martes, julio 22, 2014

'El lobo detrás de la puerta', el lado más brutal de la vida

Hay algo de brutal en la vida que muestra El lobo detrás de la puerta. Algo descarnado. Pero a la vez increíblemente realista. Ahí se ancla el éxito de la película, la primera que dirige el brasileño Fernando Coimbra, hasta convertirse en un thriller casi modélico, envolvente, con una estructura  magnética y, aún con sus defectos, una película fascinante y con una marcada identidad propia. Eso es justo lo que hace de este un filme uno especial, porque la temática (una madre va a buscar a su hija al colegio sólo para descubrir que la profesora se la ha entregado a otra mujer que decía ser amiga suya y que conocía a la niña; rápidamente se encuentra a una sospechosa del secuestro y a partir de ahí se narra la historia del matrimonio protagonista y de la detenida) recuerda a la de otras películas de intriga de muy distintas procedencias que han llegado a los cines en las últimas décadas pero da juego como para crearle una identidad propia. Y Coimbra, también autor del guión, sabe jugar.

La forma en la que el director aborda una temática tan compleja es desde un entorno real más que realista. Prescinde por completo de artificios en todos los terrenos. Dentro de la historia, el matrimonio que forman Bernardo (Milhem Cortaz) y Sylvia (Fabiula Nascimento) es el de dos personas normales, con sus flaquezas y sus virtudes, lejos de las bellezas imposibles habituales del cine norteamericano y de las grandes estrellas del celuloide. Rosa (Leandra Leal, el descubrimiento más asombroso de la película por la extraordinaria forma en la que se mueve en un amplísimo espectro emocional) es una belleza, es la tentación carnal del relato, pero, de nuevo, real y alcanzable. El triángulo que forman en torno a la desaparición de la niña, y que no se aclara hasta el cuarto de hora final es turbio, va traspasando todos los límites de la moral, de la ética y de la costumbre. Y por eso mismo, fascina, porque no se sabe hasta dónde va a llegar.

Pero la ausencia de artificios de la película no se detiene ahí. La forma de rodar de Coimbra se arroga esa condición con una tremenda facilidad. Con planos largos que no hacen sino acrecentar la tensión (impresionante el momento en el que Bernardo descubre que Rosa ha ido a ver a su mujer), con una gran habilidad para que la cámara esté posicionada siempre en el ángulo correcto, es difícil no sentirse dentro de la película, con la piel de gallina con los momentos más crudos. Quizá los mayores problemas que se le puedan achacar a la película están en que el crudo final pierde algo de impacto al quedar demasiado claro cuál va a ser unos pocos minutos antes de que acontezca y que hay sobre todo un personaje, el policía que conduce los interrogatorios, que parece algo desaprovechado viendo los fantásticos diálogos que tiene en el primer tercio de película. Pero acaban siendo detalles menores viendo el brutal y desasosegante final del filme.

El lobo detrás de la puerta es una espléndida muestra de cine brasileño (el escenario de Río de Janeiro acaba colaborando de forma esencial al tono de la película y en especial a una escena clave, la de la llamada de teléfono), un thriller contundente y sin concesiones. Ahí es donde empieza a generar la película una compenetración salvaje con el espectador, en que no edulcora nada, no suaviza lo que está mostrando. Y eso que muestra es una espiral de decisiones equivocadas colocadas en una estructura cinematográfica demoledora, narrada casi de forma continua como un gran flashback que Coimbra sabe rellenar con sobriedad y dejando buena parte del peso del relato en manos de un reparto brillante. Leandra Leal se suma así a los enormes méritos de la película y deja la sensación de actriz grande, de una larga trayectoria ya tanto en cine como en televisión pero de la que pocas referencias había fuera de Brasil. Pero su nombre y el de Coimbra merecen estar ya apuntados para el futuro.

viernes, julio 18, 2014

'El amanecer del planeta de los simios', la película soñada de la franquicia

Cuando se estrenó El origen del planeta de los simios, la crítica se rindió al resultado final. En realidad, la película tenía defectos palpables, pero dado que casi todo el mundo esperaba un fiasco derivado de la reinterpretación de esta franquicia que hizo Tim Burton, el buen acabado hizo que la cinta se ganara una admiración probablemente excesiva, incluso admitiendo que era una forma diferente de blockbuster veraniego. Por encima de todo, a aquella película le faltaba un tercer acto, un clímax que coronara las grandes y atractivas ideas que tenía. Pues bien, El amanecer del planeta de los simios viene a satisfacer esa necesidad de una forma brillante, inteligente y terriblemente entretenida, respondiendo a la valentía de la propuesta original con un atrevimiento incluso mayor y cerrando la película soñada de la franquicia, un formidable producto que combina lo mejor del cine espectáculo hollywoodiense con el toque de autor que pide a gritos un universo tan sumamente interesante y provocador como es el de El planeta de los simios (¿acaso hace falta recordar el prodigioso final de la mítica película original como muestra?).

Y la primera sorpresa está en el nombre de ese autor, que para colmo sustituye a Rupert Wyatt, que dirigió la primera entrega (y ya se sabe que los cambios de esta naturaleza en Hollywood suelen esconder líos). El amanecer del planeta de los simios es la tercera película de Matt Reeves y las dos anteriores no invitan a pensar en algo tan brillantemente rodado como esta cinta. Ni Monstruoso ni el remake americano de Déjame entrar están en la misma categoría ni de lejos. Y es que esta entrega de ciencia ficción funciona tanto a gran escala (son impresionantes las escenas de masas que, salvando las distancias y la escala, son las primeras en el cine espectáculo capaces de generar sensaciones similares a las de las batallas de El retorno del Rey) como en las escena de corte intimista, que son más de las que cabía esperar, porque la película tiene un muy fuerte componente emocional que nunca parece forzado. Puede que la historia sea algo más lineal o predecible que la de El origen del planeta de los simios, pero es al mismo tiempo una continuación tan natural que lo inverosímil habría sido no seguirla. Y es que esta es una película, por fin, de simios. Los humanos son los secundarios.

No es fácil cuantificar cuánto se agradece ese enfoque, pero es sin duda lo que hace que El amanecer... sea mejor película que El origen... Repetir la fórmula, estirarla hasta la saciedad, habría sido una decisión equivocada. Lo que ofrece esta secuela, épica en sus 130 minutos de duración, es una historia profundamente humana con un ingente nivel de acción, con un desafiante uso de la violencia y con una gran cantidad de escenas solventadas con un buen gusto que no se ve con tanta frecuencia en el gran cine de estudio (ojo a ese plano del personaje de Jason Clarke adentrándose en su hogar buscando algo mientras los simios actúan a su alrededor). Y al final lo que importa es que, a todos los niveles, la película destila una sinceridad poco habitual. En la construcción de los personajes, con ese César dirigiendo el asentamiento simio y convirtiéndose, si no lo era ya, en un personaje imprescindible para entender el cine moderno. Pero también en su plasmación visual. Qué espectáculo de primer nivel el de los efectos, que son capaces de poner en pantalla a cientos de simios, que les hacen interactuar con incontables elementos y que consiguen unas escenas memorables.

Si a eso se le añade un más que competente reparto encabeza por Jason Clarke y Gary Oldman en el lado humano y a un Andy Serkis convertido en el mejor actor de la historia de captura de movimiento por el bando de los simios, queda poco más que decir. Cuando alguien defienda que en Hollywood ya no hay ideas o que las secuelas no merecen la pena, siempre se le podrá recordar que esta maravilla es la octava película de la franquicia, secuela directa del tercer punto de partida de la serie cinematográfica. El amanecer del planeta de los simios destaca en absolutamente todo lo que se propone, desde un guión formidable (que a diferencia de su predecesora sí acierta en el punto en el que deja la historia para que el corte sea temáticamente significativo) hasta una puesta en escena soberbia (maravilloso trabajo de producción, soberbia banda sonora de este majestuoso compositor que es Michael Giacchino). Será difícil que está no sea la película del verano y que, salvo que la próxima película convierta el relato en un crescendo imposible de olvidar, ésta sea El Imperio contraataca de la saga de El planeta de los simios. Brillante.

jueves, julio 17, 2014

'Ahora y siempre', más lágrima fácil

No parece casual que Ahora y siempre llegue a los cines españoles dos años más tarde de su estreno británico original y justo una semana después de Bajo la misma estrella, una película con la que comparte temática y objetivos. Ambas parten de una adolescente enferma, incurable, en este caso con leucemia, lo que consigue lágrimas con facilidad a lo largo de la historia que cuentan. Es verdad que lo hacen por caminos divergentes, aquella por una apuesta optimista y feliz y ésta desde un drama más abierto y evidente, pero son películas fácilmente emparejables, que basan su apuesta en el tema que tratan y en la solvencia de la pareja protagonista, aquí formada por Dakota Fanning y Jeremy Irvine, y en la que sobresale especialmente ella. En realidad son sólo ellos, los actores, los que abandonan el confort de los clichés para tratar de dar algo más, porque la película cumple con casi todos ellos.

De la misma forma que Bajo la misma estrella, es difícil calificar esta película como mala, aunque también es igualmente sencilla la tentación de relacionarla con los telefilmes que pueblan las sobremesas, con sus historias reales y sus dramas cotidianos. Ol Parker, director y guionista de la cinta, se pone por segunda vez detrás de la cámara (la anterior, Rosas rojas, data nada menos que de 2005) y no sale de ese cordón de seguridad temático. Quizá lo más destacable de su enfoque esté en la crudeza con la que muestra en algunas escenas la enfermedad de Tessa, que así se llama la adolescente protagonista. No edulcora esas escenas, aunque en el fondo la historia sí parezca haber pasado por un tapiz de esperanza, que en lugar de volcarse en la enferma, un personaje cínico y descreído precisamente por el destino que le aguarda, lo hace en la gente a la que va tocando a su alrededor.

