viernes, febrero 21, 2014

'Her', bellísima carta de amor

Tengo que confesar que no soy un apasionado del cine de Spike Jonze. Le reconozco el carácter rompedor de sus ideas, la inmensa originalidad de su cine a todos los niveles y su capacidad para encontrar los recovecos del alma humana en las más insospechadas situaciones. Pero normalmente sus películas no llegan a emocionarme del todo. Me pasó con Adaptation. El ladrón de orquídeas, me pasó en Cómo ser John Malkovich y me pasó con Donde viven los monstruos. Originales, atractivas, incluso interesantes, pero lejos de ser inolvidables. Her destroza para siempre esa percepción. La bellísima carta de amor que escribe y dirige es una extraordinaria maravilla de principio a fin, planeada con mimo y ejecutada con cariño, interpretada con maestría y montada con inteligencia. Original en su planteamiento, pero brillante más allá de su sinopsis. Ni un pero se le puede poner a esta película tan preciosa como magnética, irresistiblemente humana dentro de su más que atractivo envoltorio de ciencia ficción.

Empezando por su punto de partida, todo hechiza en Her. Theodore (Joaquim Phoenix) trabaja en una empresa que se dedica a crear cartas manuscritas que otras personas no son capaces de redactar, se está divorciando y es un tipo triste y solitario. Un día instala en su ordenador un nuevo sistema operativo, una personalidad más que real a la que decide dar voz de mujer (Scarlett Johansson) y ella misma se pone el nombre de Samantha. Y poco a poco van enamorándose. Qué fácil parece con una sinopsis así caer en los terrenos de la caricatura o, por qué no decirlo, del ridículo. Pero Her está siempre alejadísima de esos peligros porque todo lo que acontece en la pantalla genera empatía, conmueve y emociona. Todo está formidablemente bien hecho a todos los niveles Spike Jonze, un autor de ideas como poco enrevesadas, encuentra aquí el escenario tan innovador en su envoltorio como clásico en su desarrollo y hace posible lo imposible: recrear una vibrante historia de amor en la que sólo llegamos a ver en la pantalla a uno de los dos integrantes de la pareja. Al otro sólo lo escuchamos.

Lo grandioso de Her es que para crear una carta de amor de toques humanamente imposibles describe con absoluta precisión humana todas las etapas del enamoramiento, y lo hace con una delicadeza sensacional. Es Spike Jonze en estado puro, pero también Spike Jonze llevado a su máxima capacidad. Es reconocible en su brillantez formal, pero en lo que toca el corazón merece el aplauso siempre y no a ráfagas como hasta ahora en su filmografía. Y consigue lo mejor de un reparto brillante encabezado por un hombre (Phoenix) y cuatro mujeres (a la ya mencionada Johansson hay que sumar a una Amy Adams que demuestra una vez más que su portentosa creatividad ni tiene límites ni están supeditados a su aspecto físico, una Rooney Mara brillante en su dureza y una Olivia Wilde que casi siempre da la sensación de ser mejor actriz de lo que se reconoce, y que ella prueba en papeles secundarios de mucho peso). De una forma u otra, Theodore enamora a esas cuatro mujeres. Y, de paso, el espectador sale irremediablemente enamorado de la película.

Her es tierna, bonita, triste y melancólica, se inicia con maestría y se cierra aún mejor. Y en su brillantez, la que hace que se recomiende este filme con entusiasmo a todo tipo de públicos que quieran experimentar emociones ante una pantalla (¿no trata de eso el cine?), Her abre además un debate necesario y fascinante. Teniendo en cuenta que Samantha es un personaje del que sólo escuchamos su voz, ¿quien vea la película doblada habrá disfrutado realmente de Her? ¿Cómo se puede convencer a alguien de que Scarlett Johansson es la coprotagonista del filme si su rostro no llega a verse en la pantalla? Doblada, Her deja de ser una película de Scarlett Johansson y su personaje pertenece por completo a otra actriz. ¿Es eso justo? Probablemente no. Pero no lo es ni con el trabajo interpretativo de la actriz ni tampoco con el propio espectador, que recibe algo diferente de lo que ha creado Spike Jonze (quien, por cierto, completa lo más divertido de la película prestando su propia voz al pequeño alienígena del juego). Una película más que evidencia lo necesaria que es la versión original. Y además, una película grandiosa.

miércoles, febrero 19, 2014

'Alabama Monroe', un puñetazo en el estómago endulzado con country

Hay películas que trascienden una de las funciones del cine, la de entretener. Con Alabama Monroe (desafortunadísimo título español para The Broken Circle Breakdown; el cartel tampoco es que defina demasiado bien lo que es la película) es muy difícil sentirse entretenido, porque es un relato vivo, cambiante y, como la vida misma, duro y cruel sin concesiones. Son casi dos horas en la vida de una pareja, él músico de country y ella tatuadora, que tienen una hija que pasa por una durísima enfermedad. No es ese paso por el hospital el único puñetazo en el estómago que da la película a cada espectador. Ni mucho menos. Son casi dos horas que desbordan realismo y sinceridad, con unos diálogos intensos y casi perfectos, que se convierten en una radiografía de la vida. Y la vida es cruel. Queda la música country, bluegrass en realidad, para endulzarlo, para disfrutar de la pasión que contiene el filme, pero avisados quedáis de que es una píldora emocional difícil de tragar, advirtiendo también que hay mucho cine del bueno en su interior.

En ese sentido, es difícil resistirse a la comparación con el Amor de Michael Haneke, y aún asumiendo que son películas de medios y fines diametralmente opuestos. Pero consiguen lo mismo: golpear al espectador donde más le duele, en el corazón. Porque su historia, el amor entre Didier y Elise y la importancia de su hija Maybelle, es contundente, fiera, desgarradora rotunda... y hermosa incluso en la tragedia que golpea una y otra vez sin descanso, para crear una admirable tensión. Quizá, y ese es su punto débil (más visible durante el análisis posterior que durante la película), el éxito de sus efectos esté demasiado supeditado a la estructura de la película, que va saltando en el tiempo, hacia adelante y hacia atrás, y no sólo en dos líneas paralelas como parece al principio. Eso sí, el trabajo de montaje es sensacional y ahí juega un papel esencial el bluegrass que se escucha a lo largo de la película.

Y es que la música es el gancho ineludible del filme. Es un elemento esencial para entender el ánimo de cada segmento, pero también para introducir temas en la profundidad del relato (la parábola entre el country, Estados Unidos y las posiciones éticas que defiende Didier es magnífica). La selección de temas y melodías es brillante, sus letras significativas y su inserción en el montaje maravillosa. Pero siendo una historia tan pasional, tan emocional y tan dura, el mérito y los aplausos se lo han de llevar en buena medida sus protagonistas. Veerle Baetens (Elise) y Johan Heldebergh (Didier) están soberbios porque entienden que no dan vida a unos personajes, sino a unas personas en momentos muy diferentes de sus vidas a lo largo de unos diez años. Cada escena siempre parece mejor que la anterior, y la estructura temporal que diseña Van Groeningen, aún exigiendo algo más del espectador (lo que se agradece), les favorece todavía más.

Hay tanto corazón en Alabama Monroe que parece difícil resistirse a su embrujo. Incluso pensando que la estructura de la película recuerda a la de Blue Valentine, la sinceridad que desprende le da una singularidad especial. O su música country, en cada uno de los números que aparecen en la películas, trascendentes cada uno a su manera, algunos por la felicidad contagiosa que desprenden, otros por anticipar lo que viene a continuación, otros por suplir con tanto acierto a los diálogos. O la desgarradora historia de la niña y las consecuencias. O la historia de las estrellas y las mariposas. O el momento del pájaro. O la escena del hospital. O una de las bodas más emotivas que ha visto el cine reciente, lejos de la parafernalia cómica hollywoodiendse que tanto gusta de explotar ese momento. Tiene tantos momentos especiales que a nadie puede sorprender que la Academia le haya dado a esta cinta belga una nominación a la mejor película de habla no inglesa.

lunes, febrero 17, 2014

'Cuento de invierno', cine de otra época

En el fondo, es una pena que una película como Cuento de invierno lo tenga tan difícil para convencer. El debut como director de Akiva Goldsman es, como dice el título, un cuento. Y como tal es bonito, emotivo, romántico y lleno de fantasía. Es decir, todo lo que no se estila en el cine que triunfa hoy en día, truculento, morboso, cínico y desgarrador con mucha frecuencia. Cuento de invierno está lejos de ser una película perfecta, pero no deja de ser un cine reivindicable precisamente por estar en peligro de extinción y por las feroces críticas que suele recibir cuando asoma la cabeza. Le ha sucedido a este filme, casi ya vapuleado antes incluso de llegar a las pantallas. Y no es un clásico instantáneo, aunque rodado hace 30 años seguro que habría tenido mejor prensa, pero en el fondo es triste que el motivo esencial para la crítica no sea otro que el hecho de que es una historia bonita. Sí, lo es. Ñoña, si se quiere. Pero sincera y mejor llevada de lo que parece, aunque dé la impresión de que le faltan dos o tres explicaciones y un par de retoques de montaje para ser algo mejor.

Cuento de invierno es la historia de Peter Lake (Colin Farrell), un ladrón que trata de escapar de su antiguo jefe mafioso, Pearly Soames (Russell Crowe), y acaba topándose con el amor verdadero encarnado en una joven enferma, Beverly (Jessica Brown Findlay). Hasta ahí, lo creíble sin necesidad de recurrir a la fantasía. El aspecto de cuento llega cuando hablamos de ángeles, demonios y milagros, muy presentes en toda la historia, hasta el punto de definirla. Y dentro de esa definición se acaba convirtiendo, casi desde el principio, en un cine nostálgico, pasado de moda, clásico en sus planteamientos y en su ejecución (deudora de lo que algunos guiones de Goldsman ya mostraron en la pantalla, como Cinderella Man o Tiempo de matar, no sus superespectáculos como Batman Forever, Batman & Robin o Soy leyenda). ¿Es eso algo malo, negativo o que penalice el resultado de la película? En absoluto. ¿Por qué debería?

