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viernes, junio 13, 2014

'Sólo los amantes sobreviven', extravagantes vampiros de diseño y lentitud

Sólo los amantes sobreviven no es ninguna sorpresa en la filmografía de Jim Jarmusch. Una vez vista, casi parece increíble que no la haya dirigido hasta ahora, que nunca hasta esta película se haya decidido a mostrar unos vampiros de diseño, mezclados con un universo de estilo retro en sus detalles y de diseño moderno en su aspecto, una apabullante y envolvente música rock y una historia superficial que se queda ahogada en el cuidado envoltorio con el rodea a los personajes protagonistas, cuatro vampiros a los que sólo se reconoce como tales precisamente por los detalles. Paradójicamente, es un curioso título de vampiros casi sin vampiros, supeditado a su aspecto visual, en el que los dos actores protagonistas encajan con mucha naturalidad. Pero es lenta, muy lenta, más incluso de lo que ya suele ser el pausado cine de Jarmusch, y eso hace que ésta sea una cinta difícil de ver, que se aleja de las convenciones del género y que busca una identidad propia que, en realidad, tampoco consigue por completo.

Eso es así porque la figura del vampiro lleva tiempo instalada en mundos parecidos a los que muestra Jarmusch. Es lo que sucede cuando se escoge a una de las figuras más sobreutilizadas de la ficción, que la pretendida originalidad no es nada fácil de conseguir. Jarmusch, eso sí, introduce con fuerza su estilo visual y musical, crea un entorno que a ratos es fascinante pero que en otros momentos genera cierta indiferencia. Es, en ese sentido, un Jarmusch puro, previsible (en más de un sentido) y reconocible. Pero muy lento para según qué audiencias, sobre todo porque, en realidad, la figura del vampiro sólo le sirve para justificar el desarrollo nocturno y reclusivo de la película. Las anécdotas con las que quiere reforzar la sensación de que hay vampiros en la pantalla (las demasiado poco casuales alusiones temporales o escenas bastante superfluas como la de los helados) no hacen más que alargar una película que probablemente habría mejorado con algún que otro corte en sus 123 minutos finales.

La cinta, en realidad, no necesita centrarse en la figura del vampiro más que en su resolución, una que llega sin demasiada firmeza, descansando demasiado en la casualidad y reforzando la menor importancia de la historia. La parte vampírica no deja de ser una exposición, porque no se atisba conflicto por esa condición, no determina la relación entre los personajes, no marca los problemas familiares que Jarmusch quiere desarrollar con la pareja que forman los personajes de unos más que adecuados Tom Hiddleston y Tilda Swinton y la hermana de ésta, una Mia Wasikowska que no deja pasar ninguna oportunidad para alejar la imagen fría y sosa que dejó en su primer gran papel en la Alicia en el País de las Maravillas de Tim Burton. John Hurt completa el cuarteto vampírico, y es probablemente el personaje que más sufre la indefinición del tramo final. Los humanos (Anton Yelchin y Jeffrey Wright) dan algo más de interés a la historia, pero no son personajes especialmente aprovechados.

Casi todo lo anterior evidencia que en Sólo los amantes sobreviven hay algo de quiero y no puedo. Hay una pretensión de hacer un filme de vampiros diferente, y en realidad no lo es, de ubicar a esa figura del panteón de monstruos de la literatura clásica en un entorno musical a medio camino del rock de mediados del siglo XX y la noche del siglo XXI, sin que en realidad se perciba como un avance en el retrato del vampiro. ¿Mala película? En absoluto, porque Jarmusch tiene una innata capacidad para encontrar fascinación visual, sonora y atmosférica. Pero de alguna manera la película está muy lejos de ser el estímulo sensorial o la revisión del vampiro que persigue ser. Y aunque por momentos da la impresión de que puede despegar y marcar esa diferencia que ansía, lo cierto es que se queda en una rareza que sólo es imprescindible para quienes admiren a sus dos magníficos actores protagonistas.