Eso es quizá lo más atractivo de la película, que incluso mostrando la enfermedad, el proceso, sus síntomas y sus consecuencias con más detalle de lo que suele ser habitual (y, ojo, eso se agradece cuando en ese mundo se utilizan con tanta facilidad los eufemismos), su mensaje gira en torno al efecto que produce una persona en otras. La enfermedad es, en ese sentido, accesoria. Tessa no marca a los demás por ser una persona enferma, sino por la clase de persona que es. Lo curioso es que, a pesar de lo fascinante que es ese concepto, es la forma en que se utiliza lo que acaba restando credibilidad a la película y sumergiéndola en un terreno algo inverosímil por momentos y sujetado esencialmente, como ya se ha dicho, por el buen trabajo de los actores.

Dakota Fanning, toda una sorpresa cuando hace ya más de una década conmovió a todo el mundo en Yo soy Sam, se ha visto adelantada por su hermana Elle. Pero mientras ésta personifica un mundo luminoso y encantador que domina a la perfección, la mirada y la expresión de Dakota siguen asombrando por su madurez y por la cantidad de matices que muestra. Irvine, uno esos eternos chicos buenos, es el complemento perfecto. Y, como siempre en este tipo de historias, en los secundarios se vuelcan todas las sensaciones que se quieren ir transmitiendo (los padres, el hermano, la amiga...). Ahora y siempre es una película lacrimógena que busca atacar directamente a las emociones del espectador. Y eso, tampoco se le puede negar, lo consigue en muchos momentos, especialmente en el tramo final. Eso y el trabajo de los actores es lo que ofrece la película para quien lo quiera comprar, que sin duda hay un público para este tipo de cine si se sigue haciendo sin salirse de los parámetros ya conocidos.

martes, julio 15, 2014

'El abuelo que saltó por la ventana y se largó', divertidísima comedia absurda

Tienen razón aquellos que consideran la comedia el más complicado de los géneros, porque lo más difícil de conseguir de un espectador es una risa sincera, pura y continua. Por esa razón, los logros de El hombre que saltó por la ventaja y se largó hacen que se pueda decir, sin tapujos ni contemplaciones, que es, con diferencia y por talento, una de las mejores comedias de los últimos años. Si su procedencia sueca le resta público (por aquello de que a veces parece imposible recomendar una película nórdica sin quedar como un esnob o un cultureta de pega), será una tremenda injusticia, porque es una de las propuestas más originales y sorprendentes que se han visto en la comedia absurda contemporánea. Es una sucesión de risas sin dejar por ello de contar una magnífica historia. Basada en el best seller escrito por Jonas Jonasson y con la etiqueta de ser la película más taquillera de la historia de su país de origen, es complicado encontrarle un solo pero a esta comedia absurda, deliciosamente escrita y muy bien interpretada.

Esos dos detalles son importantes, sobre todo el primero porque aborda una doble narración. Allan Karlsson (Robert Gustafsson), el hombre que vemos al comienzo de la película, es un anciano del que lo primero que sabemos es lo mucho que le gustan los explosivos. Por esa razón y un episodio muy concreto en el que da rienda suelta a esa afición, acaba internado en un geriátrico y, haciendo honor a lo que dice el título, el día en el que cumple cien años simplemente abre la ventana y se escapa. Así, sin más, con un divertidístimo acompañamiento musical. A partir de ahí, vivimos un doble viaje. El primero es esa huida, sencilla, natural, casi inadvertida. El segundo, el pasado de Allan, que de una manera destenillante se va convirtiendo en un espectacular resumen de la historia política del siglo XX, pues el protagonista se ve envuelto en destacados acontecimientos al lado de personajes más que reconocibles. La casualidad es el motor de la historia y eso potencia la diversión de una forma brillante.

El segundo detalle que destaca con luz propia en el éxito colectivo de la película es el reparto, que es lo que termina de dar valor al resultado final. Gustafsson, encabezándolo como protagonista, se muestra como un cómico brillante, pero no es más que la punta del iceberg. Y es que la película va presentando una serie de personajes delirantes, originales y que colaboran en este teatro del absurdo en que se convierte el relato con una naturalidad sorprendentemente realista. Son retratos exagerados, eso es obvio porque si no mala comedia absurda sería, pero hay rasgos claramente vinculables a la vida real en el comportamiento de todos ellos, lo que se mezcla con una enorme absurdez que roza la caricatura en algunos de los antagonistas y, especialmente, en los memorablemente divertidos retratos de los conocidos dirigentes europeos del siglo XX que aparecen. Y como Felix Herngren, director del filme, va hilando con brillantez tanto la aparición de cada nuevo personaje como los episodios del pasado de Allan que se van sucediendo a modo de flashbacks, no queda más que rendirse al tremendo poder de los gags que va coleccionando.

En El abuelo que saltó por la ventana y se largó funciona absolutamente todo. Desde su rocambolesco título a sus muchos golpes de humor, pasando por una ambientación perfecta para hacer creíble la presencia de Allan en escenarios tan diversos como la Guerra Civil española o las pruebas de las bombas atómicas norteamericanas, e incluso por la absurda trama criminal que se desencadena al poco de empezar la película y que, de alguna manera, recuerda a aquellas genialidades que hacían los hermanos Coen cuando todavía eran geniales (es decir, hasta El gran Lebowski). Son casi dos horas de película que se pasan en un auténtico suspiro, es una comedia auténtica y sincera, tan alocada y absurda como muy bien escrita, con un reparto sencillamente perfecto y un final redondo. Si es que no se le puede pedir más a una película que, por desgracia, mucha gente no llegará a conocer porque no hay superestrellas en ella. Muy, muy, muy recomendable.

lunes, julio 14, 2014

'La cueva', mérito técnico, irrealidad en lo demás

Hay dos formas de analizar la propuesta de La cueva, la segunda película de Alfredo Montero. Por un lado, hay que destacar el enorme mérito técnico que tiene la forma en que rueda la historia de cinco jóvenes que se pierden en el interior de una cueva de Formentera. Pero por otro destaca la irrealidad que se apodera de todo lo demás. De los cinco protagonistas (interpretados por Marcos Ortiz, Marta Castellote, Jorge Páez, Eva García y Xoel Fernández), de cómo se van desarrollando los personajes, del abrupto cambio de registro que sufre el filme, de los diálogos de los personajes (alguno llega a provocar carcajada involuntaria) y, especialmente, de esa forma de rodar con cámara en mano y como si fuera una grabación real que de vez en cuando sigue reapareciendo para sufrir los mismos defectos mareantes, previsibles y bastante increíbles que lleva aparejada esta elección, que, no obstante, parece seguir contando con defensores suficientes como para que se sigan haciendo películas de esta manera.

A quien esto suscribe le ponen nervioso las películas rodadas de esta manera, se llamen REC, Monstruoso o El proyecto de la Bruja de Blair. Resulta incomprensible que haya situaciones enmarcadas en el género de terror (aunque aquí arranca más desde una perspectiva angustiosa que de miedo) en las que haya alguien que quiera sostener una videocámara para inmortalizarla, y los intentos de justificarlo suelen saber a poco. En La cueva hay unos cuantos y contribuyen a esa inevitable irrealidad (¿tan difícil era dar un nombre "al blog" al que hace alusión el portador de la cámara?) de la que no se puede separar esta película concreta y que sigue marcando de forma exagerada a una forma de rodar que pretende ser lo contrario, absolutamente real y veraz. Este argumento, no obstante, queda anulado si al espectador le provoca disfrute este estilo. Probablemente no haya medias tintas al respecto, y tenga sólo defensores y detractores, sin término medio, pero la advertencia es necesaria.

De una forma o de otra, guste o no esta opción visual, es importante recalcar el mérito técnico que hay en la película. Montero hace creíble el escenario de la película, consigue una sensación de claustrofobia interesante en algunas escenas y sólo queda la duda de cómo habría afrontado la acción convirtiendo la cámara en espectador y no en parte de la historia. Pero de nuevo la irrealidad choca frontalmente con los aciertos de la película. El escenario convence, quienes lo ocupan no. No se trata de evaluar con dureza el trabajo de los actores, que en realidad consiguen momentos de extraordinario realismo de una forma homogénea, pero sí de la forma en que sus personajes llegan a la pantalla. No hay historia de fondo (aunque se intente forjar en el arranque de la película, en realidad algo prescindible y que deja momentos tan chocantes e injustificables como un excesivo plano de un trasero que no viene a cuento), no termina de justificarse el giro radical de la historia (ni por el momento, ni por la forma) y no se siente ese verismo deseado en la forma de hablar de todos ellos, demasiado limpia incluso en los momentos más tensos.

