lunes, noviembre 11, 2013

'La cabaña en el bosque', gamberro, maquiavélico, gozoso e inteligente cine de terror

Hay ciertas corrientes de opinión que suelen despreciar algunos tipos de cine, que les atribuyen defectos como un todo y nunca pensando en la individualidad de sus títulos. Le pasa al cine español, al de ciencia ficción, al independiente, al de blanco o negro o al de terror con la misma facilidad. Todos ellos cuentan con detractores que creen saberlo todo sobre este grupo de filmes que lo integran como para ningunearlos sistemáticamente. Y entonces aparece una película que desmonta con tanta facilidad los tópicos que no queda más remedio que levantarse y aplaudir. La cabaña en el bosque viene a cumplir ese cometido con el cine de terror. ¿Un género absurdo, lleno de trampas y sustos previsibles? Pues bien, La cabaña en el bosque es cine inteligente, un homenaje en toda regla a incontables formas de generar miedo en la gran pantalla, es una película divertida por gamberra y original, por ser consecuente hasta el final con una idea tan absurda como gozosa. Un gamberro y maquiavélico entretenimiento, inteligente y de los que marcan una época en el género.

La gracia de La cabaña en el bosque está en que juega con los clichés de incontables películas de terror para convertirlos en algo completamente diferente. Y es en esa originalidad donde todo se convierte en una divertidísima y truculenta sorpresa, desde el mismo arranque de la película que ya indica que se busca una originalidad de la que bien es cierto que adolece buena parte del cine de terror contemporáneo. Porque, ojo, las risas y la diversión están aseguradas a lo largo de la película (cuánto tiene que decir en eso la sobresaliente y aparentemente fácil actuación de Richard Jenkins), cínica y transgresora de principio a fin, pero no deja de ser una película de terror. Ahí, en el respeto a sus influencias, es donde La cabaña en el bosque comienza a hacerse grande. Ahí y en el inevitable punto de valiente locura que muestran sus creadores, Joss Whedon y Drew Goddard, ambos guionistas y el segundo director del filme, su primer largometraje como tal, que se atreven a hacer evolucionar el tópico grupo de amigos jóvenes y físicamente atractivos que van encontrando la muerte en una aislada cabaña a manos de fuerzas oscuras.

¿Cuántas veces se ha visto eso en el cine? Incontables. Pero nunca como aquí. La clave de que estamos ante algo diferente viene ya desde la primera secuencia. Richard Jenkins y Bradley Whitford son dos oficinistas. Sin que sepamos en qué trabajan, ya sabemos que algo es extraño. Y luego pasamos a la historia de esos jóvenes, los guapos Kristen Connolly, Chris Hemsworth, Anna Hutchison y Jesse Williams, con el cómico de turno en el grupo, Fran Kranz (uno de los actores que Whedon incorpora de Dollhouse, una de sus series). Y a partir de ahí, lo mejor es no saber nada más y dejarse llevar por la ingeniosa paranoia que construyen con una mordaz inteligencia Whedon y Goddard, con un respeto reverencial a los clásicos, pero deconstruyéndolo de una forma que es tan salvaje como deudora de sus logros. Por eso el terror es puro, pero la comedia también. Y por eso, la película es una pequeña maravilla condensada en 95 minutos disfrutables una y mil veces, desde su misterio hasta su insano desenfreno.

La cabaña en el bosque es, efectivamente, una película de terror, pero es en realidad mucho más que eso porque no encuentra límites textuales, narrativos o de género. Las referencias y los homenajes, incontables. El disfrute, máximo en todo momento. Y todo ello llega de una forma tan inesperada como el cameo final, que termina de redondear la gozosa locura en que se convierte la película con cada giro de guión, con cada sorpresa, con cada elemento perturbador. Pero en el fondo, después de haber disfrutado con esta hipnótica locura, lo más perturbador es que la película haya tardado tanto tiempo en llegar a los cines españoles, nada menos que año y medio después de que . Nunca es tarde si la dicha es buena, y pocas veces la dicha será mejor que con La cabaña en el bosque. Decir que es una de las películas del año, cuando en Estados Unidos se estrenó en abril de 2012, queda algo desfasado. Pero es que lo es, es una de las películas del año. De cualquier año.

viernes, noviembre 08, 2013

Crítica doble de 'El juego de Ender'

En diciembre se cumplen siete años desde que La Sala de Cine echó a andar. Salvo alguna pequeña excepción, todas las críticas las he realizado yo. Con El juego de Ender, vamos a dar un paso más y lo que os ofrecemos es una crítica doble, escrita por dos periodistas, yo mismo y Lucía Alegrete, que colabora aquí por primera vez (¡y espero que no se la última!). Una misma película, dos puntos de vista. Esperamos que disfrutéis del experimento.
En los años 80 podría haber sido un clásico


Por Juan Rodríguez Millán

El juego de Ender es una de esas películas con elementos suficientes para convertirse en un clásico de la ciencia ficción pero que no termina de alcanzar dicha condición. Es una de esas películas que, de haberse realizado en los gloriosos años 80 del siglo pasado (casualmente la década en la Orson Scott Card escribió la novela, sobre cuyos derechos cinematográficos ha sido tan protector hasta ahora), probablemente habría logrado ese estatus. Es un más que aceptable y agradable entretenimiento de ciencia ficción, pero no consigue ser ese algo más que siempre esperan los aficionados al género. Y es un filme que se gana el derecho a que el espectador recuerde más sus aciertos, entre los que destaca una espléndida evolución de su personaje que hace el joven Asa Butterfield (La invención de Hugo) que sus puntos más débiles, a pesar de que los elementos de ciencia ficción son algo más fríos y menos rompedores de lo esperado.

El mundo de El juego de Ender arranca años después de una gran guerra contra una raza alienígena que quiso invadir la Tierra, los insectores. Aunque fue repelida, la humanidad se prepara para su regreso formando en una escuela militar a los chicos más preparados para encabezar esa ofensiva. Ender es uno de ellos, el llamado a liderar a las fuerzas terrestres en la batalla final. El escenario, el mismo de una novela a la que aparentemente sigue con bastante fidelidad, es sumamente atractivo y ofrece incontables posibilidades. Lo más decepcionante de la película, escrita y dirigida por Gavin Hood, autor de la olvidable Lobezno, es que el entorno de ciencia ficción no se eleva tanto como debería. Las batallas son confusas, hasta el punto de que parece difícil saber quién va ganando y por qué (además de las inmensas similitudes con la de Independence Day), y los efectos especiales tan correctos como rutinarios, sin llegar en realidad a alcanzar la personalidad distintiva que exigía el filme.

Con esos elementos algo disminuidos, aunque siempre dentro de la corrección que basta para que las secuencias del juego en el adiestramiento sean las más emocionantes junto con un, aquí sí, extraordinariamente bien resuelto clímax (por la historia que ya está en el libro y por la puesta en escena de Hood), gana terreno el factor más humano de la película. Y aunque hay relaciones y evoluciones que están apresurada o incluso livianamente narradas, la espléndida interpretación de Butterfield hace que la historia llegue con mucha más facilidad al espectador. Tanto Harrison Ford como Ben Kingsley le dan caché al reparto, aunque se nota que Viola Davis no acaba de encajar en este entorno. Hood consigue equilibrar bastante la balanza entre la ciencia ficción más pura y el drama iniciático. Hay elementos de ambas y por eso la película se abre a un público más amplio que el que ofrecería una película de efectos especiales.

No obstante, El juego de Ender podría haber llegado mucho más lejos. Los elementos morales y éticos que se van planteando en la historia, desde el reclutamiento de niños para escuelas militares, la violencia que hay dentro de Ender o el decisivo condicionante del clímax del filme apenas están dibujados. Presente de una forma clara en la historia, pero sin tanta fuerza como para ser su espíritu. Y es por eso que, en realidad, le falta algo de fuerza y espectacularidad al filme dentro de su corrección, y eso se deja ver en el doble epílogo que tiene la película, uno que, volviendo al punto de partida, en los años 80 habría podido redondear un clásico. Entonces, aún sin los sofisticados efectos especiales por ordenador que hoy en día lucen ya en cualquier película, los cineastas conseguían sacar más emociones de trajes de látex o incluso de muñecos de plástico. Con todo, El juego de Ender cumple razonablemente bien para aficionados al género e incluso para quienes no lo son.

Lograda odisea espacial

Por Lucía Alegrete

La reconocida novela de ciencia ficción del escritor estadounidense Orson Scott Card, publicada en el año 1985, es llevada finalmente a la gran pantalla, de la mano del director Gavin Hood y cuenta, entre su elenco protagonista, con el mítico Harrison Ford. La taquilla estadounidense ha sido una gran sorpresa para los productores y realizadores, quienes no esperaban un éxito tan inmediato, habiendo recaudado ya casi 30 millones de dólares. El juego de Ender es el primero de los cuatro libros conocidos como la Saga de EnderLa historia está ambientada en un futuro distópico, donde la tecnología ha avanzado enormemente y la humanidad debe enfrentarse a una nueva especie alienígena, los insectores, si quiere garantizar su supervivencia. Para ello se ha creado un programa de entrenamiento y lucha para menores que se desarrolla en la Escuela de Batalla, una estación espacial usada como complejo militar, dirigida por el coronel Hyrum Graff (Harrison Ford) y Stilson (Brendan Meyer).

