No hay mejor forma de definir Los mercenarios 2 que con esa memorable frase que marca la película (y el trailer): "buscarlos, encontrarlos y matarlos". Esa frase, una simple frase de tres palabras y dos comas para separarlas, resume la trama de la película, que no esconde nada más que eso, una refriega descomunal de tiros, golpes y explosiones para acabar con el malo. Explica, también, el nulo esfuerzo acometido en un guión plano, risible, que quiere transformar la nostalgia de la primera entrega en un tono de parodia salpicada de buddy movie en la que ni siquiera cree. Y supone, sin duda, la mejor frase que puede dar el espectador, una vez finalizada la película, para referirse a todos sus artífices. En un sentido figurado, por supuesto. Porque Los mercenarios 2 es para matarlos. La primera era mala, pero se contaba con ese elemento para hacer del visionado una especie de revival de los años 80. La segunda es aún peor. Aunque exploten muchas cosas.
Quizá lo primero que haya que hacer a la hora de valorar Los merecenarios 2 es echar la vista atrás y compararla con la primera entrega. Eso ya se antoja una misión complicada, porque es una película que no dejó huella alguna. El cartel y el trailer, en el que se ve a los protagonistas y en el que se revientan los cameos, está más grabado en la memoria que la propia película. Viendo la secuela, dirigida por Simon West (Con Air, Tomb Raider, The Mechanic), es difícil incluso decir si estaban en la película original todos los actores que, al inicio de la secuela, forman parte del grupo de mercenarios que encabeza Barney Ross (un Sylvester Stallone tan de cartón piedra como siempre). La única novedad que salta a a vista es la que cumple, aunque de otra manera, la doctrina Stallone, la de incluir una mujer por el simple hecho de incluir una mujer. La elegida es Yu Nan, cuyo carisma es equiparable al del resto del grupo protagonista, es decir, nulo.
Porque el carisma emana de donde tiene que emanar, de Arnold Schwarzenegger y de Bruce Willis. A pesar de que son los dos actores que menos aparecen en pantalla, ellos mandan, la película camina a su ritmo y sólo sus apariciones permiten despertar levemente del letargo (si es que es posible el letargo ante el ruido de tantos disparos y explosiones). Lo malo es que el tono paródico de este filme acaba devorándolo todo, sobre todo a un Schwarzenegger al que utilizan casi de mono de feria, repitiendo algunas de las frases más conocidas de las películas que le convirtieron en estrella. Él mismo se ríe de su mítico "volveré", y en el fondo da lástima que sea su principal baza. Eso sí, luego coge dos armas más grandes que su brazo (que ya es de por sí grande) y arregla un poco la situación. Incluso en este sentido habría que hablar de Chuck Norris, pero su carisma aparece por el juego cinéfilo-musical con el que aparece en pantalla, ni siquiera por sus propios méritos.
Resulta curioso que Scharzenegger y Willis lleven la voz cantante cuando la película quiere ser, en realidad, otra cosa. Dado que el grupo de mercenarios va desde lo insulso a lo prescindible, el filme se convierte casi en una buddy movie protagonizada por Stallone y Jason Statham. Ellos son las víctimas de unos diálogos infumables, terribles, malos hasta decir basta. Habrá quien piense que no se le puede pedir más al género o a películas con estas pretensiones, pero es que el guión rebasa lo tolerable con mucho. No es ya que la historia sea mala (¿cuál es el plan del villano de turno que tienen que impedir los buenos?), que no haya momentos de gloria para todos los personajes (¿todavía no se ha aprendido la enorme lección que en ese sentido dio Joss Whedon en Los Vengadores?), que sea aburridamente predecible o que compagine la filosofía de El equipo A televisivo (esa de que ni una sola bala alcanzase a nadie, en este caso a los buenos) con el aumento de la sangre (la de los malos). Es que no hay una sola línea de diálogo decente. Ni una.
Los mercenarios era mala, pero quizá eso podía formar parte del disfrute. Los mercenarios 2 es peor porque ni siquiera sigue la senda que inspiró a la primera, al menos no completamente. Ya no es un ejercicio de nostalgia para reunir a las estrellas de acción de los años 80, sino un batiburrillo en el que lo único que queda claro es que hay que vaciar cargadores y hacer explotar todo lo que se pueda. ¿Explicaciones? ¿Para qué? ¿Una historia sensata? Como si hiciera falta. Mala hasta decir basta. Lo único salvable está en ver a Arnie disparando como un poseso (como en las mucho más entretenidas Commando o Eraser) y a Willis soltando sus socarronerías habituales, que ya devoran cualquier personaje hasta convertirlo en el propio Bruce Willis. Es como si John McLane saltara de película en película y de universo de ficción en universo de ficción. Ya sólo cabe preguntarse qué harán en la tercera y a quién tratarán de convencer para que se sume a este desaguisado que, todo hay que decirlo, da dinero.
miércoles, agosto 29, 2012
miércoles, agosto 22, 2012
'Ted', el camino equivocado
Hay ocasiones en las que los autores de una película no son completamente responsables del desastre que supone. En Ted sucede algo parecido, porque es una película con la que se han escogido varios caminos equivocados. El esencial, el más molesto, está en su doblaje. No es sólo que Santi Millán doble al personaje principal de la película, un oso de peluche que cobra vida por arte de magia, sino que a los traductores se les ha impuesto que trufen la película de bromas autóctonas, o se les ha animado a ello. Y lamento decir a quienes toman estas decisiones que lo último que quiero encontrarme cuando me siento a ver una película protagonizada por Mark Wahlberg y Mila Kunis, repito, lo último, es alguna broma de supuesta gracia sobre Belén Esteban. Sólo eso ya se carga por completo cualquier impresión positiva que pudiera dejar Ted, que, todo hay que decirlo, tampoco es demasiado importante porque, también ahí, escoge un camino equivocado.
Lo del doblaje va camino de convertirse en uno de los aspectos más contraproducentes de la explotación del cine en España. Más incluso que su injusto y elevadísimo precio. Dicen las críticas americanas que uno de los mejores aspectos de Ted es la voz que el propio director del filme, Seth MacFarlane, creador de Padre de familia, le presta al oso de peluche protagonista. Aquí en España tenemos a Santi Millán. La primera sensación que produce ver la película doblada es que su voz y la del resto de dobladores no forman parte de la misma historia. Hay una ruptura formal que saca continuamente de la película. Chirría siempre optar por alguna voz conocida por méritos que no sean los puramente actorales (y, ojo, que la voz sigue siendo el gran problema de muchos actores españoles y ese es un fenómeno que el doblaje había sabido capaz de evitar con categoría hasta no demasiado tiempo). Ahora afecta continuamente a los dibujos animados y, por lo visto, con películas como Ted se abren nuevos caminos.
El problema de las voces, en este caso sólo la de Santi Millán, encuentra una derivación igualmente irritante, pues que incluso más, en los textos, en los diálogos. No puede pasarse por alto que el guión de una película se altere de una forma tan liviana para su explotación en otro país distinto del de producción como se hace en Ted. Si MacFarlane y su equipo de guionistas ruedan un libreto es, imagino, porque se sienten cómodos con él, porque es la historia que quieren contar y porque contiene las bromas que desean incluir. ¿Por qué en la versión española de modifican diálogos para hacer referencia a Belén Esteban o Falete? ¿Por qué? ¿En qué mejora eso la película? Una cosa es que haya bromas intraducibles en una película y otra muy distinta que se altere para incluir otras que los traductores consideren más o menos graciosas. Eso es lo que sucede en Ted y me resulta intolerable.
Vamos a la película en sí misma. Se gana el calificativo de decepcionante por un motivo muy simple. La fachada quiere ser la de una película irreverente, políticamente incorrecta, transgresora. Pero, y es un síntoma muy acusado en este tipo de cine desde hace ya unos cuantos años, desemboca en los tópicos más tradicionales, costumbristas y blandos. Y luego está el hecho de que la transgresión ya sólo sepa manifestar de dos formas: o con bromas soeces y escatológicas o con chiste de contenido sexual. Por desgracia, no hay más. Y Ted no defrauda en ese sentido. Es lo que promete y es lo que da. Nada original. Transita también otro camino más que conocido, la continua referencia a los años 80 y a la nostalgia del espectador que, como su protagonista (Mark Wahlberg, no el oso), ha superado ya los 30 años. Sus alusiones a Flash Gordon (a un nivel que sorprende y divierte) y sus bromas sobre Star Wars o Indiana Jones son, de largo, lo más conseguido de la película, muy por encima de la rocambolesca historia, que tenía ciertos elementos de interés no demasiado bien explorados.
Wahlberg asume con comodidad el papel de hombre de 35 años con un modo de vida de un quinceañero, se divierte y realiza un trabajo competente. No olvidemos que está continuamente interactuando con un oso de peluche, por lo que cabe darle cierto mérito. Mila Kunis, en cambio, y a pesar de seguir siendo una actriz interesante, deambula sin rumbo durante la película. No tiene ocasión de probar sus dotes para la comedia y su personaje, con un final blando y bastante pusilánime, es la causa de que la película sea en realidad tan políticamente correcta aunque quisiera estar en el polo opuesto. No es que Ted sea una mala película. Supongo que quienes disfrutan con la comedia contemporánea pasarán un buen rato con ella. Pero, para mí, escoge demasiados caminos equivocados como para que pueda calificarla positivamente. Y, encima, su versión española estropea cualquier posibilidad que tuviera Ted de conquistarme. Para eso, cualquier monólogo de Santi Millán. Y si quiero ver a Mark Wahlberg y Mila Kunis, indudablemente en versión original.
Lo del doblaje va camino de convertirse en uno de los aspectos más contraproducentes de la explotación del cine en España. Más incluso que su injusto y elevadísimo precio. Dicen las críticas americanas que uno de los mejores aspectos de Ted es la voz que el propio director del filme, Seth MacFarlane, creador de Padre de familia, le presta al oso de peluche protagonista. Aquí en España tenemos a Santi Millán. La primera sensación que produce ver la película doblada es que su voz y la del resto de dobladores no forman parte de la misma historia. Hay una ruptura formal que saca continuamente de la película. Chirría siempre optar por alguna voz conocida por méritos que no sean los puramente actorales (y, ojo, que la voz sigue siendo el gran problema de muchos actores españoles y ese es un fenómeno que el doblaje había sabido capaz de evitar con categoría hasta no demasiado tiempo). Ahora afecta continuamente a los dibujos animados y, por lo visto, con películas como Ted se abren nuevos caminos.
El problema de las voces, en este caso sólo la de Santi Millán, encuentra una derivación igualmente irritante, pues que incluso más, en los textos, en los diálogos. No puede pasarse por alto que el guión de una película se altere de una forma tan liviana para su explotación en otro país distinto del de producción como se hace en Ted. Si MacFarlane y su equipo de guionistas ruedan un libreto es, imagino, porque se sienten cómodos con él, porque es la historia que quieren contar y porque contiene las bromas que desean incluir. ¿Por qué en la versión española de modifican diálogos para hacer referencia a Belén Esteban o Falete? ¿Por qué? ¿En qué mejora eso la película? Una cosa es que haya bromas intraducibles en una película y otra muy distinta que se altere para incluir otras que los traductores consideren más o menos graciosas. Eso es lo que sucede en Ted y me resulta intolerable.
Vamos a la película en sí misma. Se gana el calificativo de decepcionante por un motivo muy simple. La fachada quiere ser la de una película irreverente, políticamente incorrecta, transgresora. Pero, y es un síntoma muy acusado en este tipo de cine desde hace ya unos cuantos años, desemboca en los tópicos más tradicionales, costumbristas y blandos. Y luego está el hecho de que la transgresión ya sólo sepa manifestar de dos formas: o con bromas soeces y escatológicas o con chiste de contenido sexual. Por desgracia, no hay más. Y Ted no defrauda en ese sentido. Es lo que promete y es lo que da. Nada original. Transita también otro camino más que conocido, la continua referencia a los años 80 y a la nostalgia del espectador que, como su protagonista (Mark Wahlberg, no el oso), ha superado ya los 30 años. Sus alusiones a Flash Gordon (a un nivel que sorprende y divierte) y sus bromas sobre Star Wars o Indiana Jones son, de largo, lo más conseguido de la película, muy por encima de la rocambolesca historia, que tenía ciertos elementos de interés no demasiado bien explorados.
Wahlberg asume con comodidad el papel de hombre de 35 años con un modo de vida de un quinceañero, se divierte y realiza un trabajo competente. No olvidemos que está continuamente interactuando con un oso de peluche, por lo que cabe darle cierto mérito. Mila Kunis, en cambio, y a pesar de seguir siendo una actriz interesante, deambula sin rumbo durante la película. No tiene ocasión de probar sus dotes para la comedia y su personaje, con un final blando y bastante pusilánime, es la causa de que la película sea en realidad tan políticamente correcta aunque quisiera estar en el polo opuesto. No es que Ted sea una mala película. Supongo que quienes disfrutan con la comedia contemporánea pasarán un buen rato con ella. Pero, para mí, escoge demasiados caminos equivocados como para que pueda calificarla positivamente. Y, encima, su versión española estropea cualquier posibilidad que tuviera Ted de conquistarme. Para eso, cualquier monólogo de Santi Millán. Y si quiero ver a Mark Wahlberg y Mila Kunis, indudablemente en versión original.
viernes, agosto 17, 2012
'¡Piratas!', el márketing gana al cine
¡Piratas! es el ejemplo perfecto para explicar por qué la animación no termina de ser tomada en serio por los espectadores. No es un debate sobre la calidad de la película, ese viene luego y hay que colocarlo al margen de esta primera discusión, sino sobre lo que se hace con los dibujos animados. El márketing se ha apoderado de estas películas y se siente capaz de hacer con ellas cualquier cosa. Que Andrés Iniesta, jugador del Fútbol Club Barcelona y de la selección española, doble a uno de los personajes secundarios es algo que no se consideraría digno en ningún otro tipo de película. ¿Por qué en una de animación sí? Si se sabe que Iniesta pone voz a uno de los piratas, es muy difícil entrar en la película. Pero incluso si no se sabe es evidente que algo chirría en las voces. En cualquier caso, ¡Piratas! no está entre las mejores películas de Aardman, pero seguro que a los más pequeños les hace pasar un buen rato. A los adultos sólo les ofrece algún que otro momento lúcidamente divertido, pero el conjunto es algo flojo. Y poco pirata para llamarse así la película.
Toda la simpatía que pueda despertar una película como ¡Piratas! se derrumba cual castillo de naipes al escuchar a Iniesta gritar, en la película, su conocido "viva Fuentealbilla", nombre de su pueblo natal. Esa sencilla frase, que despierta sentimientos totalmente opuestos en otro contexto, es aquí una aberración, un signo de descarada comercialidad que se busca y un desagradable triunfo del márketing sobre el cine. Da igual que la película sea buena o mala, ese grito produce una mala leche instantánea y justificada. Como en su día, por citar otro ejemplo, la transformación del protagonista de El espantatiburones de un negro con marcado acento al personaje televisivo de Fernando Tejero. En España se opta por colocar famosos en los repartos de las películas de animación sin ton ni son. Y seguro que el hecho de poner el nombre de Iniesta en el póster de la película lleva a algunos niños al cine (o induce a sus padres a pagarles la entrada), pero a mí me da pena ver que eso es lo que el trabajo de doblaje significa para la industria española.
No hay más que mirar el reparto original de la película. Hugh Grant, Martin Freeman, Brendan Gleeson, Brian Blessed, David Tennant, Imelda Staunton... Actores todos ellos. En la industria anglosajona, las voces se cuidan, forman parte del trabajo de un actor completo. En España, no creo que haya que ocultarlo o negarlo, nunca se ha prestado demasiada atención a ese detalle en la industria cinematográfica más allá del gremio de los dobladores. Aunque ahora el doblaje español no es tan bueno como hace algunos años, es evidente que hay profesionales en este terreno. Iniesta no lo es. Pero ni siquiera José Coronado, que pone la voz al protagonista y que también chirría bastante. Al ver la película, apenas se reconoce a ninguno de los dos. Si no se tiene la información, no sacan al espectador de la historia por ser quienes son, pero sí porque suenan raro, diferente. No forman parte del mismo universo de ficción que el resto de personajes. Son una excepcionalidad. Y una, además, que tendría que molestar más de lo que lo hace. Pero el márketing gana la partida al cine, eso está claro.
Al margen de las voces, y con el temor de que con el doblaje se hayan alterado más cosas de las que uno puede suponer con respecto al producto original, ¡Piratas! tampoco termina de convencer. No es que sea una mala película, no. Tiene momentos divertidos, algunos golpes de humor muy logrados y algún personaje secundario realmente conseguido (sobre todo Míster Bobo, un mono mudo que se comunica con carteles.. que aún así tampoco parece del todo original), pero la historia en su conjunto parece floja y convencional. Es una forma de recuperar el cine de piratas, y eso siempre se agradece, pero le falta esplendor y épica para poder considerarse como un auténtico homenaje a ese género. Hay mucho exceso rocambolesco en torno a las partes más divertidas de la historia y falta un villano de importancia, algo que una desquiciada Reina Victoria no termina de ser. La animación de plastilina, mezclada con los gráficos por ordenador, sí está bastante lograda casi siempre, aunque en los planos más generales no se consigue el mismo éxito que en los más cercanos.