Incluso el final de la cinta resulta algo precipitado, demasiado anclado en la casualidad o en una necesidad dramática de cerrar la historia de una manera muy concreta, que no procede desvelar para no arruinar el último tercio del filme. En realidad, la propuesta es más meritoria por la creación de un ambiente especial, algo que parece difícil no destacar, que por la historia que hay detrás, centrada en una vivencia de cinco jóvenes que parten de una irresponsabilidad absoluta (adentrarse en una cueva sin equipo y sin conocimientos) para meterse en el mayor problema de sus vidas. Pero sin apagar nunca la cámara, por supuesto. Es ahí, desde el mismo principio de la película, donde el angustioso realismo que tan bien le habría sentado, puede acabar roto para muchos espectadores. Si se entra en el juego sin reservas, probablemente se disfrute de La cueva como un angustioso ejercicio de supervivencia, incluso aceptando algún que otro cliché que Montero explota para dar forma a su película. Si no se aceptan las normas de la propuesta, el resultado no puede ser bueno.

viernes, julio 11, 2014

'Sabotage', una macarrada enrevesada

Regresos como el de Arnold Schwarzenegger son de los que invitan a pensar que, efectivamente, cualquier tiempo pasado fue mejor. Sabotage es una película mala, pero de esas que igual en los años 80 o 90 se le habrían perdonado, o incluso disfrutado, como sucedió con títulos del estilo de Commando o Eraser. Pero ahora, tras años retirado del cine, suenan a intentos desesperados por volver a llamar la atención. Y hay que reconocer que en Sabotage hay unos cuantos. Por ejemplo, Schwarzenegger no ha hecho nunca una macarrada como ésta con un tono tan marcadamente serio. Claro que eso mismo es lo que acaba provocando que el guión se enrevese hasta extremos inverosímiles y más bien mal explicados. En realidad, sin Schwarzenegger la película habría caído fácilmente en el olvido. Y lo malo, lo que tendría que plantearse el ex gobernador de California, es que probablemente tenga el mismo destino con él encabezando el reparto, algo que con los mencionados vehículos de acción no sucedió.

Además, aquellas películas eran simples divertimentos de acción en los que el mayor aliciente era ver a Arnie pegando tiros. Pocos, muy pocos pega en Sabotage como para que la experiencia sea salvable por ahí. El caso es que en la película hay elementos que incitan a pensar, al menos desde el punto de partida, que la ambición es mayor. Empezando por su director, David Ayer, cuyo anterior trabajo, Sin tregua, obtuvo buenas críticas, probablemente excesivas. Pero lo cierto es que hay tantos agujeros en la película, en el guión y en su desarrollo pero también en la construcción de los personajes (apenas se puede comentar nada en este sentido para no desvelar los giros de la historia), que casi resulta un desperdicio que la apuesta no haya sido la del espectáculo puro y duro, el que se intuye en algún momento pero que no termina de desarrollarse, por mucho que el grupo que lidera Schwarzenegger sea, en otro guiño nostálgico, casi una actualización del que encabeza en Depredador.

Lo que sí es inédito en la carrera de su protagonista es el tono macarra que desprende la película, la violencia mucho más extrema que en otras (viéndose algún que otro muerto en la escena de persecución, una arrogancia a la hora de manipular personajes y bastante más sangre de lo que suele ser habitual) y que aleja el filme del divertimento puro e inofensivo de los títulos ya mencionados para tratar de adentrarse en otro nivel, más adulto, que nunca llega a alcanzar precisamente por sus errores. Quiere ser una película que hable del duro trabajo de los grupos especiales de la agencia antidroga estadounidense y de los peligros que corren por su dedicación, pero eso queda en un plano tan apagado que cabe preguntarse cuál quería ser de verdad el mensaje del filme. Es ahí donde la película se complica innecesariamente y hasta extremos que llevan a la desconexión del espectador con respecto a la historia, donde se suceden los comportamientos inmotivados y donde se escapa la diversión que hay en algunos momentos.

Puede que Schwarzenegger nos malacostumbrara antes de cambiar el cine por la política, porque todas sus películas de acción previas son, por algún motivo, salvables y disfrutables. Pero las que ha hecho tras su regreso son casi todas olvidables (la excepción, El último desafío, sigue siendo mala, pero tan delirante que es facilísimo pasárselo bien con ella), y por eso no de extrañar que se haya puesto en manos de las franquicias que tanto éxito le dieron en su día (Conan y Terminator) para tratar de que su carrera todavía dé algo que merezca la pena. Sabotage no es, desde luego, la película que le devolverá a la primera línea de acción. Ayer, que debe su fama al guión de Training Day pero que aún no ha demostrado que ésta fuera una excepción, no aprovecha el carisma de Schwarzenegger (por quién es mucho más que por sus nada mejoradas dotes interpretativas) y, de hecho, hace que prácticamente todo el reparto excepto Olivia Williams pase bastante desapercibido. Como toda la película, en realidad.

miércoles, julio 09, 2014

'Un largo viaje', el peso de la glorificación

Hay un problema muy extendido en películas, como es el caso de Un largo viaje, que llegan precedidas de la etiqueta de "basada en hechos reales". Cuando la adaptación deriva en la glorificación de los hechos o de los personajes, el peso que tiene que levantar la película es excesivo y acaba por devorar a los méritos que tenga. Un largo viaje tiene méritos, especialmente en el apartado interpretativo que es la mejor de sus bazas. Sin embargo, hay un objetivo idealizador, que se vuelca en el personaje de Nicole Kidman y en el final del filme, que no termina de encajar en la historia, que no se necesita realmente para conseguir la emoción que subyace en la historia (la ficticia, que es la que nos compete) y que infla el metraje del filme, especialmente en su primera mitad, cuando acaba siendo obvio que lo que realmente se pretende contar está sobre todo en la última medida hora. Ahí el filme sí despega, incluso asumiendo que el clímax emocional se alarga quizá demasiado, pero puede que sea demasiado tarde para algunos espectadores.

Lo cierto es que Un largo viaje acaba siendo una película extraña. Concebida con ambición, pero con un desarrollo errático. Lo que quiere ser, o al menos esa es la impresión que da al final, es una historia de redención, la de un soldado británico que combatió en la Segunda Guerra Mundial y que casi cuatro décadas más tarde aún no ha superado lo que vivió en el conflicto, ni siquiera con su afición a los trenes o el amor que ha encontrado. Precisamente, la película arranca como una historia romántica, con una escena preciosa y juguetona, pero que acaba algo perdida en el marco general del filme. Y los altibajos son constantes cuando la película comienza a saltar de una forma no demasiado conseguida entre los dos momentos temporales mencionados. Cuesta cogerle el ritmo a la película y por eso, durante muchos minutos, lo mejor que se puede hacer es disfrutar del reparto a la espera de que Jonathan Teplitzky, director del filme, decida hacia dónde se dirige.

Eso, como decía, no sucede hasta la media hora final. Hasta ese instante, ninguno de los personajes está realmente definido con corrección. Viendo la segunda mitad del filme, la primera se queda como algo tramposa (es difícil aceptar que los elementos dramáticos surgen sin más en la historia romántica que da inicio a la película). Pero incluso sin saber hacia dónde se dirige la película, todos los actores muestran un nivel inmenso. Colin Firth y Nicole Kidman son los protagonistas principales y ambos sobresalen con su habitual categoría. En el caso de Kidman viene a ser casi una agradable sorpresa, porque llevaba un tiempo alejada de sus mejores registros. A ratos da la impresión de que el cartel de la película es engañoso y que el verdadero protagonista es Jeremy Irvine, que interpreta al mismo personaje de Firth pero de joven y que deja un trabajo espléndido, quizá con la única pega de no parecer del todo conectado con su versión de más edad. ¿Problema de Firth o de Irvine? Más bien de Teplitzky.

Ellos son los cabezas de cartel, pero los elogios se pueden extender a Stellan Skarsgard, Hiroyuki Sanada o Tanroh Ishida, todos ellos soberbios. No obstante, pagan la irregularidad de la película o que el guión no haya sabido encontrar el lugar adecuado para insertar los hechos reales en su adaptación de ficción. A Teplitzky parece interesarle más el artificio visual (que en ocasiones sí le permite componer planos francamente hermoso, aunque haya otros que es difícil entender, como por ejemplo el arranque de la película) antes que una construcción certera de la historia. Y el caso es que la historia es una de esas que cuando aparecen en la prensa son de las que todo el mundo piensa que son carne de película. Por eso, a ratos el interés que genera la película es enorme. Lo es cuando el protagonista afronta al fin su pasado. Pero quizá esa habría sido la mejor elección como eje del filme y no sólo como su resolución. Hasta llegar a ese punto, mucha fuerza se ha perdido ya y no es fácil recuperarla.

lunes, julio 07, 2014

'Bajo la misma estrella', lágrima fácil

Cáncer. Ya está, basta la simple mención de la enfermedad para conseguir una amplia atención. Bajo la misma estrella juega a lo mismo. Su historia de amor se base en dos enfermes de cáncer, adolescentes prácticamente y con el ánimo, explícito desde el principio, de contar un relato triste. Es decir, lacrimógeno. Y eso, volviendo de nuevo a la palabra inicial, lo tiene más que conseguido. Nada que reprochar por ese lado, es una propuesta clara, blanca y sincera que logra exactamente lo que quiere. El debate, en todo caso, estaría en la dificultad que ofrece ese proceso. Probablemente sea mucha para los actores que tengan que meterse en la piel de esos enfermos o en los de sus familiares, algo que también dependerá de su propio bagaje personal. La misma explicación vale para cada espectador que vea la película. Pero en realidad es fácil, muy fácil. Todo está ya conseguido con el uso de la enfermedad y un mínimo de sinceridad en su narración. Tarde o no en llegar, la lágrima es inevitable.

Obviamente, no estamos ante una mala película. Josh Boone, ya con la experiencia de su primera película como director, la deliciosa (pero igualmente previsible) Un invierno en la playa, rueda con bastante oficio y evita una excesiva sensiblería. Los actores, principalmente Shailene Woodley y Ansel Elgort, ofrecen simpatía, dramatismo y carisma desde sus entregados trabajos, y el guión es lo suficientemente correcto como para que no llevarse las manos a la cabeza. Pero incluso aunque el trabajo sea intachable en términos generales, hay que ser honestos y admitir que esto no es más que un telefilme de sobremesa realizado con un par de nombres conocidos, más el de ella que el de él, aunque ambos coincidieron en ese irregular remedo de Los juegos del hambre que era Divergente, y con un par de actores veteranos (curioso, la misma fórmila que ya usó Boone en la mencionada Un invierno en la playa), Laura Dern y sobre todo Willem Dafoe.