Allí unos pocos niños elegidos son preparados para la gran lucha final. Entre ellos se encuentra nuestro protagonista Ender Wiggin (Asa Butterfield, La invención de Hugo), un niño sumamente inteligente pero, al mismo tiempo, introvertido y problemático. Una de las causas que explican su conducta y su gran impulsividad tiene que ver con su ámbito familiar y, más concretamente, con los problemas con su hermano mayor, Peter, quien le guarda una enorme animadversión fomentada en la envidia y la rivalidad. En la otra cara de la moneda encontramos a su compasiva y bondadosa hermana Valentine, quien sirve como soporte y ayuda para los miedos y dudas que atormentan a Ender.

Es impactante la gran evolución que sufre el personaje, un niño retraído e inseguro se torna en un líder nato, un estratega que comandará la suerte y el destino de miles de personas. En sus manos recaerá el peso y la responsabilidad del futuro de toda la humanidad. Ayudado siempre por su leal compañera y amiga de batalla, Petra Arkanian (Hailee Steinfeld, Valor de ley) quien se convertirá en una figura clave en la vida de Ender. Lo mejor de la película tiene dieciseis años y se llama Asa Butterfield. A pesar de su corta edad y experiencia, plasma perfectamente las sensaciones y sentimientos del protagonista, sus miedos, dudas y errores, y sobre todo su transformación durante el transcurso de la historia. Todo ello se acompaña de grandes secundarios que realizan una labor más que correcta, y ayudan a mantener el buen ritmo que sigue la trama. También es destacable el gran despliegue de efectos especiales, y el buen uso que se hace de ellos, no enormemente marcados pero si bien utilizados, acompañado todo ello de una excelente banda sonora.

Quizás la parte negativa de la película es que, a pesar de saber que es una fiel adaptación de la novela, me es imposible eliminar ese sabor amargo de que se rige por un esquema premeditado de película americana, donde siempre vencen los buenos, y la moralidad y la justicia se acaban imponiendo por encima de cualquier fuerza  contraria. También debido a la limitación temporal que conlleva una película de este tipo, la trama final se ve acelerada y los hechos se suceden rápidamente, dando al espectador una sensación de confusión y desconcierto. Sin embargo, el clímax final compensa esas sensaciones, y nos deja un efecto positivo, una buena reflexión sobre un mundo bastante más parecido al nuestro de lo que creemos.

miércoles, noviembre 06, 2013

'Cuerpos especiales', fallida y sin gracia

La boda de mi mejor amiga fue la anterior película de Paul Feig como director. Quizá eso pueda indicar a mucha gente el tipo de amor que ofrece Cuerpos especiales. Sin embargo, también es necesario advertir de que esta buddy movie femenina con Sandra Bullock y de nuevo Melissa McCarthy como protagonistas no da la impresión de que vaya a alcanzar un nivel de fama parecido al de La boda de mi mejor amiga. Su gran problema es que pasa por ser una comedia y, en realidad, apenas hace gracia. Algún pequeño detalle, sí, pero eso no salva un filme de 117 minutos, fallido y sumamente intrascendente incluso dentro del género al que quiere representar gracias a un guión que no sabe aprovechar las tampoco demasiadas ocasiones en las que podría haberse convertido en algo más gamberro y disfrutable, y que acaba siendo una película sumamente predecible que sólo disfrutarán los fans de las dos actrices protagonistas.

Por supuesto, la apreciación que cada espectador tenga de ellas, de Sandra Bullock y de Melissa McCarthy, condicionará bastante el juicio personal sobre la película. El que esto suscribe no siente especial pasión por ninguna de las dos (aunque después de ver Cuerpos especiales procede admirar aún más el portentoso trabajo de Bullock en Gravity), por lo que falta un punto de entusiasmo que seguramente es necesario para encontrar algo más en esta película. La química entre ambas no es demasiado visible porque el guión de Katie Dipold apuesta por el antagonismo más sencillo e inverosímil. Los dos personajes protagonistas chocan absolutamente en todo (incluso en el físico) y se convierten en estereotipos imposibles que, por muchas cosas que sucedan en las dos horas de película, no puede ser tan fácil que encuentren el inevitable punto de encuentro.

Obviamente, estamos ante una buddy movie, y es cierto que no hay demasiados títulos de este subgénero con una pareja protagonista femenina, pero ese detalle, por muy agradecido que pueda ser en un guión, no hace que el resultado final sea mejor. Parte de sus premisas habituales para confrontar a los dos personajes pero esquiva el toque realista que hace funcionar a las mejores películas de este estilo. Opuestos sí, pero no caricaturas que, además, se convierten en roles demasiado repetitivos. El punto de inflexión de la trama, la escena en el bar, no termina de hilar satisfactoriamente sus dos partes, la del enfrentamiento abierto entre las formas de trabajar de la agente del FBI neoyorquina que interpreta Bullock y la agente de Policía de Boston a la que da vida McCarthy y la de la reconciliación absoluta de sus formas de ser y ver las cosas desde sus notables diferencias.

Pero el gran problema que tiene Cuerpos especiales es que, por desgracia, no es divertida. Quiere serlo, lo intenta, se nota lo que quiere explorar para serlo, pero no lo consigue prácticamente en ningún momento. No es una exageración decir que la escena más divertida es el epílogo de la película con el gato, y para entonces es bastante probable que el espectador haya renunciado a conectar con la propuesta. Y además la historia es sumamente endeble, poniendo a McCarthy en una situación de repetición casi constante y a Bullock en un escenario que está bastante lejos de dominar, aunque ya haya hecho comedias como Miss agente especial. Quizá por ahí, pensando en ese precedente de Bullock o en el buen recuerdo que tengan algunos espectadores de La boda de mi mejor amiga, se le pueda encontrar la gracia a la película, porque de otro modo se antoja francamente difícil.

lunes, noviembre 04, 2013

'Insidious. Capítulo 2', supera a la original, pero no a 'Expediente Warren'

El más que notable precedente de Expediente Warren obligaba a recibir Insidious. Capítulo 2 de forma diferente a como se atendió la llegada de la primera película de esta saga. Aquella fue un gran éxito, cautivó enseguida al público y fue acumulando una espléndida reputación. Sin embargo, era una muestra de cómo es el cine de terror contemporáneo, con trampas muy evidentes, salidas muy fáciles, tópicos constantes y más vinculada al susto que al auténtico miedo. Previsible en bastantes sentidos aunque, insisto, satisfizo en general al aficionado. Pero Expediente Warren cambió las reglas porque colocó a su director, James Wan, en el camino del terror más clásico. Era, a diferencia de Insidious, más miedo que sustos. ¿Y qué sucede con Insidious. Capítulo 2? Pues que mezcla ambas sensaciones, superando así a la película original pero quedándose por debajo de su anterior trabajo.

Da la impresión de que James Wan sabe exactamente dónde pretende colocar cada una de sus películas. Y después de recuperar una forma clásica de hacer terror quería mostrar algo de lo que le catapultó a la fama. Insidious. Capítulo 2 se va convirtiendo poco a poco en una secuela que juega sus bazas con habilidad, que amplía y completa la historia ya conocida, sin dejar de lado la necesaria obligación de expandirse. Es en el encaje con la primera parte donde el filme alcanza sus propósitos con más claridad. Pero al mismo tiempo se que ésta contiene trampas muy similares a las de aquella: ausencias clamorosas y demasiado convenientes de personajes para propiciar el susto fácil, incluso repetición de elementos con los que asustar al espectador (el andador con luces y sonidos del bebé de la familia Lambert, el piano) y encuadres en los que resulta evidente de dónde va a venir el susto.

Pero también es cierto que Wan es buen creador de atmósferas de terror (incluso con, otra trampa más, la muy evidente música de género que ofrece Joseph Bishara, autor también de las partituras de las dos anteriores películas ya mencionadas del director, y las no sé sabe muy bien por qué obligatorias estridencias sonoras en determinados momentos). No hay nada especialmente rompedor en la historia, como tampoco lo había en el primer Insidious, pero en esta ocasión sí merece una atención más clara del espectador, porque propone un conjunto de tramas dobles (en cuanto a personajes y escenarios y en cuanto a tiempos) y eso aumenta la apuesta y provoca una sensación de estar viendo algo diferente dentro de lo mismo. Parece una obviedad en una secuela pero hay incontables ejemplos de películas en las que no sucede así. Incluso visitando entornos conocidos, no se tiene la sensación de repetición.