La gracia de la película está en el entorno, en colocar a Charles Darwin, el padre de la teoría evolutiva, en el centro de una historia de piratas. Muchos de los mejores chistes, o al menos los más elaborados, acaban girando en torno a este personaje. Peter Lord dirige la película, después de doce años sin ponerse detrás de las cámaras, precisamente con uno de los grandes éxitos de la factoria Aardman, Chicken run. Evasión en la granja. El resultado es una película decente para niños y muy olvidable para adultos, que se llama ¡Piratas! pero cuyos protagonistas son, en realidad, maestros del disfraz antes que piratas. Es la primera película en 3D de Aardman y eso añade un nuevo elemento que no cumple las expectativas. Salvo en contadísimas excepciones, el 3D sigue siendo un engañabobos. Muy pocas películas desarrollan las posibilidades que tiene este sistema y ¡Piratas! no es una de ellas. Tampoco tiene mucho sentido que la animación de Aardman recurra a esta técnica. Pero aquí también el márketing gana la partida. Y así nos va a los que seguimos pensando que el cine de animación es, o al menos puede ser, tan cine como cualquier otro.
Toda la simpatía que pueda despertar una película como ¡Piratas! se derrumba cual castillo de naipes al escuchar a Iniesta gritar, en la película, su conocido "viva Fuentealbilla", nombre de su pueblo natal. Esa sencilla frase, que despierta sentimientos totalmente opuestos en otro contexto, es aquí una aberración, un signo de descarada comercialidad que se busca y un desagradable triunfo del márketing sobre el cine. Da igual que la película sea buena o mala, ese grito produce una mala leche instantánea y justificada. Como en su día, por citar otro ejemplo, la transformación del protagonista de El espantatiburones de un negro con marcado acento al personaje televisivo de Fernando Tejero. En España se opta por colocar famosos en los repartos de las películas de animación sin ton ni son. Y seguro que el hecho de poner el nombre de Iniesta en el póster de la película lleva a algunos niños al cine (o induce a sus padres a pagarles la entrada), pero a mí me da pena ver que eso es lo que el trabajo de doblaje significa para la industria española.
No hay más que mirar el reparto original de la película. Hugh Grant, Martin Freeman, Brendan Gleeson, Brian Blessed, David Tennant, Imelda Staunton... Actores todos ellos. En la industria anglosajona, las voces se cuidan, forman parte del trabajo de un actor completo. En España, no creo que haya que ocultarlo o negarlo, nunca se ha prestado demasiada atención a ese detalle en la industria cinematográfica más allá del gremio de los dobladores. Aunque ahora el doblaje español no es tan bueno como hace algunos años, es evidente que hay profesionales en este terreno. Iniesta no lo es. Pero ni siquiera José Coronado, que pone la voz al protagonista y que también chirría bastante. Al ver la película, apenas se reconoce a ninguno de los dos. Si no se tiene la información, no sacan al espectador de la historia por ser quienes son, pero sí porque suenan raro, diferente. No forman parte del mismo universo de ficción que el resto de personajes. Son una excepcionalidad. Y una, además, que tendría que molestar más de lo que lo hace. Pero el márketing gana la partida al cine, eso está claro.
Al margen de las voces, y con el temor de que con el doblaje se hayan alterado más cosas de las que uno puede suponer con respecto al producto original, ¡Piratas! tampoco termina de convencer. No es que sea una mala película, no. Tiene momentos divertidos, algunos golpes de humor muy logrados y algún personaje secundario realmente conseguido (sobre todo Míster Bobo, un mono mudo que se comunica con carteles.. que aún así tampoco parece del todo original), pero la historia en su conjunto parece floja y convencional. Es una forma de recuperar el cine de piratas, y eso siempre se agradece, pero le falta esplendor y épica para poder considerarse como un auténtico homenaje a ese género. Hay mucho exceso rocambolesco en torno a las partes más divertidas de la historia y falta un villano de importancia, algo que una desquiciada Reina Victoria no termina de ser. La animación de plastilina, mezclada con los gráficos por ordenador, sí está bastante lograda casi siempre, aunque en los planos más generales no se consigue el mismo éxito que en los más cercanos.
La gracia de la película está en el entorno, en colocar a Charles Darwin, el padre de la teoría evolutiva, en el centro de una historia de piratas. Muchos de los mejores chistes, o al menos los más elaborados, acaban girando en torno a este personaje. Peter Lord dirige la película, después de doce años sin ponerse detrás de las cámaras, precisamente con uno de los grandes éxitos de la factoria Aardman, Chicken run. Evasión en la granja. El resultado es una película decente para niños y muy olvidable para adultos, que se llama ¡Piratas! pero cuyos protagonistas son, en realidad, maestros del disfraz antes que piratas. Es la primera película en 3D de Aardman y eso añade un nuevo elemento que no cumple las expectativas. Salvo en contadísimas excepciones, el 3D sigue siendo un engañabobos. Muy pocas películas desarrollan las posibilidades que tiene este sistema y ¡Piratas! no es una de ellas. Tampoco tiene mucho sentido que la animación de Aardman recurra a esta técnica. Pero aquí también el márketing gana la partida. Y así nos va a los que seguimos pensando que el cine de animación es, o al menos puede ser, tan cine como cualquier otro.
jueves, agosto 16, 2012
'Prometheus', preciosista confusión
Prometheus es, probablemente, una de las películas más complejas de analizar de este año. Es, puede que con diferencia, la que más disparidad de criterios provocará. No creo que haya muchos que lleguen a tacharla de obra maestra o que equiparen su nivel al de Alien, película de inevitable aunque parcialmente esquivada referencia, pero sí será fácil encontrar espectadores que caigan rendidos ante su inmensa y preciosista fuerza visual, incluso ante las ideas que incorpora al tapiza de la mitología de la saga en la que quiere introducirse. Y tan fácil, incluso más, será encontrar detractores, gente que la vea pretenciosa, vaga, mal construida. Hay un poco de todo en dos horas que, eso sí, parecen estar lejos de la pérdida de tiempo, son necesarias para entender el devenir de este tipo de cine y de la carrera de su director, un Ridley Scott que, una vez más, demuestra que tiene pocos equivalentes cuando se trata de ofrecer un portentoso espectáculo visual pero que se topa con un guión que en ocasiones parece a medio hacer... o reclamando su ya habitual Director's Cut.
Más que nunca en su carrera, Ridley Scott ha hecho un salto al vacío cuyas consecuencias no son fáciles de predecir. Alien era una saga en absoluto y progresivo declive, que encontró niveles absolutamente vergonzosos ya en su cuarta entrega, Alien resurrección, y que incluso empeoró en las innombrables mezclas con otra de las franquicias de la Fox, Predator. Por eso, que Scott recogiera la mitología de Alien era una noticia de calado y un elemento de esperanza para todos los que llevamos años soñando con recuperar el elevadísimo nivel que tenía la ciencia ficción cinematográfica hace no tantos años. ¿Pero esto es realmente Alien? Sí, lo es. Indiscutiblemente. Que nadie espere ver una precuela directa, o que el final de Prometheus enganche directamente con el comienzo de Alien, pero sí que hay sobradas referencias (desde las musicales hasta la grafía del título, pasando por nombres y conexiones temáticas y argumentales) que evidencian que estamos hablando del mismo universo. Pero, al mismo tiempo, quiere ser algo diferente. Radicalmente diferente.
Alien era un cuento de terror de incontables ramificaciones posibles. Aliens, de James Cameron, era tan buena porque cogía sólo una de esas ramificaciones y creaba algo totalmente diferente a su predecesora. De algún modo, Prometheus quiere ser algo parecido, seguramente basándose en una de las obsesiones de Ridley Scott, el Jinete Espacial muerto que encontraban los tripulantes del Nostromo en la película original. El planteamiento argumental de Prometheus es mucho más ambicioso que el de cualquier película de Alien, habla de la creación, del origen de la raza humana, de clásicas preguntas existencialistas que, por raro que parezca, encajan a la perfección en la mitología de la saga, al igual que en el género de ciencia ficción en general. Pero estos elevados objetivos chocan con un problema que no está lejos de llevarse por delante todas las buenas intenciones y las grandes ideas que esconde la película: su guión. En todo momento da la sensación de faltarle una o dos reescrituras, ofreciendo resoluciones torpes, comportamientos absurdos y giros inverosímiles, además de unas cuantas cuestiones bastante mal explicadas y que no conviene detallar por no arruinarle la película a nadie.
Esos flagrantes fallos en el guión sorprenden en una producción de esta envergadura. Es cierto que a Ridley Scott siempre le han cortado sus películas hasta alcanzar una duración estándar con el fin de estrenarlas en cines. También lo es que sus posteriores Director's Cut para las ediciones en vídeo son mejores que sus películas estrenadas. Pero por momentos da la sensación de que faltan demasiadas cosas, de que se han quedado explicaciones en el camino, de que hay escenas clave que no hemos visto. Eso crea desconcierto y, sobre todo, destroza el ritmo de la película, inexistente en muchos momentos y mal medido en otros. Las elipsis que ofrece son francamente inexplicables y lo que pueden parecer interrogantes sin resolver son, en algunos casos, preguntas mal formuladas y respuestas torpes. Se corre así el riesgo, insisto, de pensar que el ambicioso planteamiento no es más que un envoltorio vacío. No lo es, pero sí que está mal forrado.
A nivel visual, en cambio, Prometheus es todo un espectáculo intachable. Su 3D está más que justificado y sirve para meterse con una facilidad inusitada en el interior de los claustrofóbicos escenarios de la película, deudores en todo momento de la imaginería que diseñó H. R. Giger para el primer Alien. Sus hallazgos visuales usando los efectos por ordenador son asombrosos, hermosos, cargados de imaginación. Y su aspecto general coloca esta película en un plano diferente al de Alien. Lo que allí era sucio y gastado, aquí es luminoso y reluciente. Lo que allí era opresivo, aquí es espacioso. Las sensaciones son diferentes y hablan, cerrando el círculo, de las diferentes ambiciones de una y otra película. Lo malo en realidad es entrar en comparaciones irresolubles precisamente por ese motivo, porque las aspiraciones no son las mismas. Michael Fassbender fascina por sí solo, sin necesidad de compararle con el Ash de Ian Holm en Alien o el Bishop de Lance Henrikssen en Aliens. Charlice Theron evidencia que ha nacido para interpretar papeles oscuros sin pensar en otros referentes y Noomi Rapace encaja como su propio personaje, a pesar de los claros ecos a la Ripley de Sigourney Weaver que desprende.
Prometheus es una película confusa que deja esa misma sensación en el espectador, sin que eso sea algo necesariamente negativo. La torpeza de su guión en algunos momentos (desde la constante explicación para espectadores tontos al inverosímil comportamiento de algunos de sus personajes) amenaza con resquebrajar los grandes temas que aborda y que no son en absoluto baldíos o fruto de una filosofía barata con la que vender un producto comercial. En Alien encajan esas grandes preguntas que ofrece Prometheus. El enganche con lo mejor de la saga original está ahí, aunque no siempre le haga justicia. Algunos personajes son un relleno injustificado. Otros, como el de Guy Pearce, una expectativa no satisfecha. Y la propia Prometheus, como película, deja sensaciones tan contradictorias que no es fácil decidir si es un título realmente notable, como sugieren algunas de sus partes y de sus planteamientos (algunos temáticos y todos los visuales) o si es una obra deslabazada y descuidada que no cumple con lo que se presumía de ella. Creo que un segundo visionado aclararía percepciones, pero el simple hecho de querer volver a verla ya indica que para mí es una obra preciosista que merece revisión y recuerdo. Aunque ahora mismo todavía me tenga sumido en la confusión de no saber qué pensar sobre ella con rotundidad.
Más que nunca en su carrera, Ridley Scott ha hecho un salto al vacío cuyas consecuencias no son fáciles de predecir. Alien era una saga en absoluto y progresivo declive, que encontró niveles absolutamente vergonzosos ya en su cuarta entrega, Alien resurrección, y que incluso empeoró en las innombrables mezclas con otra de las franquicias de la Fox, Predator. Por eso, que Scott recogiera la mitología de Alien era una noticia de calado y un elemento de esperanza para todos los que llevamos años soñando con recuperar el elevadísimo nivel que tenía la ciencia ficción cinematográfica hace no tantos años. ¿Pero esto es realmente Alien? Sí, lo es. Indiscutiblemente. Que nadie espere ver una precuela directa, o que el final de Prometheus enganche directamente con el comienzo de Alien, pero sí que hay sobradas referencias (desde las musicales hasta la grafía del título, pasando por nombres y conexiones temáticas y argumentales) que evidencian que estamos hablando del mismo universo. Pero, al mismo tiempo, quiere ser algo diferente. Radicalmente diferente.
Alien era un cuento de terror de incontables ramificaciones posibles. Aliens, de James Cameron, era tan buena porque cogía sólo una de esas ramificaciones y creaba algo totalmente diferente a su predecesora. De algún modo, Prometheus quiere ser algo parecido, seguramente basándose en una de las obsesiones de Ridley Scott, el Jinete Espacial muerto que encontraban los tripulantes del Nostromo en la película original. El planteamiento argumental de Prometheus es mucho más ambicioso que el de cualquier película de Alien, habla de la creación, del origen de la raza humana, de clásicas preguntas existencialistas que, por raro que parezca, encajan a la perfección en la mitología de la saga, al igual que en el género de ciencia ficción en general. Pero estos elevados objetivos chocan con un problema que no está lejos de llevarse por delante todas las buenas intenciones y las grandes ideas que esconde la película: su guión. En todo momento da la sensación de faltarle una o dos reescrituras, ofreciendo resoluciones torpes, comportamientos absurdos y giros inverosímiles, además de unas cuantas cuestiones bastante mal explicadas y que no conviene detallar por no arruinarle la película a nadie.
Esos flagrantes fallos en el guión sorprenden en una producción de esta envergadura. Es cierto que a Ridley Scott siempre le han cortado sus películas hasta alcanzar una duración estándar con el fin de estrenarlas en cines. También lo es que sus posteriores Director's Cut para las ediciones en vídeo son mejores que sus películas estrenadas. Pero por momentos da la sensación de que faltan demasiadas cosas, de que se han quedado explicaciones en el camino, de que hay escenas clave que no hemos visto. Eso crea desconcierto y, sobre todo, destroza el ritmo de la película, inexistente en muchos momentos y mal medido en otros. Las elipsis que ofrece son francamente inexplicables y lo que pueden parecer interrogantes sin resolver son, en algunos casos, preguntas mal formuladas y respuestas torpes. Se corre así el riesgo, insisto, de pensar que el ambicioso planteamiento no es más que un envoltorio vacío. No lo es, pero sí que está mal forrado.
A nivel visual, en cambio, Prometheus es todo un espectáculo intachable. Su 3D está más que justificado y sirve para meterse con una facilidad inusitada en el interior de los claustrofóbicos escenarios de la película, deudores en todo momento de la imaginería que diseñó H. R. Giger para el primer Alien. Sus hallazgos visuales usando los efectos por ordenador son asombrosos, hermosos, cargados de imaginación. Y su aspecto general coloca esta película en un plano diferente al de Alien. Lo que allí era sucio y gastado, aquí es luminoso y reluciente. Lo que allí era opresivo, aquí es espacioso. Las sensaciones son diferentes y hablan, cerrando el círculo, de las diferentes ambiciones de una y otra película. Lo malo en realidad es entrar en comparaciones irresolubles precisamente por ese motivo, porque las aspiraciones no son las mismas. Michael Fassbender fascina por sí solo, sin necesidad de compararle con el Ash de Ian Holm en Alien o el Bishop de Lance Henrikssen en Aliens. Charlice Theron evidencia que ha nacido para interpretar papeles oscuros sin pensar en otros referentes y Noomi Rapace encaja como su propio personaje, a pesar de los claros ecos a la Ripley de Sigourney Weaver que desprende.
Prometheus es una película confusa que deja esa misma sensación en el espectador, sin que eso sea algo necesariamente negativo. La torpeza de su guión en algunos momentos (desde la constante explicación para espectadores tontos al inverosímil comportamiento de algunos de sus personajes) amenaza con resquebrajar los grandes temas que aborda y que no son en absoluto baldíos o fruto de una filosofía barata con la que vender un producto comercial. En Alien encajan esas grandes preguntas que ofrece Prometheus. El enganche con lo mejor de la saga original está ahí, aunque no siempre le haga justicia. Algunos personajes son un relleno injustificado. Otros, como el de Guy Pearce, una expectativa no satisfecha. Y la propia Prometheus, como película, deja sensaciones tan contradictorias que no es fácil decidir si es un título realmente notable, como sugieren algunas de sus partes y de sus planteamientos (algunos temáticos y todos los visuales) o si es una obra deslabazada y descuidada que no cumple con lo que se presumía de ella. Creo que un segundo visionado aclararía percepciones, pero el simple hecho de querer volver a verla ya indica que para mí es una obra preciosista que merece revisión y recuerdo. Aunque ahora mismo todavía me tenga sumido en la confusión de no saber qué pensar sobre ella con rotundidad.
lunes, agosto 13, 2012
'Rock of Ages', blanda y escasa reivindicación rockera
Cada vez que se estrena un musical, en las pocas ocasiones en que eso sucede en nuestros días, parece que está obligado a reinventar el género, pero es una ilusión basada en la escasez de títulos y no en las expectactivas de cada película. Rock of Ages no va por ahí. En conjunto es bastante blanda, se aleja de la reivindicación rockera que parece esconder su guión en algunos momentos (sobre todo en la divertida pero claramente caricaturesca confrontación final entre defensores y detractores del rock), y se deja devorar por los tópicos de cualquier historia de "chico-conoce-chica". Eso sí, Rock of Ages es un musical que proporciona el entretenimiento que se le presupone, una buena selección musical para amenizar las dos horas de metraje, adecuadamente montadas las canciones en la película, y alguna que otra interpretación más que notable, sobre todo la de un Tom Cruise al que estará siempre de moda darle palos pero que siempre cumple cuando aparece en una pantalla. Y aquí hace más que cumplir.
