenina que es a la vez heroína y damisela en apuros, tratando de encontrar su sitio en el complicado mundo del amor Y por todo eso, el entretenimiento parece asegurado, máxime si nos concentramos en los momentos cómicos que mejor funcionan y pasamos de puntillas por alguna torpeza más o menos evidente del guión (por ejemplo, la absurda manera en la que se introduce en la historia la tercera de las bodas). No es una reflexión tan profunda como se podría haber conseguido sobre el amor, la soledad y la dependencia porque quiere detenerse en la anécdota de las bodas, y no consigue escenas tan memorables como le habría gustado (como el final o la boda surfera), pero, con todo, entretiene. Eso sí, conviene lanzar una dura reprimenda a quien ha montado trailers, anuncios y avances. El mejor gag de la película (junto con el epílogo del filme), hacia el final, completamente reventado gracias al márketing. Qué se le va a hacer.

(A título personal, añado una nota más. En la película aparece esta canción de Niccó, una artista a la que adoro profesional y personalmente, y a la que le doy la enhorabuena por este pasito)

lunes, diciembre 03, 2012

'Invasor', un buen producto nacional en el que algo no cuadra

La idea de convertir una novela más reflexiva en un thriller de acción, con la guerra de Irak como telón de fondo pero no como argumento es, por sí sola, ambiciosa. Y eso es digno de aplaudir, más cuando la película sale de una industria tan maltrecha como la española. Que la factura final del producto sea espléndida, más elogiable todavía. Que el trabajo interpretativo sea especialmente convincente, también. Pero algo no cuadra en Invasor. Es indudable que tiene muchos elementos admirables, secuencias más que interesantes y papeles destacados, pero algo falla en la premisa de la película, en su desarrollo y en su ensamblaje argumental. Una vez más es complicado hacer una correcta evaluación sobre qué es lo que falla sin destripar bastantes de los giros en la historia, pero basta decir que el primero de los dos finales que presenta Invasor termina por demostrar que su desarrollo exige concesiones demasiado ingenuas por parte del espectador. No impide eso el disfrute de este castillo de naipes, pero tiene que quedar claro que es, efectivamente, un castillo de naipes.

Invasor deja una sensación muy parecida a la de Fin. Ambas son películas españolas que se zambullen sin complejos en el cine de género y consiguen un aspecto impecable, a la altura del cine norteamericano al que aspiran a parecerse (aunque Invasor destaca en eso y en Fin es precisamente lo que no termina de convencer). Ambas tienen elementos interesantes en muchos ámbitos, pero las dos dejan una cierta impresión de que algo no termina de enganchar. En el caso de Invasor, su principal problema está en que el detonante de la lucha de Pablo, un médico militar que vuelve de la misión española en Irak con alguna laguna en sus recuerdos y el deseo de saber qué sucedió en aquellos momentos que no tiene claros, no justifica muchas de las cosas que suceden después en la película. La película tiene dos finales y el primero de ellos, efectivamente, confirma este apunte. El alcance del misterio no tiene la suficiente entidad como para que el protagonista genere tanto interés por silenciarle y en tan elevadas esferas.

Prescindiendo de ese detalle, que lastra más la reflexión posterior sobre la película que el disfrute momentáneo en la sala, Invasor tiene como puntos fuertes una realización casi modélica y un espléndido reparto. En el primer aspecto, Calparsoro consigue un buen ritmo intercalando los dos escenarios del filme, por un lado Irak (rodado en Canarias, espléndido resultado) y por otro España, más concretamente Galicia y La Coruña. Las escenas de acción en ambos están rodadas con notable competencia, aunque pueda resultar ligeramente molesto el movimiento de la cámara en la persecución que sirve de clímax a la película. No hay tacha alguna en ningún aspecto visual de la producción, nada parece falso y es muy fácil zambullirse en el universo que plantea Invasor y disfrutarlo, y lo único que parece fuera de lugar son unos pequeños insertos que pretenden generar impacto pasada la introducción del filme, que buscan acentuar la amnesia del protagonista y que tampoco parecen demasiado justificados o necesarios.

Los actores funcionan a la perfección, aunque solo se profundiza en el personaje de Pablo (un siempre interesante Alberto Ammann, gran descubrimiento de Celda 211) y su vida familiar, con su esposa Ángela (Inma Cuesta) y su hija Pilar (Sofía Oria). El desarrollo de esta parte es más que notable. Sin embargo, nada sabemos del pasado o del presente del compañero de Pablo en Irak, Diego (Alberto de la Torre), más allá de lo que es estrictamente necesario para que la película avance. O del soldado pelirrojo (un inquietante Bernabé Fernández) que les escolta y vuelve a España al mismo tiempo que ellos. Con Baza, el personaje de un espléndido Karra Elejalde, esa ausencia de funcionar puede funcionar mejor. De hecho, es la apuesta sobre la que se sustenta la película. Él tiene que dar vida y voz a todas las amenazas a las que se enfrenta Pablo sin convertirse en un villano de cartón piedra, desmadrado y sobreactuado, y lo consigue en buena medida. Solo falla el aspecto antes mencionado, que realmente no parece necesario llegar tan lejos por el detonante de la historia.

En su cartel, Invasor se promociona con la pregunta "¿Arriesgarías todo por contar la verdad?", pero en realidad la película no va por ahí. Esa es la parte del thriller, la que desemboca en el frenético final, pero no lo que sale del corazón del filme. Lo que quiere contar es qué clase de persona queremos ser, qué acciones estamos dispuestos a asumir y cómo pagamos por la responsabilidad de nuestros actos. Y ese dilema sí lo plantea con acierto el filme. Calparsoro lo rueda con pasión, superando en las escenas de Irak su anterior acercamiento al cine bélico (Guerrerros) y sacando lo mejor de sus actores. Con ellos, el entretenimiento parece casi asegurado en Invasor, a pesar de que sea inevitable pensar que le falta algo para ser una película redonda. Y su final, el segundo de esos dos finales, lo que plantea es un fondo de mucho más calado del que en realidad ha pretendido la película. Con esa última secuencia, un nuevo debate se apodera del filme cuando ya ni siquiera nadie está pensando en él. Y la duda de si eso es buscado o simplemente una casualidad también afecta a la sensación que deja la película.