Insidious. Capítulo 2 acaba siendo, por esos detalles, una película lo suficientemente satisfactoria, mejor que la primera en muchos sentidos. Expediente Warren había elevado mucho el listón de su director y aumentado el interés por ver qué podía ser capaz de hacer con una secuela de una anterior película suya. Y Wan sale airoso de ese reto. Es factible que el espectador que no sea aficionado al terror la vea como un más de lo mismo, y en cierto modo no le faltará razón, por mucho que el aficionado la disfrute como una película de género más correctamente realizada. Pero su ajustada duración (106 minutos), su buen reparto (Rose Byrne amplía el personaje de la primera entrega, sigue siendo un placer ver a Barbara Hershey, ahora con más minutos en pantalla, y sobre todo sorprende el apreciable cambio de registro de Patrick Wilson, ya fetiche de Wan tras protagonizar también Expediente Warren) y algunos momentos de terror muy logrados justifican con creces la película como una apreciable, aunque sí, tramposa, muestra del cine de terror contemporáneo.

viernes, noviembre 01, 2013

'Thor. El mundo oscuro', mejorando la saga

Contra todo pronóstico, porque los indicios apuntaban a algo más flojo y discutible, Thor. El mundo oscuro es una muy entretenida película de superhéroes, que consigue mejorar la original y poner al dios del trueno de Marvel en la vía de una saga más longeva, siempre y cuando la taquilla responda. Esta secuela solventa algunos de los problemas que tiene el filme original, dirigido por Kenneth Branagh no sin acierto, y ofrece más de casi todo. Más acción, más Asgard, más Thor, más Loki, más (y mejor, porque Natalie Portman y su personaje estaban entre lo más flojo de aquella) Jane Foster, más Heimdall, Sif y los Tres Guerreros, y más imaginería de ciencia ficción que complementa a la fantasía inherente a este mundo. A pesar de los recelos, muy motivados por la inexperiencia en la gran pantalla de su director, Alan Taylor (responsable de algunos episodios de Juego de tronos) y por rumores que afectaban al montaje y la postproducción de la película, el resultado es notablemente entretenido.

Desde el principio queda claro que la apuesta es mejorar los defectos y potenciar los aspectos fuertes de la primera película, es decir, los más fantásticos. Asgard tiene aquí un protagonismo prácticamente absoluto, no como en el filme de Branagh, que abandonaba ese escenario y sus adyacentes a los 40 minutos de película para centrarse en la Tierra (que aquí sigue estando entre lo más flojo, junto a un humor que no siempre termina de funcionar y que lleva a Thor a subirse... al metro de Londres). Falta algo de espectacularidad (es notable cómo el cine moderno no termina de encontrar la épica que antes se bordaba con extras y que sólo El Señor de los Anillos parece haber conseguido en un entorno digital) en unas batallas que las piden a gritos y de las que sólo se muestran retratos parciales, pero el conjunto convence porque Taylor, con un guión escrito a tres bandas por los autores de los dos libretos de Capitán América y de un guionista procedente de las series de dibujos animados de Marvel, le da mucha vida emocional y psicológicamente hablando. Con algunas lagunas, pero con acierto general.

Y hablando de esos aspectos psicológicos y emocional, es obligado reconocer que, a pesar de la notable expansión del universo de Thor (un físicamente adecuado Chris Hemsworth pero que todavía tiene que dar algún paso al frente como actor para perdurar), el rey de la función es Tom Hiddleston con un Loki nuevamente portentoso, lleno de matices que hacen de él el perfecto dios nórdico de la mentira y el engaño. Aquí ofrece la mejor de sus tres interpretaciones del personaje (las dos anteriores, en Thor y Los Vengadores). Malekith (Christopher Eccleston), rey de los elfos oscuros que quieren sumir al universo en las tinieblas, es un villano interesante y correcto, aunque los cambios con respecto al cómic y la falta de alguna explicación más sobre sus motivaciones impiden que sea de los más logrados de Marvel en el cine. Para lo que sirve es para que la historia esté plagada de momentos de espectacularidad visual, que pueden sorprender por alejarse de la fantasía medieval y adentrarse aún más que la primera película en la ciencia ficción.

Con Loki como mayor exponente, lo que engancha del mundo de las películas de Thor es el formidable envoltorio con el que se rodea a historias más o menos sencillas. Es verdad que Thor. El mundo oscuro está salpicado de pequeños detalles interpretables y disfrutables (la lealtad de los Tres Guerreros hacia Thor, la profundidad todavía por explorar de la relación entre el dios del trueno y una Jaimie Alexander que pide a gritos protagonizar una película propia para la dama Sif, la ira de Odín, la poderosa irrupción en la batalla de Heimdall, el nivel de tragedia que se ha introducido en la historia manteniendo además a la relación familiar como uno de sus temas centrales) que hacen que el conjunto crezca, pero la historia es simple. Eso no impide que Thor. El mundo oscuro sea un entretenimiento de primer nivel que mejora al filme original. Y ojo a los cameos, tres esenciales. Uno inesperado en una de las escenas más divertida de la película. Otro, el de Stan Lee. Y el tercero, en la primera de las escenas postcréditos que tiene la película, deja la boca abierta por las implicaciones para el futuro (aconsejable tener cerca un conocedor del cómic para interpretarla). Para la segunda hay que esperar a que desfilen todas las letras sobre fondo negro, sí.

miércoles, octubre 30, 2013

'La mirada del amor', dos monstruos

Poner una película en manos de Annette Benning y Ed Harris debe de ser una de las decisiones más gozosas y sencillas que puede adoptar un director. La explicación es muy sencilla: son dos auténticos monstruos del cine. Da igual lo que les eches, ellos lo convertirán en algo trascendente. Lo que Arie Posin les da, como director y coguionista de La mirada del amor, no es tampoco cualquier cosa. La historia, un drama romántico, es a ratos bastante previsible (lo es sobre todo en su más que previsible desenlace), pero permite a los dos protagonistas muchos momentos de lucimiento desde la naturalidad y la categoría interpretativa. Durante hora y media, dejan de ser actores, dejan de ser personajes y se convierten en personas de carne y hueso con las que sufrir e ilusionarse. Benning y Harris son extraordinarios, de esos actores que de vez en cuando recuerdan al espectador que el cine no tiene por qué estar vinculado al glamour de las bellezas veinteañeras. De verdad que no.

Por eso siempre es espectacular que dos actores veteranos den lecciones como las que dan Annette Benning y Ed Harris en La mirada del amor, con sus 55 y casi 63 años respectivamente. Sus interpretaciones hablan de sinceridad, de humanidad, de sentimientos, y están llenas de matices y recovecos en los que el espectador puede bucear. Ella da vida a Nikki, una mujer que aparenta normalidad pero que en realidad no sabe cómo rehacer su vida tras la muerte de su marido. Y él interpreta a Tom, un pintor y profesor universitario que es la viva imagen de ese marido muerto. Cuando Nikki encuentra a Tom por pura casualidad y en un momento cargado de emotividad, se plantea qué debe hacer y si está bien la relación que quiere entablar con él. Intentar abrirse camino por lo que tienen que estar pensando ambos personajes, sobre todo el de Nikki, es una de las grandes satisfacciones que permite la película.

Se puede hablar de que Posin arranca su filme con un acertado juego de saltos en el tiempo, de planos tan hermosos como los de la playa, la piscina o el museo, de que juega acertadamente con la puesta en escena o de lo precioso que es el final del filme, pero es obligado decir que cualquier logro del director en esta historia pasa irremediablemente por lo que hacen Benning y Harris. Es así. Y también, en el tercer papel en discordia, por lo que ofrece un Robin Williams que destila melancolía y que siempre que tiene uno de esos pequeños personajes demuestra lo buen actor que es. Pero es la pareja protagonista la que marca el ritmo en todos y cada uno de los diferentes estados anímicos por los que pasa la película, con un realismo sobrecogedor, con emociones contenidas y visibles según lo requiere la historia.

Viendo la historia y su desarrollo, también es lícito pensar que sin dos actores de semejante categoría La mirada del amor podría haber quedado como un tópico telefilme. No es así gracias a sus portentosos trabajos y a la apreciable habilidad de Posin (es su segunda película tras la prácticamente desconocida Historia de un secuestro, de 2005) para multiplicar los escenarios. Pero nada puede distraer de lo que realmente importa. Annette Benning y Ed Harris. Viéndoles, un espectador puede llegar a entender la enorme cantidad de matices, recursos y detalles que se pueden plasmar en un trabajo interpretativo. Siempre habrá quien piense que su profesión es sencilla, que no consiste más que en lucir delante de una cámara. Pero siempre quedarán actorazos descomunales como estos dos para recordar la belleza de su oficio y, de paso, de lo hermoso que es el cine incluso en películas que no encontrarán un hueco de honor en la historia. La mirada del amor son ellos.

martes, octubre 29, 2013

'Turbo', tan rocambolesca como entretenida

Hay películas que permiten un simpático ejercicio de imaginación, el que lleva al espectador a pensar en una oficina de Hollywood en la que un guionista y/o director le propone a un productor la película que tiene en mente. Sólo con imaginarse esa escena, Turbo se gana las simpatías de cualquiera. ¿Qué cara pondría el productor de turno cuando David Soren, director debutante, autor del argumento y coguionista de Turbo le dijera que quería hacer una película... sobre un caracol que participa en las 500 millas de Indianápolis midiéndose contra coches de carreras? La propuesta, sin duda, es rocambolesca. Y eso siendo benévolos. Pero la sorpresa es que la película funciona admirablemente bien. Por supuesto, el target de edad es bastante bajo, es una historia sin ninguna sorpresa y pensada para los más pequeños, pero que divierte y está muy bien animada. No es poca cosa, teniendo en cuenta, insisto, que es la historia de un duelo entre un caracol y un bólido de carreras. Ahí es nada.