Habría que conocer el musical de Broadway en que está basado para hacer un juicio más completo sobre la adaptación cinematográfica, pero conociendo sólo la película parece evidente que hay números musicales modificados, recortados y mezclados. Y el resultado no parece malo. Quizá hay una obsesión no siempre justificable en que demasiadas canciones mezclen a diferentes personajes en distintos lugares cantando temas con mensajes que puedan ser aplicados a todos ellos, pero seguramente eso también permite recortar la duración de la película a dos horas, una duración que, en todo caso, se antoja excesiva y penaliza al filme en algunos altibajos que tiene, sobre todo pasado su ecuador. Tampoco ayuda el poco carisma de los dos actores protagonistas, la guapísima Julianne Hough (encasilladísima en el cine musical tras protagonizar el reciente remake de Footloose) y el más soso Diego Boneta (actor y cantante mexicano).
Pero el principal problema que tiene Rock of Ages está en su guión. Quitando algunos momentos inspirados y más los de comedia (tópico pero divertido uso de un más que pintoresco animal), no deja de ser la típica historia de amor en la que uno de los miembros de la pareja, que inevitablemente se enamorará después de pasar las lógicas dificultades y malentendidos, lo ha dejado todo para probar suerte en la gran ciudad, en este caso ella. La sensación de haber visto lo que cuenta la película es imposible de superar, aunque el envoltorio le da cierta independencia con respecto a otros títulos. No hay, además, espíritu reivindicativo, por mucho que pueda parecerlo en algunas escenas. No es Rock of Ages un filme que enarbole temáticamente la bandera del rock aunque se deje caer esa impresión en algún momento. Es, más bien, una visión amable de lo que podría haber sido la película de haberse rodado realmente con esa intención (quizá también si se hubiera rodado a finales de los años 80, donde se dice que transcurre la trama).
Adam Shankman, director de Hairspray y especialista en este terreno del musical, está más concentrado en que funcionen bien las coreografías, muy efectivas, que en ese poso reivindicativo. Y más en sus actores más conocidos que en el conjunto final de la historia. Por eso, desde que Tom Cruise, Paul Giamatti o Catherine Zeta-Jones entran en la pantalla se hace más difícil concentrarse en la pareja protagonista. Cruise borda su papel de estrella del rock excéntrica y deja las mejores escenas de la película con diferencia, verosímil completamente sobre el escenario e hipnótico y divertido fuera de él. Siempre arriesga y casi siempre gana, y eso dice mucho sobre él. Giamatti es uno de esos secundarios de lujo que se amolda a cualquier tipo de papel con una facilidad asombrosa. Y Zeta-Jones (con un impactante número musical en el que se atisban movimientos... ¡de Michael Jackson!) interpreta al personaje que mejor ejemplifica la parodia que esconde esta versión de Rock of Ages, sobre todo por su rocambolesco final. Alec Baldwin también sabe reírse de sí mismo como parte de ese tono paródico que impregna la película, pero su personaje no termina de funcionar tan bien.
Rock of Ages es un musical simpático. No mucho más porque, en el fondo, pretende detenerse ahí. Las canciones, buenas y conocidas, funcionan. Las interpretaciones que los actores hacen de esos temas, también. Las coreografías, sin ser excesivamente complejas en la mayoría de los números, son efectivas. Y las actuaciones de los intérpretes más conocidos, con un magnífico Tom Cruise a la cabeza (sorprendente y positivo que un personaje tan psicológicamente ido como el suyo consiga una envidiable química con el de Malin Akerman, otro rostro bonito de Hollywood que busca el éxito variando sus personajes en todo lo posible; ojo a la escena de la entrevista... y al hilarante comentario que le suelta Giamatti cuando ella se marcha), sobresalen con facilidad. Con eso se compensan las carencias en el libreto y en las prácticamente inexistentes aspiraciones de dar algo más que dos horas de entretenimiento. ¿Y entretiene? Todo es muy políticamente correcto (cuota homosexual incluida), pero sí, la verdad es que sí. Y es que, en mayor o menor grado, es difícil no salir de la sala asumiendo el I Love Rock & Roll que proclama una de las canciones añadidas para el filme.
Habría que conocer el musical de Broadway en que está basado para hacer un juicio más completo sobre la adaptación cinematográfica, pero conociendo sólo la película parece evidente que hay números musicales modificados, recortados y mezclados. Y el resultado no parece malo. Quizá hay una obsesión no siempre justificable en que demasiadas canciones mezclen a diferentes personajes en distintos lugares cantando temas con mensajes que puedan ser aplicados a todos ellos, pero seguramente eso también permite recortar la duración de la película a dos horas, una duración que, en todo caso, se antoja excesiva y penaliza al filme en algunos altibajos que tiene, sobre todo pasado su ecuador. Tampoco ayuda el poco carisma de los dos actores protagonistas, la guapísima Julianne Hough (encasilladísima en el cine musical tras protagonizar el reciente remake de Footloose) y el más soso Diego Boneta (actor y cantante mexicano).
Pero el principal problema que tiene Rock of Ages está en su guión. Quitando algunos momentos inspirados y más los de comedia (tópico pero divertido uso de un más que pintoresco animal), no deja de ser la típica historia de amor en la que uno de los miembros de la pareja, que inevitablemente se enamorará después de pasar las lógicas dificultades y malentendidos, lo ha dejado todo para probar suerte en la gran ciudad, en este caso ella. La sensación de haber visto lo que cuenta la película es imposible de superar, aunque el envoltorio le da cierta independencia con respecto a otros títulos. No hay, además, espíritu reivindicativo, por mucho que pueda parecerlo en algunas escenas. No es Rock of Ages un filme que enarbole temáticamente la bandera del rock aunque se deje caer esa impresión en algún momento. Es, más bien, una visión amable de lo que podría haber sido la película de haberse rodado realmente con esa intención (quizá también si se hubiera rodado a finales de los años 80, donde se dice que transcurre la trama).
Adam Shankman, director de Hairspray y especialista en este terreno del musical, está más concentrado en que funcionen bien las coreografías, muy efectivas, que en ese poso reivindicativo. Y más en sus actores más conocidos que en el conjunto final de la historia. Por eso, desde que Tom Cruise, Paul Giamatti o Catherine Zeta-Jones entran en la pantalla se hace más difícil concentrarse en la pareja protagonista. Cruise borda su papel de estrella del rock excéntrica y deja las mejores escenas de la película con diferencia, verosímil completamente sobre el escenario e hipnótico y divertido fuera de él. Siempre arriesga y casi siempre gana, y eso dice mucho sobre él. Giamatti es uno de esos secundarios de lujo que se amolda a cualquier tipo de papel con una facilidad asombrosa. Y Zeta-Jones (con un impactante número musical en el que se atisban movimientos... ¡de Michael Jackson!) interpreta al personaje que mejor ejemplifica la parodia que esconde esta versión de Rock of Ages, sobre todo por su rocambolesco final. Alec Baldwin también sabe reírse de sí mismo como parte de ese tono paródico que impregna la película, pero su personaje no termina de funcionar tan bien.
Rock of Ages es un musical simpático. No mucho más porque, en el fondo, pretende detenerse ahí. Las canciones, buenas y conocidas, funcionan. Las interpretaciones que los actores hacen de esos temas, también. Las coreografías, sin ser excesivamente complejas en la mayoría de los números, son efectivas. Y las actuaciones de los intérpretes más conocidos, con un magnífico Tom Cruise a la cabeza (sorprendente y positivo que un personaje tan psicológicamente ido como el suyo consiga una envidiable química con el de Malin Akerman, otro rostro bonito de Hollywood que busca el éxito variando sus personajes en todo lo posible; ojo a la escena de la entrevista... y al hilarante comentario que le suelta Giamatti cuando ella se marcha), sobresalen con facilidad. Con eso se compensan las carencias en el libreto y en las prácticamente inexistentes aspiraciones de dar algo más que dos horas de entretenimiento. ¿Y entretiene? Todo es muy políticamente correcto (cuota homosexual incluida), pero sí, la verdad es que sí. Y es que, en mayor o menor grado, es difícil no salir de la sala asumiendo el I Love Rock & Roll que proclama una de las canciones añadidas para el filme.
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viernes, agosto 10, 2012
'Brave (Indomable)', el Pixar más Disney
Brave (Indomable) es el mayor acercamiento de Pixar a Disney hasta la fecha. Son desde hace algunos años parte del mismo conglomerado empresarial, pero sus historias no se habían cruzado todavía con tanta claridad como en la aventura de esta joven princesa escocesa. Procede ya desde este punto una aclaración. Tachar de "Disney" una película de Pixar no implica, en absoluto, una valoración negativa de la misma. Hay que decirlo porque mucha gente valora con demasiada dureza el cliché Disney y, sin embargo, tiene una categoría a la que no se acercan marcas del mundo de la animación que tiene hoy una mejor valoración. Que es Pixar se nota en la excelencia visual. Es imposible no verse absorbido por un torrente de imágenes preciosas y fascinantes, por una labor de animación sencillamente brillante. Su supremacía es hoy indiscutible. Y es bonito que esta casa explore otros terrenos, aunque sean los lindantes con los más conocidos cuentos de Disney. ¿Por qué no, si el resultado final es entretenido para niños y mayores?
Brave es la historia de Merida, una princesa escocesa y la primogénita del clan que gobierna. Los otros tres clanes se desplazan para, como manda la tradición, ofrecer a sus primeros hijos varones para que uno de ellos se case con la princesa. Merida, no obstante, es un espíritu libre, una adolescente que quiere casarse por amor y que disfruta mucho más con su arco que en las tareas que, según su madre, son propias de una princesa. Trece largometrajes lleva producidos Pixar y tan emblemático número no ha dado mala suerte a la compañía, pero sí un ligero cambio de rumbo. O, al menos, un nuevo experimento. Brave es más Disney que Pixar. Es innegable que tener a una joven como protagonista marca mucho en ese sentido. Disney siempre ha presumido de sus princesas, con razón, y Merida podría ser perfectamente una de ellas. Sobre todo, hay mucho en esta adolescente escocesa de La Sirenita (ambas princesas de nacimiento, ambas pelirrojas, ambas rebeldes y de buen corazón).
El acercamiento a Disney también se nota en el uso de las canciones, interpretadas por Julie Fowlis en la versión original y Russian Red en la doblada, algo que en Pixar siempre se había hecho de un modo más limitado. En todo caso, es la música lo primero que marca una diferencia entre esta película y Disney. El escocés, y se nota, Patrick Doyle no parece el clásico compositor Disney. De hecho, ya tenía cierta experiencia en música de corte medieval para una película de dibujos animados, la entrañable La espada mágica. En busca de Camelot. Y su trabajo es precioso, el mejor modo de que el espectador se sienta dentro de la historia. A partir de ahí, la magia Pixar hace el resto. La animación es sublime. Es fácil enredarse en la alborotada melena de Merida, según se ha publicitado compuesta por 1.500 mechones y más de 100.000 cabellos, pero el resto, por muy desapercibido que pueda pasar, es formidable. Si impresiona tanto por su naturalidad, es que el trabajo de animación es excelente. Pixar no tiene rival en este terreno. Los demás pueden aspirar a hacer un gran trabajo, pero en Pixar es norma.
Donde no se nota tanto el toque Pixar es en la historia. Exceptuando las dos películas de Cars, es posible que Brave sea el título de Pixar que más claramente nace del deseo de ser una película de dibujos animados más que una película, y eso se nota en un guión solvente pero mucho menos inolvidable que otros tantos de la factoría que ha dado vida a maravillas dramáticas y de retrato de personajes como las tres entregas de Toy Story, Wall·E, Up o Los Increíbles. Hay más clichés en esta cinta que juntando muchas de las anteriores que ha hecho Pixar. Hay más arquetipos que en todas ellas. Y, superando el brutal salto argumental (lo menos logrado) que se produce a mitad de la película y que los trailers ya han destrozado, es más previsible que la gran mayoría. Eso, no obstante, no le resta entretenimiento a una película muy divertida (grandes secundarios cómicos, como los trillizos o los representantes de los otros tres clanes), bien guiada emocionalmente y espectacular en todas sus imágenes.
Brave no es la mejor propuesta de Pixar, pero, siguiendo la línea temporal de su trabajo, sí una mejora con respecto a su último título, la decepcionante Cars 2. Brave no ofrece sensaciones negativas, simplemente no llega al grado de perfección (como película, sí como trabajo de animación) al que nos tiene acostumbrados el estudio de John Lasseter. Mala señal sería que, precisamente por su habitual genialidad, cometiéramos la injusticia de no disfrutar con lo que nos ofrece Pixar, una aventura fresca, dinámica y emotiva. Que no supiéramos apreciar la apertura que supone en su filmografía (es la primera heroína Pixar). O que no intentáramos ver más allá y diéramos por sentado que es fácil conseguir una animación tan deslumbrante como ésta. Brave es una película más que recomendable para todos los aficionados a los dibujos animados, indudablemente señalada para los más pequeños y altamente disfrutable para todos aquellos que sientan especial cariño hacia las tierras escocesas o las leyendas gaélicas. Y antes de la película hay, como es habitual, un espléndido corto, La luna, y una escena tras los títulos de crédito. Avisados estáis.
Aquí, otra crítica, en Suite 101.
Aquí, las imágenes del Photocall de Russian Red y los animadores Carolina y Ramiro López Dau.
Brave es la historia de Merida, una princesa escocesa y la primogénita del clan que gobierna. Los otros tres clanes se desplazan para, como manda la tradición, ofrecer a sus primeros hijos varones para que uno de ellos se case con la princesa. Merida, no obstante, es un espíritu libre, una adolescente que quiere casarse por amor y que disfruta mucho más con su arco que en las tareas que, según su madre, son propias de una princesa. Trece largometrajes lleva producidos Pixar y tan emblemático número no ha dado mala suerte a la compañía, pero sí un ligero cambio de rumbo. O, al menos, un nuevo experimento. Brave es más Disney que Pixar. Es innegable que tener a una joven como protagonista marca mucho en ese sentido. Disney siempre ha presumido de sus princesas, con razón, y Merida podría ser perfectamente una de ellas. Sobre todo, hay mucho en esta adolescente escocesa de La Sirenita (ambas princesas de nacimiento, ambas pelirrojas, ambas rebeldes y de buen corazón).
El acercamiento a Disney también se nota en el uso de las canciones, interpretadas por Julie Fowlis en la versión original y Russian Red en la doblada, algo que en Pixar siempre se había hecho de un modo más limitado. En todo caso, es la música lo primero que marca una diferencia entre esta película y Disney. El escocés, y se nota, Patrick Doyle no parece el clásico compositor Disney. De hecho, ya tenía cierta experiencia en música de corte medieval para una película de dibujos animados, la entrañable La espada mágica. En busca de Camelot. Y su trabajo es precioso, el mejor modo de que el espectador se sienta dentro de la historia. A partir de ahí, la magia Pixar hace el resto. La animación es sublime. Es fácil enredarse en la alborotada melena de Merida, según se ha publicitado compuesta por 1.500 mechones y más de 100.000 cabellos, pero el resto, por muy desapercibido que pueda pasar, es formidable. Si impresiona tanto por su naturalidad, es que el trabajo de animación es excelente. Pixar no tiene rival en este terreno. Los demás pueden aspirar a hacer un gran trabajo, pero en Pixar es norma.
Donde no se nota tanto el toque Pixar es en la historia. Exceptuando las dos películas de Cars, es posible que Brave sea el título de Pixar que más claramente nace del deseo de ser una película de dibujos animados más que una película, y eso se nota en un guión solvente pero mucho menos inolvidable que otros tantos de la factoría que ha dado vida a maravillas dramáticas y de retrato de personajes como las tres entregas de Toy Story, Wall·E, Up o Los Increíbles. Hay más clichés en esta cinta que juntando muchas de las anteriores que ha hecho Pixar. Hay más arquetipos que en todas ellas. Y, superando el brutal salto argumental (lo menos logrado) que se produce a mitad de la película y que los trailers ya han destrozado, es más previsible que la gran mayoría. Eso, no obstante, no le resta entretenimiento a una película muy divertida (grandes secundarios cómicos, como los trillizos o los representantes de los otros tres clanes), bien guiada emocionalmente y espectacular en todas sus imágenes.
Brave no es la mejor propuesta de Pixar, pero, siguiendo la línea temporal de su trabajo, sí una mejora con respecto a su último título, la decepcionante Cars 2. Brave no ofrece sensaciones negativas, simplemente no llega al grado de perfección (como película, sí como trabajo de animación) al que nos tiene acostumbrados el estudio de John Lasseter. Mala señal sería que, precisamente por su habitual genialidad, cometiéramos la injusticia de no disfrutar con lo que nos ofrece Pixar, una aventura fresca, dinámica y emotiva. Que no supiéramos apreciar la apertura que supone en su filmografía (es la primera heroína Pixar). O que no intentáramos ver más allá y diéramos por sentado que es fácil conseguir una animación tan deslumbrante como ésta. Brave es una película más que recomendable para todos los aficionados a los dibujos animados, indudablemente señalada para los más pequeños y altamente disfrutable para todos aquellos que sientan especial cariño hacia las tierras escocesas o las leyendas gaélicas. Y antes de la película hay, como es habitual, un espléndido corto, La luna, y una escena tras los títulos de crédito. Avisados estáis.
