Aunque no consiga la misma difusión, ni arranque el mismo interés entre espectadores y medios de comunicación, lo cierto es que la animación lleva años explotando lo que el cine comercial sólo consigue de vez en cuando. El cómic de superhéroes tiene en los dibujos animados el vehículo perfecto para hacer realidad no sólo los sueños de los aficionados sino también un buen cine sin complejos. Superman vs. la Élite, la última película de animación protagonizada por el Hombre de Acero, es probablemente la mejor que se haya hecho con el protector de Metropolis como protagonista y con esta técnica. No sólo es un gran vehículo de acción y ciencia ficción, uno que la acción real todavía no es capaz de mostrar con tanta verosimilitud salvo en contadas ocasiones, sino también una más que interesante reflexión sobre el papel del superhéroe en el siglo XXI, en un mundo en el que la violencia se ha abierto camino como medio para solucionar los problemas y el altruismo desinteresado parece estar pasado de moda.
Superman vs. la Élite pone sobre la mesa de debate los métodos de Superman para detener a los criminales. ¿Basta con encarcelarlos? ¿O hay que ir más lejos para evitar que se escapen y vuelvan a delinquir a sus anchas? La Élite es un grupo de cuatro personajes con poderes dispuestos a imponer sus propias vías. Sus caminos no han sido tan luminosos como el de Superman, no han crecido con una educación llena de valores e ilusiones y no tienen la intención de ser tan altruistas y misericordiosos como lo es Superman. Para ellos, el mejor villano es el villano muerto. El desarrollo en imágenes es a veces tan duro como la propia premisa, bordeando los límites que se antojan como tradicionales en una producción de dibujos animados. Ahí sí se nota el paso del tiempo y, manteniendo el buen gusto narrativo, ahora se pueden ver en pantalla cosas que hace no tantos años parecían imposibles.
Es difícil resistirse a comparar esta película de Superman con los filmes de acción real. Es, obviamente, mucho más espectacular ver escenas de acción con un héroe de carne y hueso. La animación siempre estará un peldaño por debajo por el aura de irrealidad que desprende una línea trazada. Pero, al mismo tiempo, esa técnica permite ir mucho más lejos. Las grandes piezas de acción de Superman vs. la Élite son formidables. Se siente el poder de Superman y de sus oponentes. "Creerás que un hombre puede volar", decía el eslógan del primer Superman, el que Richard Donner hizo en 1978. La animación permite mostrar mucho más que eso. Igual Zach Snyder lo desmiente cuando el próximo año estrene The Man of Steel, el reboot que ha cocinado Christopher Nolan, hasta ahora el único capaz de mostrar en la pantalla, con su imprescindible trilogía de Batman, el lado más oscuro del superhéroe.
También es importante Superman vs. la Élite porque muestra algo que aún no hemos visto en pantalla: a Lois Lane y Clark Kent casados. La película, de hecho, potencia la presencia de la reportera del Daily Planet con respecto al cómic de apenas 39 páginas en que está basado el filme. Es un gran acierto por muchas razones. La principal, que da un contrapeso emocional a la parte más espectacular de la película. Los diálogos entre Lois y Superman/Clark son espléndidos, ágiles, ácidos incluso. Hacen de Superman el personaje de carne y hueso que sus poderes muchas veces impiden que se vea. La presencia de esas escenas sirven para entender al clásico boy scout que Superman siempre ha sido, pero también su evolución en el espectacular clímax final de la película.
El cómic en el que se basa la película, publicado en el número 775 de Action Comics en 2001, es uno de esos títulos controvertidos que unos sitúan entre las grandes historias de Superman y otros entre las más sobrevaloradas. El filme consigue explotar lo mejor de aquel cómic, que es la idea subyacente, y le da un envoltorio psicológicamente más completo. Los cuatro personajes que forman la Élite, en especial su líder, Manchester Black, también se hace más humanos. Es más fácil entenderles en la película que en el cómic, donde su papel se limita a ser de refuerzo del debate que plantea el guión y de villano a combatir. Aquí hay incluso otros villanos, un fantasma realista anclado en la política internacional o un extravagante ser atómico. Ambas dimensiones funcionan muy bien en la película. Por ello, Superman vs. la Élite es el mejor filme de dibujos animados que se ha hecho hasta la fecha con el personaje. Y el personaje es una leyenda de la ficción del siglo XX. Igual con eso basta para dar a entender que son 76 minutos que valen la pena.
martes, junio 12, 2012
viernes, junio 08, 2012
'Las chicas de la 6ª planta', divertida pero conformista
Las chicas de la 6ª planta no es Criadas y señoras. No intenta serlo, no tiene los mismos objetivos ni consigue los mismos resultados, ni se acerca en realidad, pero parece necesaria la separación entre ambos títulos desde el principio por las ciertas coincidencias que hay en sus temáticas. Esta película francesa, que a pesar de tener un reparto y un enfoque eminentemente español llega a nuestro país con año y medio de retraso, es una comedia romántica. Lo es con todas sus virtudes y defectos. Esto es, consigue ser divertida y simpática durante la mayor parte del metraje, pero contiene un mensaje conformista, buenista y en ocasiones hasta demasiado agradable, más teniendo en cuenta que pretende reflejar una lucha de clases. La falta de aspiraciones impide que hablemos de un título para recordar, pero no molesta durante el visionado de un título correcto y que lleva por buen camino su ingenuidad. Eso sí, también hace pensar que podría haber sido una película más grande. Como, por ejemplo, Criadas y señoras.
Rodada en 2010 y estrenada en Francia en febrero de 2011, el retraso en llegar a España tiene que ser un motivo para la reflexión. La película cuenta la historia de un grupo de mujeres españolas que, en los años 60, en pleno franquismo, se trasladan a Francia para trabajar como criadas. Tema propio y lenguaje casi propio, pues la película tiene tantos momentos en español como en francés, en una conjunción bien llevada y que no saca en ningún momento de la película. Y tiene actrices españolas, ya que Las chicas de la 6ª planta reúne a un grupo de intérpretes femeninas de prestigio, fama y presencia habitual en el cine de nuestro país. Sin embargo, ni por temática ni por nombres ha conseguido esta cinta evitar un estreno año y medio más tardío en España que en Francia. Lo entiendo como un claro síntoma de que en España no interesa demasiado el cine español o, como este caso, que huela a español.
Es más sangrante la situación si tenemos en cuenta que la película, por sí sola, se sostiene bastante bien. Insisto, dentro de sus pretensiones. Aunque una de las criadas es comunista, que nadie espere una reflexión sobre el régimen franquista. Lo hay en alguna escena suelta, permitiendo cierto y efímero lucimiento a Lola Dueñas, pero no es el tema de la película. El tema es una historia de amor con tintes de comicidad. La historia de amor, clasista, es entre el señor y la criada, por supuesto. Tópico a la vista, pero un tópico tratado con cierto buen gusto. Hay que hacer muchas concesiones para creerse algunas partes de la historia, pero hay mucha naturalidad en el aprendizaje de Jean-Louis (un divertido Fabrice Luchini) sobre las diferencias entre su vida y la de las criadas que viven juntas en la sexta planta de su edificio y las que hay entre la buena vida en Francia y las penurias en España. Natalia Verbeke da un buen contrapunto a Luchini y, salvando el buenismo en ocasiones un tanto inverosímil que desprende la película, hay una apreciable química entre ellos.
Para Carmen Maura queda el personaje, digamos, de prestigio, ese secundario de autoridad que parece una obligación en una película de este estilo. Maura es una buena actriz y consiguió el César por este papel. La verdad es que no da tanto juego como para que el personaje se coma la película, por lo que no es descabellado entender el premio, como tantos otros, como un recominiento a su carrera. En todo caso, su Concepción da cierta solidez al conjunto. No hay genialidad en su metraje, pero con esa solidez actoral, el contraste entre el lujo de la aristocracia parisina y la precariedad del mundo de las criadas, el folkore español (que se incrusta incluso en la banda sonora con un repetitivo uso de la guitarra española) y algunos momentos divertidos, Philippe Le Guay consigue material más que suficiente para lograr una comedia agradable sin demasiadas pretensiones, tópica y excesivamente edulcorada, pero adecuada en su duración (106 minutos) y en su tono. Para pasar un buen rato sin demasiadas expectativas.
Rodada en 2010 y estrenada en Francia en febrero de 2011, el retraso en llegar a España tiene que ser un motivo para la reflexión. La película cuenta la historia de un grupo de mujeres españolas que, en los años 60, en pleno franquismo, se trasladan a Francia para trabajar como criadas. Tema propio y lenguaje casi propio, pues la película tiene tantos momentos en español como en francés, en una conjunción bien llevada y que no saca en ningún momento de la película. Y tiene actrices españolas, ya que Las chicas de la 6ª planta reúne a un grupo de intérpretes femeninas de prestigio, fama y presencia habitual en el cine de nuestro país. Sin embargo, ni por temática ni por nombres ha conseguido esta cinta evitar un estreno año y medio más tardío en España que en Francia. Lo entiendo como un claro síntoma de que en España no interesa demasiado el cine español o, como este caso, que huela a español.
Es más sangrante la situación si tenemos en cuenta que la película, por sí sola, se sostiene bastante bien. Insisto, dentro de sus pretensiones. Aunque una de las criadas es comunista, que nadie espere una reflexión sobre el régimen franquista. Lo hay en alguna escena suelta, permitiendo cierto y efímero lucimiento a Lola Dueñas, pero no es el tema de la película. El tema es una historia de amor con tintes de comicidad. La historia de amor, clasista, es entre el señor y la criada, por supuesto. Tópico a la vista, pero un tópico tratado con cierto buen gusto. Hay que hacer muchas concesiones para creerse algunas partes de la historia, pero hay mucha naturalidad en el aprendizaje de Jean-Louis (un divertido Fabrice Luchini) sobre las diferencias entre su vida y la de las criadas que viven juntas en la sexta planta de su edificio y las que hay entre la buena vida en Francia y las penurias en España. Natalia Verbeke da un buen contrapunto a Luchini y, salvando el buenismo en ocasiones un tanto inverosímil que desprende la película, hay una apreciable química entre ellos.
Para Carmen Maura queda el personaje, digamos, de prestigio, ese secundario de autoridad que parece una obligación en una película de este estilo. Maura es una buena actriz y consiguió el César por este papel. La verdad es que no da tanto juego como para que el personaje se coma la película, por lo que no es descabellado entender el premio, como tantos otros, como un recominiento a su carrera. En todo caso, su Concepción da cierta solidez al conjunto. No hay genialidad en su metraje, pero con esa solidez actoral, el contraste entre el lujo de la aristocracia parisina y la precariedad del mundo de las criadas, el folkore español (que se incrusta incluso en la banda sonora con un repetitivo uso de la guitarra española) y algunos momentos divertidos, Philippe Le Guay consigue material más que suficiente para lograr una comedia agradable sin demasiadas pretensiones, tópica y excesivamente edulcorada, pero adecuada en su duración (106 minutos) y en su tono. Para pasar un buen rato sin demasiadas expectativas.
lunes, junio 04, 2012
'Blancanieves y la leyenda del cazador', otro cuento fallido
No anda muy fino Hollywood a la hora de plantear revisiones de cuentos clásicos. Blancanieves ha tenido dos adaptaciones y las dos han sido fallidas. Esta segunda, Blancanieves y la leyenda del cazador, es bastante mejor que Blancanieves (Mirror, Mirror), pero está tan llena de inconsistencias e incoherencias que es bastante complicado terminar la película y creerse que se ha pasado por una experiencia gratificante. Es igualmente complejo entender el empeño en colocar un título de un cuento clásico a una historia que, en realidad, quiere distanciarse tanto del original (adaptar Blancanieves no es colocar una manzana, una reina, una princesa y siete enanitos a lo largo del relato, como parece que creen los autores de ambos filmes), por loable que sea el intento de ofrecer una versión tétrica y oscura de esa historia. Y es que da la sensación, y es una sensación que ofrecen docenas de adaptaciones contemporáneas de relatos clásicos, de que hay un guión que guarda ciertas similitudes con algo ya conocido y se le pone el título intentando que alguna ley del márketing que conocerán los entendidos atraiga al público a las salas de cine.
Blancanieves y la leyenda del cazador parte de un error conceptual en el que se ha venido insistiendo desde que se conoce el reparto de la película, desde que se vieron las primeras fotos, y que la película corrobora por completo: Charlize Theron es una mujer mucho más guapa, atractiva y carismática que Kristen Stewart. Ya le puede poner la protagonista de Crepúsculo todo el empeño que quiera, que su rival femenina gana por goleada a lo largo de toda la película. Se nota en cada fotograma en que aparecen las dos, juntas o por separado. Y eso, cuando el peso de la historia se pone precisamente en la belleza, es una cojera irresoluble para la película ya desde su planteamiento. En todo caso, es una cuestión más de carisma que de atractivo físico. Quizá por eso el márketing, de nuevo el márketing, ha hecho hincapié en las imágenes de una Blancanieves guerrera (que sólo aparece en los últimos veinte minutos) y no en la hermosa princesa que todos recordamos del cuento. Charlize Theron, de hecho, es lo más destacado del filme, lo más sincero, lo más concordante con los objetivos de fábula oscura que asume el director, el debutante Rupert Sanders.
No se puede negar que esa deseada atmósfera se consigue, al menos parcialmente y a pesar de escenas tan extrañas como la de ese bosque mágico tan difícil de encajar en la película. Y es de agradecer esa aproximación oscura a un cuento para niños, que en el fondo siempre esconde elementos aterradores. Pero se derrumba por la mencionada inconsistencia del filme. Hay tantas escenas, tantas situaciones y tantas soluciones que provocan perplejidad o que obligan a formular preguntas absurdas que, tomadas en serio, arruinan por completo el visionado del filme. Desde las ingentes habilidades de supervivencia (¡y combate!) que tiene una Blancanieves que se ha pasado años encerrada en una celda de mínmo espacio a los absolutamente inverosímiles sentimientos de amor que inundan la película, pasando por el papel intrascendente y anecdótico que juegan aquí los enanos, de nuevo ninguneados en la historia como ya pasó en Mirror, Mirror. Analizar escena por escena, insisto, destroza todo lo que plantea el filme, incluyendo el clímax de la película, y es una pena porque visualmente sí hay bastantes logros notables.
Blancanieves y la leyenda del cazador es una película de ritmo mucho más lento de lo que requería, a la que le sobran algunos minutos y que no termina de aprovechar los aciertos que tiene para nivelar la balanza a su favor. Quizá es que no termina de tener claro si quiere ser un relato épico, que no lo es tanto, o uno fantástico, que tampoco termina de serlo en algunos momentos. Y así transcurren dos horas que no es que sean abiertamente malas (sí lo eran en el caso de Mirror, Mirror) pero que incurren en numerosos errores y no saben aprovechar las bazas que podría haber jugado la película. Poco importa la Blancanieves de Kristen Stewart y casi menos el cazador de un Chris Hemsworth todavía muy encasillado en su papel de héroe extraído de Thor. No es una película romántica, no es un relato fantástico, no es un cuento épico. ¿Y entonces qué es? No termino de tenerlo claro. O al menos no termin de ver qué quiere ser. Pero uno ve a Charlize Theron y se le olvidan todos los problemas durante un instante... Sólo un instante, eso sí, porque lo que queda al final es otra adaptación fallida de un cuento clásico. ¿Será que sólo Disney sabe acometer esta tarea sin caer en problemas tan evidentes?