Turbo convence desde la primera escena, en la que se ve una carrera de bólidos muy bien animada, viéndose incluso los restos de goma en la pista (lo que después tendrá una explicación argumental). Por no ser lo habitual, por desgracia ni siquiera en el cine de animación, hay que destacar que el 3D es espléndido, especialmente en las escenas en el circuito, tanto del comienzo como del final. Pero más allá de la imagen, lo que convence desde el principio es que el descabellado planteamiento resulta creíble. Tenemos a un caracol, Theo, que disfruta con la velocidad, por mucho que la naturaleza no le haya dado los medios para disfrutarla. Pero un cúmulo de casualidades le dará la posibilidad de cumplir su sueño. Cabría decir que lo mejor es el arranque y el clímax final, pero la verdad es que la película no llega a decaer en ningún momento, porque los personajes, simples y arquetípicos como se puede esperar en un filme para los más pequeños, están muy bien introducidos y desarrollados.

Dreamworks sigue ofreciendo ideas increíblemente originales para ampliar su universo animado. Eso, desde luego, es un mérito que hay que reconocer. Lejos de estancarse en un modelo fijo, y aún asumiendo el segundo plano en el que Pixar ha dejado a todos los estudios de animación (y ojo, que sus tres últimas películas, Cars 2, Brave y Monstruos University no están precisamente entre las más logradas, aún siendo estas dos últimas bastante apreciables), busca nuevos mundos en los que crear sus fantasías animadas. Turbo es más simple que títulos anteriores como Los Croods, Ga'Hoole. La leyenda de los guardianes o incluso Megamind, pero es un paso en la misma dirección. Como cinta de dibujos animados, funciona. Para los adultos hay suficientes chistes y guiños como para reírse con los más pequeños. Y como película sobre deportes, si es que en algún momento se puede olvidar que uno de los participantes en una carrera automovilística es un caracol, lo cierto es que también es bastante emocionante, incluso siendo previsible.

Hay una pega. Y va con los nombres de Ryan Reynolds, Paul Giamatti, Michael Peña, Michelle Rodriguez, Samuel L. Jackson, Luis Guzmán o Richard Jenkins. Ellos ponen las voces en la versión original y no podremos escucharles en España, con lo que se perderán matices de todo tipo (entre ellos los raciales, hay hispanos y negros) y la película será menos película y más producto infantil. La culpa, en todo caso, no es de la distribuidora, Fox, sino de la educación de los espectadores españoles, demasiado acostumbrados a la versión doblada. Siendo una película para los más pequeños, es obvio que no habrá copias en versión original porque no hay mercado para ello en este alicaído momento que pasan la vida y el cine. Pero qué lástima, una vez vista doblada, repasar los créditos de la película y darse cuenta de lo que nos hemos perdido. No tengo la menor duda de que esas voces habrían enriquecido una experiencia, que, en todo caso, es muy agradable.

lunes, octubre 28, 2013

'El camino de vuelta', lo de siempre, pero delicioso

El camino de vuelta es una película típica, de eso no cabe duda. Por su temática, por su enfoque, por su reparto, por su historia... Pero es de esas películas que, aún siendo típicas, son deliciosas, que dejan un buen rollo impresionante, que se disfrutan de principio a fin, en la que hay siempre personajes con los que sentir una empatía especial. E incluso, a pesar de la distancia geográfica y cultural, la identificación es tan sencilla que es imposible no sentir cariño por el filme. Es una historia bien escrita, pero sobre todo bien interpretada y dirigida por los debutantes Nat Faxon y Jim Rash, que se reservan además dos divertidos papeles secundarios. Y sí, puede que sea lo de siempre, la historia del chaval tímido e introvertido al que se le avecina un verano horrible y que en realidad está a punto de empezar a descubrir su sitio en la vida. Pero tiene gracia, simpatía e inteligencia, algo que en una comedia dramática siempre se agradece. Eso y actores que encajen. Aquí, todos, desde los jóvenes Liam James y AnnaSophia Robb a los conocidos.

Duncan (Liam James) tiene 14 años. Su madre (Toni Collette) tiene un nuevo novio, Trent (Steve Carrell), que a su vez tiene una hija, Steph. Todos juntos van de vacaciones a una casa que él tiene junto a la playa. Por supuesto, Duncan se siente el ser más desgraciado y asilado del mundo. Pero allí empezará a encontrar su sitio junto a un tipo que conoce por casualidad, Owen (Sam Rockwell), que le ofrece un lugar tremendamente divertido en el que olvidar todos sus problemas y ser él mismo, y Susanna (AnnaSophia Robb, una de las niñas de Charlie y la fábrica de chocolate), la hija de la alocada vecina, que parece ser la única persona casi de su edad (es algo mayor que él) que comprende por lo que está pasando. Sencillo y tópico. Pero sumamente efectivo ya desde la primera escena, una conversación entre Duncan y Trent rodada con bastante buen criterio para interesar desde el principio.

La primera media hora deja la impresión de que la película va a dejar un buen recuerdo gracias a sus personajes más extravagantes, especialmente los de Owen y Betty (la madre de Susanna, una siempre divertida Allison Janney), pero poco a poco la película va creciendo, ganando en otros muchos aspectos, y acaba siendo un magnífico y agridulce retrato sobre la madurez y los diferentes momentos de la vida y las muy variadas situaciones en las que ésta puede llegar. Y siendo como es un relato vital y realista, en el que todos los personajes son usados con mucho acierto, es imposible no encontrar elementos de interés en las situaciones más cotidianas y no sólo en las extravagancias. Incluso viendo cómo uno de esos dos personajes extravagantes, el de Owen, es el que va conduciendo las sensaciones de la película. Rockwell es un espléndido actor y la forma en la que hace evolucionar a su personaje es una hermosa muestra.

Si hay algo por lo que destaca El camino de vuelta es por el buen rollo que transmite, incluso asumiendo que buena parte de sus escenas apuestan por el drama de una forma evidente sin perder por ello la oportunidad de sacar risas y sonrisas en muchos momentos. Y una película que transmite buen rollo es difícil que sea mala. Muy buena la carta de presentación como directores de Faxon y Rash, que han manejado con inteligencia una historia que en el fondo está llena de situaciones una y mil veces vistas, pero que han suplido la reiteración temática con una espléndida dirección de actores y unas muy sinceras ganas de que el público pase un rato agradable delante de la pantalla. Mucho más si encima se disfruta con los diálogos (grandes las conversaciones entre Duncan y Owen, con diferencia las más vivas y divertidas) y con los actores. Y con 103 minutos de duración, algo perfecto para que no se note su sencillez con un metraje más ambicioso ni se haga artificial por excesivamente corta. Una película muy agradable.

viernes, octubre 25, 2013

'Grand Piano', gozoso y casi ejemplar suspense

Decía Hitchcock a sus espectadores en el cartel de Psicosis que no desvelaran el final de la película porque no tenían otro. Con aquella primitiva (pero brillante) estrategia comercial, se empezó a dejar claro al espectador de cine que una parte importante de la experiencia que ofrecen las películas de suspense está en eso mismo, en los giros que dejan en vilo, en la sorpresa inesperada, en la tensión que se vive en el patio de butacas al mismo tiempo que en la pantalla, en todo lo que ahora mismo ahoga el márketing y la promoción, con esa desmedida ansia por saber antes de descubrir. Grand Piano es una película que exige algo más que eso. Pide a gritos no contar absolutamente nada sobre ella, no sólo sobre su final, y así dejar que el espectador la descubra poco a poco. Lo que sí se puede decir es que Eugenio Mira, en su tercera película como director ha conseguido una notable y modélica obra de suspense, que siendo muy apreciable no se convierte en un clásico inmediato por la escasa sutileza con las que el guión deja algunas pistas.

La mención a Hitchcock al comienzo de estas líneas no es casual, ya que es la principal inspiración de Grand Piano. Menuda novedad, pensarán algunos. Hitch ha influenciado a incontables directores y películas durante décadas y lo seguirá haciendo sin duda en el futuro. Pero resulta obligado mencionar al maestro cuando un alumno destaca, y Eugenio Mira, desde una posición modesta y trabajada, lo hace. Sin necesidad de adelantar más que el hecho de que la trama se mueve alrededor de un pianista (un buen Elijah Wood), un piano único y un concierto muy especial, es evidente que la referencia para esta película está en el apoteósico clímax que el mago del suspense creó en El hombre que sabía demasiado. Lo que Mira aprende de aquella es no sólo el uso del suspense, sino la perfecta fusión entre imagen y música (es imposible no atender al impresionante efecto metafórico que causa un acorde de violenchelo) y el efecto que tiene sobre ese suspense la espera de una nota concreta.

