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viernes, marzo 24, 2017

'Redención', Gyllenhall el boxeador

A pesar de que Redención llegue a España con casi dos años de retraso con respecto a su estreno americano o de que sea uno de los últimos trabajos de James Horner antes de su muerte accidental, la mejor razón para ver la película de Antoine Fuqua, que no es la última ya que aquí hemos visto ya la que hizo después, su remake de Los siete magníficos, es la interpretación de Jake Gyllenhaal. Viendo la carrera del actor, siempre buscando retos, casi pareced un paso lógico que se haya decidido a dar vida a un boxeador, algo que aúna sus dotes nada contradictorias para la contención y para la intensidad. Su retrato de Billy Hope, un boxeador al que conocemos en la cima, al que vemos descender a los infiernos y al que seguimos en su camino por recuperar lo que es suyo, es muy atractivo, complejo y sugerente. Es, con diferencia lo mejor que tiene que ofrecer una película que acepta los tópicos y no combate contra ellos.

Fuqua, de hecho, adopta el camino fácil. Funciona, porque el boxeo sigue siendo el deporte que mejor luce en la gran pantalla, incluso aunque los potenciales espectadores jamás hayan mostrado interés alguno por ver un combate en la vida real, pero eso no impide que sea fácil, porque maneja todos los tópicos posibles que ya hemos visto en muchas películas de esta naturaleza, y que hace que su devenir sea algo previsible. Eso lo compensan Gyllenhaal, un Forest Withaker espléndido cuando encuentra un personaje a su altura y no se deja llevar como le sucedió en Rogue One, una magnífica Rachel McAdams que aporta como siempre una naturalidad impresionante o una bastante interesante Oona Laurence, que dando vida a la hija del boxeador protagonista se suma con bastante facilidad al drama que busca la historia.

Queda claro, con lo dicho, que el principal valor de Redención está en sus intérpretes, que son los que consigue que la película sea algo más de lo que luce en el guion o con la realización de Fuqua. Y no porque haya grandes fallos en la cinta, que en realidad no los hay, pero porque se echa en falta algo de riesgo. Porque en las dos horas que dura la cinta vemos lo mismo de siempre. Con la misma eficacia de siempre, pero buscando las mismas emociones de siempre, con personajes arquetípicos, desde el propio protagonista hasta su entrenador y sus normas, pasando por supuesto por el rival que lo es a nivel personal o el promotor que quiere sacar tajada de un drama personal. Todo suena a visto. Y sí, se acepta. Pero resulta curioso que Fuqua, que triunfó sacando de la zona de confort a personajes arquetípicos en Training Day ahora se conforme con menos y, en realidad, desaproveche un espléndido trabajo actoral para que su cinta sea algo más que un tópico bien hecho.

El caso es que, aún así, Redención se deja ver bastante bien, porque la temática es siempre atractiva, tanto por el lado de los combates, bien rodados por Fuqua para que la personalidad de su boxeador protagonista se manifieste dentro del ring, como por la faceta más humana, que es la que construyen con facilidad los actores. Gyllenhaal a la cabeza, ahí es donde el disfrute de Redención se multiplica. Lo malo es que no hay sorpresas, ni siquiera en el pretendidamente emocionante final de la película, por supuesto un combate final entre el héroe redimido y un villano que en realidad no lo es tanto y al que se le da ese papel de una manera bastante artificial. Al menos la cinta mantiene más que vigente la tradición del boxeo como deporte por excelencia del cine, y queda como una de esas curiosidades a rescatar por el amplio retraso con el que llega a España, casi dos años con respecto a su estreno americano.

viernes, enero 16, 2015

'V3nganza', "ya está, vamos a emborracharnos"

