lunes, octubre 21, 2013

'El quinto poder', fascinación más de la historia real que de la visión cinematográfica

La figura de Julian Assange y todo el controvertido trabajo de Wikileaks genera una inmensa y lógica fascinación. Es verdad que vivimos en una sociedad de consumo tan rápido que probablemente muchos de los espectadores de El quinto poder apenas recuerden ya los detalles de las revelaciones más traumáticas de esta organización, pero eso no le resta poder de fascinación. La película está basada en dos libros, uno del integrante de Wikileaks que en la película es interpretado por Daniel Brühl, y otro de dos periodistas británicos, y es evidente que esa fascinación se mantiene en esta adaptación. ¿Pero es una fascinación que procede de la historia real o de la visión cinematográfica de la misma? Al final da la impresión de que importa más lo primero, aunque se agradece que no sea una obra que quiera sentar cátedra y ofrecer una verdad inamovible dando al espectador el poder de informarse. Eso sí, el Assange que compone Benedict Cumberbatch es formidable.

Bill Condon pone fin con esta película al paréntesis que supondrían las dos películas de la saga Crepúsculo en la filmografía de cualquier director. Y no es una papeleta fácil. El referente real amenaza con desdibujar o afectar a muchos de los elementos de la película, y las acusaciones de propagandísmo que el propio Assange le dedicó después de leer su guión dan fe de ello. El quinto poder, en todo caso, no es esa película adoctrinadora que teme Assange. Es cierto que cuenta una historia lineal que ofrece una visión de la misma en la que cree firmemente y sin fisuras. Y en ella, Assange es un tipo como poco excéntrico que no duda en usar a su antojo a las personas que trabajan con él. Sobre todo la media hora final no le deja especialmente en buen lugar. No obstante, es el epílogo lo que forma el corazón de la película. Ahí, el mensaje queda claro: la capacidad de informarse está en la persona. Es un mensaje sobre Wikileaks, sobre Assange, pero también sobre el poder y sus abusos e incluso sobre la misma película, que parece decir "os hemos contado una historia, ahora informaos si queréis saber más".

Ese epílogo es, a la vez, la mejor escena de la película, la que rompe las barreras de la pantalla y la que apela directamente al espectador, casi tanto aunque de otra manera como el hermoso arranque de la película, una brevísima historia de la comunicación. Lo que está entre ambos instantes es bastante correcto, funciona como thriller personal y periodístico pero tampoco aporta gran cosa que no se pueda encontrar en fuentes informativas. Lo que sí aporta, y tampoco es que se pueda decir que sea poco, es una composición sensacional de un personaje, la de Benedict Cumberbacht, un actor que sigue en alza, creciendo y sin techo aparente en todo tipo de géneros (tanto le da meterle en la piel de Assange que ser el villano de Star Trek. En la oscuridad, su trabajo es excepcional... y ojo a su voz, que sigue haciendo esencial ver la película en versión original). Si encima está tan bien rodeado con un reparto del que forman parte Daniel Brühl, Anthony Mackie, David Thewlis, y sobre todo una inmensa Laura Linney y un siempre fascinante (y qué fácil parece cualquier papel en sus manos) Stanley Tucci.

Considerando las dificultades intrínsecas a una película sobre esta cuestión, es obligado reconocer que El quinto poder funciona relativamente bien. Es un acierto fijar la película como la relación entre los personajes de Cumberbatch y Brühl, porque de esa manera el conflicto emocional se equipara al ético y al periodístico, y el guión permite que todo aparezca con cierto equilibrio sin pensar que se están menospreciando temas. Al mismo tiempo, contiene la información suficiente como para que no haga falta estar muy informado para ver la película, y eso siempre es algo a agradecer. Assange, su obra y su controversia están bien reflejados, independientemente de la veracidad que haya en la película, y eso es en realidad lo más evaluable de El quinto poder. Es evidente que nada acaba en la película, que es una aceptable incitación al espectador para que no sea pasivo, para que la información siga siendo un derecho y para fomentar debates que seguramente propiciará en espectador más bien formados pero quizá no tanto en quienes simplemente busquen un entretenimiento de dos horas.

viernes, octubre 18, 2013

'Capitán Phillips', el espectador es el rehén de una extraordinaria película

Capitán Phillips es la historia real del secuestro de un barco norteamericano por piratas somalíes. Leyendo la premisa, resulta complicado encontrar un director más capacitado para completar esta película que Paul Greengrass. Como uno de los revitalizadores del moderno cine de acción en la saga de Jason Bourne, de la que dirigió la segunda y la tercera entrega, sabe reproducir en el patio de butacas la tensión que se ve en la pantalla. Pero si hay un referente obvio es United 93, que no deja de ser la historia de otro secuestro. Aquella fue brillante y emocional. Y ésta también lo es. Explota la tensión de otra manera y con otros trucos, pero como hacía Greengrass con aquella parte del relato del 11-S consigue aquí también que el espectador esté pegado a su butaca, sufriendo como el personaje protagonista, siendo un rehén más. Pero no el rehén de un secuestro, porque de lo que está cautivo es de una extraordinaria experiencia cinematográfica.

Lo que Greengrass consigue es que su película esté formada por tres partes. la primera, una lenta introducción, de largo el punto más débil de la película y el causante de que se vaya a los 134 minutos; la segunda, un enorme clímax de casi dos horas de duración, tenso, magníficamente bien rodado y planificado, sin apenas picos bajos en su intensidad y haciendo que las sensaciones no paren de crecer hasta llegar a la resolución de la historia; y la tercera, un desahogo emocional brillante, revelador de la inmensa tensión acumulada hasta ese momento y, por si alguien tenía alguna duda, prueba de la extraordinaria interpretación que ofrece Tom Hanks. El plan es casi perfecto, porque dos de las tres partes son excepcionales. Flaquea levemente la primera (a pesar de la brevísima presencia de la estupenda Catherine Keener, en un cameo más que en un papel), pero queda sobradamente compensado con el resto del filme, espléndidamente subrayado con la música de Henry Jackman.

A veces da la sensación de que Capitán Phillips se puede convertir en una de esas películas que brilla tanto como lo hace su protagonista, pero Greengrass es hábil, muy hábil. Evita caer en esa limitación con una forma de rodar frenética, con mucho movimiento. Es, y esto es de nota, de los pocos directores que no marea al espectador a pesar del continuo movimiento de su cámara. Y lo hace también ofreciendo un espléndido entorno al personaje protagonista. Primero, porque no hace de la película un monólogo, sino que apuesta de forma esencial por el duelo, especialmente con dos de los terroristas (interpretados con enorme carisma por Barkhad Abdi y Barkhad Abdirahman, a pesar de que no tienen ninguna experiencia cinematográfica previa), y haciendo que no sólo sea la lucha del capitán Phillips por su superviviencia, sino también una operación de rescate. Todo se une y se interrelaciona para componer una historia inmensa, compleja y muy humana desde todos los puntos de vista.

El mayor logro de Capitán Phillips es que el espectador sufre, se emociona, recobra y pierde la esperanza y en definitiva siente al mismo tiempo que su protagonista. Esa empatía se genera dentro de un ritmo endiablado, el que Greengrass da a las escenas de acción (impresionante el asalto al barco, una escena modélica y con un dinamismo que muchos directores no saben conseguir ni siquiera en persecuciones automovilísticas), convirtiendo la angustia real en una delicia cinematográfica. Porque es elogiable el pulso narrativo que tiene la película en todo momento, la puesta en escena y, sobre todo, la credibilidad. Eso no se consigue con un rótulo de "basado en una historia real". Eso se hace construyendo personajes y situaciones. Y si encima lo haces con un actor de la categoría de Tom Hanks, parece casi imposible fallar. Capitán Phillips es una película brutal y espléndida que lleva al espectador donde le apetece en todo momento. Mucho, mucho más que United 93 en un barco, por si alguien se siente tentado a definirla así.

miércoles, octubre 16, 2013

'Caníbal', la frialdad como forma de hacer cine

La frialdad es una elección evidente de Caníbal. Es una película que quiere ver el horror desde una perspectiva gélida, calmada, casi adormecida por momentos, que genera esas sensaciones dentro y fuera de la pantalla. Esa es la elección de Manuel Martín Cuenca para trazar un retrato psicológico de un tipo que asesina mujeres y se las come, literalmente. Esa frialdad descarta la fácil relación entre ese argumento y personajes como Hannibal Lecter, Dexter o el Patrick Bateman de American Psycho. Pero también, como principal defecto de la película, aleja en el espectador todas las emociones posibles salvo la que provoca la contemplación de las imágenes, bellísimas en algún caso, que rueda el director y guionista de este filme. Eso habla bien de Martín Cuenca como director, al menos parcialmente, pero deja a su película por debajo de sus posibilidades, porque no hay demasiadas posibilidades de empatizar o simpatizar con los personajes.

Ese ritmo lento y pausado es algo anunciado desde el principio, con un larguísimo plano fijo en una gasolinera, de noche y una secuencia inicial prácticamente sin diálogos. El personaje protagonista, interpretado con una gran sobriedad por Antonio de la Torre, es un hombre parco en palabras, por lo que cabe entender Caníbal como una extensión de su personalidad. Fría y cruda. En toda la película, de hecho, no hay música (una opción siempre discutible para conversaciones sin un final posible e independientemente del resultado final del filme) y el ritmo lo lleva De la Torre, insistiendo en la misma idea, con suma frialdad y quietud. No parece en absoluto un error la forma de encarar el personaje, y él es lo mejor de la película. Sin embargo, y a pesar del tramo final, casi todo lo que tenía que contar la película está en sus primeros diez minutos, haciéndose incluso reiterativas algunas de las escenas de las dos horas que dura el filme.