El guión juega con cierta habilidad con los momentos dramáticos y los más divertidos, lo que significa que nada se sale de lo más previsible, de lo que los cánones indican que va a pasar y de los guiños que funciona irremediablemente para ésta y para cualquier relato que quiera seguir sus pasos. Se ve venir a la legua todo lo que va a ir aconteciendo en el filme, a pesar de que se pueda tener la impresión de que hay una enorme sorpresa para el último tercio de la historia. Lo dicho, un trabajo fácil desde fuera, desde todos los elementos que sirven como paso previo al trabajo de los actores. Sobre ellos recae al final lo más importante, que no es otra cosa que la conexión con el espectador. Si ellos son creíbles para el público, antes y en más cantidad llegarán las lágrimas que busca la película. Y sí, Woodley y Elgort están francamente bien y salen más que airosos en los dos campos que han de tocar, el romance y el drama.

Se suele aducir que un cine que no engaña a nadie merece cierto reconocimiento, pero en el fondo hay que aclarar que eso sólo es así hasta cierto punto. Cinematográficamente, Bajo la misma estrella no aporta gran cosa que se salga del trabajo de sus intérpretes y en su guión, aunque entretenido en todo momento y lacrimógeno como se le pide sobre todo al quizá muy alargado final, hay alguna que otra cuestión un tanto inverosímil. Pero seguramente tendrá su público y éste pensará que es una muy buena película que les da exactamente lo que quieren cuando compran una entrada o se sientan delante del televisor. En cualquier caso, seguirá siendo un trabajo relativamente fácil, que con la temática y la mención al cáncer ya se ha ganado más público del que tendría la misma historia de amor, con el mismo final y un desarrollo parecido (en el que juega un papel el homenaje literario, otra vez como en Un invierno en la playa).

viernes, julio 04, 2014

'Open Windows', demasiadas complicaciones para abrir una bata

Lo que propone Open Windows es sencillo de definir. Es una ida de olla de Nacho Vigalondo. Tal cual. Eso se puede interpretar de múltiples maneras, pero a poco que se conozca la trayectoria de Vigalondo cada espectador sabrá exactamente si eso le incita a ver la película o a huir de ella. Parece innegable que el director se lo ha pasado de miedo rodándola y que sus incondicionales sentirán más o menos lo mismo con este thriller trepidante que se cuenta a través de ventanas de vídeo abiertas en un portátil prácticamente de principio a fin. Lo que decepciona es que al final todo parece un enorme castillo de naipes que, por muy bien que se sostenga durante la película, puede caer con la misma facilidad cuando se comprenda que la única pretensión real del filme, diversión y locuras aparte, es abrir la bata de Sasha Grey. Demasiadas complicaciones en el último tercio del relato para llegar sólo hasta ese premio y perdiendo el interés por saber quién es el bueno, quién el malo y por qué actúa cada cual.

Open Windows llega hasta los 100 minutos y en todos ellos se pueden encontrar momentos divertidos, eso parece difícil de rebatir. Vigalondo disfruta con lo que hace y se nota. Se ve en el delirante prólogo, en su homenaje al cine de terror de serie B (¿o es Z?) y el autohomenaje que se rinde a sí mismo con algo más que un cameo, con la referencia ineludible a La ventana indiscreta de Hitchcock y con una estructura que no deja de recordar durante muchos momentos al Grand Piano de Eugenio Mira, película seguro que nada casualmente también protagonizada por un Elijah Wood que prácticamente repite el papel con dos o tres matices que tienen que ver con la condición de cada personaje (músico allí, fan aquí). Quizá ese claro parecido juegue en contra de Open Windows, porque suena a algo ya visto, por mucho que el seguimiento de la acción a través de la pantalla de un portátil y las ventanas abiertas en él tenga un toque de originalidad. Aún así, todo es tan frenético que no hay tiempo para el aburrimiento. Y, probablemente sea algo buscado, tampoco para la reflexión.

Como no hay reflexión, tampoco hay demasiada implicación. Lo que se busca es que Elijah Wood luzca su cara de preocupación, que Sasha Grey se exhiba (con y sin bata) y que la historia genere un grado de sorpresa suficiente como para que el final no se derrumbe ante los ojos del espectador. Pero algo sí se derrumba, precisamente porque en el fondo ya no importa demasiado cuando alcanzamos uno de los muchos giros que se producen en su tramo final. Y es que la motivación de la historia acaba siendo tan escasa que no da para sustentar una intriga del calibre que pretendía sostener Open Windows. Por eso, lo mejor es no tomársela demasiado en serio. Simplemente sentarse en la montaña rusa que propone Vigalondo puede ser la mejor opción para disfrutar de la película, sin prestar atención a los más que clásicos agujeros de guión que hay en estas intrigas o en el comportamiento anómalo de algunos personajes para justificar el avance de la historia.

A Vigalondo le gusta ser un pequeño gran gamberro en esto del cine, una distinción de la que sin duda puede presumir, y esa es la parte más disfrutable de su último trabajo. La gamberrada va desde su propia aparición hasta diálogos en los que se presume de que el personaje de Sasha Grey, ex actriz porno, nunca ha enseñado sus pechos. Open Windows quiere ser original y trepidante, y aunque consigue más lo segundo que lo primero sí se le puede reconocer con mucha facilidad que no produce aburrimiento. Si que redunda en algo de desconexión emocional e intelectual con el fondo para quedarse en la forma, en algo de intrascendencia en su historia para quedarse con momentos puntuales, sobre todo con un tramo final que peca de demasiado complicado sin necesidad. Y sobre todo, por influencia directa del director, con el momento de la bata de Sasha Grey, una actriz que se ve envuelta en una turbia historia de voyeurs, extorsionistas, fans, hackers, novios y amantes. Todo así, junto y revuelto, pasado por la batidora de Vigalondo.

miércoles, julio 02, 2014

'Tokarev', el género Nicolas Cage empeora cada vez más

Hace tiempo que el frenético ritmo de filmación de películas que Nicolas Cage emprendió después de arruinarse le convirtió, en sí mismo, en un género. Es ya un tópico clásico hablar de "una película de Nicolas Cage". No son de acción, no son thrillers. Son "de Nicolas Cage". Y ese género empeora cada vez más. Tokarev es una de las peores películas que ha hecho el actor en la última década, y eso que hay bastante donde elegir. Y ya no es que sea mala porque Cage se haya empeñado en interpretarse a sí mismo siempre malencarado, absolutamente intercambiable entre una película y otra. Es que Tokarev naufraga en demasiados elementos como para tomársela en serio. El guión es un desatino importante, con enormes lagunas narrativas, con personajes que se sacan de la pantalla cuando sobran, con explicaciones que están lejísimos de ser satisfactorias, e incluso fallos de continuidad y de montaje. Son sólo 98 minutos y se hacen largos. Con eso está dicho todo.

Pero aún así se pueden decir muchas cosas. La primera obliga a reincidir en la importancia capital de Nicolas Cage, porquesu presencia hace que sus películas ya no se puedan tomar en serio desde hace muchos años. Incluso aunque de vez en cuando haga alguna salvable (como Señales del futuro, a pesar de su poco satisfactorio final), o incluso una de esas malas películas en las que uno se lo pasa bomba (Furia ciega). Pero es que son tantas malas películas, saltando siempre entre el thriller, la aventura y la fantasía, que resulta difícil incluso sentarse ante una cinta del actor con ciertas pretensiones de encontrar algo digno. Y eso que no deja de rodearse de actores interesantes o al menos conocidos, pero no hay manera. Va a alcanzarse un punto en el que Cage se va a convertir en el mejor actor cómico involuntario del cine contemporáneo, porque por dramáticas o intensas que sean las escenas que interpreta es imposible recibirlas como en teoría están planteadas en los guiones.

Ahí, en todo caso, está la clave del naufragio de Tokarev, en su guión, muy por debajo de lo que pueda ofrecer Cage, que es culpable de aceptar la película pero no de sus demás errores. Para empezar, la película tarda un mundo en arrancar. Sin conocer la sinopsis, es una misión imposible saber de qué habla el filme en una larga y no demasiado justificada introducción (que no es cuestión de comparar, pero a uno le viene a la cabeza cierta película de Clint Eastwood que tiene una premisa ligeramente parecida...). Luego, realmente no se sabe dónde va. De lo que viene después se da una explicación espléndida en uno de los diálogos de la película, cuando se habla de la facilidad con la que se dispara para después acabar haciendo preguntas. Eso es Tokarev, que no en balde lleva por título el nombre de una pistola. Muchos disparos, un poco de violencia, personajes superfrluos (que alguien le dé una película decente a Rachel Nichols, que desde G. I. Joe acumula muchas mujeres floreros) o de relleno (qué pena ver así a Danny Glover) y explicaciones rocambolescas.

