martes, octubre 11, 2011

'Batman. Year One' daba para mucho más

Qué lástima dan las oportunidades perdidas. Y Batman. Year One lo es. Estamos hablando de uno de los más grandes cómics de superhéroes de todos los tiempos, Batman. Año uno, creado en 1987 por Frank Miller y David Mazzucchelli. De la historia del primer año de vida de Batman desde que Bruce Wayne regresa a Gotham tras todo el adiestramiento que le permitirá vengar la muerte de sus padres. De cómo Jim Gordon llega a Gotham para enfrentarse a un departamento de policía corrupto en una de las ciudades con más crimen de Estados Unidos. Era el cómic perfecto para hacer una película, y por eso Christopher Nolan no dudó en coger muchos elementos del mismo para hacer Batman Begins. Pero esta película de dibujos animados, que sale directamente a la venta en DVD y Blu-ray se limita a copiar el cómic y a rellenar los huecos que hay entre viñeta y viñeta con el movimiento. Claro, aún así sale una historia fascinante y muy recomendable para quienes quiera conocer algo más de los mitos de Batman. Pero el mérito es de Miller y Mazzucchelli, así que bien haríamos en honrar su obra y leerla. O releerla, tantas veces como haga falta.

Las películas de dibujos animados basadas en personajes de DC Comics son, ahora mismo, mucho mejores y mucho más numerosas que las que se producen sobre superhéroes de Marvel. La mayoría de ellas adaptan historias ya vistas en el cómic, lo que pone cierta presión sobre estos títulos, porque siempre hay mucho fan dispuesto a compararlas. Con razón, por supuesto, de la misma forma que se compara una película con el libro en el que se basa. Pero aquí la comparativa es doblemente peligrosa, porque tenemos un referente literario pero también uno visual. A la hora de hacer Año uno, sus responsables han optado por el mimetismo. Es decir, el guión sigue con muchísima fidelidad el libreto de Frank Miller para el cómic, y la animación recoge un estilo de ilustración lo más cercano posible a los lápices de Mazzucchelli sobre el papel. Es decir, que no estamos ante una adaptación, sino ante una traslación directa en toda regla de las viñetas a la pantalla. ¿Funciona? Claro que funciona, la historia tiene muchísima categoría dentro como para que no funcione. Pero sabe a poco.

Cuando se adapta, hay que adaptar. Los lenguajes del cómic y del cine son diferentes, y hay que buscar soluciones diferentes. Aquí no las hay. Aquí la cámara se coloca en muchísimas ocasiones en el mismo ángulo que escogió Mazzucchelli hace casi 25 años para el cómic. Se podrían hacer docenas de capturas de pantalla de la película y recrear lo que se publicó en 1987 con suma facilidad. Para algunos, esto puede ser una virtud, porque al fin y al cabo los puristas siempre se rebelan contra las adaptaciones que se apartan (siempre a su juicio) demasiado del original. Para mí, no lo es. Para mí, es un pequeño gran lastre... si se conoce el cómic original. Con esa lectura (y sus muchas relecturas), uno se da cuenta de que el trabajo del guionista en este filme ha sido el de recortar bocadillos. El cómic cuenta con una doble narración en off, de Bruce Wayne/Batman por un lado y del teniente Gordon por otro. Lo que ofrece la película es eso, un recorte de esos diálogos en off, escogiendo lo que se pueda adaptar al filme, con la duración de las escenas como criterio básico. Es decir, que si el diálogo es largo, se recorta. Si nos cabe todo con la animación, se deja.

El poso que deja Batman. Year One es de decepción. Decepciona porque se podría haber hecho mucho más. Pero, ojo, no hay que perder de vista que esa decepción procede de alguien que arrastra muchas lecturas de Batman y de esta historia en concreto. Para quien no conozca los mitos de este personaje, uno de los mejores que ha deparado el cómic en toda su historia, y sobre todo para quien no haya leído Batman. Año uno, la película puede ser magnífica. De hecho, lo será. Porque impresionará la inmensa escena del murciélago, la pelea de Jim Gordon con Flash, el enfrentamiento entre Batman y la policía en el edificio abandonado... La animación es bastante competente (y, como decía un poco más arriba, mucho mejor que la que se ve en las producciones animadas de Marvel), aunque chirría el tono clásico del dibujo con los vehículos realizados por ordenador. Muchas cosas son brillantes en Batman. Year One, sería absurdo negarlo. Pero el problema es que el mérito no está, en la mayoría de los casos, en los responsables del filme, sino en los del cómic. Ved la película. Pero sobre todo leed el cómic, que de ahí surge la grandeza de esta magnífica historia.

Aquí, otra crítica con más nombres y datos sobre la película.

lunes, octubre 10, 2011

'Star Wars' desde un prisma diferente

Una de mis pasiones cinematográficas más confesables y confesadas es la saga de Star Wars. Desde siempre ha formado parte de mis sueños de celuloide esta epopeya de fantasía, aventura y ciencia ficción, uno de los títulos imprescindibles de la historia del cine y, seguramente, de los que más se habrá escrito a lo largo y ancho del mundo. Más aún desde que Internet ha expandido las fronteras del mundo de una forma inabarcable, haciendo que cada persona tenga una voz y una opinión que puede llegar al resto de los mortales de una forma rápida y directa. Como no podía ser de otra forma, yo mismo he escrito ya algunos artículos sobre Star Wars, pero he intentado que no sean los típicos, que vean la saga desde un prisma diferente, que no contengan la misma información que hay en todas partes. Lo que quería es que contaran aspectos concretos de la saga de los que, en realidad, no hay mucha gente que se haya parado a hacer un relato coherente... y en español, porque en inglés sí que está casi todo escrito.

Y habrá más artículos míos en el futuro, no me cabe duda (¿Alguna sugerencia? ¿Hay algo en Star Wars de lo que querríais saber más?), pero aquí están los enlaces a todos los que he publicado hasta ahora en la web Suite 101 sobre la inmortal saga de George Lucas:

· ¿Cuántos filmes de Star Wars quería hacer George Lucas?

· Las series de dibujos animados de Star Wars

· La música de John Williams para la saga

· Lugares reales en los que se rodó Star Wars

· Las referencias a THX 1138

· Los ewoks

· La edición especial de 1997

· Jar Jar Binks, el personaje más odiado

· Los cameos en Star Wars

· Mujeres Jedi

Espero que sirvan para descubrir cosas que no sabíais, detalles que no teníais demasiado claros o, al menos, para que os hagan pasar un buen rato recordando la visión que vosotros mismos tenéis de estas películas. Y si por un casual todavía no las habéis visto, aspiro a despertaros el gusanillo por verlas. Porque me dais mucha envidia, esa es la sensación que tengo cuando alguien me dice que no ha experimentado la primera vez que vio esta saga. Si vais a verla, no os olvidéis de mantener la mente abierta, de conectar todos vuestros sentidos y, sobre todo, de disfrutar con estas joyas. Porque, sí, son joyas. Incluso las nuevas, que tan vapuleadas fueron en el momento de su estreno (y creo que todavía hoy lo siguen siendo). Todas tienen elementos, mundos y personajes inolvidables. Sus defectos también, por supuesto, pero ¿acaso existe la película perfecta? Yo no me canso de verlas, de difundirlas, de alabarlas y de explicarlas. Y como es imposible acabar de otra forma que no sea la que voy a emplear, simplemente os digo, las veáis o no, que la Fuerza os acompañe.

viernes, octubre 07, 2011

La hermosa sencillez de 'El ilusionista'

El ilusionista es una película sencilla. Es una historia pequeña, íntima. Va sobre el desamor más que sobre el amor (paternal, que no carnal). Es un homenaje más que una invención. Y es hermosa, muy hermosa. Cabe considerarla un producto atípico, pero que viene a demostrar algo que desde hace mucho tiempo sabemos los que disfrutamos de los dibujos animados: que no son un género, sino un medio de expresión más con el que se puede hacer una película. Quienes piensen que los dibujitos son sólo para niños, encontrarán aquí el mejor argumento para negar semejante teoría. Y para quienes piensen que los homenajes en el cine están pasados de moda o son simples y fáciles remedos de los originales, El ilusionista les demostrará que con respeto, cariño y talento no hay límites para el recuerdo de una figura clásica. Aquí el homenajeado es Jacques Tati. El cómico francés, muerto en 1982, es el autor del guión original en que se basa la película y, al mismo tiempo, su protagonista. Es un dibujo animado, pero es Jacques Tati. Tal es la hermosa sencillez de la película.

La nominación al Oscar a la mejor película animada (el premio lo ganó, merecidamente, la inolvidable Toy Story 3) le dio cierta notoriedad a esta película hace algunos meses, pero, por desgracia, no aceleró el estreno en España de El ilusionista. El filme se vio en el Festival de Berlín, en febrero del año pasado, y comenzó su estreno en cines en Francia, Alemania y Reino Unido en junio. A España llega con año y medio de retraso. Pero al menos llega, así que tenemos un motivo para la celebración. ¿Por qué? Porque es importante que películas así tengan vida comercial en España. Y que la gente las vea. Y que aprenda que hay muchas formas de contar una historia. Porque tan válida habría podido ser El ilusionista en su forma de dibujos animados como con actores. Tan emotiva y hermosa podría haber sido como homenaje casi mudo a Jacques Tati (y de paso, a tantos cómicos que dio el cine más clásico, empezando por el propio Charles Chaplin), como con unos diálogos acertados. Tal es la magia del cine, que ofrece una enorme riqueza a los realizadores.

Sylvian Chomet, autor de Bienvenidos a Belleville (también nominada al Oscar a la mejor película de animación, derrotada entonces como aquí por Pixar, en este caso por Buscando a Nemo), adapta el guión original de Tati y dirige la película con mucha sensibilidad. Homenajea a Tati no sólo manteniéndole como protagonista en forma animada, sino también apostando por algo tan aparentemente fuera de contexto histórico en el cine moderno como el gag visual, por contar la historia sin apenas diálogo. El guión es hermoso, aunque se echa de menos un papel más activo de algunos personajes secundarios. El filme se centra en dos personajes, un viejo mago francés y una joven que conoce en un hostal de Escocia en el que actúa. Entre ambos se teje una relación de cariño y respeto que ninguno de los dos parece saber muy bien cómo conducir. Simplemente se dejan llevar por lo que creen que deben hacer, por impulsos, cargada de ingenuidad y buenos sentimientos. Y no, no es necesariamente una relación de amor, sino que se aproxima más bien al desamor, como evidencia un final tan melancólico como inevitable, que se rompe tras los títulos de crédito con un último gag que sólo verán quienes aguanten hasta el auténtico fin de la película.