viernes, mayo 09, 2014

'Snowpiercer (Rompenieves)', apocalíptico atrevimiento que flaquea al final

En las historias apocalípticas, el factor determinante para su éxito está en el atrevimiento. Snowpiercer (Rompenieves) es terriblemente atrevida, dicho ese "terriblemente" como muestra del enorme disfrute, de la sobresaliente intriga, de la brutal (y cambiante) puesta en escena y del más que importante y descarnado análisis social a muchos niveles que hay en sus dos primeros actos. Pero Bong Joon-ho, director del filme, no termina de sacar el mismo jugo al tercer acto, a su clímax. Es igualmente valiente, incluso brillante en algunos instantes, pero es ahí donde queda la sensación de que la película se le ha escapado ligeramente de las manos, es donde pesa el exceso de duración (126 minutos acaban siendo demasiados). Ese ligero descenso no impide que el resultado final sea muy satisfactorio, pero si priva a la película (la más cara de la historia del cine surcoreano, y se nota aún a pesar de algunos efectos digitales algo convencionales) de convertirse en un clásico instantáneo, algo que roza durante muchos momentos de su turbadora historia, que a pesar de que es un detalle que no se destaca está basada en un cómic francés que se editó en España en 2006.

Es, algo obvio nada más conocer la sinopsis, una película enfocada a un gran final. El mundo se ha congelado por la acción del hombre (y no hace falta mostrarlo, brillante y minimalista prólogo culminado por la primera gran nota de la sobresaliente partitura de Marco Beltrami), la humanidad ha desaparecido, a excepción de unos pocos supervivientes que viajan a bordo de un tren en continuo movimiento. Dentro del tren, hay clases. Y la clase más baja está descontenta en la cola del tren, que es donde habita. La película es, por tanto, la historia de una revolución que busca alcanzar el primer vagón del tren, la máquina, y revertir el orden social. Pero la clase baja, y los espectadores con ella, desconocen que hay más allá de cada puerta que se atraviesa. La película impacta en cada microuniverso que plantea, en cada secuencia que ofrece, en cada sacudida a las entrañas con los que construye el viaje. Y se plantea, efectivamente, como un viaje que necesita un final a la altura.

Lo tiene, porque la historia, al menos en un resumen aséptico, es casi perfecta, incluso admitiendo el altibajo cinematográfico que hay en su clímax. Por supuesto, es obligado prescindir de algo de lógica en el planteamiento inicial (¿un tren dando vueltas sin parar?), pero cómo lo plasma Joon-ho es una delicia. Oscuro cuando es necesario, dramático cuando lo pide la historia, destacando el carisma de unos personajes muy bien definidos y muy bien interpretados, tanto los actores más conocidos por el espectador occidental como los dos coreanos que se cuelan en la película. Pero como es un viaje, una vez alcanzado el destino la película pierde fuerza. Es difícil decir por qué, dado que en esa escena se produce la aparición de un personaje magnífico que es mejor no desvelar, pero el interés general decae. Los buenos elementos para hacer algo mejor están ahí, pero Joon-ho da demasiadas vueltas sobre las mismas ideas, alarga demasiado un clímax que ha llegado ya antes a su cúspide emocional y no cierra la película con la misma brillantez con la que la ha conducido hasta ahí.

En la forma de rodar se deje sentir que, aunque esté rodado en buena parte en inglés y con un reparto hollywoodiense, es una película surcoreana. Hay una hermosa mezcla entre influencias muy dispares. Encaja en una ciencia ficción europea (la del cómic de origen, la que invita a pensar en Jodorowsky o Moebius), en un cine asiático del que es representante y en ciertos aspectos del cine de ciencia ficción norteamericano más rompedor (sin pensar en conexiones argumentales, es imposible no pensar en Dark City o District 9). Impacta el planteamiento y cómo se va convirtiendo en realidad ante los ojos del espectador. Impacta el carisma de un Chris Evans que, sin ser un actor excepcional, convence en este cambio de registro, pero también el oficio que aportan una enorme Tilda Swinton que esquiva la caricatura con solemnidad, una emocional Olivia Spencer, un siempre notable John Hurt y un muy adecuado Jamie Bell. Y sobre todo impresiona el viaje que plantea el filme. Porque eso es Snowpiercer, un viaje a lo más oscuro del ser humano, como ha de serlo cualquier historia que quiera ser buena ciencia ficción. Una brillante sorpresa.