Si todavía tuviera un ritmo decente o unas escenas de acción bien llevadas, algo de chispa en el guión o algún personaje que sobresalga por algún motivo, la película todavía se podría agarrar a algo. Pero por desgracia no es el caso. Tokarev quedará sumergida en el mismo pozo en el que se olvidarán otras tantas películas de Nicolas Cage como Bajo amenaza, Contrarreloj (muy probablemente la peor de la filmografía más reciente del actor) o El pacto, que son títulos con los que comparte bastante elementos en común en cuanto a su historia, sobre todo con la segunda (una venganza que mezclan elementos familiares y de la mafia), y con respecto a los cuales se sitúa incluso por debajo, lo que ya es decir recordando el bajo impacto que generaron ambas. Desde cualquier punto de vista, insalvable como thriller de acción. Como película de Nicolas Cage, casi se puede decir que está en la media, aunque algo por debajo. El género empeora cada vez más.

lunes, junio 30, 2014

'Mi otro yo', haciéndose trampas al solitario

Cuando un director, de la procedencia o el prestigio que sea, decide adentrarse en el cine de género, tiene dos opciones. Puede fijar unas normas y seguirlas, o puede saltárselas. La siempre personalísima Isabel Coixet ha decidido seguir el segundo camino en su última película, Mi otro yo. De esa forma, Coixet acaba haciéndose trampas al solitario porque ni siquiera establece esas normas básicas. Una vez que se muestra la resolución de su propuesta, es inevitable sentir la sensación de que no hay demasiada coherencia en el planteamiento y en su desarrollo. Quiere montar un thriller psicológico y lo único que consigue es una estética razonable y una ambientación interesante, porque el conjunto acaba siendo un castillo de naipes que ni siquiera llega a construirse del todo antes de caer. Mi otro yo no era una papeleta fácil porque el tipo de historia que desea contarse aquí ya se ha mostrado incontables veces. Por eso, y por la etiqueta ineludible de Coixet, cabía esperar algo diferente, pero la película viene a ser otra más.

En realidad, el primer gran problema de la película de Coixet es que es demasiado obvia, en primer lugar en el propio planteamiento, pero es que tampoco hay sutileza en las pistas que va dejando, y por eso los medios que utiliza para configurar su planteamiento acaban siendo demasiado engañosos. Lo malo de un thriller de este estilo es que hablar abiertamente de los elementos con los que se juega supone destripar por completo la película. En estas líneas no hay spoilers, pero sí hay que decir que la trampa es una constante. Sirve para generar sensaciones, un terreno que a Coixet no le es nada ajeno, pero en primer lugar es algo bastante puntual y después es absolutamente incongruente.Las pintadas, los cristales rotos, el sonido, el columpio, las luces... Todo muy manido. Pero sin una razón de ser clara, quedando además mucho más difusa la que hubiera una vez que la película cierra sus conclusiones de una forma rotunda y nada ambigua.

La película cuenta la historia de una joven (Sophie Turner, sobradamente conocida por su papel de Juego de tronos y que se enfrenta aquí con relativa solvencia a su primer papel protagonista en el cine), con una vida idílica que de repente empieza a hacerse pedazos por un problema que afecta a sus padres (Rhys Ifans y Claire Forlani). Lo sorprendente es que, a pesar del pretendido aire de misterio, de que se adorna la historia con una representación de Macbeth que la joven enseña junto a su profesor de literatura (Jonathan Ryhs Meyers) y con su vida de instituto, y de que la película no llega siquiera a los 90 minutos de duración, hay enormes tiempos muertos, escenas que no terminan de decir nada y muchos minutos en los que apenas están sucediendo cosas que permitan entender con más claridad la trama o a los personajes. Quizá la indefinición como thriller afecte también al resto de la película.

A pesar de la mencionada etiqueta elitista que acompaña a Coixet, el problema de Mi otro yo no está ahí. No es que sea una película de difícil acceso. Está en que no se sostiene como thriller, y apenas lo hace como retrato de personajes interesantes por culpa de la falta de coherencia. Hay momentos en los que sí parece que la película puede despegar, pero las constantes trampas que hay en su desarrollo acaban por arruinar esa posibilidad. Hay, de hecho, más intensidad en el trabajo de los actores que en cualquier otro elemento de la película, incluyendo su guión. El interés que pueda generar la primera escena, muy intrigante, se diluye rápidamente, en cuanto queda claro que en la cinta sólo hay retazos de lo que podría haber sido y una estructura sin cohesión en la que cualquier escena se podría haber eliminado sin que el conjunto se resintiera más todavía.

viernes, junio 27, 2014

'El sueño de Ellis', tan irreprochable como poco emocionante

Visual, técnica, narrativa y actoralmente es muy difícil encontrarle algún pero a El sueño de Ellis, una de esas películas pensadas para encandilar desde el primer hasta el último minuto. Pero le falta alma, le falta emoción, le falta lo que resulta imprescindible en una película de estas características para que la conexión con el espectador sea fuerte. Sin sentimiento, a pesar de que el drama que cuenta James Gray es tan duro como realista, la película se queda por debajo de lo que podría haber conseguido, incluso con esa perfección casi absoluta que consigue en algunos terrenos. Y eso deviene incluso en algunos momentos de aburrimiento dentro de los largos 120 minutos que dura el filme. Incluso admirando muchos elementos en todo momento, pero desconectando con mucha facilidad de lo que se nos está contando. El sueño de Ellis (que reconduce el título original, La immigrante) es una historia que convence pero no emociona.

La película sigue las dramáticas peripecias de Ewa, una inmigrante polaca que llega a Estados Unidos a través de Ellis Island (de ahí el título en España) y que debe cambiar su mentalidad para poder sobrevivir en un entorno hostil, sin ayuda de nadie y por conseguir ayudar a su hermana. Gray, que también es coguionista del filme, es un director hábil a la hora de crear ambientes, y aunque hasta ahora había realizado más thrillers contemporáneos que otra cosa (Two Lovers, La noche es nuestra), logra hacer más que creíble el ambiente neoyorquino de los años 20 del pasado siglo, sin dejar de lado el entorno cabaretero decadente en el que ha de desenvolverse la protagonista. El escenario, el vestuario y todo el diseño se convierte prácticamente en un personaje más, en uno fundamental para entender el notable efecto que causa la película desde ese punto de vista.

Tan irreprochable como el aspecto es el reparto. El sueño de Ellis es una de esas películas que no se pueden entender sin una actuación principal sobresaliente. Marion Cotillard tiene una asombrosa capacidad de metamorfosis. Como la película narra una odisea emocional considerable, es una delicia ir viendo los matices en los que Ewa se va transformando. Joaquin Phoenix y Jeremy Renner son dos espléndidos acompañamientos para Cotillard, pero hay que insistir en que lo esencial es el papel protagonista. Pero a pesar de todos sus esfuerzos, que son muchos y se ven en prácticamente todas las escenas, ellos tampoco consiguen que la película trascienda y dejan al espectador en una cierta insensibilidad ante lo que está sucediendo. La forma en la que acaba el filme, a pesar de ser un hermosísimo plano, viene a confirmar este aspecto.

No es tan extraño que se dé en una película esa aparente contradicción entre unos cuantos elementos de gran brillantez y un ligero aburrimiento en el patio de butacas. Quizá el gran problema de El sueño de Ellis esté justamente ahí, en que el brillo que da a algunos de sus elementos se lleva por delante el alma que tendría que tener el filme. Y es que, aún siendo un drama de aparente peso, no hay demasiada conexión emocional con los personajes y tampoco elementos de gran resonancia en nuestro días. Ni siquiera con el delicado tema de la inmigración se puede establecer conexión con el espectador contemporáneo, porque apenas se le da importancia tras la primera escena y la hermana de Ewa desaparece por completo de la trama hasta la resolución final. Disfrutar de Marion Cotillard puede ser una razón más que suficiente para ver la película, pero siempre queda la sensación de que El sueño de Ellis podría haber dado mucho más de lo que finalmente ofrece.

miércoles, junio 25, 2014

'Yo, Frankenstein', una de esas malas entretenidas

Sería absurdo esconder que Yo, Frankenstein es una película mala en muchos sentidos. Pero igualmente absurdo sería no reconocer cierta diversión culpable al verla. Es mala, de acuerdo. A ratos, bastante mala. Hay giros, explicaciones y diálogos que no se sostienen de ninguna de las maneras, y los personajes son cuadriculados. Pero tiene ritmo. O, por lo menos, mucha acción sin parada, lo que hace que sus 92 minutos se pasen bastante rápido, incluso admitiendo, de nuevo hay que volver a la premisa inicial, que estamos ante una película mala. En realidad, no deja de ser una vuelta de tuerca a las premisas de la saga Underworld (¡si hasta hereda a Bill Nighy como uno de los actores principales!), pero cambiando los hombres lobo y los vampiros por demonios y gárgolas, añadiendo una iconografía cristiana que tampoco es tan importante y colocando entre ambos bandos al monstruo de Frankenstein, rebautizado aquí como Adam. A pesar de sus 65 millones de dólares de presupuesto, su aspecto de serie B le da un ligero encanto.

Y es ahí por donde la película se va salvando de un gran ridículo, porque hay momentos en que lo bordea, destacando especialmente el momento en el que Adam (Aaron Eckhart) explica a una realmente asombrada reina de las gárgolas (Miranda Otto) cuál es el asombroso plan de los demonios liderados por Naberius. La guerra entre ambas facciones es, efectivamente, herencia absoluta de Underworld, también la estética de la película (trasladada de nuevo al presente, la única forma en la que parece que se quieren mover todos estos productos). No hay sorpresa alguna en este sentido, puesto que Kevin Grevioux, autor del cómic en que se basa Yo, Frankenstein, es a su vez cocreador de la saga protagonizada por Kate Beckinsale. Sí es más sorprendente que ésta sea la segunda película como realizador de Stuart Beattie, después del sorprendente éxito que supuso en Australia, su país de origen, la primera que dirigió, Mañana, cuando la guerra empiece, una cinta de aspecto, tono y preocupaciones diametralmente opuestos a esta.