Y es que la frialdad y la lentitud acaban jugando en contra de la película, a pesar de que tanto De la Torre como la rumana Olimpia Melinte convencen sobradamente con su trabajo, frío en el caso de él, emocional en el de ella, exactamente lo que demandan sus personajes. Pero cuesta encontrar las motivaciones en la historia y en los mismos personajes, sobre todo en el caso del protagonista, del que no se da razón alguna, ni siquiera alguna leve indicación de por qué actúa como lo hace. Simplemente, lo hace y el espectador está obligado a asumirlo. Sin antecedentes, sin explicaciones, y eso por desgracia lleva a una sensación de vacío y falta de empatía (independientemente de que el personaje no merezca simpatía). Las explicaciones sobre lo que sucede en la segunda parte de la película son levemente más claras, pero para entonces, después de haber intrigado con acierto en su introducción, la película ya está dejando demasiadas dudas.

Queda en Caníbal una muy buena planificación visual, unos planos casi siempre acertados y una bellísima localización de exteriores, pero a la película le falta alma, espíritu y fuerza. Puede que, en realidad, la frialdad haya sido el objetivo fundamental de Martín Cuenca y todo lo demás no sean más que daños colaterales que estaba dispuesto a asumir. Pero para un espectador que no conecte de forma inmediata e incondicional con la propuesta, Caníbal se convertirá en una película larga y lenta, incluso con algunos errores de continuidad o en la utilización de algunos personajes. Eso sí, el autor del filme elude con inteligencia los aspectos más escabrosos de su personaje protagonista sin limitar por ello su descripción (y eso se ve claramente en la parte final de la primera secuencia, ya en la cabaña). Hay aciertos, especialmente en su corto reparto, pero predomina a la salida de la sala la misma sensación de frialdad que parece haber buscado la película.

lunes, octubre 14, 2013

'El mayordomo', un gran protagonista en una película que sabe a poco

No hace falta profundizar mucho en las características de El mayordomo, incluso antes de verla, para deducir que es una película con intenciones de ser grande y de conseguir premios. Lee Daniels, sorprendentemente encumbrado con la sobrevaloradísima Precious, ofrece un fresco histórico de casi todo el siglo XX en Estados Unidos a través de un mayordomo negro de la Casa Blanca. Precisamente por esa vocación de llegar a todas partes, acaba ofreciendo demasiado poco de todo. Pinceladas, momentos muy buenos, otros no tan buenos y un gran actor protagonista, Forest Withaker. Pero el gran problema que tiene la película, además de un final simple y propagandístico, es que nunca llega a emocionar. Es más atractivo el impresionante reparto que va desfilando por la pantalla o la caracterización de los diferentes inquilinos de la Casa Blanca que el drama racial que subyace en esta historial real. Y eso acaba por minimizar demasiado el impacto de una película que cumple con lo esperado en el cine de Daniels.

El principal aliciente de El mayordomo es, paradójicamente, su mayor defecto. La película es un continuo carrusel de personajes, con el eje principal del presidente de los Estados Unidos, empezando en Eisenhower y finalizando en Ronald Reagan. Todos esos años son los que Cecil Gaines (Forest Whitaker) sirvió como uno de los mayordomos de la Casa Blanca. Y es ese desfile de presidentes uno de los aspectos que más se disfruta. Robin Williams como Eisenhower, James Marsden como Kennedy, Liev Schreiber como Johnson, John Cusack como Nixon y Alan Rickman como Reagan. Y aún más, las primeras damas: Minka Kelly como Jackie Kennedy y Jane Fonda como Nancy Reagan. Pero el desfile de actores no acaba ahí: Mariah Carey en un extraño papel como la madre de Cecil, Vanessa Redgrave como la mujer que convierte a Cecil de niño en un criado doméstico, Cuba Gooding Jr. y Lenny Kravitz como otros mayordomos de la Casa Blanca, y con Oprah Winphrey interpretando a la mujer de Cecil y Terrence Howard a un amigo y vecino.

Muchos nombres, muchas caras, muchos personajes, muchos temas y poca concreción. Porque la película va oscilando entre un drama racial (en un tono diametralmente opuesto al de Criadas y señoras pero con objetivos similares), una historia personal (la de Cecil con su propia familia, sus dos hijos, su mujer) y un relato histórico (incluyendo no sólo a la élite política que ocupaba la Casa Blanca, sino también a Martin Luther King). Y, claro, hay momentos muy logrados y otros bastante menos trascendentes en cada una de las historias que quiere mezclar Daniels. Por eso, el resultado acabo siendo tremendamente irregular. La entrada y salida de los actores y personajes animan el resultado, pero sólo cuando aparecen. No se termina de percibir una homogeneidad en su conjunto porque Daniels repite técnicas (el montaje paralelo, el uso emocional de la música) y no sujeta los saltos en el tiempo suficientemente bien. Hay grandeza por momentos, pero no en el conjunto.

El mayordomo encuentra el principal problema en la sensación que deja al final. Porque sus últimos minutos rozan el panfleto político, con vías emocionales fáciles y trilladas. Y formará parte de la historia real en la que está basado el filme, pero no funciona. De alguna manera, eso se lleva por delante algunos momentos brillantes que impulsan a pensar que la película puede crecer mucho (el ataque de Ku-WinKlux-Klan, la escena de Nancy Reagan, la cena familiar en la que el hijo mayor regresa a casa). El enorme esfuerzo de Forest Whitaker, uno más en una película sustentada de una forma descarada en el personaje protagonista, es lo mejor de la película junto con las breves apariciones de tantos y tantos actores conocidos y personajes históricos. Y es una historia que pide a gritos emocionar en muchos momentos... pero no lo termina de conseguir. Es un formidable retrato histórico y es gozoso ver el trabajo, por reducido que sea, de los actores que interpretan a los personajes reales (y Alan Rickman puede ser el mejor sin problema). Pero algo falla. Y eso, siendo una película de Lee Daniels, tampoco sorprende demasiado.

viernes, octubre 11, 2013

'Prisioneros', gran drama con media hora final discutible

Qué cerca está Prisioneros de ser una película extraordinaria y qué fácilmente reduce con lo que muestra en su media hora final el enorme efecto que causa en las dos primeras horas. Algunos detalles, quizá inaprecibables para algunos espectadores pero muy presentes, se llevan por delante parte de la impresionante tensión con la que Denis Villeneuve construye un magnífico thriller, portentosamente interpretado por un reparto encabezado por unos formidables Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal. La historia, tan sencilla de resumir como problemática de tratar en la pantalla por su temática, está llevada con precisión, con intensidad donde hace falta, con inquietud cuando se necesita, con un buen dominio del ritmo a pesar de su larga duración. Pero es llegar a la media hora final y hay varias puntos de inflexión en los que algunos de los personajes dejan de ser reconocibles, rompiendo el efecto que tanto ha costado lograr. Así, el resultado es notable, sobresaliente por momentos, pero con problemas difícilmente olvidables que hacen que la película no sea tan redonda como podría haber sido.

Hay un referente muy claro para Prisioneros, y no es otro que la opera prima de Ben Affleck como director, Adiós, pequeña, adiós, una extraordinaria película que no es demasiado conocida, ni siquiera después de que el próximo actor que se enfundará la capucha de Batman firmara la premiada Argo. Prisioneros, no obstante, acaba yéndose por derroteros muy diferentes a los de aquella (quien vea las dos sabrá qué subtrama, brutal en todo momento, es la que se lleva los 40 minutos que hay de diferencia entre una y otra), pero sí que es cierto que los 114 minutos que duraba Adiós, pequeña, adiós, hacen poner en duda los 152 que Villenueve necesita para Prisioneros. No porque se hagan largos, cosa que no sucede, pero sí porque la capacidad de síntesis es un valor cada vez más necesario y muchos directores se descartan del olimpo de los grandes precisamente por la ausencia de esa cualidad. Villeneuve aprueba en ese sentido porque se antoja francamente difícil decir dónde se podría cortar y el ensamblaje de la historia es casi perfecto.

Lo que pierde a Prisioneros está en su media hora final (salvada, eso sí, por una impresionante escena en la carretera, desborde absoluto de las emociones que inundan el filme), aunque explicarlo obliga a desvelar demasiados elementos de la trama. Hasta ese momento, la desaparición de dos niñas (lamentablemente anunciada por una música de Jóhan Jóhansson que salvo ese instante contribuye con mucho acierto a la tensión) sirve para crear una tensión palpable, en la que Hugh Jackman se convierte en un decidido y sufrido padre, Jake Gyllenhall en un intenso agente de policía, Maria Bello en una madre destruida emocionalmente, con Terrence Howard y Viola Davis creando registros diametralmente opuestos como la otra pareja afectada, y Melissa Leo con un papel secundario brillante. El reparto en su totalidad hace efectiva la emoción, la empatía con los protagonistas y el malestar general por el fondo de la trama que propone la película.