Hay un encaje muy natural entre el fondo de la historia y la forma escogida por Chomet para contarla. Quizá se pueda decir que el envoltorio de dibujos animados hace crecer la historia por momentos, porque hay escenas (sobre todo las que giran en torno al conejo que el mago usa en sus trucos) que parecen pensadas para una producción animada. Colores y texturas refuerzan esa sensación. Y la prueba de que todo encaja está en el inesperado cameo del propio Tati, cuando Tatischeff, el mago protagonista, acaba en el interior de un cine en el que están proyectando Mi tío, del propio Tati. Hay mucha magia en ese instante, una magia que se acaba trasladando a casi todas las escenas de la película, las más tiernas y las más cómicas. Hay mucho de ingenuidad en los personajes del filme, y hay un mensaje cargado de melancolía al ver que esa ingenuidad va cayendo según otras formas de vida toman el escenario. La metáfora del mago y las estrellas de rock compartiendo función es triste y hermosa. Y hermosa es esa frase final. Hermosa y melancólica. Pero los magos sí existen. No para sacar objetos de un sombrero, sino para emocionar sin medida. Eso es lo que hace El ilusionista. Porque es hermosamente sencilla.

miércoles, octubre 05, 2011

'Crazy, Stupid, Love' y la confusión entre los tres términos

No termino de decidirme sobre Crazy, Stupid, Love. No sé si es una locura de película, no sé si va sobre el amor o si en realidad es sobre la estupidez. Igual es una mezcla entre las tres cosas y el título es muy adecuado. Pero es que no sé si los actores me terminan de convencer, porque todos ellos (los conocidos y los menos conocidos) tienen grandes momentos, pero en realidad me saben a poco casi todos (en especial algunos de los conocidos). Y el caso es que me he reído, en algunas secuencias verdaderamente divertidas que tiene la película, pero también es verdad que, al margen de los intentos de salirse del cliché que a ratos parece que van a progresar, desprende cierto tono previsible (al fin y al cabo, es una comedia romántica, y todos sabemos cómo evolucionan las comedias románticas). Estoy confundido, sí. Pero entre tanto he pasado dos horas un tanto largas para esta propuesta pero entretenidas al fin y al cabo. En realidad, funciona mejor que la media de películas similares, con lo que tiene un aprobado bastante holgado, pero, como sucede en este género, no pasa de ahí y apela a un público bastante claro, el que esté dispuesto a recibir sus enredos y casualidades de buen grado.

El dúo de directores que forman Glenn Ficarra y John Facqua firman su segunda película tras la cámara (la primera fue Philip Morris, ¡te quiero!) y lo hacen con una película como poco curiosa. Interesante, desde luego, porque, sin revelar absolutamente nada de su desarrollo, plantea algunas cosas que no son muy habituales en una comedia romántica. Y entretenida por contar con un guión hábil, aunque previsible (insisto, seguro que es más una cuestión de género y de expectativas generadas por estudios de mercado que por pretensión cinematográficas), y un reparto experto que arrastra al espectador con facilidad. Lo que no termina de estar claro, en una película tan llena de mensajes inspiradores sobre el amor, es qué pretende decirnos exactamente. El final lo distorsiona todo bastante, y es ahí, en la resolución de todas las tramas, donde Crazy, Stupid, Love pierde buena parte de la fuerza que sí consigue acumular a lo largo de su metraje. No es ninguna novedad, más bien parte de la idiosincrasia de una comedia romántica, pero uno no pierde la esperanza de que llegue el día en que una película así sorprenda. Incluso en su final.

Crazy, Stupid, Love parte de premisas bastante inverosímiles, que dificultan la verosimilitud de la película, y la primera es la falta de química que hay entre la pareja protagonista, la que forman Steve Carell y Julianne Moore. El caso es que los dos, por separado, ofrecen buenos momentos (más ella que él, porque a él le sigo viendo muy cercano a su papel de siempre salvo en alguna escena contada), pero juntos no tanto. En la segunda escena, que transcurre en el interior de un coche, ni siquiera parece que formen parte de la misma película. Este matrimonio protagonista pasa por malos momentos y se separa, lo que desencadena toda la historia. Por un lado, él conoce a un tipo que le enseña a ser todo lo que no es, atractivo para las mujeres, descarado, ligón... Ella, por su parte, duda entre volver a la vida que conocía o dar un paso adelante con la vida que ha imaginado, que es el motivo por el que ha decidido romper su matrimonio. Por alguna extraña razón, me costaría mucho imaginar que de Hollywood hubiera salido una película con esos papeles cambiados, pero me resulta un planteamiento más interesante que el que ofrece la película.

Al final la mejor historia de todas (¿es ese el mensaje que realmente quiere contar esta película?) es la que en la primera mitad de la película (que llega a unas excesivas dos horas) aparece más desdibujada, la que afecta al personaje que interpreta Emma Stone (y que incluye la mejor broma cinéfila de la película; hacer referencia a otras películas o actores es algo que se está poniendo de moda y, la verdad, se agradece por su realismo). La actriz está más que correcta, pero su trabajo sabe a poco después de haberla visto en Rumores y Mentiras y Criadas y señoras, todavía por estrenar. De hecho, es esa es la característica esencial de casi todos los actores de la película, que sus trabajos saben a poco. Le sucede lo mismo a los breves papeles de Marisa Tomei o Kevin Bacon, personajes a los que se le intuyen muchas cosas, pero que al final se quedan en algo normal, episódico y, en el fondo, casi intrascendente. También funciona bastante bien la parte de amor adolescente, personificada en el chico de trece años al que da vida Jonah Bobo y la joven de 17 con el rostro de Analeigh Tipton. Pero si como motor de una película que apuesta por rostros conocidos encaja más la historia de dos intérpretes desconocidos, es que algo no ha terminado de funcionar en la película. Y eso que falla es la química.

La química es esencial en una comedia romántica. Muchas, con peores guiones sobreviven gracias a ese detalle. Y aquí falla en algunas de las parejas que se forman. Sí hay química, curiosamente donde no manda el amor, en la relación entre los dos personajes masculinos principales, los del propio Carell y Ryan Gosling. No es que ninguno de los dos ofrezca la interpretación de sus vidas, pero una vez asimilada la premisa que les une (con cierto esfuerzo por lo inverosímil que es), ofrecen los mejores momentos de la película, junto con el inevitable enredo final. Enredo, por cierto, que tiene un halo de originalidad (y de buena comedia, todo hay que decirlo) porque no es realmente tan final como suele suceder en este tipo de películas. Crazy, Stupid, Love entretiene de forma sincera, aunque después de una primera película más que extraña se nota que sus directores se han plegado en cierta medida a las exigencias comerciales de Hollywood. Lo hacen con oficio, dejando una serie de buenos momentos de comedia y con buenas actuaciones individuales (que cuando se mezcla, por desgracia, no funcionan igual de bien; si entre Carell y Moore no hay química, mucho menos la hay entre ella y Kevin Bacon). Con todo, una agradable comedia que, sin demasiadas pretensiones, se deja ver con mucha facilidad.

lunes, octubre 03, 2011

Photocall, rueda de prensa y crítica de 'Criadas y señoras'

El director Tate Taylor y las actrices Viola Davis, Emma Stone y Octavia Spencer han presentado hoy en Madrid Criadas y señoras. El filme no se estrena en España hasta el próximo día 28 (demasiado retraso con respecto a Estados Unidos, donde se pudo ver a comienzos de agosto y donde se ha convertido en la película sorpresa de la temporada con 150 millones de dólares recaudados), y será en esa semana cuando podáis leer aquí la crítica correspondiente. No obstante, como he estado presente en el photocall y en la rueda de prensa, ya os puedo adelantar unas cuantas cosas que he subido a la red sobre esta magnífica película. Aquí podéis leer una primera crítica, más formal que las que publico en La Sala de Cine. Aquí, un repaso a lo que ha dado de sí la rueda de prensa. Y aquí unas cuantas imágenes tomadas por este humilde cinéfilo tanto del Photocall como de la rueda de prensa posterior que han dado realizador e intérpretes.

Admito que me ha sabido a poco, que me hubiera gustado estar con estos profesionales algo más de la media hora que hemos tenido (que se queda en menos de la mitad por las preguntas y por las traducciones), y que hubiera sido estupendo tenerles a nuestra disposición menos cansados, pues la rueda de prensa fue el fin de la jornada con los medios, después de las siempre preferentes entrevistas con las televisiones. Pero es tanta la admiración que me ha provocado la película, que todo lo perdono. Es tan espectacular el trabajo de estas tres actrices que hoy han pasado por Madrid, que no voy a lamentar que no hayan tenido más tiempo para quienes escribimos sobre cine. A Emma Stone la descubrí hace poco gracias a su gran papel en Rumores y mentiras, pero es que ahora triunfa también en el drama. A Viola Davis la admiré en La duda aunque tres interpretaciones brutales hicieran que se hablara poco de ella. Y a Octavia Spencer es la primera vez que la veo pero ya tengo su nombre más que apuntado.

Apuntad vosotros Criadas y señoras, que estoy seguro de que no os va a decepcionar.

viernes, septiembre 30, 2011

'Larry Crowne', fallida rareza

Tom Hanks sorprendió en 1996 dirigiendo The Wonders, una bella película sobre el mundo de la música en los años 60. Y desde entonces, silencio total en su incipiente carrera como realizar. Hasta Larry Crowne. Y no es un regreso afortunado, sino fallido (e irónico, pues en España se ha subitutlado como Nunca es tarde, y casi parece una alusión al propio regreso de Hanks como director). Es este filme una rareza, algo extraño, que pretende ser realista y que, en realidad, tiene demasiados agujeros como para ser siquiera creíble. Y, sin embargo, tiene algunos momentos divertidos. Lo malo de esos alivios cómicos es que no tienen nada que ver con la trama principal, muy dispersa y extraña. Hanks, en su triple faceta de protagonista, guionista y director, no alcanza los mínimos exigibles en ninguna de ellas. Indudablemente, lo mejor de la película no está en él, ni en Julia Roberts, ni en el tono de la enésima comedia romántica que se mueve por los mismos parámetros de siempre, ni en la visión descafeinada de los efectos de la crisis con la que se abre la historia. No. Lo mejor es George Takei, memorable e hilarante. Lo demás se queda en una fallida rareza.