La película pide a gritos apartar el cinismo contemporáneo para disfrutar de una fábula, en la que los únicos detalles modernos son unos eficientes efectos visuales (que, vinculados a la luz, provocan una sensación onírica muy agradecida). Puestos a censurar, quizá lo menos conseguido de la película (junto al extraño papel de Will Smith, que sólo aparece en dos escenas pero que parecen las más superfluas de la película), sea la pronunciada elipsis temporal que separa en casi un siglo los dos momentos que muestra. Hay en esa elipsis detalles incongruentes (¿cuántos años tiene el personaje al que da vida Eva Marie Saint en el momento temporal?), aunque la eficacia del clímax y sus momentos previos hacen que se olvide con facilidad lo mejorable para quedarse con lo destacable, que es mucho más de lo que parece. La película parte de ideas muy atractivas y su fantasía convence con tanta facilidad como los actores, entre los que destaca la siempre fascinante Jennifer Connelly, el sereno John Hurt y el siempre camaleónico Russell Crowe.

Es paradójico que se sienta la necesidad de advertir que ésta una película es bonita, como si eso fuera un defecto imperdonable. Pero el caso es que lo es. Puede que le falta un poco más de alma para convencer sin reparos, pero su planteamiento, la buena dirección de actores (que no se deja ver sólo en los nombres más populares, sino también las niñas) su guión y algunas de sus escenas son motivos más que suficientes para darle a Cuento de invierno la oportunidad de entretener al público durante casi dos horas con un relato amable y romántico, cargado de elementos de fantasía, una espléndida puesta en escena y una buena banda sonora a cargo del casi siempre genial Hans Zimmer y Harry Gregson-Williams. Y asumo que esta será, probablemente, una de las pocas críticas que no se lance a la yugular de Cuento de inverno. Qué le vamos a hacer. Será que quien la suscribe es un romántico.

viernes, febrero 14, 2014

'Robocop', una buena forma de hacer un remake

Puestos a pensar en remakes recientes, se me ocurren pocas formas más inteligentes de hacer uno que la de Robocop. Dicho esto, conviene hacer unas cuantas precisiones para ponernos en situación. La primera, que esta nueva versión de José Padilha es inferior a la original de Paul Verhoeven, estrenada en 1987, en muchos aspectos, en especial en lo rompedor del planteamiento de aquella en una era en que la ciencia ficción y los efectos especiales estaban a otro nivel. Pero eso no tiene por qué llevarnos de forma automática al terreno de lo desdeñable, como suele suceder cuando alguien dice que un remake no supera al original. No es esa la única razón de ser de una película. Para empezar, en este caso es complicado, porque el cine de ciencia ficción ha cerrado ya muchos de los caminos que permiten ser rompedor a estas alturas. Pero Robocop, y ahí va la segunda precisión vital para entender la película, busca su propio camino. Es Robocop, es Alex Murphy, es un policía al que se salva la vida implantando lo poco que queda de su cuerpo en un robot. Pero hasta ahí las similitudes. Por eso es ésta una buena forma de hacer un remake.

Se respeta el concepto, se crea un mundo nuevo. Y es ahí donde hay buenas opciones de hacer algo más en Robocop, aunque es cierto que no terminan de aprovecharse del todo. Se intuye que en la película entran en conflicto ideas de diferentes fuentes y que unas se imponen sobre otras. Porque Robocop arranca siendo una apasionante reflexión sobre el uso militar de drones y robots (magnífica la secuencia de apertura de la película, con un desatado Samuel L. Jackson interpretando a un presentador de televisión que conecta con una misión estadounidense en Irán en la que se ve la artillería militar en todo su esplendor) y el deseo de algunos de aplicar esa tecnología en suelo norteamericano para velar por la seguridad ciudadana, pero acaba como un relato de venganza, la de Murphy sobre quienes trataron de asesinarle. Por el camino lo que transcurre es una historia muy entretenida, con pinceladas de algo más que no terminan de cristalizar del todo pero que no impiden disfrutar de la película.

En ninguno de dos esos dos aspectos sigue este Robocop el camino de la película original, y eso es digno de elogio. Nada de copia, nada de remake en la peor acepción del término. Esta es una película nueva que se basa en un concepto clásico, ni mucho menos perfecta, pero con muchos puntos a valorar. Por ejemplo, el mismo aspecto de Robocop. Cambiante durante la película (además, con algunos gags espléndidos relacionados con este asunto), con homenaje incluido a la armadura original de los años 80, pero que en su versión definitiva de color negro convence bastante, incluso a pesar de que era uno de los elementos que más miedo despertó en el aficionado cuando se filtraron las primeras fotos. Para continuar, la forma en que se homenajea al uso de los informativos televisivos en el Robocop original, con los programas que conduce un Samuel L. Jackson brillante como hace tiempo que no lo estaba. Y para seguir unos brillantes efectos visuales, que dan sobre todo al clímax la espectacularidad que nunca tuvo el filme de Verhoeven sencillamente porque no había tecnología para ello.

Y el reparto también merece elogios. La disputa entre el presidente de OmniCorp (Michael Keaton) y el científico que les ofrece a Robocop (Gary Oldman) fascina en bastantes momentos, como también la mayor presencia de la familia de Murphy (su mujer es interpretada por Abbie Cornish) dentro del conflicto personal que vive. Ninguno de estos elementos termina de cobrar el protagonismo que demanda, y eso viene a ser un pequeño punto en contra de la película, que no desarrolla bien algunas cuestiones. Ese es un mal endémico en el cine espectáculo hollywoodiense y que se nota en Robocop, aunque ésta esté muy por encima de la media en otros aspectos. Y es que Robocop, una película sobre la que probablemente muchos ya habían decidido que sería un desastre, resulta ser un muy buen entretenimiento, y como son muchas las ventanas que abre y los temas que expone, quién sabe si el comienzo de una atractiva franquicia de ciencia ficción y acción. Desde luego y probablemente contra todo pronóstico, su arranque merece la pena por mejorable que sea en algunas cuestiones.

miércoles, febrero 12, 2014

'Jack Ryan: Operación sombra', buenos elementos en una actualización discutible

El dilema de siempre. Jack Ryan: Operación sombra es una pasable y entretenida entrega de espías, aventura y acción, siempre que se perdonen algunas cosas, pero es una actualización discutible del personaje de las novelas de Tom Clancy en el que se basa, al que en la gran pantalla se pudo ver como debía ser en la película que interpretó Alec Baldwin (La caza del Octubre Rojo) y las dos de Harrison Ford (Juego de patriotas y Peligro inminente), incluso en algunos aspectos de la de Ben Affleck (Pánico nuclear). Pero este nuevo filme se aleja sin querer alejarse, compone un nuevo personaje en un mundo completamente distinto y de repente se quiere acordar de aquel en el que está basado. Esos dubitativos movimientos, unidos a enormes agujeros en el guión, son lo que hace discutible esta actualización de la saga, que busca con descaro una nueva audiencia, mucho más juvenil y tecnológica. Olvidando estas cuestiones, se pueden ver con más claridad los buenos elementos que esconde esta película, dirigida por un Kenneth Branagh definitivamente reciclado para este tipo de cine y que se convierte, como actor, en lo mejor del filme.

Antes de ir con Branagh es conveniente cerrar lo que supone el filme. Tan de moda como se han puesto las actualizaciones y reboots en Hollywood, exactamente eso es Jack Ryan: Operación sombra. Ahora bien, mejor olvidar el referente. No es la bourneización que se podía temer legítimamente, pero tampoco tenemos a ese agente que no quiere estar en el terreno y que prefiere la seguridad de su despacho. Y la película oscila entre los momentos en que quiere recordar precisamente eso (lo dice varias veces, los nervios traicionan su memoria y le tiemblan las manos después de su primer enfrentamiento serio) y aquellos en los que acaba siendo inverosímil esa propuesta (ya desde las dos escenas iniciales, pero sobre todo en el clímax, cuando Ryan se convierte en el agente total que sobrepasaría a cualquier de los más conocidos del cine, desde el mencionado Bourne hasta incluso James Bond). En ese sentido, la película merece algún que otro reproche, porque, adiestrado prácticamente en la Guerra Fría, no parece el más indicado para una historia ambientada en un mundo tecnológico y de redes sociales.

Sin embargo, si nos olvidamos de que el referente es Ryan, la película funciona relativamente bien casi durante todo su metraje como lo que tiene que ser, una película de espías con cierta inteligencia en su planteamientos (que no en la forma en que va encadenando escenas o acontecimientos; ojo al momento de la pintura en el clímax, bastante irrisorio), escenarios cambiantes (Moscú principalmente) y razonables dosis de tensión y acción. No siempre funciona así por una insistencia tópica del cine norteamericano, la introducción de un interés romántico que la historia no necesita, por mucho que acabe encontrándole un sentido, y cuya química no funciona. Chris Pine se sabe de memoria lo que implica el papel de héroe atribulado (y en reboots, como el de Star Trek) y cumple porque no necesita más. Pero Keira Knightley parece salida de otra película y culmina esta floja subtrama en la primera de las dos escenas del hotel, con una réplica lamentable. Al menos los responsables de la película saben cuándo dejar esa historia en su sitio y no molesta en los momentos que tienen que ser los más trascendentes. Algo es algo. Pero la penitencia, como la de los errores del guión, ya está pagada.

