lunes, julio 23, 2012

'El irlandés', entre la buddy movie y el spaghetti western

El irlandés es una de esas películas pequeñas que dejan un indudable gran sabor de boca. Es una delirante mezcla entre un spaghetti western ambientado en Irlanda (e irlandés), mezclado con la clásica buddy movie de policías que Hollywood viene haciendo con frecuencia desde que Arma Letal convirtiera esta clase de historias casi en un subgénero.Con un guión tan rocambolesco como sorprendente y unos diálogos tan potentes como divertidos, El irlándes destaca por ser una mezcla de lo que se tanto se admira, sin que para mí alcanza los niveles de maestría que hay aquí,en el cine de Quentin Tarantino y en el de los hermanos Coen. Y es que a veces el talento no viene de donde tantos ansían encontrarlo. Por supuesto, sin el talento de Brendan Gleeson, uno de esos actores secundarios que casi nunca encuentran el reconocimiento que merecen, esta película no llegaría ni a la mitad de lo que realmente es.

Es El irlándes una película intensamente basada en su personaje protagonista. El sargento Gerry Boyle es un policía peculiar. Su respeto por la escena de un crimen es nulo, su afición a las mujeres le lleva a contratar prostitutas en su día libre, su trato a otros agentes de cualquier cuerpo deja mucho que desear y su socarronería ante la autoridad es evidente. Pero, al mismo tiempo, es inteligente y culto, un buen tipo que adora y cuida a su madre. Una vez vista la película resulta dificilísimo disociar esta descripción de Brendan Gleeson. Secundario en tantísimas películas, de Braveheart a Gangs of New York pasando por El reino de los cielos o la saga de Harry Potter, ofrece una actuación sencillamente perfecta, ya desde el arranque de la película.

Y ese arranque, es el que sienta las bases de lo que va a ser el resto. No sólo por el personaje, sino también por el tono. Evidentemente, una comedia. Pero también una película con más trasfondo del que pueda parecer. Y con un marcado tono de ejercicio de estilo, que remite con su música al spaghetti western. Interesante elección la de John Michael McDonagh, director debutante y guionista con anterioridad sólo de Ned Kelly, para crear este policíaco irlandés, sumamente original en su conjunto y rodado con fuerza. La apuesta estilística funciona a las mil maravillas. Los diálogos hacen el resto, cebándose especialmente en el contraste entre este sargento irlandés y el agente del FBI Wendell Everett, interpretado sólidamente por Don Cheadle. Es casi inevitable que surja la sonrisa en el espectador antes de que empiecen a hablar. Funciona ya sólo con verles juntos y la mezcla estalla, para bien, en cuanto nace la dinámica de diálogo. Liam Cunningham y Mark Strong ofrecen unos villanos correctos, quizá algo más convencionales que el resto de la película (y en el caso de Strong, un actor más que competente, suena a ya visto) pero no desentonan.

Lo curioso de El irlandés es que, a pesar de ser un producto más que satisfactorio, lo único en lo que parece innovar es colocar un spaghetti western en Irlanda. El resto bucea en territorios ya explorados con mucha frecuencia. Pero mientras las buddy movies actuales, en especial las de Hollywood, tienden al humor absurdo y algo chusco, ésta apuesta por la inteligencia y la ironía. Mientras las películas que explotan el choque de culturas optan por la absurdez imposible, El irlandés tira de situaciones más que realistas (que un agente norteamericano de raza negra intente hablar en inglés en una zona en la que tanto se habla el gaélico es, sencillamente, glorioso de contemplar). Y mientras la mayoría de los policíacos necesitan espectaculares escenas de acción para ser lo más original del año, este filme apuesta por la diversión narrativa, desde las líneas de diálogo hasta los hallazgos visuales (Boyle poniéndose su uniforme de gala con esa música de Calexico que homenajea sin pudor a Ennio Morricone).

Seguramente no convenceré a los fervientes seguidores de Tarantino y los Coen, que los tienen y muy numerosos, pero no consigo quitarme de la cabeza la sensación de que El irlandés explota lo que muchos alaban a ambos pero que para mí no consiguen casi nunca. Se ha elogiado hasta la saciedad la capacidad que tienen estos cineastas de crear situaciones absurdamente realistas con un trasfondo policíaco, considerándose sus cumbres Pulp Fiction por un lado y Fargo por el otro. Ni Tarantino ni los Coen me llaman hoy la atención, aunque es verdad que los segundos sí tenían para mí algo especial hasta El gran Lebowski, filme a partir del cual se acabó la genialidad. El irlandés trata de moverse por esos territorios. A la gente parece haberle gustado la apuesta, al menos en su Irlanda de procedencia, donde ha sido un filme de gran éxito. No creo que muchos hayan trazado este paralelismo con Tarantino y los Coen, pero para mí, sin duda, tiene mucho más ingenio El irlandés que cualquier película de aquellos. Y, por eso, sólo puedo decir que son 96 minutos de gran diversión con un pedazo de actor al frente.

viernes, julio 20, 2012

'El Caballero Oscuro. La leyenda renace', majestuoso final de una trilogía irrepetible

Cuando vi por primera vez El Caballero Oscuro me pregunté qué podría hacer Christopher Nolan para superar la que, en ese momento y todavía hoy, era la mejor película que se había hecho nunca basada en un cómic. No sé si atreverme a decir que El Caballero Oscuro. La leyenda renace supera a la segunda entrega de esta portentosa trilogía cinematográfica, realmente no lo tengo claro, pero es que tampoco hace falta esa comparación. Son películas distintas, con sensaciones diferentes y con objetivos narrativos y visuales que se complementan. Sin la anterior, ésta no existiría. Y la anterior, sin ésta, probablemente quedaría un tanto incompleta. Forman parte de un impresionante universo fílmico. Lo que sí tengo claro después de un primer visionado es que esta tercera es una película poderosísima a todos los niveles, intensa y dramática, fiel a la esencia del cómic que permite que un personaje tan conocido como Batman tenga tantas y tan diferentes interpretaciones. En lo que al cine se refiere, éste es el Batman definitivo, como el de la serie de 1992 lo es en animación. Es una maravilla irrepetible y como tal hay que recibirla y, desde ya, venerarla.

No suele ser habitual que una distribuidora pida que no se revele el final de una película. Warner lo ha hecho con ésta y es lógico y entendible, pero viene a ser una ligera contradicción con respecto a la avalancha de markéting que viene mostrando demasiado desde hace unos cuantos meses. Yo cada vez tengo más claro que trailers, reportajes y adelantos visuales, fotográficos o escritos, sólo sirven para arruinar en parte la experiencia cinematográfica tal y como la ha planteado el cineasta. A mí no me hacía falta nada de esto para convencerme de ir a ver El Caballero Oscuro. La leyenda renace. La ecuación era fácil y se sostiene por sí sola. Christopher Nolan ha conseguido que mucha gente se tome en serio las historias de un personaje de cómic. Y el cómic, nos pese lo que nos pese, sigue sin tener el reconocimiento que merece. Por eso, aunque sólo fuera por eso, Nolan es un genio. Batman Begins era una pequeña gran gozada. Pero El Caballero Oscuro llevó el juego a un nivel totalmente nuevo. Nolan hizo un clásico del siglo XXI protagonizado por un tipo con capa y un psicópata con la cara pintada de blanco. Y la gente lo entendió.

Aumentar la escala de aquello lleva por fuerza a cambiar el planteamiento otra vez. Pero las bases son las mismas. Nolan extrae lo mejor de algunas historias de cómic (no voy a decir cuáles, porque en algún caso reventaría las sorpresas del filme) y lo traslada a un universo muy personal en el que siempre hay una sensación que se apodera de la película. No es la primera vez que lo digo, pero creo que es importante insistir en que hay toda una evolución psicológica en el Batman de Nolan. Batman Begins habla del miedo, El Caballero Oscuro del caos y El Caballero Oscuro. La leyenda renace de la destrucción... y también del renacer de las cenizas. No hay más que ver el título original, The Dark Knight Rises, mucho más gráfico que la traducción al español. Para hablar de ese renacer, Nolan crea un relato épico, construye una película de guerra más que de superhéroes, con un formidable desarrollo de personajes e historia (quizá levemente ingenuo en algún momento) y un clímax final absolutamente portentoso. La trilogía de Batman de Nolan es lo mejor que se ha rodado nunca sobre un personaje de cómic. Y el final está a la altura.

Porque, a pesar de los logros de Nolan, algunas sensaciones previas eran de duda legítima. Superar El Caballero Oscuro no era tarea fácil. Hacer creíbles a Bane y Catwoman, los nuevos personajes de esta cinta, tampoco. Dar un cierre que hiciera justicia a lo anterior, mucho menos. Pero Nolan sale triunfante de todo. Tendría que haberme hecho caso a mí mismo cuando, después de ver la anterior película, me dije que Nolan tenía carta blanca para hacer lo que quisiera, porque se la había ganado. Si es que nadie ha entendido a Batman en el cine mejor que él. Si es que ha conseguido que incluso las traiciones más grandes a la literalidad de la historia del cómic, que las tiene su visión, sean más fieles al espíritu de lo que cientos de creadores han construido en las viñetas desde que Bob Kane y Bill Finger crearan al personaje en 1939 que las miradas de otros que se han erigido como adalides de esa misma fidelidad. Si lees un cómic, no encontrarás a este Bane. Ni a esta Catwoman. Ni al Joker, al Espantapájaros o al Ra's Al Ghul de las anteriores películas. Pero son ellos en esencia.

