lunes, septiembre 30, 2013

'Kon-Tiki', una buena aventura noruega hollywoodizada

El cine de aventuras, digamos, serio vive una cierta crisis. Tardan mucho en aparecer películas que hagan honor a lo más clásico de este género y no caigan en la vis más cómica del cine actual, víctimas de esos estudios de mercado que tanto cine rompen por la mitad. Pero entonces aparecen películas como Kon-Tiki y hay que congratularse y poner el contador a cero. Kon-Tiki es, efectivamente, puro cine de aventuras. Con cierto toque clásico, es cine noruego (la película más cara rodada en ese país) pero pasado por el tamiz hollywoodiense (quizá por eso gustó tanto a los americanos como para darle una nominación al Oscar en la categoría de película de habla no inglesa... aunque buena parte de sus diálogos son en inglés), algo que también pasa por el hecho de tratarse de la recreación de un hecho real. Está francamente bien rodada, con un buen ritmo y que gracias a dos secuencias culminantes consigue sortear los puntos bajos que hay en su segunda hora de metraje. No cabe más que calificarla como una espléndida película para recuperar la fe en su género.

Kon-Tiki narra la expedición con la que Thor Heyerdahl quiso demostrar, con la opinión contraria de toda la comunidad científica, que fueron indígenas peruanos los que colonizaron la Polinesia, recorriendo 8.000 kilómetros por mar en pequeñas embarcaciones de madera, un viaje para seis tripulantes que debía recrear las condiciones de aquellas arriesgadas travesías, sin importar el peligro de que se resquebrajara en plena travesía, que las corrientes no colocaran la embarcación en el rumbo deseado o el los tiburones que infestan esas aguas. Una hermosa aventura para recrear y disfrutar en una pantalla grande, que ya lo tiene prácticamente todo hecho con los maravillosos planos que permite un océano abierto e inabarcable, pero que Joachim Rønning y Espen Sandberg, directores de la película, coronan con hermosos e imaginativos momentos, incluso un muy original desplazamiento desde la barca hasta las estrellas y de nuevo hasta la superficie del mar, una introducción bien medida y algún flashback francamente hermoso.

Es evidente que hay en Rønning y Sandberg un gusto cinematográfico muy hollywoodiense. No es de extrañar que, en la inagotable búsqueda de talentos europeos que hacen los grandes estudios ya hayan sido fichados para continuar la saga de Piratas del Caribe tras conseguir la nominación al Oscar por este filme , por mucho que el tono de aquella franquicia y de Kon-Tiki no tengan absolutamente nada que ver. De hecho, son opuestos. Porque ellos apuestan aquí por un agradecido clasicismo, con leves toques aprovechando la tecnología actual que permiten situar esta película en la presente década. Pero más aún que el gran aspecto visual de la película, lo que funciona es su casi perfecto retrato de una obsesión. Thor Heyerdahl vive, trabaja, sueña y se esfuerza con el único fin de demostrar su teoría, eso está por encima de todo. Y aunque las obsesiones se pueden compartir, nunca alcanzan la misma medida, tiempo o intensidad en dos personas diferentes. Eso está notablemente contado en Kon-Tiki a través de todos los personajes.

Es verdad que una vez que la expedición está en marcha (aproximadamente tras el primer tercio de la película) hay momentos en los que el ritmo decae, pero eso se solventan con dos picos de intensidad brillantes, la aparición de los tiburones y el arrecife. Son dos escenas más espectaculares que culminan un viaje cinematográfico más que agradecido. El problema que puede tener es que consiga llegar al público adecuado. Porque quien normalmente puede ver cine europeo quizá no espere un filme de corte narrativo tan norteamericano y quien gusta de las películas de Hollywood probablemente no se verá demasiado tentado de ver Kon-Tiki. Su exquisito trato tanto de la aventura como del cine hacen que sea aconsejable para ambos grupos, porque no hay en el cine moderno tantos títulos de este género tan bien realizados como éste como para dejarlo pasar.

viernes, septiembre 27, 2013

'2 Guns', divertidísima buddy movie

Viendo a Denzel Washington y Mark Walhberg en 2 Guns da la impresión de que eso de la química entre actores es fácil. Ellos solitos se bastan y se sobran para hacer de esta película una de las buddy movies más divertidas, entretenidas y logradas de los últimos años, pero afortunadamente la cosa no acaba en ellos. Son de largo lo mejor que ofrece, pero Baltasar Kormákur, director islandés responsable de la olvidable Contraband, también protagonizada por Wahlberg, rueda con un entusiasmo difícil de prever viendo su anterior filme, sin estorbar lo que consiguen sus dos actores protagonistas y dándoles un espléndido marco en el que convertir esta adaptación de un cómic editado en 2007 por Boom! Studios en 109 minutos de película terriblemente gozosos que es mejor descubrir sin avances previos, sin trailers ni fotografías que dejen entrever alguna de las sorpresas que esconde un guión ágil, frenético y con chispa. Sí, es una comedia de acción, pero menuda comedia de acción, que derrocha carisma y grandes momentos.

Y es que todo pasa por la química entre Denzel Washington y Mark Wahlberg. Cuando aparecen en la primera escena, subidos en su coche setentero, con su aire chulesco y su conversación desenfadada, el espectador se ve empujado y obligado a creer que entre ellos hay una complicidad, una amistad, una relación especial, la que tienen que mostrar los protagonistas de una buddy movie. Diálogos rápidos y ácidos, gestos cómplices, una complicidad sencillamente perfecto. Ahí, ya desde la primera escena, es donde se construye el éxito de 2 Guns, porque si eso funciona da igual cómo se desenvuelva todo lo demás. Ellos hacen creíble lo inverosímil y divertido todo lo que sucede en las algo menos de dos horas que dura la película. Sin contar absolutamente nada del argumento, lo único que hay que saber antes de verla es que estos dos forman equipo. ¿Para qué? La primera escena lo aclara.

A Kormákur le queda la misión de no estropear lo que consiguen sus actores. Y lo hace, lleva la película bastante bien, filma con mucho acierto las escenas de acción, las peleas y las persecuciones sin que nada apabulle el auténtico punto fuerte del filme, la envidiable química entre Washington y Wahlberg. Incluso le proporciona un buen escenario, a medio camino entre la película fronteriza, el spaghetti western y el policíaco más contemporáneo, al que contribuyen asombrosamente bien un desatado Bill Paxton y un casi autoparódico Edward James Olmos. Entre todos ellos, sus secuaces, aliados y enemigos, son constantes las peleas y enfrentamientos, los tiroteos y los insultos, todo ello vestido con un disfraz de divertimento sincero y muy entretenido en el que no falta de nada, ni siquiera la casi obligatoria escena de desnudo (femenino, por supuesto), a cargo de una Paula Patton menos carismática que en Misión imposible. Protocolo fantasma. Gracias a todo eso, da igual lo hilarante y rocambolesco que pueda ser a ratos el guión.

2 Guns encierra multitud de detalles gozosos: diálogos, gestos, caracterizaciones, peleas... Dentro de esta alocada mezcla, un guiño divierte tanto como un retrovisor o un toro, y una propina da tanto juego como un disparo o unas tostadas. Es verdad que en torno a los dos tercios, cuando se acumulan las sorpresas y los giros de guión, la película tiene un ligero bajón, pero su enorme ritmo y la desenfadada diversión que propone solventan cualquier duda antes del alocado clímax y casi perfecto final. También es verdad que ni Denzel Washington ni Mark Wahlberg inventan nada en sus respectivas carreras, pero su química y el hecho de que su diversión rodando la película sea directamente proporcional al del espectador viéndoles compensa por completo cualquier leve síntoma de repetición. Y para rematar la faena, hay en la película un elemento que desatará las carcajadas del público español. Sobre todo del futbolero. Y seguro que Denzel Washington, Mark Walhberg o Baltasar Kormákur no entenderían una risa en ese momento concreto. Pero es una de muchas en una comedia de acción altamente recomendable.

lunes, septiembre 23, 2013

'Justin y la espada del valor', la animación española aguanta el tirón

Si cabía la posibilidad de empezar a considerar la existencia, solvencia y futuro de una industria de la animación española después del éxito de Las aventuras de Tadeo Jones, la clave tenía que ser Justin y la espada del valor. Y si aquella era un producto muy entretenido y pensado para los más pequeños, éste, apadrinado por Antonio Banderas, no se queda atrás en absoluto. Justin es una atractiva aventura medieval, quizá demasiado modernizada en cuanto actitudes y lenguaje de algunos personajes, pero muy bien animada, correcta en su desarrollo y con las clásicas lecciones de comportamiento que inevitablemente se cuelan en los productos de dibujos animados. Y como sigue una línea con muchos antecedentes, puede que le falte algo del atrevimiento que le hubiera gustado al espectador más adulto, incluso para dar algo más de protagonismo al punto de partida inicial, pero el conjunto es suficientemente satisfactorio para los niños y para los no tan niños.

¿Y cuál es ese punto de partida? Muy sencillo: los caballeros han desaparecido, han sido prohibidos por la reina y han sido sustituidos por los abogados. Sus normas agobian a la población (espectacular el gag triple de la niña en esa primera escena) y hacen de las peleas con armas algo del pasado. Quizá lo más negativo de la película, y no es en realidad un problema demasiado grande, está en que ese planteamiento no dura más allá de la escena inicial. Sí, luego queda el derivado enfrentamiento generacional entre Justin, que quiere seguir los pasos de su abuelo como caballero, y su padre, que desea que siga los suyos como abogado, pero el toque social que emana del arranque del filme no vuelve a tocarse y la película pasa a ser, sin duda de forma consciente, un divertimento infantil con los habituales toques de humor para un público más adulto. Nada que reprochar por ese lado, pero ¿para cuándo una película de dibujos animados que ahonde en temas sociales de una forma más audaz y no sólo como parte de su planteamiento?