No hay por donde coger V3nganza, tercera entrega de las aventuras de Bryan Mills, el protagonista de esta saga amparada por Luc Besson (y bien que se nota, pero para mal). Eso es importante dejarlo claro desde el principio. Ahora bien, deja un ejercicio interesante, y es el de interpretar un sinfín de diálogos de la película que podrían actuar como titulares para cualquier crítica que se le pueda hacer. Estas líneas están encabezadas con el "ya está, vamos a emborracharnos" de uno de los personajes tras cumplir una de sus misiones porque evidencia lo que supone esta película, un intento de sacar dinero fácil como consecuencia del seguramente inesperado éxito de las dos cintas anteriores, sobre todo de la segunda por sorprendente que parezca. Y como el reclamo es que se trata del episodio final (¿seguro?) de esta saga protagonizada por Liam Neeson, ¿qué más da que el guión sea manido y horrible, que haya tantísimos errores de continuidad, que haya escenas que no se sabe qué pintan o que el filme no remonte ni con la acción?

Conocidas ya las dos anteriores Venganza, tampoco es que las expectativas estuvieran demasiado altas, eso también hay que reconocerlo. Pero el resultado final es mucho más pobre de lo esperado. Se podía asumir que Besson, coautor del guión junto a Robert Mark Kamen como en las dos entregas precedentes, iba a incidir en los mismos temas de siempre y que las cuestiones familiares marcarían el arranque de la película, con la esperanza de que todo se arreglara cuando Liam Neeson se pusiera a pegar tiros, puñetazos y patadas. Pero no, ni siquiera eso, porque Olivier Megaton, autor de la también bessonizada y aburrida Colombiana, apuesta por un montaje machacón y videoclipero en la peor de sus consideraciones, lo que se siente con mayor fuerza en las persecuciones automovilísticas. Si acaso, cuando sí se aprecia con algo más de calma a Liam Neeson en pantalla, se puede intuir una levísima mejoría, más producto de las ganas de ver algo decente que de lo que realmente se ve.

El principal problema, no obstante, está en el horrendo trabajo de guión, que lastra todo lo demás. Parece que se da por sentado que, siendo una secuela o contando con algún nombre conocido, todo vale. Y no. Hay tantas incongruencias en la película ("mi prioridad es mi hija", dice Mills antes de la escena final en la que... mejor verlo) como fallos de raccord (¿dónde están las dos mujeres que acompañan al malo exótico, es decir ruso, antes del clímax?), y por si faltaba algún elemento para terminar de arruinar un guión ya de por sí bastante pobre llega esa impresionante cantidad de frases que el sufrido espectador puede usar para calificar la cinta, desde el "por ahí vas por mal camino" (la respuesta a esta línea, "eres demasiado pesimista" es casi una broma privada para el espectador) hasta el "no entiendo nada". Hay unas cuantas. Y sí, quedan Liam Neeson, Famke Janssen o Dougray Scott para alegrar el visionado, pero es que no tienen ni la más mínima opción de levantar la película.

Venganza fue una película simpática que instaló definitivamente a Liam Neeson en este subgénero propio en su filmografía en el que empuña una pistola y es el salvador del día en thrillers de distinta calidad (la mejor muestra fue precisamente la última, Caminando entre las tumbas), y eso provocó una secuela que, al margen de su exótico escenario, supuso un importante bajón de calidad que, paradójicamente, la taquilla recompensó con una recaudación aún más impresionante. La tercera película es, directamente, su acta de defunción, al menos la cinematográfica porque queda la sensación de que también hará dinero a pesar de sus inmensos problemas. Da mucha pena ver a profesionales respetables formando parte de despropósitos así, en los que todo es tan rocambolesco y discutible que casi se convierten en comedias involuntarias, partiendo desde el exagerado uso de una música que no encaja nunca con la película al disparatado montaje que no ayuda en nada a la narrativa. Siendo V3nganza tan mala, sólo queda implorar que no haya una Venganz4. Pero es para temerse lo peor.