Ese es sólo uno de los méritos de Nolan, que ha sabido construir un universo cinematográfico verosímil, creíble, hermoso y violento, en una historia de unas siete horas que quita el aliento de principio a fin, hasta llegar a un final prodigioso, excelso, admirable que he hecho que el director se supere a sí mismo como director de piezas de acción. Mirar a este universo es asumir ingentes grados de genialidad a todos los niveles. Nolan es el arquitecto, pero no hay nada que no esté a la altura. El perfecto vestuario de Lindy Hemming, el maravilloso diseño de producción de Nathan Crowley y Kevin Kavanaugh, la prodigiosa excelencia de la música de Hans Zimmer (me da igual que los Oscar no le acepten por tener no sé qué porcentaje de música no original, debió ganar por El Caballero Oscuro y debería ganar por esta incomparable sinfonía de tensión y acción), la fotografía de Wally Pfister... Todo está a un nivel impresionante. Y por eso está película es un sueño hecho realidad para cualquier aficionado a los cómics de Batman. Todo funciona.

Y qué decir de los actores... Sólo los nombres ya impresionan. Es una gozada ver a Michael Caine en algunas de sus mejores escenas de los últimos años, y eso que da vida a un secundario, uno imprescindible como es Alfred pero secundario al fin y al cabo. Christian Bale es, sencillamente, el Batman definitivo. Pero también el Bruce Wayne, que encuentra un reflejo precioso en el humano policía de Joseph Gordon-Levitt. E insisto en que la literalidad del cómic no encuentra acomodo completo aquí, especialmente en su personaje. No tiene el carisma del Joker de Heath Ledger, pero Tom Hardy es un Bane impresionante que cumple todo lo que cabía esperar de él, por muchas dudas que suscitara y por mucho que se haya hablado más de si se le entiende bien (que sí, por cierto) antes que del personaje que construye. Y Anne Hathaway es perfecta para este universo de Batman. Perfecta, sencillamente perfecta, sensual y mordaz. Incluso con tacones. ¿Quién si no Christopher Nolan podía hacer que tomáramos en serio a una Catwoman que viste prácticamente igual que la de la serie de televisión de los años 60? Origen ya demostró que Nolan también era capaz de escribir buenos personajes femeninos, muy escasos en su todavía corta filmografía, pero este papel y el de Marion Cotillard (precisamente una de las actrices de Origen) son un paso más en ese sentido.

El Caballero Oscuro. La leyenda renace es una gozada. Al mismo nivel que lo fue El Caballero Oscuro, superior a lo que fue Batman Begins. Lo que está claro es que la escalada en la épica es brutal, deudora de un tipo de cine que, en realidad, hace muchas décadas que ya no se hace. También en la duración, que llega hasta los 162 minutos. Pero sobre todo en las sensaciones. Christopher Nolan ha dado dignidad a un tipo de cine del que cada vez menos gente se burla. Lo ha hecho con un respecto reverencial a personajes con décadas de existencia pero dándoles una imagen única y muy personal. Su trilogía de Batman es la obra de autor más comercial que se haya hecho nunca, porque ha conseguido ponernos de acuerdo a casi todos. Y, sí, se le pueden sacar pequeñas pegas, momentos que no todo el mundo va a comprender emocional o argumentalmente y pequeñas caídas de ritmo que habrá quien vea como defectos imperdonables. Pero el conjunto es sencillamente majestuoso, como su final, tanto el clímax como el epílogo. Es una trilogía irrepetible y se cierra como tiene que ser, a lo grande. Gracias, Mr. Nolan.

Aquí, otra reseña de El Caballero Oscuro. La leyenda renace.

lunes, julio 16, 2012

Antes de 'El Caballero Oscuro. La leyenda renace'...

El cierre de la trilogía cinematográfica que Christopher Nolan ha dedicado a Batman es, sin duda, una de las noticias de este año 2012. El estreno de El Caballero Oscuro. La leyenda renace (rocambolesco título traducido en España para el mucho más intenso The Dark Knight Rises) obliga a echar la mirada atrás, especialmente a las dos películas anteriores de la saga pero también a las anteriores miradas del cine a este personaje de cómic nacido en el año 1939. Además de los dos de Nolan, hay otros cinco largometrajes de imagen real en los que Batman salvaba Gotham City de alguna amenaza. Todos ellos tienen elementos de interés por sí solos, pero sirven para entender la grandiosidad de la labor que ha llevado a cabo el director de Origen o Memento para ofrecer un Batman imprescindible y una saga de vital importancia para entender el cine contemporáneo norteamericano.
· Batman (1966)
Poco después de su creación, Batman protagonizó dos seriales cinematográficos. Su primera versión en color se vio en la pequeña pantalla, con una serie que desató una Batmanía sin precedentes en Estados Unidos. Batman era una serie de estilo camp y burlesco, traslación distorsionadamente directa de lo que sucedía en unas viñetas lastradas por la censura, propia y ajena, que convirtió a los superhéroes en aquellos años en personajes endebles. El éxito de aquella serie hizo que, tras su primera temporada, se estrenara la película. Con el mismo tono cómico, las mismas onomatopeyas en la pantalla para ilustrar las peleas, los mismos batartilugios inverosímiles (¿cómo calificar un batspray repelente para tiburones...?) y el mismo aspecto risible de Batman y Robin, unos inolvidables Adam West y Burt Ward, la película enfrenta a los héroes nada menos que con cuatro villanos: el Joker, el Acertijo, el Pingüino y Catwoman. En ellos está lo más rescatable de una película que obliga a verla dispuesto a reírse de todo. De la bomba y del tiburón sobre todo, pero incluso de todo aquello de lo que jamás se reiría un aficionado al personaje.
· Batman (1989) / Batman vuelve (1992)
El universo de Tim Burton se cruza con el del Caballero Oscuro y el resultado tiene que ser algo sin duda peculiar. Gótico, excesivo, fantasioso, pero sumamente atractivo. El éxito del primer Batman fue inmenso. Las partes buenas del filme (el misterioso comienzo, el dramático flashback, el espectacular aunque a ratos inverosímil clímax) eclipsaron a los evidentes problemas de ritmo y de guión que arrastraba. Michael Keaton fue una elección sorprendente, por estar totalmente alejado del físico esperable para un superhéroe, pero su mirada convenció a muchos. La armadura, polémica, hizo el resto. Jack Nicholson fue un brillante pero cómico Joker. La secuela, en la que el director tuvo más libertad, es una película mucho más identificable con Tim Burton. Danny de Vito y Michelle Pfeiffer bordaron sus papeles de Pingüino y Catwoman. Para muchos, y me incluyo, esta segunda tentativa es más completa que la primera, aunque Burton subraye el papel de Batman como secundario dentro de un universo bizarro que tiene un aspecto visual distinto en las dos películas pero sencillamente formidable en ambos cosas. Y qué bonito es el Batmóvil.
· Batman Forever (1995) / Batman y Robin (1997)
Como no todo el mundo acabó contento con la visión de Tim Burton sobre Batman, se optó por un cambio de rumbo. Joel Schmacher optó por un mundo más colorista en todos los sentidos, y no sólo en lo visual. Val Kilmer parecía una mejor elección pero no terminó de convencer en Batman Forever. Chris O'Donnell se convirtió en un insufrible Robin. Schumchar optó por jokerizar los dos villanos de la función, el olvidable Dos Caras de Tommy Lee Jones y el poco soportable Enigma de Jim Carrey. Pese a todo, salió una película pasable. Lo que vino a continuación, Batman y Robin, fue sencillamemente inenarrable. Una película disparatada, mal hecha, mal interpretada, mal escrita y aburridísima, una ofensa a todos los aficionados del personaje, del cómic y del cine. Un esperpento en el que George Clonney naufragó como el peor Batman de la historia, pero menos que Arnold Schwarzenegger haciendo el ridículo como Mr. Freeze, Uma Thurman como Hiedra Venenosa o Alicia Silverstone como Batgirl. Es difícil entender cómo se puede hacer una película tan nefasta. Parecía el fin definitivo de la franquicia cinematográfica de Batman, y con razón.
· Batman Begins (2005)
Aunque no muchos se dieran cuenta en aquel momento, sobre todo antes del estreno, Christopher Nolan sentaba con Batman Begins las bases del reboot. Y consiguió algo mucho más difícil. Todos los títulos anteriores podían tener algo de Batman, pero esta película es Batman. Es la demostración de que la fidelidad que necesita una adaptación de este estilo está en el espíritu y no necesariamente en la letra. Cambia muchas cosas del cómic, pero su sinceridad es inmensa. Christian Bale se convierte de golpe en el mejor Batman y en el mejor Bruce Wayne. Batman Begins, un formidable retrato del miedo que muchos pueden subestimar por el hecho de que su protagonista lleve una capa, está plagado de imágenes inolvidables. Sólo la historia de amor, que no es precisamente el fuerte de este realizador, queda algo desdibujada, quizá también en parte debido a que Katie Holmes es el pilar más endeble de un reparto memorable en el que Liam Neeson, Cillian Murphy, Gary Oldman, Morgan Freeman y, sobre todo, Michael Caine, bordan sus papeles, haciendo crecer un muy buen guión.
· El Caballero Oscuro (2008)
Superar Batman Begins era un reto. Nolan ya había convencido y tocaba progresar. Y vaya si lo hizo. El Caballero Oscuro sigue siendo, a falta de la tercera entrega de su saga, la mejor película basada en un cómic, y eso que han proliferado en los últimos años títulos así. Si la primera estudiaba el miedo, ésta se centra en el caos, aumentando la escala de todo lo que aparece en pantalla hasta abrumar al espectador. Detenerse únicamente en el escalofriante Joker de Heath Ledger es un error tan grande como obviar el monumental Harvey Dent que crea Aaron Eckhart. La sustitución de Katie Holmes por Maggie Gyllenhaal tampoco ayudó a que su personaje mejorara, pero eso no enturbia en nada una monumanetal narración oscura, dramática, tensa, más repleta aún que el primer filme de imágenes que se fijan en la memoria. Es una película asombrosa a todos los niveles, un brutal crescendo dramático, emocional y de acción, uno de esos filmes capaces de plantear debates morales y sociales a todo aquel que esté dispuesto a mirar más allá de su envoltorio. Si la primera es sobresaliente, la segunda es sencillamente imprescindible. ¿Y la tercera...?

viernes, julio 13, 2012

'El pacto', idea atractiva de inverosímil desarrollo

Tomarse la justicia por su propia mano es el punto de partida de docenas y docenas de películas y personajes de cine, ya desde los años 70, década en la que la violencia se apoderó de la pantalla para ya nunca más abandonarla. Por eso, la idea de El pacto no es del todo original. Pero sí es atractiva y este filme añade además un giro interesante a tan manida propuesta. Lo malo es que su desarrollo aquí es francamente inverosímil. Da para sostener una ficción entretenida, pero no para desarrollar una historia completa y satisfactoria. Nicolas Cage, en una de sus numerosas apariciones cinematográficas de los últimos años, tampoco parece ser el actor adecuado para dar vida a este profesor primero desolado, después desquiciado y finalmente capaz de las más complicadas proezas. Algún que otro momento bien llevado no termina de compensar la sensación que deja un final inverosímil.