Villeneuve propone una película apasionante y contundente, un auténtico puñetazo en el estómago que no depende en absoluto de su resolución, un claro acierto. Y es que lo que importa en Prisioneros es el viaje y los dilemas que plantea y no el hecho de saber, por tirar de un tópico que permita eludir detalles de esta trama concreta, si el mayordomo es el asesino (porque, en realidad, quien esto suscribe lo supo prácticamente desde el principio y por eso puedo decir que no afecta a la fascinación que provoca la película). Importa ponerse en la piel de los personajes, sufrir, pensar y actuar con ellos, cobra valor el debate ético. Y cinematográficamente se aprecia el ritmo, la pausa, la emoción y la tensión que todos sus elementos consiguen trasladar al patio de butacas. Pero qué lástima de detalles absurdos en esa última media hora, que si pasan el filtro del espectador para que no se dé cuenta es precisamente por los inmensos méritos de las dos primeras horas. Pero están ahí. Y por eso Prisioneros es una muy buena película, pero no la enorme película que podría haber sido.

miércoles, octubre 09, 2013

'Zipi y Zape y el club de la canica', Escobar cobrando vida

Los precedentes de las dos entregas de Mortadelo y Filemón (aunque la primera sí goza de cierto prestigio) y, sobre todo, el reciente descalabro de El Capitán Trueno y el Santo Grial eran presagios nefastos para cualquiera que se aventurara a adaptar algún otro título destacado del cómic español, conjunto de palabras que reúne tal cantidad de prejuicios que hacen la tarea aún más compleja. Pero Zipi y Zape y el club de la canica aprende de los errores de aquellas y sale más que airosa del trance, convirtiéndose en un simpático entretenimiento juvenil, que quiere recuperar el cine de pandillas de chavales que ejemplificó mejor que ninguna otra película Los Goonies adaptándola a un estilo visual más cercano a lo que triunfa hoy en día entre los más jóvenes, como Harry Potter, sin por ello abandonar la esencia del tebeo que adapta. Porque El club de la canica no es una historia que recupere todos y cada uno de los elementos esenciales del cómic, pero sí los suficientes como para que los famosos y traviesos gemelos sean más que reconocibles.

Empecemos por lo bueno. La película es entretenida, divertida y simpática. Consigue que la mezcla entre la historia juvenil y los toques de fantasía visual no chirríen (aunque el internado, radicado una mansión, evidencie demasiado la ansiada conexión con Harry Potter) y fluyan adecuadamente en el guión. Ayuda que, dentro de ese concepto visual, los personajes parezcan reales pero sin dejar de ser propios de una viñeta de Escobar, y que los actores se crean que están rodando una historia de aventuras juvenil sin necesidad de caer en la caricatura fácil, asumiéndola con naturalidad en los casos en los que procede pero sin romper la tridimensionalidad que propone la película. Porque esta no es una traslación directa del tebeo, sino una película basada en el mismo. Parece un matiz sutil, pero es importante porque la película consigue una autonomía que habría perdido con la fotocopia del tebeo, un problema en el que caen con demasiada frecuencia las adaptaciones de cómic y de libros juveniles e infantiles.

Dentro de lo bueno, es obligado destacar el aspecto visual de la película, brillante y no sólo utilizando estándares de la industria española, porque todo es creíble e imaginativo, adaptándose a la historia, por sencilla que sea ésta. Y dentro de esa acertada imagen está la de los actores, la pandilla que forma el club de la canica y que encabezan Zipi y Zape. A pesar de que no pasarían por gemelos, Raúl Rivas y Daniel Cerezo sí encajan en los papeles protagonistas, como también Claudia Vega (en apariencia, la mayor del grupo y la más conocida por su papel en la brillante Eva), Fran García y Marcos Ruiz. Aunque, y aquí ya entramos en el terreno de las pegas que se le pueden poner a la película, fallan en algo elemental. Cuando hablan, no parecen niños, no tienen el desparpajo que se espera de chavales, sino que a ojos del espectador son actores a los que por encima de todo se les pide una dicción tan clara que en sus frases les falta una necesaria naturalidad.

Ese detalle lleva a la película a algunos momentos de falta de convicción, le da un corsé que amenaza con reventar algunas escenas, aunque al final todo esto pesa menos que el entretenido conjunto, al que contribuyen dos aspectos muy destacables. Por un lado, la gran interpretación de Javier Gutiérrez dando vida a Falconetti, el director del internado en el que Zipi y Zape tendrán que penar todo el verano por sus travesuras. Por otro, la espléndida música de Fernando Velázquez, que potencia el tono aventurero de la película. Y con sus 97 minutos, abiertos y coronados con un adecuado homenaje al cómic del que procede (y un divertido cameo de Álex Angulo), Zipi y Zape y el club de la canica consigue lo que se propone: entretener enriqueciendo y respetando el original de Escobar en las viñetas, haciendo que sus personajes cobren vida en un mundo moderno y actual, sin caer en la fácil escatología a la que suele acabar rendida la comedia moderna y proponiendo un divertido juego que tampoco echa para atrás a los adultos. ¿Se puede pedir mucho más en un intento de llevar a la gran pantalla un cómic español? Probablemente no, al menos en un primer intento. Pues a disfrutar.

lunes, octubre 07, 2013

'Runner Runner', corrección y caras conocidas

Viendo que Runner Runner está fundamentalmente ambientada en Puerto Rico, en un mundo de lujo y dinero, casi da la impresión de que los responsables y protagonistas de la película decidieron pasar allí unas vacaciones de diversión y fiesta y, de paso, rodar una película. No es que eso sea especialmente malo, porque Runner Runner acaba siendo un correcto entretenimiento que, eso sí, podría haber ido por derroteros más interesantes y menos convencionales, pero sí es verdad que acaba siendo una historia como otras muchas en la que aparecen varias caras conocidas, los rostros bonitos que luzcan en un cartel y atraigan espectadores a una sala de cine. Y es que el reclamo está ahí, en Justin Timberlake, en Ben Affleck y en menor medida, por una cuestión de tiempo en pantalla y porque su personaje es el menos explotado en el guión, en Gemma Arterton

Runner Runner se centra en el mundo del juego online y los ingentes beneficios que genera, y es esa parte la más atractiva de la película, la primera, aquella en la que expone la trama y presenta a los actores que, nunca mejor dicho, forman parte del juego. Y es la más atractiva porque además de fascinar la exposición que hace Brad Furman (El inocente) y lo bien que da en cámara siempre Justin Timberlake, independientemente de lo mejor o peor actor que luego resulte ser en cada película, es la que deja con ganas de más. Cuando luego la película deviene en la relación entre el experimentado hombre de negocios (Ben Affleck) y el chico que intenta progresar, se está intentando explotar una fórmula que ya es habitual desde Wall Street (Oliver Stone, 1987) y sin aportar demasiado más allá del carisma de sus actores y la ubicación exótica, algo que Hollywood ya ha venido empleando con mucha frecuencia en sus películas. ¿Entretiene? Sí. ¿Algo más? No.

Aún así, se agradece que Furman, aún dando un pequeño paso atrás después de El inocente, sepa cuándo acabar la película, sin necesidad de alagar tramas sin necesidad y ajustando su duración a unos agradecidos 90 minutos, auténtica razón de que el resultado final sea aceptable, porque permite quedarse con lo bueno sin necesidad de sufrir la película más allá de las dos horas que muchos directores suelen consumir. No es causalidad que el guión se centre en el mundo del juego, ya que está escrito por Brian Koppelman y David Levien, que debutaron con Rounders (¿es ésta una actualización en la era digital de aquella?) y son también autores de Ocean's Thirteen. Y la pena es que ese mundo se queda en segundo plano en la segunda parte del filme, cuando éste se convierte en el clásico thriller criminal, especialmente desde la aparición del agente del FBI de un Anthony Mackie menos amable que de costumbre.

Pero el problema en realidad de Runner Runner es que, a pesar de que ofrece un honesto entretenimiento, lo hace con soluciones fáciles. La excusa argumental de la película es fácil. Su final es fácil. Y algunos detalles de su desarrollo también lo son. Es verdad que hay carisma, y más que podría haber habido de haber mejorado el uso del personaje de una Gemma Arterton que siempre deja detalles interesantes (da la impresión de que tanto guionistas como directores tienen miedo de introducirla en un tópico triángulo amoroso y la fórmula escogida no sé hasta qué punto mejora su presencia), y que la historia arranca con bastante fuerza y con alguna escena muy bien planificada. Pero el conjunto decae hasta mezclarse en la retina cinéfila del espectador con otras películas similares. Ahora bien, para quien esté al tanto de las polémicas que se cuecen en Hollywood es una espléndida oportunidad para evaluar las posibilidades de Ben Affleck interpretando al Caballero Oscuro en la próxima Batman vs. Superman.

viernes, octubre 04, 2013

'Gravity', portentosa e imprescindible experiencia cinematográfica

Por grandilocuentes que puedan ser las palabras, no es en absoluto exagerado decir que Gravity es una portentosa experiencia cinematográfica, 90 minutos imprescindibles, bellos, con los mejores planos del espacio que jamás se hayan inmortalizado en una película, los que hubiera querido filmar Stanley Kubrick cuando cambió para siempre las leyes de la ciencia ficción en el cine con la mítica 2001. Una odisea del espacio, los que soñaron centenares de directores que se hayan asomado a la ciencia ficción, género al que en todo caso no pertenece esta película. Gravity es un drama, es un poderosísimo viaje emocional, una historia de supervivencia revestida con imágenes deslumbrantes, con enormes planos secuencia, con un movimiento de cámara que se convierte en sí mismo en un impagable curso de cine y con dos actores, en especial Sandra Bullock, que consiguen un intensidad memorable. Memorable. Ese es otro adjetivo que encaja a la perfección a la hora de explicar lo que es y lo que significa esta extraordinaria película, una de las mejores del año y de muchos años.