Lo que sigue es un canon agradable en el mundo de la animación. El héroe con dudas, la chica ya nunca en apuros (Talia) que no sólo le ayudará en su misión sino que buscará su amor, el mentor (aquí mentores: Legantir el mago, Blucher el caballero y Braulio el sabio) a los que seguir y de los que aprender, el villano (Heraclio) como héroe caído y vinculado al protagonista a través de su familia y de sus sueños... El desarrollo está muy centrado en la aventura y en la comedia. Lo primero funciona a la perfección, porque las escenas están muy bien planificadas, porque la animación es espléndida y porque los personajes encajan en todo momento. Pero en la comedia no está todo tan claro. En ocasiones es difícil justificar la exageración de un personaje como Sota (aunque es cierto que hay un gran momento cómico de Talia a su costa y por este motivo) y la parte del dragón está cogida con pinzas... pese a ser una secuencia admirablemente animada. Y es que sucede a menudo en la película que sus puntos más débiles se rescatan por otros motivos, con lo que el resultado final es aún más agradecido.

Manuel Sicilia, que ya había dirigido El lince perdido (también con la supervisión de Banderas), se suma así a la lista de nombres a tener en cuenta en la animación española. Vista la película en versión doblada, y abrumado todavía por el alocado divertimento que (se) ha proporcionado el propio Banderas prestando su voz al falso caballero Sir Clorex, se agradece que la película no caiga en el recurso al famoseo no actor. Pero también hay que decir que da cierta envidia ver que en la versión en inglés participan actores como Charles Dance, Rupert Everett, Alfred Molina, Mark Strong o Saoirse Ronan. En cualquiera de las dos versiones, Justin y la espada del valor es una más que correcta aventura animada, sin nada que envidiar técnicamente a buena parte de las producciones norteamericanas que llegan a nuestros cines y con muchos elementos a disfrutar. Es lo que es, cumple con lo que promete y no engaña a nadie. ¿Se puede pedir más? Pues a disfrutar.

viernes, septiembre 20, 2013

'Rush', la Fórmula 1 también luce en el cine

Vendiéndose la Fórmula 1 como lo hace, como uno de los mayores espectáculos del mundo, era raro que el cine no hubiera inmortalizado ya alguno de los míticos duelos que hay a lo largo de su historia. Pues bien, esa deuda queda más que satisfecha con Rush, la visión de Ron Howard sobre el mítico enfrentamiento entre Niki Lauda y James Hunt en el año 1976. La película es vibrante de principio a fin y muestra mucha categoría, aunque se queda a un peldaño de ser verdaderamente extraordinaria en su conjunto porque no presta atención a algunos detalles. Tan pendiente está de ser un retrato preciso de la rivalidad entre Lauda y Hunt que se olvida de algunas cosas por el camino. Que el tercer nombre del reparto, tras Daniel Brühl y Chris Hemsworth, sea el de Olivia Wilde, que tiene un papel muy reducido, evidencia que el interés de Howard no estaba más allá de sus dos pilotos. Pero lo que es indudable es que su apuesta dentro del cine deportivo es muy gozosa y que sabe arrancar carismáticas interpretaciones de sus dos protagonistas.

Lo que más se puede agradecer a Howard es que no ha querido ofrecer una retransmisión deportiva dramatizada. La espectacularidad de la Fórmula 1, vista además con los ojos de un espectador contemporáneo, se prestaba a esa solución: nitidez absoluta, cámaras superlentas, control absoluto sobre la imagen. Y, en cambio, lo que hace el director es llevar al espectador a las mismas sensaciones con las que se seguía un gran premio en 1976, las que tiene que provocar la Fórmula 1 vista desde el interior de un coche. Para ello, busca confusión, sensaciones más que información, planos cortos de diferentes partes del monoplaza, el casco del piloto, la carretera siempre en movimiento. Hasta llegar al año que centra la película, sí es verdad que Howard da algunas muestras de no saber transmitir del todo bien el funcionamiento de las carreras y los mundiales. Pero cuando llega 1976, la cosa cambia. Y se agradece que no se haya limitado a dar las dos pinceladas que le interesaban dramáticamente, aunque es verdad que el conocedor de la historia real puede echar de menos algunos detalles.

Eso sí, lo ideal para disfrutar de la apuesta cinematográfica es no acudir presto a Wikipedia para saber qué ocurrió en 1976, qué hace relevante para Howard la historia de Lauda y Hunt y dónde van a estar sus puntos álgidos. Lo mejor es dejarse llevar por la historia, sorprenderse con los giros que informativamente tanto impactaron en su época, y admirar la buena construcción de sus personajes que hacen Brühl y Hemsworth, sobre todo en su faceta como pilotos. La personal, por supuesto, forma parte esencial de Rush pero ahí es donde, quizá por no alargar más el metraje, no alcanza la cúspide que busca salvo en contados momentos, en los que todos los actores consiguen despuntar. No sólo los dos protagonistas, sino también sus contrapartidas femeninas, una Olivia Wilde fascinante y una Alexandra Maria Lara profunda. Ojalá ambas hubieran tenido papeles más extensos. Esos detalles se olvidan durante el intenso, emocionante y espectacular clímax de la película y, sobre todo, durante su soberbia preparación, secuencia magníficamente acompañada por la música de Hans Zimmer.

La presencia de Zimmer es otro de los detalles que a priori podían llevar a pensar que Rush sería una versión algo más seria y en la Fórmula 1 de Días de trueno, retrato del mundo de la Nascar. Y es evidente que ese homenaje está muy presente (incluso suena una de las canciones de aquel filme), pero también que los intereses de Tony Scott y Ron Howard no son los mismos. Días de trueno apostaba por hacer del amor y la amistad temas fundamentales de su trama de rivalidad deportiva. Rush apuesta claramente por esa rivalidad. Y lo borda con todas y cada una de sus escenas. Las de carreras, por supuesto, pero también los varios diálogos que mantienen Hunt y Lauda a lo largo de la película. No es fácil dilucidar dónde acaba el mérito de Howard y dónde empieza el de Hemsworth y Brühl, sobre todo después de ver la fusión final entre las imágenes de los actores y las de los pilotos reales. Pero lo que sí es fácil de decir es que Rush ofrece dos horas fantásticas, gran cine deportivo y más que deportivo, aunque los focos sobre las estrellas hacen que se pierda alguna que otra oportunidad de hacer que brillen más todavía.

miércoles, septiembre 18, 2013

'Percy Jackson y el mar de los monstruos', simpática y simple aventura juvenil

El fantástico juvenil no es un género nada fácil, y más después de que los años 80 ofrecieran tal torrente de creatividad y talento que empequeñeció a todo lo que se estrenó desde entonces y sigue empequeñeciendo a títulos contemporáneos, que estrenados entonces podrían incluir haber recibido la etiqueta de pequeño clásico. Y a veces da la impresión de que es un género que no tiene ya tan fácil encontrar su público, cosa que de vez en cuando desmiente la taquilla. Cuando se estrenó Percy Jackson y el ladrón del rayo no dejó de parecer una peliculita entretenida y simpática, nada del otro mundo, que logró unos muy buenos resultados económicos (226 millones en todo el mundo, por los 95 de su presupuesto), así que la secuela parecía inevitable. Estar basado en una serie de libros garantiza material para seguir produciendo filmes de Percy Jackson. El segundo, Percy Jackson y el mar de los monstruos, vuelve a repetir simpatía y simpleza, mejorando en algunos aspectos a su predecesora y confirmándose como una agradable aventura juvenil sin demasiadas pretensiones.

Lo bueno de una película como Percy Jackson y el mar de los monstruos, más después de haber visto ya la primera entrega, es que es tan sincera en su planteamiento que acaba por entretener con bastante facilidad. Sin duda, no todo el mundo disfrutará de la misma manera del habitual reparto juvenil (bien sobre todo Logan Lorman y Alexandra Dadario, por encima del afortunadamente recortado papel del secundario cómico Brandon T. Jackson) con el consabido toque de veteranía (con todo el cariño y el respeto a esta película, Stanley Tucci da la sensación de aceptar ya todo lo que le ofrecen), de unos logrados pero muy digitales efectos visuales y del tono aventurero amable que propone. Pero, aún así, todo funciona con bastante corrección, desde el más oscuro prólogo hasta el final de sus muy bien ajustados 106 minutos, en los que el 3D nuevamente vuelve a mostrarse como una moda pensada para sacar más dinero de la taquilla... y parece que funciona, porque este segundo Percy Jackson, estrenado el 7 de agosto en Estados Unidos, ya supera en recaudación a su presupuesto.

El gran pero de la película está en que, si bien la primera de la saga aguantaba de forma individual y tenía un cierre más o menos claro, ésta se sustenta demasiado en el deseo de querer ser una saga, pecado que afecta a tantos títulos que ya es otra moda más (y que dejó colgadas, por ejemplo, sagas como Eragon, Soy el número cuatro o La brújula dorada). Muchas referencias a la película con la que arrancó y sobre todo un final muy abierto... que en realidad es casi más apetecible que el largo prólogo a una historia más larga en que se convierte la segunda entrada (una sensación similar a la que, aunque de otra forma, dejaba la escena postcréditos de Lobezno inmortal). El otro problema de Percy Jackson y el mar de los monstruos es uno en el que suele caer con facilidad la ficción contemporánea. Tal es el deseo de mostrar las heroicidades del protagonista de la película que acaba por minimizar la gran amenaza que se quiere construir durante todo el filme y en especial en una gran secuencia animada que, desde otro tono y un color diferente, recuerda a aquella otra secuencia animada de la primera parte de Harry Potter y las reliquias de la muerte.