Llegamos a Kenneth Branagh, no sin antes reconocer que, también con los defectos de su personaje, es un gustazo ver a Kevin Costner de nuevo en la gran pantalla con cierta asiduidad. No queda mucho de aquel Branagh veinteañero que con sus películas shakespearianas llegó a ser comparado con Orson Welles. Hollwyood le ha tratado francamente mal desde entonces, minusvalorando sus capacidades como director y ahora ya confinado al cine espectáculo después de Thor. Es un director competente, muy interesante a ratos (y eso se ve en la sensacional escena de la cena que monta en la película, con tensión, una espléndida dirección de actores y un buen montaje). Pero de lo que siempre se ha olvidado casi todo el mundo es de lo gran actor que es Branagh. Aquí, sin duda, lo mejor de la película, como evidencia su primer cara a cara con Pine, espectacular a muchos niveles, aunque luego el guión rebaje algunos de los elementos ahí planteados. Branagh consigue sostener una película que hace no tantos años habría parecido imposible para él, y eso también dice mucho sobre él como director. Entretiene lo suficiente, aunque con reservas, y tiene momentos muy logrados. ¿Jack Ryan? Mejor recuperar La caza del Octubre Rojo para verle.

lunes, febrero 10, 2014

'La Lego película', un frikismo tan divertido como algo light

No fueron pocos los que se llevaron las manos a la cabeza cuando Warner anunció que iba a hacer una película sobre Lego. Ya se sabe, aquello de la falta de ideas o qué será lo siguiente que se inventarán para simplemente ganar dinero. Pues bien, La Lego película ya es una realidad y una realidad muy divertida. Es verdad que, destacando por su frikismo, es una diversión algo light, pensando en que su público lo tienen que formar espectadores de todas las edades (al fin y al cabo, eso es lo que más dinero puede dar), y por eso le falta algo del humor gamberro al que apunta pero al que acaba renunciando. En cualquier caso, el invento funciona bastante bien. Visualmente es una pequeña delicia realizada por ordenador para simular stop motion, y que se recrea con cariño para formar con piezas de Lego todo lo que se ve en la pantalla, incluso los efectos de agua, humo o fuego. Y aunque puede que argumentalmente sea algo tópico, su encaje con la realidad y el inagotable humor que exhibe hace que no haya tiempo para aburrirse.

Si había un peligro claro a la hora de hacer La Lego película es que el resultado final fuera imposible de tomar en serio, que cayera en el más absoluto de los absurdos, incluso dentro de su descabellada propuesta, y que su única razón de ser fuera ver Legos en movimiento, algo que llevan mostrando aficionados con vídeos amateurs desde hace muchos años. Pero el filme que escriben y dirigen Phil Lord y Chris Miller es simpático de principio a fin, en su sentido del humor, en los incontables homenajes que hay en la película (que van desde su simple concepción con figuras del Lego al uso de Batman como socarrón secundario, pasando por la presencia de numerosísimos cameos de personajes sobradamente conocidos; es, efectivamente, un festival friki por muchas razones, incluyendo al astronauta ochentero), e incluso en su historia, muy bien e imaginativamente anclada en el tercio final entre su mundo de fantasía y el mundo real, aunque ahonde en moralejas ya habituales en el cine familiar o de animación.

Con esa advertencia, no es difícil concluir que La Lego película es una comedia para todos los públicos, una que apela a los más pequeños con un humor claro y directo, pero que también busca tocar al friki. Al de Lego, por supuesto, pero también al de tantas franquicias de cómic y cine que aparecen representadas en la pantalla. El Universo DC, por medio de un Batman caricaturizado de una forma ejemplar (ojo a la canción que pone en el Batmóvil o a la escena en la que el Batwing se dirige al sol), es el epicentro de esas bromas, pero pasan por el filme todas las franquicias en manos de Warner, desde Harry Potter hasta El señor de los Anillos... y algunas que no son de Warner. En esa línea, es irresistible el gag que hace alusión a Star Wars (y que inevitablemente es aún más divertido en la versión original porque son los actores de la saga de George Lucas los que prestan sus voces para este desternillante cameo).

Las virtudes de La Lego Película son mucho más evidentes en su desbordante imaginación visual y en su comicidad mucho más que en el desarrollo de la historia, que puede llegar a ser tópica y previsible, pero las risas que ofrece y el desenfadado tono aventurero que tiene compensan bastante bien los puntos más débiles de la propuesta. Y es que aunque la historia sea ligera, amena y poco rebuscada, tampoco se le puede pedir mucho más. Es exactamente lo que quiere ser, una oda al frikismo cargada con muy buenos momentos cómicos que pueden disfrutar sin problemas niños y mayores. Y ya está anunciada la secuela antes incluso de estrenarse esta primera entrega, así que los mandamases de Warner tendrán sus motivos para estar confiados en que el filme va a gustar. Para pasar un buen rato, desde luego, cumple con creces. Y el friki, además, va a encontrar muchos momentos gozosos.

viernes, febrero 07, 2014

'Nebraska', el mismo Alexander Payne de siempre

Alexander Payne es uno de los niños mimados de Hollywood. Película que hace, película por la que se vuelve loca la Academia. Nebraska no ha sido una excepción y sigue el camino que han venido marcado las películas que antes de ésta ya le habían reportado dos Oscars como guionista y otras tantas nominaciones como director. Al margen de premios y reconocimientos, Nebraska es puro Alexander Payne, con obsesiones y temas ya vistos en sus anteriores trabajos y cuya principal novedad es que está rodada en blanco y negro. Que sea el mismo Alexander Payne de siempre se puede interpretar de muchas maneras. El suyo es un cine humano pero que, a fuerza de buscar un significado mayor a lo cotidiano, acaba resultando algo insuficiente. Agradable, sin duda, porque construye sus personajes con habilidad, recurriendo al humor, pero no tan profundo como parece ser a simple vista. Lo mismo que, en realidad, le pasó a su alabada Los descendientes.

Payne vuelve a acercarse a la familia, como ya hiciera por ejemplo en Los descendientes, y a la vejez, como en A propósito de Schmidt. Y hay que reconocerle que sus aproximaciones a temas cotidianos son amables, entretenidas y realistas. Pero también que sus logros enmascaran una falta de fuerza y de ritmo, que rebajan bastante unas pretensiones que se antojan elevadas en la concepción de sus películas. Nebraska quiere ser una historia trascendente y casi siempre da la impresión de estar lejos de lograrlo. Nunca es molesta, no parece mal construida o mal llevada en ninguna escena, es una cinta agradable incluso en su retrato de la amargura, pero es menos de lo que quiere ser y, sobre todo, de lo que aparenta ser. Porque la piel de película independiente de trasfondo importante se le ha pegado a Payne desde hace muchos años, curiosamente desde la misma industria de la que él marca distancias con su cine, pero cabría preguntarse si realmente es tan trascendente como ansía ser.

Al final, las películas de Payne quedan fundamentalmente en manos de sus actores, y hay que reconocerle un buen ojo espléndido en este terreno, porque sus elecciones no suelen partir (George Clooney aparte) de la primera fila del estrellato hollywoodiense. En este caso, Bruce Dern es su protagonista y está brillante. Da vida a Woody Grant, un anciano que se ha empeñado en un propósito que le saque de su rutina, ir a Nebraska a reclamar un premio de un millón de dólares. Él ve como real lo que todo el mundo a su alrededor, desde su mujer hasta sus hijos, saben que es un engaño para que se suscriba a alguna revista. Pero aún así, su hijo menor, David (Will Forte), le acompañará en ese loco viaje que, finalmente, se convertirá en un exorcismo del pasado no sólo para Woody sino para toda su familia. Dern aporta humor, ternura, amargura y un amplio espectro de emociones. Y todos los que aparecen junto a él en pantalla se amoldan a su supremacía, incuestionable durante las dos horas que dura el filme.

El problema que algunos espectadores pueden tener con Nebraska, el que tiene el que esto suscribe, es que es fácil no encontrar la sustancia de lo que cuenta Payne. Es algo extensible a casi todas sus películas, que siempre dejan momentos impagables, escenas divertidas y grandes momentos dramáticos, pero que en conjunto saben a poco y adolecen de un objetivo claro. No creo que haya una respuesta sencilla para la pregunta de qué cuenta realmente Nebraska. Sin duda, quienes conecten con la historia podrán ofrecer una contestación y lo más probable es que esté realmente bien argumentada. Pero como el cine es una cuestión de sensibilidades y de la forma en que cada película llega al corazón de cada espectador, no todo el mundo llegará al mismo tiempo. Y desde este punto de vista, Nebraska entretiene pero no perdura, incluso disfrutando del enorme trabajo de Bruce Dern.

miércoles, febrero 05, 2014

'La Venus de las pieles', un Polanski maestro, perverso y juguetón

Hay pocos directores como Roman Polanski capaces de atrapar al espectador durante lo que dure una película, sea esta de 70 o de 140 minutos, sin dejarles escapar ni un solo segundo. En tantas películas ha generado esa sensación, que no tendría que sorprender a estas alturas, pero lo sigue haciendo precisamente porque no se puede escapar de su genialidad, inalterable a sus 80 años de edad. La Venus de las pieles es otra muestra más de lo que es capaz de hacer. La película es un travieso juego de seducción erótica, un perverso descenso a las profundidades del alma y un juguetón ejercicio de metatextualidad, no sólo por lo que cuenta sino por lo que representa dentro de la filmografía del propio Polanski. Y tanta genialidad la cristaliza con sólo dos actores, Mathieu Amalric dando vida a un autor teatral y Emmanuelle Seigner como una mujer que llega tarde a una audición para su próxima obra, una adaptación, precisamente, de La venus de las pieles, obra de Leopold von Sacher-Masoch, cuyo nombre sirvió para denominar el masoquismo.

Con Polanski uno sabe cómo entra a una sala pero no cómo sale. Es imposible predecir en qué recovecos del alma humana va a encontrar resortes que hagan pensar en su película, incluso durante mucho tiempo después de haber sido vista. Con qué personaje se va a sentir uno identificado en algún momento de la película o cuál le puede generar incluso repulsión. En qué aspecto va a encontrar la fascinación que siempre yace oculta en el cine de su autor. En el juego de cuál de los personajes está dispuesto a entrar y en cuál no. La venus de las pieles no es una excepción en su filmografía, sino una evolución natural de muchos factores. Su aspecto teatral, tanto de procedencia como de escenario, y su reducido reparto de dos actores invitan a pensar en ella como consecuencia de la brillantez de Un dios salvaje, pero en sus intensísimos 96 minutos se pueden reconocer rasgos de otras muchas películas suyas de años atrás, desde El quimérico inquilino, Repulsión, Lunas de hiel o La muerte y la doncella.