Y eso se debe a algo muy sencillo en la teoría pero prácticamente imposible ya en la práctica. Gravity inventa, crea, convierte la pantalla en un escenario en el que envuelve al espectador. Es lo más cerca que estará un espectador de sentir cómo es el espacio. Cuarón destroza los límites que hasta ahora han tenido los cineastas para mostrarlo. Nunca se ha visto como aquí. Nunca. Y no hay palabras que hagan justicia a la fascinación que produce cada una de las largas secuencias con las que nos deleita el realizador mexicano, cuya filmografía no hacía pensar en absoluto que fuera capaz de plasmar estas imágenes con semejante maestría. Se puede alabar el realismo de Y tu mamá también, reivindicar El prisionero de Azkaban como la mejor película de Harry Potter (algo que se lee con cierta frecuencia) o incluso el desolador mundo que plantea en Hijos de los hombres (para mí, una cinta algo sobrevalorada). Pero no hay nada, absolutamente nada que prepare para el portentoso espectáculo visual que plantea en Gravity. Visual y humano. Porque se equivoca quien piense que la película es sólo una colección de imágenes bonitas.

Porque sí es cierto que es un curso brutal de cine, de cómo montar planos secuencia hasta componer una historia vibrante en tiempo ral, de cómo dotar de movimiento a la escena sean cuales sean sus elementos, de integrar en una historia los efectos visuales, de cómo crear una apabullante experiencia sensorial con las imágenes y con el sonido (incluso con la ausencia de éste). Pero todo eso es tan emocionante como la historia que plantea. No sé si mucha gente comprende el Oscar que ganó Sandra Bullock por la anodina The Blind Side (Un sueño posible), pero es aquí donde se convierte de verdad en una actriz, por primera vez en su carrera. Con el complemento de un fantástico George Clooney al que se le podrán reprochar muchas cosas pero nunca que deje de arriesgar en su carrera, Bullock, hilo conductor de la película desde el primer minuto hasta el último, crea un personaje fascinante. Y sobre todo crea un universo compatible con la excelencia visual de Cuarón. No hay absolutamente nada que sobre o que falte en una película que roza la perfección en todos y cada uno de los campos necesarios para realizar la película, que merece dos, tres, cuatro o cuantos visionados sean necesarios para comprender toda su grandeza, asumible pero inabarcable en el primero, en el que manda la excitación emocional y sensorial.

Quien haya leído con atención se habrá dado cuenta de que, en realidad, no he contado de qué va la película. Y es que no pienso decir qué sucede en la pantalla. No creo que sea pertinente ni siquiera leer la más sencilla sinopsis de la película. Creo que destroza una parte, por ínfima que pueda ser, de la memorable experiencia cinematográfica que propone este memorable filme. Con Gravity se evidencia una vez más, quizá de la forma más deslumbrante en años, que lo más bonito del cine es descubrirlo plano a plano, fotograma a fotograma, sentirlo dentro y admirarlo con la vista y el oído. Pero no es ésta la única reivindicación que permite hacer. La versión original es tan imprescindible como la propia película, por el entorno, por el escenario, por el trabajo de los actores y porque alguno ni siquiera aparece más que con su voz (y quien quiera descubrir a quién me refiero tendrá que esperar a los créditos finales). Y hasta el 3D, por primera vez en mucho tiempo, se convierte en algo esencial aunque sea sorprendentemente una película convertida y no rodada en ese formato. Todo junto, algo sencillamente brutal, grabado a fuego en la memoria y casi en las entrañas. Qué maravilla.

lunes, septiembre 30, 2013

'Kon-Tiki', una buena aventura noruega hollywoodizada

El cine de aventuras, digamos, serio vive una cierta crisis. Tardan mucho en aparecer películas que hagan honor a lo más clásico de este género y no caigan en la vis más cómica del cine actual, víctimas de esos estudios de mercado que tanto cine rompen por la mitad. Pero entonces aparecen películas como Kon-Tiki y hay que congratularse y poner el contador a cero. Kon-Tiki es, efectivamente, puro cine de aventuras. Con cierto toque clásico, es cine noruego (la película más cara rodada en ese país) pero pasado por el tamiz hollywoodiense (quizá por eso gustó tanto a los americanos como para darle una nominación al Oscar en la categoría de película de habla no inglesa... aunque buena parte de sus diálogos son en inglés), algo que también pasa por el hecho de tratarse de la recreación de un hecho real. Está francamente bien rodada, con un buen ritmo y que gracias a dos secuencias culminantes consigue sortear los puntos bajos que hay en su segunda hora de metraje. No cabe más que calificarla como una espléndida película para recuperar la fe en su género.

Kon-Tiki narra la expedición con la que Thor Heyerdahl quiso demostrar, con la opinión contraria de toda la comunidad científica, que fueron indígenas peruanos los que colonizaron la Polinesia, recorriendo 8.000 kilómetros por mar en pequeñas embarcaciones de madera, un viaje para seis tripulantes que debía recrear las condiciones de aquellas arriesgadas travesías, sin importar el peligro de que se resquebrajara en plena travesía, que las corrientes no colocaran la embarcación en el rumbo deseado o el los tiburones que infestan esas aguas. Una hermosa aventura para recrear y disfrutar en una pantalla grande, que ya lo tiene prácticamente todo hecho con los maravillosos planos que permite un océano abierto e inabarcable, pero que Joachim Rønning y Espen Sandberg, directores de la película, coronan con hermosos e imaginativos momentos, incluso un muy original desplazamiento desde la barca hasta las estrellas y de nuevo hasta la superficie del mar, una introducción bien medida y algún flashback francamente hermoso.

Es evidente que hay en Rønning y Sandberg un gusto cinematográfico muy hollywoodiense. No es de extrañar que, en la inagotable búsqueda de talentos europeos que hacen los grandes estudios ya hayan sido fichados para continuar la saga de Piratas del Caribe tras conseguir la nominación al Oscar por este filme , por mucho que el tono de aquella franquicia y de Kon-Tiki no tengan absolutamente nada que ver. De hecho, son opuestos. Porque ellos apuestan aquí por un agradecido clasicismo, con leves toques aprovechando la tecnología actual que permiten situar esta película en la presente década. Pero más aún que el gran aspecto visual de la película, lo que funciona es su casi perfecto retrato de una obsesión. Thor Heyerdahl vive, trabaja, sueña y se esfuerza con el único fin de demostrar su teoría, eso está por encima de todo. Y aunque las obsesiones se pueden compartir, nunca alcanzan la misma medida, tiempo o intensidad en dos personas diferentes. Eso está notablemente contado en Kon-Tiki a través de todos los personajes.

Es verdad que una vez que la expedición está en marcha (aproximadamente tras el primer tercio de la película) hay momentos en los que el ritmo decae, pero eso se solventan con dos picos de intensidad brillantes, la aparición de los tiburones y el arrecife. Son dos escenas más espectaculares que culminan un viaje cinematográfico más que agradecido. El problema que puede tener es que consiga llegar al público adecuado. Porque quien normalmente puede ver cine europeo quizá no espere un filme de corte narrativo tan norteamericano y quien gusta de las películas de Hollywood probablemente no se verá demasiado tentado de ver Kon-Tiki. Su exquisito trato tanto de la aventura como del cine hacen que sea aconsejable para ambos grupos, porque no hay en el cine moderno tantos títulos de este género tan bien realizados como éste como para dejarlo pasar.

viernes, septiembre 27, 2013

'2 Guns', divertidísima buddy movie

Viendo a Denzel Washington y Mark Walhberg en 2 Guns da la impresión de que eso de la química entre actores es fácil. Ellos solitos se bastan y se sobran para hacer de esta película una de las buddy movies más divertidas, entretenidas y logradas de los últimos años, pero afortunadamente la cosa no acaba en ellos. Son de largo lo mejor que ofrece, pero Baltasar Kormákur, director islandés responsable de la olvidable Contraband, también protagonizada por Wahlberg, rueda con un entusiasmo difícil de prever viendo su anterior filme, sin estorbar lo que consiguen sus dos actores protagonistas y dándoles un espléndido marco en el que convertir esta adaptación de un cómic editado en 2007 por Boom! Studios en 109 minutos de película terriblemente gozosos que es mejor descubrir sin avances previos, sin trailers ni fotografías que dejen entrever alguna de las sorpresas que esconde un guión ágil, frenético y con chispa. Sí, es una comedia de acción, pero menuda comedia de acción, que derrocha carisma y grandes momentos.

Y es que todo pasa por la química entre Denzel Washington y Mark Wahlberg. Cuando aparecen en la primera escena, subidos en su coche setentero, con su aire chulesco y su conversación desenfadada, el espectador se ve empujado y obligado a creer que entre ellos hay una complicidad, una amistad, una relación especial, la que tienen que mostrar los protagonistas de una buddy movie. Diálogos rápidos y ácidos, gestos cómplices, una complicidad sencillamente perfecto. Ahí, ya desde la primera escena, es donde se construye el éxito de 2 Guns, porque si eso funciona da igual cómo se desenvuelva todo lo demás. Ellos hacen creíble lo inverosímil y divertido todo lo que sucede en las algo menos de dos horas que dura la película. Sin contar absolutamente nada del argumento, lo único que hay que saber antes de verla es que estos dos forman equipo. ¿Para qué? La primera escena lo aclara.

A Kormákur le queda la misión de no estropear lo que consiguen sus actores. Y lo hace, lleva la película bastante bien, filma con mucho acierto las escenas de acción, las peleas y las persecuciones sin que nada apabulle el auténtico punto fuerte del filme, la envidiable química entre Washington y Wahlberg. Incluso le proporciona un buen escenario, a medio camino entre la película fronteriza, el spaghetti western y el policíaco más contemporáneo, al que contribuyen asombrosamente bien un desatado Bill Paxton y un casi autoparódico Edward James Olmos. Entre todos ellos, sus secuaces, aliados y enemigos, son constantes las peleas y enfrentamientos, los tiroteos y los insultos, todo ello vestido con un disfraz de divertimento sincero y muy entretenido en el que no falta de nada, ni siquiera la casi obligatoria escena de desnudo (femenino, por supuesto), a cargo de una Paula Patton menos carismática que en Misión imposible. Protocolo fantasma. Gracias a todo eso, da igual lo hilarante y rocambolesco que pueda ser a ratos el guión.