Es evidente que no es fácil actuar y dirigir al mismo tiempo, mucho menos si además uno se está basando en un guión propio. A Hanks le pesa demasiado esa triple tarea. En la pantalla, se queda lejos, muy lejos de lo que otros directores han sacado de él. Su nivel interpretativo en Larry Crowne está lejos de lo que Johnathan Demme sacó de él en Philadelphia, Steven Spielberg en Salvar al soldado Ryan y Atrápame si puedes, Robert Zemeckis en Forrest Gump o Sam Mendes en Camino a la perdición. Lejísimos. Pero es que eso ni siquiera le permite rodar una buena película como director. Hay planos absurdos, hay personajes superfluos, hay una historia difícil de encajar y de torpe desarrollo. Pretende ser una película inspiradora y sólo podría alcanzar ese objetivo en mentes increíblemente ingenuas o en espectadores poco reflexivos. Y es que ni siquiera en una comedia, sea romántica o simplemente buenista, tiene encaje la solución a la crisis que expone Tom Hanks en Larry Crowne. De hecho, cabe considerar lícito que la primera media hora pueda provocar incluso el enfado de algún espectador. Si no lo hace, es probablemente porque Hanks tiene la cualidad innata de caer bien.

Lo cierto que la historia que construye es lo de más irregular. Larry Crowne es un tipo que, sin trabajo, sin dinero, sin casi amigos y sin esposa ni hijos, tiene que rehacer su vida. ¿Cómo lo hace? Volviendo a la universidad y trabajando de lo que le salga, es decir, de cocinero en un restaurante. Desde ese ángulo, Larry Crowne podría ser una película sobre la crisis. Pero no lo es, no más allá de los cinco primeros minutos. Después podría ser una comedia sobre un tipo excéntrico en un lugar en el que se siente desubicado, pero eso dura otros cinco minutos, los que tarda en acoplarse sin ningún problema a su nueva situación. Después, y una vez que entra en juego el personaje de Julia Roberts (al menos diferente a lo que suele enseñar, pero no se establece empatía alguna con Hanks como para que la historia crezca), una profesora que da una clase sobre oratoria, podría convertirse en una comedia romántica. Y eso sí lo es, pero tras una absurda escena de flirteo deriva en los que son casi todas, una historia rutinaria en la que hay equívocos, buenos sentimientos y final feliz. Lo de siempre. Y entre medias quedan un par de detalles de los que Tom Hanks podría haber sacado mucho más partido pero, desgraciadamente, no lo hace.

Por ejemplo, de la relación que mantiene con una joven estudiante (una simpática y debutante en cine Gugu Mbatha-Raw, con la que Hanks sí establece cierta química), que se queda en un simple coqueteo para arrancar cuatro o cinco miradas airadas de su novio y en la excusa para normalizar la vida del desubicado Larry. De lo que sí saca partido Hanks es del personaje de George Takei (Sulu, en la tripulación clásica del Enterprise de Star Trek), un hilarante profesor de economía que ofrece, indudablemente, los mejores momentos de la película. La ironía se dispara cuando Hanks incluye un formidable gag sobre Star Trek en la película, breve pero divertidísimo. Quizá eso sea la mejor explicación de lo que es Larry Crowne, una película imposible de sostener a ningún nivel, ni desde el guión, ni desde la dirección, ni desde los actores, con fugaces instantes que sí dicen algo, pero tan breves que no harán que la película perdure. Lástima que Tom Hanks haya evolucionado tan poco como director en los quince años que han pasado desde su más que apreciable debut. Larry Crowne es una película fallida que, aún dando pizcas de entretenimiento, seguramente caerá en el olvido.

miércoles, septiembre 28, 2011

La inclasificable confusión de 'El árbol de la vida'

El árbol de la vida es una película inclasificable. Parece evidente, pero es importante dejarlo claro desde el principio, porque nada de lo que cualquiera diga de la película tiene que adecuarse a lo que sienta por ella cualquier otro. Porque aquí no vamos a poder decir que se parece a tal o cual película. De hecho, ni siquiera se parece a títulos precedentes de la filmografía de Terrence Malick, a pesar del trasfondo filosófico que desprenden todas ellas, también ésta. ¿Y qué es El árbol de la vida? Una colección de imágenes oníricas y postales naturales que se agolpa en torno a una historia familiar que rompe las barreras del cine tal y como lo conocemos y disfrutamos, una indefinida experiencia sensorial que apuesta por la imagen y el sonido como vehículos de metáforas e interpretaciones más que por la linealidad de una historia. ¿Y me ha gustado eso que defino de esta forma tan difusa? No. En absoluto. El árbol de la vida sobrepasa con creces los límites de la pedantería, sacrificando elementos narrativos tan válidos como los que utiliza y que serían mucho más accesibles, inteligibles y disfrutables. Aún reconociendo el mérito de lo novedoso, llegar hasta el final de la película (una dos horas y cuarto) me parece una dura prueba.

Terrence Malick nunca me ha interesado, a pesar de ser un director alabado por la crítica y considerado de culto por algunos espectadores. La excentricidad de haber rodado sólo cinco películas en 38 años de carrera profesional son un síntoma de que su cine es especial. Quizá demasiado especial para mí. No me interesan sus metáforas, su filosofía, ni su narrativa. Sus historias sí, eso tengo que reconocerlo, pero es un director que me pierde cuando salta del guión a la realización. Por eso, no me sorprendió que Sean Penn criticara precisamente eso tras ver el filme. El actor dijo que el guión de El árbol de la vida era mucho mejor que lo que vio después en la pantalla y que la película es confusa. Sin haber leído el libreto, estoy plenamente de acuerdo con él. Una vez vista la película, la sensación que deja es de confusión. No hay mensajes claros, y si los hay rápidamente cambian de signo, la arbitrariedad parece presidir el montaje de las imágenes, cuyo encadenamiento apenas deja entrever qué hay detrás de todo este festival sensorial en el que apenas se puede hablar de interpretaciones (y eso que cuenta con dos estrellas de Hollywood en el reparto) o de guión como tales.

Los primeros 45 minutos son el mayor reto que se ha visto en una pantalla de cine en mucho tiempo. Quizá la referencia más clara, y aquella se quedaría muy corta en sus pretensiones intelectuales en comparación con ésta, es el pasaje colorista que intercaló Stanley Kubrick antes de la escena final de 2001. Una odisea del espacio. Pero aquello tenía un sentido. Discutible, debatible, pero un sentido. En El árbol de la vida es difícil saber qué pretende el director, qué busca con sus imágenes y con sus metáforas. No termina de valerme la postura que han adoptado algunos de que hacen falta más visionados para captar el mensaje. No me gusta esa excesiva erudición del cineasta que quiere colocarse por encima de sus espectadores. Y por eso Malick no me ha gustado nunca, aunque aquí sobrepasa todo lo que había mostrado hasta ahora. Es, sin duda, su película más inclasificable. Porque, en realidad, no es una película. Es otra cosa. No sé si sabría decir qué es, pero una película desde luego que no. No se puede comparar a nada de lo que hay en la cartelera, a nada de lo que he visto hasta ahora. Y probablemente no vuelva a rodarse nada parecido, si acaso algo que vuelva a llevar por delante el nombre de Malick.

Como decía al principio, hay que reconocer el mérito de una apuesta diferente, arriesgadísima, extrema. No es fácil que una película apele tanto a los sentidos como ésta, y aún que lo haga de forma tan predominante durante la primera hora, con el riesgo de desconectar al espectador de la narración. Hay imágenes muy hermosas, eso es indudable. El problema está en su interpretación, en su conexión con la historia. Eso no es fácil de ver, porque es una colección tan gigantesca de imágenes, es un collage tan variopinto y heterodoxo, que cada momento puede llevar a cada espectador a un lugar diferente. En la estimulación auditiva sí tengo que reconocerme extasiado por el trabajo musical de un genio al que sí sé entender, Alexandre Desplat. No creo que me hubiera sentido capaz de llegar hasta el final sin la monumental banda sonora de la película, un prodigio de sensibilidad con y más allá de las imágenes. Ese mérito innovador de El árbol de la vida crece al haberse creado desde la propia industria de Hollywood, el lugar más conservador desde el que se puede hacer cine. No nos engañemos, El árbol de la vida es Hollywood. La firma el sello pretendidamente independiente de un gran estudio. Brad Pitt es su protagonista. Eso lo dice todo.

Dice Sean Penn que no entiende cuál ha sido su aportación a la película y que Malick no se la ha explicado. Yo tampoco lo entiendo. Pero es que Malick no ha apostado por los personajes. No lo hace en la primera mitad de la película. En la segunda sí, pero lo que ofrece son pinceladas muy desconectadas. Deja al espectador todo el trabajo de montaje de la historia. Y eso, insisto, es diferente. Pero quizá demasiado cómodo. Demasiado equivocado. Si uno entiende la metáfora (o, al menos, una de ellas), el final de la película es emocionante, hermoso, lírico y poético. Pero se queda ahí, junto con la música de Desplat, todo lo que deja esta película en la memoria del espectador. Y ante la caótica confusión que me deja El árbol de la vida, me asusta que alabar a Malick sea una pose prácticamente obligada para colgarse la etiqueta de cinéfilo o de crítico. Yo no puedo hacerlo. La línea entre la genialidad y la locura siempre es fina, pero si tengo que calificar a Malick a un lado o a otro de esa frontera tengo claro que no será del lado más amable. No sólo no me transmite lo que en verdad quiere contarme (si es que realmente tiene algo claro en su mente), sino que además me provoca aburrimiento. Visual y sonoramente estimulante, pero aburrimiento.

jueves, septiembre 22, 2011

'Con derecho a roce', el disfrutable cliché que no quería ser

El cliché es uno de los peores enemigos del cine, pero si hay un género con el que se ceba especialmente en los tiempos modernos es con la comedia romántica, donde cada nueva película parece ser idéntica a la anterior, cambiando los nombres, las caras y las profesiones de los protagonistas. Con derecho a roce quiere ser algo diferente y, de hecho, arranca riéndose de los clichés. Pero, ironías de la vida, acaba convertido en el mismo cliché del que se ha reído durante un rato bastante largo. Eso no quiere decir que no sea un cliché disfrutable, al contrario. Con derecho a roce es una película divertida... sobre todo cuando no quiere ser del todo una comedia romántica. El mérito está en la envidiable química que desprenden los dos guapos reunidos para la ocasión, Justin Timberlake y Mila Kunis, y a pesar de que la película está bastante desequilibrada en algunos momentos y tiene altibajos y momentos repetitivos. Pero ellos dos enganchan, hacen que haya interés por ver lo que les sucede y por descubrir más sobre sus vidas. Aunque, en el fondo, la película acabe siendo el cliché que no quería ser.