Entre los méritos de Polanski siempre ha estado una impecable dirección de actores, algo que si normalmente es esencial para triunfar en La venus de las pieles es directamente imprescindible. Y el acierto es de tal calibre que no queda más que levantarse y aplaudir ante la cantidad de registros que sacan Seigner y Amalric de sus personajes, ante la prodigiosa evolución que van marcando en la pantalla y ante las portentosas metaformosis que van experimentado según lo marca un guión extraordinario, que mezcla con enorme naturalidad lo real y lo ficticio, incluso jugando también con el espectador, que acaba la película sin saber en el fondo qué es lo que ha pasado ante sus ojos, porque Polanski disfruta con la ambigüedad, pero con muchas interpretaciones posibles. En ese final está lo único discutible de la película. Polanski roza límites y no es fácil decir si los ha sobrepasado y ha perdido el control de su experimento o si realmente era la desembocadura natural de lo que ha venido mostrando en los 90 minutos anteriores. Eso dependerá de cada espectador, pero lo que es innegable es que deja pensando. Y eso es siempre elogiable.

A veces de la sensación de que a Polanski, por su polémica figura y su pasado oscuro, no se le valoran sus obras maestras como a otros. Pues aquí deja otra para quien quiera verla. Con La Venus de las pieles estremece a muchos niveles, desde los más primarios a los más complejos. ¿Y de qué va la película? Va sobre una audición. Un director busca a actriz que tenga las cualidades de su personaje y las encuentra en la mujer que menos aparentaba tenerlas, que arranca desde las líneas escritas por el autor un juego de seducción sexual del que parece imposible escapar, con diálogos llenos de dobles y triples sentidos. Polanski, coautor del guión junto a David Ives, guionista precisamente de la obra de teatro que recoge el texto de Sacher-Masoch y en la que está basado el filme, da rienda suelta a miedos y obsesiones que van inundando la pantalla con precisión y en un marco sensacional, en el que el realizador se mueve como pez en el agua, dominando todo lo que hay que dominar en una película, desde una música formidable (Alexandre Desplat vuelve a salirse) hasta una puesta en escena magistral.

lunes, febrero 03, 2014

'Al encuentro de Mr. Banks', magia convertida en cine

Con demasiada frecuencia olvidamos que una de las pretensiones del cine es generar magia. Walt Disney fue un genio entendiendo esa concepción del arte cinematográfico, y Al encuentro de Mr. Banks es una película deudora de esa forma de entender las películas. Lo que cuenta es cómo fue posible hacer Mary Poppins, cómo Walt Disney consiguió que la autora de las novelas del personaje, Pamela Travers, acabara cediendo los derechos a pesar de ser muy reacia a hacerlo. Es, por tanto, la historia de un sueño, de una ilusión, de la magia que se esconde detrás de esas historias que enternecen y emocionan. De esa manera, Al encuentro de Mr. Banks consigue despertar las mismas emociones con sensibilidad y con talento, con un reparto formidable y unas buenas intenciones que por desgracia escasean en el cine contemporáneo. Pero éste, el de Al encuentro de Mr. Banks, es un cine que no se puede perder. Es pura magia. Magia Disney, por supuesto. ¿Pero quién sabe de magia más que Disney, aunque sea esta vez como un personaje?

Es evidente que Al encuentro de Mr. Banks es un caballo ganador desde el mismo momento en que vincula su historia a la de Mary Poppins, uno de los títulos que forma parte del descubrimiento de la magia en el cine para incontables generaciones. Arranca con una de sus melodías musicales y, de esa forma, ya apela al corazón. Pero lo que llega a partir de ahí es otro cuento más de Disney, como marca (y recuperando además para la ocasión una manifestación muy clásica de su logotipo inicial) y como personaje. Es la historia de una promesa, de un sueño, de una ilusión, de varias vidas, es una historia de perdón e incluso de redención. Hay magia en cada instante, en cada escenario, en multitud de escenas. Es la magia del cine dentro del cine, sí, pero esa es una que no siempre funciona. Y aquí lo hace, lo cual, por muy ganado que esté el espectador, no deja de ser curioso siendo el director del filme John Lee Hancock, responsable de la sobrevalorada y bastante más insulsa de lo que se dijo Un sueño posible.

Sería fácil decir que buena parte de la magia que esconde Al encuentro de Mr. Banks está en el magnetismo de Tom Hanks dando vida a Walt Disney, o en la enorme maestría que hay en cada gesto de Emma Thompson recreando a Pamela Travers con una evolución tan precisa desde el punto de vista técnico como hermosa desde el humano, pero sería injusto con la película reducir sus méritos a ellos dos. Ni siquiera limitando el análisis a un formidable reparto, en el que también lucen Paul Giamatti (uno de esos actores que es imposible que estén mal), Colin Farrel o Ruth Wilson. Pero es que la película va mucho más allá. Y sí, sería injusto decir que sólo brillan Hanks y Thompson cuando hay tanto acierto en sus dos narraciones, la de Pamela de niña por un lado y la de la gestación de Mary Poppins por otro, espléndidamente montadas, en una puesta en escena admirable, en unos diálogos formidables, tiernos y divertidos, o en una banda sonora sensacional, una más a cargo del gran Thomas Newman, que cuela sus notas entre las inmortales melodías de la propia Mary Poppins para que la experiencia sea completa.

La música y la nostalgia son otros dos elementos que pueden incitar a valorar la película por debajo de lo que se merece. Los méritos de Al encuentro de Mr. Banks no están exclusivamente en Mary Poppins, aunque utilice con habilidad el recuerdo de aquella para convencer en ésta. Los méritos están en que es, y no hay por qué rebajarlo, una de las películas más bonitas de los últimos años, una que encaja en una forma de hacer cine y tocar el corazón del espectador que se asemeja, también en su temática, a la que empleó Descubriendo Nunca Jamás, una que se basa en la emoción y en los personajes, en conseguir sonrisas y lágrimas en el espacio de dos horas. Pero es que tampoco se limita a ser la cucharada de azúcar que proponía Mary Poppins. Es más que eso. Obviamente, haber visto o al menos conocer Mary Poppins hará que la película conmueva mucho más, pero Al encuentro de Mr. Banks se sostiene sola como lo que es, un hermoso viaje vital y emocional que abandera un cine en desuso. Por eso ha sido una de las olvidadas de los Oscars. Las estatuillas se lo pierden.

viernes, enero 31, 2014

'La gran estafa americana', embaucadores maravillosos, actuaciones memorables

De una forma inconsciente y quizá limitando su alcance a la promoción de la temporada de premios, La gran estafa americana remite a El lobo de Wall Street. Pero es una referencia equivocada. No tienen nada que ver, aunque el subconsciente empuja a compararlas. Quizá porque son las dos grandes películas de los Oscars que se entregarán en unas semanas que se centran en granujas, en ambientes delictivos de cierto guante blanco. Pero no, olvidemos esa comparación porque no procede y asimilemos la última película de David O. Russell como la sobresaliente obra que es. Lo que ofrece La gran estafa americana es una historia de embaucadores maravillosos que poco a poco se confirma como una película sensacional en casi todos los campos en los que puede sobresalir el cine. En uno de ellos alcanza lo memorable: la interpretación. Russell es un espectacular director de actores que aquí ha conseguido ensamblar un reparto descomunal. Se les podría ir dando uno a uno la estatuilla y nadie podría rechistar. Si fuera lo único sensacional de la película, ya sería un título enorme, pero es que hay más. Mucho más.

Lo verdaderamente atractivo de La gran estafa americana es la extraordinaria definición que hay en sus personajes y en la forma en que la película nos va contando cómo es cada uno de ellos. Eso tiene culpables delante y detrás de la cámara. En el primero de esos terrenos, la película explica la imposibilidad de medir con tablar humanas el talento que derrochan Christan Bale, Amy Adams, Bradley Cooper, Jennifer Lawrence y Jeremy Renner, encabezando un reparto sensacional (del que también cabría destacar un mínimo papel de un grande del que es mejor no desvelar su nombre; consideraos afortunados los que veáis la película sin saber de quién se trata). Por tiempo en pantalla, es inevitable asombrarse un poco más con Bale, al que el adjetivo camaleónico se le queda corto y que adquiere maneras cercanas a las de Robert DeNiro en su impresionante trabajo, y Adams, cuyo nivel de registros es tan inmenso que el espectador deja de ser consciente de la herramienta que está usando para transmitir, su es cuerpo, su boca, sus ojos, su voz o todo a la vez.

Pero esa maestría cuenta además con el apoyo de David O. Russell, cuya brillantez con el reparto es una marca que estalló a lo grande en El lado bueno de las cosas. No sólo brinda su apoyo como el extraordinario director de actores que es, sino con su aportación a que la película sea valiente y atrevida, a que cada escena esté pensada y meditada para hacer crecer a uno o más personajes al mismo tiempo, para que no sobre ni uno solo de sus espléndidos 138 minutos y no cesen los momentos memorables por distintos motivos. Tiene un montaje magnífico, que juega a su gusto con el tiempo y con la narración en off, que se mueve con la misma brillantez en la comedia y en el drama, en el thriller e incluso en la parodia (a eso ayuda que la película esté ambientada en 1978, con lo que eso supone en el vestuario y en los peinados, no sólo como elementos visuales sino como parte de esa mencionada construcción de los personajes) y que emplea la música con un gusto exquisito. Es verdaderamente complicado encontrarle un pero a la película, que también destaca en su mordaz guión, quizá un pelín complaciente en su tramo final, forzando la crítica y por encontrarlo algo que no sobresalga.