2 Guns encierra multitud de detalles gozosos: diálogos, gestos, caracterizaciones, peleas... Dentro de esta alocada mezcla, un guiño divierte tanto como un retrovisor o un toro, y una propina da tanto juego como un disparo o unas tostadas. Es verdad que en torno a los dos tercios, cuando se acumulan las sorpresas y los giros de guión, la película tiene un ligero bajón, pero su enorme ritmo y la desenfadada diversión que propone solventan cualquier duda antes del alocado clímax y casi perfecto final. También es verdad que ni Denzel Washington ni Mark Wahlberg inventan nada en sus respectivas carreras, pero su química y el hecho de que su diversión rodando la película sea directamente proporcional al del espectador viéndoles compensa por completo cualquier leve síntoma de repetición. Y para rematar la faena, hay en la película un elemento que desatará las carcajadas del público español. Sobre todo del futbolero. Y seguro que Denzel Washington, Mark Walhberg o Baltasar Kormákur no entenderían una risa en ese momento concreto. Pero es una de muchas en una comedia de acción altamente recomendable.

lunes, septiembre 23, 2013

'Justin y la espada del valor', la animación española aguanta el tirón

Si cabía la posibilidad de empezar a considerar la existencia, solvencia y futuro de una industria de la animación española después del éxito de Las aventuras de Tadeo Jones, la clave tenía que ser Justin y la espada del valor. Y si aquella era un producto muy entretenido y pensado para los más pequeños, éste, apadrinado por Antonio Banderas, no se queda atrás en absoluto. Justin es una atractiva aventura medieval, quizá demasiado modernizada en cuanto actitudes y lenguaje de algunos personajes, pero muy bien animada, correcta en su desarrollo y con las clásicas lecciones de comportamiento que inevitablemente se cuelan en los productos de dibujos animados. Y como sigue una línea con muchos antecedentes, puede que le falte algo del atrevimiento que le hubiera gustado al espectador más adulto, incluso para dar algo más de protagonismo al punto de partida inicial, pero el conjunto es suficientemente satisfactorio para los niños y para los no tan niños.

¿Y cuál es ese punto de partida? Muy sencillo: los caballeros han desaparecido, han sido prohibidos por la reina y han sido sustituidos por los abogados. Sus normas agobian a la población (espectacular el gag triple de la niña en esa primera escena) y hacen de las peleas con armas algo del pasado. Quizá lo más negativo de la película, y no es en realidad un problema demasiado grande, está en que ese planteamiento no dura más allá de la escena inicial. Sí, luego queda el derivado enfrentamiento generacional entre Justin, que quiere seguir los pasos de su abuelo como caballero, y su padre, que desea que siga los suyos como abogado, pero el toque social que emana del arranque del filme no vuelve a tocarse y la película pasa a ser, sin duda de forma consciente, un divertimento infantil con los habituales toques de humor para un público más adulto. Nada que reprochar por ese lado, pero ¿para cuándo una película de dibujos animados que ahonde en temas sociales de una forma más audaz y no sólo como parte de su planteamiento?

Lo que sigue es un canon agradable en el mundo de la animación. El héroe con dudas, la chica ya nunca en apuros (Talia) que no sólo le ayudará en su misión sino que buscará su amor, el mentor (aquí mentores: Legantir el mago, Blucher el caballero y Braulio el sabio) a los que seguir y de los que aprender, el villano (Heraclio) como héroe caído y vinculado al protagonista a través de su familia y de sus sueños... El desarrollo está muy centrado en la aventura y en la comedia. Lo primero funciona a la perfección, porque las escenas están muy bien planificadas, porque la animación es espléndida y porque los personajes encajan en todo momento. Pero en la comedia no está todo tan claro. En ocasiones es difícil justificar la exageración de un personaje como Sota (aunque es cierto que hay un gran momento cómico de Talia a su costa y por este motivo) y la parte del dragón está cogida con pinzas... pese a ser una secuencia admirablemente animada. Y es que sucede a menudo en la película que sus puntos más débiles se rescatan por otros motivos, con lo que el resultado final es aún más agradecido.

Manuel Sicilia, que ya había dirigido El lince perdido (también con la supervisión de Banderas), se suma así a la lista de nombres a tener en cuenta en la animación española. Vista la película en versión doblada, y abrumado todavía por el alocado divertimento que (se) ha proporcionado el propio Banderas prestando su voz al falso caballero Sir Clorex, se agradece que la película no caiga en el recurso al famoseo no actor. Pero también hay que decir que da cierta envidia ver que en la versión en inglés participan actores como Charles Dance, Rupert Everett, Alfred Molina, Mark Strong o Saoirse Ronan. En cualquiera de las dos versiones, Justin y la espada del valor es una más que correcta aventura animada, sin nada que envidiar técnicamente a buena parte de las producciones norteamericanas que llegan a nuestros cines y con muchos elementos a disfrutar. Es lo que es, cumple con lo que promete y no engaña a nadie. ¿Se puede pedir más? Pues a disfrutar.

viernes, septiembre 20, 2013

'Rush', la Fórmula 1 también luce en el cine

Vendiéndose la Fórmula 1 como lo hace, como uno de los mayores espectáculos del mundo, era raro que el cine no hubiera inmortalizado ya alguno de los míticos duelos que hay a lo largo de su historia. Pues bien, esa deuda queda más que satisfecha con Rush, la visión de Ron Howard sobre el mítico enfrentamiento entre Niki Lauda y James Hunt en el año 1976. La película es vibrante de principio a fin y muestra mucha categoría, aunque se queda a un peldaño de ser verdaderamente extraordinaria en su conjunto porque no presta atención a algunos detalles. Tan pendiente está de ser un retrato preciso de la rivalidad entre Lauda y Hunt que se olvida de algunas cosas por el camino. Que el tercer nombre del reparto, tras Daniel Brühl y Chris Hemsworth, sea el de Olivia Wilde, que tiene un papel muy reducido, evidencia que el interés de Howard no estaba más allá de sus dos pilotos. Pero lo que es indudable es que su apuesta dentro del cine deportivo es muy gozosa y que sabe arrancar carismáticas interpretaciones de sus dos protagonistas.

Lo que más se puede agradecer a Howard es que no ha querido ofrecer una retransmisión deportiva dramatizada. La espectacularidad de la Fórmula 1, vista además con los ojos de un espectador contemporáneo, se prestaba a esa solución: nitidez absoluta, cámaras superlentas, control absoluto sobre la imagen. Y, en cambio, lo que hace el director es llevar al espectador a las mismas sensaciones con las que se seguía un gran premio en 1976, las que tiene que provocar la Fórmula 1 vista desde el interior de un coche. Para ello, busca confusión, sensaciones más que información, planos cortos de diferentes partes del monoplaza, el casco del piloto, la carretera siempre en movimiento. Hasta llegar al año que centra la película, sí es verdad que Howard da algunas muestras de no saber transmitir del todo bien el funcionamiento de las carreras y los mundiales. Pero cuando llega 1976, la cosa cambia. Y se agradece que no se haya limitado a dar las dos pinceladas que le interesaban dramáticamente, aunque es verdad que el conocedor de la historia real puede echar de menos algunos detalles.

Eso sí, lo ideal para disfrutar de la apuesta cinematográfica es no acudir presto a Wikipedia para saber qué ocurrió en 1976, qué hace relevante para Howard la historia de Lauda y Hunt y dónde van a estar sus puntos álgidos. Lo mejor es dejarse llevar por la historia, sorprenderse con los giros que informativamente tanto impactaron en su época, y admirar la buena construcción de sus personajes que hacen Brühl y Hemsworth, sobre todo en su faceta como pilotos. La personal, por supuesto, forma parte esencial de Rush pero ahí es donde, quizá por no alargar más el metraje, no alcanza la cúspide que busca salvo en contados momentos, en los que todos los actores consiguen despuntar. No sólo los dos protagonistas, sino también sus contrapartidas femeninas, una Olivia Wilde fascinante y una Alexandra Maria Lara profunda. Ojalá ambas hubieran tenido papeles más extensos. Esos detalles se olvidan durante el intenso, emocionante y espectacular clímax de la película y, sobre todo, durante su soberbia preparación, secuencia magníficamente acompañada por la música de Hans Zimmer.

La presencia de Zimmer es otro de los detalles que a priori podían llevar a pensar que Rush sería una versión algo más seria y en la Fórmula 1 de Días de trueno, retrato del mundo de la Nascar. Y es evidente que ese homenaje está muy presente (incluso suena una de las canciones de aquel filme), pero también que los intereses de Tony Scott y Ron Howard no son los mismos. Días de trueno apostaba por hacer del amor y la amistad temas fundamentales de su trama de rivalidad deportiva. Rush apuesta claramente por esa rivalidad. Y lo borda con todas y cada una de sus escenas. Las de carreras, por supuesto, pero también los varios diálogos que mantienen Hunt y Lauda a lo largo de la película. No es fácil dilucidar dónde acaba el mérito de Howard y dónde empieza el de Hemsworth y Brühl, sobre todo después de ver la fusión final entre las imágenes de los actores y las de los pilotos reales. Pero lo que sí es fácil de decir es que Rush ofrece dos horas fantásticas, gran cine deportivo y más que deportivo, aunque los focos sobre las estrellas hacen que se pierda alguna que otra oportunidad de hacer que brillen más todavía.

miércoles, septiembre 18, 2013

'Percy Jackson y el mar de los monstruos', simpática y simple aventura juvenil

El fantástico juvenil no es un género nada fácil, y más después de que los años 80 ofrecieran tal torrente de creatividad y talento que empequeñeció a todo lo que se estrenó desde entonces y sigue empequeñeciendo a títulos contemporáneos, que estrenados entonces podrían incluir haber recibido la etiqueta de pequeño clásico. Y a veces da la impresión de que es un género que no tiene ya tan fácil encontrar su público, cosa que de vez en cuando desmiente la taquilla. Cuando se estrenó Percy Jackson y el ladrón del rayo no dejó de parecer una peliculita entretenida y simpática, nada del otro mundo, que logró unos muy buenos resultados económicos (226 millones en todo el mundo, por los 95 de su presupuesto), así que la secuela parecía inevitable. Estar basado en una serie de libros garantiza material para seguir produciendo filmes de Percy Jackson. El segundo, Percy Jackson y el mar de los monstruos, vuelve a repetir simpatía y simpleza, mejorando en algunos aspectos a su predecesora y confirmándose como una agradable aventura juvenil sin demasiadas pretensiones.