Lo que se agradece de Percy Jackson es que, con el acostumbrado toque cómico, sí hay un respeto a la mitología en la que se basa. No importa que se trate de una película juvenil, no es idiotizante. En sencilla y en ocasiones incluso simple, pero se deja ver con agrado. Incluso es una película que presta atención al desarrollo de los personajes, aunque sea una de las esferas en las que se hace con sencillez y tocando algunos tópicos moralizantes, pero al menos evidencia que no está todo puesto en mostrar protagonistas adolescentes (notable, por cierto, la conjunción del reparto, de edades más diferentes de lo que parece y que siguen encajando en sus personajes) y en unos aparentes efectos visuales. Hay una historia, hay unos personajes y, sobre todo, hay una puerta abierta a la próxima secuela, que, insisto, apetece por el escenario con el que deja el final de Percy Jackson y el mar de los monstruos. Y no destacar un detalle más sería imperdonable: ojo al pequeño papel de Nathan Fillion y su memorable chiste privado sobre las series de televisión.

lunes, septiembre 16, 2013

'La gran familia española', tan divertida como incompleta

La gran familia española, el nuevo título de Daniel Sánchez Arévalo, es mejor comedia que película. Es buena comedia porque divierte, tiene muchos puntos divertidos, personajes simpáticos, chistes logrados y escenas que provocan risas con facilidad. Pero como película está mucho más lejos de cumplir lo que se podría esperar de ella, porque el guión no es ni mucho menos redondo. La historia familiar que se esconde tras la sucesión de sketches parece algo desdibujada a ratos y, sobre todo, falla en lo que ha basado su campaña de márketing: la inclusión de la final del Mundial de fútbol de Sudáfrica de 2010, la primera que jugó la selección española. Está en la película, se ven los momentos más destacados de aquel partido, sirve para algún que otro enredo, pero no concuerda en demasiados momentos ni emocionalmente ni tampoco temporalmente. Da la impresión de que eso se podría haber solucionado con un par de vueltas más al guión, pero la apuesta es evidente: risas rápidas y efectivas. Y eso, a pesar de incluir algún tópico del cine nacional como el por lo visto obligado desnudo de las actrices más jóvenes, sí lo consigue.

Sánchez Arévalo utiliza una premisa sencilla pero enrevesada: Efraín (Patrick Criado) y Carla (Arancha Martí) van a casarse el día que ella cumple 18 años. Y es, casualidades de la vida, el mismo día que a la selección española de fútbol se le ocurre llegar a la final de un Mundial por primera vez en la historia. La boda se celebra en la finca del padre de Efraín (Héctor Colomé) y servirá para reunir a los cinco hijos de la familia: Adán (Antonio de la Torre), Benjamín (Roberto Álamo), Caleb (Quim Gutiérrez) y Daniel (Miquel Fernández). Adán tiene además una hija, Fran (Sandy Gilberte), que es la más futbolera de toda la familia e incluso quiere ir a la boda con la camiseta de la selección. Carla, que aparece embarazada, va a la boda con su hermana melliza, Mónica (Sandra Martín), que siempre ha estado enamorada de Efraín. Y también está Cris (Verónica Echegui), tía de Carla, actual novia de Daniel y ex de Caleb, hasta que éste, médico, decidió dejarlo todo y marcharse a África como voluntario durante dos años en los que no dio señales de vida.

¿Y dónde encaja ahí el partido de la selección? Ese es uno de los problemas de la película, encaja poco. Es verdad que sirve para algún momento gracioso pero pierde protagonismo rápidamente para recuperarlo únicamente al final por motivos que cualquier futbolero (y es de suponer que la mayor parte de los no futboleros) ya saben. Al margen de si es una película más cercana a Gordos o a Primos, las dos comedias anteriores de su autor, la apuesta de Sánchez Arévalo no está en realidad en la construcción de una historia redonda. Le importa más provocar risas en el momento que reflexiones después. Es ésta una historia ligera, simpática, enrevesada como tiene que serlo la comedia, pero mucho más intrascendente de lo que podría parecer o de lo que la historia podría haber dado de sí. Dentro del terreno de la comedia, lo mejor lo protagoniza con mucha diferencia Roberto Álamo, el hermano con un ligero retraso mental, que muestra una química envidiable con Antonio de la Torre, o el cameo continuado y prácticamente sin diálogo de Raúl Arévalo.

No es que La gran familia española engañe en su planteamiento. Desde el principio queda claro que va a ser una comedia de corte alocado e inverosímil en muchos de sus planteamientos. Aceptando eso, hay que insistir en que las risas están aseguradas. Pero viendo la película sorprende que en el guión de Sánchez Arévalo cueste identificar alguna relación entre los personajes (se tarda mucho, por ejemplo, en averiguar que Carla y Mónica son mellizas) o entender algún movimiento de los personajes (Adán y la caja fuerte). Y es una pena, porque la introducción de la película, con una espléndida referencia cinéfila de base y una muy divertida escena con niños, hacía pensar que la película podría volar más alto. Con todo, cumple con lo que promete. Es muy graciosa a ratos (enorme la muy bien montada conversación doble de las familias con los novios por separado) y es simpática en todo momento. Nada del otro jueves, pero las risas sí están aseguradas, incluso sin conectar demasiado con la comedia española o sin tener interés alguno en el fútbol y el partido que sirve de excusa a la película.

viernes, septiembre 13, 2013

'Asalto al poder', la Casa Blanca de cristal pasada por el rodillo de Roland Emmerich

Asalto al poder es la segunda entrega hollywoodiense de los destrozos cinematográficos veraniegos de la Casa Blanca, tras Objetivo: la Casa Blanca. Y si aquella ya parecía un remedo de Jungla de cristal, la visión de Roland Emmerich es todavía más deudora del mítico filme de John McTiernan protagonizado por Bruce Willis. Pero, claro, que Emmerich sea el director, y a pesar del paréntesis que supuso Anonymous en su filmografía, obliga a que esta versión de la captura de la residencia del presidente de los Estados Unidos esté tapizada de explosiones, disparos y peleas sin fin, y salpicada con un patriotismo exacerbado. Nada nuevo. Quizá en otra época hubiera tenido más gracia, pero hoy en día ya no convence el tono cómico, no hay especial química entre los actores y salvo algún que otro momento rescatable la película se convierte en un difícilmente aprobable batiburrillo de acción en el que los planos más espectaculares parecen sacados de un videojuego y el desarrollo del filme directamente del manual que imponen los expertos de márketing.

No hay en el guión de James Vanderbilt o en la dirección de Roland Emmerich ningún intento de esconder que esto es lo que podría haber sido una secuela de La Jungla en la Casa Blanca. Hasta Channing Tatum, un buen héroe de acción con experiencia en esos zapatos, acaba con la camiseta de tirantes blanca tan característica de John McClane. Pero a la película le falta todo el encanto de aquella. La ecuación es sencilla: Asalto al poder no ofrece nada nuevo, ni dentro del cine de acción ni tampoco dentro de la vertiente que toca. Objetivo: la Casa Blanca no sólo llegó primero sino que saca más partido al planteamiento que propone. Dentro de la más absoluta inverosimilitud por la que apuestan ambas, la idea de aquella es mucho más coherente que la de Vanderbilt y Emmerich, que cae en elementos patrioteros que fuerzan demasiado la credibilidad que el espectador está dispuesto a sacrificar, en manidos tópicos, en diálogos incomprensible aunque esperadamente cómicos y la única sorpresa es un absurdo giro final.

Desde que sorprendió con la notable Stargate, Emmerich cumple en sus espectáculos pirotécnicos con una máxima evidente: sus películas no son buenas, pero tampoco aburridas. Asalto al poder no lo es. Ni buena, ni aburrida. El disfrute lo marcará la altura del listón que ponga cada espectador. El mayor mérito del que puede presumir el filme es su ritmo y es por eso que nunca cae en el aburrimiento. Pero será cada espectador el que decida cuán molesto le resulta que los efectos especiales supuestamente más espectaculares parezcan impropios de una película de gran presupuesto. O las bromas en medio de la acción, como que el presidente de los Estados Unidos (un Jamie Foxx que parece fuera de lugar en más de un momento) reproche a un terrorista que le toque sus zapatillas de Jordan. O que tenga que haber una niña a la altura del mayor héroe de acción. O que dentro de un reparto a priori imponente sólo Richard Jenkins ofrezca algún momento de sutileza interpretativa. Puede que James Woods también se merezca algún elogio por su primera media hora, pero el resto, hasta los 130 minutos, acaba contagiando a su valoración.

No es que estos detalles puedan sorprender teniendo en cuenta el nombre del autor de la película. Y es que Roland Emmerich es un director que está más allá de la decepción porque son muchos años ofreciendo exactamente lo mismo en contextos diferentes. Tanto da que sea la Tierra invadida por alienígenas en Independence Day, Nueva York arrasado por Godzilla o el mundo amenazado por las profecías mayas sobre su destrucción en 2012. El cine de Roland Emmerich es evidente y fácilmente anticipable. Así que nadie se puede sorprender, después de haber pagado su entrada (menos aún después de ver el trailer), que Asalto al poder ofrezca algo más de dos horas de explosiones, banderas, héroes rocosos, chistes fáciles y tópicos del cine de acción de acción. Si es que hasta se permite el lujo de autoreferenciarse con su destrucción, entonces sí original, de la Casa Blanca en la mencionada Independence Day. Para bien y para mal, es puro Roland Emmerich. Con Channing Tatum disfrutando metralleta, pistola y cuchillo en mano y con muchas explosiones a su alrededor. ¿O acaso alguien esperaba otra cosa?

lunes, septiembre 09, 2013

'Riddick', vuelve el hombre

Riddick, el hombre, vuelve. Y lo hace nada menos que nueve años después de la segunda película de su saga, Las crónicas de Riddick, y trece después de la primera, Pitch Black. Puestos a buscar semejanzas, Riddick, que así se titula muy acertadamente la película, se parece más a la original y de hecho recoge un gancho argumental que justifica al menos uno de los personajes de esta tercera y ¿última? entrega. Volvamos a lo del título, Riddick, el nombre del protagonista. Es justo eso. Porque no hay una verdadera historia detrás. La película es Riddick. Y, ojo, no se convierte en algo negativo porque David Twohy encuentra el tono adecuado para casi todas las partes de la película, absorbiendo referencias de otros títulos y de su propia saga hasta componer una atractiva aventura de ciencia ficción sucia y moderna, con ritmo y con buenos momentos visuales que esconden las pequeñas lagunas del guión e, insisto, que lo que cuenta está lejos de ser trascendente y es más bien un episodio casi introductorio, o subsiguiente, de una historia mayor.