Y es que La gran estafa americana es una delicia que merece ser vista una y otra vez, que con su moderna forma de hacer cine vuelve al mismo tiempo a lo más básico, a los personajes, a su construcción y a su desarrollo, a los diálogos y a la transmisión de emociones más primaria y conseguida. No es sólo la historia de un timador, interpretado por Bale, que encuentra a la pareja perfecta para llevar a cabo sus planes, el personaje de Amy Adams, y se ven envueltos en una empresa mayor de lo que pueden digerir. Es, por encima de todo, un memorable estudio de personajes contado en un entorno que no hace más que engrandecer su historia, que no habría sido tan divertida ambientada en otro momento, que no habría sido tan memorable con otro reparto y que, probablemente, en manos de algún otro director, habría sido un quiero y no puedo aspirante a película del año. Y así, de la forma en que ha acabado siendo es, indudablemente, uno de los más serios contendientes para lograr ese título. Es, a todos los niveles, una absoluta gozada.

lunes, enero 27, 2014

'Mindscape', un thriller con oficio pero demasiado evidente

El primer largometraje de Jorge Dorado llega con un cartel impecable: producida por Jaume Collet-Serra, rodado en inglés con un reparto encabezado por Mark Strong y Taissa Farmiga y con unas hechuras que buscan asemejar el producto al mejor thriller hollywoodiense. En ese sentido, la factura de Mindscape es impecable, está rodada con oficio y entretiene. Pero al mismo tiempo obliga a desconectar el cerebro para no anticipar todas y cada una de las sorpresas que tendría que esconder el guión de Guy Holmes, escritor debutante en el mundo del cine. No es que sea previsible, que también, es que es demasiado evidente. No hay que estar demasiado despierto para ir viendo las pistas diseminadas a lo largo de toda la película para saber lo que está sucediendo, y eso, en un thriller, acaba por ahogar la atmósfera que plantea. Y es una pena porque, insisto, hay buenos elementos en la propuesta. Quizá haya que achacarlo a que estamos ante un director novel, quizá a presiones de la productora, quizá un poco a todo.

Hay más de un referente para Mindscape, y hay uno que destaca por encima de los demás, pero escribir aquí ese título podría tener dos efectos. Por un lado, hacer que el espectador busque lo que realmente no es este filme y, por otro, reventar por completo la película. Así que toca prescindir de esa referencia porque los spoilers vienen a ser uno de los grandes enemigos del cine moderno y, en realidad, el más fácilmente evitable. En realidad, bastante se puede anticipar ya sabiendo que es un thriller psicológico en el que existen unos peculiares detectives que son capaces de indagar en los recuerdos de las personas para así resolver crímenes. John (Mark Strong) es uno de esos detectives, que supera un drama personal para volver al trabajo, concretamente a un caso en apariencia sencillo, el de una joven, Anna (Taissa Farmiga), que se niega a comer. Pero tanto ella como su familia esconden secretos que hacen que la investigación se vaya complicando progresivamente.

¿Funciona la trama? Sí, eso sí. Pero hay que insistir en que funciona obviando las pistas y los descuidos que hay en el filme. Funciona por el interés que despierta la relación entre John y Anna, porque en el fondo siempre es atractivo el descenso a la mente humana que plantea la película y porque los actores creen en sus personajes. A Mark Strong se le ve cómodo en el suyo, a pesar de que está muy acostumbrado a dar vida a villanos, y hay química con Taissa Farmiga. Pero para disfrutar de sus interpretaciones lo mejor es vivir cada escena y prescindir del conjunto, porque a eso obliga la ingenuidad que hay en muchas situaciones y sobre todo los muchos indicios que apuntan claramente al final de la historia, prácticamente desvelado en el primer cuarto de hora de sus 100 minutos. En todo caso, Dorado rueda con acierto, sabe colocar la cámara, y salvo los excesos habituales en el uso de la música para recalcar lo evidente (aunque las melodías de Lucas Vidal también ayudan a crear la lograda atmósfera del filme), nada parece fuera de lugar visualmente.

Mindscape acaba siendo una de esas películas que resultan atractivas si son juzgadas con benevolencia, pero que al mismo tiempo dan pie a críticas más feroces por la ausencia de sutileza o por los clamorosos fallos en el guión. Siendo una ópera prima y viendo los prometedores elementos que hay en ella, casi se merece optar por lo primero y simplemente disfrutar de un planteamiento atractivo y de un buen reparto, aunque por desgracia la sorpresa que busca esté diluida casi desde el inicio. Forma parte, en todo caso, de una agradable corriente en el cine español, que abre caminos explorando vías que Hollywood domina desde hace años, una que abanderan autores como el propio Collet-Serra o Rodrigo Cortés, que probablemente Alejandro Amenábar llevo a pensar que podía tener éxito, una que probablemente no guste a quienes quieran una cinematografía española con signos únicos e inconfundibles pero que ayuda en la siempre despiadada lucha por la taquilla buscando públicos diferentes y acostumbrados al cine norteamericano.

viernes, enero 24, 2014

'¿Qué hacemos con Maisie?', conmovedor retrato infantil

Por Lucía Alegrete

Dirigida por Scott McGehee y David Siegel y basada en la novela de Henry James, nos llega esta conmovedora historia protagonizada por Maisie, una dulce y carismática niña de apenas seis años interpretada magistralmente por Onata Aprile, quien se corona como la verdadera protagonista y esencia real del filme. Con una infancia truncada, su inocencia será puesta a prueba debiendo lidiar día a día con las constantes disputas de sus padres. Los reconocidos y afamados actores Julianne Moore y Steve Coogan pondrán cara a los terribles padres de la pequeña, sin sobresalir especialmente en la interpretación de sus personajes, quizá porque ambos son simples caricaturas de lo que se quiere representar y de la dura crítica a realizar. El inminente y sabido divorcio no tarda en llegar, y la feroz lucha por la custodia que lo acompaña tampoco. Esto dejará a la pobre Maisei en medio de un incomprensible torbellino de emociones, dolor y tristeza.

El complicado y profundo tema de la separación fue ya abordado por Robert Benton en la reconocida Kramer contra Kramer, cinta que se alzó con cinco Oscars y que plasmaba de forma fidedigna las devastadoras consecuencias que conlleva un divorcio para un niño. Mientras que allí el soporte de la película recaía en los reconocidos actores Dustin Hoffman y Meryl Streep y su lucha legal por la custodia, aquí el protagonismo se cede a la pequeña de nueve años y su soledad e incomprensión ante su nueva situación. A pesar de que los padres fueran dos personas discordantes, tenían la madurez y sensatez suficiente para saber cómo tratar un tema tan complejo y consecuente para la infancia de su hijo, aquí los padres de Maisei se tornan incomprensivos y egoístas y no merecedores del cariño de la dulce niña. Unos padres que no están preparados, juntos ni separados, para las responsabilidades y el cuidado que supone criar un hijo.

La gran novedad del filme es abordar un tema tan complejo y devastador desde la óptica de una niña de tan sólo seis años. Ella es la que sufre y padece y a la que tales acontecimientos marcarán irremediablemente su futuro. Onata Aprile conquista y enamora a la cámara dejando al resto de personajes en un plano secundario. Su naturalidad y espontaneidad hacen que nos identifiquemos y conmovamos con su tragedia personal. El resto de célebres actores se difuminan y no consiguen transmitirnos ninguna emoción realmente destacable. Sin embargo si es digno de mención el papel de Alexander Skarsgård interpretando a un atractivo joven al que comienza a salir con la madre de Maisei, saliéndose de su tópico habitual. Se aleja del rol de hombre sexual y atractivo que vuelve loco a las adolescentes para interpretar a un sumiso y bondadoso joven que arrebatará el corazón a la pequeña niña. También Joanna Vanderham, con tan sólo 21 años, realiza una labor más que convincente en el papel de la bella y bondadosa niñera de Maisie, conquistando a cámara y público.

No podemos decir lo mismo de nuestra querida Julianne Moore. Es sabido por todos su gran talento y capacidad para adaptarse a cualquier papel, pero el rol que le han asignado de madurita estrella del rock con un comportamiento de adolescente insensata e histérica roza lo absurdo. En general los personajes están demasiado estereotipados y encasillados en una función determinada. Se traza a los padres como entes malévolos y egoístas que únicamente miran por su beneficio personal y, en el lado opuesto, encontramos a sus respectivas parejas, que asemejan ángeles recién caídos de la estratosfera. El mensaje y la idea que se quiere transmitir es entendible, muchas veces la familia no es la gente que te trae a la vida sino quienes te cuidan y se ocupan de ti. Mas es un poco irreal imaginar unos padres tan irresponsables y despreocupados ante su hija de tan corta edad. A pesar de ello la cinta sigue siendo altamente recomendable ya que nos presenta una real y triste historia: niños que crecen prácticamente solos porque sus familias no tienen tiempo suficiente para dedicarles, cruel pero cierta realidad.

lunes, enero 20, 2014

'El lobo de Wall Street', un Scorsese desatado pero no redondo

Martin Scorsese desatado. Eso es El lobo de Wall Street por encima de cualquier otra cosa. Y siendo por ese mismo motivo una película gozosa en su exageración, en sus escenas de sexo y desenfreno de todo tipo, también es obligado decir que está lejos de ser un filme redondo o uno de los verdaderamente grandes de su mítico director. Lo es en algunos aspectos, pero no como obra completa. Juegan en su contra el inmenso parecido narrativo con Uno de los nuestros y una duración de 180 minutos que se antoja excesiva. Y aunque Scorsese es un maestro manejando el tiempo y las elipsis, también aquí, lo cierto es que la película se le escapa en su segunda mitad. Claro que eso también es resultado de que la primera mitad es sencillamente magistral, en su narrativa, en sus diálogos, en sus personajes... En todo, en realidad, incluso en su descarado exceso, uno que disfrutarán mucho quienes no asimilaron La invención de Hugo como un filme propio de su director. Pero no da la impresión de ser tan completo como le habría gustado.

El principal lastre son esos 180 minutos, una duración que supera en un par de minutos la de Casino y en algo más de media hora la de su claro referente, Uno de los nuestros. ¿Hacían falta? La tentación de decir "sí" proceden del ritmo infernal y apabullante de su arranque, que hace que el espectador se sienta partícipe de la orgía de sexo y drogas que vive su protagonista, Jordan Belfort, un broker de Wall Street con una única meta en la vida, meterse en sus bolsillos el dinero de los inversores en un juego malévolo que camina a ambos lados de la Ley. Pero en realidad, al final, no acaba compensando. Ahí, ese ritmo baja, no todo parece tan trascendente como lo que acontece hasta la hora y media y acentúa que algunos personajes han quedado algo desdibujados (como por ejemple el padre de Jordan, interpretado por Rob Reiner), algunos infravalorados (el de Naomi, principal papel femenino, en manos de Margot Robbie) y otros por desgracia reducidos a apariciones que rozan el cameo (el del un descomunal Matthew McConaughey).