Lo bueno de una película como Percy Jackson y el mar de los monstruos, más después de haber visto ya la primera entrega, es que es tan sincera en su planteamiento que acaba por entretener con bastante facilidad. Sin duda, no todo el mundo disfrutará de la misma manera del habitual reparto juvenil (bien sobre todo Logan Lorman y Alexandra Dadario, por encima del afortunadamente recortado papel del secundario cómico Brandon T. Jackson) con el consabido toque de veteranía (con todo el cariño y el respeto a esta película, Stanley Tucci da la sensación de aceptar ya todo lo que le ofrecen), de unos logrados pero muy digitales efectos visuales y del tono aventurero amable que propone. Pero, aún así, todo funciona con bastante corrección, desde el más oscuro prólogo hasta el final de sus muy bien ajustados 106 minutos, en los que el 3D nuevamente vuelve a mostrarse como una moda pensada para sacar más dinero de la taquilla... y parece que funciona, porque este segundo Percy Jackson, estrenado el 7 de agosto en Estados Unidos, ya supera en recaudación a su presupuesto.

El gran pero de la película está en que, si bien la primera de la saga aguantaba de forma individual y tenía un cierre más o menos claro, ésta se sustenta demasiado en el deseo de querer ser una saga, pecado que afecta a tantos títulos que ya es otra moda más (y que dejó colgadas, por ejemplo, sagas como Eragon, Soy el número cuatro o La brújula dorada). Muchas referencias a la película con la que arrancó y sobre todo un final muy abierto... que en realidad es casi más apetecible que el largo prólogo a una historia más larga en que se convierte la segunda entrada (una sensación similar a la que, aunque de otra forma, dejaba la escena postcréditos de Lobezno inmortal). El otro problema de Percy Jackson y el mar de los monstruos es uno en el que suele caer con facilidad la ficción contemporánea. Tal es el deseo de mostrar las heroicidades del protagonista de la película que acaba por minimizar la gran amenaza que se quiere construir durante todo el filme y en especial en una gran secuencia animada que, desde otro tono y un color diferente, recuerda a aquella otra secuencia animada de la primera parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte.

Lo que se agradece de Percy Jackson es que, con el acostumbrado toque cómico, sí hay un respeto a la mitología en la que se basa. No importa que se trate de una película juvenil, no es idiotizante. En sencilla y en ocasiones incluso simple, pero se deja ver con agrado. Incluso es una película que presta atención al desarrollo de los personajes, aunque sea una de las esferas en las que se hace con sencillez y tocando algunos tópicos moralizantes, pero al menos evidencia que no está todo puesto en mostrar protagonistas adolescentes (notable, por cierto, la conjunción del reparto, de edades más diferentes de lo que parece y que siguen encajando en sus personajes) y en unos aparentes efectos visuales. Hay una historia, hay unos personajes y, sobre todo, hay una puerta abierta a la próxima secuela, que, insisto, apetece por el escenario con el que deja el final de Percy Jackson y el mar de los monstruos. Y no destacar un detalle más sería imperdonable: ojo al pequeño papel de Nathan Fillion y su memorable chiste privado sobre las series de televisión.

lunes, septiembre 16, 2013

'La gran familia española', tan divertida como incompleta

La gran familia española, el nuevo título de Daniel Sánchez Arévalo, es mejor comedia que película. Es buena comedia porque divierte, tiene muchos puntos divertidos, personajes simpáticos, chistes logrados y escenas que provocan risas con facilidad. Pero como película está mucho más lejos de cumplir lo que se podría esperar de ella, porque el guión no es ni mucho menos redondo. La historia familiar que se esconde tras la sucesión de sketches parece algo desdibujada a ratos y, sobre todo, falla en lo que ha basado su campaña de márketing: la inclusión de la final del Mundial de fútbol de Sudáfrica de 2010, la primera que jugó la selección española. Está en la película, se ven los momentos más destacados de aquel partido, sirve para algún que otro enredo, pero no concuerda en demasiados momentos ni emocionalmente ni tampoco temporalmente. Da la impresión de que eso se podría haber solucionado con un par de vueltas más al guión, pero la apuesta es evidente: risas rápidas y efectivas. Y eso, a pesar de incluir algún tópico del cine nacional como el por lo visto obligado desnudo de las actrices más jóvenes, sí lo consigue.

Sánchez Arévalo utiliza una premisa sencilla pero enrevesada: Efraín (Patrick Criado) y Carla (Arancha Martí) van a casarse el día que ella cumple 18 años. Y es, casualidades de la vida, el mismo día que a la selección española de fútbol se le ocurre llegar a la final de un Mundial por primera vez en la historia. La boda se celebra en la finca del padre de Efraín (Héctor Colomé) y servirá para reunir a los cinco hijos de la familia: Adán (Antonio de la Torre), Benjamín (Roberto Álamo), Caleb (Quim Gutiérrez) y Daniel (Miquel Fernández). Adán tiene además una hija, Fran (Sandy Gilberte), que es la más futbolera de toda la familia e incluso quiere ir a la boda con la camiseta de la selección. Carla, que aparece embarazada, va a la boda con su hermana melliza, Mónica (Sandra Martín), que siempre ha estado enamorada de Efraín. Y también está Cris (Verónica Echegui), tía de Carla, actual novia de Daniel y ex de Caleb, hasta que éste, médico, decidió dejarlo todo y marcharse a África como voluntario durante dos años en los que no dio señales de vida.

¿Y dónde encaja ahí el partido de la selección? Ese es uno de los problemas de la película, encaja poco. Es verdad que sirve para algún momento gracioso pero pierde protagonismo rápidamente para recuperarlo únicamente al final por motivos que cualquier futbolero (y es de suponer que la mayor parte de los no futboleros) ya saben. Al margen de si es una película más cercana a Gordos o a Primos, las dos comedias anteriores de su autor, la apuesta de Sánchez Arévalo no está en realidad en la construcción de una historia redonda. Le importa más provocar risas en el momento que reflexiones después. Es ésta una historia ligera, simpática, enrevesada como tiene que serlo la comedia, pero mucho más intrascendente de lo que podría parecer o de lo que la historia podría haber dado de sí. Dentro del terreno de la comedia, lo mejor lo protagoniza con mucha diferencia Roberto Álamo, el hermano con un ligero retraso mental, que muestra una química envidiable con Antonio de la Torre, o el cameo continuado y prácticamente sin diálogo de Raúl Arévalo.

No es que La gran familia española engañe en su planteamiento. Desde el principio queda claro que va a ser una comedia de corte alocado e inverosímil en muchos de sus planteamientos. Aceptando eso, hay que insistir en que las risas están aseguradas. Pero viendo la película sorprende que en el guión de Sánchez Arévalo cueste identificar alguna relación entre los personajes (se tarda mucho, por ejemplo, en averiguar que Carla y Mónica son mellizas) o entender algún movimiento de los personajes (Adán y la caja fuerte). Y es una pena, porque la introducción de la película, con una espléndida referencia cinéfila de base y una muy divertida escena con niños, hacía pensar que la película podría volar más alto. Con todo, cumple con lo que promete. Es muy graciosa a ratos (enorme la muy bien montada conversación doble de las familias con los novios por separado) y es simpática en todo momento. Nada del otro jueves, pero las risas sí están aseguradas, incluso sin conectar demasiado con la comedia española o sin tener interés alguno en el fútbol y el partido que sirve de excusa a la película.

viernes, septiembre 13, 2013

'Asalto al poder', la Casa Blanca de cristal pasada por el rodillo de Roland Emmerich

Asalto al poder es la segunda entrega hollywoodiense de los destrozos cinematográficos veraniegos de la Casa Blanca, tras Objetivo: la Casa Blanca. Y si aquella ya parecía un remedo de Jungla de cristal, la visión de Roland Emmerich es todavía más deudora del mítico filme de John McTiernan protagonizado por Bruce Willis. Pero, claro, que Emmerich sea el director, y a pesar del paréntesis que supuso Anonymous en su filmografía, obliga a que esta versión de la captura de la residencia del presidente de los Estados Unidos esté tapizada de explosiones, disparos y peleas sin fin, y salpicada con un patriotismo exacerbado. Nada nuevo. Quizá en otra época hubiera tenido más gracia, pero hoy en día ya no convence el tono cómico, no hay especial química entre los actores y salvo algún que otro momento rescatable la película se convierte en un difícilmente aprobable batiburrillo de acción en el que los planos más espectaculares parecen sacados de un videojuego y el desarrollo del filme directamente del manual que imponen los expertos de márketing.