Y es que la historia de la película es sencilla. Riddick está en un planeta desconocido porque alguien que tarda en revelarse le ha llevado allí, tiene que luchar por su vida e idear un plan para salir del planeta. Eso es todo. Por supuesto, hay cazarecompensas ávidos de sangre, criaturas aún más ávidas de sangre y un Riddick que reparte golpes y ataques a diestro y siniestro esté o no ávido de sangre. Vuelvo a insistir en que esto no es un menosprecio sino un elogio. El motivo es muy sencillo, Riddick entiende lo que es, lo que quiere ser y lo que puede llegar a ser, y encuentra un buen punto de equilibrio entre esas tres posibles definiciones, saltándose por completo la estructura clásica de tres actos para sencillamente definir al personaje, primero en solitario, después en ausencia y finalmente en compañía. Vin Diesel, por mucho que esté lejos de ser lo que muchos considerarían un buen actor, hace también que el entramado funcione porque se fusiona admirablemente con su personaje. ¿Sencillo? Puede ser. Pero sin duda efectivo.

Es casi un tópico que una película de estas características tenga agujeros en el guión. Riddick los tiene, desde cuestiones absurdas e incongruentes de su propio planteamiento a decisiones de los personajes que es imposible entender. Pero dejando de lado esas cuestiones, que en el cine de entretenimiento acaban por quedar a un lado si el espectáculo es decente, lo cierto es que estamos ante una película más que solvente. Cien por cien culto al héroe (no tan héroe, pero por entendernos), bebiendo por momentos de Aliens, de James Cameron, o de La cosa, de John Carpenter y demostrando con una espléndida fotografía que el 3D es un mecanismo absolutamente superfluo cuando se sabe crear profundidad de campo con el 2D. Y Twohy sabe, o al menos aquí lo demuestra sin complejos, hasta el punto de que convierte al planeta en un personaje más, que hace lucir tanto el diseño de producción como los efectos visuales.

No hay en Riddick grandes pretensiones filosóficas, pero entender que es puro cine de entretenimiento permite un disfrute espléndido de esta película. Y también porque el reparto ayuda a construir una atmósfera especial, muy propia de la faceta más gamberra del cine de ciencia ficción. Especialmente Katee Sakhoff (conocida por su papel en la serie Battlestar Galactica), Jordi Mollà (aunque le pierde en parte su acento en inglés) y Matt Nable encuentran el tono perfecto para complementar la frialdad agresiva de Riddick. Puede que el arranque sea algo demasiado largo y eso provoca que la película se estire hasta las dos horas, pero el entretenimiento está garantizado, con la que probablemente sea la mejor entrega de esta ya trilogía de Riddick.

viernes, septiembre 06, 2013

'Cruce de caminos', un notable viaje sin final

Tarea compleja la de hablar de Cruce de caminos (nada que ver con la interesante película de 1986 que recibió en España el mismo título, con Ralph Macchio como protagonista). Lo es, en primer lugar, porque cualquier aproximación a su sinopsis acaba por desvelar buena parte de su argumento, en especial el de la primera de las tres partes en que divide el filme Derek Cianfrance, su director y coguionista. Pero también precisamente por el trabajo de Cianfrance. Porque la película impacta, emociona y sorprende en muchos momentos, de una forma similar a como lo hacía su anterior trabajo, Blue Valentine, pero del mismo modo le falta un cierre claro, un síntoma de que efectivamente está contando una historia con un objetivo claro. Temas tiene muchos, y escenas notables e incluso mejores unas cuantas. ¿Pero cuál es el auténtico mensaje de la película? Eso es lo que no termina de definir. Y eso, a pesar de que una vez más consigue notables intepretaciones y de que rueda admirablemente bien, es lo que le aleja de una película sobresaliente.

Sin revelar mucho más sobre su argumento, estamos hablando de un drama. Duro y complejo, aunque su estructura se va viendo venir con cierta facilidad, en especial desde el final de la primera de las tres partes en que está dividida. Como en Blue Valentine, el peso de la historia reside en los actores, aunque es cierto que Cianfrance sí muestra una más que interesante evolución como director con respecto a aquella. Deja una marca interesante enfatizando la soledad de los personajes con planos por detrás de ellos, algo agotadores cuando se ciñe al busto (en la primera secuencia, con Ryan Gosling, tiene una explicación evidente, más adelante el recurso se repite demasiado; a Darren Aronofsky en El luchador ya le había sucedido algo parecido) y muy hermosos cuando los emplea para seguirles en carretera. E indudablemente se reinventa con sumo acierto en la escena de persecución que pone fin a la primera pieza del filme, rodada con cámara en mano y un pulso narrativo que para sí quisieran especialistas del género.

Su ritmo es lento y pausado. Eso será para algunos uno de los méritos de la película y para otros su principal defecto. Sin duda, es la explicación a los 140 minutos que dura, a la ambición que planea sobre la película y también, probablemente, una de las causas de que el final de la tercera parte no logre del todo el efecto deseado. Puede que sea algo muy personal, pero flota en el ambiente la sensación de que la película podría haber acabado de cualquier manera, lo que limita el alcance emocional que sí busca descaradamente Cianfrance. Otro de los elementos asociados a ese ritmo lento es la intepretación de Ryan Gosling, que empieza a repetirse demasiado. Con oficio, generando empatía y con alguna escena memorable (la de la iglesia, contenida pero brutal), sí. Pero corriendo ya el peligro evidente de que se fundan sus diferentes personajes, disociándose de la película. Bradley Cooper, en cambio, convence siempre y se confirma como un espléndido actor.

Cruce de caminos (enigmático título original el de The Place Beyond the Pines, traducción del nombre indio de la localidad en que transcurre la película) es un drama notable que se queda en el camino de ser sobresaliente por la falta de un final a la altura de lo mostrado o por desaprovechar algunas oportunidades, como las que daban los personajes femeninos de la película, reducidos por momentos a simples excusas argumentales (más en el caso de Rose Byrne que en el de Eva Mendes). Lo notable va apareciendo con mucha frecuencia en la película. La espectacularidad de los escenas de acción de la primera parte, los debates morales que se plantean en la segunda, la impagable aparición de Ray Liotta y parte de las intenciones que se atisban en la historia circular, aunque quebrada, que plantea Cianfrance. Un director, por cierto, sin mucha suerte en España. Blue Valentine llegó con más de dos años de retraso, y Cruce de Caminos se vio en el Festival de Toronto hace justo un año. Sus películas llegan tarde. No es que eso impida valorarlas adecuadamente, pero sí abre la puerta a que se vean de otros modos, a un lado u otro de la Ley.

miércoles, septiembre 04, 2013

'Epic. El reino secreto', a un paso de la grandeza

Hay películas que se quedan a un paso de ser algo más grande. Epic. El reino secreto es una de ellas. Porque es evidente que funciona como entretenimiento juvenil, que tiene un hermoso diseño de producción que realza los elementos de corte más fantásticos y que cuenta con una animación más que solvente, en la que incluso se intuye un uso atractivo del casi siempre tan superfluo 3D. Pero al conjunto final le falta algo de fuerza, una garra que pide a gritos por momentos, quizá algo de épica, puede que una personalidad propia, como la que suelen conseguir los productos de la imbatible Pixar, que no beba tanto de las fuentes más conocidas (la influencia de Star Wars, por mucho que moleste a algunos, sigue siendo innegable en buena parte de la fantasía contemporánea). Eso no es más que un reproche de máximos, porque lo que ofrece Epic es un sincero, gozoso y accesible entretenimiento para todos los públicos, que respeta la inteligencia del espectador sin olvidar su principal objetivo: fascinar a los más pequeños, deseosos siempre de mundos de fantasía que llenen sus sueños.

Chris Wedge, responsable de la primera Ice Age y de la algo anodina Robots, busca un doble equilibrio. Por un lado, la historia realista y la fantástica. La primera es la de una adolescente que, tras la muerte de su madre, tiene que ir a vivir con su padre, en una aislada y algo destartalada casa de campo. La incomunicación y la confianza son los temas clásicos que se exponen en esa parte, no sin cierta brillantez y con apenas una simple escena de diálogo, cuando cineastas reputados necesitan películas enteras, y no precisamente de animación, para conseguir resultados parecidos. La segunda es la clásica lucha entre el bien y el mal, con un trasfondo ecologista, que se produce entre los Hombre Hoja del bosque y sus enemigos, los boggans. En esa parte destaca mucho más la imaginería visual que la inventiva de los guionistas, pues pasado el efecto inicial es fñacil detectar en la composición de los personajes una mitología previa que Epic se limita a adaptar, el aguerrido guerrero, el joven rebelde, la hermosa reina... y los secundarios cómicos, en la piel de una babosa y un gusano, por qué no decirlo de lo más divertido de la película.

La parte buena de Epic está precisamente en que el uso de los elementos más previsibles en una película de estas características es más que correcto. Funcionan muy bien la comedia, el drama y la aventura. El diseño de los dos mundos, y de los submundos que compone el de fantasía, están muy logrados, y hay algunos hallazgos más que interesantes, en especial la diferente velocidad a la que se mueven el mundo real y de los diminutos seres que protagonizan la película, porque esto es lo que permite algunas de las secuencias mejor hechas y los momentos más emocionantes. Hay que destacar también el valor de la película en algunos aspectos, como la inusual tara física del perro que aparece (siempre hay que agradecer que los dibujos animados contribuyan a hacer cotidiana la diferencia), el delicado y digno trato a la muerte que ofrece su guión. Y la aventura, porque siempre se agradece una película que meta al espectador en una misión con todo en contra en la que hay que salvar el mundo. Pero, insisto, no termina de dejar mejor sabor de boca por algo tan sencillo como la falta de personalidad.