Lo que es difícil considerar como un lastre, por mucha polémica que se quiera organizar a su alrededor, es el exceso. Es la razón de ser de la película y no hay duda alguna, porque así se plantea desde su secuencia inicial. Por eso engancha tan fácilmente el personaje de un Leonardo DiCaprio que, siendo un actor al que gusta la exageración, vive un extraordinario desmadre dando vida a este personaje. Con su scorsesiana narración, omnipresente en la voz en off, en ocasiones hablando directamente al espectador y apareciendo en prácticamente todos los planos de la película, consigue un trabajo fascinante, asombroso y, sí, desatado. Y es que todo lo que destaca en El lobo de Wall Street es lo que sobrepasa los límites, incluyendo a un Jonah Hill excepcional, la descarnada realidad económica que plantea la película, la devastadora exposición que hay en la película sobre el consumo de drogas (que en algún momento roza la glorificación... pero lo hace de una forma cinematográficamente tan extraordinaria que no hay polémica alguna a poco que se medite), y, en general, el retrato que muestra del ser humano y sus instintos más primarios.

Si a eso unimos el como siempre sensacional uso que Scorsese hace de la música (y el chiste privado del segundo tema que suena en los créditos, la última broma de una película que es muy divertida), su portentoso dominio de la cámara y un reparto excepcional, es evidente que ver El lobo de Wall Street está lejos de ser una pérdida de tiempo. Y por momentos se convierte en algo imprescindible, divertido, salvaje y sin límites. Pero queda la sensación de que falta algo, de que la grandeza que hay no tiene el cierre adecuado, que su final se prolonga demasiado o que el magistral uso de la elipsis y los saltos en el tiempo que por momentos muestra Scorsese no es una constante en toda la película. Es evidente que quería contar el ascenso, la gloria y la caída del personaje protagonista, pero todo eso junto acaba siendo demasiado y dejando una cierta sensación de irregularidad que, hay que insistir en ello, procede de la segunda mitad de la película. Ahí hay momentos increíblemente brillantes (y a veces lejos del exceso, como el cierre en el metro de una de las subtramas) pero otros que no terminan de convencer. Aún así, Scorsese es un imprescindible.

viernes, enero 17, 2014

'Mandela: del mito al hombre', un buen biopic que va de menos a más

Fue una de esas curiosidades de cine que Nelson Mandela perdiera la vida prácticamente al tiempo que se producía la premiere de Mandela: del mito al hombre, basada en el libro escrito por el propio ex presidente sudafricano. Y es una afortunada coincidencia que se pueda repasar en el cine la vida de un hombre trascendental para el siglo XXI justo cuando la noticia de su muerte hará que muchos se den cuenta de lo poco que sabían sobre él, más allá de lo que el mismo cine, especialmente a través de Invictus, ya había enseñado. Por hablar en términos cinematográficos, y si se permite la licencia, Mandela es casi la precuela de Invictus, es el recorrido por toda su vida adulta hasta que se convierte en presidente de su país. Como biopic, Justin Chadwick logra una película buena, correcta, pero que claramente va de menos a más y que cuenta como su mejor baza con el fantástico trabajo de un Idris Elba que, como la película, va haciéndose con el personaje poco a poco hasta llegar a un final espléndido.

Esto, los altibajos y un actor protagonista en estado de gracia, suele ser una constante en las películas biográficas. El ansia de contarlo absolutamente todo, algo que se multiplica cuando el relato procede además de un original literario como es este caso, hace que el ritmo se resienta. Es prácticamente inevitable y la única diferencia en ese sentido que ofrecen los distintos biopics está en cuándo decae la narración. Afortunadamente, en Mandela eso sucede en su primer tramo, lo que hace que se termine la película con un gran sabor de boca. Sin embargo, esa concepción lastra bastante y es la principal causa de que la película se extienda hasta los 141 minutos. De haberse recortado con más habilidad artística o, quizá, menos presiones desde los despachos (de quien sea: los editores del libro, los personajes implicados, los productores de la película...) habrían deparado una película mucho más trascendente.

A esa sensación, la de que hay un buen material y la de que el final sea aún mejor, contribuye decisivamente el gran trabajo de Elba dando vida a Mandela. Es verdad que hay un claro salto entre la primera y la segunda mitad de la película también en este sentido, incluso con un maquillaje a veces discutible por artificial, pero es que todo parece cobrar sentido cuando Mandela es encarcelado. Lo mejor de la película en todos los sentidos está a partir de ahí. Lo mejor de Idris Elba, lo mejor de su conflicto con Winnie Mandela (muy interesante en el papel Naomie Harris, la última chica Bond en Skyfall), lo mejor del auténtico retrato de una Sudáfrica angustiada, las mejores escenas de masas y lo más humano del relato. A Chadwick, autor de Las hermanas Bolena, se le nota la pretensión de buscar planos bonitos para enriquecer la historia, cuando es la propia historia lo que le da la posibilidad de lucirse con mucha más naturalidad, filmando a Idris Elba al recibir en prisión un telegrama o o en su salida al balcón para ser aclamado como presidente.

Es curioso que sea con esa sencillez cuando Mandela cobra la trascendencia que exige el personaje. Es más evidente que al abordar las escenas de alta política es cuando la película llega a sus cotas más altas. Le sobra metraje y los historiadores podrán discutir la veracidad de los detalles de lo que se cuenta, puesto que la única fuente es el libro escrito por el propio Mandela. En ese sentido, se nota que en algunos momentos se quiere deslizar algún aspecto que rompa una imagen inmaculada de Mandela, que le coloque como el ser humano que en realidad fue, más allá del mito, pero es un héroe casi intachable, el que requiere la historia. Y aunque suena más adecuado el título original de la película (Long Way to Freedom, El largo camino a la libertad, la de Mandela y la de Sudáfrica) que el que tendremos aquí en España, lo cierto es que el filme deja un sabor de boca agradable. Quizá más que por los méritos cinematográficos por sí solos sea por la propia historia, una que tendría que servir de referente para la política actual pero que a día de hoy parece una hermosa ficción.

jueves, enero 16, 2014

'La gran revancha', indescriptiblemente lejos de un 'Rocky' vs 'Toro salvaje'

El cine sobre boxeo es casi un subgénero en sí mismo, y rara vez falla. Rara vez, sí. Pero aquí lo hace. Y a lo grande. La gran revancha tiene un objetivo clarísimo, y es apelar a la memoria del espectador. La protagonizan Sylvester Stallone y Robert de Niro, dos de los actores que más han triunfado dando vida a boxeadores, con Rocky y Toro salvaje respectivamente. Aquí son dos púgiles que retoman un enfrentamiento que quedó treinta años atrás porque uno de ellos decidió retirarse del deporte antes de que tuviera lugar un tercer combate que aclarara quién era el mejor de los dos. Tanto da que los actores firmaran para hacer la película con un guión ya escrito o que se escribiera para que ellos pudieran tomar parte en este revival pero esto no es un Rocky vs Toro salvaje. Se queda indescriptiblemente lejos de lo que conseguían aquellas películas por separado y se queda en una comedieta con la que en ocasiones se puede uno reír pero que, en conjunto, es un paso más en la deriva de sus dos protagonistas, especialmente sangrante en la de un De Niro que, salvo alguna esporádica genialidad, ya no tiene medida.

Lo que está claro es que la película está montada en torno a la nostalgia y a las imágenes de aquellas dos películas que pueda evocar la memoria del espectador, y eso hace que el resultado duela más, aún sabiendo que los objetivos de ésta nada tenían que ver con los de sus referentes. La gran revancha sólo es aceptable como parodia, y en ese terreno sí tiene algunos momentos divertidos. Pero cuando quiere convertirse en una reflexión sobre el paso del tiempo o la madurez hace aguas por todas partes. No es que sea una sorpresa teniendo en cuenta que su director es Peter Segal, autor entre otras de Ejecutivo agresivo, Superagente 86, El clan de los rompehuesos o El profesor chiflado II. Pero siempre es descorazonador ver sobre todo a De Niro de esta guisa. Ni siquiera le ha importado ponerse en forma para el filme porque, en realidad, no hacía falta, y eso hace aún más delirante el clímax. Durante toda la película hay un evidente esfuerzo de ocultar sus cuerpos y no sería de extrañar que los retoques visuales que hay en su arranque, para ilustrar las peleas de hace treinta años, también se hayan usado en el final.

Entre una y otra escena, La gran revancha colecciona tópicos y clichés de todos los colores que hacen que todo lo que sucede, incluso el final, sea absolutamente predecible. La idea de agarrarse al carisma de los actores podría haber funcionado hace tiempo, antes de que Stallone se volcara en la nostalgia como única forma de hacer cine (y que ya le ha hecho naufragar con Los mercenarios o Plan de escape, aunque no en taquilla) y de que De Niro acumulara tantas y tantas experiencias negativas que han ido ensombreciendo sin remedio la carrera de uno de los más grandes actores del último cuarto del siglo XX. A ellos se une un Alan Arkin al que ya parece darle todo igual (lo llega a decir hasta su personaje sobre el ring en la última escena, y casi parece que quien habla es el actor), una Kim Basinger bellísima a sus 60 años (podrían tomar nota quienes jubilan maniquíes a los 40), un Jon Bernthal que acumula más tópicos en la cinta y las gracias no siempre divertidas de Kevin Hart.