Si alguien nos ofreciera una venganza limpia y que no nos involucrara contra alguien que hubiera atacado a una persona muy querida para nosotros, contra un delincuente que sabemos que la Justicia no juzgará en condiciones y a cambio sólo de un favor futuro que no nos especifica en el momento de la oferta, ¿aceptaríamos? Esa es la pregunta que plantea El pacto. Una pregunta tan atractiva como turbadora, porque abre un apasionante debate moral, algo que siempre enriquece una película. Pero es, por desgracia, una pregunta que se queda en la primera mitad de la película, para dar paso a un thriller más convencional y mucho menos arriesgado de lo que se podía intuir sobre el papel. Fascina la idea de que pueda existir una asociación clandestina que se dedique a algo así, a vengar a quienes no pueden vengarse, pero llega un momento en la película en que ese argumento se tambalea por todas partes y hace del todo inverosímil la premisa.

Es decir, que estamos ante la enésima buena idea que acaba perdida en la rutina del cine de acción moderno. Un poco la sensación que dejó, por ejemplo, Un ciudadano ejemplar, aunque aquella tenía más méritos que ésta. El protagonista (Nicolas Cage), un profesor de instituto sin especiales aptitudes físicas, se convierte de repente en un hombre imparable para la misma asociación que se nos vendía como un grupo lleno de recursos y posibilidades. En su primera parte, el personaje sí es creíble. Es un hombre desbordado, que sufre un duro golpe a través de su mujer (January Jones) y que se muestra dispuesto a firmar un pacto con el diablo para hacer justicia. También es fascinante el retrato del hombre que le ofrece esa justicia (Guy Pearce). Pero los tres se diluyen cuando el desarrollo desborda las posibilidades del argumento. Cuando el hombre corriente se convierte en un hombre excesivamente extraordinario y el hombre impresionante en un psicópata sin más.

Nicolas Cage se ha metido en una imparable vorágine laboral que le ha llevado a completar once películas en los últimos tres años. Y, siendo además un actor limitado, da la impresión de que a veces las hace con el piloto automático encendido. No sé si hay mucha diferencia entre este personaje y muchos de los otros que ha interpretado en este tiempo (inevitable pensar en la más reciente, Bajo amenaza). Tampoco hay química con su pareja, January Jones, una actriz muy fría. Guy Pearce sí convence, pero, insisto, sólo en la primera mitad de la película, cuando aporta un halo de misterio. Después todo se desmadra. Roger Donaldson, director de este filme, tiene cierto oficio, el que le ha otorgado director películas notables como No hay salida o Trece días. Pero no termina de cogerle el pulso a la película con el suficiente vigor (¿cómo habría sido esta película en manos de Sam Peckinpah?) como para marcar una diferencia con respecto a otros títulos que parten de premisas muy parecidas.

Vista sin demasiadas pretensiones, El pacto puede aguantar como un entretenimiento de bajo nivel, con algunas escenas que sí manienen la tensión necesaria y el interés por saber cómo va a continuar la historia. Puede, incluso, despertar el debate al que anima el planteamiento inicial y dejar para después de la película la pregunta de qué haríamos cada uno de nosotros ante una situación así y si podría existir una organización como la que se plantea. Pero lo cierto es que no convence y no engancha. Los personajes no terminan de estar bien desarrollados y los que sí lo parecen en algún momento acaban diluídos en una película corriente que, excepción hecha de Guy Pearce, no parece contar con el reparto adecuado. Película fallida.

lunes, julio 09, 2012

'Carmina o revienta', extravagancia experimental

En esto del cine hay una tendencia a mezclar la opinión personal sobre autores y actores con la valoración de su trabajo. Al majo no se le puede criticar, al arisco sí aunque sea muy bueno en lo que hace. Y quizá hay algo de eso en el juicio que Carmina o revienta está recibiendo desde que irrumpió con fuerza en la primera línea de actualidad desde la pasada semana. Ha cosechado notables parabienes de entre lo más granado de la crítica española por la enorme valentía que supone un proyecto como éste, también por la cómica afabilidad de su autor, Paco León, por la sencillez de su protagonista, Carmina Barrios, o por la luz que desprende su principal secundaria, María León. La película, de sólo 70 minutos, dista mucho de ser una cinta inolvidable, aunque tiene sus momentos. La aventura empresarial y profesional que supone, en cambio, es un punto de inflexión, o tendría que serlo, en la inmovilista industria cinematográfica española. Ahí el aplauso tendría que ser sincero y unánime.

Empecemos por ahí. Paco León, al que el común de los espectadores recuerda por su personaje en la serie de televisión Aída, decide escribir y dirigir su primera película de la forma más rocambolesca posible. Es un falso documental. Es un trabajo familiar, en el que el apellido León se lee numerosas veces en los títulos de crédito. Es una comedia soez y de apariencia realista, sacada de la España más profunda. Es una glorificación de todo eso, sin ningún orden preestablecido. Y es, además, la primera película que se estrena de forma simultánea en cines, DVD, Internet y televisión. Hay que ser muy valiente o muy insensato para hacer algo así. Para mí, valiente. Y la valentía se merece el éxito. Por eso, las primeras noticias sobre su buena acogida entre el público internauta son fantásticas. Paco León ha abierto camino y ha demostrado que nos mienten con el precio de las entradas y con el pétreo mercado cinematográfico con el que nos hacen tragar.

Paco León merece, por su arrojo, todo lo bueno que le suceda a esta película. No obstante, las pertinentes felictaciones tampoco deben ser un trampolín injustificado para valorar los éxitos de su trabajo. Carmina o revienta dista de ser redonda, quizá también por su rareza intrínseca. Su estructura está más cerca de lo deslabazado que de lo experimental. Su guión puede ser visto más como un descuido continuado que como una genialidad. Hay escenas que rozan lo brillante y otras que uno no sabe muy bien cómo encajar en todo el cuadro. Es cierto que hay algo en ese frikismo rural, campechano y soez (aunque eso último cansa en la comedia contemporánea por facilón) que desprende el personaje de Carmina Barrios que engancha durante toda la película, pero también que en algunas ocasiones se tiene la sensación de que la anécdota ha devorado parte de la historia que necesitaría el filme para sostenerse. Muchos de los 70 minutos de la película son un caminar hacia no se sabe muy bien dónde. Y eso no siempre funciona, al menos no como para componer una película.

El sketch sí funciona, desde el primero hasta el último (el que cierra los títulos de crédito y que acertadamente había sido adelantado en una de las mejores escenas de la película), siempre que se acepten las claves del humor de Paco León y el retrato de sus personajes. Si se entra en el juego, Carmina o revienta no decepciona. Pero si el espectador no lo consigue, seguramente asistirá a la proyección con asombro e incredulidad. Ese es el principal hándicap de esta historia, arriesgada en muchos términos pero también acomodada en otros. Y es que, aunque sorprenda la estructura de la película, más por inusual que por novedosa, no lo hace tanto en el humor que contiene. O, mejor dicho, en el tipo de humor que abandera. Precisamente algunas de las escenas que se salen de lo previsto (el accidente de coche, la primera aparición del cobrador del frac) están entre los mejores momentos de la película.

Carmina o revienta es uno de esos títulos que, por uno u otro motivo, merece la pena conocer. Aunque sólo sea para criticarlo o alabarlo con conocimiento de causa. Una vez visto, si algo queda de verdad es la presencia de María León. Este papel y el de la bonita pero blanda La voz dormida hacen de ella una presencia estimulante y agradecida en el cine español más reciente, aunque cabría esperar de ella en el futuro que amplíe sus registros y demuestre que su estrella puede brillar con más fuerza y en otros géneros. Difundir, en todo caso, proyectos empresariales y cinematográficos como éste casi parece una obligación de todos los que venimos años defendiendo que otro cine es posible. Otra forma de ver cine. Otra forma de comercializar cine. Paco León y Carmina o revienta quedarán para siempre como un modelo para que encuentre su camino el cine español, sea mejor o peor, pues esa es una consideración que discurre paralela pero no cruzada con la forma de explotación.

viernes, julio 06, 2012

'The Amazing Spider-Man', buen cine de superhéroes

El éxtasis provocado por Los Vengadores y el esperado final de la trilogía de Christopher Nolan sobre Batman, que llegará a los cines en julio (¿superará la maravilla que fue El Caballero Oscuro?) han colocado al cine de superhéroes de cómic, en sus más diversas variedades, porque las tiene, en un estado de gracia que será difícil superar. The Amazing Spider-Man, probablemente contra todo pronóstico, se convierte en el tercer eje ineludible de esta especie de subgénero del cine de acción y fantasía. Porque podemos pensar en lo innecesario que puede ser un reboot sólo cinco años después del cierre de una trilogía sobre el personaje, lo aburrido que hubiera podido ser contemplar de nuevo el origen de Spiderman o las dudas que pudiera despertar el cambio de director y protagonistas. Todas esas dudas eran lícitas. Pero ver The Amazing Spider-Man las despeja casi todos, porque ofrece una película tan vibrante como emotiva y que aprovecha con categoría los cánones de una película de origen que ya estableció allá en los años 70 el Superman de Richard Donner y Christopher Reeve.