El arranque es atractivo, porque comienza con una doble ruptura, las de los personajes de Mila Kunis y Justin Timberlake con sus respectivas parejas (atención al divertidísimo cameo de Emma Stone). Vaya con la comedia románica, eso sí que es empezar con una declaración de intenciones. Pero no, todo es un espejismo. La profunda renovación que necesita la comedia romántica no está aquí. Con más o menos diversión y casi siempre con bastante estilo (a pesar de abusar de la herramienta fácil, el sexo), Con derecho a roce es una nueva reunión de actores jóvenes de moda que sólo con su carisma ya son capaces de hacer creíble la más estrambótica histórica de amor. Eso sí, cuando a uno le ponen la miel tan cerca de los labios para después arrebatársela, es inevitable que quede cierto poso de decepción. Todo muy bonito, sí, muy recomendable para ver en pareja (si la pareja quiere ver una historia de amor feliz), pero al fin y al cabo lo mismo de siempre. Si ésta destaca por algo en particular es precisamente porque en muchos momentos no quiere ser esa misma comedia romántica de siempre.

Con derecho a roce crece en diversos momentos y por razones muy diferentes, casi siempre cuando está lejos de la comedia romántica. Comienza siendo un hermoso canto de amor a Nueva York (es imposible no caer rendido a los pies de la Gran Manzana en la media hora inicial... ¿o es a los de Jamie, el personaje de Mila Kunis), y más adelante se intenta equilibrar con el mismo spot publicitario de Los Ángeles (que es de donde procede Dylan, el personaje de Justin Timberlake). Hay un claro desequilibrio, en el que sale venciendo Nueva York. Y es que la película, emocionalmente, es de Mila Kunis casi siempre. Es su corazón el que marca el ritmo. Sin embargo, en la puesta en escena gana Justim Timberlake. El motivo esencial es que junto a él están los personajes más atractivos de la película: el periodista deportivo gay que interpreta un desatado y divertidísimo Woody Harrelson, el padre con alzheimer al que da vida el magnífico Richard Jenkins o la protectora hermana que incorpora Jenna Elfman. Kunis, en cambio, sólo aporta a una desaprovechada Patricia Clarckson, que daba más juego a pesar de que su papel, también, es un cliché muy explotado recientemente.

Kunis viene de deslumbrar en Cisne negro, aunque su brillo quedara demasiado eclipsado por Natalie Portman. De hecho, es curioso que las dos actrices hayan escogido dos películas tan parecidas para suceder al drama de ballet de Darren Aronofsky. Portman hizo la insulsa Sin compromiso, Kunis optó por esta Con derecho a roce. Vienen a tratar el mismo tema, con dos amigos que acaban acostándose acordando que no haya entre ellos una relación sentimental, pero si hay combate entre ambas ésta es clara ganadora. ¿Por qué? Pues para empezar porque aquí Kunis sí le gana la partida por goleada a Natalie Portman. La estrella de Cisne Negro está incómoda en películas inofensivas y brilla con los papeles difíciles. Kunis, en cambio, desborda aquí simpatía y naturalidad, como en Cisne Negro supo inquietar. Aquí domina con mucho acierto los altibajos emocionales de su personaje y encaja en todas y cada una de las escenas de la película, en las mejores y en las peores. Por ella merece la pena ver Con derecho a roce. También por Timberlake, por supuesto, que recupera el magnetismo que desprendía en La red social (y hace olvidar su mala interpretación en la también mala Bad teacher).

Es innegable que Con derecho a roce cae en más tópicos de los que seguramente le hubiera gustado. El clásico guión cíclico, que repite en el clímax final todas aquellas cosas que va enunciando en la primera mitad del filme, no ayuda mucho, como tampoco algunas situaciones un tanto absurdas (¿tiene algún sentido la sesión de fotos de deportistas desnudos?) o repetitivas (¿hacían falta tantas escenas de cama entre ellos dos si ya ha quedado claro que se acuestan pero no son pareja? El sexo vende. Y actores cotizados en ropa interior o desnudos, también). Pero es igualmente innegable que la película tiene momentos muy divertidos (como la repetida opinión de Dylan sobre el papel del piloto de un avión, una de ellas con el brillante cameo de Masi Oka, el Hiro Nakamura de Héroes), bromas sobre (¿contra?) Hollywood (fantástica la de George Clooney) y diálogos muy hábiles y rápidos. Por eso, su hora y tres cuartos se pasa, en realidad, volando. Y no es hasta el final cuando uno se da cuenta de que ha visto un cliché. Será que lo han hecho bien, porque hasta ese momento disfruté de lo lindo aun sabiendo que no estaba precisamente viendo Ciudadano Kane.

martes, septiembre 20, 2011

'Midnight in Paris' o cómo reafirmar lo que cada uno piensa de Woody Allen

Woody Allen es, normalmente, un director fácil de evaluar. La gente que le adora, le sigue adorando película tras película. La gente que no le soporta, le soporta menos tras cada filme que estrena. Es fácil, sí. Midnight in Paris (¿por qué demonios no se ha traducido el título en España?) confirma esa premisa. Adorada por los aficionados de Woody Allen, fácilmente desechable para quienes no lo son. Yo me sitúo mucho más cerca de los segundos que de los primeros, aunque sí he visto genialidad en algunos (pocos) filmes de Woody Allen. No en los últimos, no desde que sorprendiera con Match Point, porque desde entonces se limita a hacer refritos de sí mismo. Puede cambiar el envoltorio, como hace aquí, pero en el fondo el director y guionista sigue planteando las mismas películas una y otra vez, incidiendo en errores pasados que ya se han convertido en marcas personales de su cine y que normalmente tendrían que impedir que nuevos públicos se acercaran a su obra. Pero como esto del séptimo arte es como es, Midnight in Paris es su mejor película en taquilla de Woody Allen.

Y es que Woody Allen casi siempre tiene la capacidad de distraerme al inicio de sus películas. Normalmente lo hace con esos aburrídisimos y viejos (en el peor sentido de la palabra) títulos de crédito con letras blancas y fondo negro mientras suena una de sus canciones habituales (aunque eso es algo que gusta a sus seguidores, quizá como el comienzo de la conversación con un viejo amigo). Esta vez lo hace por un motivo diferente, y es que inicia Midnight in Paris con una serie de postales de la capital francesas. Es como si quisiera condensar en poco más de tres minutos, con el repaso de los rincones más emblemáticos de París, la sensación de guía turística que dejó en toda Vicky Cristina Barcelona (todavía me asombra que se estrenara una película con un título tan poco afortunado e ininteligible). Con ese prólogo, absolutamente desconectado de la película, y previo a a esos títulos de crédito de siempre (esta vez sin música y con diálogo de fondo), Woody Allen aleja de la historia que va a contar. Historia que se mueve en parámetros muy similares a los de muchas de sus películas y que, por supuesto, cuenta con un nuevo remedo de Woody Allen como protagonista: Owen Wilson.

Hace muchos años que alguien tendría que haberle dicho al director que no es necesario que protagonice sus propias películas, sea con su propio rostro o pidiéndole a otro actor que haga sus mismas muecas y gestos (como lo hizo con Kenneth Branagh en Celebrity). Owen Wilson se queda en eso. Es un Woody Allen más joven, más alto, más rubio, pero es un Woody Allen. Otro más. ¿Hacía falta? Probablemente no, como no hacía falta en otras tantas películas anteriores, pero es un exceso del neoyoquino que ya hay que considerar como inevitable en su cine. La relación de pareja entre Gil e Inez (una como casi siempre espléndida Rachel McAdams, a la que no importa tener que enamorar a la cámara como hacía en Más allá del tiempo o cabrearla como aquí) es también muy habitual en el cine de Woody Allen, con lo que por ahí tampoco se encontrará elemento de sorpresa alguno. La novedad de Midnight in Paris, además del escenario (una parada más en el itinerario europeo que ya le llevó a Londres y Barcelona), está en el envoltorio cultural de la película.

Gil es un guionista de Hollywood que aspira a ser escritor. Tiene una novela escrita, pero no termina de ver claro que sea lo que realmente quiere escribir y no sabe cómo mejorarlo, ya que no confía en nadie para leerla y le diga qué puede mejorar. Gil es, además, un enamorado del París de los años 20, pasión que no es capaz de contagiar a su prometida, una mujer poco pasional que vive en un mundo más pragmático. Y aquí es donde Woody Allen introduce la novedad, aunque en cierto modo ofrezca un sabor parecido a La rosa púrpura del Cairo: a medianoche, Gil salta de su mundo real al mundo en el que desea estar (como Mia Farrow y su universo soñado de celuloide) se transporta a la noche parisina de los años 20 y conoce a todos los intelectuales de la época, desde Ernest Hemingway a Cole Porter, pasando por Pablo Ruiz Picasso, Salvador Dalí, F. Scott Fitzgerald, T.S. Eliot o Luis Buñuel. La mayoría de ellos ofrecen simples cameos, sin tiempo para desarrollar un personaje (el filme dura poco más de 90 minutos), como el de una insulsa Carla Bruni. Entre los actores conocidos en esos papeles está un sobreactuado y caricaturesco Adrien Brody como Dalí.

Referencias culturales tiene muchas la película, y quizá sea eso lo que dé a la película cierto encanto y un aire mínimamente diferente al último cine de Woody Allen. Pero hay poco más. La excusa argumental que lleva a Gil al París de aquella época es sólo eso, una excusa que ni siquiera se termina de desarrollar. El personaje de Owen Wilson es escritor como podría haber sido cocinero. Lo único realmente destacable y divertido es la confrontación con el personaje del siempre espléndido y nunca del todo reconocido Michael Sheen, pero queda como una simple nota a pie de página que Woody Allen no termina de aprovechar nunca (ni siquiera en la discusión final con Inez). Lo cierto es que deja el mismo sabor de película inacabada que Woody Allen ha ofrecido en los últimos años, aunque el epílogo no está del todo mal buscando completar la historia. Para mí, una más de Woody Allen, que no destaca ni por arriba ni por abajo, que reafirma los pensamientos que cada uno lleva sobre el director antes de ver la película. A mí, Woody Allen me sigue dando mucha pereza (de ahí el retraso en esta crítica con respecto al estreno de la película), no me entretiene demasiado y no me sorprende en absoluto.

miércoles, septiembre 14, 2011

'Cómo acabar con tu jefe', una comedia que empieza negra y acaba amable

Cuando uno se sienta a ver una comedia titulada Cómo acabar con tu jefe, lo que espera es ver una comedia negra. Cuanto más negra sea, mayor será el disfrute. Porque, seamos, sinceros, todos hemos tenidos jefes horribles y ver en el cine cómo alguien se atreve a dar los pasos que nosotros nunca daremos en la vida real tiene su punto de atractivo morbo. Pero resulta que Cómo acabar con tu jefe no es tan negra como podría suponerse. Tiene momentos brillantes, pero la mayoría de ellos se concentran en el primer tramo del filme, precisamente cuando más negra parece ser. Eso lo que hace es que, en el fondo, se vaya perdiendo cierto interés por ver cómo acaba la historia. Y acaba hace de manera bastante endeble, la verdad. Interesa mucho más ver cuan horribles son los jefes que no la manera de mejorar sus vidas que tienen los tres amargados trabajadores que protagonizan la película. No obstante, la comedia funciona bien, los personajes explotan cierto carisma y algunas de las situaciones provocan la carcajada. Amable carcajada, pero carcajada al fin y al cabo.

