viernes, mayo 31, 2013

'Hijo de Caín', otro thriller trampa

Hijo de Caín es una idea bienintencionada que acaba desaprovechada. Es un thriller trampa como tantos otros, que cae en los mismos errores de siempre y que da tanta importancia al giro de guión que no se da cuenta (¿no se quiere dar cuenta?) de la ingente cantidad de errores que comete en el camino. Y es una pena, porque hay una pretensión atractiva en la película, hay propuestas interesantes y hay una más que correcta forma de llevarla a la pantalla. Pero es, sobre todo, un engaño, una trampa, un resultado falseado ya desde el mismo título (tanto el de la novela de Ignacio García-Valiño en que se basa, Querido Caín, como el del filme) y del cartel, que otorga todo el protagonismo a un José Coronado que no es precisamente quien lleva el peso de la historia. Y eso se lleva por delante muchas cosas. Porque incluso aunque la película se vea con cierto agrado y facilidad, pensar en detalles de la misma acaban por convertirla en algo tan absolutamente inverosímil que, en el fondo, no hay por dónde cogerla.

Se ha convertido en una irritante costumbre del thriller construir una película desde el impacto final sin tener ningún respecto por el desarrollo. Hijo de Caín quiere ser diferente y, sin embargo, cae en los mismos errores. La diferencia la quiere marcar por un entorno interesante, mezclando el tratamiento psicológico de un adolescente de 14 años con tendencias aparentemente violentas con su incipiente maestría en el ajedrez. Y eso le da algunas escenas francamente logradas, pero encuentra, al mismo tiempo, el mayor error de todo su planteamiento, un final que, obviamente, no procede desvelar y que es inverosímil, en sí mismo y en confrontación con lo que sucede durante la misma película. Como tantas otras cosas, demasiado cogida con alfileres como para asumir que funciona la idea que se intenta vender. La idea es simpática, sí. Pero es un ejercicio divertido para ésta y para otras tantas películas ir contando los momentos en que el plan maestro que se expone se iría al garete con una pizca de verosimilitud.

Insisto en que es una pena porque Jesús Monllaó Plana, director debutante en el mundo del largometraje, sí consigue una puesta en escena interesante en algunos momentos. Y digo en algunos porque otros se convierten en simples trampas, algunas incluso de una torpeza simplista (la escena inicial, el rastro de sangre, la desaparición de un personaje en el clímax final...). El director forma un reparto solvente, encabezado por un chico joven debutante, David Solans, que quizá echa en falta un trabajo de dirección que esquive precisamente las trampas que hacen divagar a la película. De entre los adultos, Julio Manrique es el más entonado y el que más partido saca a su personaje. José Coronado y María Molins (¿alguien puede explicar por qué es tan inevitable que haya una escena de desnudo, que además es tan emocionalmente absurda que saca por completo de la película por el momento en el que se produce?), simplemente correctos, en línea con la película, sin desentonar pero sin maravillar.

Hay que considerar Hijo de Caín como una cinta fallida, incluso en detalles tan absurdos como mezclar catalán y castellano en muchas conversaciones, desaprovechando el efecto dramático que podría tener su uso por parte del joven protagonista para levantar una barrera con su padre, haciendo que parezca más una motivación ideológica de sus autores que una necesidad de la película y generando un motivo más de irrealidad en su desarrollo. El cine español lleva ya unos cuantos años volcándose en el thriller, sobre todo desde que Alejandro Amenábar sentara muchos patrones a repetir con Tesis, pero da la impresión de que muchos guionistas y directores piensan que es un género fácil. Y no. Es fácil inquietar, intrigar, emocionar o provocar suspense durante un momento. Eso sí. Pero hacer una película es más complicado que eso, e Hijo de Caín lo demuestra. No es una película mala mientras se ve, como sucede en tantas ocasiones, pero pensarla una vez se ha visto evidencia muchísimas fugas de agua, que se van multiplicando hasta que sólo el espectador menos exigente le sacará verdadero partido.

miércoles, mayo 29, 2013

'Maternity Blues', durísimo pero irregular drama en femenino

Hay temas sobre los que el cine, sin duda el más comercial, coloca una etiqueta de tabú. El motivo no es otro que el miedo a no saber cómo tratarlos. Maternity Blues, una película italiana que nada tiene que ver con los focos de Hollywood, arranca desde ese punto de valentía. La depresión postparto y el infanticidio no son temas atractivos, no son agradables. Y sin embargo, sí pueden ser el centro de grandes obras de ficción como ésta. En la película de Fabrizio Cattani hay muchos momentos cargados de sensibilidad, aunque el resultado final es algo irregular por cuestionables decisiones sobre todo de montaje pero también en su guión. No obstante, es una notable historia en femenino, que acierta al no quedarse en un retrato personal y mostrar diferentes puntos de vista, incluso el masculino, partiendo desde la honda tristeza melancólica que esconde la mirada de su protagonista, Andrea Osvárt.

La valentía del tema escogido se prolonga en el planteamiento de la película, en sus protagonistas e incluso en algunas de las conclusiones que, aunque abiertas a múltiples interpretaciones, parece dejar Cattani como director y coguionista. Puede que algo del efecto conseguido con este arrojo se vaya en un montaje algo disperso. Algunas escenas, sobre todo del último tercio del filme, parece colocadas ahí por no saber cómo finalizar las subtramas de algunos personajes. Hay irregularidad en el relato, pero ésta no afecta a la historia central, la de Clara (Osvárt), sencilla en apariencia, sobrecogedora desde el principio gracias a la mirada triste, melancólica, profunda y cargada de simbolismo de su protagonista. Es curioso, y elogiable, que una historia de corte tan realista y con mujeres de carne y hueso, la protagonice una antigua modelo. La belleza supeditada a un alma torturada.

Con algunas acertadas incorporaciones masculinas, Maternity Blues se apoya en un reparto eminentemente femenino, efectivo siempre y conmovedor en muchas escenas. Y es una historia femenina que encuentra uno de sus mejores ángulos en no detenerse ahí. Es la historia de Clara, pero también la de su marido. Lejos de dispersar la historia (en unos condensados 94 minutos), eso amplía los puntos de vista y el conflicto desemboca en una de las grandes escenas de la película, cuando tanto él como ella descubren qué es lo que sienten ante la tragedia que ha sacudido sus vidas. Es, y el término se introduce al poco de comenzar la película, una historia sobre la culpa. Y como tal tiene el peligro de caer en el juicio, en la sentencia o incluso en el frentismo, pero se solventa esa papeleta con acierto gracias al enfoque humano y personal por el que opta.

Estamos ante un drama difícil de ver. Duro y emocionante. Quizá emocionalmente algo tramposo, como toda película que afronte tragedias personales tan intensas como las que describe Maternity Blues, pero esa sensación se evapora con el buen trabajo del reparto. Algo fallida en el uso de la música, facilona la diegética y algo artificial en la (por otra parte espléndida) escena de la fiesta navideña. Pero es un filme intenso y emocional, tan triste y melancólico como los ojos de Andrea Osvárt, demoledor en muchos instantes y socialmente relevante y atrevido. Lo curioso es que es una película que, cuentan las crónicas, apenas ha tenido difusión en Italia, su país de origen, y eso es algo que se achaca al tema que trata y a esas conclusiones que extrae, rotundas en la apariencia de una escena en concreto, pero menos menos tajantes en el conjunto de la película y en su posterior reflexión. Sólo por eso, ya es una película necesaria.

lunes, mayo 27, 2013

'Un amigo para Frank', una hermosa reflexión sobre la amistad y la vejed

Un amigo para Frank ofrece un envoltorio que engaña. Porque parece una modesta película de ciencia ficción, un reverso amable de Moon en algunos sentidos, modesta en su planteamiento y en sus medios. Porque la etiqueta de "independiente" hará que mucha gente la mire de otra manera. Y porque se asemeja también a un filme pequeño, sin más aspiraciones que las de entretener con una historia bonita que no llega ni a los 90 minutos. Y, sin embargo, es mucho más que eso. Un amigo para Frank es una hermosa reflexión sobre temas como la amistad, la vejez o la paternidad. Es una historia bonita cuyo mayor enemigo es que no parece demasiado difícil ir adivinando por dónde va a tirar la historia (aunque esconde alguna sorpresa fascinante) pero que convence de principio a fin precisamente por esa sencillez de la que hace gala. Y por su impecable factura, además de por la interpretación de Frank Langella. Es una peliculita, pero una hermosa y divertida, de esas que provocan sonrisas con una facilidad admirable y que cuenta una historia humana tan sólida como bonita. Sí, una peliculita de esas que seguramente no verá demasiada gente. Por desgracia

En un futuro cercano que la película apenas muestra de una forma perceptible, los robots forman parte de nuestras vidas. En esa época indefinida, Frank (Frank Langella) es un tipo que vive solo en una casa en el campo, que no tiene demasiadas cosas que hacer en su vida más que ir a la biblioteca local a lamentar el progreso y a flirtear con la bibliotecaria (Susan Sarandon), y que vive de forma desordenada y sin objetivos. Y que empieza a tener problemas serios de memoria, para preocupación de sus hijos. Todo cambiará cuando su hijo, Hunter (James Mardsen), le obligue a aceptar un robot médico que cuide de él, una decisión que no comparte su hija, Madison (Liv Tyler), siempre viajando por trabajo. Frank y el robot, mal que le pese al primero, tendrán que aprender a convivir. Unas premisas sencillas y un desarrollo aparentemente liviano para una historia mucho más profunda, que se asoma a debates filosóficos (algo que señala incluso el mismo protagonista), vitales y humanos.