Primera advertencia para ver The Amazing Spider-Man: no tiene absolutamente nada que ver con las tres películas de Spiderman que hizo Sam Raimi. Es un reboot total, que es fiel al espíritu del cómic pero no sigue al pie de la letra, ni mucho menos, las historias de las viñetas. Segunda advertencia: más que sobre Spiderman, que también, ésta es una película sobre Peter Parker. Que nadie se asuste al comprobar que el superhéroe no aparece hasta la hora de película, y ésta dura 135 minutos, algo que ya sucedía, y con bastante éxito por cierto, en Batman Begins. Tercera advertencia: si todavía no los has visto, huye de los trailers de la película como de la muerte. La maquinaria hollywoodiense todavía no se ha dado cuenta de que con estos avances está matando la experiencia cinematográfica. Y dos advertencias menores más: que nadie salga del cine antes de la escena que aparece después del primer bloque de créditos finales (aunque es decepcionante, en el fondo es la antesala de la más que segura secuela) y que a nadie se le escape el glorioso cameo de Stan Lee, cocreador de Spiderman junto a Steve Ditko. Una biblioteca y música clásica dan la pista para reconocerle.

Lo más importante de esas advertencias está, obviamente, en las dos primeras. El primer cambio que eso produce es que tenemos un Peter Parker adolescente. Tendría que chocar que, con ese planteamiento, el actor escogido para dar vida al personaje, Andrew Garfield (La red social), tenga 29 años. Pero miradle. Observad detenidamente su impresionante interpretación. Es Peter Parker, es un adolescente tímido y con problemas, solitario pero con ganas de hacer lo correcto. Garfield parece haber cobrado vida directamente desde las viñetas de los primeros cómics en los que apareció, por obra y gracia del mencionado Stan Lee y Steve Ditko. Y a su lado cobra vida una Gwen Stacy casi perfecta, con los rasgos de una Emma Stone que se consolida como una de las actrices del momento compaginando película como Criadas y señoras con este tipo de cine. Tienen tanta química juntos que ésta desborda escenas como el precioso intento de Peter de pedirle una cita a Gwen en los pasillos del instituto o la conversación que tienen en la azotea. Los dos están sencillamente maravillosos.

Marc Webb, director de este reboot, era una de las razones por las que cabía dudar de este proyecto. Su bagaje cinematográfico se limitaba a (500) días juntos. Y, sin embargo, parece entender a la perfección no sólo la naturaleza y la personalidad de Spiderman, sino también lo que necesitaba para que esta reinvención pudiera verse como algo totalmente diferente a las tres películas de Sam Raimi. El movimiento de Spiderman es asombroso y reconocible, el nivel de efectos especiales y la interacción con el villano de la película, el Lagarto (al que da vida con categoría en su mitad humana Rhys Ifans), es sobresaliente en todos sus encuentros, especialmente en el clímax final de la película, el momento en el que de verdad tiene sentido el 3D. Porque, sí, ver a Spiderman balanceándose entre los rascacielos de Nueva York en 3D es algo que merece la pena ver. No tanto el resto de la película, y de hecho algo más de la primera hora podría llevar a pensar en otro nuevo timo con las famosas gafas. Y si a eso se añade el placer de ver a secundarios como Michael Sheen, Sally Field (como los tíos de Peter, Ben y May) y Dennis Leary (como el capitán Stacy, padre de Gwen), pocas pegas se le puede poner a este espectáculo.

The Amazing Spider-Man tiene alguna escena que no termina de funcionar, como la detención del atracador de coches, y algún concepto demasiado cinematográfico que inunda una buena historia de cómics, y es que lo de la identidad secreta es algo para estudiar en el cine de superhéroes en general pero que en las cintas de Spiderman alcanza un grado superlativo. Y le tengo algo de manía al diseño del lagarto, demasiado alejado del cómic; al del traje de Spiderman, seguramente porque el de las películas de Sam Raimi me parecía perfecto; e incluso al 3D, aunque el final de esta película me congracia un poco con las dichosas gafas. Pero este filme es una demostración de cómo se puede hacer una espléndida historia de superhéroes que guste incluso a un público que no sienta especial entusiasmo por este tipo de personajes del ideario cultural norteamericano del siglo XX. Es una hermosa historia de desarrollo personal, la de un joven de 17 años cuya vida cambia de repente por un accidente pero que no deja de ser el clásico chaval de mirada embobada con la chica de sus sueños. Sí, hay un lagarto gigante, un tipo que se viste con spandex para luchar contra él y bastantes efectos especiales. Pero todo eso no deja de esconder una historia fantástica y muy, muy, muy entretenida.

Aquí, otra crítica de la película.
Aquí, fotografías de Andrew Garfield, Emma Stone, Rhys Ifans y Marc Webb en la presentación en Madrid del filme.
Aquí, un repaso a las películas de Spiderman que nunca se llegaron a hacer.

lunes, junio 25, 2012

'Juego de tronos' crece en su segunda temporada

Después de una primera temporada atractiva y preciosista, plagada de buenos diálogos y grandes interpretaciones pero insatisfactoria desde algunos puntos de vista, Juego de tronos se encontraba frente a la disyuntiva de crecer o decepcionar. Y crece. Desde luego que crece. Hay que reconocer que, pese a todo lo bueno que tiene, bordea en algunos momentos la decepción porque tarda en explotar definitivamente, pero la valoración global de la segunda temporada es necesariamente mejor que la de la primera, porque ha sido capaz de mantener los elementos más positivos del arranque y, al mismo tiempo, solucionar algunos de los problemas y expandir con acierto el rico mundo de las novelas de Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin. El título de la novela en que se basa, Choque de reyes, ya invitaba a pensar en ese crecimiento, temático y visual, y el resultado final hace honor a las expectativas.

Es evidente que lo mejor de la temporada es el noveno episodio. Blackwater (Aguasnegras) es una ruptura de todo tipo en el devenir de la serie. Sobre todo es una ruptura narrativa, porque es el primer episodio que se centra en un único escenario. La secuencia lo merecía, sin duda. Y aunque no alcanza las cotas de espectacularidad que ofrecía Martin en la novela (quizá ni Peter Jackson, con todo lo que plasmó en El Señor de los Anillos, podría haber hecho justicia a lo descrito en el papel) sí que es una más que digna traslación televisiva de estos eventos descritos en papel. Pero también es una ruptura en cuanto al devenir de la serie. Si algo se hecha en falta en la primera temporada son las batallas. Hay violencia, pero puntual, limitada. No se ve la guerra que amenaza a los Siete Reinos. En la segunda temporada sucede lo mismo. Hasta este noveno episodio. Brutal, genial, violento y épico. Una joya televisiva, escrita por el propio George R. R. Martin, que se olvida en buena medida de todas las restricciones que el formato televisivo puede ofrecer a una historia como ésta.

La ausencia de batallas no sólo restó la esperada espectacularidad durante buena parte de la temporada, sino que ha minimizado por completo el papel en esta segunda temporada de un personaje que estaba llamado a mayores gestas, el de Robb Stark, al que hacen avanzar en la parcela romántica porque en la de guerrero no se le muestra apenas. El cambio no termina de funcionar. Tampoco enganchan tanto como cabría suponer las historias de Daenerys Targaryen o Jon Nieve, siempre a la espera de despegar con largos intermedios en los que apenas avanzan, y al menos hasta el décimo episodio, donde sí se ve algo de lo que se podía esperar. Y es que aunque Blackwater acapare toda la atención no hay que menospreciar el espléndido cierre de la temporada, con un episodio que dura diez minutos más de lo normal y que, por primera vez en esta temporada, hace justicia a todas y cada una de las tramas planteadas en la serie. Sobresaliente es la escena de la Casa de los Eternos de Qarth, en la que se adentra Daenerys y que muestra, como Blackwater pero en sentidos más amplios y sugerentes, la necesaria espectacularidad de este universo.

Esa visiónm más ambiciosam es la que había permitido ver los mejores momentos de la temporada, que obligan a pensar en el final del cuarto episodio y el comienzo del quinto. La tan comentada y esperada escena del parto de Melisandre es sobrecogedora, y el perfecto colofón al seguramente más violento episodio de esta temporada, Garden of Bones. También entre lo mejor se mantienen los diálogos, brillantes, cínicos, cortantes, y las interpretaciones. Tiene mérito que una serie que se vendió como la de Sean Bean haya sobrevivido con semejante vigor a su ausencia. El cásting se confirma como sobresaliente. Crecen algunos nombres que en la primera temporada habían quedado más difuminados como los de Emilia Clarke (Daenerys) o Sophie Turner (Sansa Stark), pero hay pocas dudas de que el actor que se lleva todas las miradas es Peter Dinklage. Su Tyrion es sencillamente memorable y se lleva, sin duda, las mejores escenas actorales de la segunda temporada. Charles Dance como Tywin Lannister, Lena Headey como Cersei o Liam Cunningham como Davos son otros de los nombres que sobresalen por encima del resto.

La segunda temporada de la serie es más valiente en muchos sentidos. En el visual desde luego, aunque eso también es cierto que depende de un mayor presupuesto que aquí sí ha tenido (no siempre hace falta para progresar, ojo; los escenarios naturales aquí son mucho más imponentes que en buena parte de la primera temporada y aspectos técnicos como la música, con mucha más personalidad ahora, ayudan en ese crecimiento). Pero también en lo narrativo. La adaptación televisiva se aleja en bastantes aspectos de la literalidad de Choque de reyes, algo que no sucedía tanto en Juego de tronos. Conociendo el original literario, muchos de los cambios merecen aplausos, como la espléndida interactuación en Harrenhall de Tywin y Arya Stark. La temporada empieza bien, decae ligeramente en su tramo intermedio y acaba con un auténtico terremoto visual y narrativo que hace albergar todavía mayores esperanzas de cara a la reanudación de la serie. Por desgracia, habrá que tener paciencia para ver esa continuación, que no llegará hasta abril de 2013.