Como en tantas otras ocasiones, el título en español de la película está lejos de ser acierto. El original es Horrible Bosses (Jefes horribles), y no sólo se acerca mucho más a lo mejor que tiene el filme sino que, además, elude revelar la trama, algo que a lo que en España parecemos adictos de muchas maneras, también con los títulos. Es decir, que la película no empieza como una trama para acabar con los jefes de los tres personajes centrales, sino que va sobre cómo esos jefes les hacen la vida imposible. En un divertidísimo y extenso prólogo a tres bandas narrada por la voz en off de cada uno de los tres actores protagonistas (Jason Bateman, Charlie Day y Jason Sudeikis) se concentra lo mejor que ofrece Cómo acabar con tu jefe. Recordando los mejores momentos de Trabajo basura, es un tan divertido como espeluznante repaso al mercado laboral que ofrece la sociedad actual. Un jefe despótico, uno irresponsable y una acosadora amargan sin límite a tres amigos, que comparten el relato de sus miserias al final de sus jornadas laborales en torno a una cerveza. Y es ahí donde fantasean con la idea de acabar con ellos y ser más felices. El título español ya destripa ese giro, qué le vamos a hacer.

El cartel de la película también nos coloca ante un dilema. El espacio principal se lo llevan los jefes (Kevin Spacey, Colin Farrell y Jennifer Anniston) y no los trabajadores. Eso es lo que incita a pensar que la comedia será más negra de lo que realmente es, porque esos tres actores, además de ser los más conocidos (y por ello tienen el mejor lugar del cartel), tienen la capacidad de ofrecer algo diferente. Pero aquí empiezan a surgir los problemas de la película en forma de altibajos. Spacey borda su caracterización, pero lo hace en la primera mitad de la película, ofreciendo un retrato más diluido y convencional en el tramo final. Farrell disfruta como un enano, aunque no termina de encajar la imagen que han elegido para él (y algo falla en su personaje, cuando en las tomas falsas que acompañan el inicio de los títulos de crédito hay toda una escena suya eliminada del montaje final). Y Anniston, a pesar de que afronta este papel como una oportunidad de cambiar de registro (lo hace, al menos aquí no parece ni interpretarse a ella misma ni a la Rachel Green de Friends), parece estar porque hacía falta una mujer atractiva y un gancho fácil para los inevitables chistes sexuales. Su parte de la historia es la más coja de todas.

Lo bueno que tiene Cómo acabar con tu jefe es que su humor amable no cae en la escatología fácil que inunda la comedia moderna y, en realidad, hace un sincero y apreciable esfuerzo de ofrecer algo diferente. No siempre lo consigue, a ratos porque la historia se retuerce tanto sobre sí misma que es difícil encontrarle una salida verosímil y a ratos por alguna que otra situación absurda (por divertida que sea la caracterización de Jaime Foxx, brillante su actuación, su personaje es de lo más ridículo, sensación que se acrecienta cada vez que aparece en pantalla). A pesar de sus defectos, lo cierto es que es una comedia divertida. Bateman Day y Sudeikis ofrecen exactamente lo que se espera de tres cómicos reunidos en pantalla y cumplen con eficacia y sin alardes. Spacey supera con creces a sus dos compañeros de reparto del bando de los jefes, hasta el punto de que si la película se hubiera titulado en inglés con el singular (Horrible Boss) todos habríamos sabido que se refiere a él.

También destacan también las bromas cinéfilas (ojo a la conversación sobre Hitchcock y Danny De Vito) y los descarnados ataques al cine americano. Hollywood ha aprendido a reírse de sí mismo, incluso de la piratería (¿aprenderemos en España?) y lo hace con unos resultados sobresalientes. Dirige Seth Gordon, realizador de documentales y series de televisión (por ejemplo, en capítulos de The Office) cuya película más popular hasta la fecha es Como en casa en ningún sitio. Como comedia negra, Cómo acabar con tu jefe se queda a medio camino. Ofrece pinceladas interesantes que, aunque son los mejores momentos de la película, no termina de rematar. Como comedia amable, no tiene tanta calidad pero garantiza carcajadas, como en la escena imaginaria de Jason Bateman, el encuentro entre Charlie Day y Kevin Spacey o la hilarante irrupción de la prometida de Day en la consulta dental en la que trabaja su novio. Divertida. No es poco.

miércoles, septiembre 07, 2011

Encantadora 'Stella'

Rodar con niños figura como una de las tareas más complejas de todo director de cine. Convertir a una cría en protagonista casi exclusiva de un filme roza ya la proeza. Y que esa niña sea capaz de encantar al público, por encima incluso de las virtudes de la película en cuestión, es algo digno de aplauso. Eso es lo que hace Léora Barbara en Stella, una agradable película que llega a los cines españoles con tres años de retraso. Su historia es sencilla, es la vida de una chiquilla de once años a lo largo de todo un curso, el de 1977, el primero que pasa en un colegio de París. Es una niña con una vida atípica, una persona curiosa, también retraída, pero con muchas ganas de ser feliz. ¿Un drama? No del todo. ¿Una comedia? No, aunque arranca sonrisas. En realidad da igual a qué género queramos adscribir la película. El caso es que funciona. Quizá más por la protagonista que por la propia película en sí misma, pero funciona.

Stella es una cría de once. Sus padres, infelices en su matrimonio aunque intenten disimularlo, regentan un bar. Es allí donde la niña tiene su auténtica escuela, donde ha aprendido casi todo lo que sabe en la vida. Los libros no son lo suyo, a pesar de tener una mente despierta y muy capaz. En su primer año en un colegio de París, se encontrará con el reto de no repetir curso. Un reto en el que contará con el apoyo de su mejor amiga, en realidad su única amiga en dicho colegio, Gladyss (una también magnífica Mélissa Rodrigues). Léora Barbara, en su primer papel cinematográfico, cuenta con un buen personaje, pero lo hace crecer con su mirada entristecida y curiosa. Entiende qué es lo que está viviendo exactamente su personaje y lo transmite con una facilidad asombrosa. Algunos de los actores infantiles de la película rozan el estereotipo y se ciñen a él simplemente con profesionalidad (la chica mona, la niña pija, el chico guapo del que enamorarse), pero Barbara le da mucha profundidad a Stella. Casi se puede intuir su pasado, casi se pueden leer sus pensamientos.

Sylvie Verheyde escribe y dirige esta película de 2008, premiada en diversos festivales, basándose en su propia experiencia vital. Ese íntimo conocimiento de la historia hace que la película sea tan sincera como directa. Es la propia Stella la narradora, con una acertada y nada pesada voz en off, que guía y añade información. Es lo suyo, pero el cine cae con mucha facilidad en la voz en off redundante, por lo que hay que saber apreciarlo cuando nos encontramos con una que merece la pena. Cámara en mano, Verheyde acierta más como guionista que como directora. Es una moda demasiado molesta la de no controlar el movimiento de lo que ve el espectador, y resulta un estorbo aún mayor cuando se quiere asociar esta forma rodar a un cine independiente o incluso europeo. No termina de encajar esta elección en todas las escenas en las que Verheyde apuesta por ello, y, además, es difícil entender la inclusión de algunos planos. Nada que saque de la historia, pero sí algo a revisar, porque eso es lo que hace que esta película no sea mejor de lo que es.

Quizá lo peor, en ese sentido, sea el efectista comienzo de la película, que anuncia una historia que nunca llega a contarse y que, además, tiene menos interés que la que sí vemos en la pantalla. Fascina, por poco habitual, ver los problemas de una niña de once años que busca adaptarse a su vida, que quiere saber lo que es la felicidad, que sueña con un futuro distinto al presente que tienen sus padres. Es una historia, sin duda, muy europea. Y, dentro del cine del Viejo Continente, muy francesa. Pero es también un magnífico ejercicio de nostalgia que todo el mundo puede apreciar, incluso el espectador poco habituado al cine francés, con un cuidado y logrado retrato de la sociedad de finales de los años 70, plasmado gracias a un magnífico diseño de producción y un buen repertorio musical. El magnífico envoltorio que se ofrece a Léora Barbara se completa con un muy acertado casting. Destacan Karole Rocher (la madre de Stella) y el cantautor Benjamin Biolay (su padre), aunque otros personajes quedan bastante más desaprovechados, como el del fallecido Guillaume Depardieu, que amaga con ser parte importante del rompecabezas que es la vida de Stella y se queda en un simple figurante.

Stella es una película encantadora. Lo es por su actriz protagonista, que disfruta de un muy buen personaje al que aporta detalles que seguramente otras crías no habrían sabido incorporar. El filme funciona como relato de infancia, como película iniciática (que no rehuye temas como el sexo o el primer amor) y como drama social. Sus puntos débiles pueden estar en la puesta en escena escogida en algunas escenas por su directora, pero, en cambio, Verheyde maneja perfectamente las necesarias elipsis para contar con cohesión y eficacia una historia que se prolonga durante nueve meses. Entretiene. Divierte. Conmueve. Hace pensar en cómo son las vidas que ninguno de nosotros hemos vivido. La de esta niña es especial, tanto como lo es su actriz protagonista.

jueves, septiembre 01, 2011

'Conan el bárbaro', aburrida y sin alma

Seamos tan claros y directos como el personaje que nos ocupa: Conan el bárbaro es una mala película, torpe y aburrida, mal interpretada, peor dirigida y aún peor montada, es un producto sin alma, ni cinematográfica ni de respeto a las versiones previas, que se limita a pegar batallas intrascendentes todas ellas, con diálogos tan mínimos como tópicos. Hace realidad los peores temores que se podían tener, y de hecho se tenían, sobre las posibilidades de esta nueva aventura cinematográfica del héroe creado en las novelas de Robert E. Howard, popularizado por el cómic en los años 70 y elevado a la categoría de mito desde que Arnold Schwarzanegger le diera vida en el filme que dirigió John Milius en 1982. Este Conan, dirigido por Marcus Nispel y protagonizado por Jason Momoa, caerá pronto en el olvido, convertido ya en una oportunidad perdida para resucitar un personajes interesantísimo y del que más bien poco se ve en la pantalla durante una hora y tres cuartos. Es muy difícil encontrar algo interesante en toda la película, que deja una sensación de sopor como no me había producido ninguno de los títulos de este verano, ni siquiera los más fallidos.