No hay en el guión de James Vanderbilt o en la dirección de Roland Emmerich ningún intento de esconder que esto es lo que podría haber sido una secuela de La Jungla en la Casa Blanca. Hasta Channing Tatum, un buen héroe de acción con experiencia en esos zapatos, acaba con la camiseta de tirantes blanca tan característica de John McClane. Pero a la película le falta todo el encanto de aquella. La ecuación es sencilla: Asalto al poder no ofrece nada nuevo, ni dentro del cine de acción ni tampoco dentro de la vertiente que toca. Objetivo: la Casa Blanca no sólo llegó primero sino que saca más partido al planteamiento que propone. Dentro de la más absoluta inverosimilitud por la que apuestan ambas, la idea de aquella es mucho más coherente que la de Vanderbilt y Emmerich, que cae en elementos patrioteros que fuerzan demasiado la credibilidad que el espectador está dispuesto a sacrificar, en manidos tópicos, en diálogos incomprensible aunque esperadamente cómicos y la única sorpresa es un absurdo giro final.

Desde que sorprendió con la notable Stargate, Emmerich cumple en sus espectáculos pirotécnicos con una máxima evidente: sus películas no son buenas, pero tampoco aburridas. Asalto al poder no lo es. Ni buena, ni aburrida. El disfrute lo marcará la altura del listón que ponga cada espectador. El mayor mérito del que puede presumir el filme es su ritmo y es por eso que nunca cae en el aburrimiento. Pero será cada espectador el que decida cuán molesto le resulta que los efectos especiales supuestamente más espectaculares parezcan impropios de una película de gran presupuesto. O las bromas en medio de la acción, como que el presidente de los Estados Unidos (un Jamie Foxx que parece fuera de lugar en más de un momento) reproche a un terrorista que le toque sus zapatillas de Jordan. O que tenga que haber una niña a la altura del mayor héroe de acción. O que dentro de un reparto a priori imponente sólo Richard Jenkins ofrezca algún momento de sutileza interpretativa. Puede que James Woods también se merezca algún elogio por su primera media hora, pero el resto, hasta los 130 minutos, acaba contagiando a su valoración.

No es que estos detalles puedan sorprender teniendo en cuenta el nombre del autor de la película. Y es que Roland Emmerich es un director que está más allá de la decepción porque son muchos años ofreciendo exactamente lo mismo en contextos diferentes. Tanto da que sea la Tierra invadida por alienígenas en Independence Day, Nueva York arrasado por Godzilla o el mundo amenazado por las profecías mayas sobre su destrucción en 2012. El cine de Roland Emmerich es evidente y fácilmente anticipable. Así que nadie se puede sorprender, después de haber pagado su entrada (menos aún después de ver el trailer), que Asalto al poder ofrezca algo más de dos horas de explosiones, banderas, héroes rocosos, chistes fáciles y tópicos del cine de acción de acción. Si es que hasta se permite el lujo de autoreferenciarse con su destrucción, entonces sí original, de la Casa Blanca en la mencionada Independence Day. Para bien y para mal, es puro Roland Emmerich. Con Channing Tatum disfrutando metralleta, pistola y cuchillo en mano y con muchas explosiones a su alrededor. ¿O acaso alguien esperaba otra cosa?

lunes, septiembre 09, 2013

'Riddick', vuelve el hombre

Riddick, el hombre, vuelve. Y lo hace nada menos que nueve años después de la segunda película de su saga, Las crónicas de Riddick, y trece después de la primera, Pitch Black. Puestos a buscar semejanzas, Riddick, que así se titula muy acertadamente la película, se parece más a la original y de hecho recoge un gancho argumental que justifica al menos uno de los personajes de esta tercera y ¿última? entrega. Volvamos a lo del título, Riddick, el nombre del protagonista. Es justo eso. Porque no hay una verdadera historia detrás. La película es Riddick. Y, ojo, no se convierte en algo negativo porque David Twohy encuentra el tono adecuado para casi todas las partes de la película, absorbiendo referencias de otros títulos y de su propia saga hasta componer una atractiva aventura de ciencia ficción sucia y moderna, con ritmo y con buenos momentos visuales que esconden las pequeñas lagunas del guión e, insisto, que lo que cuenta está lejos de ser trascendente y es más bien un episodio casi introductorio, o subsiguiente, de una historia mayor.

Y es que la historia de la película es sencilla. Riddick está en un planeta desconocido porque alguien que tarda en revelarse le ha llevado allí, tiene que luchar por su vida e idear un plan para salir del planeta. Eso es todo. Por supuesto, hay cazarecompensas ávidos de sangre, criaturas aún más ávidas de sangre y un Riddick que reparte golpes y ataques a diestro y siniestro esté o no ávido de sangre. Vuelvo a insistir en que esto no es un menosprecio sino un elogio. El motivo es muy sencillo, Riddick entiende lo que es, lo que quiere ser y lo que puede llegar a ser, y encuentra un buen punto de equilibrio entre esas tres posibles definiciones, saltándose por completo la estructura clásica de tres actos para sencillamente definir al personaje, primero en solitario, después en ausencia y finalmente en compañía. Vin Diesel, por mucho que esté lejos de ser lo que muchos considerarían un buen actor, hace también que el entramado funcione porque se fusiona admirablemente con su personaje. ¿Sencillo? Puede ser. Pero sin duda efectivo.

Es casi un tópico que una película de estas características tenga agujeros en el guión. Riddick los tiene, desde cuestiones absurdas e incongruentes de su propio planteamiento a decisiones de los personajes que es imposible entender. Pero dejando de lado esas cuestiones, que en el cine de entretenimiento acaban por quedar a un lado si el espectáculo es decente, lo cierto es que estamos ante una película más que solvente. Cien por cien culto al héroe (no tan héroe, pero por entendernos), bebiendo por momentos de Aliens, de James Cameron, o de La cosa, de John Carpenter y demostrando con una espléndida fotografía que el 3D es un mecanismo absolutamente superfluo cuando se sabe crear profundidad de campo con el 2D. Y Twohy sabe, o al menos aquí lo demuestra sin complejos, hasta el punto de que convierte al planeta en un personaje más, que hace lucir tanto el diseño de producción como los efectos visuales.

No hay en Riddick grandes pretensiones filosóficas, pero entender que es puro cine de entretenimiento permite un disfrute espléndido de esta película. Y también porque el reparto ayuda a construir una atmósfera especial, muy propia de la faceta más gamberra del cine de ciencia ficción. Especialmente Katee Sakhoff (conocida por su papel en la serie Battlestar Galactica), Jordi Mollà (aunque le pierde en parte su acento en inglés) y Matt Nable encuentran el tono perfecto para complementar la frialdad agresiva de Riddick. Puede que el arranque sea algo demasiado largo y eso provoca que la película se estire hasta las dos horas, pero el entretenimiento está garantizado, con la que probablemente sea la mejor entrega de esta ya trilogía de Riddick.

viernes, septiembre 06, 2013

'Cruce de caminos', un notable viaje sin final

Tarea compleja la de hablar de Cruce de caminos (nada que ver con la interesante película de 1986 que recibió en España el mismo título, con Ralph Macchio como protagonista). Lo es, en primer lugar, porque cualquier aproximación a su sinopsis acaba por desvelar buena parte de su argumento, en especial el de la primera de las tres partes en que divide el filme Derek Cianfrance, su director y coguionista. Pero también precisamente por el trabajo de Cianfrance. Porque la película impacta, emociona y sorprende en muchos momentos, de una forma similar a como lo hacía su anterior trabajo, Blue Valentine, pero del mismo modo le falta un cierre claro, un síntoma de que efectivamente está contando una historia con un objetivo claro. Temas tiene muchos, y escenas notables e incluso mejores unas cuantas. ¿Pero cuál es el auténtico mensaje de la película? Eso es lo que no termina de definir. Y eso, a pesar de que una vez más consigue notables intepretaciones y de que rueda admirablemente bien, es lo que le aleja de una película sobresaliente.

Sin revelar mucho más sobre su argumento, estamos hablando de un drama. Duro y complejo, aunque su estructura se va viendo venir con cierta facilidad, en especial desde el final de la primera de las tres partes en que está dividida. Como en Blue Valentine, el peso de la historia reside en los actores, aunque es cierto que Cianfrance sí muestra una más que interesante evolución como director con respecto a aquella. Deja una marca interesante enfatizando la soledad de los personajes con planos por detrás de ellos, algo agotadores cuando se ciñe al busto (en la primera secuencia, con Ryan Gosling, tiene una explicación evidente, más adelante el recurso se repite demasiado; a Darren Aronofsky en El luchador ya le había sucedido algo parecido) y muy hermosos cuando los emplea para seguirles en carretera. E indudablemente se reinventa con sumo acierto en la escena de persecución que pone fin a la primera pieza del filme, rodada con cámara en mano y un pulso narrativo que para sí quisieran especialistas del género.

Su ritmo es lento y pausado. Eso será para algunos uno de los méritos de la película y para otros su principal defecto. Sin duda, es la explicación a los 140 minutos que dura, a la ambición que planea sobre la película y también, probablemente, una de las causas de que el final de la tercera parte no logre del todo el efecto deseado. Puede que sea algo muy personal, pero flota en el ambiente la sensación de que la película podría haber acabado de cualquier manera, lo que limita el alcance emocional que sí busca descaradamente Cianfrance. Otro de los elementos asociados a ese ritmo lento es la intepretación de Ryan Gosling, que empieza a repetirse demasiado. Con oficio, generando empatía y con alguna escena memorable (la de la iglesia, contenida pero brutal), sí. Pero corriendo ya el peligro evidente de que se fundan sus diferentes personajes, disociándose de la película. Bradley Cooper, en cambio, convence siempre y se confirma como un espléndido actor.