La otra referencia básica para entender la propuesta de Grand Piano, insisto sin anticipar nada inadecuado, es Buried. Esta es, de hecho, una referencia con la que se quiere vender la película con la famosa etiqueta "de los productores de". Pero esta vez las similitudes con aquel filme están muy presentes. Aunque no son únicos, casi todo pivota en torno a un escenario y un personaje, el director apuesta por planos imaginativos para ampliar su puesta es escena hasta lo sobresaliente y superar los límites del marco escogido para situar la acción, el suspense es el arma definitiva para colocar al espectador en el borde de su asiente durante todo el metraje y éste se condensa en unos muy agradecidos y muy buen montados 90 minutos. El único pero que se puede poner en ese sentido, y después de una formidable introducción en la que se acentúa la soledad del protagonista (algo que cobrará aún más importancia después), es que las pistas para resolver el misterio que se propone al espectador no se ofrecen con sutileza y no es difícil anticipar acontecimientos o la importancia de personajes y objetos.

Para generar ese suspense y conectar las dos referencias principales de la película, Hitchcock y Buried, es esencial valorar en su justa medida la música de Víctor Reyes, uno de los mejores compositores de oberturas que hay en el cine contemporáneo y con evidentes resonanciancias hermannianas (por si es necesario aclaración, de Bernard Herrmann, uno de los más grandes compositores del séptimo arte y el preferido de Hitchcock). Todo ello culmina en una película notable, sobresaliente a ratos y que sólo rebaja mínimamente que se puedan anticipar algunas cosas con cierta facilidad, no así el clímax, brillantemente elaborado... e incluso con alguna perversa pista que puede llevar al espectador por el mal camino, síntoma de una inteligencia que sí está presente en el guión, que rueda con mucha imaginación y gran solvencia. Y un detalle más. Dada la forma en la que se manifiesta uno de los personajes, altamente recomendable ver la película en versión original. Avisados quedáis.

miércoles, octubre 23, 2013

Concuso 'R3sacón', gana un combo Blu-Ray+DVD+Copia digital de la película

Gracias a Warner Brothers y Partners Hub, podéis ganar un Combo Blu-Ray+DVD+Copia digital de la película R3sacón, tercera entrega de esta saga, dirigida por Todd Phillips. Para participar en este concurso La Sala de Cine, sólo tenéis que seguir las siguientes instrucciones:

1. Entrar en la sección de R3sacón de la siguiente aplicación y después en el cuestionario ¿Eres un gran fan? ¡Comienza el test!



2. Dejar un comentario en esta entrada (si es un comentario anónimo, indicando un nombre al que poder asignar un número para el sorteo) contando al menos el resultado del cuestionario.

3. Tenéis de plazo hasta la medianoche del próximo lunes día 28 de octubre de 2013. Todos los comentarios que lleguen después de esa hora, no entrarán en el concurso.

4. El ganador se comunicará en los comentarios de esta misma entrada a lo largo del día 29. En ese mismo momento se solicitará a dicho ganador que escriba un correo electrónico a la dirección que aparece en el perfil para comunicar su dirección postal y así recibir el Blu-Ray.

5. El ganador podrá reclamar su premio, bien con ese correo electrónico o bien con un posterior comentario en esta entrada durante los días 29 y 30 de octubre. A partir de ahí, el premio pasará a manos de un primer reserva.

6. Este concurso está abierto a participantes de cualquier lugar de España.

¡Mucha suerte a todos los que decidáis participar! Esta es la nota oficial de la película:

"¡La manada ha vuelto! R3SACÓN es la épica conclusión a una incomparable odisea de caos y malas, muy malas decisiones, por las que la manada debe finalizar lo que comenzó volviendo al origen. Vegas. De nuevo vemos las caras de las estrellas de nuestra comedia favorita: Bradley Cooper, Ed Helms, Zach Galifianakis, Ken Jeong, John Goodman y Heather Graham".

lunes, octubre 21, 2013

'El quinto poder', fascinación más de la historia real que de la visión cinematográfica

La figura de Julian Assange y todo el controvertido trabajo de Wikileaks genera una inmensa y lógica fascinación. Es verdad que vivimos en una sociedad de consumo tan rápido que probablemente muchos de los espectadores de El quinto poder apenas recuerden ya los detalles de las revelaciones más traumáticas de esta organización, pero eso no le resta poder de fascinación. La película está basada en dos libros, uno del integrante de Wikileaks que en la película es interpretado por Daniel Brühl, y otro de dos periodistas británicos, y es evidente que esa fascinación se mantiene en esta adaptación. ¿Pero es una fascinación que procede de la historia real o de la visión cinematográfica de la misma? Al final da la impresión de que importa más lo primero, aunque se agradece que no sea una obra que quiera sentar cátedra y ofrecer una verdad inamovible dando al espectador el poder de informarse. Eso sí, el Assange que compone Benedict Cumberbatch es formidable.

Bill Condon pone fin con esta película al paréntesis que supondrían las dos películas de la saga Crepúsculo en la filmografía de cualquier director. Y no es una papeleta fácil. El referente real amenaza con desdibujar o afectar a muchos de los elementos de la película, y las acusaciones de propagandísmo que el propio Assange le dedicó después de leer su guión dan fe de ello. El quinto poder, en todo caso, no es esa película adoctrinadora que teme Assange. Es cierto que cuenta una historia lineal que ofrece una visión de la misma en la que cree firmemente y sin fisuras. Y en ella, Assange es un tipo como poco excéntrico que no duda en usar a su antojo a las personas que trabajan con él. Sobre todo la media hora final no le deja especialmente en buen lugar. No obstante, es el epílogo lo que forma el corazón de la película. Ahí, el mensaje queda claro: la capacidad de informarse está en la persona. Es un mensaje sobre Wikileaks, sobre Assange, pero también sobre el poder y sus abusos e incluso sobre la misma película, que parece decir "os hemos contado una historia, ahora informaos si queréis saber más".

Ese epílogo es, a la vez, la mejor escena de la película, la que rompe las barreras de la pantalla y la que apela directamente al espectador, casi tanto aunque de otra manera como el hermoso arranque de la película, una brevísima historia de la comunicación. Lo que está entre ambos instantes es bastante correcto, funciona como thriller personal y periodístico pero tampoco aporta gran cosa que no se pueda encontrar en fuentes informativas. Lo que sí aporta, y tampoco es que se pueda decir que sea poco, es una composición sensacional de un personaje, la de Benedict Cumberbacht, un actor que sigue en alza, creciendo y sin techo aparente en todo tipo de géneros (tanto le da meterle en la piel de Assange que ser el villano de Star Trek. En la oscuridad, su trabajo es excepcional... y ojo a su voz, que sigue haciendo esencial ver la película en versión original). Si encima está tan bien rodeado con un reparto del que forman parte Daniel Brühl, Anthony Mackie, David Thewlis, y sobre todo una inmensa Laura Linney y un siempre fascinante (y qué fácil parece cualquier papel en sus manos) Stanley Tucci.

Considerando las dificultades intrínsecas a una película sobre esta cuestión, es obligado reconocer que El quinto poder funciona relativamente bien. Es un acierto fijar la película como la relación entre los personajes de Cumberbatch y Brühl, porque de esa manera el conflicto emocional se equipara al ético y al periodístico, y el guión permite que todo aparezca con cierto equilibrio sin pensar que se están menospreciando temas. Al mismo tiempo, contiene la información suficiente como para que no haga falta estar muy informado para ver la película, y eso siempre es algo a agradecer. Assange, su obra y su controversia están bien reflejados, independientemente de la veracidad que haya en la película, y eso es en realidad lo más evaluable de El quinto poder. Es evidente que nada acaba en la película, que es una aceptable incitación al espectador para que no sea pasivo, para que la información siga siendo un derecho y para fomentar debates que seguramente propiciará en espectador más bien formados pero quizá no tanto en quienes simplemente busquen un entretenimiento de dos horas.

viernes, octubre 18, 2013

'Capitán Phillips', el espectador es el rehén de una extraordinaria película

Capitán Phillips es la historia real del secuestro de un barco norteamericano por piratas somalíes. Leyendo la premisa, resulta complicado encontrar un director más capacitado para completar esta película que Paul Greengrass. Como uno de los revitalizadores del moderno cine de acción en la saga de Jason Bourne, de la que dirigió la segunda y la tercera entrega, sabe reproducir en el patio de butacas la tensión que se ve en la pantalla. Pero si hay un referente obvio es United 93, que no deja de ser la historia de otro secuestro. Aquella fue brillante y emocional. Y ésta también lo es. Explota la tensión de otra manera y con otros trucos, pero como hacía Greengrass con aquella parte del relato del 11-S consigue aquí también que el espectador esté pegado a su butaca, sufriendo como el personaje protagonista, siendo un rehén más. Pero no el rehén de un secuestro, porque de lo que está cautivo es de una extraordinaria experiencia cinematográfica.