Aquí, otra crítica, en Suite 101.
Aquí, las imágenes del Photocall de Russian Red y los animadores Carolina y Ramiro López Dau.
sábado, agosto 04, 2012
'Sin rastro', otro thriller rutinario con ganas de ser polémico
Cada vez parece más evidente que el thriller se estanca como género. Proliferan las películas, inundan la cartelera todas las semanas, pero muy pocas terminan de calar. Apenas unas elegidas se quedan en la memoria del espectador y las fórmulas parecen estar más que agotadas. No es así, claro, pero esa es la sensación que dejan películas como Sin rastro, vehículo para el lucimiento de una estrella que ahora mismo tiene apariencia de pasajera como Amanda Seyfried. El único argumento con el que parece contar la película, además de su protagonista, es la polémica que pueda suscitar su resolución, que por supuesto no desvelaré. No es que sea transgresora, no lo es, pero sí parece pensada para dejar en el espectador una sensación diferente. Pero no lo consigue porque, a pesar de lo chocante que pueda ser o de las conversaciones que genere tras la película, no oculta un pobre desarrollo de los personajes y lo rutinario de su planteamiento.
Parece cada vez más evidente que el thriller se ha convertido, por encima de la fantasía o la ciencia ficción, el género que más esfuerzos de ingenuidad exige del espectador. En Sin rastro, tenemos a una joven camarera, interpretada por Amanda Seyfried, que se convierte en la única persona capaz de solucionar un secuestro, que da esquinazo a la policía con una facilidad que ya quisieran los criminales, que va encontrando pistas que no podrían ser más evidentes como si sólo ella fuera capaz de verlas. Hay que dar demasiadas cosas por sentado, confiar demasiado en su sensación de realismo, como para que sea creíble. Sin rastro tiene muchos errores de planteamiento, incluso en la misma premisa del secuestro inicial. Seyfried se ha instalado en un cómodo papel de heroína capaz de todo (el mismo que hacía en la aburrida Caperucita Roja y la desaprovechada In time), pero necesitaría un cambio de registro ya si no quiere formar parte del panteón de jóvenes atractivas y olvidadas de Hollywood. ¿Los miserables que ya está haciendoTom Hooper? Veremos.
Sin rastro se construye en torno a Seyfried, dándole la práctica totalidad de escenas y planos de la película, lo que no da mucho margen para encontrar tablas de salvación para el filme lejos de su personaje. Incluso se permite el lujo de desaprovechar secundarios, de introducirlos y no volverlos a usar, a pesar de que podrían haber dado mucho juego. Es el caso del agente de policía al que da vida Wes Bentley. En los primeros veinte minutos parece que va a ser un personaje destacado pero se acaba quedando, como todos los demás, en una simple figura decorativa. Ningún personaje sobresale. No hay secundarios interesantes y no hay, craso error, un villano de altura. Solía ser una premisa básica del thriller, un antagonista desasosegante, pero en el cine más reciente se apuesta por no mostrar absolutamente nada del malo. Sin rastro abusa de ese recurso hasta el punto de que no es misterio, sino simple dejadez lo que hay en su retrato.
Heitor Dhalia, director brasileño que da el salto a Hollywood con esta película, no es capaz de ofrecer algo diferente con Sin rastro. Se contenta con filmar con cierta solvencia las escenas y con pasear a sus personajes por la pantalla. Con pocas expectativas, le queda un producto simplemente cumplidor. Si se quiere sacar punta a cada cosa que sucede en la pantalla, Sin rastro es un filón. Y una vez hecho eso, sólo queda el debate final que genera la resolución de la trama. La polémica que, evidentemente, quiere suscitar. El problema social sobre el que quiere discutir, siquiera superficialmente, la película. Pero la controversia no puede sustituir nunca a la calidad cinematográfica, y aquí no lo consigue. No es que haya mucho de lo primero, la verdad, en el fondo sólo un instante que pasa fugazmente, casi desaprovechado, pero de lo que seguro no hay casi nada es de lo segundo. Un thriller rutinario.
Parece cada vez más evidente que el thriller se ha convertido, por encima de la fantasía o la ciencia ficción, el género que más esfuerzos de ingenuidad exige del espectador. En Sin rastro, tenemos a una joven camarera, interpretada por Amanda Seyfried, que se convierte en la única persona capaz de solucionar un secuestro, que da esquinazo a la policía con una facilidad que ya quisieran los criminales, que va encontrando pistas que no podrían ser más evidentes como si sólo ella fuera capaz de verlas. Hay que dar demasiadas cosas por sentado, confiar demasiado en su sensación de realismo, como para que sea creíble. Sin rastro tiene muchos errores de planteamiento, incluso en la misma premisa del secuestro inicial. Seyfried se ha instalado en un cómodo papel de heroína capaz de todo (el mismo que hacía en la aburrida Caperucita Roja y la desaprovechada In time), pero necesitaría un cambio de registro ya si no quiere formar parte del panteón de jóvenes atractivas y olvidadas de Hollywood. ¿Los miserables que ya está haciendoTom Hooper? Veremos.
Sin rastro se construye en torno a Seyfried, dándole la práctica totalidad de escenas y planos de la película, lo que no da mucho margen para encontrar tablas de salvación para el filme lejos de su personaje. Incluso se permite el lujo de desaprovechar secundarios, de introducirlos y no volverlos a usar, a pesar de que podrían haber dado mucho juego. Es el caso del agente de policía al que da vida Wes Bentley. En los primeros veinte minutos parece que va a ser un personaje destacado pero se acaba quedando, como todos los demás, en una simple figura decorativa. Ningún personaje sobresale. No hay secundarios interesantes y no hay, craso error, un villano de altura. Solía ser una premisa básica del thriller, un antagonista desasosegante, pero en el cine más reciente se apuesta por no mostrar absolutamente nada del malo. Sin rastro abusa de ese recurso hasta el punto de que no es misterio, sino simple dejadez lo que hay en su retrato.
Heitor Dhalia, director brasileño que da el salto a Hollywood con esta película, no es capaz de ofrecer algo diferente con Sin rastro. Se contenta con filmar con cierta solvencia las escenas y con pasear a sus personajes por la pantalla. Con pocas expectativas, le queda un producto simplemente cumplidor. Si se quiere sacar punta a cada cosa que sucede en la pantalla, Sin rastro es un filón. Y una vez hecho eso, sólo queda el debate final que genera la resolución de la trama. La polémica que, evidentemente, quiere suscitar. El problema social sobre el que quiere discutir, siquiera superficialmente, la película. Pero la controversia no puede sustituir nunca a la calidad cinematográfica, y aquí no lo consigue. No es que haya mucho de lo primero, la verdad, en el fondo sólo un instante que pasa fugazmente, casi desaprovechado, pero de lo que seguro no hay casi nada es de lo segundo. Un thriller rutinario.
lunes, julio 23, 2012
'El irlandés', entre la buddy movie y el spaghetti western
El irlandés es una de esas películas pequeñas que dejan un indudable gran sabor de boca. Es una delirante mezcla entre un spaghetti western ambientado en Irlanda (e irlandés), mezclado con la clásica buddy movie de policías que Hollywood viene haciendo con frecuencia desde que Arma Letal convirtiera esta clase de historias casi en un subgénero.Con un guión tan rocambolesco como sorprendente y unos diálogos tan potentes como divertidos, El irlándes destaca por ser una mezcla de lo que se tanto se admira, sin que para mí alcanza los niveles de maestría que hay aquí,en el cine de Quentin Tarantino y en el de los hermanos Coen. Y es que a veces el talento no viene de donde tantos ansían encontrarlo. Por supuesto, sin el talento de Brendan Gleeson, uno de esos actores secundarios que casi nunca encuentran el reconocimiento que merecen, esta película no llegaría ni a la mitad de lo que realmente es.
Es El irlándes una película intensamente basada en su personaje protagonista. El sargento Gerry Boyle es un policía peculiar. Su respeto por la escena de un crimen es nulo, su afición a las mujeres le lleva a contratar prostitutas en su día libre, su trato a otros agentes de cualquier cuerpo deja mucho que desear y su socarronería ante la autoridad es evidente. Pero, al mismo tiempo, es inteligente y culto, un buen tipo que adora y cuida a su madre. Una vez vista la película resulta dificilísimo disociar esta descripción de Brendan Gleeson. Secundario en tantísimas películas, de Braveheart a Gangs of New York pasando por El reino de los cielos o la saga de Harry Potter, ofrece una actuación sencillamente perfecta, ya desde el arranque de la película.
Y ese arranque, es el que sienta las bases de lo que va a ser el resto. No sólo por el personaje, sino también por el tono. Evidentemente, una comedia. Pero también una película con más trasfondo del que pueda parecer. Y con un marcado tono de ejercicio de estilo, que remite con su música al spaghetti western. Interesante elección la de John Michael McDonagh, director debutante y guionista con anterioridad sólo de Ned Kelly, para crear este policíaco irlandés, sumamente original en su conjunto y rodado con fuerza. La apuesta estilística funciona a las mil maravillas. Los diálogos hacen el resto, cebándose especialmente en el contraste entre este sargento irlandés y el agente del FBI Wendell Everett, interpretado sólidamente por Don Cheadle. Es casi inevitable que surja la sonrisa en el espectador antes de que empiecen a hablar. Funciona ya sólo con verles juntos y la mezcla estalla, para bien, en cuanto nace la dinámica de diálogo. Liam Cunningham y Mark Strong ofrecen unos villanos correctos, quizá algo más convencionales que el resto de la película (y en el caso de Strong, un actor más que competente, suena a ya visto) pero no desentonan.
Lo curioso de El irlandés es que, a pesar de ser un producto más que satisfactorio, lo único en lo que parece innovar es colocar un spaghetti western en Irlanda. El resto bucea en territorios ya explorados con mucha frecuencia. Pero mientras las buddy movies actuales, en especial las de Hollywood, tienden al humor absurdo y algo chusco, ésta apuesta por la inteligencia y la ironía. Mientras las películas que explotan el choque de culturas optan por la absurdez imposible, El irlandés tira de situaciones más que realistas (que un agente norteamericano de raza negra intente hablar en inglés en una zona en la que tanto se habla el gaélico es, sencillamente, glorioso de contemplar). Y mientras la mayoría de los policíacos necesitan espectaculares escenas de acción para ser lo más original del año, este filme apuesta por la diversión narrativa, desde las líneas de diálogo hasta los hallazgos visuales (Boyle poniéndose su uniforme de gala con esa música de Calexico que homenajea sin pudor a Ennio Morricone).
Seguramente no convenceré a los fervientes seguidores de Tarantino y los Coen, que los tienen y muy numerosos, pero no consigo quitarme de la cabeza la sensación de que El irlandés explota lo que muchos alaban a ambos pero que para mí no consiguen casi nunca. Se ha elogiado hasta la saciedad la capacidad que tienen estos cineastas de crear situaciones absurdamente realistas con un trasfondo policíaco, considerándose sus cumbres Pulp Fiction por un lado y Fargo por el otro. Ni Tarantino ni los Coen me llaman hoy la atención, aunque es verdad que los segundos sí tenían para mí algo especial hasta El gran Lebowski, filme a partir del cual se acabó la genialidad. El irlandés trata de moverse por esos territorios. A la gente parece haberle gustado la apuesta, al menos en su Irlanda de procedencia, donde ha sido un filme de gran éxito. No creo que muchos hayan trazado este paralelismo con Tarantino y los Coen, pero para mí, sin duda, tiene mucho más ingenio El irlandés que cualquier película de aquellos. Y, por eso, sólo puedo decir que son 96 minutos de gran diversión con un pedazo de actor al frente.
Es El irlándes una película intensamente basada en su personaje protagonista. El sargento Gerry Boyle es un policía peculiar. Su respeto por la escena de un crimen es nulo, su afición a las mujeres le lleva a contratar prostitutas en su día libre, su trato a otros agentes de cualquier cuerpo deja mucho que desear y su socarronería ante la autoridad es evidente. Pero, al mismo tiempo, es inteligente y culto, un buen tipo que adora y cuida a su madre. Una vez vista la película resulta dificilísimo disociar esta descripción de Brendan Gleeson. Secundario en tantísimas películas, de Braveheart a Gangs of New York pasando por El reino de los cielos o la saga de Harry Potter, ofrece una actuación sencillamente perfecta, ya desde el arranque de la película.
Y ese arranque, es el que sienta las bases de lo que va a ser el resto. No sólo por el personaje, sino también por el tono. Evidentemente, una comedia. Pero también una película con más trasfondo del que pueda parecer. Y con un marcado tono de ejercicio de estilo, que remite con su música al spaghetti western. Interesante elección la de John Michael McDonagh, director debutante y guionista con anterioridad sólo de Ned Kelly, para crear este policíaco irlandés, sumamente original en su conjunto y rodado con fuerza. La apuesta estilística funciona a las mil maravillas. Los diálogos hacen el resto, cebándose especialmente en el contraste entre este sargento irlandés y el agente del FBI Wendell Everett, interpretado sólidamente por Don Cheadle. Es casi inevitable que surja la sonrisa en el espectador antes de que empiecen a hablar. Funciona ya sólo con verles juntos y la mezcla estalla, para bien, en cuanto nace la dinámica de diálogo. Liam Cunningham y Mark Strong ofrecen unos villanos correctos, quizá algo más convencionales que el resto de la película (y en el caso de Strong, un actor más que competente, suena a ya visto) pero no desentonan.
Lo curioso de El irlandés es que, a pesar de ser un producto más que satisfactorio, lo único en lo que parece innovar es colocar un spaghetti western en Irlanda. El resto bucea en territorios ya explorados con mucha frecuencia. Pero mientras las buddy movies actuales, en especial las de Hollywood, tienden al humor absurdo y algo chusco, ésta apuesta por la inteligencia y la ironía. Mientras las películas que explotan el choque de culturas optan por la absurdez imposible, El irlandés tira de situaciones más que realistas (que un agente norteamericano de raza negra intente hablar en inglés en una zona en la que tanto se habla el gaélico es, sencillamente, glorioso de contemplar). Y mientras la mayoría de los policíacos necesitan espectaculares escenas de acción para ser lo más original del año, este filme apuesta por la diversión narrativa, desde las líneas de diálogo hasta los hallazgos visuales (Boyle poniéndose su uniforme de gala con esa música de Calexico que homenajea sin pudor a Ennio Morricone).
Seguramente no convenceré a los fervientes seguidores de Tarantino y los Coen, que los tienen y muy numerosos, pero no consigo quitarme de la cabeza la sensación de que El irlandés explota lo que muchos alaban a ambos pero que para mí no consiguen casi nunca. Se ha elogiado hasta la saciedad la capacidad que tienen estos cineastas de crear situaciones absurdamente realistas con un trasfondo policíaco, considerándose sus cumbres Pulp Fiction por un lado y Fargo por el otro. Ni Tarantino ni los Coen me llaman hoy la atención, aunque es verdad que los segundos sí tenían para mí algo especial hasta El gran Lebowski, filme a partir del cual se acabó la genialidad. El irlandés trata de moverse por esos territorios. A la gente parece haberle gustado la apuesta, al menos en su Irlanda de procedencia, donde ha sido un filme de gran éxito. No creo que muchos hayan trazado este paralelismo con Tarantino y los Coen, pero para mí, sin duda, tiene mucho más ingenio El irlandés que cualquier película de aquellos. Y, por eso, sólo puedo decir que son 96 minutos de gran diversión con un pedazo de actor al frente.
viernes, julio 20, 2012
'El Caballero Oscuro. La leyenda renace', majestuoso final de una trilogía irrepetible
Cuando vi por primera vez El Caballero Oscuro me pregunté qué podría hacer Christopher Nolan para superar la que, en ese momento y todavía hoy, era la mejor película que se había hecho nunca basada en un cómic. No sé si atreverme a decir que El Caballero Oscuro. La leyenda renace supera a la segunda entrega de esta portentosa trilogía cinematográfica, realmente no lo tengo claro, pero es que tampoco hace falta esa comparación. Son películas distintas, con sensaciones diferentes y con objetivos narrativos y visuales que se complementan. Sin la anterior, ésta no existiría. Y la anterior, sin ésta, probablemente quedaría un tanto incompleta. Forman parte de un impresionante universo fílmico. Lo que sí tengo claro después de un primer visionado es que esta tercera es una película poderosísima a todos los niveles, intensa y dramática, fiel a la esencia del cómic que permite que un personaje tan conocido como Batman tenga tantas y tan diferentes interpretaciones. En lo que al cine se refiere, éste es el Batman definitivo, como el de la serie de 1992 lo es en animación. Es una maravilla irrepetible y como tal hay que recibirla y, desde ya, venerarla.