La nostalgia actúa como un arma de doble filo. Por un lado, es lo que hace que La gran revancha se vea como una película deficiente y fallida, tópica y larguísima (113 minutos) para lo que ofrece, porque en nada se aproxima a las dos películas que descaradamente quiere referenciar, la obra maestra que es Toro salvaje y el notable e icónico drama pugilístico que es Rocky. Pero también es lo que, en el fondo, impide a quien adore esas dos películas masacrar esta especie de revival en forma de comedia. De su parte dramática casi es mejor ni hablar, porque sencillamente no funciona. Eso sí, las dos escenas que hay en los créditos (sí, dos, aunque afortunadamente no hay que esperar demasiado para verlas) son la mejor descripción de la película. La primera evidencia el punto en el que se encuentra la carrera de De Niro. La segunda, sin que ni él ni Stallone estén presentes, es lo más divertido, con dos cameos delirantes y que, probablemente, habrían servido de base a una película mucho más divertida que La gran revancha.

martes, enero 14, 2014

'La ladrona de libros', a medio camino

Una película como La ladrona de libros lo tiene todo para convencer. Una historia bonita, un escenario siempre atractivo e inagotable (la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial), una niña como protagonista y muchas dosis de emoción y drama sobre el papel. Pero Brian Percival, que hasta ahora ha desarrollado la práctica totalidad de su carrera en televisión, se queda a medio camino en casi todo lo que toca. La atmósfera, lograda por momentos, parece demasiado blanda en otras. El ritmo, marcado y bien llevado en algunas escenas, decae en otras sin remedio. La épica y la emoción están ahí, pero nunca parecen llegar al grado que promete la historia. Incluso ese sorprendente narrador con el que arranca la película (el del exitoso libro en que está basado), quizá uno de los detalles más originales de esta historia, acaba sabiendo a poco. Se ve con agrado por la empatía que despierta la joven Sophie Nélisse y por el oficio de Geoffrey Rush y Emily Watson, pero le falta magia.

La presencia de Watson, junto con la sencilla pero siempre preciosa música de John Williams, lleva a pensar en Las cenizas de Ángela como referente, pero el tono de ambas películas está muy alejado. Aún teniendo en cuenta que la historia se desarrolla dentro del nazismo y no busca el enfoque en las penurias judías o en la guerra (ambos aspectos se tocan, sin profundizar demasiado en ellos aunque dándoles partes cruciales de la película), La ladrona de libros es una película que marca en exceso los aspectos más ligeros de la historia. Lo que pedía era verla sobrecogido, con el corazón en un puño, y eso no lo termina de conseguir. Ni con el aprendizaje lector de la pequeña Liessel, ni con el riesgo que entraña que la familia oculte en su casa a Max, que son los dos focos centrales de la historia una vez que pasa lo que realmente destaca en el filme, la relación entre Liessel y sus padres adoptivos, en especial con él, con Hans, porque es ahí donde sí se ven las emociones que tanto busca el filme.

Especialmente durante la primera hora, lo que agradece la película son las apariciones de Geoffrey Rush. Por momentos parece que es él quien se va a llevar el filme a su terreno, olvidando por un momento a la ladrona de libros del título, que no es otra que Liessel. Sophie Nélisse, que ya generó atención en la preciosa aunque algo demasiado olvidada Profesor Lazhar, encandila, pero no termina de ser suficiente, aunque crece dentro de la película quizá al mismo ritmo que va adquiriendo protagonismo Emily Watson o, incluso, el pequeño Nico Liersch, que da vida a Rudy, el mejor amigo de Liessel y quizá el mejor exponente de la emoción que podría haber contenido el filme y que no termina de desatarse. No ayuda, de hecho, que el final sea lo más flojo de la película, donde más se notan las carencias, donde se convierte en evidente que la película tiene una escala bastante menor de lo que promete en todos sus aspectos y que los mejores planos parecen pensados para crear un gran trailer pero no del todo una gran película.

A pesar de todo, incluyendo sus 131 minutos que se podrían haber recortado en algo, La ladrona de libros sí consigue enganchar con relativa facilidad desde su brillante y sorprendente escena inicial. Puede que eso no sea tanto mérito de la película como del escenario, de momentos puntuales como el brillante montaje de las escenas en la noche de los cristales rotos, el sobrecogedor efecto que tiene el himno alemán cantado por niños vestidos con símbolos nazis, la puesta en escena de la hoguera de libros, la peligrosa adoración que siente Rudy por el atleta Jesse Owens o el arresto de un judío por parte de oficiales nazis, pero está ahí. Pero acaba sufriendo por los altibajos que tiene en su ritmo, por la indefinición de algunos personajes (el burgomaestre y su esposa podrían haber dado mucho más juego, por ejemplo) y porque se nota demasiado la limitación presupuestaria. Aún así, el emotivo epílogo y los mejores momentos de la película dejan un buen sabor de boca.

domingo, enero 12, 2014

'The Grandmaster', preciosismo confuso

La apuesta por la estética por encima de la historia empieza a ser un fenómeno que se repite con frecuencia en el cine contemporáneo, independientemente de su procedencia o género. Sucede en las grandes producciones de efectos especiales de Hollywood, pero también en otras cinematografías y en títulos más ambiciosos. The Grandmaster, la película con la que Wong Kar Wai rompe un silencio de seis años, cae en ese mismo saco. Será difícil que surjan voces que no sepan apreciar el preciosismo visual de su película de artes marciales (aunque, como todo, hay elementos discutibles en sus decisiones), fruto de años de trabajo para dar con las coreografías y el aspecto adecuados. Pero al mismo tiempo es difícil conectar con la historia que plantea el filme, erróneamente vendido como "la leyenda del maestro de Bruce Lee" debido a que eso es algo absolutamente intrascendente en su desarrollo, porque al final no queda claro qué quería contar exactamente Wong Kar Wai o el papel de algunos de los personajes que desfilan por la pantalla.

The Grandmaster es, por tanto y por encima de todo, un canto de amor a las artes marciales orientales, mostradas en detalle y componiendo hermosas y formidablemente elaboradas coreografías. Wong Kar Wai mezcla planos a velocidad real, a cámara lenta y también ralentizada. Mezcla planos generales y detalles. Personajes y el entorno. Y le suma una formidable música de Shigeru Umebayashi y Nathaniel Méchaly para que el deleite audiovisual sea lo más completo posible. Ahí, pese al riesgo de repetición, está lo mejor de la película. Eso sí, hay un pero que se le puede poner en este aspecto, por menor que pueda parecer dentro del gozo visual. Como las películas orientales más conocidas en occidente que han explotado las artes marciales (Tigre y dragón, La casa de las dagas voladoras), no escoge un tratamiento realista de los movimientos, sutil y deliberadamente exagerados hasta lo imposible. Eso, teniendo en cuenta que pretende narrar una historia real, puede suponer un desliz para algunos espectadores.

Pero el problema de The Grandmaster está en un guión que queda lejos de estar bien perfilado. Quizá su principal defecto esté en que no termina de apostar con claridad por una historia que quiera contar. ¿Es la del maestro de Bruce Lee, Ip Man? Si lo es, tiene demasiados tiempos muertos en los que él está lejos de ser el centro de atención. ¿Es la historia del conflicto entre Japón y Hong Kong? Lo mismo, está presente en el centro del filme, pero no en el resto. ¿Es la de los clanes del norte y del sur? Su relato se apaga tras el primer tercio de la película y, en realidad, no tiene consecuencias en lo que viene a continuación. Todo es así. Y no se puede decir que los actores no crean en sus personajes, más bien al contrario porque hay un gran esfuerzo en el reparto encabezado por un Tony Leung sobrio y una Ziyi Zhang intensa, ambos enormes en las acrobacias que les exige el guión. Pero precisamente esa indefinición de la película hace que muchos personajes se queden en menos de lo que prometían e incluso aparezcan y desaparezcan sin mayor motivo.

Es fácil sucumbir a la fascinación de las imágenes de la película, pero también a la confusión que va generando la historia con sus continuos y no muy claros cambios de rumbo, que van dejando personajes descolgados y tramas descolgadas. Según pese más una cuestión o la otra, gustará más o menos la película, pero parece justo atribuirle a The Grandmaster un cierto olor a decepción. Los buenos mimbres que hay, históricos y temáticos, además del largo tiempo que ha dedicado Wong Kar Wai a la preparación de la película no bastan para fascinar, porque la historia ofrece una descompensación que provoca largos tiempos muertos en cada uno de los focos de la historia. Quedan las artes marciales y la plástica plasmación de los combates en la pantalla. Preciosa desde ese punto de vista, pero insuficiente porque no deja de tener un toque de déjà vu en la mezcla de la mencionada Tigre y Dragón con Matrix (no es en absoluto casual que compartan coreógrafo) y porque la historia no acompaña.

viernes, enero 10, 2014

'Agosto', el poder de los actores

El poder de los actores es innegable en el cine. Una cara popular vende más entradas por sí misma que una buena película. Y un buen reparto puede convertirse en la mejor razón para ver un filme. Sucede en Agosto, una cinta que parte de una obra ganadora del premio Pullitzer y que, aún así, tiene su mejor razón de ser en un espléndido reparto. Eso es, obviamente, porque los nombres que lo conforman son muy buenos pero también porque John Wells (que debutó en el mundo del largometraje con la desinflada The Company Men) no está a la altura y se limita a dejar que sus actores campen a sus anchas por la pantalla con un guión que deja algunas lagunas pero con unos diálogos a ratos sensacionales. Aún viéndose a la legua el origen teatral de la historia, el resultado es satisfactorio. No tan grande como podría haber sido en manos de otro autor, porque Wells se limita en muchas ocasiones a colocar sin más su cámara y no domina el montaje tanto como lo necesitaba la película, pero sus actores hacen que la cinta valga la pena con creces.