Lo que el debutante director Jake Schreier plantea no deja de ser una buddy movie con la base de una relación de amistad entre dos protagonistas sumamente diferentes. Y la genialidad está en captar la profundidad en un personaje que no tiene rostro humano ni expresividad en la mirada. La empatía del espectador con el de Frank Langella es sencilla. Es, además, un actorazo, con lo que no es difícil asumir y apreciar su parte de la historia, y que disfruta con su papel. ¿Pero el robot? Con la voz, fría pero no tanto en el fondo, de Peter Sarsgaard, el robot completa esa hermosa relación de amistad sobre la que se asienta la película. Están, de una forma u otra, en todas las escenas. Divierten y emocionan. Convencen. Como convence el guión de Christopher D. Ford a la hora de dar un sustento familiar a la historia. Las motivaciones de Hunter y Madison conducen a escenas tan emotivas como realistas, logradas y sinceras. A través de ellos se ve un retrato complejo sobre la paternidad, sobre la familia. Y regresando de nuevo a Langella, dan contexto a la reflexión sobre la vejez y sobre la enfermedad.

Las pocas pegas que se le puedan poner a Un amigo para Frank están en que hay cierta previsibilidad en el guión. Hay momentos impredecibles, sí, y estos son los que enmascaran en cierta medida los defectos, pero no parece probable que la historia avance de una forma diferente a lo que lo hace, adelantando en demasiadas ocasiones lo que va a suceder. Otra compensación a los puntos débiles está en la hábil recreación de los pocos aspectos de ese futuro cercano que estamos presenciando. Porque sin demasiado dinero, con apenas veinte días de rodaje y sin necesidad de recurrir a los efectos especiales de última generación, la continua presencia del robot y su habilidad para esconder los trucajes cinematográficos que están detrás de su creación hacen que ésta no sea una película al uso en algo que lleva la mencionada etiqueta de "independiente". La película es también, en ese sentido, un canto de amor a la robótica, como evidencian las imágenes que completan los títulos de crédito.

Un amigo para Frank es una de esas películas que surgen de vez en cuando y que dejan un buen rollo fascinante. Digo fascinante porque, además, ofrece elementos para la reflexión, para el disfrute, para la sonrisa y para el debate. Sus temas son trascendentes aunque su envoltorio parezca que no lo es tanto. Y aunque cinematográficamente no parezca tampoco gran cosa en un primer visionado, lo cierto es que Schreier se vale de planos bastante inteligentes para resaltar todo aquello que hace crecer la película, empezando por la magnífica interpretación de Langella, sin duda lo más logrado de una cinta que está francamente bien hecha. Lástima, una vez más, el retraso en su estreno. Llega a España casi un año después de que lo hiciera en Estados Unidos y año y medio después de que se viera en el Festival de Sundance, en enero de 2012. Su desembarco en los cines españoles se retrasó de marzo a julio. Y es una película fácilmente localizable en Internet desde hace meses. Una pena, porque tiene interés y sería bueno que mucha gente le diera una oportunidad. Se la merece.

viernes, mayo 24, 2013

'La venganza del hombre muerto', buenos personajes dentro de un guión extraño

El problema de La venganza del hombre muerto está en que su guión tiene tantas ganas de impresionar con sus giros que acaba convirtiéndose en algo extraño, difícil de creer e incluso en algún momento inverosímil hasta el sonrojo. Sin embargo, la película sobrevive gracias a que cuenta con buenos personajes, a los que especialmente Colin Farrell y Noomi Rapace dotan de verosimilitud y profundidad, probablemente más de la que hubiera en el discutible libreto de de J. H. Wyman (The Mexican) y a pesar de que ambos acuden a registros que ya han explotado en otras ocasiones, especialmente él, muy acostumbrado a películas de ambientes sórdidos. La venganza del hombre muerto, un título por cierto poco afortunado (el original es Dead Man Down), es la primera película norteamericana de Niels Arden Oplev y la primera que dirige tras Millennium. Los hombres que no amaban a las mujeres, la primera versión cinematográfica de la archiconocida novela de Stieg Larsson.

Y hay que reconocerle al director que su pulso narrativo y cinematográfico ha mejorado mucho en estos cuatro años, porque se ve en La venganza del hombre muerto mucho más de lo que se veía en Los hombres que no amaban a las mujeres (película que quedó como un telefilme tras ver la mucho más apreciable versión de David Fincher). Sin embargo, sufre por un guión lleno de trampas, sobre todo en su arranque, y de rocambolescos giros de guión, incluso en su final. Es una lástima porque el retrato de los dos protagonistas, Victor (Farrell), uno de los sicarios de Alphonse Hoyt (Terrence Howard), y Beatrice (Rapace), su vecina, cuyo rostro ha quedado desfigurado tras un accidente de coche. Ambos son personajes trágicos, amargados y solitarios, y su relación es, salvando algunos excesos en el arranque y en el final, es lo mejor que tiene que ofrecer la película.

El fallo está en que la película tiene tantas ganas de sorprender, que esos intentos acaban cayendo en el ridículo y limitan las posibilidades de dar con un final redondo. Por fortuna, esos momentos bajos son pocos y no terminan de sacar de la película gracias al buen hacer de los actores. La madre de Beatrice (Isabelle Huppert) es un personaje que roza esa frontera del decoro continuamente, pero se salva por el buen hacer de la actriz. Y el amigo de Victor, Darcy (Dominic Cooper), es un personaje muy mal definido que en cambio, y por el trabajo de su intérprete, acaba convertido en uno de los mejores recursos del filme. Ellos no pueden evitar el mal uso del tiempo, la simpleza de algunos planteamientos, las trampas de algunas escenas (la de Alphonse hablando con Victor, la conversación en el restaurante entre Victor y Beatrice) o las exageraciones de su climax, en el que su protagonista de repente se convierte en una mezcla entre los más exagerados héroes de acción del cine de los 80.

La venganza del hombre muerto, incluso con los excesos y errores mencionados, acaba siendo un thriller más o menos solvente. Es cierto que eso parece más achacable al trabajo de su reparto (incluso de pequeñas apariciones como la de Armand Assante, cuya simple presencia llena la pantalla) que al guión o la historia. Aún así, entretiene bastante, aunque se mueve por terrenos bastante tópicos en el género, sobre todo en los momentos en los que mejor funciona. Historias de venganza como ésta se han visto muchas, y más todavía se verán, dando el género por agotado en cuanto a grandes ideas (a la espera de un Seven que vuelva a revolucionarlo) pero efectivo en cuanto a sus resultados. Y también se ha visto mucho a Colin Farrell con este aspecto y con personajes sumamente parecidos. Pero funciona y la película se ve con agrado. No es poco.

lunes, mayo 20, 2013

'The Lords of Salem', sonrojante y risible paranoia

El terror pasa por un momento bastante insatisfactorio, pero hasta en eso hay límites. The Lords of Salem los sobrepasa todos. La última película de Rob Zombie, supuesto especialista en el género, es una paranoia sin pies ni cabeza, con tantos agujeros que no hay espacio para describirle, sonrojante en su planteamiento y  risible en su ejecución. Es difícil asimilar la cantidad de momentos vergonzosos que contiene una película que falla absolutamente en todo, empezando por la idea de partida que concibe el propio Zombie, autor del guión, para montar un esqueleto pobre, y terminando por un reparto encabezado por la esposa del director, Sheri Moon Zombie en el que aparecen algunos rostros conocidos para el viejo aficionado. Quizá la gracia esté en eso, en que todo sea tan lamentable, pero desde luego yo no he sido capaz de encontrársela por ningún lado.

La mención de Salem en el título es apetecible, la verdad. Toda historia que busque un punto de arranque en la historia de las brujas americanas tiene posibilidades de ser algo aterrador o, al menos, entretenido. Pero, por desgracia, The Lords of Salem no es ni una cosa ni la otra porque oscila entre la trampa y la memez, desprecia por completo a su personaje protagonista en la segunda mitad de la película, apuesta descaradamente por el exceso facilón, elude por completo las explicaciones simplemente porque es imposible dar alguna en este desaguisado y ni siquiera es capaz de ofrecer sustos convincentes. Basta decir a modo de ejemplo que el clásico plano en el que se enciende una luz para encontrar en un lado algo supuestamente aterrador es tan torpe que hay que mirar dos veces para darse cuenta de que hay algo.

Se intuyen en Zombie las pretensiones de seguir la maestría de La semilla del diablo de Roman Polanski a la hora de crear terror de un ambiente cotidiano y del David Lynch más desasosegante (en algunos momentos de Twin Peaks y en Mulholland Drive o Llamada perdida), pero es inabarcable la distancia que separa The Lords of Salem de estos referentes. El cuadro se completa con unas criaturas risibles, muy mal empleadas y chapuceramente construidas, que en absoluto contribuyen a crear una atmósfera aterradora. Y así, el único disfrute que queda está en ver a actores más o menos conocidos desfilando en personajes desarrollados con cierta torpeza y cumpliendo tópicos. Bruce Davidson (el senador Kelly de los dos primeros X-Men), Meg Foster (Evil-Lyn en Masters del Universo) o Dee Wallace (protagonista de E.T. El extraterrestre o Aullidos) hacen lo que pueden.