Para quien desee leer más sobre esta segunda temporada de Juego de tronos, éstas son las reseñas de cada uno de los diez episodios de los que consta:

Episodio 1, The North Remembers
Episodio 2, The Night Lands
Episodio 3, What Is Dead May Never Die
Epidosio 4, Garden of Bones
Episodio 5, The Ghost of Harrenhall
Episodio 6, The Old Gods and the New
Episodio 7, A Man Withour Honor
Episodio 8, The Prince of Winterfell
Episodio 9, Blackwater
Episodio 10, Valar Morghulis

viernes, junio 15, 2012

'Sácame del paraíso', la realidad es más divertida que el disparate

Sácame del paraíso es una comedia que explica muchas cosas sobre la realidad del género. Se tiende a pensar que el disparate, el exceso, lo extraño e incluso lo grotesco es más divertido que lo real. Los diez primeros minutos de Sácame del paraíso, con las modificaciones asumibles que exige una comedia, están anclados en la realidad; los 88 restantes son presa de ese disparate. Y los diez primeros minutos son lo mejor de la película, lo que en el fondo deja una sensación de cierta insatisfacción. No es que el resto esté mal, aunque hay demasiados momentos que no producen el efecto deseado, sobre todo cuando el filme deriva en la habitual y cansina acumulación de chistes sobre sexo sin los que ninguna comedia de hoy en día parece capaz de sobrevivir, pero hay una notable diferencia entre el arranque y el resto, entre la realidad y el disparate. La otra sensación que deja la película es que la comedia tampoco parece dar pasos hacia adelante, sólo sale del paso a la espera de algún renovador.

Saltémonos el argumento de la película para no dar pistas. Sólo hay que decir que Sácame del paraíso va sobre una pareja que cree saber hacia dónde conduce su vida y, de repente, se da cuenta de que no tiene ni idea y por eso, aunque por accidente, coge un camino que jamás hubiera escogido. La pareja la forman Paul Rudd y Jennifer Anniston. Para los que estuvieron diez años enganchados a Friends será todo un shock ver un cambio de parejas tan radical con respecto a la serie, pues el personaje de Rudd se casó con Phoebe y el de Anniston fue el amor eterno de Ross. Quizá sólo sea por los actores, pero da la sensación de que, de alguna manera, hay un deliberado propósito de recuperar parte del humor de Friends. O quizá sea algo intencionado por parte de David Wain, director del filme y de títulos no muy recordados como Mal ejemplo o Los diez locos mandamientos. El caso es que no termina de conseguir esa sensación a lo Friends, por mucho que se atisbe.

La verdad es que tanto Rudd como Anniston se meten de lleno en el cliché que suponen ellos mismos. Son el personaje que uno espera ver. No hay, en realidad, sorpresa alguna en sus actuaciones o en sus papeles. Y son cómicos decentes que conocen su oficio, pero el encasillamiento es un peligro real a la hora de ver y valorar esta película. Quizá por eso hay que buscar más allá de la pareja protagonista. No tanto en el histrionismo de Justin Theroux (Mulholland Drive) o en la belleza tópica de Malin Akerman (Watchmen), sino en el divertido personaje de Alan Alda (fundador de la extraña comuna en la que se desarrolla la película), en el simpático hallazgo de Joe Lo Truglio (un escritor nudista que adora hacer su propia vendimia) o en el cameo final de un conocido actor, quizá lo mejor del resto de la película junto con la hilarante secuencia del sueño que tiene uno de los protagonistas.

Los diez primeros minutos sí parecen marcar una diferencia. Quizá no haya en ellos una película que haber explotado, pero el tono sí parecía el adecuado para ofrecer algo diferente, el gag funcionaba, las actuaciones también y las situaciones, más que cotidianas, eran divertidas. Pero a partir de ahí llega el desenfreno, la locura y lo extravagante. Y, por supuesto, todo acaba desencadenando en el sexo, tema principal de la casi totalidad de los chistes de la comedia moderna, y que culmina en un monólogo ante el espejo de Rudd al que, la verdad, no consigo verle la gracia. Hay algún atisbo de originalidad (como el mencionado sueño o los efectos de las drogas en otro de las protagonistas) y bastantes momentos divertidos, pero en el fondo Sácame del paraíso es otra comedia más. Una entretenida, desde luego, pero poco más. ¿Suficiente? Puede que sí, porque en el fondo se trata de pasar un buen rato con un argumento inverosímil. Pero me hubiera gustado ver una comedia que recorriera los caminos de la realidad que se apuntan en los primeros diez minutos...

martes, junio 12, 2012

'Superman vs. la Élite', el mejor Superman animado hasta la fecha

Aunque no consiga la misma difusión, ni arranque el mismo interés entre espectadores y medios de comunicación, lo cierto es que la animación lleva años explotando lo que el cine comercial sólo consigue de vez en cuando. El cómic de superhéroes tiene en los dibujos animados el vehículo perfecto para hacer realidad no sólo los sueños de los aficionados sino también un buen cine sin complejos. Superman vs. la Élite, la última película de animación protagonizada por el Hombre de Acero, es probablemente la mejor que se haya hecho con el protector de Metropolis como protagonista y con esta técnica. No sólo es un gran vehículo de acción y ciencia ficción, uno que la acción real todavía no es capaz de mostrar con tanta verosimilitud salvo en contadas ocasiones, sino también una más que interesante reflexión sobre el papel del superhéroe en el siglo XXI, en un mundo en el que la violencia se ha abierto camino como medio para solucionar los problemas y el altruismo desinteresado parece estar pasado de moda.

Superman vs. la Élite pone sobre la mesa de debate los métodos de Superman para detener a los criminales. ¿Basta con encarcelarlos? ¿O hay que ir más lejos para evitar que se escapen y vuelvan a delinquir a sus anchas? La Élite es un grupo de cuatro personajes con poderes dispuestos a imponer sus propias vías. Sus caminos no han sido tan luminosos como el de Superman, no han crecido con una educación llena de valores e ilusiones y no tienen la intención de ser tan altruistas y misericordiosos como lo es Superman. Para ellos, el mejor villano es el villano muerto. El desarrollo en imágenes es a veces tan duro como la propia premisa, bordeando los límites que se antojan como tradicionales en una producción de dibujos animados. Ahí sí se nota el paso del tiempo y, manteniendo el buen gusto narrativo, ahora se pueden ver en pantalla cosas que hace no tantos años parecían imposibles.

Es difícil resistirse a comparar esta película de Superman con los filmes de acción real. Es, obviamente, mucho más espectacular ver escenas de acción con un héroe de carne y hueso. La animación siempre estará un peldaño por debajo por el aura de irrealidad que desprende una línea trazada. Pero, al mismo tiempo, esa técnica permite ir mucho más lejos. Las grandes piezas de acción de Superman vs. la Élite son formidables. Se siente el poder de Superman y de sus oponentes. "Creerás que un hombre puede volar", decía el eslógan del primer Superman, el que Richard Donner hizo en 1978. La animación permite mostrar mucho más que eso. Igual Zach Snyder lo desmiente cuando el próximo año estrene The Man of Steel, el reboot que ha cocinado Christopher Nolan, hasta ahora el único capaz de mostrar en la pantalla, con su imprescindible trilogía de Batman, el lado más oscuro del superhéroe.

También es importante Superman vs. la Élite porque muestra algo que aún no hemos visto en pantalla: a Lois Lane y Clark Kent casados. La película, de hecho, potencia la presencia de la reportera del Daily Planet con respecto al cómic de apenas 39 páginas en que está basado el filme. Es un gran acierto por muchas razones. La principal, que da un contrapeso emocional a la parte más espectacular de la película. Los diálogos entre Lois y Superman/Clark son espléndidos, ágiles, ácidos incluso. Hacen de Superman el personaje de carne y hueso que sus poderes muchas veces impiden que se vea. La presencia de esas escenas sirven para entender al clásico boy scout que Superman siempre ha sido, pero también su evolución en el espectacular clímax final de la película.

El cómic en el que se basa la película, publicado en el número 775 de Action Comics en 2001, es uno de esos títulos controvertidos que unos sitúan entre las grandes historias de Superman y otros entre las más sobrevaloradas. El filme consigue explotar lo mejor de aquel cómic, que es la idea subyacente, y le da un envoltorio psicológicamente más completo. Los cuatro personajes que forman la Élite, en especial su líder, Manchester Black, también se hace más humanos. Es más fácil entenderles en la película que en el cómic, donde su papel se limita a ser de refuerzo del debate que plantea el guión y de villano a combatir. Aquí hay incluso otros villanos, un fantasma realista anclado en la política internacional o un extravagante ser atómico. Ambas dimensiones funcionan muy bien en la película. Por ello, Superman vs. la Élite es el mejor filme de dibujos animados que se ha hecho hasta la fecha con el personaje. Y el personaje es una leyenda de la ficción del siglo XX. Igual con eso basta para dar a entender que son 76 minutos que valen la pena.

viernes, junio 08, 2012

'Las chicas de la 6ª planta', divertida pero conformista

Las chicas de la 6ª planta no es Criadas y señoras. No intenta serlo, no tiene los mismos objetivos ni consigue los mismos resultados, ni se acerca en realidad, pero parece necesaria la separación entre ambos títulos desde el principio por las ciertas coincidencias que hay en sus temáticas. Esta película francesa, que a pesar de tener un reparto y un enfoque eminentemente español llega a nuestro país con año y medio de retraso, es una comedia romántica. Lo es con todas sus virtudes y defectos. Esto es, consigue ser divertida y simpática durante la mayor parte del metraje, pero contiene un mensaje conformista, buenista y en ocasiones hasta demasiado agradable, más teniendo en cuenta que pretende reflejar una lucha de clases. La falta de aspiraciones impide que hablemos de un título para recordar, pero no molesta durante el visionado de un título correcto y que lleva por buen camino su ingenuidad. Eso sí, también hace pensar que podría haber sido una película más grande. Como, por ejemplo, Criadas y señoras.