En realidad, la película no está basada directamente en el cómic de Grevioux (que es también coautor del argumento junto a Beattie y se reserva el papel de productor y hasta un personaje en la cinta), sino que expande una misma idea que en las viñetas ha explorado de una forma diferente. La historia, de esta forma, no difiere mucho de otras propuestas similares, como la ya mencionada Underworld o la de Cazadores de sombras, por citar un par de ejemplos. Ni siquiera la presencia del monstruo de Frankenstein le da un cariz diferente a la película. Por mucho empeño que le ponga Aaron Eckhart, y por muchos intentos que haya en la historia de dar importancia a la ausencia de alma, a su turbio pasado o a la forma en la que fue creado, lo cierto es que no hay demasiado trabajo de composición del personaje. Ni de este ni del de nadie. Lo que importa es la acción y de eso hay muchísimo y variado en Yo, Frankenstein.

De hecho, eso acaba siendo la única razón de ser de la película y lo que salva el resultado final de la quema, siempre visto desde una perspectiva benévola. Y es que la acción no está mal resuelta. Incluso los efectos visuales, aunque están lejos de la perfección, le dan un toque simpático y relativamente atractivo al filme, aunque al final todo esté construido con bastantes agujeros (el principal, el más palpable, la idea de que demonios y gárgolas libran una batalla al margen de los humanos y constatar que al morir un integrante de cualquiera de los dos bandos se monta tal espectáculo de luz y sonido que parece imposible que no haya espectadores de las peleas dentro del plano). Mala, sin duda, pero probablemente una de esas malas que encontrará un público benevolente que llegará a disfrutarlas. Pese a todo y aún con el final abierto, parece difícil que Yo, Frankenstein corra la misma suerte que Underworld y sea el inicio de una saga.

lunes, junio 23, 2014

'Amanece en Edimbrugo', felicidad enlatada

Siendo el musical uno de esos géneros que despierta aversión en quienes no llegan a disfrutarlo, la conclusión es evidente: si no te gusta el musical, Amanece en Edimbrugo no es tu película. Musical, efectivamente, con música de The Proclaimers, basada en un musical teatral de gran éxito en tierras británicas y con un inquebrantable buen rollo, una felicidad constante que supera todos los problemas que se van planteando en la película. Sin embargo, todo parece enlatado. Desde la postal de Edimburgo a la que parece limitarse el filme hasta la letra de las canciones, que siendo terriblemente pegadizas abusan del recurso de repetir estribillos hasta el punto de dejar la sensación de que se están alargando artificialmente, pasando por ese limitado entorno teatral que sólo se rompe en la última escena de la cinta y que en realidad acaba limitando el efecto grandioso del que suele hacer gala el gran musical. Buen rollo, sí, pero la película se queda ahí.

El principal problema es que nada parece enganchar al mismo nivel que lo hace la música. Y si hay un elemento que adolece del gancho necesario es precisamente la historia. La película arranca con dos muchachos de Edimburgo que regresan a casa después de una misión en Afganistán, dos buenos amigos, y uno de ellos además novio de la hermana del otro. Llegan justo a tiempo para la celebración del 25º aniversario de bodas de los padres de éstos, y para que el soltero encuentre el amor en una compañera de trabajo de su hermana. A partir de esa feliz estampa, la vida comienza a colocar problemas, pero el drama no termina de hacerse tan patente como esa irrefrenable felicidad de la que hace gaña la película. ¿Conclusión? Que no hay conflicto. Lo que tendría que ser emocionante no lo es tanto. Lo que tendría que preocupar no lo hace tanto. Y así todo, con lo que el avance no es tan sentido como debería.

Salvo en lo que se refiere a la música, por supuesto. Pero aún así la dirección de Dexter Fletcher en esta su segunda película se antoja muy escasa. No hay grandes números musicales, salvo el que sirve para cerrar la película con la mayor de las sonrisas. Es más, da la impresión en todo momento de que hay una cierta limitación en lo que se permite que los actores hagan ante la cámara, un par de pasos de baile y poco más. Y eso que el reparto, adecuado y suficientemente carismático, está entre lo mejor de la película. Pero sigue faltando algo de emoción, también en los mejores números musicales (el del pub o el del museo, por ejemplo). Es verdad que el optimismo absoluto que transmite la película basta para que algunas canciones y unos pocos diálogos saquen sonrisas (las puñaladas entre Escocia e Inglaterra se cuentan entre las mejores), pero es inevitable pensar en algunos personajes completamente infrautilizados (sobre todo el sobrino de uno de los dos protagonistas; cuando se tiene a un niño con semejante carisma hay que darle cancha).

Lo bueno de Amanece en Edimburgo es que su propuesta es tan clara que cumplirá fácilmente con su objetivo. Quien necesite una dosis de buen rollo, algo de buena música, una historia de personajes con los pies en la tierra, atractivos y cercanos, con ese toque especial del cine británico, seguro que disfrutará de la cinta. Pero, reconociendo sus méritos, es difícil que la película vaya más lejos, porque la sencillez, a veces incluso la simpleza, preside algunas de sus tramas, que se resuelven como lo hacen de la misma forma que podrían haberse resuelto en sentido contrario sin que hubiera pasado nada. Que la optimista propuesta de Amanece en Edimburgo sea suficiente dependerá de cada espectador, pero lo que sí es cierto es que de vez en cuando sienta fenomenal sentarse delante de la pantalla y disfrutar de una historia de corte realista que destile ese buen rollo. Incluso aunque sea algo que se sienta tan inofensivo como este filme.

jueves, junio 19, 2014

'Transcendence', se queda a medias

Siempre deja cierta desazón ver una película con muchas ganas de que guste y que ésta se quede a medias. Eso le sucede a Transcendence. El primer filme como director de Wally Pfister, habitual director de fotografía de Christopher Nolan, contiene ideas brillantes, provocadoras y sugerentes, pero la forma en que las desarrolla, lo que entra en el cuadro que supone la película, no termina de ser tan interesante. Le sobra metraje, le falta emoción y sobre todo, aunque casi todo el mundo vaya a emplear el juego de palabras, trascendencia. Porque la película parecía ambiciosa y la temática obligaba a ello. Con gran reparto y un estilo visual que sí consigue enganchar casi siempre (salvo en la inclusión de unos planos pretendidamente hipnóticos que finalmente se revelan más vacíos de lo necesario), Transcendence lo tenía todo para triunfar. Pero falta alma y un ritmo correcto en un guión que sufre demasiados altibajos, que no termina de encontrar justificación a sus elipsis y que con un par de vueltas más podría haber sido mucho más redondo.

Como casi siempre, es recomendable olvidarse de todo lo que se cuenta por ahí de la película (¿cuándo hemos olvidado hablar sobre una película en lugar de reventar el contenido?) y quedarse con que Transcendence habla de los límites de la inteligencia artificial, de la humana y de la mezcla de ambos. Lejos de ser una película de ciencia ficción pura, como lo era 2001: Una odisea en el espacio, o una derivación de acción como Terminator y todo su mundo (de hecho, el clímax de Transcendence decepciona mucho visto desde esa óptica del blockbuster), lo que propone Pfister es una historia humana en todos sus términos. La sorpresa positiva que esconde es que sí consigue esa empatía personal necesaria para que la película funcione, aunque con dos problemas que terminan por lastrar la historia. El primero, que no lo hace con todos los personajes y hay algunos que se quedan en simples rellenos (los de Morgan Freeman y Cillian Murphy). El segundo, que la introducción a lo que realmente interesa se hace demasiado larga.

Quizá se note ahí demasiado que Jack Paglen, guionista del filme, está debutando como tal, porque el resultado final está muy lejos del equilibrio que necesitaba el relato. Es más, puede que para algunos espectadores lo realmente interesante llegue ya tarde. Y es una pena que sea así, porque hay que insistir en que hay ideas muy atractivas, tanto el plano más emotivo del filme como en sus toques distintivos de ciencia ficción. En el primer aspecto procede dar parte del mérito a los actores, y en especial a una siempre interesantísima Rebecca Hall, protagonista real del filme a pesar de que siga siendo una actriz bastante desconocida para el gran público. Pero quien vende es Johnny Depp, al que se hace raro ver interpretando a un personaje normal después de tantos en los que el maquillaje forma parte esencial de su trabajo. Kate Mara completa lo esencial del reparto con un personaje que también acaba sabiendo a poco.

En el segundo aspecto, en la ciencia ficción, es donde más y mejor se nota la experiencia como director de fotografía de Pfister. Compone planos preciosos y se aprovecha de un espléndido diseño de producción, que hace creíble el entorno en el que se desarrolla la segunda mitad de la película. Como Transcendence mezcla aciertos y errores, será difícil que la película alcance el estatus por el que claramente suspiraba. No hay más que atender al final (¿era entonces necesario el prólogo?) para ver que la película tiene aspiraciones superiores a lo que finalmente ha conseguido, y acaban siendo pesados lastres los altibajos de ritmo, los tiempos muertos y la sensación de que hay demasiados personajes mecánicos en una historia que debía ser emocional y (de nuevo) trascendente en todos sus aspectos. Casi resulta obvio decir que un montaje más ajustado, recortando unos quince minutos a los 119 que dura el filme, habría hecho maravillas. Pero a un director de fotografía es normal que le guste recrearse en la imagen.

lunes, junio 16, 2014

'Tarzán', un incomprensible fiasco

Cuando se manejan personajes ampliamente conocidos, perfectamente reconocibles y con un bagaje de décadas entreteniendo a diferentes generaciones, no parece difícil hacer un producto digno con ellos. Lo verdaderamente meritorio es lograr la excelencia, pero cumplir, lograr un aprobado, es algo relativamente sencillo y como tal hay que admitirlo. Por eso, es complicado entender por qué este nuevo Tarzán está tan lejos de llegar a los mínimos exigibles. Da la impresión de que Reinhard Klooss, director de este filme de dibujos animados que teóricamente utiliza la técnica de motion captura (la misma que usó Robert Zemeckis en películas como Beowulf o Steven Spielberg en Las aventuras de Tintín) se conforma con un par de guiños al Tarzán más clásico para completar un guión lleno de inconsistencias, en el que los personajes rozan lo ridículo y con un acabado visual que está muy, muy lejos no ya de la excelencia sino de cualquier otro producto animado que se haya visto en cines recientemente.