The Lords of Salem parte de una imposible base musical (ahora resulta que los adoradores del diablo del siglo XVII ya creaban sintonías de heavy metal), con unos personajes muy mal descritos en un lentísimo y tramposo prólogo y un tramo final tan absurdamente alocado que es de difícil clasificación. Insisto, puede que la gracia esté justo ahí, en que estamos ante una paranoia imposible, que llena la pantalla de ideas rocambolescas y pretendidamente transgresoras que, en realidad, no son más que una mezcla fácil de sangre y sexo. Puede que el aficionado al género le encuentre la gracia, sí. Pero viendo The Lords of Salem a mí sólo me queda añorar épocas pasadas en las que el cine de terror generaba justo eso, terror. No incredulidad o asco. Terror. Nadie dijo que fuera fácil, pero ésta película es que no parece funcionar ni en los niveles más bajos del gore. Al menos desde mi asiento. Puede que en el de otro espectador sí.

viernes, mayo 17, 2013

'El gran Gatsby', la estética por encima de las emociones

Las dificultades inherentes al deseo de llevar al cine obras literarias de las consideradas grandes se multiplican si el responsable de realizar la adaptación es alguien con un estilo visual tan marcado que suele llevarse por delante la historia en favor de la fuerza visual. Eso es lo que le sucede a Baz Luhrman, un narrador de historias más que limitado, al acometer El gran Gatsby. Su exagerado estilo visual, anclado en los logros (si es que los tuvo, que eso forma parte de un debate apasionante pero diferente) de Moulin Rouge, encallan en una primera hora de película bastante aburrida en la que no pasa absolutamente nada, y una segunda... y algo más, hasta llegar a los 142 minutos, en la que, pese a que hay una evidente mejora que hay que vincular al buen trabajo interpretativo de sus protagonistas, las emociones no terminan de captura al espectador. Y teniendo en cuenta que estamos ante una potente e incluso desgarradora historia de amor, la ausencia absoluta de emoción sólo se puede entender como un fracaso de Luhrman y su apuesta estética.

Las dudas arrancan con la misma decisión de que sea Luhrman el que acometa esta adaptación de la novela de F. Scott Fitzgerald. No parece el director apropiado porque en sus anteriores trabajos realmente nunca ha sabido encontrar el ritmo, más que en momentos puntuales, y siempre se ha servido de otros elementos distintos de la misma historia para enganchar al espectador, esencialmente la música extemporánea que pone a sus historias (claros ejemplos son las en diferente medida sobrevaloradas Romeo y Julieta y Moulin Rouge) o un recargado y excesivo estilo visual, firma definitiva del realizador. Así, como uno de los números cabareteros de Moulin Rouge pero sin llegar a lo mejor de aquellos, representa Luhrman las fiestas en la mansión de Gatsby, y lo más curioso es que ni siquiera hacen justicia a lo que cabía esperar. Son frías, desde luego, pero ni siquiera alcanzan el grado de desenfreno o de protagonismo musical (no sólo hay música moderna, se mezcla con la del compositor de jazz George Gershwin) que cabía esperar vistos los precedentes y cómo se está vendiendo la cinta.

Hay momentos en los que parece que la película va a coger la fuerza que se le presupone, derivada de la novela, pero son espejismos que no proceden de la película o del trabajo de su director y coguionista, sino del esfuerzo individual y colectivo de sus protagonistas. Leonardo DiCaprio es un Gatsby espléndido, en imagen y en ademanes, que encaja en el personaje de maravilla, que lo hace suyo, y al que lo que más perjudica es el artificial intento de Luhrman de presentarle como una sombra desconocida para todos (algo de lo que parece arrepentirse después), cuando todo el público ha visto ya trailers y fotografías de la película. Esa forma de rodar ya no funciona conjuntada con esta forma de promocionar. No tiene sentido y no aporta nada. Lo bueno es que en estos minutos Tobey Maguire se ha hecho sin problemas con la narración de la película y Carey Mulligan ya ha conseguido que funcione esa encantadora aura angelical que se le presupone a su personaje. Lo mejor, sin duda, los actores.

Y es que Luhrman, cegado en sus obsesiones visuales como principal motor de su cine, no se da cuenta de que hay planos tan pensados para el 3D que vistos en 2D resultan insulsos o que alguna de las recreaciones digitales de esa Nueva York de los años 20, con sus excesivos y mal planificados movimientos de cámara, parecen casi dibujos animados, mucho más cuando inserta vehículos en ellos, que dan la impresión de estar más próximos a los de Speed Racer que a los de una película de época, por actualizada que se quiera presentar. El segundo motor del cine de Luhrman es la música. Y aquí, contra pronóstico, tiene menos protagonismo del que se intuía y mucha menos fuerza de lo que cabía esperar. Los excesos se limitan a la primera mitad de la película y no sobresalen especialmente, no dan lustre al producto y, finalmente, ni siquiera se convierten en lo que perdura en la memoria, cosa que sí podía pasar, por ejemplo, en Moulin Rouge.

El gran Gatsby visto por Baz Luhrman es una película sin alma, que desaprovecha un acertadísimo cásting en un festival de luz, color y sonido que ofrece más frialdad que grandilocuencia, y que deja más decepción que cualquier otra cosa, precisamente porque no presta atención a las emociones que se le suponen a la historia y a los personajes. Por eso, entrar en la comparación con la novela, sea o no el espectador conocedor o apasionado de la misma, es casi una pérdida de tiempo. Para eso, la película tendría que funcionar por sí sola y no lo hace, presa de las obsesiones estéticas de su director. No parece tampoco justo decir que El gran Gatsby es una mala película de una forma rotunda. Simplemente es una mezcla desacertada, en la que sobresale una figura de DiCaprio llena de encanto y atractivo, espléndidamente secundada por Maguire y Mulligan, pero que ve enterradas sus posibilidades en sus pretensiones de hacer algo diferente con algo que tendría que sonar más clásico, sobre todo emocionalmente.

jueves, mayo 16, 2013

'Rebelde', el desgarrador drama de una niña soldado

Hay películas desgarradoras por lo que cuentan y hay películas desgarradoras por cómo lo cuentan. Rebelde   es una de las primeras y también, al mismo tiempo, una de las segundas. Mérito doble, por tanto, para un título que merece encendidos elogios por su sencillez, su naturalidad y su verdad. Porque cuenta una historia que acontece en un lugar indeterminado, que le sucede a una chiquilla de doce años, que utiliza su durísimo drama personal para escenificar el drama de los niños soldado y erigirse así en la película definitiva sobre este tema.  Es imposible no sufrir y sonreír al tiempo que lo hace la actriz protagonista, una Rachel Rwanza que llena la pantalla, que encoge el corazón del espectador y que lleva el peso de la película con una soltura inverosímil, que es imposible no relacionar con lo que hacía Quvenzhané Wallis en Bestias del sur salvaje. De hecho, de alguna manera y aunque temáticamente está alejadas, son películas que guardan cierto parentesco. Tan modestas como convincentes y sinceras, y con un toque de fantasía (su título en inglés es War Witch, Bruja de la guerra, da pistas en ese sentido) que elevan el resultado final.

Rebelde sigue la historia de Komona, una chiquilla de doce años que vive en una pobre aldea en un país indeterminado del África subsahariana, aunque está rodada en la República Democrática del Congo y el idioma africano que se escucha (en una película rodada mayoritariamente en francés) es el lingala, que se habla en el mencionado país, además de en la República del Congo, Angola y la República Centroafricana. De repente, su vida da un vuelco radical y acaba convertida en una niña soldado, tiene un arma automática en las manos y está combatiendo junto a los rebeldes contra un enemigo que lo es sin motivo. No importa la nacionalidad, no importa el gobierno contra el que se han levantado ni las causas por las que luchan. Importa la historia personal de Komona. Y ahí el triunfo es incontestable, porque la historia emociona en todo momento. Hay lugar para la sonrisa porque, a pesar del inmenso drama que relata, sigue siendo una chiquilla, incluso aunque la película contenga una enternecedora historia de amor.

Lo que hace que Rebelde sea mucho más que una película llamada a conmover únicamente por su historia, que ya sería bastante, es que a un realismo atroz une una imaginación desbordante. El misticismo africano lo usa Kim Nguyen, guionista y director del filme, para darle un contenido inusual a la historia y para dejar algunos planos fascinantes y hermosos, que dan una dimensión especial al viaje de Komona. Si bien algunos personajes secundarios quedan algo desdibujados o no consiguen suficiente tiempo en pantalla (la película dura unos ajustados y agradecidos 90 minutos), Rebelde encuentra un apoyo perfecto para la protagonista en un chico albino al que llaman Mago, que forma parte del grupo de niños soldado que acompaña a los rebeldes y que desde el principio siente una afinidad especial por Komona. Su relación, junto con las ensoñaciones de la chiquilla, da al filme un aura diferente, especial y hermosa, elevando el resultado final. La historia impacta por sí sola, pero Nguyen hace algo más que documentarla. Le da cuerpo, alma y vida. Y eso, en cine, es capital.