Blancanieves y la leyenda del cazador parte de un error conceptual en el que se ha venido insistiendo desde que se conoce el reparto de la película, desde que se vieron las primeras fotos, y que la película corrobora por completo: Charlize Theron es una mujer mucho más guapa, atractiva y carismática que Kristen Stewart. Ya le puede poner la protagonista de Crepúsculo todo el empeño que quiera, que su rival femenina gana por goleada a lo largo de toda la película. Se nota en cada fotograma en que aparecen las dos, juntas o por separado. Y eso, cuando el peso de la historia se pone precisamente en la belleza, es una cojera irresoluble para la película ya desde su planteamiento. En todo caso, es una cuestión más de carisma que de atractivo físico. Quizá por eso el márketing, de nuevo el márketing, ha hecho hincapié en las imágenes de una Blancanieves guerrera (que sólo aparece en los últimos veinte minutos) y no en la hermosa princesa que todos recordamos del cuento. Charlize Theron, de hecho, es lo más destacado del filme, lo más sincero, lo más concordante con los objetivos de fábula oscura que asume el director, el debutante Rupert Sanders.
No se puede negar que esa deseada atmósfera se consigue, al menos parcialmente y a pesar de escenas tan extrañas como la de ese bosque mágico tan difícil de encajar en la película. Y es de agradecer esa aproximación oscura a un cuento para niños, que en el fondo siempre esconde elementos aterradores. Pero se derrumba por la mencionada inconsistencia del filme. Hay tantas escenas, tantas situaciones y tantas soluciones que provocan perplejidad o que obligan a formular preguntas absurdas que, tomadas en serio, arruinan por completo el visionado del filme. Desde las ingentes habilidades de supervivencia (¡y combate!) que tiene una Blancanieves que se ha pasado años encerrada en una celda de mínmo espacio a los absolutamente inverosímiles sentimientos de amor que inundan la película, pasando por el papel intrascendente y anecdótico que juegan aquí los enanos, de nuevo ninguneados en la historia como ya pasó en Mirror, Mirror. Analizar escena por escena, insisto, destroza todo lo que plantea el filme, incluyendo el clímax de la película, y es una pena porque visualmente sí hay bastantes logros notables.
Blancanieves y la leyenda del cazador es una película de ritmo mucho más lento de lo que requería, a la que le sobran algunos minutos y que no termina de aprovechar los aciertos que tiene para nivelar la balanza a su favor. Quizá es que no termina de tener claro si quiere ser un relato épico, que no lo es tanto, o uno fantástico, que tampoco termina de serlo en algunos momentos. Y así transcurren dos horas que no es que sean abiertamente malas (sí lo eran en el caso de Mirror, Mirror) pero que incurren en numerosos errores y no saben aprovechar las bazas que podría haber jugado la película. Poco importa la Blancanieves de Kristen Stewart y casi menos el cazador de un Chris Hemsworth todavía muy encasillado en su papel de héroe extraído de Thor. No es una película romántica, no es un relato fantástico, no es un cuento épico. ¿Y entonces qué es? No termino de tenerlo claro. O al menos no termin de ver qué quiere ser. Pero uno ve a Charlize Theron y se le olvidan todos los problemas durante un instante... Sólo un instante, eso sí, porque lo que queda al final es otra adaptación fallida de un cuento clásico. ¿Será que sólo Disney sabe acometer esta tarea sin caer en problemas tan evidentes?
viernes, junio 01, 2012
'¡Por fin solos!', se confirma la decadencia de Lawrence Kasdan
Qué lejos quedan los tiempos en los que Lawrence Kasdan era un cineasta brillante y diferente, capaz de dotar a la saga de Star Wars de un vigor impensable para muchos con su portentoso guión de El Imperio contraataca, de calentar una sala de cine como pocas veces se había hecho con Fuego en el cuerpo o de hacer crónica social de altura con Grand Canyon. ¡Por fin solos! es una comedieta simple, demasiado simple viniendo de quien viene, con algunos momentos divertidos como no podía ser de otra manera, pero en conjunto una muestra de que este director, que sólo ha hecho dos películas en lo que llevamos de siglo, está en clara decadencia y muy lejos de su interesante filmografía de los años 80 y 90. Se intenta, porque es Lawrence Kasdan, porque son Kevin Kline y Diane Keaton, pero cuesta encontrar elementos para pensar que este filme es verdaderamente rescatable. Es simpático, sí. Pero nada más. Y de alguien como Kasdan hay que esperar mucho más.
Es difícil encontrar una línea maestra que guíe el cine de Lawrence Kasdan, desde que allá por 1980 escribiera el guión de la segunda entrega de Star Wars y sólo un año después debutara como director con Fuego en el cuerpo. Si la hay, estaba en su maestría para crear personajes, dotarles de una psicología y de una historia y así convertir seres de papel en hombres y mujeres de carne y hueso. Y le daba igual que el entorno en el que se movieran esos personajes fuera de ciencia ficción o de realismo puro y duro. Quizá la última gota de genialidad hay que buscarla en la muy desconocida Mumford, que se estrenó nada menos que en 1999. Desde entonces, sólo había dirigido y escrito una película, Los cazadores de sueños, en 2003. Sin ser un tiempo excesivamente alarmante, que ¡Por fin solos! se rodara en 2010 y haya visto pospuesto su estreno a casi el verano de 2012 es ya un indicativo de que no estamos precisamente ante el resurgir de la genialidad de Kasdan en décadas anteriores. Por desgracia.
Y es algo a reprochar, porque el reparto es como para sacar partido de cualquier historia, por endeble que fuera. A ratos parece funcionar, todo hay que decirlo. Lo mejor de la película, de hecho, está en los sorprendentemente escasísimos momentos de interacción entre Kevin Kline (otro al que se echa en falta haciendo personajes protagonistas más a menudo) y Diane Keaton, o cuando el primero da rienda suelta al genio cómico que lleva dentro, quizá más cínico que de costumbre pero igualmente divertido. No obstante, siendo justos, la genialidad y la efectiva comicidad sólo aparece muy de vez en cuando en esta película. Algún momento de Richard Jenkins, algún otro de Dianne Wiest, algún que otro toque exótico de Ayelet Zurer... Aún así, todo queda demasiado escaso. Quizá el problema, insisto, sea el baremo que se le quiera aplicar a la película. A mí Kasdan me ha dado grandes momentos (ese resurgir del western en los años 80 con Silverado, esa nostalgia de Reencuentro) y le exijo acorde a su capacidad. Quizá otros vean en ¡Por fin solos! una comedia agradable sin más pretensiones.
En el fondo, lo es. Pero muy en el fondo. Lo dicho, esos momentos de diversión puntual puede que salven la película. Pero lo que cuenta es demasiado episódico, trivial e intrascendente. No termina de haber una historia equilibrada (sorprende una secuencia de animación, totalmente ajena al tono y al ritmo de la película), no es fácil saber si Kasdan (ayudado en el guión por su esposa, Meg) pretende contar lo que supone ser una mujer con el síndrome del nido vacío, porque las hijas apenas tienen un rol en el engranaje de la película. Tampoco si quiere hacer el retrato de un matrimonio en crisis, porque la historia del perro se lleva buena parte del protagonismo. Es difícil definir de qué va ¡Por fin solos!, incluso su argumento no daría demasiadas pistas y, en cambio, estropearía de contarlo aquí algunas de las sorpresas de la película. Quizá no sea más que una reunión de viejos amigos (sobre todo Kasdan y Kline) para pasar un buen rato rodando. A mí desde luego, se me antoja tan escaso... Echo de menos al Lawrence Kasdan de hace dos décadas. Y empiezo a pensar que ese ya no va a volver.
Es difícil encontrar una línea maestra que guíe el cine de Lawrence Kasdan, desde que allá por 1980 escribiera el guión de la segunda entrega de Star Wars y sólo un año después debutara como director con Fuego en el cuerpo. Si la hay, estaba en su maestría para crear personajes, dotarles de una psicología y de una historia y así convertir seres de papel en hombres y mujeres de carne y hueso. Y le daba igual que el entorno en el que se movieran esos personajes fuera de ciencia ficción o de realismo puro y duro. Quizá la última gota de genialidad hay que buscarla en la muy desconocida Mumford, que se estrenó nada menos que en 1999. Desde entonces, sólo había dirigido y escrito una película, Los cazadores de sueños, en 2003. Sin ser un tiempo excesivamente alarmante, que ¡Por fin solos! se rodara en 2010 y haya visto pospuesto su estreno a casi el verano de 2012 es ya un indicativo de que no estamos precisamente ante el resurgir de la genialidad de Kasdan en décadas anteriores. Por desgracia.
Y es algo a reprochar, porque el reparto es como para sacar partido de cualquier historia, por endeble que fuera. A ratos parece funcionar, todo hay que decirlo. Lo mejor de la película, de hecho, está en los sorprendentemente escasísimos momentos de interacción entre Kevin Kline (otro al que se echa en falta haciendo personajes protagonistas más a menudo) y Diane Keaton, o cuando el primero da rienda suelta al genio cómico que lleva dentro, quizá más cínico que de costumbre pero igualmente divertido. No obstante, siendo justos, la genialidad y la efectiva comicidad sólo aparece muy de vez en cuando en esta película. Algún momento de Richard Jenkins, algún otro de Dianne Wiest, algún que otro toque exótico de Ayelet Zurer... Aún así, todo queda demasiado escaso. Quizá el problema, insisto, sea el baremo que se le quiera aplicar a la película. A mí Kasdan me ha dado grandes momentos (ese resurgir del western en los años 80 con Silverado, esa nostalgia de Reencuentro) y le exijo acorde a su capacidad. Quizá otros vean en ¡Por fin solos! una comedia agradable sin más pretensiones.
En el fondo, lo es. Pero muy en el fondo. Lo dicho, esos momentos de diversión puntual puede que salven la película. Pero lo que cuenta es demasiado episódico, trivial e intrascendente. No termina de haber una historia equilibrada (sorprende una secuencia de animación, totalmente ajena al tono y al ritmo de la película), no es fácil saber si Kasdan (ayudado en el guión por su esposa, Meg) pretende contar lo que supone ser una mujer con el síndrome del nido vacío, porque las hijas apenas tienen un rol en el engranaje de la película. Tampoco si quiere hacer el retrato de un matrimonio en crisis, porque la historia del perro se lleva buena parte del protagonismo. Es difícil definir de qué va ¡Por fin solos!, incluso su argumento no daría demasiadas pistas y, en cambio, estropearía de contarlo aquí algunas de las sorpresas de la película. Quizá no sea más que una reunión de viejos amigos (sobre todo Kasdan y Kline) para pasar un buen rato rodando. A mí desde luego, se me antoja tan escaso... Echo de menos al Lawrence Kasdan de hace dos décadas. Y empiezo a pensar que ese ya no va a volver.
sábado, mayo 26, 2012
'Men in Black 3', eficaz y olvidable divertimento
Han pasado diez años desde que se estrenó Men in Black 2, que as u vez llegó a los cines cinco años después que Men in Black. Entonces, en 1997, narrar las andanzas de estos hombres de negro, una agencia secreta norteamericana que se dedicaba a detener a los criminales alienígenas en la Tierra, fue un concepto simpática. Hoy parece algo superado, pero sigue siendo un divertimento digno y eficaz. Algo olvidable precisamente porque ya no esconde ni ofrece sorpresa alguna y porque esta segunda secuela sabe de sus limitaciones y se vuelca en el humor por encima de cualquier otro aspecto. Quizá incluso haya algo de cansancio, lo que explica por qué la historia obliga a buscar un sustituto a Tommy Lee Jones durante buena parte del metraje. Y es que aquí, por si quedaba alguna duda, la estrella ya es Will Smith. Lo mejor, insisto, es que es digna, cosa que no pueden decir todas las secuelas de películas de éxito que llegan con tanto retraso. Lo peor, que no hay nada nuevo en el horizonte y que la historia es muy, muy pequeña.
La eficacia de Men in Black 3 pasa por el hecho de que tiene momentos divertidos, por el disfrute de ver a Will Smith y Tommy Lee Jones retomando sus personajes de forma identificable, como si, en realidad, no hubieran pasado los quince años que han transcurrido desde la primera película de la serie cinematográfica (no olvidemos que está basada en un cómic y que, posteriormente, hubo una serie de dibujos animados). Pero son esos quince años el principal problema de la cinta. A estas alturas, no hay muchas explicaciones narrativas que justifiquen esta secuela y sus responsables parecen tenerlo tan claro que no han dudado en reemplazar a uno de los dos actores protagonistas para abordarla. ¿La excusa? Un viaje en el tiempo, y así el personaje ya puede interpretarlo otro actor más joven. Ya en las escenas en el presente da la sensación de que a Tommy Lee Jones le han quitado arrugas digitalmente. Lo que es innegable es que colocar a Josh Brolin es un acierto de casting.
Brolin, aunque lejos, muy lejos, de sus mejores papeles, es un actor interesante y le da un toque diferente a la dinámica entre J y K, fiel a lo que ya se había visto en las dos primeras películas y a la vez con un poco de frescura. Eso es, en realidad, lo mejor que ofrece Men in Black 3. Puede parecer absurdo, pero a Will Smith se le ve ya algo mayor para el tono juvenil de su personaje, que se mantiene intacto sobre el papel. La presencia de Emma Thompson no hace sino confirmar otra de las tendencias actuales de Hollywood y sus películas llamadas a ser éxitos, la de colocar actores conocidos más por otras facetas de sus carreras en personajes secundarios, casi de relleno. Y sí, tiene cierta gracia ver en las pantallas a pretendidos alienígenas encubiertos entre los personajes más famosos de la actualidad, pero tenía más cuando se hizo el chiste por primera vez en la película que dio origen a lo que ya es una trilogía. Así, la única gran novedad a agradecer es el escenario histórico en el que se desarrolla el modesto clímax de la película, y es que Hollywood sabe rendir homenajes de vez en cuando a su propia historia.
Esta tercera parte asume desde el principio que es una película pequeña, comparada con las dos anteriores y también con el blockbuster veraniego de Hollywood en la actualidad. El malo de la función, interpretado por el cómico y cantante Jemaine Clement, lo evidencia desde el principio. Sí que hay una invasión alienígena de fondo (que se ve minimizada a lo bestia por el gran superespectáculo del año, Los Vengadores, e incluso por el final de la tercera entrega de Transformers, con las que no hay comparación posible), pero es una historia muy pequeña y personal la que se cuenta en esta secuela. Y el añadido del 3D supone otra sospecha más sobre el oportunismo de este filme y de sus verdaderos objetivos. Claro, luego no deja de ser una película de Men in Black, trufada de detalles que son simpáticos, algunos relativos a las dos películas anteriores (aunque no es imprescindible verlas, ni siquiera conocerlas, para entender esta historia), y eso suaviza el juicio final a Men in Black 3. Pero es evidente que es una película para fans de la saga o de los actores, porque parece difícil que enganche a alguien nuevo.
La eficacia de Men in Black 3 pasa por el hecho de que tiene momentos divertidos, por el disfrute de ver a Will Smith y Tommy Lee Jones retomando sus personajes de forma identificable, como si, en realidad, no hubieran pasado los quince años que han transcurrido desde la primera película de la serie cinematográfica (no olvidemos que está basada en un cómic y que, posteriormente, hubo una serie de dibujos animados). Pero son esos quince años el principal problema de la cinta. A estas alturas, no hay muchas explicaciones narrativas que justifiquen esta secuela y sus responsables parecen tenerlo tan claro que no han dudado en reemplazar a uno de los dos actores protagonistas para abordarla. ¿La excusa? Un viaje en el tiempo, y así el personaje ya puede interpretarlo otro actor más joven. Ya en las escenas en el presente da la sensación de que a Tommy Lee Jones le han quitado arrugas digitalmente. Lo que es innegable es que colocar a Josh Brolin es un acierto de casting.