Lo que Greengrass consigue es que su película esté formada por tres partes. la primera, una lenta introducción, de largo el punto más débil de la película y el causante de que se vaya a los 134 minutos; la segunda, un enorme clímax de casi dos horas de duración, tenso, magníficamente bien rodado y planificado, sin apenas picos bajos en su intensidad y haciendo que las sensaciones no paren de crecer hasta llegar a la resolución de la historia; y la tercera, un desahogo emocional brillante, revelador de la inmensa tensión acumulada hasta ese momento y, por si alguien tenía alguna duda, prueba de la extraordinaria interpretación que ofrece Tom Hanks. El plan es casi perfecto, porque dos de las tres partes son excepcionales. Flaquea levemente la primera (a pesar de la brevísima presencia de la estupenda Catherine Keener, en un cameo más que en un papel), pero queda sobradamente compensado con el resto del filme, espléndidamente subrayado con la música de Henry Jackman.

A veces da la sensación de que Capitán Phillips se puede convertir en una de esas películas que brilla tanto como lo hace su protagonista, pero Greengrass es hábil, muy hábil. Evita caer en esa limitación con una forma de rodar frenética, con mucho movimiento. Es, y esto es de nota, de los pocos directores que no marea al espectador a pesar del continuo movimiento de su cámara. Y lo hace también ofreciendo un espléndido entorno al personaje protagonista. Primero, porque no hace de la película un monólogo, sino que apuesta de forma esencial por el duelo, especialmente con dos de los terroristas (interpretados con enorme carisma por Barkhad Abdi y Barkhad Abdirahman, a pesar de que no tienen ninguna experiencia cinematográfica previa), y haciendo que no sólo sea la lucha del capitán Phillips por su superviviencia, sino también una operación de rescate. Todo se une y se interrelaciona para componer una historia inmensa, compleja y muy humana desde todos los puntos de vista.

El mayor logro de Capitán Phillips es que el espectador sufre, se emociona, recobra y pierde la esperanza y en definitiva siente al mismo tiempo que su protagonista. Esa empatía se genera dentro de un ritmo endiablado, el que Greengrass da a las escenas de acción (impresionante el asalto al barco, una escena modélica y con un dinamismo que muchos directores no saben conseguir ni siquiera en persecuciones automovilísticas), convirtiendo la angustia real en una delicia cinematográfica. Porque es elogiable el pulso narrativo que tiene la película en todo momento, la puesta en escena y, sobre todo, la credibilidad. Eso no se consigue con un rótulo de "basado en una historia real". Eso se hace construyendo personajes y situaciones. Y si encima lo haces con un actor de la categoría de Tom Hanks, parece casi imposible fallar. Capitán Phillips es una película brutal y espléndida que lleva al espectador donde le apetece en todo momento. Mucho, mucho más que United 93 en un barco, por si alguien se siente tentado a definirla así.

miércoles, octubre 16, 2013

'Caníbal', la frialdad como forma de hacer cine

La frialdad es una elección evidente de Caníbal. Es una película que quiere ver el horror desde una perspectiva gélida, calmada, casi adormecida por momentos, que genera esas sensaciones dentro y fuera de la pantalla. Esa es la elección de Manuel Martín Cuenca para trazar un retrato psicológico de un tipo que asesina mujeres y se las come, literalmente. Esa frialdad descarta la fácil relación entre ese argumento y personajes como Hannibal Lecter, Dexter o el Patrick Bateman de American Psycho. Pero también, como principal defecto de la película, aleja en el espectador todas las emociones posibles salvo la que provoca la contemplación de las imágenes, bellísimas en algún caso, que rueda el director y guionista de este filme. Eso habla bien de Martín Cuenca como director, al menos parcialmente, pero deja a su película por debajo de sus posibilidades, porque no hay demasiadas posibilidades de empatizar o simpatizar con los personajes.

Ese ritmo lento y pausado es algo anunciado desde el principio, con un larguísimo plano fijo en una gasolinera, de noche y una secuencia inicial prácticamente sin diálogos. El personaje protagonista, interpretado con una gran sobriedad por Antonio de la Torre, es un hombre parco en palabras, por lo que cabe entender Caníbal como una extensión de su personalidad. Fría y cruda. En toda la película, de hecho, no hay música (una opción siempre discutible para conversaciones sin un final posible e independientemente del resultado final del filme) y el ritmo lo lleva De la Torre, insistiendo en la misma idea, con suma frialdad y quietud. No parece en absoluto un error la forma de encarar el personaje, y él es lo mejor de la película. Sin embargo, y a pesar del tramo final, casi todo lo que tenía que contar la película está en sus primeros diez minutos, haciéndose incluso reiterativas algunas de las escenas de las dos horas que dura el filme.

Y es que la frialdad y la lentitud acaban jugando en contra de la película, a pesar de que tanto De la Torre como la rumana Olimpia Melinte convencen sobradamente con su trabajo, frío en el caso de él, emocional en el de ella, exactamente lo que demandan sus personajes. Pero cuesta encontrar las motivaciones en la historia y en los mismos personajes, sobre todo en el caso del protagonista, del que no se da razón alguna, ni siquiera alguna leve indicación de por qué actúa como lo hace. Simplemente, lo hace y el espectador está obligado a asumirlo. Sin antecedentes, sin explicaciones, y eso por desgracia lleva a una sensación de vacío y falta de empatía (independientemente de que el personaje no merezca simpatía). Las explicaciones sobre lo que sucede en la segunda parte de la película son levemente más claras, pero para entonces, después de haber intrigado con acierto en su introducción, la película ya está dejando demasiadas dudas.

Queda en Caníbal una muy buena planificación visual, unos planos casi siempre acertados y una bellísima localización de exteriores, pero a la película le falta alma, espíritu y fuerza. Puede que, en realidad, la frialdad haya sido el objetivo fundamental de Martín Cuenca y todo lo demás no sean más que daños colaterales que estaba dispuesto a asumir. Pero para un espectador que no conecte de forma inmediata e incondicional con la propuesta, Caníbal se convertirá en una película larga y lenta, incluso con algunos errores de continuidad o en la utilización de algunos personajes. Eso sí, el autor del filme elude con inteligencia los aspectos más escabrosos de su personaje protagonista sin limitar por ello su descripción (y eso se ve claramente en la parte final de la primera secuencia, ya en la cabaña). Hay aciertos, especialmente en su corto reparto, pero predomina a la salida de la sala la misma sensación de frialdad que parece haber buscado la película.

lunes, octubre 14, 2013

'El mayordomo', un gran protagonista en una película que sabe a poco

No hace falta profundizar mucho en las características de El mayordomo, incluso antes de verla, para deducir que es una película con intenciones de ser grande y de conseguir premios. Lee Daniels, sorprendentemente encumbrado con la sobrevaloradísima Precious, ofrece un fresco histórico de casi todo el siglo XX en Estados Unidos a través de un mayordomo negro de la Casa Blanca. Precisamente por esa vocación de llegar a todas partes, acaba ofreciendo demasiado poco de todo. Pinceladas, momentos muy buenos, otros no tan buenos y un gran actor protagonista, Forest Withaker. Pero el gran problema que tiene la película, además de un final simple y propagandístico, es que nunca llega a emocionar. Es más atractivo el impresionante reparto que va desfilando por la pantalla o la caracterización de los diferentes inquilinos de la Casa Blanca que el drama racial que subyace en esta historial real. Y eso acaba por minimizar demasiado el impacto de una película que cumple con lo esperado en el cine de Daniels.

El principal aliciente de El mayordomo es, paradójicamente, su mayor defecto. La película es un continuo carrusel de personajes, con el eje principal del presidente de los Estados Unidos, empezando en Eisenhower y finalizando en Ronald Reagan. Todos esos años son los que Cecil Gaines (Forest Whitaker) sirvió como uno de los mayordomos de la Casa Blanca. Y es ese desfile de presidentes uno de los aspectos que más se disfruta. Robin Williams como Eisenhower, James Marsden como Kennedy, Liev Schreiber como Johnson, John Cusack como Nixon y Alan Rickman como Reagan. Y aún más, las primeras damas: Minka Kelly como Jackie Kennedy y Jane Fonda como Nancy Reagan. Pero el desfile de actores no acaba ahí: Mariah Carey en un extraño papel como la madre de Cecil, Vanessa Redgrave como la mujer que convierte a Cecil de niño en un criado doméstico, Cuba Gooding Jr. y Lenny Kravitz como otros mayordomos de la Casa Blanca, y con Oprah Winphrey interpretando a la mujer de Cecil y Terrence Howard a un amigo y vecino.

