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miércoles, febrero 05, 2014

'La Venus de las pieles', un Polanski maestro, perverso y juguetón

Hay pocos directores como Roman Polanski capaces de atrapar al espectador durante lo que dure una película, sea esta de 70 o de 140 minutos, sin dejarles escapar ni un solo segundo. En tantas películas ha generado esa sensación, que no tendría que sorprender a estas alturas, pero lo sigue haciendo precisamente porque no se puede escapar de su genialidad, inalterable a sus 80 años de edad. La Venus de las pieles es otra muestra más de lo que es capaz de hacer. La película es un travieso juego de seducción erótica, un perverso descenso a las profundidades del alma y un juguetón ejercicio de metatextualidad, no sólo por lo que cuenta sino por lo que representa dentro de la filmografía del propio Polanski. Y tanta genialidad la cristaliza con sólo dos actores, Mathieu Amalric dando vida a un autor teatral y Emmanuelle Seigner como una mujer que llega tarde a una audición para su próxima obra, una adaptación, precisamente, de La venus de las pieles, obra de Leopold von Sacher-Masoch, cuyo nombre sirvió para denominar el masoquismo.

Con Polanski uno sabe cómo entra a una sala pero no cómo sale. Es imposible predecir en qué recovecos del alma humana va a encontrar resortes que hagan pensar en su película, incluso durante mucho tiempo después de haber sido vista. Con qué personaje se va a sentir uno identificado en algún momento de la película o cuál le puede generar incluso repulsión. En qué aspecto va a encontrar la fascinación que siempre yace oculta en el cine de su autor. En el juego de cuál de los personajes está dispuesto a entrar y en cuál no. La venus de las pieles no es una excepción en su filmografía, sino una evolución natural de muchos factores. Su aspecto teatral, tanto de procedencia como de escenario, y su reducido reparto de dos actores invitan a pensar en ella como consecuencia de la brillantez de Un dios salvaje, pero en sus intensísimos 96 minutos se pueden reconocer rasgos de otras muchas películas suyas de años atrás, desde El quimérico inquilino, Repulsión, Lunas de hiel o La muerte y la doncella.

Entre los méritos de Polanski siempre ha estado una impecable dirección de actores, algo que si normalmente es esencial para triunfar en La venus de las pieles es directamente imprescindible. Y el acierto es de tal calibre que no queda más que levantarse y aplaudir ante la cantidad de registros que sacan Seigner y Amalric de sus personajes, ante la prodigiosa evolución que van marcando en la pantalla y ante las portentosas metaformosis que van experimentado según lo marca un guión extraordinario, que mezcla con enorme naturalidad lo real y lo ficticio, incluso jugando también con el espectador, que acaba la película sin saber en el fondo qué es lo que ha pasado ante sus ojos, porque Polanski disfruta con la ambigüedad, pero con muchas interpretaciones posibles. En ese final está lo único discutible de la película. Polanski roza límites y no es fácil decir si los ha sobrepasado y ha perdido el control de su experimento o si realmente era la desembocadura natural de lo que ha venido mostrando en los 90 minutos anteriores. Eso dependerá de cada espectador, pero lo que es innegable es que deja pensando. Y eso es siempre elogiable.

A veces de la sensación de que a Polanski, por su polémica figura y su pasado oscuro, no se le valoran sus obras maestras como a otros. Pues aquí deja otra para quien quiera verla. Con La Venus de las pieles estremece a muchos niveles, desde los más primarios a los más complejos. ¿Y de qué va la película? Va sobre una audición. Un director busca a actriz que tenga las cualidades de su personaje y las encuentra en la mujer que menos aparentaba tenerlas, que arranca desde las líneas escritas por el autor un juego de seducción sexual del que parece imposible escapar, con diálogos llenos de dobles y triples sentidos. Polanski, coautor del guión junto a David Ives, guionista precisamente de la obra de teatro que recoge el texto de Sacher-Masoch y en la que está basado el filme, da rienda suelta a miedos y obsesiones que van inundando la pantalla con precisión y en un marco sensacional, en el que el realizador se mueve como pez en el agua, dominando todo lo que hay que dominar en una película, desde una música formidable (Alexandre Desplat vuelve a salirse) hasta una puesta en escena magistral.