Brolin, aunque lejos, muy lejos, de sus mejores papeles, es un actor interesante y le da un toque diferente a la dinámica entre J y K, fiel a lo que ya se había visto en las dos primeras películas y a la vez con un poco de frescura. Eso es, en realidad, lo mejor que ofrece Men in Black 3. Puede parecer absurdo, pero a Will Smith se le ve ya algo mayor para el tono juvenil de su personaje, que se mantiene intacto sobre el papel. La presencia de Emma Thompson no hace sino confirmar otra de las tendencias actuales de Hollywood y sus películas llamadas a ser éxitos, la de colocar actores conocidos más por otras facetas de sus carreras en personajes secundarios, casi de relleno. Y sí, tiene cierta gracia ver en las pantallas a pretendidos alienígenas encubiertos entre los personajes más famosos de la actualidad, pero tenía más cuando se hizo el chiste por primera vez en la película que dio origen a lo que ya es una trilogía. Así, la única gran novedad a agradecer es el escenario histórico en el que se desarrolla el modesto clímax de la película, y es que Hollywood sabe rendir homenajes de vez en cuando a su propia historia.
Esta tercera parte asume desde el principio que es una película pequeña, comparada con las dos anteriores y también con el blockbuster veraniego de Hollywood en la actualidad. El malo de la función, interpretado por el cómico y cantante Jemaine Clement, lo evidencia desde el principio. Sí que hay una invasión alienígena de fondo (que se ve minimizada a lo bestia por el gran superespectáculo del año, Los Vengadores, e incluso por el final de la tercera entrega de Transformers, con las que no hay comparación posible), pero es una historia muy pequeña y personal la que se cuenta en esta secuela. Y el añadido del 3D supone otra sospecha más sobre el oportunismo de este filme y de sus verdaderos objetivos. Claro, luego no deja de ser una película de Men in Black, trufada de detalles que son simpáticos, algunos relativos a las dos películas anteriores (aunque no es imprescindible verlas, ni siquiera conocerlas, para entender esta historia), y eso suaviza el juicio final a Men in Black 3. Pero es evidente que es una película para fans de la saga o de los actores, porque parece difícil que enganche a alguien nuevo.
viernes, mayo 18, 2012
'Profesor Lazhar', hermosa reflexión sobre la muerte
Si hay un miedo más que presente antes de ver Profesor Lazhar es que la presencia de tantos niños ablande el análisis, infantilice el mensaje y reduzca el efecto de la película. Basta la primera escena para disipar esas dudas por completo y comprobar que no es así, que estamos ante una historia madura y serena, reflexiva y emotiva. Profesor Lazhar, la película canadiense que se quedó a las puertas del Oscar al mejor filme de habla no inglesa en la pasada edición de los Oscar, es una hermosa reflexión sobre la muerte, sobre la tragedia y sobre las consecuencias de nuestros actos. Hermosa, y no sólo por el más que correcto trabajo de un numeroso reparto infantil, sino también por la lograda interpertración de su protagonista, el argelino Fellag y la más que competente labor de Philippe Falardeau como guionista y como director, que sabe encontrar momentos para el drama y momentos para la comedia sin caer en sensiblerías facilonas y sin ofrecer respuestas a problemas que en la vida real no las tiene.
Profesor Lazhar empieza con un puñetazo en el estómago. Y no tarda en revelarse como una película de tragedias cruzadas. La de ese profesor de origen argelino que va a parar a un colegio público de Montreal (fabuloso, carismático y muy creíble Fellag), la de toda una clase que pierde a su profesora en dramáticas circunstancias y en especial la de dos de esos niños, por un lado Alice, una chiquilla inteligente, perspicaz y más adulta de lo que se presupone a su edad por las continuas ausencias de su madre, y por otro Simon, un pequeño de compleja personalidad y temores ocultos que acabarán estallando en el momento más insospechado. El filme no sólo trata sobre tragedias, sino también de la forma de encararlas que tenemos cada uno y cómo los secretos que guardamos pueden impedir la naturalidad a la hora de afrontar una muerte inesperada. Hablar de estos temas con un reparto plagado de niños, insisto, tiene un mérito incuestionable.
Falardeau demuestra inteligencia ya desde esa primera escena que marca el tono de la película, muy bien rodada, una espléndida presentación de los niños protagonistas.Y la sigue mostrando a lo largo de todo el filme, dando información poco a poco, sin agobiar y sin presionar una narrativa sosegada, sin descansar la estructura de la película en la necesidad de sorpresa sino en el fluir sereno de la vida cotidiana. Lo que pasa en la pantalla pasa porque tiene que pasar, como resultado de un proceso de desarrollo en los personajes, humanos y creíbles todos ellos, desde los protagonistas a los secundarios como el profesor de gimnasia, la madre de Alice o el niño árabe, que se convierten en figuras de carne y hueso en la mente del espectador a pesar de tener poco tiempo en pantalla. Con todos ellos se crea un univeso singular en el que cada pieza tiene algo importante que decir para sanar las heridas que tienen los corazones de los protagonistas. Heridas dolorosas, heridas realistas, heridas que emocionan.
No es Profesor Lazhar una película que quiera parecerse, precisamente, a El club de los poetas muertos. Ni siquiera a Hoy empieza todo. El foco no está en la enseñanza. De hecho, la situación personal del protagonista me ha recordado más a Mumford, esa pequeña gran película de Lawrence Kasdan que casi nadie recuerda (y cuyo argumento, porque en su comparación desvela algo de la historia de este filme canadiense, no recomiendo consultar antes de ver Profesor Lazhar) que a cualquier otra película con profesor carismático de por medio. En realidad, Profesor Lazhar me suena diferente y auténtica, conmovedora y divertida. Y es, al mismo tiempo, una película que no se sustenta sólo en sentimientos, por poderosos que estos sean a lo largo de la poco más de media hora que dura el filme. Se sustenta también en las bases del cine, en una sabia colocación de la cámara, en una bonita planificación y en un buen trabajo de diseño producción, que hace que los escenarios transmitan tanto como los sucesos. Una buena película, de esas que permanecen en la cabeza y obligan a pensar los temas de los que trata.
Profesor Lazhar empieza con un puñetazo en el estómago. Y no tarda en revelarse como una película de tragedias cruzadas. La de ese profesor de origen argelino que va a parar a un colegio público de Montreal (fabuloso, carismático y muy creíble Fellag), la de toda una clase que pierde a su profesora en dramáticas circunstancias y en especial la de dos de esos niños, por un lado Alice, una chiquilla inteligente, perspicaz y más adulta de lo que se presupone a su edad por las continuas ausencias de su madre, y por otro Simon, un pequeño de compleja personalidad y temores ocultos que acabarán estallando en el momento más insospechado. El filme no sólo trata sobre tragedias, sino también de la forma de encararlas que tenemos cada uno y cómo los secretos que guardamos pueden impedir la naturalidad a la hora de afrontar una muerte inesperada. Hablar de estos temas con un reparto plagado de niños, insisto, tiene un mérito incuestionable.
Falardeau demuestra inteligencia ya desde esa primera escena que marca el tono de la película, muy bien rodada, una espléndida presentación de los niños protagonistas.Y la sigue mostrando a lo largo de todo el filme, dando información poco a poco, sin agobiar y sin presionar una narrativa sosegada, sin descansar la estructura de la película en la necesidad de sorpresa sino en el fluir sereno de la vida cotidiana. Lo que pasa en la pantalla pasa porque tiene que pasar, como resultado de un proceso de desarrollo en los personajes, humanos y creíbles todos ellos, desde los protagonistas a los secundarios como el profesor de gimnasia, la madre de Alice o el niño árabe, que se convierten en figuras de carne y hueso en la mente del espectador a pesar de tener poco tiempo en pantalla. Con todos ellos se crea un univeso singular en el que cada pieza tiene algo importante que decir para sanar las heridas que tienen los corazones de los protagonistas. Heridas dolorosas, heridas realistas, heridas que emocionan.
No es Profesor Lazhar una película que quiera parecerse, precisamente, a El club de los poetas muertos. Ni siquiera a Hoy empieza todo. El foco no está en la enseñanza. De hecho, la situación personal del protagonista me ha recordado más a Mumford, esa pequeña gran película de Lawrence Kasdan que casi nadie recuerda (y cuyo argumento, porque en su comparación desvela algo de la historia de este filme canadiense, no recomiendo consultar antes de ver Profesor Lazhar) que a cualquier otra película con profesor carismático de por medio. En realidad, Profesor Lazhar me suena diferente y auténtica, conmovedora y divertida. Y es, al mismo tiempo, una película que no se sustenta sólo en sentimientos, por poderosos que estos sean a lo largo de la poco más de media hora que dura el filme. Se sustenta también en las bases del cine, en una sabia colocación de la cámara, en una bonita planificación y en un buen trabajo de diseño producción, que hace que los escenarios transmitan tanto como los sucesos. Una buena película, de esas que permanecen en la cabeza y obligan a pensar los temas de los que trata.
lunes, mayo 14, 2012
'Sombras tenebrosas', Tim Burton sigue perdido
Después del enorme fiasco que supuso Alicia en el País de las Maravillas en la carrera de Tim Burton, su siguiente película, Sombras tenebrosas, adquirió de repente una importancia capital en su filmografía. Había que juzgar si el sorprendente y personal autor seguía teniendo ese toque que le permitió convertirse en uno de los grandes fabulistas del cine contemporáneo y éste parecía el título clave para hacerlo. Pero Sombras tenebrosas no resuelve las dudas. Es un paso adelante desde Alicia, una leve recuperación, eso es indudable, pero parece obra del personaje que Tim Burton ha querido hacer de sí mismo más que del director que es capaz de ser. Parece una obra de la que este mismo director habría sido capaz de sacar mucho más partido en los años 80 que ahora. Y aunque da la sensación a priori de ser un material perfecto para él, gótico, siniestro y macabramente divertido, se queda en la reafirmación de que es un artista visual como hay pocos en el cine moderno, pero olvidando la importancia de la historia y de los personajes, escasos a todas luces.
Sombras tenebrosas está basada en una serie de culto de los años 60. No es que eso sea especialmente importante en la filmografía de Burton, que en numerosas ocasiones ha sabido sacar partido a un material ajeno. En esta ocasión, no obstante, sólo lo consigue a ratos. Por el material que tiene entre manos y por el enfoque que quiere darle, da la impresión de que Tim Burton quiere repetir las sensaciones que le dejó Bitelchús, su segundo filme, una historia fantástica con toques cómicos, con un protagonista central masculino y un potente reparto femenino. Pero se queda lejos, muy lejos, de la frescura que emanaba aquel divertimento freak que protagonizó Michael Keaton. Tiene Sombras tenebrosas escenas logradas, como el buen prólogo con el que arranca, pero el conjunto se antoja frío y bastante desaprovechado. Parece un título equivocado en este momento de su carrera, una fórmula de la que podría haber sacado un resultado mucho mejor hace años y, por todo ello, un producto desilusionante. Pasable para cualquier neófito, pero no para los que esperábamos el resurgir de Burton.
La película, que no ha tenido demasiada promoción previa y las sospechas de los motivos no son demasiado halagüeñas, cuenta la historia de Barnabas Collins, un vampiro que ha pasado doscientos años en un ataúd, encerrado por una bruja que decide lanzarle una maldición por no haberse enamorado de ella y sí de otra mujer. Cuando sale de su inusual prisión se encuentra en el año 1972. Evidentemente, el contraste entre lo que conoce un aristócrata del siglo XVIII y la realidad de los años 70 del siglo XX es el motor cómico de la película, aunque para ello abuse de tópicos como el de los hippies. Aunque Burton parece acomodado en esas escenas de comedia gótica, lo cierto es que lo mejor de Sombras tenebrosas está justo en el lado opuesto, en la historia de fantasmas. Apoyado en la música de Danny Elfman (él siempre mantiene su sobreslaiente talento en cada colaboración con Burton), crea una lograda ambientación. Ahí los excesos de Burton sí encajan. Pero la película falla porque, a la endeblez de la historia, hay que añadir un flojo desarrollo de los personajes que hace moverse al filme en una montaña rusa de altibajos difícil de asimilar.
Son muchos los motores de Sombras tenebrosas que no encuentran un desarrollo adecuado. Parece iniciarse como una trágica historia de amor, pero sólo se recuperan esos elementos de vez en cuando. Se configura después como una historia iniciática de la joven Victoria Winters (Bella Heathcote), pero el personaje desaparece de la narración durante incontables minutos. Parece después un duelo entre mujeres (duelo de bellezas y talento a cargo Michelle Pfeiffer y Eva Green, con el añadido de una más comedida que de costumbre Helena Bonham Carter y una Chlöe Moretz más entonada en muchos momentos que sus compañeros de reparto) con un hombre en el centro (Johnny Depp), pero tampoco termina de asentarse esa concepción. Y cuando termina la película es difícil saber de qué va realmente Sombras tenebrosas, más allá de ser un nuevo ejercicio de virtuosismo visual como tantos otros que ha ofrecido Burton a lo largo de su carrera. Si se da cuenta de que se deja por el camino a sus actores, muy esforzados en sacar algo productivo pero sin demasiado a lo que agarrarse, alguien tendría que recordarle que ahí, tanto como en su imaginería visual, es donde estaba el atractivo de su cine.
Porque cada instante y cada personaje de Bitelchús, Eduardo Manostijeras, Batman, Ed Wood o Big Fish tenía atractivo, tanto en las páginas del guión como en el cuaderno del diseñador de vestuario o en las ilustraciones del propio Burton. Pero en Sombras tenebrosas no sucede y demasiadas cosas caen en el olvido con una facilidad inhabitual en las películas de este director. Cansa ya ver a Johnny Depp prácticamente fotocopiando sus personajes de una película de Burton a otra (y eso que aquí está mejor que en Alicia o en Charlie y la fábrica de chocolate), y es una pena ver que los personajes de la siempre maravillosa Michelle Pfeifer o la cada vez más prometedora Chlöe Moretz están tan poco desarrollados y mal encajados en la historia sin demasiado talento. Sólo la sensual malvada de Eva Green adquiere cierta entidad, aunque la rocambolesca escena de sexo, paradigma de todo lo que falla en esta película, y el exagerado final (¿no recuerdan muchas cosas, aunque sea superficialmente a la entretenidísima Stardust?) acaban por romper la escasa magia conseguida hasta ese punto. Tim Burton vuelve a decepcionar. Menos que en Alicia porque Sombras tenebrosas se deja ver. Pero al genio de Burbank se le añora en las dos horas largas que dura esta película.
Sombras tenebrosas está basada en una serie de culto de los años 60. No es que eso sea especialmente importante en la filmografía de Burton, que en numerosas ocasiones ha sabido sacar partido a un material ajeno. En esta ocasión, no obstante, sólo lo consigue a ratos. Por el material que tiene entre manos y por el enfoque que quiere darle, da la impresión de que Tim Burton quiere repetir las sensaciones que le dejó Bitelchús, su segundo filme, una historia fantástica con toques cómicos, con un protagonista central masculino y un potente reparto femenino. Pero se queda lejos, muy lejos, de la frescura que emanaba aquel divertimento freak que protagonizó Michael Keaton. Tiene Sombras tenebrosas escenas logradas, como el buen prólogo con el que arranca, pero el conjunto se antoja frío y bastante desaprovechado. Parece un título equivocado en este momento de su carrera, una fórmula de la que podría haber sacado un resultado mucho mejor hace años y, por todo ello, un producto desilusionante. Pasable para cualquier neófito, pero no para los que esperábamos el resurgir de Burton.