Muchos nombres, muchas caras, muchos personajes, muchos temas y poca concreción. Porque la película va oscilando entre un drama racial (en un tono diametralmente opuesto al de Criadas y señoras pero con objetivos similares), una historia personal (la de Cecil con su propia familia, sus dos hijos, su mujer) y un relato histórico (incluyendo no sólo a la élite política que ocupaba la Casa Blanca, sino también a Martin Luther King). Y, claro, hay momentos muy logrados y otros bastante menos trascendentes en cada una de las historias que quiere mezclar Daniels. Por eso, el resultado acabo siendo tremendamente irregular. La entrada y salida de los actores y personajes animan el resultado, pero sólo cuando aparecen. No se termina de percibir una homogeneidad en su conjunto porque Daniels repite técnicas (el montaje paralelo, el uso emocional de la música) y no sujeta los saltos en el tiempo suficientemente bien. Hay grandeza por momentos, pero no en el conjunto.

El mayordomo encuentra el principal problema en la sensación que deja al final. Porque sus últimos minutos rozan el panfleto político, con vías emocionales fáciles y trilladas. Y formará parte de la historia real en la que está basado el filme, pero no funciona. De alguna manera, eso se lleva por delante algunos momentos brillantes que impulsan a pensar que la película puede crecer mucho (el ataque de Ku-WinKlux-Klan, la escena de Nancy Reagan, la cena familiar en la que el hijo mayor regresa a casa). El enorme esfuerzo de Forest Whitaker, uno más en una película sustentada de una forma descarada en el personaje protagonista, es lo mejor de la película junto con las breves apariciones de tantos y tantos actores conocidos y personajes históricos. Y es una historia que pide a gritos emocionar en muchos momentos... pero no lo termina de conseguir. Es un formidable retrato histórico y es gozoso ver el trabajo, por reducido que sea, de los actores que interpretan a los personajes reales (y Alan Rickman puede ser el mejor sin problema). Pero algo falla. Y eso, siendo una película de Lee Daniels, tampoco sorprende demasiado.

viernes, octubre 11, 2013

'Prisioneros', gran drama con media hora final discutible

Qué cerca está Prisioneros de ser una película extraordinaria y qué fácilmente reduce con lo que muestra en su media hora final el enorme efecto que causa en las dos primeras horas. Algunos detalles, quizá inaprecibables para algunos espectadores pero muy presentes, se llevan por delante parte de la impresionante tensión con la que Denis Villeneuve construye un magnífico thriller, portentosamente interpretado por un reparto encabezado por unos formidables Hugh Jackman y Jake Gyllenhaal. La historia, tan sencilla de resumir como problemática de tratar en la pantalla por su temática, está llevada con precisión, con intensidad donde hace falta, con inquietud cuando se necesita, con un buen dominio del ritmo a pesar de su larga duración. Pero es llegar a la media hora final y hay varias puntos de inflexión en los que algunos de los personajes dejan de ser reconocibles, rompiendo el efecto que tanto ha costado lograr. Así, el resultado es notable, sobresaliente por momentos, pero con problemas difícilmente olvidables que hacen que la película no sea tan redonda como podría haber sido.

Hay un referente muy claro para Prisioneros, y no es otro que la opera prima de Ben Affleck como director, Adiós, pequeña, adiós, una extraordinaria película que no es demasiado conocida, ni siquiera después de que el próximo actor que se enfundará la capucha de Batman firmara la premiada Argo. Prisioneros, no obstante, acaba yéndose por derroteros muy diferentes a los de aquella (quien vea las dos sabrá qué subtrama, brutal en todo momento, es la que se lleva los 40 minutos que hay de diferencia entre una y otra), pero sí que es cierto que los 114 minutos que duraba Adiós, pequeña, adiós, hacen poner en duda los 152 que Villenueve necesita para Prisioneros. No porque se hagan largos, cosa que no sucede, pero sí porque la capacidad de síntesis es un valor cada vez más necesario y muchos directores se descartan del olimpo de los grandes precisamente por la ausencia de esa cualidad. Villeneuve aprueba en ese sentido porque se antoja francamente difícil decir dónde se podría cortar y el ensamblaje de la historia es casi perfecto.

Lo que pierde a Prisioneros está en su media hora final (salvada, eso sí, por una impresionante escena en la carretera, desborde absoluto de las emociones que inundan el filme), aunque explicarlo obliga a desvelar demasiados elementos de la trama. Hasta ese momento, la desaparición de dos niñas (lamentablemente anunciada por una música de Jóhan Jóhansson que salvo ese instante contribuye con mucho acierto a la tensión) sirve para crear una tensión palpable, en la que Hugh Jackman se convierte en un decidido y sufrido padre, Jake Gyllenhall en un intenso agente de policía, Maria Bello en una madre destruida emocionalmente, con Terrence Howard y Viola Davis creando registros diametralmente opuestos como la otra pareja afectada, y Melissa Leo con un papel secundario brillante. El reparto en su totalidad hace efectiva la emoción, la empatía con los protagonistas y el malestar general por el fondo de la trama que propone la película.

Villeneuve propone una película apasionante y contundente, un auténtico puñetazo en el estómago que no depende en absoluto de su resolución, un claro acierto. Y es que lo que importa en Prisioneros es el viaje y los dilemas que plantea y no el hecho de saber, por tirar de un tópico que permita eludir detalles de esta trama concreta, si el mayordomo es el asesino (porque, en realidad, quien esto suscribe lo supo prácticamente desde el principio y por eso puedo decir que no afecta a la fascinación que provoca la película). Importa ponerse en la piel de los personajes, sufrir, pensar y actuar con ellos, cobra valor el debate ético. Y cinematográficamente se aprecia el ritmo, la pausa, la emoción y la tensión que todos sus elementos consiguen trasladar al patio de butacas. Pero qué lástima de detalles absurdos en esa última media hora, que si pasan el filtro del espectador para que no se dé cuenta es precisamente por los inmensos méritos de las dos primeras horas. Pero están ahí. Y por eso Prisioneros es una muy buena película, pero no la enorme película que podría haber sido.

miércoles, octubre 09, 2013

'Zipi y Zape y el club de la canica', Escobar cobrando vida

Los precedentes de las dos entregas de Mortadelo y Filemón (aunque la primera sí goza de cierto prestigio) y, sobre todo, el reciente descalabro de El Capitán Trueno y el Santo Grial eran presagios nefastos para cualquiera que se aventurara a adaptar algún otro título destacado del cómic español, conjunto de palabras que reúne tal cantidad de prejuicios que hacen la tarea aún más compleja. Pero Zipi y Zape y el club de la canica aprende de los errores de aquellas y sale más que airosa del trance, convirtiéndose en un simpático entretenimiento juvenil, que quiere recuperar el cine de pandillas de chavales que ejemplificó mejor que ninguna otra película Los Goonies adaptándola a un estilo visual más cercano a lo que triunfa hoy en día entre los más jóvenes, como Harry Potter, sin por ello abandonar la esencia del tebeo que adapta. Porque El club de la canica no es una historia que recupere todos y cada uno de los elementos esenciales del cómic, pero sí los suficientes como para que los famosos y traviesos gemelos sean más que reconocibles.

Empecemos por lo bueno. La película es entretenida, divertida y simpática. Consigue que la mezcla entre la historia juvenil y los toques de fantasía visual no chirríen (aunque el internado, radicado una mansión, evidencie demasiado la ansiada conexión con Harry Potter) y fluyan adecuadamente en el guión. Ayuda que, dentro de ese concepto visual, los personajes parezcan reales pero sin dejar de ser propios de una viñeta de Escobar, y que los actores se crean que están rodando una historia de aventuras juvenil sin necesidad de caer en la caricatura fácil, asumiéndola con naturalidad en los casos en los que procede pero sin romper la tridimensionalidad que propone la película. Porque esta no es una traslación directa del tebeo, sino una película basada en el mismo. Parece un matiz sutil, pero es importante porque la película consigue una autonomía que habría perdido con la fotocopia del tebeo, un problema en el que caen con demasiada frecuencia las adaptaciones de cómic y de libros juveniles e infantiles.

Dentro de lo bueno, es obligado destacar el aspecto visual de la película, brillante y no sólo utilizando estándares de la industria española, porque todo es creíble e imaginativo, adaptándose a la historia, por sencilla que sea ésta. Y dentro de esa acertada imagen está la de los actores, la pandilla que forma el club de la canica y que encabezan Zipi y Zape. A pesar de que no pasarían por gemelos, Raúl Rivas y Daniel Cerezo sí encajan en los papeles protagonistas, como también Claudia Vega (en apariencia, la mayor del grupo y la más conocida por su papel en la brillante Eva), Fran García y Marcos Ruiz. Aunque, y aquí ya entramos en el terreno de las pegas que se le pueden poner a la película, fallan en algo elemental. Cuando hablan, no parecen niños, no tienen el desparpajo que se espera de chavales, sino que a ojos del espectador son actores a los que por encima de todo se les pide una dicción tan clara que en sus frases les falta una necesaria naturalidad.