Si los premios son la gloria en el mundo del cine (no es así, pero es verdad que ganar algo pone un título en el escaparate), a Rebelde se le cruzó en el camino el huracán de Amor para cerrarle las puertas, ya que logró la nominación en la categoría de película de habla no inglesa representando a Canadá. Pero quedaron dos premios que no pueden considerarse sólo como de consolación: la joven Rachel Rwanza, verdaderamente impresionante en su papel, ganó el premio a la mejor actriz en el Festival de Berlín y repitió en el de Tribeca, donde Rebelde también fue proclamada como la mejor película. Aunque sólo sea por esas menciones, la película ya llama la atención. Pero se merece una oportunidad por sí sola. Es cine puro, sincero y desgarrador. Con el limitado alcance que por desgracia tendrá por ser lo que es, pero más que recomendable.

martes, mayo 14, 2013

Avance de 'Guerra mundial Z'

Se está poniendo de moda esa vieja técnica de marketing de adelantar unos minutos de los grandes estrenos de la temporada veraniega. La última en recibir esta clase de promoción ha sido Guerra Mundial Z. Paramount, de hecho, ha tirado la casa por la ventana este verano y en este sentido, porque también ofreció un adelanto de la ya inminente Star Trek. En la oscuridad, de J. J. Abrams. Por supuesto, no habrá spoilers en el resumen de este avance, aunque, en realidad, no parece una película demasiado pendiente de grandes giros de guión como para funcionar correctamente. No es eso una crítica, que nadie se asuste. Es, simplemente, que parece tan obvio que con quince minutos no quedan desveladas demasiadas sorpresas como que el potencial de la película va a estar en cómo y desde dónde muestra la clásica historia de contagio pandémico para convertir a la población mundial en zombies.

Y ahí es donde apunta alto Guerra Mundial Z. Las tres escenas que mostró Paramount hablan de un salvajismo bastante inédito en una superproducción de un gran estudio, en el aspecto visual y en las ideas que se plasman en la pantalla, con la única salvedad de siempre en películas de estas características: no hay sangre a la vista. Buscando el PG-13 como hace todo blockbuster hollywoodiense, no hay rojo en las tonalidades de la película (¿habrá alguna explicación científica en la película al hecho de que la mordedura de estos zombies no provoquen salpicaduras de sangre en la pantalla?) y eso puede ser un problema, quizá el único que se atisba en este primer vistazo. Porque lo demás es más que atractivo. Escenas de masas bastante impresionantes, unos zombies desbocados y sin medida que se mueven a una velocidad de vértigo, actuando además como una colmena y sin pensar en las consecuencias físicas de sus salvajadas, escenarios que impactan y que abren posibilidades bastante atrevidas, y mucha, mucha violencia.

Como las tres secuencias son básicamente acción, no queda todavía demasiado definido el papel de Brad Pitt. Será, obviamente, el héroe de la película, para saber eso no hace falta siquiera un avance. Para una estrella como Brad Pitt viene a ser sorprendente que ésta sea su primera película de este estilo y que le llegue ya con 50 años. Carisma tiene. Veremos si también hay un personaje detrás o si simplemente es el rostro que poner al póster de la película. Ese dependerá más de la historia y los diálogos que de la frenética acción de este avance. También parece interesante anticipar cuál será el encaje de Guerra Mundial Z en la filmografía de un director tan variado como Marc Forster, que tan pronto puede hacer una maravilla cargada de sensibilidad (Descubriendo Nunca Jamás), como un drama de corte independiente (Monster's Ball) o un vehículo de acción para 007 (Quantum of Solace). Se anticipa mucho movimiento de cámara, muy acertado en la secuencia de presentación de los zombies pero que después puede sembrar dudas.

Guerra Mundial Z llegará a España el próximo 2 de agosto. El nuestro será uno de los últimos países en verla, ya que en Estados Unidos estará en los cines el 21 de junio y en la mayoría de los países del resto del mundo será una semana más tarde.

lunes, mayo 13, 2013

'Objetivo: la Casa Blanca', una de buenos (americanos) y malos

Dado que el título (tanto el traducido, Objetivo: la Casa Blanca, como el original aunque de forma más sutil, Olympus Has Fallen) no lo disimula de ninguna manera, no hay reparos en decir que esta película va sobre lo que dice: un ataque perfectamente trenzado a la residencia del presidente de los Estados Unidos. Y anta la duda, que esa ya sí puede surgir antes de verla, es una auténtica americanada. Eso, per se, no es bueno ni malo, pero como a mucha gente se le atragantan las banderas americanas, los saludos militares y los "Dios bendiga a América", es bueno advertirlo. Como también que ésta, a diferencia de las moralmente truculentas que había realizado previamente Antoine Fuqua, es una película blanca y simple de buenos y malos. Y los buenos, naturalmente, son los americanos, comandados por un inmaculado presidente, interpretado por Aaron Heckhart, un noble portavoz con el rostro de Morgan Freeman y, sobre todo, un héroe de acción en la piel de Gerard Butler, que no en vano actúa también como productor. La mezcla, tan simple como atractiva.

Tras un arranque largo y lento que en el fondo no es más que una pincelada para matizar el argumento, y cuya música a cargo de Trevor Morris confirma sin venir demasiado a cuento que la película va a estar dominada por un marcadísimo tono patriotero (insisto, no tiene por qué ser negativo), la cinta arranca sin ambages y sin dudas: Objetivo: la Casa Blanca es un thriller de acción, de mucha y muy variada acción, de poca contención en los planteamientos y en la ejecución (incontable el número de muertos que ofrece) y de un entretenimiento sincero y logrado. De eso tiene el mérito, además del escaso respiro que hay en el guión, la firmeza en la dirección de Fuqua. Da ritmo a una historia que, salvo por el escenario (siempre hay una malsana diversión en dinamitar, explosionar, volar o destruir lugares tan emblemáticos), no es ni mucho menos el colmo de la originalidad. Y como hay buenos y malos tan claramente identificables casi desde el principio, la fuerza está en la imagen y en la acción, no en los tópicos, y en algún caso forzadísimos, vericuetos personales de cada personaje.

De hecho, lo único verdaderamente criticable dentro de las intenciones de la película está en un levísimo intento de introducir una especie de protesta social por la crisis y el poder económico. Risible como poco, por el mensaje y por el personaje que lo introduce. Es el único momento en el que la película corre el riesgo de tambalearse. Bastaría, en realidad, con apreciar el carisma de los protagonistas para disfrutar de sus dos horas de metraje. Gerard Butler ofrece un héroe modélico y más grande que la vida, que dicen los americanos y Rick Yune (con la experiencia de Muere otro día) es un malo malísimo de los que gusta ver en pantalla por mucho que no resista comparaciones con otros mejor escritos o desarrollados. Y dan mucho prestigio y nivel las presencias de Aaron Heckhart y Morgan Freeman como protagonistas indiscutibles que añadir a los dos ya mencionados, y un reparto de secundarios plagado de nombres ilustres como Melissa Leo, Angela Bassett o Robert Forster.

Por muy atractivo que sea el reparto, que lo es y además no ofrece fisuras, el plato fuerte de la película está en el ataque a la Casa Blanca. Sin desvelar motivos ni desarrollo, sí se puede destacar que es una larga escena rodada con mucho pulso, espectacular en todas sus fases, aunque quizás le sobra algo de ordenador.  Por supuesto, y como era previsible, también es obligado ver la película con una alta dosis de ingenuidad, porque hay elementos que difícilmente se sostienen, no ya en el tan entretenido como descabellado punto de partida de la película, sino incluso en algunas escenas muy concretas (por ejemplo, si se supone que necesitan vivo a..., ¿por qué demonios ametrallan sin piedad la pared que le oculta?). Pero en el fondo el entretenimiento está asegurado. Que nadie espere una historia truculenta a lo Training Day, porque esta es muy cristalina. Los buenos son muy buenos y los malos son muy malos y lo demuestran con frialdad y contundencia a lo largo de película. Sin mucho más que ofrecer aparte del espectáculo, pero fácilmente disfrutable.

viernes, mayo 10, 2013

'Stoker', desigual, perverso y a ratos salvajemente hermoso thriller

Stoker sorprende desde su arranque. El surcoreano Chan-wook Park, que da con esta película el salto al cine anglosajón, trenza una historia perversa y turbadora, a ratos salvajemente hermosa en su historia y sobre todo en sus imágenes con su magnífico uso del color, pero también desigual y discutible en algunos momentos. Impactante en todo caso, porque compone un thriller muy original partiendo de una familia disfuncional admirablemente interpretada por Mia Wasikowska, Matthew Goode y Nicole Kidman, porque se mueve en terrenos moralmente tan atractivos como peligrosos y porque es valiente en el fondo y en la forma. Es una de esas películas que deja sensaciones encontradas y contradictorias, que deja tantas cosas para admirar como para dudar. Y eso, en realidad, no puede ser malo. Una película que obliga a seguir pensando en ella tiempo después de haberla visto, es que tiene algo de esa magia que hace del séptimo arte algo maravilloso, incluso renegando de algunos detalles tras esa reflexión.

India (Mia Wasikowska) cumple 18 años y ese mismo día su padre (Rupert Everett) muere en un accidente de coche, quedándose sola con su madre (Nicole Kidman). En el funeral aparece su tío Charlie (Matthew Goode), del que la joven nunca había oído hablar y comienza así un extraño juego de sensaciones, afectos y rechazos, intensificado por la elecciones audiovisuales del director, mientras todos tratan de adaptarse a su nueva vida tras la pérdida que han sufrido. La disfuncionalidad de la familia que retrata Stoker nace de un accidente que se intuye pero no se ve y por la ausencia de un personaje que tarda en ser visto (en cierto modo, reutilizando aunque no del todo el recurso del que Hitchcok hizo arte en Rebecca). Y se desarrolla la historia por la propia extravagancia de los personajes dentro de un mundo aparentemente normal que, en realidad, nunca lo es. El encaje de esa manera de las obsesiones, miedo e ilusiones de India, su madre y su tía forman un juego morboso y atractivo.