La película, que no ha tenido demasiada promoción previa y las sospechas de los motivos no son demasiado halagüeñas, cuenta la historia de Barnabas Collins, un vampiro que ha pasado doscientos años en un ataúd, encerrado por una bruja que decide lanzarle una maldición por no haberse enamorado de ella y sí de otra mujer. Cuando sale de su inusual prisión se encuentra en el año 1972. Evidentemente, el contraste entre lo que conoce un aristócrata del siglo XVIII y la realidad de los años 70 del siglo XX es el motor cómico de la película, aunque para ello abuse de tópicos como el de los hippies. Aunque Burton parece acomodado en esas escenas de comedia gótica, lo cierto es que lo mejor de Sombras tenebrosas está justo en el lado opuesto, en la historia de fantasmas. Apoyado en la música de Danny Elfman (él siempre mantiene su sobreslaiente talento en cada colaboración con Burton), crea una lograda ambientación. Ahí los excesos de Burton sí encajan. Pero la película falla porque, a la endeblez de la historia, hay que añadir un flojo desarrollo de los personajes que hace moverse al filme en una montaña rusa de altibajos difícil de asimilar.
Son muchos los motores de Sombras tenebrosas que no encuentran un desarrollo adecuado. Parece iniciarse como una trágica historia de amor, pero sólo se recuperan esos elementos de vez en cuando. Se configura después como una historia iniciática de la joven Victoria Winters (Bella Heathcote), pero el personaje desaparece de la narración durante incontables minutos. Parece después un duelo entre mujeres (duelo de bellezas y talento a cargo Michelle Pfeiffer y Eva Green, con el añadido de una más comedida que de costumbre Helena Bonham Carter y una Chlöe Moretz más entonada en muchos momentos que sus compañeros de reparto) con un hombre en el centro (Johnny Depp), pero tampoco termina de asentarse esa concepción. Y cuando termina la película es difícil saber de qué va realmente Sombras tenebrosas, más allá de ser un nuevo ejercicio de virtuosismo visual como tantos otros que ha ofrecido Burton a lo largo de su carrera. Si se da cuenta de que se deja por el camino a sus actores, muy esforzados en sacar algo productivo pero sin demasiado a lo que agarrarse, alguien tendría que recordarle que ahí, tanto como en su imaginería visual, es donde estaba el atractivo de su cine.
Porque cada instante y cada personaje de Bitelchús, Eduardo Manostijeras, Batman, Ed Wood o Big Fish tenía atractivo, tanto en las páginas del guión como en el cuaderno del diseñador de vestuario o en las ilustraciones del propio Burton. Pero en Sombras tenebrosas no sucede y demasiadas cosas caen en el olvido con una facilidad inhabitual en las películas de este director. Cansa ya ver a Johnny Depp prácticamente fotocopiando sus personajes de una película de Burton a otra (y eso que aquí está mejor que en Alicia o en Charlie y la fábrica de chocolate), y es una pena ver que los personajes de la siempre maravillosa Michelle Pfeifer o la cada vez más prometedora Chlöe Moretz están tan poco desarrollados y mal encajados en la historia sin demasiado talento. Sólo la sensual malvada de Eva Green adquiere cierta entidad, aunque la rocambolesca escena de sexo, paradigma de todo lo que falla en esta película, y el exagerado final (¿no recuerdan muchas cosas, aunque sea superficialmente a la entretenidísima Stardust?) acaban por romper la escasa magia conseguida hasta ese punto. Tim Burton vuelve a decepcionar. Menos que en Alicia porque Sombras tenebrosas se deja ver. Pero al genio de Burbank se le añora en las dos horas largas que dura esta película.
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miércoles, mayo 09, 2012
'Battleship', infumable remedo de 'Transformers', 'Independence Day'... y un juego de mesa
Esto es lo que pasa cuando tienen el éxito que tienen películas como Transformers, y sus secuelas, cada una peor que la anterior y todavía amenaza Michael Bay con una cuarta entrega. ¿Y qué pasa? Pues que siempre sale algún entendido en marketing que se cree que ha encontrado la gallina de los huevos de oro y quiere fotocopiarla para seguir ganando dinero. Battleship es heredera directa de Transformers, en su ¿estilo? y en su ¿historia? Pero, es además, una mezcla de varios centenares de tópicos, de películas como Independence Day (vapuleada en su día pero que ahora, casi dos décadas después, igual ya se puede decir que era la más honesta y divertida de todas estas megasuperproducciones infantiloides) y, lo que faltaba por oír, de un juego de mesa. Pásmense los que no lo sepan todavía, Battleship es la adaptación a la gran pantalla de lo que en España se conoce como hundir la flota. Eso sí, el modo en el que los guionistas logran incluir las características del juego en la película es algo digno de ver.
Ver una película como Battleship sin tener claro de antemano que se va a ver un filme malo de solemnidad es un craso error. La clave para salir más o menos cabreado de su visionado es directamente proporcional a las vueltas que le queramos dar a la cabeza con este subproducto multimillonario. Será que me puede la ingenuidad, pero sigo convencido de que es posible hacer un cine épico y espectacular que no tome al espectador por un imbécil descerebrado, que es lo que hace Battleship desde el principio hasta el final, desde el facilón homenaje patriotero a los veteranos de guerra a la imprescindible inclusión de personajes tan variopintos como la rubia ex modelo de prominente escote y camiseta de tirantes (Brooklyn Dekker), el secundario cómico supuestamente inteligente, el protagonista bueno para nada que acaba salvando al universo y ganándose el reconocimiento del mundo entero (Taylor Kitsch), o el negro de turno (aquí encima con el añadido de no tener piernas, lo que añade una segunda minoría a contentar). Como los tiempos cambian, ya es necesario dar un toque de globalización y amistad entre razas y naciones.
Llama la atención que Battleship haya tenido un razonable éxito de taquilla, sobre todo si tenemos en cuenta que el otro gran vehículo de acción que protagoniza este año Taylor Kitsch, John Carter, ha sido un rotundo fracaso tanto de crítica como de público. Y, la verdad, las aventuras del héroe de Edgar Rice Burroghs en Marte son infinitamente más entretenidas que las de este combate de hundir la flota. Kirsch sigue siendo un actor que no transmite carisma a sus personajes, ni siquiera aunque aquí Peter Berg se tome una larguísima media hora en presentarle, con todas sus torpezas y debilidades para que al final nos asombremos aún más de sus hazañas. Battleship también confirma que este tipo de cine debe de dar mucho dinero a sus intérpretes. Si no, es imposible entender la presencia de Liam Neeson. O la de Rihanna, a la que le vendría mucho mejor volcarse en una carrera artística suficientemente satisfactoria con la música que tener papeles tan lamentables (y multiusos, sabe hacer de todo) como éste.
Visualmente sí es una película medianamente digna. Los efectos, al nivel de lo esperado, cumplen razonablemente bien. Pero ni las naves ni las criaturas aportan algo novedoso o arriesgado. Tanto se parece todo a Transformers que, en realidad, parece un intento de Hasbro de continuar al éxito de los robots transformables sin necesidad de depender de Michael Bay. Reconozco que encontré memorable un detalle: la forma en la que han adaptado los pivotes con los que marcábamos los tocados en nuestros barcos. Ese "memorable" seguramente se puede tomar por el lado más irónico, para qué nos vamos a engañar. Sobre todo si tenemos en cuenta que el lamentable guión de Jon y Erich Hoeber (no es extraño que su anterior trabajo sea RED) deja una historia mediocre y unos diálogos lamentables, que van desde el trilladísimo "no me alisté para esta mierda" que suelta el militar de turno hasta el "esta es una idea estúpida" que se convierte en el mejor resumen posible de esta película, insisto, adaptación al cine de hundir la flota. Con eso está todo dicho.
Ver una película como Battleship sin tener claro de antemano que se va a ver un filme malo de solemnidad es un craso error. La clave para salir más o menos cabreado de su visionado es directamente proporcional a las vueltas que le queramos dar a la cabeza con este subproducto multimillonario. Será que me puede la ingenuidad, pero sigo convencido de que es posible hacer un cine épico y espectacular que no tome al espectador por un imbécil descerebrado, que es lo que hace Battleship desde el principio hasta el final, desde el facilón homenaje patriotero a los veteranos de guerra a la imprescindible inclusión de personajes tan variopintos como la rubia ex modelo de prominente escote y camiseta de tirantes (Brooklyn Dekker), el secundario cómico supuestamente inteligente, el protagonista bueno para nada que acaba salvando al universo y ganándose el reconocimiento del mundo entero (Taylor Kitsch), o el negro de turno (aquí encima con el añadido de no tener piernas, lo que añade una segunda minoría a contentar). Como los tiempos cambian, ya es necesario dar un toque de globalización y amistad entre razas y naciones.
Llama la atención que Battleship haya tenido un razonable éxito de taquilla, sobre todo si tenemos en cuenta que el otro gran vehículo de acción que protagoniza este año Taylor Kitsch, John Carter, ha sido un rotundo fracaso tanto de crítica como de público. Y, la verdad, las aventuras del héroe de Edgar Rice Burroghs en Marte son infinitamente más entretenidas que las de este combate de hundir la flota. Kirsch sigue siendo un actor que no transmite carisma a sus personajes, ni siquiera aunque aquí Peter Berg se tome una larguísima media hora en presentarle, con todas sus torpezas y debilidades para que al final nos asombremos aún más de sus hazañas. Battleship también confirma que este tipo de cine debe de dar mucho dinero a sus intérpretes. Si no, es imposible entender la presencia de Liam Neeson. O la de Rihanna, a la que le vendría mucho mejor volcarse en una carrera artística suficientemente satisfactoria con la música que tener papeles tan lamentables (y multiusos, sabe hacer de todo) como éste.
Visualmente sí es una película medianamente digna. Los efectos, al nivel de lo esperado, cumplen razonablemente bien. Pero ni las naves ni las criaturas aportan algo novedoso o arriesgado. Tanto se parece todo a Transformers que, en realidad, parece un intento de Hasbro de continuar al éxito de los robots transformables sin necesidad de depender de Michael Bay. Reconozco que encontré memorable un detalle: la forma en la que han adaptado los pivotes con los que marcábamos los tocados en nuestros barcos. Ese "memorable" seguramente se puede tomar por el lado más irónico, para qué nos vamos a engañar. Sobre todo si tenemos en cuenta que el lamentable guión de Jon y Erich Hoeber (no es extraño que su anterior trabajo sea RED) deja una historia mediocre y unos diálogos lamentables, que van desde el trilladísimo "no me alisté para esta mierda" que suelta el militar de turno hasta el "esta es una idea estúpida" que se convierte en el mejor resumen posible de esta película, insisto, adaptación al cine de hundir la flota. Con eso está todo dicho.
lunes, mayo 07, 2012
'Los diarios del ron', escasa radiografía del vicio exótico
Tenía ciertos alicientes esta Los diarios del ron, pero casi todos se quedan escasos. Apetecía ver a Johnny Depp en un papel alejado de sus Piratas y demás vicisitudes palomiteras, y más encabezando un reparto alejado del estrellato pero con nombres y rostros más que conocidos. Sin ser un director especialmente brillante, había curiosidad por ver qué hacía Bruce Robinson nada menos que veinte años después de su anterior película (Jennifer 8, de 1992). Y siempre parece atractiva la historia de un periodista, y más en los conflictivos años 60 y en un entorno exótico como es Puerto Rico. Pero la verdad es que la película se queda a medias en casi todo. Quiere ser una radiografía del vicio, de todo tipo de vicios (lo que quiere decir, alcohol, droga, juego y mujeres) y se queda en una simple historia más de un americano perdido en un escenario exótico, que no engancha ni enamora. Visible, pero lejos de ser lo que pretendía.
Investigando, uno puede encontrar fácilmente la historia de Hunter S. Thompson, un periodista que creó una nueva forma de reporterismo, la de introducirse en sus investigaciones hasta el punto de convertirse en protagonistas de las mismas. Desconozco el grado de fidelidad de Los diarios del ron con respecto al original literario, que Thompson escribió en los años 60 pero no consiguió publicar hasta 1998, o la autobiografía que pueda contener el libro, pero no se vislumbra en la película el interés que tiene esa definición del periodista, a pesar de tocar levemente esa concepción de la profesión. Lo que se ve, en cambio, es el retrato de un tipo en realidad bastante anodino y lejos del carisma, rendido al alcohol, malviviendo en Puerto Rico porque no sería capaz de estar en aquel momento en ningún otro sitio y con la inevitable sensación de que acabará inmerso en un triángulo amoroso que terminará por destruir lo poco o lo mucho que tenga construido en Puerto Rico.
Con Johnny Depp me sucede algo curioso. En los últimos años el mundo entero parecido rendido a su trabajo, y es justo ahora cuando menos interesante me parece. De sus colaboraciones con Tim Burton, me quedo con las primeras (Eduardo Manostijeras por encima de todas las cosas), no le veo la gracia a su Jack Sparrow de los archifamosos y para mí sobrevalorados Piratas del Caribe, y no me termina de convencer en prácticamente ninguna de sus películas más recientes (y, como ejemplo, la aburridísima The Tourist). Sí que es cierto que en algún momento consigue meterse de lleno en la piel de Paul Kemp, un escritor fracasado que se mete a periodista en Puerto Rico, pero también es fácil confundir al Depp de Los diarios del ron con el The Tourist, La ventana secreta o cualquier otra película en la que no tenga que llevar encima una gruesa capa de maquillaje. Con una interpretación memorable, Los diarios del ron podría haberse sostenido en su actor principal. Depp no consigue ese objetivo.
Y no lo consigue porque, en realidad, el guión es bastante tópico. Los personajes, más allá de ofrecer alguna rocambolesca y divertida situación (la recuperación del coche destrozado), se dibujan entre el estereotipo y la indefinición. Y no importa que el reparto lo formen interesantes actores como Aaron Eckhart o Richard Jenkins, que cumplen sobradamente con lo poco que tienen, porque no hay mucho que rascar. En realidad, lo único que parece funcionar es el atractivo sexual y la dinámica de seducción que ejerce el personaje de Amber Heard sobre casi todos los personajes y, por qué no decirlo, sobre el espectador. Tópico, desde luego, ya sea como motor de las ilusiones de Paul Kemp (sí que existe química con Johnny Depp) o como reclamo para el espectador (en su más que sensual baile con un portoricense), pero es de largo lo que mejor funciona en la película. También dentro del tópico y dejando una muy mala resolución para el personaje, pero funciona por momentos.
Pero es, insisto, lo único que acaba mereciendo la pena. Los diarios del ron va prometiendo casi en cada escena un avance de la historia que pueda enganchar pero nunca termina de ofrecerlo. Y así se queda en un mosaico de exotismo y vicio, que pasa de mostrarnos a un protagonista resacoso a otro enganchado a una mujer contra la que sus amigos le advierten, que nos lo enseña enganchado a las apuestas locales, las de las peleas de gallos, y ligeramente los problemas de integración en el país, que pasa de ser un tipo al que todo le da igual a convertirse en un periodista cargado de idealismo injustificado. Muchos vaivenes y poca concreción tiene esta película que, lejos de aburrir gracias a su insatisfecha promesa de algo mejor y algún que otro momento interesante, tampoco consigue engancharse en la memoria por encima del resto de historias de un americano intentando vivir en un lugar más o menos perdido o de cualquier película que plantee un triángulo amoroso en escenario parecido a éste.