No suele ser habitual que una distribuidora pida que no se revele el final de una película. Warner lo ha hecho con ésta y es lógico y entendible, pero viene a ser una ligera contradicción con respecto a la avalancha de markéting que viene mostrando demasiado desde hace unos cuantos meses. Yo cada vez tengo más claro que trailers, reportajes y adelantos visuales, fotográficos o escritos, sólo sirven para arruinar en parte la experiencia cinematográfica tal y como la ha planteado el cineasta. A mí no me hacía falta nada de esto para convencerme de ir a ver El Caballero Oscuro. La leyenda renace. La ecuación era fácil y se sostiene por sí sola. Christopher Nolan ha conseguido que mucha gente se tome en serio las historias de un personaje de cómic. Y el cómic, nos pese lo que nos pese, sigue sin tener el reconocimiento que merece. Por eso, aunque sólo fuera por eso, Nolan es un genio. Batman Begins era una pequeña gran gozada. Pero El Caballero Oscuro llevó el juego a un nivel totalmente nuevo. Nolan hizo un clásico del siglo XXI protagonizado por un tipo con capa y un psicópata con la cara pintada de blanco. Y la gente lo entendió.
Aumentar la escala de aquello lleva por fuerza a cambiar el planteamiento otra vez. Pero las bases son las mismas. Nolan extrae lo mejor de algunas historias de cómic (no voy a decir cuáles, porque en algún caso reventaría las sorpresas del filme) y lo traslada a un universo muy personal en el que siempre hay una sensación que se apodera de la película. No es la primera vez que lo digo, pero creo que es importante insistir en que hay toda una evolución psicológica en el Batman de Nolan. Batman Begins habla del miedo, El Caballero Oscuro del caos y El Caballero Oscuro. La leyenda renace de la destrucción... y también del renacer de las cenizas. No hay más que ver el título original, The Dark Knight Rises, mucho más gráfico que la traducción al español. Para hablar de ese renacer, Nolan crea un relato épico, construye una película de guerra más que de superhéroes, con un formidable desarrollo de personajes e historia (quizá levemente ingenuo en algún momento) y un clímax final absolutamente portentoso. La trilogía de Batman de Nolan es lo mejor que se ha rodado nunca sobre un personaje de cómic. Y el final está a la altura.
Porque, a pesar de los logros de Nolan, algunas sensaciones previas eran de duda legítima. Superar El Caballero Oscuro no era tarea fácil. Hacer creíbles a Bane y Catwoman, los nuevos personajes de esta cinta, tampoco. Dar un cierre que hiciera justicia a lo anterior, mucho menos. Pero Nolan sale triunfante de todo. Tendría que haberme hecho caso a mí mismo cuando, después de ver la anterior película, me dije que Nolan tenía carta blanca para hacer lo que quisiera, porque se la había ganado. Si es que nadie ha entendido a Batman en el cine mejor que él. Si es que ha conseguido que incluso las traiciones más grandes a la literalidad de la historia del cómic, que las tiene su visión, sean más fieles al espíritu de lo que cientos de creadores han construido en las viñetas desde que Bob Kane y Bill Finger crearan al personaje en 1939 que las miradas de otros que se han erigido como adalides de esa misma fidelidad. Si lees un cómic, no encontrarás a este Bane. Ni a esta Catwoman. Ni al Joker, al Espantapájaros o al Ra's Al Ghul de las anteriores películas. Pero son ellos en esencia.
Ese es sólo uno de los méritos de Nolan, que ha sabido construir un universo cinematográfico verosímil, creíble, hermoso y violento, en una historia de unas siete horas que quita el aliento de principio a fin, hasta llegar a un final prodigioso, excelso, admirable que he hecho que el director se supere a sí mismo como director de piezas de acción. Mirar a este universo es asumir ingentes grados de genialidad a todos los niveles. Nolan es el arquitecto, pero no hay nada que no esté a la altura. El perfecto vestuario de Lindy Hemming, el maravilloso diseño de producción de Nathan Crowley y Kevin Kavanaugh, la prodigiosa excelencia de la música de Hans Zimmer (me da igual que los Oscar no le acepten por tener no sé qué porcentaje de música no original, debió ganar por El Caballero Oscuro y debería ganar por esta incomparable sinfonía de tensión y acción), la fotografía de Wally Pfister... Todo está a un nivel impresionante. Y por eso está película es un sueño hecho realidad para cualquier aficionado a los cómics de Batman. Todo funciona.
Y qué decir de los actores... Sólo los nombres ya impresionan. Es una gozada ver a Michael Caine en algunas de sus mejores escenas de los últimos años, y eso que da vida a un secundario, uno imprescindible como es Alfred pero secundario al fin y al cabo. Christian Bale es, sencillamente, el Batman definitivo. Pero también el Bruce Wayne, que encuentra un reflejo precioso en el humano policía de Joseph Gordon-Levitt. E insisto en que la literalidad del cómic no encuentra acomodo completo aquí, especialmente en su personaje. No tiene el carisma del Joker de Heath Ledger, pero Tom Hardy es un Bane impresionante que cumple todo lo que cabía esperar de él, por muchas dudas que suscitara y por mucho que se haya hablado más de si se le entiende bien (que sí, por cierto) antes que del personaje que construye. Y Anne Hathaway es perfecta para este universo de Batman. Perfecta, sencillamente perfecta, sensual y mordaz. Incluso con tacones. ¿Quién si no Christopher Nolan podía hacer que tomáramos en serio a una Catwoman que viste prácticamente igual que la de la serie de televisión de los años 60? Origen ya demostró que Nolan también era capaz de escribir buenos personajes femeninos, muy escasos en su todavía corta filmografía, pero este papel y el de Marion Cotillard (precisamente una de las actrices de Origen) son un paso más en ese sentido.
El Caballero Oscuro. La leyenda renace es una gozada. Al mismo nivel que lo fue El Caballero Oscuro, superior a lo que fue Batman Begins. Lo que está claro es que la escalada en la épica es brutal, deudora de un tipo de cine que, en realidad, hace muchas décadas que ya no se hace. También en la duración, que llega hasta los 162 minutos. Pero sobre todo en las sensaciones. Christopher Nolan ha dado dignidad a un tipo de cine del que cada vez menos gente se burla. Lo ha hecho con un respecto reverencial a personajes con décadas de existencia pero dándoles una imagen única y muy personal. Su trilogía de Batman es la obra de autor más comercial que se haya hecho nunca, porque ha conseguido ponernos de acuerdo a casi todos. Y, sí, se le pueden sacar pequeñas pegas, momentos que no todo el mundo va a comprender emocional o argumentalmente y pequeñas caídas de ritmo que habrá quien vea como defectos imperdonables. Pero el conjunto es sencillamente majestuoso, como su final, tanto el clímax como el epílogo. Es una trilogía irrepetible y se cierra como tiene que ser, a lo grande. Gracias, Mr. Nolan.
Aquí, otra reseña de El Caballero Oscuro. La leyenda renace.
No suele ser habitual que una distribuidora pida que no se revele el final de una película. Warner lo ha hecho con ésta y es lógico y entendible, pero viene a ser una ligera contradicción con respecto a la avalancha de markéting que viene mostrando demasiado desde hace unos cuantos meses. Yo cada vez tengo más claro que trailers, reportajes y adelantos visuales, fotográficos o escritos, sólo sirven para arruinar en parte la experiencia cinematográfica tal y como la ha planteado el cineasta. A mí no me hacía falta nada de esto para convencerme de ir a ver El Caballero Oscuro. La leyenda renace. La ecuación era fácil y se sostiene por sí sola. Christopher Nolan ha conseguido que mucha gente se tome en serio las historias de un personaje de cómic. Y el cómic, nos pese lo que nos pese, sigue sin tener el reconocimiento que merece. Por eso, aunque sólo fuera por eso, Nolan es un genio. Batman Begins era una pequeña gran gozada. Pero El Caballero Oscuro llevó el juego a un nivel totalmente nuevo. Nolan hizo un clásico del siglo XXI protagonizado por un tipo con capa y un psicópata con la cara pintada de blanco. Y la gente lo entendió.
Aumentar la escala de aquello lleva por fuerza a cambiar el planteamiento otra vez. Pero las bases son las mismas. Nolan extrae lo mejor de algunas historias de cómic (no voy a decir cuáles, porque en algún caso reventaría las sorpresas del filme) y lo traslada a un universo muy personal en el que siempre hay una sensación que se apodera de la película. No es la primera vez que lo digo, pero creo que es importante insistir en que hay toda una evolución psicológica en el Batman de Nolan. Batman Begins habla del miedo, El Caballero Oscuro del caos y El Caballero Oscuro. La leyenda renace de la destrucción... y también del renacer de las cenizas. No hay más que ver el título original, The Dark Knight Rises, mucho más gráfico que la traducción al español. Para hablar de ese renacer, Nolan crea un relato épico, construye una película de guerra más que de superhéroes, con un formidable desarrollo de personajes e historia (quizá levemente ingenuo en algún momento) y un clímax final absolutamente portentoso. La trilogía de Batman de Nolan es lo mejor que se ha rodado nunca sobre un personaje de cómic. Y el final está a la altura.
Porque, a pesar de los logros de Nolan, algunas sensaciones previas eran de duda legítima. Superar El Caballero Oscuro no era tarea fácil. Hacer creíbles a Bane y Catwoman, los nuevos personajes de esta cinta, tampoco. Dar un cierre que hiciera justicia a lo anterior, mucho menos. Pero Nolan sale triunfante de todo. Tendría que haberme hecho caso a mí mismo cuando, después de ver la anterior película, me dije que Nolan tenía carta blanca para hacer lo que quisiera, porque se la había ganado. Si es que nadie ha entendido a Batman en el cine mejor que él. Si es que ha conseguido que incluso las traiciones más grandes a la literalidad de la historia del cómic, que las tiene su visión, sean más fieles al espíritu de lo que cientos de creadores han construido en las viñetas desde que Bob Kane y Bill Finger crearan al personaje en 1939 que las miradas de otros que se han erigido como adalides de esa misma fidelidad. Si lees un cómic, no encontrarás a este Bane. Ni a esta Catwoman. Ni al Joker, al Espantapájaros o al Ra's Al Ghul de las anteriores películas. Pero son ellos en esencia.
Ese es sólo uno de los méritos de Nolan, que ha sabido construir un universo cinematográfico verosímil, creíble, hermoso y violento, en una historia de unas siete horas que quita el aliento de principio a fin, hasta llegar a un final prodigioso, excelso, admirable que he hecho que el director se supere a sí mismo como director de piezas de acción. Mirar a este universo es asumir ingentes grados de genialidad a todos los niveles. Nolan es el arquitecto, pero no hay nada que no esté a la altura. El perfecto vestuario de Lindy Hemming, el maravilloso diseño de producción de Nathan Crowley y Kevin Kavanaugh, la prodigiosa excelencia de la música de Hans Zimmer (me da igual que los Oscar no le acepten por tener no sé qué porcentaje de música no original, debió ganar por El Caballero Oscuro y debería ganar por esta incomparable sinfonía de tensión y acción), la fotografía de Wally Pfister... Todo está a un nivel impresionante. Y por eso está película es un sueño hecho realidad para cualquier aficionado a los cómics de Batman. Todo funciona.
Y qué decir de los actores... Sólo los nombres ya impresionan. Es una gozada ver a Michael Caine en algunas de sus mejores escenas de los últimos años, y eso que da vida a un secundario, uno imprescindible como es Alfred pero secundario al fin y al cabo. Christian Bale es, sencillamente, el Batman definitivo. Pero también el Bruce Wayne, que encuentra un reflejo precioso en el humano policía de Joseph Gordon-Levitt. E insisto en que la literalidad del cómic no encuentra acomodo completo aquí, especialmente en su personaje. No tiene el carisma del Joker de Heath Ledger, pero Tom Hardy es un Bane impresionante que cumple todo lo que cabía esperar de él, por muchas dudas que suscitara y por mucho que se haya hablado más de si se le entiende bien (que sí, por cierto) antes que del personaje que construye. Y Anne Hathaway es perfecta para este universo de Batman. Perfecta, sencillamente perfecta, sensual y mordaz. Incluso con tacones. ¿Quién si no Christopher Nolan podía hacer que tomáramos en serio a una Catwoman que viste prácticamente igual que la de la serie de televisión de los años 60? Origen ya demostró que Nolan también era capaz de escribir buenos personajes femeninos, muy escasos en su todavía corta filmografía, pero este papel y el de Marion Cotillard (precisamente una de las actrices de Origen) son un paso más en ese sentido.
El Caballero Oscuro. La leyenda renace es una gozada. Al mismo nivel que lo fue El Caballero Oscuro, superior a lo que fue Batman Begins. Lo que está claro es que la escalada en la épica es brutal, deudora de un tipo de cine que, en realidad, hace muchas décadas que ya no se hace. También en la duración, que llega hasta los 162 minutos. Pero sobre todo en las sensaciones. Christopher Nolan ha dado dignidad a un tipo de cine del que cada vez menos gente se burla. Lo ha hecho con un respecto reverencial a personajes con décadas de existencia pero dándoles una imagen única y muy personal. Su trilogía de Batman es la obra de autor más comercial que se haya hecho nunca, porque ha conseguido ponernos de acuerdo a casi todos. Y, sí, se le pueden sacar pequeñas pegas, momentos que no todo el mundo va a comprender emocional o argumentalmente y pequeñas caídas de ritmo que habrá quien vea como defectos imperdonables. Pero el conjunto es sencillamente majestuoso, como su final, tanto el clímax como el epílogo. Es una trilogía irrepetible y se cierra como tiene que ser, a lo grande. Gracias, Mr. Nolan.
Aquí, otra reseña de El Caballero Oscuro. La leyenda renace.
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Tom Hardy
lunes, julio 16, 2012
Antes de 'El Caballero Oscuro. La leyenda renace'...
El cierre de la trilogía cinematográfica que Christopher Nolan ha dedicado a Batman es, sin duda, una de las noticias de este año 2012. El estreno de El Caballero Oscuro. La leyenda renace (rocambolesco título traducido en España para el mucho más intenso The Dark Knight Rises) obliga a echar la mirada atrás, especialmente a las dos películas anteriores de la saga pero también a las anteriores miradas del cine a este personaje de cómic nacido en el año 1939. Además de los dos de Nolan, hay otros cinco largometrajes de imagen real en los que Batman salvaba Gotham City de alguna amenaza. Todos ellos tienen elementos de interés por sí solos, pero sirven para entender la grandiosidad de la labor que ha llevado a cabo el director de Origen o Memento para ofrecer un Batman imprescindible y una saga de vital importancia para entender el cine contemporáneo norteamericano.
· Batman (1966)
Poco después de su creación, Batman protagonizó dos seriales cinematográficos. Su primera versión en color se vio en la pequeña pantalla, con una serie que desató una Batmanía sin precedentes en Estados Unidos. Batman era una serie de estilo camp y burlesco, traslación distorsionadamente directa de lo que sucedía en unas viñetas lastradas por la censura, propia y ajena, que convirtió a los superhéroes en aquellos años en personajes endebles. El éxito de aquella serie hizo que, tras su primera temporada, se estrenara la película. Con el mismo tono cómico, las mismas onomatopeyas en la pantalla para ilustrar las peleas, los mismos batartilugios inverosímiles (¿cómo calificar un batspray repelente para tiburones...?) y el mismo aspecto risible de Batman y Robin, unos inolvidables Adam West y Burt Ward, la película enfrenta a los héroes nada menos que con cuatro villanos: el Joker, el Acertijo, el Pingüino y Catwoman. En ellos está lo más rescatable de una película que obliga a verla dispuesto a reírse de todo. De la bomba y del tiburón sobre todo, pero incluso de todo aquello de lo que jamás se reiría un aficionado al personaje.
· Batman (1989) / Batman vuelve (1992)
El universo de Tim Burton se cruza con el del Caballero Oscuro y el resultado tiene que ser algo sin duda peculiar. Gótico, excesivo, fantasioso, pero sumamente atractivo. El éxito del primer Batman fue inmenso. Las partes buenas del filme (el misterioso comienzo, el dramático flashback, el espectacular aunque a ratos inverosímil clímax) eclipsaron a los evidentes problemas de ritmo y de guión que arrastraba. Michael Keaton fue una elección sorprendente, por estar totalmente alejado del físico esperable para un superhéroe, pero su mirada convenció a muchos. La armadura, polémica, hizo el resto. Jack Nicholson fue un brillante pero cómico Joker. La secuela, en la que el director tuvo más libertad, es una película mucho más identificable con Tim Burton. Danny de Vito y Michelle Pfeiffer bordaron sus papeles de Pingüino y Catwoman. Para muchos, y me incluyo, esta segunda tentativa es más completa que la primera, aunque Burton subraye el papel de Batman como secundario dentro de un universo bizarro que tiene un aspecto visual distinto en las dos películas pero sencillamente formidable en ambos cosas. Y qué bonito es el Batmóvil.
· Batman Forever (1995) / Batman y Robin (1997)
Como no todo el mundo acabó contento con la visión de Tim Burton sobre Batman, se optó por un cambio de rumbo. Joel Schmacher optó por un mundo más colorista en todos los sentidos, y no sólo en lo visual. Val Kilmer parecía una mejor elección pero no terminó de convencer en Batman Forever. Chris O'Donnell se convirtió en un insufrible Robin. Schumchar optó por jokerizar los dos villanos de la función, el olvidable Dos Caras de Tommy Lee Jones y el poco soportable Enigma de Jim Carrey. Pese a todo, salió una película pasable. Lo que vino a continuación, Batman y Robin, fue sencillamemente inenarrable. Una película disparatada, mal hecha, mal interpretada, mal escrita y aburridísima, una ofensa a todos los aficionados del personaje, del cómic y del cine. Un esperpento en el que George Clonney naufragó como el peor Batman de la historia, pero menos que Arnold Schwarzenegger haciendo el ridículo como Mr. Freeze, Uma Thurman como Hiedra Venenosa o Alicia Silverstone como Batgirl. Es difícil entender cómo se puede hacer una película tan nefasta. Parecía el fin definitivo de la franquicia cinematográfica de Batman, y con razón.