Rodada en 2010 y estrenada en Francia en febrero de 2011, el retraso en llegar a España tiene que ser un motivo para la reflexión. La película cuenta la historia de un grupo de mujeres españolas que, en los años 60, en pleno franquismo, se trasladan a Francia para trabajar como criadas. Tema propio y lenguaje casi propio, pues la película tiene tantos momentos en español como en francés, en una conjunción bien llevada y que no saca en ningún momento de la película. Y tiene actrices españolas, ya que Las chicas de la 6ª planta reúne a un grupo de intérpretes femeninas de prestigio, fama y presencia habitual en el cine de nuestro país. Sin embargo, ni por temática ni por nombres ha conseguido esta cinta evitar un estreno año y medio más tardío en España que en Francia. Lo entiendo como un claro síntoma de que en España no interesa demasiado el cine español o, como este caso, que huela a español.

Es más sangrante la situación si tenemos en cuenta que la película, por sí sola, se sostiene bastante bien. Insisto, dentro de sus pretensiones. Aunque una de las criadas es comunista, que nadie espere una reflexión sobre el régimen franquista. Lo hay en alguna escena suelta, permitiendo cierto y efímero lucimiento a Lola Dueñas, pero no es el tema de la película. El tema es una historia de amor con tintes de comicidad. La historia de amor, clasista, es entre el señor y la criada, por supuesto. Tópico a la vista, pero un tópico tratado con cierto buen gusto. Hay que hacer muchas concesiones para creerse algunas partes de la historia, pero hay mucha naturalidad en el aprendizaje de Jean-Louis (un divertido Fabrice Luchini) sobre las diferencias entre su vida y la de las criadas que viven juntas en la sexta planta de su edificio y las que hay entre la buena vida en Francia y las penurias en España. Natalia Verbeke da un buen contrapunto a Luchini y, salvando el buenismo en ocasiones un tanto inverosímil que desprende la película, hay una apreciable química entre ellos.

Para Carmen Maura queda el personaje, digamos, de prestigio, ese secundario de autoridad que parece una obligación en una película de este estilo. Maura es una buena actriz y consiguió el César por este papel. La verdad es que no da tanto juego como para que el personaje se coma la película, por lo que no es descabellado entender el premio, como tantos otros, como un recominiento a su carrera. En todo caso, su Concepción da cierta solidez al conjunto. No hay genialidad en su metraje, pero con esa solidez actoral, el contraste entre el lujo de la aristocracia parisina y la precariedad del mundo de las criadas, el folkore español (que se incrusta incluso en la banda sonora con un repetitivo uso de la guitarra española) y algunos momentos divertidos, Philippe Le Guay consigue material más que suficiente para lograr una comedia agradable sin demasiadas pretensiones, tópica y excesivamente edulcorada, pero adecuada en su duración (106 minutos) y en su tono. Para pasar un buen rato sin demasiadas expectativas.

lunes, junio 04, 2012

'Blancanieves y la leyenda del cazador', otro cuento fallido

No anda muy fino Hollywood a la hora de plantear revisiones de cuentos clásicos. Blancanieves ha tenido dos adaptaciones y las dos han sido fallidas. Esta segunda, Blancanieves y la leyenda del cazador, es bastante mejor que Blancanieves (Mirror, Mirror), pero está tan llena de inconsistencias e incoherencias que es bastante complicado terminar la película y creerse que se ha pasado por una experiencia gratificante. Es igualmente complejo entender el empeño en colocar un título de un cuento clásico a una historia que, en realidad, quiere distanciarse tanto del original (adaptar Blancanieves no es colocar una manzana, una reina, una princesa y siete enanitos a lo largo del relato, como parece que creen los autores de ambos filmes), por loable que sea el intento de ofrecer una versión tétrica y oscura de esa historia. Y es que da la sensación, y es una sensación que ofrecen docenas de adaptaciones contemporáneas de relatos clásicos, de que hay un guión que guarda ciertas similitudes con algo ya conocido y se le pone el título intentando que alguna ley del márketing que conocerán los entendidos atraiga al público a las salas de cine.

Blancanieves y la leyenda del cazador parte de un error conceptual en el que se ha venido insistiendo desde que se conoce el reparto de la película, desde que se vieron las primeras fotos, y que la película corrobora por completo: Charlize Theron es una mujer mucho más guapa, atractiva y carismática que Kristen Stewart. Ya le puede poner la protagonista de Crepúsculo todo el empeño que quiera, que su rival femenina gana por goleada a lo largo de toda la película. Se nota en cada fotograma en que aparecen las dos, juntas o por separado. Y eso, cuando el peso de la historia se pone precisamente en la belleza, es una cojera irresoluble para la película ya desde su planteamiento. En todo caso, es una cuestión más de carisma que de atractivo físico. Quizá por eso el márketing, de nuevo el márketing, ha hecho hincapié en las imágenes de una Blancanieves guerrera (que sólo aparece en los últimos veinte minutos) y no en la hermosa princesa que todos recordamos del cuento. Charlize Theron, de hecho, es lo más destacado del filme, lo más sincero, lo más concordante con los objetivos de fábula oscura que asume el director, el debutante Rupert Sanders.

No se puede negar que esa deseada atmósfera se consigue, al menos parcialmente y a pesar de escenas tan extrañas como la de ese bosque mágico tan difícil de encajar en la película. Y es de agradecer esa aproximación oscura a un cuento para niños, que en el fondo siempre esconde elementos aterradores. Pero se derrumba por la mencionada inconsistencia del filme. Hay tantas escenas, tantas situaciones y tantas soluciones que provocan perplejidad o que obligan a formular preguntas absurdas que, tomadas en serio, arruinan por completo el visionado del filme. Desde las ingentes habilidades de supervivencia (¡y combate!) que tiene una Blancanieves que se ha pasado años encerrada en una celda de mínmo espacio a los absolutamente inverosímiles sentimientos de amor que inundan la película, pasando por el papel intrascendente y anecdótico que juegan aquí los enanos, de nuevo ninguneados en la historia como ya pasó en Mirror, Mirror. Analizar escena por escena, insisto, destroza todo lo que plantea el filme, incluyendo el clímax de la película, y es una pena porque visualmente sí hay bastantes logros notables.

Blancanieves y la leyenda del cazador es una película de ritmo mucho más lento de lo que requería, a la que le sobran algunos minutos y que no termina de aprovechar los aciertos que tiene para nivelar la balanza a su favor. Quizá es que no termina de tener claro si quiere ser un relato épico, que no lo es tanto, o uno fantástico, que tampoco termina de serlo en algunos momentos. Y así transcurren dos horas que no es que sean abiertamente malas (sí lo eran en el caso de Mirror, Mirror) pero que incurren en numerosos errores y no saben aprovechar las bazas que podría haber jugado la película. Poco importa la Blancanieves de Kristen Stewart y casi menos el cazador de un Chris Hemsworth todavía muy encasillado en su papel de héroe extraído de Thor. No es una película romántica, no es un relato fantástico, no es un cuento épico. ¿Y entonces qué es? No termino de tenerlo claro. O al menos no termin de ver qué quiere ser. Pero uno ve a Charlize Theron y se le olvidan todos los problemas durante un instante... Sólo un instante, eso sí, porque lo que queda al final es otra adaptación fallida de un cuento clásico. ¿Será que sólo Disney sabe acometer esta tarea sin caer en problemas tan evidentes?

viernes, junio 01, 2012

'¡Por fin solos!', se confirma la decadencia de Lawrence Kasdan

Qué lejos quedan los tiempos en los que Lawrence Kasdan era un cineasta brillante y diferente, capaz de dotar a la saga de Star Wars de un vigor impensable para muchos con su portentoso guión de El Imperio contraataca, de calentar una sala de cine como pocas veces se había hecho con Fuego en el cuerpo o de hacer crónica social de altura con Grand Canyon. ¡Por fin solos! es una comedieta simple, demasiado simple viniendo de quien viene, con algunos momentos divertidos como no podía ser de otra manera, pero en conjunto una muestra de que este director, que sólo ha hecho dos películas en lo que llevamos de siglo, está en clara decadencia y muy lejos de su interesante filmografía de los años 80 y 90. Se intenta, porque es Lawrence Kasdan, porque son Kevin Kline y Diane Keaton, pero cuesta encontrar elementos para pensar que este filme es verdaderamente rescatable. Es simpático, sí. Pero nada más. Y de alguien como Kasdan hay que esperar mucho más.

Es difícil encontrar una línea maestra que guíe el cine de Lawrence Kasdan, desde que allá por 1980 escribiera el guión de la segunda entrega de Star Wars y sólo un año después debutara como director con Fuego en el cuerpo. Si la hay, estaba en su maestría para crear personajes, dotarles de una psicología y de una historia y así convertir seres de papel en hombres y mujeres de carne y hueso. Y le daba igual que el entorno en el que se movieran esos personajes fuera de ciencia ficción o de realismo puro y duro. Quizá la última gota de genialidad hay que buscarla en la muy desconocida Mumford, que se estrenó nada menos que en 1999. Desde entonces, sólo había dirigido y escrito una película, Los cazadores de sueños, en 2003. Sin ser un tiempo excesivamente alarmante, que ¡Por fin solos! se rodara en 2010 y haya visto pospuesto su estreno a casi el verano de 2012 es ya un indicativo de que no estamos precisamente ante el resurgir de la genialidad de Kasdan en décadas anteriores. Por desgracia.