Investigando, uno puede encontrar fácilmente la historia de Hunter S. Thompson, un periodista que creó una nueva forma de reporterismo, la de introducirse en sus investigaciones hasta el punto de convertirse en protagonistas de las mismas. Desconozco el grado de fidelidad de Los diarios del ron con respecto al original literario, que Thompson escribió en los años 60 pero no consiguió publicar hasta 1998, o la autobiografía que pueda contener el libro, pero no se vislumbra en la película el interés que tiene esa definición del periodista, a pesar de tocar levemente esa concepción de la profesión. Lo que se ve, en cambio, es el retrato de un tipo en realidad bastante anodino y lejos del carisma, rendido al alcohol, malviviendo en Puerto Rico porque no sería capaz de estar en aquel momento en ningún otro sitio y con la inevitable sensación de que acabará inmerso en un triángulo amoroso que terminará por destruir lo poco o lo mucho que tenga construido en Puerto Rico.
Con Johnny Depp me sucede algo curioso. En los últimos años el mundo entero parecido rendido a su trabajo, y es justo ahora cuando menos interesante me parece. De sus colaboraciones con Tim Burton, me quedo con las primeras (Eduardo Manostijeras por encima de todas las cosas), no le veo la gracia a su Jack Sparrow de los archifamosos y para mí sobrevalorados Piratas del Caribe, y no me termina de convencer en prácticamente ninguna de sus películas más recientes (y, como ejemplo, la aburridísima The Tourist). Sí que es cierto que en algún momento consigue meterse de lleno en la piel de Paul Kemp, un escritor fracasado que se mete a periodista en Puerto Rico, pero también es fácil confundir al Depp de Los diarios del ron con el The Tourist, La ventana secreta o cualquier otra película en la que no tenga que llevar encima una gruesa capa de maquillaje. Con una interpretación memorable, Los diarios del ron podría haberse sostenido en su actor principal. Depp no consigue ese objetivo.
Y no lo consigue porque, en realidad, el guión es bastante tópico. Los personajes, más allá de ofrecer alguna rocambolesca y divertida situación (la recuperación del coche destrozado), se dibujan entre el estereotipo y la indefinición. Y no importa que el reparto lo formen interesantes actores como Aaron Eckhart o Richard Jenkins, que cumplen sobradamente con lo poco que tienen, porque no hay mucho que rascar. En realidad, lo único que parece funcionar es el atractivo sexual y la dinámica de seducción que ejerce el personaje de Amber Heard sobre casi todos los personajes y, por qué no decirlo, sobre el espectador. Tópico, desde luego, ya sea como motor de las ilusiones de Paul Kemp (sí que existe química con Johnny Depp) o como reclamo para el espectador (en su más que sensual baile con un portoricense), pero es de largo lo que mejor funciona en la película. También dentro del tópico y dejando una muy mala resolución para el personaje, pero funciona por momentos.
Pero es, insisto, lo único que acaba mereciendo la pena. Los diarios del ron va prometiendo casi en cada escena un avance de la historia que pueda enganchar pero nunca termina de ofrecerlo. Y así se queda en un mosaico de exotismo y vicio, que pasa de mostrarnos a un protagonista resacoso a otro enganchado a una mujer contra la que sus amigos le advierten, que nos lo enseña enganchado a las apuestas locales, las de las peleas de gallos, y ligeramente los problemas de integración en el país, que pasa de ser un tipo al que todo le da igual a convertirse en un periodista cargado de idealismo injustificado. Muchos vaivenes y poca concreción tiene esta película que, lejos de aburrir gracias a su insatisfecha promesa de algo mejor y algún que otro momento interesante, tampoco consigue engancharse en la memoria por encima del resto de historias de un americano intentando vivir en un lugar más o menos perdido o de cualquier película que plantee un triángulo amoroso en escenario parecido a éste.
viernes, mayo 04, 2012
'Los juegos del hambre', flojísimo, fallido y nada valiente entretenimiento juvenil
A día de hoy, coloco con cierto pesar Los juegos del hambre como la película más decepcionante del año. Digo con cierto pesar porque tenía razonables expectativas en encontrar un filme entretenido. La legión de fans que tienen tanto la novela como probablemente la película seguro que no están de acuerdo conmigo en mi valoración final, pero, sin haber leído el original literario de Suzanne Collins, no he sido capaz de encontrar prácticamente nada salvable en una película muy floja en todos sus planteamientos, fallida a la hora de hacer creer lo que está contando y nada valiente, por no decir directamente cobarde, en su conclusión. Eso último, imagino, no es culpa del filme, claro, pero no deja de disminuir el ya de por sí flojísmo impacto que provoca la película. Habrá quien contraponga a estos argumentos que es un entretenimiento juvenil y que no hay que pedirle más. Pero es que se tiende a usar esa calificación como una disculpa. Hay docenas de entretenimientos juveniles que son mucho más sólidos, coherentes y notables que éste.
No es fácil escoger qué aspecto es más decepcionante en la película porque son muchos los que no llegan a un mínimo exigible. Quizá lo más indicado sea empezar por el mismo planteamiento de la película. Por poco original que sea, y referentes tienes a patadas, es interesante y abre muchas posibilidades narrativas y visuales. Tras una guerra, el Capitolio, una especie de gobierno absolutista a lo 1984, se impone sobre los doce distritos que quedan tras el conflicto. Para recordar esos días oscuros, cada año se organizan los juegos del hambre, en los que doce chicos y otras tantas chicas de entre doce y dieciocho años (todos menos una, aparte de ser sanos, atléticos, guapos y perfectos, ya es casualidad, parecen en realidad de dieciocho o más), eligidos por sorteo en cada distrito, se miden en un combate a muerte a lo El malvado Zaroff, convertido en un espectáculo televisado a lo Perseguido con ciertos toques de El show de Truman. Gary Ross, cuyas dos anteriores películas (Pleasantville y Seabiscuit) eran mucho más entretenidas y valientes que Los juegos del hambre, no consigue en ningún momento transmitir lo mal que se vive en esos doce distritos, no explota las vertientes sociales de la historia y se limita a convertir la supuesta opulencia del Capitolio en un colorista y extravagante desfile de moda.
Pensar que la Katniss que interpreta Jennifer Lawrence es una chiquilla de 16 años que lucha por su supervivencia día tras día exige un ejercicio de ingenuidad enorme. No es culpa suya, pero yo veo a una muchacha saludable, no a alguien que sufre por sobrevivir, ni siquiera herida, sola y en pleno bosque. Como también parece inverosímil encontrar la crudeza de lo que tendría que ser un crudo y violento retrato sobre la naturaleza humana. Falla la película (no sé si también la novela) a la hora de crear las condiciones que hagan creíble esos juegos. No hay trasfondo para ninguno de los personajes ni, por supuesto, para el que se supone que ejerce de villano de la función. No importa lo más mínimo, porque no se genera la suficiente empatía, quién va muriendo y quién va sobreviviendo, además de que la película se entrega a las elipsis con una comodidad insuficiente. Y, para colmo, Gary Ross se equivoca por completo a la hora de filmar las escasas escenas de acción que tiene la película, en las que no deja de mover la cámara hasta hacer imposible saber lo que está sucediendo. Es más sencillo esperar a que acabe la pelea en cuestión y saber quién queda en pie.
Lo cierto es que la película tiene un problema narrativo enorme. Para la historia que quiere contar le falta muchísima información, sobre los personajes, sobre los antecedentes, sobre los mismos juegos (cuyas normas van cambiando sobre la marcha y exigiendo al espectador que lo asuma como normal). Pero, al mismo tiempo, tiene una excesiva duración de 142 minutos que no se justifica en absoluto por lo que aparece en pantalla. Seguramente se deba al mismo afán que tienen todas estas franquicias cinematográficas basadas en novelas juveniles de éxito de querer meterlo todo en la pantalla, aunque el lenguaje del cine diga que no es lo indicado. Hay cuantiosas escenas que uno no sabe muy bien para qué están en la película, si no es más que para ir haciendo desfilar a un elenco de secundarios notable en cuanto a nombres y pasable en cuanto a trabajo interpretativo (un sobreactuado Stanley Tucci, un sereno Donald Sutherland, un sorprendentemente comedido Woody Harrelson, una Elizabeth Banks devorada por el maquillaje, un figurante Toby Jones...). Las actuaciones, también de los más jóvenes que tienen cierto papel (sobre todo Josh Hutcherson), son de hecho de lo más convincente de la película, pero nada del otro mundo.
Y junto al problema narrativo, hay un evidente problema de valentía. Una historia así, incluso hecha desde un enfoque juvenil, requería algo más. Puede que ya desde la novela, pero sobre todo en la película. Juvenil se identifica ahora con poco inteligente y no acabo de entender por qué. Con un par de hilillos de sangre y un par de heridas (que, por supuesto, se curan con facilidad), se pretende justificar un juego en el que tienen que morir todos los integrantes menos uno, lo que no deja de ser curioso. El escaso riesgo se ve, además, en los medios empleados en la película, muy escasos, sabedores los productores de que están ante un caballo ganador antes incluso del estreno. Los juegos del hambre es un producto fallido, cómodo y de escasa calidad. De no proceder de una franquicia literaria de éxito entre los más jóvenes, lo más normal es que esta película no hubiera contado con actores conocidos ni tampoco hubiera generado la expectación o el éxito que ya está teniendo. Supongo que el libro ha generado entre sus aficionados el deseo de ver la película, pero a mí la película no me motiva para embarcarme en el original en papel. Es una inmensa decepción.
Aquí las fotos de Jennifer Lawrence cuando acudió a presentar la película en Madrid.
No es fácil escoger qué aspecto es más decepcionante en la película porque son muchos los que no llegan a un mínimo exigible. Quizá lo más indicado sea empezar por el mismo planteamiento de la película. Por poco original que sea, y referentes tienes a patadas, es interesante y abre muchas posibilidades narrativas y visuales. Tras una guerra, el Capitolio, una especie de gobierno absolutista a lo 1984, se impone sobre los doce distritos que quedan tras el conflicto. Para recordar esos días oscuros, cada año se organizan los juegos del hambre, en los que doce chicos y otras tantas chicas de entre doce y dieciocho años (todos menos una, aparte de ser sanos, atléticos, guapos y perfectos, ya es casualidad, parecen en realidad de dieciocho o más), eligidos por sorteo en cada distrito, se miden en un combate a muerte a lo El malvado Zaroff, convertido en un espectáculo televisado a lo Perseguido con ciertos toques de El show de Truman. Gary Ross, cuyas dos anteriores películas (Pleasantville y Seabiscuit) eran mucho más entretenidas y valientes que Los juegos del hambre, no consigue en ningún momento transmitir lo mal que se vive en esos doce distritos, no explota las vertientes sociales de la historia y se limita a convertir la supuesta opulencia del Capitolio en un colorista y extravagante desfile de moda.
Pensar que la Katniss que interpreta Jennifer Lawrence es una chiquilla de 16 años que lucha por su supervivencia día tras día exige un ejercicio de ingenuidad enorme. No es culpa suya, pero yo veo a una muchacha saludable, no a alguien que sufre por sobrevivir, ni siquiera herida, sola y en pleno bosque. Como también parece inverosímil encontrar la crudeza de lo que tendría que ser un crudo y violento retrato sobre la naturaleza humana. Falla la película (no sé si también la novela) a la hora de crear las condiciones que hagan creíble esos juegos. No hay trasfondo para ninguno de los personajes ni, por supuesto, para el que se supone que ejerce de villano de la función. No importa lo más mínimo, porque no se genera la suficiente empatía, quién va muriendo y quién va sobreviviendo, además de que la película se entrega a las elipsis con una comodidad insuficiente. Y, para colmo, Gary Ross se equivoca por completo a la hora de filmar las escasas escenas de acción que tiene la película, en las que no deja de mover la cámara hasta hacer imposible saber lo que está sucediendo. Es más sencillo esperar a que acabe la pelea en cuestión y saber quién queda en pie.
Lo cierto es que la película tiene un problema narrativo enorme. Para la historia que quiere contar le falta muchísima información, sobre los personajes, sobre los antecedentes, sobre los mismos juegos (cuyas normas van cambiando sobre la marcha y exigiendo al espectador que lo asuma como normal). Pero, al mismo tiempo, tiene una excesiva duración de 142 minutos que no se justifica en absoluto por lo que aparece en pantalla. Seguramente se deba al mismo afán que tienen todas estas franquicias cinematográficas basadas en novelas juveniles de éxito de querer meterlo todo en la pantalla, aunque el lenguaje del cine diga que no es lo indicado. Hay cuantiosas escenas que uno no sabe muy bien para qué están en la película, si no es más que para ir haciendo desfilar a un elenco de secundarios notable en cuanto a nombres y pasable en cuanto a trabajo interpretativo (un sobreactuado Stanley Tucci, un sereno Donald Sutherland, un sorprendentemente comedido Woody Harrelson, una Elizabeth Banks devorada por el maquillaje, un figurante Toby Jones...). Las actuaciones, también de los más jóvenes que tienen cierto papel (sobre todo Josh Hutcherson), son de hecho de lo más convincente de la película, pero nada del otro mundo.
Y junto al problema narrativo, hay un evidente problema de valentía. Una historia así, incluso hecha desde un enfoque juvenil, requería algo más. Puede que ya desde la novela, pero sobre todo en la película. Juvenil se identifica ahora con poco inteligente y no acabo de entender por qué. Con un par de hilillos de sangre y un par de heridas (que, por supuesto, se curan con facilidad), se pretende justificar un juego en el que tienen que morir todos los integrantes menos uno, lo que no deja de ser curioso. El escaso riesgo se ve, además, en los medios empleados en la película, muy escasos, sabedores los productores de que están ante un caballo ganador antes incluso del estreno. Los juegos del hambre es un producto fallido, cómodo y de escasa calidad. De no proceder de una franquicia literaria de éxito entre los más jóvenes, lo más normal es que esta película no hubiera contado con actores conocidos ni tampoco hubiera generado la expectación o el éxito que ya está teniendo. Supongo que el libro ha generado entre sus aficionados el deseo de ver la película, pero a mí la película no me motiva para embarcarme en el original en papel. Es una inmensa decepción.
Aquí las fotos de Jennifer Lawrence cuando acudió a presentar la película en Madrid.
martes, mayo 01, 2012
'La maldición de Rookford', un apreciable "casi"
La maldición de Rookford casi consigue ser una estupenda película de terror. Y es "casi" porque en su tramo final cae en errores bastante habituales: la necesidad de un giro argumental (¿sorprendente?), la justificación de absolutamente todo lo que sucede y las incoherencias de siempre a la hora de cerrar la historia. Se pierde así, en el tramo final, lo que llevaba camino de ser una notable película de terror y misterio, llevada con elegancia y categoría, magníficamente bien interpretada especialmente por una magnética Rebecca Hall y con una atmósfera muy lograda. Empieza a sonar a excusa trillada que habría que superar, pero quizá esos errores se deban a que su director, Nick Murphy, debuta aquí en el mundo del largometraje tras su paso por el documental y la televisión. En todo caso, un entretenido relato que a ratos pone los pelos de punta y que deja alguna que otra escena para recordar.