viernes, noviembre 09, 2012

'En la casa', hermosa oda a la creatividad y el talento

En la casa, Concha de Oro a la mejor película en el Festival de San Sebastián, es, por encima de todo, una oda a la creatividad y al talento. Y como tal es hermosa porque juega con el lenguaje cinematográfico, el literario y el artístico, los mezcla, los une y los combina para crear una historia muy atractiva a muy diferentes niveles. Porque sus personajes son turbios, morbosos, retorcidos. Hay algo de voyeurismo en la fascinación que despierta la película de François Ozon, dentro y fuera de la pantalla, porque va envolviendo poco a poco al espectador de la misma forma que la historia que escribe ese estudiante adolescente va construyendo y cautivando a su profesor de literatura. Todo parece funcionar en este juego, porque En la casa es por encima de todo un juego, desde un argumento misterioso y profundo a un guión incisivo y preciso, pasando por interpretaciones brillantes o una puesta en escena magnífica, en la que todo parece hablar, desde los escenarios a la posición de los actores.

Germain es profesor de literatura en un instituto. Quejándose a su mujer de la mediocridad de su clase, encuentra a Claude, un adolescente que comienza a escribir un relato que llama su atención y que basa en su amistad con otro compañero de clase y la forma en la que se ha introducido en su casa, en su vida y en su familia. El filme es la adaptación de la obra de Juan Mayorga El chico de la última fila y, sin conocer el referente pero tras escuchar a autor y director, da la impresión de que hay un espléndido trabajo detrás del paso del escenario a la pantalla. Hay un único detalle que me chirría de En la casa. No comprendo la forma en que llega a su final. Hay algo de abrupto en el modo en que se resuelve la trama. Y es curioso, porque el profesor le dice algo parecido a su estudiante, le explica que tiene que encontrar un buen final a su historia. En la casa tiene uno hermoso, pero da la impresión de que el único punto flaco está en cómo se llega a ese final. No es que no se vea venir, sino que parece demasiado precipitado.

Puesto ese pequeño pero, hay que incidir con fuerza en que En la casa es una maravillosa película que admite diferentes visiones, que da al espectador la opción de escoger el tema que realmente aborda de forma esencial. Habrá quien piense que es una historia de aprendizaje, con la relación entre profesor y alumno como eje. Puede que incluso destaque para algunos el despertar sexual comot ema. Habrá quien vea un retrato de la clase media. O incluso un análisis del amor en un matrimonio maduro. Puede que lo que a otro le llame la atención sea el juego metalingüístico que establece la película (con el relato, primero leído y después con la voz en off, con la recreación e incluso con la irrupción del profesor como espectador y corrector). Puede que sean los guiños (el interno del libro escrito por el profesor, El niño de la tormenta, o el final evocando a La ventana indiscreta del maestro Hitchcock). Incluso las autoreferencias que François Ozon se hace a Swimming Pool.

Y puede que haya quien consiga encontrar gozo en todas esas facetas, ye incluso en alguna más. Ozon consigue que el espectador se sienta tan atraído por la película como Germain (brillante Fabrice Luchini, mucho más completo que en Las chicas de la 6ª planta) por el relato de Claude (fascinante la mirada de Ernst Umhauer). Con tal de seguir adelante con el relato, yo también estaría dispuesto a quebrantar las normas, a romper mi deseo de frenar su morbosa obsesión con una familia que le es ajena, a su enfermiza motivación para escribir y encontrar el talento literario que a él le faltaba cuando intentó dedicar su vida a la escritura. Pero también me fascina el choque cultural y personal entre Germain y Jeanne, su mujer (irresistible Kristin Scott Thomas), o la obsesión literaria personal y sexual, como musa, que siente Claude por Esther, la madre de su amigo Rapha. O las metáforas entre la literatura y el deporte con la vida. Muchos niveles, muy precisos, muy bien narrados y con diálogos tan magníficos como el montaje con que se ensamblan todas las piezas.

En la casa es una película sugerente. Tiene inteligencia y tiene mucho trabajo, pero es una película que apela directamente al alma. Y más concretamente a la parte más creativa del alma. Es una construcción sobre la marcha de dos historias, la que cuenta la película y la que Claude va inventando en base a su experiencia y a los consejos de su profesor. Más allá de la pantalla, exige del espectador lo mismo que de ese profesor: satisfacer una curiosidad tan morbosa como placentera (la juguetona música de Philippe Rombi es un impulso más en esta línea), encontrar las piezas clave de un misterio que evoluciona, que no es el mismo al llegar al final de la película que cuando esta comenzó. En la casa es una de las películas del año porque cuando las luces se encienden y los nombres de quienes han trabajado en ella inundan la pantalla, todavía se piensa en ella. Y esa sensación no se va al salir del cine. Ni al llegar a casa. Ni seguramente al irse a dormir. Lo que pasa En la casa fascina y se acerca a la perfección.