Cruce de caminos (enigmático título original el de The Place Beyond the Pines, traducción del nombre indio de la localidad en que transcurre la película) es un drama notable que se queda en el camino de ser sobresaliente por la falta de un final a la altura de lo mostrado o por desaprovechar algunas oportunidades, como las que daban los personajes femeninos de la película, reducidos por momentos a simples excusas argumentales (más en el caso de Rose Byrne que en el de Eva Mendes). Lo notable va apareciendo con mucha frecuencia en la película. La espectacularidad de los escenas de acción de la primera parte, los debates morales que se plantean en la segunda, la impagable aparición de Ray Liotta y parte de las intenciones que se atisban en la historia circular, aunque quebrada, que plantea Cianfrance. Un director, por cierto, sin mucha suerte en España. Blue Valentine llegó con más de dos años de retraso, y Cruce de Caminos se vio en el Festival de Toronto hace justo un año. Sus películas llegan tarde. No es que eso impida valorarlas adecuadamente, pero sí abre la puerta a que se vean de otros modos, a un lado u otro de la Ley.

miércoles, septiembre 04, 2013

'Epic. El reino secreto', a un paso de la grandeza

Hay películas que se quedan a un paso de ser algo más grande. Epic. El reino secreto es una de ellas. Porque es evidente que funciona como entretenimiento juvenil, que tiene un hermoso diseño de producción que realza los elementos de corte más fantásticos y que cuenta con una animación más que solvente, en la que incluso se intuye un uso atractivo del casi siempre tan superfluo 3D. Pero al conjunto final le falta algo de fuerza, una garra que pide a gritos por momentos, quizá algo de épica, puede que una personalidad propia, como la que suelen conseguir los productos de la imbatible Pixar, que no beba tanto de las fuentes más conocidas (la influencia de Star Wars, por mucho que moleste a algunos, sigue siendo innegable en buena parte de la fantasía contemporánea). Eso no es más que un reproche de máximos, porque lo que ofrece Epic es un sincero, gozoso y accesible entretenimiento para todos los públicos, que respeta la inteligencia del espectador sin olvidar su principal objetivo: fascinar a los más pequeños, deseosos siempre de mundos de fantasía que llenen sus sueños.

Chris Wedge, responsable de la primera Ice Age y de la algo anodina Robots, busca un doble equilibrio. Por un lado, la historia realista y la fantástica. La primera es la de una adolescente que, tras la muerte de su madre, tiene que ir a vivir con su padre, en una aislada y algo destartalada casa de campo. La incomunicación y la confianza son los temas clásicos que se exponen en esa parte, no sin cierta brillantez y con apenas una simple escena de diálogo, cuando cineastas reputados necesitan películas enteras, y no precisamente de animación, para conseguir resultados parecidos. La segunda es la clásica lucha entre el bien y el mal, con un trasfondo ecologista, que se produce entre los Hombre Hoja del bosque y sus enemigos, los boggans. En esa parte destaca mucho más la imaginería visual que la inventiva de los guionistas, pues pasado el efecto inicial es fñacil detectar en la composición de los personajes una mitología previa que Epic se limita a adaptar, el aguerrido guerrero, el joven rebelde, la hermosa reina... y los secundarios cómicos, en la piel de una babosa y un gusano, por qué no decirlo de lo más divertido de la película.

La parte buena de Epic está precisamente en que el uso de los elementos más previsibles en una película de estas características es más que correcto. Funcionan muy bien la comedia, el drama y la aventura. El diseño de los dos mundos, y de los submundos que compone el de fantasía, están muy logrados, y hay algunos hallazgos más que interesantes, en especial la diferente velocidad a la que se mueven el mundo real y de los diminutos seres que protagonizan la película, porque esto es lo que permite algunas de las secuencias mejor hechas y los momentos más emocionantes. Hay que destacar también el valor de la película en algunos aspectos, como la inusual tara física del perro que aparece (siempre hay que agradecer que los dibujos animados contribuyan a hacer cotidiana la diferencia), el delicado y digno trato a la muerte que ofrece su guión. Y la aventura, porque siempre se agradece una película que meta al espectador en una misión con todo en contra en la que hay que salvar el mundo. Pero, insisto, no termina de dejar mejor sabor de boca por algo tan sencillo como la falta de personalidad.

No es éste un problema tan grave, ni mucho menos, como para descalificar la película, probablemente de lo mejor que se haya estrenado en el campo de la animación y el cine familiar en lo que llevamos de año. Pero sus intentos de ser algo diferente se quedan en detalles y el conjunto no termina de ser tan arrollador como podría haber sido con los mimbres de que se disponían. Quizá no sea más que una cuestión de expectativas, pero sí parece evidente que Epic no está a la altura de los grandes clásicos de Disney o Pixar pero, al mismo tiempo, se convierte en una fantasía animada que, aunque un peldaño por debajo, no se queda tan lejos de la más conseguida Ga'Hoole. La leyenda de los guardianes. En cualquier caso, y aún pensando en que hace un par de décadas Epic podría haberse convertido en un clásico, siempre da gusto que el cine de animación explore estos mundos, desde una mirada pensada para los más pequeños pero sin desdeñar un público adulto. Así lo indica el gran reparto de voces reunidas en la versión original (Amanday Seyfried, Josh Hutcherson, Colin Farrel, Christoph Waltz o Beyonce) o la intensa banda sonora de Danny Elfman. Recomendable en cualquiera caso.

lunes, septiembre 02, 2013

'Cazadores de sombras. Ciudad de hueso', tan trepidante como fácil e incompleta

El éxito de una película lleva a los estudios a buscar sucesores de forma inmediata. Cuando Crepúsculo se convirtió en la moda, surgieron docenas de intentos de crear sagas de éxito juvenil, del mismo modo que sucedió, por ejemplo, con Harry Potter. Cazadores de sombras, con sus seis novelas, era un título perfecto para que Hollywood se lanzara a su adaptación más pronto que tarde, porque da, fácil, para siete película (la última, doble, por supuesto). Ciudad de hueso, la primera entrega, es trepidante, tiene un ritmo altísimo, y eso hace que sea una película que no aburre en ningún momento. Pero lo negativo es que todo tiene una disposición sumamente fácil, todo se va anticipando con suma sencillez en un guión que no se aleja de lo esperado, docenas de situaciones quedan sin explicar o, quizá, demasiado resumidas para adaptar al completo las casi 500 páginas del libro de Cassandra Clare en que se basa. Y al final, todo esto confluye en dos conclusiones. La primera, que entretiene por encima de su nivel real. La segunda, que pensarla afecta negativamente a su valoración.

Hay en Cazadores de sombras. Ciudad de hueso un sincero intento de no caer con demasiada facilidad en las garras de Crepúsculo, con todo lo bueno y malo que pueda tener eso para sus seguidores y detractores, y a fe que lo consigue durante casi toda la película, a excepción por supuesto de la pastelosa escena obligatoria desde que las películas, al menos algunas, se hacen pensando en estudios de mercado. El gran mérito de Harald Zwart (director del remake de The Karate Kid, La Pantera Rosa 2 o Superagente Cody Banks, que nadie espere por tanto una pieza de artesanía) está en el endiablado ritmo de la película, a pesar de los incontables cabos sueltos, las situaciones inexplicadas o incluso momentos que uno no sabe muy bien por qué están ahí. Como de costumbre, se intuye que la respuesta es porque está en el libro, aunque lo más probable es que sus seguidores en papel encuentren miles de diferencias entre la novela y su adaptación cinematográfica.

Ese ritmo tan alto, presente prácticamente desde la primera escena, permite la enorme mezcla de mitología de fantasía que hay en la película y es lo que diferencia a ésta de las muchas otras que siguen un patrón fijo: chavales de moda (o aspirantes a serlo) como protagonistas, veteranos para dar prestigio al reparto, fantasía urbana y locales de moda, la vida de una joven protagonista que se ve alterada por completo por la irrupción de seres extraordinarios, una o varias sociedades secretas, un misterio que resolver y, por supuesto, una historia de amor que afecte al menos a tres personajes. Visto una y mil veces, con influencias que es mejor no detallar para no estropear algunos de los giros argumentales de la película (y eso que dan ganas de insistir en la imperecedera influencia de...). Lo molesto, en todo caso, no está en el planteamiento, que tiene su público, sino en que todo parece dispuesto para que ese público no tenga que utilizar ni una sola neurona. Todo se va anticipando un par de escenas antes de que suceda, y muchos detalles que se verán en la secuela, ya anunciada, están ya adelantados aquí.

Y no se trata de dejar cabos sueltos para las siguientes entregas, lo que ofrece esta primera entrega de Cazadores de sombras es una retahíla inagotable de elementos dispersos, que dejan incompleta la historia en demasiados aspectos. Incluso los personajes cambian de idea con una facilidad y una ausencia de explicaciones que parece sorprendente. Como el ritmo elevado es el mejor arma del filme, el epílogo es donde más se nota esa carencia, porque tras el clímax los personajes desaparecen sin más, las explicaciones de lo sucedido brillan por su ausencia y todo viene a dar un poco igual porque se ha conseguido el objetivo esencial: que los chicos jóvenes dejan su impronta de guapos (incluso con motivos vergonzosos como el que esgrime el guión para que Lily Collins lleve un vestido corto en una de las escenas), que Jonathan Rhys Meyers actúe de villano con cierto interés, que los efectos visuales y la creación de la fantasía sean resultones y que los 130 minutos que dura la película se pasen sin haber aburrido a nadie. Eso lo consigue. Pero, insisto, irse deteniendo en los detalles (como lo de Bach y la sospechosa presencia de pianos por todas parres) va destrozando tantos elementos del filme que es mejor no pensarlo.