Llegamos al punto de contar el argumento de la película y, como suele suceder, resultado del todo imposible son destripar algo importante. Las sinopsis oficiales, que yo no he leído hasta después de ver el filme, ya destrozan la primera escena, que además es una de las mejores. Así que sólo cabe decir que estamos ante una historia de fantasmas que acontece en una mansión reconvertida en internado. Más aún, yo diría que es un relato sobre el miedo. Y no tanto un miedo sobrenatural sino sobre el miedo que cada uno de nosotros es capaz de sentir en su fuero interno, y que en La maldición de Rookford adquiere numerosas manifestaciones. La historia, eso sí se puede decir sin temor a arrepentirse de nada, tiene lugar en la Inglaterra de 1921, y toma como base social las incontables pérdidas de vidas que sufrió el país en la Primera Guerra Mundial. Ya desde los rótulos que abren la película eso se convierte en una poderosa influencia.
En este contexto, la decisión más inteligente de Murphy, coguionista además de director, es dar el protagonismo a una mujer, aprovechándose precisamente de la coyuntura social del primer cuarto del siglo XX. Son sutiles e inteligentes las referencias a lo importancia que tiene para una mujer haber recibido una educación superior o no tener hijos, porque sirven para construir el personaje de Florence Cathart. Rebecca Hall llena de profundidad la bien construida carcasa de dicho personaje. Es una actriz magnética, poseedora de una belleza alejada de los cánones más habituales del cine contemporáneo y eso, probablemente, es lo que ha retrasado a esta película su primer papel principal, después de haber sido una más que interesante presencia en títulos del último lustro como The town, El desafío. Frost contra Nixon o, digan lo que digan es como lo veo, la mejor actriz de la aburrida Vicky Cristina Barcelona.
La película se construye sobre Hall, y ella hace algo más que aguantar el tipo. A ella hay que agradecer que crezcan algunas escenas, en especial las primeras de la película, donde todavía no se ha desatado el misterio que nos ocupará durante casi dos horas, en las que sienta las bases emocionales de su personaje. A partir de ahí, todo es más fácil. Luego encuentra buen respaldo en Dominic West (tiene algo interesante aquí el protagonista de The Wire), Imelda Staunton (Dolores Umbridge en la saga de Harry Potter) y el joven Isaac Hemptead Wright (sí, su cara suena porque es Bran Stark en la serie de Juego de tronos). También en el escenario escogido para el relato. Y también en la suave atmósfera que se construye para la película, alejada de los tan aborrecibles sustitos (aunque alguno también hay... y el último además es de los que desvirtúa muchos de los logros del filme) del cine de terror contemporáneo.
Como con toda película moderna del género, qué lejos quedan en realidad los clásicos de terror, el crecimiento de las incoherencias es mayor cuanto más tiempo va transcurriendo desde el visionado. Es decir, que hay trampas y agujeros bastante visibles, negarlo sería absurdo. Pero lo cierto es que durante la proyección sí se siente miedo. ¿Y no es ese, al fin y al cabo, el objetivo de la película? Pues lo consigue, y por eso hay que agradecerlo. Lo dicho, con algunas trampas y con aspectos manifiestamente mejorables. Pero si La maldición de Rookford (por cierto, nuevo título del filme en España, que iba a titularse El despertar) sirve para que alguien vea que una mujer tan interesante como Rebecca Hall puede protagonizar una película y no sólo poner interés desde papeles secundarios, habrá que dar por bien empleado el esfuerzo. Por ella, por un comienzo tan inteligente como cínico y, sobre todo, por la inquietante escena de la casa de muñecas.
Llegamos al punto de contar el argumento de la película y, como suele suceder, resultado del todo imposible son destripar algo importante. Las sinopsis oficiales, que yo no he leído hasta después de ver el filme, ya destrozan la primera escena, que además es una de las mejores. Así que sólo cabe decir que estamos ante una historia de fantasmas que acontece en una mansión reconvertida en internado. Más aún, yo diría que es un relato sobre el miedo. Y no tanto un miedo sobrenatural sino sobre el miedo que cada uno de nosotros es capaz de sentir en su fuero interno, y que en La maldición de Rookford adquiere numerosas manifestaciones. La historia, eso sí se puede decir sin temor a arrepentirse de nada, tiene lugar en la Inglaterra de 1921, y toma como base social las incontables pérdidas de vidas que sufrió el país en la Primera Guerra Mundial. Ya desde los rótulos que abren la película eso se convierte en una poderosa influencia.
En este contexto, la decisión más inteligente de Murphy, coguionista además de director, es dar el protagonismo a una mujer, aprovechándose precisamente de la coyuntura social del primer cuarto del siglo XX. Son sutiles e inteligentes las referencias a lo importancia que tiene para una mujer haber recibido una educación superior o no tener hijos, porque sirven para construir el personaje de Florence Cathart. Rebecca Hall llena de profundidad la bien construida carcasa de dicho personaje. Es una actriz magnética, poseedora de una belleza alejada de los cánones más habituales del cine contemporáneo y eso, probablemente, es lo que ha retrasado a esta película su primer papel principal, después de haber sido una más que interesante presencia en títulos del último lustro como The town, El desafío. Frost contra Nixon o, digan lo que digan es como lo veo, la mejor actriz de la aburrida Vicky Cristina Barcelona.
La película se construye sobre Hall, y ella hace algo más que aguantar el tipo. A ella hay que agradecer que crezcan algunas escenas, en especial las primeras de la película, donde todavía no se ha desatado el misterio que nos ocupará durante casi dos horas, en las que sienta las bases emocionales de su personaje. A partir de ahí, todo es más fácil. Luego encuentra buen respaldo en Dominic West (tiene algo interesante aquí el protagonista de The Wire), Imelda Staunton (Dolores Umbridge en la saga de Harry Potter) y el joven Isaac Hemptead Wright (sí, su cara suena porque es Bran Stark en la serie de Juego de tronos). También en el escenario escogido para el relato. Y también en la suave atmósfera que se construye para la película, alejada de los tan aborrecibles sustitos (aunque alguno también hay... y el último además es de los que desvirtúa muchos de los logros del filme) del cine de terror contemporáneo.
Como con toda película moderna del género, qué lejos quedan en realidad los clásicos de terror, el crecimiento de las incoherencias es mayor cuanto más tiempo va transcurriendo desde el visionado. Es decir, que hay trampas y agujeros bastante visibles, negarlo sería absurdo. Pero lo cierto es que durante la proyección sí se siente miedo. ¿Y no es ese, al fin y al cabo, el objetivo de la película? Pues lo consigue, y por eso hay que agradecerlo. Lo dicho, con algunas trampas y con aspectos manifiestamente mejorables. Pero si La maldición de Rookford (por cierto, nuevo título del filme en España, que iba a titularse El despertar) sirve para que alguien vea que una mujer tan interesante como Rebecca Hall puede protagonizar una película y no sólo poner interés desde papeles secundarios, habrá que dar por bien empleado el esfuerzo. Por ella, por un comienzo tan inteligente como cínico y, sobre todo, por la inquietante escena de la casa de muñecas.
jueves, abril 26, 2012
'Los Vengadores', el mayor espectáculo superheroíco de la historia
Hay quien piensa que las expectativas, sobre todo cuando son muy elevadas, son un mal compañero de butaca en el cine. Que si se piensa que lo que vamos a ver es grandioso, nada de lo que se nos ofrezca estará a la altura de lo que deseamos ver. Si tú, amigo lector, piensas así cuando vas a ver una película y te fías, aunque sea mínimamente, de las opiniones que suelo plasmar aquí, igual no te conviene seguir leyendo lo que tengo que decir de Los Vengadores. Porque, y ya lo dejo claro desde el principio, estamos ante el mayor espectáculo de superhéroes que se ha realizado nunca y ante una de esas películas que se convierten en un modelo a seguir durante décadas, como en su momento lo fue el Superman de Richard Donner para contar el origen de un héroe de cómic o El Caballero Oscuro para narrar su vertiente más oscura y realista. Los Vengadores triunfa a todos los niveles porque es imposible hacer esta película con un mayor cariño hacia los personajes y hacia un tipo de cine, el blockbuster hollywoodiense, a menudo demasiado despreciado. Yo, que no lo desprecio, sólo puedo decir que hacía años que no disfrutaba tanto en una sala de cine.
Conocidos los cinco antecedentes de Los Vengadores, el primer triunfo de Joss Whedon a la hora de encarar esta película está en que no son en absoluto necesarias para comprender este filme. Sí, por supuesto, para saber más sobre los personajes que van a acompañarnos durante casi dos horas y media gozosas de principio a fin. Quizá la más necesaria en ese sentido sea Thor, más que nada debido a que el villano de la función (como en el cómic que dio origen de Los Vengadores) sea Loki, e incluso Capitán América. El primer Vengador para saber algo más de la naturaleza del artefacto que sirve de excusa argumental al filme. Pero Whedon se las ingenia para montar una estructura lógica y asumible. Es cierto que hay pequeños fallos de continuidad con las películas anteriores (¿cómo vuelve Thor a la Tierra?) e incluso que la premisa argumental es algo débil, pero llegados al final de la película son detalles nimios en comparación con el divertimento salvaje que ofrece, pues casi hay más acción aquí que en las cinco ya mencionadas juntas.
Porque Whedon lo que hace es coger lo mejor de cada una de las películas anteriores, mezclarlo con su innata capacidad de gestionar repartos con muchos nombres (siempre recomendaré en ese sentido su tristemente breve serie Firefly, un prodigio televisivo que no tuvo suerte en su momento y que en España es muy desconocido) e introducirle las dosis justas de sentido del humor (una constante en la película) y, por supuesto, de épica. Porque no hay otro adjetivo mejor para calificar el clímax de la película, salvaje, intenso, gigantesco, modélico en todos los aspectos. En él da tiempo a construir a los personajes psicológica y visualmente y también a dar un curso de cine. Es impagable el plano secuencia con el que Whedon muestra, a una velocidad trepidante, cómo luchan los Vengadores como equipo. Ese momento pasa desde ya a los anales de la historia del cine de fantasía y ciencia ficción. Sobra decir que los efectos especiales son impresionantemente buenos, y que convierten a la Viuda Negra en una acróbata descomunal, a Ojo de Halcón en el arquero que debe ser, a Hulk en la imparable fuerza de la naturaleza que tiene que ser o a Thor en un auténtico semidios.
Pero no está ahí, en la excelencia visual, lo que hace de Los Vengadores algo único. Eso tan especial es el alma que tiene la película. Los seis héroes tienen su momento de gloria, al menos uno que hable de la capacidad que han tenido estos personajes para enamorar a tantos aficionados durante cinco décadas. Y, seguramente, está aquí la mejor versión de todos ellos, mejor que lo que les hemos visto hasta ahora, pensemos que es bueno o no tan bueno. Si hay uno que mejora de forma exponencial, ese es Hulk. Y si no me creéis, no tenéis más que ver todo su papel en la batalla final por las calles de Manhattan pero, sobre todo, su irrupción en la misma. Es de esos momentos que hacen que un escalofrío te recorra la espalda mientras piensas que, por fin, alguien ha entendido a un personaje casi siempre maltratado por sus versiones de carne y hueso. Pero no es el único. Es que está todo en la película, todo lo que cabe esperar de ella y del desarrollo de sus protagonistas. De los humanos y de los inmateriales. Que levante la mano el aficionado Marvel que no se emocione al ver el Helitransporte de SHIELD por primera vez. O que no sonría en el inevitable y como siempre divertidísimo cameo del creador del Universo Marvel en los cómics, el mítico Stan Lee.
La mayor sorpresa que esconde esta película, con respecto a cómo probablemente mucha gente se ha imaginado que podría ser, es la gran cantidad de momentos cómicos que reúne. Whedon se acerca a la delgadísima línea que separa una película divertida de una ridícula, precisamente porque abundan los momentos para reír. Pero siempre se queda en el lado bueno de la frontera. Esa comicidad, ese saber reírse de lo que el director tiene entre manos, es lo que le ha faltado a muchas adaptaciones de cómic. Aquí nada sobra, nada suena extraño. Y qué decir de los actores. Este Universo Marvel cinematográfico cuenta con un casting brutal. La socarronería de Robert Downey Jr. como Iron Man, la grandeza de Chris Evans como Capitán América, la calculada ambigüedad de Mark Ruffalo como Bruce Banner y como Hulk, la clara mejoría de Scarlett Johansson como Viuda Negra con respecto a Iron Man 2, el misterio que aporta Jeremy Renner a Ojo de Halcón, la planta imponente de Samuel L. Jackson como Nick Furia, lo maquiavélico que puede ser Tom Hiddleston como Loki, la ironía de Clark Gregg como el agente Coulson y la seriedad de Cobie Smulders como la agente Hill son sencillamente brillantes.
Los Vengadores es una montaña rusa desde el principio. Es evidente que cuando se pone toda la carne en el asador es en su descomunal batalla final, pero todas las secuencias de acción son impactantes. Todas, sin excepción. Y sus bromas son divertidas, igualmente sin excepción. Es un sueño hecho realidad. Y cuando uno está pensando que no hay nada que pueda hacer de Los Vengadores una película más espectacular, satisfactoria, gozosa y entretenida, llega el epílogo que Joss Whedon ha incluido y del que hay que ser un insensato para revelar nada, aunque es verdad que sólo los fans de Marvel lo comprenderán en toda su magnitud. Y, una vez entendido y asumido, sólo queda comportarse como un fan hambriento de más y desear que llegue ya, cuando antes Los Vengadores 2. Eso sí, después de haber saboreado en el cine en más de una ocasión este audaz vehículo de hacer felices a quienes hemos leído cómics de superhéroes durante años y de ofrecer un sincero gran rato a quienes no conozcan de nada a estos personajes. Una joya a día de hoy inigualable. Sin más y sin complejos.
Conocidos los cinco antecedentes de Los Vengadores, el primer triunfo de Joss Whedon a la hora de encarar esta película está en que no son en absoluto necesarias para comprender este filme. Sí, por supuesto, para saber más sobre los personajes que van a acompañarnos durante casi dos horas y media gozosas de principio a fin. Quizá la más necesaria en ese sentido sea Thor, más que nada debido a que el villano de la función (como en el cómic que dio origen de Los Vengadores) sea Loki, e incluso Capitán América. El primer Vengador para saber algo más de la naturaleza del artefacto que sirve de excusa argumental al filme. Pero Whedon se las ingenia para montar una estructura lógica y asumible. Es cierto que hay pequeños fallos de continuidad con las películas anteriores (¿cómo vuelve Thor a la Tierra?) e incluso que la premisa argumental es algo débil, pero llegados al final de la película son detalles nimios en comparación con el divertimento salvaje que ofrece, pues casi hay más acción aquí que en las cinco ya mencionadas juntas.
Porque Whedon lo que hace es coger lo mejor de cada una de las películas anteriores, mezclarlo con su innata capacidad de gestionar repartos con muchos nombres (siempre recomendaré en ese sentido su tristemente breve serie Firefly, un prodigio televisivo que no tuvo suerte en su momento y que en España es muy desconocido) e introducirle las dosis justas de sentido del humor (una constante en la película) y, por supuesto, de épica. Porque no hay otro adjetivo mejor para calificar el clímax de la película, salvaje, intenso, gigantesco, modélico en todos los aspectos. En él da tiempo a construir a los personajes psicológica y visualmente y también a dar un curso de cine. Es impagable el plano secuencia con el que Whedon muestra, a una velocidad trepidante, cómo luchan los Vengadores como equipo. Ese momento pasa desde ya a los anales de la historia del cine de fantasía y ciencia ficción. Sobra decir que los efectos especiales son impresionantemente buenos, y que convierten a la Viuda Negra en una acróbata descomunal, a Ojo de Halcón en el arquero que debe ser, a Hulk en la imparable fuerza de la naturaleza que tiene que ser o a Thor en un auténtico semidios.