Siempre he creído que la clave de que casi todos nos enamoráramos de la trilogía de El Señor de los Anillos que creó Peter Jackson estaba en su prólogo. Ahí estaba todo lo que nos iba a ofrecer, contenido en unos pocos minutos. Está claro que los objetivos y las ambiciones de ambos títulos distan de ser parejas, pero extrapolar aquella sensación a lo que produce el prólogo de Conan el bárbaro es la mejor explicación de por qué aquella saga es un título de referencia, y no sólo en el cine fantástico, y el mejor augurio de que el cimmerio no contará, o al menos ese es mi deseo, con una segunda parte (evidentemente, su fracaso comercial va muy por delante de las razones cinematográficas para cortar de raíz todo intento de prolongar la agonía). Torpe, aburrido, videoclipero en el sentido más peyorativo que se pueda encontrar de ese término, sin nada de información que ofrecer (más allá de presentarnos a un soso Ron Perlman como padre de Conan), ni mucho menos esperanzas de ver una historia entretenida. No hay nada en ese prólogo de apenas dos minutos, al que se le podría haber aplicado la tijera en la sala de montaje sin que nadie lo hubiera notado.

Lo que sigue no es mucho mejor. Los primeros 25 minutos nos muestran a un Conan todavía niño. Y también son escenas bastante prescindibles, que podrían haberse condensado en un prologo de dos minutos, creando mucho más efecto que el que se consigue con tanto metraje. Además, supone reincidir en un problema que está de moda en este tipo de películas en Hollywood: esto ya lo hemos visto. Un Conan niño viendo y viviendo los motivos para su posterior venganza era el comienzo de la apreciada versión de John Milius de 1982 (con Jorge Sanz dando vida al chaval, sin una sola línea de diálogo). La venganza ya era el motor de aquella película. Aquí, más de lo mismo. Pero bastante peor. Con la primera de las incontables escenas de lucha se pretende sentar la base del principal argumento de la película: la violencia. Lo malo es que Marcus Nispel (autor de varios remakes de terror y de la revisión de El guía del desfiladero) no es el mejor director para este filme, y ni siquiera la violencia llega. Sea por lo artificiosa que puede ser, sea por el nerviosismo de la cámara y la acelerada concatenación de planos, la acción es imposible de seguir en condiciones. Y si la acción no se puede seguir, ¿qué queda en este Conan...?

Pues prácticamente nada, porque la película es eso, una escena de acción tras otra, una pelea tras otra, casi todas intercambiables en uno u otro momento de la historia, incluso el clímax final. Ni siquiera importa que sea uno u otro personaje el que pegue un golpe o el siguiente. Todo parece exactamente igual. La única nota exótica la pone la hechicera a la que da vida Rose McGowan, Marique, hija de Khalar Zym (interpretado por el malo de Avatar, Stephen Lang), pero es sólo eso, una nota exótica que no llega a enganchar. Como tampoco engancha el propio Conan. Cierto es que del desastre que se preveía, Jason Momoa es lo más salvable. Con todo, es posible que Momoa (Khal Drogo en Juego de tronos) hubiera dado vida a un Conan decente, pero el material con el que cuenta es tan intrascedente, tan flojo, tan aburrido, que poco le queda por hacer. La rudeza y la determinación del bárbaro cimmerio sí las tiene, incluso el cuerpo de Conan, y eso era un paso importante. Pero no hay más. Ni siquiera química con la hermosa pero igualmente inane Rachel Nichols (a la que se vio en G.I.Joe), que acaba dando igual que viva o que muera, que sea interés romántico de Conan o simplemente la mujer con la que hay que rellenar la cuota en el reparto de todo filme fantástico.

Al final, Conan ni siquiera parece Conan. No porque haya una visión única del personaje, en absoluto. Es tan Conan el que escribió Howard como el que interpretó Schwarzenegger, o los que ofrecieron en el cómic los míticos Roy Thomas y John Buscema décadas atrás como el de Kurt Busiek y Cary Nord ya en el siglo XXI. Pero es que en la película no hay nada que lleve a decir sin duda alguna que ese que estamos viendo es Conan. También podría no serlo y, al mismo tiempo, ofrecer una película entretenida que enganchara al profano en los mitos del bárbaro cimmerio. Pero Conan el bárbaro deja insatisfechos a ambos tipos de público. Ni enganchará a quien no sepa nada del mundo de ficción en el que ha entrado, ni satisfará a quienes ya lo conocían de los libros, los cómics, las películas o las series. Es todo un ejercicio de impotencia que aboca a un nuevo fin de la vida cinematográfica de Conan, que ya había pasado 27 años lejos de la gran pantalla. Ojalá no pasen otros tantos para que alguien sepa rescatar con categoría alguna de las miles de historias decentes que se pueden contar de Conan. Y, por favor, que no incluya de nuevo otro prólogo con el personaje siendo niño.

miércoles, agosto 24, 2011

'Beautiful boy', portentosos Maria Bello y Michael Sheen

Hay películas que uno ve por los actores. Al final, ellos son lo más reconocible de un producto cinematográfico e incluso sin saber de qué va el filme en cuestión uno se lanza para verles a ellos. Eso suele suceder con las grandes estrellas de Hollywood, pero a mí me pasa más con grandes actores de la segunda fila, esos que no atraen gente a los cines, esos que no anteponen sus nombres a los títulos de sus películas en un cuerpo de letra más grande, esos que son capaces de llenar la pantalla aunque la mayor parte de los espectadores no puedan recordar su nombre o dónde les han visto anteriormente. Maria Bello y Michael Sheen son dos de esos actores. Y, por eso, cuando tuve la posibilidad de ver Beautiful Boy me lancé sin pensarlo. Bello y Sheen no sólo no defraudan sino que superan con creces las expectativas. Son dos actores portentosos, capaces de llevar el peso de cualquier historia. Incluso pasan por encima de los defectos que se aprecian en Beautiful Boy y consiguen que sea un filme notable.

Beautiful Boy es la historia de cómo un matrimonio de mediana edad intenta superar una tragedia que amenaza con truncar sus vidas. Detallar qué tragedia, aunque ésta forme parte de cualquier sinopsis que se pueda encontrar del filme, es absurdo y elimina uno de los muchos puñetazos en el estómago que lanza el filme. No obstante, el argumento (dejo en manos de cada uno leerlo o no) ya deja claro que estamos ante un enfoque valiente y arriesgado, novedoso y profundamente sensible. Sólo por eso, esta película ya merecería la pena. Después de un corto y una película para televisión, y siendo un bailarín y coreógrafo, Shawn Ku se lanza al cine comercial con una película que tiene mucho de independiente, con una historia durísima y sin concesiones qué él mismo ha escrito con un suceso real y cercano como base. Se le nota cierta inexperiencia en algunos tramos, tanto en la dirección como en la escritura, pero sale bastante bien librado de un trance complejo. Lo fácil es caer en la sensiblería, y eso lo esquiva con mucha habilidad para ofrecer una historia de personajes que descansa en el brutal trabajo de sus dos protagonistas.

Maria Bello es una actriz a la que, por desgracia, se descubrió de forma tardía. Tiene ya 44 años y empezó a dejarse ver en el cine para el gran público a finales del siglo pasado, cuando apareció en Payback (1999) o El bar Coyote (2000). En realidad no fue hasta Una historia de violencia, la brutal y magnífica película de David Cronenberg, cuando se empezó a reparar en ella. Ha trabajado mucho desde entonces, pero está lejos de ser una estrella. Quizá es porque Hollywood ya no hace estrellas de esa edad. El caso es que Maria Bello se ha convertido en una de las presencias femeninas más estimulantes que tiene el cine contemporáneo. La quieran ver o no. Michael Sheen necesita menos presentación, porque ha formado parte de títulos bastantes destacados de los últimos años, como El desafío. Frost contra Nixon, Tron Legacy o esa pequeña joya británica que es Damned United, pero su lanzamiento como actor también fue relativamente tardío. Si fue capaz de llegar a la altura de Frank Langella en El desafío, es capaz de dar vida al personaje que se proponga.

Ambos bordan su trabajo en Beautiful Boy con una maestría y una sencillez que sólo puede recibir los más encendidos elogios. Encuentran docenas de matices en personajes reales, normales, incluso anodinos si se quiere. Ofrecen una evolución impresionante, hacen creíble una historia en común que arranca años antes de lo que se nos cuenta en la película. Desprende química, pero no sólo entre ellos sino como parte de las vidas que hay que entender de sus personajes, a los que dotan de personalidad propia, alejados sobre todo en el caso de Sheen de trabajos anteriores. No es fácil dar vida a personas reales y Maria Bello y Michael Sheen lo consiguen con categoría. Son dos trabajos portentosos, bien secundados además por un grupo de secundarios entre los que destaca Alan Tudyk (uno de los integrantes de la impresionante Firefly, una serie por desgracia poco conocida y de corta duración que dio lugar a la película Serenity).

La dirección de Ku se pierde en ocasiones algunos de esos matices interpretativos, más pendiente de buscar encuadres originales y movimientos de cámara que denoten la tensión de la escena que de aprovechar lo mucho que le ofrecen sus actores. Pero, aún así, se trata de un drama tan notable y sencillo como arriesgado y completo (lo que no quiere decir que responda a los interrogantes, eso queda en manos de cada persona que vea la historia, como debe de ser). Beautiful Boy es una película que abren numerosos debates éticos y morales, que lleva al espectador a preguntarse cómo se sentiría uno mismo en la dura situación que se nos plantea y que brinda una pareja protagonista sencillamente espectacular como principal baza para que la película enganche. Y engancha durante la poco más de hora y media que dura. Engancha y permanece. Por desgracia, ésta será una película casi desconocida. Se vio en el Festival de Sebastián de 2010, se estrenó en Canadá en septiembre de ese año y a Estados Unidos no llegó hasta junio de 2011. En España no hay fecha prevista para su estreno. Una pena.

jueves, agosto 18, 2011

'Super 8' y la maravillosa emoción de la inocencia

Super 8 me daba miedo. Lo confieso. Mucho miedo. El cine de fantasía y ciencia ficción de los años 80 tiene un espacio muy grande en mi corazón cinéfilo. Muy grande, de verdad. No sólo es que haya crecido con esas películas, es que a día de hoy hay muchas que me siguen pareciendo tan espléndidas como entonces. Puede que fuera por la inocencia con la que las vi, pero es inocencia no tiene nada de malo. Al contrario. Es una sensación que el cine, en especial el cine norteamericano, había olvidado. Hoy todo es oscuro, triste, dramático, violento. Y ya no hay sitio para esa inocencia. Cuando se anuncia que J. J. Abrams, de la mano de la producción de Steven Spielberg, quiere recuperar esa sensación, sentí miedo. Miedo a que destrozaran esa inocencia, a que no supieran entenderla dos décadas después, a que pervirtieran ese recuerdo juvenil. Afortunadamente, mi miedo era injustificado. Super 8 es una emocionante maravilla que transporta a otro tiempo, a otro lugar, a otra sensación. Y qué gozada de viaje es éste.