Park consigue que Stoker sea una experiencia desasosegante de principio a fin. Lo hace con el sonido, con la imagen y con las interpretaciones de sus protagonistas. Bien Nicole Kidman, que no necesita de artificios para construir un buen personaje, aunque quizá sea la que más desdibujada queda en el filme, porque no está puesto el foco en su papel. Muy bien Matthew Goode, para algunos el mayor error de casting de Watchmen y sin embargo aquí es un actor que siempre motiva alguna reacción, alguna sensación, incluso algún terror. Y extraordinariamente bien, aunque no siempre, Mia Wasikowska, una actriz que en ocasiones transmite una frialdad que no parece estar en los guiones que acepta (y que contaba con el lastre de ser la sosa protagonista de la probablemente peor película de Tim Burton, Alicia en el País de las Maravillas), pero que por momentos, y especialmente en la segunda mitad del filme, se muestra como lo mejor y más sorprendente de este contundente cóctel psicológico.

Hay elementos más que cuestionables que seguramente no gustarán a todo el mundo. La evidente conexión entre el despertar sexual y la fascinación por la muerte no creo que sea lo mejor de la película, por mucho que en este sentido Park ofrezca una de las escenas más provocadoras del cine contemporáneo (únicamente por inusual, no pretendo censurar lo que muestra). Y el final da para mucho debate. No era nada fácil poner un cierre a esta historia y el que escoge Stoker deja algunas dudas. En todo caso, son 99 minutos diferentes, intensos y perversos, donde casi nada es lo que parece y los secretos, incluso los que cada personaje se esconde a sí mismo, consiguen mantener hasta el final la atención del espectador. E incluso que se piense en un segundo visionado para poder extraer conclusiones más pacientes y meditadas. Eso, insisto, hace que el juicio tenga que ser indudablemente positivo, aunque no sea una película pensada para agradar a todo tipo de públicos.

miércoles, mayo 08, 2013

Hasta siempre, Ray Harryhausen

Demasiada gente tiende a pensar, más de hecho que conscientemente, que los únicos nombres que merece la pena recordar en el mundo del cine son los de los actores y, en algún caso, los de los directores. Pero la magia del cine es tan inmensa que no se detiene ahí y, aunque sea muy pocas veces, otros profesionales alcanzan una merecida fama. El de Ray Harryhausen es uno de esos nombres que han conseguido un lugar distinguido en el séptimo arte, y aún así mucha gente no sabrá quién es. Pues bien, era un genio de los efectos especiales más artesanales que comenzó a trabajar en las películas en los años 30 del siglo pasado y nos deleitó con sus proezas visuales hasta que arrancó la década de los 80 y los ordenadores y la infografía comenzaron a abrirse camino. Y aún diciendo que era un genio, el adjetivo se queda corto. ¿Cómo se puede calificar a una persona que inspiró los sueños de tantos espectadores, impulsó la imaginación de tantos soñadores y alentó la visión de tantos creadores? No creo que haya un término para una persona así.

Pero es el término que habría que aplicar a Ray Harryhausen y, como no existe, habrá que dejarlo en "genio". Era un genio, ya lo creo. Y digo "era" porque acaba de morir, el 7 de mayo de 2013, y esa noticia bastará para que mucha gente se acuerde de él. ¿Que quién era Ray Harryhausen? Probablemente mucha gente no lo sabrá, porque su momento de esplendor llegó hace ya muchos años y la memoria es débil. Pero para eso queda la letra impresa, aunque sea en la pantalla de un ordenador. Ray Harryhausen es el maestro que hizo los efectos especiales de películas como El gran gorila, Hace un millón de años (los dinosaurios, Raquel Welch era de verdad), Simbad y la princesa, Jasón y los Argonautas, quizá ésta su obra maestra, o Furia de Titanes, la original de 1981, su testamento cinematográfico, no sólo porque fue su última película sino también porque con esta pequeña joya murió la forma de entender los efectos especiales que dominó durante años.

Lo suyo eran los muñecos articulados, las marionetas, las criaturas fantásticas, los seres mitológicos. Lo suyo eran los sueños en una época en la que el cine les daba forma de manera artesanal. La suya era la mano que, aún en sus rudimentarias formas primitivas y su movimiento irreal, consiguió que nos creyéramos que era posible que un grupo de seres humanos pudiera combatir contra uno de esqueletos. O que disfrutáramos en la pantalla de imposibles dinosaurios mucho antes de que Steven Spielberg, de la mano de otro genio del gremio, Stan Winston, los recreara en Parque Jurásico como nunca antes se habían visto. El cine de género pierde a una figura esencial para comprenderlo. Y habrá mucha gente que no conozca a Ray Harryhausen o que ahora, en un momento en el que se puede hacer prácticamente de todo por ordenador, no entienda la magnitud de su trabajo y de su legado. O, incluso, que haya gente que vea hoy en día sus películas y les parezcan torpes y anticuadas. Pero en su día eran el futuro. Eran algo imposible. Eran sueños. Y Ray Harryhausen era su creador. Descanse en paz.

miércoles, mayo 01, 2013

'La gran boda', divertida pero convencional

Las bodas se han convertido ya en un subgénero de la comedia. La boda de mi mejor amiga, Mi gran boda griega, Cuatro bodas y un funeral, Planes de boda, De boda en boda, La boda de Muriel, American Pie ¡Menuda boda!... y así hasta el infinito, sin que nadie haya sido en realidad capaz de superar el ingenio y la simpatía de El padre de la novia. La original, por supuesto, la de Spencer Tracy y Elizabeth Taylor. Y aquí nos llega La gran boda, que encima es remake de una película francesa de 2006. Y es divertida, sí, porque tiene un reparto repleto de grandes nombres que decidió pasárselo estupendamente bien rodando la película, pero también es convencional. Con momentos delirantes y muy divertidos, pero que en realidad según va pasando el tiempo se va diluyendo en la memoria. Es lo que es y gustará a todo aquel que vaya a ver precisamente lo que ofrece: una desenfadada comedia con una boda de fondo. Y de 90 minutos de duración, que no es algo tan fácilmente rechazable.

Robert De Niro, Diane Keaton, Susan Sarandon, Katherine Heigel, Ben Barnes, Amanda Seyfried, Topher Grace y Robin Williams. Casi nada. Evidentemente, en ese listado de actores condensados en La gran boda hay clases y categorías, y el tipo de película condiciona lo que son capaces de ofrecer, pero lo que está claro es que son nombres capaces de atraer a gente a las salas. Y, todo hay que decirlo, con motivo. Es un reparto sólido, insisto que dentro de los parámetros de esta comedia amable e intrascendente, que muestra sobre todo elegancia en las grandes damas, Sarandon y Keaton, y carácter cargado seguramente de una alta dosis de improvisación de los caballeros, De Niro y Williams. Justin Zacham, que dirige su segunda película y es también el autor del guión de Ahora o nunca, prácticamente coloca la cámara y deja hacer a los actores. No tiene pinta de haber sido una película muy estresante de dirigir.

Obviamente, la película va sobre una boda, y eso da muchas pistas sobre su historia. En realidad, se centra más en los muy diversos problemas, secretos e historias de dos familias. Tres, en realidad. Pero mejor descubrir el múltiple enredo en la propia película y no en sinopsis que fusilan en unas pocas líneas todo lo que acontece en su primer tercio (puede que incluso más). Y en ese enredo hay detalles ingeniosos, otros que no son nada innovadores, algunos sorprendentes y otros muy previsibles. Cuando se monta una película de 90 minutos a ritmo de gag, esa irregularidad forma parte del paisaje inevitablemente. Lo mejor, sin duda, está en algunas de las apariciones de De Niro (aunque muy lejos del retorno a la genialidad que había protagonizado en El lado bueno de las cosas) y de Robin Williams, aunque de alguna manera el suyo parezca el personaje más desaprovechado de la función.

La gran boda es escapismo puro y duro, ni más ni menos, lo que permite que no haya demasiadas expectativas que colmar y facilita un regusto amable al terminar la película. Al que guste de este tipo de comedia (es innegable que se hacen muchas películas de este estilo y que eso se debe a que dan buen resultado en taquilla, luego público tendrán) le dará un rato agradable. Quizá lo más decepcionante esté en Amanda Seyfried, a la que con momentos brillantes como Los miserables sigo sin terminar de apreciar, o que Diane Keaton sea cada vez más Diane Keaton, más una repetición de sí misma, y no uno de sus personajes. Pero el conjunto es lo suficientemente agradable y tiene los suficientes aciertos humorísticos (más en diálogos concretos que en situaciones del guión) como para no lamentar el rato sentado en la butaca.

viernes, abril 26, 2013

'Iron Man 3', un espectáculo formidable y sorprendente

¿Qué se podía hacer en el cine con los personajes de Marvel Comics después de Los Vengadores sin que palideciera en comparación? No ha hecho falta ni un solo patinazo para encontrar una agradable y espectacular respuesta a esa pregunta. Iron Man 3 es más pequeña, sin duda, pero más intimista, formidable, un espectáculo de primer nivel y una película que consigue algo que el cine moderno de efectos especiales y acción, víctima de unas exageradas y poco calculadas campañas de marketing, no consigue hacer normalmente: sorprender. Esta tercera entrega, en la que Shane Black coge el mando en la dirección en lugar de Jon Favreau, hace crecer la saga sin ningunear las dos notables primeras partes, potencia lo mejor que tenían aquellas y le añade piezas de acción espléndidas y un desarrollo de los personajes a la medida de un reparto excepcional, encabezado por un inmejorable Robert Downey Jr. Sigue siendo Iron Man, pero todavía mejor. Palabras mayores dentro de este subgénero.