Viene a ser una vergüenza que quienes se dedican a dar premios en el arranque del año hayan decidido considerar a Julia Robert como secundaria de Meryl Streep, en un nuevo triunfo del márketing por encima del cine como arte, pero que eso al menos no engañe a nadie. Ambas son las protagonistas absolutas. Y ambas están sensacionales. Cada vez que Meryl Streep aparece en un filme me siento pensando lo mismo. Es sólo una actriz. Es sólo una mujer. No puede haber siempre gestos, miradas o diálogos que me parezcan descomunales. Y casi siempre salgo pensando que su leyenda se queda incluso corta. Hasta dejándose llevar en la sobreactuación como aquí, porque hay pocas actrices que sepan transmitir tanto con cada palabra que pronuncian. Julia Roberts ha sido la novia de América durante un par de décadas, el tiempo hábil que le da Hollywood a una actriz antes de cumplir una máxima de la que, curiosamente, hace uso la película, la de que siempre habrá una más joven. En Agosto ya no es la novia de América y encuentra como base de su personaje una amargura que nunca antes había mostrado.

La película es, en realidad, una historia sencilla sobre una familia que se va destruyendo poco a poco y en un intervalo de tiempo muy escaso, tras un dramático suceso que les obliga a todos a convivir (una mujer, sus tres hijas y las parejas de dos de ellas, la única nieta, su hermana y su marido, y el hijo de éstos; a veces da la impresión de que Wells y la guionista Tracy Letts no saben qué hacer con tantos) hace que salga lo peor de cada uno de sus integrantes, a veces por voluntad propia, a veces por hartazgo y a veces por las circunstancias de la vida. Porque Agosto, en realidad, va sobre miserias humanas. Buscar un atisbo de felicidad en la película es complejo, porque además el final, tan demoledor como probablemente innecesario en la trama, es el golpe definitivo a esa felicidad. El único atisbo de esperanza que había en esta familia queda aniquilado. Y perdura la sensación de haber asistido a un dramático escenario familiar durante dos horas de las que dejan un nudo en el estómago pero a las que les falta algo para ser grandes de verdad.

Lo que queda, no obstante, no es menor, porque está basado en dos pilares esenciales, el ya mencionado reparto (donde no hay que menospreciar a los nombres menos populares, como Julianne Nicholson o Margo Martindale) y unos diálogos cortantes y brutales. Entre ambos elementos hacen que la tensión se pueda cortar en un cuchillo en numerosas escenas, casi en toda la película. Y además del disfrute que proporcionan Streep y Roberts, queda la sutil interpretación de un gran Chris Cooper (que desemboca en una furia sensacional; lástima que la película no siga progresando en su personaje, aunque también es verdad que él no era el centro de atención inicial), una muestra de la camaleónica capacidad de Benedict Cumberbatch, una de las mejores broncas de pareja que se recuerdan protagonizada por Roberts y Ewan McGregor y, sobre todo, la sensacional secuencia en la que se juntan todos los personajes en torno a una mesa, bendición incluida de la comida y con devastadores consecuencias para todos.

miércoles, enero 08, 2014

'Superman. Sin límites', y casi logrando una adaptación extraordinaria

Cada película de dibujos animados basada en los personajes del universo DC obliga a recordar que en este terreno, y a diferencia de la acción real, la supremacía con respecto a Marvel es absoluta. Mientras Spiderman, Vengadores y X-Men triunfan en los cines pero no consiguen encontrar su camino en series o películas de dibujos animados dirigidas al mercado de vídeo, Superman, Batman, Green Lantern, Wonder Woman o la Liga de la Justicia siguen asombrando en este formato. Superman. Sin límites es la última muestra, una especialmente gozosa porque es la adaptación de una espléndida historia del cómic escrita por Geoff Johns y dibujada por Gary Frank en 2008, porque supone un muy buen complemento a El Hombre de Acero (con la que comparte algún que otro punto argumental... al igual que con algunos de los proyectos abandonados años atrás para llevar al personaje a la gran pantalla) y porque ofrece impresionantes versiones no sólo de Superman y el villano al que se enfrenta, Brianiac, sino también de Supergirl.

Analizada en detalle, lo cierto es que Sin límites tiene todo lo que se puede pedir a una película de Superman. Aparece el protector de Metrópolis desatando al máximo sus poderes (espléndida coreografía de la batalla contra el primero de los robots de Brainiac), hay un villano de altura en una encarnación casi perfecta, se ofrecen cuantiosos detalles sobre la herencia kryptoniana del héroe (y la diferente manera en que la reverencian Kal-El y su prima Kara), está por supuesto Supergirl, la relación entre Clark y Lois Lane tiene un papel crucial en la historia, hay bastantes escenas de acción y por supuesto Superman pelea por salvar el mundo, que es lo que se espera del primer y más reconocible superhéroe de la historia. Teniendo todo eso, cabe suponer que el juicio al filme dirigido por James Tucker (a pesar de su muy escasa experiencia como director y afrontando su primer largometraje) ha de ser sobresaliente. Y a ratos lo es, pero no siempre.

Juegan en contra de la película que su clímax no sea lo más espectacular de la historia. Quizá en el cómic tenía mejor encaje esta resolución, pero en pantalla, y después de lo visto en la primera hora, sabe a poco. También falta, aunque está muy bien resuelto este problema con buenas dosis de imaginación, cierta espectacularidad en algunos momentos. Es evidente que estamos ante una película destinada al mercado de vídeo, lo que supone un menor presupuesto que las películas que sí llegan a los cines, y eso se tiene que acabar notando. Estos detalles limitan levemente el alcance de la película, pero no impiden que se la pueda considerar como una de las mejores versiones animadas de Superman, atrevida además en muchos momentos (increíblemente impactante es el momento en el que se ve al héroe sangrando; sin ser específicamente para adultos, no es una película pensada para los más pequeños por mucho que sea de dibujos animados).

Además de la habitual lectura superheroica, que aprueba con nota, Superman. Sin límites ofrece un segundo punto de vista sumamente interesante, el femenino, el que aportan a diferentes niveles Lois y Supergirl. Son parte de la acción, pero también del corazón emocional de la película (¿suena muy descabellado decir que incluso más que Superman?), y esa parte no queda sepultada en ningún momento por las escenas de acción (como sí podía llegar a sucederle en cierta manera a El Hombre de Acero). Respetando pero marcando alguna distancia con respecto al original de las viñetas (donde Gary Frank optó por un héroe que se pareciera mucho a Christopher Reeve), es una adaptación notable y una película muy conseguida, que bucea en una interpretación del mundo de Superman más oscura de lo que suele ser habitual. Pero con Brainiac como villano de la función, y más en esta encarnación siniestra y lúgubre, es sin duda el mejor acercamiento posible. Muy entretenida.

viernes, enero 03, 2014

'Paranormal Activity. Los señalados', terror decente en una fórmula con los mismos problemas

Paranormal Activity. Los señalados insiste en una fórmula que tiene problemas muy marcados y que nadie parece querer solucionar mientras la taquilla siga dando beneficios a una forma tan económica de hacer cine. Toda película grabada con una cámara de vídeo digital integrada en la historia sigue siendo absolutamente inverosímil y, además, se recrea en sus propias trampas. Dicho eso, y advirtiendo que el final de esta especie de spin-off de una saga que acumulaba ya cuatro entregas previas dejará muy frío a quien no conozca al menos la primera, lo cierto es que hay momentos interesantes en esta película, instantes de buen terror. Es cierto que no es así durante toda la película, y eso que apenas dura 88 minutos, y que en realidad sigue teniendo los mismos agujeros que cualquier otro título de similares pretensiones y factura, pero al menos se pueden sacar algunos detalles interesantes. No es poco, teniendo en cuenta que la originalidad no es algo que se pueda pedir a la quinta parte de una franquicia.

Ese es quizá el punto clave para disfrutar de Paranormal Activity. Los señalados. ¿Originalidad? Ninguna. Pero si se aceptan las reglas del juego que propone hay momentos bastantes inquietantes. ¿Suficientes? Eso ya dependerá de cada espectador, pero es obvio que hay muchas trampas en el camino. La más evidente es la propia cámara que no deja de estar en el centro de todo. Toda película rodada así es consciente de que irremediablemente llega una escena en la que es absurdo que se siga grabando. Aquí llega relativamente pronto después de que se desate la trama principal, después de un extenso prólogo que no hace más que colocar la película en los estándares de la duración comercial pero que, en realidad, no termina de aportar demasiado al conjunto, a la historia de un chaval que se acaba de graduar y que acaba implicado en asuntos de magia negra a través de una inquietante vecina. Lo bueno que consigue Christopher B. Landon, director de esta cinta, es que cuando es flagrante la poca verosimilitud de la grabación es cuando la película crece en ritmo hacia el final.

A lo inherente a esta forma de entender el terror hay que sumar dos problemas más. El primero es la habitual trampa del sonido. Si es una película que quiere recoger fielmente la realidad, ¿por qué ese sonido ambiente machacón que pretende generar un aura de misterio? Lo curioso es que a veces funciona, pero la opción de Landon, que había escrito las tres entregas anteriores y dirigido sólo Burning Palms en 2010, tendría que prescindir de estos elementos si fuera coherente con su planteamiento. El otro problema es que, aún pareciendo durante buena parte de su metraje una historia completamente independiente de la saga central (más allá del uso de la videocámara), hay una conexión esencial. Sin desvelar nada, quien escoja ésta como la primera película de la saga para ver probablemente entenderá su final como un enorme chasco. Es difícil que la primera aproximación a Paranormal Activity sea a través de su quinta película, pero el hecho de prescindir de la numeración en su título puede inducir a cometer ese error.

Pasando los primeros veinte minutos y con la suficiente capacidad de abstracción con los problemas que proceden más del género que de la propia película, Paranormal Activity. Los señalados es una película que no parece mal construida, que escoge bien los momentos que muestra y los que insinúa, que no adelante con facilidad sus mejores sustos y que, por momentos, entiende bastante bien los códigos del género de terror. Con un correcto grupo de actores y un argumento atractivo, la verdad es que se acaba pasando en un suspiro e intriga lo suficiente como para llegar al final con cierto agrado, aún asumiendo que no es precisamente una pica en la historia del género. Pero todo lo bueno (que se condensa especialmente a partir de cuando Jesse, interpretado por Andrew Jacobs, es consciente del problema en el que se ha metido) depende de que se entienda el final. Y sin ver Paranormal Activity o alguna de sus secuelas, en especial la tercera, se antoja algo complejo que así sea.