· Batman Begins (2005)
Aunque no muchos se dieran cuenta en aquel momento, sobre todo antes del estreno, Christopher Nolan sentaba con Batman Begins las bases del reboot. Y consiguió algo mucho más difícil. Todos los títulos anteriores podían tener algo de Batman, pero esta película es Batman. Es la demostración de que la fidelidad que necesita una adaptación de este estilo está en el espíritu y no necesariamente en la letra. Cambia muchas cosas del cómic, pero su sinceridad es inmensa. Christian Bale se convierte de golpe en el mejor Batman y en el mejor Bruce Wayne. Batman Begins, un formidable retrato del miedo que muchos pueden subestimar por el hecho de que su protagonista lleve una capa, está plagado de imágenes inolvidables. Sólo la historia de amor, que no es precisamente el fuerte de este realizador, queda algo desdibujada, quizá también en parte debido a que Katie Holmes es el pilar más endeble de un reparto memorable en el que Liam Neeson, Cillian Murphy, Gary Oldman, Morgan Freeman y, sobre todo, Michael Caine, bordan sus papeles, haciendo crecer un muy buen guión.
· El Caballero Oscuro (2008)
Superar Batman Begins era un reto. Nolan ya había convencido y tocaba progresar. Y vaya si lo hizo. El Caballero Oscuro sigue siendo, a falta de la tercera entrega de su saga, la mejor película basada en un cómic, y eso que han proliferado en los últimos años títulos así. Si la primera estudiaba el miedo, ésta se centra en el caos, aumentando la escala de todo lo que aparece en pantalla hasta abrumar al espectador. Detenerse únicamente en el escalofriante Joker de Heath Ledger es un error tan grande como obviar el monumental Harvey Dent que crea Aaron Eckhart. La sustitución de Katie Holmes por Maggie Gyllenhaal tampoco ayudó a que su personaje mejorara, pero eso no enturbia en nada una monumanetal narración oscura, dramática, tensa, más repleta aún que el primer filme de imágenes que se fijan en la memoria. Es una película asombrosa a todos los niveles, un brutal crescendo dramático, emocional y de acción, uno de esos filmes capaces de plantear debates morales y sociales a todo aquel que esté dispuesto a mirar más allá de su envoltorio. Si la primera es sobresaliente, la segunda es sencillamente imprescindible. ¿Y la tercera...?
· Batman (1966)
Poco después de su creación, Batman protagonizó dos seriales cinematográficos. Su primera versión en color se vio en la pequeña pantalla, con una serie que desató una Batmanía sin precedentes en Estados Unidos. Batman era una serie de estilo camp y burlesco, traslación distorsionadamente directa de lo que sucedía en unas viñetas lastradas por la censura, propia y ajena, que convirtió a los superhéroes en aquellos años en personajes endebles. El éxito de aquella serie hizo que, tras su primera temporada, se estrenara la película. Con el mismo tono cómico, las mismas onomatopeyas en la pantalla para ilustrar las peleas, los mismos batartilugios inverosímiles (¿cómo calificar un batspray repelente para tiburones...?) y el mismo aspecto risible de Batman y Robin, unos inolvidables Adam West y Burt Ward, la película enfrenta a los héroes nada menos que con cuatro villanos: el Joker, el Acertijo, el Pingüino y Catwoman. En ellos está lo más rescatable de una película que obliga a verla dispuesto a reírse de todo. De la bomba y del tiburón sobre todo, pero incluso de todo aquello de lo que jamás se reiría un aficionado al personaje.
· Batman (1989) / Batman vuelve (1992)
El universo de Tim Burton se cruza con el del Caballero Oscuro y el resultado tiene que ser algo sin duda peculiar. Gótico, excesivo, fantasioso, pero sumamente atractivo. El éxito del primer Batman fue inmenso. Las partes buenas del filme (el misterioso comienzo, el dramático flashback, el espectacular aunque a ratos inverosímil clímax) eclipsaron a los evidentes problemas de ritmo y de guión que arrastraba. Michael Keaton fue una elección sorprendente, por estar totalmente alejado del físico esperable para un superhéroe, pero su mirada convenció a muchos. La armadura, polémica, hizo el resto. Jack Nicholson fue un brillante pero cómico Joker. La secuela, en la que el director tuvo más libertad, es una película mucho más identificable con Tim Burton. Danny de Vito y Michelle Pfeiffer bordaron sus papeles de Pingüino y Catwoman. Para muchos, y me incluyo, esta segunda tentativa es más completa que la primera, aunque Burton subraye el papel de Batman como secundario dentro de un universo bizarro que tiene un aspecto visual distinto en las dos películas pero sencillamente formidable en ambos cosas. Y qué bonito es el Batmóvil.
· Batman Forever (1995) / Batman y Robin (1997)
Como no todo el mundo acabó contento con la visión de Tim Burton sobre Batman, se optó por un cambio de rumbo. Joel Schmacher optó por un mundo más colorista en todos los sentidos, y no sólo en lo visual. Val Kilmer parecía una mejor elección pero no terminó de convencer en Batman Forever. Chris O'Donnell se convirtió en un insufrible Robin. Schumchar optó por jokerizar los dos villanos de la función, el olvidable Dos Caras de Tommy Lee Jones y el poco soportable Enigma de Jim Carrey. Pese a todo, salió una película pasable. Lo que vino a continuación, Batman y Robin, fue sencillamemente inenarrable. Una película disparatada, mal hecha, mal interpretada, mal escrita y aburridísima, una ofensa a todos los aficionados del personaje, del cómic y del cine. Un esperpento en el que George Clonney naufragó como el peor Batman de la historia, pero menos que Arnold Schwarzenegger haciendo el ridículo como Mr. Freeze, Uma Thurman como Hiedra Venenosa o Alicia Silverstone como Batgirl. Es difícil entender cómo se puede hacer una película tan nefasta. Parecía el fin definitivo de la franquicia cinematográfica de Batman, y con razón.
· Batman Begins (2005)
Aunque no muchos se dieran cuenta en aquel momento, sobre todo antes del estreno, Christopher Nolan sentaba con Batman Begins las bases del reboot. Y consiguió algo mucho más difícil. Todos los títulos anteriores podían tener algo de Batman, pero esta película es Batman. Es la demostración de que la fidelidad que necesita una adaptación de este estilo está en el espíritu y no necesariamente en la letra. Cambia muchas cosas del cómic, pero su sinceridad es inmensa. Christian Bale se convierte de golpe en el mejor Batman y en el mejor Bruce Wayne. Batman Begins, un formidable retrato del miedo que muchos pueden subestimar por el hecho de que su protagonista lleve una capa, está plagado de imágenes inolvidables. Sólo la historia de amor, que no es precisamente el fuerte de este realizador, queda algo desdibujada, quizá también en parte debido a que Katie Holmes es el pilar más endeble de un reparto memorable en el que Liam Neeson, Cillian Murphy, Gary Oldman, Morgan Freeman y, sobre todo, Michael Caine, bordan sus papeles, haciendo crecer un muy buen guión.
· El Caballero Oscuro (2008)
Superar Batman Begins era un reto. Nolan ya había convencido y tocaba progresar. Y vaya si lo hizo. El Caballero Oscuro sigue siendo, a falta de la tercera entrega de su saga, la mejor película basada en un cómic, y eso que han proliferado en los últimos años títulos así. Si la primera estudiaba el miedo, ésta se centra en el caos, aumentando la escala de todo lo que aparece en pantalla hasta abrumar al espectador. Detenerse únicamente en el escalofriante Joker de Heath Ledger es un error tan grande como obviar el monumental Harvey Dent que crea Aaron Eckhart. La sustitución de Katie Holmes por Maggie Gyllenhaal tampoco ayudó a que su personaje mejorara, pero eso no enturbia en nada una monumanetal narración oscura, dramática, tensa, más repleta aún que el primer filme de imágenes que se fijan en la memoria. Es una película asombrosa a todos los niveles, un brutal crescendo dramático, emocional y de acción, uno de esos filmes capaces de plantear debates morales y sociales a todo aquel que esté dispuesto a mirar más allá de su envoltorio. Si la primera es sobresaliente, la segunda es sencillamente imprescindible. ¿Y la tercera...?
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Val Kilmer
viernes, julio 13, 2012
'El pacto', idea atractiva de inverosímil desarrollo
Tomarse la justicia por su propia mano es el punto de partida de docenas y docenas de películas y personajes de cine, ya desde los años 70, década en la que la violencia se apoderó de la pantalla para ya nunca más abandonarla. Por eso, la idea de El pacto no es del todo original. Pero sí es atractiva y este filme añade además un giro interesante a tan manida propuesta. Lo malo es que su desarrollo aquí es francamente inverosímil. Da para sostener una ficción entretenida, pero no para desarrollar una historia completa y satisfactoria. Nicolas Cage, en una de sus numerosas apariciones cinematográficas de los últimos años, tampoco parece ser el actor adecuado para dar vida a este profesor primero desolado, después desquiciado y finalmente capaz de las más complicadas proezas. Algún que otro momento bien llevado no termina de compensar la sensación que deja un final inverosímil.
Si alguien nos ofreciera una venganza limpia y que no nos involucrara contra alguien que hubiera atacado a una persona muy querida para nosotros, contra un delincuente que sabemos que la Justicia no juzgará en condiciones y a cambio sólo de un favor futuro que no nos especifica en el momento de la oferta, ¿aceptaríamos? Esa es la pregunta que plantea El pacto. Una pregunta tan atractiva como turbadora, porque abre un apasionante debate moral, algo que siempre enriquece una película. Pero es, por desgracia, una pregunta que se queda en la primera mitad de la película, para dar paso a un thriller más convencional y mucho menos arriesgado de lo que se podía intuir sobre el papel. Fascina la idea de que pueda existir una asociación clandestina que se dedique a algo así, a vengar a quienes no pueden vengarse, pero llega un momento en la película en que ese argumento se tambalea por todas partes y hace del todo inverosímil la premisa.
Es decir, que estamos ante la enésima buena idea que acaba perdida en la rutina del cine de acción moderno. Un poco la sensación que dejó, por ejemplo, Un ciudadano ejemplar, aunque aquella tenía más méritos que ésta. El protagonista (Nicolas Cage), un profesor de instituto sin especiales aptitudes físicas, se convierte de repente en un hombre imparable para la misma asociación que se nos vendía como un grupo lleno de recursos y posibilidades. En su primera parte, el personaje sí es creíble. Es un hombre desbordado, que sufre un duro golpe a través de su mujer (January Jones) y que se muestra dispuesto a firmar un pacto con el diablo para hacer justicia. También es fascinante el retrato del hombre que le ofrece esa justicia (Guy Pearce). Pero los tres se diluyen cuando el desarrollo desborda las posibilidades del argumento. Cuando el hombre corriente se convierte en un hombre excesivamente extraordinario y el hombre impresionante en un psicópata sin más.
Nicolas Cage se ha metido en una imparable vorágine laboral que le ha llevado a completar once películas en los últimos tres años. Y, siendo además un actor limitado, da la impresión de que a veces las hace con el piloto automático encendido. No sé si hay mucha diferencia entre este personaje y muchos de los otros que ha interpretado en este tiempo (inevitable pensar en la más reciente, Bajo amenaza). Tampoco hay química con su pareja, January Jones, una actriz muy fría. Guy Pearce sí convence, pero, insisto, sólo en la primera mitad de la película, cuando aporta un halo de misterio. Después todo se desmadra. Roger Donaldson, director de este filme, tiene cierto oficio, el que le ha otorgado director películas notables como No hay salida o Trece días. Pero no termina de cogerle el pulso a la película con el suficiente vigor (¿cómo habría sido esta película en manos de Sam Peckinpah?) como para marcar una diferencia con respecto a otros títulos que parten de premisas muy parecidas.
Vista sin demasiadas pretensiones, El pacto puede aguantar como un entretenimiento de bajo nivel, con algunas escenas que sí manienen la tensión necesaria y el interés por saber cómo va a continuar la historia. Puede, incluso, despertar el debate al que anima el planteamiento inicial y dejar para después de la película la pregunta de qué haríamos cada uno de nosotros ante una situación así y si podría existir una organización como la que se plantea. Pero lo cierto es que no convence y no engancha. Los personajes no terminan de estar bien desarrollados y los que sí lo parecen en algún momento acaban diluídos en una película corriente que, excepción hecha de Guy Pearce, no parece contar con el reparto adecuado. Película fallida.
Si alguien nos ofreciera una venganza limpia y que no nos involucrara contra alguien que hubiera atacado a una persona muy querida para nosotros, contra un delincuente que sabemos que la Justicia no juzgará en condiciones y a cambio sólo de un favor futuro que no nos especifica en el momento de la oferta, ¿aceptaríamos? Esa es la pregunta que plantea El pacto. Una pregunta tan atractiva como turbadora, porque abre un apasionante debate moral, algo que siempre enriquece una película. Pero es, por desgracia, una pregunta que se queda en la primera mitad de la película, para dar paso a un thriller más convencional y mucho menos arriesgado de lo que se podía intuir sobre el papel. Fascina la idea de que pueda existir una asociación clandestina que se dedique a algo así, a vengar a quienes no pueden vengarse, pero llega un momento en la película en que ese argumento se tambalea por todas partes y hace del todo inverosímil la premisa.
Es decir, que estamos ante la enésima buena idea que acaba perdida en la rutina del cine de acción moderno. Un poco la sensación que dejó, por ejemplo, Un ciudadano ejemplar, aunque aquella tenía más méritos que ésta. El protagonista (Nicolas Cage), un profesor de instituto sin especiales aptitudes físicas, se convierte de repente en un hombre imparable para la misma asociación que se nos vendía como un grupo lleno de recursos y posibilidades. En su primera parte, el personaje sí es creíble. Es un hombre desbordado, que sufre un duro golpe a través de su mujer (January Jones) y que se muestra dispuesto a firmar un pacto con el diablo para hacer justicia. También es fascinante el retrato del hombre que le ofrece esa justicia (Guy Pearce). Pero los tres se diluyen cuando el desarrollo desborda las posibilidades del argumento. Cuando el hombre corriente se convierte en un hombre excesivamente extraordinario y el hombre impresionante en un psicópata sin más.
Nicolas Cage se ha metido en una imparable vorágine laboral que le ha llevado a completar once películas en los últimos tres años. Y, siendo además un actor limitado, da la impresión de que a veces las hace con el piloto automático encendido. No sé si hay mucha diferencia entre este personaje y muchos de los otros que ha interpretado en este tiempo (inevitable pensar en la más reciente, Bajo amenaza). Tampoco hay química con su pareja, January Jones, una actriz muy fría. Guy Pearce sí convence, pero, insisto, sólo en la primera mitad de la película, cuando aporta un halo de misterio. Después todo se desmadra. Roger Donaldson, director de este filme, tiene cierto oficio, el que le ha otorgado director películas notables como No hay salida o Trece días. Pero no termina de cogerle el pulso a la película con el suficiente vigor (¿cómo habría sido esta película en manos de Sam Peckinpah?) como para marcar una diferencia con respecto a otros títulos que parten de premisas muy parecidas.
Vista sin demasiadas pretensiones, El pacto puede aguantar como un entretenimiento de bajo nivel, con algunas escenas que sí manienen la tensión necesaria y el interés por saber cómo va a continuar la historia. Puede, incluso, despertar el debate al que anima el planteamiento inicial y dejar para después de la película la pregunta de qué haríamos cada uno de nosotros ante una situación así y si podría existir una organización como la que se plantea. Pero lo cierto es que no convence y no engancha. Los personajes no terminan de estar bien desarrollados y los que sí lo parecen en algún momento acaban diluídos en una película corriente que, excepción hecha de Guy Pearce, no parece contar con el reparto adecuado. Película fallida.
lunes, julio 09, 2012
'Carmina o revienta', extravagancia experimental
En esto del cine hay una tendencia a mezclar la opinión personal sobre autores y actores con la valoración de su trabajo. Al majo no se le puede criticar, al arisco sí aunque sea muy bueno en lo que hace. Y quizá hay algo de eso en el juicio que Carmina o revienta está recibiendo desde que irrumpió con fuerza en la primera línea de actualidad desde la pasada semana. Ha cosechado notables parabienes de entre lo más granado de la crítica española por la enorme valentía que supone un proyecto como éste, también por la cómica afabilidad de su autor, Paco León, por la sencillez de su protagonista, Carmina Barrios, o por la luz que desprende su principal secundaria, María León. La película, de sólo 70 minutos, dista mucho de ser una cinta inolvidable, aunque tiene sus momentos. La aventura empresarial y profesional que supone, en cambio, es un punto de inflexión, o tendría que serlo, en la inmovilista industria cinematográfica española. Ahí el aplauso tendría que ser sincero y unánime.