No es éste un problema tan grave, ni mucho menos, como para descalificar la película, probablemente de lo mejor que se haya estrenado en el campo de la animación y el cine familiar en lo que llevamos de año. Pero sus intentos de ser algo diferente se quedan en detalles y el conjunto no termina de ser tan arrollador como podría haber sido con los mimbres de que se disponían. Quizá no sea más que una cuestión de expectativas, pero sí parece evidente que Epic no está a la altura de los grandes clásicos de Disney o Pixar pero, al mismo tiempo, se convierte en una fantasía animada que, aunque un peldaño por debajo, no se queda tan lejos de la más conseguida Ga'Hoole. La leyenda de los guardianes. En cualquier caso, y aún pensando en que hace un par de décadas Epic podría haberse convertido en un clásico, siempre da gusto que el cine de animación explore estos mundos, desde una mirada pensada para los más pequeños pero sin desdeñar un público adulto. Así lo indica el gran reparto de voces reunidas en la versión original (Amanday Seyfried, Josh Hutcherson, Colin Farrel, Christoph Waltz o Beyonce) o la intensa banda sonora de Danny Elfman. Recomendable en cualquiera caso.

lunes, septiembre 02, 2013

'Cazadores de sombras. Ciudad de hueso', tan trepidante como fácil e incompleta

El éxito de una película lleva a los estudios a buscar sucesores de forma inmediata. Cuando Crepúsculo se convirtió en la moda, surgieron docenas de intentos de crear sagas de éxito juvenil, del mismo modo que sucedió, por ejemplo, con Harry Potter. Cazadores de sombras, con sus seis novelas, era un título perfecto para que Hollywood se lanzara a su adaptación más pronto que tarde, porque da, fácil, para siete película (la última, doble, por supuesto). Ciudad de hueso, la primera entrega, es trepidante, tiene un ritmo altísimo, y eso hace que sea una película que no aburre en ningún momento. Pero lo negativo es que todo tiene una disposición sumamente fácil, todo se va anticipando con suma sencillez en un guión que no se aleja de lo esperado, docenas de situaciones quedan sin explicar o, quizá, demasiado resumidas para adaptar al completo las casi 500 páginas del libro de Cassandra Clare en que se basa. Y al final, todo esto confluye en dos conclusiones. La primera, que entretiene por encima de su nivel real. La segunda, que pensarla afecta negativamente a su valoración.

Hay en Cazadores de sombras. Ciudad de hueso un sincero intento de no caer con demasiada facilidad en las garras de Crepúsculo, con todo lo bueno y malo que pueda tener eso para sus seguidores y detractores, y a fe que lo consigue durante casi toda la película, a excepción por supuesto de la pastelosa escena obligatoria desde que las películas, al menos algunas, se hacen pensando en estudios de mercado. El gran mérito de Harald Zwart (director del remake de The Karate Kid, La Pantera Rosa 2 o Superagente Cody Banks, que nadie espere por tanto una pieza de artesanía) está en el endiablado ritmo de la película, a pesar de los incontables cabos sueltos, las situaciones inexplicadas o incluso momentos que uno no sabe muy bien por qué están ahí. Como de costumbre, se intuye que la respuesta es porque está en el libro, aunque lo más probable es que sus seguidores en papel encuentren miles de diferencias entre la novela y su adaptación cinematográfica.

Ese ritmo tan alto, presente prácticamente desde la primera escena, permite la enorme mezcla de mitología de fantasía que hay en la película y es lo que diferencia a ésta de las muchas otras que siguen un patrón fijo: chavales de moda (o aspirantes a serlo) como protagonistas, veteranos para dar prestigio al reparto, fantasía urbana y locales de moda, la vida de una joven protagonista que se ve alterada por completo por la irrupción de seres extraordinarios, una o varias sociedades secretas, un misterio que resolver y, por supuesto, una historia de amor que afecte al menos a tres personajes. Visto una y mil veces, con influencias que es mejor no detallar para no estropear algunos de los giros argumentales de la película (y eso que dan ganas de insistir en la imperecedera influencia de...). Lo molesto, en todo caso, no está en el planteamiento, que tiene su público, sino en que todo parece dispuesto para que ese público no tenga que utilizar ni una sola neurona. Todo se va anticipando un par de escenas antes de que suceda, y muchos detalles que se verán en la secuela, ya anunciada, están ya adelantados aquí.

Y no se trata de dejar cabos sueltos para las siguientes entregas, lo que ofrece esta primera entrega de Cazadores de sombras es una retahíla inagotable de elementos dispersos, que dejan incompleta la historia en demasiados aspectos. Incluso los personajes cambian de idea con una facilidad y una ausencia de explicaciones que parece sorprendente. Como el ritmo elevado es el mejor arma del filme, el epílogo es donde más se nota esa carencia, porque tras el clímax los personajes desaparecen sin más, las explicaciones de lo sucedido brillan por su ausencia y todo viene a dar un poco igual porque se ha conseguido el objetivo esencial: que los chicos jóvenes dejan su impronta de guapos (incluso con motivos vergonzosos como el que esgrime el guión para que Lily Collins lleve un vestido corto en una de las escenas), que Jonathan Rhys Meyers actúe de villano con cierto interés, que los efectos visuales y la creación de la fantasía sean resultones y que los 130 minutos que dura la película se pasen sin haber aburrido a nadie. Eso lo consigue. Pero, insisto, irse deteniendo en los detalles (como lo de Bach y la sospechosa presencia de pianos por todas parres) va destrozando tantos elementos del filme que es mejor no pensarlo.

viernes, agosto 30, 2013

'Dolor y dinero', mucho más dolor que dinero

Michael Bay sigue siendo Michael Bay. Se había apuntado que Dolor y dinero podía ser un cambio de registro en su filmografía, incluso su mejor película, pero sus 129 minutos evidencian eso, que Michael Bay sigue siendo Michael Bay. ¿Te gusta su cine? Seguramente Dolor y dinero te gustará. ¿No te gusta su cine? Seguramente no te gustará este último filme del director norteamericano. Al no encontrarme entre los fans de Michael Bay, parece obvio que Dolor y dinero no me ha gustado. Esencialmente, y el título deja muy fácil el juego de palabras, porque tiene más dolor que dinero. Dolor para el espectador, por la a todas luces excesiva duración de la película, por el agotador uso de la voz en off, por planos y cámaras lentas vistos una y mil veces en el cine de Michael Bay, por la particular glorificación de la violencia que supone la película, más aún por la insistencia de estar basada en hechos reales y porque, aún siendo así, es completamente inverosímil. Lo mejor, de largo, los actores, pero su trabajo es insuficiente para salvar la película.

Un culturista que trabaja como preparador físico en un gimnasio (una de las frases de la película es "creo en el fitness") sigue los consejos de un gurú para reclamar lo que cree que se ha ganado: Dinero. Aunque robándolo, claro. Y para ello, recluta a otros dos compañeros de pesas e idea un plan genial: secuestrar a uno de sus clientes millonarios y robarle todo lo que tiene. Viendo la película es casi inevitable tener la sensación de que ésto es lo que podría haber sido el enfoque de Michael Bay en El gran Lebowski. Personajes incultos y extremos, barbaridades físicas y mentales, secuestros, una mujer exuberante que no viene a cuento más que para salir con poca ropa en el cartel y en la pantalla... Pero Michael Bay no se parece en nada a aquellos hermanos Coen (antes de caer en el soporífero estado de su filmografía que siguió, precisamente a El gran Lebowski) y el resultado, aún con algún golpe de humor simpático, no es precisamente satisfactorio. Insisto, al fan de Michael Bay, de sus Dos policías rebeldes, lo más probable es que le guste. Es un cambio de registro con respecto a Transformers o La isla, pero esencialmente porque sólo hay una explosión en la película. Lo demás, muy reconocible.

La película empieza con la resolución de su trama para ser después contada como un enorme flashback. Dado que el juego que quiere establecer Bay pasa por la empatía que se genera por los protagonistas, que a nadie se le olvide que son delincuentes venidos a más, no parece la mejor de las decisiones, porque se lleva por delante buena parte de la expectación en torno a sus planes. Demasiado larga es la presentación y demasiado largo es el desarrollo del plan. Incluso demasiado largo es el epílogo. Todo es demasiado largo para un Michael Bay que, una vez más, pide a gritos tijera en la sala de montaje. Quizá de esa forma la película podría haber ganado en su conjunto, habría estado mejor definida y probablemente su director habría notado el agotamiento que provoca el continuo juego de voz en off y cámaras lentas. Lo único que realmente encaja en las pretensiones de la película es el casting. Y ahí, cumpliendo con creces pero sufriendo por los vaivenes del guión, están Dwayne Johnson y Anthony Mackie, aunque los que destacan son Mark Wahlberg y, sobre todo, un siempre espléndido Ed Harris.

Viene a ser curioso que lo mejor de la película sea, precisamente, lo más controlado, lo menos desmadrado, que no es otra cosa que la subtrama que abre el personaje de Ed Harris. Ahí sí se intuye hasta dónde podría haber llegado Dolor y dinero en manos de otros director. En las de Michael Bay no es ni el cambio de registro que se quería ver ni un salto de madurez. Es otra película más de su director, sin explosiones ni robots gigantes pero en línea con sus obsesiones y trucos. No hay mucha diferencia real entre Dolor y dinero las dos entregas de Dos policías rebeldes. Y por mucha fe que se le quiera poner a la película, cada cierto tiempo aparece el Michael Bay de siempre para romper algún instante atractivo, sea con el inexplicable plano a cámara superlenta de los agentes saliendo del furgón ya en la primera escena, el efecto que produce la sacudida eléctrica en la víctima de los estafadores protagonistas o los planos en los que Wahlberg, Johnson y Mackie desfilan cual modelos tratados con esteroides. Y así todo. Puro Michael Bay. Y para colmo, la película llega a España cuando ya está en vídeo en Estados Unidos.

jueves, agosto 22, 2013

'El llanero solitario', entre el western, 'Piratas del Caribe' y 'Sherlock Holmes'

Todo apuntaba a que El llanero solitario podría haberse solventado con un titular muy fácil: Piratas del Caribe en el oeste. Fácil y acertado, eso es indiscutible, aunque la cosa no se queda ahí. Tiene los defectos previsibles, especialmente la exagerada duración de dos horas y media, la excesiva comicidad que ya tiene que afectar a cualquier intento de franquicia como ésta y un Johnny Depp ya cargante en la enésima repetición del mismo papel con distinto nombre. Pero, además de mezclar la base de Piratas con la de Sherlock Holmes, lo que le resta personalidad, en sus mejores momentos encuentra dos aliados. Por un lado, una insana e inverosímil locura en algunos momentos, especialmente el clímax, que genera lo que pretende: entretenimiento. Y, por otro, una admirable puesta en escena de lo más cercano al western. Lo curioso es que cabe la posibilidad de que sea justo eso lo que menos guste al espectador medio, pero quien todavía siente nostalgia por la desaparición del género de indios y vaqueros encontrará momentos sumamente agradables por esa vía.