No he sido un especial seguidor de J. J. Abrams en su aventura televisiva (Alias, Perdidos), pero sí en la cinematográfica. Y me gusta. Me encantó su Misión imposible, tercera entrega de la saga que sirvió para olvidar el malísimo sabor de boca que me dejó la segunda, de John Woo. Y aún más disfruté con su formidable revisión de Star Trek, de la que espero con muchas ganas una secuela. A Abrams le veo mucho clasicismo a la hora de entender el cine sin por ello alejarse de su propia época y de los códigos que tienen las películas contemporáneas. Sabe manejar con respeto los legados de ficción sin renunciar a que todo tenga su sello personal. Y si tengo tan buena opinión de Abrams, ¿por qué me asustaba esta película? Pues porque el referente claro de Super 8 está en E.T. El extraterrestre, y ésta siempre ha sido para mí (aunque no sea necesariamente una opinión popular o que pueda entender mucha gente) una de las películas más perfectas que jamás se han rodado.

De E.T. me gusta todo, pero sobre todo el inmenso carisma que desprendían todos los personajes, incluyendo y sobre todo a los niños. Siempre he pensado que semejante nivel de maestría es imposible de igualar. Super 8 no llega a tanto, pero se queda muy cerca durante buena parte del metraje. Es imposible no meterse de lleno en la filmación de esa película en super 8 que están haciendo los chavales. De no reírse con la afición a los petardos de uno de ellos. De no entender el miedo que tiene otro con los acontecimientos que se desatan. De no mirar con ojos enamoradizos a la chica del grupo. Es tan fácil entrar en la película. Tan fácil. Y es tan emocionante compartir los misterios que presenta, tan divertido sumarse a la aventura que propone, tan hermoso contemplar el curso de cine que imparte Abrams con una forma de rodar tan clásica como romántica. No me extraña que Spielberg haya querido poner su nombre en esta película como productor. Podría haberla rodado él mismo. Aunque, en realidad, ya lo hizo. La propia E.T. y Encuentros en la tercera fase tienen mucho que ofrecer a Super 8.

Pero la película de Abrams no es una copia, no es un remedo, no es un producto oportunista. En absoluto. Hay mucho de rompedor en estrenar una película así en el año 2011. El cine hace tiempo que se desmarcó del cine de fantasía y ciencia ficción de los años 80. Ya no se hacen películas como Super 8, el cine familiar serio está en franca decadencia, pero no tanto por falta de calidad o de ideas sino como resultado de una elección consciente. Hoy se prefieren hacer otras películas. Y seguro que los estudios de mercado, esos que se olvidan de que el cine es sentimiento por encima de cualquier otra cosa, dicen que los espectadores quieren ver ese cine mayoritario. Pero Super 8 viene a demostrar lo contrario. Se puede hacer un cine de calidad así, por este camino clásico y apto para todos los públicos. Sin que nadie salga del cine pensando que le han tomado el pelo o que no ha entendido nada.

La delicia de ver Super 8 pasa por no contar nada del argumento. ¿Para qué estropear las sorpresas y las sensaciones? Sólo hay que saber que vamos a ver una historia tan humana como de ciencia ficción ambientada en 1979, que los protagonistas son un grupo de chavales de un pequeño pueblo de Ohio y que hay una espectacular escena en la que un tren descarrila (en la que Abrams demuestra un dominio inaudito de todos los aspectos de la realización). Lo importante no es la criatura, que la hay. Lo importante son los personajes. Lo importante es enamorarse del personaje de la adorable y prodigiosa Elle Fanning (¡qué grande puede llegar a ser esta cría si la cuidan!; desde ya me convierto en su fiel seguido, porque mejora las interpretaciones que ha hecho hasta ahora su hermana Dakota). Es comprender el conflicto en que se ve envuelto el chico al que da vida Joel Courtney. Es deleitarse con el juego de cine dentro del cine que plantea Abrams o con los preciosos planos que crea en los que la profundidad de campo actúa casi como un personaje más.

Super 8 no es perfecta, pero casi. El principal mal que presenta es que no tiene un final redondo. Al contrario, es apresurado y algo torpe en algunos momentos, lo que es una pena teniendo en cuenta que llevábamos ya más de hora y media de cine descomunal a nuestras espaldas cuando alcanzamos ese desenlace. Y la culpa ahí es de Abrams como autor del guión, no como director, porque incluso ahí sigue rodando con una categoría increíble. Super 8 no es perfecta, decía, ni tampoco es E.T. Pero es, desde ya, un clásico instantáneo, una de esas películas que no me cansaré de volver a ver año tras año, una delicia impropia de su época y que, ojalá, sea capaz de trasladar a nuevas generaciones el amor por el cine que siente de una forma tan obvia Abrams. El mismo que se veía en el Spielberg de E.T., Encuentros, Tiburón o las películas de Indiana Jones. Y, como aquellas, Super 8 es una maravillosa joya.

Aquí, otra crítica más seria y menos apasionada.

domingo, agosto 14, 2011

'Cowboys & Aliens', el placer de lo irreverente

Cowboys & Aliens. La primera reacción al tener noticia de este proyecto fue de pánico. Porque, con ese título, tenía pinta de bodrio. O de serie Z de los años 50. Pero no, iba a ser un estreno nuevo. Después veo que la va a dirigir Jon Favreau. El de Iron Man y su secuela. Bueno, habrá que darle una oportunidad, pienso entonces. Después me entero del trío protagonista: Daniel Craig, Harrison Ford y Olivia Wilde. Me voy convenciendo un poco más. Luego me entero de que está basada en una novela gráfica. La leo y me gusta la idea aunque no del todo el desarrollo. Pero ya estoy más que decidido a verla. Por supuesto, la veo. ¿Y qué me ha parecido? Una deliciosa irreverencia a los aficionados al western, muy alejada (para bien) de la historia del cómic, y un más que entretenido producto veraniego, con carismáticos actores y una muy buena mezcla entre acción, aventuras y humor.

Fusionar western y ciencia ficción es una idea tan descabellada y con tan pocas probabilidad de éxito en apariencia que, más allá de Almas de metal (aquel experimento con Yul Bryner ahora de culto para algunos), apenas se puede recordar algún título que se acerque a ese planteamiento. Cuando alguien encara algo así, casi tiene que asumir que su público es el que espera ver aliens y no el que suspira porque los cowboys regresen a la gran pantalla con el esplendor de antaño. Pero, al final y por sorprendente que pueda parecer, resulta que Cowboys & Aliens es un producto satisfactorio para ambos públicos. Quizá ante su mezcla sean más receptivos los aficionados a la ciencia ficción, por supuesto, pero, sin haber visto el título en pantalla (y sin hacer mucho caso a eso que lleva el personaje de Daniel Craig en la muñeca), la primera hora media del filme pasa perfectamente como la introducción de una película del oeste más que decente, magníficamente ambientada, lo que oculta su algo simplista y tópico desarrollo como western.

Seguramente esa primera parte de la película no habría convencido de la misma manera sin Daniel Craig. Desde que se convirtió en James Bond (en realidad, desde su anterior película, la infravalorada Munich), Craig ha encontrado un camino carismático y completo. Tanto le da hacer un héroe de acción amargado como uno que disfruta de cada segundo de la aventura. Su dominio de la pantalla interpretando a este pistolero seco y directo es impresionante, tanto a nivel dramático como en los toques más cómicos que tiene su personaje. Sencillamente, está perfecto. Para ver a Harrison Ford hay que esperar algo más, pero la espera merece la pena. Seguro que quienes criticaron con saña la última entrega de Indiana Jones, quienes miraron su fecha de nacimiento para pensar que era una apuesta imposible, aquí disfrutarán con sus escenas de acción. Y es que quien tiene madera de héroe cinematográfico no la pierde con los años Ni haciendo de Indy, ni haciendo de vaquero.

Favreau es inteligente y domina perfectamente la mezcla entre humor y aventura. En Iron Man se podía pensar que eso era mérito de Robert Downey Jr. y y su socarrona interpretación de Tony Stark, pero Cowboys & Aliens demuestra que el realizador tiene su cuota de mérito. Como también la tiene al saber rodearse de un reparto espléndido, muy bien escogido y que incluso tapa las carencias del guión, las habituales de cualquier superproducción veraniega (un tanto inverosímil la evolución del personaje de Harrison Ford...). Si Craig y Ford desprenden un carisma extraordinario, no le va a la zaga el oficio de Sam Rockwell (que ya trabajó con Favreau en Iron Man 2) o la belleza de Olivia Wilde (un precioso maniquí que, no obstante, está teniendo muy buen gusto a la hora de escoger proyectos que prolonguen su fama televisiva lograda en House, títulos tan variopintos como ésta, Tron Legacy o Los próximos tres días).

No conviene contar demasiado sobre el argumento, entre otras cosas porque arruinaría la espléndida secuencia de apertura de la película y algunas de las sorpresas que hay más adelante (el trailer ya hace un fantástico trabajo destrozando ese necesario y no apreciado elemento de lo desconocido a la hora de seguir una película). Lo mejor del guión, en todo caso, radica en que coge del cómic original de Cowboys & Aliens sólo lo que necesita, la idea, el contexto y algunas escenas, pero inventa su propia aventura. Es, en ese sentido, una gran adaptación, que rehuye del manido y cada vez menos interesante proceso de trasladar a la pantalla la literalidad de un cómic o una novela por temor a los fans más recalcitrantes. Aquí no es así. Cowboys & Aliens es una cosa en la novela gráfica y otra muy distinta en el cine. Sus personajes son diferentes. Sus mensajes, también. Y con ese cambio, la película supera al cómic como obra de entretenimiento.