Pero no está ahí, en la excelencia visual, lo que hace de Los Vengadores algo único. Eso tan especial es el alma que tiene la película. Los seis héroes tienen su momento de gloria, al menos uno que hable de la capacidad que han tenido estos personajes para enamorar a tantos aficionados durante cinco décadas. Y, seguramente, está aquí la mejor versión de todos ellos, mejor que lo que les hemos visto hasta ahora, pensemos que es bueno o no tan bueno. Si hay uno que mejora de forma exponencial, ese es Hulk. Y si no me creéis, no tenéis más que ver todo su papel en la batalla final por las calles de Manhattan pero, sobre todo, su irrupción en la misma. Es de esos momentos que hacen que un escalofrío te recorra la espalda mientras piensas que, por fin, alguien ha entendido a un personaje casi siempre maltratado por sus versiones de carne y hueso. Pero no es el único. Es que está todo en la película, todo lo que cabe esperar de ella y del desarrollo de sus protagonistas. De los humanos y de los inmateriales. Que levante la mano el aficionado Marvel que no se emocione al ver el Helitransporte de SHIELD por primera vez. O que no sonría en el inevitable y como siempre divertidísimo cameo del creador del Universo Marvel en los cómics, el mítico Stan Lee.
La mayor sorpresa que esconde esta película, con respecto a cómo probablemente mucha gente se ha imaginado que podría ser, es la gran cantidad de momentos cómicos que reúne. Whedon se acerca a la delgadísima línea que separa una película divertida de una ridícula, precisamente porque abundan los momentos para reír. Pero siempre se queda en el lado bueno de la frontera. Esa comicidad, ese saber reírse de lo que el director tiene entre manos, es lo que le ha faltado a muchas adaptaciones de cómic. Aquí nada sobra, nada suena extraño. Y qué decir de los actores. Este Universo Marvel cinematográfico cuenta con un casting brutal. La socarronería de Robert Downey Jr. como Iron Man, la grandeza de Chris Evans como Capitán América, la calculada ambigüedad de Mark Ruffalo como Bruce Banner y como Hulk, la clara mejoría de Scarlett Johansson como Viuda Negra con respecto a Iron Man 2, el misterio que aporta Jeremy Renner a Ojo de Halcón, la planta imponente de Samuel L. Jackson como Nick Furia, lo maquiavélico que puede ser Tom Hiddleston como Loki, la ironía de Clark Gregg como el agente Coulson y la seriedad de Cobie Smulders como la agente Hill son sencillamente brillantes.
Los Vengadores es una montaña rusa desde el principio. Es evidente que cuando se pone toda la carne en el asador es en su descomunal batalla final, pero todas las secuencias de acción son impactantes. Todas, sin excepción. Y sus bromas son divertidas, igualmente sin excepción. Es un sueño hecho realidad. Y cuando uno está pensando que no hay nada que pueda hacer de Los Vengadores una película más espectacular, satisfactoria, gozosa y entretenida, llega el epílogo que Joss Whedon ha incluido y del que hay que ser un insensato para revelar nada, aunque es verdad que sólo los fans de Marvel lo comprenderán en toda su magnitud. Y, una vez entendido y asumido, sólo queda comportarse como un fan hambriento de más y desear que llegue ya, cuando antes Los Vengadores 2. Eso sí, después de haber saboreado en el cine en más de una ocasión este audaz vehículo de hacer felices a quienes hemos leído cómics de superhéroes durante años y de ofrecer un sincero gran rato a quienes no conozcan de nada a estos personajes. Una joya a día de hoy inigualable. Sin más y sin complejos.
jueves, abril 19, 2012
'Al borde del abismo' y 'Contraband', muestras de thriller rutinario
La premisa de Al borde del abismo hace albergar esperanzas de ver un thriller original, pero al final esas expectativas se derrumban cual castillo de naipes y dejan al espectador con la más que seria posiblidad de hacer chistes sobre el título de la película y su resultado final. La película presenta a un tipo subido a una cornisa que amenaza con tirarse. La intriga por conocer sus motivos, qué pretende conseguir llamando la atención de tanta gente y por qué interactúa con el resto de personajes de la película apunta elementos de interés. Pero se caen por su propio peso en una trama que roza el absurdo en algunos momentos y que está tan cogida con alfileres que es fácilmente desmontable en demasiados tramos de la película. Quizá es la penitencia que se paga por tener director (Asger Leth) y guionista (Pablo F. Fenjves) debutantes en la gran pantalla, pero parece un peaje excesivo.
El reparto también hacía pensar en algo interesante, pero su trabajo es como el resultado de la película, rutinario. A Sam Worthington tanto le da subirse a una cornisa que pelear contra el Kraken en Furia de titanes, pero da cierta pena ver a Ed Harris, casi siempre enorme durante tantos años, con un personaje tan plano y previsible, o a Jamie Bell como simple comparsa. Lo que sí resulta chocante es el personaje de Elizabeth Banks. Dando vida a una negociadora que acaba de perder a un suicida, es el mayor atisbo de profundidad psicológica que se encuentra en Al borde del abismo, aunque casi parece por casualidad. Al final queda la sensación de que su presencia en la película, por mucho que su interpretación sea la más solvente de todo el reparto, no es más que la triste cobertura de la cuota femenina.
Lo que más sorprende en Contraband es un tipo de violencia muy concreto, y es el que sufre la mujer. Kate Beckinsale, muy lejos de los habituales papeles de heroína en los que tan cómoda se siente, se mete aquí con cierta destreza en la piel de una madre de familia casada con un ex traficante, que lo ha dejado y que ahora vive de las rentas y de un trabajo honrado. Ella es su punto débil, es el medio por el que se le puede chantajear, dándole así la película un papel muy secundario y algo anticuado. Lo curioso es que en esta película las amenazas son más reales y violentas que en la mayoría de las ocasiones. Ni bueno ni malo, ni mejora ni empeora la película, es simplemente un detalle chocante y que desmarca Contraband de la rutina más absoluta en la que caen sus escenas de acción, sus momentos de coleguego o, ya mencionado, su previsible final.
Mark Wahlberg está desaprovechando por desgracia el prestigio que le dio su brillante papel secundario en Infiltrados, la película que le dio el Oscar a Martin Scorsese, y se fotocopia de película en película sin que se note demasiado la diferencia entre una y otra, con excepciones sin tirar cohetes como The fighter. Lo que él hace es interpretar al protagonista y nada más. Ni matices ni historia. El resto del reparto hace lo propio. Los malos son muy malos, los buenos son muy buenos. Y no procede decir quién es cada uno, aunque todo se ve venir con cierta facilidad, por no destrozar esas pocas sorpresas que puede plantear al guión. Kormákur rueda con cierta eficacia pero sin deslumbrar. Y así se construye un thriller más con el que adornar la cartelera previa a la temporada de verano.
El reparto también hacía pensar en algo interesante, pero su trabajo es como el resultado de la película, rutinario. A Sam Worthington tanto le da subirse a una cornisa que pelear contra el Kraken en Furia de titanes, pero da cierta pena ver a Ed Harris, casi siempre enorme durante tantos años, con un personaje tan plano y previsible, o a Jamie Bell como simple comparsa. Lo que sí resulta chocante es el personaje de Elizabeth Banks. Dando vida a una negociadora que acaba de perder a un suicida, es el mayor atisbo de profundidad psicológica que se encuentra en Al borde del abismo, aunque casi parece por casualidad. Al final queda la sensación de que su presencia en la película, por mucho que su interpretación sea la más solvente de todo el reparto, no es más que la triste cobertura de la cuota femenina.
Al borde del abismo tenía el argumento, el escenario y en muchos casos los actores adecuados para ser un thriller al menos intersante. Y aunque en algunos instantes da el pego, en cuanto queda meridianamente clara la trama todo pierde interés a marchas forzadas. Sus intentos de rodear a la historia principal de otros elementos más trascendentes (como la crítica a la prensa sensacionalista) sí que son un fracaso. Sin llegar al desastre absoluto precisamente porque en cierta medida traza unas interesantes relaciones personales que sostienen la trama durante algunos minutos, lo cierto es que es una película decepcionante. Sirve para pasar el rato y muy poquito más, porque cuando llega el final tanto da que el protagonista hubiera saltado antes o que el robo del siglo fuera verdad. ¿O era mentira? Insisto, da lo mismo.
Contraband tiene una factura más cuidada, pero tampoco llega a compensar las casi dos horas de visionado. Comienza su historia cinematográfica con una curiosa paradoja. El filme es un remake de un título islandés, Reykjavic-Rotterdam, protagonizado por Baltasar Kormákur, director de la película norteamericana. Sin conocer el original es imposible comparar, pero Contraband se pierde en lo rutinario, en lo ya visto, en la sencillez más pobre de la trama y de los personajes. En realidad, es una de esas películas que se están convirtiendo en el modo casi único de afrontar el thriller en Hollywood. Tienes un grupo de protagonistas que están al otro lado de la ley, que son ladrones o, en este caso, contrabandistas profesionales, pero la historia quiere forzar al espectador a que le caigan irremediablemente bien. Son buenos, son graciosos, quieren mucho a sus familias y se merecen el final feliz. Muy visto.
Lo que más sorprende en Contraband es un tipo de violencia muy concreto, y es el que sufre la mujer. Kate Beckinsale, muy lejos de los habituales papeles de heroína en los que tan cómoda se siente, se mete aquí con cierta destreza en la piel de una madre de familia casada con un ex traficante, que lo ha dejado y que ahora vive de las rentas y de un trabajo honrado. Ella es su punto débil, es el medio por el que se le puede chantajear, dándole así la película un papel muy secundario y algo anticuado. Lo curioso es que en esta película las amenazas son más reales y violentas que en la mayoría de las ocasiones. Ni bueno ni malo, ni mejora ni empeora la película, es simplemente un detalle chocante y que desmarca Contraband de la rutina más absoluta en la que caen sus escenas de acción, sus momentos de coleguego o, ya mencionado, su previsible final.
Mark Wahlberg está desaprovechando por desgracia el prestigio que le dio su brillante papel secundario en Infiltrados, la película que le dio el Oscar a Martin Scorsese, y se fotocopia de película en película sin que se note demasiado la diferencia entre una y otra, con excepciones sin tirar cohetes como The fighter. Lo que él hace es interpretar al protagonista y nada más. Ni matices ni historia. El resto del reparto hace lo propio. Los malos son muy malos, los buenos son muy buenos. Y no procede decir quién es cada uno, aunque todo se ve venir con cierta facilidad, por no destrozar esas pocas sorpresas que puede plantear al guión. Kormákur rueda con cierta eficacia pero sin deslumbrar. Y así se construye un thriller más con el que adornar la cartelera previa a la temporada de verano.
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martes, abril 10, 2012
Antes de 'Los Vengadores'...
Hay que retroceder hasta los años 60 del siglo pasado para conocer el origen de los superhéroes de Marvel Comics. Uno de los aspectos más novedosos que introdujeron, además de ser personajes realistas con problemas con los que se pudieran identificar los lectores (más allá, obviamente, del toque fantástico que sus superpoderes daban a las historias), fue el concepto de universo. Todos estos personajes vivían en el mismo universo, interactuaban, sus vidas y sus aventuras se cruzaban con naturalidad en las diferentes colecciones. Lo que hoy parece tan evidente y cotidiano, en los años 60 era un terreno inexplorado y novedoso. Las películas que llevamos viendo desde 2008 y que ahora confluirán en Los Vengadores, de Joss Whedon, han heredado ese mismo concepto. Y eso, al margen de la mayor o menor calidad de las películas (que a mí me parece notable), es un concepto que está ayudando a escribir la historia de las superproducciones hollywoodienses de nuestros días, porque nadie hasta ahora lo había hecho. Son cinco los títulos que merece la pena ver antes de afrontar la reunión de sus personajes en Los Vengadores.
· Iron Man (2008)
· Iron Man (2008)
Robert Downey Jr. es el perfecto Tony Stark. Socarrón, aventurero, cínico y atractivo. Jon Favreau, director de esta película inaugural del Universo Marvel cinematográfico, supo sacar todo el jugo a una interpretación logradísima y que ya forma parte de los cánones del personaje por derecho propio. Iron Man se convirtió en un magnífico espectáculo superheroíco, apto para todos los públicos, incluso para los que no conozcan el cómic, gracias al carisma de su protagonista, una buena historia, una lograda atmósfera y unos espléndidos efectos visuales que nunca se superponen a la historia. Del resto se encarga el actor protagonista. Quizá el punto menos positivo de la película es el que sufren todas las películas de estas características, que siempre optan por contar el origen del personaje y eso lastra la narración en algunos momentos. Pero es tan entretenida que, al final, ni se nota.
· El increíble Hulk (2008)
Aunque Hulk (2003) es una película apreciada en algunos sectores, Ang Lee fracasó al llevar a la vida al personaje. A la hora de retomar la historia, El increíble Hulk se planteó desde el inicio con la intención de que el gigante verde tuviera una adaptación digna en la gran pantalla. Y se consiguió. Louis Leterrier no es precisamente un artesano, pero supo insuflar vida a un efecto digital con la ayuda de un muy buen trabajo de Edward Norton (será el gran ausente de Los Vengadores, sustituido por Mark Ruffalo a causa de eso que llaman en Hollywood diferencias creativas) y encajarlo en una historia atractiva y conseguida. La clara apuesta por la acción, sin dejar de lado en todo caso los aspectos más humanos de Hulk, fue un acierto. La lucha final entre Hulk y Abominación fue un más que digno colofón a una película que, quizá siendo la más floja y la más desconectada de todas las que confluyen en Los Vengadores, rozó el notable.
· Iron Man 2 (2010)
Jon Favreau repitió en la dirección de la secuela de Iron Man. Por un lado, acertó al proponer más espectáculo, ya libre de las ataduras inherentes a la narración del origen del personaje. Por otro, falló en la elección de los villanos. El principal, Mickey Rourke no termina de ser un enemigo convincente ni ofrece un clímax lo suficientemente espectacular. Con poco metraje, la inclusión de Scarlett Johansson como la Viuda Negra pareció más una introducción a Los Vengadores que una necesidad narrativa. Pero Robert Downey Jr. sigue siendo el mayor acierto de cásting de las películas Marvel y se echa la película a sus espaldas en todo momento. El resultado, en cualquier caso, es de nuevo un entretenidísimo espectáculo, quizá levemente por debajo del original. En el crecimiento del universo Marvel que ofrece se agradece la inclusión de Máquina de Guerra y detalles sobre el padre de Tony Stark, que después jugaría un papel importante en Capitán América. Por si alguien lo dudaba, era la prueba de que Los Vengadores estaba sobre la mesa.
· Thor (2011)
De estas cinco películas, Thor es quizá la que merece el juicio más ambiguo. Es, probablemente, la que más mimbres tenía para ser una gran película que trascendiera el género de superhéroes, pero Kenneth Branagh sólo consigue dar los pasos necesarios en el primer tercio de la película, el que se desarrolla en los mundos mágicos de los dioses de Asgard. Chrish Hemsworth, sin demostrar grandes dotes como actor, es un gran acierto de casting para dar vida a Thor, al igual que Anthony Hopkins y Tom Hiddleston (que volverá en Los Vengadores) en los papeles de Odín y Loki. Branagh falla en muchos momentos del camino del héroe en la Tierra, con la inclusión de una anodina Natalie Portman y un duelo final contra el Destructor que resultó algo pobre. Al resto de la película le faltó la espectacularidad de aquellas primeras escenas ymontaje final muestra un extraño ritmo que sitúa el pico climático al comienzo y no al final. La recreación de Asgard es notable y también la breve introducción de Ojo de Halcón.