¿Qué ofrece Iron Man 3? Una mezcla estupenda entre lo que funcionaba de sus dos primeras entregas y unas novedades más que apetecibles. Entre lo primero destacan dos cosas. Por un lado, un Robert Downey Jr. brillante, en la que es probablemente la mejor interpretación de un superhéroe que se ha visto en la gran pantalla (y que perdonen los fans del Superman de Christopher Reeve, entre los que me cuento). Por otro, unos efectos especiales sorprendentes, que dan vida a unas armaduras diseñadas con sumo detalle. No hay nada que chirríe en lo visual y eso permite una espectacularidad hermosa en las escenas de acción. Y he ahí donde las novedades cobran protagonismo. Las dos primeras películas, aún siendo cine de superhéroes, no eran unas películas plagadas de acción, e incluso el clímax de Iron Man 2 estuvo entre lo más decepcionante que ofrecía. Aquí son tres grandes piezas, diferentes entre sí, muy bien rodadas, emocionantes y prácticamente lo que uno espera ver en un filme del género.

Hay relevo en la dirección, pero todos los cambios son fluidos. Se acepta sin ningún problema la herencia de las dos primeras películas, ambas dirigidas por Jon Favreau (que sigue interpretando, ahora con más metraje, a Happy Hogan, antiguo guardaespaldas de Tony Stark), incluso la muy referenciada Los Vengadores, de Joss Whedon. Shane Black, coguionista además de director, integra toda esa mitología en la película y le sirve para hacer crecer la psicología de los personajes (sobre todo pero no sólo la de Tony Stark), pero le da una autonomía propia (sólo rota en la escena tras los créditos... que quizá, y aún siendo muy divertida, es lo más decepcionante de Iron Man 3; es tan sobresaliente lo que ofrece la película que ese final se antoja flojo) y, sobre todo, muestra valentía, que no temeridad, a la hora de adaptar lo que le ofrecía el cómic. Sin revelar ninguna de las sorpresas de la película, que son en algún caso muy sorprendentes, hay que decir que coge como base una popular saga escrita por Warren Ellis, Extremis, e incorpora por fin a la gran pantalla al villano principal de Iron Man, el Mandarín.

Para confeccionar este explosivo cóctel superheroico, Black, reconocible como guionista de la saga Arma Letal más que como director, recurre a un reparto espléndido. Gwyneth Paltrow, que no es precisamente una de mis actrices favoritas, ofrece su mejor interpretación de la saga. Pero el trío de fichajes se lleva los focos y se merece los elogios. Ben Kingsley asombra, Guy Pearce convence y Rebecca Hall está espléndida. Quizá el actor que salga peor parado sea Don Cheadle, ya presente en la segunda. Si con todos los demás está realmente conseguida la mezcla entre drama, acción y comedia, para el hombre debajo de la armadura de Máquina de Guerra (rebautizada aquí como Iron Patriot) no queda demasiado más que figurar. Y esa mezcla es lo que hace que la película funcione y evite en todo momento que pueda parecer una repetición o una simple secuela para ganar dinero. Es Iron Man, sí, pero es algo nuevo, que mantiene al espectador de la película en vilo por conocer los caminos que va a seguir la película y que asombra, insisto, por su valentía en algún momento.

Esa misma valentía puede hacer que algún purista del cómic salga cabreado de la sala. Puede ser. Pero hay que admitir que cine y cómic son lenguajes diferentes y que la adaptación realizada es sobresaliente en todos los aspectos. Iron Man sigue siendo una saga divertida, con un humor asequible a todo tipo de públicos (no es casualidad que Tony Stark interaccione durante varias escenas con un niño), explotando con enorme acierto por un Robert Downey Jr. que ha hecho de este personaje una segunda piel, pero sin desdeñar los aspectos más oscuros y siniestros de la trama. Es espectacular en todo momento, con escenas de acción formidables (un poco demasiado anticipadas por los trailers, pero sumamente disfrutables) y un sabor de boca final tan formidable que invita a pensar qué demonios va a hacer Marvel para continuar con la historia de Iron Man, no ya en una hipotética cuarta entrega sino en la segunda de Los Vengadores. Con decir que lo peor de Iron Man 3 está en el brevísimo cameo de Stan Lee, probablemente el más flojo de todos los que ha protagonizado, está todo dicho. Una gozada.

jueves, abril 25, 2013

'Un lugar donde refugiarse', cómo arruinar incluso un telefilme

Con ¿A quién ama Gilbert Grape?, sobre todo con Las normas de la casa de la sidra, e incluso también con Chocolat, Lasse Hallstrom cogió cierta fama. Trece años después de la última cinta de ese trío de títulos, se puede afirmar con rotundidad que Hallstrom no da para mucho más. Casanova, Querido John o La pesca del salmón en Yemen son algunas de las películas, más o menos simpáticas, que preceden en su filmografía a Un lugar donde quedarse, una cinta con absoluta factura de telefilme que, como los anteriores, puede caer más o menos simpático a lo largo de sus larguísimos e injustificados 115 minutos, hasta que Hallstrom, siguiendo la novela de Nicholas Sparks (autor de los libros en que se basaron El diario de Noa, Mensaje en una botella, la mencionada Querido John o La última canción; sí, las similitudes entre todas estas historias son más que evidentes), abraza un giro que arruina por completo la película, que evidencia la previsibilidad de toda la trama y que confirma las trampas que contiene la historia.

Lo que propone Un lugar donde refugiarse es una historia romántica americana de manual, que encima se corona nada menos que con las celebraciones del 4 de julio. Chica que huye de algo, chica que llega a un pueblo perdido, chica que encuentra a un chico con una historia trágica que intenta reconstruir su vida, chica y chico que se enamoran, el algo de lo que huye la chica se presenta, todos los problemas se solucionan y los buenos de la película son felices y los malos no. Lo de siempre. El desarrollo de la película se hace más o menos soportable en función de la simpatía que desprendan los protagonistas. Y en eso este filme tiene terreno ganado. Josh Duhamel (Transformers, su segunda parte y la tercera) y Julianne Hough (Footloose, Rock of Ages; con esta actriz, casi se queda uno con las ganas de que haya un gran número musical) son agradables y cumplen con tanta facilidad como Cobbie Smulders (Los Vengadores) e incluso el resto del reparto, niños incluidos.

Pero hay dos problemas muy severos para aceptar con agrado la propuesta de Hallstrom. El primero es que todo, absolutamente todo lo que sucede, se ve venir. La película es facilona y previsible hasta extremos insospechados, incluso a pesar del torpe arranque, incluso aceptando un esquema preconcebido en el género del que nadie parece haber sabido salir en muchos años. Y el segundo es que hay un giro de guión que acaba evidenciando que el desarrollo de la película está lleno de trampas al espectador y requiebros poco sutiles. En realidad, ese giro es también previsible, pero hasta que no se produce queda la esperanza finalmente baldía de que no se produzca. Imagino que ese giro es la base desde la que partió la historia, pero para llegar a ese punto hay que hacer mucho más en cerca de dos horas de película. Hacer comparaciones con otros títulos arruina esa pretensión original, así que no las haré, pero sí que procede decir lo anterior: que no sorprende y que cabrea a partes iguales, a poco que la película se haya ido quedando en la retina.

Un lugar donde refugiarse podría haber sido una pasable película de factura televisiva, pero teniendo en cuenta que Hallstrom había llegado a mucho más que eso procede considerarla como la confirmación más o menos definitiva de su declive. Y sigue reuniendo repartos más o menos agradables, eso sí, ocasionalmente con actores cada vez menos importantes aunque siempre conocidos, y con eso puede salvar en cierta medida la papeleta. Aquí no es sólo que no disfrute de un buen guión, es que tampoco acierta en la forma de rodar o en el montaje. No genera suspense cuando lo pretende, y sólo en las partes más románticas se puede decir que alcanza los mínimos que busca. Pero es que, insisto, ese giro arruina por completo casi todo lo anterior, porque se convierte en una coartada poco inteligente y mal construida en torno al verdadero objetivo del filme. Y eso en cine es hacer trampa.

martes, abril 23, 2013

'La caza', espléndida película con más que un notable Mads Mikkelsen

La caza es una espléndida película por muchas razones. Esta historia sobre el aislamiento social al que se ve sometido un hombre acusado de abusos sexuales a menores en el parvulario en el que trabaja tiene ya un tema poderoso que incita al debate y a la reflexión por sí solo, sin necesidad de verse respaldado por una buena película. Pero es buena, muy buena, porque la mirada de Thomas Vinterberg, uno de los directores que se hizo famoso a caballo de aquel más que discutbile movimiento que se autodenominó Dogma, juega con mucho acierto sus cartas. La principal es un Mads Mikkelsen formidable, que lleva el peso de la película pero no la acapara. Ese es el segundo acierto, una mirada plural a un drama tan personal. Y el tercero y fundamental es que tras su aparente sencillez se esconde cine del bueno, del que sabe dónde poner la cámara y donde cortar el plano, el que despierta emociones y sensaciones, el que busca que el espectador sea el que tome las decisiones, a pesar de que el final podría haber sido aún más redondo en ese sentido.