Empecemos por ahí. Paco León, al que el común de los espectadores recuerda por su personaje en la serie de televisión Aída, decide escribir y dirigir su primera película de la forma más rocambolesca posible. Es un falso documental. Es un trabajo familiar, en el que el apellido León se lee numerosas veces en los títulos de crédito. Es una comedia soez y de apariencia realista, sacada de la España más profunda. Es una glorificación de todo eso, sin ningún orden preestablecido. Y es, además, la primera película que se estrena de forma simultánea en cines, DVD, Internet y televisión. Hay que ser muy valiente o muy insensato para hacer algo así. Para mí, valiente. Y la valentía se merece el éxito. Por eso, las primeras noticias sobre su buena acogida entre el público internauta son fantásticas. Paco León ha abierto camino y ha demostrado que nos mienten con el precio de las entradas y con el pétreo mercado cinematográfico con el que nos hacen tragar.
Paco León merece, por su arrojo, todo lo bueno que le suceda a esta película. No obstante, las pertinentes felictaciones tampoco deben ser un trampolín injustificado para valorar los éxitos de su trabajo. Carmina o revienta dista de ser redonda, quizá también por su rareza intrínseca. Su estructura está más cerca de lo deslabazado que de lo experimental. Su guión puede ser visto más como un descuido continuado que como una genialidad. Hay escenas que rozan lo brillante y otras que uno no sabe muy bien cómo encajar en todo el cuadro. Es cierto que hay algo en ese frikismo rural, campechano y soez (aunque eso último cansa en la comedia contemporánea por facilón) que desprende el personaje de Carmina Barrios que engancha durante toda la película, pero también que en algunas ocasiones se tiene la sensación de que la anécdota ha devorado parte de la historia que necesitaría el filme para sostenerse. Muchos de los 70 minutos de la película son un caminar hacia no se sabe muy bien dónde. Y eso no siempre funciona, al menos no como para componer una película.
El sketch sí funciona, desde el primero hasta el último (el que cierra los títulos de crédito y que acertadamente había sido adelantado en una de las mejores escenas de la película), siempre que se acepten las claves del humor de Paco León y el retrato de sus personajes. Si se entra en el juego, Carmina o revienta no decepciona. Pero si el espectador no lo consigue, seguramente asistirá a la proyección con asombro e incredulidad. Ese es el principal hándicap de esta historia, arriesgada en muchos términos pero también acomodada en otros. Y es que, aunque sorprenda la estructura de la película, más por inusual que por novedosa, no lo hace tanto en el humor que contiene. O, mejor dicho, en el tipo de humor que abandera. Precisamente algunas de las escenas que se salen de lo previsto (el accidente de coche, la primera aparición del cobrador del frac) están entre los mejores momentos de la película.
Carmina o revienta es uno de esos títulos que, por uno u otro motivo, merece la pena conocer. Aunque sólo sea para criticarlo o alabarlo con conocimiento de causa. Una vez visto, si algo queda de verdad es la presencia de María León. Este papel y el de la bonita pero blanda La voz dormida hacen de ella una presencia estimulante y agradecida en el cine español más reciente, aunque cabría esperar de ella en el futuro que amplíe sus registros y demuestre que su estrella puede brillar con más fuerza y en otros géneros. Difundir, en todo caso, proyectos empresariales y cinematográficos como éste casi parece una obligación de todos los que venimos años defendiendo que otro cine es posible. Otra forma de ver cine. Otra forma de comercializar cine. Paco León y Carmina o revienta quedarán para siempre como un modelo para que encuentre su camino el cine español, sea mejor o peor, pues esa es una consideración que discurre paralela pero no cruzada con la forma de explotación.
Empecemos por ahí. Paco León, al que el común de los espectadores recuerda por su personaje en la serie de televisión Aída, decide escribir y dirigir su primera película de la forma más rocambolesca posible. Es un falso documental. Es un trabajo familiar, en el que el apellido León se lee numerosas veces en los títulos de crédito. Es una comedia soez y de apariencia realista, sacada de la España más profunda. Es una glorificación de todo eso, sin ningún orden preestablecido. Y es, además, la primera película que se estrena de forma simultánea en cines, DVD, Internet y televisión. Hay que ser muy valiente o muy insensato para hacer algo así. Para mí, valiente. Y la valentía se merece el éxito. Por eso, las primeras noticias sobre su buena acogida entre el público internauta son fantásticas. Paco León ha abierto camino y ha demostrado que nos mienten con el precio de las entradas y con el pétreo mercado cinematográfico con el que nos hacen tragar.
Paco León merece, por su arrojo, todo lo bueno que le suceda a esta película. No obstante, las pertinentes felictaciones tampoco deben ser un trampolín injustificado para valorar los éxitos de su trabajo. Carmina o revienta dista de ser redonda, quizá también por su rareza intrínseca. Su estructura está más cerca de lo deslabazado que de lo experimental. Su guión puede ser visto más como un descuido continuado que como una genialidad. Hay escenas que rozan lo brillante y otras que uno no sabe muy bien cómo encajar en todo el cuadro. Es cierto que hay algo en ese frikismo rural, campechano y soez (aunque eso último cansa en la comedia contemporánea por facilón) que desprende el personaje de Carmina Barrios que engancha durante toda la película, pero también que en algunas ocasiones se tiene la sensación de que la anécdota ha devorado parte de la historia que necesitaría el filme para sostenerse. Muchos de los 70 minutos de la película son un caminar hacia no se sabe muy bien dónde. Y eso no siempre funciona, al menos no como para componer una película.
El sketch sí funciona, desde el primero hasta el último (el que cierra los títulos de crédito y que acertadamente había sido adelantado en una de las mejores escenas de la película), siempre que se acepten las claves del humor de Paco León y el retrato de sus personajes. Si se entra en el juego, Carmina o revienta no decepciona. Pero si el espectador no lo consigue, seguramente asistirá a la proyección con asombro e incredulidad. Ese es el principal hándicap de esta historia, arriesgada en muchos términos pero también acomodada en otros. Y es que, aunque sorprenda la estructura de la película, más por inusual que por novedosa, no lo hace tanto en el humor que contiene. O, mejor dicho, en el tipo de humor que abandera. Precisamente algunas de las escenas que se salen de lo previsto (el accidente de coche, la primera aparición del cobrador del frac) están entre los mejores momentos de la película.
Carmina o revienta es uno de esos títulos que, por uno u otro motivo, merece la pena conocer. Aunque sólo sea para criticarlo o alabarlo con conocimiento de causa. Una vez visto, si algo queda de verdad es la presencia de María León. Este papel y el de la bonita pero blanda La voz dormida hacen de ella una presencia estimulante y agradecida en el cine español más reciente, aunque cabría esperar de ella en el futuro que amplíe sus registros y demuestre que su estrella puede brillar con más fuerza y en otros géneros. Difundir, en todo caso, proyectos empresariales y cinematográficos como éste casi parece una obligación de todos los que venimos años defendiendo que otro cine es posible. Otra forma de ver cine. Otra forma de comercializar cine. Paco León y Carmina o revienta quedarán para siempre como un modelo para que encuentre su camino el cine español, sea mejor o peor, pues esa es una consideración que discurre paralela pero no cruzada con la forma de explotación.
viernes, julio 06, 2012
'The Amazing Spider-Man', buen cine de superhéroes
El éxtasis provocado por Los Vengadores y el esperado final de la trilogía de Christopher Nolan sobre Batman, que llegará a los cines en julio (¿superará la maravilla que fue El Caballero Oscuro?) han colocado al cine de superhéroes de cómic, en sus más diversas variedades, porque las tiene, en un estado de gracia que será difícil superar. The Amazing Spider-Man, probablemente contra todo pronóstico, se convierte en el tercer eje ineludible de esta especie de subgénero del cine de acción y fantasía. Porque podemos pensar en lo innecesario que puede ser un reboot sólo cinco años después del cierre de una trilogía sobre el personaje, lo aburrido que hubiera podido ser contemplar de nuevo el origen de Spiderman o las dudas que pudiera despertar el cambio de director y protagonistas. Todas esas dudas eran lícitas. Pero ver The Amazing Spider-Man las despeja casi todos, porque ofrece una película tan vibrante como emotiva y que aprovecha con categoría los cánones de una película de origen que ya estableció allá en los años 70 el Superman de Richard Donner y Christopher Reeve.
Primera advertencia para ver The Amazing Spider-Man: no tiene absolutamente nada que ver con las tres películas de Spiderman que hizo Sam Raimi. Es un reboot total, que es fiel al espíritu del cómic pero no sigue al pie de la letra, ni mucho menos, las historias de las viñetas. Segunda advertencia: más que sobre Spiderman, que también, ésta es una película sobre Peter Parker. Que nadie se asuste al comprobar que el superhéroe no aparece hasta la hora de película, y ésta dura 135 minutos, algo que ya sucedía, y con bastante éxito por cierto, en Batman Begins. Tercera advertencia: si todavía no los has visto, huye de los trailers de la película como de la muerte. La maquinaria hollywoodiense todavía no se ha dado cuenta de que con estos avances está matando la experiencia cinematográfica. Y dos advertencias menores más: que nadie salga del cine antes de la escena que aparece después del primer bloque de créditos finales (aunque es decepcionante, en el fondo es la antesala de la más que segura secuela) y que a nadie se le escape el glorioso cameo de Stan Lee, cocreador de Spiderman junto a Steve Ditko. Una biblioteca y música clásica dan la pista para reconocerle.
Lo más importante de esas advertencias está, obviamente, en las dos primeras. El primer cambio que eso produce es que tenemos un Peter Parker adolescente. Tendría que chocar que, con ese planteamiento, el actor escogido para dar vida al personaje, Andrew Garfield (La red social), tenga 29 años. Pero miradle. Observad detenidamente su impresionante interpretación. Es Peter Parker, es un adolescente tímido y con problemas, solitario pero con ganas de hacer lo correcto. Garfield parece haber cobrado vida directamente desde las viñetas de los primeros cómics en los que apareció, por obra y gracia del mencionado Stan Lee y Steve Ditko. Y a su lado cobra vida una Gwen Stacy casi perfecta, con los rasgos de una Emma Stone que se consolida como una de las actrices del momento compaginando película como Criadas y señoras con este tipo de cine. Tienen tanta química juntos que ésta desborda escenas como el precioso intento de Peter de pedirle una cita a Gwen en los pasillos del instituto o la conversación que tienen en la azotea. Los dos están sencillamente maravillosos.
Marc Webb, director de este reboot, era una de las razones por las que cabía dudar de este proyecto. Su bagaje cinematográfico se limitaba a (500) días juntos. Y, sin embargo, parece entender a la perfección no sólo la naturaleza y la personalidad de Spiderman, sino también lo que necesitaba para que esta reinvención pudiera verse como algo totalmente diferente a las tres películas de Sam Raimi. El movimiento de Spiderman es asombroso y reconocible, el nivel de efectos especiales y la interacción con el villano de la película, el Lagarto (al que da vida con categoría en su mitad humana Rhys Ifans), es sobresaliente en todos sus encuentros, especialmente en el clímax final de la película, el momento en el que de verdad tiene sentido el 3D. Porque, sí, ver a Spiderman balanceándose entre los rascacielos de Nueva York en 3D es algo que merece la pena ver. No tanto el resto de la película, y de hecho algo más de la primera hora podría llevar a pensar en otro nuevo timo con las famosas gafas. Y si a eso se añade el placer de ver a secundarios como Michael Sheen, Sally Field (como los tíos de Peter, Ben y May) y Dennis Leary (como el capitán Stacy, padre de Gwen), pocas pegas se le puede poner a este espectáculo.
The Amazing Spider-Man tiene alguna escena que no termina de funcionar, como la detención del atracador de coches, y algún concepto demasiado cinematográfico que inunda una buena historia de cómics, y es que lo de la identidad secreta es algo para estudiar en el cine de superhéroes en general pero que en las cintas de Spiderman alcanza un grado superlativo. Y le tengo algo de manía al diseño del lagarto, demasiado alejado del cómic; al del traje de Spiderman, seguramente porque el de las películas de Sam Raimi me parecía perfecto; e incluso al 3D, aunque el final de esta película me congracia un poco con las dichosas gafas. Pero este filme es una demostración de cómo se puede hacer una espléndida historia de superhéroes que guste incluso a un público que no sienta especial entusiasmo por este tipo de personajes del ideario cultural norteamericano del siglo XX. Es una hermosa historia de desarrollo personal, la de un joven de 17 años cuya vida cambia de repente por un accidente pero que no deja de ser el clásico chaval de mirada embobada con la chica de sus sueños. Sí, hay un lagarto gigante, un tipo que se viste con spandex para luchar contra él y bastantes efectos especiales. Pero todo eso no deja de esconder una historia fantástica y muy, muy, muy entretenida.
Aquí, otra crítica de la película.
Aquí, fotografías de Andrew Garfield, Emma Stone, Rhys Ifans y Marc Webb en la presentación en Madrid del filme.
Aquí, un repaso a las películas de Spiderman que nunca se llegaron a hacer.
Primera advertencia para ver The Amazing Spider-Man: no tiene absolutamente nada que ver con las tres películas de Spiderman que hizo Sam Raimi. Es un reboot total, que es fiel al espíritu del cómic pero no sigue al pie de la letra, ni mucho menos, las historias de las viñetas. Segunda advertencia: más que sobre Spiderman, que también, ésta es una película sobre Peter Parker. Que nadie se asuste al comprobar que el superhéroe no aparece hasta la hora de película, y ésta dura 135 minutos, algo que ya sucedía, y con bastante éxito por cierto, en Batman Begins. Tercera advertencia: si todavía no los has visto, huye de los trailers de la película como de la muerte. La maquinaria hollywoodiense todavía no se ha dado cuenta de que con estos avances está matando la experiencia cinematográfica. Y dos advertencias menores más: que nadie salga del cine antes de la escena que aparece después del primer bloque de créditos finales (aunque es decepcionante, en el fondo es la antesala de la más que segura secuela) y que a nadie se le escape el glorioso cameo de Stan Lee, cocreador de Spiderman junto a Steve Ditko. Una biblioteca y música clásica dan la pista para reconocerle.
Lo más importante de esas advertencias está, obviamente, en las dos primeras. El primer cambio que eso produce es que tenemos un Peter Parker adolescente. Tendría que chocar que, con ese planteamiento, el actor escogido para dar vida al personaje, Andrew Garfield (La red social), tenga 29 años. Pero miradle. Observad detenidamente su impresionante interpretación. Es Peter Parker, es un adolescente tímido y con problemas, solitario pero con ganas de hacer lo correcto. Garfield parece haber cobrado vida directamente desde las viñetas de los primeros cómics en los que apareció, por obra y gracia del mencionado Stan Lee y Steve Ditko. Y a su lado cobra vida una Gwen Stacy casi perfecta, con los rasgos de una Emma Stone que se consolida como una de las actrices del momento compaginando película como Criadas y señoras con este tipo de cine. Tienen tanta química juntos que ésta desborda escenas como el precioso intento de Peter de pedirle una cita a Gwen en los pasillos del instituto o la conversación que tienen en la azotea. Los dos están sencillamente maravillosos.
Marc Webb, director de este reboot, era una de las razones por las que cabía dudar de este proyecto. Su bagaje cinematográfico se limitaba a (500) días juntos. Y, sin embargo, parece entender a la perfección no sólo la naturaleza y la personalidad de Spiderman, sino también lo que necesitaba para que esta reinvención pudiera verse como algo totalmente diferente a las tres películas de Sam Raimi. El movimiento de Spiderman es asombroso y reconocible, el nivel de efectos especiales y la interacción con el villano de la película, el Lagarto (al que da vida con categoría en su mitad humana Rhys Ifans), es sobresaliente en todos sus encuentros, especialmente en el clímax final de la película, el momento en el que de verdad tiene sentido el 3D. Porque, sí, ver a Spiderman balanceándose entre los rascacielos de Nueva York en 3D es algo que merece la pena ver. No tanto el resto de la película, y de hecho algo más de la primera hora podría llevar a pensar en otro nuevo timo con las famosas gafas. Y si a eso se añade el placer de ver a secundarios como Michael Sheen, Sally Field (como los tíos de Peter, Ben y May) y Dennis Leary (como el capitán Stacy, padre de Gwen), pocas pegas se le puede poner a este espectáculo.
The Amazing Spider-Man tiene alguna escena que no termina de funcionar, como la detención del atracador de coches, y algún concepto demasiado cinematográfico que inunda una buena historia de cómics, y es que lo de la identidad secreta es algo para estudiar en el cine de superhéroes en general pero que en las cintas de Spiderman alcanza un grado superlativo. Y le tengo algo de manía al diseño del lagarto, demasiado alejado del cómic; al del traje de Spiderman, seguramente porque el de las películas de Sam Raimi me parecía perfecto; e incluso al 3D, aunque el final de esta película me congracia un poco con las dichosas gafas. Pero este filme es una demostración de cómo se puede hacer una espléndida historia de superhéroes que guste incluso a un público que no sienta especial entusiasmo por este tipo de personajes del ideario cultural norteamericano del siglo XX. Es una hermosa historia de desarrollo personal, la de un joven de 17 años cuya vida cambia de repente por un accidente pero que no deja de ser el clásico chaval de mirada embobada con la chica de sus sueños. Sí, hay un lagarto gigante, un tipo que se viste con spandex para luchar contra él y bastantes efectos especiales. Pero todo eso no deja de esconder una historia fantástica y muy, muy, muy entretenida.