Es evidente que John Wayne, Gary Cooper o John Ford se revolverían en sus tumbas si supieran de una historia como ésta, un irreverente sacrilegio a la esencia del western. Pero, visto con mente abierta y asumiendo que se trata de un producto que sólo busca la diversión, lo cierto es que Cowboys & Aliens convence de sobra. Más que de sobra. Tiene grandes momentos, un gran personaje protagonista que está muy bien acompañado en el reparto, buenos efectos especiales (y fotografía, atentos a los cambios cromáticos de los recuerdos del personaje de Craig y a esos tan magníficos como clásicos escenarios de película del oeste) y toda la diversión que uno puede conseguir de la marcianada que supone mezclar esos elementos tan habituales y a la vez tan dispares de los juegos de cualquier niño (sobre todo americano), los vaqueros y los extraterrestres. Cowboys & Aliens, que para eso hemos dejado el título en su versión original.

miércoles, agosto 10, 2011

'El origen del planeta de los simios', valiente pero limitada

Cuando se anunció una nueva entrega de la saga de El planeta de los simios, esta vez planteada como una precuela al nivel más absoluto posible, es decir, el inicio del inicio, pensé en dos opciones. Podía ser un producto risible, ridículo y estrambótico, sin pies ni cabeza ni relación alguna con la mitología de este universo. O bien podía ser una película sumamente original, que sentara cátedra, que se convirtiera en un prodigioso espectáculo y en un sincero homenaje a aquella película que inició la saga e hizo historia a finales de los años 60. Vista El origen del planeta de los simios, ninguna de las dos posibilidades se ajusta a la película que nos han entregado. Es un buen espectáculo, pero sobre todo un filme valiente en muchos tramos e ideas. Pero también es un típico producto veraniego, con sobredosis de efectos digitales y demasiados cabos sueltos. Está siendo todo un éxito de público y también de crítica. Para mí, es un título que merece la pena ver pero que tiene muchos defectos como para pensar que estamos ante algo totalmente diferente.

Acostumbrados a que las películas se promocionen con el nombre de los actores o (en algunos casos contados) del director, sorprende relativamente que El origen del planeta de los simios tenga un solo nombre como carta de presentación: Weta, la compañía de efectos especiales. Sorpresa relativa, digo, porque aunque no es lo usual sí supone el reconocimiento de algo que viene aquejando a las superproducciones veraniegas desde hace ya muchos años, la supremacía de los efectos especiales por encima de todo. Y esa supremacía deja un sabor contradictorio. Es innegable que los efectos están a gran altura. Andy Serkis, el actor más cotizado del mundo a la hora de aportar su movimiento corporal y facial a todo tipo de personajes y criaturas, es el chimpancé de la película, y su interacción con el mundo real resulta asombrosa. Sin embargo, hay un abuso de los planos digitales, de movimientos de cámara irreales, que restan verosimilitud y añaden artificiosidad al conjunto final. Esos momentos son achacables a la impericia de su casi debutante director, Rupert Wyatt.

Asombrados o no por los logros visuales de la película, lo cierto es que hay que reconocer la valentía que tiene la película en lo temático. No es habitual que se trate a un animal como un protagonista más (incluso como EL protagonista en diversos tramos de la película), y menos que se haga con tanta inteligencia como aquí. Caesar, el simio cuya historia se nos narra, el que abrirá el camino para que los primates sean la especie dominante en el planeta, es un personaje espléndidamente bien trazado, que encuentra un origen creíble y bien definido. Por desgracia, el guión no trata tan bien a los personajes humanos. Todos, sin excepción y aunque en alguno se note incluso más que en otros, forman parte de un conjunto de estereotipos sin demasiado interés. El científico noble pero ambicioso (James Franco), la chica simpática y poco más (Freida Pinto), el padre sin más trascendencia que la que le da su enfermedad (John Ligthgow)... Es evidente que la película tenía más interés en los simios que en los humanos.

Por eso, las mejores escenas de la película son las que dan el protagonismo a los simios, sean aquellas en las que se explica la evolución de la mente de Caesar o la explosión de violencia final, realmente formidable en todos sus aspectos pero especialmente en su endiablado ritmo. Decía que es una película valiente, y lo es sobre todo por su descripción de los simios, por el trato que les da y por las acciones que acometen en esa parte final. No es fácil moverse entre la frontera del ridículo y de lo espectacular, y el caminar de El origen del planeta de los simios por esa línea es ejemplar, incluso en los momentos más descabellados (que no procede desvelar para no matar la sorpresa, por supuesto). Por eso se nota tanto el desnivel que hay con respecto a los personajes humanos, porque el perfil del simio (de los simios, en realidad) es sobresaliente. En esto no sobra nada, e incluso la película podría enriquecerse si se hubiera estirado algo más (apenas sobrepasa los 100 minutos, una duración poco usual en las películas que quieren asaltar la taquilla veraniega, que con demasiada facilidad se van a las dos horas y media).

Pero el gran problema de la película, el que de verdad limita su alcance, está en la voluntad de dejar una historia inconclusa. Es difícil decir si esto obedece a a la pretensión de crear una nueva saga o si era la intención original de guionistas y director, pero yo lo siento como algo que va en contra de la película. El origen del planeta de los simios pide a gritos un final a la historia, y no sólo a los acontecimientos que se desencadenan al final de la película. Un final, por abierto que sea, que siga el modelo de la película original. Pero, claro, ahí ya hablamos de palabras mayores. Mucho se ha comentado acerca de que esta precuela ignore el remake que dirigió Tim Burton de El planeta de los simios hace ya una década, pero lo cierto es que también se salta algunas premisas del planteamiento original de la saga (como evidencia el epílogo del filme de Wyatt). Por supuesto, los guiños a los aficionados más clásicos no podían faltar, por mucho que la acción de la película tenga lugar en San Francisco. Atentos al momento de la mítica frase, la más conocida de la saga, que aquí vuelve a sonar con esplendor.

Un final limitado, el flojo retrato de los personajes humanos y la irrealidad de algunos planos de efectos visuales hacen que El origen del planeta de los simios no sea una película redonda. Su valentía en muchos aspectos y un poderoso clímax (de casi media hora de duración) son grandes logros. Es lo de siempre, el vaso estará medio lleno o medio vacío según lo decida cada espectador. Para casi todos, ésta será una película sumamente entretenida y más que digna, muy interesantes en muchos momentos y con un ritmo frenético en su tramo final. Eso ya hace que merezca la pena. Y mucho. Pero podría haber sido aún más.

lunes, agosto 08, 2011

'Templario': la violencia como única baza

En los últimos tiempos, la violencia se ha convertido por sí sola en baza para defender una película. La novedad de esos filmes, se dice antes de su estreno, es lo explícito de esa violencia. Mucha y muy gráfica. Son demasiados los filmes que se han vendido así en los últimos años. Y quizá la explicación está en que saben que es lo mejor que pueden ofrecer. La violencia, en todo caso, es un elemento peligroso para el cine. Si se cuenta con un público receptivo, puede funcionar. Pero si el público muestra hartazgo de esta vía para convencer, el producto es cuestión queda como algo plano, vacío, artificial. Eso es lo que le sucede a Templario. Falla en lo esencial, en el ritmo, en el guión, en el montaje. En el cine, en definitiva. Y sólo le queda la violencia para tratar de alcanzar al público. Eso y un reparto con nombres y rostros conocidos (que no especialmente famosos, aquí no hay estrellas de Hollywood) que dan cierto lustre pero que no consiguen rescatar la película del aburrimiento que produce durante sus dos largas horas.

Inglaterra, siglo XIII. Un templario y un grupo muy diverso de personas defienden el castillo de Rochester de los ataques del Rey Juan, que ha decidido recuperar el país en el campo de batalla tras ceder buena parte de sus derechos a los nobles ingleses. La lección de historia se acaba ahí, puesto que lo que cuenta Templario no es más que ese episodio de asedio. Todo lo demás es accesorio y superfluo para el director, el completamente desconocido Jonathan English (que ha dirigido dos películas de, en apariencia, ínfima calidad y que aquí actúa también como guionista), que se juega todas sus bazas en la brutalidad, en la violencia, en las muertes en pantalla, en los combates salvajes y en la sangre. Son constantes las escenas que encajan en ese perfil, lo que al final produce la sensación de que todo es repetitivo. Lo único que cambia es el final de cada escena, pero el desarrollo de cada una de ellas es prácticamente intercambiable con la siguiente o con la anterior. Mal síntoma.

Y es malo porque la historia no da para mucho más. No hay muchos rasgos narrativos que permitan buscar otro apoyo en la película. Es la violencia y nada más. Así se desaprovecha un elenco que, a priori, parece interesante pero que sabe a poco. Paul Giamatti es un gran actor, pero verle tan sobreactuado hace pensar si su momento de gloria pasó sin que, en realidad, se le hiciera entonces la justicia que merecía. Tiene trabajo de aquí en adelante, porque tendrá que demostrar que sigue siendo ese intérprete que tan bien era capaz de retratar al hombre corriente de Entre copas, La joven del agua o Cinderrella Man. Se amoldan mejor a este mundo histórico Brian Cox y Derek Jacobi, que configuran los dos personajes más creíbles y menos bidimensionales de entre todos los que aparecen en pantalla. No acaban de tener un final adecuado, aunque eso no es culpa suya y sí del director, pero son los que más convencen, muy por encima del protagonista, James Purefoy (tan estático en sus gestos faciales como en Solomon Kane), y de Kate Mara.

English ofrece una realización casi televisiva, en el sentido más peyorativo que se le pueda dar a ese término y recordando los tiempos en los que la pequeña pantalla no podía aspirar al realismo que emanaba del cine. Eso lo mezcla con una cámara tan nerviosa como presta a verse salpicada de sangre. Es imposible seguir la acción con un mínimo de nitidez, lo que, unido al elevado grado de salvajismo, coloca al espectador en la duda de si prestar atención o, simplemente, esperar que las escenas acaben para ver su resultado. Por desgracias, tampoco es que eso suponga un gran ejercicio intelectual, porque el guión es previsible en exceso. No hay ningún personaje que se escape al destino que prácticamente cualquier espectador puede intuir para él. No hay ninguna relación entre ellos que escape al más puro cliché, aunque por momentos hay ciertos elementos de interés entre el templario y el escudero o entre el rey y el noble que se enfrentan en este conflicto histórico. La historia de amor, tan inevitable como olvidable.

Templario busca una senda que ya ha seguido muy recientemente el cine de romanos, más con Centurión que con La legión del águila, y que con mucha mejor fortuna emprendieron grandes realizadores como Ridley Scott en Gladiator o Mel Gibson en Braveheart. Esos son los modelos de Templario, pero no hace falta decir que se queda a años luz de sus logros. No es tampoco de mucha ayuda una excesiva duración (120 minutos), que se alcanza gracias al único argumento que quiere explotar la película: escenas de violencia una detrás de otra. Y como sólo en eso está puesto el énfasis, las escenas más pausadas, las que tendrían que aportar interés y emoción a la película, las que podrían elevar la categoría de los instantes más violentos, se quedan en rupturas continuas del ritmo del filme. Pelea, sangre, muerte y mutilación hay mucha. Historia, muy poca. Y actuaciones sólo en algún que otro momento de la película. La violencia es su única baza, y así es difícil enganchar a muchos espectadores.