Mikkelsen ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cannes y el guión se llevó al reconocimiento en los pasados Premios del Cine Europeo. Esas dos son ya razones de peso para ver La caza con muchas expectativas, a pesar de su aséptico cartel (sólo la inclusión de la frase "una mentira puede destruir a un inocente" indica algo más que el protagonismo de Mikkelsen). Hay muchas más. Su exposición es pausada, sosegada, meditada y casi redonda. La caza no tiene prisa y sí mucha inteligencia. Hay que conocer a los protagonistas, sus circunstancias y su entorno antes de presentar el detonante de la caza de la que habla su título, porque si no las escenas de la segunda mitad de la película no tendrían el mismo impacto emocional, que es enorme. Si el vínculo afectivo entre Lucas (Mikkelsen), su amigo Theo (Thomas Bo Larsen) y la pequeña Klara (Annika Wedderkopp) no es asimilado, el poder de la historia se difuminaría. Y su fuerza es inmensa. Es acierto del guión, coescrito por Vinterberg y Tobias Lindholm, pero también de la sencilla dirección del primero.

Precisamente por lo intimista y personal que es el guión, lo esencial de la película está en sus actuaciones. El de Mikkelsen será el rostro más conocido de entre este elenco danés por su aparición en el Casino Royale en el que Daniel Craig debutó como James Bond y por su papel en la serie Hannibal. Aquí, deslumbra. Muchísimo. La tortura que vive su personaje se refleja en sus ojos. Pero la fuerza que tiene todo el reparto es descomunal, y la forma en la que Vinterberg rueda a la pequeña Annika Wedderkopp es exquisita, con unos planos tan sinceros como hermosos. Son ellos los que hacen que las palabras del guión cobren vida, que la angustia por el caso que relata sea auténtica, que las sensaciones que provoca sean tan fuertes. Y el impacto está en que, aún teniendo toda la información en la película, el espectador entiende a todos los personajes. A los que aciertan, a los que se equivocan y a los que dudan. La empatía es un poderoso aliado para el cine y esta película juega a su antojo con ella.

Si acaso se le puede poner un pero a La caza es que pierde la ocasión de tener uno de los finales más desgarradores e impactantes del cine actual, uno que recuerde al de Una historia de violencia (para mí, sin duda, una de las más grandes conclusiones del séptimo arte contemporáneo), pero opta por otro camino diferente. No uno equivocado, no, pero sí algo más convencional. Es, de hecho, lo único convencional que tiene un filme que consigue eludir el excesivo protagonismo de un único actor, por brillante que esté, y sabe jugar con diferentes puntos de vista (su jefa, su hijo, su amigo, la niña...) para enriquecer el resultado final. La caza es una película danesa y eso seguramente echará para atrás a algunos espectadores. Craso error. España es todavía un país en el que vende mucho más cualquier producción norteamericana que un filme como éste. Por eso parece necesario reivindicar este otro cine, tan cine como el anterior, pero que no suele gozar de la misma atención. La caza es una grandísima película y se merece mucho más que una oportunidad.

domingo, abril 21, 2013

'On the Road', himno beat con alma menor

Siendo On the Road la adaptación de la novela de Jack Kerouac que narraba las aventuras de un grupo de amigos que cruzaron Estados Unidos en coche para vivir aventuras y su particular forma de entender la vida, no podía ser otra cosa que un himno beat. Y lo es con todas las consecuencias. Sexo, drogas y alcohol sazonan el viaje vital que Walter Salles lleva a la gran pantalla. Pero se le olvida el alma, que se queda en algo menor. Y el caso es que se intuyen cosas, se atisban momentos que podrían haber sido grandes, las interpretaciones son más que correctas y es obligado subir el nivel de los elogios al hablar de Garrett Hedlund, pero hay cierta sensación de vacío en el conjunto final, una acusada ausencia de implicación entre el espectador y los personajes y un ritmo tan lento que en ocasiones cede al aburrimiento. Y es una pena porque, insisto, mimbres hay. Salles rueda con inteligencia, pero no es capaz de dar al conjunto final la fuerza necesaria y, sobre todo, el alma que dio la aureola de mítico al libro original.

Es bastante probable que sea necesaria una cierta sintonía con los beats, o al menos un conocimiento básico de lo que representan, para asimilar y disfrutar lo que cuenta On the Road, sea el libro o la película. De lo contrario, existe el riesgo de considerarlo simplemente como la aventura alucinógena de dos amigos y la gente que les rodea en sus juergas sexuales, alcohólicas y de marihuana, y no prestarle así mucha más atención a partir de la segunda escena de excesos. Salvadas esas consideraciones y recordando que los personajes están basados en personas reales (el propio Kerouac entre ellos), On the Road, la película de Salles, se acerca mucho a un quiero y no puedo. Quiere, porque hay momentos logrados, un vértigo muy conseguido en las escenas festivas y un sosiego como contraste en las más familiares, además de un buen trabajo de dirección de actores.

Ahí, en el reparto, está lo mejor de On the Road. Y eso que es difícil quitarse de encima la impresión de que muchos actores han aceptado sus papeles en busca de un prestigio que sólo parece conseguirse en un cine de corte independiente. El que sale más triunfante en ese objetivo es Garrett Hedlund, que pasa de héroe de acción en Tron Legacy a clavar el retrato de Dean Moriarty, basado en Neal Cassady. Él es el motor de la película en todos los sentidos, narrativa, ideológica e incluso visualmente. Kirsten Stewart está lejos de quitarse la etiqueta de la chica de Crepúsculo, pero no desentona en el conjunto. Entre ambos, un Sam Riley, trasunto del propio Kerouac bajo el nombre de Sal Paradise, que convence por momentos y deja frío en otros, quizá porque su voz en off narrando el libro que está escribiendo no siempre termina de encajar bien en el conjunto final. Y los papeles de Kirsten Dunst, Viggo Mortensen, Steve Buscemi y, sobre todo, Amy Adams, son tan escasos que contribuyen a la sensación de desconcierto final que deja la película.

On the Road sufre con algunas incoherencias y con el abuso de las elipsis temporales, que dejan demasiados detalles en el tintero y obliga a una reconstrucción continua del cuadro por parte del espectador. Sufre con una historia errática, en la que no termina de quedar clara la importancia de cada uno de los personajes que desfila por la pantalla o si hay más objetivo que la descripción de un modo de ser, de unos años locos y de unos personajes sin más ambiciones que vivir la vida al límite. Es esa indefinición lo que termina por dejar On the Road como un filme más difuso y menos profundo de lo que le gustaría, de lento desarrollo y escenas que pueden parecer superfluas o reiterativas en demasiados casos, y que no termina de arrancar hasta sus momentos finales. Entonces sí se atisba lo que sí podría haber llegado a dar de sí la historia, pero es demasiado tarde como para que este himno beat ofrezca sólo un alma menor. Queda al menos el trabajo de Hedlund.

viernes, abril 19, 2013

'Memorias de un zombie adolescente', sorprendentemente simpática

Que una película se titule Memorias de un zombie adolescente casi parece una razón de peso para no verla. El título es, efectivamente, horrible. No es una traducción del original (Warm Bodies), no responde a lo que cuenta la película, es facilón y parece abocar a una película de saldo que quiera aprovechar el tirón de los monstruos de terror rebajados a lo Crepúsculo. Y resulta que no así. Para nada, de hecho. Memorias de un zombie adolescente es una película simpática, que encuentra el tono perfecto para no caer en el ridículo, para que sus protagonistas sean atractivos y para que la comedia funcione a todos los niveles, desde su romanticismo hasta su parodia del cine de terror, pasando por la música, a veces excepcionalmente escogida. Hay claros errores en las normas que plantea y un desarrollo algo precipitado que restan credibilidad al conjunto final, en el que también chirrían los efectos visuales, pero las risas hacen que esto quede en un segundo plano. Sorprendentemente, pero así es.

El arranque de la película, su primera secuencia, ya consigue esa sensación de estar viendo una película consciente de lo que es. El zombie protagonista, con el muy maquillado rostro de Nicholas Hoult (Jack el caza gigantes o X-Men. Primera generación) y una actuación convincente, cuenta exactamente eso, que está muerto y vagando sin rumbo como tantos otros. ¿Que cómo lo cuenta si es un zombie? Primer hallazgo simpático de la película que funciona, lo cuenta él mismo mediante una muy bien insertada voz en off, que ni se hace pesada ni se cuela en momentos en que no sea necesaria, además de lograr algunos de los puntos más divertidos de la película. Una vez presentado el mundo de los zombies (memorable esa primera conversación entre el protagonista y su mejor amigo), le toca el turno al de los supervivientes. Nada demasiado original por ese lado, pero necesario para entender la historia romántica que presenta a continuación.