Aquí, otra crítica de la película.
Aquí, fotografías de Andrew Garfield, Emma Stone, Rhys Ifans y Marc Webb en la presentación en Madrid del filme.
Aquí, un repaso a las películas de Spiderman que nunca se llegaron a hacer.
lunes, junio 25, 2012
'Juego de tronos' crece en su segunda temporada
Después de una primera temporada atractiva y preciosista, plagada de buenos diálogos y grandes interpretaciones pero insatisfactoria desde algunos puntos de vista, Juego de tronos se encontraba frente a la disyuntiva de crecer o decepcionar. Y crece. Desde luego que crece. Hay que reconocer que, pese a todo lo bueno que tiene, bordea en algunos momentos la decepción porque tarda en explotar definitivamente, pero la valoración global de la segunda temporada es necesariamente mejor que la de la primera, porque ha sido capaz de mantener los elementos más positivos del arranque y, al mismo tiempo, solucionar algunos de los problemas y expandir con acierto el rico mundo de las novelas de Canción de hielo y fuego de George R. R. Martin. El título de la novela en que se basa, Choque de reyes, ya invitaba a pensar en ese crecimiento, temático y visual, y el resultado final hace honor a las expectativas.
Es evidente que lo mejor de la temporada es el noveno episodio. Blackwater (Aguasnegras) es una ruptura de todo tipo en el devenir de la serie. Sobre todo es una ruptura narrativa, porque es el primer episodio que se centra en un único escenario. La secuencia lo merecía, sin duda. Y aunque no alcanza las cotas de espectacularidad que ofrecía Martin en la novela (quizá ni Peter Jackson, con todo lo que plasmó en El Señor de los Anillos, podría haber hecho justicia a lo descrito en el papel) sí que es una más que digna traslación televisiva de estos eventos descritos en papel. Pero también es una ruptura en cuanto al devenir de la serie. Si algo se hecha en falta en la primera temporada son las batallas. Hay violencia, pero puntual, limitada. No se ve la guerra que amenaza a los Siete Reinos. En la segunda temporada sucede lo mismo. Hasta este noveno episodio. Brutal, genial, violento y épico. Una joya televisiva, escrita por el propio George R. R. Martin, que se olvida en buena medida de todas las restricciones que el formato televisivo puede ofrecer a una historia como ésta.
La ausencia de batallas no sólo restó la esperada espectacularidad durante buena parte de la temporada, sino que ha minimizado por completo el papel en esta segunda temporada de un personaje que estaba llamado a mayores gestas, el de Robb Stark, al que hacen avanzar en la parcela romántica porque en la de guerrero no se le muestra apenas. El cambio no termina de funcionar. Tampoco enganchan tanto como cabría suponer las historias de Daenerys Targaryen o Jon Nieve, siempre a la espera de despegar con largos intermedios en los que apenas avanzan, y al menos hasta el décimo episodio, donde sí se ve algo de lo que se podía esperar. Y es que aunque Blackwater acapare toda la atención no hay que menospreciar el espléndido cierre de la temporada, con un episodio que dura diez minutos más de lo normal y que, por primera vez en esta temporada, hace justicia a todas y cada una de las tramas planteadas en la serie. Sobresaliente es la escena de la Casa de los Eternos de Qarth, en la que se adentra Daenerys y que muestra, como Blackwater pero en sentidos más amplios y sugerentes, la necesaria espectacularidad de este universo.
Esa visiónm más ambiciosam es la que había permitido ver los mejores momentos de la temporada, que obligan a pensar en el final del cuarto episodio y el comienzo del quinto. La tan comentada y esperada escena del parto de Melisandre es sobrecogedora, y el perfecto colofón al seguramente más violento episodio de esta temporada, Garden of Bones. También entre lo mejor se mantienen los diálogos, brillantes, cínicos, cortantes, y las interpretaciones. Tiene mérito que una serie que se vendió como la de Sean Bean haya sobrevivido con semejante vigor a su ausencia. El cásting se confirma como sobresaliente. Crecen algunos nombres que en la primera temporada habían quedado más difuminados como los de Emilia Clarke (Daenerys) o Sophie Turner (Sansa Stark), pero hay pocas dudas de que el actor que se lleva todas las miradas es Peter Dinklage. Su Tyrion es sencillamente memorable y se lleva, sin duda, las mejores escenas actorales de la segunda temporada. Charles Dance como Tywin Lannister, Lena Headey como Cersei o Liam Cunningham como Davos son otros de los nombres que sobresalen por encima del resto.
La segunda temporada de la serie es más valiente en muchos sentidos. En el visual desde luego, aunque eso también es cierto que depende de un mayor presupuesto que aquí sí ha tenido (no siempre hace falta para progresar, ojo; los escenarios naturales aquí son mucho más imponentes que en buena parte de la primera temporada y aspectos técnicos como la música, con mucha más personalidad ahora, ayudan en ese crecimiento). Pero también en lo narrativo. La adaptación televisiva se aleja en bastantes aspectos de la literalidad de Choque de reyes, algo que no sucedía tanto en Juego de tronos. Conociendo el original literario, muchos de los cambios merecen aplausos, como la espléndida interactuación en Harrenhall de Tywin y Arya Stark. La temporada empieza bien, decae ligeramente en su tramo intermedio y acaba con un auténtico terremoto visual y narrativo que hace albergar todavía mayores esperanzas de cara a la reanudación de la serie. Por desgracia, habrá que tener paciencia para ver esa continuación, que no llegará hasta abril de 2013.
Para quien desee leer más sobre esta segunda temporada de Juego de tronos, éstas son las reseñas de cada uno de los diez episodios de los que consta:
Episodio 1, The North Remembers
Episodio 2, The Night Lands
Episodio 3, What Is Dead May Never Die
Epidosio 4, Garden of Bones
Episodio 5, The Ghost of Harrenhall
Episodio 6, The Old Gods and the New
Episodio 7, A Man Withour Honor
Episodio 8, The Prince of Winterfell
Episodio 9, Blackwater
Episodio 10, Valar Morghulis
Es evidente que lo mejor de la temporada es el noveno episodio. Blackwater (Aguasnegras) es una ruptura de todo tipo en el devenir de la serie. Sobre todo es una ruptura narrativa, porque es el primer episodio que se centra en un único escenario. La secuencia lo merecía, sin duda. Y aunque no alcanza las cotas de espectacularidad que ofrecía Martin en la novela (quizá ni Peter Jackson, con todo lo que plasmó en El Señor de los Anillos, podría haber hecho justicia a lo descrito en el papel) sí que es una más que digna traslación televisiva de estos eventos descritos en papel. Pero también es una ruptura en cuanto al devenir de la serie. Si algo se hecha en falta en la primera temporada son las batallas. Hay violencia, pero puntual, limitada. No se ve la guerra que amenaza a los Siete Reinos. En la segunda temporada sucede lo mismo. Hasta este noveno episodio. Brutal, genial, violento y épico. Una joya televisiva, escrita por el propio George R. R. Martin, que se olvida en buena medida de todas las restricciones que el formato televisivo puede ofrecer a una historia como ésta.
La ausencia de batallas no sólo restó la esperada espectacularidad durante buena parte de la temporada, sino que ha minimizado por completo el papel en esta segunda temporada de un personaje que estaba llamado a mayores gestas, el de Robb Stark, al que hacen avanzar en la parcela romántica porque en la de guerrero no se le muestra apenas. El cambio no termina de funcionar. Tampoco enganchan tanto como cabría suponer las historias de Daenerys Targaryen o Jon Nieve, siempre a la espera de despegar con largos intermedios en los que apenas avanzan, y al menos hasta el décimo episodio, donde sí se ve algo de lo que se podía esperar. Y es que aunque Blackwater acapare toda la atención no hay que menospreciar el espléndido cierre de la temporada, con un episodio que dura diez minutos más de lo normal y que, por primera vez en esta temporada, hace justicia a todas y cada una de las tramas planteadas en la serie. Sobresaliente es la escena de la Casa de los Eternos de Qarth, en la que se adentra Daenerys y que muestra, como Blackwater pero en sentidos más amplios y sugerentes, la necesaria espectacularidad de este universo.
Esa visiónm más ambiciosam es la que había permitido ver los mejores momentos de la temporada, que obligan a pensar en el final del cuarto episodio y el comienzo del quinto. La tan comentada y esperada escena del parto de Melisandre es sobrecogedora, y el perfecto colofón al seguramente más violento episodio de esta temporada, Garden of Bones. También entre lo mejor se mantienen los diálogos, brillantes, cínicos, cortantes, y las interpretaciones. Tiene mérito que una serie que se vendió como la de Sean Bean haya sobrevivido con semejante vigor a su ausencia. El cásting se confirma como sobresaliente. Crecen algunos nombres que en la primera temporada habían quedado más difuminados como los de Emilia Clarke (Daenerys) o Sophie Turner (Sansa Stark), pero hay pocas dudas de que el actor que se lleva todas las miradas es Peter Dinklage. Su Tyrion es sencillamente memorable y se lleva, sin duda, las mejores escenas actorales de la segunda temporada. Charles Dance como Tywin Lannister, Lena Headey como Cersei o Liam Cunningham como Davos son otros de los nombres que sobresalen por encima del resto.
La segunda temporada de la serie es más valiente en muchos sentidos. En el visual desde luego, aunque eso también es cierto que depende de un mayor presupuesto que aquí sí ha tenido (no siempre hace falta para progresar, ojo; los escenarios naturales aquí son mucho más imponentes que en buena parte de la primera temporada y aspectos técnicos como la música, con mucha más personalidad ahora, ayudan en ese crecimiento). Pero también en lo narrativo. La adaptación televisiva se aleja en bastantes aspectos de la literalidad de Choque de reyes, algo que no sucedía tanto en Juego de tronos. Conociendo el original literario, muchos de los cambios merecen aplausos, como la espléndida interactuación en Harrenhall de Tywin y Arya Stark. La temporada empieza bien, decae ligeramente en su tramo intermedio y acaba con un auténtico terremoto visual y narrativo que hace albergar todavía mayores esperanzas de cara a la reanudación de la serie. Por desgracia, habrá que tener paciencia para ver esa continuación, que no llegará hasta abril de 2013.
Para quien desee leer más sobre esta segunda temporada de Juego de tronos, éstas son las reseñas de cada uno de los diez episodios de los que consta:
Episodio 1, The North Remembers
Episodio 2, The Night Lands
Episodio 3, What Is Dead May Never Die
Epidosio 4, Garden of Bones
Episodio 5, The Ghost of Harrenhall
Episodio 6, The Old Gods and the New
Episodio 7, A Man Withour Honor
Episodio 8, The Prince of Winterfell
Episodio 9, Blackwater
Episodio 10, Valar Morghulis
viernes, junio 15, 2012
'Sácame del paraíso', la realidad es más divertida que el disparate
Sácame del paraíso es una comedia que explica muchas cosas sobre la realidad del género. Se tiende a pensar que el disparate, el exceso, lo extraño e incluso lo grotesco es más divertido que lo real. Los diez primeros minutos de Sácame del paraíso, con las modificaciones asumibles que exige una comedia, están anclados en la realidad; los 88 restantes son presa de ese disparate. Y los diez primeros minutos son lo mejor de la película, lo que en el fondo deja una sensación de cierta insatisfacción. No es que el resto esté mal, aunque hay demasiados momentos que no producen el efecto deseado, sobre todo cuando el filme deriva en la habitual y cansina acumulación de chistes sobre sexo sin los que ninguna comedia de hoy en día parece capaz de sobrevivir, pero hay una notable diferencia entre el arranque y el resto, entre la realidad y el disparate. La otra sensación que deja la película es que la comedia tampoco parece dar pasos hacia adelante, sólo sale del paso a la espera de algún renovador.
Saltémonos el argumento de la película para no dar pistas. Sólo hay que decir que Sácame del paraíso va sobre una pareja que cree saber hacia dónde conduce su vida y, de repente, se da cuenta de que no tiene ni idea y por eso, aunque por accidente, coge un camino que jamás hubiera escogido. La pareja la forman Paul Rudd y Jennifer Anniston. Para los que estuvieron diez años enganchados a Friends será todo un shock ver un cambio de parejas tan radical con respecto a la serie, pues el personaje de Rudd se casó con Phoebe y el de Anniston fue el amor eterno de Ross. Quizá sólo sea por los actores, pero da la sensación de que, de alguna manera, hay un deliberado propósito de recuperar parte del humor de Friends. O quizá sea algo intencionado por parte de David Wain, director del filme y de títulos no muy recordados como Mal ejemplo o Los diez locos mandamientos. El caso es que no termina de conseguir esa sensación a lo Friends, por mucho que se atisbe.
La verdad es que tanto Rudd como Anniston se meten de lleno en el cliché que suponen ellos mismos. Son el personaje que uno espera ver. No hay, en realidad, sorpresa alguna en sus actuaciones o en sus papeles. Y son cómicos decentes que conocen su oficio, pero el encasillamiento es un peligro real a la hora de ver y valorar esta película. Quizá por eso hay que buscar más allá de la pareja protagonista. No tanto en el histrionismo de Justin Theroux (Mulholland Drive) o en la belleza tópica de Malin Akerman (Watchmen), sino en el divertido personaje de Alan Alda (fundador de la extraña comuna en la que se desarrolla la película), en el simpático hallazgo de Joe Lo Truglio (un escritor nudista que adora hacer su propia vendimia) o en el cameo final de un conocido actor, quizá lo mejor del resto de la película junto con la hilarante secuencia del sueño que tiene uno de los protagonistas.
Los diez primeros minutos sí parecen marcar una diferencia. Quizá no haya en ellos una película que haber explotado, pero el tono sí parecía el adecuado para ofrecer algo diferente, el gag funcionaba, las actuaciones también y las situaciones, más que cotidianas, eran divertidas. Pero a partir de ahí llega el desenfreno, la locura y lo extravagante. Y, por supuesto, todo acaba desencadenando en el sexo, tema principal de la casi totalidad de los chistes de la comedia moderna, y que culmina en un monólogo ante el espejo de Rudd al que, la verdad, no consigo verle la gracia. Hay algún atisbo de originalidad (como el mencionado sueño o los efectos de las drogas en otro de las protagonistas) y bastantes momentos divertidos, pero en el fondo Sácame del paraíso es otra comedia más. Una entretenida, desde luego, pero poco más. ¿Suficiente? Puede que sí, porque en el fondo se trata de pasar un buen rato con un argumento inverosímil. Pero me hubiera gustado ver una comedia que recorriera los caminos de la realidad que se apuntan en los primeros diez minutos...
Saltémonos el argumento de la película para no dar pistas. Sólo hay que decir que Sácame del paraíso va sobre una pareja que cree saber hacia dónde conduce su vida y, de repente, se da cuenta de que no tiene ni idea y por eso, aunque por accidente, coge un camino que jamás hubiera escogido. La pareja la forman Paul Rudd y Jennifer Anniston. Para los que estuvieron diez años enganchados a Friends será todo un shock ver un cambio de parejas tan radical con respecto a la serie, pues el personaje de Rudd se casó con Phoebe y el de Anniston fue el amor eterno de Ross. Quizá sólo sea por los actores, pero da la sensación de que, de alguna manera, hay un deliberado propósito de recuperar parte del humor de Friends. O quizá sea algo intencionado por parte de David Wain, director del filme y de títulos no muy recordados como Mal ejemplo o Los diez locos mandamientos. El caso es que no termina de conseguir esa sensación a lo Friends, por mucho que se atisbe.
La verdad es que tanto Rudd como Anniston se meten de lleno en el cliché que suponen ellos mismos. Son el personaje que uno espera ver. No hay, en realidad, sorpresa alguna en sus actuaciones o en sus papeles. Y son cómicos decentes que conocen su oficio, pero el encasillamiento es un peligro real a la hora de ver y valorar esta película. Quizá por eso hay que buscar más allá de la pareja protagonista. No tanto en el histrionismo de Justin Theroux (Mulholland Drive) o en la belleza tópica de Malin Akerman (Watchmen), sino en el divertido personaje de Alan Alda (fundador de la extraña comuna en la que se desarrolla la película), en el simpático hallazgo de Joe Lo Truglio (un escritor nudista que adora hacer su propia vendimia) o en el cameo final de un conocido actor, quizá lo mejor del resto de la película junto con la hilarante secuencia del sueño que tiene uno de los protagonistas.
Los diez primeros minutos sí parecen marcar una diferencia. Quizá no haya en ellos una película que haber explotado, pero el tono sí parecía el adecuado para ofrecer algo diferente, el gag funcionaba, las actuaciones también y las situaciones, más que cotidianas, eran divertidas. Pero a partir de ahí llega el desenfreno, la locura y lo extravagante. Y, por supuesto, todo acaba desencadenando en el sexo, tema principal de la casi totalidad de los chistes de la comedia moderna, y que culmina en un monólogo ante el espejo de Rudd al que, la verdad, no consigo verle la gracia. Hay algún atisbo de originalidad (como el mencionado sueño o los efectos de las drogas en otro de las protagonistas) y bastantes momentos divertidos, pero en el fondo Sácame del paraíso es otra comedia más. Una entretenida, desde luego, pero poco más. ¿Suficiente? Puede que sí, porque en el fondo se trata de pasar un buen rato con un argumento inverosímil. Pero me hubiera gustado ver una comedia que recorriera los caminos de la realidad que se apuntan en los primeros diez minutos...
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