En realidad, los problemas de El Llanero Solitario obedecen todos a lo mismo: los estudios de márketing. Estos dicen que las películas tienen que empezar con una escena espectacular, que el uso de un personaje conocido obliga siempre a contar una larguísima historia de origen (que supera con creces la media hora), que hay que introducir un personaje femenino que no diga prácticamente nada pero que tenga un momento en el que se enfrenta al villano de la película (intrascendente Ruth Wilson; prácticamente aplicable a Helena Bonham Carter, que casi protagoniza un cameo más que un papel), que hay que introducir por encima de todo un tono cómico incluso en personajes que no se prestan a ello (el mismo Llanero) y que si no llegas a las dos horas y media de la película parece que no estás contando nada. Así se hace mucho cine y, ojo, suele tener éxito. Y por eso no deja de resultar paradójico que El Llanero Solitario haya recibido algunos palos donde Piratas del Caribe recibió bastante elogios, pues aquella es claro referente de ésta, para lo bueno y para lo malo.

Sí es cierto que Armie Hammer sufre con la innecesaria traslación cómica de su personaje y que Johnny Depp es un actor cada vez más cargante y repetitivo en este tipo de papeles (¿en cuántos se ha maquillado ya la cara con diferentes tonalidades de blanco?), pero sorprendentemente el entretenimiento está más que asegurado cuando la película se acerca bien al canon más clásico del western y del propio Llanero Solitario, o bien cuando apuesta por la más absoluta locura en la acción, incluso sin pensar en muchos momentos en la continuidad. Lo primero es mucho más básico de lo que parece, porque ya no se hacen westerns. Y es una pena, porque con la tecnología actual John Ford habría hecho absolutas virguerías con esos míticos paisajes. El Llanero Solitario es un vehículo algo viciado para disfrutar del western, pero eliminando el hecho de que la introducción es larguísima hasta que efectivamente aparece como tal el protagonista de la película, las escenas más conseguidas están en ese primer tramo. Y son las mejores porque son puro western.

La locura es algo que este tipo de películas lleva asociado, hasta el punto de que es imposible entender un clímax como el de El Llanero Solitario sin asumir su más absoluta improbabilidad en todos los sentidos. Pero es ahí cuando sí se ve al Llanero Solitario. Ayuda muchísimo que la correcta partitura de Hans Zimmer se apoye con toda su fuerza en la Overtura del Guillermo Tell de Puccini que se popularizó como tema principal del personaje en sus primeros seriales de radio y cine. Ahí es cuando Armie Hammer sí se hace con el personaje, aunque por momentos uno se crea la explicación del término "kemosabe" con el que Tonto (a propósito, una de las mejores líneas de diálogo en el original es cuando hacen referencia a su significado en español; ¿cómo se traducirá en nuestro país?) se refiere insistentemente al Llanero, porque James Badge Dale (Iron Man 3) llama mucho más la atención que el protagonista del filme, que también queda relegado al segundo lugar de los créditos por la presencia de Depp.

El Llanero Solitario no deja de ser un cierto exceso en todo que hubiera requerido de un corte más adecuado en la sala de montaje, pero entretiene por cosas que no entraban en el guión. ¿Piratas en el Oeste? Sí y no. Porque el Oeste que retratan Verbinski y Jerry Bruckheimer es atractivo. La dinámica a lo Sherlock Holmes (muy presente también en la música de Zimmer) se lleva por delante la casi siempre magnética presencia de Tom Wilkinson, y aunque algo más tópico es también más atractivo el papel de William Fichtner (¿no parece un remedo de Jonah Hex, aquel personaje de cómic en el que se basó una horrenda película protagonizada por James Brolin y Megan Fox?). Pero la verdad es que entretiene más de lo que cabía esperar. Será a lo mejor que yo soy uno de esos nostálgicos que cuando les das dos planos de puro western ya siente simpatía por la película o de los pocos que tendrá un recuerdo real de asociación entre Guillermo Tell y el Llanero Solitario y cede cuando la película hace esa concesión a la memoria. O quizá ambas cosas.

lunes, agosto 19, 2013

'Exorcismo en Georgia', sin exorcismo, ni pies, ni cabeza

Exorcismo en Georgia es una película que ya engaña desde su título. Que nadie entre en la sala pensando que va a ver un exorcismo... porque no hay ninguno en sus 100 minutos. Es más bien una película de fantasmas. ¿Por qué titularla entonces Exorcismo en Georgia? Ni idea. El caso es que se trata de una secuela... que tampoco es una secuela. El título original es The Haunting in Connecticut 2: Ghosts of Georgia, pero no tiene nada que ver con su predecesora más que, es de suponer, el lugar en que acontecen los hechos, pero ni eso porque Georgia viene a ser otro estado norteamericano. Son, por tanto historias independientes. Pero esto serían detalles sin importancia si la película fuera buena. ¿Lo es? No. Está construida de forma muy endeble, no produce el más mínimo terror y casi apunta más como un thriller familiar, aunque esos caminos no los termina de explorar incluso con el esfuerzo del reparto por hacer creíble lo que aparece en la pantalla.

Esa es una de las lecciones que da el cine de terror contemporáneo. Leer "basada en hechos reales" al comienzo de una película no implica casi nunca que lo que se ve acabe resultando creíble. Y puede incluso haber pasado tal cual se narra en el filme, pero si no es verosímil en una historia ficcionada, no hay nada que hacer. Ese es uno de los grandes problemas que tiene Exorcismo en Georgia, el principal y del que parten casi todos los demás. Tom Elkins es el director de la película, debutante en la silla con este filme después de ser montador, entre otras, de Exorcismo en Connecticut. Y no consigue lo que se propone porque su película no da miedo, porque no crea unas bases creíbles para su fantasía y porque sus personajes actúan tan erráticamente que pierden toda coherencia.

Hay un aspecto de Exorcismo en Georgia que podría haber ayudado a que la película fuera mejor de lo que es, y es que hubiera apostado más por el drama familiar que por el trasfondo sobrenatural. La historia habla de una madre que ve cosas del otro mundo y que controla estrechamente a una hija que empieza a verlas, mientras que su hermana apuesta por abrazar ese don y el marido de la protagonista no sabe ni qué pensar. Todo esto, en realidad, acaba siendo irrelevante en la historia y, aún con algún momento inquietante, se queda totalmente desaprovechado. Como tampoco se usa bien el fondo histórico-racial que se quiere dar a la historia. Nada cobra entidad y cada conversación se convierte en una transición hacia la siguiente escena nocturna en la que se producirá la consabida escena pretendidamente de terror, con un perro que aparece y desaparece, fantasmas que a ratos son fantasmas y a ratos parecen corpóreos y muchas otras incongruencias más.

Al final, lo más rescatable de Exorcismo en Georgia es su reparto, especialmente el trío de actrices que forman Abigail Spencer, Katee Sackhoff (la más conocida por su destacado papel en la imprescindible serie Battlestar Galactica) y la joven Emily Alyn Lind. Chad Michael Murray completa el cuarteto protagonista. Es lo más destacable y casi lo único, porque poco más queda si el guión es inverosímil, si no hay terror y casi ni siquiera sustitutos, si la realización es escasamente hábil y si el final es bastante poco convincente. Hay algún momento en que parece que el misterio que se esconde detrás de las apariciones puede cobrar algo de identidad propia, pero no lo consigue. Ya es difícil dar el aprobado a una película de terror que no da miedo, pero es que encima no hay muchos más argumentos a los que agarrarse. Al menos, no en la película que llega a los cines, porque alguna idea interesante sí que había en el guión. Y como películas de exorcismos ya hay muchas, no hace falta recurrir a una que ni siquiera tiene ese exorcismo.

viernes, agosto 16, 2013

'Elysium', la sensacional confirmación de Neill Blomkamp

District 9, en 2009, fue una maravillosa sorpresa. Una portentosa historia de ciencia ficción, lo que implica que va mucho más allá de simplemente plantear un escenario imaginativo y habla de temas humanos y profundos. Su carácter independiente le dio ese aire de sorpresa que, probablemente, aupó el filme hasta el éxito de taquilla y la nominación al Oscar. De la noche a la mañana, sobre su director, Neill Blomkamp, se posaron millones de miradas. Quizá por eso su siguiente película se ha hecho esperar cuatro años. Pero viendo Elysium el tiempo es lo de menos, salvo por el tiempo que ha pasado para disfrutar de una nueva maravilla firmada por él. Es una sensacional confirmación de que estamos ante un director que entiende la ciencia ficción, pero sobre todo el cine, que maneja los tiempos, la historia, la imagen y el sonido de una forma sencillamente espectacular. Y aunque tiene pequeños problemas de planteamiento, que se notarán más en la versión original que seguramente en la doblada, y una resolución ligeramente convencional, tiene tanto de grandioso que desde ya se convierte en uno de los mejores filmes de 2013.