Ese detalle lleva a la película a algunos momentos de falta de convicción, le da un corsé que amenaza con reventar algunas escenas, aunque al final todo esto pesa menos que el entretenido conjunto, al que contribuyen dos aspectos muy destacables. Por un lado, la gran interpretación de Javier Gutiérrez dando vida a Falconetti, el director del internado en el que Zipi y Zape tendrán que penar todo el verano por sus travesuras. Por otro, la espléndida música de Fernando Velázquez, que potencia el tono aventurero de la película. Y con sus 97 minutos, abiertos y coronados con un adecuado homenaje al cómic del que procede (y un divertido cameo de Álex Angulo), Zipi y Zape y el club de la canica consigue lo que se propone: entretener enriqueciendo y respetando el original de Escobar en las viñetas, haciendo que sus personajes cobren vida en un mundo moderno y actual, sin caer en la fácil escatología a la que suele acabar rendida la comedia moderna y proponiendo un divertido juego que tampoco echa para atrás a los adultos. ¿Se puede pedir mucho más en un intento de llevar a la gran pantalla un cómic español? Probablemente no, al menos en un primer intento. Pues a disfrutar.

lunes, octubre 07, 2013

'Runner Runner', corrección y caras conocidas

Viendo que Runner Runner está fundamentalmente ambientada en Puerto Rico, en un mundo de lujo y dinero, casi da la impresión de que los responsables y protagonistas de la película decidieron pasar allí unas vacaciones de diversión y fiesta y, de paso, rodar una película. No es que eso sea especialmente malo, porque Runner Runner acaba siendo un correcto entretenimiento que, eso sí, podría haber ido por derroteros más interesantes y menos convencionales, pero sí es verdad que acaba siendo una historia como otras muchas en la que aparecen varias caras conocidas, los rostros bonitos que luzcan en un cartel y atraigan espectadores a una sala de cine. Y es que el reclamo está ahí, en Justin Timberlake, en Ben Affleck y en menor medida, por una cuestión de tiempo en pantalla y porque su personaje es el menos explotado en el guión, en Gemma Arterton

Runner Runner se centra en el mundo del juego online y los ingentes beneficios que genera, y es esa parte la más atractiva de la película, la primera, aquella en la que expone la trama y presenta a los actores que, nunca mejor dicho, forman parte del juego. Y es la más atractiva porque además de fascinar la exposición que hace Brad Furman (El inocente) y lo bien que da en cámara siempre Justin Timberlake, independientemente de lo mejor o peor actor que luego resulte ser en cada película, es la que deja con ganas de más. Cuando luego la película deviene en la relación entre el experimentado hombre de negocios (Ben Affleck) y el chico que intenta progresar, se está intentando explotar una fórmula que ya es habitual desde Wall Street (Oliver Stone, 1987) y sin aportar demasiado más allá del carisma de sus actores y la ubicación exótica, algo que Hollywood ya ha venido empleando con mucha frecuencia en sus películas. ¿Entretiene? Sí. ¿Algo más? No.

Aún así, se agradece que Furman, aún dando un pequeño paso atrás después de El inocente, sepa cuándo acabar la película, sin necesidad de alagar tramas sin necesidad y ajustando su duración a unos agradecidos 90 minutos, auténtica razón de que el resultado final sea aceptable, porque permite quedarse con lo bueno sin necesidad de sufrir la película más allá de las dos horas que muchos directores suelen consumir. No es causalidad que el guión se centre en el mundo del juego, ya que está escrito por Brian Koppelman y David Levien, que debutaron con Rounders (¿es ésta una actualización en la era digital de aquella?) y son también autores de Ocean's Thirteen. Y la pena es que ese mundo se queda en segundo plano en la segunda parte del filme, cuando éste se convierte en el clásico thriller criminal, especialmente desde la aparición del agente del FBI de un Anthony Mackie menos amable que de costumbre.

Pero el problema en realidad de Runner Runner es que, a pesar de que ofrece un honesto entretenimiento, lo hace con soluciones fáciles. La excusa argumental de la película es fácil. Su final es fácil. Y algunos detalles de su desarrollo también lo son. Es verdad que hay carisma, y más que podría haber habido de haber mejorado el uso del personaje de una Gemma Arterton que siempre deja detalles interesantes (da la impresión de que tanto guionistas como directores tienen miedo de introducirla en un tópico triángulo amoroso y la fórmula escogida no sé hasta qué punto mejora su presencia), y que la historia arranca con bastante fuerza y con alguna escena muy bien planificada. Pero el conjunto decae hasta mezclarse en la retina cinéfila del espectador con otras películas similares. Ahora bien, para quien esté al tanto de las polémicas que se cuecen en Hollywood es una espléndida oportunidad para evaluar las posibilidades de Ben Affleck interpretando al Caballero Oscuro en la próxima Batman vs. Superman.

viernes, octubre 04, 2013

'Gravity', portentosa e imprescindible experiencia cinematográfica

Por grandilocuentes que puedan ser las palabras, no es en absoluto exagerado decir que Gravity es una portentosa experiencia cinematográfica, 90 minutos imprescindibles, bellos, con los mejores planos del espacio que jamás se hayan inmortalizado en una película, los que hubiera querido filmar Stanley Kubrick cuando cambió para siempre las leyes de la ciencia ficción en el cine con la mítica 2001. Una odisea del espacio, los que soñaron centenares de directores que se hayan asomado a la ciencia ficción, género al que en todo caso no pertenece esta película. Gravity es un drama, es un poderosísimo viaje emocional, una historia de supervivencia revestida con imágenes deslumbrantes, con enormes planos secuencia, con un movimiento de cámara que se convierte en sí mismo en un impagable curso de cine y con dos actores, en especial Sandra Bullock, que consiguen un intensidad memorable. Memorable. Ese es otro adjetivo que encaja a la perfección a la hora de explicar lo que es y lo que significa esta extraordinaria película, una de las mejores del año y de muchos años.

Y eso se debe a algo muy sencillo en la teoría pero prácticamente imposible ya en la práctica. Gravity inventa, crea, convierte la pantalla en un escenario en el que envuelve al espectador. Es lo más cerca que estará un espectador de sentir cómo es el espacio. Cuarón destroza los límites que hasta ahora han tenido los cineastas para mostrarlo. Nunca se ha visto como aquí. Nunca. Y no hay palabras que hagan justicia a la fascinación que produce cada una de las largas secuencias con las que nos deleita el realizador mexicano, cuya filmografía no hacía pensar en absoluto que fuera capaz de plasmar estas imágenes con semejante maestría. Se puede alabar el realismo de Y tu mamá también, reivindicar El prisionero de Azkaban como la mejor película de Harry Potter (algo que se lee con cierta frecuencia) o incluso el desolador mundo que plantea en Hijos de los hombres (para mí, una cinta algo sobrevalorada). Pero no hay nada, absolutamente nada que prepare para el portentoso espectáculo visual que plantea en Gravity. Visual y humano. Porque se equivoca quien piense que la película es sólo una colección de imágenes bonitas.

Porque sí es cierto que es un curso brutal de cine, de cómo montar planos secuencia hasta componer una historia vibrante en tiempo ral, de cómo dotar de movimiento a la escena sean cuales sean sus elementos, de integrar en una historia los efectos visuales, de cómo crear una apabullante experiencia sensorial con las imágenes y con el sonido (incluso con la ausencia de éste). Pero todo eso es tan emocionante como la historia que plantea. No sé si mucha gente comprende el Oscar que ganó Sandra Bullock por la anodina The Blind Side (Un sueño posible), pero es aquí donde se convierte de verdad en una actriz, por primera vez en su carrera. Con el complemento de un fantástico George Clooney al que se le podrán reprochar muchas cosas pero nunca que deje de arriesgar en su carrera, Bullock, hilo conductor de la película desde el primer minuto hasta el último, crea un personaje fascinante. Y sobre todo crea un universo compatible con la excelencia visual de Cuarón. No hay absolutamente nada que sobre o que falte en una película que roza la perfección en todos y cada uno de los campos necesarios para realizar la película, que merece dos, tres, cuatro o cuantos visionados sean necesarios para comprender toda su grandeza, asumible pero inabarcable en el primero, en el que manda la excitación emocional y sensorial.

Quien haya leído con atención se habrá dado cuenta de que, en realidad, no he contado de qué va la película. Y es que no pienso decir qué sucede en la pantalla. No creo que sea pertinente ni siquiera leer la más sencilla sinopsis de la película. Creo que destroza una parte, por ínfima que pueda ser, de la memorable experiencia cinematográfica que propone este memorable filme. Con Gravity se evidencia una vez más, quizá de la forma más deslumbrante en años, que lo más bonito del cine es descubrirlo plano a plano, fotograma a fotograma, sentirlo dentro y admirarlo con la vista y el oído. Pero no es ésta la única reivindicación que permite hacer. La versión original es tan imprescindible como la propia película, por el entorno, por el escenario, por el trabajo de los actores y porque alguno ni siquiera aparece más que con su voz (y quien quiera descubrir a quién me refiero tendrá que esperar a los créditos finales). Y hasta el 3D, por primera vez en mucho tiempo, se convierte en algo esencial aunque sea sorprendentemente una película convertida y no rodada en ese formato. Todo junto, algo sencillamente brutal, grabado a fuego en la memoria y casi en las entrañas. Qué maravilla.