Ni la película ni sus carteles esconden que lo que vamos a ver es un relato de amor entre un zombie de aspecto adolescente y una joven humana. ¿Original? Tampoco demasiado, la verdad, pero no importa, porque Jonathan Levine, director y guionista del filme basándose en la novela de Isaac Marion, encuentra el punto exacto para casi todo. Acierta con el gag, convierte la música en un elemento más de la diversión y esconde con cierta habilidad las flaquezas de la película. Pero existen y hay que decirlas. La esencial, un desarrollo demasiado precipitado, que rebaja considerablemente lo especial que tiene la relación entre el zombie de peculiar nombre y Julie (Teresa Palmer; guapa pero demasiado sosa y previsible, hasta el punto de desperdiciar alguna buena escena y a ratos incluso la química necesaria). Pero la combinación entre lo fantástico y lo romántico está conseguida, y sólo queda levemente afeada por los efectos digitales de las criaturas más fantásticas, unos zombies mucho más demacrados y violentos, que casi parecen animaciones para un videojuego de hace algunos años.

Quizá se puede achacar a Memorias de un zombie adolescente una falta de valentía para explorar en profundidad aspectos transgresores (como quién es la última víctima humana del protagonista y los efectos que eso tiene en su vida) o aspectos visuales como que la Julie tenga siempre unos dientes tan blancos y un pelo tan aseado en un mundo tan apocalíptico. Pero es que el filme es condenadamente simpático, y eso basta hasta para olvidar que John Malkovich esté en esa fase en la que aceptará cualquier papel por poco exigente que parezca. Superando los prejuicios que puede provocar la película, la experiencia es francamente divertida. Es delirante, sin duda, y todo un reto para todos aquellos espectadores, aficionados o no al cine de terror, que detesten el trajo vejatorio hacia las criaturas más clásicas del celuloide. No son estos, obviamente, zombies aterradores aunque tengan sus momentos de salvaje desenfreno, pero ofreciendo tanta diversión es difícil resistirse a este simpático entretenimiento. Pero lo del título habría que mirarlo. Engañará a algún adolescente, pero da una imagen que no se corresponde con la película.

miércoles, abril 17, 2013

'LOL', tópica, aunque no aburre

LOL, remake americano de la película francesa del mismo nombre y también dirigida por Lisa Azuelos en 2008, no es nada diferente a lo que ya hemos visto en la versión original. Ciertamente, podría decirse que no es nada diferente a lo que ya hemos visto en cientos de películas de características similares, destinadas a un público parecido. Por el título podríamos esperar, al menos, reírnos a carcajadas en algún momento, pero no. Aunque no aburre, es muy tópica y es complicado encontrar algo en el filme que pueda hacer de gancho, pero quizás tampoco haya tenido ningún objetivo más allá de captar a unos espectadores concretos con el atractivo y el nombre de la mayor parte, por no decir todos, de los miembros del reparto, empezando por Miley Cirus.

Y es que la película está plagada de tópicos y personajes cliché: adolescentes americanos que mantienen relaciones complicadas con sus padres y consigo mismos, pero que al final, cómo no, terminan encontrando el modo de conseguir que sus sueños y expectativas se correspondan con la realidad. Los personajes se mueven entre la madre divorciada que intenta encontrar el modo de hacer las cosas bien buscando el equilibrio entre la permisividad y el control, hasta el adolescente dedicado a la música que, junto a su banda, se enfrenta a los deseos paternales de centrarse plenamente en los estudios, pasando por la típica mosquita muerta y la chica popular, guapa y algo fresca de la cuál sólo nos muestran rasgos negativos.

Pero es que Lola (Lol) es un tópico en si misma. Y ya hemos visto a Miley Cyrus haciendo el mismo papel en otras películas, como La última canción: una adolescente difícil con buen fondo, amiga de sus amigas, que no destaca en los estudios y también tiene mala suerte en el amor. El clásico personaje al que, por momentos, parece salirle todo mal. Personaje que escribe en un diario algunas de esas frases que un adolescente podrá escribir en su agenda escolar después de ver la película. Y que, como no, tras pensar que todo su mundo se derrumba, termina con el chico guapo, del que estuvo enamorada desde el principio, y arreglando todos y cada uno de sus problemas. La banda sonora de la película es buena, con canciones de Keane, los Rolling Stones o Foster The People, con lo que el filme utiliza el también típico recurso de insertar videoclips de manera aleatoria en momentos puntuales.

Eso sí, no todo iba a ser malo en LOL. Y es que, probablemente sea una de esas películas que sin lugar a dudas consiga contentar a aquellos a quienes pretende contentar. La actuación de Demi Moore es correcta, aunque también hay que decir que el papel no tiene grandes complicaciones, y tiene una dosis suficiente de azúcar para engatusar a cualquier adolescente, que tampoco va a ser demasiado crítico, pues se dará por satisfecho con un final feliz. Está claro que LOL no es una gran película, pero tampoco pretende serlo. Y seguramente, nadie espere que lo sea. Por eso cumple con las expectativas: contar la misma historia con otros protagonistas.

(Nota. Esta crítica la ha realizado Cristina Suárez Vega y la suya es la primera firma invitada que aparece en La Sala de Cine. Ahora sólo queda que os paséis por su blog, Caos de sentimientos, y el trabajo de animarla a que escriba más en el futuro...)

martes, abril 16, 2013

'Iron Man. La rebelión de Technivoro', Marvel en versión anime

La confrontación cinematográfica entre los personajes de Marvel y DC está hoy en día absolutamente volcada del lado de los primeros. Los Vengadores, y sus títulos previos, el reinicio de Spider-Man sumado a su trilogía anterior, la nueva vida de los X-Men tras Primera generación y muchos planes futuros oscurecen la apuesta ahora mismo y tras el final de la trilogía de Batman supeditada al éxito del Superman de El Hombre de Acero. Sin embargo, en el terreno de la animación, enfocada al mercado de vídeo, sucede justo lo contrario. Batman, Superman, Green Lantern y la Liga de la Justicia han protagonizado notables películas, mientras que Marvel no ha conseguido aún despegar. Con ese panorama, no es de extrañar que sus apuestas busquen la originalidad. Iron Man. La rebelión del Technivoro es una clara muestra de esta situación. Es una película Marvel, sí, pero es también anime. Y la mezcla es bastante interesante, porque permite exceder los límites que tienen las películas de imagen real para ofrecer una historia a la vez más cercana a algunos elementos del cómic, plagada de acción y con el toque distintivo de la animación japonesa.

No es la primera vez que Iron Man tiene una versión en anime, pero sí la primera que llega en forma de largometraje. Hace poco más de dos años Marvel y Madhouse, un estudio de animación japonés, se aliaron para crear cuatro series de doce episodios. Iron Man era, precisamente, la que mejor resultado dio, por encima de las de Lobezno, X-Men o Blade. La rebelión de Technivoro no es una continuación de aquella serie, que no hace falta ver para entender la película, pero tampoco una versión independiente de la misma. Coge lo que le interesa de aquella primera versión, es decir, la amplia tradición del anime en cuanto a mechas y monstruos, una animación característica y unos espectaculares efectos visuales. Renueva lo que necesita, los diseños tanto de la armadura como de Tony Stark. Añade más personajes secundarios del amplio Universo Marvel en sus versiones más reconocibles para los aficionados al cómic. Y, al mismo tiempo, busca un acercamiento a las películas de acción real, dando el protagonista parte del toque socarrón de Robert Downey Jr., para aplicar a su amistad con Rhodey y a su relación sentimental con Pepper.

Iron Man. La rebelión de Technivoro, que Sony lanza directamente al mercado de vídeo, presenta una historia interesante, no especialmente fiel al cómic en cuanto a sus villanos se refiere (el hijo de Obadiah Stane, Ezekiel, y Technivoro, aquí fusionados para la ocasión), pero con criterios imaginativos para que supongan un reto intelectual y tecnológico para Stark. La historia arranca con el propósito de Stark de lanzar un satélite que controle desde el espacio toda actividad criminal. Aunque se mencionan los problemas éticos y de privacidad que eso supone, la película prescinde de ese debate y se lanza directamente a la acción. Acción bien llevada, por cierto, por el director Hiroshi Hamazaki, que saca partido visual y narrativo de las posibilidades que ofrece Technivoro. Su armadura, que le confiere un aspecto andrógino, es un contrapunto interesante a la conocida imagen de Iron Man y que sea biotecnológica añade un elemento de confrontación bastante atractivo.

Lo más gozoso de La rebelión de Technivoro está en la mezcla de personajes del universo Marvel que ofrece. El choque entre Iron Man y SHIELD es siempre muy entretenido, y más si la confrontación verbal es con Nick Fury (personaje que no sólo coge el aspecto de la interpretación de Samuel L. Jackson en las películas de acción real) y la física con una sumamente atractiva Viuda Negra y un divertido Ojo de Halcón. Pero sorprende que también se cuele en la historia un vengador urbano como el Castigador, que a priori no tendría demasiado que ofrecer en una aventura de este corte más cercano a la ciencia ficción y desde luego marcado por la tecnología, pero que mezclado con los dos agentes de campo de SHIELD deja secuencias más que entretenidas. Eso, unido a sendas piezas de acción para abrir con espectacularidad y cerrar con eficacia la película, hacen de Iron Man. La rebelión de Technivoro un filme más que apreciable para fans de los cómics de Marvel y del anime japonés. La mezcla funciona, pese a tocar ámbitos poco habituales y traspasar fronteras de violencia, más sugerida que mostrada, que pocas veces se ven en la animación de superhéroes.