Elysium es una base espacial construida en la órbita de la Tierra del siglo XXII para que las clases pudientes puedan mantener su nivel de vida en un planeta agonizante por la contaminación. Ese es el escenario de la película y lo que Blomkamp consigue con él es llevar el clásico enfrentamiento clasista entre ricos y pobres a un escenario de ciencia ficción, abriendo su historia con una apreciable profundidad de temas y derivándolo hacia una siempre interesante y bien llevada resolución, aunque sea en el último tramo cuando el resultado se acerca a propuestas más convencionales. Una pega mínima para todo extraordinario que ofrece. District 9 ya evidenció que Blomkamp se mueve como pez en el agua en las parábolas sociales, y Elysium no se queda atrás. Sí es cierto que en su versión original hay detalles que, sin sacar de la película, sí chirrían en lo que se refiere al idioma dominante y la procedencia de los actores, o en la pronunciación de Matt Damon, demasiado americana para haber crecido entre hispanos. La doblada hará que estos matices se pierdan, pero también eliminará el problema.

Pero ahí acaban los fallos de Elysium, que quedan ocultos tras un guión que funciona como un reloj y unos personajes no sólo formidablemente construidos, sino aún mejor enlazados. Y es que por mucho que Blomkamp sea un extraordinario narrador visual, que lo es, de esos que deja imágenes deslumbrantes en sus trabajos casi sin esfuerzo, la clave para que Elysium funcione tan bien está en su guión. En un minuto plantea el escenario, en diez encarrila las cinco motivaciones que se cruzan en la película. El resto, poco menos de cien minutos más, es puro disfrute: emocional, psicológico, de género y de acción. Hay tiempo para todo en los 109 minutos de la película que construye Blomkamp desde las bases de una ciencia ficción tan apropiada para un público adulto como el juvenil (su segunda mitad tiene un ritmo impresionante y ofrece secuencias de acción muy bien rodadas, en las que quizá algunos vean un exceso de movimiento de cámara), para uno clásico como para uno más moderno.

Es impresionante ver como una película que forzosamente tiene que ser tan digital en sus imágenes, pasa prácticamente siempre por una realizada artesanalmente. Y sus imágenes aúpan pero no sustituyen a la historia, gracias al enorme carisma de los personajes escritos por Blomkamp y por el fantástico trabajo de los principales nombres del reparto. Matt Damon es un buen héroe de acción, mejor cuanto más torturado, como demostró en la saga de Bourne. Siendo un espléndido protagonista, por desgracia para él los elogios se los van a robar Jodie Foster y Sharlto Copley. Es una auténtica lástima que ella se prodigue tan poco en el cine últimamente, porque hay pocas actrices tan capaces de dotar a sus personajes de tan impactante fuerza. Y en el caso de Copley, no hay más que comparar su trabajo aquí con el de District 9. Su versatilidad le hace pasar del hombre desvalido de aquella a la perfecta y díscola máquina de guerra que interpreta en ésta. Alice Braga y Diego Luna son dos magníficos complementos para Damon, pues comparten todo su metraje con él.

Elysium es una película sensacional que responde con maestría a las dos percepciones que se pueden tener sobre ella. Es una película con un cierto grado de intelectualidad, que marca con ello una enorme distancia con respecto al habitual cine veraniego de los estudios de Hollywood. Así, se intuye que Blomkamp ha mantenido su libertad creativa, la que hizo de District 9 una película de referencia, y el resultado es plenamente satisfactorio en este su segundo filme. Pero es también una cinta con nervio, garra y acción, una historia narrada con un ritmo endiablado. La mezcla es brillante, fascinante en sus planteamientos, pero también a nivel visual y sonoro, gracias a los formidables efectos pero sobre todo a un imponente banda sonora escrita por el debutante Ryan Amon, otra de las enormes noticias que deja Elysium. Una espléndida película de ciencia ficción que truinfa a todos los niveles. Así, sí merece la pena pagar una entrada de cine y dejarse llevar durante casi dos horas a ese estimulante mundo que plantea Blomkamp. Así, sí.

miércoles, agosto 14, 2013

'Aviones', mejor entretenimiento infantil de lo que cabía esperar

Ese "del mundo de Cars" que suena en trailers y anuncio, el cambio de Pixar a Disney (no, no es una película Pixar aunque tanto Cars como su secuela sí lo eran) y el hecho de que su franquicia de procedencia funcione mejor en la venta de merchindising que en la pantalla de un cine convirtieron Aviones en un título bajo sospecha desde su anuncio. Pero asumiendo sus reglas básicas y sus sinceras pretensiones, lo cierto es que es un entretenimiento infantil de muy buena factura. Empezando por eso, es obviamente una película para los más pequeños, porque el humor adulto sólo deja algunas de las mejores perlas de la película pero no es una cuestión que explote con abundancia. Lo que importa es la aventura y la diversión. Y ésta es una carrera de aviones con la clásica moral bondadosa que se espera de una película de dibujos animados, realizada con una bellísima factura visual en la que el 3D no se convierte en la habitual molestia.

Aunque el año pasado mezclaron filosofía con ¡Rompe Ralph! y Brave y aunque Cars está entre lo más flojo de Pixar, esta es una clara película Disney que busca aprovechar un buen éxito de la casa. No es que ese sea un concepto como para alterarse: el cine sigue siendo un negocio y la gente paga entradas para ver películas que le entretienen. En este caso, que entretienen a los más pequeños, y eso parece más que asegurado. A pesar de que, como en Cars, es difícil encontrar demasiado carisma visual y expresividad de gestos a los personajes como tales y a que la historia es sencilla y lineal, sin riesgo ni sorpresas, lo cierto es que el resultado final cumple con lo que promete siguiendo esquemas sobradamente conocidos, un héroe que quiere hacer en la vida algo distinto de su destino (un avión fumigador que quiere ser un avión de carreras), unos amigos incondicionales que le ayudan a realizar su sueño y un instructor con un oscuro pasado y dotes de manda.

No habrá que insistir mucho en lo que conlleva que sea una película pensada para los más pequeños (y para venderles aviones como en su día se vendieron y se siguen vendiendo coches), pero sí merece la pena detenerse en pequeños detalles que amenizan la proyección para los más grandes. En primer lugar, un comienzo rockero y atrevido que, de alguna manera, lleva a las mentes nostálgicas a recordar Top Gun durante unos breves instantes. Hay algunas alusiones a películas clásicas en las que los aviones juegan un papel destacado y, por qué no decirlo, la carrera final recuerda muchísimo a La amenaza fantasma (sí, ese muy vilipendiado Episodio I de Star Wars). Más adelante, hay algún chiste francamente divertido (las lágrimas de los británicos o la alusión a la compañía informática de la manzana), aunque decididamente no se trata de una película que apuesta con claridad por el humor (salvo con los clásicos secundarios cómicos... y con demasiado parecido con Cars). Y, sobre todo, unas muy bellas imágenes con los aviones en vuelo.

La baza visual es lo más destacado de la película, a pesar de que Aviones no está producida por los estudios punteros de la casa y a que es la segunda cinta de su director, Klay Hall, y la primera que se estrena en cines. No hay engaño alguno en su propuesta, es un filme para mantener entretenidos a los críos durante hora y media, y lo cierto es que consigue su propósito sin despeinarse. Sin riesgo alguno y aceptando sin problema todos los rasgos más habituales del cine deportivo más tradicional y de las fantasías animadas infantiles de los últimos tiempos, esas en las que los buenos son muy buenos, los malos son muy malos y los que dudan entre un lado y el otro siempre se acaban decantando por el correcto. Y que conste que en la escena del túnel llegué a pensar que todo lo que estaba ya pensando en escribir había que dejarlo a un lado y decir que Aviones era una película rompedora. Pero no, es lo que todos podemos esperar. Sin trampa ni cartón, con aventura y entretenimiento.

lunes, agosto 12, 2013

'RED 2', un más de lo mismo mejor que el original

RED fue más de lo mismo, la clásica comedia de acción que parece más una reunión de viejos amigos que una película aceptable. RED 2 viene a ser lo mismo que aquella, pero resulta que acaba siendo mejor. Y es difícil decir por qué, porque esta parece la clásica secuela que muchos ventilarían con un "si te ha gustado la primera ésta también te va a gustar, y si no te gustó ésta tampoco". No es que la mejora sea descomunal, pero quizá las piezas encajen mejor en la secuela. Quizá haya chistes más divertidos que en la primera entrega, aunque siga sin verle la gracia al personaje de Helen Mirren (parece menos presente en esta entrega) o al de John Malkovich (por repetitivo, quizá el actor menos en forma de todos los que aparecen en la franquicia). Pero Bruce Willis entiende este tipo de películas desde los años 90, Mary-Louise Parker está divertidísima y las inclusiones de Anthony Hopkins, David Thewlis, Catherine Zeta-Jones y, en menor medida, Lee Byung-hun son acertadas. Sí, persisten los inexplicables agujeros en la trama, pero RED 2, en conjunto, entretiene más que RED.

Básicamente hablamos de lo mismo que ya ofrecía aquella película, una serie de actores veteranos que se meten en una historia de acción sin límites. Si RED 2 es más entretenida se debe a que sus puntos fuertes son más sólidos que en la primera entrega. Y el principal es la relación entre los personajes de Bruce Willis y Mary-Louise Parker, que es divertida y funciona de principio a fin. Él, a pesar de la edad, sigue siendo un gran héroe de acción (su primera secuencia en solitario así lo atestigua), y muchas de las secuencias de la película evidencian que sigue teniendo un apreciable sentido del humor. Ella, por su parte, complementa a la perfección a Willis, y juntos protagonizan los mejores gags de la película, a pesar de algún exceso como la persecución por las calles de París, que, eso sí, tiene un final brillante. Para hacer crecer esta parte de la película, la interacción con Catherine Zeta-Jones es muy agradable, aunque su personaje sepa al final a muy poco.

¿Los puntos flacos? En realidad, los mismos que en la primera entrega aunque aquí se notan algo menos. No termino de encontrarle la gracia a los personajes de John Malkovich o Helen Mirren por mucho que lo intente, les veo demasiado caricaturizados y exagerados, no son partícipes de los momentos más divertidos (aunque en esta segunda entrega Malkovich sí se acerca a alguno), y en el caso de Mirren (su alusión a que es la reina de Inglaterra es lo más divertido de su presencia en la película) arrastra a Brian Cox a repetir prácticamente su participación en la primera película. Hay dos momentos delirantes con coches de por medio, el primero lo protagonizan Willis y Zeta-Jones, el segundo Mirren y Byung Hun. El primero es divertido, el segundo suena a hueco, exagerado y digital. No parece casualidad. Y eso que las escenas de acción en general están muy bien resueltas, no desentonan en la película y tampoco da la sensación de que haya dobles, aunque sin duda los hay.