Y es algo a reprochar, porque el reparto es como para sacar partido de cualquier historia, por endeble que fuera. A ratos parece funcionar, todo hay que decirlo. Lo mejor de la película, de hecho, está en los sorprendentemente escasísimos momentos de interacción entre Kevin Kline (otro al que se echa en falta haciendo personajes protagonistas más a menudo) y Diane Keaton, o cuando el primero da rienda suelta al genio cómico que lleva dentro, quizá más cínico que de costumbre pero igualmente divertido. No obstante, siendo justos, la genialidad y la efectiva comicidad sólo aparece muy de vez en cuando en esta película. Algún momento de Richard Jenkins, algún otro de Dianne Wiest, algún que otro toque exótico de Ayelet Zurer... Aún así, todo queda demasiado escaso. Quizá el problema, insisto, sea el baremo que se le quiera aplicar a la película. A mí Kasdan me ha dado grandes momentos (ese resurgir del western en los años 80 con Silverado, esa nostalgia de Reencuentro) y le exijo acorde a su capacidad. Quizá otros vean en ¡Por fin solos! una comedia agradable sin más pretensiones.

En el fondo, lo es. Pero muy en el fondo. Lo dicho, esos momentos de diversión puntual puede que salven la película. Pero lo que cuenta es demasiado episódico, trivial e intrascendente. No termina de haber una historia equilibrada (sorprende una secuencia de animación, totalmente ajena al tono y al ritmo de la película), no es fácil saber si Kasdan (ayudado en el guión por su esposa, Meg) pretende contar lo que supone ser una mujer con el síndrome del nido vacío, porque las hijas apenas tienen un rol en el engranaje de la película. Tampoco si quiere hacer el retrato de un matrimonio en crisis, porque la historia del perro se lleva buena parte del protagonismo. Es difícil definir de qué va ¡Por fin solos!, incluso su argumento no daría demasiadas pistas y, en cambio, estropearía de contarlo aquí algunas de las sorpresas de la película. Quizá no sea más que una reunión de viejos amigos (sobre todo Kasdan y Kline) para pasar un buen rato rodando. A mí desde luego, se me antoja tan escaso... Echo de menos al Lawrence Kasdan de hace dos décadas. Y empiezo a pensar que ese ya no va a volver.

sábado, mayo 26, 2012

'Men in Black 3', eficaz y olvidable divertimento

Han pasado diez años desde que se estrenó Men in Black 2, que as u vez llegó a los cines cinco años después que Men in Black. Entonces, en 1997, narrar las andanzas de estos hombres de negro, una agencia secreta norteamericana que se dedicaba a detener a los criminales alienígenas en la Tierra, fue un concepto simpática. Hoy parece algo superado, pero sigue siendo un divertimento digno y eficaz. Algo olvidable precisamente porque ya no esconde ni ofrece sorpresa alguna y porque esta segunda secuela sabe de sus limitaciones y se vuelca en el humor por encima de cualquier otro aspecto. Quizá incluso haya algo de cansancio, lo que explica por qué la historia obliga a buscar un sustituto a Tommy Lee Jones durante buena parte del metraje. Y es que aquí, por si quedaba alguna duda, la estrella ya es Will Smith. Lo mejor, insisto, es que es digna, cosa que no pueden decir todas las secuelas de películas de éxito que llegan con tanto retraso. Lo peor, que no hay nada nuevo en el horizonte y que la historia es muy, muy pequeña.

La eficacia de Men in Black 3 pasa por el hecho de que tiene momentos divertidos, por el disfrute de ver a Will Smith y Tommy Lee Jones retomando sus personajes de forma identificable, como si, en realidad, no hubieran pasado los quince años que han transcurrido desde la primera película de la serie cinematográfica (no olvidemos que está basada en un cómic y que, posteriormente, hubo una serie de dibujos animados). Pero son esos quince años el principal problema de la cinta. A estas alturas, no hay muchas explicaciones narrativas que justifiquen esta secuela y sus responsables parecen tenerlo tan claro que no han dudado en reemplazar a uno de los dos actores protagonistas para abordarla. ¿La excusa? Un viaje en el tiempo, y así el personaje ya puede interpretarlo otro actor más joven. Ya en las escenas en el presente da la sensación de que a Tommy Lee Jones le han quitado arrugas digitalmente. Lo que es innegable es que colocar a Josh Brolin es un acierto de casting.

Brolin, aunque lejos, muy lejos, de sus mejores papeles, es un actor interesante y le da un toque diferente a la dinámica entre J y K, fiel a lo que ya se había visto en las dos primeras películas y a la vez con un poco de frescura. Eso es, en realidad, lo mejor que ofrece Men in Black 3. Puede parecer absurdo, pero a Will Smith se le ve ya algo mayor para el tono juvenil de su personaje, que se mantiene intacto sobre el papel. La presencia de Emma Thompson no hace sino confirmar otra de las tendencias actuales de Hollywood y sus películas llamadas a ser éxitos, la de colocar actores conocidos más por otras facetas de sus carreras en personajes secundarios, casi de relleno. Y sí, tiene cierta gracia ver en las pantallas a pretendidos alienígenas encubiertos entre los personajes más famosos de la actualidad, pero tenía más cuando se hizo el chiste por primera vez en la película que dio origen a lo que ya es una trilogía. Así, la única gran novedad a agradecer es el escenario histórico en el que se desarrolla el modesto clímax de la película, y es que Hollywood sabe rendir homenajes de vez en cuando a su propia historia.

Esta tercera parte asume desde el principio que es una película pequeña, comparada con las dos anteriores y también con el blockbuster veraniego de Hollywood en la actualidad. El malo de la función, interpretado por el cómico y cantante Jemaine Clement, lo evidencia desde el principio. Sí que hay una invasión alienígena de fondo (que se ve minimizada a lo bestia por el gran superespectáculo del año, Los Vengadores, e incluso por el final de la tercera entrega de Transformers, con las que no hay comparación posible), pero es una historia muy pequeña y personal la que se cuenta en esta secuela. Y el añadido del 3D supone otra sospecha más sobre el oportunismo de este filme y de sus verdaderos objetivos. Claro, luego no deja de ser una película de Men in Black, trufada de detalles que son simpáticos, algunos relativos a las dos películas anteriores (aunque no es imprescindible verlas, ni siquiera conocerlas, para entender esta historia), y eso suaviza el juicio final a Men in Black 3. Pero es evidente que es una película para fans de la saga o de los actores, porque parece difícil que enganche a alguien nuevo.

viernes, mayo 18, 2012

'Profesor Lazhar', hermosa reflexión sobre la muerte

Si hay un miedo más que presente antes de ver Profesor Lazhar es que la presencia de tantos niños ablande el análisis, infantilice el mensaje y reduzca el efecto de la película. Basta la primera escena para disipar esas dudas por completo y comprobar que no es así, que estamos ante una historia madura y serena, reflexiva y emotiva. Profesor Lazhar, la película canadiense que se quedó a las puertas del Oscar al mejor filme de habla no inglesa en la pasada edición de los Oscar, es una hermosa reflexión sobre la muerte, sobre la tragedia y sobre las consecuencias de nuestros actos. Hermosa, y no sólo por el más que correcto trabajo de un numeroso reparto infantil, sino también por la lograda interpertración de su protagonista, el argelino Fellag y la más que competente labor de Philippe Falardeau como guionista y como director, que sabe encontrar momentos para el drama y momentos para la comedia sin caer en sensiblerías facilonas y sin ofrecer respuestas a problemas que en la vida real no las tiene.

Profesor Lazhar empieza con un puñetazo en el estómago. Y no tarda en revelarse como una película de tragedias cruzadas. La de ese profesor de origen argelino que va a parar a un colegio público de Montreal (fabuloso, carismático y muy creíble Fellag), la de toda una clase que pierde a su profesora en dramáticas circunstancias y en especial la de dos de esos niños, por un lado Alice, una chiquilla inteligente, perspicaz y más adulta de lo que se presupone a su edad por las continuas ausencias de su madre, y por otro Simon, un pequeño de compleja personalidad y temores ocultos que acabarán estallando en el momento más insospechado. El filme no sólo trata sobre tragedias, sino también de la forma de encararlas que tenemos cada uno y cómo los secretos que guardamos pueden impedir la naturalidad a la hora de afrontar una muerte inesperada. Hablar de estos temas con un reparto plagado de niños, insisto, tiene un mérito incuestionable.

Falardeau demuestra inteligencia ya desde esa primera escena que marca el tono de la película, muy bien rodada, una espléndida presentación de los niños protagonistas.Y la sigue mostrando a lo largo de todo el filme, dando información poco a poco, sin agobiar y sin presionar una narrativa sosegada, sin descansar la estructura de la película en la necesidad de sorpresa sino en el fluir sereno de la vida cotidiana. Lo que pasa en la pantalla pasa porque tiene que pasar, como resultado de un proceso de desarrollo en los personajes, humanos y creíbles todos ellos, desde los protagonistas a los secundarios como el profesor de gimnasia, la madre de Alice o el niño árabe, que se convierten en figuras de carne y hueso en la mente del espectador a pesar de tener poco tiempo en pantalla. Con todos ellos se crea un univeso singular en el que cada pieza tiene algo importante que decir para sanar las heridas que tienen los corazones de los protagonistas. Heridas dolorosas, heridas realistas, heridas que emocionan.