lunes, octubre 14, 2013

'El mayordomo', un gran protagonista en una película que sabe a poco

No hace falta profundizar mucho en las características de El mayordomo, incluso antes de verla, para deducir que es una película con intenciones de ser grande y de conseguir premios. Lee Daniels, sorprendentemente encumbrado con la sobrevaloradísima Precious, ofrece un fresco histórico de casi todo el siglo XX en Estados Unidos a través de un mayordomo negro de la Casa Blanca. Precisamente por esa vocación de llegar a todas partes, acaba ofreciendo demasiado poco de todo. Pinceladas, momentos muy buenos, otros no tan buenos y un gran actor protagonista, Forest Withaker. Pero el gran problema que tiene la película, además de un final simple y propagandístico, es que nunca llega a emocionar. Es más atractivo el impresionante reparto que va desfilando por la pantalla o la caracterización de los diferentes inquilinos de la Casa Blanca que el drama racial que subyace en esta historial real. Y eso acaba por minimizar demasiado el impacto de una película que cumple con lo esperado en el cine de Daniels.

El principal aliciente de El mayordomo es, paradójicamente, su mayor defecto. La película es un continuo carrusel de personajes, con el eje principal del presidente de los Estados Unidos, empezando en Eisenhower y finalizando en Ronald Reagan. Todos esos años son los que Cecil Gaines (Forest Whitaker) sirvió como uno de los mayordomos de la Casa Blanca. Y es ese desfile de presidentes uno de los aspectos que más se disfruta. Robin Williams como Eisenhower, James Marsden como Kennedy, Liev Schreiber como Johnson, John Cusack como Nixon y Alan Rickman como Reagan. Y aún más, las primeras damas: Minka Kelly como Jackie Kennedy y Jane Fonda como Nancy Reagan. Pero el desfile de actores no acaba ahí: Mariah Carey en un extraño papel como la madre de Cecil, Vanessa Redgrave como la mujer que convierte a Cecil de niño en un criado doméstico, Cuba Gooding Jr. y Lenny Kravitz como otros mayordomos de la Casa Blanca, y con Oprah Winphrey interpretando a la mujer de Cecil y Terrence Howard a un amigo y vecino.

Muchos nombres, muchas caras, muchos personajes, muchos temas y poca concreción. Porque la película va oscilando entre un drama racial (en un tono diametralmente opuesto al de Criadas y señoras pero con objetivos similares), una historia personal (la de Cecil con su propia familia, sus dos hijos, su mujer) y un relato histórico (incluyendo no sólo a la élite política que ocupaba la Casa Blanca, sino también a Martin Luther King). Y, claro, hay momentos muy logrados y otros bastante menos trascendentes en cada una de las historias que quiere mezclar Daniels. Por eso, el resultado acabo siendo tremendamente irregular. La entrada y salida de los actores y personajes animan el resultado, pero sólo cuando aparecen. No se termina de percibir una homogeneidad en su conjunto porque Daniels repite técnicas (el montaje paralelo, el uso emocional de la música) y no sujeta los saltos en el tiempo suficientemente bien. Hay grandeza por momentos, pero no en el conjunto.

El mayordomo encuentra el principal problema en la sensación que deja al final. Porque sus últimos minutos rozan el panfleto político, con vías emocionales fáciles y trilladas. Y formará parte de la historia real en la que está basado el filme, pero no funciona. De alguna manera, eso se lleva por delante algunos momentos brillantes que impulsan a pensar que la película puede crecer mucho (el ataque de Ku-WinKlux-Klan, la escena de Nancy Reagan, la cena familiar en la que el hijo mayor regresa a casa). El enorme esfuerzo de Forest Whitaker, uno más en una película sustentada de una forma descarada en el personaje protagonista, es lo mejor de la película junto con las breves apariciones de tantos y tantos actores conocidos y personajes históricos. Y es una historia que pide a gritos emocionar en muchos momentos... pero no lo termina de conseguir. Es un formidable retrato histórico y es gozoso ver el trabajo, por reducido que sea, de los actores que interpretan a los personajes reales (y Alan Rickman puede ser el mejor sin problema). Pero algo falla. Y eso, siendo una película de Lee Daniels, tampoco sorprende demasiado.