· Capitán América (2011)
Chris Evans ya había sido la Antorcha Humana en las películas de Los 4 Fantásticos y eso suscitó dudas sobre su capacidad de interpretar a Steve Rogers, el más patriótico de los superhéroes. Pero lo consiguió, ayudado por unos fantásticos efectos visuales que hicieron creíble su transformación de tipo enclenque a supersoldado. Joe Johnston elaboró un magnífico espectáculo, entretenido en todo momento, con una ambientación de época formidable y un innegable tono aventurero, además de notables escenas de acción. Hugo Weaving, en un espléndido reparto de secundarios, es un Cráneo Rojo de categoría. Como Thor, que fuera en 3D supuso un añadido innecesario. Si hay una película necesaria antes de ver Los Vengadores, esa es sin duda Capitán América. Que su subtítulo sea El primer Vengador es la pista más clara. Su metraje está lleno de referencias a este Universo Marvel que se viene construyendo desde 2008.
· El Universo Marvel
Hay dos elementos que han servido para crear ese concepto de universo también en el cine. El primero, las escenas que sirven como epílogo a todas estas películas, y que tienen como protagonista a Nick Fury, interpretado por Samuel L. Jackson. En ellas se han ido introduciendo vínculos y motivos argumentales de cara a Los Vengadores, desde la que abrió la puerta a todo este universo en Iron Man (en la que da la sensación de que no estaba del todo claro cómo iba a hacerse Los Vengadores) hasta la de Capitán América, que añadía, de hecho, el primer trailer de la película que dirige Joss Whedon. El segundo son los cameos de Stan Lee, el padre del Universo Marvel en el cómic. Este detalle no es exclusivo de las películas que desembocan en Los Vengadores (también aparece en las películas de otros de los personajes que creó, como Spider-Man Los 4 Fantásticos o X-Men), pero ayuda a darle esa mayor cohesión desde el punto de vista del aficionado, que no narrativamente puesto que siempre interpreta a personajes diferentes.
miércoles, abril 04, 2012
'Take Shelter', brutal retrato de la paranoia y el miedo
El cine ha demostrado tantas veces que el tamaño no importa a la hora de contar grandes historias que empezar diciendo esto de Take Shelter parecerá una obviedad. Es, en efecto, una película de corte independiente protagonizada por dos rostros conocidos pero lejos todavía del estrellato (más en el caso de Michael Shannon que en el de una Jessica Chastain tan ocupadísima como brillante durante 2011). Y es, al mismo tiempo, un gran retrato de la paranoia y el miedo. Y digo grande en muchos sentidos. En el de la calidad, indudablemente, porque Jeff Nichols propone una película inquietante a muchos niveles, pero también en el de las aspiraciones, porque Take Shelter aspira precisamente a eso, a pintar un amplísimo lienzo sobre la psicología humana a partir de un personaje en apariencia corriente. Una gran historia en un pequeño envoltorio hacen aquí una espléndida película.
Aproximarse a Take Shelter por sus nombres ofrece sensaciones contradictorias. Dirige Jeff Nichols, que sólo tiene una película en su haber, Shotgun Stories. Nada impactante por ese lado. Los dos actores sí son puntos de interés. Michael Shannon fue candidato al Oscar al mejor actor secundario por su magnífico papel en Revolutionary Road y se prepara para ser el villano del próximo Superman en The Man of Steel, mientras que Jessica Chastain es una de las formidables actrices de Criadas y señoras (papel que le valió la nominación) y a la que también se pudo ver en El árbol de la vida y La deuda. Pero el serio aviso pasa por ver a los hermanos Strause entre los productores ejecutivos. Por si alguien no ubica el nombre, son los dos técnicos de efectos especiales que se lanzaron a la dirección en joyas como Aliens vs. Predator 2 y Skyline. Por ellos, es lícito pensar a mpriori que Take Shelter podría esconder un nuevo despropósito de corte fantástico. Pero nada de eso.
Lo que ofrece esta película es un espléndido retrato psicológico de un hombre que, a causa de unos extraños sueños en los que sus seres queridos (su esposa y su hija, sordomuda ésta) sufren y le hacen sufrir, comienza a sentir un miedo incontrolable en la vida real que desemboca en la paranoia de sentir la necesidad de construir un refugio para tormentas en el jardín de su casa. Lo que Nichols construye alrededor de las magníficas interpretaciones de Shannon y Chastain es un profundo retrato psicológico que siempre bordea la frontera de lo que es real y de lo que no lo es, dejando las respuestas en manos del espectador. El protagonista, Curtis, traslada todo el temor que siente en sus sueños a su vida cotidiana. En el trabajo ya no es el mismo, con su mujer tampoco. Y la historia va creciendo en ese sentido hasta desembocar en un poético y formidable desenlace, que eleva las buenas sensaciones que deja la película hasta un nivel superior.
Take Shelter es una película acerca de miedos y barreras. Y sería un profundo error limitar ese análisis del miedo a la parte más onírica (¿más fantástica?) de este relato. Nichols representa los sueños de una forma maravillosa, introduciendo sin remedio al espectador en esos momentos de pánico sin posibilidad de evitar lo que sucede en ellos. Son momentos que generan un desasosiego salvaje y que están magníficamente intercalados en la anodina realidad de un hombre cualquiera que vive en el estado de Ohio. Pero, insisto, la cosa no queda ahí. Curtis es un hombre retraído, al que le asusta lo que su esposa, sus compañeros de trabajo y sus vecinos puedan pensar de él si supieran lo que le está pasando por la cabeza. Cree que le tomarían por loco, que le inernarían en un psiquiátrico. Y lo oculta. Intenta lidiar él solo con la tormenta psicológica que le está afectando. En ese sentido, que su hija sea sordomuda es una maravillosa alegoría en el guión que no cabe más que aplaudir. Las barreras físicas de la pequeña son las mismas que el adulto se autoimpone y no es capaz de superar.
La brutalidad de estos miedos y sus efectos es producto de la ambición de la película, una ambición que sólo patina en un aspecto. La duración de Take Shelter, ligeramente superior a las dos horas, se antoja algo excesiva, lo que lleva a que algunas de sus escenas bordeen la repetición. Es, quizá, el único pero que se le puede poner a un filme que logra todos sus objetivos. No es fácil decir si es el guión lo que hace crecer el trabajo de los actores o si son éstos los que hacen que un buen guión parezca todavía mejor. Quizá sea una de esas veces en que hay una simbiosis perfecta entre ambos planos. Lo que sí está claro es que Take Shelter es una de esas películas que, desde su pequeño envoltorio y su gran anonimato antes de llegar a las salas, consiguen atrapar al espectador que esté dispuesto a dejarse seducir por esta poderosa contraposición de una vida aburrida y un miedo sobrecogedor, tan real como imaginario. Y hace que el nombre de Jeff Nichols quede apuntado y subrayado para prestar atención a sus futuras películas.
Aproximarse a Take Shelter por sus nombres ofrece sensaciones contradictorias. Dirige Jeff Nichols, que sólo tiene una película en su haber, Shotgun Stories. Nada impactante por ese lado. Los dos actores sí son puntos de interés. Michael Shannon fue candidato al Oscar al mejor actor secundario por su magnífico papel en Revolutionary Road y se prepara para ser el villano del próximo Superman en The Man of Steel, mientras que Jessica Chastain es una de las formidables actrices de Criadas y señoras (papel que le valió la nominación) y a la que también se pudo ver en El árbol de la vida y La deuda. Pero el serio aviso pasa por ver a los hermanos Strause entre los productores ejecutivos. Por si alguien no ubica el nombre, son los dos técnicos de efectos especiales que se lanzaron a la dirección en joyas como Aliens vs. Predator 2 y Skyline. Por ellos, es lícito pensar a mpriori que Take Shelter podría esconder un nuevo despropósito de corte fantástico. Pero nada de eso.
Lo que ofrece esta película es un espléndido retrato psicológico de un hombre que, a causa de unos extraños sueños en los que sus seres queridos (su esposa y su hija, sordomuda ésta) sufren y le hacen sufrir, comienza a sentir un miedo incontrolable en la vida real que desemboca en la paranoia de sentir la necesidad de construir un refugio para tormentas en el jardín de su casa. Lo que Nichols construye alrededor de las magníficas interpretaciones de Shannon y Chastain es un profundo retrato psicológico que siempre bordea la frontera de lo que es real y de lo que no lo es, dejando las respuestas en manos del espectador. El protagonista, Curtis, traslada todo el temor que siente en sus sueños a su vida cotidiana. En el trabajo ya no es el mismo, con su mujer tampoco. Y la historia va creciendo en ese sentido hasta desembocar en un poético y formidable desenlace, que eleva las buenas sensaciones que deja la película hasta un nivel superior.
Take Shelter es una película acerca de miedos y barreras. Y sería un profundo error limitar ese análisis del miedo a la parte más onírica (¿más fantástica?) de este relato. Nichols representa los sueños de una forma maravillosa, introduciendo sin remedio al espectador en esos momentos de pánico sin posibilidad de evitar lo que sucede en ellos. Son momentos que generan un desasosiego salvaje y que están magníficamente intercalados en la anodina realidad de un hombre cualquiera que vive en el estado de Ohio. Pero, insisto, la cosa no queda ahí. Curtis es un hombre retraído, al que le asusta lo que su esposa, sus compañeros de trabajo y sus vecinos puedan pensar de él si supieran lo que le está pasando por la cabeza. Cree que le tomarían por loco, que le inernarían en un psiquiátrico. Y lo oculta. Intenta lidiar él solo con la tormenta psicológica que le está afectando. En ese sentido, que su hija sea sordomuda es una maravillosa alegoría en el guión que no cabe más que aplaudir. Las barreras físicas de la pequeña son las mismas que el adulto se autoimpone y no es capaz de superar.
La brutalidad de estos miedos y sus efectos es producto de la ambición de la película, una ambición que sólo patina en un aspecto. La duración de Take Shelter, ligeramente superior a las dos horas, se antoja algo excesiva, lo que lleva a que algunas de sus escenas bordeen la repetición. Es, quizá, el único pero que se le puede poner a un filme que logra todos sus objetivos. No es fácil decir si es el guión lo que hace crecer el trabajo de los actores o si son éstos los que hacen que un buen guión parezca todavía mejor. Quizá sea una de esas veces en que hay una simbiosis perfecta entre ambos planos. Lo que sí está claro es que Take Shelter es una de esas películas que, desde su pequeño envoltorio y su gran anonimato antes de llegar a las salas, consiguen atrapar al espectador que esté dispuesto a dejarse seducir por esta poderosa contraposición de una vida aburrida y un miedo sobrecogedor, tan real como imaginario. Y hace que el nombre de Jeff Nichols quede apuntado y subrayado para prestar atención a sus futuras películas.
lunes, abril 02, 2012
'Blancanieves', comedia sin hadas
Quien espere ver en Blancanieves un cuento de hadas, se ha equivocado de película. Aquí ni hay hadas ni hay magia, casi no hay ni cuento, porque todavía no he sido capaz de encontrar qué quiere contar la película. Lo que hay es comedia. Pura y dura. Y, para ser francos, comedia más bien normalita tirando a triste. Tarsem Singh se embelesa él solo con el aspecto visual tan característico de sus películas y se olvida, una vez más, de cuidar una narración repleta de altibajos, de momentos perfectamente olvidables e incluso de cambios en la historia casi pensados para enfadar al más purista de los aficionados al cuento original o a su versión más popular, la de Walt Disney. Blancanieves, la primera de las versiones de esta historia que veremos este año, es un título totalmente prescindible, en el que nada nuevo hay que rascar y que es, desde ya y sin necesidad de comparar el resultado con la adaptación que veremos próximamente, una rareza difícil de explicar.
Viendo Blancanieves es complicado entender qué ha motivado a los prácticamente desconocidos Melissa Wallack y Jason Keller para crear un guión como el que escriben. Cogen Blancanieves, dispersan sus detalles más significativos a lo largo de sus páginas, pero lo hacen sin demasiado sentido, lo que demuestra que en el fondo les da igual ese cuento, porque lo mezclan sin rubor con La Bella Durmiente, Caperucita Roja o incluso con la leyenda de Robin Hood (porque, claro, ¿qué sería de Blancanieves si durante cinco minutos de película, sólo cinco minutos, no robara a los ricos para dárselo a los pobres?). Qué más da, el caso es hacer algo extraño y que llame la atención. Y a eso se suma el particular estilo visual de Tarsem Singh, que en este caso ni siquiera es tan personal como cabría parecer. La influencia de la olvidable Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton, cuyo éxito es seguramente el origen económico del lanzamiento de esta Blacanieves, es más que evidente. Ni historia ni diseño cumplen su función, así que esta película está ya tocada desde su origen.
Es una comedia. Eso es más que evidente. Y la comedia gana terreno a la historia en todo momento. Se busca más el gag que la narración coherente. Y lo peor es que tampoco se consigue hacer reír. Blancanieves es una comedia, pero no una película divertida. Puede que algún momento de esos enanitos tergiversados y rebautizados sí sea simpático, pero ya. De hecho, el personaje más gracioso de Blancanieves es la Reina que interpreta Julia Roberts, la única actriz de todo el reparto, puede que junto a un Nathan Lane que en el fondo suena muy repetitivo, haya entendido el tono que quería tener la película. Al mismo tiempo, eso supone que la malvada reina es de todo menos malvada. ¿Inspira terror? En absoluto. Entonces, ¿qué razón de ser tiene el personaje? Difícil de encontrar. Y más teniendo en cuenta la nula química que hay con su supuesta antagonista, una sosa Lilly Collins, que en ningún momento parece creerse el personaje de Blancanieves.
De alguna bizarra forma (y el también disparato final musical no hace más que acentuarlo), da la impresión de que esta Blacanieves quiere ser un Shrek de imagen real, una especie de variación cómica del cuento de hadas. Desde luego, le falta el cinismo del primer Shrek para cumplir ese objetivo, pero también un guión mucho más acertado, unos personajes más carismáticos y unas interpretaciones más sólidas. Blancanieves casi parece que, sabedora de que no consigue una entidad propia en ningún momento, va recortando detalles de otras historias, incluyendo un cameo final que inevitablemente recuerda demasiado al de Sean Connery en el Robin Hood. Príncipe de los ladrones de Kevin Costner. Quizá el único detalle atractivo y original de esta revisión del cuento clásico esté en lo que da título original a la película, Mirror, mirror, y es el juego dimensional de espejos que, por desgracia, tampoco está bien explicado o aprovechado en el montaje final. Un montaje en el que sobran tantas escenas que, de haberse recortado todas, tendríamos a lo mejor un digno cortometraje.
Blancanieves se me queda en un error a todos los niveles. Si no quiere ser un cuento de hadas, es absurdo coger la historia de Blancanieves. Para hacer una comedieta infantil en la que lo más gracioso sea ver a un príncipe comportándose como un cachorrito, a una doncella que lejos de estar en apuros pelea con espada y recibe cachetes en el trasero mientras aprende a hacerlo, o que los enanos lleven zancos no hacía falta buscar una historia tan conocida. Si a eso añadimos que el estilo visual de Tarsem Singh (Immortals está muy reciente; sus otras dos películas son La celda y El sueño de Alexandria) a mí nunca me ha llenado y aquí es mucho más dibujo animado que nunca, lo que queda es un disparatado despropósito difícil de entender. O igual es que para mí un cuento de hadas es otra cosa.
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