Y lo triste es justo eso, que no parecía complicado crear un buen Tarzán para una nueva generación, que sirviera sobre todo para enganchar a los más pequeños a toda una cultura de personajes nacidos en la era del pulp (desde Dick Tracy a la Sombra, pasando por el Llanero Solitario o Flash Gordon) que hoy en día ha quedado sepultada con fenómenos literarios o cinematográficos con un poderoso márketing. Pero no. La película asombra ya desde su comienzo, ambientado nada menos que en el espacio, para explicar la caída de un meteorito que complicará la vida del protagonista. A partir de ahí, y con un 3D que como de costumbre no impresiona demasiado, se teje una trama que aleja esta versión del original de Edgar Rice Borroughs (principalmente por la edad a la que el pequeño es acogido por la familia de gorilas). Si ese fuera todo el problema, tampoco sería demasiado grave. Pero este Tarzán se empeña, con el paso de los minutos, en dejar un recuerdo todavía más escaso.

El caso es que los dos principales problemas de Tarzán pasan por su guión y por su animación. Lo primero es indudablemente lo que más lastra la película. Si bien la historia es aceptable y podría haber servido para crear una película al menos simpática, aunque sólo fuera como entretenimiento infantil, tiene tantas incongruencias, tantas situaciones inexplicadas e inexplicables, tantos diálogos inanes acaban por provocar asombro en el peor de los sentidos, y acaba por alcanzar las cotas más elevadas en el clímax de la película. Si al menos la animación fuera atractiva, se podría haber disfrutado de la experiencia visual, pero tampoco es el caso. Ni se aprecia demasiado la motion capture, ni los acabados son demasiado brillantes. No es cuestión de que Pixar haya malacostumbrado al público y se espere la excelencia en cada película, es obvio que esta coproducción no cuenta con los mismos medios. Pero hay que exigir un mínimo, sobre todo cuando hay animación televisiva o dirigida al mercado de vídeo con resultados mucho mejores.

Tarzán no pasa en sus objetivos de entretener por un rato a los más pequeños, pero ni siquiera para ellos es una propuesta tan interesante como podría haber sido. Y es que uno de los aspectos más agradecidos del cine infantil sea precisamente que no confunda esa calificación con hacer las cosas mal. Tarzan hace mal muchas cosas, y por eso, sus 94 minutos se acaban haciendo largos, porque poco importan Tarzán, Jane, su padre, el meteorito o los gorilas. No porque el espectador no sienta empatía por ellos, sino porque la propia película no les toma tan en serio como debiera. Se limita a colocarles en la pantalla, a hacerles deambular por escenarios exóticos y a afrontar situaciones de peligro que muchas veces ni siquiera tienen sentido, cayendo en constantes contradicciones y en situaciones francamente mal resueltas (como, por ejemplo, la situación del padre de Jane tras el clímax final). Este Tarzan es un incomprensible fiasco y una oportunidad perdida para revitarlizar al personaje. Siempre nos quedará la excepcional versión de Disney.

viernes, junio 13, 2014

'Sólo los amantes sobreviven', extravagantes vampiros de diseño y lentitud

Sólo los amantes sobreviven no es ninguna sorpresa en la filmografía de Jim Jarmusch. Una vez vista, casi parece increíble que no la haya dirigido hasta ahora, que nunca hasta esta película se haya decidido a mostrar unos vampiros de diseño, mezclados con un universo de estilo retro en sus detalles y de diseño moderno en su aspecto, una apabullante y envolvente música rock y una historia superficial que se queda ahogada en el cuidado envoltorio con el rodea a los personajes protagonistas, cuatro vampiros a los que sólo se reconoce como tales precisamente por los detalles. Paradójicamente, es un curioso título de vampiros casi sin vampiros, supeditado a su aspecto visual, en el que los dos actores protagonistas encajan con mucha naturalidad. Pero es lenta, muy lenta, más incluso de lo que ya suele ser el pausado cine de Jarmusch, y eso hace que ésta sea una cinta difícil de ver, que se aleja de las convenciones del género y que busca una identidad propia que, en realidad, tampoco consigue por completo.

Eso es así porque la figura del vampiro lleva tiempo instalada en mundos parecidos a los que muestra Jarmusch. Es lo que sucede cuando se escoge a una de las figuras más sobreutilizadas de la ficción, que la pretendida originalidad no es nada fácil de conseguir. Jarmusch, eso sí, introduce con fuerza su estilo visual y musical, crea un entorno que a ratos es fascinante pero que en otros momentos genera cierta indiferencia. Es, en ese sentido, un Jarmusch puro, previsible (en más de un sentido) y reconocible. Pero muy lento para según qué audiencias, sobre todo porque, en realidad, la figura del vampiro sólo le sirve para justificar el desarrollo nocturno y reclusivo de la película. Las anécdotas con las que quiere reforzar la sensación de que hay vampiros en la pantalla (las demasiado poco casuales alusiones temporales o escenas bastante superfluas como la de los helados) no hacen más que alargar una película que probablemente habría mejorado con algún que otro corte en sus 123 minutos finales.

La cinta, en realidad, no necesita centrarse en la figura del vampiro más que en su resolución, una que llega sin demasiada firmeza, descansando demasiado en la casualidad y reforzando la menor importancia de la historia. La parte vampírica no deja de ser una exposición, porque no se atisba conflicto por esa condición, no determina la relación entre los personajes, no marca los problemas familiares que Jarmusch quiere desarrollar con la pareja que forman los personajes de unos más que adecuados Tom Hiddleston y Tilda Swinton y la hermana de ésta, una Mia Wasikowska que no deja pasar ninguna oportunidad para alejar la imagen fría y sosa que dejó en su primer gran papel en la Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton. John Hurt completa el cuarteto vampírico, y es probablemente el personaje que más sufre la indefinición del tramo final. Los humanos (Anton Yelchin y Jeffrey Wright) dan algo más de interés a la historia, pero no son personajes especialmente aprovechados.

Casi todo lo anterior evidencia que en Sólo los amantes sobreviven hay algo de quiero y no puedo. Hay una pretensión de hacer un filme de vampiros diferente, y en realidad no lo es, de ubicar a esa figura del panteón de monstruos de la literatura clásica en un entorno musical a medio camino del rock de mediados del siglo XX y la noche del siglo XXI, sin que en realidad se perciba como un avance en el retrato del vampiro. ¿Mala película? En absoluto, porque Jarmusch tiene una innata capacidad para encontrar fascinación visual, sonora y atmosférica. Pero de alguna manera la película está muy lejos de ser el estímulo sensorial o la revisión del vampiro que persigue ser. Y aunque por momentos da la impresión de que puede despegar y marcar esa diferencia que ansía, lo cierto es que se queda en una rareza que sólo es imprescindible para quienes admiren a sus dos magníficos actores protagonistas.

lunes, junio 09, 2014

'The Invisible Woman', tan difícil como en ocasiones brillante

Si sigue por ese camino, Ralph Fiennes va a acabar convirtiéndose en el más brillante de los directores desconocidos, triste paradoja de un mundo en el que las modas y las visiones generales amenazan a todo lo que sea diferente. Fiennes ya hizo algo sumamente diferente en Coriolanus. Y aunque The Invisible Woman es una película diametralmente opuesta a la de su debut como director, comparte con aquella muchos aspectos que hacen que sea un filme difícil de ver. O al menos difícil de asimilar para audiencias demasiado grandes. Eso circunscribe su cine a sectores minoritarios, pero en absoluto excluye la calidad de sus resultados finales. The Invisible Woman tiene momentos de espléndida brillantez para narrar la historia de amor secreta entre Charles Dickens (el propio Fiennes) y Nelly Ternan (Felicity Jones), pero escoge un ritmo tan lento, descriptivo y sosegado que por el camino perderá probablemente a muchos espectadores. Los que lleguen con ánimo constructivo al final, no obstante, encontrarán sobrados elementos para disfrutar.

Y es que ese mismo ritmo tranquilo es lo que permite a Fiennes una serie de sutilezas que no son muy habituales en el cine moderno, tan dado a admirar con la imagen y la emoción instantánea y no apelar a la inteligencia más reflexiva. La relación entre Dickens y Nelly se construye a través de miradas, gestos y detalles más que con escenas concretas o diálogos memorables. Es, en ese sentido, una película terriblemente realista, en la que se percibe la asfixia personal que de muchas maneras afecta a quien toma decisiones como las del escritor británico y a las personas que le rodean. Y no sólo se ve su magnetismo personal, sino también su genio como escritor, en unas hermosamente planificadas escenas en las que Dickens realiza lecturas públicas de sus textos. Como todo eso se percibe, es mucho más fácil asimilar la fascinación que produce en Nelly y las emociones que se desbordan en la segunda mitad de la película.