RED 2 ofrece casi dos horas de la conocida mezcla de acción y comedia que estaba en las previsiones. Pero sí la película crece es probablemente porque Bruce Willis está algo más cómodo y a que Parker se lleva de calle muchas de las escenas de comedia. Hay que dar por descontado que este es un cine que no se toma en serio a sí mismo, y basa en esa percepción el olvido de casi todos sus errores. Y al final, en realidad, lo acaba consiguiendo. Con sus altibajos, con sus defectos, y con el recuerdo algo escaso que dejó la primera entrega, lo cierto es que este singular universo de veteranos crece con respecto a la primera gracias a la solvente locura de Anthony Hopkins, sin que se note demasiado el cambio de director (Robert Schwentke deja su silla a Dean Parisot, realizados hace 14 años de Héroes fuera de órbita) y con una historia simpática.

viernes, agosto 09, 2013

'Pacific Rim', un mastodóntico y entretenido juguete

Pacific Rim es, por encima de todo, un mastodóntico juguete que ha costado cerca de 200 millones de dólares y que supone un aumento de escala en la filmografía de un Guillermo del Toro que, apeándose de El hobbit, no dirigía desde que en 2008 estrenó la segunda entrega de Hellboy. Aparquemos por un momento los prejuicios que puedan formarse sobre una película basada en las continuas batallas de robots y monstruos gigantes. ¿Hecho? Bien, entonces ya e puede decir que Pacific Rim es una película muy entretenida. No busca otra cosa, aunque por un momento, sólo por uno y que el propio Del Toro destroza (luego explico cómo), casi da la impresión de que puede aspirar a algo más. Pero habiendo visto lo que otros directores han hecho con material más o menos cercano, lo que procede es alabar la forma en que el responsable de El laberinto del fauno ha llevado a la pantalla esta descomunal frikada.

Mucho se ha hablado, por supuesto antes de ver el filme, del parecido de Pacific Rim con otras franquicias, fundamentalmente Transformers y Godizlla. Podemos añadir otras referencias del anime como Mazinger Z o Robotech. Obviamente, la cinta de Del Toro va de robots gigantes y de monstruos del mismo o mayor tamaño. ¿Es que no se pueden hacer ya películas que traten sobre estos dos asuntos, tan apetecibles para un público friki? Pues eso. Pero es que Pacific Rim suma otra virtud. Si realmente lo fuera, sería mejor Transformers que el de Michael Bay y mejor Godzilla que el de Roland Emmerich. Lo que Del Todo hace es rodar batallas que se pueden seguir, que se entienden, que tienen una coreografía y un lenguaje. A partir de ahí podemos discutir la gracia que pueda tener eso, pero el mexicano da argumentos de sobra para defender su forma de entender un cine de espectáculo grandilocuente por encima, sobre todo, de la de Michael Bay.

¿Y tiene gracia ver a robots y monstruos peleando? Pues sí, la tiene, siempre y cuando se asuma la ausencia de pretensiones. Es casi un videojuego que se ha permitido Del Toro y que ha costado una millonada, pero que acaba ofreciendo lo que se espera de una película palomitera de verano. Eso también comporta un peaje, que además de las habituales incongruencias aquí vuelve a tener la forma de varios secundarios cómicos. Hay dos científicos, interpretados por Charlie Day y Burn Gormann, que, volcándose en la caricatura, dejan escapar algunas de las ideas más perversas y atractivas que había en la parte del guión de Del Toro y Travis Beacham que no va sobre peleas. Y los cameos de los amigos del director, Ron Perlman y, sobre todo, Santiago Segura, son absolutamente superfluos. Con ellos tiene que ver la escena que hay después de los primeros créditos (se está poniendo de moda ubicar ahí el último chiste, sin necesidad de esperar al final), pero sobre todo lo más lamentable de la película: la ruptura del mejor instante.

El descenso de Pacific Rim a lo terrenal sólo se produce en ese en un momento, justo el que hace saltar por los aires el cameo de Santiago Segura, un hermoso flashback que explica el papel en la trama de Mako Mori (interpretada por Rinko Kikuchi, conocida por la sobrevalorada y probablemente bastante olvidada Babel). En esa escena está toda la fuerza emocional que, probablemente, falta en el resto de la película para que Pacific Rim fuera algo más que un juguete, por entretenido que sea. Y es que el resto del reparto viene a cumplir papeles prefabricados. Raleigh Becket y Chuck Hansen, interpretados de forma suficiente por los guapos Charlie Hunnam y Robert Kazinsky, vienen a reeditar el duelo en todo de Maverick y Iceman en Top Gun, mientras que Idris Elba aporta empaque dando vida al jefe militar que está presente en cualquier película de género que se precie. Corrección absoluta por ese lado, conscientes todos ellos de que lo que el espectador ha ido a ver es la brutal batalla de dos categorías diferentes de monstruos.

Me resulta particularmente agradecido ver batallas en las que puedo seguir los movimientos. Eso es lo que ofrece Del Toro. Casi parece una expresión de ese deseo de visibilidad la pelea para probar la compatibilidad entre Raleigh y Mako, un mensaje claro de que apuesta por un cine de acción diferente al que hoy es norma, que se basa en movimientos atropellados e imposibles de seguir. Salgo de Pacific Rim pensando en que sé cómo son tanto los robots como los monstruos, cómo se mueven y cómo es su forma de pelear, a pesar del eterno truco de mostrarlos en la oscuridad y la lluvia para camuflar las flaquezas (muy bien camufladas, por cierto) de los efectos visuales, y eso es algo que no puedo decir de películas como Transformers o Battleship, por recordar aquella copia mezclada con el juego Hundir la flota. Pacific Rim no pasará a la historia como un título imprescindible, pero sus 131 minutos son un acertado y entretenidísimo homenaje al mundo de mechas y monstruos del imaginario de ficción japonés.

martes, agosto 06, 2013

'Los Pitufos 2', la misma medicina

Era lógico que saltaran las alarmas cuando se anunció una película de acción real sobre Los Pitufos. Que si la falta de ideas de Hollywood, que si ya no saben de dónde sacar películas, que si qué será lo siguiente... Y el caso es que el resultado fue una agradable y divertida aventura juvenil que se sostenía bastante mejor de lo que casi el mundo pensaba, a pesar de que la crítica se resistió bastante a encontrarle puntos fuertes. Tuvo éxito, y la secuela era casi obligada. Llega ahora Los Pitufos 2 y es la misma medicina. Eso quiere decir que es una película simpática y entretenida, pero que ya no goza del factor sorpresa que benefició tanto a la primera entrega. Con un poco más de protagonismo para Pitufina, ampliando la nómina tanto de héroes como de villanos y buscando un cambio de escenario, el filme ofrece exactamente lo que cabe esperar de una secuela. Todo está en el manual del márketing para vender secuelas. Y entretiene, claro, pero sabe a poco porque se limita a seguir el camino ya marcado para las franquicias.

Ese manual para las secuelas establece que la fórmula debe de ser parecida a la de la película original. Eso se traduce aquí en que, con el mismo director, Raja Gosnell, nuevamente un pequeño grupo de pitufos (pequeño para reducir el trabajo de los animadores) tiene que venir al mundo de los humanos, en esta ocasión para rescatar a Pitufina, secuestrada por Gárgamel (un desbocado Hank Azaria) con la ayuda de sus pequeños ayudantes. Se repite la estructura, se repite el villano, se repite la misión con algún matiz y se repiten los protagonistas humanos, también con otro matiz en forma de añadido: Brendan Gleeson da vida al padrastro de Pat Winslow (Neil Patrick Harris) y el pequeño Jacob Tremblay da vida al pequeño Azul, hijo de Pat y Grace (Jayma Mays). El manual también dicta el cambio de escenario para que la historia parezca lo suficientemente diferente. Y, así, los Pitufos tienen que ir esta vez a París, conformando una bonita postal turística.

La principal novedad de esta segunda entrega de la franquicia, que incluso antes de su estreno ya tiene anunciada una tercera entrega, está en los malotes. Son dos pequeños seres similares a los Pitufos creados por Gárgamel pero que no tienen la piel azul de los pitufos. El villano, acompañado como siempre por su gato Azrael, necesita la fórmula con la que Papá Pitufo transformó a Pitufina, para conseguir la energía de la que se nutre su magia, que le ha convertido en toda una celebridad en el mundo de los humanos. Y el plan es tan sencillo (el guión es sencillo, e incluso demasiado conveniente en algunas ocasiones) como abrir un pequeño portal al mundo de los pitufos, secuestra a Pitufina en el mismo día de su cumpleaños y conseguir de ella la fórmula. Ahí está servida la clásica historia sobre la familia, que encuentra su contrapartida en los protagonistas humanos, que también está presente en el manual de la secuela y también en el del cine familiar.

Los Pitufos 2 es como Los Pitufos. Eso tiene su parte positiva y su parte negativa. La positiva es que está adecuadamente realizada, aunque puede llegar a cansar el exceso de animación por ordenador (no sólo con los pitufos protagonistas), el guión tiene los suficientes puntos de humor y de cinefilia (Mays disfrazada como Audrey Hepburn para sonsacar información al personal del hotel o frases sueltas de Gárgamel que son referencias a varias películas, incluyendo El Imperio contraataca) y la acción es bastante entretenida dentro de lo que se puede esperar en una película de este estilo. Pero quienes hayan visto la primera entrega comprobarán que no hay nada realmente original en esta continuación. Es un correcto más de lo mismo pero no deja de ser más de lo mismo. Quizá una película ambientada en el mundo de los pitufos hubiera dado más juego, pero, claro, habría sido más cara. Para quien se anime, hay escena al final de los créditos. Nada imprescindible, pero, como toda la película, simpática.

Otra crítica de la película, en Cómic para todos.