No es Profesor Lazhar una película que quiera parecerse, precisamente, a El club de los poetas muertos. Ni siquiera a Hoy empieza todo. El foco no está en la enseñanza. De hecho, la situación personal del protagonista me ha recordado más a Mumford, esa pequeña gran película de Lawrence Kasdan que casi nadie recuerda (y cuyo argumento, porque en su comparación desvela algo de la historia de este filme canadiense, no recomiendo consultar antes de ver Profesor Lazhar) que a cualquier otra película con profesor carismático de por medio. En realidad, Profesor Lazhar me suena diferente y auténtica, conmovedora y divertida. Y es, al mismo tiempo, una película que no se sustenta sólo en sentimientos, por poderosos que estos sean a lo largo de la poco más de media hora que dura el filme. Se sustenta también en las bases del cine, en una sabia colocación de la cámara, en una bonita planificación y en un buen trabajo de diseño producción, que hace que los escenarios transmitan tanto como los sucesos. Una buena película, de esas que permanecen en la cabeza y obligan a pensar los temas de los que trata.

lunes, mayo 14, 2012

'Sombras tenebrosas', Tim Burton sigue perdido

Después del enorme fiasco que supuso Alicia en el País de las Maravillas en la carrera de Tim Burton, su siguiente película, Sombras tenebrosas, adquirió de repente una importancia capital en su filmografía. Había que juzgar si el sorprendente y personal autor seguía teniendo ese toque que le permitió convertirse en uno de los grandes fabulistas del cine contemporáneo y éste parecía el título clave para hacerlo. Pero Sombras tenebrosas no resuelve las dudas. Es un paso adelante desde Alicia, una leve recuperación, eso es indudable, pero parece obra del personaje que Tim Burton ha querido hacer de sí mismo más que del director que es capaz de ser. Parece una obra de la que este mismo director habría sido capaz de sacar mucho más partido en los años 80 que ahora. Y aunque da la sensación a priori de ser un material perfecto para él, gótico, siniestro y macabramente divertido, se queda en la reafirmación de que es un artista visual como hay pocos en el cine moderno, pero olvidando la importancia de la historia y de los personajes, escasos a todas luces.

Sombras tenebrosas está basada en una serie de culto de los años 60. No es que eso sea especialmente importante en la filmografía de Burton, que en numerosas ocasiones ha sabido sacar partido a un material ajeno. En esta ocasión, no obstante, sólo lo consigue a ratos. Por el material que tiene entre manos y por el enfoque que quiere darle, da la impresión de que Tim Burton quiere repetir las sensaciones que le dejó Bitelchús, su segundo filme, una historia fantástica con toques cómicos, con un protagonista central masculino y un potente reparto femenino. Pero se queda lejos, muy lejos, de la frescura que emanaba aquel divertimento freak que protagonizó Michael Keaton. Tiene Sombras tenebrosas escenas logradas, como el buen prólogo con el que arranca, pero el conjunto se antoja frío y bastante desaprovechado. Parece un título equivocado en este momento de su carrera, una fórmula de la que podría haber sacado un resultado mucho mejor hace años y, por todo ello, un producto desilusionante. Pasable para cualquier neófito, pero no para los que esperábamos el resurgir de Burton.

La película, que no ha tenido demasiada promoción previa y las sospechas de los motivos no son demasiado halagüeñas, cuenta la historia de Barnabas Collins, un vampiro que ha pasado doscientos años en un ataúd, encerrado por una bruja que decide lanzarle una maldición por no haberse enamorado de ella y sí de otra mujer. Cuando sale de su inusual prisión se encuentra en el año 1972. Evidentemente, el contraste entre lo que conoce un aristócrata del siglo XVIII y la realidad de los años 70 del siglo XX es el motor cómico de la película, aunque para ello abuse de tópicos como el de los hippies. Aunque Burton parece acomodado en esas escenas de comedia gótica, lo cierto es que lo mejor de Sombras tenebrosas está justo en el lado opuesto, en la historia de fantasmas. Apoyado en la música de Danny Elfman (él siempre mantiene su sobreslaiente talento en cada colaboración con Burton), crea una lograda ambientación. Ahí los excesos de Burton sí encajan. Pero la película falla porque, a la endeblez de la historia, hay que añadir un flojo desarrollo de los personajes que hace moverse al filme en una montaña rusa de altibajos difícil de asimilar.

Son muchos los motores de Sombras tenebrosas que no encuentran un desarrollo adecuado. Parece iniciarse como una trágica historia de amor, pero sólo se recuperan esos elementos de vez en cuando. Se configura después como una historia iniciática de la joven Victoria Winters (Bella Heathcote), pero el personaje desaparece de la narración durante incontables minutos. Parece después un duelo entre mujeres (duelo de bellezas y talento a cargo Michelle Pfeiffer y Eva Green, con el añadido de una más comedida que de costumbre Helena Bonham Carter y una Chlöe Moretz más entonada en muchos momentos que sus compañeros de reparto) con un hombre en el centro (Johnny Depp), pero tampoco termina de asentarse esa concepción. Y cuando termina la película es difícil saber de qué va realmente Sombras tenebrosas, más allá de ser un nuevo ejercicio de virtuosismo visual como tantos otros que ha ofrecido Burton a lo largo de su carrera. Si se da cuenta de que se deja por el camino a sus actores, muy esforzados en sacar algo productivo pero sin demasiado a lo que agarrarse, alguien tendría que recordarle que ahí, tanto como en su imaginería visual, es donde estaba el atractivo de su cine.

Porque cada instante y cada personaje de Bitelchús, Eduardo Manostijeras, Batman, Ed Wood o Big Fish tenía atractivo, tanto en las páginas del guión como en el cuaderno del diseñador de vestuario o en las ilustraciones del propio Burton. Pero en Sombras tenebrosas no sucede y demasiadas cosas caen en el olvido con una facilidad inhabitual en las películas de este director. Cansa ya ver a Johnny Depp prácticamente fotocopiando sus personajes de una película de Burton a otra (y eso que aquí está mejor que en Alicia o en Charlie y la fábrica de chocolate), y es una pena ver que los personajes de la siempre maravillosa Michelle Pfeifer o la cada vez más prometedora Chlöe Moretz están tan poco desarrollados y mal encajados en la historia sin demasiado talento. Sólo la sensual malvada de Eva Green adquiere cierta entidad, aunque la rocambolesca escena de sexo, paradigma de todo lo que falla en esta película, y el exagerado final (¿no recuerdan muchas cosas, aunque sea superficialmente a la entretenidísima Stardust?) acaban por romper la escasa magia conseguida hasta ese punto. Tim Burton vuelve a decepcionar. Menos que en Alicia porque Sombras tenebrosas se deja ver. Pero al genio de Burbank se le añora en las dos horas largas que dura esta película.

miércoles, mayo 09, 2012

'Battleship', infumable remedo de 'Transformers', 'Independence Day'... y un juego de mesa

Esto es lo que pasa cuando tienen el éxito que tienen películas como Transformers, y sus secuelas, cada una peor que la anterior y todavía amenaza Michael Bay con una cuarta entrega. ¿Y qué pasa? Pues que siempre sale algún entendido en marketing que se cree que ha encontrado la gallina de los huevos de oro y quiere fotocopiarla para seguir ganando dinero. Battleship es heredera directa de Transformers, en su ¿estilo? y en su ¿historia? Pero, es además, una mezcla de varios centenares de tópicos, de películas como Independence Day (vapuleada en su día pero que ahora, casi dos décadas después, igual ya se puede decir que era la más honesta y divertida de todas estas megasuperproducciones infantiloides) y, lo que faltaba por oír, de un juego de mesa. Pásmense los que no lo sepan todavía, Battleship es la adaptación a la gran pantalla de lo que en España se conoce como hundir la flota. Eso sí, el modo en el que los guionistas logran incluir las características del juego en la película es algo digno de ver.

Ver una película como Battleship sin tener claro de antemano que se va a ver un filme malo de solemnidad es un craso error. La clave para salir más o menos cabreado de su visionado es directamente proporcional a las vueltas que le queramos dar a la cabeza con este subproducto multimillonario. Será que me puede la ingenuidad, pero sigo convencido de que es posible hacer un cine épico y espectacular que no tome al espectador por un imbécil descerebrado, que es lo que hace Battleship desde el principio hasta el final, desde el facilón homenaje patriotero a los veteranos de guerra a la imprescindible inclusión de personajes tan variopintos como la rubia ex modelo de prominente escote y camiseta de tirantes (Brooklyn Dekker), el secundario cómico supuestamente inteligente, el protagonista bueno para nada que acaba salvando al universo y ganándose el reconocimiento del mundo entero (Taylor Kitsch), o el negro de turno (aquí encima con el añadido de no tener piernas, lo que añade una segunda minoría a contentar). Como los tiempos cambian, ya es necesario dar un toque de globalización y amistad entre razas y naciones.

Llama la atención que Battleship haya tenido un razonable éxito de taquilla, sobre todo si tenemos en cuenta que el otro gran vehículo de acción que protagoniza este año Taylor Kitsch, John Carter, ha sido un rotundo fracaso tanto de crítica como de público. Y, la verdad, las aventuras del héroe de Edgar Rice Burroghs en Marte son infinitamente más entretenidas que las de este combate de hundir la flota. Kirsch sigue siendo un actor que no transmite carisma a sus personajes, ni siquiera aunque aquí Peter Berg se tome una larguísima media hora en presentarle, con todas sus torpezas y debilidades para que al final nos asombremos aún más de sus hazañas. Battleship también confirma que este tipo de cine debe de dar mucho dinero a sus intérpretes. Si no, es imposible entender la presencia de Liam Neeson. O la de Rihanna, a la que le vendría mucho mejor volcarse en una carrera artística suficientemente satisfactoria con la música que tener papeles tan lamentables (y multiusos, sabe hacer de todo) como éste.

Visualmente sí es una película medianamente digna. Los efectos, al nivel de lo esperado, cumplen razonablemente bien. Pero ni las naves ni las criaturas aportan algo novedoso o arriesgado. Tanto se parece todo a Transformers que, en realidad, parece un intento de Hasbro de continuar al éxito de los robots transformables sin necesidad de depender de Michael Bay. Reconozco que encontré memorable un detalle: la forma en la que han adaptado los pivotes con los que marcábamos los tocados en nuestros barcos. Ese "memorable" seguramente se puede tomar por el lado más irónico, para qué nos vamos a engañar. Sobre todo si tenemos en cuenta que el lamentable guión de Jon y Erich Hoeber (no es extraño que su anterior trabajo sea RED) deja una historia mediocre y unos diálogos lamentables, que van desde el trilladísimo "no me alisté para esta mierda" que suelta el militar de turno hasta el "esta es una idea estúpida" que se convierte en el mejor resumen posible de esta película, insisto, adaptación al cine de hundir la flota. Con eso está todo dicho.