Para llegar a ese punto, hay un personaje clave, el de la esposa de Dickens, interpretada por Joanna Scanlan. Aunque al principio da la impresión de ser el aspecto menos sutil del entramado emocional que va a construyendo Fiennes (siempre visiblemente fuera de lugar entre la jovialidad alegre de su marido), acaba siendo esencial y protagonista de dos de las mejores escenas de la película (su encuentro con Nelly y cuando su hijo le lee una carta publicada en la prensa). Todo va encajando, además, en una también muy sutil doble narración. En la primera, la que hace que la historia principal se vaya narrando a modo de flashback, Nelly es la protagonista absoluta. Nelly y su melancolía, una que acaba impregnando también a la otra parte de la narración. Y es ahí donde la dirección de Fiennes alcanza los momentos más personales, en los que deja sonar la desasosegante música de Ilan Eshkeri, alejándose en la historia central de toda clase de artificios visuales.

The Invisible Woman no es una película que enamore sin esfuerzo, y sí una que pide el esfuerzo del espectador. Necesita una maduración tan lenta y sosegada como el ritmo que escoge Fiennes para su segunda película. Es, en casi todos los sentidos, una modélica historia romántica de época, a la que además el realizador y protagonista sabe dotar de diferentes estados de ánimo que no hacen más que acrecentar su verosimilitud. No se puede hablar de que haya personajes fuera de lugar, que haya escenas que sobren o que los diálogos no sean acertados. Pero sí, es una película muy lenta. Algunos, los menos satisfechos con las elecciones de Fiennes, podrían decir que incluso aburrida. Pero en realidad y como poco tiene mucho talento en su forma de ver el cine y dos retratos de personajes magníficos como para merecerse ese adjetivo tan cruel.

viernes, junio 06, 2014

'X-Men. Días del futuro pasado', excelencia mutante

Aún a riesgo de que confirmar las altas expectativas que ya había puestas en X-Men. Días del futuro pasado implique después una ligera decepción en algún aficionado, procede arrancar estas líneas con una firme aseveración: la película es espléndida. Bryan Singer no podía regresar de una mejor manera a la franquicia que él inició y que, también es importante recordarlo, dio inicio con su primera película al reinado de madurez de las adaptaciones de cómic en el cine contemporáneo (aunque se suele dar ese papel equivocadamente al Spider-Man de Sam Raimi). ¿El secreto? Cuidar con mimo tanto la parte visual como la que atañe al relato, al escenario y a los personajes, haber encontrado una forma adecuada de trasladar a la gran pantalla una de las historias más emblemáticas del cómic (con muchísimos cambios) y hacerlo dando valor a toda la franquicia cinematográfica de los mutantes de Marvel, tanto al inmediato precedente de Primera Generación como a la trilogía anterior (sí, la trilogía, incluyendo la denostada tercer parte).

Singer, con más acierto que Matthew Vaughan en Primera Generación, sabe encontrar el papel perfecto para casi todos los personajes que aparecen en pantalla en los dos escenarios temporales que abarca, como muestran el Hombre de Hielo, Tormenta o Kitty Pride en el futuro y Mercurio (espléndida la forma en la que Singer muestra su poder) en el presente. Quizá lo más decepcionante sea el Bishop de Omar Sy. Y se podría decir que el enorme carisma de los personajes principales hace el resto, pero la película no se detiene ahí. El guión es meticuloso. Es, por un lado, una espléndida adaptación (subráyese lo de adaptación) de la historia del mismo título que se publicó en los años 70. Es, al mismo tiempo, una historia original en muchos aspectos, que enriquece lo visto en las películas previas y el propio referente de viñetas con estilo, dándole una épica mayor a todo. Y además, teniendo en cuenta todo lo anterior, es un filme que encaja perfectamente en el fascinante contexto histórico que había planteado Primera generación, reconstruyendo la historia norteamericana de la segunda mitad del siglo XX como sólo la ficción popular puede hacerlo.

Conviene haber visto al menos esa Primera generación para entender mejor algunos de los detalles explicados en la película, pero todo fluye con tanta naturalidad no es imprescindible, síntoma de lo bien construida que está la película. La parte más fantástica y de ciencia ficción del relato, entretenidísima, es nueva y cerrada, pero el triángulo que se forma entre Xavier (James McAvoy en el presente, Patrick Stewart en el futuro), Magneto (un siempre fascinante Michael Fassbender e Ian McKellen respectivamente) y Mística (Jennifer Lawerence, más convincente que en la primera película) es heredado y es bueno saber qué sucedió en la anterior película. ¿Imprescindible? Se traza tan bien su relación que no hace falta. Y el mencionado trabajo del reparto, en el que es imposible no destacar al Lobezno de Hugh Jaman, completa la tarea con facilidad. Singer lleva la película al terreno de los personajes (impresionante la discusión en el avión) y del trasfondo político y social, esencia imperecedera de los X-Men en el cómic, sabiendo que todo ha de concluir en un gran clímax final, construido con mucho acierto y con espléndidos efectos visuales.

Ese final termina de confirmar que estamos ante una película modélica en muchos aspectos, que espanta cualquier fantasma de agotamiento por el hecho de ser la quinta de una serie que recibió nueva vida en la anterior y que ahora, fusionando ambos universos abre incontables posibilidades. Singer abrió la saga con inteligencia y ahora ha sabido añadirle épica. Quizá con menos emoción de la que sí conseguía el clímax de Primera generación, pero con un gran sentido del cine espectáculo. X-Men. Días del futuro pasado evidencia además dos verdades del cine moderno. La primera es que se publican como si fueran noticias demasiadas tonterías, rumores que nadie contrasta pero que Internet expande de forma imparable, y que una vez vista la película se demuestran absolutamente falsos. Y la segunda, que una escena postcréditos tiene que hacerse como la hace Singer aquí,. No hay mejor forma de coronar un espléndido filme de superhéroes... y de mucho más que de superhéroes. Altamente recomendable para fans y como puerta de entrada a una forma de entender el cine como espectáculo.

lunes, junio 02, 2014

'Maléfica', un entretenido cuento que cambia para mayor gloria de Angelina

Puestos a ver debacles por todas partes cuando Hollywood reinterpreta, reescribe o rebootea (valga el término inventado) historias clásicas, Maléfica se sostiene bastante bien, probablemente mejor de lo que muchos esperaban. No es el cuento clásico de Disney de La Bella Durmiente ni tampoco la fábula original, sino que el filme cambia elementos a su antojo para mayor gloria de Angelina Jolie, motor, alma y aspecto de la película de principio a fin. Como en el Hollywood clásico, eso viene a implicar que el personaje, pese a la posición que ocupa en la cultura popular y a su tenebroso nombre, no puede ser malvado del todo. O, cuando lo sea, que tenga una motivación. Así, Angelina sí puede hacerlo. Eso y algunos aspectos bastante inverosímiles del guión, con personajes que desaparecen a conveniencia o a los que no se explica suficientemente bien, y algunos aspectos casi azucarados de puro edulcorados que están, forma lo más negativo. ¿Lo positivo? Un aspecto intachable, el carisma de sus dos protagonistas y un magnífico ritmo.

Y es que uno de los retos más complejos a la hora de hacer una película de este estilo es que lo que se ve en pantalla funcione. Así, una de las lecciones que deja Maléfica es que la sencillez más clásica triunfa sobre lo digital. Las imágenes generadas por ordenador, cuando se emplean para entornos tan grandilocuentes como los que aparecen aquí, no funcionan con demasiado brillantez. Cumplen y lucen, pero parecen artificiales, a veces casi de dibujos animados. Pero poned a Maléfica en pantalla, especialmente con su look más siniestro, con su simple presencia o unos modestos efectos vaporosos de color verde, y nada parece imposible. Por eso funcionan los aspectos más siniestros de la película y los planos con los que el debutante Robert Stromberg (experto creador de efectos visuales) busca con más claridad esa impresión visual instantánea. La propia Angelina Jolie, también productora de la película, colabora eficazmente para la construcción de esa espectacular imagen de la película.

Claro que también es obligado decir que su presencia condiciona el filme en todos los sentidos imaginables. Eso quiere decir que la historia tiene que ser a su medida. Y por eso la villana no puede ser tan mala. Otro reto para la película, dulcificar a una clásica villana de Disney. El guión de Linda Woolverton, con experiencia en el mundo Disney, lidia francamente bien con esa transición, mucho mejor de lo que cabía esperar, y es ahí donde consigue algunas de las escenas más emocionantes de la película, sobre todo aquellas en las que aparece Aurora, la Bella Durmiente del cuento, interpretada por una ilimitadamente encantadora Elle Fanning, cuya simple presencia basta para asumir que, efectivamente, estamos en un cuento de hadas. Sin embargo, Woolverton no sale triunfadora de todos los problemas a los que tiene que hacer frente y algunas motivaciones, algunos personajes y algunas situaciones se le escapan de las manos con bastante facilidad. Y el ejemplo perfecto está en casi todo lo que aparece relacionado con las alas de Maléfica.

La compensación a estos problemas está en el formidable ritmo que Stromberg da a la película, con unos ajustados 97 minutos, bien ayudado por elementos técnicos y artísticos (merece la pena destacar la notable banda sonora la de James Newton Howard) y sobre todo por un reparto en el que Sharlto Copley parece el menos cómodo de todos sus integrantes (en parte porque el suyo es el personaje peor perfilado en el guión). Maléfica sale relativamente airosa, incluso triunfante en algunos momentos, porque es un buen entretenimiento, con sus errores y concesiones que no son nada ajenos a las modas que imperan en Hollywood, pero con suficientes elementos de interés como para que esas cuestiones no pesen demasiado. Al fin y al cabo, los cuentos hay que disfrutarlos y esta revisión de un personaje sobradamente conocido es sincero en su homenaje. Eso sí, no creo ser el único dispuesto a entregar mi reino por haber visto a una Maléfica de carne y hueso realmente malvada. Con todo, merece la pena. Siempre merece la pena ir a mundos de fábula como éste.